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Además de una psicología "profunda" existe también una psicología "elevada". Esta última es la que nos quiere presentar Frankl en esta obra: la que incluye en su campo de visión la voluntad de sentido. Cada época tiene sus neurosis y cada tiempo necesita su psicoterapia. Hoy nos enfrentamos con una frustración existencial cargada de una falta de sentido y de un gran sentimiento de vacío. La sociedad de la opulencia sólo satisface necesidades, pero no la voluntad de sentido. La tendencia radical del hombre busca el sentido de la vida y pretende llenarlo de contenido. Este breve volumen ofrece al lector un contenido de denso y, al propio tiempo, resplandeciente humanismo, copiosamente documentado, con juicios críticos tan considerados, que merece una atenta lectura.
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Seitenzahl: 190
Veröffentlichungsjahr: 2011
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Título original: Das Leiden am sinnlosen Leben
Traducción: Marciano Villanueva
Diseño de la cubierta: Ambar comunicació visual
© 1977, Viktor E. Frankl, Wien, Austria
© 1980, 2003, Herder Editorial, S.L., Barcelona
ISBN: 978-84-254-2772-5
La reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio sin el consentimiento expreso de los titulares del Copyright está prohibida al amparo de la legislación vigente.
www.herdereditorial.com
IN MEMORIAM LEO BAECK
1873-1956
ÍNDICE
Introducción: El sufrimiento de la vida sin sentido
I. Freud, Adler y Jung
II. La logoterapia
III. La intención paradójica
IV. La derreflexión
V. La voluntad de sentido
VI. La frustración existencial
VII. El sentido del sufrimiento
VIII. Pastoral médica
IX. Logoterapia y religión
X. Crítica del psicologismo dinámico
Apéndice: ¿Qué opina el psiquiatra de la literatura moderna?
Notas
Selección bibliográfica
Índice de autores citados
Índice de conceptos
INTRODUCCIÓN
EL SUFRIMIENTO DE LA VIDA SIN SENTIDO[1]
Cada época tiene sus neurosis y cada tiempo necesita su psicoterapia.
En realidad, hoy no nos enfrentamos ya, como en los tiempos de Freud, con una frustración sexual, sino con una frustración existencial. El paciente típico de nuestros días no sufre tanto, como en los tiempos de Adler, bajo un complejo de inferioridad, sino bajo un abismal complejo de falta de sentido, acompañado de un sentimiento de vacío, razón por la que me inclino a hablar de un vacío existencial[2].
Tomemos una carta que me escribió un estudiante americano y de la que me limitaré a citar un par de frases: «Aquí, en América, me hallo rodeado por doquier de jóvenes de mi edad, que buscan desesperadamente un sentido a su existencia. No hace mucho murió uno de mis mejores amigos, porque no pudo descubrir este sentido.» Mis experiencias respecto de las universidades americanas —hasta el momento he pronunciado, sólo en los Estados Unidos, 129 conferencias, que me han proporcionado ocasión para entrar en contacto con los estudiantes— corroboran que los pasajes de la citada carta son representativos, en el sentido de que reflejan el estado de ánimo y el sentimiento de la vida predominantes en la actual juventud universitaria.
Pero no sólo en esta juventud. Por lo que hace a la generación de los adultos, me limitaré a remitirme a los resultados de las investigaciones llevadas a cabo por Rolf von Eckartsberg entre los ex alumnos de la Harvard University. Veinte años después de haber concluido los estudios universitarios, un notable porcentaje de ellos —que, mientras tanto, habían escalado posiciones acordes con su carrera y que, además, y de cara al exterior, llevaban un género de vida acomodado y feliz— se quejaban de un abismal sentimiento de vacuidad definitiva.
Y se multiplican los signos de que el complejo de vacuidad adquiere una creciente difusión. Su presencia es hoy atestiguada también por los colegas consagrados exclusivamente al ámbito psicoanalítico, incluidos los del campo marxista. Así, en un reciente encuentro internacional de psicoanalistas freudianos, todos ellos estuvieron de acuerdo en destacar que hoy día se ven cada vez más confrontados con pacientes cuyas dificultades dimanan esencialmente de un sentimiento de inconsistencia total que corroe sus vidas. Más aún, estos psicoanalistas llegaron incluso a aventurar la opinión de que, en no pocos casos de los llamados análisis inacabables, el tratamiento psicoanalítico en cuanto tal había acabado por convertirse, por así decirlo faute de mieux, en el único contenido de la vida de sus pacientes.
