Antes del principio - Ariel Pytrell - E-Book

Antes del principio E-Book

Ariel Pytrell

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Beschreibung

Conocer, explorar y comprender los mitos griegos es una tarea apasionante si los podemos hacer cobrar vida, remontándonos con la imaginación y abriéndonos a un mundo maravilloso donde montañas y mares (los mismos que existen hoy en día) fueron el cotidiano paisaje para seres de carne y hueso —seres con piel tibia, ilusiones, necesidades y miedos, en fin, seres bien vivos— que concibieron estas narraciones y que atravesaron los siglos con su egado cargado de símbolos, de magia y de profundas enseñanzas. Pero, ¿cómo acercar estos mitos, cómo hacerlos comprensibles, entretenidos para los seres bien vivos de hoy en día? Nuestra mejor opción: el humor, un lenguaje accesible a todos, pero ¡con todo el respeto que se merecen! ¡Que los disfruten!

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Veröffentlichungsjahr: 2012

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Ariel Pytrell: Antes del principio : mitos y leyendas que contaron los griegos . - 1a ed. - Buenos Aires : Pluma y Papel, 2012. E-Book.

ISBN 978-987-648-082-6

1. Mitologia Griega.

CDD 292.13

© 2012 de esta edición eBook Argentino

Alberdi 872, C1424BYV,, C.A.B.A., Argentina

[email protected]

www.ebookargentino.com

Director Editorial: José Marcelo Caballero

Coordinadora de edición: Marcela Serrano

Ilustraciónes de cubierta: HM

ISBN: 978-987-1021-85-7 (edicióm impresa)

Primera edición eBook:Marzo 2012

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

Any unauthorized transfer of license, use, sharing, reproduction or distribution of these materials by any means, electronic, mechanical, or otherwise is prohibited. No portion of these materials may be reproduced in any manner whatsoever, without the express written consent of the publishers.

Published under the Copyright Laws 11.723 Of The Republica Argentina.

Hecho en Argentina – Made in Argentina

Índice
Prólogo
Y antes del principio fue el mythos
Arde el Olimpo
Y Eros nació de un huevo
Urano, un dios castrado
La espuma de Afrodita
Cronos come piedra
Zeus llega como un rayo
Guerra de titanes
El Olimpo de Zeus
Guerra de gigantes
Desayuno con la prima Metis
Y Temis, con toda justicia
Hera, la esposa de Zeus
Zeus ama a Leto
Maya ama a Zeus
Zeus y Deméter, ¡al cesto!
Zeus olvida que Mnemosine es su tía
Las Cárites, tres de una vez
La hora de los hombres
La arcilla de Prometeo
La esperanza de Pandora
El arca de Deucalión
Helén y Orséis
Los hijos de Juto
Les presento a Ío, mi novia la vaca
Llueve oro del cielo
La gloria de Hera
La colina de Ate
Pélope pone el hombro
¡Qué linda familia, eh!
El baño de Aquiles
Arden los dioses
Atenea, la lechuza de claras pupilas
Apolo se coloca el laurel
Los enredos de Afrodita
Perséfone pasa una temporada en el infierno
La tentación de Orfeo
¡Ah, Europa!
Sémele se derrite por Zeus
Ganímedes, el copero de los dioses
El camino de los héroes y heroínas
Perseo se lleva bien con Medusa
Los trabajos de Heracles
La túnica de Heracles
Jasón, jefe de los argonautas
Medea, más allá del borde de un ataque de nervios
Minos, el rey de un laberinto
Manjares para Minotauro
Fedra e Hipólito
El muy complejo destino de Edipo
Antígona no tiene quien la calle
Una yunta de aqueos
(o de cómo se fue
a la guerra por una mujer)
La manzana de la discordia
Helena se peina sola
(mientras Paris le sostiene el espejo)
Camino de Troya
Dulce Ifigenia
Vacaciones en Troya
El sitio de Troya
La ira de Aquiles
Un atardecer de sombras rojas
Aqueos y troyanos
La pequeña flecha
Odiseo, el de muchas vueltas y Áyax, el de pocas pulgas
(y una herida que, por fin, cierra)
La caída de Troya
Una verdadera odisea
Algunas historias de regresos
La isla de los que olvidan
Nadie cegó a Polifemo
Llevado por todos los vientos
Noches mágicas con Circe
¡Al Hades, con Odiseo!
Odisea sobre odisea
Y Odiseo se la pasó en la isla con Calipso
Jugando a la pelota con Nausicaa
Penélope
o de cómo se teje un suéter durante veinte años
Epílogo
Y después del mythos…
Metálogo

Prólogo

Y antes del principio fue el mythos

Cuando me convocaron para escribir un libro sobre los griegos, di un respingo de felicidad. Aun más, cuando me sugirieron que los relatos tuvieran un toque de humor, me dije: ¡qué buena forma de rendir homenaje al espíritu de aquel pueblo!

