AQUA - MARIE PESANTES - E-Book

AQUA E-Book

MARIE PESANTES

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Beschreibung

Jules Saavedra pensaba que su vida era normal. Hasta que el suelo se abrió bajo sus pies… y con él, un poder ancestral que llevaba siglos dormido en su interior. Ahora sabe que es una Polemistés, parte de una sociedad secreta que caza a los Skoteinós, criaturas que devoran la esencia vital de los humanos. Pero Jules no es una guerrera cualquiera. Sus ojos dorados la delatan. Su linaje la condena. Es una Elemental, heredera de una fuerza que se creía extinta… y demasiado inestable para sobrevivir. Mientras entrena con los Tsunamis, una unidad de élite, Jules enfrenta más que monstruos: carga con la muerte de su padre, el rechazo de su propio poder, y el miedo de convertirse en aquello que todos temen. Porque antes de luchar contra las sombras, tendrá que vencer a la suya. Algo se mueve en lo profundo. Una conspiración crece en silencio. Y Jules es el blanco. El agua transforma. Pero Jules no vino a fluir... vino a arrasar.

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Seitenzahl: 540

Veröffentlichungsjahr: 2025

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©2025 Mariana PesantesReservados todos los derechos©Calixta Editores S.A.SPrimera Edición Agosto 2025Bogotá, ColombiaISBN: 978-628-7759-58-9 Editado por: ©Calixta Editores S.A.S Correo: [email protected]éfono: (571) 3476648Web: www.calixtaeditores.comDirectora general y editora: María Fernanda Medrano Prado Director de proyectos editoriales: Luis E. IzquierdoDirector de diseño y Diagramación: David AvendañoCorrección de estilo: Sofía MartínezIlustraciones y maqueta de portada: Isabel SiblezPrimera edición 2025Impreso en Colombia – Printed in Colombia 

Todos los derechos reservados: Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño e ilustración de la cubierta ni las ilustraciones internas, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin previo aviso del editor.

Para la luz de mi vida, mi modelo a seguir, mi querida madre María Isabel.

Para el humano que marcó mi existencia,mi abuelito Edgar.

Para las personas naturalmente tristes, esas flores marchitas que se sienten perdidas.

El negativismo nunca fue tan ‘cool’.

φ Nota aclaratoria φ

Este es el primer libro de una tetralogía.

Lo que estás leyendo aquí es el comienzo del viaje.

El orden de los libros es:

LIBRO 1 – Aqua

LIBRO 2 –Saxum

LIBRO 3 – Zephyrus

LIBRO 4 – Flamma

Las malas palabras están vetadas. No soy muy fan de las groserías –las odio­–, de hecho, me cuesta físicamente escribirlas –drama queen–, por lo que cada que un personaje esté maldiciendo, aparecerá #%&!/$ como sustituto je, je, je; pueden insertar la mala palabra que deseen cada que lean esto.

¡Que disfrutes de este mundo mágico!

Prefacio

El hombre más peligroso es aquel que tiene miedo.

Ludwig Börne.

Una chica, cubierta de barro y hojas, se encontraba tirada en el suelo. Su ropa estaba tan sucia que lucía más una criatura de fango que un humano. Si no fuera por los leves movimientos de su tórax, cualquiera que pasara por allí podría pensar que lo que veía era un cadáver mal enterrado.

Jules empezó a despertar, al principio no podía moverse, su cuerpo se sentía pesado; escuchaba una melodía difusa sin identificar de dónde provenía; tardó un tiempo en sentir la leve vibración en su bolsillo.

Tan pronto como intentó abrir sus ojos para buscar su teléfono, un fuerte y punzante dolor de cabeza la obligó a cerrarlos otra vez. La luz a su alrededor era demasiado intensa. Le dolía todo el cuerpo, como si un camión le hubiese pasado por encima, o al menos así imaginaba que debía sentirse.

Aun con los ojos cerrados, movió sus brazos –todavía un poco dormidos– introdujo la mano en su bolsillo, agarró el teléfono y logró contestar luego de varios intentos.

—¿Ho… hola? —tartamudeó, su voz estaba un poco ronca, la garganta seca no hizo fácil que saliera el sonido.

Se sentó despacio e intentó volver a abrir los ojos para ver dónde estaba. Su visión era tan borrosa que no distinguía nada del lugar, tampoco le ayudaba que su cabeza estuviera dando vueltas sin parar.

—¡Julia! ¿Dónde estás? Mamá ya se está preocupando, ¿por qué te demoras tanto en llegar con las compras para la cena? —dijo Dante al otro lado del teléfono, era uno de sus hermanos menores.

—¡Sí, Jules, tenemos hambre! —gritó Sergio, el mellizo de Dante. Jules estaba tan sensible, que tuvo que alejar el teléfono de su oreja.

—S-Sí, sí yo… —Fue entonces que despertó por completo y entendió lo desorientada que estaba.

¿Cómo había terminado tirada en medio de ese gran parque?

Se asustó; trató de ponerse de pie, pero sus piernas no respondieron y cayó de rodillas. Se miró a sí misma con zozobra: no reconocía su ropa bajo toda esa suciedad. Tanto sus manos como su cabello estaban empapados, como si acabara de salir de la ducha; sin embargo, el pasto y tierra bajo ella se encontraban completamente secos.

A su alrededor, había muchísimas hojas de diferentes formas y colores; lo extraño era que no aparentaban en nada ser como las hojas de los árboles que la rodeaban. Ese lado del parque se caracterizaba por sus grandes arboledas, cuyas raíces formaban múltiples colinas de pasto, por las que los niños solían rodar hasta caer en los llamados ‘cráteres’; grandes depresiones en el suelo que, si llovía lo suficiente, se convertían en piscinas de lodo. Estas eran el dolor de cabeza de todas las madres al ver a sus hijos llegar cubiertos de toda esa tierra húmeda tras un día de juegos en el parque.

Jules terminó –de alguna manera– en una de estas depresiones, lo que podría explicar lo sucia que estaba, aunque no era tan profundo, si cayó y se golpeó la cabeza, podría ser una buena explicación de por qué sentía tanto dolor.

Empezaba a recordar que había salido de casa para ir a la tienda y conseguir algunas cosas que le encargó su madre. Recordaba estar de vuelta y haber atravesado el parque para acortar camino.

¿Qué… ?¿Qué me pasó?

¿Acaso se golpeó la cabeza tan fuerte que tenía amnesia? Era posible, pero no entendía por qué no tenía a su lado las bolsas de comida.

Sintió miedo, una sensación extraña que la invadió de la cabeza a los pies y la hizo pensar en su madre, anhelaba un abrazo suyo.

No era normal estar tirada en medio del parque de esa forma. No era normal que no recordara nada, y, sobre todo, no era normal todo el dolor que sentía.

Empezó a sudar y advirtió que su corazón latía tan aprisa que bien podría salirse de su pecho. La sensación de que algo no estaba bien crecía más y más, como si no pudiera escapar de ella. Un torrente de pensamientos caóticos comenzó a arremolinarse en su mente.

—¡¿Jules?! ¡Contesta! —Escuchó decir del otro lado de la bocina a sus hermanos, sacándola de sus pensamientos y dándole un poco de tranquilidad—. ¿Sigues ahí?

—¡Sergio, yo…! —Jules no pudo continuar, su celular dio un pito y se apagó de manera repentina. Intentó volver a prenderlo, pero fue en vano, la batería estaba muerta.

—¡No! ¡No! ¡No!

Debía salir de ahí cuanto antes.

Jules intentó subir la colina, pero sus suelas mojadas la hacían resbalar, solo lograba dar unos cuantos pasos antes que sus botas se deslizaran y volviera al lugar donde empezó. Tras varios intentos fallidos, optó por subir arrastrándose. Sus músculos estaban acalambrados y sus articulaciones rígidas, era como si su cuerpo no fuera el suyo.

