Los dientes del dragón - Upton Sinclair - E-Book

Los dientes del dragón E-Book

Upton Sinclair

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Beschreibung

Lanny Budd es en 1930 un marchante de arte casado con la heredera más codiciada de Estados Unidos. Vive apaciblemente en Cannes y ha salido mejor parado del crac del 29 que otros. Pero su hermana es la esposa de un afamado violinista judío alemán, y en Alemania corren tiempos inciertos. La República de Weimar se desmorona atacada desde todos los flancos y las temerosas clases medias abrazan a quien les promete restaurar el orden y la disciplina. Cuando los nacionalsocialistas liderados por Adolf Hitler asciende al poder, los sindicatos y la oposición son barridos del mapa. La población judía se convierte en el chivo expiatorio y el antisemitismo se impone como la nueva religión. Ni siquiera el ala obrera del Partido Nazi se libra de la violencia, en la terrorífica Noche de los Cuchillos Largos. A pesar de su fama de bon vivant de la Riviera, el joven Lanny no dudará en convertirse en espía contra el gobierno de Hitler cuando descubre el peligro que corren los suyos. Por ello, el señorito Budd habrá de acercarse a los nuevos amos del país: al mariscal Goering, al esmirriado Goebbels y al mismísimo Führer. Todo vale con tal de provocar la caída del enemigo. Con Los dientes del dragón, tercera entrega de la saga de Lanny Budd, Upton Sinclair ganó el Premio Pulitzer en 1943.

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Seitenzahl: 1265

Veröffentlichungsjahr: 2026

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LOS DIENTES DEL DRAGÓN

 

UPTON SINCLAIR

LOS DIENTESDEL DRAGÓN

TRADUCCIÓN DE PABLO GONZÁLEZ-NUEVO

 

 

SENSIBLES A LAS LETRAS, 29

Título original: Dragon’s Teeth

Primera edición en Hoja de Lata: noviembre del 2016

© Upton Sinclair, 1942

© de la traducción: Pablo González-Nuevo, 2016

© de la imagen de la cubierta: El único camino posible de Hitler, Vladimir Bruto, 1941

© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2016

Hoja de Lata Editorial S. L.

Avda. Galicia, 21, 4.º E, 33212 Xixón, Asturies [España]

[email protected] / www.hojadelata.net

Edición y composición: Hoja de Lata Editorial S. L.

Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu

Corrección de pruebas: Tania Galán Álvarez

ISBN: 979-13-87554-44-6

Producción del ePub: booqlab

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones previstas por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por ACE Traductores.

Hoja de Lata emplea tipos de papel que garantizan el manejo ambientalmente apropiado, socialmente benéfico y económicamente viable de los bosques del mundo.

ÍNDICE

Cubierta

Título

Créditos

Índice

LIBRO UNO. La mañana abre sus doradas puertas

1. El viejo comienzo

2. Aquellos amigos que conociste

3. Y que adoptar intentaste

4. Puedo convocar a los espíritus

5. Desde las más vastas profundidades

LIBRO DOS. Una nube con forma de dragón

6.

Deutschland erwache!

7. He contemplado tempestades

8. Dar y compartir

9. La tierra donde mis padres murieron

10. La conciencia nos hace cobardes

LIBRO TRES. Soplad, vientos, hasta que se rasguen vuestras mejillas

11. La completa existencia de una mujer

12. Placer junto al timón

13. Hasta el límite de la fatalidad

14. Soplan vientos de tormenta

15.

Die Strasse Frei

LIBRO CUATRO. En una llanura sombría

16. La raíz de todo mal

17. ¿Entrarás en mi salón?

18. Soy judío

19. No habrá paz en Sión

20. El sufrimiento es el emblema

LIBRO CINCO. Así es como el mundo acaba

21. En nombre de la amistad

22. ¡No te olvides del dinero, muchacho!

23. Todos los reinos del mundo

24.

Die Juden Sind Schuld

LIBRO SEIS. La sangre ha sido derramada

25. Sin aliento

26. De la peligrosa ortiga

27. Un terrible suceso

28. Sangrientas enseñanzas

29. Demasiado profunda para las lágrimas

Guide

Cover

Índice

Start

 

 

En tiempos trágicos como los que vivimos, un escritor entrado en años no tiene mucho que aportar además de sus palabras. Esta obra está dedicada a los hombres y mujeres que en muchos lugares del mundo están dando su vida por la causa de la libertad y la decencia humanas.

Otoño de 1941

LIBRO UNO

LA MAÑANA ABRE SUS DORADAS PUERTAS

1

El viejo comienzo

I

Lanny Budd era el único ocupante de la pequeña sala de espera. Estaba sentado en una silla mullida y tenía todo cuanto necesitaba para sentirse cómodo, pero no lo parecía. Cambiaba de postura a menudo, cada poco miraba el reloj y a continuación se examinaba las uñas, que no requerían atención alguna. Buscaba hilillos o manchas en sus pantalones aunque ya hacía rato que había eliminado hasta el último de ellos. Miraba por la ventana con vistas a las elegantes calles de la ciudad de Cannes, pero a estas alturas ya estaba más que familiarizado con ellas y la cosa no tenía trazas de cambiar. Tenía sobre las rodillas una popular novela y de cuando en cuando intentaba leer, aunque una y otra vez descubría que no tenía el menor interés por la conversación de un grupito de elegantes miembros de la buena sociedad.

Cada cierto tiempo, una de las enfermeras vestidas de blanco pasaba por la habitación. Lanny ya le había hecho tantas preguntas que se avergonzaba de tener que volver a hacerlo. Era consciente de que todos los maridos se comportan de forma irracional en situaciones como esta. Había visto a un grupo de ellos sobre el escenario en cierta obra de teatro, algo ligeramente risqué pero sin duda inofensivo. Todos se movían inquietos y no dejaban de consultar sus relojes. Se levantaban y caminaban innecesariamente de un lado a otro e importunaban a las enfermeras con sus absurdas preguntas. Estas les daban respuestas estereotipadas que, con la única diferencia del idioma en que se planteaban, eran más o menos las mismas en todo el mundo. «Oui, oui, monsieur… Tout va bien… Il faut laisser faire… Il faut du temps… C'est la nature.»

Lanny había escuchado muchas veces esa última expresión en el Midi. Era una fórmula válida para explicar multitud de cosas y esa misma tarde ya la había oído en varias ocasiones, aunque no le satisfacía en absoluto. Ahora estaba en guerra contra la naturaleza y sus formas de proceder. No había sufrido en exceso a lo largo de su vida y deseaba lo mismo para quienes le rodeaban. Si alguien le hubiera consultado habría sugerido múltiples mejoras para este fantástico universo. Por ejemplo, acerca de cómo la gente envejece y sale de escena. ¡Y, más importante aún, sobre el modo en que son entregados a sus padres los recién llegados al mundo! Conocía a gente que se había preparado cuidadosamente para la vida, que había intentado alcanzar la perfección. Gente bella, gente sabia o gente sencillamente habilidosa. Pero también a estos les llegaba el momento de irse tarde o temprano y alguien tenía que ocupar su lugar.