Por lo que hace al campo marxista, mencionaremos tan sólo el testimonio de Vymetal, antiguo director de la Clínica psiquiátrica de la Universidad de Olmütz (Checoslovaquia). Este autor —apoyándose en el testimonio de otros colegas, tanto de Checoslovaquia como de la República Democrática Alemana— llamó expresamente la atención sobre la presencia de la frustración existencial en los países comunistas y pidió nuevos planteamientos terapéuticos, para poder hacer frente a este fenómeno.
Habría que mencionar también, finalmente, a Klitzke, profesor americano invitado a dar algunos cursos en una universidad africana, que un informe recientemente publicado en el «American Journal of Humanistic Psychology» (con el título de Students in Emerging Africa Logotherapy in Tanzania) pudo confirmar que el vacío existencial se percibe claramente y se está imponiendo en el Tercer Mundo, sobre todo, y por lo menos, entre la juventud universitaria. Una indicación análoga debemos a Joseph L. Philbrick (A Cross-Cultural Study of Frankl’s Theory of Meaning-in-Life).
Cuando se me pregunta cómo explico la génesis de este vacío existencial, suelo ofrecer la siguiente fórmula abreviada: Contrariamente al animal, el hombre carece de instintos que le digan lo que tiene que hacer y, a diferencia de los hombres del pasado, el hombre actual ya no tiene tradiciones que le digan lo que debe ser. Entonces, ignorando lo que tiene que hacer e ignorando también lo que debe ser, parece que muchas veces ya no sabe tampoco lo que quiere en el fondo. Y entonces sólo quiere lo que los demás hacen (¡conformismo!), o bien, sólo hacer lo que los otros quieren, lo que quieren de él (totalitarismo)[3].
Pero estas dos secuelas no deben inducirnos a pasar por alto una tercera. Me refiero a un neurotismo específico, a saber, a la presencia de lo que he designado como «neurosis noógena». Al contrario que la neurosis en sentido estricto, que presenta, por definición, una enfermedad psicógena, la neurosis noógena no se debe a complejos y conflictos en el sentido tradicional, sino a conflictos de conciencia, a colisiones de valores y, last but not least, a una frustración existencial que algunas veces puede expresarse bajo la forma de sintomatología neurótica. Gracias a James C Crumbaugh, director de un laboratorio psicológico de Mississippi, disponemos también de un test (el llamado PIL o Purpose in Life-Test), elaborado por este autor con la finalidad específica de poder distinguir los diagnósticos de las neurosis noógenas de los de las psicógenas (puede pedirse a Psychometric Affiliates, Post Office Box 3167, Munster, Indiana 46321, EE.UU.), Tras haber valorado los datos obtenidos con ayuda de una computadora, llegó al resultado de que las neurosis noógenas presentan una sintomatología nueva, que desborda el marco de la psiquiatría tradicional no sólo desde el punto de vista del diagnóstico, sino también del terapéutico.
Respecto de la frecuencia de las neurosis noógenas, nos contentaremos con remitir a los resultados de las investigaciones estadísticas realizadas por Niebauer y Lukas en Viena, Frank M. Buckley en Worcester, Mass., EE.UU., Werner en Londres, Langen y Volhard en Tubinga, Prill en Wurzburgo, Popielski en Polonia y Nina Toll en Middletown, Conn., EE.UU. A tenor de los resultados concordantes de los tests llevados a cabo, debemos contar con un 20 por ciento de neurosis noógenas.
Últimamente, Elisabeth Lukas ha elaborado un nuevo test con la finalidad específica de llegar a un conocimiento más exacto de la frustración existencial, que incluía también la intención de descubrir posibilidades de acción no sólo terapéutica sino, llegado el caso, también profiláctica. Es el llamado «Logo-test» («Zur Validierung der Logotherapie», en Frankl, Der Wille zum Sinn, Hans Huber, Berna 1972).
