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En un mundo donde ya no predominan las despedidas de soltero, sino las de casados, Estela y Joaco, Joaco y Estela, dos jóvenes jubilados, se persiguen entre los Jardines del Botánico, como si no hubiese transcurrido un solo otoño sin que sus padres se apresurasen detrás de ellos. Se vacilan, se aman y se miman, mientras el decadente mundo que les rodea se derrumba por delante y por detrás a golpe de prejuicio, entre las bombas de mano de sus propios hijos. Pero Estela y Joaco han decidido antes de pasar por la vicaría que la vicaría pase por ellos. Y no han querido desmentir a Dolores Escobar cuando afirma que “El amor siempre vence; donde no vence, simplemente, no hay amor”.
Sus personajes aman a conciencia. Con la conciencia de quien sabe que tiene la vida y la muerte pegada a los talones. Corren como Cary Grant en campo abierto, más veloces que una avioneta. Porque cuando se ama y se vive, se tienen los pies ligeros de Aquiles.
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Veröffentlichungsjahr: 2014
Amando de Miguel
El presente file puede ser utilizado exclusivamente
para finalidades de carácter personal
Todos sus contenidos están protegidos por la
Ley del derecho de autor
Primera edición eBook: noviembre 2014
Edizioni Pragmata
www.edizionipragmata.it
ÍNDICE
PRÓLOGO
El alegre pesimista
1 Cuando florecen las mimosas (Estela)
2 La dama de los narcisos (Joaco)
3 Cómo salir adelante sin esforzarse mucho (Estela)
4 Ángeles y demonios (Joaco)
5 Matrimonio sobrevenido (Estela)
6 Uno se casa con una familia (Joaco)
7 El viaje iniciático (Estela)
8 Peregrinos de la tercera edad (Joaco)
9 Una cena para olvidar (Estela)
10 Envidias, celos y rencores (Joaco)
11 No se puede hacer querer no queriendo querer (Estela)
12 Amores tardíos, sentimientos encontrados (Joaco)
13 ¿Dònde se puede comprar un poco de tiempo? (Estela)
14 Todo fue un buen sueño (Joaco)
PRÓLOGO
El alegre pesimista
Amando de Miguel venera a ciertos miembros de la Generación del 98, cuando no a todos. Uno ha llegado a pensar que en cualquier momento le va a oír clamar, delante de este pandemónium en que se ha convertido España ¨¡Venceréis, pero no convenceréis!¨, dirigiéndose a cualquiera de los tristes gobernantes que nos han tocado en suerte. Pero Amando dispone de sus propios gritos de guerra unamunianos aunque, a quienes nos dirigen o pretenden dirigirnos, Millán Astray no tenga nada que envidiarles.
Escribió a finales del milenio pasado, que ya parece tan lejano, que 1998 clausuraba un siglo de pesimismo. Una centuria inaugurada precisamente por Baroja, Azorín, Maetzu y compañía, ilustrando la desazón que a nuestro gentío le causaban nuestros numerosos y continuos desastres, desde Cuba a Filipinas, pasando por nuestras perpetuas y cansinas guerras intestinas. Los españoles nos odiamos cordialísimamente, mientras nos echamos de menos cuando emigramos. Como en España no se come en ningún sitio. Ni se odia. Ni se envidia.
La ironía de esa jubilosa celebración del comienzo de las vacas gordas para los españoles estriba en que la euforia fue tan efímera como el paso del cometa Halley que tan poéticamente iluminara el nacimiento y la muerte de Mark Twain. Tras una década donde inauguramos la insólita costumbre de adquirir segundas viviendas y terceros vehículos, hemos saltado por los aires como si nuestros hijos, en el garaje del chalet, hubiesen dado rienda suelta a sus aficiones pirotécnicas.
Bien mirado no hemos cambiado gran cosa. También ahora hay un turno de partidos. Quienes se turnan son un poco más torpes, un poco más necios, bastante menos preparados y mucho más corruptos. El personal tiene la barriga más llena que antes y el cerebro más vacío. La ESO ha funcionado a conciencia. Y los nuevos iluminados y salvapatrias se frotan las manos, como cuando al Tío Gilito los iris se le volvían dólares. Europa camina hacia la integración -no falta ni Turquía- y España en dirección contraria. Nada que pueda deslumbrarnos a estas bajuras.
Pero De Miguel ha vivido a contrapelo. Le hemos visto hacer cosas muy raras. La enumeración resulta estremecedora y merece párrafo aparte.
Se ha dedicado a trabajar. Hasta la extenuación. Se ha pasado la vida estudiando. De estudio en estudio ha radiografiado varias generaciones de españoles. Ha sido un perpetuo aprendiz en un mundo de listillos y maestros impostados. Jamás perteneció al Establishment, único anglicismo que se permite la licencia de emplear con frecuencia. Así no se puede caer simpático a nadie. Se dedicó a tocarle las pelotas al franquismo no con frases hechas ni parapetado tras alguna trinchera, sino desde sus entrañas. A cambio, le obsequiaron con pensión completa y todos los gastos pagados en la Modelo de Barcelona. Votó al PSOE pensando en Suresnes y acabó por desnudar la impudicia de su líder visionario pensando en Segundo Marey. Nadie debería dejar de leer su magistral “La ambición del César”, escrito al alimón con José Luis Gutiérrez, otro hombre libre. Simpatizó con el nacionalismo moderado hasta que se cercioró del oxímoron. Viró hacia el liberalismo hasta que se percató de que el PP no lo representaba.