Lanny Budd pertenecía a las clases acomodadas. Esto resultaba obvio con tan solo observar su rostro sonriente y sin arrugas, su piel bronceada y saludable, su bigote bien recortado y su pelo castaño cuidadosamente cortado y peinado; su elegante traje de sastre recién planchado y su camisa, corbata, zapatos y calcetines sabiamente conjuntados y de los mejores materiales. Había pasado algún tiempo desde la última vez que se viera obligado a contemplar cualquier derramamiento de sangre o que experimentase algún tipo de inquietud o incomodidad. Su vida había sido preparada de ese modo y lo mismo era válido en el caso de su mujer. Pero ahora todo este maldito asunto, esta interminable tensión y este sufrimiento. ¡Por amor de Dios! ¡Para qué estaban entonces todos esos médicos y científicos si no eran capaces de idear un método para evitar todo esto! Era como una erupción volcánica que repentinamente amenaza la existencia de una ordenada y tranquila comunidad. Y la cosa no resultaba en absoluto mejor por el hecho de poder prever el suceso, haber acudido por adelantado a un inmaculado hospice de la maternité para reservar una habitación por tantos francos semanales y un accoucheur que no moverá un dedo si no es a cambio de una exorbitante tarifa.

¡Un cirujano! ¡Un tipo cargado de relucientes y afilados instrumentos y preparado para ayudar a la naturaleza y para abrir de arriba abajo a una mujer con el fin de sacar de su vientre a un diminuto bebé! La primera vez que oyó hablar de ello, a Lanny le había parecido poco menos que increíble. En aquel tiempo era solo un muchacho que jugaba con los hijos de los pescadores de esta costa mediterránea, ayudándoles a sacar del mar las más extrañas criaturas y oyendo cómo hablaban sin tapujos sobre las cosas de la vida. En estos momentos le parecía igualmente increíble que en una habitación, a pocos pasos de donde se encontraba, la víctima propiciatoria fuera ahora su hermosa compañera, a la que tanto había llegado a amar. Su imaginación, demasiado exaltada por naturaleza, estaba ocupada con los más sangrientos detalles y sin darse cuenta apretaba los puños hasta que sus nudillos se ponían blancos. Sus protestas contra la naturaleza se convertían ahora en un clamor. Pensaba: «¡Cualquier cosa menos esto! ¡Cualquier otro modo que resulte más juicioso y sensato!» Se dirigía mentalmente a su madre, preguntándole por qué no habrían escogido reproducirse por huevos, algo que parecía funcionar tan bien con las aves, las serpientes, los lagartos y los peces. ¡Pero no, estas llamadas «criaturas de sangre» caliente estaban repletas de vísceras y fluidos que se derramaban con la mayor facilidad!

II

Lanny sabía que Irma no compartía sus sentimientos. Irma era una mujer sensata que no se dejaba atribular por los excesos de la imaginación. Le había dicho muchas veces: «No te preocupes. Estaré bien. Esto no puede durar mucho». Todo el mundo estaba de acuerdo en que esta joven Juno estaba hecha para la maternidad. Se había criado a lomos de un caballo, nadando, jugando al tenis. Y tenía un cuerpo vigoroso. No había palidecido al atravesar las puertas del hospital, ni siquiera al escuchar los gritos de otras mujeres allí presentes. Las cosas siempre salían bien con Irma Barnes y esta le había dicho a Lanny que se fuera a casa a tocar el piano y tratara de olvidarse de ella. Y sin embargo aquí estaba sentado, pensando en cada detalle de un artículo titulado «Obstetricia» que había leído en la enciclopedia. Desde niño había adquirido la costumbre de informarse sobre cualquier cosa en esa magna obra, siempre digna de la mayor confianza. Pero, maldita sea, el artículo en cuestión reservaba un desproporcionado espacio para hablar en detalle de imprevistos como las «presentaciones podálicas o de nalgas» y otras desviaciones de la norma durante el parto. Lanny sentía la irrefrenable necesidad de estar en la sala de partos junto a su mujer. Le habría gustado estar allí, pero eso sí habría sido considerado como una seria desviación de la norma en esta rígida tierra de convencionalismos.

De modo que permaneció sentado en la sala de espera y de cuando en cuando se secaba el sudor frío de la frente, a pesar de que era un agradable día de primavera en la Riviera. Por otra parte, se sentía agradecido por tener la sala de espera para él solo. Cuando alguien se veía obligado a atravesar la sala, él bajaba la vista hacia su libro y fingía estar absorto en la lectura. Por el contrario, si se trataba de alguna de las enfermeras no podía evitar intentar atraer su atención con la esperanza de que, esta vez sí, se tratara de su enfermera y de su momento. Entonces la mujer le sonreía. Las convenciones le permitían sonreír a un joven caballero, pero no en cambio darle detalles sobre obstetricia. «Tout va bien, monsieur. Soyez tranquille.» En estos lugares la rueda de la vida gira ajustándose a un estricto horario, y los que atienden semejante maquinaria adquieren con el tiempo una actitud distante y profesional, sus palabras se vuelven mecánicas y extremadamente concisas de cara a una producción masiva de cortesía y de recién nacidos.

III

Una llamada telefónica para Lanny Budd. Era Pietro Corsatti, italiano nacido en Estados Unidos y representante en Roma de un periódico neoyorquino, que estaba actualmente de vacaciones en la Riviera. En una ocasión le había hecho un favor a Lanny y ahora era el momento de devolvérselo. Pete debía enterarse tan pronto como el evento tuviera lugar. Pero el caso es que el esperado acontecimiento se resistía; quizá ni siquiera llegase a ocurrir… «Sé cómo te sientes», le dijo comprensivo el periodista. «He pasado por ello, créeme.»

—¡Pero ya han pasado cuatro horas! —exclamó el indignado marido.

—Y pueden pasar otras cuatro. ¡O veinticuatro! No lo tomes tan a pecho. Ha ocurrido millones de veces. —Una pequeña muestra del bien conocido cinismo del mundo periodístico.

Lanny regresó a su asiento pensando aún en el italoamericano con fuerte acento de Brooklyn que había logrado alcanzar una importante posición en un gran periódico y que siempre tenía tantas historias extrañas y divertidas que contar sobre el regime fascista y sus líderes, a los que curiosamente él llamaba sin papeles.1 Una de sus mejores anécdotas era la que contaba cómo había llegado a convertirse en guía, filósofo y amigo de una glamurosa joven de Nueva York que se había enredado con un fascinante aristócrata de Roma, para descubrir después que el hombre vivía en concubinato con una bailarina de la ópera a la que no tenía la menor intención de abandonar. La joven norteamericana se había venido abajo y llorado desconsolada en presencia de Pete mientras le preguntaba qué podía hacer, y él le había respondido: «¡Coge un avión, vuela directamente hacia Lanny Budd y pídele que se case contigo a pesar de que eres inmensamente rica!».

Es una desgracia para un periodista no poder publicar su mejor historia. Nadie le había pedido a Pete que no lo hiciera, pero en cualquier caso él no lo hizo y desde entonces Lanny se convirtió en su amigo de por vida y siempre haría lo posible por ayudarle. Hablaban como viejos camaradas cada vez que la ocasión lo propiciaba y Lanny no había tenido inconveniente en contarle cosas que solamente sus amigos más cercanos sabían, como que Irma había hecho exactamente lo que Pete le había dicho y que ella y Lanny se habían casado el mismo día en que se habían reencontrado en Londres. Como bien lo expresa el dialecto de Brooklyn, habían ido directos al grano, y he aquí el resultado nueve meses más tarde: Lanny sentado en la sala de espera de un hospice de la maternité, aguardando la llegada de la señora cigüeña, bendito acontecimiento, con su pequeño regalo procedente de los cielos. Sin duda conocía bien la jerga de la prensa rosa y todas las expresiones al uso, pues Irma y él habían convivido en Nueva York durante meses, leído los periódicos y escuchado programas de radio en los que los reporteros disparaban sus chismorreos desde todos los frentes con la misma rapidez y eficacia de las ametralladoras Budd.

