Amores extraños - Antía Martín - E-Book

Amores extraños E-Book

Antía Martín

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Beschreibung

Atenea Jones no tiene una vida fácil; sufrir casi a diario los abusos de su padre, cuidar de su hermano menor, conseguir dinero para poder huir de su progenitor y tratar de mantenerse con vida. Pero ella tenía un plan, parecía sencillo, sin fugas. Al cumplir la mayoría de edad escaparía con su hermano donde fue la persona más feliz del mundo durante años, a San Diego con los amigos que considera familia. Esa ciudad donde nació la Princesita de San Diego, su otro yo, el cual triunfaba con cada carrera y pelea en las que competía. Pero hubo una variante que no consideró porque le parecía una posibilidad tan remota que la descartó, la de enamorarse. Una opción que no contempló y que puede acabar con todo. ¿O quizá será lo que la salve de esa vida llena de abusos?

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Seitenzahl: 539

Veröffentlichungsjahr: 2024

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AMORESEXTRAÑOS

Antía MartínMosquera

AmoresEXTRAÑOS

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)

© Antía Martín Mosquera (2024)

© Bunker Books S.L.

Cardenal Cisneros, 39 2º

15007 A Coruña

[email protected]

www.distrito93.com

ISBN 978-84-19579-96-6

Depósito legal 978-84-19579-51-5

Diseño de cubierta: © Distrito93

Fotografía de cubierta: © AdobeStock

Diseño y maquetación: Distrito 93

Para las que siguieron alzando la voz,

aun estando afónicas de tanto gritar.

A mi mejor amiga, Ainoa,

por apoyarme incondicionalmente aun

cuando ni yo misma creía en mí.

PRÓLOGO

Me apoyo en la moto de Isa viendo el interrogatorio al que está sometiendo su hermano a nuestro querido amigo.

—Pero, ¿y si me pica? —pregunta Eric de nuevo, y Steve rueda los ojos.

—Te soplas y ya está —le dice y veo como abre la boca para volver a preguntar otra cosa, pero su hermana se la tapa impidiéndole hablar.

—Es solo un tatuaje, Eric, no se te va caer el brazo —le responde Isa y él la fulmina con la mirada zafándose de su mano.

—Sigo sin entender por qué no lo hemos acabado, no tiene gracia un infinito sin acabar —farfulla y suspiro mirándolo agotada, ni siquiera Will es tan pesado.

—Cuando Mel gane volvemos a acabarlo, no se acaba el mundo por estar media hora con un infinito sin terminar —le digo, y él se cruza de brazos dándose por vencido.

John masajea los hombros de Mel en frente de nosotros y luego ella se levanta para practicar golpes a las manos de su novio.

—Con fuerza, Mel —le dice mi mejor amigo y al segundo le da un golpe en el estómago que lo deja de rodillas en el suelo.

Nos reímos al verlo con la frente apoyada en la tierra, se lleva las manos al abdomen y gruñe dolorido.

—¿Así o más fuerte cielo? —pregunta Mel y él se levanta despacio haciendo una mueca.

—Si le das un golpe así nada más empezar, en cinco minutos volvemos a la silla del tatuador —dice y ella sonríe rodeando su cuello con sus brazos.

—Te quiero.

—Yo más, aunque me dejes hecho mierda —le dice sacándole una carcajada, John sonríe e inevitablemente hago lo mismo.

Para él no existe nadie más en el mundo cuando está con ella, cuando la ve su sonrisa ilumina hasta la habitación más oscura. Su relación es lo más puro que he visto en mi vida y a lo que aspiro, aunque no me vaya muy bien encontrando a mi otra mitad.

—Es increíble que por culpa del capullo de John nos tuviésemos que ir todos sin acabar ningún tatuaje —dice Chris atrayendo la atención de los tortolitos—. Eran cinco minutos.

—En esos cinco minutos podría presentarse el contrincante de Mel y decir que como no está, él gana. No pienso dejar que eso ocurra —dice John, y Chris le lanza su botella de agua vacía.

—Sigues siendo un calzonazos —le dice Chris y John le sonríe para levantar su dedo corazón hacia él.

Veo a Mark acercarse al cuadrilátero improvisado para avisarnos de que quedan dos minutos para comenzar la pelea, me fijo en la esquina contraria viendo como el hombre que peleará contra Mel no nos quita la mirada de encima.

Besa a su novio antes de abrazar al resto, se acerca a mí y le sonrío. Pone su mano en mi mejilla y yo hago lo mismo.

—Dale duro —le digo. Ella me guiña el ojo sonriendo.

—A tus órdenes, Princesita.

Besa mi muñeca, justo encima del tatuaje que nos acabamos de hacer y hago lo mismo que ella sonriendo.

Se separa de mí y entra al ring, nos acercamos a las cuerdas cuando dan el comienzo. Mel mantiene la guardia en alto y Thomas, su contrincante, trata de golpearla, pero esquiva todos sus golpes. Consigue conectar un par de golpes al rostro y consiguen atontarlo, carga contra ella furioso y es cuando veo cómo saca algo del bolsillo. Antes de que pueda hacer nada para avisarla, Thomas la apuñala en las costillas. Mel grita, y parece que lo veo todo en cámara lenta. Cae al suelo golpeándose la cabeza con fuerza, John corre hacia ella y Chris y Steve persiguen a Thomas que ha salido corriendo intentando escapar.

—¿Mel? —le pregunta John arrodillándose a su lado haciendo presión en la herida de su torso tratando de parar la hemorragia.

—¿Dónde está mi móvil? —me pregunta Isa buscándolo en sus bolsillos. La escucho hiperventilar cuando marca el número de emergencias y le explica todo a la persona que responde.

El público se dispersa al darse cuenta que vendrá la policía y me acerco lentamente a ella. La sangre está por todo el suelo, ha teñido la ropa de John que le susurra a Mel que aguante.

Lo que él no sabía es que ella ya se había ido, se quedó horas llorando abrazado al amor de su vida negándose a que se la llevaran de su lado.

Aquella noche siete amigos entraron a la tienda de tatuajes para plasmar su amistad en sus cuerpos, pero nunca volvieron a acabarlo, porque si la mujer que unió a la familia que formaron no lo tenía igual, no querían acabarlo.

CAPÍTULO UNO

El despertador del teléfono comienza a sonar sacándome de mi letargo. Apago el repetitivo sonido mientras me incorporo en la cama contemplando el que será mi nuevo cuarto, al menos hasta enero.

Un pequeño armario al lado de la puerta de madera, carcomida por la humedad, el baño a la izquierda del mueble y mi cama justo delante. Saco las piernas de las sábanas admirando mis nuevos moratones, suspiro apartándome el pelo de la cara y me levanto para coger la ropa.

Escojo un jersey gris de cuello alto con unos vaqueros azules. Lamentablemente, hemos vuelto a vivir en California, una de las ciudades más calurosas del país, pero por mi propio bien necesito que nadie se entere de mi silencioso sufrimiento.

Me doy una ducha rápida para luego anudar una toalla en mi cuerpo, cuando me veo en el espejo me es inevitable no sentir pena hacia mí misma. Tengo los brazos llenos de cardenales al igual que mi torso y mis piernas. Me pongo los vaqueros notando como me bailan en la cintura cuando hace tan solo dos meses que me los compré y me iban perfectos.

Hace muchos años que no como bien, porque prefiero que mi hermano coma hasta llenarse y si queda algo, es para mí.

El jersey tapa las marcas de sus dedos en mi cuello. Soy consciente de que no le gustan las mudanzas porque soy con la que paga su enfado.