Las estadísticas han demostrado que, entre los estudiantes americanos, el suicidio ocupa —a renglón seguido de los accidentes de tráfico— el segundo lugar entre las causas más frecuentes de defunciones. El número de intentos de suicidio (no seguidos de la muerte) es quince veces más elevado.
Me presentaron una notable estadística, referida a 60 estudiantes de la Idaho State University, en la que se les preguntaba con gran minuciosidad por el motivo que les había empujado al intento de suicidio. De ella se desprendía que el 85 por ciento de los encuestados no veían ya ningún sentido en sus vidas. Lo curioso es que el 93 por ciento gozaban de excelente salud física y psíquica, tenían buena situación económica, se entendían perfectamente con su familia, desarrollaban una activa vida social y estaban satisfechos de sus progresos en los estudios. En cualquier caso, no podía hablarse de una insuficiente satisfacción de necesidades. Todo ello contribuye a hacer aún más acuciante la pregunta de cuál fue la «condición de posibilidad» de estos intentos de suicidio, qué es lo que debe hallarse inserto en la condition humaine para que pueda llegarse a un intento de suicidio a pesar de la satisfacción de las necesidades más generales. El hecho sólo es explicable si se admite que el hombre tiende genuinamente —y donde ya no, al menos tendía originariamente— a descubrir un sentido en su vida y a llenarlo de contenido. Esto es lo que intentamos describir en la logoterapia con el concepto de motivación teórica de una «voluntad de sentido» (Willen zum Sinn). A primera vista podría parecer que se trata de una supravaloracíón del hombre, como si quisiéramos colocarlo sobre un alto pedestal. A este propósito, recuerdo siempre lo que una vez me dijo mi profesor de vuelo californiano:
«Suponiendo que quiero volar hacia el Este mientras sopla un viento de costado del norte, mi avión se desviará hacia el sudeste. Si entonces pongo mi aparato rumbo hacia noreste, volaré de hecho en dirección este y aterrizaré donde quiero aterrizar.» ¿No ocurre lo mismo con el hombre? Si lo tomamos simplemente como es, lo hacemos peor. Si lo tomamos como debe ser, entonces lo convertimos en lo que puede llegar a ser. Pero esto no me lo dijo mi profesor de vuelo californiano. Esto es una sentencia de Goethe.
Sabemos bien que existe una psicología que se da a sí misma el título de «profunda». Pero ¿dónde está la «psicología elevada»; la psicología no de las «profundidades», sino de las «alturas»; la que incluye en su campo de visión la voluntad de sentido? En cualquier caso, no puede rechazarse la voluntad de sentido como un mero desideratum, como un «pensamiento desiderativo» (wishful thinking). Se trata más bien de una self-fulfilling prophecy (una profecía que tiende a autocumplirse), como llaman los americanos a una hipótesis de trabajo que lleva por sí misma a la realización de lo que al principio se entendía sólo como un proyecto. Los médicos vivimos esta experiencia día a día y hora a hora, en nuestras consultas. Así por ejemplo, cuando tomamos el pulso a un paciente y comprobamos que llega a 160. Si nos pregunta cuántas pulsaciones tiene y le decimos que 160, ya no le decimos la verdad, porque inmediatamente el enfermo se excita y llega a los 180 latidos. Si le decimos, por el contrario, que su pulsación es prácticamente normal, no le estamos engañando: respira con alivio y nos confiesa que había temido que se tratara de un ataque cardíaco pero que, al parecer, se trataba de un temor infundado. Y, en efecto, si ahora volvemos a medir sus pulsaciones, podemos comprobar que ha descendido a valores normales.
