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Lanny Budd, ¡ay, nuestro Lanny Budd! El hijo ilegítimo de uno de los mayores fabricantes mundiales de armas acaba de salir de las mazmorras de la Gestapo. A pesar de su fachada de frívolo playboy, el señorito Budd ha pagado un alto precio por sus amistades con artistas judíos e izquierdistas. Y es que corren tiempos inciertos en Europa. La Alemania hitleriana se ha anexionado Austria y la Italia de Mussolini se pasea victoriosa por Abisinia. Francia y Gran Bretaña no osan hacer frente a la beligerancia de nazis y fascistas por temor a un conflicto armado continental, de modo que cuando los militares africanistas dan un golpe de Estado contra la República española, ni siquiera el Gobierno del socialista Leon Blum se atreve a romper el Pacto de No Intervención. Pero Lanny Budd, el esposo de la heredera más codiciada de los Estados Unidos, ve, al igual que tantos otros, que esta será la primera escaramuza de una nueva guerra mundial. Así pues, oculto tras su condición de marchante de arte, el dandi americano no duda en entrar en España al tiempo que la primera Brigada Internacional desfila por la madrileña calle de Atocha. Hay que conseguir fondos con los que comprar armas para la República: «Des avions pour l'Espagne!».
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Seitenzahl: 1504
Veröffentlichungsjahr: 2026
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ANCHA ES LA PUERTA
UPTON SINCLAIR
TRADUCCIÓN DE PABLO GONZÁLEZ-NUEVO
SENSIBLES A LAS LETRAS, 47
Título original: Wide is the Gate
Primera edición en Hoja de Lata: octubre del 2018
© Upton Sinclair, 1943
© de la traducción: Pablo González-Nuevo, 2018
© de la ilustración de la cubierta: Republican propaganda poster during the Spanish Civil War 1936-1939, World History Archive / Alamy Stock Photo
© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2018
Hoja de Lata Editorial S. L.
Avda. Galicia, 21, 4.º E, 33212, Xixón, Asturies [España]
[email protected] / www.hojadelata.net
Edición: Hoja de Lata Editorial S. L.
Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu
ISBN: 978-84-16537-40-2
Producción del ePub: booqlab
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones previstas por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por ace Traductores.
Hoja de Lata emplea tipos de papel que garantizan el manejo ambientalmente apropiado, socialmente benéfico y económicamente viable de los bosques del mundo.
A mis millones de amigos en la Unión Soviética que, durante la escritura de este libro, han estado defendiendo nuestra causa común.
Cubierta
Título
Créditos
Índice
LIBRO UNO. En las fauces del león
1. Polvo al polvo
2.
Indoctus pauperiem pati
3. Un joven casado
4. Cuando el deber susurra
LIBRO DOS. Un trueno escondido
5.
Des todes eigen
6. En la cima del mundo
7. Espíritus de hombres justos
8. Negras tormentas agitan los aires
9. La forma del peligro
LIBRO TRES. Lo peor aún está por llegar
10. La cabeza que lleva la corona
11. Adiós a todos los miedos
12. La peligrosa periferia de la batalla
13. Una antorcha celeste
LIBRO CUATRO. La verdad para siempre en el cadalso
14. Cuando los dos nos separamos
15. ¿Es necesario llorar?
16. La supervivencia del más apto
17. Una corona estéril
LIBRO CINCO. Una marea en los asuntos de los hombres
18. Los miedos de los valientes
19. Donde los hombres se corrompen
20. Desastroso crepúsculo
21. El azar de la suerte
LIBRO SEIS. De la masacre al trono
22. Guárdate el dinero en el bolsillo
23.
Sic transit gloria
24. La verdadera fe de un armero
25.
O freude, habe acht!
LIBRO SIETE. El látigo del verdugo
26. Y abundaban los peligros
27. El camino hacia el polvo de la muerte
28. Si el dinero va delante
LIBRO OCHO. El mundo palideció
29. Ejércitos ignorantes
30. Mi vida en manos del azar
31. Deja que lo toque
32. ¡Y ganar o perderlo todo!
Cover
Índice
Start
«Ancha es la puerta y vasta es la senda que conduce a la destrucción».
MATEO 7, 13-14
Freddi no hubiera querido funerales pomposos ni llantos desconsolados por su cuerpo destrozado, pero los funerales no son para los muertos sino para los vivos. He aquí su devota madre judía, envejecida por la desgracia más que por el paso de los años, víctima del horror antes que de la tristeza. Las calamidades que habían golpeado a su familia y a su raza no podían ser meros accidentes, tenía que haber una causa para tanto dolor. Alguien había actuado indebidamente, y ¿qué podía ser si no el haberse apartado de los antiguos dictados de su fe desatando la ira del Dios más celoso, capaz de castigar a los hijos por los pecados de los padres hasta la tercera y la cuarta generación de descendientes de aquellos que le deshonraron? Era Yavé, Dios de los Ejércitos, el Todopoderoso, el Terrible y Atronador a lo largo de los siglos. Reconoce, pues, y ve cuán malo y amargo es haber olvidado a Jehová, tu Dios, y no tener temor de mí, dijo el Señor, Jehová de los ejércitos.1
El Dios y Señor de los Ejércitos le había dado a Leah Robin —anteriormente Rabinowich— un marido y dos hijos esbeltos, a estos les había concedido dos bellas esposas, y a uno de ellos un hijo. Bendiciones impagables todas ellas. Sin embargo el marido, los hijos y las nueras habían osado desafiar las Leyes y a los Profetas autoproclamándose «modernos» y parloteando acerca de «reformas», alardeando de poder decidir por sí mismos lo que es bueno y adecuado sin tener en cuenta los mandamientos que el Señor Dios de Israel les había entregado en sus libros sagrados. La madre, aun con el alma llena de congoja, había consentido y, dejándose arrastrar con tal de mantener unida a la familia y evitar desavenencias, había sido testigo de cómo, una tras otra, las más antiguas costumbres eran ignoradas y olvidadas en su propio hogar.
El Todopoderoso, implacable, había esperado, pues esa era su manera de proceder. El Señor Jehová es tardo para la ira y grande en poder y no tendrá por inocente al culpable. Jehová marcha en la tempestad y el torbellino y las nubes son el polvo que levantan sus pies. Él amenaza al mar y lo hace secar y agosta todos los ríos… Los montes tiemblan ante él y los collados se derriten; la tierra se conmueve en su presencia y también el mundo y todos los que en él habitan. ¿Quién soportará erguido su furia y quién quedará en pie en el ardor de su enojo? Su ira se derrama como fuego y ante él se derrumban las más altas montañas.
Las calamidades que habían caído sobre la más feliz de las familias judías habrían desconcertado al mismísimo Job. Los temibles nazis habían secuestrado primero al padre y después al hijo pequeño para encerrarlos en prisión; habían despojado a la familia de todo cuanto poseía en el mundo y torturado al vástago del modo más atroz antes de expulsarlo de su país prácticamente moribundo. Después de la fatal cadena de acontecimientos, la madre, que desde su más tierna infancia había aprendido que el temor a Dios constituye el principio de la sabiduría, había llegado a una conclusión: Yavé no había hecho otra cosa que actuar de acuerdo a su naturaleza: era el mismo Señor Dios Todopoderoso que había expulsado del Paraíso a Adán y Eva después de maldecirlos. ¡Y tendrás terribles dolores durante el parto y maldita será la tierra por donde pises!
