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Durante una gran parte de la historia de la civilización, el ser humano vivió en un paraíso terrenal. Lo teníamos todo: aire limpio, bosques vigorosos, océanos sanos, suelos fértiles y, sobre todo, un clima ideal. En geología esta época es conocida como el Holoceno. Sin embargo, esa época terminó. La Tierra se está transformando aceleradamente por la actividad humana. En los últimos 200 años ensuciamos el aire, contaminamos los océanos, talamos los bosques, desgastamos los suelos y, sobre todo, alteramos el clima. En este corto lapso de la historia del planeta nos desarrollamos como nunca antes, innovamos y mejoramos nuestras condiciones de vida en muchos aspectos, pero al costo de convertirnos en una fuerza geológica tan poderosa como los volcanes o los meteoritos del pasado. De hecho, nuestro impacto en el ambiente es tal que muchos especialistas hablan del Antropoceno o la época de los humanos. Pero no todo está perdido. Si bien es cierto que la ventana de oportunidad para revertir la situación se está cerrando, hay una nueva generación de emprendedores, científicos, artistas, pensadores y creadores de todo tipo alrededor del mundo que están dedicando su talento, conocimiento y dinero a encontrar respuestas para esta crisis tan climática como existencial. Por eso, todos los capítulos de Antropoceno están unidos por la misma lógica: divulgar algunos de los principales problemas ambientales de nuestra era y a su vez dar a conocer las ideas que están surgiendo para solucionarlos. Un libro que ayuda a entender la dimensión y urgencia de la crisis climática y que nos invita a convertirnos en los protagonistas de las soluciones que el planeta necesita.
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Seitenzahl: 150
Veröffentlichungsjahr: 2022
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ANTROPOCENO
Manuel Torino
ANTROPOCENO
IDEAS SUSTENTABLES PARA LA ÉPOCA DE LOS HUMANOS
Torino, Manuel
Antropoceno / Manuel Torino. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Galerna, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-950-556-906-9
1. Biodiversidad. 2. I. Título.
CDD 363.73
© 2022, Manuel Torino
© 2022, RCP S.A.
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto 451
Primera edición en formato digital: septiembre de 2022
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna, ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopias, sin permiso previo del editor y/o autor.
978-950-556-906-9
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
Diseño de tapa e interior: Pablo Alarcón | Cerúleo
Ilustración de tapa: Fede Combi
El futuro no está escrito. JOE STRUMMER
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PRÓLOGO
POR MÁXIMO MAZZOCCO, FUNDADOR Y PRESIDENTE DE ECO HOUSE GLOBAL
¿Qué dirán sobre esta época en el futuro? ¿La juzgarán como egoísta, individualista, antropocentrista e incauta, o será el siglo donde la humanidad recapituló, puso al alma colectiva en puntas de pie y se despertó a tiempo? En las últimas décadas, a través de los avances tecnológicos, demostramos que somos capaces de superar imposibles con frecuencia. Sin embargo, ¿cuál es el costo humano y ambiental de lo que comúnmente llamamos progreso? Bajo las reglas de la economía actual, ¿es factible satisfacer las necesidades biológicas y sociales de 7700 millones de personas, de forma pacífica, saludable, justa, armónica y regenerativa, a nivel intra e interespecie, al tiempo que la crisis climática, ecológica, social, sanitaria, ética, emocional y espiritual nos pisa los talones? La capacidad de carga de la Tierra no solo demanda reducir, reutilizar y reciclar, sino cambiar el paradigma socioeconómico entero. ¿Estamos preparados para ello? ¿Qué pensamos al respecto? ¿La ciencia climática y ecológica es una creencia o algo fáctico? ¿Somos demasiado apocalípticos o nos cuesta aceptar los datos? ¿Estamos dispuestos a realizar un esfuerzo y ceder ciertos hábitos de consumo o apostamos todo a las nuevas tecnologías y los emprendedores socioambientales? ¿Necesitamos un reemplazo “ecológico” para cada producto que consumimos, o podemos suprimir algo? Cuando otras especies sufren o se extinguen, ¿sentimos algo? ¿La meta es conservar y restaurar la biodiversidad para que sirva a nuestra existencia o reconocernos como parte de la naturaleza y no por encima de ella?
