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Ana y Juan tienen una oportunidad de saldar viejas cuentas y empezar de cero. El destino los invita a coincidir una vez más, 31 años después de un adiós inesperado. Ahora, las calles de Córdoba atestiguan el nuevo comienzo de su historia. Es el escenario perfecto para que Juan rememore las vivencias que de manera inevitable lo llevaron a encontrarse con ese amor osado, que parece desafiar todo y a todos. ¿Podrán sus almas reconectar antes que el tiempo se acabe?
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Seitenzahl: 256
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Para Jorge, mi papá, por haberme enseñado el valor del amor y la libertad.
Somos solo palabras, palabras que retumban en el éter. Palabras musitadas, gritadas, escupidas, palabras repetidas millones de veces o palabras apenas formuladas por bocas titubeantes.
Rosa Montero
Esta historia tiene dos comienzos. Este relato, este amor escrito en pasado, que ha jugado con el tiempo y se dio el lujo de atrasar las agujas del reloj para marcar la hora exacta en el momento menos indicado, puede haber sido, al fin y al cabo, solamente una fantasía o la única forma que tuvo el destino de mostrar a sus protagonistas que los finales siempre quedan abiertos. Quizá fue algo casual, la cita puntual en la mayor de las ignorancias. O todo lo contrario: el punto preciso y nunca calculado donde se juntarían de una vez y para siempre las coordenadas existenciales de dos extraños conocidos. ¿Azar o destino? ¿Desconocimiento o porvenir? Preguntas que, aún después del inexorable paso de los años, ni ella ni él se podrán responder.
Ella fue joven y decidida, valiente pero precavida. Vivía solitaria, entre libros y la voz exigente de su madre. Conoció un día el amor y dejó su nido seguro para salir a correr con el viento. Se quitó la venda de los ojos, soltó amarras, miró el mundo y su país, y quiso cambiarlos al lado de ese hombre que le ofrecía el infinito. Le creyó hasta la última palabra, cumplió con cada una de sus recomendaciones. Ninguno de los dos descifró las señales de la noche que se avecinaba. Se amaron libremente en tiempos en los que la osadía se pagaba con la vida. Ilusos, se dieron el lujo de discutir dejando en el aire las ofensas.
Ella se fue sin querer irse, pero convencida de que no quería regresar. Cruzó el océano desconocido; una vez del otro lado, con la cabeza baja y el espíritu domesticado, solo pudo ver su propio ombligo y decidió olvidar.
Él fue un soñador incurable, un hombre que creció entre ideales y que desde pequeño sintió que estaba marcado el camino que debía recorrer. Fue determinante, astuto, combativo. Se enamoró y esa pasión fue uno de sus mayores desafíos, porque de tan pura representaba todas sus debilidades. Como todo intrépido, no dudó en pergeñar planes inmorales, en burlar la ley, en alzar las armas por lo que consideraba justo. Luchó sin cansancio, atravesó la ciudad visible y al mismo tiempo la otra, la clandestina. Fue inteligente para salvar a todos, menos a sí mismo. Un mal día, cayó. Padeció cada instante en ambos infiernos: el íntimo, que le reprochaba no haber podido escapar, y el de los verdugos, que lo invitaba a morir. Muchos años después, cuando pudo perdonarse, creyó que para seguir debía nacer de nuevo.
Todo esto lo entendieron después, mucho después, cuando los recuerdos vencieron al silencio y no les quedó más que relatar los pasos que habían desandado sin saber que estaban avanzando hacia su encuentro. Sin embargo, antes de que esto ocurriera fueron solo un hombre y una mujer caminando a contramano y en silencio.
En un marzo ya amarillo se sostuvieron la mirada, cuando hacía décadas que la tenían desviada. Sucedió en una marcha que pregonaba memoria donde sus olvidados amores se rozaron. Fue en medio de un caos de gente donde sus almas solitarias se descubrieron.
Y mientras el murmullo de las voces, los redoblantes y los cantos a viva voz se escuchaban alejándose a medida que dejaban atrás el punto de encuentro donde se habían vuelto a reconocer, ellos parecían, sin saberlo, abrir camino en la ciudad. Fue como un instante que inauguró una dimensión diferente, un registro distinto y único que ambos parecieron leer de la misma manera. Pero no lo sabían, porque los atravesaba un silencio cómplice e incómodo.