Cuando por fin logró salir del cráter, se dejó caer sobre la hierba, jadeando mientras recuperaba el aliento.

Un niño de cinco años perfectamente habría salido de ahí en segundos. No podía entender por qué estaba tan débil y confundida, su cuerpo tan fatigado, del tipo de cansancio que se consigue al correr una maratón o nadar una gran distancia.

Examinó su cuerpo en busca de alguna herida. No tenía más que algunos rasguños, ninguna herida sangrante, ninguna cortada profunda.

Lo mejor que podía hacer en ese momento era llegar a su casa.

Luego de unos intentos y algunos quejidos, Jules pudo pararse y sacudirse solo un poco la suciedad. Se sorprendió cuando, al levantar la mirada, vio una gran montaña de tierra que se encontraba a unos cuantos metros de ella; era tan grande que cubría toda la sección de columpios y máquinas de ejercicio.

No tenía el color marrón habitual de la tierra del parque, sino un color negro denso, que daba la impresión de absorber la luz; era inquietante.

Despedía un olor penetrante, similar a la madera quemada, olor que parecía inundar todo el sector.

Jules no sabía cómo no había notado antes su presencia. Desde el lugar donde despertó podría haber visto la punta de la montaña con tan solo mirar hacia arriba; era demasiado imponente, amenazante, como si pudiera desplomarse sobre ella en cualquier momento.

No encontró una razón lógica para su presencia, ese montón absurdo de tierra, que, por lo visto, había sido extraída de un lugar muy profundo, no podía haber llegado ahí sin maquinaria pesada. Sin embargo, no estaban haciendo ninguna construcción cercana, sin mencionar que estaba sobre juegos que se usaban diariamente.

Miró a su alrededor. No había nadie, absolutamente nadie. Ni el bullicio de los niños, ni las risas lejanas, ni el sonido de los autos o el cantar de los pájaros. Todo estaba sumido en un profundo y oscuro silencio.

¿Por qué no había nadie en el parque?

Esa hora era la favorita de los niños y dueños de mascotas, sobre todo porque era fin de semana y ese lugar, que era tan grande como un centro comercial, siempre estaba repleto hasta altas horas de la noche y las calles a su alrededor comúnmente tenían carros haciendo ruido por el tráfico que se formaba a los alrededores.

En ese momento era como un desierto, lo cual solo logró aumentar esa sensación de inquietud que sentía. Algo le decía que saliera de ahí, que debía correr sin mirar atrás, que estaba en peligro. Cada fibra de su cuerpo le gritaba que ese no era un buen lugar para estar sola y menos en el estado en el que se encontraba.

Jules vio que, en el piso, frente a esa misteriosa montaña, se encontraban las bolsas de comida que había comprado en el supermercado. Se acercó cojeando hasta ellas.

Notó que algunas estaban en perfectas condiciones, como si solo las hubiera acomodado allí, mientras que otras estaban tan rasgadas y estrujadas, casi como si un tornado las hubiese arrasado. Revisó la comida dentro, la mayoría estaba en buen estado y se podría usar para la cena sin problema.

Jules agarró entre sus manos todo lo que pudo del contenido, metiendo en sus bolsillos la mayoría. Fue allí donde notó algo sobresaliendo de la base de la montaña. Dudó un poco, pero la curiosidad le ganó, dejó las compras en el piso y empezó a escarbar.

Al principio solo con una mano, pero al ver que era una tela morada, más grande de lo que pensaba, decidió utilizar ambas manos para quitar la tierra más rápido.

Se extrañó al tocar una textura diferente.

—¿Esto es… cabello? —preguntó en voz alta sin dejar de escarbar.

Fue entonces que alejó las manos y soltó un grito cuando vio que la tela la guiaba hasta un rostro. Jules se fue para atrás, cerró los ojos y restregó las manos en sus piernas frenéticamente, horrorizada.

Había un chico enterrado en esa montaña… Y estaba muerto.

Se veía casi de la misma edad que ella, tenía el cabello negro y la piel morena, estaba vestido de blanco y la tela morada simulaba ser una especie de capa a su alrededor. Su rostro reflejaba una expresión de dolor, con los ojos muy abiertos y la boca con rastros de sangre.

Aunque no quería, Jules volvió a mirarlo y se dio cuenta de que los ojos del chico eran de color violeta, uno muy parecido al de la capa que lo rodeaba; contrastaban mucho con el tono de piel oscura. Volvió a apartar la vista con una mueca.

Sentía el estómago revuelto y un temblor incontrolable sacudía su cuerpo.

Pensó en seguir escarbando para sacarlo, pero el shock era tan grande que no podía mover ni un dedo, no se atrevía a tocarlo.

Un escalofrío le recorrió la espalda cuando vio que parte de la tierra empezaba a deslizarse; venía de la punta de la montaña. Escuchó unos horribles quejidos que provenían de dentro del montículo, sonaba como si fueran muchas personas gritando.

Jules miró hacia arriba, y se dio cuenta de que de la punta sobresalía una mano que luego dejó ver un brazo.

Esa montaña puede haber sido creada por una explosión… ¡Aún hay sobrevivientes enterrados!

Quedó atónita en cuanto vio que esa extremidad era inusualmente esquelética; aparentaba ser de mujer, con uñas largas y negras que lucían como garras, estaba cubierta de sangre y heridas profundas, de las que salía un líquido espeso negro. Tal vez, lo que más le impactaba era que, poco a poco, esas heridas se empezaban a cerrar solas frente a sus ojos.

La impresión fue tanta que su mente quedó en blanco, no intentó gritar o levantarse para correr, nada; tan solo se quedó allí, observaba asustada cómo empezaba a emerger una figura delgada de la tierra, era una mujer cadavérica, tenía la cara desfigurada con muchas cicatrices y estaba llena de sangre.

Lo que más la aterró es que la mujer la miraba con profundo odio.

—Vaya que te subestimé —dijo casi gruñendo la extraña mientras se deslizaba a una velocidad impresionante desde la cima, en un parpadear llegó hasta Jules. Su voz se escuchaba como si muchas personas estuvieran hablando al mismo tiempo.

Al tenerla tan cerca, Jules pudo detallar que esa ‘mujer’ era más un demonio que un humano, era aterradoramente alta, sus ojos hundidos eran completamente negros y tanto sus párpados como su boca estaban llenos de asquerosas venas carmesí.

A pesar de que su cuerpo se veía frágil, la forma en la que se movía mostraba lo contrario, si no fuera por el rastro de tierra que trajo consigo, Jules habría pensado que se teletransportó a su lado.

—¿Por qué sigues aquí sola? Si hubieras sido inteligente, ya habrías traído a más de tus amiguitos en cuanto me sorprendiste con ese ataque —dijo la mujer mientras agarraba a Jules del cuello y la levantaba sin mayor esfuerzo—. Nunca había visto unos poderes como los tuyos, pequeña Polemistés. Serás un delicioso festín de enérgeias.

—¿Po… Pole… qué? —balbuceó Jules al tiempo que trataba de soltarse del agarre de la esquelética mano, ya empezaba a quedarse sin aire.

—No me hagas enojar más. ¡Defiéndete! —escupió enfadada mientras clavaba sus uñas en el cuello de la joven, haciendo que esta gritara de dolor—. Vamos, sin tu medallón me lo haces fácil —gruñó la mujer—. Quiero ver tus poderes una vez más antes de comerte.

¡¿Qué diablos está pasando?!

Desde que Jules despertó, nada tenía sentido.

Su mente estaba atestada de preguntas: ¿Qué medallón? ¿Qué era un Polemistés? ¿Qué significaba la palabra enérgeias? Y más importante aún: ¿a qué poderes se refería la mujer?

Jules estaba a punto de perder la consciencia cuando, de repente, una brillante daga morada voló hacia ellas y se clavó en el brazo de la mujer. Un grito seco fue seguido del sopetón de aire que sintió la joven cuando la esquelética mano por fin la soltó.

