Aprendizaje para la vida - Lourdes Jiménez García - E-Book

Aprendizaje para la vida E-Book

Lourdes Jiménez García

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Beschreibung

El café para todos debe desaparecer de la escuela, porque nuestras clases son tan diversas como la sociedad en la que vivimos. Si como adultos nos dedicamos a las ocupaciones más variopintas, ¿por qué nos empeñamos en enseñar del mismo modo y los mismos contenidos a todos los alumnos? Afortunadamente, en los últimos años se escuchan cada vez más voces a favor de diferentes aproximaciones a la enseñanza. Montessori, Waldorf, el trabajo por proyectos y cooperativo, la gamificación, la incorporación de las nuevas tecnologías y, muy fundamentalmente, el aprendizaje a través del servicio, pueden ser integrados con el objetivo de que cada alumno y grupo tengan la educación que mejor se adecua a sus necesidades. Esta es precisamente la manera de trabajar de Lourdes Jiménez, una joven que ha sido reconocida como la mejor docente de España 2019 por los premios EDUCA ABANCA, y que explica en este libro su particular manera de entender la educación y la profesión docente. A través del método denominado aprendizaje para la vida, la autora propone al alumnado tareas relacionadas con situaciones reales, aprendizajes basados en el juego y la experimentación, poniendo a los alumnos en el centro del aprendizaje y contando con las familias y la comunidad como motores de muchas de las tareas propuestas.

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Seitenzahl: 213

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Aprendizaje para la vida

Más allá de las teorías

Lourdes Jiménez García

Primera edición en esta colección: febrero de 2021

© Lourdes Jiménez García, 2021

© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2021

Plataforma Editorial

c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona

Tel.: (+34) 93 494 79 99

www.plataformaeditorial.com

[email protected]

ISBN: 978-84-18285-75-2

Foto de cubierta cedida por la autora

Diseño de cubierta y fotocomposición: Grafime

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

Índice

Prólogo

Introducción

1. ¿Qué es el aprendizaje para la vida (ApV)?

Aprendizajes intergeneracionales

Aprendizajes servicio

Aprendizajes prácticos que conecten contenidos diferentes

Aprendizajes en comunidad

Aprendizaje entre docentes

2. La neuroplasticidad cerebral

3. La importancia de la empatía y los valores en la escuela

4. La sorpresa y la emoción como piezas clave en el recuerdo y en el aprendizaje

5. El buen uso de las nuevas tecnologías e internet

6. El juego como recurso pedagógico clave

7. En la escuela no hay recetas. Distintos enfoques metodológicos

Aprendizaje servicio

Trabajo por proyectos integrados

La gamificación

'Flipped classroom'

Aprendizaje cooperativo

Método Montessori

Pedagogía Waldorf

Método Singapur

Aprendizaje basado en problemas

Educación 3.0

El aprendizaje para la vida

8. La escritura creativa

9. Hacia la formación integral a través del teatro

10. Recursos e ideas para trabajar en el aula

11. ¿Qué significa educar para la paz?

12. Aprendizaje basado en la ilusión

13. Dormir bajo el calor del afecto

14. La importancia de las palabras

15. Personas que suman o restan

¿Qué ejemplos son esos?

16. Educar en igualdad

17. Creer en ti, en ellos y en sus familias

¿Qué he aprendido a lo largo de estos años?

18. Las familias también cuentan

Anexo.

Enlaces de apoyo

Conclusión

Bibliografía

Navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Sumario

Aprendizaje para la vida

Bibliografía

Colofón

No podemos seguir manteniendo un sistema educativo que considera que hay asignaturas de primera y de segunda, que sigue dándole menos importancia a las artes, a la música, a la danza y al deporte. Les estamos diciendo a los niños que unos talentos son mejores que otros. Debemos demostrar que las materias consideradas como «marías» son «la gran marea de la educación».

Nuestro objetivo como maestros debe ser que el niño y la niña se enamoren de su escuela, es suya y no nuestra.

