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Oculta por su linaje / Cazada por su magia / Marcada por su destino La bruja más temida del universo da a luz a Angelia, una niña que desde su nacimiento es perseguida por una fuerte amenaza que se cierne sobre ella con la intención de adueñarse de sus dones y así romper el equilibrio y tomar el control de Aprana, un continente mágico y misterioso en el que conviven seres de diferentes razas, los cuales también se unen a la búsqueda de la criatura: unos para ayudarla y otros para aprovecharse de su poder. Angelia crece bajo la protección de dos trasgas de las cavernas y un gigantesco trol que la ocultan en lo más profundo de las montañas, ajena a sus propias habilidades y a los peligros de un mundo que desconoce. Pero pronto llegará el momento de salir de su escondite para enfrentar al destino y encontrar su lugar en la contienda por la poderosa magia que reside en el núcleo de la tierra. «Los ojos de la criatura» da inicio a las aventuras que se vivirán en «Aprana», una vibrante saga de fantasía cargada de secretos, alianzas inesperadas y una lucha impredecible por la gloria y el poder.
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Seitenzahl: 430
Veröffentlichungsjahr: 2024
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APRANA: LOS OJOS DE LA CRIATURA
© 2024 Hernando Muñoz Peschken
Reservados todos los derechos
Calixta Editores S.A.S
Primera Edición Septiembre 2024
Bogotá, Colombia
Editado por: ©Calixta Editores S.A.S
E-mail: [email protected]
Teléfono: (57) 317 646 8357
Web: www.calixtaeditores.com
ISBN: 978-628-7759-01-5
Editor General: María Fernanda Medrano Prado
Editor: María Fernanda Medrano Prado @marisuip
Corrección de Estilo: Jimena Torres
Corrector de planchas: Diana Valentina Rodriguez
Maqueta e ilustración de cubierta: Martín López @martinpaint
Diseño, ilustración, maquetación y mapa: David Avendaño @art.davidrolea
Primera edición: Colombia 2024
Impreso en Colombia – Printed in Colombia
Todos los derechos reservados:
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño e ilustración de la cubierta ni las ilustraciones internas, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin previo aviso del editor.
Facciones
I
La oscura noche en Temyles era iluminada por portentosos rayos, durante tres días la lluvia no había cesado; por el contrario, cada vez se hacía más fuerte: las descargas eléctricas encendían árboles a lo largo y ancho del bosque, pero, casi con la misma rapidez, se extinguían los fuegos gracias a la fuerza de un poderoso vendaval. Los ríos crecidos arrasaban con todo a su paso, aniquilando cualquier criatura que estuviera cerca, las enormes piedras rodaban golpeando la naturaleza, lo que solo aumentaba su cauce y capacidad de destrucción.
De repente, tal como llegó, la lluvia cesó. El bosque quedó en un tenebroso silencio, el viento se detuvo, el río se calmó. Una paz, casi profética, se apoderó del espacio. Aunque no por mucho, un ruido ensordecedor estremeció cada hoja, cada piedra y cada árbol de Temyles; las criaturas, refugiadas como podían de la lluvia, se levantaron a escuchar. Algunos lo confundieron con un rayo, pensaron que todo había vuelto a empezar, pero no. Era un grito que sobresalía por encima de todo, que consumió el silencio y se tragó la paz.
Un largo grito de dolor, seguido del llanto de un infante.
Esa noche, momentos antes del grito, dentro de la Montaña Negra, dos trasgas de las cavernas se movían tan rápido como sus fuertes, pero pequeñas piernas se lo permitían; su piel era gruesa y dura como una roca, sus cabellos canos estaban enredados y descuidados, algo de negro sobresalía sin lograr ocultar el hecho de que ya eran bastante mayores.
Liria, unos centímetros más alta, danzaba alrededor de una cama improvisada al interior de una formidable caverna. Velas y lámparas de aceite iluminaban tanto como era posible el lugar, pero lo que más luz arrojaba era un pequeño bastón que tenía en su mano, del cual brotaban potentes destellos. Su rostro estaba escondido entre algunas sombras, no obstante, la sangre que escurría por sus afilados colmillos brillaba escarlata ante la luz. A su lado, reposaba el enorme cadáver de un oso, al cual Hurta, su compañera, acababa de retirarle una armadura de cuero curtido y un cinturón con una hebilla metálica que marcaba su rango y su nombre. Hurta tomó un puñal de acero y le retiró el corazón al oso de manera quirúrgica y el trabajo no se detenía allí, continuó con el riñón que, de inmediato, pasó a Liria, quien lo mordió sin reparo y dejó que la sangre corriera por su rostro y sus manos, mientras seguía lanzando destellos hacia lo alto de la caverna.
Una de esas luces dejó ver la silueta de una criatura mucho más grande, tanto así, que a su lado el oso podría parecer un perro guardián; se elevaba tres metros por encima del suelo, como una estatua blanca: su piel era gruesa, pero desprovista por completo de vello, llevaba cicatrices recientes y antiguas en sus manos; sus musculosos brazos sostenían una vasta masa de acero, recubierta con alambre de púas, en los que aún se podían ver pedazos de piel de animales; el putrefacto olor que emanaba parecía ser el mejor aroma para el enorme trol, que aspiraba con orgullo: ese mazo era una muestra de su fuerza y ferocidad. Trokon, guardaespaldas de su majestad Reguerta, la más famosa y peligrosa hechicera del continente de Aprana. Trokon era el único que podía mover la enorme piedra de varias toneladas que cerraba la entrada a la caverna desde el exterior de la Montaña Negra.
Sobre la cama improvisada estaba una mujer jadeante, su rostro pálido y desfigurado por el dolor.
Liria pronunciaba extrañas palabras y jadeaba sudorosa; luego de morder los órganos, desgarraba pedazos y se los daba a la mujer, quien tomaba las piezas de carne y se las tragaba con dificultad y asco. Lo que una vez fueron las cobijas o sábanas que cubrían la cama, ahora eran unas manchas negras y húmedas.
Allí fue que sucedió: la mujer se contorsionó del dolor, su espalda se arqueó, levantando el abdomen abultado; su respiración pareció detenerse en el exacto momento en el que la tormenta se detuvo. Un grito tan fuerte como los rayos que hasta hace segundos inundaban el bosque, rompió todo. El eco retumbante se extendió por todo Temyles incluso más allá de las montañas.
Trokon se echó hacia atrás mirando con pavor la cama en el centro de la cueva, allí donde ahora podía ver una recién nacida entre las piernas de la mujer. El primer y último llanto de la criatura tuvo tanta fuerza como el grito mismo de su madre, después de ese, la pequeña permaneció en silencio.
