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Esta antología de cuentos narra los ecos de las violencias a las que sobreviven niñas, adolescentes y mujeres cuestionando las nociones de familia, guerra, religión, política y vida cotidiana en el contexto colombiano. Desde diferentes perspectivas, el recuerdo, la memoria corporal y la anacronía ayudan a las heroínas a contar su propia historia con elementos que se intuyen fantásticos y surreales. Además, puede comprobarse que esta narrativa es provocadora, sacrílega, profana y feminista.
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Seitenzahl: 294
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Anacronía
1. s. f. Atribución a un hecho o suceso de una fecha distinta a la verdadera, presentándolo como propio de una época a la que no corresponde.anacronismo
2. Condición de lo que es intemporal o independiente del curso del tiempo.intemporalidad
ANACRONÍA
®Dunia Oriana González Rodríguez
Primera edición: Febrero 2020
Edición Cuatro Ojos Editorial
www.cuatroojoseditorial.com
Facebook: @cuatrojoseditorial
Instagram: @cuatrojostextos
Dirección editorial y corrección de estilo: Laura Cristina Bonilla y Dunia Oriana González Rodríguez
Diagramación: Elizabeth E. Cruz Tapias
Ilustración de portada: Lorena Skunrocker
Diseño de portada: Mike Ramírez
Adecuación de portada: Iván Ernesto Mateus
Impresión por Digiprint Editores SAS
ISBN: 978-958-48-8522-7
Cuatro Ojos Editorial apoya la protección del copyright.
Bajo las sanciones establecidas por las leyes quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o a futuro—incluyendo las fotocopias y la difusión a través de Internet—, y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler o préstamos públicos.
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
CONTENIDO
LAS ALAS Y EL FUEGO
CARTA DE AMOR
TAL VEZ FUE LA LLUVIA
LA PESADA MALETA DE LA ABUELA
BESOS EN EL CONFESIONARIO
LOS NEGOCIOS DE PAPÁ
DÍA DE CAMPO
SECRETO DE AMIGAS
LA VISITA INESPERADA
EL GRAZNIDO DE LA LECHUZA
EL CANTO DE LAS RANAS
CACERÍA DE BRUJAS
SUSURROS EN EL FUNERAL
LA LEYENDA JAPONESA SOBRE LOS PECES KOI
A mi madre Esperanza y a todas las mujeres y sobrevivientes.
Principalmente, agradezco el apoyo de Laura Bonilla, mi amiga, editora y colega, quien me impulsó para hacer realidad este sueño de ser escritora.
También, a todas las personas que me brindaron su apoyo para que resistiera haciendo magia con las palabras.
«Me ayudó mucho dejar de sentirme víctima, dejar de pensar que eso justificaba que me portara como una antisocial el resto de mi vida. Fue casi mágico lo que pasó cuando empecé a contarme mi historia de otro modo. Ahora entiendo que hasta las cosas más terribles pueden convertirse en peldaños para cruzar al lado más claro de una misma».—Gioconda Belli, El país de las mujeres—
«Pero las cosas siguen igual. La gente no es capaz de verse a sí misma y ese es el principio de todos los males».—María Fernanda Ampuero, Pelea de gallos—
«Nunca nos dijeron que podía violarte tu marido, tu papá, tu hermano, tu primo, tu vecino, tu abuelo, tu maestro. Un varón en el que depositaras toda tu confianza».—Selva Almada, Chicas muertas—
LAS ALAS Y EL FUEGO
En el viejo arte de tejer con aguja e hilo, Madre me enseñó el punto y la cadeneta. Al principio, mis intentos terminaban en nudos o en hileras de lana que se deshacían cuando quitaba la aguja. No sabía por qué era importante, pero durante varios años lo practiqué. La rutina consistía en sentarme al lado de Madre y otras mujeres que llegaban para tomar café, bajo la sombra del mango que había en la casa. A veces se quedaban en silencio, como si existiera un lenguaje secreto para comunicarse. Y otras, cuando la brisa movía los rosales, ellas se convertían en sus confidentes más queridas. Un extraño murmullo se apoderaba de sus bocas y lentamente se iban deshaciendo de la tristeza.
—A doña María la dejó el marido, se fue con la secretaria —dijo una de mis tías.
—Típico de los hombres, con cualquiera que les abra las piernas, caen —agregó una vecina que se esforzaba por hacer un gorro para su bebé.
—Eso no hay mal que por bien no venga —añadió Madre.
Sonia relató una vez más cómo su marido la había dejado por una enfermera y le había robado todos los ahorros de la educación de los niños.
—Yo he trabajado desde que era muy niña para tener lo mío.