En un momento, a ella le empezó a molestar la humedad de ese cambio de estación apresurado. Tenía una campera liviana en la mano y la cartera de lazo largo cruzada de izquierda a derecha mantenía apretado el aire de sus pulmones y también las costillas a la altura del corazón. Como sentía las manos demasiado vacías, jugaba de a ratos con los anillos que tenía en los dedos. Los movía, los giraba, los corría hacia adelante y hacia atrás. Él andaba de camisa y pantalón, como quien descree del frío, había cerrado el paraguas rojo y después de varias cuadras de sostenerlo en una mano se lo había puesto bajo el brazo.
Tomaron camino rumbo al sur buscando algún lugar donde poder sentarse a concretar ese café que sería el corolario de un cruce imprevisto, mientras la diagonal los llevaba equivocados al cauce de La Cañada. Iban hacia abajo sin saberlo, por una pendiente imperceptible que los invitaría a empezar de cero. Ninguno de los dos sabía muy bien hasta dónde llegarían.
—Está cambiada la ciudad —dijo él con la mirada hacia abajo, sin reparar en que la frase reflejaba su ausencia por esas mismas calles.
—Sí —respondió ella de manera contundente, automática, despojada de argumentos. Al instante, detuvo la frase—. Pensándolo un poco más —continuó, con una sonrisa exigida—, creo que es lógico. Bah… que está bien que cambie, que parezca otra. Yo…, yo casi no recuerdo nada de aquí.
De toda la oración, Juan se quedó con una palabra y la agarró en el aire.
—¿Nada?
Ana se mordió el labio como retándose. No había querido decir eso, pero ya lo había hecho, y por eso intentó explicarlo mejor, aclarar la idea.
—Nada de las calles, de los lugares, de las distancias. No recuerdo nada, o muy poco. ¿Por qué habría de recordarlos? ¿Tú recuerdas los nombres de las calles?
La frase se escuchó amontonada, ansiosa, apresurada. Pero Juan no se percató de eso, sino de otra cosa. A Juan el “tú ” le sonó a un golpe. Ana le hablaba como si fuera otra. Era otra. Como él.
Además del modismo español tan naturalizado, le llamó la atención que no se hubiese sorprendido por la mirada que tenía del lugar. Pergeñaba, en segundos, si sabría algo más de su vida lejos de Córdoba. Pensaba, como ella, en seguir buscando indicios del presente, y por eso la caminata seguía silenciosa, intercalada con las respuestas medidas de ambos.
—Es cierto, no es necesario recordar todo —contestó Juan cambiando de lugar el paraguas, llevándolo debajo del brazo derecho—. Aunque no me vendría mal acordarme ahora mismo, por ejemplo, de algún café que pueda estar abierto un día como hoy, ¿no? —Ella movió la comisura hacia un lado, levantó las cejas y los hombros, y lo miró fijo, convencida de que no tenía nada para aportar.
Sin embargo, tres pasos más adelante se frenó y sacó las manos de debajo del abrigo. Con la izquierda le tomó el antebrazo a Juan y con el índice de la derecha señaló al aire mientras indicaba:
—Cuando veníamos hace un rato para acá con Clara, creo haber visto uno abierto, si no me equivoco… estaba por allá… cerca de… aquella esquina —dijo, al tiempo que volteaba la cabeza de un lado a otro buscando el lugar entre las tipas de La Cañada.
Juan la observó y escuchó detenidamente. Había hablado de Clara, ese nombre con el que se había topado solo un par de veces antes, pero que evidentemente era el eslabón que faltaba para saber por qué Ana estaba ahí.
Observó también su mano izquierda, que le tomaba el brazo: el dedo anular vacío, sin signos de alianza. Se guardó el dato en silencio. Ana, en tanto, sintió que la mirada de Juan había cambiado y que los ojos ya tenían una pregunta que estaba a punto de salir de su boca.
—¿Estabas con Clara? —quiso saber. Evidentemente, Ana calculaba la información que daba cuando hablaba, las conjeturas que el otro empezaba a hacer, el rompecabezas que se construía con lo dicho.
—Sí, pero ya ves…, la he perdido cuando te encontré. Supongo que seguirá en la marcha, en compañía de…
—¿Seguiste en contacto con ella? —Juan no le dejaba terminar las oraciones, ansioso por sus respuestas.
—No —apuntó con fuerza mientras hacía una larga inspiración para seguir hablando y apoyaba los pies contra el piso en esa esquina donde se habían detenido—. De hecho, es la segunda vez que nos vemos en treinta años.
