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Una historia intrigante sobre la maldad que hay escondida bajo la superficie de personas aparentemente normales. ¡Ahora, por primera vez en español! “Ángeles muertos” es la primera parte de la serie sobre la perfiladora criminal Althea Molin, escrita por la autora bestseller sueca Veronica Sjöstrand. La serie ha sido alabada tanto por los críticos como por los lectores. Un asesino en serie anda suelto en el centro de Estocolmo y la ciudad vive aterrorizada. Los investigadores piden ayuda a la perfiladora criminal Althea Molin, pero ella no está segura de aceptar el trabajo. Acaba de regresar de Nueva York, donde sufrió un brutal asalto del que todavía no se ha recuperado. Al final, acepta ayudar a la policía en la intensa lucha contrarreloj para dar con el perpetrador. Pero no a todos les gusta su manera de trabajar y sus métodos poco convencionales son cuestionados constantemente. Cada segundo cuenta en la frenética búsqueda, pero el asesino parece estar siempre un paso por delante, evitándolos con facilidad mientras los observa desde el anonimato. Pronto, Althea descubre que está más cerca de lo que se imaginaba. Un descubrimiento que le puede costar la vida.
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Veröffentlichungsjahr: 2022
Ángeles muertos
Veronica Sjöstrand
Traducido por Ana Lydia García del Valle Méndez
Título original: Änglalik
© Veronica Sjöstrand, 2022
Traducido por: Ana Lydia García del Valle Méndez
© de esta edición: Word Audio Publishing International/Gyldendal A/S, Copenhagen 2022
Klareboderne 3, DK-1115
Copenhagen K
www.gyldendal.dk
www.wordaudio.se
Diseño de cubierta: Anders Timrén
ISBN: 978-91-80347-21-1
Esta es una obra de ficción. Todos los personajes, organizaciones y eventos retratados en esta novela son productos de la imaginación del autor o se utilizan ficticiamente.
Todos los derechos reservados. Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal).
Quiero dar las gracias a Jan-Erik Pettersson, a Maria Chun, a Patrick, a mi madre y a mi padre. Sin todos vosotros, este libro no habría existido.
1
Junio de 2007
Las enormes lámparas parecían grupos de brillantes pompas de jabón atrapadas en su ascenso al techo. El piso de abajo estaba abarrotado de gente bailando, y un foco de luz roja y la música a todo volumen hacían que el ambiente resultara sugestivo y sensual, rozando lo desesperado. Eran las tres de la madrugada y olía a perfume, sudor y alcohol. Al otro lado de los ventanales, la plaza Stureplan se encontraba todavía repleta de gente con ganas de fiesta.
Ella estaba sentada en uno de los taburetes altos del bar y él de pie a su lado, tan cerca que su muslo rozaba la rodilla de ella, quien se reía mientras jugueteaba con el colgante que llevaba sobre su pronunciado escote. Dejó que la punta de la lengua le humedeciese los labios y él le acarició la espalda. Habían hablado sin parar durante una hora y únicamente había apartado la mirada de ella una vez para intercambiar algunas palabras con el gerente del club, que se había acercado para darle un abrazo amistoso pero correcto y masculino.
Al dar las cuatro, salieron del brazo. Era una noche suave y aterciopelada; en el ambiente se percibía un aroma a verano, a tierra y a la humedad del cuidado césped del parque Humlegården, y todavía se notaba el calor residual del asfalto. Una suave brisa nocturna acariciaba sus hombros descubiertos, todavía calientes por el sol del día. Pasaron por el café L'Angolo y luego por Kungliga Biblioteket, la Biblioteca Nacional, cuya fachada se veía sombría y siniestra a la azulada luz de la noche. El murmullo de la plaza Stureplan se iba apagando lentamente tras ellos.
—Te vienes a casa a tomar una copa, ¿verdad? —preguntó él.
—Sí, si tú también vas incluido —respondió ella.
Sonrió y la besó en el cuello, se la llevó a casa y preparó un par de gin-tonics. Ella lo besó con avidez cuando le dio la copa.
Al comenzar a entrar el brillo del sol por la ventana del apartamento, cogió la ropa interior y el vestido blanco y los metió doblados en una caja de cartón. Sacó el móvil de ella del pequeño bolso, lo acarició, lo apagó y lo colocó junto a él en la mesilla de noche. El bolso y los zapatos de tacón también cupieron en la caja, y cubrió todo con papel de seda. Colocó la caja, blanca y elegante, comprada en la tienda Granit de la plaza Hötorget, en un estante del armario, donde había ya otras tres parecidas. Después se dio una larga ducha bien caliente, se lavó los dientes, se pasó el hilo dental y terminó con un colutorio. Se vistió con un impecable traje de verano de lino de color arena hecho a medida y una camisa blanca. Tras un rato pensando, eligió un par de sencillos gemelos de plata cepillada. Se miró en el espejo y se peinó cuidadosamente hacia atrás su media melena castaño oscuro. Cogió un poco de cera y, después de frotarla entre las manos, se alisó el pelo con ella. Se pasó una pizca de cera por sus bien formadas cejas negras, se acercó al espejo y se miró. Insatisfecho, fue a buscar unas pinzas, se quitó un pelo de la ceja derecha y, complacido, retrocedió. Luego se acercó a la mesilla de noche a buscar el móvil, cogió la gran maleta que lo aguardaba en el recibidor y salió por la puerta.
