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Cuatro mujeres y una librería donde volver a empezar. Elsa, Lili, Sylvana y Gabriela coinciden a menudo en La Colombaia, una preciosa librería-café propiedad de la primera. Todas rondan la cincuentena y arrastran pérdidas, heridas y secretos. Cada una ha tocado fondo a su manera, pero entre libros, tartas y plumcakes descubrirán que nunca es tarde para reconstruirse. En ese maravilloso rincón situado en el corazón del Eixample barcelonés, las amigas encontrarán un apoyo y empatía que las ayudará a sanar vínculos, ser valientes y recordar quiénes eran antes de olvidarse de sí mismas. Aprender a volar con las alas rotas es una novela coral, luminosa y profundamente humana sobre la sororidad, la resiliencia y el poder curativo de los libros.
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Seitenzahl: 449
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Contenido
Parte I: Iniciar ciclos
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Parte II: Luces y sombras
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Parte III: Conectar con el otro
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Parte IV: Habitar el cuerpo
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Tres meses más tarde…
EPÍLOGO
Agradecimientos
Aprender a volar con las alas rotas
Página de créditos
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
Título original: Aprender a volar con las alas rotas
© 2025 Lola Gulias
Corrección: Rosa Sanmartín
Diseño de cubierta: Eva Olaya
1.ª edición: septiembre 2025
Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo:
© 2025: Ediciones Versátil S. L.
Calle Muntaner, 423, piso 2
08021 Barcelona
www.ed-versatil.com
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia, sin autorización escrita de la editorial.
A los resilientes, a todos los que sufren y resisten. A Dani, porque cuando me faltan las palabras, él siempre tiene una para mí. Y a Abush, para que recuerde siempre la gran fuerza que guarda dentro.
Si puedo evitar que un corazón se rompa
No viviré en vano
Si puedo aliviar a una vida del dolor
O mitigar una pena
O ayudar a un petirrojo desmayado
A encontrar de nuevo su nido
No viviré en vano.
Emily Dickinson, poema 919
«Casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien que no puede leerme, y este libro no es otra cosa que la carta a una sombra».
El olvido que seremos, Héctor Abad Faciolince
«Algunas cosas de este mundo se pueden cambiar y otras no. Y el tiempo que pasa es una cosa que no se repite. Si has llegado hasta aquí, ya no puedes volver atrás».
Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Haruki Murakami
«Lo más importante es saber atravesar el fuego».
Charles Bukowski
«El único camino posible es hacia delante».
Kafka en la orilla, Haruki Murakami
Lili descubre la librería escondida en uno de esos pasajes del Ensanche barcelonés, en medio de una manzana de edificios. Son poco más de las diez de la mañana de un lunes de finales de junio y el calor cae sobre ella como una losa. Va cargada con las bolsas del súper y se interna, como una aventurera, tras la promesa de refugio que supone la hilera ordenada de laureles que adorna el callejón. Enseguida nota la bajada de la temperatura. Hay diversos comercios: un pequeño supermercado, un restaurante, un taller de bicicletas y una tienda de antigüedades. Al otro lado, una sucesión de casitas adosadas de diferentes estilos, todas con su jardín delantero y, entre medio de ellas, una verja abierta y un cartel en hierro forjado que te invitan a entrar a La Colombaia, librería-café.
El umbrío jardín es una maravilla. Profuso en plantas integradas de manera delicada, tiene algo de jardín japonés, con un arce adornando uno de los lados y el cerezo de flor, el otro; pero también de mediterráneo, con las paredes tapizadas de glicinias malvas mezcladas con jazmines, los pequeños bojs redondeados, las margaritas y las grandes lavandas en macetas de terracota. Lili inspira hondo captando la intensidad de los olores: humedad, petricor, lavanda, jazmín, la acidez del boj. A través de la puerta principal, abierta de par en par, le llegan las notas de la voz de Sandy Denny cantando Who knows where the time goes. Sube los tres escalones y entra en una luminosa estancia, con paredes forradas de estanterías blancas llenas de libros, mesas aquí y allá con las novedades editoriales y, junto a unos ventanales, butacas con mesitas entre ellas. Huele a una mezcla de pintura, canela y jazmín. Micah P. Hinson le toma el relevo a Sandy Denny y empieza a cantar Beneath the rose. Lili se siente de inmediato acogida por el espacio y empieza a deambular entre las mesas de novedades.
En la primera, sobre un atril con un cartelito que anuncia: «Recomendado» le llama la atención un libro: Verano pródigo de Bárbara Kingsolver. A los lados, pilas de ejemplares de esa y otras obras de la autora y, sujetos con un bonito pisapapeles de cristal, unos folletos de lo que parece una guía de lectura.
Abre uno, Bárbara Kingsolver, novelista y ensayista norteamericana, licenciada en Ciencias Biológicas. ¿Una bióloga novelista? Obra escrita en el año 2000 y ambientada en las boscosas montañas del sur de los Apalaches de Estados Unidos.
Se hace con un ejemplar de la novela y se adentra por el pequeño pasillo que desemboca en una sala con salida a un jardín trasero, donde la mayor parte del espacio está dedicado a la cafetería. A la izquierda del pasillo, una estancia a parte alberga alacenas antiguas que exponen un precioso material de papelería. A la derecha, una barra con un aparador repleto de bandejas de repostería y, detrás, una antigua vitrina con latas de té, botellas de vinos y licores, tazas, copas y demás menaje. El local está plagado de detalles relacionados con la literatura: una lámina ilustrada con una cita de Virginia Woolf por aquí, un póster con una foto antigua de Albert Camus por allá…
—Mmm, veo que te has decidido por celebrar el espíritu fecundo de la naturaleza… Pasa, pasa, querida, no sé si has acertado con tu lectura para la semana de calor que nos espera, pero… toma asiento que enseguida estoy contigo.
La cantarina voz femenina proviene de la izquierda de la sala. Lili se aproxima y se topa con la librera, que está trasteando con unas cajas, en cuclillas.
Debe de tener, más o menos su edad, unos cincuenta años. Lleva unos pantalones fluidos negros y una sencilla camiseta de tirantes del mismo color, sandalias Birkenstok y un delantal de cocinero de lino gris. La melena castaña está recogida en un moñete despeinado. Es delgada y fibrosa, con oscuros ojos almendrados y bonitos pómulos. Parece cansada, aunque el labial rojo le aporta alegría al rostro.
—Tienes pinta de gustarte el té —aventura la librera camino del office—. ¿Te apetece uno frío con piel de naranja, vainilla y pétalos de aciano y rosa roja? Además, tengo una cheesecake con mermelada de moras que marida espectacular con ese té.