—Treinta y uno —corrigió él.
—¿Qué? —Ella no entendió el equívoco.
—Que no son treinta años, son treinta y uno.
—Ah, sí, treinta y uno… —subrayó mientras registraba la mano que había puesto en el brazo de él y la sacaba, como evitando un contacto que pudiera confundir. Era mejor enfocarse en encontrar la cafetería.
La marcha del 24 de marzo, ese espacio donde se habían encontrado, se iba yendo cada vez más lejos de donde estaban. Lejos, los redoblantes y los cánticos, los megáfonos y la muchedumbre. Y ellos se quedaban en el abandono de las calles sin autos, callados pero no vacíos de preguntas, amalgamándose al letargo de un feriado por la tarde.
Avanzaron solo una cuadra más y vieron el local abierto. Sin decir nada, entraron. Ninguno de los dos parecía saber cómo seguir el diálogo o retomarlo donde había quedado. Tejían en su imaginación, sin embargo, una historia con las palabras sueltas que se iban diciendo.
Ana se quitó la cartera con cuidado y luego la dejó junto con el abrigo en una silla. Juan, en tanto, apoyó el paraguas en otro asiento y sacó del bolsillo del pantalón un teléfono celular que dejó sobre la mesa.
—Un expreso bien cargado —pidió ella con marcado tono español cuando vio a la moza acercarse a la mesa, sin darle tiempo a que les consultara algo.
Él sonrió y miró de reojo a la joven con evidente cara de agobio por tener que trabajar un feriado, con la bandeja bajo el brazo esperando la reacción.
—No hay expreso, señora, hay café o cortado —indicó.
—¡Vale! —soltó Ana, con un ademán agitado de la mano derecha que reflejaba mitad enojo y mitad cortesía, y agregó—: Un cortado entonces, ¡bien fuerte!
La moza giró la cara hacia Juan y no bien escuchó “lo mismo para mí”, dio la vuelta y se fue.
Juan sintió que, otra vez, Ana le había dejado una nueva punta por donde empezar a charlar. Ese tono español, ese decir tan pesado de eses mezcladas con zetas que se le había pegado al paladar era la excusa perfecta para tirar del hilo, para saber algo más sobre esa mujer que tenía enfrente después de tanto tiempo y que, a pesar de que veía tan cerca, no lograba descifrar. Salvo por esa chispa en los ojos que seguían siendo los mismos de siempre.
Ella, en tanto, intentaba no mirarlo a la cara y observaba la cafetería con fingido interés. Se detenía en las paredes color rojo intenso, los cuadros de panes, facturas, espigas tan aburridos y comunes de siempre, en las personas leyendo el diario, el televisor prendido en el fondo. La sorprendió, entonces, la pregunta sin avisos de él.
—¿Cómo se te pegó la tonada española?
Ana ya había escuchado muchas veces esa frase. Primero, de sus primos y sus tías, sorprendidos con la avidez con que su lengua se había acompasado al país que la había recibido en el exilio. Luego, de otros argentinos que descubrían en ella una coterránea. Por último, de Clara. Y en cada ocasión, a ella la pregunta siempre le sonaba entre caprichosa e inconducente. Por eso respondía una y otra vez lo mismo.
—¡Es que la llevaba en la sangre! —respondió en tono de burla y largó una carcajada sabiendo que Juan entendería el chiste. Muy posiblemente él se acordara del linaje familiar de su madre y de los parientes catalanes que treinta y un años antes la habían recibido.
No se equivocó. Enseguida él le regaló una sonrisa amplia, sincera, generosa. Habían podido romper el hielo y ella, rápida de reflejos, aprovechó el envión de ese aire que salía entre los dientes.
—En cambio a vos te escucho con el mismo tono —dijo retomando el diálogo y el voseo—. Y sin embargo la ciudad te resulta otra, ¿dónde estuviste todo este tiempo?
No bien lo dijo, Juan frenó esa soltura de cuerpo que le había dejado la risa. Se puso rígido como si un punto exacto en la mitad de la columna le hiciera enderezar la espalda que se había contoneado segundos atrás. Su mente viajó lejos y por diversos lugares.
Sabía la respuesta, lo que no sabía era por dónde empezar a contar.
Es un pedacito de lo que yo sentí que me pasó. Es un pedacito de lo que yo recuerdo de lo que sentí que me pasó.
