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Para David Balcarce, deshacerse de su pasado y volver a empezar parece una tarea imposible. Aunque la idea del suicidio siga circulando una y otra vez por su mente (después de haberlo intentado ya), algo más lo acecha. Algo tan profundo y antiguo como sus ambiciones de novelista exitoso. Luego de la muerte de su esposa e hija, vive sumergido en la culpa. Pero quizá haya una alternativa. En la búsqueda de absolución, escribir podría sacarlo de la depresión, o bien llevarlo al borde la locura: donde la realidad y las pesadillas se funden. ¿Es posible deshacerse de los hábitos que lo llevaron al éxito y a la fama? ¿Qué más se alimentó de su energía creativa? Antes de la oscuridad es la primera parte de una trilogía que explora la creatividad y la eternidad, el amor y la ambición; así como la naturaleza humana y lo sobrenatural, atada a ella.
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Seitenzahl: 310
Veröffentlichungsjahr: 2020
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Ribeiro, Maximiliano David
Antes de la oscuridad : a veces, un recuerdo es una sombra al revés / Maximiliano David Ribeiro. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2020.
274 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-559-4
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Psicodrama. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2020. Ribeiro, Maximiliano David
© 2020. Tinta Libre Ediciones
Antesde laoscuridad
Nota del autor
Luego de leer, escribir es lo único constante que he hecho en mi vida.
Otra cosa constante son los episodios de insomnio, en especial durante la adolescencia, que fue también cuando pasé de lector asiduo a devorar libros. Agoté los libros que había en mi casa y, como no fue suficiente, pedí un pase como asociado a la biblioteca popular del barrio. Escribir fue el paso siguiente.
La historia nació a mediados del dos mil nueve, fue la segunda novela que terminé, pero es la que una y otra vez, a lo largo de esta década, me ha perseguido. Podría decir que es mi propio fantasma. La voz de mi consciencia que me pide a gritos que deje lo que esté haciendo, apoye el culo en la silla y escriba. Y así lo hice para esta edición.
Presumo que de la versión original queda un diez o tal vez un quince por ciento. Pero a lo largo de los años Antes de la oscuridad mutó conmigo. Trabajar en este proyecto, mano a mano con la editorial, me ha obligado a conectar con una versión joven, inexperta e impulsiva de mí mismo. Y debo confesar que me sigue agradando. Los giros continúan siendo los que habría elegido de haberla escrito de cero.
Más allá del trabajo de retrospección, el juego de espejos o las referencias a otros autores, confío en que es una buena historia. Y quise conservarla lo más pura posible, sabiendo que esto recién comienza. Aún quedan otras historias de este mismo universo y, si te quedás lo suficientemente cerca, puede que incluso escuches mi voz en tu cabeza.
Ezeiza, Buenos Aires.
10 de junio de 2009 - 09 de septiembre 2019.
I
1
A cierta edad te subís a un tren del que no podés bajar. No importa lo que pase, simplemente te encontrás montado en el vagón, a la inercia que moviliza al mundo. Las responsabilidades, las cuentas a pagar, lo que uno espera de la familia, lo que la familia espera de uno, los amigos, los jefes y los compañeros de trabajo. La ropa con la que te vestís, el derroche innecesario en esos pequeños lujos que puede otorgarte ser “alguien”, o no ser nadie. El tren, usualmente a la deriva, lo mueve un maquinista con pocas luces y bastante cabrón, al que no le importa que quieras tomar un respiro. Tampoco le importa que lo que mueve tutren ya no tenga la misma importancia.
Saltar del tren parece ser uno de los escapes. A esa velocidad, podés agradecer si sobrevivís a base de comida procesada, con tubos y máquinas entrando y saliendo de tu cuerpo, sosteniendo lo que podrías llamar vida. Derribar al maquinista, tomar la palanca y acelerar a fondo hasta el próximo desvío, parecería ser la otra vía de escape.
Si sobrevivís a eso, estás listo para volver a empezar.
2
“Rojo, cielo”.
Lo asaltó su voz interior, una voz a la que nunca se había rehusado a oír, pero que hablaba con la voz de su mujer. Automáticamente, levantó la vista y su cuerpo reaccionó con un movimiento reflejo deteniendo el auto con delicadeza. Iba distraído, cabizbajo, y casi atropellaba a un niño de unos diez años que se interpuso en medio de la calle.
Probablemente, no sería mayor a la edad que aparentaba, no estaba desnutrido, pero sí mal alimentado. De inmediato, el niño se dispuso a realizar malabares con pelotas de color rojo, gastadas por el uso, probablemente heredades de un padre o un hermano mayor.
«¿Qué me quisiste señalar, cielo?», pensó con ironía, mientras la lengua de su mente, relamía aquellas dos palabras: Rojo, cielo.
No pudo evitar pensar en el juego del semáforo, al que jugaba con su esposa e hija.