La heredera de tales maldiciones recordaba ahora el Arca de la Alianza. Su hijo había sido una pobre oveja descarriada, una oveja socialista salpicada de tintes marxistas. Ya era tarde para ayudarle en esta vida, pero al menos todavía estaba a tiempo de preparar su alma para la resurrección que tanto anhelan los ortodoxos. Debía ser enterrado de acuerdo a la sagrada tradición y sin hacer la menor concesión a los funestos delirios del «reformismo». El pánico se había adueñado de la casa y la familia vivía en un permanente estado de agitación, pues la madre estaba convencida de que el cadáver de un judío estaba condenado si permanecía más de veinticuatro horas sin ser enterrado y si el sepelio tenía lugar después del anochecer.
Rahel Robin, la joven viuda, había cuidado y velado a su marido durante dos meses. Le había oído invocar a la muerte a voz en grito hasta convencerse de que solo así aquel desdichado podría encontrar la paz. En cualquier caso, ella no creía que su cruelmente torturado cuerpo fuera a alzarse jamás de entre los muertos, ni en el deplorable estado en que se encontraba ni habiendo recuperado su perfección original. No obstante, nada ni nadie conseguiría aplacar la histeria de la anciana madre. Mamá lloraba, retorcía las manos y se rasgaba las vestiduras, y al mismo tiempo se desvivía yendo de un lado para otro tratando de llevar a cabo los oficios que la decencia y la tradición judía exigían a la hora de dar sepultura a sus muertos.
En la Riviera francesa vivían muchos miembros de su raza pero en su mayor parte eran personas desarraigadas, parásitos y buscadores de placer tan marcados por el escepticismo y merecedores de la ira divina como la familia Robin. ¿Había entre los devotos de la moda alguno que supiera cómo debían recortarse las uñas de un fallecido? ¿Acaso las damas aficionadas al bridge sabían preparar la comida apropiada para un velatorio? ¿Y todos esos caballeros que jugaban al tenis a diario? ¿Sería alguno capaz de encargarse, llegado el momento, de que los asistentes al responso se lavaran las manos y los antebrazos siguiendo las disposiciones del Talmud?
En Cannes había una sinagoga, pero Mamá no quería saber nada de ella. También aquel templo había caído víctima de la «Reforma» y su rabino era tan moderno que bien podría haber sido episcopaliano. En el barrio antiguo de la ciudad, sin embargo, vivían en la más abyecta pobreza varias familias procedentes de Rusia y Polonia que se ganaban el pan como vendedores ambulantes, traperos y costureros. Esos eran auténticos judíos, igual que lo había sido Leah. En sus casas se reunían para orar ante una especie de agujero en la pared. Leah había entablado relación con ellos mientras realizaba obras de caridad y así había conocido a su líder espiritual. Se llamaba Shlomo Kolodny y no era un rabino francés de la Costa del Placer de esos que lucen brazaletes negros en los funerales, sino un auténtico erudito, un sabio y un maestro para los más jóvenes. Era además el cantor, el shammas —o sacristán—, el shohet, que llevaba a cabo los sacrificios kosher, y en caso de necesidad también hacía las veces de enterrador de acuerdo a los principios del código antiguo. Después de concluir sus laboriosas jornadas de trabajo, dedicaba las noches a estudiar los sagrados textos hebreos y a debatir mentalmente con los sabios que había conocido a lo largo de su vida en Polonia acerca de miles de detalles prácticos y doctrinales, fruto de los veinticinco siglos de relación entre Yavé y su pueblo elegido.
De ahí que en esos momentos el chófer de Bienvenu atravesara a toda prisa la ciudad con el versátil Shlomo de larga y negra barba, y ataviado con un raído traje estilo Príncipe Alberto que posiblemente, a su modo de ver, no desmerecía mucho al lado de un antiguo caftán. Expresándose en un yidis salpicado de francés aquí y allá, le aseguraba a la desconsolada madre que sabía todo lo necesario y que llevaría a cabo el ritual con estilo y sin recurrir en ningún momento a esos horribles trucos reformistas. «Pas de tout, frau Robin, niemals, niemals drenaría la sangre de un buen judío para llenar su cuerpo con esos venenos». Se frotó las manos y ronroneó, pues conocía bien a esa dama cuyo marido había sido uno de los hombres más ricos de Alemania y que aún era lo bastante importante como para ser la invitada en una de las villas más elegantes de cabo Antibes.
Aquello supuso un gran consuelo para Mamá. El hombre se apresuró a asegurarle que no debía preocuparse por el hecho de que su hijo fuera a enterrarse tan lejos de casa. Si así lo deseaba, colocarían en el interior de la sepultura una pequeña horqueta con la que el muchacho podría abrirse camino de regreso a Palestina cuando sonara la última trompeta. Y por supuesto, dejarían flojos los tornillos de la tapa del ataúd especialmente para él. En cuanto a las atroces mutilaciones que había sufrido su cuerpo, hasta la última de ellas sería reparada y el joven y noble judío se alzaría transformado en un ángel, brillante como una estrella. Sus dedos rotos quedarían soldados y podría tocar el clarinete para mayor gloria del Altísimo. Entretanto su espíritu reposaría confortablemente en una suerte de palomar en el Hades, en cuyos infinitos compartimentos se alojaban las almas de los virtuosos. Esto último no era estrictamente aceptado como parte de la doctrina judía, aunque Shlomo había leído sobre ello en un texto muy antiguo y a Mamá le resultó tranquilizador.
Hay antiguas tradiciones imposibles de poner en práctica hoy día. El cementerio estaba en lo alto de las colinas y la gente de la ciudad no es que hubiera olvidado cómo se camina sino el hecho de poder hacerlo. El ataúd y los asistentes al funeral serían transportados en automóviles, pero los hombres debían viajar en coches separados, seguidos por las mujeres, y cuando llegaran a las puertas del camposanto todo el mundo entraría a pie. Con suma delicadeza los sabios habían mencionado que entre sus feligreses había varias mujeres muy pobres que serían excelentes plañideras. Se contentarían con unos pocos francos y una comida y llorarían copiosamente, contribuyendo en la tarea de llevar a cabo un maravilloso funeral. Era demasiado pedir que todos los judíos de Cannes o incluso los de Juan les Pins interrumpieran su jornada de trabajo para formar parte del cortejo fúnebre. De hecho, la mayoría no tenía la menor idea de que, en caso de encontrarse a la comitiva, debían unirse a ella manteniendo una respetuosa distancia de cuatro codos. ¿Quién habría sabido decirles siquiera lo que era un codo?
También estaba la cuestión del hesped, la oración fúnebre. Shlomo era sobradamente capaz de pronunciarla, sin embargo no había conocido al fallecido, por lo que alguien tendría que aconsejarle qué decir. Llegados a ese punto la joven viuda se secó las lágrimas e intervino en la discusión. La persona que debía recitar la oración era el mejor amigo del fallecido, el hombre que mejor le conocía y que había arriesgado su vida para sacarlo de los dominios nazis. Dicho amigo se encontraba entonces en París. Rahel le había telefoneado y él había prometido alquilar un avión y llegar a Cannes antes de que finalizara el día. Sin duda Mamá debía saber que su Freddi habría deseado que fuera el maravilloso Lanny Budd quien pronunciara las últimas palabras ante su tumba.
