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"Corre el año 1942 y el nazismo hace estragos en Polonia. En un campamento de refugiados, Alina pronuncia sus votos matrimoniales y su vida está a punto de cambiar para siempre. Por otro lado, en el presente, Hanna le pide a su querida nieta Alice que busque una caja con sus recuerdos más preciados y que viaje a Polonia para encontrar a su amado. Allí, Alice intentará reconstruir la historia de su abuela, pero la verdad que ocultó durante toda su vida es demasiado dolorosa. ¿Cuál es el vínculo que une a Hanna y a Alina? ¿Podrá Alice cumplir la última voluntad de su abuela? En esta conmovedora historia que alterna entre dos líneas temporales –el período de la ocupación nazi y la actualidad–, Kelly Rimmer nos invita a reflexionar: ¿es alguna vez tarde para revelar aquello que no podemos decir?"
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Seitenzahl: 605
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Corre el año 1942 y el nazismo hace estragos en Polonia. En un campamento de refugiados, Alina pronuncia sus votos matrimoniales y su vida está a punto de cambiar para siempre.
Por otro lado, en el presente, Hanna le pide a su querida nieta Alice que busque una caja con sus recuerdos más preciados y que viaje a Polonia para encontrar a su amado. Allí, Alice intentará reconstruir la historia de su abuela, pero la verdad que ocultó durante toda su vida es demasiado dolorosa. ¿Cuál es el vínculo que une a Hanna y a Alina? ¿Podrá Alice cumplir la última voluntad de su abuela?
En esta conmovedora historia que alterna entre dos líneas temporales –el período de la ocupación nazi y la actualidad–, Kelly Rimmer nos invita a reflexionar: ¿es alguna vez tarde para revelar aquello que no podemos decir?
Kelly Rimmer es autora de obras de ficción histórica y contemporánea, y lleva más de dos millones de libros vendidos. Sus novelas se han traducido a decenas de idiomas y han aparecido en las listas de los más vendidos de The New York Times, Wall Street Journal y USA Today.
Vive en el centro oeste de Nueva Gales del Sur (Australia) con su familia y toda una colección de animales maleducados.
Para Daniel, que siempre tiene las mejores ideas.
El sacerdote que celebró mi boda estaba mitad famélico, mitad congelado y vestía con harapos, pero era ingenioso. Bendijo un trozo de pan mohoso del desayuno y lo utilizó como eucaristía.
–Repitan los votos después de mí –dijo con una sonrisa y, aunque mi visión se nubló, repetí los votos tradicionales con los labios entumecidos por el frío.
–Te tomo a ti, Tomasz Slaski, como mi esposo y prometo amarte, honrarte, respetarte, serte fiel y no abandonarte hasta que la muerte nos separe, ante Dios, la Santísima Trinidad y todos los Santos.
Veía mi boda con Tomasz como un faro, del mismo modo que un marino en mares embravecidos fija su mirada en la luz de la costa distante. Nuestro amor había sido mi razón de vivir, mi motivo para seguir adelante y para luchar durante muchos años, pero nuestra boda debía ser un alivio temporal para las dificultades y el sufrimiento. Sin embargo, la realidad del día había sido tan diferente que mi decepción parecía más grande que el mundo entero.
Se suponía que nos íbamos a casar en la majestuosa iglesia de nuestro pueblo, no allí, más allá de las carpas del centro militar y de refugiados de Buzuluk, a una distancia apenas suficiente para que el hedor de las ocho mil almas desesperadas fuera un poco menos intenso. Pero distanciarse de la multitud y del hedor tenía un precio: estábamos a la intemperie, refugiados tan solo por las escasas ramas de un abeto. El frío era excesivo para un día de otoño y caían copos de nieve esporádicos del cielo gris, que se derretían en nuestro cabello y ropa y hacían más lodo en el suelo bajo nuestros pies.
Había conocido a mis «amigos» hacía unas pocas semanas, en la multitud de simpatizantes; todas las demás personas que alguna vez fueron importantes para mí estaban en campos de concentración, muertas o desaparecidas. Mi esposo se negó con incomodidad a comulgar, algo que dejó pasmado al pobre y amable sacerdote pero que a mí no me sorprendió ni un poco.
A pesar de ser la novia, tenía puesto el único atuendo que poseía; las costumbres simples, como bañarse, habían quedado atrás hacía tiempo, y la infección de piojos que había arrasado con todo el campamento no nos había perdonado ni a mí ni a mi esposo ni al sacerdote –ni a ninguna persona entre la pequeña multitud que nos acompañaba–. Por consiguiente, todo el público se sacudía y contoneaba sin parar, desesperado por calmar el picor constante.
Yo me encontraba adormecida por la conmoción, lo que en realidad era casi un alivio, pues debió ser lo único que me salvó de sollozar durante toda la ceremonia.
La señora Konczal era otra nueva amiga, pero se estaba convirtiendo en una muy querida. Estaba a cargo de los huérfanos y yo había estado trabajando con ella en tareas obligatorias desde mi llegada al campo. Cuando terminó la ceremonia, reunió a un grupo de niños fuera del grupo de espectadores y me dedicó una sonrisa radiante; luego, alzó los brazos para dirigir al coro improvisado, que cantó Serdeczna Matko, una alabanza a la Sagrada Madre. Los huérfanos estaban sucios, delgados y solos, igual que yo, pero no estaban tristes, sino que tenían sus miradas esperanzadas fijas en mí, ansiosos por verme feliz. Aunque lo que más quería era lamentarme por mi terrible situación, las esperanzas que veía en sus ojos inocentes fueron más fuertes que mi autocompasión y me obligué a compartirles mi sonrisa más radiante y orgullosa. Y luego me hice una promesa: ese día no derramaría más lágrimas. Si esos huérfanos podían ser valientes y generosos en su situación, yo también podía.
Desde ese momento, me centré solo en la música, en el sonido de la maravillosa voz de la señora Konczal, que se elevaba y nos envolvía a todos en un solo exorbitante. Tenía un tono dulce y sincero, manejaba la escala como si fuera un juego y me brindó algo parecido a la alegría en un momento que debería haber sido alegre, me ofreció paz en un momento que debería haber sido pacífico y me devolvió una fe que deseaba perder.
Y, mientras ese fuerte cántico se iba extinguiendo, cerré los ojos y me obligué a olvidar el miedo y las dudas hasta que pudiera confiar en que los fragmentos de mi vida alguna vez volverían a unirse.
La guerra me lo había arrebatado todo, y no iba a permitir que quebrara la confianza en el hombre que amaba.
Hoy tengo un muy mal día, pero por malo que sea, sé que mi hijo se siente peor. Estamos en la tienda, a unas calles de nuestra casa en Winter Park, Florida. Eddie está en el suelo, sacudiendo las piernas, gritando con todas sus fuerzas y pellizcándose los brazos de forma compulsiva. Ya se le han empezado a formar horribles hematomas. También está cubierto de yogur, porque cuando esto comenzó, hace veinte minutos, vació los estantes del refrigerador en el suelo y ahora hay envoltorios de diversas formas y tamaños a su alrededor: una caótica plataforma de aterrizaje para sus extremidades. Tiene manchas en el rostro por el agotamiento y gotas de sudor en la frente.
La medicación le ha hecho ganar mucho peso en los últimos años, más de la mitad de lo que yo peso, así que no puedo levantarlo y cargarlo en el automóvil como hubiera hecho cuando era más pequeño. Aunque tampoco era fácil en ese entonces, estos arrebatos públicos eran más sencillos porque podíamos evacuar el lugar.