Ana Ilovich
Mucho tiempo después, aun cuando estuviese en un lugar seguro y confortable, donde no sintiera ese temor en la piel del castigo constante, esa tremenda sensación de morir a cada momento y de necesitar sobrevivir a cualquier precio, aun cuando todo a su alrededor fuera luz, calma, serenidad, Juan no podía evitar sentir una profunda angustia, un dolor inconmensurable en el pecho cada vez que escuchaba la lluvia pegar violenta contra una ventana.
Las imágenes comenzaban a caer sobre él pesadas, grotescas, cargadas de espanto, de días sin fecha, de tiempo sin horas, de un silencio atroz. A pesar de los gritos, a pesar del infierno, a pesar de la locura, el silencio seguía acompañándolo desde entonces, como testigo invisible de aquello en lo que se había convertido: un hombre sin palabras.
Entonces, cada vez que alguna lluvia torrencial lo sorprendía, en cualquier lado, y el aguacero comenzaba a golpear un vidrio, Juan respiraba tratando de hacer de ese ruido un ruido más y no caer en el abismo del recuerdo de ese día en el que había sentido por primera vez el odio del otro en cada parte de su cuerpo. Ese día en el que había tenido que elegir, por primera vez, si abandonarse a la muerte gloriosa y liberarse de un destino que anticipaba oscuro o aferrarse caprichosa, tenaz, tercamente a la vida y aceptar el castigo de sobrevivir como héroe. Fue pocas horas después de su arresto, cuando casi empezaba a pensar que su encierro estaría signado por los interrogatorios y las golpizas de rutina que habían contado algunos de sus compañeros.
Jamás imaginó esa forma de crueldad, de sadismo, de perversión. Entregado al desquicio de otros, su cuerpo aguantó mucho más de lo que él hubiera querido cada uno de los tormentos, que se confundían en su piel con el desgarro de los tormentos de quienes sufrían como él algunos metros cerca. De ese recuerdo punzante y fugaz ha retenido solo el olor a carne quemada mezclado con orina, y también el sonido, indiferente, ajeno, de la lluvia contra lo que debe haber sido un pequeño ventiluz ubicado por encima de él en la estrecha sala donde lo tenían atado a la camilla desnudo, amordazado y con los ojos vendados.
En aquel momento, Juan pensó ser lluvia, ser agua resbalando por el vidrio, cayendo desde el cielo y soltando todo sentimiento de culpa que podía albergar por soltar un nombre, un dato, un lugar. Pero nunca pudo liberarse de tan egoísta dilema y eligió entonces hacer un pacto de silencio. Si la vida se empecinaba en mantenerlo en ese cuerpo resistiendo, entonces jamás saldría de su boca una palabra que pudiera acercar a quienes amaba a ese averno en el que había caído. El rostro de Ana pobló de inmediato su mente como una bendición donde se fundían el pasado, el presente y el futuro. Por ella, todo. Por ella, el desquicio, la abstención de palabras, el abismo con los demás, la traición con el resto, el después.
Cada vez que escucha las gotas estrechándose fatales en cualquier ventana, Juan rememora ese pacto, aspira del cigarrillo que seguramente tiene en la mano todo el oxígeno tóxico que necesita y sigue.
Como solía ser ya una costumbre, también ese día estaban todos sentados sobre el piso y apoyados contra la pared del pabellón, medianamente erguidos, soportando los dolores ya pegados a su cuerpo.
Hablaban tranquilos, como encontrando las palabras correctas y en un tono casi alegre, porque sabían que en el encierro la alegría provenía de las cosas más pequeñas. Entonces, uno por uno se iban diciendo en voz alta quiénes eran y a qué se dedicaban antes de llegar ahí, tratando en esa pequeña acción de contarle al otro su identidad, mantener en pie su cordura. Todo lo contrario de lo que podría haber pasado afuera, donde jamás se hubiera regalado un dato personal en forma tan generosa.
Afuera, sobre todo en los últimos años, la regla había sido ser nadie, una sombra, un enigma para el enemigo. Era lo esencial. Adentro, ser alguien era descubrir un anclaje vital, una realidad que se creía perdida en el laberinto del espanto donde habían caído y donde ya todo parecía un desquicio.
Era un ejercicio que había surgido por intención de uno de ellos, el más despierto, el más idealista, y que había conseguido rápidamente el apoyo entre la mayoría. Así, en un momento del día, sobre todo cuando el desánimo desesperaba, se iban presentando con la frente en alto y destacaban datos puntuales de su historia afuera del penal.
