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Martín Ayala es un joven pastor trashumante, hijo también de pastor. Vive en un pueblo de La Mancha con su familia cuando le toca ir de recluta a África en 1921. Viviremos su viaje hasta Melilla, su experiencia como soldado en tierra extraña, pero a la vez familiar, sus penurias y las injusticias que debe sufrir hasta que se encuentra con su destino en Annual "Annual 1921. La matanza de los inocentes" es una novela antibélica que narra la vida, miserias y destino de los soldados españoles que fueron enviados a la muerte por mandos incompetentes y políticos corruptos en pos de una gloria imperial periclitada. Basada en los hechos reales de la Batalla de Annual en 1921, un desastre en el que perdieron la vida 12.000 soldados españoles. Las consecuencias políticas posteriores al desastre condujeron a la dictadura del general Miguel Primo de Rivera.
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Seitenzahl: 484
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Juan Luis Martínez González
Annual 1921
La matanza de los inocentes
© de la obra: Juan Luis Martínez González
© de la edición: Apostroph, edicions i propostes culturuals, SLU
© de las fotografías de la cubierta:
Primer plano: Fondo Marín. Pascual Marín - Gure Gipuzkoa, Kutxa Fototeka. Bajo licencia Creative Commons CC BY-SA 4.0
Fondo: Mapa de la Comandancia de Melilla. Centro Geográfico del Ejército.
ISBN: 978-84-123711-9-2
Edición: Apostroph
Corrección: Diärese
Diseño de cubierta: Apostroph
Diseño de tripa: Mariana Eguaras
Maquetación: Apostroph
Primera edición digital: septiembre 2021
www.apostroph.cat
Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.
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Presentación del editor y material adicional
Annual 1921. La matanza de los inocentes no es un libro fácil. Juan Luis Martínez González emprendió la escritura de esta novela histórica con el rigor que ya demostró en El horror y con un profundo respeto por los desdichados que perdieron la vida en el Rif.
El Desastre de Annual fue una catástrofe militar que pudo haberse evitado. No solo sucumbió el campamento que da nombre al desastre, también cayeron con suerte diversa pero similar resultado todas las posiciones españolas al oeste del río Kert.
Miles de soldados españoles y tropas nativas fieles al Ejército se vieron traicionados por su propio gobierno, por el alto mando y por una parte sustancial de la oficialidad. Fueron los soldados, cabos y sargentos, junto con los oficiales que supieron mantenerse en sus puestos, los que soportaron el suplicio en el que les habían metido.
Esta es una novela histórica, porque narra fielmente lo que ocurrió hace cien años; es una novela antibélica porque muestra el horror de la guerra y cuán mortífera puede ser la estupidez humana; también es una novela social, porque documenta la enorme brecha en las condiciones de vida de la España de la época. Una brecha todavía peor en el Ejército de África, nutrido en su mayor parte de campesinos y obreros, la mayoría analfabetos, que no habían podido reunir el dinero con el que comprar plaza en la península ni pagar un permuta que fuera en su lugar al Rif.
Si los campesinos y obreros españoles sufrieron las injusticias de su propio país, los rifeños pagaron un precio en sangre más oneroso y durante más tiempo. La colonización española los sometió a unas condiciones de vida espantosas, los expulsó de sus tierras cuando no pudo utilizarlos como mano de obra barata, cometió toda clase de abusos. Llegado el momento de la venganza desataron toda su furia con una desesperación insondable, de años, hecha de agravios que no podemos imaginar. No podemos justificar los sanguinarios hechos tras la rendición de Monte Arruit ni la de muchas otras posiciones, pero sí podemos entender el comportamiento de seres humanos llevados al límite. Al límite, también, de la deshumanización.
El Desastre de Annual fue un crisol de injusticias donde murieron y mataron los más desdichados y miserables de cada bando. La diferencia es que uno de los bandos afirmaba abanderar la civilización.
Juan Luis Martínez González, en Annual 1921. La matanza de los inocentes, abre la mente de los protagonistas usando un estilo cercano al de la época con un lenguaje que nos transporta cien años atrás. Ha preferido emplear ciertos anacronismos y escribir ciertas palabras como era costumbre. También ha incluido varias notas al pie que no distraen la lectura y aportan un contexto y trasfondo valiosos y ayudan a comprender la narración.
Este libro es una novela histórica, un documental de ficción, sobre un hecho real que conmocionó a dos países y sus gentes.
Bernat Ruiz Domènech
Editor
Material adicional
Disponéis de un mapa y una selección de imágenes que permiten ampliar la comprensión de la novela. Podéis acceder a ellas mediante las direcciones web o códigos QR. También están disponibles en papel.
Mapa del Rif 1921:https://apostroph.blog/2021/09/08/mapa-annual-1921
Postales de la Guerra del Rif:https://apostroph.blog/2021/09/08/postales-rif
El hogar
I
La primera luz de febrero despunta sobre los cerros velados de plomo. Desde la meseta, el viento del norte trae encajonada una niebla densa, preñada de agujas de hielo. Jirones lechosos se derraman por las laderas e inundan el llano dormido, un mar de terrones pardos saturados de humedad.
Dos figuras avanzan por la linde entre el encinar y el barbecho; embozadas, se vencen sobre el cayado y remontan la cuesta buscando el abrigo de la majada, un redil circular de piedra en seco coronado de escarcha. Ya en lo alto se liberan de la zamarra y el tapabocas; en camisa, restriegan las suelas pringadas de barro en una mata de espliego. El más joven, seco y largo como un sarmiento, descorre el cerrojo de la cabaña y cuelga las ropas de un gancho. Prende la lumbre y suelta los perros, dos mastines de pelo espeso, blanco y canela manchado de ceniza, que acuden pronto a la caricia del amo. Martín el viejo, recio, ancho de espaldas, el rostro curtido de soles y vientos, se alienta las manos ahuecadas mientras valora el destrozo. Con las últimas nieves se ha desplomado parte del muro. Los perros remolonean curiosos; no hay rastro de alimaña. El ganado, apiñado bajo el cañizo, yace tranquilo.
Se afanan en el muro hasta el mediodía. Las lascas, sin mortero, se han derrumbado hacia adentro. Martín el joven colma la espuerta en el pedregal al pie de la loma; el padre sopesa las piedras y las encaja una a una. Sudan las camisas al socaire del norte que gime entre los vanos. Clarea a trechos el telón desgarrado de la bruma. Un distante tañer de campanas resuena en los campos. El joven vuelve con una carga al hombro y la vuelca a un lado del montón; resuella con los brazos en jarra.
—¡Deje, padre! Eche usté un cigarro y descanse los riñones.
El hombre se acuclilla, deshace el nudo de la faja y saca un bolsillo de lana donde guarda la petaca, el librillo de papel y el chisquero.
—Pa’ San José vamos a tener buen pasto. ¡Mira cómo luce aquella punta!
Por levante verdea un rodal en barbecho. Más allá, la dehesa moteada de encinas, algarrobos, islas de jara y retama, un pino solitario con una gasa de niebla prendida en la copa; a la orilla de la charca, un cenagal rizado de ondas, el viento agita las ramas desnudas de unos chopos jóvenes.
Echan un tiento del pellejo de vino y acuden a lavarse a la poza. En tierra de pastores la costumbre es ley: el ganado come primero. La mirada experta del padre vigila el mamar ansioso de los lechales, apartados con sus madres hasta el destete. Ovejas y borregos mascan alfalfa y unos puñados de panizo. Se alimenta el ganado del amo, la escusa1 del mayoral y, por último, la escusa del pastor. Solo entonces los hombres se sientan en la cabaña y apuran con gana el puchero de migas con tocino, uvas pasas y avellanas.