Lili asiente, deja sus bolsas en el suelo y toma asiento en una mesa del jardín, donde solo hay otra mujer bebiendo un refresco bajo la sombra de un magnolio. Se dispone a esperar su desayuno y repara en un pequeño espacio del interior con un sofá de tres plazas tapizado en lino color gris perla y una mesita baja que supone que servirá para las presentaciones.
—No sé por qué pensé que serías más joven… —le confiesa a Lili acercándose con la bandeja. Coloca sobre la mesa dos raciones de cheesecake en una vajilla con motivos florales, dos servilletas de papel reciclado y dos vasos grandes con el té helado y se asienta junto a ella. Lili la mira, confusa—. Suponía que teniendo en cuenta el sueldo y el horario, solo querrían el trabajo, veinteañeros, pero vaya, yo encantada. Te haré unas preguntas muy sencillas, y si nos ponemos de acuerdo, el trabajo es tuyo…
Lili no quiere sacarla de su error. Desde que salió de Male, ha decidido aceptar lo que le traiga la vida. Además, su capacidad de razonamiento se ha esfumado tras darle el primer bocado a la tarta y sentir la textura crujiente de la base de galleta, la cremosidad del queso y la dulzura de las moras.
—¿Te gustan los animales? —continúa la librera—. Mira, fíjate, allí al fondo bajo el magnolio, está Benito, mi gato y si prestas atención, verás algunos más. Somos una librería algo peculiar —ríe.
—Me encantan los animales. Soy bióloga, como Bárbara… —Lili señala la novela.
La librera parece complacida y continúa con aquella entrevista al más puro estilo de Alicia en el país de las maravillas.
—Ayyy, perdona, soy un desastre, no me he presentado. Soy Elsa, la propietaria — dice alargándole la mano.
—Yo Lili —responde estrechándosela—. Tienes una librería maravillosa, Elsa. Tengo tantas preguntas…
—Déjame acabar y te respondo a todas —la interrumpe, amable—. ¿Cuál es tu libro favorito?
—Mmm… Qué difícil, hay tantos increíbles que me costará escoger…
—¿Película favorita?
—Ja, ja, ja, bufff, disculpa un momento… —Lili se levanta, como abducida por el canto de los pájaros—. ¿Estrildas astrild? Discúlpame, frikadas de ornitóloga.
—¿Te gustan los pájaros? Ya veo que vamos a llevarnos bien… Sí, querida pajarera, pico de coral, y a primera hora ya tendrás el placer de escuchar la que montan… Mi última pregunta y es tu turno. ¿Tú músico favorito?
—Empiezo por esta. Músico, Van Morrison; película, un montón, pero así a bote pronto, Días de vino y rosas. Y mi libro favorito es El corazón es un cazador solitario, de Carson McCullers.
—Definitivamente, bienvenida a La Colombaia, Lili. ¿Puedes empezar esta tarde?
Gabriela filetea con destreza la suprema de salmón bajo la atenta mirada de Vero, que imita sus movimientos. Falta una hora escasa para que Clos Mallol, el restaurante con una estrella Michelin del que son chef y jefa de cocina abra sus puertas. Esa mañana, Gabi ha llegado con una idea en la cabeza y, tras poner en marcha el menú degustación, se ha aislado en un rincón para experimentar con nuevos platos. La cocina de vanguardia en un restaurante de esa categoría requiere investigación e imaginación. Su amor por la cocina hace que su mundo gire alrededor de la comida; la infinidad de blogs y canales a los que está suscrita, las visitas a los mercadillos las mañanas de domingo, las ferias internacionales de gastronomía, y las cenas en restaurantes emergentes con intención detectivesca.
Gabriela lleva veintinueve años trabajando con Enrique en el Clos Mallol, la tercera generación de la familia que fundó el restaurante, que empezó como una sencilla casa de comidas en los años veinte del siglo pasado. A pesar de los vaivenes llegó al nuevo con ganas de evolucionar. Gabriela empezó a trastear entre fogones bajo la mirada atenta de su yaya Carmen, que se instaló en casa tras el fallecimiento de su padre. Sabe que nunca le faltará empleo, pero a sus cincuenta y dos años le pesa trabajar para otros, no haber dado nunca el paso y montar su propio restaurante.
Sus primeros recuerdos son los paseos hasta el mercado de la mano de su abuela, abrigada con sus guantes, su gorro de lana y su bufanda. Los puestos coloridos, con las hortalizas expuestas, los brillantes pimientos italianos en sus verdes intensos, los morrones con sus rojos virando a morados, las calabazas, las zanahorias fragantes, las raíces de apio, las acelgas, los puerros, las frutas, los pescados o las carnes, todo le parecía de una belleza indescriptible, comparable a la de las flores que su madre siempre combinaba en la floristería donde trabajaba para componer sus maravillosos ramos. Siempre intentaba que la yaya Carmen comprara alguna hortaliza nueva para añadirla a sus guisos habituales, ya con la curiosidad de detectar cómo alteraría el sabor habitual.
Gabriela se recoloca un mechón rebelde que se le ha escapado del gorrito que retiene su melena y comprueba que Óscar, el sous chef, y el resto del equipo de cocina ya han llegado. Todos impecables con su ropa blanca de trabajo y dispuestos a encarar otro servicio de estrella. Las reservas están completas.
Óscar se le acerca mientras emulsiona frutos rojos y le toca el brazo para llamar su atención.
—Chef, perdona. Cuando tengas un minuto al final del servicio tengo que comentarte una cosa…
Gabriela lo mira un segundo y asiente.
Óscar termina de anudarse el pañuelo que lleva en la cabeza y que le recoge las rastas, le da dos golpecitos a los AirPods, y se adueña de su espacio desplegando sobre la encimera los productos que la pinche le acaba de traer de los refrigeradores. Empieza el espectáculo.
Son las 7 de la mañana y Sylvana sujeta la taza que contiene su segundo café del día mientras repasa las últimas horas. Ray LaMontagne la acompaña desde la lista de Spotify. Hoy es lunes, 27 de junio, y en un par de horas se reincorpora al trabajo tras una miniescapada a Mykonos aprovechando el puente de san Juan. Suspira. Ayer, a media tarde, los socios, asociados y mánagers recibieron una convocatoria urgente de reunión para las doce, por parte de Ramón, el director de la oficina de Barcelona de TWF, la consultoría internacional para la que lleva trabajando veintiséis años. Asunto: Incorporación nuevo socio. Sylvana empezó como consultora junior y con mucho esfuerzo y sacrificio ha llegado a asociada. Sabe que tiene muchas posibilidades de convertirse en socia durante el próximo año, justo cuando habrá cumplido esos cincuenta que tanto la impresionan. Está muy orgullosa. Es la única de las tres mujeres consultoras junior que ha llegado a senior, la única mánager y asociada y, si nada se tuerce, será la primera mujer socia.