Hay días que recuerdo aquel tiempo, donde no dejaba de sonreír, era feliz. A día de hoy mis ojos ya no tienen ese brillo que tenían hace ocho años. Ya no se puede ver a la Atenea de esa época, porque él se encargó de destruirla. Me peino colocando estratégicamente mi pelo para cubrir parte de mi cara y tapar el golpe de mi mandíbula, me calzo unas zapatillas grises para abrir la puerta de mi habitación con sigilo. Escucho unos ronquidos que salen del salón e inevitablemente suelto un suspiro, aliviada, por lo menos no tendré que lidiar con él esta mañana.

Apenas un par de pasos delante de mí descansa el hombre de mi vida, por el cual me levanto y lucho todos los días. Me adentro en el cuarto de Will viéndolo dormir abrazado al peluche que le regalaron sus tíos antes de marcharnos de San Diego. Me arrodillo al lado de su cama apartando suavemente unos mechones que caen sobre sus ojos, lo veo removerse cuando poso mi mano en su mejilla acariciándola con mi pulgar.

—Buenos días, mi rey —le saludo notando como una sonrisa nace en mi rostro. Bosteza mientras frota sus ojos tratando de desperezarse—. ¿Listo para tu primer día de colegio?

Abre los ojos deleitándome con su adormilada mirada, abraza mi mano acomodándose sobre ella para usarla a modo de almohada.

—Ate, ¿tú crees que voy a tener amigos como en el otro cole? —me cuestiona y yo asiento sin ni siquiera dudarlo.

—Estoy segura de que tendrás muchos amigos, cielo, y seguro que entras en el equipo de béisbol en el que vas a ser el mejor, como siempre. —Le guiño un ojo, divertida, viendo como de su rostro nace la sonrisa más bonita que yo he podido contemplar alguna vez.

Me levanto del suelo sintiendo como un latigazo en las costillas me quita el aire de los pulmones doblándome suavemente, a pesar de eso mantengo la sonrisa para no preocuparlo y le doy su ropa.

—Cámbiate, que yo voy a preparar las mochilas.

—Asiente raudo y se levanta de la cama para coger la ropa.

Me doy la vuelta haciendo una mueca apoyando mi mano en la parte derecha de mi torso. Si la paliza de ayer no me regaló una costilla rota me dio una fisurada que me traerá varios días de dolores.

Doy un paso para salir de la habitación de Will y escucho su dulce voz llamarme con suavidad.

—Ate… —Me giro volviendo a poner esa sonrisa que no siento llegar a mis ojos, una sonrisa que sirve para no inquietarlo.

—Dime, cielo —digo poniendo mi mano en el marco de la puerta recargando mi peso en esta.

—Gracias por cuidarme —susurra tímidamente y yo me acerco a él para llenar sus redondos mofletes de besos. Escucho sus carcajadas y me separo un poco para ver esos preciosos hoyuelos marcarse en su cara.

—Eso no se tiene por qué agradecer —le susurro juntando nuestras frentes mientras me mira sonriendo—. Ahora cámbiate, porque no quieres llegar tarde a tu primer día de clase, ¿cierto?

Niega rápidamente y desdobla su camisa del uniforme para dejarla encima de la cama mientras comienza a quitarse el pijama. Salgo de su cuarto caminando por el angosto pasillo hasta llegar al salón.

La imagen que presencio en algún momento de mi vida podría haberme dado pena, pero ahora el único sentimiento que me provoca es asco. Veo a mi progenitor dormido en el sofá abrazado a una botella medio vacía de algún alcohol barato, en el suelo descansan tres botellas de whisky vacías. Doy la vuelta rápidamente antes de que se despierte, regreso a mi habitación donde me cuelgo a los hombros mi mochila y la de Will.

Guardo el teléfono en el bolsillo trasero de los vaqueros para luego volver a la habitación de mi hermano pequeño, lo veo abrocharse con dificultad los últimos botones de su camisa y luego se mira al espejo orgulloso de su trabajo.

—¿Listo, enano? —le pregunto desde la puerta y él asiente sonriente. Vamos a mi cuarto donde cierro la puerta con llave y abro la ventana por la cual salimos hacia las escaleras de emergencia del viejo edificio que es, desde ayer, nuestro nuevo hogar.

En mis diecisiete años de existencia podría decirse que solo los primeros nueve fueron buenos y aun así había muchos que no lo fueron, pero por suerte haré los dieciocho en enero, en menos de cinco meses.

Mi tan ansiada mayoría de edad, tan cerca, pero a la vez tan lejos. Solo espero que llegue viva a ese día, el cual seré libre con la luz de mis ojos mientras escapamos del hombre que se hace llamar nuestro padre.

Cuando te enfrentas a diario con las palizas del hombre que participó en tu creación, solo rezas con poder abrir los ojos al día siguiente y es lo único que pido. Mi madre, al ver cómo su marido despilfarraba el dinero que se traía a casa en apuestas y alcohol, nos dejó solos a mí y a un bebé recién nacido a merced de un hombre maltratador.

Si ya golpeaba a su esposa, la mujer que le dio dos hijos, ¿qué le impedía hacer lo mismo con nosotros?

Acababa de hacer nueve años cuando recibí la primera paliza. Recuerdo esa noche perfectamente, Will tenía meses de nacido y como no paraba de llorar, quiso golpearlo para que se callara. Me metí en medio y acabé inconsciente, a partir de ese día las palizas eran constantes. Durante estos años los golpes y los insultos se repetían casi a diario, pero eso no era nada en comparación a lo que le permitió a su compañero hacerme.

De tan solo recordar esa tarde me dan arcadas del asco y la impotencia.

Tras los continuos maltratos, un día decidí que ya era suficiente, ese día escribí mi destino: al hacer la mayoría de edad me iría a San Diego, donde viven las personas que considero mi familia. Ellos me cuidaron como nadie lo hizo nunca, curaban las heridas que mi padre me hacía y me ayudaron con Will.

Para conseguir escapar de las manos de mi padre tuve que hacer muchas cosas de las cuales no me siento orgullosa, pero conseguí lo que necesitaba: dinero. Las peleas, las carreras, las partidas de cartas… eran un medio de subsistencia. Tantos años metida en el mundo ilegal hicieron que, al acostumbrarme, les cogiera cariño. Sé que está mal, pero haría lo que fuese por mi hermanito.

Ahora que ya tengo el dinero suficiente, no me meteré en más líos, solo tengo que aguantar un poco más. Lo peor ya ha pasado, mientras que los años en los que podré ser feliz con él están por venir. Podré darle la infancia que se merece, con juguetes, siendo normal como el resto de los niños.

Will desayuna en una cafetería que está en la esquina de nuestro bloque de pisos y mientras me tomo un café, hago memoria de las cosas que debo de hacer en el duro día que tengo por delante. Empezar el último curso como la novedad del instituto, mi primer día como camarera en un bar y rezar porque mi padre no me encuentre esta noche.

Salimos del establecimiento y dejo a Will en su nuevo colegio para empezar a correr hacia mi instituto. Mi propósito para este curso es pasar desapercibida. El único inconveniente es que no se me da bien, lo he intentado en todos los institutos que he estado, pero los problemas vienen a mí como si los invocase.

Veo el edificio y suspiro dejando de correr, grupos de personas se arremolinan en la entrada como es normal después del verano. Los reencuentros y las anécdotas de las vacaciones son actos que se repiten en mi camino hasta la secretaría.