Lanny le había prometido a Pete una buena historia. Y no le resultaría demasiado difícil hacerlo, pues los periodistas franceses no estaban especialmente interesados en perseguir a la cigüeña. La noticia sería reenviada por telegrama a París a las redacciones de los periódicos de habla inglesa con sede en la capital. Lanny se había codeado durante tanto tiempo con corresponsales que le costaba imaginar lo que Pete escribiría en dicho telegrama y cómo aparecería finalmente publicado, una vez reescrito y editado por algún otro periodista allá en la dulce tierra de la libertad. Sin duda Pete habría enviado ya un avance y los lectores de las ediciones de la mañana estarían al tanto de que la señora de Lanny Budd, en otro tiempo Irma Barnes, la chica glamurosa del pasado año, había sido ingresada en una clínica privada de Cannes en espera del bendito acontecimiento.

Los periódicos se encargarían de añadir los detalles: que Irma era la única hija de J. Paramount Barnes, magnate de las empresas de servicios públicos recientemente fallecido y que le había dejado un legado de veintitrés millones de dólares; que su madre pertenecía a los Vandringham de Nueva York y que su tío era nada menos que Horace Vandringham, especulador de Wall Street que se había arruinado en el reciente colapso de los mercados. Que la fortuna de Irma se había visto mermada a la mitad pero aún poseía una enorme finca con una residencia palaciega en Long Island, a la cual se esperaba que pronto regresara. Los periódicos añadirían que el futuro padre era el hijo de Robert Budd de la Budd Gunmakers Corporation de Newcastle, en Connecticut; que su madre era la belleza internacionalmente famosa y viuda de Marcel Detaze, el pintor francés cuya obra había causado sensación el pasado otoño en Nueva York. Tales detalles serían ansiosamente leídos por un público que se alimentaba con avidez de las anécdotas acerca de las vidas de los ricos, igual que los griegos soñaban con los escarceos entre los inmortales que moraban en las nevadas cimas del monte Olimpo.

IV

Lanny habría preferido que la criatura naciera fuera del alcance de los focos, pero sabía que algo así era imposible. Esta corriente de electrones, de ondas o de lo que quiera que fuese, perseguiría a Irma allá donde fuera mientras aún conservase la mitad de su fortuna. Y de hecho, a efectos prácticos, la fortuna no había disminuido realmente, pues el resto del mundo había perdido también la mitad de la suya, de modo que proporcionalmente todo seguía siendo igual para ella. Irma Barnes aún gozaba de su estatus de miembro de la realeza y también el joven que ella había escogido como príncipe consorte. En los tiempos del ancien régime, cuando la reina de Francia daba a luz un hijo era un derecho establecido y arraigado a lo largo de los siglos que los nobles y sus damas pudieran tener la certeza de que el recién nacido era un legítimo heredero al trono y no un fraude. Nadie se tragaba el cuento de la cigüeña y quería presenciar con sus propios ojos el alumbramiento del infante delfín. Se cuenta que los aposentos de María Antonieta estaban tan atestados de gente que la reina chilló a voz en grito que se asfixiaba, por lo que el mismísimo rey abrió la ventana con sus propias manos. Las cosas no llegarían a tanto en estos tiempos con la heredera del imperio Barnes, pero era un hecho que el público lector de periódicos y oyente de programas radiofónicos estaría esperando ansiosamente puntuales boletines horarios sobre lo que acontecía en este hospice de la maternité.

¡Pero, maldita sea, si ni siquiera Lanny sabía lo que estaba ocurriendo! ¿De qué servía preparar lo que iba a decir a los reporteros acerca del heredero o la heredera de la fortuna Barnes cuando este seguía empecinado en no darse a conocer y él mismo, el príncipe consorte, no tenía la menor idea de si el cirujano estaba inmerso en esos momentos en una encarnizada lucha a vida o muerte para sacar al bebé del vientre de su madre o si, por el contrario, lo estaba cortando en pedacitos o haciendo una cesárea para salvar su vida? Lanny se clavó las uñas en las palmas de las manos, se levantó y comenzó a pasear de nuevo por la sala. Cada vez que se volvía hacia la pared donde estaba el timbre sentía el impulso de hacerlo sonar. Había pagado por unos servicios que no estaba recibiendo y ahora estaba cabreado y dispuesto a exigirlos. Pero en ese preciso instante una enfermera atravesó la sala, le dedicó una más de sus convencionales sonrisas y le dijo: «Soyez tranquille, monsieur. Tout va bien».

V

Lanny llamó por teléfono a su madre. Beauty Budd ya había vivido esta misma aventura dos veces y media —o eso decía— y hablaba con gran autoridad. No había nada que él pudiera hacer, de modo que por qué no iba a comer algo en vez de preocuparse y molestar a los demás. Este era un asunto de mujeres y nadie en toda la creación era tan superfluo como un marido cuando llegaba la hora de entrar en el paritorio. Lanny respondió que no tenía hambre y de todas formas nadie le permitía molestar.

Regresó a su asiento en la sala de espera y pensó en las mujeres. Por regla general eran un colectivo sumamente individualista. Cada una se preocupaba estrictamente de su pequeña parcela y era siempre muy consciente de las faltas de los demás. Pensó en las mujeres que formaban parte del grupo de amigas y conocidas de su madre y que por ello habían llegado a desempeñar un papel importante en su propia vida. Recordó los astutos reproches y ajustes de cuentas que solían hacerse unas a otras y la falta de solidaridad que había entre ellas. Habían sido corteses con Irma en todo momento pero estaba seguro de que a sus espaldas —y las de ella— les resultaba difícil perdonarla por haberse convertido en la favorita de la fortuna. En cualquier caso, a medida que el embarazo llegaba a su punto culminante, su disposición hacia ella fue mejorando y todas se mostraban afectuosas y consideradas y habrían estado dispuestas a estar ahora a su lado, cogiéndole la mano para animarla a empujar y soportar el dolor de las contracciones, de no ser por el hecho de que ya había mujeres preparadas profesionalmente para desempeñar tales servicios.

Lanny pensó en su madre y en el papel que desempeñaba en todo este drama, es decir, la entrada en escena de una nueva alma. Beauty había sido hasta el momento la suegra perfecta. Se había esforzado en conseguir que el matrimonio llegara a buen término, pues creía firmemente en el valor del vil metal. Para ella no había duda acerca del poder del dinero, o en todo caso acerca de su poder para facilitar las cosas en este mundo. ¿Acaso no había sido el terrible pánico de Wall Street la inmediata justificación de todas sus preocupaciones? ¿Dónde estarían ahora, qué habría sido de ellos, de no ser por la fortuna de Irma? ¿Quién entre todos los amigos de Irma no había necesitado ayuda? Adelante, cualquiera es capaz de fingir y hacer gala de su desprecio por el dinero, de declararse de izquierdas y soltar discursos, como hacía Lanny sin ir más lejos. Sin embargo, tarde o temprano se hace patente que es el dinero lo que hace que la yegua avance, lo que le da de comer, lo que le da brillo a su pelaje y lo que le procura un cálido y confortable establo donde descansar.

Beauty Budd estaba a punto de ser abuela. Fingía que semejante perspectiva le disgustaba, hacía pucheros y exclamaba que este sería el golpe de gracia para su carrera en la gran sociedad. Otro tipo de inconvenientes se podían evitar siguiendo algún tipo de estrategia. Era posible mentir sobre la edad, estirarse el cutis y disimular las patas de gallo con diversos barnices. Pero cuando una mujer se convierte en abuela, cuando es posible que alguien lo declare abiertamente en público y una se ve obligada a guardar silencio, entonces es el fin de su carrera como seductora, como mariposa, como belleza profesional.