Frente a estas preguntas, un libro como el de Manuel es necesario porque ayuda a reflexionar y despertar conciencias sin caer en una mirada fatalista ni apocalíptica. En sus páginas recorre distintos aspectos de la crisis socioambiental de forma simple y didáctica, dejando claro el sentido de la urgencia pero manteniendo un optimismo latente, propio de un pangeísta, de un agente del cambio que ama a la naturaleza. En la mirada de Manuel no hay temas mayores o menores, porque todos hablan de nuestra relación con el mundo natural. Explora asuntos trascendentales como el cambio climático y la extinción de especies con la misma curiosidad y rigor periodístico que le dedica a historias aparentemente menores, como las innovaciones sostenibles de jóvenes emprendedores, la importancia de los pájaros en la ciudad o el valor de desconectarnos de las pantallas por un rato. De esta manera, siempre con el gran público en mente y con una escritura amena y precisa, retrata los problemas del Antropoceno, para entenderlos mejor, para pensar juntos las posibles soluciones y, por sobre todo, para pasar a la acción.
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INTRODUCCIÓN
Durante una gran parte de la historia de la civilización, el ser humano vivió en un paraíso terrenal. Lo teníamos todo: aire limpio, bosques vigorosos, océanos sanos, suelos fértiles y, sobre todo, un clima ideal. No siempre fue así. Entre grandes glaciaciones, erupciones volcánicas y lluvias de meteoritos, hace apenas unos 10.000 años que venimos disfrutando de condiciones climáticas estables. En geología, esta época de bonanza en que la temperatura promedio no varió demasiado y los humanos prosperaron es conocida como el Holoceno. Así la denominaron los científicos cuando, al analizar las capas concéntricas que forman la Tierra, ordenaron los intervalos de la historia planetaria en eras, períodos y épocas. Fue precisamente durante esta etapa que pasamos de ser nómades cazadores y recolectores a establecer las primeras urbanizaciones. Todos los grandes logros de la humanidad, sus evoluciones y sus revoluciones –la agrícola, la industrial, la tecnológica– se dieron durante el Holoceno.
Esa época se terminó.
La Tierra se está transformando aceleradamente por la actividad humana. En los últimos 200 años ensuciamos el aire, contaminamos los océanos, talamos los bosques, desgastamos los suelos y, sobre todo, alteramos el clima. En este corto lapso de la historia del planeta nos desarrollamos como nunca antes, innovamos y mejoramos nuestras condiciones de vida en muchos aspectos, pero al costo de convertirnos en una fuerza geológica tan poderosa como los volcanes o los meteoritos del pasado. De hecho, nuestro impacto en el ambiente es tal que muchos especialistas sostienen que llegó la hora de dar por terminado el confortable Holoceno y proponen empezar a hablar de una nueva etapa: el Antropoceno, o la época de los humanos.
El concepto, que busca poner en evidencia el efecto global que nuestras actividades han tenido sobre los ecosistemas, fue acuñado por el premio Nobel de química holandés Paul Crutzen a principios de este siglo. Si bien el enfoque es utilizado cada vez más por los científicos y se extendió a otras disciplinas como la sociología o incluso el arte, todavía no logró ser reconocido oficialmente. En 2016 un grupo de expertos que investigan el Antropoceno presentaron una propuesta formal ante la Unión Internacional de Ciencias Geológicas con la intención de que se formalice el cambio de época. Por ahora la organización no se expidió sobre el tema.
No es el único aporte de este campo de estudio para entender la dimensión de la crisis ambiental. Indelebles, las marcas actuales de la actividad humana sobre la Tierra parecen estar adquiriendo relevancia geológica. Como verás en el capítulo 13 de este libro, una bolsa de plástico puede tardar 500 años en degradarse. Una pila arrojada a la basura tiene componentes que seguirán siendo nocivos dentro de mil años. Y una botella de vidrio necesita hasta 4000 años para desaparecer de la faz de la Tierra. Es decir que de la misma manera en que hoy podemos estudiar a los dinosaurios por sus huesos, en un futuro post apocalíptico se podrá conocer más sobre el malogrado homo sapiens por lo que estos científicos llaman tecno-fósiles. Así, desde un viejo teléfono celular hasta un cepillo de dientes usado formarán parte del registro geológico del Antropoceno.