Allí me dan varios papeles, entre ellos mi horario. La secretaria me dice que debo recoger mis libros del curso en la biblioteca y es lo primero que hago, cuando ya los tengo, los guardo en la taquilla 107 que según los papeles es la mía. Reviso el horario viendo que la primera clase es de Lengua, pero por lo que me dijo la bibliotecaria, hoy sería día de presentaciones así que no me preocupo mucho.

Con cinco minutos de retraso, ya que me perdí para encontrar la clase, entro en el aula sin tocar, lo que le molesta con creces a la mujer que está de pie delante de los que serán mis compañeros.

La mujer va vestida muy formal y me juego el cuello a que ese recogido se lo han hecho en la peluquería hace no mucho. Me mira enfadada mientras se cruza de brazos y es en ese instante cuando me doy cuenta de que soy el jodido centro de atención.

Genial, Nea, tu propósito se acaba de ir por el retrete.

—¿Quién eres tú para irrumpir en mi clase? —pregunta, la que supongo que es, la profesora de Lengua.

—Soy Atenea Jones y soy nueva —me presento, pero al ver la mirada que me lanza la profesora, carraspeo tratando de parecer arrepentida

»No conozco el instituto y por eso he llegado tarde —continúo hablando intentando darle pena para que no me eche en el primer día.

Veo en su mirada como se piensa en si dejarme pasar pero por suerte asiente y pone sus brazos en las caderas volviendo a dirigir la mirada a las personas sentadas.

—Siéntate donde quieras, espero que esto no se vuelva a repetir, Jones —me dice y ruedo los ojos al escuchar su regaño.

Por supuesto que se va a volver a repetir, como se nota que no me conocen.

Inspecciono los sitios libres y sus alrededores. Teniendo en cuenta que debo escoger este sitio para lo que resta de curso debo elegir bien. Mi sitio predilecto es el que se encuentra al final de la clase, pero los chicos que rodean el lugar me dan una mirada no muy amigable y como dije, quiero pasar desapercibida a pesar de que no lo esté consiguiendo, así que ese sitio está descartado. Otro asiento está en la fila del medio, rodeado de unas chicas cuyos bolsos comprarían tres edificios como el mío y, en el hipotético caso de que fuese su amiga, no quiero ser su acto de caridad del mes. También descartado.

Por último, está el lugar que yo nunca hubiese escogido pero las circunstancias me llevan a sentarme ahí, en la primera fila donde normalmente se sientan las personas que están atentas a la clase, que quieren hacer algo con sus vidas. Pero está claro que soy una excepción a la mayoría, porque me siento en ese pupitre dejando la mochila en el suelo.

La profesora se fija en que no tengo muchas intenciones en sacar las cosas de la mochila así que me dedica una mirada de advertencia antes de llevarse las manos a la espalda para volver a aburrirnos con su tediosa voz.

—Cómo iba diciendo antes de que me interrumpieran —habla mirándome de reojo—, este curso escolar es en el que decidiréis vuestro futuro, donde tendréis que escoger entre ser personas de provecho o ser unos delincuentes —dice mirando hacia los chicos de la última fila que solo le dedican una sonrisa de autosuficiencia.

Cuando mi querida profesora abre los labios para volver a soltar mierda por la boca, que es lo que lleva haciendo desde que entré, la puerta de la clase se abre dejándonos ver a una pareja. La chica tiene el pelo como si se acabase de pelear con un pájaro por un trozo de pan, pero su vestimenta tampoco es mucho mejor. Desde mi asiento puedo ver cómo le cuelga el sujetador del bolso. Con eso os podéis imaginar lo mal vestida que viene, Will se viste mejor con ocho años.

Mientras que el chico no se queda atrás, tiene el cuello lleno de chupetones, parece que viene de tener un fogoso encuentro con una aspiradora, porque no son ni medio normales. Tiene rastro del carmín de los labios de su acompañante por toda la boca y alrededores, las cosas como son, es mono. Pelo moreno claro, está igual de despeinado que el de ella. Le sonríe a la profesora y veo venir su siguiente movimiento. Intentar camelarse a la mujer para que caiga en sus encantos y que lo deje pasar sin que se lleve una bronca.

—¿Por qué no me extraña que el señorito Collins y la señorita Clark lleguen tarde? No pierden la tradición de llegar tarde, ¿cierto? —cuestiona la docente irónicamente.

—Efectivamente, señora G —dice el chico sonriéndole mientras la chica se sienta a hablar con las de la tercera fila—. Las tradiciones están para cumplirlas, por cierto, ese recogido le sienta de miedo —dice guiñándole un ojo y saluda a los chicos de la última fila para sentarse en el único sitio libre.

Ella se sonroja tocándose el moño y carraspea antes de continuar la clase, consiguiendo acabarla sin que nadie más le interrumpa. Salgo del aula cuando suena la campana mientras miro el horario, me toca Historia y creo que es de las pocas asignaturas que me gustan.

Guardo el papel en la mochila sin dejar de caminar y me choco con un chico haciendo que sus cosas caigan al suelo. Me lanza una mirada nerviosa mientras coloca sus gafas, recojo su libro notando como una descarga me recorre las costillas al agacharme. Me llevo la mano a la zona afectada tratando de no hacer ninguna mueca.

—¿Estás bien? Siento haberme chocado contigo, no estaba mirando por dónde iba —me disculpo viendo cómo sonríe nervioso.

—No, por favor, discúlpame a mí, es que estaba yendo a clase y como odio llegar tarde, iba rápido. —Se encoge de hombros y yo asiento dándole su libro—. ¿Qué clase tienes ahora? —me pregunta.

Cosa bastante curiosa, porque dejan diez minutos de descanso entre clase y clase por lo que no llega tarde a ningún lado.

—Historia en la 19 —contesto viendo cómo sus ojos brillan de la emoción.

—¡Yo también! ¿Vamos juntos? —pregunta y me encojo de hombros, por lo menos no llegaré tarde a otra clase. Comienza a caminar hacia las escaleras y yo le sigo—. ¿Eres nueva? No me suena verte por aquí.

—Sí, llegué anoche a la ciudad —le digo mientras comenzamos a subir las escaleras.

—Si quieres te puedo hacer un tour a la hora de la comida —me ofrece y yo hago una mueca negando rápidamente.

Tengo que ir a por Will e ir a la cafetería donde trabajaré todas las tardes después de clase.

—Yo no voy a comer aquí, prefiero hacerlo en mi casa —le miento mientras entramos al aula totalmente vacía, puesto que quedan diez minutos para que empiece la clase.

—Creo que eres una de las pocas personas que conozco que no come aquí —dice soltando una risita sentándose en la primera fila, justo delante de la mesa del profesor.

Me siento, como él, en la primera fila, más concretamente, en el pupitre pegado a la ventana. Porque si me aburro siempre puedo mirar al campo de fútbol de la escuela.

—Quizá es porque eres una de las pocas personas que conoces aquí, Simon —dice una pelirroja sonriente entrando a la sala.

—Oh, cállate, Barbi, siempre que vienes es para molestar —le dice el chico, que ahora sé que se llama Simon, intentando parecer enfadado.

La chica suelta una carcajada mientras se sienta justo detrás de él, le quita las gafas para ponérselas en el pelo haciendo rabiar al moreno.

—¡Dámelas, Barbi! —le dice girándose para quitárselas, logrando que Barbi se vuelva a reír de él mientras esquiva las manos del chico.

—Siempre están así. —Suspira un chico moreno entrando con una chica bajita a la clase—. No se os puede dejar solos.

La chica se sienta a la derecha de Simon sin levantar la vista del suelo y el chico se sienta detrás de ella quedando al lado de la pelirroja.

—Estamos quedando mal delante de la nueva, chicos—les «susurra» Simon a sus amigos.