Sin embargo, todo eso no eran más que lágrimas de cocodrilo. En realidad Beauty estaba encantada ante la idea de que un pequeñín se convirtiera en el heredero de la fortuna de los Barnes y llegara a ser entrenado para hacer un uso adecuado del prestigio y el poder que esta le otorgaría. Algo así sería para ella sinónimo de dignidad y esplendor, de admiración y cortejo. Sería el príncipe o la princesa de la nueva clase de imperio que los hombres fuertes de esta época habían sido capaces de crear. La cabeza de Beauty hervía repleta de ideas románticas extraídas de los cuentos de hadas que había leído siendo niña. Cuando era una muchacha se había llevado consigo todas esas fantasías hasta París desde el otro lado del charco y acto seguido las había fundido con una realidad recién descubierta y urdida a base de espléndidos equipajes, carísimas pieles y joyas, títulos y honores, cuyo colofón había sido la aparición del príncipe encantador, el hijo de un fabricante de armas originario de su patria. La historia de Beauty Budd había sido la de la Cenicienta y ahora iría aún más allá de lo que suelen llegar los cuentos de hadas. ¡Se convertiría en la abuela Cenicienta!

VI

Lanny ya no podía soportar semejante suspense ni las interminables premoniciones de inminente calamidad. Hizo sonar el timbre y exigió ver a la enfermera jefe. ¡Sí, incluso él, el superfluo marido, tenía algún derecho en esta crisis! La funcionaria hizo su aparición revestida de un aura de autoridad, con aire grave, porte firme y mirada amenazante tras sus quevedos. A la vista de las exigencias de Lanny consintió en distanciarse ligeramente de la norma establecida, es decir, una vez más le dijo que todo iba bien y que podía estar tranquilo. Con exactitud profesional le explicó que en el cuerpo femenino existen tejidos que han de estirarse y pasajes que precisan dilatarse —en ese punto la enfermera jefe hizo un gesto con las manos— y no hay otro modo de conseguirlo más que plegarse a los dictados de la naturaleza y confiar en los esfuerzos de la mujer durante el parto. El accoucheur visitaría a la señora a lo largo de la siguiente hora y quizá podría apaciguar las inquietudes del señor.

Lanny estaba nervioso, precisamente porque tal personaje aún no había hecho su aparición en la habitación de Irma. El marido había asumido que por el mero hecho de aceptar el pago de la gran suma convenida tenía derecho a que el doctor permaneciera junto a la cabecera de Irma o al menos estuviera ya en el edificio preparado para cualquier eventualidad. Sin embargo, el caballero parecía tener otras obligaciones que atender u otros placeres de los que disfrutar. Se trataba de un inglés que probablemente en esos momentos estaría jugando al golf. A continuación tomaría una larga ducha y después disfrutaría del indispensable té y de un poco de conversación. Solo entonces se acercaría dando un lánguido paseo para ver a Irma. ¡Pero mientras tanto los terribles acontecimientos que ahora tenían lugar podían franquear la barrera de lo irremediable!

Lanny volvió a sentarse en su confortable silla e intentó retomar la lectura de la novela, pero enseguida deseó haber traído consigo una lectura más edificante y constructiva. Las conversaciones de sus elegantes personajes se parecían demasiado a las que en esos tiempos tenían lugar a diario en los casinos, en las teterías y en los más elegantes salones de toda Europa. El colapso financiero al otro lado del océano no había conseguido que toda esa gente pusiera los pies en la tierra. Seguían parloteando y chismorreando sin cesar, pero Lanny Budd se había rebelado contra todo eso tiempo atrás, aunque aún no sabía a ciencia cierta qué iba a hacer al respecto. En vista de los terribles sucesos que a diario tenían lugar en este hospice —y aun a sabiendas de que ese siempre había sido su trágico destino a lo largo de los siglos—, estas mujeres sin duda habrían desarrollado un gran aprecio por la vida, y por ello acostumbraban a hacer todo cuanto estaba de su mano para protegerla de los demás. ¡Y sentirían en cierta medida para con las de su género algo de la compasión que Lanny sentía ahora por Irma!

VII

La puerta de la calle se abrió y entró entonces un norteamericano alto y de aspecto vigoroso, de unos treinta y cinco años, pelirrojo y de alegre sonrisa: el en otro tiempo tutor de Lanny y fiel amigo, Jerry Pendleton, originario del estado de Kansas y actualmente propietario de una oficina de turismo en Cannes. Beauty le había telefoneado: «Ve al hospital e intenta tranquilizarlo». Jerry era el hombre adecuado para la tarea, pues ya había pasado por lo mismo y era padre de tres vigorosos jovencitos y de un alegre pequeñín. Y su esposa francesa era la prueba de que la nature no solía perder los papeles. Jerry sabía exactamente cómo distraer a su amigo y conseguir que saliera airoso de aquel mal trago. Se sentó en una silla a su lado y exclamó: «¡Anímate, muchacho! ¡Esto no es la batalla del Meuse-Argonne!»

En efecto, el exteniente Jerry Pendleton, que se había alistado como voluntario y había comenzado como experto en ametralladoras, sabía mucho sobre sangre y sufrimiento. Por lo general no hablaba de ello pero en una ocasión, durante un viaje en coche, y otra vez, a bordo de un bote mientras esperaban a que los peces se decidieran a picar, se había sincerado con Lanny y le había hablado acerca de lo que había visto y vivido. Lo peor de todo era que, en opinión de un superviviente, los hombres que habían sufrido y muerto ante sus ojos no habían podido hacer nada útil con su vida a su regreso del frente. Francia había sido salvada pero no le estaba sacando demasiado partido a la victoria —y tampoco las demás naciones, dicho sea de paso—. La batalla que ahora libraba Irma en la habitación de al lado era de una naturaleza mucho más provechosa. Ella podría tomarse algo después para apaciguar el dolor y también lo haría Lanny para calmar sus nervios. Eso fue lo que dijo el antiguo recluta con una grave sonrisa en los labios.

En más de una ocasión, Lanny se había sentido agradecido de poder buscar apoyo en este vigoroso compañero. En los terribles momentos que vivió tras descubrir que Marcel Detaze se había arrojado al vacío desde un globo espía en llamas, fue Jerry quien había acompañado a Lanny y a su madre hasta un hospital en primera línea y los había ayudado a llevar de regreso a su hogar a un hombre destrozado para intentar devolverle la vida. Y ahora, mientras se reía y le decía: «¡Aún no has visto nada!», Lanny descubrió de nuevo en él aquel viejo espíritu de recluta.

El agente turístico tenía en ese momento sus propios problemas. Mencionó lo rápidamente que había decaído el negocio, pues muchos norteamericanos no habían viajado a la Riviera esa temporada. Al parecer los malos tiempos también iban a llegar a Europa. ¿No estaba de acuerdo Lanny? El joven respondió afirmativamente y le contó que había discutido el asunto en profundidad con su padre. Quizá los valores que se habían extinguido en Wall Street fueran tan solo papel, como muchos afirmaban. Pero esos papeles habían sido utilizados durante años para comprar todo cuanto uno quisiera, incluidos pasajes transoceánicos y cheques de viaje. Ahora no los tenían, por lo que no podían gastarlos. Lanny y su esposa podían nombrar a un buen puñado de gente que el pasado invierno había desafiado a la nieve y el granizo permaneciendo en Nueva York y que este año podrían sentirse agradecidos si conseguían el dinero para algunos vales de comida.