Esto resultaba embarazoso para el maestro de ceremonias. No obstante, no había nada en la Torá que prohibiera explícitamente a un goy hablar en un funeral. Sin embargo resultaba demasiado «moderno» y podía contrariar a los ortodoxos, en cuyas manos la madre insistía en poner el destino de su hijo. Pese a todo Rahel no capituló: no solamente porque estaba segura de que ese habría sido el deseo de Freddi sino también el de su padre y su hermano mayor. Ambos se encontraban entonces en Sudamérica y no había modo de consultarles. Pero Rahel no albergaba la menor duda respecto a su opinión y Mamá Robin sabía que ambos rechazaban abiertamente algunas de sus ideas más preciadas. Por tanto habría dos oraciones. Shlomo se encargaría de la parte tradicional y el querido Lanny Budd hablaría siguiendo exclusivamente el dictado de su corazón. Todos los asistentes al funeral, judíos o gentiles, sabrían de esa manera cuánto se querían y admiraban ambos jóvenes, cuántas veces habían tocado juntos el clarinete y el piano y durante cuántos meses Lanny había puesto todo de su parte para arrancar a su amigo de las garras de Adolf Hitler y Hermann Wilhelm Goering.
Era un día templado y hermoso de finales de octubre y el avión de Lanny llegaría a tiempo. Habían fijado la hora de los ceremoniales lo más tarde posible. Las afligidas mujeres avisaron por teléfono a los amigos más cercanos y difundieron la noticia de diversas maneras entre todos los judíos, ricos y pobres, que quisieran asistir, pues es necesario para honrar el alma del fallecido que tenga lugar una procesión con las consabidas —y convincentes— demostraciones de dolor.
Rahel tomó una decisión que a punto estuvo de echarle a perder la ocasión a su suegra. Envió un mensaje a un joven socialista de origen español que dirigía en Cannes la escuela proletaria que Freddi y Lanny ayudaban a financiar. Sí, en efecto, Raúl Palma asistiría al funeral y también muchos de sus camaradas encontrarían el modo de interrumpir su jornada de trabajo para rendir un último tributo a un alma tan valiente y leal. El funeral debería haberse retrasado varios días para que los antifascistas del Midi hubieran tenido tiempo de preparar una manifestación en señal de duelo y protesta. Sin embargo, dado que Moisés desconocía por completo las cámaras frigoríficas y el uso del formaldehído, los camaradas tuvieron que conformarse con el poco tiempo de que disponían y después de las exequias celebrarían una reunión de homenaje con música y discursos socialistas.
A media tarde los coches empezaban a reunirse frente a la avenida de entrada de la villa de estuco rosa de Bienvenu. Algunos aparcaban y esperaban respetuosamente ante las puertas, listos para ocupar sus puestos en la procesión aunque sin darse cuenta de hasta qué punto su actitud complicaba las cosas. No era fácil para la gente moderna comprender que los hombres debían encabezar la comitiva para que las mujeres siguieran su pasos. ¡Tal había sido el destino de las más antiguas y sagradas tradiciones en estos aciagos tiempos! ¡La gente ni siquiera conocía su existencia!
Seis hombres transportaron el humilde féretro de madera hasta el coche fúnebre y a continuación ocuparon sus asientos en el automóvil que lo precedería. Delante iba otro vehículo con el sabio y el hijo de cinco años del fallecido. Su madre habría preferido evitarle este suplicio pero la abuela había insistido en que la tradición requería que el pequeño se familiarizara con el dolor, y de camino al cementerio el sabio rabino tendría ocasión de enseñarle la oración hebrea que ayudaría a descansar al alma de su padre.
A continuación iban los amigos varones y varios judíos demasiado pobres para poseer su propio automóvil. Detrás del coche fúnebre les seguían la madre y la viuda, cubiertas con velos oscuros. Nadie vería sus rostros y tampoco el de Freddi, que había quedado desfigurado hasta tal punto por los espasmos del dolor que ni el más hábil empleado de pompas fúnebres habría sido capaz de recomponerlo. En el siguiente vehículo viajaban algunas amigas de la familia, acompañadas también por varias mujeres pobres para simbolizar el hecho de que todos somos iguales ante los ojos de Yavé, del mismo modo que, tarde o temprano, todos estamos conminados a presentarnos ante él con sencillez y humildad vestidos únicamente con blancos sudarios.
El cortejo avanzaba con lentitud por las calles de Cannes y por doquier, de acuerdo a la costumbre francesa, los transeúntes se quitaban el sombrero respetuosamente y algunos se unían a la comitiva. Pero al parecer ninguno de ellos sabía que debía caminar manteniendo una distancia de cuatro codos, unos dos metros. Siguiendo el itinerario pasaron frente a la escuela donde se había reunido un gran grupo de gente, al menos cincuenta entre hombres y mujeres —que tampoco tenían la menor idea de que el ritual ortodoxo no permitía que los sexos se mezclaran—. Eran trabajadores en su mayoría y también intelectuales. Algunos iban vestidos de riguroso luto y otros lucían en el brazo bandas de color negro. Varios de ellos portaban coronas de flores, ignorantes una vez más de los antiguos prejuicios judíos. Permanecieron de pie respetuosamente hasta que hubo pasado el último coche y a continuación se unieron caminando al cortejo fúnebre, portando una pancarta de color rojo con dos manos entrelazadas y las siglas E. T. M., École des Travailleurs du Midi.
Y así siguieron avanzando hasta alcanzar las hermosas colinas que bordean la Costa Azul. Cuando llegaron a las puertas del cementerio, el cortejo se detuvo y los portadores del féretro transportaron el ataúd hasta el lugar donde recibiría sepultura. Tres acaudalados y elegantes amigos de la familia se abstuvieron de entrar en el camposanto y observaron el ritual desde el exterior, leyendo las oraciones que no tenían permitido escuchar. La razón era que pertenecían a la tribu de los sacerdotes, los cohanim, que no pueden entrar en necrópolis alguna, puesto que son lugares contaminados y posiblemente frecuentados por espíritus malignos.
Cada poco, los portadores del féretro se detenían y dejaban su carga en el suelo. No porque estuvieran cansados sino porque tal proceder también formaba parte del ritual. Mientras caminaban, el sabio recitaba a su lado el salmo 91, repleto de garantías y pensamientos tranquilizadores para todos aquellos capaces de depositar su confianza en el Altísimo. «Y sin duda el Señor te liberará de las trampas del cazador y de la pestilencia aniquiladora. Con sus plumas te cubrirá y bajo sus alas estarás seguro. Escudo y adarga es su verdad. No temerás los miedos de la noche ni la flecha disparada de día; ni la peste que avanza en las tinieblas ni la plaga que azota a pleno sol. Aunque caigan mil hombres a tu lado y diez mil a tu derecha, tú estarás fuera de peligro». Así declamaba el salmista. Hablaba de plagas y rocas, de leones, serpientes y dragones. ¡Pero ni una palabra acerca de los nazis!
En varias ocasiones algunos amigos varones se abrieron paso entre la gente durante las pausas y reemplazaron a los portadores del féretro, pues en el camino a la sepultura todos querían honrar al fallecido. Lanny Budd ya había llegado al cementerio y estaba esperando a las puertas. Cuando un amigo de la familia le explicó la costumbre susurrándole al oído, él se adelantó e hizo lo que le correspondía. Conocía a los Robin desde hacía veinte años y ya había visto llorar a la pobre Mamá por el aciago destino de su hijo adorado. Habría hecho cualquier cosa que aquella mujer le pidiera, incluso caminar descalzo como hacían antiguamente los portadores del féretro, siguiendo la más remota tradición, para evitar tropezar con las correas de sus sandalias.