2
Era viernes por la mañana y en el aire se percibían un bochorno y una humedad casi tropicales. Ese día, Estocolmo olía como a una ciudad del Mediterráneo, como a Roma tal vez, probablemente por esa combinación de calor, humedad y contaminación, pero de todos modos me encantaba. Iba escuchando a Melissa Etheridge por los auriculares —no uno de los últimos discos más movidos, sino de los primeros, con base de guitarra, de estilo melancólico, emotivo y desnudo— y me metí por Tegnérlunden. Ese parquecito era uno de mis favoritos, porque aunque no era más que una colina con algunos árboles y un arroyo artificial de piedra y hormigón, tenía algo especial, el sosiego de un parque urbano en miniatura. Me pasé la mano por el pelo y me recogí los rizos para intentar refrescar mi acalorado cuello. Levanté la mirada y vislumbré la maravillosa pero absurda estatua de Strindberg en lo alto del parque, sonreí y subí hacia ella. La escultura estaba formada por un gigantesco bloque de roca fundida con el propio Strindberg encima. Su cuerpo era tan musculoso como el de un dios nórdico y estaba sentado en una pose que enorgullecería a cualquier modelo masculino desnudo. Mientras pasaba, acaricié la maciza base de la estatua con los dedos. Me pregunté si a él le habría gustado, aunque lo más probable era que alimentase su ego.
Me metí por la cima de la calle Drottninggatan y acaricié una de las cabezas de los leones de piedra. Nunca podía resistirme a hacerlo; estaban ahí, en mitad del camino, como dos silenciosas esfinges de color gris. En su día fueron blancas, pero ahora eran grises como el agua de fregar y estaban desgastadas por todos los que las habían acariciado antes que yo.
Ladeé la cabeza para leer las citas, grabadas a lo largo de la calle en líneas longitudinales con letras de metal brillante y acentuadas por algún que otro chicle pegado. También allí estaba Strindberg: «Ámame para siempre o te morderé en el cuello para que mueras». Qué chico más simpático y agradablemente anormal. El cartel del 7-Eleven con los titulares de la prensa amarilla mostraba un tema similar: «Mujer de 28 años asesinada y arrojada en una maleta». Me entraron ganas de volver a trabajar, pero enseguida sentí un ataque de angustia y me pasé los dedos por la cicatriz, que iba desde el lado izquierdo del cuello hasta mi pecho derecho. No sabía cuándo sería capaz de volver a hacerlo, si es que lo conseguía y si todavía era buena en lo que hacía, aunque tenía tantas ganas de regresar al trabajo que me sentía inquieta y frustrada.
Pero no, ese día no podía pensar en muerte ni desdicha; debía dejar a un lado la ansiedad. Ya había tenido suficiente últimamente; tenía que centrarme en decorar y al día siguiente ya abordaría la realidad.
Entré a Tintarella di Luna, una acogedora cafetería; aunque, básicamente, no era más que un antro con las mesas muy juntas y artículos recortados de la liga italiana por las paredes. Tenían un café magnífico y siempre estaba lleno de gente. Busqué a Emelie, que había pedido un día libre en el trabajo para que pudiéramos pasarnos el viernes comprando de manera compulsiva sin tener que estar abriéndonos paso entre la multitud. Acababa de comprar un apartamento y necesitaba de todo, desde pintura hasta cortinas, para poner en orden mi nuevo hogar. No la veía por ninguna parte, pero claro, no había llegado todavía porque siempre llegaba tarde.
Cogí mi café latte recién hecho y me senté en una de las sillas que había bajo el vano de la ventana. En la pared junto a la mesa alta colgaba un cartel enmarcado de la película La Dolce Vita: un precioso dibujo de Marcello Mastroianni fumando en el fondo —en color azul— y de Anita Ekberg bailando en primer plano —en dorado y rojo—, que denotaba pasión, feminidad y masculinidad. En el pequeño texto de la parte inferior del cartel se leía el nombre de Anouk Aimée y yo, sin mucho interés, me pregunté quién sería.
—¡Así tiene que ser una mujer, no como un palo andante!
Era Emelie, que estaba detrás de mí y agitaba las manos señalando el cartel. Tenía el tipo de Anita Ekberg: con curvas, metro setenta y cinco de estatura, ojos marrones y melena rubia; era de una belleza impresionante. Me daba envidia, porque yo era flaca, plana y no muy esbelta. Con mi metro cincuenta y seis, cabello negro rizado, ojos rasgados y pálido cutis escandinavo, yo era justo lo contrario, lo que podía denominarse «guapifea»: algunos días parecía más desproporcionada y deslucida y otros podía incluso pensar que estaba bastante presentable o diferente de forma positiva. No había conseguido averiguar qué tenía que hacer para que abundasen más los días en los que resultaba guapa.