Sentada en un taburete ante la isla que separa el salón de su cocina de diseño industrial, Sylvana deja vagar la mirada por encima de los tejados que divisa desde los amplios ventanales que dan a la calle París. El cielo clarea por el este y no le llega ni un rumor del tráfico que ya a estas horas inunda Barcelona. Se siente feliz y cómoda en su ático, pagado con sus bonus de esos años de entrega, reformado y decorado con estilo, sobrio y elegante como ella. Cada pieza escogida cuidadosamente en los anticuarios de la ciudad. Su única tarea durante años, además de trabajar y trabajar y… bien, también de follar, de tanto en tanto, con Eric, Rafa o quien encartara… Sonríe al pensar en ellos mientras recorre con la mirada el chéster de tres plazas, las butacas Luis XV, las lámparas de cristal Lalique y los coffee table books sobre la mesa baja de estilo marroquí. Todo impecable, como a ella le gusta. Descubre las Converse de Maia tiradas al lado de la mesita y se le escapa una sonrisa. Tendrá que acostumbrarse a esta nueva presencia en su vida. Su sobrina Maia, la hija menor de su hermana Carlota, vivirá con ella el próximo curso mientras estudia bachillerato artístico.
Mueve la cabeza, desentumeciendo las cervicales, mañana toca correr, se recuerda, y da un último trago al café, ya frío. Enjuaga la taza y se dirige al otro extremo del piso, a su dormitorio, con su vestidor de revista y su baño en suite.
Antes de salir de casa, Sylvana se ahueca la melena frente al espejo de tres cuerpos de su cuarto. Es una mujer atractiva y es muy consciente de ello. Castaña, ojos grandes color avellana, nariz mediana y boca sensual. Se conserva más que bien a sus 49 años. Entrena casi a diario y tiene el cuerpo firme, unas bonitas curvas y un buen par de tetas. El vestido de crepé color blanco roto que ha escogido le sienta como un guante y le resalta el bronceado. Sin mangas, entallado hasta las rodillas y con escote barco, combina sobriedad y sensualidad. Profesional sin renunciar a la feminidad. No hay que desestimar ningún recurso. Escoge una gargantilla de acero minimalista y se calza unos stilettos Jimmy Choo con estampado de cebra. Una americana ligera de lino negro y su tote bag Burberry negra.
Revisa el contenido del bolso y mete la Moleskine y el Ipad olvidados en la chaise longue del dormitorio. Localiza el móvil en la mesita de noche y recoge también el reloj y los tres anillos que descansan junto a él. El solitario heredado de la abuela Montserrat, el Trinity de Cartier, que se autorregaló al cumplir cuarenta, y la sortija de oro blanco con su ónix engarzado, igual que la de sus dos hermanas, regalo de su madre, esas cosas esotéricas de Marie, la Mari. Ella con su ónix, Carlota con su ámbar y Olivia con su aguamarina.
A punto de salir para el despacho, oye la puerta principal y sale a recibir a Isabel, su Isabel, su todo, la persona que desde hace veinte años se ocupa de la logística de su vida cotidiana. Su «mujer» como ella siempre la llama en broma. Se abrazan.
—Sylvana, mi niña, ¡qué guapa estás! ¿Cómo habéis pasado las vacaciones? ¿Qué tal Rafa, tu madre, tus hermanas…? ¿Las niñas…? —le pregunta cariñosa. Isabel, a sus sesenta y pocos, es una mujer de bandera, alta, corpulenta y muy coqueta. Como si fuera una ama de llaves decimonónica. Soltera, tiene hermana y sobrinos en Jaén, quiere a Sylvana como a una hija y al resto de los Prat-Bertrand como a su familia, sentimiento que es recíproco.
—Bien, como siempre. Las vacaciones, paradisíacas, Isabel. A gusto —responde Sylvana. Ha sido un buen viaje, piensa para sí misma. Rafa es un amor y no puede tener más que buenas palabras para él y el maravilloso viaje a Mykonos que le preparó por sorpresa, pero las cosas no han fluido como ella esperaba en esta prueba de fuego para su relación que era este primer viaje juntos—. Por cierto, ya tenemos a Maia instalada en su habitación —susurra cómplice señalando la puerta tras ella. Sabe que Isabel adora a la chica y que está feliz de tenerla en casa.
—Qué alegría, cariño… —Abraza de nuevo a Sylvana y pasa hacia el interior—. Vete tranquila, que ya imagino que querrás llegar prontito. —Le da un pellizco cariñoso en el antebrazo.
Diez minutos de paseo por el Eixample y llega a las oficinas de TWF. Saluda amable al conserje y sube en el ascensor hasta el ático, mientras revisa su aspecto en el espejo. Es la primera en llegar; son apenas las ocho y diez, y reina el silencio. Sin embargo, de repente, justo antes de girar hacia su despacho, oye voces en la zona de dirección. Deja el bolso sobre la cajonera de su escritorio, cuelga la americana en el perchero y coloca el portátil encima de la mesa. Todo en orden.
Decide que puede con otro café y se acerca al office. Al pasar por el hall se topa con Marta, su secretaria y lo más parecido a una amiga íntima. Dos besos y un repaso rápido más tarde, se dirigen juntas a por la dosis de cafeína.
Marta no deja de hablar, aunque Sylvana nota que parece cansada y que le falta su chispa. Rubia natural, de aspecto nórdico a pesar de su origen extremeño, es, casi siempre, una polvorilla. Mientras ella busca en los armarios tazas y cápsulas, Sylvana abre la bonita caja verde pastel de Maison Laduree-París que hay sobre la encimera. ¡Sorpresa! Una selección de treinta macarons en delicados tonos pastel. ¡Qué lujazo! ¿Quién habrá tenido el detalle?, se pregunta Sylvana mientras Marta le cuenta, en atropellado discurso sobre la extraña convocatoria de socios y mánagers prevista para esa mañana. No tiene mucha información, pero…
—Querida, off the record, imagino que lo del socio tiene que ver con esta cajita, y si esto es un indicio del tipo de personaje que es, creo que vamos a estar muy entretenidas —comenta Marta con su picardía habitual—. Las chicas me han dicho por wasap que la semana pasada hubo bastante movimiento. Redecoraron el antiguo despacho del señor Herrera, hubo solicitudes y altas de equipamiento… y estas cositas pueden hacernos sospechar…
—¿Crees que se incorpora un nuevo socio? ¿Desde Paris? Qué raro —elucubra Sylvana—. Ramón no nos comentó nada ni en la última junta ni cuando almorcé con él antes de las vacaciones. Debe de haber sido una sorpresa también para él.
—Pero, igualmente, qué más da… ¿y tú qué? ¿Qué tal en Grecia con tu Rafa, cabrona? ¿Habrá boda o no habrá boda…? Ayyy, qué ilusión, a ver si la próxima primavera nos vamos de boda. Tengo yo una intuición, llámame bruja, pero me da que el futuro nos reserva alguna que otra sorpresita, maja… — continúa, soñadora, Marta.