¿Por qué digo esto? Porque la cultura griega me ha cautivado desde muy temprana edad y, en especial, sus mitos, que funcionan como una plataforma de acercamiento a aquella antigua civilización. Conocer, explorar, comprender los mitos griegos es una actividad apasionante que nada tiene que ver con un cúmulo de datos muertos, como podrían ser las estatuas decoloradas por el tiempo, valiosas desde un punto de vista material y estético, pero aún más desde un aspecto más sutil, si uno sabe remontarse con la imaginación y devolverles vida: se abre un mundo maravilloso cuando, al contemplar un monumento o leer un texto antiguo, uno recupera la montaña o el mar que fueron paisaje viviente para los autores de ese monumento o aquel texto. Pensemos que hubo alguien —alguien con piel tibia, con ilusiones, con necesidades y miedos, en fin, alguien bien vivo— que ha concebido estas narraciones y que las sensaciones y enseñanzas se estibaron, unas sobre otras sobre otras sobre otras, en lo más profundo de su alma, ¿no da vértigo considerarlo de este modo?

Hace ya algún tiempo —¡décadas, no centurias!—, mis padres me hicieron el mejor regalo que puede recibir quien vive respirando en la imaginación y siente amor por los pueblos del pasado: los cinco tomos deHistoria del mundo, de José Pijoan. No hace falta decir que los devoré con la voracidad del famélico. Creo recordar que hasta me atraganté con alguna lanza o con algún traidor reconocido o con alguna frase tan inextricable como la palabrainextricable. Creo que la lectura de aquellos libros me fortaleció y me sirvió para reconocer que nuestra generación —como toda generación— es parte en este devenir de pueblos y lanzas y frases inextricables.

Pero mi alma quedó “clavada” en la lectura de uno de esos tomos: ¡ah, los griegos! Allí aprendí que aquellas magníficas estatuas, tan blancas las vemos como hoy, en realidad, habían tenido muchos colores, pues aquellos artistas representaban el tono de la piel, de los ojos, del cabello, de la ropa; y que todas esas obras de arte formaban parte del paisaje cotidiano de hombres, mujeres, niños… y perros, pajaritos, dioses, monstruos de mil caras, ninfas delicadas y cielos turquesas. ¡Ah, los griegos!

Es decir que, en su tiempo, las estatuas, como la misma cultura que las había creado, expresaron lo más vivo, lo más cargado de alma. Y esto constituyó un hallazgo, pues ya nunca más pude ver a los griegos como un mero pueblo del pasado, “en blanco y negro”: repintaba con mi imaginación, aquellos hombres y mujeres y ciudades que ya no estaban sobre la tierra y, de esta forma, revivía la tersura de las pieles, imaginaba los modelos que habían sido hombres vivos, que habían tenido calor, sentimientos, ideales. Aquel mundo del pasado se movía, estaba aún vivo: los griegos me hablaban, las diosas me miraban, ¡y esto me llenó de felicidad!

Cierto día recordé que, en el colegio, había tenido un compañero griego, a quien la maestra que nos enseñaba geometría le pedía que escribiera letras griegas en el pizarrón: alfa, beta, gamma, delta… y sentía que se escribían sobre mi corazón. Tiempo más tarde, cuando me escuché a mí mismo pronunciar mi primera palabra en griego en el aula fría de una facultad, aquella misma sensación que me habían producido las primeras letras me asaltó. Comprendí entonces cuán importante es el idioma de un pueblo pues, además del universo sonoro que nos trae el eco de sus voces, nos muestra una especie de radiografía de su alma: la estructura de sus oraciones, la manera de narrar, los matices de significados en una misma palabra, todo esto —y más, también— nos muestra el modo de concebir un mundo y de relacionarse con él. Por eso, luego de los tomos de historia de Pijoan, siguieron otras lecturas: la de los mitos, los cuentos de dioses, de ninfas, de héroes; lecturas deIlíaday deOdisea, losHimnos homéricos, la fascinación por lo órfico; y también siguieron los trágicos y los líricos, y la lengua griega clásica, y los filósofos y las comedias… ¡Ay, ay, los griegos!