El desastre de hoy ocurrió cuando Eddie llegó al pasillo de los yogures. Aunque su gusto es amplio en comparación con el de sus compañeros de la escuela de educación especial –Eddie al menos come fresa y vainilla–, no puede cambiar la marca ni el envase. Y no funciona rellenar envases viejos, pues lo detecta de inmediato. Debe ser Go-Gurt, de fresa o vainilla, y en tubo.
Pero alguien de Go-Gurt decidió mejorar el diseño de los gráficos del envase, por lo que el logo cambió y los colores son más vibrantes. Estoy segura de que nadie se imaginó que un cambio tan minúsculo llevaría a que un niño de siete años arrasara con el pasillo de un supermercado en un ataque de rabia. Para Eddie, el Go-Gurt debe tener la etiqueta anterior, y la nueva hace que ya no lo reconozca como algo que pueda comer. Sabía que íbamos a la tienda a comprar yogur, así que, cuando llegamos, revisó todos los refrigeradores, pero vio muchas cosas a las que ahora reconoce como «no yogur».
En casa, suelo tener un estante del refrigerador lleno de Go-Gurt para evitar esta clase de incidentes. Si mi abuela no hubiera estado internada, ayer habría ido yo sola a la tienda mientras él estaba en la escuela, antes de que se comiera los dos últimos tubos y «se nos está terminando el yogur» y «nos queda poca sopa» se convirtieran en «mierda, lo único que nos queda para que Eddie coma es una lata de sopa, y no puede desayunar sopa». No sé qué puedo hacer ahora, lo único que sé es que si Campbell’s decide cambiar la etiqueta de sus latas de sopa de calabaza, me haré un ovillo y renunciaré a vivir.
Tal vez me parezca a Eddie más de lo que creo, porque este pequeño evento hace que me sienta al borde del colapso. Además de Eddie y de su hermana, Pascale, mi abuela Hanna es la persona más importante en mi vida. Mi esposo, Wade, y mi madre, Julita, quizá encajen en esa categoría, pero ahora estoy enfadada con los dos, así que eso es lo que siento. Mi abuela, o Babcia, como siempre le hemos dicho, está en el hospital porque hace dos días estaba sentada a la mesa en el hogar de ancianos en el que vive, cuando sufrió lo que ahora sabemos que fue un derrame cerebral leve. Así que hoy he pasado toda la mañana corriendo –corrí por la casa, corrí en el automóvil, corrí hasta el pasillo de yogures– para que Eddie y yo pudiéramos pasar un rato con Babcia. Lo que no quiero reconocer es que tal vez he estado corriendo más de lo habitual porque intento aprovechar el tiempo que nos queda con ella. En el fondo, soy consciente de que no es mucho.
Eddie no tiene lenguaje expresivo, es decir que no habla. Sí escucha bien, pero su capacidad de procesar el lenguaje es baja. Entonces, para advertirle que hoy no iríamos a ver trenes a la estación como todos los jueves, tuve que buscar un símbolo visual que pudiera entender. Así que me levanté a las cinco de la mañana, imprimí algunas fotografías que había tomado en el hospital ayer, las recorté y las pegué en su horario, después del símbolo de «comer», el de «tienda» y el de «yogur». Le escribí un guion social, una breve descripción de lo que haríamos hoy: debíamos ir al hospital a ver a Babcia, que estaba en cama y no podría hablarnos, pero que estaría bien, que él estaría bien y todo estaría bien.
Soy consciente de que mucho de lo que le escribí es mentira; no soy ingenua. Babcia tiene noventa y cinco años, las probabilidades de que salga del hospital esta vez son escasas, claramente no está bien. Solo le dije a Eddie lo que necesitaba escuchar. Así que, lo senté frente al horario y el guion y repasé ambos hasta que él abrió en su iPad la aplicación de comunicación aumentativa y alternativa, conocida como AAC. Es algo simple pero revolucionario: cada pantalla muestra una serie de imágenes que representan las palabras que Eddie no puede decir y, al presionarlas, se reproduce una voz. Esta mañana, miró la pantalla un momento y luego presionó «Sí», entonces supe que había comprendido lo que había leído, al menos en parte.
Todo iba bien hasta que llegamos aquí y el empaque del yogur había cambiado. Desde que empezó la crisis, han ido y venido empleados y clientes preocupados.
«Señora, ¿podemos ayudarla?», preguntaban al principio, yo negaba con la cabeza, explicaba su autismo y los dejaba seguir su camino. Luego, las ofertas de ayuda se hicieron más insistentes: «¿Podemos cargarlo hasta el automóvil por usted, señora?». Les expliqué que, en general, no le gusta que lo toquen y que, si un grupo de extraños lo hiciera, las cosas se pondrían peor. Veía en sus rostros que dudaban de que pudiera empeorar, pero no tanto como para arriesgarse. Luego pasó una mujer con un par de niños serenos y vestidos igual, sin duda neurotípicos, sentados en el carrito de compras. Mientras esquivaban a mi hijo fuera de control, uno de los niños le preguntó qué pasaba con él, a lo que ella balbuceó: «Solo le faltan unas buenas nalgadas, hijo».
Claro, pensé. Solo necesita unas nalgadas, eso le enseñará a lidiar con la sobrecarga sensorial y a hablar. Tal vez si lo nalgueo comience a usar el baño de forma espontánea y así podría dejar la rutina obsesiva para prevenir su incontinencia. Una solución muy simple… ¿Por qué no se me ocurrió hace siete años? Pero justo cuando comenzaba a hervirme la sangre, la mujer me miró, vi sus ojos antes de que apartara la vista y detecté un rastro de pena y temor inconfundible en ellos. La mujer se ruborizó, desvió la vista y salió disparada con el carrito y sus hijos hacia el pasillo siguiente.
La gente dice cosas como esa para sentirse mejor en una situación sin duda incómoda. No la culpo; de hecho, la envidio un poco. Ojalá pudiera sentirme superior como ella, pero haber sido madre de Edison Michaels durante siete años no me ha enseñado nada más que humildad. Lo estoy haciendo lo mejor posible, pero no suele ser suficiente. Así son las cosas.
El gerente de la tienda se ha acercado hace unos minutos.
–Señora, tenemos que hacer algo. Ha causado daños por miles de dólares en mercadería y los demás clientes se están molestando.
–Soy toda oídos –dije y me encogí de hombros–. ¿Qué propone?
–¿Podemos llamar a los paramédicos? Es una crisis médica, ¿no?
–¿Qué cree que harán? ¿Sedarlo?
–¿Pueden hacer eso? –Se le iluminaron los ojos. Pero le fruncí el ceño y su expresión volvió a desmoronarse. Permanecimos en un silencio incómodo por un momento, hasta que suspiré como si me hubiera convencido.
–Llame a los paramédicos, entonces –acepté, pero mi sonrisa debió asustarlo, porque dio un paso atrás–. Veamos cómo reacciona ante la visita de los paramédicos. Estoy segura de que las sirenas, los uniformes y más extraños no podrían empeorar la situación. –Hice una pausa y lo miré con inocencia–. ¿Cierto?
El hombre se alejó murmurando, pero debió haber reconsiderado su propuesta de llamar a los paramédicos, porque aún no escucho las sirenas. En su lugar, hay empleados incómodos a cada lado del pasillo, explicándoles la situación a los clientes y ofreciéndose a buscar los productos que quieran para salvarlos de pasar junto a un niño ruidoso y difícil.