—Las vacaciones han sido estupendas, paradisíacas, para qué negarlo, y Rafa, un amor, pero… —cabecea Sylvana.
—Mira que eres petarda —la interrumpe Marta—, no sé qué más esperas de la vida. Un tipo atractivo, rico, deceeente y enamorado de ti hasta las trancas.
—Sí, guapa, pero es que me aburro bastante con él y los hijos… qué pereza. ¿Tú me ves a mí con tres adolescentes rubísimos a cuestas fines de semana alternos…? —Sylvana niega, cada vez más convencida. Rememora algunos momentos de la escapada a Mykonos y no puede engañarse. La imagen de Eric se interpone y su cuerpo le recuerda que el sexo con él no tiene punto de comparación. Sabe que es una relación imposible, más aún con él en NY, pero…— ¿Y tú? ¿A ti qué te pasa? Te veo un pelín mustia, querida. ¿Todo bien con Toni? —pregunta Sylvana—. Y tu cuñado, ¿ya está más recuperado?
—Mmm —responde Marta, evasiva—. Todo bien. Luego te cuento con más detalle. ¿Comemos juntas?
—En principio he quedado con Rafa, pero no me ha confirmado. En cuanto hable con él, te digo.
Oyen conversaciones en el pasillo y concluyen la puesta al día.
From: Elsa Thomas
To: Max Drake
Subject:
Querido Max:
Hace días que no te escribo. Ayer lo calculé por curiosidad, han pasado 343 días desde que te dejé en Sídney, en la otra punta del mundo, 343 días sin verte. Otro día más, otro día menos. Hoy me he acordado del primer tatuaje que te hiciste, a partir de un dibujo tuyo. Un tiburón enrollado sobre sí mismo que recordaba un poco al uróboro que se hizo tu padre. El ciclo eterno, ¿no? Me acordé porque, por fin, he contratado a alguien para ayudarme en la tienda. Se llama Lili. Te gustaría. Era instructora de buceo en las Maldivas. Dios, no sé ni dónde queda eso exactamente… ¿Indonesia? ¿Sudeste asiático? Seguro que tú lo sabes. Es una mujer muy guapa, de mi edad, año arriba, año abajo, con la piel llenita de tatuajes. Llegó ayer a la ciudad, aunque es de aquí. Parece que su madre está en el hospital por una caída y tiene que ver qué pasa con ella. Creo que entró en la librería por casualidad, pero enseguida tuve el pálpito de que era la persona. Me dirás que soy tonta, fiándome de intuiciones y sextos sentidos para contratar personal, pero yo soy así y no voy a cambiar a estas alturas. Por lo demás, el verano continúa implacable, y de los vencejos, ya hace días que no hay ni rastro. Siempre que los veo, pienso en la ilusión que te hizo aquella vez que anidaron en tu ventana. También pienso en ti cuando, después de comer, un vecino empieza a ensayar con el saxo. Con todo abierto, en estos interiores de manzana que amortiguan el ruido del exterior, solo se le oye a él y a las cigarras. Creo que toca Take five, pero tengo muy olvidado el jazz, ya sabes que en el día a día me limito a escuchar mis listas en Spotify de folkrock y sí, tienes razón, soy muy repetitiva con mi música y no me importa entrar en bucle.
Al margen de eso, la librería va cogiendo temperatura y creo que en unos años :) podré pagarme un sueldo y comprarme un somier. Me duele todo el cuerpo de dormir en el futón sobre el parqué, y levantarme desde tan abajo ya empieza a ser una hazaña a mi edad; sí, ríete, ríete… que te imagino carcajeándote al leer esto. Suerte de mi yoga diario, si no de qué iba a aguantar este trote. Confío en que la situación mejore y pueda pagar muchos meses la ayuda de Lili. Igualmente, ya hemos quedado que, de momento, trabajará hasta Navidad, y en enero valoramos. Ella también me confió que no sabe si va a quedarse mucho tiempo en Barcelona; dependerá de cómo evolucione su madre.
Pues poco más, cariño. Se me cierran los ojos. Mañana vuelvo a escribirte. Te quiero mucho.
Disfruta de tu día que ahora empieza en la otra punta del mundo.
Lili llega a casa sudando. El ascensor se ha estropeado y subir cargada, aunque solo sea un piso, con este calor, es un suplicio. Suerte que está en forma. Deja las bolsas en la cocina y abre la nevera para echar un trago de agua helada. Aún no se cree la suerte que ha tenido. No cobrará mucho, pero el horario es perfecto. Le permite pasar unas horas por la mañana en el hospital con su madre, y por las tardes trabajará en esa maravillosa librería. Mira el reloj, el reloj de Lars, y una punzada la atraviesa. Han pasado casi dos años y duele igual. Son las once y media. Se duchará e irá al hospital, pero antes quiere enviarle un wasap a su tía Elisa. Su tía, qué personaje. Tiene ganas de verla. Siempre fue la nota discordante de la familia. Una religiosa en una familia de librepensadores. Algo inaudito. El abuelo la desheredó cuando comunicó a la familia su vocación, y tiene un techo gracias a su hermana, que fue la que heredó el piso y que lo comparte con ella. Aunque al final colgó los hábitos. El padre de Lili siguió en contacto con su cuñada Elisa tras divorciarse de Maggie, su madre, quien nunca permitió que su hija la llamara de otra forma que no fuera por su nombre propio. Elisa y Emilio siempre fueron muy afines y fue él quien la mantuvo al día de las aventuras de su tía. Ahora en África, ahora en Sudamérica, ahora de nuevo en África, ahora ha vuelto a España, ahora ha renunciado a los votos… Elisa colabora con una ONG que ayuda a gente sin techo. Cuando la llamó para decirle que volvía por lo de Maggie y que le iría bien alojarse en el piso, su tía le comentó que no siempre duerme ahí, que muchas noches las pasa en el centro de acogida del Raval. Tiene ganas de verla a ella y a su padre; a su madre, no tantas. Ojalá pueda convencerlo de venir a pasar unos días a la ciudad, pero no hay quien lo mueva de su casita junto a las vías, de su huerto, de sus perros.
—Sobrina, ¿cómo estás?, ¿cómo has encontrado la casa? Ya me dijo Pilar que te dio las llaves. —Su tía, aunque se apaña bien con los smartphones, prefiere hablar a teclear—. ¿Quedamos en treinta minutos en el portal y vamos juntas? Es un paseíto y así me cuentas…
—Perfecto, tía. Tengo ganas de verte —le responde empezando a revolver en la maleta para encontrar algo que ponerse que no sean unos shorts y una camiseta de algodón.
Veintiocho minutos después, la espera en el portal con el único vestido que tiene; es de estilo boho, blanco y hasta medio muslo. La coquetería no va con ella.