Más allá del debate terminológico, la sola idea de estar forzando un cambio de época en la historia de la Tierra, de abandonar la seguridad del Holoceno para aventurarnos en una etapa desconocida, nos invita a reflexionar sobre nuestra relación con el ambiente. Hoy somos casi 8000 millones de personas distribuidas en cada rincón del planeta, consumiendo más recursos naturales y energía de lo que el planeta puede soportar. Para dimensionarlo, en el capítulo 5 te explico que hoy se necesitan “1,75 planetas” para abastecer nuestras necesidades de consumo. Es decir, que usamos considerablemente más recursos de lo que la naturaleza puede regenerar en un año, lo que nos pone en default ambiental. Pero si miramos con atención, por todas partes podemos observar señales que dan cuenta del impacto de nuestras actividades. En el capítulo 6 podés leer que estamos protagonizando la sexta extinción masiva de especies –la anterior fue la de los dinosaurios– que actualmente amenaza a un millón de especies de animales y plantas. En otros pasajes del libro vas a encontrar datos que dan cuenta del ritmo arrollador de la deforestación y seguramente vas a sorprenderte por los niveles de contaminación por plástico en los océanos.
Sin embargo, la manifestación más estremecedora del Antropoceno es el hecho de que el conjunto de nuestras acciones está alterando el clima terrestre. A lo largo de sus 4543 miles de millones de años, el clima del planeta cambió muchas veces. Estas alteraciones tuvieron que ver con diferentes factores, como modificaciones en la intensidad del sol, variaciones de la órbita terrestre, actividad volcánica o el impacto de meteoritos. El cambio climático actual es diferente a todos los anteriores. Después de décadas de escepticismo y de negación, la evidencia científica actualmente es abrumadora: el ser humano es el principal responsable de un calentamiento global que además está sucediendo a un ritmo sin precedentes. De la era preindustrial a esta parte, la temperatura global aumentó 1,2° en promedio con consecuencias que ya se manifiestan en todos los rincones del mundo. Coordinados por las Naciones Unidas, los esfuerzos de mitigación internacionales apuntan a limitar el calentamiento global a 1.5°. Un aumento de 2° o más, advierten, desencadenaría escenarios catastróficos. Todo esto significa que nosotros, nuestros hijos y nuestros nietos viviremos en un planeta profundamente modificado por nuestra propia presencia. Y también quiere decir que nos hemos convertido en la principal amenaza de nuestra propia supervivencia como especie.
TRAMPAS MENTALES
Abisko, en Suecia, es el lugar más idóneo del mundo para ver las auroras boreales. Perdido unos 200 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico, este paraje de la Laponia cuenta con un gigantesco lago, el Torneträsk, que se congela buena parte del año, formando una capa de hielo que permite adentrarse en él y caminar durante horas en la oscuridad. Es en esa cerrada noche polar donde suelen aparecer con más frecuencia las misteriosas luces del norte.
En busca de una foto de las auroras, hace unos años tomé un tren desde Estocolmo hasta la estación de Abisko. “Es imposible que el hielo se rompa”, me aseguraron los lugareños antes de poner un pie sobre el lago congelado. Abrigado hasta las narices emprendí la caminata en busca de las luces nórdicas hasta que el frío me hizo volver al único hospedaje del lugar. Tras unos días de intentarlo, no conseguí la imagen con la que estaba obsesionado, pero tampoco volvería a caminar por ese lago. Prefiero pisar sobre tierra firme porque lo imposible ya está sucediendo: el pasado verano boreal se registraron temperaturas récord de 38º en el Círculo Polar Ártico. En una de las regiones más frías del planeta, el calentamiento global está golpeando con más fuerza, con incrementos de temperatura que duplican la media mundial y con una reducción del 50 % en su volumen del hielo en los últimos años.
A diferencia de las esquivas auroras boreales, el cambio climático es un hecho cada vez más evidente. Durante la última década se hilvanaron una serie inédita de eventos extremos en todo el mundo. Los incendios en la Patagonia, en Australia y en California, las inundaciones en India y en China, las sequías en Estados Unidos y las olas de calor en Europa son los más dramáticas y los que se convierten en noticia, pero si prestamos atención todos podemos mencionar una señal de que el cambio climático está afectando nuestras vidas. Un arroyo con bajo caudal, menos escarcha en el parabrisas del auto en las mañanas invernales, un árbol que florece más temprano o un verano más lluvioso pueden ser posibles indicadores. ¿Cómo distinguirlos de las alteraciones cíclicas de la naturaleza que no tienen relación con la actividad humana? No es tan sencillo. Hace diez años, cuando una región sufría un gran incendio o una inundación era difícil vincularlos con certeza al cambio climático. Hoy gracias al desarrollo de un campo de investigación llamado ciencias de la atribución, se puede determinar no exactamente si el cambio climático causó dicho evento, pero sí establecer si lo hizo más severo o más probable de que ocurra. En otras palabras, los estudios de atribución ponen en evidencia cuándo un determinado fenómeno no puede ser explicado por variaciones internas. Por ejemplo, desde la World Weather Attribution (WWA), una iniciativa de la que participan prestigiosos científicos alrededor del mundo, se analizan los datos en tiempo real de los eventos extremos apenas ocurren para discernir qué rol tuvo el cambio climático en ellos. Otra organización, Climate Signals, viene mapeando estas alteraciones y ya suma miles de señales independientes que dan cuenta de que el cambio climático está ocurriendo en todo el mundo.