En cuanto a mí, ahora estoy sentada en el suelo, al lado de Eddie; quiero ser estoica y estar tranquila, pero no puedo evitar sollozar, porque, sin importar cuántas veces suceda esto, sigue siendo muy humillante. He hecho todo lo posible para apaciguar la situación y nada ha servido. Esto solo terminará cuando Eddie se canse.
Debería haber pensado mejor antes de arriesgarme a traerlo a una tienda; creo que no termina de entender lo que significa visitar un hospital, pero sabe que algo anda mal. No es la primera vez que desearía que pudiera ir a la escuela a tiempo completo en lugar de los dos días a la semana que logramos. Si tan solo hubiera podido dejarlo en la escuela para venir aquí sola o si hubiera podido convencer a mi esposo, Wade, de que se quedara a trabajar en casa con él. Pero Wade tenía reuniones. Siempre las tiene, sobre todo cuando no tenerlas implica que se quede solo con Edison.
–Disculpa…
Levanto la vista con cautela, esperando que sea otro empleado que ha venido a ofrecer «asistencia», pero en cambio me encuentro con una anciana baja y delgada. Una mujer frágil, con ojos grises amables, pero con un estilo definido y un sorprendente tono azul en su cabello. Dejando de lado el tinte, se parece mucho a Babcia. Lleva un bolso llamativo y está vestida de pies a cabeza con estampados florales coloridos, hasta en sus zapatos tipo Mary Jane de tela, decorados con gerberas; Babcia también usaría esos zapatos. Incluso ahora, ya bien entrada en sus noventa, sigue vistiendo ropa con flores extravagantes o encajes llamativos. Tengo la sensación de que, si las dos mujeres se conocieran, serían amigas al instante. Siento una punzada en el pecho al reconocerlo y me invade la impaciencia.
Apúrate, Eddie. Tenemos que darnos prisa. Babcia está enferma y tenemos que llegar al hospital.
La mujer me ofrece una sonrisa suave y abre su bolso con aire conspirativo.
–¿Crees que algo de esto puede ayudar? –Saca de su bolso una colección de objetos pequeños: un globo rojo, una paleta azul, una muñeca de madera diminuta y un pequeño trompo de madera. Se inclina al lado mío y deja caer todos los objetos al suelo.
Ya he intentado utilizar distracciones, así que sé que esto no funcionará, pero de todos modos la bondad que se refleja en la mirada de la mujer casi me hace llorar. Cuando la miro a los ojos, veo empatía, comprensión y ni un atisbo de lástima. Es hermoso y, lamentablemente, poco frecuente que alguien entienda mi situación en lugar de juzgarla.
Murmuro, fingiendo evaluar los objetos, y miro entre la mujer y Edison tratando de averiguar si esto empeorará la situación. Al menos ha bajado un poco el volumen y observa a la mujer con desconfianza en sus ojos hinchados y llenos de lágrimas. Ama a Babcia, tal vez él también vea el parecido.
Asiento hacia la mujer y ella levanta el globo. Eddie no reacciona. Levanta la muñeca y, de nuevo, la expresión de Eddie no se altera, permanece tensa. Luego la paleta, y sucede lo mismo. Ya había perdido toda esperanza cuando ella recoge el trompo y el llanto de Eddie se detiene un momento. Me sorprendo. El objeto tiene caracteres hebreos de colores grabados en cada lado y la mujer pasa su dedo por uno de ellos, luego coloca el trompo en el suelo y hace un elegante movimiento de muñeca. Mientras el trompo gira, los colores se mezclan hipnóticamente en un borrón brillante.
–Mi nieto también está en el espectro –dice en voz baja–. Tengo una leve idea de lo difícil que es tu situación. A Braden también le gustan los trompos…
Eddie tiene la mirada fija en el trompo que gira. Su llanto ha cesado y ahora solo quedan sollozos suaves y temblorosos.
–¿Sabes lo que significa esa frase en hebreo? –me pregunta la mujer en voz baja. Niego con la cabeza y ella añade con suavidad–: Es un acrónimo, significa «Un gran milagro sucedió allí».
Quiero decirle que ya no creo en los milagros, pero no estoy segura de que eso sea cierto, porque parece que uno se está desplegando justo frente a mí. Eddie ahora está casi en silencio, salvo por los sollozos ocasionales o el llanto reprimido. El trompo se va deteniendo hasta que se tambalea y cae de lado. Escucho el agudo respiro de Eddie.
–Querido niño, ¿sabes qué es esto? –le pregunta la mujer en voz baja.
–No habla –intento explicar, pero Eddie elige ese preciso momento para desplegar su repertorio de trucos autistas embarazosos.
–Te quiero, Eddie –dice mirándome.
La mujer me mira, así que intento explicarle:
–Es… Se llama ecolalia… Puede pronunciar palabras, pero no significan nada para él. Solo repite lo que yo le digo, no sabe lo que significa. Es como su forma de decir «mamá».
La mujer me ofrece otra sonrisa suave y coloca el trompo cerca de Eddie, lo hace girar despacio y espera. Él lo mira en silencio y, para cuando el trompo cae de lado por segunda vez, está completamente tranquilo. Busco su iPad, abro la aplicación de AAC y presiono los botones de «terminar» y «automóvil» antes de girar la pantalla hacia Eddie. Él se sienta, se arrastra hasta ponerse de pie y me mira expectante.
–Eso es, cariño –lo felicita la mujer con delicadeza. Se inclina, recoge el trompo y se lo entrega–. Qué niño tan inteligente, calmándote así. Tu mamá debe estar muy orgullosa de ti –murmura.
–Gracias –le digo, y ella asiente.
–Estás haciendo un buen trabajo, mamá. Nunca lo olvides –susurra con la mano en mi antebrazo.
Al principio, me parecen simples palabras de consuelo. Guío a Edison fuera de la tienda, sin nada en las manos excepto el inesperado tesoro de la desconocida. Lo aseguro en su asiento especial, una necesidad a pesar de su tamaño porque no se queda quieto lo suficiente para usar solo el cinturón de seguridad. Luego me ubico en el asiento del conductor y lo observo a través del espejo retrovisor. Mira el trompo, tranquilo y quieto, pero está a un millón de kilómetros de distancia como siempre, y yo estoy cansada. Siempre estoy cansada.
«Estás haciendo un buen trabajo, mamá. Nunca lo olvides».
No lloro mucho por Eddie. Lo amo. Me ocupo de él. Nunca me permito sentir lástima por mí misma. Soy como una alcohólica que no bebe ni una gota de alcohol, porque sé que, una vez que abra las puertas a sentirme infeliz, me gustará y eso me destruirá.
Pero hoy mi abuela está en el hospital y la mujer amable con los zapatos de gerberas me pareció un ángel que vino a visitarme cuando más lo necesitaba. ¿Y si Babcia la envió? ¿Y si este es su último regalo antes de irse?
Es mi turno de colapsar. Mientras Eddie juega con su trompo, sosteniéndolo frente a su rostro y girándolo muy despacio en el aire como si intentara descubrir cómo funciona, yo sollozo. Me concedo ocho lujosos minutos de llanto, porque termino justo a las 10:00 a. m., y con eso estamos exactamente una hora más tarde de lo que esperaba.