Jules tosió y se agarró el cuello, respiró profundo y seguido sintió un pequeño ardor en su muñeca. No sabía si era el susto, la suciedad o la falta de oxígeno, pero vio que justo donde sentía el ardor, empezaba a formarse una pequeña marca negra en forma de ‘E’, que luego de unos segundos desapareció, haciendo que su cuello dejara de doler y sangrar.

Jules vio que más dagas llegaban veloces desde diferentes lugares; eran moradas y muy brillantes, casi como linternas. Se encajaban en el cuerpo de su enemiga con gran precisión, haciendo que el líquido negro volviera a brotar de las heridas. Ese fluido soltaba un olor parecido al azufre, tan fuerte que le hacía lagrimear los ojos y se mezclaba con el olor a madera de la tierra.

De improviso, la mujer fue empujada hacia atrás por un gran chorro de agua, tan grande que por apenas unos cuantos centímetros estuvo a punto de arrastrar a Jules. Luego de tomar aire, la joven trató de levantarse para correr, necesitaba alejarse de todo eso; pero estaba tan débil que, apenas dio un paso, perdió el equilibrio y cayó.

Justo cuando iba a tocar el suelo, alguien la sujetó para que no se golpeara.

—Te tengo… ¿Estás herida? —La voz de una chica la sorprendió, al tiempo que vio que la sostenía con cuidado, apoyándola en sus piernas. Ella solo negó con la cabeza, aún atónita.

Esa tenía que ser la chica más hermosa que Jules había visto en toda su vida: tenía el cabello negro y corto, agarrado en una bonita coleta; su piel era muy pálida, casi como la de Jules, quien solía ser descrita como el tono de un papel. Sus ojos eran del mismo violeta que el chico en la montaña, aunque tras detallarlos unos segundos se empezaban a tornar azul grisáceo.

Su voz tenía un tono dulce y preocupado. Estaba vestida con un traje negro, dando esa impresión de uniforme de batalla, así como una capa morada, que se extendía por sus hombros, cayendo con delicadeza por su espalda.

Jules no pudo evitar quedar cautivada por el pequeño medallón que colgaba del cuello de la chica, un adorno que combinaba a la perfección con su atuendo morado y negro. A pesar de sentirse algo aturdida, la joya atraía su mirada como un imán. Era tan bella, que simulaba resplandecer al ritmo de los latidos de su dueña.

De repente, algo sacudió su mente y vagas imágenes comenzaron a aflorar en su memoria. Estaba inmersa en lo que recordaba, con un dolor de cabeza creciente. El cambio en la expresión de la chica que la sostenía fue notorio, pasó de la preocupación al asombro.

Ya conocía bien ese tipo de reacciones. Sabía que sus ojos, con ese tono amarillo tan raro, no dejaban de causar sorpresa. No era algo que la gente viera todos los días, y a ella ya le había tocado acostumbrarse a ello.

Aunque, para ser justos, ese día ya había visto a una ‘mujer’ loca con ojos completamente negros. Y a dos personas con ojos violetas –una de ellas, además, con la mirada que cambiaba de color–. Ya no le sorprendería si de la nada aparecían ángeles a su alrededor, tocando trompetas y gritando que había llegado el apocalipsis.

Por alguna razón, la chica que la sostenía le transmitía paz, sentía que podía confiar en ella, por lo que se quedaría tumbada ahí, hasta que se desmayara o la mataran, lo que sea que pasara, no le importaba.

Estaban sucediendo demasiadas cosas como para comprenderlas totalmente.

Un potente estruendo llamó la atención de Jules, desvió su mirada hacia la mujer esquelética, que ahora peleaba contra otras personas, las cuales se movían tan rápido que la joven no lograba distinguirlas bien. Le pareció que al menos eran tres, como unos rápidos torbellinos morados, que, si intentaba seguir con la mirada, iba a acabar mareada.

—No te preocupes por esa horrible mujer, ya mi equipo se está encargando, ya no te hará daño —le dijo la pelinegra sin dejar de mirarla fijamente a los ojos—. ¿Cómo te llamas? —continuó diciendo al tiempo que esbozaba una sonrisa.

—Ju… —Su voz fue remplazada por un gruñido ahogado, los gritos, lo seca que tenía la garganta y el dolor en todo el cuerpo le jugaron una mala pasada.

La pelinegra se dio cuenta de inmediato y puso con delicadeza el dedo índice sobre los labios de Jules, y antes de que ella pudiera retroceder, un líquido incoloro e insípido comenzó a brotar de este.

—Bebe tranquila, es agua —dijo mientras seguía vertiendo el líquido en la boca de Jules, la cual dudó unos segundos antes de tragárselo, eso podía ser veneno.

La verdad era que estaba agradecida de poder remojar sus labios, así que no se resistió.

Para su sorpresa, sí parecía agua común y corriente que refrescaba su garganta.

Con la otra mano, la chica empezó a limpiar el rostro de Jules, se sentía como si le estuviera pasando una toalla suave sobre la cara. Poco a poco comprendió que no era su otra mano, sino que era una gran gota de agua que se movía con las indicaciones que la pelinegra daba con sus dedos.

—Sé que debes estar asustada, pero ya estás a salvo. Mi nombre es Larissa —dijo la chica desapareciendo la gota—. Pero todos me llaman Lara.

—Ju… lia —Logró articular Jules luego de unos cuantos sorbos más de agua.

—Julia, qué bonito nombre —dijo Lara con una cálida sonrisa—. Y qué peculiares ojos tienes.

Un grito desgarrador las interrumpió. Jules volvió a mirar a la mujer, que ahora estaba en el suelo. Bajo ella había un charco de sangre mezclada con el oloroso líquido negro.

La chica tuvo que parpadear varias veces para confirmar lo que veía; el cuerpo empezaba a convertirse en polvo.

Las otras tres personas que Jules supuso que hacían parte del equipo de Lara, caminaban ahora hacia ellas: un chico pelirrojo con muchas pecas y ojos miel, era el más acuerpado de todos; uno de cabello claro y ojos aguamarina, que era por decir poco, muy guapo; y una chica castaña muy delgada, fue la que más atrajo la mirada de Jules, pues su aspecto gótico resaltaba, con su rostro maquillado con tonos oscuros, un piercing que brillaba en su nariz y el cabello recogido en una coleta –como la de Lara– con las puntas teñidas de blanco.

Los tres eran muy altos y poseían una presencia formidable. Llevaban el mismo medallón y capa que Lara, estaban vestidos casi con su mismo uniforme, solo que el de ellos era blanco.

—Objetivo neutralizado —dijo el chico de ojos aguamarina, con un acento español. Solo miraba a Lara, ignorando por completo a la chica tumbada en sus piernas.

—Julia, este es mi equipo, te los presentaré. Él es Leonardo —dijo Lara señalando al chico que acababa de hablar, tenía una expresión muy seria—. Y ellos son Noah y Eliana —agregó señalando al pelirrojo y la chica gótica, quienes estaban observando sorprendidos la montaña.

—No entiendo por qué siempre nos presentamos con los Terrenales —gruñó el chico de ojos aguamarina, con un tono molesto—. De todos modos, hay que quitarle los recuerdos.

—¡Leo! Somos educados, no lo olvides —le reprendió Lara—. N, Elli —dijo Lara llamando con una sonrisa al resto—. ¿Encontraron algo?

—Aún no, pero… ¡Qué montaña tan monstruosa! —respondió Elli, Jules notó que tenía acento argentino—. No entiendo, esa Skoteinó no tenía poderes de tierra, ni siquiera tenía suficiente rango para hacer este tipo de cosas…

Todos se quedaron callados, hasta que Jules empezó a toser y Lara tuvo que darle más agua.

—Discúlpanos por no haber podido llegar antes, debiste estar muy asustada —dijo N agachándose para ver a Jules. Fue notoria su sorpresa al ver sus ojos.