Reguerta, completamente desnuda, se puso de pie sin siquiera temblar; Hurta se acercó y cortó el cordón umbilical con el afilado puñal; Liria con su bastón lanzó un fuego mágico para cauterizarlo y, en ese instante, la mujer perdió solidez material, se tornó en un espectro de humo, miró a Hurta y a Liria y declaró:
—Esta es Angelia, protéjanla con sus vidas —Y después se esfumó.
Cuando Reguerta desapareció, Trokon intentó buscarla en el interior del recinto, moviendo su enorme cabeza de lado a lado inspeccionando el espacio.
—¡Ya! Cálmate, quédate quieto —gritó Hurta.
Un ruido frío y chillón se escuchó al final de la caverna, una reja metálica se abrió, dando paso a varias filas de málicos: soldados del rey Éfither. Eran seres muy parecidos a los humanos, pero de una delgadez casi cadavérica y piel prácticamente transparente. Sus ojos azules, grises o verdes eran tan brillantes que podían verse como lámparas en la profunda oscuridad, algo que su raza, que casi nunca salía a la superficie, había desarrollado para la supervivencia. Traían bandejas con comida, agua, sábanas limpias e implementos de limpieza para su majestad Reguerta, la invitada de honor del rey; caminaban despacio, todos llevaban la parte superior del pecho desnuda, machos y hembras por igual.
—¿Dónde está su majestad Reguerta? —preguntó el málico que caminaba delante de la procesión emocionado de estar ante la presencia de la famosa y terrible hechicera de las leyendas —. Hemos escuchado los gritos y el llanto de la criatura.
—Ya se ha marchado —respondió Hurta mientras recogía las sábanas y cobijas sucias que había sobre la cama de madera.
—Yo recibiré el agua y la comida —dijo Liria—. Tenemos hambre, este parto ha sido un verdadero sufrimiento, trece horas sacando a la criatura.
—¿A dónde ha ido? —preguntó el málico.
Hurta se acercó a una cuna de madera donde descansaba una pequeña bebé: aunque aún ensangrentada sus enormes ojos cafés resaltaban en la oscuridad y la mugre, eran grandes, potentes y estaban protegidos por unas pesadas pestañas que, como telarañas, parecían destinadas a capturar la atención de todo aquel que se atreviera a mirar dentro de su enigmático iris, corriendo el riesgo de no escapar jamás.
—¿Dónde está la criatura? —repitió el málico mirando a Hurta, quien permanecía perdida en sus pensamientos, sin quitarle la mirada a la cuna, como hipnotizada.
—No se acerquen —dijo Liria al ver que su compañera no se inmutó—. Es peligroso mirarla. Reguerta nos alertó y nos entrenó a las dos para esta misión, nos advirtió del riesgo que conlleva acercarse a la criatura y de su enorme poder.
—El rey Éfither quiere verla —declaró el málico, como si ni siquiera hubiera escuchado la advertencia de la trasga, mientras su pecho se tornaba de color azul—. Tienen dos días para llevar a la criatura al salón del rey en el hall de la ciudad subterránea de Sathrica.
—Eso no puede ser —reclamó Liria de inmediato—. La criatura no debe salir de esta cueva hasta que Reguerta nos dé nuevas órdenes y nadie debe tocarla, nadie diferente a nosotras dos —Su voz chillona se elevó tanto como pudo, al escucharla Trokon levantó la cabeza, hasta el momento el trol había permanecido en silencio, si bien no estaba oculto, sí alejado; se acercó un par de pasos, que con sus enormes piernas lo pusieron casi al lado de Liria, dejando caer su mazo en un estruendo que meció las paredes de piedra.
El málico dio un par de pasos hacia atrás; sus ojos se enfocaron en el trol y después en Liria, a la cual miró con furia y desprecio.
—El rey se enterará de esta ofensa, su respeto hacia Reguerta y absoluta obediencia es total, los málicos estaremos siempre a su disposición, pero ustedes dos no tienen ningún poder acá, son unas simples rocas parlantes —indicó el málico, al tiempo que le daba la orden con su brazo a los demás de alejarse y regresar por el pórtico.
—Deja la comida —requirió Hurta, que al fin parecía haberse liberado del encantamiento producido por el infinito abismo de ojos de la bebé—. Tenemos hambre y no querrás que el rey nos encuentre muertos, incluyendo a su preciada criatura.
El málico volvió a mover su mano derecha y los demás dejaron sobre una mesa los alimentos y bebidas que habían traído y comenzaron su retirada.
—Dile al rey Éfither que venga en siete días —dijo Liria—. Por favor, envíen ayudantes para limpiar y preparar el recinto para la visita del rey.
***
Tras casi una semana desde el nacimiento de la criatura, la cueva lucía como otro lugar: la rústica gruta estaba totalmente renovada, la piedra del suelo, ahora sin tierra ni polvo, reflejaba la luz de algunos cristales que fueron instalados en las partes superiores de la caverna, lo que les evitaba tener que usar las sofocantes antorchas todo el tiempo. En el centro del espacio se acomodó una piedra larga y caliza a forma de comedor y al fondo se estableció el área de cocina, aunque ya habían acabado con la carne del venado cazado por Trokon –claro que la mayoría fue engullida por él para mantener su cuerpo esbelto de casi una tonelada de músculo y grasa–, varias filas de carne de jabalí se secaban en cuerdas largas y dos costales de patatas y raíces se veían tras una fogata que servía de estufa. La criatura bebía leche de murciélago, los cuales no escaseaban en los laberintos cavernosos bajo la Montaña Negra.
El rey Éfither había anunciado su llegada para ese día y sus sirvientes se esmeraron en los días previos para hacer el lugar digno de él. Los málicos eran estrictos con la limpieza y los detalles, eran extremadamente ordenados y sabían que su monarca no merecía pisar un lugar que no fuera decoroso.
Hurta y Liria estaban listas, nadie debía tocar la criatura, Trokon tenía sus órdenes de protección, así fuera el mismísimo rey el que quisiera hacerlo, no dudaría en blandir su mazo si se acercaba a Angelia. El trol no sabía muy bien por qué, pero había comenzado a sentir una extraña conexión con la bebé.
El sonido chillón irrumpió el lugar, el desfile de málicos subía, esta vez llevaban túnicas blancas, lo que indicaba que eran sirvientes; tras ellos aparecieron los soldados, algunas armaduras livianas de cuero y taches de metal cubrían en esta oportunidad sus torsos, en sus cintos llevaban una espada delgada y ligera, pero de un filo mortal.
Trokon se acomodó delante de la cuna en posición de defensa.