El padre pone a escurrir los peales y lía un cigarro grueso. Hay un ligero temblor en sus dedos, las manos cortadas de frío. Espera a que su hijo eche el bollo a los perros y lo enciende.
—Pronto sortean los quintos... —dice con voz ronca.
Martín asiente, los ojos fijos en las ascuas. Se descubre avergonzado frente al ritual inevitable, la primera conversación de hombre a hombre. Aunque le disgusta tratar el asunto, y en la casa le respetan los silencios, comprende que ha llegado el momento. Uno de los perros asoma el morro por el saco de arpillera. Apresa la enorme cabeza, lo acaricia bajo la carlanca2, bruñida al vivo rojo de la lumbre, y lo empuja fuera.
—Hay tiempo, no padezca usté —dice al fin—. Yo le ayudaré con el ganao hasta el último día.
—De momento me apaño bien. El dolor éste se va cuando los hielos.
—Y si no se va, se busca a alguien. Brazos no faltan.
—Te pones en lo pior —dice palmeando el humo que le sube a los ojos—. Aún puedes salir exento.
—¿Y qué voy a alegar? La talla la doy de sobras, y madre me ha medío el pecho lo menos diez veces, a ver si menguo. —Una sonrisa ilumina sus mejillas afeitadas cuando se inclina y acciona el fuelle—. Padre, yo quiero quedarme aquí con ustedes. Mi oficio es éste, de pastor. Pero si salgo quinto no voy a reclamar.
—Yo no he dicho ná de reclamar. Solo te pido que hables con tu primo Juan. Él ya ha pasao el trance y algún consejo tendrá.
A ruegos de la madre el sobrino ha prometido visitarles. Cumplió tres años en Melilla como machacante en un cuartel de intendencia; volvió recomendado y ahora trabaja en la capital, de oficial en una imprenta. Tiene mundo, recursos, y conoce las alegaciones que puede presentar una familia para librar a sus hijos del servicio.
—Por hablar no se pierde ná —insiste el padre.
—Juan es como un hermano, y oiré con gusto lo que tenga que decirme. Pero no voy a librarme yo pa’ que vaya otro en mi lugar.
Calla, azorado. Veinte años atrás, con otras leyes, los pastores trashumantes de la Cañada Real quedaban exentos del servicio militar. Su padre, como otros tantos, se acogió a este privilegio.
—¡Pues que sea lo que Dios quiera! —ataja con un suspiro.
Los mastines anuncian la llegada de Antonio. Sube con su trotecillo alegre, el repicar de las suelas de clavos sobre los cantos.
—¡Dice madre que bajen, que ya han publicao el bando! —anuncia en la puerta.
Es un torbellino que inunda de luz la exigua cabaña. Los perros le buscan la cara y con su danza de risas y gruñidos aventan la lumbre y llenan el aire de ceniza y chispas. Tiene los ojos vivos, de mochuelo; la frente ancha, nariz recta, labios llenos. Trae las mejillas coloradas de la carrera. Ha salido al padre en lo robusto; en lo hablador, no se sabe a quién. Es el varón que queda; si el hermano sale quinto tendrá que dejar la escuela y subir al monte en primavera. Se libra al fin de los perros y revolotea por la cabaña. Lo contemplan expectantes, a ver por dónde sale. El muchacho, incómodo, ojea el Calendario Zaragozano.
—¿Qué te ronda, mochuelo? —pregunta el padre.
—¡Ná!
—¿No cuentas ná de la escuela? ¿Algo nuevo habrás aprendío?
—Poca cosa...
Impaciente, levanta la tapa del puchero, recoge las cáscaras y las echa a la lumbre; mira con disimulo al hermano. Cuando el padre sale a aliviarse deja caer el recado:
—Dice la mediana del mayoral que te espera luego a la noche, donde la noria...
—¿La has visto en el pueblo?
—No, en la casa. Ha venío a traer unos níscalos.
Antes de regresar a la aldea refuerzan el muro con unas estacas. A falta de mazo, Antonio se empeña en golpearlas con una gran piedra plana.
—¡A ver si vas a escalabrar a tu hermano y nos lo dejas exento! —bromea el padre sin mala intención.
Llovizna cuando bordean la charca y ascienden por una cuesta empinada hasta el collado. A la izquierda, mediado el ancho valle, se divisa el pueblo. Un corro de tejados ocres alrededor de la plaza, cuatro casonas y el convento; la fachada del ayuntamiento frente a la iglesia, el campanario chato envuelto por la andamiada; la raya de la calle mayor, quebrada en las placetas; chamizos, apriscos, huertas a la orilla del reguero, cortijos moteando el llano, cercos de cepa desnuda y rodales de barbecho; en el altozano, las eras de cantos relucientes, la paridera. Las sombras corren ladera abajo por el cerro coronado de ruinas. A una legua, al pie de las crestas donde se separan las cañadas de Levante y Andalucía, se alzan una docena de casas, el molino y la balsa. El paraje lleva el nombre de La Escondida por el manantial que brota entre unas peñas negras. Tras la casona del mayoral clarea la luz del hogar.
Antonio echa a correr de repente; cuando lleva unas zancadas de ventaja se vuelve entre risas y reta a su hermano. Bajan al llano y siguen por la trocha enfangada; una bandada de grajos alza el vuelo a su paso. Martín se echa a un lado para esquivar las pellas que le golpean el rostro; ha salido buen corredor y con sus largas piernas pronto se iguala al muchacho. Al llegar al huerto acorta el paso y se detiene doblado en dos, resopla, finge que no puede más. Antonio, puro azogue, cruza el umbral pregonando la victoria.
La casa es un cuadro de tres piezas de adobe encalado. La principal con la cómoda, una mesa de roble, cuatro sillas de paja trenzada, el aguamanil y el espejo junto a la ventana, el banco corrido donde duermen los hermanos; unas esteras de esparto visten el suelo de tierra prensada. En la pieza más pequeña hay un arcón tachonado de cobres, una cama de hierro y unos jergones atados. A un lado la cocinilla, con el hogar y la despensa; un escalón y la puerta de la cámara: ristras de chorizos, morcillas, tajadas de carne ahumada, con los pellejos de vino y aceite colgando de las vigas. En el corral, una docena de gallinas negras, el pozo, la gorrinera ahora vacía y una colonia de gatos; en un chamizo de tablas guardan los aperos y el grano. Carmen, la mayor, sirve en casa del mayoral. La noche del sábado duerme en la cama grande, con la madre. A las dos pequeñas se las llevó el tifus. A fuerza de ahorro y trabajo, viven en arriendo sin pasar grandes estrecheces.
La madre los recibe entre pucheros. Es menuda, enjuta, el rostro seco avivado por los grandes ojos negros. Una mirada le basta para saber que los hombres han hablado. Les conoce ese aire perplejo, atolondrado, cuando tratan cuestiones serias. Pone la mesa mientras se lavan en el corral. Cenan ropavieja, los restos recalentados del cocido, de la fuente común; el vino joven, del porrón.
—Han publicado el bando de alistados —dice la madre con el hablar fino, oído en la plaza.
Martín, taciturno, arrambla con los garbanzos como si no fuera con él la cosa.
—Sí, ya es tiempo —tercia el padre— ¿Y qué se dice en el pueblo?