El féretro llegó por fin a la sepultura y el rabino recitó entonces el zidduk ha-Din, una oración hebrea. Pocos comprendían su significado aunque pronto se dejaron llevar por el melodioso sonido de sus palabras. Cuando el ataúd reposó en el lugar convenido, los ortodoxos se adelantaron. Arrancaron del suelo raíces y tomaron puñados de tierra que arrojaron sobre el féretro como símbolo de la resurrección, mientras entonaban una plegaria hebrea que dice: «Y también los de la ciudad florecerán como la hierba de la tierra». Algunos gentiles dejaron caer flores en el sepulcro y tuvieron que ser excusados una vez más, pues desconocían la tradición. Los judíos lloraban estrepitosamente porque así lo exigían las buenas formas y también porque compartían el mismo dolor que las afligidas mujeres, como exiliados que eran de su tierra y herederos del hombre de Uz. Cuando el pequeño de ojos oscuros, hijo del fallecido, dio un paso adelante con lágrimas en las mejillas para entonar el kaddish, parte hebreo y parte arameo, había pocas personas entre la concurrencia con los ojos secos.
Shlomo Kolodny recitó entonces su hesped. Acerca del hijo de Johannes Robin dijo las mismas cosas que había dicho sobre muchos otros judíos durante sus largos años de servicio. Hizo hincapié en el carácter piadoso del joven, algo que Freddi Robin nunca había sido —a menos que uno se decantara por un significado más moderno de la palabra—, y recalcó su sentido de la responsabilidad hacia sus padres, su esposa y su hijo, virtud importantísima según la ley judía. El sabio pronunció otra oración en hebreo de melodioso sonido y a continuación cedió la palabra al joven gentil para que diera voz a la camarilla socialista que formaba parte de tan variopinta y curiosa comitiva.
Lanny Budd tenía treinta y cuatro años pero parecía mucho más joven. Tenía un rostro típicamente norteamericano, de rasgos francos y agradables y tez saludable, rematado por un fino bigote castaño cuidadosamente recortado, y vestía un traje oscuro de lana fina y corte elegante. No tenía madera de orador, aunque se había dirigido a los alumnos de la escuela y a otros grupos en numerosas ocasiones, por lo que no suponía ningún problema para él hablar en público cuando la ocasión lo requería y tenía algo que decir. Comprendía como nadie que los funerales son para los vivos, de modo que sus palabras iban dirigidas a Mamá y a Rahel, a los pocos que entre los presentes habían conocido bien al fallecido y también a todos aquellos obreros para los que Freddi a menudo había tocado música en la escuela.
La víctima de los nazis tenía veintisiete años. Lanny se había carteado con él desde que era un niño y le conocía personalmente desde que era un adolescente. Durante todos esos años, Lanny jamás le había oído pronunciar una palabra desagradable ni le había visto cometer un acto reprobable. «Estaba tan cerca de la perfección como puede llegar a estarlo un ser humano. Y no lo digo porque esté muerto —lo mismo le dije a mucha gente en numerosas ocasiones mientras estaba vivo—. Era un artista y un intelectual. Conocía profundamente la mejor literatura de la que llegó a considerar su patria. Obtuvo un doctorado en la Universidad de Berlín y no lo hizo por los honores ni tampoco para ganarse la vida sino porque quería saber todo lo que los grandes sabios habían aprendido a lo largo de los siglos acerca de las causas y los remedios de la pobreza.
»El doctor Freddi Robin se consideraba socialista. Este no es lugar para discursos políticos —continuó Lanny—, pero aquellos que le conocimos y amamos tenemos el deber de estudiar y comprender sus ideas en honor a su memoria y, más aún, de no dejarnos engañar por ninguna calumnia. Freddi ha sido asesinado por las fuerzas crueles que tan bien había llegado a comprender y ante las que jamás se doblegó. También los demás deberíamos aprender lo mismo que él para descubrir así el modo de salvar el mundo de las inquinas y engaños que son raíz y origen de todas las guerras. Si lo consiguiéramos estaríamos honrando el recuerdo de este hombre y seríamos merecedores del privilegio de reencontrarnos con él en el futuro, sea cual sea el lugar que el Creador nos tenga reservado».
Eso fue todo, y no constituía exactamente un gran discurso. Los socialistas esperaban algo más y muchos de ellos se habrían ofrecido a aportar su granito de arena de haber sido invitados a hacerlo. Pero estaban en un funeral judío y el centro de las celebraciones eran las dos mujeres que lloraban desconsoladas. Los que conocían el modo de comportarse en un funeral caminaron en dirección a las puertas del cementerio formando dos filas paralelas, entre las cuales caminaban las plañideras mientras todos recitaban la fórmula hebrea que decía: «Hamokom yehanem», es decir, «Que Dios te consuele entre aquellos que lloran por Sión y Jerusalén». A las puertas del cementerio, aún en el interior del recinto, aguardaba el rabino con una bandeja para la colecta a la que todo el mundo contribuyó con alguna moneda en la medida de sus posibilidades. Era un simbólico acto de caridad, algo muy importante para los judíos. «Tzedaka tatzil mimavet», recitaba Shlomo, es decir: «Que la caridad nos libre de la muerte».
Lanny subió al taxi que le aguardaba a la salida y cuando llegó a Bienvenu se encontró con los sirvientes de la casa agrupados frente a la porte-cochère de la casa sosteniendo varias palanganas con agua y toallas. Era imprescindible que cada asistente al funeral se lavara las manos antes de entrar. Esto debía hacerse de acuerdo a un ritual especial que consistía en dejar que el agua cayera desde las puntas de los dedos hasta el codo en tres ocasiones —aunque solamente el sabio lo sabía—, pues los espíritus no pueden atravesar el agua corriente y de ese modo se impediría su entrada en la casa mientras durase el duelo.
A continuación, la familia y los amigos se sentaron junto al sabio y recitaron siete veces ciertos pasajes del Libro de las Lamentaciones. Después comieron el refrigerio de pésame, que consistía en bebidas no alcohólicas, pan y huevos duros, siendo considerados estos últimos como símbolos de vida. Leah y Rahel Robin comerían exclusivamente eso durante un periodo de siete días. Llevarían zapatillas y ropas que simbolizaban el dolor de la pérdida, se sentarían en el suelo o en taburetes bajos y leerían pasajes del Libro de Job. Esto es conocido como la shiv’ah, y hasta que dicho periodo concluyera las dolientes recibirían visitas que les servirían de consuelo en las cuales únicamente podrían hablar de las virtudes del querido difunto.
Durante once meses no podrían bailar ni participar en ninguna celebración. Había una explicación para este periodo de luto en el Talmud: un periodo de luto de un año completo implicaría que el fallecido había sido un hombre malo y estaba en Gehenna, es decir, en el infierno. Nadie querría admitir tal cosa, de modo que lo más sabio era no arriesgarse y mantenerse estrictamente dentro del límite temporal establecido. Durante este lapso de tiempo se ha de leer el kaddish todos los días por el alma del difunto y solo un miembro de la familia podría hacerlo en este caso, el hijo de cinco años. Las oraciones de las mujeres no cuentan, por lo que era el pequeño Johannes quien debía recitar esta larga oración de la que no comprendía ni una sola palabra.