La gimnasia mental que permitía recordar quién era quién funcionaba no solo para mantener la memoria activa, sino también la empatía y, por qué no, el humor. Sus descripciones se mezclaban, a veces, con anécdotas de su infancia, con apodos inventados por familiares, por coincidencias dentro de la ciudad que los cobijaba desde niños. Más de una vez se habían sorprendido de saber que el Ruso había sido vecino en Alberdi del abuelo del Fiaca, o que el Rulo había nacido el mismo día que el Negro. Datos irrelevantes en cualquier lugar, salvo en ese encierro al que no querían acostumbrarse.
Todos habían aprendido a acercarse de a poco a la lumbre invisible de palabras, donde con datos pequeños de su vida mantenían encendido el fuego de la esperanza. Todos, salvo Juan, que se esmeraba en construir un abismo a su alrededor y optaba por el silencio oscuro, por la mirada fija en la pared, por la inercia. A veces ni siquiera respondía a la invitación del resto y se ponía de espaldas al grupo. Al principio había recibido más de un apriete de sus propios compañeros de pabellón, como un castigo por no querer compartir el desencanto de la reclusión. Pero con el tiempo se dieron cuenta de que no tenía sentido insistirle. Nunca hablaría. Nunca contaría nada de su historia, de ese muchacho que seguramente tenía una familia o un amigo o una novia que lo lloraban afuera. Solo sabían que se llamaba Juan, que era “perro”, de la izquierda, y que le decían “el Flaco”. Que había caído en agosto del 75 por la toma en el Cabildo y nada más. Allí fue el punto y aparte de su vida o, mejor dicho, el punto final. El resto de la historia la comenzaría a escribir cuando saliera de allí, si salía, varias páginas más adelante.
Ese encierro, ese paréntesis de terror, le daría el espacio para separar una vida de la otra. Entonces, cuanta más ausencia de vínculos, de nombres, de cosas, más sencillo sería renacer.
Pasó nuestro cuarto de hora. / Pasó, pasó, / pero aún sabíamos reír.
Fito Páez
De todas las formas posibles de contar su historia, el recorrido que había hecho desde aquel agosto fatídico hasta esa tarde treinta y un años después, Juan creyó que lo mejor sería hacerlo de manera inversa. O sea, dejar el comienzo para el final. Quizá, si tenía suerte, sería incluso innecesario que lo contara.
De repente vio su vida como un hilo que podía unirse en puntos neurálgicos. Desde el presente se podía ver perfectamente en qué momento exacto se habían tomado decisiones que lo llevaron a otros rumbos.
Se sacó del bolsillo de la camisa el atado de cigarrillos, tomó uno y lo prendió, mientras mantenía la ansiedad de Ana esperando su respuesta.
—Volví a Córdoba muy pocas veces en estos años, estuve en el sur —contaba mientras se llevaba el pucho a la boca.
Ana lo observaba fumar, como un acto instintivo que le dictaba el cuerpo. Le miraba ese respirar tranquilo, placentero, que le llenaba los pulmones de humo y encendía el papel que ardía entre sus dedos. Lo miraba fruncir la boca, abrirla, mezclar las palabras con ese aire gris entre sus dientes.
—Creo que sería bastante largo de contar, pero la versión corta es que encontré trabajo allá y me quedé. Ya no tenía sentido volver.
A ella el argumento le sonó sensato. Al fin y al cabo, durante años Ana tampoco le había encontrado sentido volver. Le hizo un gesto de aprobación.
—Sí, claro, me lo imagino —respondió cordial, amable, aunque quiso saber más—. Pero ¿y a tu familia? ¿No venías a visitarla?
A él la pregunta se le atragantó. Tosió e intentó reponerse simulando naturalidad.
—Ellos ya no están acá tampoco —respondió, mientras movía las manos hacia un lado y el otro—. Se fueron yendo de a poco. Primero mi viejo, después mi hermano se casó y se fue a Santa Fe, y mi mamá terminó allá con él.
—¿En Santa Fe? —Ana se esforzaba por recordar diálogos pasados, en los que alguna vez se habían cruzado lazos parentales, datos filiales compartidos—. Sí, ahora me acuerdo, unos tíos de tu mamá estaban allá.