—¿Tú eres la única aquí? ¿No había nadie más cuando ocurrió el ataque? —preguntó Lara.

—A-Ahí —Fue lo único que salió de la boca de Jules, levantó su brazo y señaló a la base de la montaña, donde aún sobresalía un poco la tela morada y la mitad del rostro del chico, casi había sido enterrado una vez más cuando la mujer bajó la montaña.

Si Jules no hubiese señalado el punto exacto, nadie hubiera notado el cuerpo, pues era como simple basura en la tierra.

N jadeó de la impresión, mientras que Elli y Leo simplemente abrieron mucho los ojos del asombro, pero lejos de asustarse como había hecho Jules, los tres corrieron a escarbar y sacar el cuerpo. Era sorprendente lo rápidos que eran, no parecían humanos.

Lara no se movió, se quedó mirando de una manera extraña a Jules.

Después de unos minutos de completo silencio, lograron arrastrar el cuerpo fuera de la montaña, Jules notó que estaba vestido igual que ellos, con la misma capa y uniforme blanco, incluso el mismo medallón, pero el suyo estaba completamente negro.

¿Acaso hacía parte de su equipo?

En el pecho tenía un enorme agujero que prácticamente lo atravesaba justo en el corazón.

—Eso explica la llamada del Kéntro —dijo Leo, cerrando suavemente los ojos del chico—. Pero, ¿por qué mandaron a un solo Polemistés a investigar la zona? No es el protocolo...

—Debemos hablar con el Afentikó Murillo, cuanto antes —profirió Lara sin apartar su vista de Jules, como si de repente algo le hubiera sido muy claro.

—Fue un ataque por la espalda. No pudo defenderse —alegó Elli mientras examinaba de cerca la herida—. El agujero corresponde a las garras de la Skoteinó.

—¡Cuánta crueldad! —dijo N con tristeza, apartó la mirada para detenerse una vez más en los ojos de Jules.

—Julia, sé que esto es difícil, pero necesitamos saber qué pasó aquí. ¿Sabes si había otro ‘monstruo’? —preguntó Lara agarrando su mano.

—Solo dinos lo que recuerdes —apuntó N, a su lado llegó Elli, también asombrada por el color amarillo que resplandecía en las pupilas de la joven—. Cualquier cosa puede ser útil.

—Necesitamos saber qué creó esa montaña para eliminarlo —dijo cortantemente el chico de ojos aguamarina. Ese tal ‘Leo’ parecía ser el único no interesado en los ojos de Jules, una novedad.

—Creo… creo que fui yo.

Todos la miraron sorprendidos, no lograban entender lo que acababa de decir. Ni siquiera ella misma.

Porque la verdad es que Jules tampoco estaba segura. Hasta que vio el medallón de Lara... y todo volvió.

Recordó el ataque. A aquella mujer que apareció de la nada, justo después de que Jules la viera asesinar a un hombre. Recordó también al chico –el que ahora yacía muerto– intentando defenderla. Recordaba las garras de la mujer, hundiéndose en su pecho, y cómo él cayó, desangrándose.

Entonces, gritó. Corrió.

Y fue ahí cuando lo sintió: sus manos ardiendo. Sin entender por qué.

Al mirar atrás, la mujer venía tras ella. Y justo antes de alcanzarla, Jules alzó una mano, por puro instinto.

Lo siguiente fue un vendaval. Un viento violento la lanzó contra un árbol.

De ahí en adelante, todo era niebla. Solo recordaba el olor: tierra y madera quemadas.

—¿Qué dices, Julia? —inquirió Lara en un tono grave.

—¿Skoteinó? —susurró Elli a N.

El ambiente cambió. Las miradas confundidas se volvieron frías, alertas. Estaban listos para atacarla, si hacía el más mínimo movimiento.

Y, aun así, sin pensarlo, las palabras salieron de su boca.

—Yo fui la que creó esa montaña.

Parte 1

φ Conocerse a uno mismo φ

Capítulo I – Decisiones Importantes

Si abordas una situación como asunto de vida o muerte, morirás muchas veces.

Adam Smith.

Jules estaba en una profunda oscuridad.

No podía ver nada, pero sí oír.

Los gritos de un hombre retumbaban en sus oídos, eran desgarradores, desesperados. Oía cómo clamaba por piedad, pero al parecer nadie lo ayudaba, los alaridos no cesaban.

De repente, la oscuridad empezó a transformarse en un camino, poco a poco empezaron a crecer árboles y se dibujó un cielo despejado sobre ella. Era el parque de su barrio.

Vio frente a ella que una figura femenina esquelética golpeaba a un hombre que apenas se sostenía en pie. Con cada puñetazo, un humo blanco salía del cuerpo del hombre… y la mujer lo aspiraba con un ansia salvaje.

En un parpadear de ojos, la mujer levantó al hombre y arrancó su cabeza con un tajo limpio de una de sus largas uñas negras; de manera desagradable empezó a lamer la sangre que brotaba del cuello cercenado.

Jules gritó. No pudo evitarlo.

Las bolsas que no sabía que tenía en las manos se estrellaron contra el suelo. Quiso correr, pero cuando se dio la vuelta, la mujer ya estaba sobre ella. La miraba sin parpadear, con una horrible sonrisa llena de sangre.

—Tu turno.

***

—Despierta, Jules —Escuchó decir a su madre—. Ya estamos por llegar.

Jules abrió los ojos y se estiró un poco.

La joven suspiró, otra vez esa pesadilla. No había dormido muy bien la noche anterior por la misma razón; y parece que el trayecto a la escuela fue tan tranquilo, que en cuestión de segundos se quedó dormida.

Ya había pasado casi un mes desde el espantoso suceso del parque; Desde entonces, las pesadillas no se detenían. Cada vez que salía de su casa, la ansiedad la devoraba, y ni hablar del pánico irracional que ahora le provocaban las mujeres con las uñas demasiado largas.

Pero, ese era su primer día de escuela, su primer día como estudiante de último año, debía disfrutarlo.

O, al menos, hacer el intento.

A pesar de que su cuerpo –sobre todo su cuello– todavía tenía moretones que dejaban ver el ataque, no era nada que un poco de maquillaje no pudiera arreglar. Lo que más le molestaba era esa incómoda muñequera, que debía usar para aliviar el dolor en su mano izquierda, aún le faltaba una semana para deshacerse de ella.

Podría ser peor, logró convencer a su familia de que no requería los servicios de un psicólogo. ¿Cómo le explicaría a un profesional que alguien había intentado matarla, pero no podía denunciar el hecho porque la atacante se había vuelto polvo?

Su madre se había ofrecido a llevarla a la escuela ese día, ya que no irían sus hermanos y no quería que esperara sola el bus escolar. Después de todo, toda su familia y amigos, seguían un poco consternados por lo sucedido en el parque. Al menos, por lo que ellos creían que era lo que había pasado.

—Si no te sientes lista, podemos irnos a casa —dijo Myriam, su madre, mientras se estacionaba frente a la entrada de la escuela—. La doctora dijo que descansaras.

—Estoy bien, mamá —replicó Jules al tiempo que se quitaba el cinturón de seguridad. No era más que una mentira, pero se había vuelto buena en ocultar la verdad—. Ya descansé lo suficiente.

—¡Tres semanas no es suficiente para lo que viviste! —exclamó su madre, alzando la voz, indignada—. Una explosión en el parque. ¡Por Dios! No sé cómo no salió nadie más herido.

Esa era la historia que los Polemistés le contaron a todo el que preguntó en el hospital. Incluso salió en la televisión: Misteriosa explosión en un parque infantil conmociona a la comunidad, deja múltiples daños materiales y una adolescente herida.