Mientras la espera, piensa que dos años atrás hubiera vivido esta situación de manera muy diferente. Se ha pasado los últimos treinta y cinco años de su vida odiando a su madre. Sin entender sus decisiones, su abandono. Sin cruzar una palabra. Solo ha sabido de ella por su padre y por Elisa. Y no puede afirmar que Maggie haya tenido interés en saber de ella, porque ni siquiera lo ha preguntado y hace mucho que le da igual. La muerte de Lars fue un golpe tan duro que lo que le pase al resto del mundo, salvo a su padre, no le afecta.
Ve llegar a su tía y le cuesta reconocerla. Lo cierto es que también lleva más de treinta años sin verla. Menuda, pelo a lo garçon casi blanco a sus setenta y largos, vaquero recto azul marino, camisa azul cielo con las mangas arremangadas y deportivas blancas. Una bolsa de tela al hombro como bolso y nada más. La sobriedad de los Salinas en estado puro. Tiene buen aspecto, está bronceada, imagina que de pasarse el día en la calle. Parece satisfecha y feliz.
—¡Sobrina, qué alegría verte por fin! —le dice acercándose con los brazos abiertos.
Lili la abraza y se da cuenta de lo frágil que es a pesar de su apariencia saludable. Se emociona y Elisa la aparta, cariñosa, y le acaricia la mejilla.
—Mi pequeña… —La acuna de nuevo en sus brazos y Lili se imagina que deben de ser un espectáculo, porque la pequeña Lili le saca veinte centímetros—. Cuánto tiempo, cuánto tiempo… —repite como en una letanía.
—Tía, me alegro tanto de verte. Ya sabes que siempre has estado muy presente en mi vida. Papá me ha mantenido al tanto de tus cosas. Valiente, aventurera, generosa, un personaje casi de ficción al que me gustaba imaginar disfrutando de la vida…
—… vida que no ha sido nada fácil, ya te imaginas. No es oro todo lo que reluce. Pero cuéntame, ¿cómo estás tú? Supe por tu padre lo de tu marido… qué desgracia, pequeña.
Traga saliva, porque a pesar de los setecientos cinco días que han pasado desde el accidente, aún no se hace a la idea de no volver a verlo.
Setecientos cinco días en los que ha navegado, buceado, comido, dormido, duchado, viajado, pagado facturas, pero de los que casi no tiene ni un solo recuerdo consciente. Siente que ha funcionado con el piloto automático, a la deriva, y así seguiría si no fuera por la llamada de su padre la pasada semana.
Suspira hondo, Lili coge a Elisa del brazo y echan a andar hacia el hospital. Tienen tiempo de sobra para ponerse al día.
El servicio de mediodía ha acabado y Gabriela se asea en el vestuario cuando oye unos golpecitos en la puerta. Debe de ser Óscar y le pide que espere un momento. Han terminado tarde, son más de las cinco y en menos de tres horas tienen que estar de vuelta para las cenas. Tendrá el tiempo justo para estirarse media hora en el sofá, preparar la cena de los niños, ducharse y poner una lavadora.
Se sienta en el banco del vestuario, se pone la ropa de calle y hace una bola con el uniforme que lanza a la cesta de la ropa sucia. O baja de peso o tendrá que comprarse uno nuevo. Desde que se le retiró la regla hará cosa de un año y medio, ha cogido tres o cuatro kilos, todo le aprieta. Lleva una temporada muy complicada. Pero ¿cuándo no? Quiere acordarse de algún momento de su vida en el que las cosas fueran rodadas y tiene que remontarse a la adolescencia, justo antes de la muerte de su padre. Desde entonces, no ve la salida al final del túnel. Primero ocuparse de su madre, que tan mal llevó la muerte del marido, luego, el fallecimiento de la yaya Carmen. Más tarde, el abandono de Alberto, el padre de sus hijos, y el divorcio. Desde entonces no levanta cabeza. Álex, el mayor, es buen chico, pero es incapaz de ver más allá de su ombligo. Y Candela… Candela está cada día más girada, desorientada. Gabriela asume sus errores, porque quiso compensar la ausencia de Alberto y, quizás, se pasó.
Cabecea para alejar esos pensamientos y se mira en el espejo. Ojeras, el óvalo facial que pierde forma, manchas y la melena cada vez más pobre y que debe teñir a menudo. Y estos brazos, por dios, con lo delgadita que fue siempre… Algún día, se promete. Algún día…
Sale al pasillo y le hace una señal a Óscar, que la espera un poco más allá de las cocinas hablando con Vero. Entra en el despacho y se sienta. No puede más y solo es lunes.
—Óscar, dime.
—Gabriela, perdona. Sé que es tarde. Será un minuto. Me voy… Me han ofrecido una buena posición en otro restaurante y me apetece el reto. Me puedo quedar los quince días, así que, si te parece bien, trabajaré hasta el lunes, 11 de julio. Lo siento. Estoy muy a gusto aquí, lo sabes, y te estoy muy muy agradecido por la oportunidad y por todo lo que me has enseñado… — concluye de carrerilla el discurso que ha preparado.
Gabriela se queda paralizada. Se alegra por Óscar en lo personal, pero a nivel profesional es una putada que tu sous chef se vaya a finales de junio, cuando ya no admiten reservas hasta otoño. Otro problema más. Gabriela musita un de acuerdo tibio y se levanta para darle un abrazo al que ya considera amigo.
—Estoy feliz por ti, Óscar, tienes mucho talento y mereces progresar. Me jode por mí, porque no va a ser fácil sustituirte, pero no puedo más que decirte que salgas a comerte el mundo.
Gabriela y Óscar se abrazan unos segundos y salen hacia el exterior con Vero, que los espera en el hall del restaurante. Vero le guiña el ojo a Óscar y aprieta el antebrazo de la chef.
—Gabi, saldremos de esta.
Ella cabecea y decide que la siesta tendrá que esperar. Le apetece uno de los cafés que le prepara Elsa y un muffin de pera y chocolate. Mañana se ocupará de todo lo demás.
La mañana transcurre tranquila. Sylvana atiende varias llamadas, cuadra reuniones y repasa proyectos. Su especialidad es Mergers and Acquisitions, fusiones y adquisiciones de empresas. Le apasiona su trabajo.
Recibe un wasap de Rafa:
Rafa: Preciosa, ¿qué tal tu mañana? ¿Comemos juntos?
«Es un amor», piensa. «¿Qué te pasa, Sylvana, crees que vas a encontrar algo mejor?», se pregunta. Intercambian varios mensajes y confirman que se verán a la hora de comer. Rafa es consejero delegado de una empresa tecnológica familiar, que es cliente de Sylvana.
Justo entonces llega otro wasap, esta vez de Eric:
Eric: Sueño con metértela. Cuento los días. Ya queda menos.