En el momento que me menciona tengo dos miradas sobre mí, porque la pelinegra no levanta la vista del pupitre. Pego la espalda a la pared suavemente para mirarlos de frente.

La pelirroja, que por lo que dijo Simon, es Barbi, me dedica una mirada divertida desde su pupitre mientras que el otro individuo solo me come con la mirada.

—Carne fresca en el matadero —habla la pelirroja sonriendo de lado—. Mi nombre de pila es Bárbara, pero por tu propio bien, llámame Barbi. —Me guiña un ojo y yo me abstengo a rodar los ojos.

¿Por mi propio bien? Yo ya no hago nada por mi propio bien.

—Yo soy Logan, preciosa. —Se presenta el chico mientras me lanza una sonrisa coqueta—. Pero puedes llamarme futuro padre de tus hijos.

No puedo contenerlo y mi rostro se deforma en una mueca de asco al oír sus palabras, sacándole así una carcajada a la escandalosa pelirroja.

—Soy Lisa —habla la pelinegra, por primera vez, aún escondida tras su larga melena.

—Y yo, como sabes, soy Simon y los cuatro somos… —Deja la frase en el aire mirando a sus amigos con una sonrisa divertida dibujada en su rostro.

—¡Los cuatro fantásticos! —dicen Simon, Logan y Barbi al unísono compartiendo miradas cómplices.

Se ríen mirándose entre ellos, pero sus risas se detienen abruptamente al ver entrar al aula un grupo liderado por la pareja que llegó tarde esta mañana. Cinco chicos, que por lo que veo, probablemente, pasan mucho tiempo en el gimnasio por el tamaño de sus brazos y hombros, acompañados de tres chicas, dos rubias y una morena.

—Pero si tenemos aquí a los cuatro marginados —dice un chico rubio, que estaba entre los chicos que estaban al fondo en la anterior clase, mientras pone sus manos en la mesa de Simon mirándolo fijamente con una sonrisa de superioridad en su rostro.

El moreno es intimidado por la mirada que le dedica el rubio y baja la vista hacia su pupitre. El desconocido sonríe victorioso alejándose unos pasos de Simon y una de las rubias se pasea delante de nosotros mirando a Lisa y a Simon.

—¿Qué pasa, ratas de biblioteca? ¿Ya no habláis tanto como con los profesores? —habla provocando que mi oído pite por el elevado tono de voz que tiene—. ¿Vosotros qué? ¿No vais a defender a vuestros amiguitos? —pregunta mirando a Logan y a Barbi que no pronuncian palabra, sin embargo, solo se dedican a mirar mal a la chica.

—Y por lo visto tenemos una nueva incorporación al club de los antisociales —dice la morena que llegó tarde esta mañana, caminando hasta quedarse delante de mí.

Elevo una ceja mientras la miro de arriba abajo. Es mona y si no hubiese dicho nada hasta me parecería amable, lástima que todo lo que suelte por la boca es veneno. Me mira fijamente, imitando al rubio de antes, pero yo ya he estado demasiados años bajando la mirada por culpa de una persona y nadie más va a volver a intimidarme.

No pronuncio palabra, ni tampoco despego mi vista de la suya, mucho menos muestro sumisión ante ella.

—Vaya, parece que a la nueva le ha comido la lengua un gato —se pronuncia por primera vez el moreno que acompañaba a la chica que sigue mirándome.

Me mantengo impasible ante sus palabras, me importa una mierda bien grande este grupo de gilipollas. Ellos hacen lo que se les viene en gana con Simon y su grupo. Pero yo no soy ellos.

Lástima para ellos que no me parezco en nada a su grupo de subordinados.

Y aunque me dé pena ver que se dejen mangonear, yo no me voy a meter, cada uno tiene su guerra y yo tengo demasiados flancos abiertos como para meterme en otra donde no me han llamado.

—¿No vas a decir nada o qué, tonta? —dice la rubia de antes tocando mi hombro con su dedo.

La miro elevando una ceja cuando su raquítico dedo toca mi hombro, su mirada desprende una sensación de superioridad que yo me paso por donde la espalda pierde su nombre.

¿Paciencia? Lo siento, por mucho que lo he intentado no poseo esa cualidad.

Sonrío de lado poniendo mis codos sobre la mesa para inclinarme y mirarla fijamente, ella se extraña, pero mantiene su postura.

—Tócame otra vez —le susurro sin despegar mi mirada de su rostro inyectado en bótox— y te parto el dedo.

Abre los ojos desmesuradamente y se aleja de mi sorprendida por mi respuesta, el rubio se acerca a mí con unas dudosas intenciones, pero la voz de Logan hace que se quede a medio camino.

—Venga chicos, dejadla tranquila —dice Logan mirando a todos los recién llegados.

—Ya está el principito al rescate. ¿Qué pasa, niño de papá? ¿Te gusta la nueva? —habla un chico de un largo pelo negro atado en la nuca, que hasta ahora había estado de mero espectador, mientras pone su mano en el hombro de Logan.

El resto de alumnos, acompañados del profesor, irrumpen en medio de la disputa. La rubia me mira mal mientras la morena solo gruñe mirándonos.

—No os vais a librar de esta, idiotas —habla la castaña para luego irse con todo su grupo a sus asientos.

Mi propósito de esta mañana: pasar desapercibida, un plan totalmente fallido.

Mi propósito actualmente: intentar librarme del lío que tengo encima, cosa difícil de conseguir.

Después de lo que me pareció una eternidad, el timbre suena anunciando el fin de la primera jornada del ciclo escolar, así que salgo del edificio sin mirar a nadie. Ahora solo me interesa cómo le puede haber ido a mi hermano en su primer día. Llego justo a tiempo para ver salir a Will de su colegio, veo cómo se despide de un niño antes de correr hacia mí. Abraza mis piernas emocionado sacándome una sonrisa, me mira sonriendo de oreja a oreja mientras acaricio su cabeza cariñosamente.

—Nea, hice muchos amigos —habla contento separándose de mis piernas.

—Te dije que los ibas a hacer —le digo mientras le quito la mochila para llevármela al hombro libre.

Me da la mano y empieza a hablar sobre todo lo que ha hecho esta mañana. Casi diez minutos después, llegamos a la cafetería donde pasaré la gran mayoría de tardes a partir de hoy. Entramos al establecimiento viendo como una mujer de avanzada edad nos sonríe detrás de la barra.

El local tiene una decoración ochentera, con una máquina de discos bastante colorida. Es como si nada más entrar un montón de luces de neón te golpearan en la cara.

¿Lo malo? Es que está completamente vacío.

—Hola, linda, ¿eres Atenea? —me dice la señora mirándome por encima de sus gafas.

—Sí, soy yo. Espero que no le moleste que traiga a mi hermano aquí —le digo señalando a Will que mira impresionado el local.

—No, para nada. —Sonríe saliendo de detrás de la barra y la puedo observar mejor.

Debe de tener unos sesenta años, la mayor parte de su cara está cubierta de arrugas, un gran signo del paso de los años y los estragos que hace; es bajita, con el pelo casi tan blanco como la nieve. Con una mirada que me derrite el corazón y sin conocerla, sé que es un trozo de cielo.

—Yo soy la señora Fidget. Mi nombre es Josephine, pero llámame Jo. —Me sonríe y acaricia la cabeza de Will. —Está bien, señora… —veo la mirada de la señora Fidget y rectifico—. Está bien, Jo. —Sonrío de lado.

Will suelta mi mano embobado por la cantidad de colores que posee la decoración del lugar, camina hasta las mesas y yo regreso mi mirada a la mujer que será mi jefa.