Para los demás, ese día no hubo ni monstruos esqueléticos, ni chicos muertos con ojos violetas, o como más tarde recordó, un hombre sin cabeza que también estaba bajo esa gran montaña de tierra; de la cual, por cierto, ella era la artífice. Ni mencionar el ‘secuestro’ que tuvo minutos después de decirlo.

Para los demás, nada de eso había sucedido.

***

Lara le vendó los ojos sin decir una palabra. Junto a su equipo, la arrastraron a algún lugar desconocido.

Jules solo podía escuchar pasos rápidos, voces cruzadas, discusiones acaloradas. Al parecer, Lara había enfurecido a alguien importante por traerla sin permiso.

Entre tanto movimiento, su venda se empezó a aflojar y dejó un pequeño espacio por el que pudo ver el lugar. Era una especie de oficina, muy hermosa, hecha de mármol y decorada con cristales de distintos tonos y texturas.

Jules se hubiese quedado horas admirando esa hermosa decoración, de no ser porque sintió que la estaban amarrando a una silla, Y no tardó en reconocer el contacto frío y firme del chico de ojos aguamarina. Fue él quien le volvió a poner la venda, esta vez con más fuerza... Trató de liberarse, pero le fue imposible, seguía débil y las cuerdas estaban muy apretadas.

Una voz firme y autoritaria le habló: no la soltarían hasta que contara todo.

La historia del parque.

La verdad sobre lo que había hecho.

Y sobre quién era… O, mejor dicho: qué era.

***

Ese recuerdo simulaba una pesadilla de la que no podía despertar. La joven sacudió su cabeza tratando de alejar esos pensamientos, debía comportarse normal para que su madre no se preocupara, ya tenía suficiente con el susto que pasó cuando la llamaron del hospital.

—Mamá, estoy bien —dijo Jules y le dio un abrazo, que su madre correspondió, acompañándolo de un beso en la frente—. Gracias por traerme. Te aviso cuando esté volviendo a casa.

—¿No quieres que te recoja? —preguntó de inmediato Myriam.

—No, no es necesario —respondió Jules saliendo del auto.

Justo cuando iba a cruzar la calle, levantó la mirada y vio, tras las enormes puertas de vidrio de la escuela, dos figuras con capas moradas que les cubrían el rostro: Polemistés, y la estaban esperando.

—Al menos ya no me asusto cuando los veo —murmuró con ironía, apretando instintivamente el medallón en su cuello.

Era inquietante pensar que durante dieciséis años jamás había visto a un Skoteinó ni a un Polemistés... y ahora los veía por doquier.

Hospitales, iglesias, calles... incluso en su escuela. Desde que aprendió a reconocerlos por el medallón, le resultaba más fácil identificarlos, sin importar si llevaban su uniforme blanco de batalla o ropa civil.

Jules entró a la escuela con paso firme y se aproximó a los dos Polemistés que la esperaban. Sacó su teléfono y fingió estar en una llamada; después de todo, solo ella podía verlos cuando llevaban ese extraño uniforme. No quería que las personas a su alrededor pensaran que había perdido la cabeza luego de esa ‘explosión’.

—Hola, gracias por cuidar el área —dijo con una sonrisa fingida—. Ya pueden irse.

No quería vigilancia, no ese día. No mientras intentaba fingir una vida normal. Y definitivamente no mientras la observaban hasta desde su propio balcón cada noche. Sentía que su privacidad estaba siendo pisoteada.

—No nos iremos, niña —gruñó uno de los Polemistés, escupiendo al suelo con desprecio.

—El Afentikó Murillo quiere saber dónde está todo el tiempo —dijo el otro con una mueca torcida—. Así que acostúmbrese —advirtió para luego desaparecer junto a su compañero.

Sabía que seguían en su escuela, podía aún sentir sus miradas sobre ella, pero se movieron tan rápido, que los perdió.

Maldito Afentikó Murillo.

Decir que ese hombre era un ser despreciable era poco. Ese tal Afentikó Murillo, no era cualquier Polemistés, era el jefe del Kéntro de su país, algo así como el presidente de los Polemistés de ese territorio, por lo que tenía todo el poder sobre ella. Fue el culpable de que su interrogatorio hubiese incluido tortura física, con la excusa de descartar que fuera una Skoteinó, y también, era el causante directo de que ahora necesitara esa muñequera, pues impidió que curaran sus heridas.

Era gracioso recordar que cuando por fin comprobaron que era humana y terminaron las torturas, todos los Polemistés presentes palidecieron al quitarle la venda y ver el color de sus ojos. Lara los había hecho temblar con una pregunta:

¿Un Elemental?

Solo esa idea, hizo que casi todos allí la quisiesen muerta, encabezados por Murillo. Temían que ‘la historia se repitiera’, aunque nadie le explicaba qué significaba eso exactamente.

Sin embargo, Lara estaba convencida de que eso era lo mejor que les podía pasar en esos tiempos de tanta oscuridad. Lara creía que cultivar los poderes de una Elemental, era la clave para volver a tener el control sobre los Skoteinós.

Jules todavía no entendía del todo qué significaba ser una Elemental, ni por qué le temían tanto. Solo sabía que sus ojos amarillos pertenecían a una raza de Polemistés que se creía extinta. Su poder era hereditario y, según los registros, el linaje había muerto milenios atrás.

No quedaba casi información de su existencia, pero los pocos que sabían de la historia de esa familia, estaban convencidos de que era la única forma de explicar lo que era Jules.

Después de muchas horas de discusión, Lara decidió que lo mejor era hablar con el Ascendente en Grecia antes de tomar cualquier decisión. Mientras eso pasaba, Jules debía ser observada todo el tiempo por hombres de confianza del Afentikó Murillo, tanto para que no fuera atacada por Skoteinós, como para estar atentos a que no volviera a hacer desastres como los del parque.

Por suerte, Lara le había dado un libro con todo lo que debía saber sobre los Polemistés. Gracias a eso, ya no estaba tan perdida como durante el interrogatorio. Aunque aún le faltaba mucho por leer, al menos entendía las bases.

La mujer que la atacó en el parque hacía parte de los Skoteinós, unos monstruos devoradores de almas, absorbían y se alimentaban de la energía vital de los seres vivos, especialmente de los Terrenales o Gíina, es decir, humanos corrientes.

Esa era la razón de la existencia de los Polemistés, y al parecer de la propia Jules. Eran los encargados de eliminar a estos peligrosos seres que amenazaban la vida de los Terrenales.

Aunque eran humanos que nacieron como cualquier otro, los Polemistés eran escogidos en la niñez y preadolescencia por el Kéntro para convertirse en guerreros. Debían tener una fuerte energía vital y un físico acorde para ser líderes en los combates.

El Kéntro, a su vez, no era solo un lugar donde entrenaban, sino un hogar donde se reunían para prepararse, curarse y recibir misiones contra los temidos Skoteinós.

El Kéntro de Grecia tenía una historia aún más especial. Era la tierra donde nacieron los primeros Polemistés, lo que lo convertía en un lugar sagrado y donde habitaba su creador: el Ascendente.

Curiosamente, no había Skoteinós en Grecia, así que los pocos Polemistés griegos viajaban a otros Kéntros cercanos para entrenar y luchar. Lo más fascinante de Grecia era que su Kéntro albergaba a los Athánatos, un grupo de élite compuesto por los Polemistés más poderosos. Estos guerreros enfrentaban a los Skoteinós de mayor rango, aquellos que ningún otro Polemistés podría derrotar.

Cada uno de los cuatro grupos de Athánatos simbolizaba un elemento y era dirigido por un Archigós, un líder cuyo poder rivalizaba con el de los Afentikó, pues ambos cargos eran los más altos a los que un Polemistés podría aspirar.

Lara, como Archigós del Athánatos de Agua, tenía una influencia enorme. Su palabra era ley, y su opinión sobre qué hacer con Jules no podía ser ignorada, ni siquiera por el Afentikó Murillo, así como las órdenes del Afentikó tampoco podían tomarse a la ligera, incluso por Lara.