En el caso específico de los mitos griegos, ha corrido mucha agua bajo el puente. Pero, ¿qué es un mito? En principio, si se pudiera explicar racionalmente el contenido de un mito original, dejaría de ser mito y pasaría a ser otra cosa: psicoanálisis, filosofía, mitología, crítica literaria, antropología. Hay algo en el mito que participa del misterio, de lo inefable, es decir, aquello que no se puede pronunciar, porque las palabras humanas no alcanzarían a mostrar la verdad que se esconde en su interior.

Digamos, entonces, que podemos ver al mito desde el aspecto formal —es decir, literario— y desde el aspecto de contenido —es decir, qué nos quiere decir—. En el primer caso, la mayoría de los investigadores está de acuerdo: un mito es un relato, un cuento, una narración. En este sentido, no tiene la forma de un texto explicativo, lógico, sino que sigue las leyes propias del cuento. Pero, ¿cuento de qué tipo? Aquí es donde hay discrepancias, las cuales, aunque menores, plantean diferencias visibles.

Los mitos “puros” nos refieren a un orden anterior al actual: las luchas de los dioses formadores del cielo, de la tierra, del universo. Éste es un enfoque cosmogónico, útil para referir el origen o para responder la pregunta “¿cómo llegamos aquí?”. De aquí se desprende que, también, el mito tiene, en lo profundo, un sesgo patente de enfoque metafísico y místico, es decir, religioso.

Algunos aseguran que otra de las funciones del mito es armonizar al individuo con el orden establecido: orden divino, social, individual. Desde este punto de vista, no todos los relatos en los que participan dioses y seres sobrenaturales dan cuenta de un orden anterior al establecido, pues muchas son narraciones que tienen personajes definidos que luchan por superar una dificultad y cargan sobre sus hombros el peso de una historia ejemplar para los que lo veneran. Esos personajes son loshéroesy este tipo de relato es laleyenda, cuya característica más evidente es que se las toma como reales o como si hubieran vivido en el pasado. Tal vez, Heracles —Hércules, para los romanos— es el héroe que más representa el ciclo de leyendas.

Como sea —y para salir de esta disquisición intelectual—, los mitos son cuentos antiguos, en cuyo centro hay un contenido en clave para el alma. No, no dije la mente racional a ultranza, dijeel alma. No importa cuán “ilógicos” puedan ser desde la forma, no importa cuánta carga de fantasía vaya en el contenido, los mitos reflejan una realidad que sólo puede percibir la razón cuando se reconoce herramienta del espíritu y no, un fin. Algo de esto hay en la bella leyenda tardía de Psique y Eros. Veamos:

Un rey tenía tres hijas hermosas en edad de casamiento. Psique era la más bella de las tres, cuya hermosura extrahumana atemorizaba a los pretendientes y, por eso, ella fue la única de sus hermanas que no pudo casarse. El rey desesperaba porque le quedó de solterona no, la más fea, sino la más bella.

Entonces consultó al oráculo, el cual, con la ambigüedad habitual, sentenció algo así:Rey, viste a la joven de novia y llévala a la roca de un camino; un monstruo la convertirá en esposa.El rey debió resignarse pues, como no había un candidato mejor, decidió dársela en matrimonio al monstruo.

Cuando Psique, vestida de novia, estaba sobre la roca, llegó Céfiro, el viento suave del oeste, y la alzó por los aires. El viento dejó a Psique en un palacio más o menos oscuro. Psique comenzó a caminar por galerías y pasajes, sólo conducida por voces —vocesagudas, graves— que le indicaban el camino:ahora ven para aquí, ahora ve para allí.

De este modo, llegó a su habitación. Y allí, sobre el camastro, vio tendido un cuerpo sobre el que la escasa luz arrojaba sombras danzantes.Acuéstate, querida,le dijo ese cuerpo que, por la voz, no parecía la de un monstruo, pues era dulce y amoroso. No redundaré en detalle, pero el lector sólo debería saber que Psique y el presunto monstruo yacieron aquella noche. Y no sólo aquella noche, sino todas las siguientes. Psique estaba encantada, sólo que debía esperar al atardecer para estar con su varón desconocido, pues alguna voz le había ordenado que nunca preguntara qué hacía su compañero durante el día ni debía averiguar la identidad, si no quería perderlo para siempre. La muchacha aceptó esta condición.