Lanny salió a pasear por los jardines de Bienvenu, su hogar desde que tenía uso de razón. Cada vez que regresaba a casa tras sus estancias en châteaux y hôtels particuliers le parecía más pequeña, pero seguía adorando aquel lugar y siempre que tenía ocasión de invitar a alguno de sus elegantes amigos se la mostraba con orgullo. Ahora debía ocuparse de revisarlo todo y organizar las obras de mantenimiento necesarias en cada una de las tres viviendas que integraban la propiedad. Tendría que consultarle a Leese —la mujer de origen provenzal que con el paso de los años había ascendido desde el puesto de cocinera hasta desempeñar las funciones de una suerte de mayordomo no oficial— e informar acerca de todas las cuestiones importantes a su madre, que estaba de visita en Inglaterra pero regresaría después de las navidades para disfrutar de las diversiones de la nueva temporada en la Riviera. Finalmente se distrajo jugando con los perros. Siempre había un buen número de ellos en la finca, pues nadie soportaba la idea de sacrificarlos.
Lanny recibió la visita de Raúl Palma, un joven y atractivo español —al menos Lanny lo consideraba joven, igual que aún se consideraba a sí mismo—. ¡Era difícil creer que Lanny fuera a cumplir treinta y cuatro años el próximo mes y que Raúl ya hubiera entrado en la treintena! El expatriado quería organizar una reunión en honor de Freddi Robin y esperaba que Lanny acudiera para pronunciar un buen discurso socialista sobre él. Lanny, sin embargo, le explicó que su padre acababa de llegar a París en una de sus visitas relámpago. Además, tenía una esposa y una hija en Inglaterra a las que no había visto prácticamente en todo el año, mientras intentaba arrancar a sus amigos judíos de las garras de Hitler y Goering. Lanny le firmó un cheque para cubrir los gastos del evento y le pidió al agradecido y solícito maestro que dijera algunas cosas en su nombre en recuerdo de Freddi.
Hablaron sobre la evolución de la escuela y comentaron la situación política en Francia y otros países. Así era como se educaba un «socialista de salón» y de ese modo lograba mantener el contacto con los obreros. Lanny no estaba orgulloso de su modo de vida: como experto en arte que aconsejaba a los ricos a la hora de comprar pinturas, había recorrido las ciudades y pueblos de este antiguo y castigado continente atormentado por el miedo; y como norteamericano que era, había decidido adoptar una posición neutral en las disputas europeas, algo muy inteligente por su parte. De ese modo tenía ocasión de conocer a los grandes hombres, de convertirse en su confidente y obtener así información muy útil que después compartía discretamente con sus amigos de clase trabajadora. El español era uno de ellos. Había nacido en una choza de campesinos y había trabajado durante años como ayudante de un humilde zapatero, pero gracias al pequeño subsidio de Lanny se había convertido en un líder que asistía a conferencias, pronunciaba discursos y suministraba noticias a varias publicaciones obreras y socialistas del Midi.
Raúl habló sobre la situación en su tierra de origen, de la que había huido empujado por un cruel despotismo que llevaba al paredón a los rebeldes de la clase obrera para fusilarlos sin el menor miramiento. No obstante, hacía ya tres años que el rey Alfonso había sido destronado. España se había convertido en una república cuyo Gobierno había obtenido en las urnas un abrumador apoyo popular. Raúl Palma se había entusiasmado de tal forma que a punto había estado de regresar, aunque Lanny había logrado disuadirlo haciéndole entender que su deber era seguir adelante con el proyecto de la escuela que había ayudado a construir.
Actualmente las circunstancias habían cambiado y de nuevo estaba profundamente decepcionado con su propio país. La vieja y trágica historia de siempre se volvía a repetir, las mismas desavenencias y rencillas doctrinales. Las distintas facciones en el poder no se ponían de acuerdo a la hora de actuar y a los afables profesores universitarios y abogados entrados en años que integraban el nuevo Gobierno les resultaba más fácil no hacer nada. El pueblo español seguía muriendo de inanición, pero ¿durante cuánto tiempo permanecerían pasivos ante el bien intencionado «liberalismo» que dejaba pasar el tiempo sin darles pan ni poner a su alcance los medios para producirlo?
Lanny no conocía muy bien España, únicamente había pisado su territorio durante las breves escalas de sus travesías en yate o de algún vuelo transoceánico de camino a Norteamérica. Sin embargo, conocía a bastantes españoles que residían o pasaban sus vacaciones aquí en la Riviera. Venían a jugar al golf y al polo; a bailar, a jugar y a flirtear en los casinos o a cazar perdices, algo que al parecer constituía su idea de un deporte viril. No leían libros y no sabían nada, pero se consideraban mejores que el resto de la humanidad. Al rey Alfonso le encantaba divertirse y durante sus vacaciones gustaba de codearse con los millonarios norteamericanos que recalaban en la Costa del Placer. Lanny había jugado con él al tenis en una ocasión. Supuestamente debía dejarse ganar pero, como era costumbre en él, no se había rendido ante las convenciones. Actualmente el exmonarca estaba en Roma, intrigando con Mussolini para recuperar su trono.
—¡Tienes que ir a España, Lanny! —insistió Raúl—. Deberías conocer a los obreros españoles. No los han matado a todos. Han visto la luz de las ideas modernas y ya nada podrá volver a cegarlos.
Lanny respondió que había pensado hacerlo en varias ocasiones.
—Hay muchas obras de arte que me gustaría conocer y estudiar personalmente. Pero será mejor esperar a que hayáis terminado de expropiar a los terratenientes para encontrar alguna que otra ganga.
Lo dijo con una sonrisa en los labios, a sabiendas de que su amigo comprendería la ironía. Cada vez que un joven sindicalista acudía a él en busca de fondos, Lanny le decía: «Acabo de vender un cuadro, de modo que puedo permitírmelo». O si no: «Espera a la próxima semana. Me está rondando una princesa del petróleo y pronto venderé un Detaze». Raúl sabía que en los sótanos de su propiedad había un almacén donde guardaba como un tesoro más de un centenar de pinturas de su difunto padrastro y, cada vez que aparecía un comprador, su acaudalado amigo podía permitirse convocar una gran asamblea o un pícnic aderezado con refrescos y discursos. ¡Pero no vayas a decirle a nadie que yo he tenido algo que ver!
Esto ocurría en el mes de octubre de 1934 y ya habían transcurrido casi dos años desde que Adolf Hitler tomara el poder en Alemania. Él era el hombre que dominaba los pensamientos de Lanny Budd, el nuevo centro de la reacción en Europa. Peligroso no solamente por su fanatismo sino también porque había conseguido aglutinar en sus manos el inmenso potencial industrial germano, y su intención era convertirlo en una temible maquinaria de guerra. «No es únicamente lo que ha hecho con los judíos», dijo el experto en arte. «Les ha hecho cosas mucho peores a los socialistas y a todo el movimiento obrero de Alemania. Sin embargo, nunca leerás nada al respecto en la prensa capitalista francesa».
Discutieron sobre el asunto de camino a Cannes, donde Lanny debía tomar el tren hacia París. Él mismo llevó a su amigo conduciendo el coche familiar, con el chófer sentado en el asiento trasero para que llevara de vuelta a casa el vehículo. Lanny, que había conocido a Hitler en persona y le había oído hablar, le dijo a Raúl que solo estaba loco a medias y que no tenía un pelo de tonto. Al contrario, era un embaucador de infinita astucia que había logrado seducir al pueblo alemán gracias a un programa de radicales reformas sociales que no tenía la menor intención de llevar a cabo. «No es posible ignorarle. Ni a él ni a sus verdaderos propósitos», insistió el norteamericano. «No podemos cerrar los ojos y seguir adelante con nuestros planes como si ese hombre no existiera. Es un reaccionario y un tratante de esclavos. Y él mismo afirmó en su libro que la aniquilación de Francia era una parte fundamental de su programa político».