—¿Y te robó algo más?
—La ilusión de tener una casa para mis hijos y mis nietos.
—Tendrás una casa, tal vez no la de tus sueños...
El llanto de Sonia interrumpió las palabras de ánimo que Madre le otorgaba. Las agujas brillaban con el sol de la tarde. Algunos pájaros picoteaban las guayabas de los árboles del solar. Me distraje con las flores del mango que caían y hacían una capa rojiza en el suelo. La radio anunció que habría fuertes lluvias y vendavales en noviembre. Las mujeres giraron hacia el lugar donde provenía la voz del radio difusor.
—Tenemos que ajustar las tejas del patio —sugirió Madre.
—No podremos venir por un tiempo —se lamentó la vecina.
—¡Ajá! ¡Se nos mojarían los hilos! —Sonia parecía no volver de su tristeza.
—Ya se nos ocurrirá algo —concluyó la tía Ana.
Madre hacía espléndidos tejidos. Su mayor obra fue los cubrecamas de nuestra casa. Aun así había diseños para la mesa de noche, del teléfono, del gran comedor; en las repisas del baño, en los espacios diminutos de la biblioteca, en la base que mantenía la virgen y en la bolsa que cubría las raíces de la sábila, colgada detrás de las puertas de la casa. Una tarde, Madre dijo como si fuera un secreto:
—Hija, observar nos ilumina el corazón.
Señaló un lugar para que me sentara a su lado. Tomé un taburete que estaba lleno de hilos y lanas. Estuve horas viendo cómo sus dedos se movían ágilmente para hacer de un agujero diminuto una figura que iniciaba el rompecabezas. Ahí, en su presencia, me quedé con la mente en blanco. Así pasamos horas hasta que llegó la noche y yo bostecé.
—Es suficiente por hoy —dijo levantándose para estirarse.
La segunda clase sucedió un sábado en la tarde mientras llovía. No había mucho que hacer en la casa. Estábamos las dos. Ella leía mientras tomaba café. Yo dibujaba un paisaje donde las montañas eran muy verdes y el cielo estaba cubierto de gallinazos. De repente miró por encima de sus lentes y dejó el libro sobre la mesa.
—Nini, busca la caja del tejido.
Hice caso como si fuera una orden urgente. Salí corriendo al cuarto de coser. Tararín-tararán cantaba al volver. Extendí las manos para alcanzarle la caja, ella me dijo:
— Es tu regalo de cumpleaños.
— ¡Gracias, Madre! —acto seguido la abracé.
Nos sonreímos. Por fin hacía parte de aquel grupo selecto de mujeres. Me indicó la posición adecuada del cuerpo para tejer: la espalda firme, la cabeza ligeramente hacia adelante, la aguja debía ir en los dedos: pulgar, índice y corazón como un lápiz; la hebra sujetada por el meñique y el índice, para tensar lo necesario y, de vez en cuando, los otros entraban en la tarea para medir y continuar la obra. Me explicó que se debía visualizar la figura que se quería hacer antes del primer ojal, pues a partir de ese punto se realizaría lo que habíamos imaginado. El resultado de la clase fue una larga cadeneta de ojales que se unían entre sí, muy débiles, unos más grandes, otros más pequeños, a veces más apretada en una parte que en otra. Supe que debía esforzarme más en el arte de la visualización para mis próximas clases.
Al finalizar, Marta entró abruptamente a la casa. Tenía el rostro cubierto de lágrimas y de la sangre que le salía por la nariz. Jamás la había visto tan despeinada, con la ropa desarreglada. El bebé que tenía en la panza se movía por intervalos. Ella intentaba tranquilizarse tocándose cada lugar. Madre hizo que se sentara y me pidió que buscara el botiquín. Al regresar pude ver que la vecina le mostraba la marca de una mano fuerte sobre uno de los brazos.
— ¡¿Ha ocurrido otra vez?! —dijo Madre indignada.
— Prometió quedarse para ver nacer a su hijo.
— ¿A qué precio? ¿Tu vida?
— Lo amo, no podría vivir sin él.
Curamos sus heridas. Le dimos una aromática de manzanilla. Dejamos que se desahogara. Estaba más tranquila cuando su marido llegó a buscarla. Traía un ramo de flores. No podía sostenerse de la borrachera. Los dos hablaron unos minutos en la entrada de la casa. Al final, ella nos pidió ayuda para llevarlo a la casa. Nos negamos. Marta se quedó mirando fijamente a Madre, con un gesto de furia se marchó. La vimos cumplir su objetivo entre tropezones y caídas. Nosotras no debíamos prestarle ese tipo de servicios porque estaba en contra de una de las reglas del tejido: «vivir para crear».
