Ápohnin: Destino Radiante - J.J. Torrico - E-Book

Ápohnin: Destino Radiante E-Book

J.J. Torrico

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Beschreibung

Usando el "Pulso", las mujeres más eruditas y obstinadas han desarrollado la teúrgia: el poder de hacer milagros. Mediante la teúrgia, la Monarquía Alraýn unificó las tierras de Ápohnin bajo un unico estandarte y lo gobernó por más de mil años. Pero cuando la pólvora fue descubierta, el balance de poder se rompió. Tras décadas de guerra civil, la Monarca ha sido muerta, sus Lealistas han sido derrotados y la Soberanía Refundista ha usurpado el mando de la nación. Ahora Ápohnin se encuentra suspendido en una paz inestable. La última esperanza de los Lealistas es "el Radiante": un guerrero que renace en cada generación para servir a la Monarca, portando una espada que brilla como un rayo de sol. De reencarnar, ese sería el símbolo de unión que necesitarían para organizar una contraofensiva. En este mundo donde todo cambia demasiado rápido y donde las mujeres y su fuego son el pilar de la sociedad, Striga, una joven apúlside, una mujer cuyo horno no prendió jamás, es la única esperanza de los Lealistas. ¿Podrá una mujer sin fuego en el alma hacer a la legendaria espada arder?

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Ápohnin destino radiante - Colección balada radiante

Sello: Tricéfalo

Primera edición digital: Noviembre 2024

© J. J. Torrico

Director editorial: Aldo Berríos

Ilustración de portada: José Canales

Corrección de textos: Áurea Ediciones

Diagramación digital: Marcela Bruna

Diseño de portada: Marcela Bruna

_________________________________

© Áurea Ediciones

Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile

www.aureaediciones.cl

[email protected]

ISBN impreso: 978-956-6183-08-2

ISBN digital: 978-956-6386-87-2

__________________________________

Este libro no podrá ser reproducido, ni total

ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.

Todos los derechos reservados.

Prólogo - El otro postulante

Sirimar acercó su mano al suelo barnizado en sangre y alzó un grueso escudo metálico. Sepultado debajo halló el destrozado cadáver de otro enemigo. Se hubiera sobresaltado, pero a estas alturas se le había agotado el asombro. El muerto era peón, como casi todos los demás. Usaba una armadura acolchada y un achatado yelmo metálico que cubría mal su rostro, hendido seguramente por la bala de un arcabuz. Lo que sí le produjo una desagradable sensación fue notar que no tenía más de catorce años. La edad que tendría hoy su hermano menor.

—Son casi todos niños o ancianos —señaló Anerí, la minúscula teúrga a su izquierda. Aunque era una mujer adulta, no le llegaba a Sirimar ni a la primera costilla. Ahí donde su máscara ocultaba su inquietud, su voz la delataba.

—Subamos —propuso él, cargando el arcabuz sobre su hombro—. Dama Cedhana debe estar esperando nuestro reporte.

Ella asintió y juntos ascendieron por la colina.

La hierba, alguna vez de un pulcro gris celestino, ahora parecía el maltratado lienzo de un tétrico cuadro carmesí. Bajo la luz de las antorchas y lámparas de aceite se revelaban cuerpos desperdigados, ladrillos destrozados y empalizadas desarmadas. El aire olía a pólvora y a óxido. Junto a la torre un par de militares aliados despojaban a unos cadáveres de sus pertenencias, y parecían decepcionados de no encontrar demasiado. Al pie de la colina, junto a un risco, se adivinaban las siluetas de los enemigos capturados, los obligaban a cavar una fosa para enterrar a sus compañeros antes de que se empezaran a descomponer.

—¡Ah, joven Sirimar! Ya lo empezaba a extrañar —exclamó una mujer que parecía una escultura. Alta como un pilar, tenía los ojos dorados típicos de la nobleza metropolitana, pero el cabello rojo de los ofannes del sur, el que llevaba corto para que entrara en su yelmo.

Cedhana Rálesig ih-Pohoria, hija de la regidora de Navadein, bajaba con paso metálico. Con la mano izquierda jalaba las riendas de su quírel, un oscuro pájaro cuadrúpedo de alas vestigiales que era más alto que ella. Sirimar volteó hacia la redonda Anerí, quien le alcanzó un amarillento trozo de papel.

—Aquí está, general Cedhana. —El joven extendió su brazo enfundado en cuero y puso el informe a su alcance—. La cuenta final son cuarenta y seis bajas oponentes y ciento tres prisioneros. Entre los fallecidos está la comandante enemiga.

La altísima mujer le pasó las riendas de su animal a Anerí, recibió el papel y lo desplegó.

—¿Quién los comandaba?

—Una tal Shay Gobedona. Peona también.

—¿Gobedona? ¿Acaso era zapatera? —se burló la general. Sirimar, que no manejaba bien el idioma del norte, reconoció la palabra “gobes” como “zapato”. Gobedona probablemente significaba “zapatera” en básico, y de eso se debía estar riendo.

—Bueno… —intercedió Anerí, diminuta junto al animal emplumado—. Escuché de los prisioneros que… bueno, sí, de hecho, sí era zapatera.

La sonrisa se borró lentamente de la faz de la comandante.

—Zapatera… plebeya y zapatera… —masculló desconcertada—. Eh… no es importante —espabiló—, lo que importa es que la atalaya vuelve a ser nuestra, y la victoria fue rauda y abrumadora. Síganme.

Enfilaron hacia la lúgubre edificación. Sirimar se giró hacia las hileras de soldados del Tercio de Oro que habían perdido la vida en el asalto, ordenados ante la empalizada. Sabía que la victoria no había sido ni rauda ni abrumadora, y que muchas buenas mujeres y hombres habían perdido la vida. Ante un ejército compuesto de ciento cincuenta peones y comandado por una zapatera, ni más ni menos. Dama Cedhana debía estar hirviendo de frustración bajo su confiada sonrisa.

La Atalaya de Valle Angosto era un edificio antiquísimo y destartalado, construido durante la Era de las Doscientas Guerras. Una conquista militar simbólica, aunque inútil, pues supervisaba una ruta fuera de uso. Se preguntó qué esperaban los Refundistas al tomar una fortaleza en tan mal estado y en las tierras de enemigos tan fieros. Entraron por el arco de madera que hacía de puerta y una de las muchas sirvientas de la comandante le quitó el quírel a Anerí y lo llevó al establo.

Adentro, dos mozas llenas de cicatrices, la escudera y portaestandarte de Cedhana, la desembarazaban de la armadura. Una vieja de cara cuadrada le arrebató el sable y el fusil a Sirimar y se los llevó para limpiarlos, sin preguntarle.

—Lo has hecho bien en tu primera batalla, Radiante. Estoy segura de que Dama Azira y las demás estarán contentas con tu desempeño —lo felicitó la guerrera.

Radiante, a pesar de lo mucho que deseaba oír ese título, aún no se lo merecía.