Sylvana sonríe. Otro estilo. Guarro como él solo. Son casi las once y media, las cinco y media de la mañana en Nueva York. O se está acostando o se está levantando. Eric y ella comenzaron juntos como juniors en TWF. Enseguida congeniaron, aunque son demasiado parecidos, y crearon un equipo de trabajo que se amplió a la intimidad. Se entendían bien en todos los aspectos, a ambos les encantaba el deporte y cualquier actividad al aire libre, el ocio nocturno y el sexo sin compromiso. El sexo salvaje en concreto. Eric, promiscuo y sexualmente poco convencional; ella, liberal y sin miedo a experimentar.
Marta la avisa con dos golpecitos en la puerta de que ya puede ir a la sala de juntas. Sylvana coge su cuaderno y su móvil y repasa su aspecto en el aseo camino de la reunión. Tiene el guapo subido. Se sonríe a sí misma. Maldito Eric.
Santi y Xavi la esperan en la puerta de la sala. Sylvana siempre se ha sentido apoyada por ellos, y es que se ha ganado su respeto y el del resto de socios gracias a su entrega y talento. Se ha dejado la piel y la vida en TWF. Es la única de los altos cargos que no se ha casado ni tiene hijos. Tuvo que escoger y lo hizo.
Dentro de la sala, varios socios charlan distendidos sobre su fin de semana, bronceados e impecables en sus trajes a medida. Y los tres se suman al corro.
Al cabo de unos minutos, se abre la puerta que da al despacho de Ramón y aparece acompañado por Christian Mir y un atractivo desconocido. Todos empiezan a tomar asiento. Sylvana observa al nuevo: unos cincuenta largos o incluso sesenta bien llevados, sobre metro ochenta, delgado y aparentemente fibrado, rubio oscuro con bastantes canas, ojos claros, cejas pobladas, nariz pequeña y delicada y boca sensual. Interesante y guapo. Muy guapo. Traje gris marengo ajustado al cuerpo, camisa blanca y corbata a rayas en dos tonos de gris. Guau, qué sorpresa el nuevo socio. Él, relajado, ríe mientras conversa con Christian, y en un momento dado, la pilla mirándolo y alza una ceja, burlón. Sylvana le guiña el ojo, entre desafiante y divertida.
—Querida Sylvana, señores, buenos días a todos —comienza Ramón—. Antes que nada, disculpad mi intempestivo correo de ayer tarde, pero no quería retrasar la presentación de nuestro nuevo socio que, desde esta misma mañana, se incorpora desde la sede en París. Yves Louvet ha decidido venir a Barcelona a compartir su sabiduría y experiencia con nosotros. Yves, bienvenido. —Ramón, cariñoso, se acerca a Yves que había permanecido de pie al fondo de la sala, y lo abraza antes de sentarse en la cabecera y cederle la palabra.
From: Elsa Thomas
To: Max Drake
Subject:
Querido Max:
La aparición de Lili ha sido un verdadero milagro. Te parecerá que no, pero siempre hay un montón de cosas que hacer en una librería, además de atender a los clientes que vienen a por libros o a tomarse algo: por ejemplo, para esta semana, tengo que pensar cuáles van a ser los libros recomendados para el último trimestre, escoger las novelas para el club de lectura, cotejar los albaranes de los pedidos de material de papelería y revisar el stock, montar un par de mesas con la campaña de la vuelta al cole, preparar las devoluciones de Oasis y revisar los lotes de libros de segunda mano que me trajeron el sábado. Ya lo ves… trabajo, trabajo y trabajo.
Ay, no sé si te he hablado de Lucía y su repostería casera que servimos en la librería. Quería que La Colombaia fuera una librería cafetería con gatos y pasteles. Mis mejores recuerdos de infancia están asociados a los dulces, a la coca de yogur que mi abuela preparaba para merendar cada sábado, o los roscos de vino que cocinaba el día de su santo. Y Lucía es una maga, tendrías que probar los muffins que prepara, tan creativos y deliciosos.
Supongo que tampoco te he hablado de Gabriela. Fue mi primera clienta y amiga de esta nueva vida. Viene cada día a desayunar antes de empezar a trabajar. Es la chef del restaurante que hay justo enfrente. No perdona su café, su muffin y su pitillo. Siempre va agobiada, la pobre; está muy preocupada por su hija, Candela. Aún recuerdo el día que se aventuró a entrar. Hacía nada que habíamos abierto, y devoró un pastelito de manzana, crema y canela. Ya han pasado casi tres meses, durante los que hemos ido intimando un poco más. Me gusta pensar que los ratitos que pasa en la Colombaia, en la mesa bajo el magnolio del jardín, son curativos para ella, una píldora de bienestar.
Aquel primer día le expliqué las reglas de la casa: se puede leer cualquiera de los libros que tenga el adhesivo verde, los de segunda mano. Empiezas a leer, y si quieres continuar, al irte, solo tienes que colocarlo en la cesta que está junto a la puerta del jardín. También se puede comprar, claro.
Gabriela lleva varias semanas leyendo Un abril encantado, de Elizabeth von Arnim. Y aunque no fue fácil convencerla, forma parte del Círculo. Las reuniones son el jueves, justo el día que cierra Clos Mallol, el restaurante donde trabaja, así que no pudo negarse. Además, vive muy cerquita, a dos calles.
No te he contado nada de las integrantes del Círculo. Te prometo que es curativo. Somos seis: Gabi, Clara, Marta, Jimena, Sylvana y yo. Una mujer muy curiosa, Sylvana. El primer día me explicó que vive en el barrio y que siempre le ha gustado atravesar el pasaje camino a su trabajo, y que cuando supo que La Colombaia se convertiría en una librería siguió de cerca el proceso de la reforma. Es economista y abogada y trabaja en una de estas consultoras internacionales muy top. Ella fue la primera en apuntarse al Círculo. Colgué un cartelito en la puerta: «¿Te interesa formar parte de un círculo de mujeres?» y no solo respondió ella, sino que lio a dos amigas, Clara, abogada, y Marta, asistente de dirección y que, a su vez trajo a Jimena. Jimena se dedica a temas de recursos humanos y situaciones vitales distintas.
Sylvana me fascina, tan segura de sí misma, tan estupenda, siempre conjuntada de arriba abajo. Devora los libros. Un día me confesó que de niña soñaba con ser escritora. Le recomendé un libro, El camino del escritor, de Julia Cameron, para que empezara a trabajar su creatividad y diría que eso marcó el inicio de nuestra amistad.
Ya tengo decidido el libro que leeremos en la próxima sesión del club, Como agua para chocolate. Es precioso y nos puede dar mucho juego.
Lo que me recuerda los muffins nuevos que Lucía ha traído esta semana y que han sido un éxito total: pera con pepitas de chocolate, cereza red velvet, y coco, mango y chocolate blanco. ¿Qué me dices? ¿Cuál te gustaría probar?