Siempre a contrapelo. El omnipresente sociólogo de cabecera. La sombra del gigante es alargada. Traten de recordar el nombre de algún otro colega de profesión. El colosal intelectual únicamente comprometido con su conciencia. No tiene una sola calle, una triste placa, un mero sillón académico. En la Academia de Ciencias Inmorales, los serviles entran por la puerta de servicio, aunque parezca la entrada principal. Para los mediocres y los giratorios quedan reservados los puestos de profesor honorífico y otras indecentes prebendas de trastienda.
Ensayista, cuentista, filósofo, antropólogo y mundólogo, ahora se nos ha puesto novelista. Y como siempre, a contrapelo. Ha escrito una bellísima crónica de amor crepuscular que pone los pelos crespos y eriza el alma. Aunque, bien pensado, de crepuscular tiene bien poco porque los septuagenarios amantes se divierten como niños y descerrajan los grilletes de esta Edad de Oro del fariseísmo.
Ahora, este alegre pesimista se nos ha puesto vital y esperanzado. Y, siempre a contrapelo, desmiente el diagnóstico de su esmerado análisis de 1998 sobre los españoles de entonces, a quienes sus encuestas encontraron pesimistas, resentidos y enconados. A garrotazos, como Goya los enterrase otrora.
En un mundo donde ya no predominan las despedidas de soltero, sino las de casados, Estela y Joaco, Joaco y Estela, dos jóvenes jubilados, se persiguen entre los Jardines del Botánico, como si no hubiese transcurrido un solo otoño sin que sus padres se apresurasen detrás de ellos. Se vacilan, se aman y se miman, mientras el decadente mundo que les rodea se derrumba por delante y por detrás a golpe de prejuicio, entre las bombas de mano de sus propios hijos. En un mundo que ha pasado de las despedidas de soltero a las de casado, ellos han decidido antes de pasar por la vicaría que la vicaría pase por ellos. Y no han querido desmentir a Dolores Escobar cuando afirma que ´El amor siempre vence; donde no vence, simplemente, no hay amor´.
Sus personajes aman a conciencia. Con la conciencia de quien sabe que tiene la vida y la muerte pegada a los talones. Corren como Cary Grant en campo abierto, más veloces que una avioneta. Porque cuando se ama y se vive, se tienen los pies ligeros de Aquiles.
A Estela y a Joaco ya no les aprieta ningún corsé. Nada que no sea su corazón les va a llamar la atención. Han llegado pletóricos a eso que llaman la edad madura. Y los dos son Amando de Miguel, que ha decidido por fin ponerse su nombre por montera. La vida ya se la puso hace tiempo. Juaco y Estela son dos espíritus libres, dos lobos esteparios condenados a encontrarse. Amantes y disidentes.
Este alegre pesimista vierte en esta fascinante novela la inédita sensibilidad de un sociólogo heterodoxo que disecciona con precisión de cirujano el alma y la condición humana. Con el fino escalpelo de su pluma ha derramado su sabiduría en unas letras que demuestran que más allá de la sociedad le apasionan sus miembros. Siente la conmovedora compasión de quien ha visto pasar por el cedazo los seres más vulnerables. Mira con los ojos de otros. Ríe y llora con ellos.
Los españoles seremos pesimistas, resentidos y enconados, pero también alegres y generosos. Somos líderes en donación de órganos y ayuda humanitaria. Odiamos al vecino y amamos al haitiano sacudido por el último terremoto. Dentro de nuestras absurdas contradicciones hay razones para amarnos.
De Miguel nos conoce. Pero nosotros también a él. El alegre pesimista no es tan descreído como nos cuenta. A sus insólitos 77 años opone, siempre a contrapelo, un admirable vigor. Sube las escaleras de tres en tres y las baja de una en una, para llevarle la contraria a la edad y a la gravedad. Siempre está de un mal humor bueno. Es un paciente impaciente. Nunca interrumpe el turno de palabra ajeno. Escucha. Refunfuña, carraspea y a continuación, ríe a carcajadas, con las sonoras risotadas de las personas francas.
Nunca conocimos a tan alegre pesimista. Puede decirse de él, como de Joaco o de Estela, lo mejor que puede decirse de un ser humano. Es fiable.
Antonio Íñiguez Escobar
1 Cuando florecen las mimosas (Estela)
El Botánico se hacía el dormido. A la espera de la primavera, el solecito multiplicaba los mil tonos de verde. No éramos muchos los paseantes; solo los fieles. Uno de ellos atrajo mi atención, un tipo corpulento con un despampanante chubasquero amarillo. Quizá fuera botánico del Jardín. Se acercaba a los letreros con los nombres de las plantas, seguramente para comprobar que estaban bien puestos.
Durante los días soleados mi rutina mañanera consistía en bajar al Jardín Botánico de Madrid a media mañana hasta la hora de hacer la comida. Vivía sola muy cerquita, en la calle Moreto. Por la tarde acudía a alguna reunión con mis amigas del comité de Cáritas, aunque me había medio jubilado. Me sobraba tiempo. Dionisio, mi médico de cabecera, me imponía caminar tres horas diarias. Le obedecía con gusto recorriendo despaciosamente las avenidas del Botánico. La entrada era gratis para los pensionistas.
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