El ejemplo anterior establece de todos modos que es perfectamente posible verificar, incluso desde un punto de vista meramente empírico, el concepto de voluntad de sentido. Aquí me limitaré a remitir a los trabajos de Crumbaugh y Maholick (Ein psychometrischer Ansatz zu Viktor Frankls Konzept der «noogenen Neurose», en Nikolaus Petrilowitsch, Die Sinnfrage in der Psychotherapie, Darmstadt 1972) y de Elisabeth S. Lukas, que han desarrollado tests expresamente encaminados a cuantificar la voluntad de sentido. Se cuentan por docenas las disertaciones que han podido confirmar —basándose sobre todo en los tests mencionados— la teoría de la motivación de la logoterapia.
Es imposible entrar en el análisis de todas estas cuestiones dentro del espacio de que dispongo. Pero no puedo renunciar a introducir en el debate los resultados de las investigaciones llevadas a cabo por estudiosos que no son alumnos míos. ¿Quién podrá dudar de la voluntad de sentido —nótese bien, nada más y nada menos que de la motivación específicamente humana— cuando toma en sus manos el informe del American Council of Education, según el cual, entre 189 733 estudiantes de 360 universidades, el interés primordial del 73,7 por ciento consistía en «conseguir una concepción del mundo a partir de la cual la vida tuviera sentido»? De un informe del National Institute of Mental Health, se desprende que entre 7948 estudiantes de 48 colegios mayores, el grupo de cabeza (78 por ciento) quería «encontrar un sentido en sus vidas».
Lo que venimos diciendo es aplicable no sólo a los jóvenes, sino también a los adultos. El University of Michigan Survey Research Central llevó a cabo una encuesta entre 1533 trabajadores para averiguar la escala de valores con que medían su trabajo. La motivación de un buen salario figuraba en el quinto lugar de la encuesta. El psiquiatra Robert Coles llevó a cabo la contraprueba confirmatoria: los trabajadores con los que tuvo ocasión de hablar se quejaban, en primera línea, de un complejo de vacuidad. Ahora podemos comprender que Joseph Katz, de la State University de Nueva York, profetizara que la próxima oleada de personal que entrara en la industria únicamente se sentiría interesada por profesiones que no sólo proporcionan dinero, sino que además dan un sentido a la vida.
Naturalmente, lo que más desea el enfermo es recobrar la salud y el pobre dinero («si alguna vez fuera rico», canta el lechero en Anatevka). Pero es indudable que los dos lo desean para dar a sus vidas el sentido que quieren, es decir, para poder llenar sus vidas de sentido.
Es bien conocida la distinción que ha establecido Maslow entre necesidades inferiores y superiores. Según él, la satisfacción de las necesidades inferiores es conditio sine qua non para poder satisfacer las superiores. Entre estas necesidades superiores enumera también la voluntad de sentido y llega tan lejos que la califica de «motivación primaria del hombre». Maslow cree que las cosas ocurren de modo que el hombre sólo da a conocer su exigencia de un sentido de la vida cuando todo le va bien («primero es la comida, después la moral» o, según el adagio latino, «primum vivere, deinde philosophare»). Pero, contra esta opinión, ocurre que nosotros (y no en último lugar nosotros los psiquiatras) tenemos ocasión de observar una y otra vez que la necesidad y la pregunta de un sentido de la vida llamea precisamente cuando todo va de mal en peor, Y así lo confirman tanto nuestros pacientes en su lecho de muerte como los supervivientes de los campos de concentración y de prisioneros de guerra.
De otra parte, la pregunta del sentido de la vida viene provocada no sólo por la frustración de las necesidades inferiores sino también, obviamente, por la satisfacción de dichas necesidades, por ejemplo en el marco de la «sociedad de la opulencia» (cf. pág. 35). No andamos descaminados si en esta aparente contradicción contemplamos una confirmación de nuestra hipótesis, según la cual la voluntad de sentido es una motivación sui generis, que ni puede reducirse a otras necesidades ni puede derivarse de ellas (aspecto empíricamente demostrado por Crumbaugh y Maholick y, respectivamente, por Kratochvil y Planova).