—Lo de tó los años. La que tiene mozo en la casa, a poner velas. Y la que tiene novio... A penar hasta el sorteo. Ya están echando cuentas del que se libra y el que no.
—¿Y cómo lo van a saber, si aún no han hecho el sorteo? —pregunta Antonio.
Guardan silencio. El chico sonríe, inseguro; encuentra los ojos de la madre y se contiene.
—Sale un mozo que marchó hace tres años —prosigue ella—. Uno de los Alemanes, el que se fue a la Argentina.
—El Rubio... Pues si no aparece lo meten prófugo —dice el padre.
—Eso sería en tus tiempos. Los entendíos se lo tomaban a guasa.
—¡Se habrá casao con una india pa’ librarse del servicio! —suelta Antonio.
Todos ríen la ocurrencia, pero no se libra del pescozón del hermano.
—¡Come y calla, gorrión!
La madre lee en su rostro y calla prudente. Ha salido reservado, orgulloso, parco en ternuras cuando tiene público. Los ojos de avellana, la nariz fina, el mentón recio, aún imberbe, cortado por una cicatriz. Igualico que el padre, cuando llegó de la raya de Aragón y Navarra con aquel tratante.
Antonio, alegría y esperanza de la casa, relata sus progresos en la escuela. Dice la tabla del nueve en un suspiro. “Aunque tiene buena memoria y cabeza para los números —había dicho el cura— le falta disciplina para el seminario”. Y es que el muchacho digiere catecismos y gramáticas, pero prefiere buscar nidos. Después, cuando los padres se retiren, enseñará a su hermano a leer y a escribir.
El padre ya dormita con la colilla apagada en los labios. La madre esmota lentejas a la luz del candil. Zurcir, poner remiendos, salar tocino, siempre encuentra algo que hacer al arrullo de la voz del pequeño. Levanta la vista para contemplarlos. Antonio señala las palabras de la cartilla con el lapicero, mueve los labios sin quitarle ojo al mayor, extasiado. Y Martín... Aplicado, ceñudo, repite la lección como el que reza el rosario; remedo del niño que fue, antes de apartarse de su regazo, le ha descubierto una sonrisa amarga cuando se atasca. Para disgusto de las malas lenguas no le conoce maldad alguna, más allá de travesuras de muchacho. Nunca ha echado en falta un céntimo del jornal, las propinas del señorito cuando van de ojeadores a las dehesas. La taberna no la pisa; tampoco la iglesia, salvo el día de la patrona. Y si sale alguna noche... Ahora es un hombre entrado en quintas. Y, lo sabe, lo perderá pronto.
Terminada la lección besan a la madre y extienden los jergones sobre el banco; la piedra conservará el calor hasta el alba. Duermen cabeza con cabeza. Antonio se arrima, busca el roce, como un animalillo pillado en falta.
—¡Para quieto! —protesta Martín— ¡Qué me vas a pasar las liendres!
—¡Qué no tengo liendres! Es pa’ pasarte la lección —dice sofocando la risa. Y luego, ya serio—: Martín, yo no le he contao ná a madre...
—¿Ná de qué?
—De dónde vas por las noches... —susurra.
—Anda, duerme. —Y le tienta la cara, los párpados cerrados con la punta de los dedos.
Sale al poco y sigue la trocha en la noche sin luna. El viento ha cesado y no se oye más que el discurrir del agua en el reguero. Estremecido, aprieta el paso. Una sombra surge de entre los sauces, se revela en el blanco encalado de la caseta. Es Nieves, una de las hijas del mayoral. Se citan allí desde el verano, tras un primer encuentro de torpezas, hallazgos y aromas de siega. Sin palabras, se palpan los dedos en la tiniebla, se unen en un abrazo impaciente al abrigo del tabardo abierto. Martín toma su mano y se vuelve hacia la puerta; ella no se mueve. Busca sus ojos, que le devuelven un brillo de culpa. Sonríe y la besa. Ella se entrega al inquieto rebuscar de los labios, la lengua cálida en su boca. Aprieta el vientre contra el suyo y ahoga un gemido, apagado, delator cuando él pone las manos en su espalda, bajo el manto. La mira de nuevo, sonríe y ella accede.
Inclinada hacia atrás sobre una pila de sacos se levanta las faldas en un suave rozar de linos. Tiemblan de frío y deseo. Él desabotona el pantalón, apoya una mano en los sacos y se aproxima despacio, a tientas. Se funden al fin, encontrado el camino, siguiendo acompasados el rítmico batir de la noria.
Parte del rebaño propiedad del mayoral o del pastor. Suponía un complemento del salario en metálico.
Collar ancho, provisto de puntas de hierro, que protege a los mastines de los ataques de los lobos.
II
Según la Ley de Reclutamiento1, el sorteo de quintos debía comenzar a las siete de la mañana del tercer domingo de febrero. Las mesas están alineadas ante el portón del ayuntamiento desde medianoche. Para protegerlas del viento han colgado las lonas de un camión en los soportales; unos cantos harán de pisapapeles.
El secretario y el alguacil han pasado la noche en vela; ahora esperan la llegada de los guardias con la esperanza de echar una cabezada. En una sala de la planta baja el alcalde comprueba los bombos al calor del brasero; cuenta las papeletas, revisa el acta, carga la pluma de reserva. El pueblo es cabeza de partido y se espera, como cada año, la asistencia de un diputado y varios prohombres venidos de la capital. Inquieto, de mal humor —poco ha dormido— sorbe el café con coñac que ha encargado en el casino.
El sorteo es la plaga anual que perturba la vida de todos los pueblos y ciudades de España. Bajo la desazón por la suerte que correrán los mozos late una protesta callada, el miedo de las familias a perder dos brazos fuertes, las manos que empujan el arado, el zagal en los pastos, el aprendiz de la fragua y el taller; el jornal de un hombre joven durante tres años. Las muchachas casaderas renuevan los votos de esperar al novio con la Virgen por testigo. Las madres los arrastran a la iglesia, prenden cirios, cuelgan medallas y escapularios del cuello tostado con un ruego en la mirada. Al caer la tarde acuden en secreto a una barraca junto a la alberca donde una gitana susurra la buenaventura.
El azar es la sequía, la epidemia, la inundación; una nube negra posada sobre el futuro, las modestas ilusiones del campesino en la plenitud de la vida. Los mozos han velado su inquietud, la vida que se acaba, la nueva etapa que comienza. Tras el ritual del sorteo serán hombres, y como tales han de comportarse cuando salga su papeleta. Desde que vieron su nombre impreso en el bando de alistamiento, y aun antes, sueñan con números.
Sortean los sesenta y cuatro mozos nacidos en 1899, que en el año corriente cumplen los veintiuno. Sacar un número bajo condena; un número intermedio prolonga la angustia; uno alto supone la liberación y, salvo amaño o guerra declarada, un sobresalto a olvidar tras el retorno a las rutinas del campo. Después vendrá la revisión médica y el que pueda o junte los cuartos podrá impugnar el resultado. “En el baile todos sanos, y al entrar en quintas cojos y mancos”, canta el pueblo con sorna. En tierra de hambres y miseria muchos no darán la talla; saldrán excluidos los enfermos graves, los lisiados de “dudoso potencial biológico”, inútiles para el servicio; también los braceros, jornaleros con familia a su cargo y el Certificado de Riqueza2 en blanco. Las gentes acomodadas pagarán las cuotas que reducen el tiempo de servicio en filas y sus hijos cumplirán solo diez meses, si abonan mil pesetas, o cinco si reúnen dos mil; servirán en la región, en el cuerpo que ellos elijan y podrán vivir fuera del cuartel. Si tienen vocación y cabeza para los estudios, llegarán a clases de tropa3.