—Marta se irá del pueblo y perderemos su amistad —se lamentó Madre en voz alta.
Con el tiempo comprendí que en mis clases aprendía la destreza de inventar. Además, podía relajar mi mente y pensar con alegría en las cosas que hacía en el día. Así escuchaba claramente mi voz y me dejaba llevar por la monótona tarea, que en el fondo era una excusa para acallar los ruidos del mundo y aceptar ese deseo de hablar conmigo misma. Aprendí a comunicarme con mi cuerpo. De esta manera, era muy saludable y me encaminaba hacia la fortaleza y la libertad ignorándolo completamente.
Las lecciones cada vez se hacían más complejas, pues debía copiar las figuras en muestra. Para llevar a cabo esta labor, era necesario fijarse en cómo había sido originada. Cuán larga debía ser la cadeneta básica y cuántas veces necesitaba pasar la aguja por los agujeros; sin olvidar tensar adecuadamente la hebra. También aprendí a manipular los diferentes materiales como el croché, el fique y el hilo, que le daban otro tipo de textura al tejido, y la posibilidad de crear otras formas de urdimbre.
A pesar de la partida de Marta, en casa el grupo seguía con las reuniones. La tía Nana se especializaba en los detalles tejidos de los vestidos de novia. En sus obras se veía el esfuerzo por la perfección y la elegancia, que las familias empoderadas del pueblo solicitaban para el ajuar de las novias. Sonia utilizaba el fique, aunque este fuera tosco, duro e hiciera el trabajo arduo. Hacía bolsos muy coloridos. Fueron tan llamativos que empezó a venderlos y distribuirlos como una artesanía.
Por el contrario, Madre tejía cosas para la casa que tenían un lugar específico. La urdimbre permanecía en los lugares como un fiel testigo de la vida. Parecía no envejecer; mantenía la forma, el color y la utilidad para la cual había sido creada. En su naturaleza no había ningún rasgo de finitud. A veces daba la sensación de tener un poder más allá del entendimiento. Sin razón aparente la mayoría de piezas nuevas esperaban en los cajones, deseosas de salir al mundo de las cosas. Pero las que ya estaban expuestas acaparaban la atención y la vida misma.
Finalmente, estaba yo, que hacía solo figuras circulares y que no servían para adornar ni para conformar una totalidad. Solo piezas circulares que se iban arrumando en los cajones de mi armario. Con los años, estaban llenos y ninguna sabía bien qué hacer con ellas, porque el trabajo era bueno, pero no tenía mayor utilidad. Insegura por mis descubrimientos, un día de noviembre decidí limpiar el cuarto. Pensé en guardar las piezas en una caja. Saqué los tejidos y los puse en el suelo de la habitación; como llevada por un impulso de mi corazón las ponía aquí y allá comprobando que no todas eran circulares, que tenían más bien una forma alargada, ovalada; cuanto más me convencía de sus diferencias, una sensación de asombro empezó a invadirme. Una tras otra conformaba una gran figura. Estaba en mi labor cuando Madre me llamó a comer, y al cerrar con fuerza la puerta comprobé que salí de la habitación como queriendo que allí no entrara ni el viento ni la luz. En la comida, Madre habló del significado de nuestro arte:
—Tejer es como la vida, exige concentración, esfuerzo y objetivos claros... ¿Comprendes?
Yo solo asentí y tomé agua de panela y apuré el maduro con queso derretido en el centro. Estaba absorta en lo que decía. Se me quedó mirando como si se percatara de que había hablado. El silencio volvió a hacerse entre las dos. Sus ojos color azabache buscaron en mi indiferencia algún atisbo de verdad. Yo comía tranquilamente, pensando en la figura del cuarto. ¡Tararín-tararán! Volvería al cuarto y sabría para qué había tejido durante esos años. Ella estaría orgullosa. Entonces, advirtió que, aunque en mis ojos color miel no se revelara ninguna verdad, yo le daría una muestra de creatividad, en la que garantizaba que efectivamente estaba comprendiendo la analogía de tejer y vivir. Porque todos esos años de silencios y esas agotadoras horas de trabajo habían moldeado, aparte de callos en mis dedos, mi amor por la vida.
—Tejer es un arte despreciado por las personas que creen que lo hacemos para perder el tiempo.