Nos sale aquí al paso un fenómeno humano que yo considero fundamental desde el punto de vista antropológico: la autotrascendencia de la existencia humana. Quiero describir con esta expresión el hecho de que en todo momento el ser humano apunta, por encima de sí mismo, hacia algo que no es él mismo, hacia algo o hacia un sentido que hay que cumplir, o hacia otro ser humano, a cuyo encuentro vamos con amor. En el servicio a una causa o en el amor a una persona, se realiza el hombre a sí mismo. Cuanto más sale al encuentro de su tarea, cuanto más se entrega a su compañero, tanto más es él mismo hombre, y tanto más es sí mismo. Así pues, propiamente hablando sólo puede realizarse a sí mismo en la medida en que se olvida a sí mismo, en que se pasa por alto a sí mismo. ¿No ocurre lo mismo con el ojo, cuya capacidad visiva depende de que no se ve a sí mismo? ¿Cuándo ve el ojo algo de sí? Sólo cuando está enfermo. Cuando padezco glaucoma, veo una nube, y entonces es cuando advierto la opacidad del cristalino. Cuando tengo un glaucoma, veo un halo de colores del arco iris en torno a las fuentes luminosas, lo que no es sino el glaucoma. Pero en esta misma medida disminuye la capacidad de mi ojo para percibir el entorno.
Éste es el momento de citar uno de los resultados parciales (de un total de 90) que debemos a la investigación empírica de la señora Lukas. Descubrió que entre los visitantes del célebre Prater de Viena, es decir, de un lugar de diversión, el nivel objetivado de frustración existencial era significativamente superior al de la media de la población vienesa (que, por su parte, mostraba valores sensiblemente iguales a las cifras medidas y publicadas por autores americanos y japoneses). Dicho de otra forma: las personas que buscan con particular ahínco el placer y las diversiones son aquellas en las que, en definitiva, había quedado frustrada su voluntad de sentido, o, para decirlo con palabras de Maslow, su tendencia «primaria».
Este tema me trae siempre a la memoria un chiste americano, en el que un hombre se encuentra en la calle con su médico de cabecera, que le pregunta por su salud. En el curso de la conversación, el paciente le dice que últimamente se veía aquejado de cierta sordera. «Probablemente bebe usted demasiado», le amonesta el médico. Al cabo de un par de meses vuelven a encontrarse en la calle y el médico se interesa de nuevo por la salud de su paciente. Para hacerse oír, alza un tanto la voz. «¡Ah!», dice éste, «no necesita hablar tan alto; ya oigo muy bien.» «Probablemente ha dejado de beber», le contesta el médico. «Eso es estupendo, siga así.» Al cabo de otro par de meses: «¿Qué tal le va?» — «¿Cómo dice?» «Le pregunto que cómo está usted.» Al fin, el paciente le entiende. «Pues... vea, otra vez vuelvo a oír mal.» «Probablemente ha empezado a beber de nuevo.» Y entonces, el paciente explicó todo el asunto: «Vea usted: al principio bebía y oía mal; luego dejé de beber y oía mejor; pero lo que oía no era tan bueno como el whisky.»
Podemos, pues, resumir: cuando falta un sentido de la vida, cuyo cumplimiento hubiera hecho feliz a una persona, ésta intenta conseguir el sentimiento de felicidad mediante un rodeo, que pasa por la química. De hecho, el sentimiento de felicidad no suele ser en circunstancias normales la meta de la tendencia humana, sino sólo un fenómeno concomitante de la consecución de su meta. Pero ocurre que este fenómeno concomitante, este «efecto», puede también «cazarse al vuelo». El alcohol es una de las posibilidades. B.A. Maki, director del Naval Alcohol Rehabilitation Center, constata: «In treating the alcoholic, we very often find that life has seemed to have lost meaning for the individual.» (En el trato con alcohólicos hemos descubierto muy a menudo que la vida parece haber perdido sentido para estas personas.) Una de mis alumnas de la United States International University de San Diego pudo aducir, en el curso de sus investigaciones —cuyos resultados resumió después en forma de disertación doctoral—, la prueba de que en el 90 por ciento de los casos crónicos de alcoholismo agudo por ella analizados aparecía un acusado complejo de vacío existencial: así se comprende aún mejor el hecho de que en el curso de una logoterapia de grupo llevada a cabo por Crumbaugh, para superar la frustación existencial, se consiguieran mejores resultados en los casos de alcoholismo que en el marco de los grupos de control que habían sido tratados con los métodos de la terapia convencional.