Todos temen la peor de las suertes: salir quinto del cupo de filas y con destino en África. Todavía resuenan en el pueblo los ecos de las guerras coloniales, la pérdida de Cuba, Puerto Rico, Filipinas; la más reciente, la Guerra de Melilla en 1909, cuando el gobierno movilizó a los reservistas. Los viejos cuentan historias sobre el Barranco del Lobo y el moro Roghi, Sultán del Gurugú, prisionero en una jaula de hierro4. Ahora, los más avisados hablan de la campaña contra otro moro rebelde, El Raisuni5, que ha levantado a las tribus de la zona de Ceuta. A los quintos que se libren de servir en Marruecos les quedará el consuelo de un destino cercano, la posibilidad de algún permiso para visitar a la familia, ver a la novia y ayudar unos días en las faenas del campo.
Al fin, cada cual aceptará su destino. Son pocos los que emprenden el camino de la rebeldía. Es arriesgado y tiene un alto precio. Aún se recuerda el caso de un prófugo, con carné de socialista, que desapareció camino de Valencia; no se volvió a saber de él. Todos conocen el castigo para el que trata de huir: cinco años en un batallón disciplinario de Marruecos. Los cómplices, o aquellos que oculten al fugitivo, han de pagar una multa o cumplir condena en prisión si se declaran insolventes. Como recompensa, el mozo de la familia del delator evita el servicio en África y se le reduce a dos años.
La autoridad, implacable con el rebelde, se afloja un punto con los mozos en cuarentena. Durante los días previos al sorteo desfilan en pasacalles al son del tamboril y la pandereta; pasan el cestillo y recogen unos pocos cuartos, algún huevo, tajadas de tocino, roscos de vino y anís, más de un palo; beben, cantan, rondan a las mozas, alborotan en las cocinas. Los más bullangueros vienen de las aldeas y cortijos vecinos; bajan poco al pueblo y aprovechan la ocasión para desmadrarse: con el rostro oculto tras unas máscaras de carnaval saquean la cámara de un cuota y arrastran el botín, una ristra de chorizos, por la calle mayor. Las tabernas rebosan de tarambanas, fulleros y calaveras que se juegan al monte6 hasta la soldada por venir. Los veteranos, ya licenciados, imparten su magisterio: entre chanzas, disparates y rondas de gañote, dejan caer algún que otro consejo. En una casa apartada se pierde la vergüenza, y los pantalones. Las parejas se escurren entre las sombras camino de las cuevas del altozano y pasan la noche entre jadeos, sollozos y cordones de champiñón.
Los guardias tienen orden de evitar motines y escándalos; hacen la vista gorda y solo intervienen si en las riñas aparecen las navajas. Al caer la tarde salen al camino y echan el alto a los jóvenes; con ansia de recompensa sobresaltan a una comadrona por la sospecha de un disfraz. A cada ronda paran en el casino donde el sargento hace tertulia. Dan la novedá y aceptan una copita, para el relente.
Terminan de dar las siete de la mañana cuando aparece la corporación. La mayor parte de los mozos alistados se halla reunida en el atrio, pateando el empedrado, las manos ateridas en los bolsillos. Es domingo de fiesta y luto. El que las tiene, luce sus galas: los zapatones lustrosos de la boda del padre, pantalón negro de pana y faja ceñida del mismo color; la camisa blanca, relavada, chaleco de lana y zamarra de paño basto con vueltas de piel de oveja. Las ojeras violáceas y el tufo de vinaza y humo delatan a los trasnochadores. Pese al frío y la hora temprana, no dejan de acudir los curiosos, los desocupados y los veteranos guasones: la compasión es el miedo a sufrir la desgracia del otro, y ellos ya la padecieron en su día. Llegan también las familias, madres, novias y hermanas detrás del cura con el hisopo que se abren paso entre un silencio repentino, reverente.
Preside el acto el alcalde; toma asiento, revisa una vez más las pilas de papeles, consulta el reloj y sonríe ante la ansiosa concurrencia.
—¡Alegrar esas caras, hombre! ¡Que esto parece mi gorrinera la víspera de San Antón!
Ya se le conoce la gracia, pero algunos, serviles, se la ríen. Con el rostro encendido y voz grave recita el edicto de llamamiento y los artículos de la ley referentes al sorteo. Se atasca con algún término, se inventa otros, pero toda aquella solemne jerigonza le cose el morro al bromista más osado. A continuación, lee el listado de mozos. A la mayoría se les conoce por el mote, y hay quien le descubre a alguno el apellido. El secretario, sentado a su izquierda, anota cada nombre en una papeleta. En otras iguales escribe los números, del uno al sesenta y cuatro. Se estiran curiosos los pescuezos. Una mujer rompe a llorar. Los rezagados empujan y hay un tenso movimiento de avance hacia las mesas. Un rumor se eleva entre la masa oprimida.
—¡Ya vienen los inocentes! ¡Los inocentes!
El alguacil trae prendidos del cuello a dos zagales que, según la costumbre, no pasan de diez años. Vienen alelados, aún medio dormidos. Miran confundidos los rostros de la gente, buscan a la madre; la vergüenza se les pasará pronto, cuando los números altos los colmen de propinas. Sin soltar su presa el alguacil los conduce a la sala para reaparecer al poco cargados con dos bombos con trama de alambre. Una comadre, viuda reciente, se empeña en bendecirlos. Tras mucho insistir, y ante las protestas de mozos y mirones, el alcalde accede. La mujer avanza despacio, roza cada esfera con la punta de los dedos y se persigna. Al fin, el secretario introduce una a una las bolas de madera que contienen las papeletas.
Martín y su padre han acompañado a las mujeres hasta la puerta de la iglesia y son de los últimos en llegar. Les hacen sitio en un extremo, saludan a los conocidos mientras las bolas comienzan a voltear. Pisa poco por el pueblo, pero se le tiene por mozo cabal y honrado. Antonio se ha unido a un corro de rapaces que remolonea por la plaza, pero los deja pronto para arrimarse al hermano. Uno de los inocentes hace muecas y recibe un pescozón. La risotada general destensa los gestos serios, concentrados en el giro y el repicar del destino. Los bombos se detienen y con el reposar de las bolas se hace el silencio. A una indicación del síndico el inocente encargado de los nombres extrae el primero y, mohíno, le entrega el papelillo:
—¡Gaspar Cepero Sainz!
Un mozo escuálido con calvas de pelagra da un respingo y, con los nervios, un paso al frente.
—¡Para servirle! —exclama.
Las risas se desbordan.
—¡Orden! —vocifera, gallito, un concejal.
La bola con el número se resiste entre las manos torpes del muchacho.
—¡Cuarenta y siete!
Gaspar ha tenido buena suerte. Hijo de jornalero, segundo de ocho hermanos, saldrá excedente. Los vecinos le felicitan. Confundido, no entiende lo que ha ocurrido.
—¡Eso es que te has librao, hombre! —explica un vivales, y le tira del brazo en busca del convite.