Un día, le pidió a su amante que le permitiera volver a ver a la familia. Céfiro la depositó en el mismo camino en el que la había encontrado la primera vez y Psique regresó a ver a su padre y sus hermanas. Éstas, que creían estar felices, sintieron envidia y le recomendaron a Psique que averiguara quién era el amante tan misterioso. Psique regresó a su palacio justo a tiempo para recibir en el lecho a su visitante nocturno. Un poco más tarde, recordó las palabras de sus hermanas y le entró la comezón de la duda. Entonces acercó su lámpara para ver el rostro de quien la hacía tan feliz, y observó con sorpresa que a su lado dormía un hermoso hombre con aspecto adolescente: ni más ni menos que Eros, el dios del amor. La curiosidad pudo más que la sorpresa, entonces Psique quiso acercarse más para admirar a aquel hermoso dios desnudo y, sin querer, una gota de cebo hirviente saltó de la lámpara hasta el brazo del querido. Eros despertó sobresaltado y al ver enfrente los ojos de Psique que lo miraban con amor pero, también, con horror, el dios se fuevolando y no lo vio más.

El relato continúa, por supuesto; se complica la trama, leemos el dolor de Psique porque ya no está al lado del Amor; Afrodita, diosa de la belleza y de la voluptuosidad, la hace su esclava, la martiriza, la hermosa doncella sufre. Psique desciende a los infiernos y recibe de Perséfone, la reina del Hades, el Agua de Juvencia; y, una vez más, la curiosidad vence a la joven, quien cae dormida en un profundo sueño en el momento en que abrió el frasco que le había dado la reina de los muertos. Eros no se queda atrás con el dolor, porque siente que su vida ya no puede ser la misma después de conocer a Psique. Entonces el dios la despertó de un flechazo y le pidió a Zeus, el padre de los dioses, que lo autorizara a casarse con Psique, una mortal. Por eso, Psique, elalma, y Eros, elamor, están unidos desde entonces. Y todos felices.

El relato de Psique y Eros, en realidad, no pertenece a la tradición griega, pues es la creación de Apuleyo, un autor romano del siglo II d.C. Pero lo traje a este prólogo porque sirve muy bien de ilustración de por qué, muchas veces, con el afán de “explicarlo” todo, perdemos el lazo con la sabiduría ancestral —y, por lo tanto, corremos el riesgo de quedarnos con una estatua descolorida y vetusta, la ruina de una obra viviente—, si no regresamos al círculo vital con lo aprendido en el proceso. La razón es una parte de ese proceso, una parte bastante elevada, por cierto, y absolutamente necesaria, pero no, final.

Digamos que, para disfrutar de estos relatos, es menester asociarse con un aspecto de la razón: la inteligencia. Y aquí es donde juega el humor, del que ya habíamos hablado antes. Por supuesto, no el humor de la burla. Puede haber humor obsceno, incluso chabacano pero, cuando hablamos de mitos, el destino de ese humor es de otra especie. El humor, en los relatos míticos que el lector tiene en sus manos, tiene la función de ser la llave que abre la puerta de la imaginación para vivenciar aquel pasado mítico. Es decir que, de alguna manera, lo hace presente, sirve para repintar las estatuas blancas para que los hombres de esta generación “leamos” lo sagrado y vivo de estas imágenes.

Los griegos sabían mucho de humor, por eso se prestan a ello y, desde la misma antigüedad, los griegos desarrollaron una visión sagrada y elevada a partir del humor. Si la mirada trágica —que también es griega— hunde al hombre en las profundidades del misterio de la vida, la mirada del humor, la cómica, eleva a ese hombre desde esas profundidades y lo lleva al cielo. Es sólo una imagen poética, pero válida. Hay muchos testimonios de esto: las comedias y los dramas satíricos, que tenían como epicentro a dioses y héroes, pero para arrancar risas a los espectadores y mostrarles de otro modo los misterios con los que convivían. Las aventuras amorosas de Zeus, por ejemplo, o los celos de su esposa Hera, vistos con la mirada aguda del humor, pueden ser un vehículo para arribar a realidades espirituales de extremada altura —ya se decía en la Edad Media:ridendo dicere verum(¿hace falta traducir esta sentencia latina?)—.

Para finalizar, sólo diré que, si este prólogo —que, como tal, tiene ribetes discursivos más o menos racionales—, quiere acercar este texto al lector y explicar los fundamentos de su redacción y del mito, entonces elmetálogo, al final del libro (al que, tal vez, podríamos haber llamadoantílogo), por sus características expresivas, ¿será vivencia de otra cosa? Lo invito a este viaje por los mundos antiguos y por el reino de la verdad “musitada al oído”.

Que los dioses lo acompañen, lector.