Durante años había trabajado como uno de los Seleccionados para llegar hasta ahí. Pensó en las muchas pruebas y dolores que tuvo que soportar para ser convertido en quien era. No había sido sin competencia. Al principio eran alrededor de una docena, pero de forma paulatina, uno a uno, fueron descartados. Último en la terna, solo quedaba él. Esta era su prueba final. Medirse en el campo de batalla contra las fuerzas usurpadoras.

Le asignaron la tutoría de Dama Cedhana porque su capacidad marcial era reconocida a lo largo de toda la nación. En los entrenamientos de estrategia, esgrima y tiro había logrado sorprenderla. La noticia de la toma de la Atalaya de Valle Angosto, mientras recibía sus lecciones, había llegado como una sorpresa casi agradable.

Se preguntaba si al regreso le permitirían tomar nuevamente la Sahimi Farfana. Hasta soñaba con la maldita espada. Se había entrenado en mente y cuerpo, se había tatuado glifos en casi toda la piel, se había sometido a los experimentos de todas las teúrgas. De seguro la próxima vez que sostuviera la espada, lograría hacerla llamear.

***

La noche avanzó y afuera se redujo la actividad. Se instalaron las últimas carpas, se guardaron los cañones del asedio y se prendieron hogueras para cocinar. Enterrarían los enemigos restantes con luz de día y los cadáveres aliados los llevarían de vuelta a Pohoria. Más de un joven de familia hidalga había caído en combate y se necesitarían muchos funerales.

A Sirimar le tocaba dormir dentro de la torre, así que buscó un lugar limpio y seco para extender su saco. En una de las habitaciones se encontró con Anerí mirando por la ventana. A su lado estaba su bolso de viaje, aún sin desempacar.

—¿No te sacas la máscara por las noches? —le preguntó. La mujer volteó.

—Hasta que me gradúe no tengo permitido mostrar el rostro fuera de la academia, así que me pregunto si debería dormir aquí o armar mi carpa afuera —le respondió—. Digo, ninguna de las habitaciones tiene puerta.

—Disculpa si te interrumpí, entonces, voy a buscar otro lugar. Gracias por la ayuda de hoy.

—No hice demasiado —se disculpó ella—, casi me siento culpable, te pinté todas esas inscripciones adicionales para nada.

—Lo importante es que vencimos. Que no haya necesitado hacer uso de estas cosas quizás es hasta mejor. —Él extendió los brazos.

—Me alegro —Anerí suspiró—. Si te soy honesta, también me alivia, en parte, no haber tenido que participar. Este tipo de vida… —Sirimar notó su mirada posada en los cadáveres enemigos junto al despeñadero— no creo que sea para mí.

—Si lo prefieres, puedo pedirles que me consigan otra teúrga. Voy a seguir participando en misiones y no te tienes que seguir involucrando si no quieres.

Ella le plantó los ojos. Cuando había llegado la noticia de la toma de la Atalaya no había ninguna otra teúrga disponible, así que Anerí se vio obligada a acompañarlo.

—¿Harías eso por mí? —en su tono adivinó una sonrisa que no podía ver.

—Por supuesto.

Ella se cubrió el rostro con las manos e hizo una reverencia, como hacían en las ciudades. Él, plebeyo y de campo, no supo cómo reaccionar, así que la imitó con torpeza.

Se dispuso a buscar otra habitación, cuando de pronto se escuchó la fuerte campanada del gong de batalla. Sirimar y Anerí quedaron helados. Luego se escuchó otra. Luego otra.

—¿Soldados Refundistas? —inquirió aterrada la teúrga.

—Habrán encontrado un grupo rezagado —sugirió Sirimar.

—¿Tocarían las campanadas solo por eso?

—¡A las armas! ¡A las armas! —escuchó el grito de una superiora—. ¡Incursión enemiga, a las armas!

Anerí y Sirimar bajaron las escaleras para encontrarse con un torbellino de actividad. El joven guerrero se colgó su arcabuz y su sable de los hombros.

—¡Dama Cedhana, déjeme ir con usted! —gritó el chico cuando la localizó, enfundada de nuevo en plumas y metal dorado.

—¡Es muy tarde, ya destruyeron el campamento de vigilancia, voy a liderar la carga! ¡Protege la torre!

¿Ya estaban tan cerca? Antes de alcanzar a preguntar, la totalidad de los jinetes ya iba cuesta abajo en sus respectivos quíreles. Las enormes aves terrestres emitieron férreos tronidos y juntos se convirtieron en una avalancha de metal, fusiles y plumas.

—¡Anerí, ayúdame a verlos! —le pidió Sirimar a la mujer mientras arremangaba su camisa. Ella, apresurada, posó su mano sobre su espalda y de inmediato el postulante sintió un fiero calor. Todo su cuerpo empezó a hervir desde su pecho. Los glifos en sus brazos brillaron como hierro en una fragua—. ¡Acércame!

La pequeña mujer presionó varias inscripciones en su piel, como un músico lo haría con las teclas de un cémbalo. Cuando terminó, fue como si los ojos del soldado contuvieran catalejos. Alrededor de la torre se extendía Valle Angosto, una pradera de altos pastizales que hacía de frontera entre Navadein y Suelo Muerto. A cada lado del llano se elevaban innumerables mesetas y riscos, la Atalaya erigida sobre el más alto de ellos. Con la visión modificada, la distante llanura nocturna parecía a pasos de distancia. Por más que Sirimar miraba, sin embargo, la luz de las lunas era insuficiente. Solo identificaba las siluetas recortadas de la vanguardia aliada, presuntamente encabezados por Tutora Cedhana.

Varios militares se arremolinaron alrededor del joven para enterarse de la situación.

—¿Los ves? —preguntó uno de ellos.

—No, está muy oscuro.

—Déjame intentar algo —solicitó Anerí, y el chico sintió sus dedos presionando los brazos otra vez. De pronto el mundo oscureció por completo, volviéndose una nube púrpura. Al principio Sirimar tuvo miedo, pero luego notó que podía distinguir algunos colores. Las fogatas y las personas eran manchas rojizas y verdosas, y las podía ver, independiente de la iluminación.

—¿Qué es esto?

—Ahora deberías ver temperatura en vez de luz, como hacen algunos animales nocturnos. ¿Qué tal?

El chico intentó fijar la vista en la distancia de nuevo, y esta vez, en vez de un nubarrón en la penumbra, diferenciaba múltiples siluetas cálidas avanzando entre pastizales helados.

—Los… veo… ¡Sí, los veo! ¡Eres genial Anerí! —exclamó él.

—Agradéceme después. ¿Cuántos son?

Sirimar se dispuso a contar, pero tuvo dificultad hallando la posición del enemigo. Barrió el valle de izquierda a derecha por un buen rato. Cuando al fin localizó algo, no se lo creyó.

—¿A cuántos ves, Siro?

El joven tenía la boca seca.

—A… uno. —La pequeña mancha rojiza se aproximaba por la pradera y se encontraba ya a menos de cien pasos de sus oponentes. Sirimar se quedó con la vista fija—. Es… un soldado de a pie.