Juan tomó ese registro de su historia familiar como un halago que lo reconfortó. Después de tanto tiempo rodeado de personas que sabían poco o nada de él, redescubría ese asombro de pertenencia. Ana había sido testigo de quién había sido años atrás. Ella era una de las personas que más lo conocían y eso ya era algo maravilloso, más allá de lo que pudiera pasar de allí en adelante.
Se sorprendió al pensar en aquello, se le estremeció la piel. Todavía no había caído en la cuenta de que ese encuentro marcaba un antes y un después. ¿Qué harían cuando terminara el café, cuando cayera finalmente el sol tras las montañas cercanas, cuando se dijeran adiós?
Soltó las cavilaciones cuando la moza les llevó el pedido. Rápida de movimientos, acostumbrada a su rutina, acomodó de memoria los jarritos frente a ellos y, sin mirarlos, se fue. Ana buscó mecánicamente el sobre de edulcorante, pero antes de agarrarlo se decidió por uno de azúcar y lo abrió mientras le llamaba la atención el celular de Juan iluminándose de repente. Recordó que el suyo estaba en la cartera y que quizás Olivia podría llamarla de un momento para el otro. Pensó en lo que debería decirle si eso ocurriera.
Por un instante vino a su memoria qué la había llevado a Córdoba, ese viaje planeado para el casamiento de su hija y del paréntesis que significaba ese café. Juan miraba la pantalla, pero no atendía. La luz verde fluorescente de la pantalla seguía prendida sin sonido, sin que él actuara en consecuencia. Ana se preguntó quién sería la persona que lo estaba llamando. ¿Su esposa? ¿Tendría esposa? ¿Un amigo? ¿Su madre? ¿Algún hijo? Las preguntas se acumulaban sin respuestas en su cabeza. Miró su dedo anular, Juan no tenía alianza. Apretó el suspiro entre los labios.
—Te están llamando —le dijo, mientras giraba la cuchara en el café, con un tono que pareció imperativo, pero que no tenía sentido de serlo, porque Juan ya había visto su teléfono sonando y estaba dispuesto a ignorarlo.
—Ya lo sé —apuntó él, aunque no hiciera falta—. Seguro va a volver a llamar —acotó, dando por finalizado el comentario.
Por cómo lo dijo, Ana supuso que hablaba de alguien que estaba sobrando en su vida. No supo por qué, pero descartó, entonces, a la madre y a los posibles hijos. Quizá porque, a pesar de verlo bastante cambiado, aún sentía que era capaz de seguir poniendo las manos en el fuego por el compromiso de ese hombre hacia quienes amaba.
Se moría por preguntar o por decir como al pasar: “Atendé, no hay problema”, solo para escuchar parte de la conversación. Sin embargo, se quedó callada y fue él quien retomó ese diálogo cortado, esquivo, errático que estaban teniendo.
—Así que te fuiste a España y allí te quedaste. Entonces, ¿qué hacés hoy acá?
Ana se tomó unos segundos para dar el primer sorbo al café y contestar. Lejos de lo que imaginó a partir del suave aroma que despedía, este le pareció quemado y con un sabor diluido. Le faltaba espuma y le sobraba agua. El mal gusto la sacó de la respuesta que estaba armando en su cabeza y dejó caer las primeras palabras que le vinieron a su mente.
—La verdad, no sé qué estoy haciendo acá.
La confesión salió disparada, sin pensar. A continuación, Ana trató de acomodar la postura, el presente, sus argumentos. Juan, del otro lado de la mesa, la observaba atento.
—A ver, te explico. Tengo una hija, Olivia, que ha tenido una tremenda idea: casarse con un cordobés —contaba a un ritmo que se iba intensificando a medida que desandaba la historia—. Se pusieron de novios allá, cuando él comenzó a trabajar en una empresa, y ahora han venido acá para que ella pudiera conocer a su familia.
Ana seguía sin detenerse ante la repregunta, dejando en claro que todo lo que tenía que decir lo diría allí como una especie de declaración. Hablar sobre su hija era fácil, lo difícil sería el resto.
—Te preguntarás, si la novia a punto de casarse es ella y no yo, entonces ¿qué hago aquí? Bueno, te respondo… —explicaba, mientras se pasaba los dedos por el pelo una y otra vez, como si las manos lograran canalizar y soltar los nervios del relato—: la acompaño porque nunca he estado lejos de ella en toda su vida. Desde que nació no me he separado y cuando me dijo que se venía para acá, pues… no me quedó más remedio que venir. Por supuesto que tomé la decisión sin saber lo que estaba haciendo, pero ya me ves. Y digamos que el viaje me ha llevado a otro lado.