—Tranquilo, Trokon —Lo apaciguó Hurta—. El rey Éfither es un aliado, ¿no es así, rey? —gritó Hurta a la fila de soldados que se posaba ahora frente a ellos.
Detrás de los málicos se escuchó una voz pesada, pero armoniosa; el rey Éfither, más alto que el resto de los málicos, resaltaba con un cabello rojizo, largo y liso que le llegaba hasta la cintura, su pecho expuesto, era igual de delgado, aunque su piel era algunos tonos más oscura que la de los demás, se podía notar que Éfither había salido al sol en muchas ocasiones, a pesar del peligro de insolación que este representaba para los málicos. Llevaba una corona de cristal blanco, y una túnica abierta de seda que hacía juego con la corona, lo que solo contrastaba con las joyas de colores que caían hasta el piso y seguían por dos metros, sobre la cola del manto, que sus sirvientes levantaban para que no tocara el suelo.
—Hurta, Liria, ¿a dónde ha ido la poderosa Reguerta?, solo pude estar en su presencia por unos instantes cuando me entregó mi misión de dejarlas acomodarse en mis dominios y cuidar de su criatura —preguntó—. ¿Por qué no han llevado a la pequeña a mi palacio cuando nació? —Su voz, aunque amable, no dejaba de ser potente y exigente de respeto y respuestas—. He tenido que viajar varios días para llegar a esta espantosa y desgastada cueva.
—Su Eminencia —dijo Liria, poniéndose delante de Trokon y tocándolo con su mano en la pierna para que se calmara—. Su majestad Reguerta no podía permanecer acá más tiempo después de separarse de Angelia, perdón —se corrigió con rapidez—, de la criatura.
—Así que tiene nombre —dijo Éfither—. Angelia…
—Podría decirse —interrumpió Hurta.
—Quiero verla —dijo Éfither—. Si es tan poderosa como Reguerta, tendremos un arma para controlar todo el continente de Aprana y expulsar a los humanos, tal y como hicieron mis ancestros expulsando a los Dorianos con su ayuda hace cientos de años.
—Deténgase ahí, por favor —le respondió Hurta—. El mandato fue claro, nadie debe de tocar a Angelia, es peligroso. Nuestra piel gruesa nos protege, pero Reguerta dio órdenes expresas de que nadie se acerque hasta que la criatura crezca y Reguerta nos dé nuevas órdenes.
—¡Tonterías! Yo soy Éfither, hijo de Estomio Dotrio, regente de la Montaña Negra y los palacios de Sathrica, yo soy la luz de la profundidad —declaró—. Están bajo la protección de mi pueblo, dentro de mi reino.
Trokon se puso en frente del rey Éfither y lo miró con agresividad. Los soldados desenvainaron sus espadas en una coordinación milimétrica y dieron un paso adelante.
—Tranquilo, Trokon, el rey tiene la razón, somos sus invitados —dijo Hurta—. Recuerde, Su Majestad, que Reguerta ha sido aliada de los málicos desde hace cientos de años, no creo que valga la pena perder los favores de la maga más poderosa de Aprana por tocar a un infante.
—¡Quietos todos! —exclamó el rey, y sus soldados volvieron a enfundar las espadas—. Tienes razón, Hurta, como siempre. Eres una trasga muy sabia. Solo miraré a la criatura —dijo; se acercó con calma y rodeó la cuna, que ahora estaba vestida con sábanas blancas y limpias. Angelia miró a los ojos verdes claros de Éfither.
El rey no pudo apartar la mirada por varios minutos, el misterio dentro de los ojos de la criatura era absorbente, mirarlos era como estar en lo profundo de un abismo, vio la Montaña Negra desde el cielo, los mares lejanos del Norte con las olas estrellando en los desfiladeros y, por más que intentaba volver al lugar donde sabía que se encontraba, no podía apartar la mirada, sentía como si detrás de él se cerraran como colmillos las enormes las pestañas de Angelia.
—Señor —le llamó el primer oficial—. Señor, ¿está usted bien?
—¿Dónde estoy? —gritó Éfither, al tiempo que apartó la mirada; todo a su alrededor giraba, cada vez más rápido. La cara de las trasgas se acercaba y alejaba sin detenerse; sus soldados viraban a toda velocidad, igual que el trol. ¡¿Qué está pasando?!
Un golpe seco los dejó a todos en alerta. El rey había caído sin aguantar más el movimiento de todo a su alrededor y cayó sobre la piedra lisa y fría.
—¿Está usted bien? —dijo el primer oficial mientras se agachaba para ayudar a levantar a su monarca.
—Estoy bien. Tranquilos, estoy bien —contestó Éfither poniéndose de pie despacio y apoyándose en el málico—. Hurta, Liria, el trabajo que tienen por delante será muy difícil, cuenten con nuestra ayuda en todo lo que necesiten —declaró, luego se giró y miró a sus seguidores—. Está prohibido acercarse a la criatura bajo pena de muerte, no la mirarán, no la tocarán y brindarán a Hurta y Liria –las protectoras– todo lo que ellas necesiten por el tiempo que lo necesiten —dijo Éfither—. ¿Queda claro? —Los soldados y sirvientes hicieron una pequeña reverencia en señal de aceptación, pero en sus miradas podía verse un brillo distinto: era temor, miedo de Angelia.
***
Con el transcurrir de los días, Angelia comenzó a crecer: a los diez meses gateaba por la caverna con agilidad; cazaba insectos con presteza, sus favoritos eran las hormigas, atrapaba y se comía todas las que se adentraban en la cueva; cada día era más la leche de murciélago que le debían traer los málicos, ya que se alimentaba al ritmo al que crecía. Era notablemente inteligente; sin cumplir el año ya había comenzado a decir palabras que Hurta y Liria le enseñaban en el idioma de los trasgos y se comunicaba también con Trokon con algunas palabras en el idioma de los troles; ella aprendía palabras y frases, que repetía y utilizaba cada vez con mayor fluidez. Trokon dejaba que Angelia gateara por encima de todo su cuerpo, la pequeña jugaba sobre aquella mole blancuzca y se colgaba con felicidad, él estaba hechizado bajo algún control de la criatura, que era pequeña, delgada, con una piel mucho más suave y blanda que la de los troles y los trasgos, de color blanco, un agraciado cabello castaño rizado le caía ya sobre la frente; su nariz era muy pequeña, casi diminuta comparándola con la proporción de las trasgas, pero lo que más sobresalía era el tamaño de sus ojos marrón, algo en su mirada hacía que Trokon se sintiera seguro, tenía un propósito que lo llenaba de valentía, su única misión era proteger a Angelia, el brillo en sus ojos se lo recordaba cada vez que la miraba.