Rebuscó en el interior de la guantera, entre un amasijo de tickets de compras, panfletos de publicidades, anotadores vacíos, envoltorios de golosinas y más y más basura, algo que su mente primitiva le recordó que debía tener guardado. Luego, sacó una mano por la ventanilla con dinero junto a una tarjeta de un comedor para chicos de la calle, el chico de las pelotas lo recibió con ojos vacíos, sin mirar siquiera el contenido.
Hubo una vez en la que asistía a toda clase de eventos de caridad, parte de sus regalías mensuales iban a parar en ayuda social. Al menos así era mientras estaba Andrea a cargo de la economía del hogar. El chico de las pelotas se perdió en medio de los autos, mientras él lo observaba por el retrovisor.
El semáforo pasó del ámbar al verde y aquella voz de Andrea, ahora en realidad reproducida por su propia voz mental, lo atacó:
“¡Verde, cielo!”.
A lo que respondió en voz alta:
—No sé qué debería contestar —el vacío de su camioneta, tampoco parecía tener la respuesta.
Ya casi completaba el trecho que lo distanciaba de la oficina en la productora situada en pleno Microcentro porteño. Giró en la siguiente calle a la derecha y se internó en el primer estacionamiento que encontró disponible. Dejó la camioneta en un espacio vacío y se tomó unos momentos antes de bajar.
Recuerdos.
Las náuseas lo atacaron y las paredes —de hecho, las puertas— y el techo de la camioneta se aplastaron contra él, impidiéndole respirar.
—Andate ahora. O bajate de una vez y terminá con esto —se dijo.
Debatía una vez más con su propia voz interior. Aquella detestable voz que lo que había lanzado a la fama, la única que parecía tener ganas de hablar con él de vez en cuando. O, ¿acaso era él quien solo tenía ganas de hablar con ella? Respiró hondo antes de bajarse, obligándose a tomar la decisión de continuar con aquello.
Aunque sabía que no podía ser real, desde el asiento contiguo, Andrea le guiñó un ojo.
3
Se había preparado durante el último mes para aquella reunión. Y los últimos días, habían sido terribles. Volvió la mirada al asiento del copiloto, ahí donde, hasta no hacía tanto, hubiera estado Andrea haciéndole compañía, había un bolso de cuero que, en otra vida, había sido marrón.
Estiró un brazo y lo tomó con fuerza. Lo asió contra su pecho, era real, bien real. Aquello era real. El piso bajo sus pies, el olor del combustible, del aceite, la fría humedad del estacionamiento y el sonido de un motor. Se aferró a eso, hasta que la imagen de Andrea se desvaneció del asiento, mas no de su mente. Y jamás del hueco en su pecho. Era extraño como una persona podía ocupar un espacio que no existía literalmente.
Se cruzó la correa del bolso por el cuello y, por debajo del brazo derecho. La labor de sus últimos años pendiendo contra su cuerpo. Deseó, una vez más, haber enviado aquello por correo y marcharse lejos. Pero las cosas no funcionaban así con Ronal.
Después de todo, le debía mucho más que su carrera y su fama. Supo ser un buen amigo en los peores momentos. De hecho, en los buenos y en los malos. Los unía una relación fraternal. Y ahora él mismo, el David Balcarce artista, debía enfrentar lo que viniera como el despojo de hombre en que se había convertido, poniéndole el pecho a los reproches de aquel rollizo jefe, socio y amigo. No quería pelear con él. No quería confrontarlo.
Pero debía hacerlo.
—Esto es lo que soy —dijo al espacio abierto, esperando que el eco le respondiera con seguridad. Pero oyó la temblorosa voz de un hombre que pasaba de los treinta, y aún se comportaba como un adolescente al que pescaron fumando en la escuela y habían citado a sus padres.
Echó a andar por el asfalto cubierto hasta la salida.
El hombre de la entrada le extendió una temblorosa mano de dedos nudosos. Tenía la tez oscura, pero lo surcaban manchas de vitíligo en las manos; bastante anciano, por cierto, y de mirada franca. Le dedicó una sonrisa que David devolvió con gusto.
No le costaba sonreír por compromiso, era sencillo y predecible el mundo exterior. Pero su realidad, hoy por hoy, tenía más que ver con aquella voz en un rincón hipersensible de su mente. Un rincón con cualidades asombrosas.
Al salir del estacionamiento, y antes de emprender el trayecto final, tomó una leve inspiración del aire de ciudad. Aún sentía una fuerte opresión en el pecho. Los restos de un posible ataque de pánico, similar al que sufrió la primera vez en la ciudad, década y media atrás.
Cerró los ojos, asió con más fuerza el bolso y echó andar. Sentía no sólo el peso de su trabajo, sino el de la soledad. Y, en aquel momento, y no por última vez, pensó que podría ser la última vez que sintiera algo así en su vida, sabiendo que, al deshacerse de aquellos tal vez dos kilos de papel reciclado, más o menos, podría deshacerse del pasado, y seguir.