—Gracias, hombre —repliqué, arqueando las cejas.
—Bueno, me refería a cuando se marcan los huesos y se tiene una cabeza que parece demasiado grande para un cuerpo tan delgado, no como tú. ¡Ojalá tuviera tus genes! Nunca engordas y yo, con solo pensar en un bollo de canela, ya subo de peso. ¡Mira! —señaló Emelie, agarrándose el michelín de la cintura oculto bajo la chaqueta.
Casi siempre llevaba trajes que le sentaban a la perfección, y yo, una especie de extraña mezcla de vaqueros y ropa de segunda mano, a ser posible de colores fuertes y brillantes. Físicamente no teníamos mucho en común, pero era la persona más cercana a mí; nos conocíamos desde los siete años.
—¡Sí, uf! Más vale que te libere de eso —comenté, y arremetí contra el bollo de canela que llevaba en un plato y que sostenía con una mano.
—¡Ni hablar, cómprate tus propias calorías!
Un hombre mayor nos miró disgustado por encima de su periódico desde la mesa de detrás. Emelie se sentó en la silla de al lado, partió el bollo en dos y me dio la mitad.
—Bueno, ¿qué plan tenemos? —preguntó antes de hincarle el diente.
—Vamos por las calles Drottninggatan, Sveavägen, Rådmansgatan, Birger Jarlsgatan y acabamos en los grandes almacenes NK. Para el almuerzo, tú eliges y yo invito, y terminamos con vino y cena en mi casa. ¿Te parece un buen plan?
—Suena perfecto. Aunque tendré que saltarme la cena y el vino, esta noche voy a casa de mis padres.
Mordió su bollo y me miró con curiosidad.
—¿Cómo te vas encontrando en tu apartamento? ¿Has empezado a acostumbrarte ya?
Me conocía demasiado bien, así que, para evitar su mirada, me giré hacia la calle. Allí, las tiendas comenzaban a abrir y la gente caminaba con tranquilidad.
—Sí y no. Bueno, no sé; unas veces es aterrador y otras me gusta. Todavía no me he acostumbrado, pero seguro que me irá bien al final —respondí, y Emelie sonrió.
—¡Bien! Pero ¿sigues yendo al psicólogo?
—¡Sí, claro, aunque solo sea por las pastillas! En serio, me gusta, es bueno.
Unos quince años atrás, en mi adolescencia, las obsesiones controlaban mi vida. No había día en el que no tuviera miedo de que volvieran y me destruyeran; era como una alcohólica sobria. Tenía lo que se llamaba TOC, trastorno obsesivo-compulsivo, pero ya casi no manifestaba síntomas.
Emelie se rio.
—Tal vez deberías darme su número de teléfono. Creo que estoy empezando a deprimirme. Vivir sola no es lo mío, ¡necesito un hombre!
El anciano de la mesa de atrás casi se atraganta con el café al otro lado de su periódico.
—Mejor te vienes vivir conmigo —respondí.
—¡Ni hablar!
Después de volver a casa hacía un año y medio, me fui a vivir con Emelie. Cuando la llamé desde Nueva York para contarle lo sucedido y que regresaba a Estocolmo, se ofreció directamente.
—Pareceríamos un club de almas en pena: a ti casi te asesinan y yo víctima de un cabrón infiel. Mi problema quizá no sea tan grave, pero de todos modos me siento fatal, así que sería perfecto.
Había sido una solución maravillosa y ahora reconocía que no me las habría arreglado sola aquellos primeros meses. En ese momento no era consciente del trauma que el ataque me había provocado. Durante casi todo un año sufrí de estrés postraumático y ataques de ansiedad. Me llevó un tiempo volver a la normalidad, pero con la ayuda de mi psicólogo, Leif, y de Emelie, fui mejorando poco a poco. Al final, sentí que necesitaba mi propio apartamento. Fue un gran paso porque la verdad es que en mis treinta y dos años de vida nunca había vivido sola: durante un tiempo residí con mi abuela; después compartí piso con Emelie cuando estudiábamos; luego, en Estados Unidos, con tres locos estudiantes de intercambio noruegos, y así sucesivamente.
Pero había llegado el momento, así que Emily y yo nos lanzamos a cazar por el mercado inmobiliario de Estocolmo. Durante dos intensos domingos de verano recorrimos toda la ciudad para asistir a un docena de abarrotadas visitas a apartamentos y el último se llevó el premio. Ya estaba convencida incluso antes de entrar por la puerta. El día de la visita fuimos paseando por el puente Kungsbron. Una fresca brisa con aroma a mar nos proporcionaba un alivio transitorio del calor estival. Bajamos hacia la calle que transcurría en paralelo al canal, pasando por un restaurante de comida china con el poco creativo nombre de Hong Kong.