Para Raúl Palma, un internacionalista que abogaba por el desarme y la hermandad entre naciones, todo esto era terrible. Ahí estaba su amigo y mecenas afirmando que la época de semejantes ideas ya había pasado, que no se podía confiar en ningún acuerdo firmado por Adolf Hitler y que únicamente la acción inmediata y conjunta de todas las naciones podría impedir el rearme de Alemania. Y los franceses más que nadie debían unirse sin demora para llevar a cabo semejante plan antes de que fuera demasiado tarde.
—Pero, Lanny —objetó el director de escuela—, ¡los capitalistas franceses prefieren a Hitler antes que a nosotros!
—Eso es porque no conocen a Hitler —fue la respuesta.
Hablaron sobre el inquietante estado en que se encontraba sumido el país donde vivían. El actual jefe de Gobierno francés era un orondo caballero entrado en años que lucía una gran barba estilo Imperial pasada de moda. Antiguo presidente de la República, se había convertido en primer ministro durante una crisis en la que el Gobierno no había podido encontrar a nadie más en quien confiar. El rasgo esencial de su personalidad era una vanidad infantil que no se molestaba en disimular. Disfrutaba dirigiéndose a través de la radio al pueblo de Francia como si de su propia progenie se tratara. Sin embargo, le había tocado una camada testaruda y el clamor popular había logrado impedir que el primer ministro Doumergue interpretara la Constitución de la nación a su antojo para actuar sin el consentimiento del resto del gabinete. Raúl albergaba sospechas sobre lo que pretendía hacer con semejante poder y Lanny las confirmó, pues sabía que el primer ministro de Francia se había reunido en secreto en varias ocasiones con el coronel De la Roque, cabecilla de la Croix de Feu, principal organización de los fascistas franceses.
El norteamericano le había restado cierta importancia al asunto al enterarse de que el ministro de Asuntos Exteriores, Louis Barthou, un caballero francés de la antigua escuela a quien la experiencia había enseñado a desconfiar de cualquier alemán, estaba al tanto de la situación y jamás se dejaría engañar por las artimañas de Adolf Hitler. Este punto de vista era algo nuevo para Raúl, para quien Barthou no era más que otro politicucho al que conocía por sus discursos reaccionarios sobre política interna. No obstante, Lanny no tenía la menor duda respecto a las ideas que albergaba aquella redonda y calva cabeza rematada por un denso bigote gris y una poblada barba.
—Él mismo me enseñó varios cuadros de su colección y algunos volúmenes que ha ido escribiendo y publicando a lo largo de los años, entre los que hay nada menos que sendas biografías de Danton y Mirabeau. Como puedes ver, conoce las viejas tradiciones revolucionarias.
—Todos ellos las conocen —respondió con escepticismo el profesor—, para poder engañar más fácilmente a los trabajadores y después venderlos al mejor postor. Exactamente como hizo Mirabeau.
—Barthou nunca vendería a Francia, menos aún si es Alemania quien hace la oferta. Cuando le conocí, Hitler aún no estaba en el poder pero el pequeño gascón ya conocía muy bien las intenciones del Führer. En sus propias palabras: «Hitler es el hombre que dominará mientras viva la política del continente».
Lanny le recordó a su amigo el grand tour que Barthou había realizado recientemente por los Balcanes con el fin de convencer a Yugoslavia y a otros estados para formar una alianza capaz de plantarle cara a la nueva contrarrevolución alemana. El éxito de su gira resultó evidente en vista del esfuerzo llevado a cabo por los alemanes para colocar una bomba en su tren mientras atravesaba Austria. «Esa es la mejor manera de saber quiénes son tus aliados hoy en día», añadió el norteamericano, y prosiguió su argumentación señalando que el pequeño y tenaz abogado incluso se había mostrado dispuesto a dejar a un lado su viejo antagonismo con la Unión Soviética ante la amenaza de un peligro aún mayor. El mes pasado, sin ir más lejos, había intentado que Rusia volviera a formar parte de la Liga de Naciones y estaba trabajando muy duro para preparar a la opinión pública de cara a una posible alianza militar entre Francia y el país de los soviets.
El norteamericano estaba de un humor sombrío, pues el funeral le había hecho recordar todos los horrores que había presenciado desde que el Führer nazi se convirtiera en el amo de Alemania. Lanny le contó a su amigo cómo se había reencontrado en Berlín con Freddi Robin —que, huyendo de los nazis, se había escondido primero en el Tiergarten y más tarde en un refugio para desempleados— y cómo por fin había conseguido atravesar la frontera entre Francia y Alemania, junto a su cuerpo destrozado y tembloroso en el que apenas quedaba un hálito de vida, únicamente cuando el gordo general Goering había tenido a bien liberar a su presa. Los líderes nazis eran hombres de una indecible maldad y Lanny vivía atormentado por la idea obsesiva de que era su deber advertir a los habitantes de Europa Occidental del inminente peligro que los amenazaba.
Se expresaba en todo momento con una emoción difícil de contener, y cuando por fin llegaron a la estación decidió comprar el periódico de la tarde para distraerse leyendo en el tren. Al ver los titulares de la primera página soltó un grito. «¡EL REY ALEJANDRO Y BARTHOU ASESINADOS!».
Los ojos de Lanny recorrieron rápidamente el artículo de arriba abajo y leyó en voz alta para su amigo los hechos más destacados. El rey de Yugoslavia estaba de visita en Francia para celebrar la firma del tratado de alianza entre ambos países. El ministro de Asuntos Exteriores había acudido a recibirle a su llegada al puerto de Marsella. A bordo de un coche descapotable recorrían la ciudad acompañados por los vítores del gentío que ocupaba las calles. Al llegar frente al edificio de la bolsa un hombre había salido de entre la multitud saludando a gritos al rey y, antes de que la policía pudiera hacer nada para detenerlo, el sujeto había saltado al estribo del vehículo y había disparado a quemarropa con una pistola automática matando al rey e hiriendo mortalmente a Barthou, que había intentado proteger con su cuerpo al regio invitado.
La muchedumbre había apaleado al asesino hasta matarlo a pesar de los esfuerzos de la policía por salvarlo. Había sido identificado como miembro de una organización terrorista croata, pero Lanny añadió: «¡Enseguida descubrirán que los nazis estaban detrás de él!». Y efectivamente, así fue. Hacía tiempo que los conspiradores reaccionarios habían empezado a publicar un periódico en Berlín gracias a los fondos aportados por el jefe del departamento de Política Exterior del partido de Hitler. El asesino viajaba con un pasaporte falso obtenido en Múnich y el arma que había utilizado era una Mauser, de fabricación alemana.
Esas eran las nuevas técnicas para la conquista del poder. Engañar a los estúpidos, comprar a los que estuvieran en venta y asesinar al resto. Este era el tercer hombre de estado asesinado por los nazis en lo que iba de año. El primero había sido el primer ministro Duca, de Rumanía, asesinado a tiros. Después una banda de matones había irrumpido en el despacho del canciller Dollfuss de Austria, el líder católico responsable de la matanza de obreros socialistas en Viena y del bombardeo de los bloques de edificios que habían sido objeto de admiración para Lanny. Y ahora los dos firmantes del tratado franco-yugoslavo habían sido eliminados.