Madre se quedó mirando la nada, tal vez, un punto invisible para mí en la pared. Luego vi cómo mis abuelas espirituales danzaban alrededor de ella y le cubrían con hermosos tejidos su cuerpo. Tararín-tararán. El viento golpeó la ventana de madera mal cerrada; levantó el mantel tejido por Madre y las abuelas espirituales besaron sus mejillas. Antes de retirarse, fue por el último café del día. Me recordó que arreglara la cocina y agregó:
— Buenas noches, pequeña aprendiz —y guiñó su ojo derecho con complicidad.
Antes de darme la espalda, me sonrió como si hubiese sido consciente del espectáculo que yo había presenciado. Me levanté rápida. Dejé el oficio para después, pues aún debía completar la obra. No dormí en mucho tiempo al trabajar varias semanas disciplinadamente. Había una furia en mi interior que crecía en las madrugadas y cuando asomaba el sol se apaciguaba como un animal hambriento cuando ha comido. También sentía que en mi pecho un fuego había empezado a expandirse y era irremediable apagarlo con el agua de hierbas de albahaca o yerbabuena.
A la segunda semana de mi labor, Madre no volvió al trabajo. Solo se quedó tejiendo una larga manta. Pensé que ella había tomado las vacaciones. Mis tías se quedaron en sus casas preparándose para las fiestas decembrinas y la visita de los familiares, que venían de otros pueblos. En medio de nosotras se estableció una disciplina irrompible. Ni siquiera nos fijamos que comíamos tan poco; es más, ella dejó de comer y empezó a moverse despacito como si de pronto alguna de las abuelas espirituales se hubiese encarnado en su cuerpo. Aunque lo vi, no comprendí su atenuante silencio y cómo la mirada empezó a apagarse.
Pasaron más de tres semanas y logré finalizar mi obra. En ese tiempo veía a Madre debajo del mango con la manta que cubría por completo su cuerpo. Por esa época el mango empezó a florecer e iluminó la manta con sus florecillas rosadas. Tenía el cabello cubierto de flores y de colibríes. Parecía estar absorta en sus ideas y el tejido parecía acaparar su energía. Las aves se paraban en sus hombros o se quedaban en sus pies revoloteando. El mango seguía floreciendo y mostraba sus primeros frutos. Ella parecía estar en un hermoso sueño y yo le revelaría que su sabiduría estaría a salvo conmigo y que sería transmitida a las nacientes generaciones y así hasta que el fin del mundo llegara.
Diciembre se puso en las hojas del almanaque y Madre terminó la manta que la cubría como una gran capa de mago. Permaneció en el mismo lugar, sentada sobre la mecedora de madera, con la caja de tejido en sus pies y algunas bolas de lana desperdigadas por el suelo.
Se cubrió de pies a cabeza como si una terrible helada la petrificara.
Unos días antes de que llegaran los familiares, se levantó y se arregló como si en la noche fuera a salir de fiesta. Yo decidí, no sé muy bien por qué, tan solo guiada por el mismo impulso que semanas atrás había sentido, hacer su cena preferida: café con plátanos maduros asados y con queso campesino en el centro. Ella me sonrió. Estaba en el comedor como si se tratara de una mujer que asiste a un restaurante y se siente satisfecha con el pedido que han traído a su mesa. Yo veía su rostro tranquilo. Parecía haber rejuvenecido. Se veía feliz y sonreía coquetamente, como si enfrente estuviera algún enamorado de la juventud.
Antes de terminar el café, alargó su mano, tomó la mía y me dijo:
—En el tejido está nuestra imaginación y nuestro amor por las personas y las cosas del mundo.
Cuando escuché sus palabras sentí un tremendo alivio. Dentro de mí la llama parecía quemarme. Empezaba a subir lentamente del estómago hasta la garganta. El fuego se convertiría en palabra. Madre terminaba su café. Era el momento justo para decirle que había heredado la tradición porque yo era una principiante dedicada. Así que respiré, dejé mi taza y hablé:
— Quiero mostrarte algo...
Quise guiarla a mi cuarto, pero ella se apresuró como si se tratara de un fantasma y se dejó ir lentamente contoneando el cuerpo, dando la impresión de que empezaba a bailar. De su presencia se desprendió un olor a flores de Dama de la Noche. El aroma era tan penetrante que por un momento creí que soñaba. En la casa el arbusto se había secado en verano y los que había en el barrio no florecían a esa hora. Tal vez el tiempo de la comida había sido mucho más largo. Quizá se nos había perdido la veracidad del mundo.
— ¡Ven conmigo! — alcé la voz.
Salí corriendo tras ella. Cuando la hallé, Madre permanecía acostada en la cama cubierta por la manta que había tejido con algunas flores del mango. Estaba sonriente. Su boca se abrió lentamente. Me acerqué, pues susurraba algo que me pareció embrollado desde la distancia en la que permanecía.