A. P

.

o, en lengua vernácula, algo así como:

Vamos, Musa, dale Voz a este hombre, pues

conviene cantar los misterios con una sonrisa en los labios…

Arde el Olimpo

Y Eros nació de un huevo

Todas las cosas han de empezar alguna vez.

En el principio de todas las cosas, no había nada o, mejor, todo estaba concentrado en un vacío, todo estaba por suceder. Ni dioses había, ni siquiera ese vacío del que hablamos, ni planetas, ni mares, ni montañas, y aún faltaba mucho para que el primer griego pronunciara su primer discurso (¡Ay!…), pues el espacio estaba por crearse.

Pero aún la oscuridad no se llamaba “noche” ni el movimiento evidenciaba alguna inquietud. Todo era quieto e inerte, como si esperara que alguien lo despertara. Entonces, un primer temblor, un primer atisbo de que la cosa —algo— comenzaba a desperezarse. Y “eso” que comenzaba el movimiento fue un descomunal desperezo…¡hmmm… jaosss!… Era el Caos, ese Vacío Primordial que despertaba, la confusión de lo que todavía no ha sido engendrado, aquel gran bostezo original que estaba por despertar en los seres el ansia de la existencia.

Y en este estado de cosas, ocurrió el primer acontecimiento extraordinario, la primera prueba de que todo comenzaría su largo viaje hacia la forma. Una diosa. Sí, una diosa surgió de ese Caos original y latente. Podemos decir, entonces, que al principio fue una diosa hecha y derecha: Eurínome, la Diosa de Todas las Cosas, pues a partir de ella comenzó a aparecer todo lo demás.

No había testigos en aquel momento, claro, pero se dice que la diosa emergió desnuda del Caos y quiso apoyarse sobre algo desde donde poder decirHola, aquí estoy, soy Eurínomepero, como ya habíamos dicho, todavía no se había creado lo sólido. Eurínome comenzó a pensar qué hacer. No pensó mucho, pues era una diosa, y los dioses —aunque aún no habían surgido todos— tienen la particularidad de que no piensan tanto (sólo uno pensó una vez y ¡bonito dolor de cabeza le dio!, ya lo leeremos algo más adelante, recuérdenlo).

Entonces, el primer acto de creación de Eurínome surgió por necesidad: hizo una primera línea y separó dos realidades: el cielo y el mar. Así, apoyó sus pies sobre las aguas de ese mar y se tentó con realizar la segunda acción: danzar. Diosa, al fin de cuentas, al principio se movió pesadamente, como si danzara un tema lento, mientras trataba de darse cuenta qué estaba haciendo; pero luego se entusiasmó y sus movimientos comenzaron a ser más ágiles y espontáneos. Eurínome comenzó a girar en sí misma, como un trompo multicolor, y entonces verificó que las aguas se agitaban allí abajo y formaban graciosas olas.

Consideró que, si podía moverse dando círculos con ella misma como eje, también era capaz de trasladarse. Eurínome comenzó a desplazarse hacia el sur (dirección que acababa de crear). Estaba como loca de contenta, un regocijo profundo la movía desde su misma profundidad. En su viaje, sintió que algo la seguía. Se detuvo y dio vuelta el rostro para ver quién o qué caminaba detrás de ella. Nada, pues ¿quién podría seguirla, si estaba sola? Continuó girando hacia el sur y, otra vez, la sensación de que alguien le pisaba los talones. Se detuvo, volvió a girar el rostro y ¡nada! Retomó su danza circular hacia el sur, y ¡otra vez la misma sensación! Pero, esta vez, decidió no detenerse, sino girar el rostro sin dejar de desplazarse. Y entonces, lo vio.

Al principio, no podía distinguirlo muy bien, pero allí estaba, transparente y, sin embargo, concreto e inquieto. Eurínome se dio cuenta de que sus movimientos habían creado el viento, el Viento del Norte, que ella llamóBóreas. Comenzó a danzar con ese viento que la perseguía, hasta que en un momento se detuvo, lo tomó entre sus manos y comenzó a amasarlo con los dedos y le salió una figura larga, larga como una serpiente. Precisamente, creó una serpiente, creó a Ofión que, en realidad, no era “la” sino “el”, pues había creado una serpiente macho. Qué se le va a hacer.

Eurínome retomó su danza, Ofión la miraba. Giraba y giraba la diosa, mientras Ofión la miraba y la miraba. Y el ofidio no pensó nada, pues las serpientes no pueden pensar, sólo le brillaron los ojos y sintió un incontenible impulso. Ofión comenzó a enroscarse alrededor de ese trompo girante que era Eurínome, al tiempo que, de a ratos, se distinguía un brillo colorado en sus ojos, cada vez con más intensidad.