—Lo que coma lo puede descontar de mi sueldo a fin de mes, y lo que quiera comer lo prepararé yo, ¿bien? —le digo extendiendo mi mano hacia ella para «firmar» el trato.

—Está bien, como quieras, Atenea. —Me sonríe cálidamente estrechando mi mano.

—Oh, Jo. —Me mira—, prefiero Nea. —Le sonrío y entro a la cocina a hacerle la comida a mi hermano.

CAPÍTULO DOS

Después de una larga tarde por fin estoy subiendo las escaleras de emergencia camino a mi ansiada cama. Will duerme en mis brazos ajeno a todo, se quedó frito hace una hora mientras yo terminaba de limpiar la cafetería. En teoría yo saldría a las ocho de trabajar pero son las once cuando entro por la ventana de mi habitación para dejar a Will dormir en mi cama.

Un grupo de personas llegó diciendo que era el cumpleaños de una de ellos y que debían celebrarlo allí, a Jo les dio pena y les dejó quedarse a celebrarlo. Ella se marchó a las nueve y yo desalojé del local a la multitud a las diez, quedándome hasta hace quince minutos para dejar el lugar limpio.

Poniendo todo mi cuidado en no despertar a Will, le quito el uniforme para ponerle el pijama. Lo tapo cuando acabo y yo suspiro encaminándome al baño. Las ganas que tengo de darme una ducha y de dormir son mortales.

Escucho golpes fuera de la habitación y yo miro a mi hermano alarmada, no puede entrar aquí, porque si entra puede pasarle algo a Will. Me armo de valor dirigiéndole una última mirada antes de salir comprobando que siga dormido. Salgo de la habitación y cierro la puerta con llave.

Suspiro notando cómo el corazón golpea con fuerza mi pecho mientras comienzo a caminar hacia el salón, veo su sombra moverse por la habitación mientras bebe de una botella, seguramente de alcohol. Me asomo a la habitación y él lanza la botella contra la pared que me protege haciéndola añicos. Se tambalea hasta dejarse caer en el sillón para prestar

atención al programa que televisan. —Tráeme una botella de whisky —me ordena, muerdo el interior de mi mejilla mientras me acerco a la pequeña nevera que compró solo para su alcohol.

Le extiendo la botella y me dedica una mirada de asco mientras me observa de arriba abajo. Agarra la botella, pero antes de que pueda quitar la mano agarra fuertemente mi muñeca para tirar de ella y acercarme a él.

Sé lo que viene ahora, a estas alturas está tan borracho que me ha vuelto a confundir con ella.

Libera mi muñeca para posar su mano en mi mandíbula ejerciendo una fuerte presión sobre esta, sus ojos dilatados por el alcohol me observan fijamente.

—¿Por qué me abandonaste, Samantha? —pronuncia a duras penas—. ¡Yo te quería! —me grita apretando más su agarre en mi cara, su aliento golpea mi nariz dándome ganas de vomitar.

Contemplo al que alguna vez fue mi padre, al que me cuidó cuando era pequeña, siendo actualmente el hombre que me golpea cada noche. Él es una infección, una vez está dentro, avanza pudriéndolo todo y hasta que no acabe conmigo, no parará.

Por suerte, nosotros nos parecemos más a nuestra madre que a él, pero la genética es caprichosa y Will tiene el mismo color de ojos que él. La diferencia es que su mirada es pura e inocente, mientras que la mirada de mi padre está llena de odio.

—Me dejaste a cargo de dos niños de mierda que solo dan problemas —dice arrastrando las palabras, por el elevado alcohol en sangre que tiene su organismo.

Me da la primera bofetada tirándome al suelo del impacto, mi respiración comienza a acelerarse y noto como las lágrimas quieren salir, pero bajo la mirada tratando de ahuyentarlas.

No llores, lo prometiste. Por muy dura que sea la paliza, no llores nunca más.

Se levanta del sillón y revienta la botella contra la pared, cabreado, me mira tirada en el suelo, completamente indefensa ante él. Antes de tan siquiera hacer un gesto sé cuál es su siguiente movimiento, por lo que me llevo las rodillas al pecho y escondo la cabeza entre ellas tapándome con las manos.

La primera patada me la llevo en la espalda y consigue sacarme el aire de los pulmones con un jadeo de dolor. Me muerdo los labios tratando de acallar mis quejidos de sufrimiento, si alguno de los vecinos me escucha, comenzarán a preguntar y ahí volveremos a empezar. Otra mudanza, otra casa distinta, otro instituto, otro colegio para Will, otro lugar en el que sufrir.

No sé cuánto tiempo está pateándome, solo sé que, simplemente, deja de hacerlo y lo escucho respirar agitadamente desde su lugar. Me agarra del pelo para sacarme la cabeza de las rodillas, tira de mi cabellera con fuerza sacándome un gemido de dolor. Todo mi cuerpo se sacude por los espasmos que han provocado su paliza, mi respiración se vuelve pesada y no puedo soportar el dolor de la espalda.

Me levanta la cabeza y consigue ponerme de rodillas delante de él, agarra mi barbilla con fiereza para mirarme a los ojos. Lo único que hay en su mirada es soberbia, asco hacia su propia hija, desprecio hacia una primogénita que nunca le hizo nada y él solo se ha encargado de hundirle la existencia.

—Tus hijos pagarán por tus errores, ellos pagarán tu abandono —me dice, dirigiéndose a Samantha, la mujer que nos dejó con él sin dudarlo ni un segundo—. Sé que el bastardo que me dejaste sufrirá cuando tenga la vida de su hermana en mis manos y eso será suficiente para hacerla suplicar por clemencia. Cuando lo golpee a él mientras ella esté a punto de morir, será lo que más le dolerá. He matado a su mejor amiga, he encarcelado a sus seres más queridos, pero solo he empezado a hacer sufrir a tu querida Atenea —sisea poniéndome los pelos de punta, aprieto los puños con fuerza sintiéndome impotente e inútil. Con tan solo nombrar a mi mejor amiga, las lágrimas caen por mis mejillas de forma descontrolada, la necesito tanto en estos momentos, necesito a Isa, a John, a Chris, a Steve, a Eric, a Mel…

Necesito a mi familia.

Aprovecha mi momento de debilidad para lanzarme un puñetazo certero al abdomen, me doblo por el golpe y caigo de nuevo al suelo retorciéndome de dolor. Lo escucho caminar por la habitación para luego oír el golpe seco de la nevera, debe de haber cogido alguna botella más, escucho sus pasos alejarse para después cerrar la puerta de su cuarto con fuerza dejando que el silencio de la noche inunde la casa.

No sé cuánto tiempo me quedo en el suelo, tratando de recomponerme emocional y físicamente. Que haya confesado sus planes me pone la piel de gallina, estoy asustada no lo voy a negar, pero estoy atada de manos. Ya traté de denunciarlo con la ayuda de mis amigos, aportando fotos de las palizas que me propina y un vídeo donde se le puede ver perfectamente, mientras me está moliendo a golpes, aparte de que me presenté a hacer la denuncia con los golpes que él me había propinado la noche anterior. ¿Y qué pasó? Sus amigos en la comisaría se rieron en nuestra puta cara, alegaron que lo de las fotos era maquillaje, que el vídeo estaba manipulado y que los golpes me los hicieron para ir a la policía.

Ese día encarcelaron a John, Eric, Steve y a Chris. Sin ningún motivo aparente, pero sé que los metieron presos por orden de mi padre. Los mantuvieron retenidos una semana y cuando Isa y yo conseguimos el dinero suficiente para un abogado los dejaron libres. Cuando los fuimos a recoger venían los cuatro hechos una mierda, les habían golpeado hasta el cansancio durante su estancia en prisión, todo por mi culpa. Ese fue uno de los peores días de mi vida, cuando mi familia resultó herida por culpa de ese hijo de puta.