Te echo de menos. Te quiero mucho y pienso en ti. Disfruta de tu día allá en las antípodas.
A pesar del jet lag y los nervios por las novedades del primer día, Lili sucumbe al sueño y duerme del tirón. No muchas horas, porque la despierta el canto de un mirlo. Desde pequeña siente tanta fascinación por estos pájaros que fue lo primero que se tatuó, una pareja de mirlos. No recuerda cuántos años tenía el amanecer en que su padre la sacó de la cama para que escuchara su canto solitario. Aquella singular melodía despertó su interés por esas pequeñas aves, para la mayoría vulgares, omnipresentes, y no demasiado inteligentes, pero nada más lejos de la realidad, como descubriría en los libros especializados de la biblioteca del barrio. Y tras los mirlos, continuó estudiando el resto de fauna jardinera: gorriones, pinzones, petirrojos, palomas varias, y luego las golondrinas y los vencejos, y después llegaron las rapaces y las aves marinas.
Repasa mentalmente la conversación con Elisa, tan sentida y serena. Y, qué casualidad, su tía le contó que, de jovencita estuvo una vez en La Colombaia, porque ahí vivía un chico que era novio de una amiga de Maggie.
Maggie, nada de Magdalena o Magda. La impresionó verla con ese camisón del hospital. Parecía un pajarito despeluchado. Ella, que siempre ha sido tan digna y orgullosa. Sintió pena, compasión incluso, y eso sí fue una sorpresa.
Lili lleva casi treinta años haciendo lo mismo para ganarse la vida: bucear; una afición lógica teniendo en cuenta su pasión por la vida animal, que enseguida se convirtió en su fuente de ingresos. Empezó mientras estudiaba Biología Marina, Oceanografía y Náutica en Cádiz. Y de ahí a los grandes santuarios: la gran barrera de coral, en Australia; Tubbatha, en Filipinas; Isla del Coco, en Costa Rica; Raja Ampat, en Indonesia; Palau, en Micronesia; Isla de Pascua, en Chile…
Para cuando recabó en Medhu-Uthuru, Maldivas, ya se había labrado un prestigio como instructora y no tenía intención alguna de cambiar su estilo de vida. Y entonces conoció a Lars y se enamoraron y montaron una vida juntos. Buceos, cursos y su cabaña frente al mar hasta el fatídico día, cuando una clase más, se convirtió en la última para él.
Le cuesta evocar ese día. La noche anterior, Lars no estaba muy fino. Esa tarde los había sorprendido un chaparrón al salir del centro de buceo y llegaron a casa empapados. A pesar de la ducha de agua caliente y la infusión de jengibre, limón y miel, pasó mala noche. Por la mañana, parecía que estaba como nuevo. Se levantaron a las seis para correr por la playa y desayunaron su habitual bol de fruta con té. Salieron hacia el centro de buceo, donde ya los esperaban los tres alumnos que, con esa clase, acababan el curso de bibotellas. Había ambiente festivo, pues la inmersión iba a ser espectacular. Tenían por delante unas tres horas de navegación hasta el atolón Fulidhoo para bucear en el mítico Fotteyo, un canal de doscientos metros de largo con un precioso pináculo en el centro, una Thila que alcanza los cinco metros. Acordaron con Hans, el patrón habitual, que ella se quedaría de barquera, pues era su día libre.
Poco después de la doce ya estaban anclados. Lili sacó un libro de la mochila y se estiró en la popa al sol, pendiente de la emisora, pero relajada. Lars llevaba muchos años buceando y además era de los más prudentes que había conocido. Aun así, la profesión entraña ciertos riesgos. De hecho, cuando él empezó a interesarse por el buceo técnico, en el uso de bibotellas, rebreathers y en el cave diving, Lili asumió que, con cada nueva inmersión, incrementaba no solo la probabilidad de cometer un error fatal, sino la presión fisiológica sobre su cuerpo. Ella también lo hacía, aunque lo suyo fuera el buceo recreativo. Tras treinta años de varias inmersiones diarias, evitaba bajar a mucha profundidad, porque su tolerancia a la toxicidad de los gases que respiraban era cada vez menor.
Recuerda que aquel mediodía estaba leyendo Tras la sombra de un submarino de Robert Kurson, una obra de no ficción narrativa que contaba la historia de dos buceadores y cazadores de tesoros norteamericanos, y la búsqueda de la verdadera identidad de un submarino alemán hundido en la costa de New Jersey. En cualquier caso, cada pocos minutos, hacía una pausa y circunvalaba la barca para comprobar por dónde andaban las burbujas que señalaban la posición del grupo.
Tras veinte minutos de inmersión, oyó el ruido de una de las boyas de señalización que salía a superficie. Cerró el libro de golpe para observar el tamaño de las burbujas y así calcular a qué profundidad estaban. Valoró equiparse y bajar a comprobar qué pasaba, pero confiaba demasiado en Lars y privar al barco del barquero podía llegar a suponerles un problema legal.
Permaneció atenta. Cinco minutos más tarde, la boya seguía en el mismo sitio. El corazón empezó a latirle con fuerza. El grupo no se movía, era evidente que estaba haciendo una parada de descompresión, algo completamente anormal en ese momento de la inmersión. Las burbujas estaban muy juntas y rompían en superficie casi formando una sola, lo que no le permitía verificar que todos los buceadores siguieran respirando. Lili se debatía entre si dar parte, y como mínimo notificar que podía haber uno o más de un buceador en peligro, confiar en que Lars lo tuviera todo bajo control o bajar a comprobar qué estaba sucediendo. Otras dos boyas salieron a la superficie. Lili esperó un par de minutos más, y al ver que la cuarta boya no emergía, dio parte a Salvamento Marítimo de sus coordenadas notificando un posible accidente de buceo.
Aquello pasó un luminoso miércoles de finales de julio. Ni una nube en el cielo, y las aguas que los rodeaban eran del turquesa más intenso imaginable. Ni por un momento pensó que pudiera ser Lars. Él no. Lars no. Lars. No.