Las comidas eran abundantes: carne de jabalí, de venado e, incluso, algunas perdices y faisanes hacían parte del menú; batatas dulces, con hongos y trufas de Irindel, las mejores de toda la región; ciruelas de bronce, cebollines de Mournland y nueces de roble azul. Una jarra de vino negro siempre acompañaba las cenas: despalillado, estrujado, macerado y prensado en el vientre mismo de la Montaña Negra.
Aunque su vida estaba, casi que por completo, sometida a las paredes de la cueva, todas las mañanas salían por un espacio que nunca superaba los quince minutos, ya que, para Hurta, Liria y –sobre todo– para Angelia era necesaria la luz del sol, salían custodiadas por un batallón málico, pues Trokon no podía hacerlo, si un solo rayo lo tocaba, podría convertirse en piedra.
La mañana en la que Angelia cumplía dos años, la tranquilidad de la rutina diaria se rompió. Temyles, pacífico como siempre, fue testigo de la irrupción de una fiera misteriosa. Un gigante lobo de pelaje café oscuro y ojos azul profundo se acercó sin reservas a la enorme piedra que protegía la caverna. Los málicos, apostados en distintas partes de la montaña, escondidos siempre del ojo común, lo detectaron con rapidez; estaban preparados para cualquier ataque.
—¡Un intruso! ¡Se dirige hacia acá! —Un guardia entró corriendo por la gran reja de metal advirtiendo a las trasgas de la presencia del animal.
—¿¡Quién!? —gritó Hurta mientras sus dos ojos arrugados se abrían de par en par.
—Es un lobo solitario. Pero bien sabes que nadie debería poder caminar por estos parajes con los conjuros de Reguerta.
—¡Muéstrame! —dijo Liria tras ellos y salieron por la rampa de metal, para escabullirse por los laberintos que los llevarían a una salida muy pequeña, varios metros arriba de la piedra que guardaba la entrada.
Liria salió con mayor facilidad por su estatura. Levantó el bastón sobre su cabeza y con un ágil movimiento circular inició un hechizo «blå torden»; el bastón tembló y varios rayos azul celeste salieron disparados hacia el bosque.
—¡¿Quién anda ahí?! ¡¿Qué quiere?! —Liria vio al lobo acercarse cada vez más a la roca y ni su encantamiento, ni su voz parecían atormentarlo—. ¡Deténgase! Tras esa roca lo espera un trol blanco de Hiltblur, que no mostrará piedad y lo destripará al verlo.
El lobo miró hacia arriba, casi pareció sonreír. De uno de sus colmillos salió un pequeño destello; de repente, todo se sumió en un pesado limbo y un interrumpible silencio. Liria quedó congelada con la boca abierta. No se escuchaba nada, nada se movía, el tiempo se había detenido.
La enorme piedra que cerraba la cueva se abrió despacio, sin producir sonido alguno y sin que nadie la tocara. Atrás estaba Trokon, en posición de ataque, con su mazo de hierro, lleno de alambres y piel de animales. Tampoco se movió. Hurta, preparada para el intruso, estaba frente a Angelia, llevaba en sus manos un sable, pero tampoco podía moverse. El lobo entró despacio a la cueva, con una tranquilidad absoluta. Sus pasos sobre la roca húmeda y unos suaves murmullos que la pequeña hacía mientras lo observaba acercársele eran lo único que se escuchaba. Ninguno de los dos parecía inquieto o asustado, ni siquiera cuando las enormes fauces del lobo estuvieron sobre la cama de madera. Angelia se sentó y estiró sus brazos hacia el hocico y la lengua que sobresalía del animal, como si entre los enormes colmillos hubiese visto un juguete.
El lobo se acercó a observar por primera vez el rostro de una niña humana; con su lengua la lamió varias veces, sin entender por qué no había quedado inmóvil como todos los demás con el poderoso hechizo, pero no podía dejar de mirarla, de ver su reflejo en los ojos cafés, como sintiéndose más feliz y libre que lo que jamás había sentido. El encuentro duró apenas unos minutos, hasta que el enorme lobo salió del embrujo e intentó levantar a la pequeña tirando de la piel de oso bajo sus pies. Trataba de halar con fuerza, sin embargo, por alguna razón, no podía lograrlo. Angelia seguía firme, sentada sobre la piel y agarrada de los bigotes del lobo; que se alejó un poco y observó por debajo de la cama, por un lado y por el otro; sin ver qué era lo que sujetaba a la niña. Después de muchos intentos, sintió que su encantamiento se agotaba, así que despacio se alejó, con cautela salió por la enorme puerta y después corrió tan rápido como pudo y se introdujo en la espesura de Temyles.
Cuando ya el lobo se perdía a lo lejos, en la distancia, el extraño hechizo que tenía a todos congelados se dispersó. Liria notó de inmediato que el intruso ya no estaba, había desaparecido. Trokon, el gran trol, se sobresaltó al ver que la enorme roca estaba fuera de su lugar, y empezó a gritar con fuerza mientras corría a cerrarla, produciendo un estruendo en tanto arrastraba la piedra por la caverna.
Hurta se lanzó en rastra con su cuchillo hacia la puerta entreabierta al ver a Trokon esforzándose para cerrarla. Liria y el málico bajaron a la cueva tan rápido como les dieron las piernas, en búsqueda del preciado tesoro. Los málicos comenzaron a disparar flechas en el bosque y, un centenar de ellos, llegados desde lo más profundo de la montaña, desfilaron frente a la gruta, salieron por rutas secretas, invisibles al ojo; su cabeza iba cubierta por una tela blanca que los protegía de la luz del sol. Habían sido enviados por el rey Éfither a buscar al invasor.
La cantidad de sonidos y el revuelo a su alrededor inquietó a Angelia, sentía que algo sucedía y su piel se erizó, destellando una pequeña carga eléctrica a su alrededor.
Hurta gritó desesperada cuando vio la cara lamida de la pequeña; temió lo peor y la examinó por todas partes. Hurta y Liria no entendían lo sucedido, pero ambas sabían que la bestia había tenido contacto con la pequeña.
—¡Cierra la puerta! —ordenó Hurta a Trokon, una vez terminó el examen de Angelia.
—¿Qué debemos hacer? —dijo Liria al oído de su compañera, la voz le temblaba.
—Nada —declaró Hurta.
—Reguerta fue muy clara en sus órdenes. Nadie podía acercarse jamás a la criatura —le contestó Liria.
—Nadie va a saber esto. Nadie tiene por qué saberlo jamás. Fue solo una bestia, un lobo, y no la dañó —dijo Hurta.
—¿Sabes lo que nos haría su majestad Reguerta si se enterara de esto? Nos lanzaría la peor de las maldiciones —replicó Liria.