Aquello fue lo último que los vestigios de “magia” le dejaron crear. La magia que ocurría a lo largo de alguna galaxia muy lejana en algún lugar recóndito de su mente, al pasar por sus dedos hasta el teclado de la computadora y finalmente al papel impreso. Algo palpable. ¿Qué era la magia sino? ¿Qué, si no era aquello? Un papel en blanco, una mente algo perturbada para volverse un receptor de historias, un medio para dejar constancia de voces de otros tiempos, otras dimensiones.
Una corriente de aire frío lo despertó de su ensoñación al llegar a la esquina. Lo envolvían los olores y los sonidos que le recordaban que era una persona dentro de una enorme esfera que aspiraba vida. Aquellos olores no le eran ajenos, pero a un tiempo, le resultaban extraños. ¿Cuánto hacía que no salía de su casa? Probablemente desde la pasada semana, después del llamado de Ronal. En momentos como aquellos, se sentía insignificante, y más idiota aún por considerar que sus problemas tenían alguna validez para los planes de Dios —o de algún dios—. En esos momentos, se daba cuenta de que su pena era diminuta e inexistente, su mera existencia era diminuta e inexistente. Pero aquello también era una mentira, una falacia proveniente de su traumática infancia. La realidad, distaba mucho de ser así, bastaba levantar la vista para comprenderlo.
Ahí, como un enorme titán de papel y tinta, estaba una de sus invenciones, al que no dudaba que adoraban como una especie de héroe, los cientos y cientos de fanáticos de la serie, cuyo final estaba plasmado en el block de hojas impresas golpeando contra su torso a cada paso.
Aquello era real, las hojas, el personaje vuelto carne de un policía crudo y sin escrúpulos y, sin embargo, adorable.
Pum, pum, pum.
Asió la correa del bolso, al cruzar por la senda peatonal, esquivando un mar de personas, cada cual enfrascados en sus propios asuntos, con gestos fruncidos, agobiados, hablando solos o con alguien al otro lado de una línea celular. Intentando mantener su sentido de dirección sin importar si se empujaban unos a otros. Todos eran alguien y no eran nadie.
A nadie le importa una mierda el otro —sentenció, mentalmente, con una voz que no era suya, sino la de su madre. Una frase recurrente.
La historia de nunca acabar. Debates internos. Voces de otros tiempos. Replicas e invenciones de personas reales que lo asaltaban desprevenidamente y cuando le entraban en ganas. Y si nunca le había importado, ahora estaban volviéndolo loco.
La garganta se le hizo un nudo, pero prosiguió. Cada día era más fácil resistir. Al menos hasta hundirse contra una almohada y llorar en silencio hasta quedarse dormido.
Continuó por la siguiente vereda. Mirando su reflejo en el vidrio de un restaurante. Había bajado aquellos kilos que había ganado durante su breve y feliz matrimonio. Se recordó brevemente que tenía unos cuantos miles de pesos dentro del bolso. Solo para notar que eso no le importaba en lo más mínimo. Si se topaba con un motochorro que le arrebatara el bolso, cosa improbable por el estado en el que se encontraba, perdería las únicas copias del trabajo.
—Si viene al caso —se dijo— Ronal no dista demasiado de un ladrón. Le robaría lo último que su mente tan sagaz y en sintonía con ese otro mundo de la magia, había vomitado antes de rendirse a la locura. Antes de deslizarse un paso más al silencio.
«Hojas en blanco», pensó. «Después, quedarán sólo hojas en blanco».
Por el valor afectivo era que temía perderlos. Y los perdería de todos modos. Y, a fin de cuentas, ¿para que los quería?
Vislumbró la entrada al edificio de la productora. Y, de improviso, empezó a repasar mentalmente los argumentos que lo llevarían a este momento. Y pensó también en las advertencias de no llevar a cabo esa reunión. Pero no podía… simplemente no podía más. Necesitaba huir. Dejar todo atrás. Terminar (con su vida) con su vida de guionista.
Con los labios apenas despegados recitó su mantra, mientras se acercaba a la puerta de servicio, sosteniendo en una mano el bolso y en la otra una copia de la llave. Y claro que tenía una llave de ahí, nunca se sabía cuándo uno debía huir de una turba de periodistas… como aquella vez…
—Aquí estoy, esto es lo que soy —dijo en voz inaudible y agregó—, y me voy para no volver.
—¿Jamás? —Interrogó la voz en su mente.
Pero no se animó a pronunciar una respuesta en voz alta.
Ingresó al lobby del edificio, despejando su último pensamiento fuera, con el bullicio de la ciudad.
Cerró la puerta y caminó por el ancho pasillo. Que en realidad era el ingreso a la cochera privada. No quiso levantar la vista, buscando evitar las posibles miradas inquisidoras de los que se encontraban ahí. Se dirigió inmediatamente al ascensor que abrió sus puertas justo cuando él estaba por presionar el botón.