Cuando el reloj del automóvil marca la hora, decido dejar de lamentarme y apago la autocompasión de repente. Me limpio la nariz con un pañuelo, me aclaro la garganta y enciendo el motor. Tan pronto como presiono el botón de encendido, mi teléfono se conecta al vehículo y todos los mensajes no leídos de mi madre aparecen en la pantalla táctil junto al volante: «¿Dónde estás? Dijiste que estarías aquí a las 9:00. ¿Vendrás? Alice, llámame, por favor. ¿Dónde estás? Babcia está despierta, pero date prisa porque no sé cuánto pasará hasta que necesite otra siesta».
Y luego, por fin, un mensaje de Wade: «Lamento no haber podido tomarme el día. ¿Estás enfadada?».
Ni siquiera hemos llegado al hospital aún. Este será un largo día.
Tomasz Slaski quería ser médico como su padre, pero siempre pensé que había nacido para contar historias. Decidí que algún día me casaría con él cuando me contó una historia que había inventado sobre cómo había rescatado a una princesa sirena mientras el resto del pueblo dormía. Yo tenía nueve años y él, doce, pero ya éramos buenos amigos, y ese día decidí que era mío. En algún momento de los años siguientes, él decidió que yo también era suya y, para cuando terminé el séptimo año y mi familia ya no podía costear mi educación, se convertió en algo habitual que me fuera a buscar a casa.
Al igual que la mayoría de los niños que conocía, comencé a trabajar en el campo con mis padres al dejar la escuela, pero, a diferencia de la mayoría, nunca trabajé demasiado. Era la hija menor y, aún pasada la pubertad, tenía los huesos delgados y apenas pasaba del metro cincuenta. Todos en la familia eran altos y fuertes y, a pesar de que mis hermanos gemelos me llevaban tan solo catorce meses, nunca dejaron de tratarme como a una niña. Sin embargo, siempre que los gemelos hicieran el trabajo pesado de granja, no me importaba demasiado.
Tomasz provenía de una familia más adinerada, con aspiraciones universitarias, así que permaneció en la escuela más que la mayoría de los niños de nuestro distrito del sur de Polonia. Pero aun después de que nuestros caminos se separaran, atravesaba la colina entre nuestras casas con frecuencia para pasar el tiempo conmigo y encantar a mi familia con historias increíbles sobre su semana. Desde niño y adolescente, tenía una forma de hablar que te hacía pensar que todo era posible, y eso fue lo primero que me encantó de él: abrió mi mundo a posibilidades infinitas y lo llenó de magia. Si no hubiera sido por Tomasz, nunca habría fantaseado con el mundo más allá de mi pueblo, pero después de que nos enamoramos, solo podía pensar en explorarlo con él.
Deseaba mucho que nos casáramos antes de que se fuera a la ciudad a estudiar Medicina para poder irme con él. Si bien no podía soportar la idea de que nos separáramos, parte de mi desesperación se debía a que ansiaba dejar la granja familiar. Mi casa se encontraba en las afueras del pueblo rural de Trzebinia, en donde el padre de Tomasz, Aleksy, era el médico y su madre, Julita, había sido maestra hasta el día en que murió dando a luz a su hija. Creía que mi vida se encontraba más allá de nuestro pequeño mundo, pero no tenía forma de escapar más que casándome y aún era algo joven para hacerlo –apenas tenía quince años en aquel entonces–. Mi mayor esperanza era que Tomasz volviera por mí algún día.
El fin de semana previo a su partida llegó a finales de la primavera de 1938. El paso del tiempo tiende a diluir nuestros recuerdos, pero hay algunos que permanecen intactos, y aquel domingo sigue tan claro en mi mente como cuando desperté aquella mañana. Tal vez sea porque atesoré ese recuerdo y lo reviví una y otra vez, como si fuera mi película favorita, pero incluso ahora, cuando a veces me cuesta recordar dónde estoy o qué día es, estoy segura de recordar cada detalle de ese día: cada momento, cada caricia, cada aroma y sonido.
Durante todo el día, pesados nubarrones grises surcaron el cielo; había llovido tanto los días anteriores que mis botas estaban cubiertas de lodo, no sabía cuánto provenía de los animales y cuánto del fango. El clima había estado así toda la semana, pero aquella noche de domingo, el cruel viento lo hacía aún peor.
Mis hermanos, Filipe y Stanislaw, habían trabajado todo el día en el frío, mientras que yo conversaba con Tomasz, así que mis padres insistieron en que hiciera una última tarea con los animales antes de la cena. Me resistí con terquedad, hasta que él me tomó de la mano y me guio hacia un lugar más apartado.
–Eres una niña mimada –rio con suavidad.
–Suenas como mis padres –mascullé.
–Es posible. –Me miró sin dejar de llevarme de la mano y la admiración en sus ojos era innegable–. No te preocupes, Alina mimada, de todos modos te amo.
Al escuchar eso, sentí una oleada de orgullo y de placer tan fuerte que todo lo demás perdió importancia.
–Yo también te amo –le respondí, y él me llevó un poco más lejos, tan rápido que casi me caigo contra su cuerpo. Luego, en el último segundo, me dio un beso furtivo–. Eres muy valiente para hacer eso con mi padre tan cerca –sonreí.
–Tal vez soy valiente o tal vez el amor me ha vuelto estúpido. –Entonces, lanzó una mirada ansiosa hacia la casa para asegurarse de que mi padre no nos hubiera visto y, cuando me eché a reír, me besó otra vez–. Basta de juegos, terminemos con esta tarea.
Terminamos en poco tiempo y por fin fue hora de volver a casa y escapar del clima implacable. Me dispuse a zigzaguear hasta la casa, pero Tomasz me tomó del codo.
–Subamos la colina –sugirió.
–¡¿Qué?! –Me castañeteaban los dientes. Él sonrió y yo me reí de él–. ¡Tomasz! Puede que yo sea una niña mimada, pero tú estás loco.
–Alina, moje wszystko –dijo, y con eso me ganó, siempre lo hacía, pues ese apodo significaba «mi todo» y cada vez que lo decía se me aflojaban las rodillas. Luego, su mirada se volvió seria y agregó–: Esta será nuestra última noche juntos por un tiempo y quiero pasar un momento contigo antes de sentarnos con tus padres, ¿sí?
La colina era una cumbre boscosa, el final de un sendero de bosque que permanecía intacto porque el terreno era muy rocoso y tan empinado que no servía para la agricultura. Esa colina protegía mi casa y las tierras de nuestra granja, y también servía de barrera entre nuestra vida tranquila y la vida del pueblo de Trzebinia. Desde la cima hasta el edificio que albergaba la casa familiar de Tomasz y la clínica de su padre había una caminata relajada de quince minutos o, cuando él no debía estar allí conmigo, una carrera de ocho minutos.
Desde que tenía memoria, la colina siempre había sido nuestro lugar: un sitio en el que podíamos disfrutar de la vista y, en años más recientes, el uno del otro. Si nos escondíamos en los claros entre los árboles, podíamos tener privacidad; sentados cerca de la roca extensa y plana de la cima, podíamos ver si algún familiar se acercaba, en particular Emilia, la hermana menor de Tomasz, quien parecía saber cuándo buscarnos antes de que nuestra pasión pudiera salirse de control.
Esa noche, subimos la pendiente hasta llegar a la cima. Para entonces, la poca luz que quedaba había desaparecido y empezaban a brillar las luces tenues de las casas a la distancia. Mientras nos ubicábamos contra la roca, Tomasz me envolvió entre sus brazos y me apretó contra su pecho. Él también temblaba y, en un primer momento, pensé que era por el frío.
–Esto es ridículo –dije con una risita y lo miré–. ¡Moriremos de frío, Tomasz!