Ahora es cuando el miedo inunda mi cuerpo, quiere matarme para hacer sufrir a Will. Pero yo ya no sé qué hacer, si le devuelvo los golpes tengo miedo que por venganza golpee a Will. He intentado denunciarlo fracasando estrepitosamente, la única opción que encuentro es escapar cuando haga la mayoría de edad. Regresar a San Diego con los chicos y con

Will, para intentar empezar de cero.

Es cierto que mi plan tiene fugas, porque él puede ponerme en busca y captura, hacer que me quiten a Will y mandarme a mí a la cárcel. Mi amigo Chris, dice que puede conseguirnos pasaportes falsos y que cambiando nuestra apariencia puede funcionar. Pero en casos como este, hay que ser pesimistas y sopesar todas las opciones del plan.

Consigo recomponerme un poco y me levanto lentamente, el mareo me golpea cuando consigo sostenerme por mí sola. Cuando consigo llegar a mi habitación compruebo que

Will siga durmiendo y me meto en el baño.

Saco el maletín de primeros auxilios donde podría decirse que tengo casi todo lo necesario para curarme después de una de sus palizas, me llevo a la boca dos pastillas para el dolor y saco una bolsa de gel refrigerante.

Steve lo robó para mí del hospital, sé que no está bien, pero era necesario. Este gel es el sustituto perfecto para el hielo convencional, me lo coloco en la espalda y con ayuda de una venda de compresión lo sostengo.

Empapo un algodón con alcohol para desinfectar la herida de mi mejilla, cuando por fin acabo de curarme las pastillas comienzan a hacer efecto, adormilándome considerablemente. Antes de dirigirme a la cama, me aseguro que la puerta esté cerrada para acostarme al lado de Will, segundos después soy capaz de dormirme.

Son las seis de la mañana cuando vuelvo a abrir los ojos. Normalmente no duermo mucho, el dolor en mi cuerpo consigue despertarme durante la noche y no soy capaz de conciliar el sueño de nuevo.

Veo a Will dormir ajeno a todo y suspiro aliviada, por lo menos él está bien. Me levanto de la cama con cuidado de no perturbar el sueño de Will y hago una mueca por la molestia en mi espalda. Por suerte las pastillas están haciendo efecto porque si no, ahora mismo estaría viendo las estrellas.

Camino al baño haciéndome una coleta en el pelo, me quito la ropa y al apartar las vendas con el gel de mi espalda hago una mueca. Tengo prácticamente toda la espalda llena de moratones por culpa de las patadas que él me dio anoche, reviso rápidamente mis costillas y el panorama no es muy distinto al de mi espalda, solo hay un moratón, pero mi piel está teñida de violeta. Añoro esos días en los que mi piel estaba libre de golpes y de cicatrices.

Cicatrices que hoy en día están cubiertas o por tatuajes o por cardenales, acaricio con pesar la marca redonda a la altura de mi cadera tapada por una tiara. Mi apodo cuando corría y peleaba era La princesita de San Diego, comencé en ese mundo a los doce y esta pequeña tiara fue la forma perfecta para esconder el hueco que me hizo la bala.

Hay gente que se tatúa por estética, sin embargo, yo lo hago para ocultar mis cicatrices de guerra. Dos tatuajes esconden mis mayores cicatrices, de las que más lástima siento, la tiara en mi cadera y una tigresa con las fauces abiertas en mi brazo. Ese feroz animal descansa en la piel de mi antebrazo, desde el codo hasta la muñeca, tapando la cicatriz por la cual casi pierdo el brazo.

Mi habitual agresor me atacó con un cuchillo para la caza y como no quise ir al hospital, se me infectó. Estuvieron a punto de amputarme el brazo, para por lo menos intentar salvarme la vida, a día de hoy sigo sin creerme de lo que me libré.

Tengo más tatuajes, pero esos son un recordatorio, para cuando me levante por las mañanas y recuerde porqué sigo luchando. Me meto a la ducha tratando de prepararme mentalmente para el día de hoy. Cuando termino me enrollo una toalla al cuerpo y deshago la coleta para peinar mi pelo en una trenza simple. Me seco con cuidado tratando de no tocar mucho los moratones.

Siendo honestos, tengo una cara de mierda. Las ojeras se hacen notar debajo de mis ojos verdes y la marca del golpe en mi mejilla tampoco ayuda mucho. Haciendo memoria de las clases de Isa consigo maquillarme y logro que no se note la magulladura.

Me aplico, como puedo, una crema para que el color violáceo de mi piel vaya perdiendo color. Escojo un pantalón blanco de chándal, con una sudadera azul cielo y me calzo las zapatillas para ir despertar a Will.

Llego hasta la cama y me siento en la orilla, Will se remueve sacando los pies fuera de las sábanas. Sonrío divertida y paseo suavemente mi dedo índice por su planta del pie, esconde los pies soltando un quejido para que lo deje seguir durmiendo.

Pero esos no son mis planes.

—Will —le susurro tumbándome a su lado para ver cómo su cara se deforma en una mueca de molestia— hay que despertarse —le digo mirando la hora en el teléfono.

Esa ducha me vino muy bien, no me arrepiento haberme pasado una hora y media ahí metida.

—Un poquito más —masculla abrazándose a la almohada sin abrir los ojos, suelto una carcajada divertida y me levanto de la cama.

Sé que el tiempo nos va a hacer falta, tengo que conseguir levantarlo, que se duche, ir a desayunar y lo que nos lleva ir a su colegio andando. Si me hubiese traído la moto no lo tendría que levantar una hora y media antes de entrar a clase, pero me prometí a mí misma no volver a conducir una.

¿La explicación de por qué no quiero volver a subirme a una moto? Estar en el mundo ilegal trae problemas, los he experimentado en mis propias carnes, aunque fuese solo para conseguir dinero le cogí demasiado cariño a la adrenalina que se siente. Una parte de mi sufre, porque quien me enseñó a conducir una moto fue Mel e inevitablemente me acuerdo de ella.

Cuando conocí al resto del grupo digamos que nos costó conectar. Pero ella actuó como pegamento y ahora esos hijos de puta son, con Will, mi mayor tesoro y familia.

Salgo de la habitación inspeccionando rápidamente el piso, por suerte no está aquí. Lo más seguro es que esté en la comisaría con sus amigos o bebiendo, en cualquiera de las dos opciones juraría que tiene a su alcance algo de alcohol.

Vuelvo con Will cerrando de nuevo la puerta con llave, viendo como no se ha movido ni un solo centímetro desde que me fui y eso hace que una sonrisa se dibuje en mis labios.

—Will voy a ir a por el desayuno —le digo mientras me arrodillo en el suelo y quito la pequeña alfombra—. Cuando vuelva te quiero ver fuera de la cama y duchado —hablo escuchándolo bufar, abro la mano y con un golpe seco en la madera esta se levanta suavemente.

El día que llegamos encontré este lugar que me vino perfecto para guardar el dinero que llevo ahorrando desde los doce años, saco un par de billetes para devolver la caja a su escondite. Hasta que reciba mi primer sueldo de la cafetería tengo que usar este dinero, todo lo que sobre de la paga de Jo irá a la caja. Me levanto del suelo y le quito la almohada a

Will de la cara.

—Arriba —le digo señalándolo con mi dedo índice.

— ¡Pero Ate! —trata de protestar tapándose con las sábanas—. Quiero dormir, porfi.