Jerry dijo que ya había pasado por apuros semejantes en el pasado y que podría soportarlo una vez más. Tendría que renunciar al personal de su oficina, y él y Cerise se ocuparían de todo. Afortunadamente ellos sí tenían vales de comida y aún conservaban la Pensión Flavin, regentada por la madre y la tía de su mujer, que también eran las propietarias. «Creo que tendrás que invitarme a pescar más a menudo y dejar que me lleve a casa las capturas», dijo el antiguo tutor. Y Lanny respondió: «Tan pronto como Irma se recupere, organizaremos una pequeña travesía». Y en el momento en que pronunciaba estas palabras su corazón dio un vuelco. ¿Tendría en algún momento la certeza de que Irma estaba bien? ¿Y si su corazón fallaba en ese preciso instante y las enfermeras estaban intentando desesperadamente reanimarlo?

VIII

Y por fin llegó el cirujano: un inglés de mediana edad, bien afeitado, de aire despierto y meticuloso. Sus mejillas aún conservaban el rubor del ejercicio físico bajo el sol del Midi, seguido de una tonificante ducha. Había hablado por teléfono con la enfermera jefe y todo evolucionaba de un modo excelente. Lanny era consciente de que un cirujano debía afrontar su trabajo con serenidad. No podía sufrir por cada uno de sus pacientes. Independientemente de cómo actuaran los demás, él debía aceptar de buen grado la nature y sus habituales modos de proceder. Le dijo que iría a reconocer a la señora Budd y le informaría.

Lanny y su amigo retomaron su conversación acerca de la depresión y sus causas. Lanny tenía montones de teorías, extraídas en su mayor parte de las publicaciones comunistas y socialistas que habitualmente leía. Las lecturas de Jerry se limitaban al Saturday Evening Post y a la edición parisina del Tribune de Nueva York, de ahí que se mostrara confundido y fuera incapaz de adivinar adónde había ido a parar a finales de octubre de 1929 todo ese dinero que la gente aún tenía a principios de ese mismo mes. Lanny le habló acerca de la estructuración de los créditos: uno de esos globos hinchables con los que juegan los niños y que brillan bajo la luz del sol, meciéndose alegremente en la brisa, hasta que alguien los pincha con un alfiler. Jerry le respondió: «¡Por todos los diablos, he de empezar a estudiar esas cosas!».

El cirujano regresó entonces, más ofensivamente relajado que nunca. La señora Budd era una paciente de la que sentirse orgulloso, sin duda la paciente ideal. Los dolores de contracciones aún persistirían durante un tiempo. Entretanto no había mucho que pudieran hacer. Lanny se sintió indefenso y derrotado, pero no iba a servirle de nada exhibir sus sentimientos. También él debía esforzarse en mantener su aura de profesional. «Estaré disponible», dijo el cirujano. «Intente usted relajarse por el momento». Lanny le dio las gracias.

Cuando se marchó el cirujano, Jerry dijo: «¿Cuándo comemos?». Lanny quiso decirle que se sentía incapaz de comer, pero sabía que Jerry estaba allí precisamente para hacerle cambiar de opinión. Era la hora de la cena en la Pensión Flavin, y Jerry cantó una alegre tonada para recordarle que conocía un acogedor lugar no muy lejos de allí donde servían huevos con jamón tres veces al día. «¡Oh, cómo gritan los huéspedes cada vez que escuchan la campanilla del comedor!». Y así siguió durante un rato. Ese era su modo de lidiar con el hecho de que su suegra regentaba una pensión de mediana categoría en la ciudad más cara y elegante de la Riviera. Lanny también era consciente de que hacía tiempo que no visitaba a la familia Pendleton y se le hizo evidente que, habiéndole tocado la lotería matrimonial, era de ley mostrarles que bajo ningún concepto pretendía comportarse como un esnob con sus pobres amigos.

—Está bien —dijo—, pero no seré una compañía muy alegre.

—Nuestros huéspedes están al corriente de todo —respondió Jerry.

¡Y, en efecto, así era! Fuera cual fuera su procedencia y su ocupación, todos los huéspedes de la pensión conocían a la familia Budd y se sentían casi como miembros de ella. Durante dieciséis años, Jerry Pendleton había ido de pesca con Lanny y los inquilinos habían comido pescado fresco. Al principio también Jerry había sido un huésped más, pero tras expulsar a los boches de Francia se había casado con la hija de la dueña de la pensión. Y tiempo después había sido otro de esos inquilinos quien se había casado con la madre de Lanny. Desde entonces, todos los huéspedes se sentían como miembros de los Budd, con pleno derecho a cada cotilleo concerniente a la familia.

IX

De regreso en coche al hospital, Lanny tomó la precaución de hacer una parada para comprar varias revistas, francesas, inglesas y norteamericanas. Se prepararía para el asedio y si un tema fallaba a la hora de atraer su atención, pasaría al siguiente. En una de las sillas estaba sentado ahora un caballero francés, de aire recio y próspero, que por su aspecto y sus gestos presentaba una serie de síntomas que Lanny enseguida reconoció.

La miseria adora la compañía, de modo que el hombre pronto se presentó a Lanny como advocat de una ciudad cercana. Se trataba del primer accouchement de su esposa y el pobre hombre estaba tan nervioso que era incapaz de mantener la compostura. Importunaba a las enfermeras cada vez que alguna se acercaba a la sala. A Lanny enseguida le pareció un personaje absurdamente ingenuo. No sabía nada sobre contracciones ni sobre los dolores propios del parto, que estaban en perfecta sintonía con los dictados de la nature y a causa de los cuales, por lo general, pocas mujeres morían. Hablando como un veterano de diez horas, Lanny le explicó el proceso de dilatación de tejidos y tranquilizó al extraño lo mejor que pudo. Poco después, y viendo que sus consejos no tenían el menor efecto, Lanny se aburrió y se concentró en la lectura del último número del New Statesman.

Le habría gustado preguntar si había tenido lugar algún cambio en el estado de su esposa, pero la escandalosa y exaltada emotividad de monsieur Fouchard le hizo recordar que los Budd eran una severa familia anglosajona y que quizá debía hacer honor a su origen. De nuevo intentó concentrarse en la lectura, esta vez en un artículo acerca del acuerdo definitivo sobre las indemnizaciones de la Gran Guerra, desde la cual habían transcurrido más de once años, y los probables efectos que dicho acuerdo tendría en las naciones implicadas. Este era un tema interesante para un joven nacido en Suiza de padres norteamericanos y que había vivido en Francia, Alemania, Inglaterra y los Estados Unidos. Sus muchos amigos en todos esos países pertenecían a las clases dirigentes y seguían los acontecimientos políticos y económicos con sumo interés, como si de asuntos personales se tratara.

El cirujano tardó mucho en regresar y Lanny de nuevo comenzó a sentirse como un cliente defraudado. Este hombre parecía haber olvidado la existencia de los teléfonos, gracias a los cuales podría mantener informado a cualquiera de sus pacientes mientras leía las últimas publicaciones médicas o jugaba al billar con sus colegas en el club. Cuando el inglés reapareció finalmente, informó al ansioso marido de que la verdadera acción estaba a punto de comenzar y de que la señora Budd sería trasladada en breve a la sala de partos. Desde ese momento Lanny fue incapaz de concentrarse en lo que L'Illustration tenía que decir acerca de las inminentes veladas en los salones de esa primavera —después de todo, era información importante para alguien que se ganaba la vida comprando y vendiendo obras de arte a comisión.