—¿Qué haces, Ofión? —preguntó la diosa, sin dejar de bailar en círculos.

—Realmente, no sssé… —respondió la serpiente, que seguía enroscándose en Eurínome—. La verdad esss que me sssiento muy entusiasmado, con una ssssensación asssí… digamos que… asssí…

Cuando la danza de Eurínome y Ofión terminó, aquella se dio cuenta de que estaba embarazada. Y como en aquellos momentos de creación caben los acontecimientos maravillosos, la diosa se transformó en una paloma clueca posada sobre las olas, y al poco tiempo puso un huevo enorme, un huevo de plata, el Huevo Universal. Ofión se enroscó con siete vueltas alrededor del huevo y lo empolló. Y poco tiempo más tarde, el huevo se partió y comenzaron a salir todas las cosas del mundo: los dioses, los titanes, los planetas, las estrellas, la noche… Y también nació un ser muy particular, un niño con alas doradas: Eros, el dios del amor. Y se dice que Eros puso en marcha todo el universo.

Pero también se dice que era un niño terrible y travieso, que no dejaba tranquilos ni a jóvenes ni ancianos, ni ricos, ni pobres, pues a todos perturbaba con sus flechas que herían de amor los corazones; correspondidos, unos; dolorosamente sin correspondencia, otros. Y de tantas travesuras peligrosas era capaz este pequeño dios, que hasta su madre le temía.

No obstante, fue preferible que Eros se fuera a vivir en la oscuridad de una gruta, junto con la diosa Noche. Delante de la gruta hacía guardia Rea, la diosa de la Tierra, que tocaba un tambor para atraer a los hombres a los oráculos. Que ¿qué es un oráculo? Bueno, un oráculo es, en principio, la respuesta —muy ambigua y llena de múltiples significados— que dan los dioses a los hombres que los consultan (ya veremos más adelante que, además, tiene otra significación).

Y ¿qué pasó, mientras tanto, con Eurínome y Ofión? Estos dos se fueron a vivir al Olimpo, un monte que se había creado en aquel huevo original. Pero, ¡ay!, ese matrimonio estaba destinado a no durar mucho tiempo. Eurínome detentaba la exclusividad en el reinado divino y Ofión comenzaba a presumir que él era el verdadero autor del universo mismo. Esta última aseveración irritó de tal modo a la diosa, que no tardaron en desarrollarse terribles peleas domésticas en el Olimpo. En una de esas peleas, Eurínome no se anduvo con chiquitas y, con su talón, golpeó la cabeza de la gran serpiente, luego le arrancó los colmillos y lo lanzó en el aire. Ofión cayó en las cavernas de las profundidades de la tierra, en el Tártaro. Y así terminó este matrimonio tan particular: sin felicidad y sin perdices para la cena, pero ¡su buen baile habían tenido!, y nadie puede reprochárselo.

Urano, un dios castrado

Gea emergió del Caos primordial.

Gea es la diosa Tierra de anchas caderas, que engendró su primer hijo sin necesidad de que interviniera padre alguno. Urano, el dios del Cielo estrellado, nació despacito y en silencio una noche en que su madre dormía plácidamente.

Luego, Urano envolvió con sus brazos a Gea y dejó caer sobre ella una larga e interminable lluvia fecunda. Poco a poco, las grietas ocultas se llenaron de aguas torrentosas y, así, nacieron los ríos y los lagos. Entusiasmado con el jueguito, Urano abrazó otra vez a Gea y volvió a dejar caer sobre ella una lluvia fecunda: de las hendiduras de su Madre Tierra comenzaron a brotar hierbas de las más variadas especies y aromas que llenaron toda la superficie. Y, una vez más, Urano, ya un poco más animado por los resultados, volvió a derramar una lluvia fértil sobre Gea y, de esta forma, se crearon los animales que comenzaron a corretear por praderas y bosques, llanuras y montañas.

Es posible que Gea se despertara en ese momento y se asombrara de la vegetación que la vestía y de la humedad que tan saludablemente le sentaba. Agradeció a su hijo primogénito los servicios fecundantes y pergeñó un plan creador. He aquí que Gea no tenía ningún amante, pues estaba sola; entonces, decidió formar pareja con su hijo Urano (después de todo, ¿quién podría reprochárselo, en medio de ese vacío poderoso?; además, ¿quién podía ser capaz de abrazar a Gea, tan ancha y enorme como es la Tierra, si no el propio Urano, el Cielo?).