—Es el restaurante chino más antiguo de Estocolmo, uno de los mejores. Deberíamos ir porque incluso sirven auténtico pato laqueado —explicó Emelie, señalándolo con el pulgar.
La calle era estrecha y apenas transitable en coche. A un lado se veían sobrios edificios de estilo funcional, revestidos con yeso marrón sin pulir y balcones blancos. Al otro lado de la calle había un terraplén de hierba con sauces torcidos y un sendero para caminar, y algunos barcos se balanceaban suavemente en el agua. Allí quería vivir.
El apartamento superó mis expectativas: tenía tres habitaciones, un balcón tan grande como una terraza y vistas al canal. Se veía algo deteriorado y estaba decorado en espantosos colores, pero tenía un tamaño perfecto para mí. El baño tenía el clásico azulejo verde oscuro de estilo funcional que me encantaba y el pulso se me aceleró.
Analicé al resto de gente que había acudido a la visita. ¿Cuántos estarían interesados y cuánto dinero tendrían? Pellizqué a Emelie en el brazo y, cuando me miró, asentí discretamente pero con firmeza.
—¿Ha habido problemas de humedades? Huele a moho —precisó ella en voz alta.
Sonreí porque, aunque hacía locuras, era bueno tenerla a mi lado. Después de que pusiera en tela de juicio todo el apartamento, le dejé mi tarjeta y mi número de teléfono al agente inmobiliario y traté de fingir que no conocía a esa mujer que hablaba tan alto. Al final gané la puja, que no resultó muy elevada.
Me mudé con los pocos muebles que tenía: una butaca, un gran aparador para medicinas tradicional coreano, un par de cajas de libros, un par de ropa y la gran estatua de Buda de la abuela. Lo primero que compré fue un montón de plantas y las coloqué por todas partes en el apartamento, que, por lo demás, estaba bastante vacío. Puse macetas en el interior y grandes jardineras en el balcón. Me sentía curiosamente liberada en medio de toda esa vegetación y ahora solo quedaba encontrar muebles y objetos decorativos. No tenía mucho dinero porque, aunque todavía recibía un salario de Modus Operandi Inc., de Nueva York, donde había trabajado como perfiladora criminal cuando me atacaron, no era una gran cantidad. Ese sueldo era una manera de que Tom, mi exjefe, acallara su cargo de conciencia por haberme otorgado toda la responsabilidad del caso a mí sola. El hecho de que me atacaran estando de servicio no fue culpa suya, sino mía, pero necesitaba el dinero y él insistió, así que no protesté. Había utilizado la considerable suma que recibí de mi seguro de Estados Unidos para comprar el apartamento, así que ahora me tocaba ser algo tacaña.
Emelie se relamió los dedos y cogió la última perla de azúcar que quedaba en su plato. Al otro lado de la ventana, la calle había cobrado vida y cada vez pasaba más gente.
—¿Has escrito alguna lista de la compra?
—¿Lista? No.
Puso los ojos en blanco y sacó papel y bolígrafo.
—Pues entonces haremos una.
Sostuvo el bolígrafo sobre el papel y me miró expectante, con ironía en los ojos, mientras yo me rascaba la cabeza.
—Bueno, necesito pintura para el dormitorio.
Emelie asintió y apuntó:
—Pintura, brochas, masilla, espátula para masilla, papel de lija, guantes. Vale, ¿qué más? —preguntó, y yo me reí.
—Sábanas, toallas y otras cosas de adultos. Tal vez un cubo de fregar, ¡pero creo que voy a dejar que tú te encargues!
Después de otro rato deliberando, nos pusimos en marcha, aunque no llegamos lejos. Al pasar delante del primer escaparate, al lado del café, Emelie gritó y me cogió del brazo.
—¡Tengo que entrar aquí!
Entramos en el pequeño establecimiento de paredes blancas. Me quedé mirando la gran estantería por la que Emelie se había sentido inmediatamente atraída. En el centro había querubines, ángeles, elfos y estatuas de Jesús amontonadas; figuras de Isis y Anubis en negro brillante a la izquierda, y de Ganesha y Buda en latón cepillado a la derecha. Una ridícula mezcla de estilos y religiones. Ninguna estaba arraigada en el pasado, sino que el significado de esos símbolos se había separado de forma despiadada de la historia en piezas moderadamente fáciles de digerir. Si adquieres esta, la armonía reinará a tu alrededor, o aquella si necesitas una nueva relación. Era como el doctor Phil de las religiones, y aunque no me gustaba en absoluto, tampoco me dejaba insensible. Las soluciones rápidas y las salidas fáciles eran muy tentadoras, pero nada resultaba tan sencillo. Mi abuela, que era budista, decía siempre que lo que no requería ningún esfuerzo tampoco aportaba ninguna fuerza. Me habría encantado tener la misma paciencia y dedicación que ella respecto a su religión, pero yo no era ni un ápice mejor que Emelie con sus ángeles de mármol falso y también andaba en continua búsqueda, era igual de agnóstica y, al igual que a ella, me tentaban las soluciones rápidas.