Van saliendo los números; hay lamentos y suspiros de alivio, se escapan juramentos, chispean ojos de alegría, se nublan otros. Salen el uno, el dos, el cuatro; también los más altos. Las madres invocan a la Virgen de las Nieves, hacen promesas, manos crispadas retuercen amuletos ocultos en los bolsillos. Martín se mantiene sereno; rodea con los brazos al hermano, que no para quieto. La sucesión de nombres y números, asociados a la fortuna o la mala estrella de sus conocidos, amigos desde la infancia, impide que un sentimiento duradero se asiente en su interior. No hay lugar para el cálculo, probabilidades, descartes. Solo desea que llegue pronto el desenlace y, una vez desaparecida la incertidumbre, marchar a la aldea y pasar el trago con su gente. Hace tiempo que decidió rendirse a la suerte y aceptar su destino. La vida del pastor es solitaria y nadie ronda sus días para meterle ideas en la cabeza, ni para sacarle las propias.
Al correr el día la gente se ha echado a la plaza. Se juntan en corrillos, pasean en pos de las manchas de sol que, caprichosas, se forman aquí y allá. Dan las diez en el reloj de la iglesia. El alcalde se impacienta por la demora de las autoridades. Debe hacer un receso para la misa y el cura es de los que desayunan lengua. Envía a un zagal a la entrada del pueblo con orden de dar aviso en cuanto aparezca el rápido7. Resuenan gritos, ecos de jarana en el patio de una taberna cercana, clausurada como el resto mientras dure el sorteo. Mandan a los guardias a poner orden y se reanuda el acto.
—¡José Alfaro Máñez!
José, un peón de albañil con ficha de sindicalista, se planta frente a la mesa, saca pecho y cruza los brazos. Todas las miradas se posan en él. Es bajo de estatura, cetrino, con un aire astuto en los ojillos negros, muy juntos; le faltan dos dedos de la mano izquierda.
—¡El seis! —canta el secretario.
El mozo murmura algo. Luego más alto:
—¡Impuesto de sangre!
—¡Qué dice ese maula! —exclama irritado el gallito.
—¡Ná, hombre! ¡No ve que va chispao! —dice Nicasio, el herrero, tirando de él.
Se lo llevan en cuadrilla; bromean, alzan la voz para taparle el discurso. La gente se vuelve, expectante, hasta que desaparecen por una callejuela. Hay revuelo de capotes bajo los soportales; el cabo y un guardia se adelantan. El alcalde niega con gesto contrariado, no quiere jaleo, y ordena que prosiga el sorteo.
—¡Martín Ayala González!
El corazón se desboca; una leve punzada, un temblor incontrolable, inesperado, en las manos, las piernas. Le viene a la mente la imagen de la madre, arrodillada sobre las losas de la iglesia. El inocente extrae la bola.
—¡El tres!
Antonio se vuelve y busca el abrigo de su pecho; le flojean las piernas. Lo atrae y le acaricia el cogote rapado.
—Ya está. No pasa ná...
Sonríe resignado al inocente. El muchacho le mira con los ojos muy abiertos, a punto de echarse a llorar. El padre se empeña en comprobar las papeletas, como han hecho los otros. Antonio se adelanta furioso. Allí están, el nombre de su hermano, el número fatídico, ante el secretario que le mira con disgusto. Los vecinos se acercan a consolarlo, le estrechan la mano con aires de pésame.
—¡Mala suerte, Martín!
—¡Toavía falta el sorteo de caja!
En el extremo de la plaza la banda rompe a tocar al paso de dos autos cubiertos. “Diez mozos a la quinta van, de los diez cinco volverán”, canturrea una voz cascada mientras se alejan.
***
Ese día comen en casa de la tía Engracia, prima hermana de la madre. Enterada de la noticia, rompe a llorar en el umbral. Martín la abraza, bromea con ella:
—¿No tiene usté un platico de arroz con conejo pa’ este pobre recluta?
Exagera las chanzas, su inusitado buen humor; incita a Antonio para llenar los silencios, plagados de suspiros; pronto los entretiene con sus ocurrencias.
—¡Mira que si te ponen de marinero! —dice sorbiendo los mocos y la rabia.
—Podría ser. Por Levante seguro que hay cuarteles de la flota —afirma animoso el padre.
—Lo malo es que no sé nadar. Esta misma tarde empiezo a practicar en la charca.
Comen el arroz en los platos de domingo y echan buenos tragos del porrón, pa’ quitar las penas. Antonio, con permiso de la madre, bebe un dedal.
—Si te pudieras colocar en la capital... —dice la madre.
—Ahí solo van los señoritos, Pilar. Pero, ¿no está en Madrid el hijo del mayoral? Sería cosa de hablarle...
—Sí, hablaré con él, si a ti te parece bien.
—Hable usté con quien quiera, madre.
—Cuando viene con permiso se pasea de uniforme montao en la yegua —dice Antonio, algo achispado—. Una vez me dejó subir a la grupa.
—Anda, jinete, límpiate los morros, que relucen los trigos.
Al caer la tarde emprenden el regreso a la aldea. Caminan en silencio, a buen paso por la vereda donde se alargan las sombras, zarandeados por el viento helado que corre llanada abajo.
—¿Echamos una carrera, mochuelo?
—No tengo ganas.
Antonio va cosido a la madre, con tristeza fúnebre de domingo y vino. En la casa a oscuras acuden trémulos a la lumbre en ascuas. La vela a San Judas, en el poyete de la ventana, se ha apagado con la corriente. La madre reprime un lamento. Martín se acerca y la prende; descreído, como el padre, le irrita la fe milagrera, pero respeta su fervor.
Llega Carmen de la casona; un mantón negro perfila su rostro ovalado, pálido, con amapolas en las mejillas. El abrazo frío, por costumbre: nunca se han llevado bien. A Martín no le gusta que sirva a la gente del mayoral, aunque se pierde en los argumentos cuando discuten.
—¡Qué desgracia, Martín!
—Bueno, aún queda el sorteo de destinos. Con suerte me tocará cerca de la capital.
—¡Dios lo quiera!
Quedan mudos, evitan mirarse a los ojos. Está enterada de su secreto, ella misma ha hecho de recadera. Poco tienen que decirse.
Antonio sufre retortijones y esa noche duerme con la madre. Carmen va a verlos a la alcoba y se demora con ellos. Al salir, Martín la acompaña a la puerta, y un trecho del camino.
—Lleva llorando toda la tarde —dice. Y añade, ante el silencio del hermano—, Bien podrías darle algo en prenda.
—No te entiendo ¿Una prenda?
Ahora lo mira con ira.
—¡Anda, tira a dormir!
Ojea la gramática por hacer tiempo y evitar la conversación. El padre, con mal de riñones, no tarda en echarse en el jergón. Martín le remete el cojín y remueve las ascuas. Antes de acostarse sale con la excusa de fumar. Hace la ronda por el molino, la salceda agitada por el viento. Nada se mueve. Vuelve a la casa aliviado.
Ley de Reclutamiento y Reemplazo del Ejército, aprobada por el gobierno liberal de José Canalejas en 1912. Con la intención de universalizar el servicio militar, disponía que era obligatorio para todos los españoles mayores de veintiún años. Eliminó la redención en metálico y la figura del sustituto, pero, a cambio, creó la figura del soldado de cuota, que reducía el tiempo de servicio mediante el pago de ciertas cantidades.
Documento expedido por el ayuntamiento donde constaban las propiedades de cada familia, necesario para justificar la solicitud de excepción económica y así evitar el ingreso a filas.
Clases: sargentos, brigadas o subtenientes; lo que hoy se conoce como suboficiales.