Sus brazos se ajustaron solo un poco a mi alrededor y suspiró.
–Alina, tu padre nos dio su permiso y su bendición para casarnos, pero tenemos que esperar unos años más y… ya ganaré algo de dinero para mantenernos. Luego tendremos tiempo para pensar en los detalles, pero quiero que sepas que encontraré la forma de llevarte al lugar de tus sueños, Alina Dziak. Tendremos una buena vida. –Su voz se tornó ronca, así que se aclaró la garganta antes de continuar–. Te daré una buena vida.
La propuesta me sorprendió y me llenó de alegría, pero también me hizo dudar por un instante, así que me aparté un poco de él.
–Pero ¿cómo sabes que querrás seguir conmigo cuando veas cómo es la vida en la gran ciudad? –pregunté con cautela.
Entonces se movió para que estuviéramos frente a frente y tomó mi rostro entre sus manos.
–Todo lo que sé y necesito saber es que, cada vez que estamos lejos, te extraño, y sé que tú también me extrañas. Eso nunca cambiará, da igual lo que me depare la universidad. Tú y yo estamos hechos el uno para el otro, así que, ya sea que tú te vayas conmigo o que yo venga a casa contigo, siempre encontraremos la forma de estar juntos. Esta será una pequeña pausa, pero ya lo verás, el tiempo que estemos separados no cambiará nada.
Esa era otra de sus increíbles historias, solo que, en esa ocasión, era una historia sobre nuestro futuro y la promesa de que lo compartiríamos después de todo. Podía verlo como si ya hubiera ocurrido; en ese momento, supe que nos casaríamos, que tendríamos hijos y que envejeceríamos juntos. Me asombraba el amor que sentía por Tomasz y ver en su mirada que él sentía lo mismo era como un milagro.
Era la joven más afortunada de Polonia, la más afortunada de la Tierra por haber encontrado a un hombre tan maravilloso y que me amara tanto como yo a él. Tomasz Slaski era inteligente, amable, muy apuesto y tenía los ojos más maravillosos que hubiera visto. Eran de un verde asombroso, y siempre brillaban un poco, como si estuviera recordando una travesura. Entonces, lo abracé y hundí el rostro en su cuello.
–Tomasz –susurré entre lágrimas de felicidad–, te esperaré por siempre, aunque no me lo pidas.
A la mañana siguiente, mi padre me llevó a la estación para despedirme de Tomasz antes de que partiera hacia Varsovia. Ya estábamos comprometidos, algo que respetaban los adultos de nuestras vidas, así que, por primera vez, nos abrazamos frente a ellos. Aleksy cargó la maleta de Tomasz mientras él aferraba con fuerza el boleto de tren. A pesar de que lloraba con fuerza, Emilia lucía como salida de una pintura con uno de sus hermosos vestidos floreados.
En el andén, puse toda mi atención en él y le acomodé la solapa del traje y su espeso cabello color arena.
–Te escribiré –me prometió–. Y vendré a casa todo lo que pueda.
–Lo sé –respondí. Su expresión era sombría, pero sus ojos seguían secos, y yo estaba decidida a ser valiente también, al menos hasta que desapareciera de mi vista. Me dio un beso en la mejilla, estrechó la mano de mi padre y, tras despedirse de su padre y hermana, tomó su maleta y subió al vagón. Cuando asomó por la ventana para saludar, su mirada se mantuvo fija en la mía, así que me obligué a sonreír hasta que el tren se lo llevara de mi vista.
–Serás una gran hija algún día, Alina –me dijo Aleksy con voz ronca en un abrazo.
–Será una gran hermana, padre –añadió Emilia. Después de un último sollozo tembloroso y de resollar con dramatismo, me tomó la mano y me apartó del abrazo de Aleksy. Yo no tenía mucha experiencia con niños, pero la debilidad que sentía por ella creció de inmediato en cuanto me miró con esos ojos verdes radiantes. La besé en la cabeza y la abracé con fuerza.
–No te preocupes, pequeña, seré tu hermana aun mientras esperamos.
–Sé que él no quería dejarte, Alina, y que es difícil para ti –murmuró su padre–. Pero Tomasz siempre ha querido ser médico, desde antes de aprender a leer, así que debíamos dejarlo ir. –Guardó silencio por un momento y luego se aclaró la garganta y preguntó–: Nos visitarás mientras Tomasz no esté, ¿verdad?
–Por supuesto que lo haré –le prometí. Había tristeza en su mirada y se parecía tanto a Tomasz, con los mismos ojos verdes, el cabello rubio y la misma complexión, que verlo triste era como ver a Tomasz triste en el futuro, y odiaba siquiera pensarlo, así que lo abracé una vez más–. Usted ya es mi familia, Aleksy –le dije, y Emilia carraspeó–. Y tú también, pequeña. Les prometo que los voy a visitar siempre que pueda hasta que Tomasz regrese.
Mi padre mantuvo una actitud solemne en el camino de vuelta a la granja y, esa noche, mi madre, con su estoicismo habitual, no tenía paciencia para mis melancolías. Cuando me recosté para dormir temprano, apareció en la puerta que separaba mi habitación del salón.
–Soy fuerte, mamá –mentí mientras me limpiaba los ojos para evitar que me regañara por las lágrimas.
Ella vaciló, luego entró en la habitación y extendió la mano hacia mí. Allí, segura en su callosa palma, estaba su alianza de bodas, una sortija de oro sencilla pero gruesa que llevaba desde que yo tenía memoria.
–Cuando llegue el momento, celebraremos una boda en la iglesia del pueblo, y Tomasz podrá ponerte esta sortija en el dedo. No tenemos mucho que ofrecerte para tu matrimonio, pero esta alianza era de mi madre y ha sido testigo de los veintinueve años de matrimonio entre tu padre y yo. Nos ha mantenido firmes en las buenas y en las malas. Te la entrego para que te traiga suerte en el futuro, pero quiero que la guardes desde ahora, para que, mientras esperas, recuerdes que tienes toda la vida por delante.
En cuanto terminó de hablar, giró sobre sus talones y cerró la puerta tras de sí, como si supiera que lloraría un poco más y no pudiera soportar verlo. Después de ese día, guardé la alianza en la gaveta de la ropa, debajo de una pila de calcetines de lana.
Cada noche, antes de dormir, la tomaba en mi mano y me acercaba a la ventana para mirar hacia la colina que había sido testigo de innumerables momentos de paz con Tomasz. Y presionaba ese anillo contra mi pecho mientras le rezaba a la Virgen María para que protegiera a Tomasz hasta que volviera a casa conmigo.
Al entrar en la sala geriátrica, Eddie ve a Babcia y se zafa de mi mano de inmediato para correr hacia ella.
–Eddie –dice mientras corre–. Eddie, cariño, ¿quieres algo de comer?
A veces, la ecolalia es mi cruz. Babcia no deja de ofrecerle comida a Edison –y a todo el mundo–, así que ahora, cuando la ve, la imita. No pasa nada si lo hace cuando estamos solos, pero cuando estamos en público y pone ese falso acento polaco, suena como si se estuviera burlando de ella. La enfermera que está revisando la dosificación del suero de Babcia frunce el ceño al ver a Eddie y quiero explicarle lo que está pasando, pero me siento demasiado afectada por la imagen de mi abuela. Tiene la camilla elevada y los ojos abiertos, lo que debería parecer una mejora respecto al estado semiconsciente en el que estaba anoche, excepto que es claro que sigue estando muy débil. Está hundida en las almohadas.