Prólogo

Querido maestro, querida maestra:

Todas las personas mayores, al principio, fueron niños, aunque únicamente quienes amamos el cuento de El Principito lo recordemos. Consigamos que todos los maestros miremos la escuela con ojos del niño o niña que un día fuimos, arrodillándonos para ver el mundo desde sus ojos, desde los ojos de los niños y niñas que hoy son nuestros alumnos. Recuérdale cada día a tu alumnado que la vida en la escuela debería ser bella, a pesar de sus dificultades, a pesar del esfuerzo que entrañe conseguir realizar las tareas… Diles que, aunque a veces les resulte aburrida o les adormezca, siempre habrá maestros a su lado que harán todo lo posible para conseguir que sonrían. Creo que hay personas que tienen miedo al cambio, a los métodos nuevos…, pero las cosas pueden ser distintas. En realidad, la escuela no es exactamente un desastre, aunque supongo que es duro para aquellos acostumbrados a que las cosas sean como son, aunque sean malas. No quieren cambiarlas. Se dan por vencidos, y entonces se sienten como perdidos. Es el momento de hacerles un favor, de seguir la cadena, de ayudar a cambiar aquello que no nos gusta del mundo o de la escuela, de contagiarles con prácticas buenas. Pasea la vista por el mundo que te rodea y toma partido para transformarlo. No importa lo que digan las palabras y las ideas mientras sean capaces de hacer evolucionar la escuela para lograr el cambio que necesitan tus alumnos. «Toma las rosas mientras puedas; veloz el tiempo vuela, la misma flor que hoy admiras, mañana estará muerta.» Recuérdales a tus niños que no pueden pasar desapercibidos si nacieron para destacar. Haz que brillen sus talentos, que el mundo los vea. Aprende a escuchar, a respetar y a ser solidario. Enséñales también a amar todos esos valores. Diles que siempre que puedan elegir entre tener la razón y ser amables, que elijan ser amables, la razón les llegará en otro momento. Que sean amables porque todos tenemos nuestras batallas; si quieren conocer las de otros, solo tienen que mirar con los ojos de Wonder.

Señores y señoras de la escuela del cambio, ustedes han elegido potenciar las capacidades de sus alumnos con discapacidad. Ustedes no saben lo que han hecho. Me vienen a la cabeza tres palabras: inclusión, visibilidad y diversidad. ¡Qué emoción! Un discurso de campeones.

La próxima vez que un maestro se queje porque un alumno ha cometido un error, dile que puede ser algo bueno. Porque, como dijo Stephen Hawking, sin imperfección, ni tú, ni él, ni yo existiríamos.

Queridos maestros del alumno Khan, no le digáis nunca lo que puede hacer, los límites solo están en nuestra imaginación. No pasa nada por tener miedo, pero no dejéis que el miedo sea tan grande que os impida seguir adelante, pues cuanto mayor es la lucha, mayor es el triunfo. Hagamos de nuestras aulas un circo de mariposas.

Cuando te pongas frente a tus alumnos toma una decisión e intenta que sea acertada; puede que mate tu círculo de confort, pero no permitas que, por mantenerlo, tus clases maten el interés de tu alumnado. La decisión de Anne fue dura, pero valiente; recuérdala cada vez que amanezca un nuevo día, pues es una nueva oportunidad para ti.

Por último, os diré algo que ya todos sabéis. No prestéis atención únicamente a los alborotadores. Fijémonos también en los niños que intentan pasar desapercibidos, en silencio. Ese silencio habla tanto como el ruido.

Y termino este prólogo con un lema del club de los poetas que siempre permanecerán vivos: «¡Oh capitán, mi capitán!». Recuerda que has elegido la profesión más bonita del mundo. Y si a alguien le caes mal por ser el maestro que tus alumnos se merecen, grítale lo que Pipi Calzaslargas dijo: «¿Te caigo mal? Pues ese es tu problema, no el mío. Porque yo me caigo muy bien».

Introducción

«La misión de la escuela no debe ser crear personas universitarias, sino formar seres cargados de valores, competencias y herramientas para afrontar la vida, con todas sus agitaciones y emociones.»

La persona que actualmente soy es gracias a las experiencias que viví en la infancia, a la formación académica continua, al estudio, a las diferentes relaciones sociales y afectivas que he experimentado con amigos, compañeros, vecinos, maestros y familia, pero sobre todo a las anécdotas relacionadas con la práctica del juego libre, de las relaciones con mis iguales. Lo que sin duda no he olvidado es aquello que aprendí al hacerlo, que puse o pongo en práctica con frecuencia, que entreno.