Jilali ben Driss al-Youssefi al-Zerhouni. Conocido como El Roghi, autoproclamado pretendiente al trono, era un impostor que dominó durante años la región de Zeluán hasta que en 1909, derrotado por las tropas del Sultán, entró en Fez en una jaula de hierro. La tradición cuenta que fue arrojado a un foso de leones; sus restos fueron fusilados y quemados.
Ahmed ibn Muhammad ibn Abdallah al-Raisuli. Conocido como El Raisuni o El Raisuli. Líder político y militar. Se hizo famoso por el secuestro del multimillonario norteamericano John Hanford Perdicaris en 1904. El presidente Theodore Roosevelt envió a Tánger una división de cruceros para forzar su liberación.
Popular juego de cartas en el que los jugadores apuestan contra la banca.
Nombre común del automóvil en aquella época.
III
La maquinaría para fabricar soldados dispone que, tras el sorteo, los quintos del cupo deben presentarse en el ayuntamiento para el reconocimiento médico. El doctor, auxiliado por un sargento comisionado, mide y pesa a los mozos, comprueba la medida torácica, si padecen de hernias, soplos, lesiones que incapacitan para la milicia; examina los certificados que le muestran y donde constan las alegaciones. Al acto público asisten también las familias de los que han salido bien librados, con derecho a impugnar los motivos que aleguen otros para evitar el servicio: pueden hacer correr la lista y condenar a sus hijos. Tras estudiar las reclamaciones serán clasificados como excluidos, soldados o, en caso de no presentarse, prófugos.
Después, a primeros de noviembre, han de acudir a la concentración en las cajas de reclutamiento provinciales, donde conocerán su región de destino y el arma en la que servirán. Pero, entrado ya 1921, el nuevo gobierno de Dato1 no ha publicado la Orden. En el ayuntamiento dicen no saber nada y la retahíla de leyes y decretos con la que responden no consigue más que aumentar la desconfianza de las gentes.
Los mozos tratan de retomar sus vidas en espera del sorteo de caja. La mayoría son analfabetos, hombres simples, sin instrucción, acostumbrados a humillar la testuz. El Gobierno, el Ministerio y sus decretos, no son más que la prolongación del poder del amo, el cacique local, las fuerzas vivas de las que depende su jornal. Resignados, vuelven a las rutinas del campo, el trabajo en el almacén, la tienda; se emplean como peones y jornaleros para ganar unos cuartos y aliviar la situación de las familias durante su ausencia. Algunos anticipan la ruptura del vínculo con la tierra: se envician en el juego, malvenden la poca herencia, acuden al usurero, se beben la mala sangre en la taberna; tienen prohibido casarse y, rechazado su ímpetu por la novia pudorosa, viajan a la capital con cualquier pretexto y se inician en los secretos de la carne.
Martín no quiere oír hablar de economías, sacrificios, un préstamo para juntar las mil pesetas que reducen el servicio a diez meses. “Hay que tomar las cosas como vienen”, repite una y otra vez. Y aunque escucha paciente los consejos, no se baja del burro. Es la suya una rebeldía hecha de silencios y aislamiento. Su refugio, los campos solitarios, la cañada, los pastos de verano, monte arriba; el trabajo incesante, compulsivo, en la majada. Le ha cogido gusto a la lectura, y no es rara la noche que, tendido en el banco de la cabaña, desentraña fábulas y cuentos populares.
Antonio encuentra mil excusas para subir a hacerle compañía. Un día es un recado que inventa por el camino; otro llevarle de comer. El muchacho no sabe esconder su tristeza.
—Cuando marche tendrás que ayudar a padre. El oficio ya lo sabes, pero me tienes que prometer una cosa...
—¿El qué?
—Tú no dejes de estudiar. Aquí los días son mu largos, sobre todo en invierno, y tendrás tiempo de llenarte la mollera. Y cuando vuelva con permiso juntamos las cabezas y me pasas tó lo que has aprendío.
De acuerdo con la madre, ha encargado un plumier y una caja de latón para que guarde los libros en la cabaña, a salvo de los ratones.
Es una tarde de finales de enero. Un ventarrón del nordeste agita la breña que orilla un rodal en barbecho. El ganado hociquea entre las matas. El mastín joven, canela y pecho de nieve, estira el morro tenso, cara al viento. Llega después el tañer de un cencerro: alguien llama en la majada.
Juan le recibe sonriente en la puerta de la cabaña. Viste un gabán de paño, de señorito, aunque, previsor, calza sus viejas botas rescatadas de la cámara. Ha echado tripa y trae unas sombras azuladas alrededor de los ojos. Acude al abrazo franco de su primo, ríe con él. Se sientan en el banco frente a la lumbre y catan la frasca de vino con canela que ha traído de “obsequio”. Recalcan la palabreja, que siempre les ha hecho gracia, desde niños. Es buen conversador y se toma su tiempo antes de mencionar el motivo de su visita. Pasan lista a los mozos conocidos, los que se han colocado en la ciudad o han probado fortuna en otras tierras; bromean con la larga despedida de las parejas que llevan cerca de un año sin saber si el novio se queda o se va.
—Es extraño que tarden tanto en publicar la orden, aunque ya ha pasado otras veces. Parece que el gobierno no piensa más que en las huelgas y en coger a los anarquistas de Barcelona.
—Yo no entiendo ná d’eso. Pero no está bien tener a la gente así tantos meses.
—¿Y tú cómo llevas la cuarentena? —pregunta Juan con sorna—. Me han dicho que picas alto...
—Picar, picar... Ya conoces el dicho: “Cien gallinas en un corral, cada una dice un cantar”.
—¡Mira el otro! Y también dicen: “Gallina en casa rica, siempre pica”.
Ríen con ganas y echan un tiento para el sofoco.
—¿Y pa’ cuando el resobrino?
Juan responde con un suspiro. Se le tuerce la sonrisa, saca la petaca del bolsillo.
—Tres años llevamos buscándolo...
Lía despacio, los dedos gruesos marcados de tinta vieja. Callan y contemplan la lumbre; la brasa cuarteada de los sarmientos se aviva con las ventadas. Silba furioso el viento con la tarde ya entrada.
—Entonces, ¿lo tienes decidido?
—¿Y qué voy a hacer, Juan? —salta enseguida— ¿Librarme yo pa’ que vaya otro? ¿No fuiste tú?
—Mi caso no tiene nada que ver. Yo iba con destino en plaza. Emboscao, le dicen allí. ¡Ni un tiro pegué en tres años!
—No se trata de pegar tiros o no pegarlos. Se trata de vivir aquí y poder mirar a la gente a la cara. Ya sabes cómo son en el pueblo...
El pueblo... Antes del sorteo todos saben quién va a salir excluido, quién está enfermo, tullido, consumido por el hambre. Conocen el jornal de cada uno, las pocas familias que pueden pagar las cuotas. La comunidad vigila. Se acechan unos a otros, riñen, traman venganzas cuando sospechan que su hijo, excedente, número alto, se ve de pronto condenado por una reclamación injusta, un fraude pagado a golpe de préstamo. La gente no perdona al tramposo, al que se sirve de influencias o dinero; castiga, delata, condena al exilio. La revuelta duerme en espera de sus apóstoles.
—Bueno, yo te lo digo y lo piensas, pero no te hagas mala sangre...
—¿Decirme qué?
Juan duda. No le conoce esa mirada de fiera, el tono desabrido, pero le ha prometido a la madre que lo intentaría.
—Tengo apalabrao a uno... No es de aquí —añade con gesto apaciguador ante el amago de protesta—. El caso es que, si te toca África y a él península, se hace lo que llaman una permuta.