—¡Santo cielo! —exclamó Raúl—. ¿Qué más hace falta para despertar a esa gente?
—Mucho más, me temo —dijo Lanny, abatido—. ¡Tú y yo, Raúl, hemos elegido malos tiempos para nacer!
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1 Jeremías 2,19. [Todas las notas son del traductor].
En su juventud, Lanny había estudiado en la Academia St. Thomas en Connecticut, y una de las asignaturas que se había visto obligado a cursar era el latín. Había llegado a traducir varias odas de Horacio y siempre recordaba con una sonrisa aquel símil sobre un mercader cuyas embarcaciones naufragaron y él, «a quien nadie había enseñado a soportar la pobreza» las reparó y volvió a echarlas a la mar. Lanny divagaba sobre ello en el restaurante del Hotel Crillon, donde compartía mesa con otro comerciante —romano, aunque ni él mismo lo sabía— y le escuchaba planear ansiosamente la nueva expedición de sus naves. A lo largo de mil novecientos años el mundo había cambiado mucho y actualmente las embarcaciones se desplazaban por el aire, aunque esto no parecía suponer una gran diferencia desde el punto de vista del mercader.
Robbie Budd estaba a punto de cumplir sesenta años, pero el orgullo y la ambición seguían siendo sus dos principales motores y continuaba decidido a demostrarle al mundo que nada podría derribarle. Hacía cinco años el colapso de Wall Street lo había puesto contra las cuerdas pero había vuelto a ponerse en pie, se había limpiado la sangre de los ojos y había seguido peleando un asalto tras otro sin bajarse del cuadrilátero. El hecho de que su padre no lo hubiera elegido como su sucesor para la presidencia de Budd Gunmakers Corporation o que la empresa ya no perteneciera exclusivamente a la familia podría haber dejado fuera de combate a un luchador más débil. Sin embargo, el padre de Lanny Budd estaba más que dispuesto a empezar de nuevo y a mostrarles a todos de qué material estaba hecho. Y al decir «todos» se refería a su familia, a sus amigos y a sus socios y rivales, muy especialmente a su hermano mayor, que había pugnado contra él a lo largo de toda su vida por el control de Budd’s, y a la corporación bancaria de Wall Street que se había apoderado del nombre de la familia y de la institución que durante casi un siglo había sido el orgullo de su estirpe.
A Robbie aún le quedaba un año de contrato como representante de ventas europeo de Budd Gunmakers pero estaba decidido a romperlo antes de que concluyera. Se había mostrado más que dispuesto a seguir trabajando para su severo y anciano padre puritano, pero no seguiría sirviendo a un puñado de entrometidos por más que valoraran sus servicios y se preocuparan por sus sentimientos. Robbie estaba reviviendo el sueño de sus años de juventud de construir una nueva y magnífica planta de fabricación en el río Newcastle, no muy lejos de la que ya poseía la empresa familiar. La tierra seguía estando disponible y quizá ahora podría comprarla más barata que nunca, pues por muchas cosas que el New Deal hubiera logrado a finales del año 1934, todavía no había conseguido que el valor del suelo se recuperara, y no parecía probable que lo hiciera.
Los maniáticos y los sentimentales se habían salido con la suya y Norteamérica yacía desarmada a merced de un mundo repleto de enemigos, o eso afirmaba Robbie. Actualmente Budd Gunmakers producía básicamente quincalla y lo que Robbie llamaba «baratijas», desde horquillas para el pelo hasta elevadores de carga. Sin embargo, lo que en esos momentos tenía obsesionado al vendedor era el arma del futuro, el avión. El mundo estaba a punto de asaltar los cielos y las naciones que quisieran sobrevivir tendrían que conquistarlo. Y al arropo de las bien protegidas aguas del estrecho de Long Island, Robbie construiría una fábrica de aviones. No tardaría en extender su firma por todo el ancho mundo y devolvería al nombre de Budd la gloria que se merecía.
Había conocido a un experto en aerodinámica que había llevado a cabo una serie de experimentos en una nave abandonada cerca de los muelles de Newcastle. Robbie le había ayudado aportando varios miles de dólares a su investigación y juntos habían patentado el diseño de un nuevo concepto de ala. Además, Robbie había descubierto a un tipo que poseía varias patentes necesarias para construir un motor radial aerorrefrigerado, y si lo conseguían conquistarían el mundo. Robbie estaba muy entusiasmado. Había organizado una compañía y actualmente estaba manteniendo reuniones con sus socios y amigos, los que habían aportado dinero años atrás para la New England-Arabian Oil y habían obtenido beneficios. Los negocios se recuperaban y la gente tenía dinero, pero las buenas inversiones no abundaban puesto que el Gobierno seguía emitiendo bonos. Por eso a Robbie no le había resultado difícil vender acciones en Newcastle y había obtenido opciones a compra de las tierras que le interesaban. Ahora estaba en París para reunirse con Sájarov y con Denis de Bruyne y algunos de sus socios. Después viajaría a Londres para entrevistarse con algunos inversores. Y todo lo haría en el más absoluto secreto para evitar que la manada de Wall Street metiera las narices en sus asuntos. «Créeme, hijo, no seguiré siendo pobre». Indoctus pauperiem pati!
Robbie estaba sentado en una table à deux perfectamente dispuesta, disfrutando de su meunière y su chablis seco y bien frío. Los negocios jamás le quitaban el apetito. Al contrario, era de esos hombres que se toman la vida como viene y, a pesar de que trabajaba duro y su cabello había encanecido, seguía siendo un tipo fuerte y vigoroso. Disfrutaba hablando de sus proyectos. No alardeaba exactamente, pero hablaba siempre con una sobria seguridad en sí mismo, haciendo hincapié en las cosas que le habían salido bien y obviando los fracasos. Había estudiado concienzudamente el campo de batalla y estaba convencido de que la aviación sería la industria del futuro. Era posible construir meros cacharros con alas para después convertirlos en aviones de adiestramiento e incluso de combate con unas pocas modificaciones. «Nuestro país está dormido», afirmó el siempre vigilante patriota, «pero llegará el día en que todos se mostrarán agradecidos a un puñado de hombres por haber aprendido a fabricar aviones ultrarrápidos y por haberlo hecho en un tiempo récord».
El promotor de tan osado proyecto había concertado un encuentro para la mañana siguiente con el otrora rey de las armas de Europa y quería que su hijo le acompañara. «Sabes cómo manejar a esa vieja araña mucho mejor que yo», le dijo a modo de cumplido. «De paso podrías venderle un Detaze. Pero no intentes hacerlo hasta que yo pueda dar mi trato por cerrado. Si esto me sale bien nunca más necesitarás dinero».
—Tampoco lo necesito ahora —respondió Lanny, afablemente.
Robbie no pareció escuchar el comentario y continuó su monólogo para explicarle que Denis de Bruyne y su hijo mayor cenarían con ellos esa misma noche. Se había tomado la libertad de asumir que a Lanny no le importaría que le expusiera el asunto a Denis. Robbie lo dijo con cierta delicadeza, como si el marido de la antigua amie de Lanny fuera alguien de su exclusiva propiedad.
—Denis es un hombre de negocios —respondió el hijo—. Si decide aportar dinero a algún proyecto lo hará después de estudiarlo cuidadosamente.