De este modo, Gea obligó a Urano a que le hiciera exactamente lo mismo que le había hecho antes, cuando ella dormía: estaba dispuesta a producir lo que se llamó la “segunda generación divina”. Y Urano hizo lo que le pidió Gea: la abrazó y descargó otra lluvia torrentosa de fertilidad. Pero algo ocurrió, pues nació un hijo semihumano, enorme, con cincuenta cabezas y con muchas manos: Briareo, quien fue el primero de los Hecatónquiros, o “Centímanos” o, en criollo, “Los de Cien Manos”.

Confundido y algo decepcionado por esa especie de monstruo, Urano se dejó convencer una vez más por Gea para que la abrazara y derramara sobre ella otra de esas lluviecitas con las que él solía regarla tan generosamente. Y el resultado, esta vez, fue otro de los Hecatónquiros: Giges, tan enorme y macizo como su hermano mayor, y con la misma cantidad de cabezas y de manos. Gea miró con impaciencia a Urano, y lo conminó a que la próxima vez se concentrara más. Urano estaba un poco desconcertado, pero accedió al imperativo de Gea y, como producto de un nuevo abrazo, nació el tercero y último de los Hecatónquiros: Coto.

Un tanto avergonzado, le pidió a Gea que le diera otra oportunidad y, tras la anuencia de ésta, Urano volvió a abrazarla y a humedecerla con su lluvia maravillosa. Tres intentos hizo Urano y, como resultado, nacieron tres seres bastante mejor formados que los Hecatónquiros, aunque le salieron con un solo ojo cada uno, con el que miraban atónitos al mundo que recién comenzaba. Eran los Cíclopes, los hijos de Urano y Gea que tenían un solo ojo en el centro de la frente, cuyos nombres en griego eran Brontes, Estéropes y Arges (o Trueno, Relámpago y Rayo).

Urano, lleno de ira y de vergüenza por los engendros que acababan de nacer, juntó a los seis monstruos y los encadenó en el mismo fondo de la Tierra, en un lugar llamado Tártaro, una región muy profunda, mucho más abajo que el infierno.

Pero Gea quería tener hijos más, ¿cómo decirlo?… digamos, más de acuerdo con lo que toda madre desea: gigantes, poderosos, herederos de las potestades de sus padres, que pudieran contener todo el líquido del mundo en la palma de sus manos o que fueran capaces de formar un planeta o de gobernar los días y las estaciones; en pocas palabras, chicos “normales”. Entonces, le sugirió a Urano repetir las condiciones en que él mismo había nacido o en la que hizo surgir la vegetación y los ríos y los animales, que parecían mejor formados, aunque un poco chiquitos.

Y así lo hicieron. Pactaron que Gea debía estar dormida para que Urano la abrazara. Pero era tal la ansiedad de la Madre Tierra, que ésta no se podía dormir, con lo cual peligraba la fecundación. Urano, entonces, con mucha ternura, hizo que las estrellas comenzaran a titilar con cierto ritmo y tocaran una dulce canción de cuna para que Gea se durmiera plácidamente. Al poco rato, Gea estaba profundamente dormida. Así, Urano pudo abrazarla una vez más y derramar su ubérrima lluvia y, una vez terminada la operación, dedicarse a esperar a ver qué sucedía.

Al día siguiente, Gea dio a luz al primer hijo verdaderamente formado —por fin— y reconocido como verdadero titán: Océano. Como el experimento había dado sus buenos frutos, ambos dioses volvieron a intentarlo y Gea volvió a dar a luz otro hijo. Y, una vez más, Urano abrazó a Gea, y una vez más ésta parió un titán; y luego, otra vez, y otra más, y otra más… Urano no dejaba en paz a Gea, y ésta ya se sentía verdaderamente fastidiada: no podía descansar nunca, pues el Cielo siempre estaba a los abrazos con la Tierra y alguna lluvia fecunda siempre estaba humedeciendo los resecos surcos de sus caderas montañosas, y quedaba encinta de algún hijo.

En total, además de los hecatónquiros y los cíclopes, Gea parió doce hijos, como consecuencia de los abrazos entusiastas y consecutivos de Urano. Pero no eran hijos culaquiera, no, de ninguna manera: eran titánides y titanes, enormes y voluminosos, críos bien hechos, como se dice. Además del ya mencionado Océano, nacieron Ceo, Hiperión, Crío, Jápeto y Cronos; y las chicas: Tetis, Febe, Mnemosine, Tía, Temis y Rea, quienes se casaron con sus respectivos hermanos.