Cuando terminó, Ana cayó en la cuenta de que, otra vez, había hablado demasiado. Pero que, de alguna manera, esa charla en ese momento no era más que un nuevo capítulo de ese encuentro imperfecto. Le sonrió entre tímida y relajada por empezar a mostrarse sin tantos prejuicios, y siguió tomando el café.
—Yo también estoy aquí por casualidad —comentó él.
—¿Ah sí? ¿También se te casa una hija?
Ambos largaron una carcajada sonora, imprevista, perfecta, en el mismo instante, y supieron, sin decirlo, que coincidían en mucho más que en eso.
Desde ese nuevo lugar, Ana se acomodó en el respaldo. Ahora era ella quien iba a escuchar, aunque seguía percibiendo que ese Juan que tenía enfrente, por alguna razón, se había vuelto bastante esquivo al diálogo, a las palabras.
Son las cosas pequeñas las que nos asustan. Las cosas inmensas, aquellas que pueden matarnos, nos hacen valientes.
John Berger
Solo en una ocasión, recuerda Juan, la vida pareció iluminarse dentro de ese infierno donde había caído. Fue una vez, y el instante quedó marcado en su memoria como otras de las tantas heridas de guerra que permanecen en su cuerpo. Un día en que la risa pareció inundarlo todo, como crecida que baja incalculable de las cumbres serranas y arrastra a su paso árboles y piedras.
Era un domingo por la tarde. Desde su arresto no habían permitido que recibiera ninguna visita. Pero ese día las puertas que lo separaban del exterior, las mismas que no se habían abierto desde entonces, giraron la cerradura, y del otro lado Juan pudo ver esos ojos que lo recibían. Lo conmovió reconocer, a la distancia, el olor de su casa, de esa casa que hacía meses no visitaba y que al mismo tiempo escondía todos sus secretos.
Su padre traía en su camisa, en su cuello, en sus manos, todo el olor de ese mundo habitado por él desde siempre. El de la comida que seguramente había preparado su vieja para el almuerzo, mezclado con el de cigarrillo que siempre sobrevolaba el comedor, y el de la colonia de tapa dorada guardada en la cómoda de la habitación y que, sospechaba, se había puesto minutos antes de salir para el penal. Todo estaba allí agazapado en los pliegues de su sencilla vestimenta y al abrazarlo se lo trasladó como el primero de los regalos.
Al principio no se dijeron nada. Se miraron, se tocaron como descubriendo que era verdad que seguían vivos. Después sí comenzaron a contarse algunas cosas, a preguntarse otras. Los dolores no se dirían, nunca. Juan repetía que estaba bien, que se quedara tranquilo, que no era para tanto. Su padre le decía que desde afuera se seguía luchando, se seguía aguantando. Todo lo que como hombre no había hablado (o no había podido hablar) en esos meses comenzaba a salir despacio de su boca ahora, que era otra vez hijo. Como si el abrazo hubiera habilitado sus palabras. Entonces las iba eligiendo en su mente de a poco, como si también para eso tuviera que seguir pidiendo permiso.
Le contaba del pabellón, de los compañeros de celda que llegaban y que se iban, de algunos traslados. De que los dejaban leer revistas y libros.
—¿Querés que te traigo algunos? —preguntó rápido su padre.
—Como quieras…, puede ser, no te preocupes…, no te preocupes… —dijo él tranquilo—. Contame de mamá y de Rubén. ¿Cómo están? ¿Qué hacen?
—Todos bien, todos bien. Preocupados, qué va a hacer…, pero vamos a estar bien, todo va a estar bien, vas a ver…, vas a ver…
Su padre le acariciaba la mano, lo tocaba, le miraba las uñas, el pelo, la barba. Lo veía algo sucio, muy flaco, pero bastante en pie. “Es un luchador –pensaba–, no se dejará matar tan fácilmente”. Buscaba descubrir lo que su hijo no le diría, algunas heridas debajo de esos pantalones grises y mugrientos que tenía puestos. Por eso solo apenas se sorprendió cuando lo palmeó despacio en el costado para tantear su delgadez y su hijo reaccionó con un movimiento contrario para evitar el dolor de las costillas golpeadas, de las llagas mal curadas, de las heridas abiertas.