—¿Cómo que uno? —preguntó un recluta armado con un arbalesta, y otros se le sumaron.

—¿En serio viene a pie?

—¿Un explorador?

—Un explorador vendría montado…

Empezaron a murmurar y el tono de a poco se volvió más sombrío, hasta que alguien sugirió lo que todos estaban pensando.

—Debe ser él.

El silencio se apoderó de los presentes y solo siguieron hablando sus miradas heladas.

—Pasa algo —advirtió Sirimar, y lo oyeron atentos—. Veo…

Pero no supo definir lo que veía. Poco a poco el color del incursor pasaba de rojo a morado, cada vez más intenso. Luego empezó a brillar, y fue tan luminoso que Siro tuvo que entrecerrar los ojos. Escuchó voces alarmadas y confundidas a su alrededor.

Entonces estalló.

El estruendo fue tan alto que varios cayeron al suelo. Era como un fusil detonando dentro del cráneo. Con la vista todavía modificada, Sirimar no entendía lo que acababa de ocurrir. Justo antes de la explosión, un relámpago púrpura había quedado suspendido sobre las filas de aves de guerra, y un goteo después, decenas de siluetas rojizas volaban en todas direcciones. Escuchó gritos a su alrededor y vio figuras que huían enloquecidas.

—¡Anerí, apaga mi visión! —pidió el chico, pero no recibió respuesta—. ¿Anerí?

Ya no sentía sus pequeñas manos posadas sobre sus brazos, y el calor en su pecho empezó a decrecer. Poco a poco la luz y los colores volvieron a sus ojos, y con ellos llegaron pesadillescas visiones de destrucción. Volteó sobresaltado y encontró un pequeño bulto sangrante en el suelo, envuelto en tela gris.

—No… —susurró él, y se acercó con prisa. La giró con premura y halló una herida en su estómago. La mujercita jadeaba con debilidad y extendió su mano hacia él. La máscara cayó de su rostro y Sirimar pudo finalmente ver, a la luz de las fogatas, sus redondeadas y tiernas facciones. Siro sostuvo su mano, incrédulo, y solo cuando intentó cargarla notó que él también estaba herido. Un ardiente pedazo de escombro se había incrustado en su muslo derecho.

Buscó ayuda, pero todos habían huido o colapsado como Anerí. Cuando puso la vista en el campo de batalla, todo lo que se encontró fue un cráter ardiente en medio de la pradera, ahora medio iluminada por las llamas. Una sola figura quedaba en pie entre la catástrofe, una silueta vestida de negro.

El Soberano.

La confusión que se apoderó de Sirimar se convirtió en miedo. No tuvo tiempo para atender ninguna herida ni intentar huir, porque de pronto hubo un segundo estallido, esta vez menos potente. Como un fuego artificial lanzado desde un cañón, Sirimar siguió la trayectoria del atacante, que se elevaba por los aires hasta quedar proyectado contra la luna mayor.

Abrazó a Anerí mientras ella se acurrucaba contra su pecho, cada vez respirando más lento, y miró a las alturas con la certeza de que lo que veía no podía ser de este mundo.

En sus últimos momentos, Sirimar pensó en su madre y en su padre, y en cómo perder a otro hijo los dejaría devastados. Pensó en su hermano menor, que lo esperaba al otro lado de la Corriente de las Mil Vidas, y pensó en las historias que habían escuchado juntos de la sacerdotisa itinerante cuando eran niños.

Por encima de sus cabezas, el Soberano descendió como una calamidad. Como aquellas que caían sobre los pueblos pecaminosos en las historias de la sacerdotisa. Y justo antes de que la Atalaya de Valle Angosto desapareciera del mapa y fuera a parar a los libros de historia, Sirimar pensó en los soldados enemigos, en los niños y ancianos que había matado, y se preguntó si acaso él había sido un pecador también.

Capítulo 1 - Imisve Calvrul

Iuren se mantuvo firme. Aunque el bullicio del jolgorio le azotara la cara como una marejada, no dejaría que su desagrado le hiciera perder la compostura. Se mantendría digno.

Era una característica fundamental para todo profesional del Serenazgo, pensaba él, como también la de cualquier señorito que se respetara. Era una pena que nadie en Avrabin conociera el significado de “dignidad”.

No eran ni las 8’0’0 de la clepsidra esa mañana cuando lo despertó un griterío espeluznante. Campanadas. Canciones. Groserías aulladas entre risas y a todo pulmón. Cuando se asomó por la ventana, un torrente multicolor ya inundaba las avenidas. Cientos de personas marchaban con los rostros enmascarados y agitando fustas para quírel por los aires. De un pestañeo al siguiente habían armado un carnaval.

Respiró hondo. Por lo visto su trabajo empezaba antes incluso que su jornada. Se lavó y trenzó el largo cabello, se envolvió el esbelto torso con el rojizo pardo de su uniforme, se ajustó la gorra, agarró el arcabuz y el reloj de bolsillo, y partió sin alcanzar ni a despedirse de su docena de hermanas y hermanos.

Luego había arribado a la Plaza de Flores Negras, y todo lo que había hecho desde entonces era vigilar. Sin importar cuántos años pasara en Avrabin, las costumbres de la ciudad portuaria le seguían pareciendo inescrutables, como un chiste que todos entendían menos él.

Por cuarta vez consecutiva, en el centro de la atestada explanada se formó un Círculo de Insultos. Medio centenar de mujeres, algunas con sus parejas e hijos, se apretujaron entre risotadas para ver quién le estaría berreando a quién. El festival retumbaba. Los hombres se vestían con capas de plumas rojiazules y bailaban dando vueltas, como si el mareo no existiera. Las mujeres emergían de las posadas y terrazas de humo ya borrachas con el primer asomo del sol, muchas de ellas turistas de Huldobe o Rambalén. Uno que otro lamú callejero aprovechaba el ajetreo para robar comida de las manos de los distraídos. Iuren avistó un larguirucho animal metiendo su hocico de robustos bigotes en una cesta y robándole a una anciana unos patacones de petuán. El frenético tubo peludo pasó correteando a pocos brazos de Iuren, quien no lo detuvo. Su trabajo incluía muchas cosas, pero no arrestar animales de callejón. La mujer lo persiguió entre gritos hasta que el lamú se encaramó a un muro usando sus seis patas escamosas e insertó su cartilaginoso cuerpo en un nicho, lejos del suelo adoquinado.

Una silueta apareció en la vista periférica del oficial del serenazgo, interrumpiendo su ensimismamiento.

—¿Disfrutando del Imisve Calvrul? —preguntó una voz sobre su cabeza, amortiguada por el volumen del festejo.

—Como todos los años —respondió Iuren, con lo que para él sonaba como ironía.

La recién llegada se paraba firme sobre un poste largo y delgado, cuya elevación contribuía poco en disfrazar la escasa altura de la chica. Descendió de la percha con una grácil pirueta y aterrizó de pie sin levantar ni una mota de polvo. Los ribetes dorados de su poncho púrpura brincaron como las alas de una avecilla.