–Hola, Edison. –Escucho el suspiro de mi madre.
Eddie la mira y luego murmura por lo bajo:
–Deja de hacer eso, Eddie.
Ella permanece en silencio, pero su desaprobación es palpable, como cada vez que la ecolalia de Eddie nos recuerda a todos que la frase que más asocia con ella es un regaño.
–Alice, llegas demasiado tarde –sentencia al fijarse en mí.
Me siento con derecho a ignorar el saludo de mi madre, ya que es una mezcla a partes iguales de cortesía social y crítica, la proporción que compone casi todo lo que dice. Julita Slaski-Davis es muchas cosas: una corredora de maratones de toda la vida, una venerada jueza del tribunal de distrito, una militante defensora de las libertades civiles, una ávida ambientalista, una mujer de setenta y seis años que no tiene intención de jubilarse en un futuro próximo. La gente siempre me dice que ella es una inspiración, y puedo entenderlo, porque es una mujer impresionante. Pero no es una abuela cariñosa y maternal, y es justo por eso por lo que Eddie y yo tenemos una relación mucho más fácil con Babcia.
Me acomodo al lado de Eddie, que está junto a la cama de mi abuela, y le tomo la mano. Su piel arrugada está fría, así que la cubro con mi otra mano e intento calentársela un poco.
–Babcia –murmuro–. ¿Cómo te sientes?
Ella emite un sonido que es más un gruñido que una palabra, y la angustia se refleja en sus ojos mientras busca mi mirada. Mi madre suspira con impaciencia.
–Si hubieras llegado antes, ya sabrías que, aunque ahora está despierta, es probable que no pueda escuchar. Estas enfermeras no saben nada. Estoy esperando a que el médico me diga qué diablos está pasando.
La enfermera que está junto a mi madre levanta las cejas, pero no nos mira a ninguna de las dos. Si me mirara, le haría una mueca de disculpa, pero está decidida a hacer su trabajo y salir de la habitación lo antes posible. Presiona un último botón del regulador del suero y luego toca el brazo de mi abuela para llamar su atención. Babcia gira hacia ella.
–Está bien, Hanna –le dice con suavidad–. Ahora te dejo con tu familia. Llámame si necesitas algo, ¿de acuerdo?
Eddie me hace a un lado en cuanto la enfermera se va y, torpemente, busca tomar la mano de Babcia. Cuando lo dejo hacerlo, se tranquiliza al instante, y veo la sonrisa que Babcia le dedica. Siempre pensé que mi relación con mi abuela era especial. Ella casi me crio durante distintas etapas de mi infancia, ya que para mi madre, su carrera siempre ha sido lo primero. Pero, por muy especial que sea, nuestra relación no tiene ni punto de comparación con el vínculo que ella tiene con Eddie. En un mundo que no lo entiende, mi hijo siempre ha tenido a Babcia, a quien no le importa entenderlo o no; ella lo adora tal como es.
Ahora la miro con detenimiento, la analizo como si pudiera escanearla con la mirada para darme cuenta de la magnitud del daño que hay en su mente.
–¿Me escuchas, Babcia? –le pregunto, y ella se gira hacia mí, pero frunce el ceño con fuerza mientras se concentra. Su única respuesta es una oleada de lágrimas que se acumulan en sus ojos–. Creo que sí nos escucha –le digo a mi madre, que está de pie, rígida y con la mandíbula tensa.
–Bueno… Entonces, ¿quizá no nos reconoce? –responde tras dudar un momento.
–Eddie, cariño, ¿quieres algo de comer? –interrumpe mi hijo.
Babcia gira hacia él y le regala una sonrisa cansada pero brillante que hace que mi hijo sonría al instante. Él le suelta la mano, lanza el iPad sobre la cama, junto a sus piernas, y empieza a intentar trepar por las barandillas.
–Eddie, no hagas eso. Babcia no está bien –dice mi madre con impaciencia–. Alice, tienes que detenerlo. Esto no es un parque de juegos.
Pero Babcia intenta incorporarse y abre los brazos hacia Eddie, y hasta mi madre cierra la boca frente a eso. Entonces, bajo la barandilla y ayudo a quitar los cables del camino mientras mi robusto hijo sube a la cama junto a su frágil bisabuela. Babcia se mueve con cuidado y lentamente para dejarle espacio a su lado. Eddie se acomoda, cierra los ojos y, mientras se hunde de nuevo en la almohada, ella apoya su mejilla sobre el cabello rubio de mi hijo. Luego cierra los ojos también y siente su aroma como si fuera un bebé recién nacido.
–Parece reconocer a Eddie –digo en voz baja.
Mi madre suspira con impaciencia y se pasa una mano por el cabello gris rígido. Me acomodo en la silla junto a la cama y busco mi móvil. Wade me ha enviado otro mensaje: «Ally, de verdad lo siento. Por favor, respóndeme para saber que estás bien».
Sé que estoy siendo injusta, pero no puedo evitar sentirme decepcionada de que no me haya apoyado hoy. Con el ceño fruncido, pienso en apagar el móvil, pero cambio de opinión y le respondo: «Tengo un pésimo día, pero estoy bien».
Pasa un largo rato antes de que se nos acerque una mujer de mediana edad con un bata de laboratorio y nos invite a seguirla al mostrador de enfermeras. Eddie está sosteniendo el trompo frente a su rostro y no reacciona cuando me alejo de la cama, así que lo dejo ser.
–Soy la doctora Chang, médica de Hanna. Quiero informarles acerca de su estado.
Babcia está estable hoy, pero debido a la ubicación del derrame, los médicos piensan que podría haber dañado el centro del lenguaje en su cerebro. Sin duda puede oír, pero no reacciona a preguntas o indicaciones, por lo que deben realizar más pruebas. Escucho cómo la voz robótica de la AAC de Eddie pronuncia «trompo» detrás de nosotras. Aunque no puedo prestarle demasiada atención, me sorprende que haya encontrado el nombre de su nuevo juguete. Su aplicación de lenguaje visual enumera miles de imágenes que puede utilizar para identificar conceptos, pero «trompo» no es una que vaya a estar en la sección de «más utilizados». En medio del pánico por las malas noticias de la doctora Chang, tengo un segundo o dos de orgullo maternal.
–El daño podría ser permanente, se necesitan más pruebas para confirmarlo. Esta situación no es nada infrecuente y es posible que sufra más episodios. ¿Tienen planes para cuidados paliativos?
–Me gusta trompo –dice el iPad de Eddie–. Tu turno.
Sobresaltada, miro hacia la cama y veo que Eddie ha girado el iPad hacia mi abuela; ahora está sentado con la espalda contra la barandilla. No sé qué esperaba ver, pero me sorprende que Babcia levante la mano para tocar la pantalla.
–Me… gusta…
Tomo el brazo de la médica para interrumpirla, lo que hace que se aleje sorprendida.
–Lo siento –suelto–. Pero… mire.
La doctora Chang y mi madre se giran justo a tiempo para ver cómo Babcia toca el siguiente botón. Mi madre inhala con fuerza.
–Trompo… –Babcia es lenta y tiene dificultades, sin duda, pero logra expresarse.
–¿Babcia duele? –presiona Eddie.
–Babcia asustada –responde ella.
–Eddie asustado.
–Eddie… está… bien… –Toca Babcia despacio–. Babcia… está… bien.
Él asiente con la cabeza y se recuesta de nuevo en el hombro de la abuela.
–¿Es autista? –pregunta la médica.