Ya era inútil seguir intentando pasar por anglosajón. Mejor sería rendirse y admitir la hegemonía de la madre naturaleza. Lanny dejó la revista y observó a monsieur Fouchard mientras este paseaba por la sala de espera. Y cuando se sentó para encender un cigarrillo, fue Lanny quien se puso de pie para merodear por la habitación. Mientras tanto conversaron. El francés hablaba de su esposa, de solo diecinueve años y extraordinarios encantos, a la que Fouchard describía incansablemente y con todo detalle. Estaba dispuesto a contarle la historia completa de su cortejo y su matrimonio y parecía a todas luces agradecido de que un extraño le prestara atención en esos momentos.

Lanny no hablaba demasiado, y tampoco era necesario. Monsieur Fouchard había oído al cirujano llamarlo por su nombre y sabía quién podía ser este elegante joven norteamericano. Había leído mucho sobre Irma Barnes y comenzó a hablar como si fuera un viejo amigo de la familia. De hecho parecía estar dispuesto a hacerse cargo de Irma durante su convalecencia y la crianza de su bebé. Lanny, que se había criado en Francia, sabía que no servía de nada ofenderse. Mejor dejarse llevar. Sellarían una especie de pacto de asociación temporal, la Liga de los Maridos de Parto. Otros se les unirían antes de que la noche acabara.

X

Se presentó entonces en la sala la accoucheuse de madame Fouchard, una francesa. Consiguió convencer al marido de que aún faltaba mucho tiempo para que el deseado evento tuviera lugar, por lo que el caballero se despidió emocionado de sus compañeros de asociación. Lanny respondió entonces una llamada de su madre y la puso al corriente sobre la situación. Tras varios paseos por la sala se volvió a sentar y trató de serenarse pensando en su visita a los monasterios colgantes que muchos años atrás conoció en Grecia. Entonces aún era un niño, pero ahora no le habría importando demasiado si los mismísimos monjes hubieran estado colgados también junto a sus monasterios. Sencillamente no le entraba en la cabeza que un simple parto pudiera durar tanto tiempo. Volvió a tocar el timbre y tuvo una nueva sesión con la enfermera jefe del turno de noche, aunque lo único que pudo confirmar fue que también ella había aprendido todas las fórmulas necesarias para apaciguar los ánimos de los ansiosos maridos. «Tout va bien, monsieur. Soyez tranquille.»

Lanny se sintió agradecido cuando la puerta volvió a abrirse y una dama entró en la sala, obviamente en el estado esperable en semejantes lugares. La acompañaba un caballero francés con una sedosa barba de color castaño. Lanny lo reconoció enseguida, era un profesor de piano bastante respetado en Cannes. La mujer pronto fue atendida y se marchó en compañía de una enfermera. El marido, por su parte, de inmediato pasó a ser miembro de la improvisada asociación de Lanny. También Lanny tocaba el piano y su cuñado era un virtuoso del violín, por lo que podían haber entablado enseguida una agradable conversación sobre su amor por la música. Sin embargo, ambos prefirieron hablar sobre cuánto tiempo llevaban casados, cuántos años tenían sus respectivas esposas y cómo se sentían ellos y ellas en la actual situación. Este enfrentamiento con la naturaleza en bruto había reducido a aquellos dos hombres al mínimo común denominador de la humanidad. El arte, la ciencia y la cultura ya no existían. Ahora solo había cuerpos, sangre y bebés.

Lanny escuchó durante unos minutos pero pronto dejó de oír lo que el barbudo francés tenía que decir y siguió paseando por la pequeña estancia mientras las gotas de sudor corrían por su frente. ¡Oh, Dios, algo no iba bien! Algo terrible debía estar sucediendo en la sala de partos, alguna de esas situaciones sobre las que había leído en la enciclopedia: fallo cardiaco de la madre, un desgarro interno o alguno de esos imponderables que ocurren en un reducido porcentaje de los casos. Obviamente, si el doctor se hubiera encontrado con algún problema no saldría corriendo a contárselo en esos momentos al ansioso padre. Estaría ocupado y también lo estarían las enfermeras. Solo cuando todo hubiera terminado alguien acudiría para comunicarle la terrible noticia. Y Lanny jamás sería capaz de perdonárselo a sí mismo.

¡Un gran defecto en los aspectos prácticos de este hospice de la misère! Debería existir algún sistema de comunicación, un teléfono en la sala de partos, un tablón informativo, un sistema de señales. Un problema así requería una solución colectiva; la inauguración de un hospital de paternidad, un lugar para los padres que están esperando en el que estos recibieran las atenciones adecuadas. Las enfermeras tendrían tiempo para atenderlos. Las auxiliares tendrían en consideración sus sentimientos y les darían información útil —quizá charlas sobre obstetricia impartidas con un lenguaje accesible y en las que omitieran o suavizaran los puntos más espinosos—. Habría música relajante y puede que hasta se proyectaran películas. Pero sobre todo habría noticias, a montones, puntuales y fiables. Quizá se parecería a las oficinas de los agentes de bolsa, donde la pantalla del Translux desgrana puntualmente las cifras que describen el estado de los mercados.

Cada vez que Lanny se acercaba a la pared en la que estaba el timbre sentía la tentación de pulsar el botón y exigir una vez más información precisa acerca del estado de su amada costilla. Con cada nueva pregunta del profesor de música francés le resultaba más difícil disimular el hecho de que no le estaba escuchando. ¡Maldición! Podía culpar a quien quisiera, a la naturaleza o la incompetencia humana, pero de un modo u otro la mujer a la que tanto amaba, a la que adoraba, estaría sufriendo en esos momentos y al borde de la extenuación. ¡Tenía que hacer algo! Se acercaba la medianoche. Lanny miró su reloj y comprobó que solo habían pasado tres minutos desde la última vez. Faltaban solo veintidós minutos para las once, es decir, habían pasado ya trece horas desde que comenzaran los primeros dolores y le dijeran con todo descaro que había llegado el momento de abandonarla a su destino. ¡Maldición!

XI

Se abrió una de las puertas de la sala y entró una enfermera. Lanny la miró y vio que era distinta a todas las que habían aparecido hasta el momento. Esta sonreía, sí, de hecho lucía una sonrisa radiante. «¡Oh, monsieur!», exclamó la mujer. «C'est une fille! Une très belle fille! Si charmante!» Hizo un gesto, indicando el tamaño aproximado del pequeño prodigio femenino recién nacido. Lanny sintió de repente que se mareaba y buscó a tientas una silla donde agarrarse.

—Et madame? —gritó.

—Madame est si brave! Elle est magnifique! Tout va bien. —De nuevo la socorrida fórmula. Lanny comenzó a hacer un sinfín de preguntas aunque se daba por satisfecho al tener la seguridad de que Irma estaba sana y salva. Estaba agotada, pero eso era de esperar. Había muchos detalles que atender. En media hora aproximadamente monsieur podría ver a la madre y a la hija—. Tout de suite! Soyez tranquille!