—Y yo quiero que te levantes o te quedas sin las chuches que te mandaron tus tíos —lo amenazo viendo cómo se quita las sábanas de la cara para mirarme asustado.

— ¡Eso no Ate! —habla y sale de la cama directo al baño, me río mientras salgo por la ventana para bajar las escaleras de emergencia. Llego a la cafetería donde desayunamos ayer Will y yo para pedir un café, bollería y un vaso de leche caliente para el bello durmiente. Cuando me lo dan todo hago malabares para que no se me caiga nada de los recipientes de plástico donde vertieron las bebidas, llego a las ocho y diez a mi cuarto viendo cómo Will sacude su pelo mojado cual perro salido de la bañera.

—¿Para qué están las toallas, William? —le regaño dejando el desayuno en la mesilla.

—Así es más rápido. —Sigue sacudiéndose mientras sonríe.

—Te vas a marear —le advierto sentándome en la cama mientras le doy un mordisco a mi croissant.

Cuando se aburre de menear la cabeza se sienta a mi lado comenzando a desayunar, miro el teléfono viendo varias llamadas de los chicos. Con este lío no he podido hablar con ellos, se me hace extraño levantarme y no ver a John entrar por la puerta trasera con cosas para desayunar. La verdad es que ellos hacían todo más ameno, ahora mismo me siento muy sola sin su compañía.

Escucho a Will suspirar a mi lado, lo miro dejando de lado el teléfono viéndolo sostener una foto de mi madre. Es la única foto que tengo de ella, somos las dos vestidas de bailarinas de ballet. Mi madre era una de las mejores antes de conocer a mi padre y cuando nací se encargó de enseñarme todo lo que ella sabía. Todos los días me sometía a entrenamientos casi inhumanos solo para que fuese la mejor cuando creciera, cuando se marchó descubrí que en el fondo el ballet me gustaba, pero no podía practicarlo ya que si se enteraba mi padre me golpeaba.

Recuerdo perfectamente el día en el que Will me preguntó dónde estaba su mamá. Se me hizo difícil contestarle, quisiera haberle dicho la verdad, que nos abandonó dejándonos a merced de nuestra suerte. Pero no podía decirle eso, se me rompería el alma si lo viese llorar, así que tan solo le dije que se tuvo que ir y que algún día volvería.

Solo espero que ese día no llegue nunca, no quiero volver a ver a la mujer que tuvo la cara de mirarme a los ojos y dejar sola a una niña de ocho años con un recién nacido.

—Ojalá poderla ver pronto —masculla acariciando la foto con pesar—. ¿Tú crees que vendrá a por nosotros? —me pregunta y al ver la ilusión de sus ojos, se me rompe el corazón, por suerte o por desgracia esa mujer nos dejó para no volver.

Si no ha dado señales de vida en casi nueve años, ¿quién me dice a mí que lo hará en un futuro?

—No sé, Will— contesto mordiendo el interior de mi mejilla con lástima—. No lo sé —mascullo poniendo mi brazo en sus hombros para abrazarlo suavemente.

Después de desayunar emprendemos nuestro camino hacia el colegio, llegamos cuando la campana suena y Will sale disparado mientras agita la mano a modo de despedida. Se reúne en la entrada con unos niños y juntos entran al edificio.

Cuando ya no lo veo empiezo a caminar hacia el instituto, hago una mueca asqueada cuando entro al edificio y veo a la pareja que llegó tarde a clase prácticamente tragarse al lado de mi taquilla.

Los ignoro para revisar el horario y coger el libro para matemáticas, cierro la taquilla encontrándome con la chica y su compañero mirándome.

Ruedo los ojos por lo ridícula que me parece esta situación mientras camino a las escaleras para ir a clase. Subo las escaleras y justo baja el rubio de ayer que me dedica una sonrisa maliciosa antes de golpear su hombro con el mío.

Mi libro cae al suelo y le fulmino con la mirada mientras me agacho para recogerlo, él solo se ríe como si hubiese hecho la broma del siglo para comenzar a alejarse. —Ten más cuidado —le digo y él me ignora—. Pedazo de gilipollas —susurro volviendo a subir las escaleras.

Una mano se enreda en mi muñeca obligándome a frenar mi caminata, me giro cabreada viendo al rubio de nuevo, me suelto de su agarre y lo miro elevando una ceja.

Parece que le ha cabreado el adjetivo calificativo que le he dedicado con tanto amor. Me mira fijamente pensando que puede intimidarme cuando lo único que me provoca son arcadas. Le mantengo la mirada viendo un atisbo de sorpresa en sus ojos.

—Repite lo que has dicho —habla y yo me cruzo de brazos. Puede que haya hablado demasiado alto.

—Lávate los oídos —le digo y trato de girarme para ir a clase, pero vuelve a agarrarme del brazo.

Que chico más pesado.

—¿Qué pasa? ¿Tiras la piedra y escondes la mano? —cuestiona y yo bufo cansada de este tipo.

—Te he llamado pedazo de gilipollas —le digo viendo como gruñe cerrando los puños con fuerza—, porque lo eres —hablo y sigo subiendo las escaleras.

—¡Te vas a arrepentir, novata! —Lo escucho berrear a mi espalda.

Entro a la clase notando como poco a poco aumenta el dolor de mi espalda, veo a Simon y sus amigos hablando en sus pupitres. Les saludo con un simple movimiento de cabeza antes de sentarme al lado de la ventana, en la segunda fila. Dejo el libro en la mesa y saco de la mochila las pastillas para el dolor, me trago un par y las vuelvo a dejar en su sitio.

—Oye —Escucho a Simon, le miro y elevo mis cejas para que continúe hablando—, es que me di cuenta de que no sabemos tu nombre —dice y veo a Barbi dedicarme una mirada divertida desde el asiento de mi izquierda.

—Atenea —contesto viendo a Simon asentir mientras me dedica una sonrisa—. Pero mejor Nea.

—Qué bonito quedaría. —Suspira Logan mirándome, haciendo que lo mire extrañada—. Ya me imagino las invitaciones: Logan y Atenea os invitan a su boda.

Las carcajadas de Barbi y de Simon inundan la habitación mientras que yo no hago otra cosa que mirar raro a Logan. Me mira y mueve sus cejas varias veces consiguiendo que ruede los ojos.

—Te conquistaré tarde o temprano, muñeca. —Me guiña un ojo y yo apoyo mi espalda en el respaldo de mi silla suspirando.

Cuando mi columna roza la madera una descarga de dolor me recorre el cuerpo y trato de ocultar la mueca de molestia que me provoca, pero fallo en el intento.

—¿Estás bien? —me pregunta Barbi mirándome seria.

—Sí, claro —miento apartando mi vista de la suya mientras juego con el bolígrafo.

El resto de la clase entra al aula y por último el grupo de ayer. El chico rubio con el que tuve el encontronazo en la escalera me mira mal para luego sentarse con sus amigos al fondo.

Esa mirada atrae la atención de Barbi de nuevo hacia mi persona, lo mira frunciendo el ceño para luego mirarme a mi confundida.

—¿Qué? —le digo arqueando una ceja.

—Adam Williams te acaba de mirar mal —habla y noto un rastro de preocupación en sus palabras.

—¿Acaso debo sentirme especial por eso? —pregunto indiferente sin entender por qué debería importarme.

— ¿Has hecho algo que le ha molestado? —me pregunta y frunzo el ceño confundida.

—¿Y eso qué más da? —Me mira entrecerrando los ojos totalmente seria.

—Responde Atenea —habla mientras se cruza de brazos.