Una vez dentro, pulsó el botón al piso tres y, de inmediato, el de cierre de puertas. Una vez sonó la campana, exhaló. Al parecer no estaba respirando desde quién sabe cuándo. Y se dispuso, nuevamente, a preparar su discurso final.
4
El edificio donde estaba instalada la productora contaba de seis pisos, contando la planta baja y el subsuelo, solo uno de ellos pertenecía en realidad a “Norpatagónica” —una sociedad entre David Balcarce y Ronal Jarczak que pronto cumpliría diez años—. Estaba destinado por completo a la elaboración de la serie éxito de la televisión argentina con una película en su haber y una más en proyección a dos años—. El resto, eran oficinas de rubros variados en el distrito de los abogados y los dentistas, como solía llamarlo David. A Ronal, poco le importaba siempre y cuando no apareciera ningún imbécil a molestar preguntando por un tal Doctor Pérez para echar una mirada a los storyboards de la serie. Por esta razón había mandado a poner un lector de tarjetas magnéticas a la salida del ascensor, justo antes de ingresar a las oficinas. Aquella mañana, David, había olvidado la suya. Algo que vino a su mente una vez hubo presionado el botón al piso tres.
—Bien —recitó en voz baja— no importa. No te bajás, no mirás a nadie. Apretás el botón SB de nuevo. Plin, campanilla. Para abajo. Y derechito al auto.
No más excusas.
Era la discusión interna, ahora con la voz de Andrea, un recuerdo de alguna conversación antigua, probablemente.
Un sabio dijo alguna vez: “si olvidás algo constantemente, o parece que conspiraras para hacerlo por el modo en que te desenvuelves en la vida, entonces, en realidad no quieres hacer algo o no quieres recordarlo”. O bien pudo haberlo dicho alguien en televisión o su psicólogo. Era confuso, quizás ni siquiera eran esas las palabras. La idea del bloqueo era lo importante, y David estaba aprendiendo bastante de eso.
Plin.
La campanilla. Las puertas se abrieron.
David notó dos cosas: la primera, era que el viaje había sido demasiado corto; la segunda, que lo distanciaban unos metros de la oficina del Big Boss, y que no tenía la más mínima idea de que iba a decir. Estaba con la mente en blanco.
—Dé un paso al frente el que quiera una ejecución pública —murmuró, pero sus palabras se ahogaron ante el gesto de dos hombres de los que no estaba seguro de conocer, pero supuso que ellos sí a él, por las miradas entre ellos.
«¿Era una mirada desprecio? », se preguntó.
Debés conocer a alguien para mirar de esa manera. Tal vez, eran empleados de la productora que los habían despedido, o tal vez fueran representantes de algún patrocinador.
Lo dejaron bajar antes de subirse, las puertas se cerraron sintió que, si había llegado hasta allí, no le quedaba más remedio que terminar aquello de una vez. También, supo que se estaba mintiendo, y no había negocio más grande que una productora de televisión para las mentiras, superado quizás por la política. Así que estaba en el lugar correcto.
5
Todo el piso era un lugar ruidoso, sonaban voces y risas, campanas de teléfono y teclas aporreadas, gente que iba y venía. Esto se entremezclaba con las cacofonías de lacity porteña. Era como un hormiguero en un día interminable de verano, no le costó recordar porque no le gustaba deambular por ahí.
Completó el trayecto a paso lento, toda su vida había actuado igual, por dentro podía estar desmoronándose, pero por fuera parecía una estatua de mármol. Algunos psicólogos considerarían que eso era una condición clínica, y que la persona era más propensa a sufrir un colapso nervioso. Se detuvo por el molinete de retención, ahí donde estaba el lector de tarjetas y golpeó las manos. A lo que de inmediato respondieron tres pares de ojos inquisidores por lo menos. Y un guardia de seguridad, armado con un temible espray de pimienta, se acercó con una mirada que decía (casi rogaba): “Dame una razón, dame una sola razón para dispararte mi espray”. David no le daría el gusto. Pero notó por el gesto del sujeto que, obviamente, no lo reconocía. Él tampoco lo hacía así que no podía culparlo.
—Vengo a ver a Ronal —dijo a modo de defensa al señor espray.
—¿De parte de quién?
«De uno de los que maneja todo este circo», quiso decir, pero tartamudeó.
—De… de…
—Señor Balcarce —una voz conocida.
David buscó con la mirada de dónde provenía la voz. Sabía que debía conocerla porque la había visto antes por ahí.
«Claro», arrojó su mente, «es la recepcionista». Una morocha atractiva, con tetas de goma, culo de goma y nariz que no era de goma, pero brillaba como si lo fuera. Aunque el pelo parecía de plástico con tantos componentes para alisar los rulos rebeldes y levantar un brillo, que más bien era fulgor. Rubio falso-falso, debía de ser el tinte.
—Hola —saludó con una sonrisa—. ¿Cómo estás? ¿Está Ronal?