Recuerdo haber aprendido muchos conceptos yendo al campo con mi abuelo, montando a lomos de su burro, cogiendo la fruta de los árboles o las hortalizas del huerto. A veces, caminábamos durante horas, recorriendo una veintena de kilómetros para llegar a los olivos. Él hacía las tareas del campo, yo, con mis pequeñas manos, cogía aceitunas del árbol. Recuerdo que, desde siempre, desde que eché a andar, íbamos en familia al campo, nos acostumbramos a pasar frío o calor, a jugar tirándonos por los cantones, a coger grillos para alimentar a las perdices o a curarnos con barro las picaduras de las avispas. Aprendí a cuidar los animales paseando a la cabra de mi abuela en mi carro, acariciando a los pollitos recién salidos del huevo. Supe, desde siempre, que los huevos que comía venían de las gallinas, que eran ovíparas porque los pollitos nacían de los huevos. Aprendí a manejar el dinero cuando me mandaban a por el pan o a comprar, yendo desde temprana edad sola, aprendiendo también a circular como peatón, a tener cuidado con el tráfico y a ser amable con la gente que me encontraba en el trayecto de casa a la panadería. Al colegio íbamos solos, caminando. Los niños del barrio que eran mayores se encargaban de los pequeños y, por supuesto, el tráfico era menor porque ningún padre llevaba en coche a sus hijos a la escuela. Por las tardes, a la vuelta del cole, una vez acabadas las tareas, salíamos a la calle a jugar a cientos de juegos populares, a las canicas, al fútbol o simplemente nos dedicábamos a hablar. Recuerdo que mi madre nos dejaba solos, a mi hermano y a mí, para ir a comprar o a trabajar. Nos sabíamos perfectamente las normas y cumplíamos las indicaciones que nos daba. Por ejemplo, no abrir la puerta mientras ella no estaba.

En esa escuela de la vida, la que me empezó a formar, tuve muchos maestros, pilares fundamentales de la maestra y persona en la que me he convertido:

Mi abuelo me enseñó, con sus paseos al campo, su paciencia y su ternura a raudales, a comerme los garbanzos verdes que sembraba, las habas recién cogidas del huerto; me enseñó a beber en un botijo, me trajo mi primera mascota: una liebre. Me aficionó a las tradiciones populares, por ejemplo, la de San Isidro, en la que, montada en su burra y vestida de campera, recorríamos juntos las calles del pueblo. De él aprendí que en la escuela debe haber magia, porque él fue quien me hizo creer que un olivo también podía echar caramelos de sus ramas. Mi abuela hacía las gachas de los santos como nadie, todavía recuerdo su carne de membrillo y su brillo en los ojos. Me enseñó, con su humor y su amor, que las emociones nunca se pierden y que los ojos nunca dejan de ser niños. De mi madre, lo he aprendido casi todo viéndola resurgir de sus mil mares, trabajando y esforzándose para conseguir todo lo que somos hoy. Y es curioso, de mis alumnos y alumnas aprendí y aprendo a ser la maestra que soy y la que me queda por construir. Aprendemos de las personas, a las personas, de las vivencias y de lo vivido.

Es interesante ver cómo, por aquella época, sin teléfonos móviles para llamar a nadie en caso de emergencia, éramos capaces de madurar y asumir responsabilidades, de aprender simplemente porque nos dejaban hacer, aunque nos cayésemos o fallásemos o nos rompiésemos el pantalón. Hoy en día es fácil ver a niños de quinto de primaria que aún no saben atarse los cordones. Hemos evolucionado en muchos aspectos y, sin embargo, hemos introducido muchos factores que son un hándicap para la evolución y el aprendizaje de los niños y niñas. Sin duda, nos debemos una reflexión.

Las leyes educativas de antes pretendían dar respuesta a una aportación curricular, teórica, académica… porque los niños y niñas de aquellos tiempos venían cargados de valores y competencias para la vida, hacían deporte a diario jugando en la calle, habían crecido ayudando en casa, trabajando en el campo familiar, cuidando a sus hermanos menores, cultivando un huerto, charlando con sus vecinos, recolectando cosechas, cuidando animales, se desplazaban caminando a lugares bastante lejanos por falta de recursos para adquirir medios de transporte personales…, pero no tenían acceso a la cultura relacionada con los saberes teóricos. Hoy en día pasa justo lo contrario, por lo tanto, la escuela de hoy no puede ser como la del siglo XIX. Actualmente, por ejemplo, la educación es mucho más que educación física, pero es muy poco sin ella. La educación física aporta una mejora en la salud, en las habilidades sociales, en la convivencia escolar; enseña primeros auxilios, alimentación saludable, educación vial, cuidado del medio y de los animales, reciclaje, anatomía, entrenamiento, fair play, respeto a la diversidad, etcétera.