–Está en el espectro, sí –la corrijo. La terminología no es importante en realidad, pero a mí me importa porque mi hijo es más que una etiqueta. Decir que es autista no es preciso, porque no es quien es, sino una parte de cómo es. Para quien no convive con el trastorno a diario, es solo una cuestión semántica, así que la médica me mira inexpresiva, como si no notara la diferencia. Se me acaloran las mejillas–. Es no verbal. Usa una aplicación de comunicación aumentativa y alternativa para hablar. Babcia está acostumbrada a comunicarse así con él, aunque suele ser más rápida…
–Es ese problema con su mano… –interviene mi madre, que otra vez fulmina a la médica con la mirada–. Se lo dije, tiene dificultades para mover el lado derecho.
–Lo recuerdo, y estamos investigándolo. –Tras una pausa, la doctora continúa–: No solemos usar tecnología con pacientes mayores en esta situación, ya que la mayoría no sabe ni por dónde empezar. Así que, por difícil que le resulte, al menos tiene la ventaja de estar familiarizada con estas herramientas. Hablaré con un fonoaudiólogo. Esto es bueno.
–Esto no es bueno –sentencia mi madre con impaciencia–. No es bueno que mi madre tenga que hablar a través de una maldita aplicación de iPad, ya es bastante frustrante que tengamos que usar esa maldita cosa con Eddie. ¿Cuánto durará esto? ¿Cómo lo solucionará?
–Julita, en estos…
–Jueza Slaski-Davis –la corrige ella, y yo suspiro por lo bajo mientras me giro hacia la cama. Babcia me mira y señala hacia el iPad con la cabeza, así que dejo que la médica se ocupe de mi pesadilla de madre. Babcia presiona el botón de «tu turno», así que tomo el iPad de sus manos.
–¿Te duele? –le pregunto. Ella toma el iPad y va pasando las pantallas hasta encontrar las imágenes correctas. Luego, las presiona despacio y con cuidado.
–Babcia está bien. Ayuda.
Me pasa el iPad de inmediato, con evidente ansiedad por ver mi respuesta, pero no tengo ni idea de qué decirle ni de cómo pedirle más información sobre lo que necesita. Miro la pantalla del iPad y luego su rostro, y sus ojos azules pasan de suplicantes a impacientes enseguida. Me hace un gesto para que le dé el iPad otra vez, así que se lo paso y ella empieza a deslizar con el dedo pantallas y pantallas. Encuentra el ícono de la lupa y lo presiona; entonces, el iPad dice «encontrar», pero luego vuelve a pasar pantallas. Agudiza la mirada, aprieta los labios. Aparecen gotas de sudor en su frente arrugada y el rubor sube lentamente por sus mejillas. Vuelve a presionar una y otra vez el botón de «encontrar», y luego resopla y empuja el iPad hacia mí.
Su frustración es palpable, pero no sé qué hacer. Mi madre sigue discutiendo con la médica y Eddie sigue acurrucado junto a Babcia, moviendo el trompo sobre las sábanas como si fuera un tren de juguete. Miro a mi abuela con desesperación y ella levanta las manos como diciendo «yo tampoco sé». Deslizo el dedo por las pantallas de los íconos que más usa Eddie y me detengo en cada uno para que pueda ver si lo que necesita está allí. Después de aproximadamente un minuto, se me ocurre una idea. Abro la parte de íconos nuevos y, tan pronto como lo hago, Babcia me arranca el dispositivo de las manos con ansias. Encuentra una fotografía de un hombre joven y luego empieza a escribir, lenta y cuidadosamente. No usa el dedo índice, sino el costado del meñique y el dedo anular. Es torpe y le toma varios intentos formar la palabra correcta, pero al final lo logra. Presiona el botón de guardar y me muestra la pantalla, orgullosa.
«Tomasz».
–¿Cómo está? –me pregunta mi madre desde la puerta. Levanto la vista hacia ella y veo que la médica ya se ha ido, de seguro a buscar una copa de vino.
–Es lenta, pero está usando el dispositivo. Acaba de pedirme…
Me doy cuenta de lo que Babcia está pidiendo y se me hunde el corazón.
–Ay, no, Babcia –susurro, pero las palabras son inútiles; si el derrame ha dañado su lenguaje receptivo, entonces está en la misma situación que Eddie y las palabras habladas no tienen ningún significado para ella ahora. Vuelvo a mirarla y veo que los ojos le brillan llenos de lágrimas. Alterno la mirada entre ella y el iPad, pero no tengo ni idea de cómo decirle que su esposo murió hace poco más de doce meses. Pa fue un brillante cirujano pediátrico hasta sus setenta años, luego enseñó en la Universidad de Florida hasta los ochenta, pero en cuanto se retiró, la demencia lo atacó y, después de un largo y miserable declive, murió el año pasado–. Babcia…, él… Él… Eh…
Ella niega con la cabeza con fuerza y vuelve a presionar los botones.
–Encontrar Tomasz. –Sigue deslizando y luego–: Ayuda. Emergencia. Encontrar Tomasz.
Mientras intento descifrar cómo manejar esto, selecciona otra serie de íconos y el dispositivo lee un mensaje que no tiene sentido para mí:
–Babcia fuego Tomasz.
Le tiemblan las manos, pero tiene el ceño fruncido y determinación en la mirada. Le toco el antebrazo con suavidad y, cuando me mira, niego con la cabeza despacio, pero en sus ojos solo hay confusión y frustración. Yo también estoy confundida y frustrada. Y, de repente, me siento enojada, porque es muy injusto ver a esta mujer orgullosa tan contrariada.
–Babcia… –susurro, y ella suspira con impaciencia y me aparta la mano de su brazo. Mi abuela tiene una capacidad de empatía ilimitada y ama sin medidas, pero es la mujer más cabeza dura que conozco y parece indiferente a mi incapacidad de comunicarme con ella. Vuelve a pasar las páginas de íconos en la pantalla del iPad y veo que se le ilumina la cara. Repite el proceso una y otra vez hasta formar una oración. Durante los minutos siguientes, mientras mi madre sale a buscar un café, observo cómo Babcia lucha por dominar este torpe método de comunicación. Ahora le resulta más fácil, ya que todos los íconos están en la página de «usados recientemente», así que pronto está presionando los mismos botones una y otra vez.
–Ayuda. Encontrar… caja. Casa. Querer casa.
Ahogo un suspiro, tomo el iPad y le digo:
–Babcia hospital ahora. Después casa.
Este es el patrón de lenguaje que tengo que usar con mi hijo, que ya me sale de forma automática –ahora esto, luego otra cosa– para explicar secuencias de eventos y de tiempo, porque él no logra comprenderlas sin las pautas de instrucciones y horarios. Comunicarme a través de la AAC es demasiado restrictivo, pero con Eddie, ya estoy acostumbrada a las limitaciones porque es todo lo que hemos tenido y es mucho mejor que nada. Antes de que aprendiera a leer y a usar la AAC, nuestra vida era una serie de colapsos provocados por su abrumadora frustración al estar atrapado dentro de sí mismo, incapaz de comunicarse.
El problema ahora es que, con Babcia, estoy acostumbrada a la libertad infinita de la comunicación verbal, y tener que recurrir a esta aplicación de repente parece un sustituto muy pobre.
Babcia me arranca el iPad de las manos otra vez y repite su pedido.
–Ayuda. Encontrar Tomasz. Casa. Caja. Ahora. Ayuda. Caja. Cámara. Papel. Babcia fuego Tomasz.