Preferí salir de la tienda y esperar en la calle, donde me apoyé contra la tosca pared de piedra. Justo enfrente estaba la librería Vattumannen, que ofrecía el mismo batiburrillo que la tienda que acabábamos de visitar, pero en formato libro. Había entrado muchas veces, pero siempre tenía la vaga sensación de que todos esos libros que prometían armonía interior me engañaban; algo que yo, por cierto, necesitaba desesperadamente. ¿Cómo iba a saber cuál de entre todas las filosofías y religiones era la correcta? Al otro lado de la cafetería se encontraba Pistill, que vendía artículos eróticos para mujeres; un poco más abajo había una tienda de bordados de punto de cruz, y enfrente vendían vestidos de novia. Sonreí para mis adentros, esa debía ser la zona de Drottninggatan con mayor división de personalidades. A mi lado, la puerta tintineó, y Emelie salió de la tienda con una bolsita en la mano y semblante satisfecho.
—¿Has encontrado algo? —pregunté, arqueando las cejas.
—¡Sí!
Sacudí la cabeza y comenté:
—Pero ¿qué te ha dado con los ángeles? Eres una mujer racional.
Emelie coleccionaba ángeles casi desde que la conocí, y, a ser posible, del tipo gótico y regordete. En casa, tenía una estantería llena de ellos y de literatura sobre el tema. Nunca había entendido su fascinación.
—No puedo ser únicamente racional, también necesito tener emociones.
—No lo entiendo —murmuré.
—Sí, ya lo sé, estás demasiado anclada en este mundo como para entenderlo —respondió Emelie riéndose. Me dio un pequeño abrazo y continuamos caminando hacia Hötorget.
Después de mucho analizar y divagar, conseguimos comprar la pintura para el dormitorio y todos los artilugios complementarios que, según Emelie, yo necesitaba. Además, adquirimos un precioso cubrecama acolchado de color marrón avellana, un poco brillante, y un par de gafas de sol para mí. Nos acabábamos de sentar a comer en IKKI, en el mercado Hötorgshallen, cuando sonó mi móvil.
—Hola, soy Rickard Magnusson.
—¡Rickard! Qué sorpresa saber de ti. ¡Cuánto tiempo!
Tuve que taparme el otro oído para poder oír lo que decía. Había empezado la aglomeración de la hora de comer y el murmullo y el ruido de los cubiertos al chocar con los platos era ensordecedor. Intenté recordar cuándo había visto a Rickard por última vez, debía haber sido hacía varios años. Nuestros padres eran muy buenos amigos y, desde que éramos pequeños, nos habíamos visto en múltiples fiestas de Nochevieja y barbacoas, pero en realidad nunca habíamos tenido trato personal.
—Sí, hace un montón y quería preguntarte… Sé que resulta precipitado, pero ¿podríamos vernos un rato esta tarde? Te invito a tomar café por la molestia.
A pesar de su tono cordial, noté que sonaba tenso y estresado; no tranquilo y distendido como de costumbre.
—¡Por supuesto! Si quieres, puedo reservarte una hora a las tres.
No podía negarme, sentía demasiada curiosidad por saber qué quería y Emelie lo comprendería. Justo iba a preguntarle sobre el motivo cuando me interrumpió:
—Estupendo, en Svampen a las tres, ¿te viene bien?
—Sí, claro, ¿qué…? —comencé a preguntar, pero colgó antes de que pudiera continuar.
Me quedé mirando al móvil.
—Espero que el hombre por el que piensas abandonarme sea un verdadero chollo —manifestó Emelie.
—Rickard Magnusson, el policía, ¿recuerdas?
—¡Ah, sí!, ya me acuerdo. Estuvo en la fiesta del sesenta cumpleaños de tu padre, ¿verdad? El que tiene cierto aire de profesor, pero es bien guapo.
—Sí, podría ser Rickard. Será solo una hora, así que podemos seguir comprando después —añadí.
—No hay problema —respondió Emelie, agitando sus palillos chinos—. Mientras, puedo aprovechar para leer mis correos electrónicos.
Suspiré poniendo los ojos en blanco. Emelie era una programadora increíblemente buena y, además, tenía una seria adicción al ordenador. Me impresionaba que hubieran pasado varias horas sin que hubiese comprobado en su BlackBerry si había recibido correos nuevos, aunque había oído que reclamaban su atención en algún lugar de su voluminoso bolso.