Hurta temblaba, mientras sufría en su interior, pensando en el poder de Reguerta. Liria, sin dejar de mirar a la niña, seguía insistiendo en que Reguerta se enteraría de alguna manera.
—Los málicos vieron lo que pasó. El rey Éfither envió un pelotón a buscar a ese lobo; alguien se enterará y se lo contará. Ella va a saberlo.
II
El viento rugía entre las ramas, mientras Borsin corría a toda velocidad por el bosque de Temyles. Las ramas golpeaban en su lomo como látigos, en tanto él escapaba en la oscuridad. A lo lejos, podía escuchar la furia de los málicos que lo perseguían, el tintineo de sus armaduras al correr. Él sabía que en su forma de lobo era mucho más rápido que los málicos, pero no podía cometer el error de guiarlos hasta la guarida de su pueblo, el de los sagrados sifares, un pueblo de criaturas muy antiguas que se encontraban esparcidas en cientos de aldeas en la infinitud del bosque de Temyles, el de mayor extensión en el continente de Aprana. Los sifares casi nunca salían del bosque, lo que los hacía muy misteriosos y reservados.
Borsin continuó su carrera sin soltar el ritmo, hasta que dejó de oír a los málicos. Estaba muy cansado, respiraba agitado; el calor de su pelaje ya no lo dejaba respirar. Cayó rendido al suelo y esperó largo tiempo con el abdomen contra la tierra fresca mientras recobraba el aliento.
El sol comenzó su ocaso sobre las altas copas de los árboles. El color verde esmeralda de las hojas se tornaba oscuro. El sol se llevaba consigo el abrigo de luz, dándole paso al frío cortante de la oscuridad. Pieti –una pequeña ardilla con largo pelaje rizado y cobrizo estaba trepada en lo más alto de un árbol– y observaba cómo el atardecer se reflejaba sobre los cristales naranja y rosa del espectacular Palacio Rubí, hogar de los misteriosos cantores, una estructura decorada con gemas y piedras preciosas que reflejaban los rayos del atardecer por cientos de kilómetros, haciéndolo iluminar como una estrella en el ocaso. Hacia el Norte se extendía un interminable mar verde de árboles que se perdía en la oscuridad de las Montañas Nubladas. Pieti temblaba de miedo de solo ver ese paisaje oscuro e infinito que iba haciéndose cada vez más negro y misterioso por entre los últimos árboles a lo lejos. El bosque de Temyles se expandía también hacia el sur hasta convertirse en colinas y laderas, hasta encontrarse con el gran lago Fali y con los Acantilados Blancos de Rodik, enormes muros verticales de cientos de metros de altura. A la orilla del mar del Sur quedaba la ciudad de Férom, la principal colonia de humanos en Aprana. Sus murallas de piedra y ladrillos eran altas y fuertes y servían para proteger a sus pobladores de los peligros que acechaban.
Los humanos provenientes de Interium fueron, durante algo más de cien años, gobernadores de Férom, el principal asentamiento en este nuevo continente, la región del Sur había sido colonizada y contaba ahora con muchos pueblos pesqueros y zonas de cultivo que robaron al enorme bosque con el pasar de los años, pero la principal razón de la presencia humana eran las minas de carbón en los Acantilados de Rodik, decenas de minas se excavaban kilómetros adentro en rutas laberínticas en busca del mineral para enviar a la capital del Imperio en Interium.
Al Oriente, las planicies silvestres ondulaban cientos de kilómetros más allá de lo que la pequeña ardilla podía ver. En algún punto terminaba la vegetación y solo quedaba tierra sin agua, un gran desierto de piedra por donde nunca nadie viajaba. Ahí estaban las ruinas de la ciudad de Tónor con sus enormes columnas, que subían hasta casi tocar el cielo, las ruinas de un pueblo que hacía mil años había invadido el continente de Aprana.
Cuando la oscuridad lo consumió todo, Pieti bajó con agilidad de rama en rama, saltando con suavidad; el frío se hacía cada vez más intenso en lo profundo del bosque. Su olfato era muy bueno y conocía bien el olor de Borsin. Luego de unos minutos encontró al gran lobo acostado con la cabeza contra un enorme roble, respirando despacio, recuperando el aliento. Pieti se acercó y le lamió el hocico varias veces. Hacía pequeños ruidos de ardilla y movía su cola contra la cara de la bestia.
Borsin sintió el cosquilleo de la cola peluda y dio un gruñido profundo y fuerte; su cuerpo comenzó a perder musculatura, sus piernas se estiraron y encajaron nuevamente, sus brazos fueron cambiando a forma humana. Su hocico se encogió y, en un aullido de dolor que pareció interminable, regresó a su forma natural, que no era humana, él era un sifar. A pesar de medir 1.88, era considerado pequeño entre su raza. Su piel color roble, la frondosa barba color marrón y el vello de su pecho y su abdomen lo hacían lucir como una bestia. Tenía la nariz gruesa, los ojos grandes y una piel fuerte y áspera que causaban una impresión de tenacidad. Lentamente, se incorporó, y estiró la mano, dejando que la pequeña ardilla subiera por ella.
—Hola, pequeño amigo —dijo—. ¿Has estado cuidándome desde lo alto? —La ardilla le hizo saber que sí con sus ruidos, sin dejar de moverse por su brazo—. Estoy exhausto. He tenido que correr muchos kilómetros para alejarme de la montaña. No creerás lo que he visto dentro de la cueva. El Gran Síndar sabía que algo pasaba allí, y por esto me ha enviado a investigar, pero estoy seguro de que no imagina lo que he encontrado. Había una criatura pequeña, Pieti, imagina. Una criatura de tu tamaño, aunque sin pelos. Estaba cuidándola un enorme trol, dos trasgos de las cavernas y un ejército de málicos. Debemos darle la noticia al Gran Síndar lo antes posible —Pieti, intentando comprender lo que decía su amigo, seguía haciendo sus ruidos de ardilla—. Pieti, yo sé que me entiendes —dijo Borsin—, eres alguien muy especial. Algún día aprenderás el camino del Almanima y podrás volver a tu forma sifar. Es mi deber acompañarte en este camino. Ahora vayamos a la aldea a informarle a Síndar.
El sifar y la ardilla caminaron hasta un pequeño arroyo que escucharon en la cercanía. La forma como Borsin se movía por el bosque era suave y fluida para un ser tan grande.