Las proyecciones de los científicos advierten que, de no hacer algo al respecto, las consecuencias serán devastadoras e irreversibles para la vida tal como la conocemos. El informe especial del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC), conformado por los expertos más prestigiosos, no deja lugar a interpretaciones: 2030 es la fecha límite de la humanidad para evitar un colapso ambiental. De no tomar cartas en el asunto, los escenarios más pesimistas incluyen mortales olas de calor, ciudades arrasadas por las inundaciones, inseguridad alimentaria a causa de las sequías, países enteros convertidos en refugiados climáticos, proliferación de enfermedades y, por supuesto, cientos de miles de millones de dólares en pérdidas.
Sin embargo, a pesar de las múltiples evidencias, no parecemos reaccionar colectivamente de forma proporcional a la amenaza que nos acecha. Por eso bien vale la pregunta: ¿Por qué no tomamos consciencia de la gravedad de la emergencia climática? ¿Qué nos pasa que no actuamos para evitar la peor crisis que le haya tocado enfrentar a la humanidad?
Las razones que explican esta incoherencia son múltiples. El filósofo y ecologista Timothy Morton –conocido en el hemisferio norte como el profeta del Antropoceno–, se refiere al cambio climático como un “hiperobjeto”. Se trata de cosas que se distribuyen masivamente en tiempo y espacio en relación con los humanos. Son tan inabarcables, tan omnipresentes en nuestras vidas que, paradójicamente, se vuelven invisibles. El sistema solar, por ejemplo, es otro hiperobjeto, pero también lo es Internet, o el capitalismo.
Por su parte, el profesor Robert Gifford, de la Universidad de Victoria, en Canadá, ensaya otra respuesta posible. Este experto en el floreciente campo de la psicología ambiental asegura que nos creamos “trampas mentales” para justificar nuestra inacción climática. Esto explica por qué a pesar de que reconocemos que el problema es serio –una encuesta a nivel nacional de la Universidad del Salvador reveló que 8 de cada 10 argentinos se manifiesta preocupado por el cambio climático y otra de Poliarquía reveló que la mayor parte de los argentinos cree que es un asunto más grave que la pandemia–, no actuamos en consecuencia.
“Las personas apelan a ciertas trampas como una manera de evitar implicarse en comportamientos y estilos de vida que favorezcan estrategias para hacer frente al cambio climático”, me dice la Dra. Gabriela Cassullo, psicóloga y miembro del Programa Interdisciplinario de la UBA sobre Cambio Climático. Y agrega: “Estos autoengaños se convierten en una barrera psicológica”.
Una de estas trampas mentales es cognitiva. En la línea del escritor israelí Yuval Harari y su provocador Sapiens, Gifford afirma que, desde los tiempos de los neandertales, nuestro cerebro no evolucionó demasiado biológicamente. Y que simplemente no estamos listos para asimilar el volumen de información que se genera actualmente. “Tendemos a pensar en términos inmediatos, ponemos el foco en proveer a nuestras familias y amigos antes de pensar en la tarea futura de mantener un sistema ambiental complejo pero del cual al final todos dependemos”, escribe el psicólogo ambiental.
Otro engaño que nos hacemos para no enfrentar el cambio climático es la llamada “tecno-salvación”, sobre la que profundizo en el capítulo 3. Básicamente, se trata de confiar en que la capacidad creadora del ser humano proveerá una solución tecnológica al problema ambiental. Que más pronto que tarde, un Elon Musk centennial lo resolverá a fuerza de innovación. Proyectos piloto de combustión inversa para convertir en energía el dióxido de carbono que emitimos o experimentos de manipulación de nubes para atenuar la radiación solar son ejemplos que invitan a creer que la tecnología tiene la respuesta. Ahora bien, ¿qué pasa si ese momento eureka nunca sucede? ¿O si llega, ya es demasiado tarde?