3
Dejé a Emelie sentada en la escalera de Konserthuset sobre un periódico gratuito doblado y con su Blackberry en las rodillas, totalmente inmersa en sus correos. Un pequeño ejército de palomas picoteaba a su alrededor, pero ella ni se inmutó. Al verlo, sonreí; era una completa chiflada y adicta al trabajo. Dos años antes, había dejado un bien remunerado puesto de experta en seguridad informática para establecerse por su cuenta. Había formado un fantástico equipo de cinco jóvenes superdotados, pero abrirse camino en el mercado le estaba resultando bastante más complicado de lo que había imaginado. Infosec, como nombró a su empresa, había recibido bastantes proyectos pequeños, pero aún no había conseguido un flujo grande de trabajo continuo y realmente rentable. Sabía que estaba muy preocupada y que la empresa tenía una mayor presión económica de lo que quería admitir, pero yo esperaba de todo corazón que la situación mejorase pronto, porque se lo merecía de verdad. Me impresionaban sobremanera su persistencia, su inteligencia y, en especial, su valentía.
Fui serpenteando entre la multitud a lo largo de la calle Kungsgatan. El tráfico peatonal adquiría un ritmo inestable, como mínimo, cuando los habitantes de Estocolmo caminaban con rapidez y determinación, pero los turistas paseaban despacio mirando en todas direcciones. Traté de escuchar un episodio del programa de radio Al minuto que había descargado en mi iPod, pero ni siquiera al volumen más elevado podía oír lo que decían. El tráfico era un completo caos: camiones sobre los que estudiantes recién graduados iban proclamando la alegría de la ocasión con palpitante música disco, cláxones de coches y ciclistas frustrados. En el cruce de Sveavägen con Kungsgatan, independientemente del día del año, casi siempre reinaba el caos por algún motivo, pero la época de graduaciones era la peor. No podía evitar que me gustara porque le confería cierto ambiente de carnaval a una ciudad por lo demás muy estricta, pero también era verdad que no tenía coche.
Solo eran menos diez cuando llegué a Stureplan, así que me senté sobre el muro ondulado de granito rosa de la calle Birger Jarlsgatan. Hacía calor, el aire casi no se movía y el ruido de los camiones con remolque que transportaban a felices estudiantes con algunas copas de más había alcanzado su máximo volumen. Esperando en el semáforo en rojo había tres remolques con altavoces igual de fuertes pero canciones totalmente distintas que resultaban una mezcla casi insoportable: la clásica canción sueca Sommartider, Like a Virgin y alguna canción indefinible de E-Type. Por cierto, ¿por qué siempre ponían canciones de los años ochenta y noventa si en esa época ellos apenas habían nacido? Suspiré, me quité el iPod y miré hacia la construcción Svampen, que en realidad era un glorificado quiosco telefónico alrededor de cuyo pilar colgaban cuatro antiguas cabinas de monedas separadas por pequeñas pantallas de cristal. La iluminación y algunas de las cabinas estaban rotas, y había carteles de pequeños clubs y conciertos pegados como una colcha de retazos por todas partes. De cualquier forma, las cabinas ya casi no se utilizaban, porque todos llevábamos nuestro propio móvil en el bolsillo.
Me gustaba la plaza Stureplan. En mi época universitaria trabajé a tiempo parcial en una gigantesca tienda de discos situada en medio del centro comercial Sturegallerian, donde ahora estaba la tienda de ropa Massimo Dutti. En aquel tiempo, Sturehof era un sombrío pub inglés donde solíamos pasar el rato con los chicos de la tienda de juegos de rol de al lado. Ahora se había convertido en un restaurante con tupidos manteles de lino blanco y personal uniformado. Laroy se llamaba Arnolds la última vez que estuve allí y no era ni la mitad de pretencioso que ahora. Los bares de entonces no eran tan exclusivos ni tan de diseño como los actuales. Ahora, todo Stureplan se percibía más extremo, juvenil y moderno, pero en aquel tiempo era más variado y relajado.
Sonreí para mis adentros al darme cuenta de que sonaba como una pensionista, pero lo cierto era que me sentía un tanto mayor para la vida nocturna de Stureplan, aunque solo tenía treinta y dos años. No era lo bastante guapa ni moderna. Emelie y yo preferiríamos salir por el barrio de Vasastan o tomar una copa en Mamas and Tapas o en alguno de los establecimientos informales, animados y bastante más humanos que había por la plaza Kungsholmstorg.
Empezaba a hacer un calor insoportable, así que esperaba de verdad que Rickard llegase pronto. Me recogí el pelo en un moño alto con un lápiz que encontré en mi gran bolsa de lona y miré hacia la calle.
Divisé a Rickard antes de que él me viera, caminaba entre la multitud hablando por los auriculares del móvil. Gesticulaba y hablaba mirando a la nada, e iba vestido con la misma camisa blanca, zapatos negros y clásicos vaqueros entallados de siempre. Rickard siempre había estado más involucrado en la actividad mental que en aspectos prácticos como la ropa o la comida y siempre llevaba la ropa bien planchada y de muy buena calidad, aunque siempre vestía igual: vaqueros y camisa blanca. Lo único que difería era el color de los pantalones, negro o azul oscuro. Quizá se ponía una camiseta blanca en su tiempo libre o una americana cuando iba más elegante, sin nada de imaginación ni creatividad en absoluto, pero era incuestionablemente pulcro. Todavía le quedaba algo de aquel chico ingenioso y loco por los libros, a pesar de que ahora era inspector jefe. O a lo mejor era algo que solo veía yo, que lo conocía desde que tenía diez años.