Directo, sin rodeos. Así era el asunto.
—Goye —susurró—, él es el otro socio, el Señor Balcarce, el guionista —remarcó, levantando dos tonos la voz.
David saludó cortésmente a Goye, diminutivo del Goyeneche que llevaba bordado en una etiqueta pegada con abrojo en la pechera, intentando no pensar si ese era su nombre o su apellido. Los policías, (¿o expolicía?) parecían olvidar sus nombres y, consecuentemente, que eran personas o lo habían sido, una vez se recibían de la escuela.
El sujeto le hizo un ademán para que pasara, y acercó una tarjeta que llevaba colgada de un tirante elástico del cinturón. No sonrió.
Sus pies, en un último arrebato de rebeldía, parecían adheridos al suelo.
Se trata de perder y ganar equilibrio —se dijo—, primero un pie, luego otro. Así acabaremos con esto de una vez.
En el centro de aquel ruidoso piso se encontraba la hormiga reina. Envuelta en cristal estaba la oficina del jefe: el Big Boss, como lo llamaban sus empleados. David siempre supuso que aquello se debía a lo impronunciable de su apellido. Pero hoy se le vino a la mente el oscuro personaje del Gran Hermano. Desde ahí dentro podía visualizar todo el trabajo del piso y, a lo que no podía llegar, lo miraba por los televisores donde sintonizaba las cámaras de seguridad. La oficina presentaba la particularidad de ser una caja de cristal espejado, nadie podía ver el interior, pero quien estuviera dentro podría ver todo el piso. Los cubículos rodeaban la oficina de Ronal.
Ronal se había vuelto paranoico con el tiempo, pero lo del policía en vez de un simple guardia era el colmo. No le diría nada, como siempre, él mandaba en esas tierras.
Se sentía observado. ¿Lo estaría viendo acercarse? Probablemente sí. Acortó el espacio entre el lector de tarjetas magnéticas, saludando con la mano de vez en cuando, con asentimientos de la cabeza, sonrisas de compromiso, y emitiendo un “hola” entre dientes que esperaba que no sonara tan falso. Se sentía incómodo ahí, pero no pudo negociar con Ronal un lugar distinto para la reunión. Estrechó algunas manos mientras, poco a poco, iba amainando el trabajo. Hacía meses que no pisaba la productora. Esto aumentó el movimiento, la excitabilidad en el hormiguero, era una visita atípica en un día común. Como un chorro de miel, algo que saborear. Todos estarían a la expectativa de nuevas directivas que vinieran de arriba, en la escala de jerarquías. Pues, ya se sabía que de aquella reunión se definiría la continuidad del trabajo de todos los demás.
6
La puerta emitió un sonido sordo al abrirse y del interior escapó un bramido de histeria. El cuerpo de Ronal salía por los lados del escritorio, estaba gordo, muy gordo. Se tomaba el pelo con las manos en un gesto nervioso, mientras miraba la superficie del escritorio repleta de papeles. Pero, al oír, o bien percibir, la presencia levantó la cabeza con una mirada fulminante que de inmediato suavizó con una sonrisa.
Se paró con dificultad y arrastró los papeles al interior de un cajón abierto, lo cerró machacando con esto el contenido. Bajó también la tapa de la notebook y, mientras hacía todo esto, reía y negaba con la cabeza.
—David, David —saludó—. Ecce hommo—“he aquí al hombre”.
Recordó David, una frase que Ronal usó por primera vez cuando ganaron el primer Martín Fierro como “mejor ficción”.
«¿Cuánto hacía de eso? ¿Tres o cuatro años atrás?», se preguntó.
—¿Qué tal Ronal? Yo… perdón por interrumpir. Pero vine… ya sabés…
La idea de que estaba lo suficientemente firme como para poder confrontar cualquier revés en la conversación —o al menos iniciarla—, con ese estúpido mantra del «aquí estoy, esto es lo que soy», se tornó una dificultosa travesía de su mente a los labios. Al ver que Ronal estaba nervioso por algo, ni podía negar que por eso mismo estuviera furioso, David comprendió de inmediato que era un mal día para su amigo.
—No es nada. Pasá, pasá —gesticuló con las manos y su obeso rostro se volvió una extraña mueca entre una sonrisa de sorpresa e irritación.
—¿Está todo bien?
Tiene algo que ver con esos tipos que salieron recién.
Murmuró una voz en su cabeza. Pero no supo a qué se refería, a veces solo hablaba.
—Sí, sí —desvió la mirada, concentrado en alguna importante mancha en los vidrios de la oficina o en algo que se sucedía más allá de estos, en el hormiguero. Al ver a David reticente y mirando por encima de su hombro, continuó con vehemencia—. Solo eso, negocios, ya sabés.
David, que hasta el momento estaba parado detrás de la puerta, que acaba de cerrarla, se sintió más seguro, recordando que la verdadera naturaleza de Ronal eran los negocios. Ponía a todo lo demás (y a los demás) por debajo de estos. Incluso su propia salud. Le era imposible no hacerse mala sangre por cosas con las que no podía lidiar.