—Hace un día hermoso —señaló, irguiéndose junto a Iuren. Psin era una norteña pequeña de gestos enérgicos, piel rojiza y una mata de rizos castaños sobre la cabeza. Aunque se habían conocido de niños cuando él llegó a la ciudad, no había madurado tanto desde entonces—. ¿Qué hace aquí, señorito? —le preguntó, armada con una plácida sonrisa—. Creí que el trabajo de vigilancia era para las Oficiales, no para los del Serenazgo.

—Lo es, pero dudo que mis… responsables superioras estén en condiciones de ejercer sus labores —indicó él con la barbilla. El grupo de mujeres a las que se refería bebían de pie junto a una tinaja que les llegaba hasta la cadera, chupando por turnos desde unas largas bombillas y prorrumpiendo en carcajadas. Sus mejillas estaban más rojas que la cerveza de yura que les chorreaba por la camisa.

Psin se cubrió la boca para no reírse de su desgracia.

—Mantente atento entonces —señaló—. Si alguien se hace daño de verdad, será responsabilidad tuya.

Él no cambió el gesto.

—Es muy temprano para que empiecen con las peleas, ¿no crees?

—Avrabin es el Puerto de las Sorpresas. —Le guiñó el ojo—. Aquí nunca se sabe. —Se acercó melosa—. ¿Y por qué tan solito? ¿No que los serenos suelen andar en parejas?

—Mi compañera me falló. Otra vez —le contó, y presintiendo hacia dónde se dirigía la conversación, hábilmente le cambió el tema—: ¿Y tú qué haces sin máscara? Creí que estarías corriendo para alcanzar a ver todos los Círculos del Imisver —inquirió, perceptivo—. Déjame adivinar. ¿Te tienen haciendo mandados?

—¿Tan predecible soy? —confirmó ella—. Dama Dione me ordenó vigilar a alguien. Y presiento que es la misma persona que buscas tú —sugirió con chanza.

—¿Striga? —pronunciaron al unísono. Psin libró una risotada que Iuren no comprendió.

—Algo estamos haciendo mal si se nos pierde alguien como Striga —reía la norteña.

No le faltaba razón. Incluso en una ciudad tan diversa y multicultural como Avrabin, Striga resaltaba como el diente negro de una sonrisa.

Un súbito cambio en el ambiente interrumpió la conversación. En un Círculo de Insultos, a unos cuarenta pasos, las increpaciones habían pasado de las palabras a las manos, y la Maestra del Intercambio, en vez de separar a las exaltadas rivales, chasqueó su látigo para llamar la atención de todos.

—Como te decía, el Puerto de las Sorpresas —indicó Psin—. Parece que tiene trabajo, sereno.

Iuren soltó un resoplido capaz de inflar un globo aerostático de los fúgul del muelle. El joven cargó sus cosas y junto a la moza se aproximaron al tumulto. Paulatinamente el caótico griterío se fue tornando en un solemne himno comunitario, una nota elevada desde lo hondo del vientre. De un momento a otro la celebración se galvanizó en luz.

El serenazgo observó anonadado mientras, una a una, bajo la piel de cada mujer de la plaza se encendía un albor cálido como un brasero. Fueran jóvenes o ancianas, avrabinas o turistas, mercaderes o vagabundas, todas se lanzaban joviales miradas y prendían ese intrínseco fulgor. El motor de la teúrgia y la tecnología. El símbolo de vida y muerte. El horno.

La Maestra del Intercambio, cuyo horno había encendido también, restalló su fusta y dio permiso a las oponentes para comenzar. Mientras las mujeres dentro del círculo bailaban con los puños, las demás lo hacían con los pies. Pronto un diluvio de aureolas de cobre se precipitó sobre las urnas de apuesta, la primera del día, y en su metal resplandecieron cien fuegos que provenían del alma misma.

Una tremenda sonrisa afloró en el rostro de Psin al ver a la multitud, y decidió encender su horno también. A esa distancia, Iuren podía sentir el calor de su Pulso sobre su piel. La chica extendió los brazos y se puso a bailar, rotando como un zidazin. Iuren se quitó con torpeza de su camino mientras la norteña reía. No la comprendía. Pero si este tipo de eventos le traían felicidad, se alegraba también por ella.

Tan súbito como había comenzado, la armonía culminó. Una de las mujeres se azotó contra el suelo, derrotada, y la otra se enderezó entre vítores. Limpiándose la sangre de la nariz, alzó la mano libre hacia los cielos. El Pulso en su pecho tremoló emblanquecido, y de su palma abierta emergió un crepitante estallido de llamas.

Un tropel de dedos ávidos se abalanzó sobre las urnas de apuestas y de inmediato regresaron los gritos y las discusiones. Una mujer muy borracha, que intentaba robarse una tinaja de cerveza de yura, colisionó de bruces contra Iuren y le derramó como media palangana sobre el uniforme limpio.

Psin apartó la vista, arrugando la cara del bochorno. Lo que quedaba del buen humor de Iuren se ahogó con esa bebida, y su característica algidez regresó a su semblante.

—Eh… ¡Y-yo te ayudo! —se apresuró la norteña, y apartó al empapado sereno del gentío.

Se sentaron en unos escalones, Iuren más inerte que una pintura. Psin sostuvo su gabán con el horno al rojo, y utilizando el delicado control que tenía sobre su Pulso concentró el calor en sus palmas. Secaría la prenda antes de que el aroma se impregnara. Con las celebraciones detrás, se mantuvieron largo rato en silencio.

—¿Tienes frío? —aventuró la norteña.

—Un poco. En momentos como este sería práctico tener Pulso —mencionó el sereno—. Pero tendría que nacer de nuevo, y nacer mujer. —Se sumió en un mutismo hosco—. Muchas cosas serían más fáciles siendo mujer.

Psin no supo qué responder. Su gesto no le comunicaba nada. Fijó su vista en el festival que se estaba perdiendo, cuando de pronto algo se robó su atención. Una silueta imposible de no reconocer.

—No para todas las mujeres —señaló—. Mira quién anda ahí.

Iuren hubiera dicho que no se podía creer lo que veía, pero hubiera sido mentira. Striga era una mujer muy predecible.

El serenazgo suspiró.

—Odio el Imisve Calvrul.

Capítulo 2 - Sangre Fría

Striga amaba el Imisve Calvrul.

Una vez al año, Avrabin entero se sumergía en una febril algarabía. Desde la más majestuosa explanada hasta la más miserable plazoleta, no había lugar sin su Círculo de Insultos. Nadie estaba seguro. Escudado tras una máscara, cualquier persona podía decir lo que quisiera a quien fuera sin consecuencias. Esas eran las reglas del festival: lo que ocurriera en el Imisver se olvidaba hasta el próximo Imisver.