Mientras caminaba por la escuela esperando a que llegara alguno de sus amigos, Jules empezó a leer algunas páginas del libro de Lara a las que le había tomado foto:

Cada país tiene su propio Afentikó, estos son nombrados en una ceremonia que se realiza cada diez años o antes, si el actual Afentikó muere o es destituido por el Ascendente. Tras el ritual, reciben su simádis en la palma de la mano...

—¡¡Jules!! —Una voz conocida la sacó de sus pensamientos. Rizos oscuros se pegaron a su mejilla y unos brazos la abrazaron por detrás.

Kaz.

—Llegaste temprano, me ganaste —Rio el chico.

Desde el año pasado, tenían una pequeña competencia silenciosa en su grupo de amigos por ser el primero en llegar. Desde que Kaz se mudó más cerca, siempre ganaba.

El chico se apartó de ella con una sonrisa, Jules no pudo evitar sonreír con él, ese era el efecto de Kaz en ella. Era su mejor amigo desde hacía unos cuantos años, cuando se mudó desde Italia por el trabajo de sus padres, se volvieron inseparables desde entonces.

Siempre lograba hacerla reír, incluso en los peores días. Tenía una forma única de hacer que el mundo pareciera un lugar más brillante, todo era más divertido a su lado, más vivo.

La última vez que lo vio, junto al resto de sus amigos, fue en el hospital, un día antes de que le dieran de alta.

—Hola, Kaz —saludó feliz Jules. Era bueno verlo en un lugar más tranquilo.

—¿Cómo estás? ¿Sigues con mucho dolor? —preguntó preocupado. Antes de que Jules respondiera, ambos empezaron a caminar hasta el coliseo donde tendrían la bienvenida a los estudiantes de último año, los únicos que asistían ese día.

—Estoy bien, ya solo me falta deshacerme de esto —dijo Jules al tiempo que alzó su brazo para mostrar la muñequera.

—¿Cómo lograste meterla en el saco del uniforme? —curioseó Kaz tomando su mano con cuidado.

—Con mucha paciencia —respondió Jules. Ambos soltaron una pequeña risa, la muñequera hacía que su saco tuviera un gran bulto.

—Lo bueno es que aún puedes escribir con la derecha…

—Y dibujar, no olvides dibujar —dijo Jules fingiendo seriedad, después de todo, su vida era el arte.

Kaz no tardó en sonreír ante el comentario.

—¿Cómo pude ser tan desconsiderado? —soltó Kaz poniendo una mano en su pecho y dándose pequeños golpecitos—. Oh… ¿y ese collar? Es bastante bonito.

—Ah, ¿esto…? Lo conseguí cerca del hospital, dicen que me dará mucha energía —Algo que era verdad. El medallón era individual y le otorgaba las exousíes, es decir, las habilidades especiales que poseían los Polemistés.

Al usarlo era más rápida, más ágil y, sobre todo, curaría sus heridas con rapidez… Por desgracia, lo consiguió luego de su tortura en el Kéntro y este no funcionaba en heridas viejas.

—¿Y es cierto? Porque si es así, yo también quiero uno.

—Aún no lo sé… — Jules apartó la mirada.

Llegaron al coliseo, aún estaba casi vacío. Subieron algunos escalones y se sentaron a charlar, mientras que, poco a poco, se fueron llenando las gradas a su alrededor con sus compañeros y profesores.

Jules revisaba, a su vez, que nadie tuviera su mismo medallón. Se alegró al darse cuenta de que era la única.

De pronto, un pequeño grito y el sonido de alguien resbalando hizo que todos se giraran. Una chica rubia y bajita estaba en el suelo; la chica se levantó y se arregló el uniforme, tan rápido como pudo. Jules no pudo evitar reírse un poco, pero cuando se dio cuenta de que era Lucy, dejó de hacerlo.

No porque no fuera gracioso, sino porque la miraba directamente a ella, con sus ojos encharcados.

Lucy, era su amiga desde antes que Kaz. Era una chica muy enérgica y extrovertida, pero –a pesar de ser bailarina– era bastante torpe. Siempre tenía moretones e historias inusuales de cómo se los hizo.

—¿Estás bien, Lucy? —preguntó Jules cuando la chica llegó corriendo a su lado.

—No te hiciste daño, ¿verdad? —indagó al tiempo Kaz.

—¡Juleees! —chilló la rubia abalanzándose sobre ella, de no ser por el medallón que se activó al instante y le permitió agarrarla, habrían terminado en el suelo—. ¿Cómo estás? ¿Cómo sigues? ¿Y ese collar tan bonito? Nunca te lo había visto.

Al igual que Kaz, era seguro que todos sus amigos estaban preocupados por ella. Haber estado algunos días en un hospital a causa de una ‘explosión’ era algo de lo que hablarían por varios días.

También, era normal que les llamara la atención el hecho de que una chica como Jules, quien no era de usar accesorios, ahora llevara un medallón bastante peculiar. Era un pequeño óvalo violeta con un conjunto de giros e intrincados perfectos, las líneas moradas que lo recorrían por cada borde lo hacían brillar en contraste con su parte negra.

—Estoy muy bien, tranquila —respondió con una sonrisa, le contó la misma historia que a Kaz con respecto al medallón.

—Señorita Julia Saavedra —Escuchó a alguien decir a sus espaldas—. Se puede saber por qué no estaba en el bus de esta mañana —Era Pau.

Junto a ella estaba Matt, el último integrante de su grupo. Los dos la abrazaron al tiempo. Ambos vivían relativamente cerca de ella, por lo que los tres se iban en el mismo autobús en la mañana y tarde.

Después de bromas, risas y excusas, se acomodaron a esperar la ceremonia.

—Parece que este año no hay estudiantes nuevos —comentó Matt mirando a su alrededor. Solo había caras conocidas.

—¿Te sorprende? —declaró Pau mientras peinaba los oscuros crespos que se habían soltado de su hebilla tras el abrazo.

—Es el último año, nadie se cambia de escuela para el último año —replicó Kaz.

—Sí, pero ni siquiera hay estudiantes de intercambio —recalcó Matt algo desanimado. Sus ojos verdes mostraban tristeza absoluta—. Hubiera sido agradable tener a algún europeo por aquí.

—Eso es verdad, escuché que este era el año donde más se recibían estudiantes extranjeros —dijo pensativa Pau.

—Parece que no corrimos con suerte… —replicó Jules, pero antes de continuar algo en la entrada llamó su atención.

¿Eso es una capa morada?

Fue tan rápido que pensó que lo había imaginado.

—¿Pasa algo? —preguntó Kaz al ver que se había quedado callada.

—Nada, nada, solo me pareció ver algo, pero creo que me equivoqué.

***

La reunión fue breve: bienvenida, himno, discurso aburrido del director y asignación de profesores. A la clase de Jules le tocó el profesor Beltrán, el de matemáticas. Salieron todos juntos, rumbo al salón.

—Gracias a Dios, seguimos juntos. No habría soportado otra mezcla de grupos —dijo Lucy mientras todos se sentaban.

—Recuerdo tu drama el año pasado —comentó Pau dándole unas palmaditas en la espalda.

—Bueno, es momento de tomar la decisión más importante de nuestras vidas… —empezó a decir seriamente Lucy—. ¿Qué deporte escogeremos este año? Porque tenemos que hacer lo posible para quedar todos juntos.

Jules sonrió, con todo lo que estaba sucediendo en su vida, fingir que su único problema era la electiva de deporte que escogerían, era un soplo de aire fresco.

—¡Fútbol! —gritaron al unísono Pau y Matt, ellos dos eran los más atléticos y, posiblemente, los únicos que de verdad se esforzaban en la clase de educación física. Por supuesto, estaban en los equipos oficiales de la escuela.