—Es temprano para enfurecerse, ¿no decís eso con frecuencia Ronnie?
Echó un vistazo a los curiosos que miraban con gesto estúpido, sorprendido o curioso —algunos incluso con una combinación de los tres— en el rostro. Las imágenes se opacaron, pero igual era como estar en un acuario, o en un submarino, observando el comportamiento de especímenes extraños del lecho marino.
Se encontraron en un abrazo acentuando sus diferencias, al alto y delgado cuerpo de David, ahora era un escuálido esqueleto, su rostro blanco, era una imagen de cera; en contraste con “los kilitos de más” de Ronal Jarczak, que ahora parecía obesidad mórbida. Su tez bronceada a crema y cama solar era rojiza y los colgajos de piel sobre los ojos, mejillas y cuello lo envejecían ciertamente unos cuantos años más de los que realmente tenía.
«La principal diferencia entre ambos era como estaban vestidos», se dijo David. Algunas cosas no iban a cambiar nunca. Mientras que Ronal vestía un traje y zapatos pagados en euros y un reloj pagado en dólares, David usaba un pantalón de desgastado de jean azul oscuro, zapatillas y una campera deportiva ligera, llevaba el cabello suelto y despeinado, aunque no estaba del todo graso porque se había dado preparado para aquella reunión.
David tomó asiento, quitándose el bolso del cuello, pero manteniéndolo a un lado. Y Ronal hizo lo propio, la silla crujió bajo su peso, pareció desinflarse, pero en realidad desbordaba.
—Estaba a punto de llamarte —comenzó Ronal masticando una lapicera—, pensé que no ibas a venir.
La evasiva de Ronal, el hecho de que no hiciera ningún chiste acerca de su atuendo o algún comentario banal, lo puso a David en situación de peligro. Procuraría ser más precavido. Y algo le dijo que, después de todo, acabaría haciendo caso a las voces. O a la única voz.
—Te ahorré una llamada entonces. Después no digas que no contribuyó a la economía de la empresa.
Ronal rio y David sintió una punzada de culpa, por la falsedad con la que estaba iniciando aquel encuentro casi casual ¿Riendo, bromeando? ¿Quién lo hubiera dicho? ¿Qué habría de esperar?
—¿Qué te trajo hasta acá? —Prosiguió con voz chillona su amigo, mientras consultaba su reloj—. Y, ya que estás, podrías ir adelantándome algo del nuevo proyecto…
—Hasta acá me trajo el auto, en primer lugar —bromeó—. Y, en realidad, pasé a saludar.
Listo, ya está, no me animé —dijo David para sí. Se estaba estrujando las manos que sudaban como en una maratón en pleno enero.
—¿Ah sí? Eso está bien. Podrías darte una vuelta por el estudio… ¡O decime que ya estuviste ahí y me caigo de culo!
—No, no pasé, pero pensaba hacerlo —y seguía mintiendo, eso estaba bien, iba recuperando el hábito—. Vamos, Ronal, somos grandes y estamos algo viejo para estos juegos. A ninguno de los dos le queda bien el papel de payaso.
Cagón.
Dijo la voz en su mente.
—Por supuesto. Bueno, querías hablar, acá me tenés. Soy todo oídos.
—¿Cómo van las cosas en la productora?
—No van mal, no del todo. Me enteré de que en otros canales están preparando proyectos que van a pisar fuerte la próxima temporada, y claro, los carroñeros de mierda esperan a que el animal herido se eche para caerle encima. ¡Hijos de puta!
Claro, el animal herido se refería a la serie —su serie— que, después de cinco años de éxitos, vislumbraba los primeros números bajos. Eso hasta David lo sabía.
—Los números estuvieron algo mal la temporada —prosiguió Ronal—. Habrás visto a los dos tipos con cara de culo que deben haber tomado el mismo ascensor en el que subiste.
David negó la cabeza, se le daba bien mentir. Lo hacía demasiado a menudo últimamente. Sin embargo, la voz en su mente le murmuró:
Te lo dije.
—Como sea —continuó monocorde—, eran abogados de una de las firmas con las que tenemos contrato… y que bueno… vienen a romper las pelotas con el tema del rating, ya sabés cómo son para esas cosas. La guita mueve al mundo —hizo círculos en el aire con uno de sus rollizos dedos.
—Me imagino —alcanzó a asentir David.
—Pero no hablemos de negocios. Contame, ¿qué tal esas horas de creación?
David sintió un estallido en el pecho que se anudó en la garganta. Miró a Ronal detenidamente un momento, volviendo a repasar las palabras. Masticando la frase «horas de creación», algo que Andrea solía decir cuando Ronal lo llamaba y él se encontraba escribiendo. ¿Qué iba a decirle? Que ahora esas horas las usaba para dormir, mirar televisión, o jugar al póker en la computadora. David, antes de contestar, sacó un paquete de cigarrillosdel bolsillo.