—Le llamé gilipollas —respondo rodando los ojos. —Joder. —Suspira pasándose las manos por la cara—. ¿Sabes lo que eso significa? —pregunta y yo sonrío hipócritamente.

—Es un insulto Bárbara, te creía más inteligente —digo escuchándola gruñir al pronunciar su nombre completo.

—Ahora toda su banda vendrá a por ti, porque su estúpido lema es: Si te metes con uno, te metes con todos. —dice y suspiro agotada por la ridícula conversación que estamos teniendo.

Y yo que pensaba que Los Mosqueteros estaban ya pasados de moda, pero veo que me equivocaba.

—Me dan igual. —Trato de zanjar el tema mientras me encojo de hombros indiferente.

—Oh, no te da igual. —Se acerca a mí y susurra—. Adam Williams es el rubio, se mete en peleas solo por diversión. Dicen que su madre es prostituta y hay un chaval que se acostó con ella para contarlo por clases y le dio tal paliza que el chico acabó ingresado. Connor Miller es el moreno de pelo rizado, es un tocapelotas como Adam. Me contaron que sus padres lo abandonaron y por eso está con una familia de acogida. Caleb White, el más alto de todos, es de los mejores en las carreras ilegales, aunque no le hace falta el dinero porque sus padres están forrados. Cameron Thomas, el de pelo largo, parece el típico niño bueno pero las apariencias engañan, es de los traficantes de droga más conocidos, dicen que lo usa para conseguir dinero porque cuando su padre falleció internaron a su madre en el psiquiátrico y no es nada barato.

A medida que me describe a cada chico los identifico rápidamente y me doy cuenta que le falta a uno por nombrar, el que llegó tarde ayer.

—Y el peor de todos, Alexander Collins, es el de la chaqueta de cuero. Participa en peleas callejeras y en las carreras clandestinas, lo llaman Elrey. Es el más mujeriego del grupo, si le contestas o haces algo que no le haya gustado, te hará la vida imposible. —Lo observo de arriba abajo, quizá él esté orgulloso de sus logros, pero comparado con mi historial, no es nada.

El tal Alexander parece notar mi inquisitiva mirada ya que se gira para mirarme, me escanea de arriba abajo para esbozar una pequeña sonrisa ladeada. Aparto mi mirada de él y veo a Barbi mirarme seriamente

—Mejor aléjate de ellos, así no tendrás problemas —habla y le echo un vistazo a la ventana.

Creo que por primera vez le haré caso a la pelirroja porque no quiero más problemas.

Después de tres horas de clase, llega el tan aclamado descanso y camino hasta la taquilla donde dejo los libros mientras miro el móvil. Varias llamadas perdidas es lo primero que veo cuando lo enciendo y comienzan a llegar los cientos de mensajes del grupo que tengo con mis amigos.

Atenea ya no nos quiere leo como nombre del grupo, que obviamente, han cambiado.

John: Chicos creo que deberíamos decirle a nuestra querida Nea que debe coger el móvil.

Chris: Estoy completamente de acuerdo.

Steve: Cuánto os apostáis a que se le ha olvidado que existimos.

Eric: Mi hermana está enfadadísima con ella. Se piensa que ha encontrado a otra mejor amiga y que la ha abandonado.

Isa: ¡Cállate capullo!

John: JAJAJ

Nea: Ni me he olvidado de que existís, ni he cambiado a Isa por otra.

Isa: TE QUIERO JODER.

Steve: Yo también te quiero Isa, pero quiero saber cómo estás princesita.

Isa: No te lo decía a ti simio, se lo decía a Nea.

Chris: ¿Y cómo esta Will?

Leo todos sus mensajes, pero antes de que pueda hacer el amago de responderles un cuerpo se choca contra mí y la bebida que llevaba se vuelca, mayormente en su camiseta.

Elevo la vista y veo al chico tan peligroso, espero que se note el sarcasmo, Alexander Collins. Me mira fulminándome con la mirada por haber tirado su bebida, pero qué le hago, tiene dos ojos y debe usarlos.

—Mira por dónde vas, novata —habla gruñendo mientras mira su camisa blanca manchada de marrón.

—Eso debería decírtelo yo, tarado —digo mirándolo mal, al escucharme levanta la cabeza de su ropa lanzándome una mirada de todo menos bonita.

—¿Cómo me has llamado, novata? —habla lentamente mientras se acerca a mí con una postura intimidante, esperando que retroceda, cosa que no sucede, sino que le sostengo la mirada sin achantarme.

—Tarado —repito pronunciando lentamente el insulto, para que se le quede grabado—. ¿Te lo escribo?

—Te vas a arrepentir, niña. —Promete sin despegar nuestras miradas. Está enfadado todo en su cuerpo lo grita.

—Lo dudo. —Ruedo los ojos desinteresada pasando por su lado para tomar el aire en el patio.

Después de que Barbi me sonsacara lo que me pasó en el pasillo con Alex, veo a la pelirroja negar con la cabeza mientras hace una mueca y a Simon hiperventilar dramáticamente.

—Estás tremendamente muerta —dice Simon asustado llevándose las manos a la cabeza. Ruedo los ojos dándole un trago a la botella de agua que me compré antes de venir con ellos.

—Me habías caído bien, chica, pero te lo dije —me dice Barbi, encogiéndose de hombros.

—Yo te protegeré, muñeca —dice Logan poniendo su brazo en mis hombros. Lo miro raro mientras aparto su extremidad de mi cuerpo, en mi campo de visión capto al grupo del que tanto saben hablar estos chicos. Hablan entre ellos sin dejar de mirar a las gradas, donde nos encontramos, aunque me aventuraría diciendo que me están mirando a mí.

—Seguro que te matarán y luego te cortarán en cachitos para mandarte a tus seres queridos… —Simon no acaba la frase porque Barbi le da una bofetada.

—¿Mejor? —pregunta Barbi mirando a Simon que tiene su mano en la mejilla donde le pegó.

—Sí, gracias. Lo necesitaba. —Asiente el recién golpeado.

Un grupo de mujeres se acerca a ellos y las reconozco como las que los acompañaban ayer cuando hacían el ridículo metiéndose con mis acompañantes. Barbi me ve observarlas y decide explicarme quién son.

—Esas son como sus amigas con derechos —habla un tanto insegura sobre cómo definirlas—. Tiffany y Megan son las rubias, la morena que está pegada a Alex es Dana y la otra es Toni, novia de Adam, llevan casi toda la vida juntos.

Asiento desinteresada y cuando suena el timbre que nos indica que nuestro descanso ha finalizado, Barbi gruñe enfadada y lanza su lata de refresco llena a la campana logrando descolgarla de su lugar.

—¡Bárbara! —le regaña Simon escandalizado al ver el timbre en el suelo—. Eso es vandalismo.

—Será vandalismo, pero le tenía muchas ganas a esa mierda —dice la pelirroja levantándose de su asiento para comenzar a caminar al edificio.

Después de acabar por fin las clases recojo mis cosas viendo como casi todos los alumnos van al comedor, salgo del instituto comenzando a caminar hacia el colegio de Will.

Apenas llevo un par de metros andados cuando un coche acelera a toda velocidad saliendo del parking de alumnos y pasa por encima de un charco mojándome de arriba a abajo. —¡Hijo de puta! —grito viendo como Alex se asoma por la ventanilla del coche frenándolo a unos metros de mí.

Gruño enfadada y cojo una piedra de importantes dimensiones del suelo, lanzándola con fuerza contra su coche logrando romper la luna trasera. Lo escucho gritar: ¡Te mataré! Sonrío complacida y antes de que salga del coche me largo a recoger a mi hermano.