El profesor de piano agarró la mano de Lanny y la agitó vigorosamente. Tiempo después de que el norteamericano se hubiera sentado, el otro aún seguía felicitándole. «Merci, merci», decía Lanny mecánicamente mientras pensaba: «¡Una niña! Beauty se sentirá decepcionada». Él, sin embargo, no tenía el menor inconveniente. Desde su infancia había vivido rodeado de mujeres y veía poco a su padre, de modo que había sido criado por su madre y por las sirvientas. Primero había conocido a las amigas de su madre, después a su hermanastra y a la madre de esta en Nueva Inglaterra. Más tarde apareció en su vida una nueva hermanastra en Bienvenu, a continuación sus novias y amantes y por último su esposa. Las había querido y admirado a todas, y haberse convertido ahora en el padre de una pequeña le auguraba diversión sin fin. Era perfecto.

Lanny se levantó de la silla, se excusó con el caballero francés y se dirigió al teléfono. Llamó a su madre y le comunicó la buena noticia. Sí, dijo, estaba encantado; o al menos lo estaría cuando se le pasara el maldito mareo. No, no se olvidaría de los telegramas: uno a su padre en Connecticut, uno a la madre de Irma en Long Island, uno a su hermanastra Bess en Berlín. Beauty se encargaría de telefonear a sus amigos y amigas del vecindario, ¡de ninguna manera se perdería ella semejantes emociones! Lanny incluiría además en sus misivas a su amigo Rick, en Inglaterra, y a su amigo Kurt, en Alemania. Había escrito previamente todos los mensajes con un espacio en blanco reservado para la palabra «¡Niña!».

Cumplió la promesa que le había hecho a Pietro Corsatti. Aún era temprano en Nueva York, de manera que la noticia llegaría a tiempo para la edición nocturna, la que leía la gente de la alta sociedad cuya musa había sido Irma Barnes. Tras recibir las felicitaciones de Pete, Lanny regresó a la sala para seguir disfrutando de los nuevos agasajos que el caballero francés le tenía preparados. ¡Era asombroso comprobar lo rápidamente que habían desaparecido las negras nubes que oscurecían la existencia del joven marido, lo inofensivos que parecían ahora los gestos de la madre naturaleza! Ahora podría incluso conversar sosegadamente con el profesor de piano acerca de la técnica que empleaba; contarle sus propias experiencias primero con el método Leschetizsky y más tarde con el Breithaupt; explicarle la ejecución del movimiento giratorio del antebrazo mientras hacía una demostración en el reposabrazos de su silla. Cuando se quiso dar cuenta, Lanny estaba tocando la obertura del poema sinfónico de Liszt, De la cuna a la tumba. Aunque por supuesto se limitó exclusivamente a la primera parte.

XII

La alegre enfermera volvió a presentarse en la sala y escoltó al flamante padre por un pasillo hasta una gran estancia cerrada con una cristalera tras la que había varias hileras de pequeñas cunas metálicas de color blanco. No se permitía el acceso al interior a los visitantes, pero una enfermera con una mascarilla blanca que le cubría la nariz y la boca se acercó desde el otro lado del cristal con un pequeño bulto envuelto en una manta que enseguida destapó parcialmente, dejando a la vista una cosita de un color rojo intenso que bien podría haber sido una arrugada e hinchada oruga, de no ser porque tenía varias extremidades y una redonda pelota en un extremo con un rostro más parecido a un elfo que a un humano. La boca de diminutos labios succionaba el aire metódica e incansablemente y un par de grandes ojos miraban inmóviles al vacío. La enfermera, sin embargo, tranquilizó a Lanny asegurándole que habían realizado las pruebas necesarias y la pequeña veía perfectamente. Le confirmaron que se trataba de su hija y como prueba de ello llevaba un collar con una etiqueta metálica. El señor y la señora tendrían así la seguridad de que no se llevaban a casa al hijo de un abogado o al de un profesor de técnica pianística.

La hinchada y roja oruguita de nuevo fue envuelta en su manta y Lanny fue escoltado hasta la habitación de Irma. Estaba tumbada en una blanca cama de hospital, con la cabeza hundida en la almohada y los ojos cerrados. ¡Qué pálida estaba! ¡Y qué diferente de la acaudalada belleza morena que había llegado esa mañana al hospital! Su cabello estaba despeinado, al parecer no se habían atrevido a molestarla ni para que se lo arreglara. Lanny entró de puntillas en la habitación y ella abrió lentamente los ojos, como si le costara realizar ese simple gesto. En cuanto lo reconoció le regaló una dulce y débil sonrisa.

—¿Cómo estás, Irma?

—Me pondré bien —susurró—. Solo estoy cansada, terriblemente cansada.

La enfermera le había dicho que no la hiciera hablar.

—Es una niña preciosa —dijo él.

—Me alegro. No te preocupes más. Descansaré y pronto estaré bien.

Lanny sintió que se le formaba un nudo en la garganta. ¡Era penoso el precio que las mujeres tenían que pagar! Pero sabía que no debía importunarla ahora haciendo gala de sus superfluas emociones. Una enfermera entró en la habitación con un vasito de vino del que ella bebió lentamente por una pajita. Contenía una pequeña dosis de sedante para ayudarla a dormir. Tomó la mano de ella entre las suyas, que yacían inertes sobre el cubrecama, y la besó suavemente. «Gracias, mi amor. Te amo.» Con eso fue suficiente.

Fuera, en el pasillo, estaba el cirujano, de nuevo aseado y reluciente y preparado para salir nuevamente al mundo exterior. Su profesión era para él como una segunda naturaleza, estaba claro. Todo había salido como debía. Nunca había tenido mejor paciente ni asistido un parto tan perfecto. Con unas pocas horas de sueño y algunos cuidados, el señor Budd se sorprendería de lo rápidamente que su esposa se recuperaba. La pequeña era fuerte y hermosa. Cuatro kilos de peso; de ahí el retraso. «Siento que la espera haya sido tan larga, pero es inevitable. ¿Lee usted la Biblia, señor Budd? Cuando la mujer va a dar a luz, siente dolor, porque ha llegado su hora; pero cuando da a luz al niño, ya no se acuerda de la angustia, por la alegría de que un niño haya venido al mundo. Pero por suerte no estamos en la antigua Judea y las mujeres han tomado las riendas de sus vidas. En mi patria y en la suya se han ganado el derecho al voto y poseen ya la mitad de las propiedades del país, según tengo entendido. Este es su mundo ahora y los hombres tendremos que esperar para comprobar lo que hacen con él. Buenas noches, señor Budd.»

—Buenas noches —dijo Lanny. Le debía al caballero un total de treinta mil francos, una cantidad aparentemente elevada. Sin embargo el franco seguía teniendo poco valor, de modo que Lanny no regateó. Y pensó: «¡Hace tan solo una hora le habría ofrecido cien mil!».

 

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1«WOPS» en el original. Se refiere a los inmigrantes sin papeles en Estados Unidos, generalmente italianos o por extensión del sur de Europa.

2

Aquellos amigos que conociste

I

La casa de la finca de Bienvenu donde vivían Irma y Lanny era conocida familiarmente como La Casita, aunque era casi tan grande como la casa principal y de un estilo semejante, edificada en torno a un patio interior o claustro. La fachada era de estuco rosa con contraventanas de color azul pálido y un tejado de ladrillo rojo cubría la única planta del edificio. Estaba orientada a las volubles aguas del golfo de Juan y en la distancia se alzaban las montañas tras las que cada día se ponía el sol. La casa solo tenía tres años de antigüedad, pero los bananeros que engalanaban el patio ya habían crecido hasta alcanzar la altura de los aleros del tejado y las buganvillas trepaban sobre los azulejos como la hiedra. Principios de abril era la época más hermosa del año y el patio se había convertido en un pequeño paraíso, con flores de todos los colores exultantes bajo los rayos del sol. La joven madre podía relajarse en una tumbona a la sombra o al calor del sol y leer en la prensa neoyorquina acerca del clima del mes de marzo en la ciudad, con vientos helados que azotaban las mansiones de la costa y hacían encallar pequeñas embarcaciones en las playas.