Ronal empujó un cenicero de vidrio de forma triangular con las puntas redondeadas, y una caja enchapada en oro donde guardaba cigarrillos importados. Encima de esta un encendedor con detalles lujosos incrustados. David usó el encendedor rechazando la cajita y se acercó un poco más el cenicero.
Soltó el humo con placer al sentir que el nudo en su garganta se deshacía, y que la explosión en su pecho era apenas algo perceptible.
Empezó a hablar con cierta reticencia:
—Bastante mal de hecho, gracias por preguntar —sonrió, aunque esforzando la falsa mueca—. Supongo que ya sabés que mi trabajo es escribir, y lo que escribo es tu negocio —subrayó—. Así que, si me presionás, suele salir esa mierda que después pasás por televisión.
Ronal soltó otra de sus chillonas carcajadas.
—Tenés razón, flaco —siempre lo llamaba así, aunque David sospechaba cierto tono despectivo en la palabra—, tenés razón.
Soltó una risa que acentuó el gesto despectivo, lo hacía adrede, estaba furioso por algo, al menos eso podía aventurar David por el lenguaje corporal de su amigo.
Ambos se miraron brevemente en silencio, mientras una voluta de humo del cigarrillo de David, apoyado en el cenicero, danzaba hacia el techo, a la boca del aire acondicionado.
—Cuando no se ajustaa lo que la audiencia pide, la modificamos un poco —prosiguió Ronal—, ¿de qué querías hablar?
Esta vez le tocó a David reír. ¿Cuándo no se ajusta a la audiencia a o su propio criterio?
—Porque imagino que viniste acá con un motivo ¿O preferís que empiece a preguntar?
—¡No, gracias! Igual, a todo eso sería: “todo sigue igual”.
—Veo… no vas más a terapia —fue una afirmación, más que una pregunta.
—Todo sigue igual.
—¿Y seguís con eso de las pesadillas?
—Todo sigue igual —respondió monocorde—. Mirá, prefiero no hablar de eso, preferiría no hablar de nada. Pero, qué se yo… —ya estoy jugado, pensó—. Las cosas son como son —soltó al fin.
Aunque no era esa la frase.
«Esto es lo que soy», murmuró su mente.
Ronal lo miró extrañado.
—¿De verdad está todo bien? —Interrogó.
Si Ronal hubiera estado conectado a uno de esos monitores cardiacos, la aguja hubiera saltado de noventa a ciento veinte de un tranco.
—Sí, o no —suspiró— lo estuve pensando bien, y creo que sería conveniente que… —pensó en la palabra exacta. En condiciones normales, su mente de escritor le habría dictado una frase convincente, después de todo, mentir era algo normal para él… o lo había sido hace tiempo. Ahora mentía por otras razones, ahora mentía porque no podía decir la verdad.
—David, como ya te dije, los socios en cuanto a la serie creen conveniente una temporada más. Y claro, aún está en discusión el tema de la película. Imagino que se trata de esto. No es por presionarte, pero tenemos un plazo que cumplir.
Decile.
David dudó un instante más, antes de proseguir casi sin respirar. Como la última vuelta de una venda pegada en una quemadura.
—Tomé una decisión Ronal —lo interrumpió. El rollizo sujeto se revolvió en su asiento nerviosamente—. Ya no quiero seguir adelante con el proyecto. Así que sí, tiene que ver y no tiene que ver con mi vida personal, el trabajo, los negocios, tus negocios, la empresa, la serie y los sponsors que se fueron hace un rato por el ascensor. Tiene que ver con mi depresión, con el pasado, el presente y el futuro.
Respiró agitado, pero se sintió más liviano casi de inmediato.
—No fue tan grave —se dijo a sí mismo, a su voz interna.
Pero ahora viene la sangre, ahora viene la explosión.
Ronal, pasmado, abrió la boca. La cerró. Sonrió con un temblor y la volvió a abrir.
—Pero, David —dijo, y a David le sorprendieron la calidez de la voz y la tranquilidad con la que hablaba—. Te digo que los números funcionan, bajamos un poco, pero nuestra mejor marca fue el cierre de la temporada anterior. El estudio de mercado indica que…
—Es una decisión tomada —lo cortó, corriendo la silla giratoria nerviosamente— y quiero que lleguemos a un acuerdo.
—Me estás jodiendo, ¿no? Decime que es eso…
A David le sorprendió la tranquilidad con la que hablaba. La magia de la negación —se dijo. Mientras Ronal encendía uno de sus propios cigarrillos importados, y el ambiente se llenaba de un exótico aroma que parecía menta y canela, nauseabundo y familiar.
—Una decisión tomada —repitió con calma.