Los niños de hoy acceden al mundo de otra manera, tienen la información a golpe de pantalla. Quizá la escuela de hoy necesita dotarlos de competencias, herramientas y habilidades para enfrentarse al mundo real, ese aprendizaje para la vida que pienso que es fundamental introducir en la enseñanza. Es muy importante que trabajen haciendo, viviendo juntos, siendo, debatiendo…

Por otro lado, la educación debería no solo comenzar en la educación infantil, como ya lo hace, sino crecer y evolucionar, mirándose en su espejo, planteando un sistema que yo denomino «muelle», porque debería haber un paso en espiral desde la infancia hasta la etapa de primaria, continuando con los principios de globalización, inclusión, socialización, autonomía y juego. No deberíamos intentar que la educación infantil copie la rigidez de las etapas educativas superiores, sino todo lo contrario. Hay un cambio muy brusco entre la educación infantil y la educación primaria. Es en ese primer cambio donde ya se comienza a adormecer al alumnado. ¿Por qué de repente son necesarias tantas asignaturas diferentes? ¿Por qué de golpe obligamos al alumnado a cambiar de grupos de trabajo cooperativo a trabajo individualizado? ¿Por qué empezamos a premiar lo mecánico y memorístico por encima de lo creativo y artístico? ¿Por qué son tan necesarios los deberes reproductivos para casa? Y, por último, ¿por qué clasificamos las materias en áreas de primera y áreas de segunda, quitándoles valor e importancia a las artes escénicas y plásticas, a la música y la educación física? Les estamos diciendo a los niños y a la sociedad en general que unos talentos son mejores que otros, cuando sabemos que eso no es así.

No podemos permitir que nuestra educación siga anquilosada. Necesitamos una transformación de nuestra cultura occidental. Los profesores tenemos que ser facilitadores, acompañantes…, que, bajo los prismas de metodología y empatía, ayudemos al alumnado a construir sus aprendizajes. Los aprendices también deben ser quienes puedan dirimir lo que quieren, aportando sus inquietudes, sus aficiones, sus intereses. Basarnos más en la demanda que en la oferta, en aquello que a ellos y a ellas les motiva. En eso también consiste la personalización y la socialización de la educación, con el objetivo de tener presente el capital cultural de los alumnos y de buscar la excelencia de cada niño, sus talentos, para que nos dé lo mejor que tiene, pidiéndole, como decía el Principito, lo que puede dar, el máximo de sus posibilidades, transmitiéndole el valor del esfuerzo, imposible de sustituir por nada a la hora de conseguir sus metas. Es nuestra misión como docentes, hacerles ver a ellos y a ellas que pueden aportar un valor social a la sociedad. Un valor que ellos no creían que pudiesen aportar porque no les habían dado la oportunidad. No debemos dejar a nadie atrás, porque en ese aprendizaje que consigamos en cada alumno, por poco que nos parezca, estará su empoderamiento como persona.

Decía Ken Robinson que la educación es la que nos va a llevar a ese futuro que desconocemos y no podemos comprender, porque realmente no podemos predecir lo que ocurrirá en la sociedad del mañana. Sin embargo, se supone que educamos a los niños para ese mundo futuro, así que hay una gran incertidumbre. Los niños tienen una gran capacidad de innovación y creatividad, y esa creatividad es tan importante en la educación como la alfabetización. Por lo tanto, la escuela no puede matar la creatividad de la infancia. Picasso dijo que todos los niños nacen artistas, el problema es que sigan siéndolo de adultos.