Al llegar al arroyo, el sifar se agachó sobre la arena y comenzó a lavarse el sudor de todo el cuerpo. Por su mente pasaban, una y otra vez, las imágenes de la pequeña: ¿por qué no funcionó el hechizo de parálisis en ella? ¿Qué hace una niñita en ese horrible lugar? ¿Por qué no pude cargarla? ¿Qué puede saber Síndar de todo esto?, pensaba Borsin al tiempo que sentía el agua refrescar su cuerpo cansado. Pasaron la noche cerca de este arroyo, ambos en forma animal. Al día siguiente caminaron por diferentes zonas. Si alguien los viera, pensaría que vagaban sin dirección alguna, pero la realidad era que Borsin era muy hábil para no dejar rastros, y no quería que de ninguna forma los málicos lo rastrearan hasta su aldea.
Muy entrada la noche del tercer día, al fin parecieron encontrar su destino. Llegaron a una zona muy oscura, donde el bosque era tan espeso que la luz de la luna no lograba entrar en el follaje de los árboles de Temyles; donde las ramas y las raíces se entrecruzaban como laberintos de madera e, incluso, la luz del día tenía problemas para atravesarla. Allí Borsin –aún en formalobo, que era la única manera como podía entrar en la espesura que protegía la aldea de los sifares– comenzó a correr en cuatro patas por entre los árboles, esquivó espinas venenosas como agujas que salían de las ramas, saltó por encima de profundos pozos y caminó sobre raíces que, como puentes, atravesaban ríos torrentosos; todo esto en la más profunda oscuridad. Esto solo lo podían lograr algunos animales salvajes que, como los de su raza, tenían la capacidad de detectar la más mínima luz y ver perfectamente en la penumbra.
Miró hacia su derecha y pudo ver varios pares de ojos brillando en la oscuridad: lobos. A su izquierda, el enorme animal vio unas sombras dos o tres veces más grandes que la suya, moviéndose tras de él, cerrando el paso a cualquiera que pudiera haberlo seguido. Borsin, con Pieti a su espalda, bajó el ritmo de su trote y escuchó a lo lejos el ruido de una cascada que caía con fuerza. Tras un puñado de árboles gigantescos encontró lo que buscaba: la gran roca, oculta y rodeada de acantilados, bordeó el agua y entró por un espacio escondido tras la piedra.
Al cruzar al otro lado, Borsin tuvo que cerrar de inmediato los ojos mientras se acostumbraba al brillo de las luces de las miles de luciérnagas que bajaban del cielo. La suave luz de estos insectos iluminaba la noche. Grandes árboles se levantaban entre la aldea y unas cuerdas de las que colgaban lámparas de colores que se tensaban entre ellos. El bosque ya no era espeso, dejaba entrar la luz de la luna, que ya solo era un pequeño hilo a punto de desaparecer entre el mar de estrellas. Había varias fogatas con animales y personas; alrededor se apostaban casas de madera y tela, tan grandes que podían albergar a varias familias. El piso de tierra fuerte y apisonada estaba marcado con pequeñas piedras que servían como caminos, varios de estos llevaban a uno principal, que tenía piedras más grandes y planas y que estaba iluminado por antorchas.
Al poner las patas en el camino, de inmediato su cuerpo se transformó en sifar; pero la transformación no era dolorosa y espeluznante como cuando él lo hacía voluntariamente, sino que su cuerpo mutaba en un santiamén. Siguió caminando, ya en dos patas, a ritmo constante. Pieti, por el contrario, siguió siendo una ardilla y ahora iba montado en el hombro de Borsin, donde más le gustaba viajar. El camino era largo, pero a él no le molestaba recorrerlo. A su alrededor se agitaban fogatas, casas de colores y se escuchaba música de tambores y de flautas que tocaban algunos sifares mientras otros bailaban y tomaban un líquido azul brillante. En sentido contrario al del camino, con largas barbas y cadencia lenta, venían caminando tres sifares que parecían ser ancianos. Borsin se arrodilló, bajó la cabeza en señal de saludo y respeto. Los ancianos devolvieron el saludo siguiendo su lento andar y Borsin se enderezó tras su reverencia y siguió por otros minutos rumbo a su destino, una gran construcción de madera pintada de terracota, rojo, cereza y mostaza con el techo de madera. Era el gran salón de la Tierra, que se elevaba en tres niveles y ocupaba el centro de la vida política y social de la aldea. De la enorme construcción salían cuatro caminos en dirección a los puntos cardinales. En lo más alto brillaba la gran estatua de un águila, con una luz dorada que iluminaba los altos árboles que rodeaban a la aldea.
En la puerta se apostaban dos guardias de apariencia ruda: fuertes y musculosos, con armaduras de cuero pesado, que sostenían lanzas de madera. Sus vestimentas, fabricadas con telas de colores tierra, eran sencillas y dejaban asomar sus fuertes piernas y sus grandes tórax peludos. No llevaban calzado alguno, ya que los pies de los sifares tenían la piel gruesa, como suelas de caucho, y no necesitaban ninguna protección.
Ambos guardias miraron a Borsin.
—Borsin, ¿por qué viene desnudo al gran salón? —dijo uno.
—¿No debió primero ir a su casa a vestirse? —añadió el otro.
En realidad, era poco lo que podía verse, ya que Borsin era casi tan peludo como sifar que como lobo, más pareciera que llevara un vestido de lana. De todos modos, no le hizo gracia el comentario.
—¡No tuve tiempo! ¡Abran paso que tengo noticias urgentes para Síndar! —rugió con tal ímpetu que los guardias lo miraron sorprendidos, Borsin era muy calmado; de inmediato uno de ellos entró a un pequeño cuarto y le ofreció una túnica café.
—Usa esto. Entendemos que haya premura, pero sería irrespetuoso que entraras sin nada encima.
Borsin agradeció el gesto, se vistió con las ropas ofrecidas y luego se internó en la construcción.
El Salón estaba bien iluminado por antorchas que emitían una luz cálida. En el centro se encontraban algunas mujeres hermosas cantando y bailando alrededor de una hoguera. Las mujeres sifares, muy distintas de los hombres, no eran ásperas ni de gran tamaño; eran hermosas, de rasgos suaves, cabellos sedosos -de color castaño o negro- piernas largas y vestidos de colores vivos: rojo, azul, rosa. Tenían en la piel pequeñas pecas amarillas, rosa o azules, como dibujos sobre un lienzo hechos de miles de pequeños puntos que formaban figuras por todos sus cuerpos, que reflejaban la luz y hacían aún más hermoso el baile. Las estampas de cada una eran diferentes, algunas eran más tupidas en el abdomen, y otras, en las mejillas.