Se pasó la mano por su enmarañado cabello rubio oscuro, que necesitaba un corte desde hacía unos seis meses, y entonces me vio. Tenía la mirada más amable del mundo y unas largas pestañas que no hacían que su rostro resultase menos masculino y, aunque su nariz bastante prominente, sus cejas frondosas y bien formadas y sus pómulos cincelados no hacían de él un adonis, sí le daban un aspecto reflexivo e interesante. Sonrió y terminó la llamada telefónica.
—¡Althea! —saludó, dándome un abrazo.
Aunque su sonrisa y el abrazo fueron sinceros, noté tensión, algo que no iba bien. Caminamos hacia L'Angolo, una cafetería que había al lado del parque Humlegården. Rickard me abrió la puerta y sentimos el aire fresco fluir hacia nosotros desde el interior del local. Suspiré de placer y me dirigí hacia el mostrador blanco y sobrecargado. Rickard sacó una desgastada cartera de su bolsillo trasero.
—¿Café latte? —preguntó mirándome.
—Sí, por favor.
Nos sentamos en una esquina al fondo del local, contentos de librarnos del ruido y del calor del exterior por un rato. Miré a través de los grandes ventanales que iban desde el suelo hasta el techo: por un lado, se veía el intenso tráfico de la calle Birger Jarlsgatan; por el otro, la digna fachada de la Biblioteca Nacional, y detrás, el parque Humlegården, con su verde brillante. La luz del sol se filtraba a través de los grandes tilos que había delante de la biblioteca, dibujando moteadas imágenes sobre la acera. El parque estaba inusualmente desierto por ese lado. Solía estar lleno de gente que se sentaba bajo un árbol a almorzar o tan solo para tener un momento de calma, pero tal vez ese día hacía demasiado calor.
Rickard respiró hondo y empezó a hablar en voz baja:
—Vengo directamente de la escena de un crimen. —Señaló con la cabeza hacia el parque. Vislumbré la cinta policial azul y blanca más allá de la biblioteca. Así que ese era el motivo por el que Humlegården estaba vacío—. Han asesinado a una mujer inyectándole una elevadísima dosis de cocaína y después la han metido en una maleta. Se llamaba Josephine, o Tina, Henriksson, tenía veintiocho años y era una DJ bastante famosa.
—He visto los titulares.
—Sí, la prensa no deja de perseguirnos.
—¿Tenéis alguna pista del asesino?
Levanté la mirada hacia él, que la evitó y asintió. Su flequillo rubio oscuro le caía por delante de los ojos y se lo apartó.
—Alguien, probablemente el autor, envió un SMS al periódico Expressen esta mañana con el nombre de la víctima e indicó dónde estaba el cuerpo.
—¿Un SMS? Pero entonces…
—Deberíamos poder localizarlo, ¿no? Sí, si no fuera porque los encantadores periodistas de Expressen no quieren facilitarnos el SMS ni el número de teléfono alegando que tienen que proteger la confidencialidad de la fuente. También puede ser porque me negué a darles información a cambio. ¡Putos payasos!
Puso los ojos en blanco, sacudió la cabeza y nos quedamos un rato en silencio. No estaba segura de a dónde quería llegar, pero tenía mis sospechas.
—La cuestión es que este es el tercero de tres asesinatos prácticamente idénticos. Las tres víctimas son chicas jóvenes que han estado de fiesta aquí, en Stureplan, antes de desaparecer. Y después las hemos encontrado aproximadamente un día después, metidas en maletas, como si fueran muñecas. A la primera, Lotta, la encontramos el año pasado, en agosto, en el parque Hagaparken. La segunda, que se llamaba Anna, fue en mayo de este año en el parque Vanadislunden, en un área de juegos. Y la tercera aquí, en Humlegården.
—¿Tres? ¿Estáis seguros de que es el mismo autor?
—En los dos primeros casos tenemos su ADN y el del tercero lo están analizando ahora.
Ahora comprendía por qué Rickard había querido verme de forma tan repentina. Eso hizo que resurgieran los ataques de pánico, que me resultaban tan familiares, y que mi corazón comenzara a latir como loco. Volver a trabajar era lo que más deseaba, pero también era mi peor pesadilla. Si empezaba a trabajar, averiguaría si el ataque del año anterior me había afectado tanto como para no poder hacer bien mi trabajo, porque, si no estaba entre los mejores, ya no quería hacerlo en absoluto.
—Los periódicos ya dieron la noticia de los otros dos casos cuando sucedieron, así que es solo cuestión de tiempo que algún periodista con buena memoria relacione los asesinatos y publique el titular: «Asesino en serie en Stureplan».