— Quería una hija, pero no un padre.
— ¿De qué hablas?
— Fue el médico quien te dio la vida sin preguntármelo...
— ¿Mi padre?
Sus ojos se cerraron. Se acomodó plácidamente en su cama. Me pidió que apagara la luz.
— ¡Despierta! ¡Hice unas alas para volar! — grité.
Suspiró, pensé que saldría de la duermevela, aunque estuve viendo su rostro iluminado por la lámpara de la mesa de noche, no se inmutó. Sus labios permanecieron en aquella sonrisa coqueta y dura por la muerte. Apagué la luz. Comprendí que debía marcharme. El tejido ya no tendría cabida en nuestra casa. Mis manos parecían inútiles: ya no podían abrazar la vida. Recordé que en otro cuarto estaban las alas que nunca fueron tejidas para mí sino para su muerte. Pensé tristemente que mientras contemplaba cómo el calor de su cuerpo se iba disminuyendo al punto de dejarle en la piel un tono pálido y siniestro, Madre me había regalado la libertad.
Mis tías volvieron a la casa a tejer, luego de que habían dejado todo listo para las fiestas. Antes de que se deliberara qué hacer con su cuerpo, decidí que lo mejor era marcharme. Tomé la caja de tejido heredada, unas cuantas cosas y amarré las alas a mi espalda. Aquellas que había construido por años a su lado, en silencio. El destino era cualquier lugar, a donde llegara enseñaría el arte de tejer y contaría que mis alas eran lo único que podían demostrar que realmente yo era digna de su amor.
«Mis alas, ¡¿por qué no las tejí con más prisa?!», pensaba en esto cuando me elevaba con el viento hacia las nubes... hacia el cielo.... hacia el sol.
CARTA DE AMOR
Esperabas sentada, con el lápiz entre los dedos, tu café. El mismo café cargado de todos los días para ir al periódico. Llegaste temprano a tu cafetín, como solía decirte Ricardo. El mismo Ricardo, sí, el encargado de las crónicas al estilo Alfredo Molano. Ricardo se parecía tanto a Carlitos, tu primer amor. Estabas absorta mirando cómo pasaban las personas con sus abrigos hasta el cuello. No te fijaste cuando el mesero trajo tu orden. Cogiste la galleta con chips de chocolate; la mordiste; estaba fresca y crocante. Llegaste más temprano de lo habitual para empezar la carta de amor. Unas dos décadas ya habían transcurrido desde la última vez que te enamoraste profundamente y decidiste que lo mejor era confesar tu amor mediante una carta; en ese tiempo estaban de moda. El aroma cítrico del café aminoró el frío y evocó, por un instante, el bálsamo que habitaba tu casa número 3. Así las has ido enumerando en tu vida.
Esa era la tercera. Era una casona colonial, de fachada blanca y de techo de teja de barro. En el medio había un rectángulo que dejaba entrar el sol. El rectángulo iluminaba un pozo de piedra y unos cuantos materos con sus respectivas plantas ornamentales y florecidas. Las columnas eran grandes troncos de madera. De ellas colgaban helechos sembrados en unas canastas de alambre. Los recipientes eran insuficientes para estas Pteropsidas deaspecto terrorífico y raíces espesas. El techo era alto y estaba tiznado por los años y las telarañas. Tal vez, en otra época, mucha gente vivió allí y el humo de la cocina dejó su rastro en los maderos superpuestos del techo.
Recuerdas las habitaciones alrededor del solar. Unas diez habitaciones con puertas de madera pintadas de azul celeste, con un candado petrificado por el óxido y una aldaba, que le hacía juego. Algunas tenían cascarones de pintura desprendidos, y podías ver, al raspar con tus uñas, colores como el verde y el amarillo cubierto por la última capa de pintura de aceite. Tu madre y tú llegaron para enero, justo unos días antes de empezar su trabajo en el colegio. Tú eras una niña callada, para ser exacta, solitaria. Tú y tu madre se acomodaron en la habitación más grande, justo en el ala derecha; muy cerca de la cocina y el baño, cuyas paredes de piedra estaban cubiertas de enredadera de maracuyá...
Tomaste un sorbo de café. No puedes olvidar ni las flores azules y raras de esa planta, ni tampoco los abultados gusanos negros que llegaban para comer los frutos; menos el horror de bañarte tan rápido que ninguno de ellos se desprendiera y cayera en tu cabello o espalda. Abriste tu libreta.
En la parte superior derecha de la hoja pusiste la fecha;
más abajo:
«Querido Ricardo» ...
Llegaste a ese pueblo tan solitario en las noches.