—Dices que le paguemos a un muerto de hambre con dinero que no tenemos, y que habrá que pedir prestao.
—Del dinero no te tienes que preocupar. De eso me encargo yo.
Martín calla, se fuerza a no mirarlo. Las mejillas le arden, la rabia concentrada en los puños crispados. Pasa pronto. “Tormenta de verano”, le dice su padre cuando le da. Al rebullir de la sangre le pesa el cariño, las andanzas de zagales, el compartir jergón y travesuras.
—¿Tan malo es aquello, Juan?
El viento ha amainado y cuajan en la noche gélida gruesas gotas de aguanieve. Juan desanuda en la memoria los recuerdos de su experiencia en África. Gracias a la influencia del patrón consiguió un destino de oficinas, en el cuerpo de intendencia. Cumplió tres años en la Comandancia de Melilla donde hizo de escribiente, chófer, pintor, recadero de las esposas de los oficiales; todo tipo de oficios y favores en pago a su condición de emboscado. Adorna su baldón con chismes, anécdotas, bromazos en justa venganza que rescatan la risa y los tragos. Luego excusa la humillación con el relato de la dura vida del ejército de desarrapados que cumplía servicio de armas.
—Nosotros vivíamos bien, en comparación con los pobres desgraciados de la infantería. Comíamos del mismo rancho que los oficiales, pero apartados, claro. El cocinero era un cachondo de Jerez que preparaba unos guisos para chuparse los dedos. ¡Allí probé cosas que no sabía ni que existían! El Pepe aquel sisaba lo que podía y luego lo revendía a los comerciantes civiles, pero hacían la vista gorda. Esta es una de las cosas que debes recordar. ¡Todo el mundo roba! Y eso ocurre en Melilla, en Ceuta, en Larache... Untar el carro, lo llaman. Roba el jefe, el oficial, el sargento, el cocinero. No he conocido ninguno que no trafique para darse la buena vida.
Martín escucha escandalizado. Los relatos de los veteranos, chascarrillos de taberna repetidos con cada reemplazo licenciado, suenan ahora verídicos en boca de Juan. Le sale la indignación moral del campesino educado desde niño en la honradez.
—¿Y eso cómo puede ser? ¿No los denuncian?
—El caso es que no se puede. Para denunciar a alguno hay que probarlo, y el carro se unta, pero no deja la pringue en los dedos. Y si se da el caso de que un soldado denuncia a un superior, aunque sea a un cabo, al día siguiente va camino del frente y amanece degollado o con un tiro.
—¿Y qué hay que hacer entonces?
—Lo primero es no meter el morro donde no te llaman. Si ves a dos hablando por lo bajo, te das la vuelta y te apartas. Hay que ser ciego, sordo y mudo. Y si te preguntan, tú no sabes nada.
—Hacerse el tonto...
—Eso mismo. En el cuartel hay que hacerse el tonto, disimular. Solo tienes que fijarte en los veteranos y tú, que eres espabilao, en dos días aprendes. Eso sí —añade alzando el índice—, en la caja de reclutas, cuando te tomen la filiación, que es como el oficio, tú les dices que sabes leer y escribir, que te das maña. No les digas mentiras porque te hacen prueba, pero lo adornas una miaja.
—No sé si voy a poder aprender eso de mentir una miaja...
Es noche cerrada y arrecia la nevada. Martín sale a hacer la ronda y aliviarse. Juan remete la estopa entre las rendijas del portón descuadrado. Comprende entonces que, arrastrado por el recuerdo de su propia experiencia, ha perdido el hilo y olvidado el motivo de su viaje. Poco puede hacer ya ante la determinación de su primo.
—Prométeme al menos que te pensarás lo de la permuta... —dice cuando regresa.
—Juan, ya está decidío —se frota las manos y las acerca al fuego—. Mira, he tenío mucho tiempo pa’ pensar aquí arriba. En esta vida que me ha tocao no voy a tener otra ocasión de viajar y ver mundo. Si me toca península y cerca de casa, pues mejor. Tendré algún permiso pa’ ver a la familia. Y si me toca África, como te pasó a ti, montaré en el tren, viajaré en barco, veré cosas que de otra manera no iba a ver nunca... Mira, me acuerdo de la historia que me contaste de unos camellos. ¡Pues yo quiero ver camellos!
—¿Y por qué no le has dicho eso a tu madre?
—Lo he intentao, pero cuando la miro no me salen las palabras.
—¿Y la novia?
—Le he dicho que no me espere. No es justo que una mujer tenga que esperar tres años a ninguno.
—¿Y qué dice ella?
—Ni me mira ni me habla. Y mi hermana, que se ha puesto de su parte, tampoco me habla.
Juan calla, desarmado. Se ve a sí mismo años atrás, pasada la angustia del sorteo, con la misma decisión, el mismo anhelo de ver, de vivir. Recuerda lo pronto que se acostumbró, tras el recelo de los primeros días, a aquel destino remoto, tan lejos de su gente. Y lo mucho que aprendió.
—Sí, ya veo que he echao el viaje en balde.
—No te amosques, hombre —dice Martín—. Con madre ya has cumplío. Cumple ahora con tu primo y cuéntame más cosas de allí.
—¿Y qué quieres saber?
—Por querer... ¡Todo!
—¡Bueno! ¡Mucho pedir es eso! —dice riendo.
—Cuéntame lo de untar el carro...
—Mira, para que veas como son las cosas allí... El ganao, mulos y caballos, se muere siempre a final de mes.
—¿Los matan?
—¡No, hombre! Bueno, a unos pocos los matan los moros en las operaciones. Pero los que mueren de viejos o de enfermedad nunca lo hacen a principios de mes. A ver cómo te lo explico —rebusca en la memoria—. Cada animal tiene asignada cierta cantidad de paja y pienso al día que suministra la intendencia. Bien, pues el sobrante, lo que no se había consumido al final del mes por las pobres bestias, el caballo que se había muerto el día dos o el quince, se guardaba en los almacenes. Luego se compraba al comerciante lo que había en los depósitos, pero con recibos falsos. Y hacían igual con la leña para las cocinas. Entregaban la mitad del cupo que tocaba a cada unidad y luego la tropa tenía que salir al campo a buscarla. El dinero se repartía entre los pocos mandos que estaban en el ajo. Me sé de un capitán que se puso casa en Málaga, y aún mantenía a dos queridas en Melilla.
—¿Y a ti te daban algo?
—Alguna propineja caía por llevar los papeles. ¡No me mires así! —protesta abochornado—. Yo no veía un cuarto. Me daban lo que llaman licencias particulares, y algún día de paseo.
—Y el comerciante se llevaba algo también, me figuro...
—Mantener el contrato con el ejército. Con eso ya ganaban miles. Y si alguno protestaba, perdía la contrata. Además, todos los papeles estaban en orden. Nadie iba a ir hasta una posición en tierra de moros a contar los mulos.
—Pues si todo funciona igual...
—Aquello es una casa de ladrones, Martín. Y, por lo que sé, en la península es peor.
—Si me tocara al menos un oficial honrao... Digo yo que alguno habrá.
—Los hay, pero de poco te iba a servir. Son una casta, como pasa aquí con los señoritos. Mira, en la intendencia había tres clases de pan: de oficial, de hospital y el de tropa. Y con los lupanares, los cafés o las tascas, pasaba lo mismo. Casi todos los oficiales sirven en África por obligación y se vuelven a España en cuanto sale una vacante. Los que van voluntarios buscan el ascenso rápido o ganar cuartos con el trapicheo. Cuanto menos los veas, mejor.