Se me hizo un nudo en el estómago. Con un asesino en serie en Stureplan, Estocolmo entraría en un completo caos: titulares de pánico en los periódicos, gente atemorizada, comentarios de lectores enfadados por la incompetencia de la policía. Ya había visto suficientes investigaciones como para darme cuenta de que el trabajo de Rickard iba a ser arduo, estresante y conflictivo. Existía la creencia de que en Suecia no teníamos asesinos en serie, de que eso solo ocurría en Estados Unidos, pero no era cierto porque sucedía en todos los países y en todas las culturas. Destrozaban todas las sociedades y personas que se interponían en su camino.
—¿Tienen las chicas algo en común como el aspecto físico, la profesión o algo similar?
Bebí un sorbo de café y noté que me temblaba la mano.
—Eran aproximadamente de la misma edad, unos treinta años, y las tres eran guapas, pero no se parecían entre ellas en absoluto. Necesitamos tu ayuda —manifestó, mirándome a los ojos—. Sé que no estás trabajando en perfilación criminal en este momento, pero tenía que preguntártelo porque no existe nadie con tu… experiencia.
—Pero ¿y el grupo de perfiladores de la Policía Criminal?
—Tienen trabajo en lista de espera para varios años. Además, no tienen los recursos para entrar a trabajar operativamente y yo necesito a alguien que pueda formar parte del equipo, que actúe como caja de resonancia. —Miró hacia el parque, donde se vio a un policía uniformado entrar por detrás de la Biblioteca Nacional—. Por supuesto, te pagaremos; nuestros honorarios para autónomos son pésimos, pero de todos modos, es algo —añadió con media sonrisa.
Debajo de la mesa apenas tenía espacio para sus largas piernas y yo torcí las mías para no chocar con sus rodillas. Toda su persona irradiaba frustración y energía. Se quedó en silencio, miró hacia el parque por un momento y luego, a mí; sus ojos grises parecían ver a través de todo mediante su empatía y sinceridad.
—Este hombre es un monstruo. Cuando salga a la luz, va a cundir el pánico —agregó, y se puso la mano sobre los ojos—. Haga lo que haga, se cuestionará la investigación. Ya solo el hecho de que colabores no gusta demasiado, pero me importa un rábano porque tenemos que hacer todo lo posible.
Aparté la mirada; estaba totalmente alterada en mi interior y no quería pensar en eso. Comprendía la desesperación de Rickard y quería ayudarlo de verdad, pero ¿podría o me atrevería? Me acariciaba de un lado a otro la larga cicatriz del cuello. ¿Y si no podía hacerlo, si me venía abajo en medio de una investigación? ¿Qué pésimas consecuencias le acarrearía a Rickard?
Lo miré. Parecía cansado y estresado, pero, aun así, su mirada seguía siendo cálida. Estaba pálido y llevaba una barba de un par de días; seguramente, había trabajado toda la noche.
No podía negarme. Era buena perfiladora criminal, esa era mi profesión y mi pasión, y aunque había hecho todo lo posible para olvidarlo, mi conocimiento podría ayudarlo.
—Déjame pensarlo, no sé si puedo hacerlo.
Se echó hacia atrás, asintió y lanzó un hondo suspiro.
—Vale, toma —dijo, poniendo sobre la mesa un áspero sobre marrón lleno a reventar—. No tienes que revisarlo si no quieres. —Era material de investigación. Después sacó una tarjeta de visita, escribió dos números de teléfono en la parte posterior y me la entregó—. Llámame cuando lo hayas pensado.
—Gracias, prometo hacerlo.
Todavía estaba demasiado afectada como para decir nada sensato. Rickard se levantó y me mostró una sonrisa, cuya sincera preocupación me consoló y me reveló que sabía por qué dudaba tanto. Una perfiladora criminal sueca que había sido atacada por un asesino en serie en Nueva York también había conseguido llegar a los titulares de la prensa de Suecia. El hecho de que supiera que tenía un motivo para dudar me aliviaba algo, pero también noté que estaba dispuesto a atosigarme durante bastante tiempo para que lo ayudara. Me dio un fuerte abrazo y se dirigió rápidamente hacia Humlegården. Estaban a punto de saltárseme las lágrimas. Al verlo pasar por debajo de la cinta policial azul y blanca, me pregunté si debía haberme ofrecido a echar un vistazo a la escena del crimen. ¿Habría esperado que lo hiciera? No, de todos modos, no habría podido soportarlo, y Rickard era lo bastante empático como para entenderlo. Me quedé un rato sentada mirando hacia el parque y viendo a varios policías ir y venir. No sabía qué hacer ni qué le iba a decir a Emelie y decidí aplicar la táctica del avestruz: negación total.
Me iba a centrar en decorar, al día siguiente ya me preocuparía de la realidad. Además, necesitaba ese día. Metí el sobre del material de la investigación a presión entre la colcha marrón avellana que estaba doblada dentro de una bolsa de la tienda Indiska y salí de la fresca y agradable temperatura al calor y el ruido para continuar de compras con Emelie. No corría aire en absoluto y el calor me golpeó como una pared. Me puse las gafas de sol y la mano todavía me temblaba.