Mujeres y hombres se reunían para purificar sus almas antes de la llegada del Año Nuevo, entre bailes y cantos. Era menester abandonar toda frustración. Las Maestras del Intercambio agitaban sus coloridas fustas y llamaban nombres de su lista. Si la persona se atrevía, se paraba al centro de Círculo y se quitaba la máscara. Luego, todos los que tuvieran problemas que resolver (y muchos otros de gratis) tomaban la oportunidad de insultarla. Amigos personales arreglaban sus diferencias. Rivales comerciales ventilaban bajezas de todo tipo. Los empleados aprovechaban la rara oportunidad de gritarles a sus jefas. Había incluso quienes confesaban, frustrados, los secretos de su amor.

Luego, estaban las personas como Striga.

—¿Quién será la siguiente, a quién le toca? —indagaba divertida la Maestra del Intercambio, rodeada de clamores. Cuando sus ojos se detuvieron sobre el nombre en la lista, las palabras se le atoraron en la garganta.

Una portentosa figura se abrió camino a través del tumulto con largas zancadas, su larga y pajosa coleta golpeándole los muslos. La muchedumbre despejó un cauteloso círculo a su paso, y la bulla se aplacó para tornarse en un nervioso cuchicheo.

Striga era una mujer inconfundible. No había máscara en el mundo capaz de ocultar su identidad. En toda la cuadra era la única persona rubia y de piel blanca, y aunque no lo fuera, su estatura la hubiera delatado igual. Los sureños de etnia ofánn como ella promediaban los tres brazos de altura, pero la moza ya medía una mano más que eso. Y si entre los suyos hubiera sido destacable, en Avrabin era descomunal; le sacaba media cabeza hasta al más formidable navegante del puerto. Y en musculatura tampoco tenía mucho que envidiarles.

Una adolescente que había bebido muy por encima de su peso volteó a mirarla con aturdimiento.

—¿Esa no es la sangre frí…? —alcanzó a pronunciar antes de que su hermana mayor la acallara de un aletazo. La feroz mirada que le clavó la rubia a través de la máscara parecía capaz de derretirla como queso de azin.

Al fin, la imponente muchacha se paró al medio del Círculo, y ni la Maestra del Intercambio tenía nada que decir. Se arrancó la careta de un tirón y agitó su reseca melena. Debajo llevaba una sonrisa con un filo como para partir cabellos.

—¿Otá, y por qué todos tan calladitos da pronto, únn? —preguntó con un acento fuertísimo—. ¡No ma digan que sa terminó el festival, si yo acabo da llegar! —Extendió los brazos—. ¿Después da andar todo el año masticándome el nombre, ahora no tienen nada que decirme? ¡Ma van hacer llorar da decepción!

Striga pasó la vista por ese mar de ojos evasivos y confirmó lo mucho que le gustaba el Imisve Calvrul. El tenso silencio le traía una satisfacción más grande que cualquier ovación. Su sonrisa se ensanchó. Día a día se tenía que portar bien en esas calles ajenas, acosada por las miradas y murmullos. Sabía las cosas que a sus espaldas decían de ella. La salvaje del sur. La alimaña de pellejo crudo. La que no sabe ni hablar. La fenómeno sin Pulso. La sangre fría.

Todos se divertían a sus expensas. Pero a la hora de enfrentarla cara a cara, nadie se atrevía.

Andaba de buen humor. Sabía que nada de lo que dijera ese día tendría repercusiones hasta el festival siguiente, y pensaba aprovecharlo.

—¿Avrabin, Capital dal Pugilismo? ¡Más bien capital da los pantalones meados! —clamó, oyendo algunos dientes que castañeaban de rabia. Nadie quería ser humillado en público en una pelea contra ella. Incluso cuando había golpes, durante el Imisver no se permitían las llamas. Eso ponía a todos los demás a su nivel—. ¡Vamos, que ya ma pican los nudillos! ¿Acaso no hay nadie que…? —De pronto su gesto perdió toda la confianza—. ¡Cag icu qinn chu! —maldijo en gotsufánn, su lengua natal. De un momento a otro, la mujer pasó de su pedante bravata a un infructuoso intento de ocultarse entre la multitud—. ¡Bueno, eso es todo, nos vemos el año que viene! —gritó apresurada, huyendo de ahí entre empujones.

Un joven alférez del Serenazgo llegó a la escena un momento después, arcabuz sobre el hombro y ajustándose el capote con la insignia de la ciudad grabada en la espalda.

—Allá se nos va —dijo Iuren con resignación.

Psin apareció junto a él.

—¿Yo por el norte y tú por el sur? —sugirió.

Al serenazgo le pareció bien.

***

Quizás no era tarde, pensó Striga. Si ella había visto a Iuren antes, todo lo que tenía que hacer era llegar a la casa de Dama Dione sin que la atrapasen y fingir que se había quedado dormida. La anciana estaba ciega, de seguro no habría notado su ausencia. No podía dejar que la alcanzaran.

Bordear Atardeceres por la Senda de la Mansión era el camino más directo, pero también el más transitado, así que de seguro la aprehenderían por ahí. Tomó un desvío por el norte, hacia las apretadas callejuelas del Barrio Poriadhasol.

Desde el lago Lérach, Poriadhasol era un vistoso mosaico de cien colores, compuesto de un millar de casas amontonadas desde el agua hasta la cumbre de la colina. Desde dentro, en cambio, se trataba de un laberinto de calles enroscadas las unas sobre las otras como tortuosas raíces.

Striga transitó sin prisa ni pausa por los estrechos arrabales, agradeciendo su sentido de la orientación, hasta que presumió que no había forma de que Psin y Iuren dieran con ella. Emergió de un callejón de cal a una avenida iluminada por los primeros haces del sol. Era otra la sorpresa que la esperaba ahí.

—¡Oiga, sobri! ¿Onde cree que se vino a meter? —exclamó una voz con el característico acento laguino—. ¿Se le perdió argo por esto’ barrio’, deh?

Striga se giró. Un par de muchachas caminaban hacia ella. Iban vestidas con tradicionales y coloridas túnicas anudadas, orgulloso memento de la época independiente de esa Ciudad de los Lagos. Sus pieles estaban tapizadas en estigmas, testimonio de decenas de encarnizadas riñas.

Striga apretó los puños. Demasiado ocupada en desorientar a sus perseguidores, había fallado en vigilar sus espaldas, y ahora se había metido en problemas de verdad.

—Nada, solo andaba da paso —pronunció la sureña con lentitud, cuidándose de no dar una mala imagen. La expresión de las mujeres le confirmó que acababa de causar el efecto contrario.

—No se me apresure, mi sobri, nosortra cuidamo este barrio —le expuso la más alta de las dos, sonriendo malintencionada—. ¿Cree que podermo dejar pasar a cualquiera nomás, deh?

—No tengo dinero —aseguró Striga, que empezaba a perder la paciencia. Si estas tipas creían que podían arruinarle su día de festival, es porque no sabían con quién se metían.

—Pero no lo diga así, sobri deh, esto no es un asalto. —Se acercó la otra, cuyos dientes estaban rojos de mascar anuergo—. Es como una limosna, todo voluntario… para agarrarno’ confianza.

Striga sintió aflorar una parte de sí que no le gustaba. Una que siempre intentaba reprimir.

—No es una pregunta. Déjenme pasar.

El rostro de la líder se endureció.