Estuvo relativamente tranquila durante la hora y media que tardaron en subir a superficie, y cuando comprobó que estaban a cinco metros, Lili se equipó con un short de licra y bajó con un minitanque y sus aletas de apnea hasta ellos. Robert, el alumno con más experiencia, la vio llegar y se soltó del cabo del ancla para intentar agarrarla. Lili se deshizo de él sin entender y siguió bajando. El resto estaba a unos diez metros. Un poco antes de llegar, lo entendió todo. Lars pendía a la deriva de Tim, otro de los alumnos. David, el tercer miembro del equipo, intentaba contenerla. No fue consciente de la gravedad de la situación. Comprobó que a Tim y a David les quedaban todavía quince minutos para poder salir a superficie sin riesgo, así que emergió para sacar a Lars. Sin embargo, David fue tras ella, arrastrando a Lars consigo. Entre los dos lo subieron a bordo; lo desequiparon mientras, entre sollozos, este le explicaba a Lili lo que había pasado. Perdió el sentido de la realidad. Tardaría meses en recordar los detalles de aquellos primeros momentos. Lo desnudaron para practicarle una reanimación cardiopulmonar. Decúbito supino. Palpar el pulso. Treinta compresiones torácicas. Dos ventilaciones. Treinta compresiones. Dos ventilaciones. Treinta compresiones. Dos ventilaciones. Treinta compresiones. Dos ventilaciones. Pulso.
Treinta compresiones. Dos ventilaciones.
Treinta compresiones. Dos ventilaciones.
Treinta compresiones. Dos ventilaciones.
Treinta compresiones. Dos ventilaciones.
Treinta compresiones. Dos ventilaciones. Pulso.
Treinta compresiones. Dos ventilaciones.
Treinta compresiones. Dos ventilaciones.
Treinta compresiones. Dos ventilaciones.
Treinta compresiones. Dos ventilaciones.
Treinta compresiones. Dos ventilaciones. Pulso.
Treinta compresiones. Dos ventilaciones.
Treinta compresiones. Dos ventilaciones.
Treinta compresiones. Dos ventilaciones.
Treinta compresiones. Dos ventilaciones.
Treinta compresiones, dos ventilaciones y llegó el barco de Salvamento Marítimo y la apartaron de Lars, que llevaba en parada más de dos horas. A partir de ese momento, para Lili, empezó la vida después de Lars.
Gabriela entra en La Colombaia y se sorprende al encontrar una cara nueva tras la barra. No le gustan los cambios y arruga el morro. La nueva ayudante de Elsa tiene, más o menos, su edad. Alta, mínimo metro setenta y cinco, espigada y en forma. La melena rubia oscura, larga y ondulada, veteada de canas. Lleva un vestido corto de estilo ibicenco y unas sandalias color tostado. Gabi comprueba que tiene tatuajes en los tobillos y en el empeine del pie derecho. Elsa aparece desde el jardín trasero y le dice algo, pero está tan concentrada que ni siquiera la oye. Piensa en sus hijos y su obsesión con los tatuajes y en cómo ella siempre les dice que cuando sean mayores se arrepentirán de tanta tinta; pero tiene que reconocer que esta mujer es el ejemplo de todo lo contrario, los lleva con mucha clase.
—¿Gabriela? —Elsa la toca con suavidad en el antebrazo y Gabi reacciona por fin.
—Hooola, perdón, que no sabía nada… —dice bajando la voz y señalando a Lili con la cabeza.
—Ven, que te la presento.
—Qué día, Elsa, qué día, y para rematar se me va Óscar…
—Bueno, ahora te sientas en tu mesa a la fresca, te tomas algo y en nada lo verás todo de otra manera. —Se gira hacia Lili y alza un poco la voz—. Ven, por favor, que te presento a Gabriela, una de nuestras clientas y amigas más queridas. Es la chef del restaurante de aquí delante, cada día desayuna con nosotras, forma parte del Círculo, y estoy a esto de que se apunte al club de lectura. Esta mañana me prometió pensar en ello. Gabriela, esta es Lili…
Lili se acerca con una sonrisa tímida y le alarga la mano a una Gabriela que se siente intimidada por su belleza. No puede dejar de mirarla. La cara bronceada y llena de pecas, los ojos ambarinos, los labios carnosos y esa nariz respingona que le da cierto aire infantil. Tiene arruguitas en las comisuras de los ojos y marcadas las líneas de expresión en la boca y en la frente, pero es, sin duda, una mujer bella. Le recuerda a una de esas actrices de época, Ingrid Bergman, Lauren Bacall… Ella se considera una mujer normal, resultona.
—Gabriela, ¿qué vas a tomar? —le pregunta Lili apretando con cierto nerviosismo la gamuza que lleva en la mano y con evidentes ganas de hacerlo bien.
—Puesss, uno de los cafés con una nube de leche que me prepara Elsa y… un muffin de pera y chocolate.
—Lili, ahora te enseño cómo se lo preparo. —Luego se dirige a Gabi—: Ve a relajarte al jardín, y recuérdame que te enseñe un libro que me acaba de llegar. Estoy segura de que te va a interesar.
Gabriela coge del cesto la novela que está leyendo y se dirige al jardín con los hombros algo hundidos; arrastra los pies como si el mundo le pesara demasiado. A esas horas de la tarde, ya reina la sombra gracias a los tres gigantescos plataneros que junto con el magnolio, el ciprés y los dos pinos forman el pequeño bosque de siete árboles de La Colombaia. Se oyen algunos pájaros cantar: unos mirlos, el zureo de dos tórtolas turcas y unas urracas que juguetean al fondo del jardín bajo la atenta vigilancia de los gatos. El enorme palomar que da nombre a la casa, abierto de par en par y lleno de plantas, es un parque de atracciones para los felinos, y la pequeña fuente que hay en uno de los laterales contribuye con su rumor a la sensación de estar en una especie de oasis. Hay tres mesas ocupadas de las nueve dispuestas, pero por suerte, la suya, bajo el magnolio, está libre.
Lili llega con la bandeja, le sirve la comanda y mira con curiosidad el libro que tiene entre las manos.
—¿Qué tal? ¿Te está gustando? —le pregunta con interés.
—Mucho, es una comedia, así como de enredo. Las cuatro protagonistas son deliciosas. Fíjate que lo cogí con dudas al ser una novela escrita hace justo un siglo… pero luego resulta que es bien contemporánea, los problemas que tenemos son siempre los mismos.
—Qué bien, pues me lo voy a apuntar para más adelante, porque quiero participar en el club de lectura y voy a ponerme con Como agua para chocolate. Vi la película hace mil años, pero tengo cero recuerdos.
—Sí, Elsa me contó lo del club, no sé… Me dijo que mi aportación como cocinera podría ser muy enriquecedora, pero siempre tengo tanto lío…
—Vente, mujer, lo pasaremos bien. Yo es que estoy en un momento de mi vida en que me apunto a todo. Peor no puedo estar, así que…
A Gabriela la asombra la franqueza de Lili; su nudismo emocional. Y aunque le gustaría indagar en su respuesta, prefiere observar el tatuaje que le adorna el brazo izquierdo: dos pájaros; uno color chocolate, el otro negro, con un reluciente pico amarillo, apoyados en sus ramitas, con sus hojas. El nivel de detalle y el colorido lo convierten en una obra de arte. Los de sus hijos son más toscos y en tinta negra. En el otro brazo lleva tatuado un animal marino, una especie de manta raya con una cola muy larga.