Su baile era una fantasía llena de alegría, risas y encanto. Pieti bajó del hombro de Borsin y corrió ágilmente por entre los sifares que se encontraban en el recinto. Anduvo por debajo de las mesas ubicadas a los lados de la enorme construcción de piedra; bancas largas de madera y mesones se apostaban a lo largo de las paredes, que eran iluminadas por la luz del fuego. Decenas de sifares comían enormes porciones de carne grillada. Se veía en el centro de una de las mesas un jabalí asado en salsa de mostaza dulce y glaseado con un poco de miel, que brillaba con la luz de las antorchas. A su lado, varios pollos rostizados con salsa de frutas, puré de papas y varias jarras grandes del mismo líquido azul brillante que tomaban afuera.
Pieti hizo lo posible por no mirar toda esta comida asquerosa que había en la mesa. Su dieta era vegetariana, le gustaban las bayas y las nueces que encontraba en el bosque. Las mujeres que bailaban lo levantaron e hicieron fila para contemplar su hermoso pelaje dorado. Le dedicaron canciones, en tanto él se frotaba contra el cabello de las hermosas damas. Una de las mujeres se alejó del grupo y comenzó a besar al animalillo por todas partes y a estrujarlo. Juntó su nariz contra la de la ardilla mientras la apretaba con el amor de una madre.
—Pieti, mi lindo, mi pequeño, mi único hijo, ¿cómo has estado, hermoso? —dijo la mujer. La ardilla movía su cola sin parar y se acicalaba en el pecho de su madre.
—Te extrañé muchísimo, pequeño mío. ¿Cómo te ha tratado Borsin? Es una bestia horrible, y tú un resplandor de sol y alegría. Espero que no te haya puesto en peligro con sus transformaciones y que te esté enseñando. Quiero que estés conmigo para siempre. Sin importar si vuelves a tu forma sifar, quiero que sepas que siempre te amaré. Ahora ven, te tengo tus bellotas favoritas, las recolecté en el bosque esta mañana. Vayamos a casa y te consentiré hasta cuando nos quedemos dormidos —le dijo Milena, Pieti no paraba de mover su cola y emitir ligeros sonidillos con sus dientes. Se enrolló en el pelo de su madre y salieron juntos del templo.
Borsin buscó con su mirada a Síndar, al verlo, subió las escalas en el extremo norte del Gran Salón, donde se encontraban los jefes ancianos. Entre cada aldea Sifar en Aprana cambiaban algunas costumbres, pero en todas ellas se valoraba la sabiduría de los mayores y siempre entre ellos se escogía al Gran Maestro, que se sentaba con su Consejo en la mesa principal, elevada en una plataforma con una enorme chimenea de piedra para mantenerlos calientes en los inviernos.
Las escaleras de abedul craquearon un poco anunciando la llegada de Borsin. Síndar iba vestido con un pantalón café y una chalina terracota. Era un hombre fuerte, de edad adulta, con vigor en su mirada. Se dio vuelta levantándose de la gruesa banca de roble tintillado sobre la que estaba sentado con otros ancianos, Borsin vio cómo tras su barba larga y risada de color rubio, le sonrió con simpatía y se acercó a él con amabilidad, sus ojos azules sobresalían sobre las arrugas y manchas del sol de una vida bien vivida y trabajada en el bosque.
—¿Qué llevas puesto, muchacho? —dijo Síndar de manera burlona, mirando desde arriba a Borsin que era de menor estatura.
Borsin se acercó con una sonrisa mientras se levantaba un poco la bata y dejó ver sus piernas peludas siguiendo la broma, pero cuando estuvo seguro de que nadie los escuchaba, se tornó serio y le susurró algo al oído al tiempo que la música seguía sonando en el salón.
—Disculpe mi vestimenta, maestro, debía hablar con usted lo antes posible y no había tiempo para formalismos, debo darle noticias sobre la misión a la que me envió, son noticias urgentes y debemos reunir al Consejo.
Síndar se alejó un poco con preocupación en su mirada, su ceño se frunció, se acercó a los compañeros con los que estaba segundos antes e hizo una señal para que detuvieran la música. Les pidió a los asistentes que terminaran la cena y mandó convocar a los miembros del Consejo de Sifares y al comandante de los guardias.
Los asistentes salieron uno a uno del salón y este se fue quedando vacío. La música cesó, algunos sifares recogieron las mesas y limpiaron el desorden tras el festín. Entre la comunidad se repartían todas las labores y era un gran honor servir en la limpieza como en la cocina o en el ejército. Después de mucho tiempo, en el Gran Salón solo permanecían Borsin, Síndar y dos miembros del Concejo sentados alrededor de la mesa principal en silencio en la esquina norte del salón rectangular sobre la plataforma elevada.
Unos minutos después, entraron al salón los sifares que Borsin se había encontrado a su llegada al pueblo, tres de los ancianos más venerados, miembros del Consejo y, dos de ellos, fueron jefes, ya estaban demasiado débiles para dirigir, pero siempre se les pedía su opinión y se valoraba su experiencia. Detrás de ellos venía Rocat, el Fuerte: una enorme barba café y complexión formidable le daban la imponencia que necesitaba al ser el comandante de la Guardia. Junto a él venían sus dos capitanes: Rigo, Sangre de Oso y Jonar, Garra de Acero. Ambos eran tan enormes como el comandante.
Rocat se extrañó de ver a Borsin reunido con los ancianos, él no era parte del Consejo y tenía un rango muy inferior, era un simple explorador, como todos los de su clase. Para que Borsin llegara al Consejo debería tener mucha más experiencia, ningún formalobo era invitado a este exclusivo grupo de líderes; además Borsin tenía una muy buena relación con Síndar, y esto no les gustaba a los demás miembros de la Guardia, que le tenían recelo e intentaban hacerle las cosas más difíciles.
Cuando estuvieron los diez sentados alrededor de la mesa, cada uno se sirvió una copa de un líquido rojo oscuro. Los guardias cerraron las puertas, que hicieron un sonido fuerte y pesado.
Síndar fue el primero en hablar:
—Los he mandado llamar a todos porque tengo noticias muy intrigantes. Como ustedes saben, desde hace ya dos años que se han venido presentando movimientos muy extraños en la Montaña Negra, en medio del bosque de Temyles. Estuve conjurando un hechizo muy poderoso con la ayuda de los ancianos de la aldea. Todos sabemos de la leyenda de Reguerta, la hechicera que desapareció hace cientos de años, y sabemos que ese no fue su fin, que llegaría una poderosa criatura que traería el fin de este mundo tal como lo conocemos, que vengaría el destino de la hechicera. Creemos que es posible que todo el movimiento que ha habido en la Montaña Negra sea algo más que las usuales cacerías y hurtos de los málicos en nuestro bosque.