—Mmm… ese es muy competitivo, con los compañeros que tenemos… ¡No, no, no! Descartemos esa idea —replicó Lucy con cara de desagrado, recordando todas las veces que la tumbaron en los partidos.

—Yo estaba pensando en voleibol, el año pasado la profe fue lo mejor —explicó Kaz—. Nos dejaba salir antes y todo.

—Me gustó más básquetbol —apuntó algo pensativa Jules, recordó que a veces les tocaba hacer trabajos escritos en vez de correr. Igual, todo dependía de los cupos.

—Tienes razón, hay que… —Lucy no pudo continuar porque en ese momento llegó el profesor Beltrán.

—Disculpen la demora, chicos —dijo el profesor—. El director me necesitaba —Cerró la puerta y poco a poco el ruido se fue apagando, todos se le quedaron mirando.

—Primero que nada, buenos días, espero que hayan disfrutado sus vacaciones.

Jules rodó los ojos y miró hacia la ventana, no quería repasar más esas últimas semanas.

El profesor Beltrán empezó su sermón: que disfrutaran el último año, que ya venía la universidad y las responsabilidades, que el servicio social era lo más importante, que el examen de admisión, el de idiomas, etc.

—¿Alguna pregunta? Recuerden que estamos aquí para apoyarlos.

—Más bien para exprimirnos —le susurró Lucy a Matt, quien no pudo evitar reír un poco alto. Antes de que el profesor lo reprendiera, se escucharon unos golpeteos en la puerta.

—Adelante, justo lo estábamos esperando —dijo el profesor mientras miraba la puerta.

Entró al salón el director acompañado de un chico desconocido. En cuanto pasaron el umbral, todos los estudiantes, e incluso el mismo profesor Beltrán, quedaron boquiabiertos.

Era un chico muy alto y guapo, de tez bronceada y cabello claro. Sus ojos eran como piedras de aguamarina, vestía el uniforme del colegio y su presencia era tan imponente que nadie podía apartar su mirada de él.

Bueno, a excepción de Jules. Ella sintió náuseas al reconocerlo.

¿Qué hace ese tipo aquí?

Jules se frotó los ojos, al tiempo que trataba de pensar que había visto mal. Sin embargo, cuando volvió a mirarlo, confirmó que se trataba de un miembro del equipo de Lara: Leonardo.

Él la miraba con desagrado.

—Este es Leonardo Soler —anunció el director—. Es un estudiante de intercambio proveniente de España, acaba de llegar al país. Será su compañero este año, espero que lo hagan sentir como en casa.

—Bienvenido —lo saludó el profesor Beltrán a la par que le daba la mano.

Leo lo miró de arriba a abajo hasta que aceptó el apretón y, sin decir nada, empezó a caminar hacia un puesto desocupado al final del salón. Todos lo observaban, sus pasos daban la ilusión de que el piso temblaba y, poco a poco, el resto de la clase se empezó a dar cuenta de que su vista en ningún momento se apartaba de Jules.

La joven miraba al piso, pálida y sudando. Al pasar junto a ella, se miraron fijamente. La tensión era evidente.

Una pregunta cruzó la mente de todos sus compañeros: ¿Acaso ese hermoso chico nuevo conocía a la tímida de Julia?

Cuando Leo por fin se sentó, la atmósfera se aligeró un poco. A pesar de que ahora todos la miraban a ella y a Leo, Jules pudo volver a respirar con normalidad, dejó de sudar, pero la tranquilidad no duró mucho, ya que nadie quería apartar la vista de ellos.

Kaz fue el primero en notar que el chico poseía un collar igual al que llevaba Jules, ¿por qué eran exactamente iguales? No podía dejar de compararlos. Lucy y Matt lucían hipnotizados con lo apuesto que era, ni siquiera parpadeaban al observarlo. Pau era la única que miraba de una manera no incómoda a Jules, sus ojos prácticamente decían: «Este chico, ¿te hizo algo?»

—Bueno, muchachos, tengo que terminar de arreglar unas cosas con el profesor Beltrán, ya volvemos. Mientras organícense en orden de lista, y denle una calurosa bienvenida al señor Soler —soltó el director. Los dos profesores salieron del aula dejando un salón lleno de comentarios, sobre todo de las chicas.

—¿Viste lo alto que es? Seguro es modelo, es obvio que pasa el metro ochenta.

—Es guapísimo, ¿tendrá novia?

—Waaa tiene unas pecas y ojos hermosos.

Varios del salón se levantaron para hacerle conversación. Mientras medio salón se amontonaba para hablar con Leo, el grupito de Jules no se movió. Solo la miraban, esperando respuestas.

—Jules, ¡¿qué rayos fue eso?! —inquirió Matt exaltado.

—¿Acaso conoces al nuevo o por qué ese duelo de miradas? —demandó Lucy acercándose demasiado al rostro de su amiga, que la alejó enseguida.

—Sus collares son iguales —declaró Kaz más bajo que los demás, como para sí mismo.

—¿De dónde conoces a semejante chico? —preguntó Pau cruzándose de brazos.

—Más importante aún, ¿por qué no nos lo presentaste? —agregó Lucy indignada.

—No lo conozco —soltó al fin Jules.

No mentía. Lo había visto una vez, hablado poco, y ya tenía claro que no le agradaba, era un patán.

—Sabes que no te creemos, ¿verdad? —dijo Matt—. De entre todos en el salón, decidió mirarte de esa forma tan… penetrante, ¡a ti, Jules! ¡Es increíble! —Se desplomó en su asiento.

—Esas miradas que tuvieron solo pueden significar dos cosas: o se conocen y se odian, o fue amor a primera vista, y esa es su forma de demostrarlo —dijo Lucy a la vez que daba pequeños aplausos de felicidad.

—¡Lucy!, sería entonces odio a primera vista —dijo Kaz con una pequeña risa—. Jules también lo miró mal, eso nunca pasa.

—True —dijo Lucy—. Iré a preguntarle, ya que Jules no hablará.

—¡No, Lucy! —Jules no pudo detenerla, sus amigos se juntaron y le cerraron el paso. Matt, Kaz y Pau miraban a la chica tratando de descifrar qué había detrás de esa fingida indiferencia.

—No lo conozco, simplemente no me agrada cómo se ve —Jules rodó los ojos.

—Jules, es guapísimo —dijo Matt—. Eso es innegable.

—Sí, bueno. Guapo no es lo mismo que buena persona —comentó mirando de reojo el puesto de Leo, Lucy había logrado meterse hasta llegar a su lado.

—No eres de las que juzgan a primera vista —declaró Kaz—. ¿Qué te hizo?

—Nada —respondió secamente, sacando su celular—. ¡Ah, es mi mamá! Tengo que contestar —Se levantó rápidamente de su asiento—. Si vuelve el profesor, díganle que estoy en el baño, por favor.

Salió casi corriendo.

No aguantaba más. Pasó de ser vigilada por Polemistés normales, a que uno de los integrantes de un Athánatos se infiltrara en su escuela. ¿Acaso ella era así de peligrosa? Tal vez ya habían decidido que lo mejor era eliminarla y ese chico estaba ahí para acabar con su vida cuando menos se lo esperara.

Jules se metió en el baño más cercano que encontró. Quería salir de ahí, se arrepentía de no haberle hecho caso a su madre con respecto a quedarse ese día en casa, incluso se arrepentía de haberse quejado de los otros Polemistés, al menos ellos no se metían en plena clase a mirarla como si fuera la plaga.

Trató de tranquilizarse, después de todo, si iban a matarla, no es como si fuera a pelear en contra de ellos. No sabía usar su enérgeias, no sabía ni dar un golpe. Simplemente, aceptaría su muerte como lo hizo en el parque.

Abrió el grifo de agua y se lavó la cara, intentando calmarse.

Se detuvo de golpe. Algo no encajaba. Sentía como si alguien la observara, empezó a oler un aroma dulce, como a rosas.

Con el rostro aún mojado, observó a todos lados, pero no había nadie.