—¡Pues sí que lo pintas bonico! —dice Martín reprimiendo un bostezo.
—La milicia es igual que la vida de civil, solo cambia el uniforme. Tú, vayas donde vayas, acuérdate de tu primo y de lo que dice el refrán: “Cuando al soldado le hablan de usted, o lo han jodido o lo van a joder”.
Ríen. Martín, aunque no tiene el vicio, pide que le líe un cigarro. Lo prende en la lumbre y fuma sin tragar el humo.
—Vaya donde vaya... Juan, saqué el tres en el sorteo. Ya sabes donde me va a tocar. Y en la casa también lo saben.
Juan asiente. Uno de cada tres mozos del reemplazo, a los que el azar destinó los números más bajos, servirá en el Protectorado de Marruecos2.
—Bueno, mi consejo ya lo tienes. Aunque eres un poco terco —dice recuperando la sonrisa—, el mejor lugar para ti es la intendencia. Podrás cuidar el ganao, salir al campo con las columnas y ver mundo, como dices. Además, si me haces caso y aprendes a disimular, igual te destinan a un almacén.
—¿Hablarás con madre?
—Mañana, antes de marchar.
Echan el último trago en silencio; arriman unos sarmientos a la lumbre y se echan en el piso, la pelliza por jergón. Pasarán la noche en la cabaña.
Gobierno de mayoría conservadora presidido por Eduardo Dato, elegido tras las elecciones de diciembre de 1920.
Tras las continuas injerencias de los gobiernos de Francia y España, el acuerdo de 1912 dividió el Sultanato de Marruecos en dos zonas. España estableció un Protectorado en la zona norte, con capital en Tetuán. En 1913 comenzó la ocupación formal del territorio.
IV
Una soleada mañana de finales de febrero las campanas tocan a llamada: ha llegado la Orden de Concentración del cupo de filas1. Leído el bando ante el público reunido en el atrio, el concejal comisionado envía emisarios a las fincas, los cortijos, las aldeas más alejadas. Los guardias, avisados, salen a vigilar los caminos.
Los mozos declarados aptos para el servicio dependen ahora de la jurisdicción militar y tienen que dirigirse de inmediato a la caja de reclutas provincial. Allí pasarán un último reconocimiento médico, serán tallados y pesados de nuevo por sargentos del ejército, les tomarán la filiación y, según su profesión, las habilidades que puedan demostrar, conocerán su destino.
Tras la larga espera los hombres abandonan al fin las labores del campo; conducen el ganado a los apriscos, dejan el rebaño a cargo del zagal, el hermano que queda; se despiden de los compañeros del taller y del patrón, convidan a un vaso en la taberna. En la casa, escuchan el último consejo del padre, el pariente licenciado, prometen comportarse como hombres, cumplir lo que les manden, cuidarse de las malas compañías y volver sanos; reciben el abrazo de la madre, el beso casto de la novia y, con el hato al hombro, acuden al ayuntamiento.
Martín escarda unas matas en el huerto cuando escucha la llamada. Siente un gran alivio, una extraña alegría mientras llena el cubo en la poza. Se lava los brazos, la cara, con el agua helada. Una sombra desaparece en la ventana. Suspira. Preparado desde hace meses para una nueva vida, solo desea pasar cuanto antes el trance de la despedida y ponerse en camino. La culpa le golpea cuando la ve, la silueta enlutada de espaldas frente a la lumbre.
—Prepáreme el hato, madre. Y eche algo de comer pa’l camino.
El padre está en cama, con dolor de riñones.
—Padre... Cuídese y descanse —dice tomando su mano áspera—. Y no sufra usté, que aún tenemos que pasar muchos días buenos en el monte.
—Sufro más por tu madre que por ti, ya lo sabes. Tú cumple lo mejor que puedas, y hazle caso a Juan.
—Sí, padre.
—¡Anda, ponte en marcha! —Y ahogando con una sonrisa la mueca de dolor— ¡Que no tengan que venir a buscarte los guardias!
La madre está en el umbral; la pelliza al brazo, el fardo con la muda y el morral a sus pies.
—Tu hermana ha ido a la capital con las del mayoral. A ver si te puedes despedir de ella... Te he echao un pan, unos chorizos, cebollas y medio queso. ¿Tendrás bastante?
Aguanta el llanto, un temblor contenido, hasta el abrazo largo, en silencio.
—¡Adiós, madre! Les mandaré aviso por Juan.
—Deja al chico que te acompañe —dice cuando salen a la trocha.
Antonio aguarda sentado en un mojón; la cabeza gacha, las manos haciendo presa en las orejas.
—¿Te vienes al pueblo, mochuelo? —Se levanta despacio, sin mirarle aún— ¡Llévame la bota al menos! —Lo atrae y le revuelve las greñas.
Dan las tres cuando los últimos rezagados, dos mocetones a lomos de una mula, llegan de un cortijo con aire abatido. El secretario pasa lista según el número asignado en el sorteo; descontados los excluidos, se han presentado los catorce hombres del cupo. Remolones, forman una hilera para recibir del comisionado unos céntimos de socorro para el viaje. Comprueba que todos llevan la cartilla militar y las hojas de movilización para el viaje. El alcalde, escoltado por el cabo y dos guardias con la tercerola al hombro, les echa un breve discurso salpicado de advertencias paternales, amenazas contra los alborotadores, un recuerdo velado al motín de las quintas; se pierde pronto en el laberinto de la oratoria parda, encendido por las miradas de reproche, los murmullos mentándole a su lechón, excluido por una enfermedad del corazón que nadie le conocía.
Con las últimas despedidas los mozos recorren la calle mayor y salen del pueblo en pequeños grupos que se irán engrosando al acercarse a la capital. Alborotan, cantan coplas aprendidas de sus mayores para espantar la desazón; comparten botas de vino y algún dulce envuelto en el hatillo. Muchos dejan el terruño por primera vez y contemplan apocados el nuevo mundo que se abre ante sus ojos. El comisionado, que debía acompañarlos hasta la caja, se adelanta en un rápido. Martín y Joaquinico, un mozo velludo, renegrido, aprendiz en la forja, asumen de natural el papel de pastor y mastín. Cruzan pueblos y aldeas vigilados de cerca por las parejas de guardias: cualquier rostro desconocido es un bárbaro en potencia, y no es raro que se distraiga un huevo, y aun alguna gallina. Tampoco falta quien les ofrezca un cántaro de agua fresca, el pellejo perfumado con anís, la inseparable bota del trashumante cuando hacen alto junto a la cañada.
Entrada la tarde un carro detiene su marcha en un otero y espera a la cuadrilla. El carretero, panzudo, risueño, de mejillas coloradas, se presenta como veterano de 1909. Vuelve de vacío al poblacho que han dejado dos leguas atrás. Dice llamarse Isidoro, el Gato, y se extraña de que no le conozcan el nombre ni el mote.
—Venimos de lejos, señor Isidoro. No se ofenda si no conocemos al Gato —interviene un mozo leído—. En el pueblo somos más de perros que de gatos, y como tales nos llevan, en camada, a ofrendar nuestra juventud a la patria.
El carretero se huele la chanza, pero lo deja correr. Un cántaro mediado reposa entre las alpargatas. Sonríe con aire achispado y se ofrece a dar la vuelta y acercarles un trecho. Es viudo y no tiene hijos; nadie le espera.
—Lo mismo me da llegar de noche que de día. Ahora, uno tié