¡A veces ni los perros se escuchaban ladrar!...
Mordiste una vez más la galleta y reparaste en que todos los del café tenían los ojos clavados en el nuevo teléfono inteligente, pensaste: «¿Qué debo escribir?». Y muchas imágenes del pueblo regresaron a tu cabeza. «¿Cómo olvidar tu escuela?». Una escuela de dos salones, en la que niños de todas las edades aprendían al mismo ritmo. Una escuela cuyo logo decía en letras grandes «Escuela nueva» y si te fijabas en su aspecto parecía que en cualquier momento iba a desaparecer. Tú con tu cuaderno de dibujos a reventar porque la mayoría de cosas tu madre ya te las había enseñado. Tu libreta de dibujos, «¡si no fuera por mi libreta!», te dijiste sonriendo. La mayoría de niños se iba de las clases y no volvían. Casi todos debían marcharse del pueblo. Otros llegaban sin previo aviso y entonces tu maestra debía repetir los temas que tú te sabías de memoria...
El mesero vino a la mesa y te trajo otra ración de galleta. No recuerdas si la pediste inconscientemente llevada por tus recuerdos, como a veces te sucede. Tus ojos se clavaron en la «o» de Ricardo...
¿Cuántos niños llegaban y se iban? ¿Cuántos nombres anotaste en tu libreta? Más de 20 nombres.
Escribiste. Tachaste. Tachaste.
Ese día te sentías aburrida. El bochorno te hacía bajar gotas de sudor por la frente. La maestra recogió tu largo cabello para que pudieras estar más atenta y abanicarte menos. Eran las onces de la mañana cuando una señora con un vestido de flores rojas interrumpió la clase. Te reíste de ella porque se parecía a la vaca que habías coloreado unos días atrás, solo que le faltaban los tacones y las perlas en el cuello. Viste a un niño tomado de la mano. Él te miró y el brillo de sus ojos te dejó perpleja. Sin saber muy bien, miraste al lado derecho de tu pupitre; aún permanecía vacío. Alzaste la vista rápidamente por el salón y había unos cuantos más. Tu corazón dio un vuelco. Te paraste y con una voz temblorosa dijiste: «¿Se puede sentar conmigo, maestra?». No sabes muy bien si fue el calor o tu maestra ya sabía del amor, pues accedió sin chistar...
Tan distraída estabas que se cayó el lápiz de tus dedos. Lo buscaste debajo de la silla. Algo que Carlitos hacía constantemente desde que se sentaron juntos. Tú solo agradecías y no podías hablarle nada. En la hora del descanso tú jugabas con las niñas a saltar la cuerda; él jugaba al fútbol con los demás niños. Recuerdas que el tiempo de verano pasó y las lluvias inundaron las calles del pueblo y los salones de la escuela... tac-tac-tac... un sonido repetitivo de agua chocando contra la superficie plástica de los baldes dispuestos por tu maestra; tus compañeros y tú se turnaban para desocupar y reubicar si era necesario.
La lluvia iba incrementando a medida que los mosquitos nacían y picaban. La lluvia amenazaba con cerrar la escuela; tumbar el puente; acabar la carretera; dejar sin comida al pueblo. Tenías miedo de no asistir a la escuela. Quisiste rezar a un dios y tu madre te había desprovisto de toda creencia. Tu madre te explicaba que era época de invierno y al vivir en un país tropical, así era el clima. Tú escuchabas a las personas del pueblo hablar de los derrumbes, tu madre parecía inquieta. Tú veías que no era la lluvia en sí lo que hacía que los adultos también sintieran miedo...
Tu lápiz se deslizó por la libreta y dibujó una calavera. Te tocaste el cuello y estiraste las piernas. Dibujaste otra calavera. La lluvia para el mes de noviembre era constante, ¡imparable! Odiaste la lluvia porque si al principio podías jugar con los niños en la escuela a saltar los charcos; correr tomada de la mano de Carlitos bajo los chorros de las canaletas; luego la escuela fue cerrada porque de la lluvia se le desbarató una parte del techo. Tu maestra resolvió que lo mejor era cerrarla para ser reparada. Y tú supiste que la odiosa lluvia no pararía y los arreglos tomarían varios días, tal vez meses. Tú volviste ese día empapada a casa y sin saber el motivo exacto, lloraste. Tu madre pensó que tu tristeza se debía a la cancelación de las clases, así que te regaló varios libros para leer y dibujar, a manera de consuelo. También te prometió un lugar más bonito para vivir. La lluvia irrumpió en la cotidianidad del pueblo: la mayoría de tiendas abrían en la mañana y cerraban después de medio día en que la humedad era aún más sofocante. Te quedaste en la casona leyendo y añorando volver pronto a la escuela. También renegabas porque el colegio permanecía abierto y tu madre trabajaba la jornada completa.