Creo que me estoy volviendo paranoica…

Volvió a agachar su cara en el lavamanos y mojarse más la cara.

—Julia —susurró una voz detrás de ella.

Al abrir los ojos, vio que a su lado estaba Lara.

Capítulo II – Empezar de nuevo

La vida es una sucesión de crisis y momentos en los que tenemos que redescubrir quiénes somos y lo que realmente queremos.

Jean Vanier.

Lara estaba tan cerca de ella, que era sorprendente que no hubiera notado su presencia antes. Llevaba el uniforme negro y su capa morada.

Jules advirtió que, con el movimiento de sus brazos al saludarla, se alcanzaba a visualizar una pequeña ola azul dibujada en su espalda, como si brillara en contraste con el negro de su vestimenta.

—¡Dios! Me asustaste, Lara —dijo la joven relajando su cuerpo.

Con un chasquido de la mano de Lara, el agua que escurría del rostro de Jules desapareció. Se veía igual que el día del parque, tal vez, más bonita de lo que recordaba.

—Tengo buenas noticias —dijo con una gran sonrisa—. El Ascendente dejó que el Athánatos de Agua fuera tu tutor de entrenamiento. ¡Harás parte de nuestro equipo! ¿No es grandioso?

¡No!

Jules no creía que eso fuera grandioso. Solo los Polemistés más capacitados podían pertenecer a un grupo inmortal. Era todo un honor ser un Athánatos, un privilegio reservado solo para lo mejor de lo mejor, y ni hablar de todo el estatus que daba; los otros Polemistés casi debían arrodillarse por estar frente a un Inmortal.

Jules no estaba segura de poder con tanta responsabilidad.

Se preguntaba por qué debía someterse a todo eso, porque no simplemente todos hacían como si el evento del parque nunca hubiera pasado, pero los Polemistés le dejaron claro que lo que ella hizo era más como obra de un monstruo que algo hecho por los poderes de un Polemistés.

El Afentikó Murillo incluso la describió como un fenómeno, una amenaza inminente que debía ser eliminada.

Ser una Athánatos solo complicaría más su vida.

Aunque, el hecho de que el Ascendente hubiera aceptado que Lara fuera su tutora era, al menos, algo positivo, de hecho, era excelente, como no sabía cómo eran los otros Archigós, ella era la mejor opción: dulce, atenta y, lo más importante, genuinamente preocupada por su bienestar.

Era un respiro, considerando que sus otras alternativas eran una ejecución rápida o seguir bajo el control del Afentikó Murillo. Al final, eso no era más que una condena disfrazada.

Lara le explicó rápidamente que ahora formaba parte del Athánatos de Agua, aunque no era una miembro oficial. Para volverse una verdadera miembro, debía pasar una prueba muy importante, esta le otorgaría el simádis de los Athánatos.

También le mencionó que el Ascendente había sido tan ‘condescendiente’ con ella, que había aceptado que Jules hiciera su prueba antes de la fecha en la que normalmente se realizaba. Si no fuera así, tendría que esperar hasta el próximo año y estar con el Afentikó Murillo mientras tanto. Después de todo, él era el encargado de los Polemistés de su país y desde luego era parte de su trabajo supervisar el entrenamiento de nuevos reclutas.

Jules sabía que ese hombre seguramente fingiría un accidente y acabaría con ella antes de que llegara la fecha.

—Sabemos, y a la vez no sabemos, muy bien cómo funcionan tus poderes —continuó Lara—. Lo mejor es que estés siempre vigilada, por si acaso —explicó agarrando con suavidad la mano de Jules para darle tranquilidad.

Entonces Leonardo estaba ahí solo para vigilarla… Pero, ¿por qué no podía ser Lara en su lugar?

Ella es la Archigós, seguramente tiene mucho trabajo como para estar jugando a la escuela, se regañó mentalmente Jules.

—Sobre todo porque tu enérgeias es muy fluctuante, algunas veces se siente y otras veces no —continuó Lara—. Si tienes una fuga, sin querer podrías atraer a Skoteinós de alto rango, y teniendo en cuenta que no has sido entrenada como el resto de Polemistés, sería bastante peligroso.

—Entiendo, pero… ¿Leonardo de verdad debe estar en mi salón, no podía simplemente vigilarme de lejos como hacían los hombres de Murillo?

—Eso sería poco natural e incómodo para ambos. A partir de ahora somos un equipo. Él será tu sombra, por lo menos hasta que sea seguro que estés ‘sola’ —dijo entregándole un anillo morado, Jules lo reconoció enseguida de una de las ilustraciones del libro de Lara, era el que los Polemistés usaban para cambiar su ropa al traje de batalla.

Una vez transformados, no eran vistos por el ojo de los Terrenales y, si usaban la capa, incluso podían atravesar algunas superficies sólidas.

Al menos eso era lo que había leído, quería probarlo en la vida real, quería ver qué pasaba si agarraba objetos a su alrededor, ¿desaparecerían también?

—Es más pesado de lo que imaginé —comentó Jules mirándolo detalladamente, su forma asemejaba a una corona de espigas. No era muy grueso, pero pesaba como si estuviera hecho de plomo.

—Póntelo en tu mano no dominante, es más fácil así —Jules hizo caso, se la puso en la mano izquierda, debajo de su muñequera—. ¿Aún te duele? —preguntó Lara—. Lamento no haber llegado antes para detener esa locura del Afentikó Murillo. Lo que te hizo iba más allá de una prueba de Skoteinó —dijo Lara apretando su puño.

—Solo duele a veces, no es grave. Pero la debo usar una semana más para no preocupar a mi madre —Lara asintió—. Bueno, debería volver ya a clase o notarán mi ausencia.

Además, Jules no quería que, si una persona llegara a entrar, pensara que estaba loca por ‘hablar sola’ en el baño.

—Perfecto —dijo Lara, se notaba feliz—. Apenas llegues a tu casa, haremos una reunión para explicarte más o menos cómo llevaremos tu entrenamiento, ¿te parece? —Lara le dio un abrazo que la sorprendió.

—Por mí está bien… Nos vemos en la tarde —dijo ruborizándose, Lara olía a una mezcla de vainilla con flores, un olor tan agradable que Jules no quería apartarse.

En un cerrar de ojos, Lara desapareció de su vista, tan rápido que pudo haber sido una alucinación.

Jules miró el anillo, al menos se ocultaba con la muñequera, por lo que no debería dar más explicaciones de sus accesorios misteriosos a sus amigos.

Empezó a caminar hacia su salón, cuando escuchó un alboroto dentro. Al abrir la puerta, vio a todos moviendo sus mesas.

—¡Cierto que debíamos acomodarnos en orden de lista! —soltó al ver que estaban acomodándose en filas de a dos estudiantes.

—Déjame ayudarte. Es mejor que no hagas esfuerzo por tu brazo —exclamó Kaz cargando su mesa.

—Gracias —dijo Jules mientras lo seguía, al parecer pertenecía a la fila que quedaba cerca de la puerta, Kaz la detuvo antes de que se sentara.

—La lista está en el tablero… pero no creo que te guste tu compañero.

—¿Qué? —Jules frunció el ceño y fue hasta la lista.

Se detuvo en seco al ver que Leo también miraba la lista. Al notar su presencia, él rodó los ojos.

—Veo que Lara ya te entregó el anillo, pensé que lo haría en la tarde. Recuerda no perderlo —Fue lo único que dijo antes de irse.

Jules se sorprendió por la asombrosa vista que tenía el chico, otra persona no se hubiera dado cuenta por lo oculto que estaba. Supuso que era el medallón agudizando sus sentidos.

Buscó su apellido, cruzando los dedos para quedar junto a Matt. Pero no. Aunque sus nombres estaban cerca, Matt había quedado con Iván Ramírez, uno de los jugadores más pesados del equipo de fútbol.

Pobre Matt…