Pero Gea, además de estar cansada de procrear y procrear, se sintió resentida con Urano porque éste había encadenado a los cíclopes en el Tártaro. Entonces, la Madre Tierra instigó a los titanes a que enfrentaran a su padre, aunque ninguno quiso hacerse eco del mandato materno. Bueno, ninguno lo hizo, a excepción de Cronos, el más chico.

Sea por esa debilidad que las madres tienen por los hijos menores, sea por la misma capacidad de mando natural, lo cierto es que Cronos, el titán menor, obtuvo las prerrogativas de su madre y también una hoz como atributo.

—¿Qué se supone que deberé hacer con esto, madre? —interrogó Cronos a Gea, mientras observaba con creciente interés la hoz de pedernal que movía con una de sus manos.

Gea lo miró con acritud, luego suspiró y, al final, repuso:

—Es para cortarle las entrañas al Cielo.

Y, dicho esto, se fue y dejó pensando a su hijo dilecto. Pero Cronos no lo pensó mucho tiempo más y se dirigió a enfrentarse con su padre, para tentar suerte y ver, finalmente, a qué se refería Gea con aquello de las entrañas.

Ya Urano estaba abrazando nuevamente a Gea y apretándola contra sí para descargarle la lluvia providencial, cuando se aproximó Cronos con la hoz.

—¿Qué haces, padre? —preguntó con verdadera sorpresa.

—¡Las entrañas! ¡Las entrañas! —gritaba Gea, sofocada.

—Pero… pero, yo no veo qué cosa sea las entrañas por acá…

—¡Las entrañas! ¡Las entrañas! —insistía Gea, mientras hacía denodados esfuerzos por señalarle a su hijo a qué se refería con “entrañas”.

Por fin, y en el momento preciso, Cronos tomó la determinación de cortar lo único visible que había allí del Cielo, pues ciertamente muy poco podía verse de cielo o de tierra. Tomó con la mano izquierda los genitales de Urano y con la derecha, la que esgrimía la hoz, castró al buen Cielo. De inmediato, los arrojó al aire junto con la hoz, y fueron a parar al mar. ¡Ay, cómo gritó el pobre Urano todo aquel día! ¡Ay, lo que fue ver las estrellas, porque se le cayeron todas juntas en la cabeza!

Se sabe que, de la herida que Cronos había producido en su padre, algunas gotas de sangre cayeron en la tierra y, de ellas, nacieron Alecto, Tisífona y Mégera: las negras Erinias que persiguen a los hijos asesinos de padres y madres. Pero, también, de aquellas gotas nacieron los gigantes de terrible aspecto y las ninfas de los fresnos. De modo que a la enorme Gea le fue muy difícil librarse de la poderosa fertilidad de Urano, incluso cuando éste se convirtió en un dios castrado por la decisión de aquella y por la resolución de su hijo menor, Cronos (ah, de los genitales hundidos de Urano en el mar nacerá una diosa particular, pero hablaremos de ella más adelante).

Gea se retiró a descansar de sus partos y cedió el lugar a su hija Rea, mientras Cronos reemplazó a Urano, quien también pasó a cuarteles de invierno. Así, los titanes liberaron a los cíclopes y hecatónquiros, mientras Cronos y Rea se dispusieron a gobernar a los dioses y, por un tiempo, se dice que todo anduvo en orden.

La espuma de Afrodita

Volaban lentamente por los aires. Volaban y volaban por los aires gracias a la fuerza propulsora de Cronos que los había arrojado después de aquella “operacioncita”. Eran los pesados genitales de Urano, el dios del Cielo, que apenas segundos antes habían sido cercenados por Cronos.

Y volaban, volaban lentamente, hasta que llegaron al punto menos acelerado de su travesía por el aire, y se precipitaron en caída libre. Los genitales aún tibios se hundieron en el mar frío, y ese contacto dejó una especie de aliento seco en su derredor.

Un tiempo.

Otro tiempo…

Otro tiempo más…

Al principio, parecían burbujas que surgieron de súbito sobre la superficie del agua. Luego, aquellas burbujas se transformaron en una extraña forma de ebullición, como si el mar estuviera hirviendo. Un poco después, era evidente que se trataba de espuma, de espuma que no cesaba de generarse y de extenderse por el ancho mar. Espuma, espuma blanca y moviente. Y algo después, todavía, fue más evidente que tampoco era espuma propiamente dicha, sino la esperma de Urano que había ganado efervescencia y se había desarrollado como la levadura que aún no se había creado.