Pienso que debemos preparar a los niños para la vida del ahora, sin dejar de lado el juego, la creatividad y la innovación de las aulas. Cada niño tiene un talento, es el mejor de la clase en algo y solo basta descubrir en qué. Lo importante es que, sea el talento que sea el que tiene cada niño, le demos la misma importancia, sin pensar que un talento no merece tanto valor como otro, sin pensar que hay talentos más importantes que otros. Hagamos esto y todo cambiará en la escuela. Dejemos de ver las asignaturas como materias de primera y de segunda, dándoles mayor importancia a unas que a otras o más carga lectiva, cambiemos esto y la escuela cambiará en cualquier lugar donde esté en ese momento, porque yo veo la escuela en cada lugar en el que miro, en cada rincón donde hay niños, en cada persona capaz de mostrar, desde el cariño a su profesión, aquello que sabe hacer. Yo veo la escuela en cada sonrisa que habla sin decir ni media palabra, en cada emoción en las miradas, en cada anécdota, en cada turno de palabra, en cada forma de escuchar, en cada manera de compartir, de intercambiar y de aprendernos. Yo veo la escuela en la paciencia de enseñar a fuego lento, en la forma en la que un maestro prepara sus clases, con la emoción de un alumno que está por descubrirlas, en cada regreso a casa y en cada saludo de bienvenida por las mañanas. Yo veo oportunidades de aprendizaje en cada canción cantada por cantautores con alma de poeta, en cada acorde de guitarra que te evoca bonitos recuerdos y te inspira para crear cosas hermosas, en cada película que nos educa, haciéndonos reflexionar más allá de la pantalla. Veo oportunidades de aprendizaje en cada conversación que mantengo con cualquier persona que me hace pensar que puede enseñarnos algo muy interesante, escuchándole con los ojos muy abiertos y la mente lanzando ideas a la imaginación para conectar la escuela con la vida.

Conectar la escuela con la vida, ¡qué oficio tan bonito! ¡Qué bonita vocación la de descubrir en cada momento y en cada sitio una hermosa oportunidad de crear escuela! Porque la escuela no es un lugar físico, no es un edificio, no es una mesa ni una pizarra de tiza, no es una institución ni un libro de texto. La escuela es un maestro y un alumno, simplemente, tan complejo. La escuela está en cada rincón inspirador que somos capaces de invadir: en un pasillo, en un parque, en una biblioteca, en una pista deportiva, en un aula, en un jardín, en un sofá de casa, en un abrazo a la orilla de un río, en cruzar la calle por el paso de peatones dando ejemplo a quienes nos miran con sus ojos de niños… La escuela es ese lugar ideal que puede modelar y enriquecer la experiencia, son esos métodos y principios capaces de transmitir emociones, valores y teorías que provocan un aprendizaje para la vida. Una vida donde todos tendremos que saber hablar en público, perdiendo ese miedo escénico que nos bloquea. Una vida que tendremos que afrontar de forma desinhibida, sacando lo mejor que llevamos dentro. Una vida en la que todos tendremos que saber redactar un currículum, en la que necesitaremos aprender a manejar el dinero para ir de compras o utilizar las nuevas tecnologías para cientos de cosas, laborales o no. Una vida que necesitará de personas más empáticas, tolerantes y respetuosas, amables. Una vida que querrá ser diversa y plural sin tener que ser juzgada, sin tener que taparse o esconderse para que le dejen de hablar de amor estereotipado. Una vida que tendremos que hacer inclusiva de verdad, aceptando lo diverso, lo diferente. Una vida para la que deberemos estar preparados para interpretar sus señales de tráfico, el sonido de sus instrumentos musicales, su excesiva contaminación o su mágica solidaridad. Una vida para la que no habrá recetas, pero para la que sí deberemos saber cocinar, bailar o interpretar teatro en cientos de escenas. Una vida que debe estar en la escuela y no ser paralela a ella.

La sociedad es y debe ser transdisciplinar. La escuela, como parte fundamental de esa sociedad, también debe serlo. El colegio no puede mostrar una dicotomía entre la teoría y la práctica; el aprendizaje debe contemplar esas dos partes, inseparables, necesarias para que se genere una asimilación real y significativa de los contenidos transmitidos. Está más que demostrado que se aprende trabajando, no solo los conceptos asociados al aprendizaje de teorías, sino a la cultura de los valores. Es también responsabilidad de la escuela trabajar las emociones, la empatía, la solidaridad, el respeto, la coeducación… Tenemos un gran compromiso social como maestros.

Da igual la metodología, dan igual los recursos, dan igual las leyes educativas…, porque, como decía Paulo Freire, «educar es un acto de amor». Por ello, lo importante es la pasión, el carisma, el entusiasmo, las ganas de animar, emocionar y aprender de los niños, las ganas de ser mejores seres humanos y maestros mientras les intentamos enseñar. Después de todo, un niño tan solo necesita que crean en él para poder lograr lo imposible.