Lo mismo cabe decir, en términos análogos, de la esclavitud de las drogas. De creer a Stanley Krippner, en los drogadictos aparece el complejo de vacuidad en el cien por cien de los casos. Al preguntárseles si para ellos todo había dejado de tener sentido, la respuesta fue afirmativa, sin una sola excepción. Una de mis doctorandas, Betty Lou Padelford, pudo demostrar, siguiendo a Shean y Fechtman, que en los drogadictos la frustración existencial es más de dos veces más elevada que en el grupo de comparación. Y ahora podemos comprender también que Fraiser, director de un centro de rehabilitación de drogadictos de California, haya conseguido, al introducir la logoterapia, no la cuota media de éxitos del 11 por ciento, sino resultados que alcanzan hasta el 40 por ciento.
En este contexto habría que citar, finalmente, a los neozelandeses Black y Gregson, según los cuales los criminales muestran índices de frustración existencial considerablemente superiores a los de la media de la población. Concuerda con esto el hecho de que Barber haya conseguido entre los delincuentes juveniles llevados a su centro de rehabilitación de California y tratados con el método logoterapéutico resultados que hicieron disminuir el índice de reincidencias, situado en torno al 40 por ciento, a tan sólo un 17 por ciento.
Podríamos ahora avanzar un paso más y ampliar nuestras reflexiones y consideraciones a nivel planetario, es decir, podríamos preguntarnos si tal vez no esté resultando necesaria una reorientación en el campo de la investigación de la paz. De hecho, esta investigación viene centrándose desde hace años y día tras día en la problemática de los potenciales agresivos, ya se entiendan en el sentido de Sigmund Freud o en el de Konrad Lorenz. Pero, en realidad, en una y otra problemática no acabamos de rebasar el nivel de una dimensión subhumana; hasta ahora nadie ha osado iniciar la ascensión hasta las dimensiones humanas. Y, sin embargo, es en la dimensión de los fenómenos auténticamente humanos —única en la que podemos encontrar algo así como la voluntad de sentido— donde podría ponerse bien en claro que, en definitiva, es la frustración de esta misma voluntad de sentido, la frustración existencial y el cada vez más difundido complejo de vacuidad —nótese bien, no en el animal, sino en el hombre, en el nivel humano— los que fomentan la agresividad, si es que no son su fundamento primero.
Tanto el concepto de agresión de base psicológica, en el sentido del psicoanálisis de Sigmund Freud, como el de base biológica, en el sentido de la investigación comparada del comportamiento de Konrad Lorenz, carecen de un elemento, a saber, del análisis de la intencionalidad, que es la que caracteriza el impulso vital del hombre en cuanto tal, en cuanto ser humano. En la dimensión de los fenómenos humanos no existe, sencillamente, la agresión que esté ahí, en una cantidad determinada, que presione por salir al exterior y me empuje a mí «como a su víctima desvalida», a dirigir la mirada a unos concretos objetos en los que, al fin, «descargar» la agresión. Por mucho que la agresión tenga una preformación biológica y un sustrato psicológico, a nivel humano puedo dejarla de lado, puedo hacer que se disuelva por superación (en el sentido hegeliano) en otra cosa totalmente diferente: a nivel humano yo odio. Y el odio, justamente en oposición a la agresión, está intencionalmente dirigido a algo, a lo que odio.
Odio y amor son fenómenos humanos porque son intencionales, porque el hombre tiene siempre motivos para odiar algo y para amar a alguien. Se trata siempre de una razón, apoyado en la cual el hombre actúa, y no sólo de una cansa (psicológica o biológica) que, «a sus espaldas», «por encima de su cabeza», tenga como consecuencia la agresividad y la sexualidad. Nos hallamos ante una causa biológica en el caso, por ejemplo, de los experimentos de W.R. Hess, en el marco de los cuales podía desencadenar accesos de furor en un gato mediante descargas eléctricas con unos electrodos colocados en los centros subcorticales del cerebro del animal.