—Ronal, sé que somos un equipo, lo fuimos por al menos una década, pero creo que ya llegó mi retiro, al menos de esto. No sé lo que indica tu… ¿cómo lo llamaste?, ¿estudio de mercado? No creo que la serie soporte otra de mis…
De vuelta la mente en blanco. No importaba si era de noche y estaba solo o de día y estaba discutiendo de negocios, lo acechaban los recuerdos. David apagó el cigarrillo con una mano temblorosa y se puso de pie. Caminó a un lado y al otro, como un león enjaulado, observando como al otro lado los empleados trabajaban a contrarreloj, sin dejar de lanzar fulminantes miradas de curiosidad al interior de la pecera.
—¿De tus…? —animó Ronal con un ademán de la mano.
—¿Sobrecargas emocionales…? —sonó a pregunta. Y lo era—. Están preparando todo para los últimos cuatro capítulos, Ronal —prosiguió, ya con más calma al ver que su amigo no reaccionaba del todo mal. O al menos no había explotado—. Ya todo cierra. El ciclo quiero decir. Y no creo estar capacitado para afrontar un año más de la vorágine televisiva.
—En efecto —apuntó Ronal y se puso de pie, las rodillas le crujieron—, y supongo que tendrías una buena razón para decidir esto. Quiero decir, yo sé que te fui con la propuesta a último momento, pero eso no significa que debas tomarlo tan a la ligera. Un receso y…
Ronal acercó y lo volteó para que David lo mirara de frente. Éste dio un paso hacia atrás. Su instinto de preservación le decía que se mantuviera alejado de su amigo, pero no tenía fundamentos eso. Miró a Ronal a los ojos. No había rastros del repentino ataque de violencia que vio al ingresar. Aunque las venas le palpitaban sobre la cabeza completamente calva, esto se debía, probablemente, al shock de la noticia.
Cuando volvió a hablar lo hizo como el Productor Ejecutivo de la serie.
—Tenemos un contrato y ya estamos bastante retrasados. Cumpliremos con lo estipulado. Pero me tenés que prometer que lo vas a pensar.
—Ronal…
—Que lo vas a pensar bien —sentenció—. Te tomás el tiempo que sea necesario. Pero quiero otra respuesta cuando vuelva a preguntarte por los proyectos por venir.
David sonrió, irónico.
—Esto no se trata de una relación de pareja en la que uno dice: “nos tomamos un tiempo y después vemos”. ¿Entendés? Además, eso raramente funciona. Yo no sé nada de negocios, pero presumo que acá menos.
—En realidad no, no te entiendo. ¡Por el amor de Dios, David! No me podés venir con un planteo así si tu respuesta a cada vez que preguntó si está todo bien, es “sí, todo en orden”. ¡Claramente no estás en orden un carajo!
David reconoció algo más que enfado en el rostro de Ronal, y era algo nuevo, que no llegaba a entender, no todavía.
—Es la depresión la que habla, no mi amigo —dijo Ronal, apoyando afectuosamente las manos sobre los hombros de David— es una manera cordial de decirme que te cansaste de la fama, de la guita, ¿se supone que debo felicitarte? No estás pensando con claridad. Obviamente no estás pensando —enfatizó con un ligero apretón.
—Ronal, escucháme —se zafó de las presas.
Intentó decir algo rudo, algo sacado del infierno que era su mente en esos momentos, algo que viniera del dolor que sentía en el alma.
—Estás dramatizando.
—No Ronnie, no estoy dramatizando —levantó un poco el tono de voz—. No te atrevas a minimizar mis problemas, realmente cada vez que me siento frente a la computadora las cosas empeoran. No quiero volver a pasar por otra situación similar.
—¡Ah, vamos! Esto es una histeria del momento, vas a querer volver —gritó sin temor de ser oído por los de fuera—. ¿Cuántas veces tuviste que lidiar con las páginas en blanco? ¡Madurá de una vez!
David lo miró con furia contenida. Ronal tenía un buen punto. Bajó la mirada.
—¿Querés que siga siendo condescendiente? Lo hago por tu bien, si no te abocás a tu trabajo, ¿qué vas a hacer? —Ronal soltó un suspiro, estaba agitado y sonreía, pero con cinismo—. Vamos a calmarnos, ¿sí?
David asintió, también estaba agitado. El corazón latía rápido y la cabeza le daba vueltas a decenas de cosas a la vez. En lanzarle el bolso a los pies, en despedirse de una vez por todas, en marcharse como vino sin decir una palabra más, en culparlo por la presión que sentía a tomar una decisión que no podía procesar del todo.
Si le entregaba el manuscrito acabaría aquella inquisición, el sujeto que estaba frente a él le era desconocido, pero a un tiempo reaccionaba tal cual se esperaba de un hombre de negocios. Lo consideraba su amigo, un hermano, el único que había quedado después de que aquello ocurriera. También se sentía culpable. Y, obviamente, estaba aterrado por lo que haría después de dejar lo único que parecía pertenecer a una vida real. Una vida como cualquier otra en el tercer planeta del sistema solar.
El primero en romper el silencio fue Ronal.