Desde mi punto de vista, nuestro actual sistema educativo, formado por las leyes educativas, los docentes y las familias, comete tres graves errores que merman las capacidades de nuestros niños y niñas, que apartan la realidad de la vida de la realidad de las aulas.

En primer lugar, es un error creer que el único objetivo de la escuela sea crear alumnos universitarios. La realidad es que no solo debemos pensar en el alumnado que quiere ir a la universidad, sino en todo el alumnado, esa escuela de todos y para todos que debe hacerse real. Eso es la inclusión. Cualquier niño —vaya o no después a la universidad por la razón o el motivo que sea— deberá ser competente en la sociedad, deberá divertirse y sentirse útil en clase. Cada niño tiene su propio talento y debemos descubrirlo, porque si solo nos centramos en el aprendizaje mecánico reproductivo y memorístico, estaremos apagando estrellas. Es un error creer que la única inteligencia es aquella que asociamos al coeficiente intelectual, a la capacidad de memorizar cosas que luego se olvidan. Debemos cambiar la idea que tenemos de la inteligencia. La inteligencia es diversa, dinámica y única. Los contenidos conceptuales son importantes, pero si no van de la mano de una aplicación práctica, útil y divertida, no serán un aprendizaje significativo, sino un aprendizaje memorístico a corto plazo que únicamente servirá para aprobar y no para aprender. Por lo tanto, cuando planteemos una actividad, un ejercicio, una tarea o un proyecto deberemos pensar desde tres grandes perspectivas: el qué, el cómo y el para qué enseñar; las capacidades múltiples, y el aprender a conocer, a hacer, a ser y a vivir juntos, priorizando contenidos curriculares para dotarlos de mayor calidad y menor cantidad, porque, en educación, menos es más.

En segundo lugar, es un grave error querer separar la diversión y el entretenimiento del aprendizaje, cuando el estado natural del niño es el juego y la experimentación. Una persona que investiga siempre tiene los ojos abiertos. No podemos pedirle a un niño que se pase cinco horas diarias sentado, de manera individual, sin hacer ruido, aborreciendo su escuela, un lugar que debería estar cargado de magia y de posibilidades, un sitio que debería ofrecerle un amplio abanico de experiencias enriquecedoras y variadas que le permitiesen descubrir sus talentos de forma apasionante y creativa. Familias, docentes y sociedad en general debemos entender que cuando hacemos tareas que se apartan del libro de texto no estamos perdiendo el tiempo, estamos aprendiendo, pero aprendemos de otro modo distinto del que estamos acostumbrados.

En tercer lugar, es una equivocación pretender tratar a todos los niños por igual, cuando en realidad todos son diferentes y cada uno aprende en un tiempo y de un modo distinto, pues, como ya mencionaba antes, Antoine Marie decía, en el cuento de El Principito, que solo basta con pedirle a cada uno lo que cada uno puede dar y, aun así, no dejaremos de sorprendernos de lo mucho que cada uno nos enseñará si le damos los apoyos necesarios. A pesar de las dificultades o la diversidad del alumnado, sí se puede. Se puede siempre.

Para dejar de cometer estos tres errores es importante reflexionar y hacer una autocrítica constructiva que nos permita extraer una simple conclusión: ¿Qué necesito desaprender y desechar de todo lo que estoy haciendo, y en qué necesito formarme para llegar a ser el nuevo docente que quiero? Como decía Einstein, «Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo». Quizá sea el momento de repensar un nuevo modelo educativo en el que se dé a la infancia el respeto que se merece y, a la escuela, el lugar que le corresponde. Debemos pensar que la educación tiene que ser la gran apuesta de la transformación social, pues, si queremos mejorar el mundo, desde la escuela deben enseñarse clases para la vida, cargadas de herramientas y competencias que ayuden a los alumnos a tomar partido y jugar como titulares.

Las verdaderas asignaturas son aquellas que nos hacen mejores personas y nos permiten que podamos poner nuestros conocimientos al servicio de la sociedad y de la vida para contribuir a que sea más justa, más humana, mejor.

1.¿Qué es el aprendizaje para la vida (ApV)?