En la más exquisita de las cunas, rematada en seda, dormitaba la más preciosa de las niñas con una redecilla como protección contra los insectos siempre curiosos. A su lado estaba sentada su experta institutriz, una seria y concienzuda mujer perteneciente a la Iglesia anglicana. Tenía a otras dos jóvenes nodrizas a sus órdenes, sistemáticamente inspiradas en los últimos descubrimientos sobre psicología y fisiología infantiles. No había mimos, ni besuqueos ni arrullos antes de dormir para este pequeño miembro de la realeza; no valían las conjeturas ni se admitían torpezas. Ni un solo germen conseguiría franquear las barricadas que rodeaban al bebé y cualquiera que manifestara el menor síntoma de resfriado era automáticamente exiliado de las inmediaciones de la pequeña. Los invitados e incluso los parientes debían obedecer las órdenes de la omnisciente y todopoderosa señorita Severne, que obraba investida de una autoridad capaz de desafiar incluso a la de las abuelas. En cuanto a Irma, había aceptado llevar a cabo el supremo sacrificio; cada cuatro horas le llevaban el precioso paquetito para que le diera el pecho, por lo que siempre debía estar disponible, sin importar qué tentaciones del mundo elegante aparecieran en su camino. ¡Era el regreso de Rousseau!

Se habían celebrado congresos familiares y encuentros internacionales para decidir el nombre de la multimillonaria heredera. Se habían hecho numerosas propuestas y, si todas ellas hubieran sido tenidas en cuenta, la pequeña habría caído bajo el peso de las más rancias tradiciones de la realeza europea. Parecía obvio que su nombre no sería Beauty; semejante título era necesario ganárselo… Y ¿si finalmente resultaba no estar a la altura de las expectativas? El verdadero nombre de Beauty, Mabel, no le gustaba, por lo que quedó inmediatamente fuera de la pugna. Irma renunció a sus propias pretensiones en favor de las de su madre, para la cual este era un asunto de extrema importancia. Irma viviría a partir de ahora en Europa la mayor parte del tiempo, pues Lanny así lo quería. Por tanto, ¿no era de justicia que le concedieran a la sollozante viuda, que ahora vivía sola en su mansión de Long Island, la alegría de que la pequeña llevara su nombre? El clan de los Barnes debía ser tenido en consideración, pues había aportado al matrimonio su fortuna. Frances Barnes Budd no era un nombre difícil de pronunciar. ¡Pero en cualquier caso jamás nadie se dirigiría a ella como Fanny!2 La reina madre y propietaria de la finca de Shore Acres casi se desmaya al descubrir que su otrora hermoso nombre había llegado a adquirir tan bajas connotaciones en estos tiempos modernos.

II

Irma estaba sentada en el patio y sostenía gozosamente a su diminuta y hermosa bolita, desnuda en sus brazos mientras absorbía los dulces rayos de sol del Midi durante un lapso de tiempo cronometrado de tres minutos, cuando llegó Lanny diciendo: «El tío Jesse acaba de llegar. ¿Quieres conocerle?».

—¿Crees que debería?

—Desde luego no tienes por qué hacerlo si no te apetece.

—¿No heriré sus sentimientos?

—Ya está acostumbrado a eso —dijo Lanny con una mueca.

Irma había oído hablar mucho de esta oveja roja de la familia de su suegra. Al principio no había sentido una gran curiosidad, pues no le preocupaban demasiado las cuestiones políticas. Y aunque no tenía la menor duda de que los comunistas eran gente terrible, si esas eran las creencias de Jesse Blackless, al menos debía darle la oportunidad de defenderlas. Las amenazas que ponían en jaque el orden social nunca habían sido demasiado reales para Irma, al menos no hasta la llegada del pánico bursátil. Durante todo ese caos ella había oído discutir y exponer las más extrañas ideas y había empezado a hacerse preguntas al respecto. De modo que respondió: «Si tú y tu madre le recibís, también yo he de hacerlo».

—No permitas que te corrompa —dijo su marido de nuevo con una sonrisa maliciosa en los labios. Siempre se divertía discutiendo con su tío el rojo y solía utilizarle para provocar a otros personajes de su entorno.

Lanny fue entonces a la casa principal y enseguida regresó en compañía de un hombre alto y de aspecto extraño, con la cabeza casi completamente calva y tostada por el sol, ya que la mayor parte del tiempo no usaba sombrero. Iba vestido de forma descuidada —como era de esperar en un pintor—, con sandalias, pantalones holgados y la camisa abierta casi hasta el pecho. Su rostro tenía muchas arrugas, que se hacían doblemente profundas cada vez que desplegaba una de sus peculiares y torcidas sonrisas. Le gustaba practicar ese tipo de humor que consiste en decir de viva voz lo contrario de lo que pretendes dar a entender y que da por supuesto en los oyentes una capacidad de entendimiento que no siempre demuestran poseer. A Jesse Blackless no le gustaba el mundo en que vivía y precisamente por eso disfrutaba reduciéndolo al absurdo.

—¡Bien, así que esta es Irma! —dijo mientras la contemplaba. Ella se había cubierto el seno con la bata de seda china de color naranja que llevaba. El tono moreno de su piel, que ya había recuperado rápidamente casi en su plenitud, habría sido del agrado del pintor para plasmarlo en un lienzo. Sin embargo, el tío Jesse solo pintaba a pillastres de la calle, a gente pobre y a obreros marcados por el duro trabajo o la mala vida.

—¡Y esta es la pequeña! —dijo mirando hacia la cunita bien protegida del sol. No hizo ademán de acercarse para hacerle carantoñas y en lugar de eso dijo—: ¡Vigiladla bien! ¡Sin duda sería todo un caramelo para los secuestradores! —La mera idea resultaba espantosa, sin duda.

El visitante se sentó en una silla de lona y estiró sus largas piernas. Su mirada se paseaba de la joven esposa al joven marido y de nuevo a la muchacha, y tras un instante de vacilación, dijo:

—Has escogido bien, Irma. Mucha gente ha intentado corromper a este muchacho a lo largo de los años, pero nadie lo ha conseguido.

Por primera vez Lanny escuchaba a su tío el rojo elogiar a alguien de ese modo, por lo que significó mucho para él. Irma le dio las gracias al orador y añadió que estaba segura de que lo que decía era cierto.

—Lo sé muy bien —continuó el pintor—, pues yo mismo he intentado hacerlo.

—¿Y finalmente se ha rendido?

—No me serviría de nada ahora que se ha casado contigo. Soy un firme y devoto creyente del determinismo económico.

Lanny procedió entonces con las explicaciones.

—El tío Jesse está convencido de que el comportamiento de la gente está condicionado por el tamaño de su monedero. Aunque él mismo es la prueba viviente de lo contrario. Si él hubiera seguido los dictados de su cartera se habría pasado la vida haciendo retratos de los ricos y ociosos de esta costa del placer. Sin embargo, estoy seguro de que aún dedica su tiempo a mantener reuniones secretas con revolucionarios y conspiradores por los más oscuros rincones de los suburbios de Cannes.

—Soy una especie de aberración —dijo el tío Jesse—. La naturaleza solamente produce unos pocos y raros ejemplares cada cierto tiempo. En todo caso, cualquier explicación sobre las causas sociales de algo así ha de buscarse en el comportamiento de las masas.