Tu mayor pasatiempo era deambular por la casa. Contabas los gusanos y las flores del jardín. Jugabas a saltar la cuerda, pero terminabas aburrida, acodada en la ventana mirando cómo diminutas rayas verticales caían sin parar. Empezaste a inventar dioses que escucharan tus plegarias para que pudieras volver a la escuela y jugar con Carlitos. «¡Qué triste vivir a las afueras del pueblo!», te reprochabas. Si tan solo estuvieras más cerca de tu amigo, si tan solo tus dioses te escucharan... Te reíste de las cosas cursis mientras sorbías el café... A la semana ya no hacías nada; a veces medio ojeabas los libros. Pensaste en tomar un impermeable e ir a la casa de Carlitos a jugar. Tal vez tu madre se enfadaría: te protegía de la fiebre amarilla y el dengue, enfermedades que la lluvia había traído al pueblo.
Decidiste arriesgarte. Te pusiste tus botas rojas de plástico y el impermeable morado. Cuando estabas lista con la indumentaria, dejaste entreabierta la ventana para poder entrar cuando regresaras. La sombrilla rosada tenía estampado el rostro de la Bella y la Bestia y se doblaba por el peso del agua. En el camino te diste cuenta de que había niños desnudos jugando bajo la lluvia. ¡Qué envidia! Caminaste de charco en charco auscultando las calles vacías; reparando en las puertas de las casas en las que se veían brillar los ojos de las gentes que anhelaban como tú, que la lluvia se fuera.
Te pareció grande el pueblo. Después de varios minutos caminando por la mitad de la calle, para evitar que los afluentes de agua sucia te arrastraran por las cunetas, llegaste a la plaza. Allí te encontraste con tu amiga Lala jugando con su bicicleta de la Barbie. Te contó que sus padres le habían permitido jugar en la casa de Carlitos. Lala era de ojos oscuros y de cabello negro. Su madre siempre le hacía una trenza. Te alegraste y fuiste a la casa de Carlitos en compañía de Lala. Jugaste con ellos al dominó y a las escondidas; y, por primera vez, viste dibujos animados en un televisor a blanco y negro mientras comías galletas wafers de vainilla con Pony Malta. ¡Pasaste una tarde inolvidable! Te fuiste antes de las cinco sabiendo que ya era tarde. Al despedirte Carlitos te besó en la mejilla y tú saliste corriendo detrás de Lala. Te sentías feliz...
Tomas café y recuerdas cuán feliz te sentías; y también lo estúpida que te sientes por no poder escribir una carta de amor a Ricardo... Al llegar a casa, tu madre estaba furiosa. Lloraba y te decía, señalando con el dedo índice, que afuera no solo era la lluvia sino los camiones y los hombres vestidos de verde quienes eran peligrosos. Te preguntó si viste los camiones en la plaza, te hizo jurar que no mirarías el interior de esos carros de carga y que no saldrías sin su permiso...Te parece que eras muy inocente, tal cual lo son las niñas a esa edad...
Aunque prometiste no salir sin su permiso, cada tarde jugabas con Carlitos y Lala; y lograste llegar a casa antes de que tu madre se enterara. Ya entrabas con facilidad por la ventana. Ya habías visto en repetidas ocasiones a los hombres de verde custodiando los vehículos de capota negra. Tú pasabas mirando las líneas de greda formando los recuadros de las calles del pueblo. Pasabas rápidamente para no quebrantar del todo tu promesa. Eras feliz al jugar con tus amigos... te importaba poco si abrían la escuela o no, si la lluvia hundía el puente o dejaba sin alimentos el pueblo...
Insistes en escribir frases bonitas para Ricardo: «Son tus ojos...»; «Es tu voz una melodía, ¿un estruendo? ... ». Y reconoces aquella noche en que el estruendo, parecido al de un trueno, hizo retumbar las paredes de la casa. Te despertaste. Tu madre estaba parada al lado de la puerta. Viste su cara pálida. Te tomó del brazo y te llevó debajo de la cama. Te repetía: «silencio-silencio-silencio». Sentías calor y temblabas. Estabas debajo de la cama. Tenías miedo de las cucarachas. Tu mamá te cubrió con cobijas. El estruendo duró hasta que el sueño te obligó a dormir. Amaneciste debajo de la cama. Tu mamá se veía diferente. Sus manos temblaban. Ese día la lluvia había aminorado; no saliste de casa. Tenías miedo del estruendo. Lala vino a buscarte en su bicicleta. Ella también despertó debajo de la cama. Prometiste jugar con ellos al día siguiente...