—Aquí no entra nandie sin permiso mío, sobri.

La otra pugi la había empezado a rodear, como si ella no se diera cuenta. Striga sonrió contrariada. Un animal famélico dentro de su pecho salivaba de la anticipación.

—Entonces ma voy tener que hacer el permiso yo. —La joven se plantó como un inexpugnable farellón.

—¡Ese es el espíritu, deh! —sonrió su oponente, inflando el pecho—. ¡Déjeme enseñarle cómo se baila en Avrabin!

Su tórax se encendió de súbito en un hirviente resplandor rojizo, como una fogata llameando tras sus costillas. Se puso en guardia con las manos abiertas y de sus palmas germinó un ardiente torrente de chispas. Por su piel se traslucía el brillo del horno. El pulmón de luz, el segundo corazón, el órgano de los milagros.

Aunque la pugi no lo sabía, era la provocación que le faltaba. Striga irguió unos puños como ladrillos en un ademán eléctrico. Las palabras sobraban. No mentía hace un rato en el Círculo de Insultos. Los nudillos de verdad le picaban por una buena pelea.

—¿Sin llama’ en la’ manos te piensa’ enfrentarte a mí, extranjera? —bramó la púgil, acometiendo contra ella. Sus dedos abiertos, unas jaulas de luz incandescente, cercenaron el aire—. ¡Con tu primera quemadura va’ a aprender modale’!

Capítulo 3 - Corazones ardiendo

Por supuesto que Striga se había metido en Poriadhasol. Como era más alta que un mástil, la muy tonta nunca pensaba si corría peligro o no.

Aunque pintoresco, Poriadhasol no era seguro. Día y noche sus recodos eran el dominio de las púgiles. Las mujeres andaban en grupos de dos o tres buscando con quien pelearse, y no les costaba encontrar una excusa. Ese día andarían incluso más ávidas de conflicto, ya que durante el Imisver celebraban sus ligas de pugilismo callejero.

Psin corrió entre las comprimidas casuchas como una sombra púrpura, sus pies casi sin tocar el suelo. Agradeció que tenía una pista que seguir, porque esas vías no cooperaban en mostrarle el camino. Las calles estaban vacías, con la excepción de algunos viejos alimentando sus jardines con las sobras del desayuno y unas niñas que jugaban con un cañón decomisionado, intentando colarse dentro. Todo el mundo se hallaba en las plazas para el Imisve Calvrul. Eso facilitaba su tarea. Psin dobló por un recodo, su poncho oscilando a su espalda, y lo que parecía destinado a ocurrir, ocurrió.

Tres púgiles de entre los catorce y los veintialgo pasaban de mano en mano unos puñados de hojas pálidas para masticar. El anuergo relajaba el dolor y les permitía pelear mejor, se decía, y últimamente estaba más barato que nunca. Cuando vieron a Psin, le clavaron la mirada como una jauría de jalcas oliendo sangre.

La norteña se paralizó. Una de ellas se puso de pie para decirle algo, pero se detuvo en seco. Una cuarta pugi había aparecido por la otra esquina. Su ojo estaba entintado y un reguero bermellón le corría por la barbilla, ensuciando su túnica brillante.

—¡Muevan el puto culo y vengan pa’ la avenida! —ordenó escupiendo sangre—. ¡Una extranjera lestá rompiendo la cara a Dhaya!

Las pugis pasaron de la incredulidad a la acción y dejaron a Psin atrás. Mientras las veía partir, la norteña suspiró, entre enrabiada y aliviada. Solo podía tratarse de una persona.

***

Striga luchando era tanto una bestia demente como un preciso cirujano. Sus puños caían sobre cráneos y costillas con el peso de una catarata, y sus pies salían de la trayectoria de los contrataques como la brisa deslizándose entre los juncos del lago.

La rubia tenía verdadero talento; en todo el encuentro no había sido tocada ni una vez. Como única herida para exhibir tenía el desgaste en sus nudillos, de tanto asestar mandíbulas. Las oponentes que aún se movían renqueaban por los adoquines, intentando alejarse del alcance de sus brazos, que era muy largo. Para cuando llegó Psin, Striga sostenía a una pugi del cuello de la túnica, como quien alza un lamú del pellejo.

—¡Buenos días, serena! ¿Trabajando duro tan temprano? —saludó con sorna la bajita—. ¿Qué horas son?

Alcanzada al fin, la rubia le devolvió la sonrisa.

—No ando con el reloj dal Serenazgo, otá. Vas-tener que ir-revisar donde la plaza para ver la clepsidra.

—Vengo de allá. La cosa está animada. Qué pena que te lo estés perdiendo. —Sus ojos traviesos emitieron un destello platinado—. Que el alférez Iuren no se entere que andas aquí en vez de trabajando, ¿eh?

Striga libró a su contrincante, quien se unió a las demás en un coro de sollozos adoloridos.

—No querría ser despedida da nuevo… así que espero que mi mejor amiga guarde el secreto, ¿únn?

—Un despido más, un despido menos. —Psin se encogió de hombros—. ¿Cuántos van ya? ¿Veinte, treinta?

—No sé contar tan alto —rio Striga, quien pasó una pierna por encima de una de las pugis para llegar donde la norteña.

Psin examinó la escenita, disimulando su admiración.

—Mira que venir a meterte a Poriadhasol en pleno Imisver. Estás más loca que tonta, y eso es un logro. Un día te vas a morir.

—Un día tú también, pero da tu muerte no van-contar anécdotas —respondió con una sonrisa afilada como la de un auga. Con eso logró hacerla reír.

—Yo quiero morir en mi camita abrazando a mis tres o cuatro maridos, muchas gracias. —Compartieron una carcajada, la que se detuvo de súbito.

Un filo ennegrecido destelló con la pálida luz del alba. Una ensangrentada pugi, blandiendo una navaja kayaniat, se lanzaba arrebatada contra el cuello de Psin. Mientras la veía llegar, inexorable, la norteña barajó la posibilidad de que su muerte arribaría antes de conocer a ninguno de sus maridos.

La pólvora estalló. Se escuchó el lamento del acero fustigando por el plomo. Apabullada, la púgil observó su mano desarmada. Hace un goteo llevaba el cuchillo y al siguiente lo escuchaba tintinear contra el empedrado, varios pasos más allá. El puñetazo que Striga le hincó le zarandeó la mollera como un barril lleno de clavos, dejándola tumbada en el suelo.

En las manos de Iuren, la cazoleta del arcabuz aún humeaba. El sereno colgó el arma de sus hombros y se aproximó. Vestía su gabán del Serenazgo, meticulosamente arreglado, y llevaba ese perpetuo gesto neutro que hacía imposible leer sus emociones. Sus facciones eran puntudas y refinadas, y su pulcra cabellera azabache caía en una elaborada trenza de hélice.

—Creo que ya elegí a uno de los tres maridos —farfulló Psin, quien por un momento se había imaginado cruzando la Corriente de las Mil Vidas.