Robbie le preguntó por el funeral y, cuando Lanny le describió los ceremoniales, él no pudo evitar sonreír, aunque sentía de veras la tragedia que había vivido la familia.
—Me pregunto por qué querría alguien soportar toda esa parafernalia en un momento así —comentó—. Aunque imagino que semejante sufrimiento es capaz de hacer que cualquiera pierda los papeles.
—Mamá Robin se crio de esa manera —respondió Lanny—. Esa manera de sentir y comportarse la ayudará a superar el dolor, de modo que no es tan malo.
—Es inútil esperar que las mujeres se comporten de un modo racional —añadió el padre. Era una de sus fórmulas más repetidas—. Beauty regresará pronto de Londres para ver qué se puede hacer con algunos de sus amigos.
Lanny sabía a qué se refería sin necesidad de preguntar. Desde que era niño había visto actuar a aquel tándem cerrando todo tipo de tratos: su ambicioso progenitor y su hermosa madre —que representaba el papel de esposa divorciada de su padre— trabajaban juntos a la perfección, hasta tal punto eran compatibles que nadie comprendía por qué habían llegado a separarse. Sus encuentros siempre implicaban que había en juego grandes sumas de dinero y también generaban infinidad de chismorreos, aunque para Robbie todo se reducía a una cuestión de simple psicología. Solían ensayar tales encuentros con anticipación —tú dices esto y entonces yo digo lo otro, etcétera—, pues incluso en la más alta sociedad las personas necesitan creer que la gente busca su compañía porque les tiene cierto afecto, no únicamente porque quieren convencerles para invertir en acciones del petróleo o porque esperan que les presentes a algún alto cargo del Gobierno encargado de comprar ametralladoras para su país. La mayoría de las veces el trato se cerraba con éxito, y entonces Mabel Blackless, alias Beauty Budd, alias madame Detaze y actualmente señora de Parsifal Dingle, recibía como recompensa un coche nuevo o una capa de piel de armiño o un cheque por valor de dos mil dólares para que ella misma se fuera de compras.
—¿Por qué te tomas tantas molestias? —preguntó el vástago de tan curiosa asociación—. ¿Por qué no le propones simplemente tu plan a Irma?
—Esta vez necesito mucho dinero. Cinco millones como mínimo. Mi intención es construir una planta modelo y no quiero empezar pisando arenas movedizas.
—El dinero no es problema, Robbie. A Irma le sobra y sabes que tiene muy buena opinión de ti.
—Sí, hijo, pero eso es algo que nunca he querido hacer. Interferir en tu matrimonio. Si algo saliera mal en mi proyecto —aunque lo dudo—, no quiero mezclar a la familia.
Lanny comprendió al instante la táctica que el experto vendedor trataba de poner en práctica —con suma delicadeza, eso sí—. Desde el primer momento, Robbie tenía intención de presentar su proyecto a Irma pero prefería que fuera otro quien se lo propusiera. El joven sabía lo que esperaba que dijera ahora y no tuvo el menor inconveniente en hacerlo.
—Irma es más que capaz de decidir por sí misma. Está muy orgullosa de su criterio y, si tienes una buena propuesta, ella querrá escucharla. De hecho no le gustaría que la dejaras al margen.
—Está bien —dijo el padre—. Tú explícale lo que estoy haciendo y dile que no tengo la menor intención de abordarla a menos que ella muestre interés.
La vieja práctica francesa de la vie à trois, que a los norteamericanos les resultaba extraña y a los ortodoxos absolutamente inmoral, había dado pie a una amistad entre Denis de Bruyne y Robbie Budd que duraba ya diez años. En las regiones anglosajonas del mundo, un marido entrado en años y père de famille difícilmente habría elegido como amigo al padre del joven amante de su mujer. En París, sin embargo, las cosas eran diferentes y los dos hombres de negocios habían descubierto que las costumbres a la hora de ganar dinero eran más fuertes que las maritales. Los dos socios, que vivían y trabajaban separados por una distancia de casi cinco mil kilómetros, pensaban y sentían de un modo muy parecido en lo que a sus respectivos mundos se refería. Como gesto de cortesía por cada vez que el francés escuchaba los insultos que Robbie dirigía contra «ese Roosevelt» y su así llamado «New Deal», el norteamericano correspondía prestando atención cuando Denis utilizaba los mismos calificativos para referirse a Léon Blum y a su Partido Socialista, que no eran más que un ejemplo del más infame comunismo.
Robbie Budd era hijo de ancestros puritanos pero siempre había sido un vástago rebelde y había salido al mundo dispuesto a conquistarlo. Había visto cómo su propio hijo representaba el papel del joven amante para más tarde enviudar —de un modo quizá algo inusual— y ahora hacer las veces de abuelo, también de un modo bastante sui generis. Lanny solo era unos años mayor que Denis fils y Charlot, pero le había prometido a su madre agonizante que cuidaría de ellos, y cada vez que iba a París rara vez no intentaba hacerles una visita. Se interesaba sinceramente por su situación y ellos a su vez le informaban diligentemente acerca de sus vidas y aceptaban los consejos que él consideraba oportuno darles —aunque en la mayoría de las ocasiones no tuvieran la menor intención de seguirlos.
Los negocios de Robbie le arrastraban a menudo a París, donde siempre se reunía con Denis y ambos debatían sobre el estado de las cosas en Norteamérica y Francia y en aquellas naciones cuyos asuntos estaban ligados a ellas de uno u otro modo. Ambos eran sensatos hombres de mundo que albergaban las mismas esperanzas y se sentían frustrados por los mismos males. A los dos les gustaba salirse con la suya en todo lo que hacían, aunque solo obtenían éxito hasta cierto punto. Los dos sentían que de algún modo no encajaban y ambos tenían hijos que se empeñaban en decirles lo que estaba bien y lo que estaba mal, por lo que cada vez que los padres se encontraban, se confortaban mutuamente y formaban una suerte de alianza contra los demagogos y contra la nueva generación.
Denis tenía más de setenta años y era un hombre atractivo de cabellos grises y rostro aristocrático. Los vicios que habían terminado con su matrimonio no parecían haber perjudicado demasiado su salud. Lanny sabía por las malas lenguas que el caballero sentía una desafortunada debilidad por las muchachas vírgenes, aunque Denis jamás había mencionado la cuestión. Tiempo atrás, e impulsado por la curiosidad, Lanny le había comentado a su padre la curiosa aflicción del francés entrado en años. ¿Cómo encontraba uno muchachas vírgenes? ¿Había comerciantes especializados en tales artículos en los lujuriosos bajos fondos parisinos? ¿O era necesario poner un anuncio en el periódico: «Se buscan vírgenes. Se pagará generosamente. Imprescindible referencias»? Habiendo vivido casi toda su vida en el beau monde, Lanny no había tardado en comprender que una digna e incluso austera fachada, la mejor tournure, la dicción y los modales más exquisitos no excluían la posibilidad de ciertas prácticas secretas —divertidas o repugnantes, dependiendo del gusto de cada cual.
La cena fue servida en el salón de la suite de Robbie para que los cuatro caballeros pudieran conversar en privado. Denis era una persona práctica y realista, por lo que no resultaba necesario andarse con delicadezas a la hora de dirigirse a él. En cuanto el camarero abandonó la habitación, Robbie dijo:
—Tengo un proyecto que quizá te interese.
A lo que el otro respondió:
—Cuéntamelo, no me hagas esperar.