Tu café se acabó y pediste uno más con un croissant. Siempre te abre el apetito recordar... Al otro día, cumpliste tu promesa al jugar con ellos. Antes de irte, Carlitos dijo que se marcharía. Te quedaste de piedra sin saber qué decir. Te prometió que se despediría. En ese momento, te prometiste escribir una carta de amor. Te besó una vez más en la mejilla y te abrazó. Aún no sabes qué pasó ese día contigo. Te fuiste tranquila, cantando de charco en charco. Esa noche le pediste ayuda a tu madre para escribir una carta. Tu madre te habló de los diferentes tipos de carta, al final de su lista dejó la de amor. Te fue difícil encontrar las palabras adecuadas. Cada vez que intentabas plasmar lo que sentías la hoja terminaba arrugada y tirada en el piso. Repetiste una y otra vez la misma mecánica hasta que tu madre te mandó a dormir. Decidiste que lo mejor era decir: «¡Buen viaje Carlitos, te llevaré siempre en mi corazón!»; y agregaste una foto tuya en la que te faltaba un diente de adelante. Esa noche la lluvia aumentó su intensidad. Al otro día, la mayoría de calles estaban inundadas...
Te estiraste sobre la silla; miraste a tu alrededor y el café estaba a reventar. Esta vez no era tan fácil. Ricardo no se iba, al contrario, se alojaba en tu corazón y tú debías darle una respuesta a la propuesta de alquilar un apartamento para los dos y casarte... El murmullo de las personas te distrajo por un momento de las calaveras que dibujabas. El mesero hablaba con la chica de la barra. «¡Qué fornidos lucían sus brazos!», miraste por la ventana y el cielo estaba gris, y la temperatura seguía bajando. Ricardo estaba en buena forma. Sonreíste y mordiste el borrador de lápiz...
Ese día fue difícil caminar por el pueblo. A lado y lado de las calles transitaba un río de aguas turbias que amenazaba con arrastrarte. Caminaste bajo la lluvia temerosa de que se mojara tu carta. Cuando estabas cerca de la plaza, miraste los camiones y a los hombres vestidos de verde. Te acercaste como hipnotizada hacia donde trabajan los tipos. Eras pequeña para ver realmente su contenido. Te quedaste parada mirando cómo los hombres vestidos de verde acomodaban unas bolsas negras en su interior. Supusiste que eran pesadas por el esfuerzo que hacían tres y cuatro tipos para envolverlas. Caminaste por la puerta que habían puesto como rampa para acceder a la carrocería del camión. Había uno que acomodaba los bultos que los otros le pasaban: bultos recubiertos con bolsas negras de basura. «¿Por qué mamá te había prohibido mirar?»; estabas a punto de retirarte cuando uno de ellos dejó resbalar un bulto... Con tu mano chocaste torpemente la taza y regaste un poco sobre la mesa. Con prisa limpiaste el pequeño charco de café...
¡Plas!
Escuchaste cómo el bulto se chocó contra el suelo. Los tipos se apuraron para recogerlo. La bolsa cedió al contenido. Una mano salió buscando descanso, luego un rostro cubierto de tierra, con labios morados, te saludó. Un ojo te miró. Sentiste un sacudón. Te pesaron las piernas. Quisiste correr, pero tus ojos seguían mirando aquel rostro sucio y pálido. Los hombres vestidos de verde lo devolvieron a su envoltura. Te espetaron: «¡Largo de aquí!». Corriste en diferentes direcciones. Pensaste en que los hombres podrían atraparte como a aquel Carlitos que vestía uniforme camuflado y botas negras pantaneras, demasiado grandes para él, como los demás chicos que pasaban en las noticias, que decían eran revolucionarios armados. De la bolsa de plástico negra se escurrieron las manos ensangrentadas de Carlitos, te tragaste el grito de horror y corriste en dirección contraria al camión. Llegaste a tu casa y te metiste debajo de la cama. Lloraste, lamentaste que tu amigo se había marchado para siempre sin leer tu carta de amor...
Cuando terminas el último sorbo de café sabes que aún cuesta perdonarte el incumplir a tu madre aquella promesa... «¡¿Por qué miraste el interior de los camiones?!». La misma pregunta siempre. Dejas sobre la bandeja el dinero de la cuenta. Has cerrado tu libreta, sabes muy bien qué vas a escribir para Ricardo. Una lágrima aparece y una vez más Carlitos y su muerte se hacen recuerdo, como una piedra incrustada en el corazón.