—¡Runn moggest! ¡Qué buen tiro, Iuren! ¡Justo en el cuchillo! —lo felicitó Striga, alzando un puño triunfal. El joven alcanzó su posición.

—“Alférez” Iuren —la corrigió él, señalando la muñequera que denotaba su rango—. Durante el horario de trabajo no se tutea a los superiores.

El sereno tenía un acento distinguido, casi señorial, que cuando Striga lo conoció creyó que lo fingía, pero por lo visto sí que hablaba así.

—Lo que diga, su ilustrosísima excelentosidad —se empezó a burlar, pegándole un capirotazo en la oreja, pero un guantazo la interceptó.

El sereno la miraba con unos inclementes ojos dorados.

—No te pases, Serena. Esto no lo hemos resuelto.

Iuren se paseó registrando a las mujeres heridas para confirmar que no estuvieran graves, entregándoles palabras firmes pero reconfortantes; y ellas lloriquearon y se ruborizaron mientras se incorporaban, como si se les hubiera aparecido un angelical Pilar del Mundo.

Incrédula, Striga hizo una trompetilla con los labios. De vez en cuando le escuchaba decir a Psin u otra de las chicas que Iuren era el vivo retrato de un príncipe de la antigüedad, entre otros comentarios más obscenos, pero la sureña solo veía un enano gris y flacuchento que aún le seguía pareciendo un niño.

Cuando el alférez terminó su ronda, habló en voz autoritaria:

—Todo esto fue una pelea consentida, ¿verdad? ¿Todo parte del Imisve Calvrul?

Las vapuleadas pugis asintieron con mansedumbre.

—Qué bueno oírlo. Así no tengo que llevarme a nadie al calabozo de la Basílica por ataque con llamas o armas de filo. Ustedes se ahorran la mazmorra y yo el papeleo —concilió. Ellas comenzaron su retirada del lugar en silencioso acuerdo.

—¡Todo parte dal festival! ¡Así que nada da represalias! —Striga se despidió con el rostro iluminado—. ¡Nos vemos el año que viene! —La joven volteó hacia el alférez, que la fulminaba con la mirada—. ¿Y tú qué, ma vas-mandar-despedir?

—Ya te gustaría —su tono se curtió—. Esto vamos a hablarlo con Dama Dione.

El corazón de Striga se comió un latido.

—Si ta ma vas-poner idiota, podemos seguir con la persecución. Ma quedan varios barrios por recorrer.

Iuren cerró los ojos.

—Oh. Yo no tengo que atraparte.

Striga se encontró con su única salida bloqueada por una contrincante pequeña y delgada.

—¿Psin? ¡Traidora!

—Lo siento, Striga, vengo con órdenes de Dama Dione. —Su horno se encendió con un siseo y su pecho se iluminó. Al levantar la guardia, los diversos glifos tatuados en sus brazos quedaron visibles. Con un movimiento pulcro como un hilillo de agua, presionó seis de ellos en sucesión, los que se prendieron con el color de su Pulso.

La sureña sabía que tratar de escapar de Psin cuando utilizaba su teúrgia era inútil, pero decidió intentarlo igual. No pasaron ni treinta goteos antes de que Striga se hallara de rodillas, con las muñecas torcidas entre las manos de su amiga y con una cuerda atándole un brazo con el otro. La rubia bufó de frustración mientras se ponía de pie.

Enfrentarse a una usuaria del Prisma del Augurio no era una pelea, era una pantomima. Como dos títeres ejecutando una coreografía ensayada, Psin se anticipaba a cada arremetida y se apartaba de cada ataque. Como de costumbre, no tenía oportunidad.

—Vamos a casa, Striga —la escoltaron los dos.

La Serena no respondió. Un pensamiento venenoso se esparció por su mente. Uno que dolía más que la quiñadura de unas manos al rojo.

“Todo sería más fácil si tuviera Pulso”.

Capítulo 4 - La peor Postulante de la historia

Iuren era muy niño la primera vez que escuchó la historia del Radiante. Le causó una impresión muy profunda porque, a diferencia de las demás leyendas, sabía que esta era verdad.

—Darden, el Primer Radiante, era el hombre más hermoso del mundo —le contó su papá—. Sus ojos tenían aureolas de llamas, sus pies corrían por los cielos, tuvo más de mil hijos y su espada estaba forjada con un rayo de sol.

Mientras vivía en Orialmín, la Nación de las Basílicas, Iuren notó que no había plaza que no tuviera una escultura o mural del Radiante.

—Durante los días más álgidos de las Cuatro Lunas del Terror, Nevis I Alraýn ascendió el Monte Koirdaroh para rezar. Ahí, Diosa le habló a través de la momia de su madre —narraba el hombre. Iuren lo oía con ojos sedientos—. “Te daré un ángel, y con mi bendición gobernarás a todas las naciones del mundo”, y así lo hizo. Nevis, la Monarca de Luz, unificó a todo Ápohnin bajo un solo estandarte. La Dinastía Alraýn ha gobernado la Franja con justicia desde entonces, y por siempre jamás.

—¿El Radiante es inmortal? —preguntó el pequeño Iuren, ansioso—. ¿Hay alguien a quien el Radiante no pueda vencer?

—El cuerpo de Darden era el de un hombre. Solo su alma Radiante es inmortal —contestó su padre, incómodo—. Cuando falleció, Antra volvió a hablarle a Nevis. “Toma el arma de tu guerrero y dásela a tu hija. Cuando sea tu sucesora, con Sortija y Taburete, ella buscará. Entre todos sus hijos, habrá uno que pueda encender las llamas de la Sahimi Farfana. Él será el Radiante Renacido. Como lo fue Darden, será su guerrero más fiel. Su espada, su martillo y su flecha de guerra. Y de su hija. Y de la hija de su hija” —al final de su relato, sonreía ampliamente—. ¿Y sabes lo que tengo aquí?

Iuren siempre lo había sospechado, pero jamás había tenido la confirmación. Recordó su pequeño corazón a punto de salirse de su pecho. El gladio que su padre llevaba siempre colgado del cinto, dentro de una discreta vaina oscura con adornos color jade.

—¿La… la Sahimi Farfana?

—¿Ma pueden desatar ya? No es chistoso —protestó Striga, despertándolo de su cavilación—. La gente ma está mirando raro. —Agitó las manos que llevaba en la espalda—. Van-pensar que estoy arrestada.

—Lo estás —fue la respuesta de Iuren, quien la obligó a caminar con un empujón.

Habían llegado a Villa Vieja. La opulenta Colina de los Mil Años tenía puertos enlosados en mármol y fuentes-clepsidra cada tres calles en vez de cada tres plazas. Subieron por la calle amplia y lisa, sorteando las lujosas mansiones de las estrafalarias mercaderes, quienes se adjudicaban haber convertido a Avrabin en lo que era hoy.

Al fin, de entre ellas emergió la casona de Dama Dione. Una construcción inverosímil, quizás más antigua que todas las de la cuadra, y sin embargo en mejor estado. Labrada por menestrales expertos, cada uno de sus pilares estaba suspendido sobre los delgados cimientos que ofrecía ese recodo de la senda ondulada.