Rocat lo interrumpió con un gruñido:
—Gran Síndar, los málicos no se atreverían a pisar nuestro bosque, tengo guardias alrededor y cada vez que alguno entra en el territorio es exterminado de inmediato, al igual que lo hacen los demás sifares en las aldeas del Sur con los colonos humanos que se atreven a entrar en lo profundo de Temyles. Nosotros cuidamos y protegemos el bosque por todo el continente, los sifares en el Norte mantienen afuera a las extrañas y nefastas criaturas que defienden las Montañas Nubladas y nosotros nos encargamos de los málicos. Su poder proviene de las profundidades de la montaña y de la oscuridad, y fuera de ella no tienen manera de vencernos. Por eso se mantienen escondidos.
—Valiente Rocat —le respondió Síndar—, no tienes que decirme eso, yo lo sé. Sé que tú has servido al pueblo de los sifares por muchos años con valentía y orgullo, no dudo de tu fuerza y tu liderazgo, pero hay fuerzas muy poderosas y secretas en este mundo de las cuales no todas las criaturas conocen. En esta era oscura se han vuelto aún más poderosas y de las profundidades han salido enemigos que no podremos vencer solos —Síndar bebió un poco del contenido de su copa, se aclaró la garganta y continúo—: la leyenda habla del nacimiento de una criatura, nadie sabe cómo es, ni qué poderes pueda llegar a tener, solo se sabe que nacerá en luna menguante y que traerá el fin.
Gúlar de los Vientos se removió en su silla, era un sifar de muchos años, su barba era extremadamente larga y blanca y algunas plumas salían de su cuerpo, era tan anciano que ya había pasado por todas sus formas y muy pronto se convertiría para siempre en Águila, su última forma, una a la que solo los más viejos y sabios sifares llegan para olvidar sus penas mortales y viajar por entre las nubes sin más preocupación que el viento bajo sus alas, mientras observan el ir y venir de las demás criaturas en su correr por la vida.
—Ha habido mucha maldad creciendo en los últimos años —dijo Gúlar—. Viejas leyendas son ahora los unicornios, los poderosos dragones y las criaturas mágicas gobernadas por la bondad y la inteligencia; Síndar, tú estás hablando de aquella descrita en los antiguos libros, la que es conocida como la hechicera de la muerte. Si es ella quien ha estado conspirando con los málicos, podríamos estar ante una enorme amenaza.
—Esa es nuestra preocupación, Gúlar —intervino Síndar—. Si Reguerta está involucrada en esto, debemos intervenir pronto, antes de que su poder regrese a este mundo. Por eso he enviado a Borsin, uno de nuestros formalobos, a explorar la Montaña Negra. Borsin es muy especial y, desde joven, en las pruebas de habilidad notamos que podía manipular la fuerza mágica, que podía usar hechizos, además de usar su habilidad de formalobo.
Los asistentes se quedaron perplejos, en especial Rocat y Rigo.
—Eso es imposible, solo aquellos que no pueden transformarse pueden manipular la magia como usted, maestro Síndar o como las mujeres sifar —dijo el comandante.
—Es una característica muy rara, pero hay líneas de sangre muy puras que vienen desde los primeros sifares que tienen ambas habilidades —dijo Gúlar—. Mi abuelo fue un hechicero poderoso, el último formalobo del que se supo que podía manipular la magia.
Rigo miró con desprecio y con rabia a Borsin, aceptando la explicación recibida.
—Como les decía —continúo diciendo Síndar—, hace años he enseñado a Borsin a controlar su capacidad mágica y hace unos meses le he dado un hechizo que fabricamos con los ancianos, le he adiestrado en secreto para que aprendiera a usarlo y controlarlo por corto tiempo: un conjuro de fuerza telepática con el cual podría paralizar incluso a los málicos dentro de su propia montaña, en la que ni siquiera los más fuertes son rival para ellos. Esta misión debía, y debe, continuar siendo un secreto, ya que se dice que los seguidores de Reguerta tienen espías y oídos por todo Aprana. Ahora les presento a Borsin, a quienes no lo conocen aún.
El sifar se levantó de la mesa, hizo una gran venia y saludó a los presentes, no dejaban de mirarlo bien con incredulidad, bien con rabia.
—Hoy me presento con humildad ante ustedes, grandes sabios —dijo—. Ofrezco disculpas a mi comandante Rocat, el Fuerte, y a mi capitán Rigo, Sangre de Oso, por haber realizado esta misión a sus espaldas. Tal como el gran maestro Síndar les ha informado, debía hacerse en completo secreto. Hace seis lunas me envió a espiar la Montaña. Me mantuve en los linderos del bosque, mirando el movimiento de los málicos. Una noche, noté algo fuera de lo común: una gran roca se movió, y de la cueva salió un inmenso trol que inspeccionaba los alrededores, y detrás de él salieron dos trasgos de las cavernas. Nunca vi trasgos ni troles en la Montaña Negra, y por eso me mantuve escondido hasta que volvieron a entrar y el trol cerró la gran roca. Continué haciendo seguimiento e informé a Síndar hasta que esta semana me envió con el hechizo, al atardecer, con el sol a mi favor, en mi forma de lobo me acerqué despacio, hasta que los soldados málicos en lo alto de la montaña me vieron. Uno de los trasgos comenzó a gritar. En ese momento lancé el encantamiento que me entregó el maestro Síndar; fue muy difícil controlarlo para mover la roca. Mi cabeza giraba y me dolía, mi vista se nubló y creí que mis ojos me engañaban cuando entré en la cueva: todos estaban inmóviles, ¡el conjuro funcionó! El enorme trol, justo detrás de la piedra, se quedó estático alzando un mazo enorme, un trasgo de las cavernas me amenazaba con un cuchillo, pero lo que de verdad me dejó aterrado fue que en el fondo había una niña humana, que continuaba jugando tranquila, en ella no surtió ningún efecto el embrujo, me acerqué al verla sentarse sobre una cama de madera arropada en una piel de oso.
Rigo rugió con furia, todos los osos eran sagrados para los sifares.
—Tranquilo, Rigo —dijo Rocat, pero Rigo se levantó de la mesa y derramó su bebida.
—Esos málicos pagarán por cada uno de los nuestros que hayan matado alguna vez. Organizaré una campaña y atacaremos la montaña para sacarlos del interior de la tierra como a hormigas, para aplastarlos bajo nuestras patas —rugió.
—Tu temperamento es tu enemigo, Rigo. Por esta razón necesitaba a Borsin para esta misión. Más sigilo y menos pasión —replicó Síndar.
Rigo se sentó y miró a Borsin con más furia, pero se calmó para evitar que todos notaran su descontento con el formalobo.
—Continúa, por favor —le dijo Síndar a Borsin.