Psin y Striga se habían sentido de la misma forma la primera vez que la vieron, con sus magníficos relieves religiosos tallados en cada muro y sus torres coronadas por cúpulas azules. Era como ser la Monarca de algún cuento.

Una figura menuda las esperaba erguida, a la cabeza de las escaleras de piedra: una mujer ataviada en una elegante túnica de espirales rojos y celestes, de piel oscura y arrugada. Encogida por los años, pero aún gallarda como una Arconte de la antigüedad.

Dama Dione sonreía.

—Reconocería esos pasos en cualquier lugar del mundo —fue lo que dijo, sus ojos de cristal lechoso contemplando no sus caras, sino sus almas—. ¿Qué las trae de vuelta tan temprano, bizcochas mías?

***

El proceso de selección del Radiante era largo, complicado y uno de los secretos mejor guardados de la Monarquía. Cuando el último Radiante murió durante la Guerra de los Esquilmados, Psin era demasiado joven y estaba demasiado lejos para enterarse. En Akissis no se hablaba de los “problemas del sur” hasta que los afectaban directamente.

Eso al fin ocurrió cuando el Ejército Refundista marchó sobre Talsama. La mujer que alejó a Psin de esos desérticos parajes arrollados por la guerra era todo un misterio. Se trataba de una anciana cuyos ojos eran cristales y que hablaba en acertijos.

La recibió en su familia, la adoptó en su kavat y le dio empleo como su lazarillo. Le enseñó a leer y escribir en los varios idiomas que había aprendido. Le enseñó teúrgia y le reveló los secretos de su propio Pulso. Los glifos en la piel no dolían nada comparado con lo que hasta entonces había soportado.

Psin hacía pocas preguntas, pero un día, cuando sentía que tenía suficiente manejo de la lengua adhasi, al fin se atrevió.

—¿Por qué me enseña todas estas cosas? —le preguntó a Dama Dione.

La mujer esbozó un gesto de ternura.

—Es porque tú eres distinta, bizcocha mía. Tienes un potencial que casi nadie más tiene. Tú… eres como yo. —Dione alzó el rostro y las llamas del brasero refulgieron como atardeceres en los cristales de sus cuencas—. Tú, mi niña, me ayudarás a encontrar al Radiante Renacido.

Entre cientos de Postulantes se celebraba un Escrutinio. Así le habían contado. En el pasado se trataba de un enorme y hermoso festival que duraba los veinticinco días del mes: sus cinco semanas de cinco días. Ahora había que utilizar métodos más furtivos.

—¿Se te han olvidado los tiempos que corren? —fue lo primero que dijo la anciana al escuchar las noticias, predeciblemente indignada con Striga—. ¿No escuchaste que a Sirimar lo mandaron de campaña con Cedhana Rálesig? ¿Sabes lo grave que sería si te pasa algo a ti?

El grupo se sacó los zapatos en la antecámara, les dedicó sus respetos a los antepasados de Dione, inmortalizados en los murales, y la siguieron por el largo vestíbulo, ornamentado con azulejos de diseños reflectantes.

—¡Una década de trabajo a la basura, Striga! ¿Qué digo? ¡Quizás dos décadas! —La mujer palpaba los relieves del muro, todos desgastados a la misma altura—. ¡Siempre te dejo hacer lo que quieras, pero justo esta semana era distinta! Te tenías que quedar haciendo tu trabajo del Serenazgo y ya. Hasta te hubiera aceptado que holgazanearas en casa. ¡Pero el Imisve Calvrul!

Cruzaron por el jardín interior. Ahí, todas las tardes Dione se sentaba a cantar y tocar el uze, una pequeña caja azul con cuerdas doradas que se apoyaba sobre los muslos.

Iuren recordó esa vez que, hace unos siete años, jlava Mudira lo había convocado a ese mismo jardín. Ahí ya se encontraban Psin y su hermana Nevis, esperando ansiosas. El joven no entendía a qué había venido, si no era a tomar clases de música. Hasta había traído su pesada sinagma al arrastre.

Psin se encontraba tan confundida como él. Miró a Dama Mudira, esa mujer de barbilla cuadrada que en nada se parecía a Iuren, y se notaba a suelos de distancia que era su madre por gracia. Cuando se escucharon las ruedas del carruaje junto a la puerta trasera y las patas de la ocóa que lo tiraba, al fin Mudira les contó a qué habían venido.

—¡Hoy van a conocer al próximo Radiante! —Chasqueó los dedos con emoción.

El grupo quedó mudo. Quizás la mejor forma de callar a tres adolescentes curiosos y con sueño era prometer algo así. La compuerta se abrió. La persona que entró junto a Dama Dione hizo que hasta a Mudira se le derrumbara la sonrisa.

La niña parecía un espantapájaros. Era ofánn: rubia, blanca y con la contextura de un farol de la avenida. Su pelo estaba enmarañado, sus uñas llenas de tierra y sus pies tan embarrados que arruinaban las baldosas del patio. Tiritaba a pesar del calor, y entre sus brazos llevaba un escudo azul, que apretujaba con tanta fuerza que le había dejado marcas en la piel.

—Amigas y compañeras, les presento al futuro de Ápohnin: ¡Su nombre es Striga!

La niña pasó al interior y lo primero que hizo fue golpearse la coronilla contra el marco de una puerta.

Dama Dione rebosaba de alegría. De seguro porque estaba ciega. Los demás se miraron con incomodidad.

Si ese era el futuro de Ápohnin, este se veía muy, muy opaco.

Capítulo 5 - Muelles de jade

El Imisve Calvrul llegó y pasó sin que Striga ni los demás pudieran participar, encerrados en la casona. Con la avenencia de la edil Mudira consiguieron que otros desdichados cubrieran el turno de Iuren y la sureña. Tomó todo el día, pero tras numerosas pláticas y muchas promesas, al fin la Postulante logró negociar su libertad. La esperaba una larga semana de trabajo.

Como todos los días, con los primeros haces del sol los puertos de Avrabin bullían de actividad. Los barcos jaquelados se acoplaban a los muelles, los barriles con mercancía rodaban hacia los escaparates, y mujeres y hombres desplegaban toldos y alfombras para comerciar sus productos. Una docena de colorinches globos aerostáticos sobrevolaron las cabezas de la muchedumbre, piloteados por medio centenar de ruidosos seres alados. Los enérgicos fúgul-gnos propulsaban las aeronaves con su aleteo y transportaban las cajas livianas de los navíos a las altas torres-bodega, voceando instrucciones en su idioma impronunciable.

La mercancía centelleaba bajo el sol: azines-fruta que casi respiraban; panes de roja yura y pasteles fritos en aceite de petuán; bandejas y ánforas vidriadas; esteras y sombreros de tidh, el mimbre de cien colores.

Detrás del bullicioso aluvión viviente, el lago Lérach refulgía como una verdosa lámina metálica. El aire húmedo y bochornoso empujaba el pungente aroma del pescado de la caleta, fundiéndolo con el de la muchedumbre y sus animales de carga.