Mi madre entra en la habitación, me entrega un café y vuelve a su lugar, parada a los pies de la cama.
–¿De qué habla? –pregunta.
–No sé –admito.
Babcia nos mira a ambas con impaciencia y rabia, y repite sus exigencias. Como no reaccionamos, pone el sonido al máximo y toca el botón de repetir. Aprendió ese truco de mi hijo, que hace lo mismo cuando no se sale con la suya.
–Ayuda. Encontrar Tomasz. Casa. Caja. Ahora. Ayuda. Caja. Cámara. Papel. Babcia fuego Tomasz. –Cielos, en verdad olvidó que Pa falleció –susurra mi madre, por lo que la miro de reojo. No es alguien que se muestre vulnerable, pero ahora creo ver lágrimas en sus ojos. Despacio, niego con la cabeza. Babcia parece firme en que no necesita que le recuerde que Pa falleció, así que no creo que ese sea el problema.
–Encontrar Tomasz. Encontrar caja. Caja. Encontrar. Ahora. Ayuda.
–¡Ah! –exclama mi madre de pronto–. Tenía una caja de recuerdos. Hace años que no la veo, desde que la llevamos al asilo cuando Pa se enfermó. Debe estar guardada en casa o en su habitación del asilo. Quizá eso es lo que quiere: ¿una foto de Pa? Eso tendría sentido, ¿no?
–¡Sí! –Una oleada de alivio me relaja, aunque no sabía que estaba tensa–. Bien pensado, mamá.
–Puedo ir a buscarla si te quedas con ella.
–Sí, por favor. –Tomo el iPad, elijo la fotografía de mi madre y suena «Abu», por lo que me estremezco y comienzo a cambiar la etiqueta, pero Babcia me aparta la mano con impaciencia. Cuando nuestras miradas se encuentran, esboza una sonrisa irónica como si dijera «Estoy vieja, niña, pero no soy estúpida». Verla me alivia tanto que le doy un beso en la frente antes de volver a escribir–. Abu encontrar caja ahora.
Ella suspira alegremente y presiona «Sí», luego toma mi antebrazo. Aunque ahora no puede hablar, ha sido una guía durante toda mi vida, así que me imagino qué me estaría diciendo.
Buena niña, Alice. Gracias.
No era fácil encontrar información en ese entonces, así que lo que sabía de la guerra era, como mínimo, escaso, pero Trzebinia estaba cerca de la frontera con Alemania y no era inmune a la ideología que estaba ganando terreno en la nación vecina. El odio era como una bestia de otro mundo, sembrado en pequeños actos de violencia y opresión contra nuestros ciudadanos judíos, y ganaba fuerza a medida que aquellos sedientos de poder lo alimentaban con retórica y propaganda.
Recién ahora, con la sabiduría de la edad, soy capaz de ver que, incluso entonces, nuestras vidas sencillas presentaban señales de alarma. Recuerdo haber escuchado que nuestros amigos judíos de Trzebinia habían sido víctimas de robos, agresiones o actos de vandalismo en sus propiedades. Los acontecimientos afectaron a mis padres y, para ese momento, mi padre ya nos había educado bajo su pensamiento sobre la relación entre las comunidades judías y católicas de nuestro pueblo. «Un polaco es un polaco», solía decir, pues para él la herencia y la religión de un hombre eran irrelevantes; lo único importante era el carácter y la ética de trabajo. Sin embargo, no toda nuestra comunidad compartía su perspectiva, y las desagradables demostraciones de antisemitismo lograban enfurecerlo a pesar de carácter apacible.
En el verano de 1939, mi padre y yo íbamos de paseo al pueblo. Mi madre había horneado una hogaza extra de pan con semillas de amapola, que yo había colocado en una cesta junto con algunos huevos para llevárselos a Aleksy y a Emilia. Ya era parte de mi rutina: los visitaba para almorzar una vez a la semana y mi madre me decía que les llevara algo de comer. Esto me resultaba extraño, puesto que Aleksy era adinerado y nosotros éramos pobres, pero mi madre era muy tradicionalista y parecía no poder creer que un hombre pudiera abastecerse de comida para él y para su hija.
Ese día, mi padre y yo fuimos en la carreta hasta la tienda de abarrotes y, mientras él hacía negocios, yo caminé las tres cuadras hasta la clínica de Aleksy para entregarle la cesta a su asistente. Como sabía que mi padre se tomaría su tiempo, regresé a la tienda sin prisas.
Iba soñando con Tomasz. Durante el año que llevaba en Varsovia, habíamos aprendido a turnarnos para escribirnos cartas, y él pasó dos semanas maravillosas en casa durante el receso de mitad de año. Aquel día era mi turno de escribirle, así que estaba perdida pensando en qué decirle, tanto que quedé perpleja cuando por fin llegué a la tienda y escuché los gritos de mi padre. Me asomé, algo ansiosa, y descubrí que estaba discutiendo acaloradamente con Jan Golaszewski, nuestro vecino del noreste y padre de Justyna, la novia de Filipe. Justo en ese momento, Justyna salió de la tienda, me miró con los ojos desorbitados y me abrazó.
–¿Qué está pasando? –le dije, pero sonó más como un suspiro que como una pregunta, porque ya imaginaba la respuesta.
–Mi padre está culpando a los judíos de todo y tu padre los está defendiendo. –Su suspiro cansado fue como el mío; luego se encogió de hombros–. La misma discusión de siempre, pero hoy es más acalorada debido a la concentración.
–¿La concentración? –repetí, confundida. Me evaluó con la mirada, luego me tomó del codo y me acercó a ella.
–La concentración en la frontera –susurró, como si me compartiera un secreto escandaloso–. ¿No lo sabes? Por eso todos están abasteciéndose.
–No sé de qué estás hablando –confesé. Entonces, entre susurros apresurados antes de que mi padre saliera, Justyna me lo dijo: el ejército de Hitler venía por nosotros, la invasión parecía inevitable.
–No puedo creer que tus padres no te lo hayan dicho –murmuró.
–Me tratan como a un bebé –me quejé, negando con la cabeza–. Creen que tienen que proteger a su frágil y tierna flor de las cosas que podrían alterarla.
Sabía lo suficiente sobre el régimen nazi como para estar nerviosa, pero las noticias de Justyna también me confundían: ¿venían por nosotros? ¿Qué podían querer de nosotros? Ella sugirió una respuesta antes de que siquiera se lo preguntara.
–Mi padre dice que es por los judíos. Dice que si no hubiera tantos en el país, Hitler nos dejaría en paz. Ya sabes cómo es, Alina. Culpa a los judíos de todo. Y ya sabes cómo es tu padre…
–Un polaco es un polaco –murmuré de forma automática antes de volver a centrarme en mi amiga–. Pero ¿estás segura? ¿En verdad estamos a punto de ir a la guerra?
–No te preocupes –respondió con una sonrisa confiada–. Todos dicen que los nazis no tienen muchas municiones y que el ejército polaco los derrotará fácilmente. Mi padre está seguro de que todo terminará en unas pocas semanas.
Sin embargo, desde entonces empecé a ver todo desde otra perspectiva. Por primera vez, comprendí el frenesí de mis padres y hermanos y su insistencia desconcertante en que guardáramos comida en perfecto estado, incluso antes de que fuera necesario. Es más, cuando regresábamos a casa, me percaté de que los caminos congestionados no eran señal de que los habitantes del pueblo estaban aprovechando el buen clima, sino de que la gente estaba cambiando. Todo funcionaba de manera diferente, todos corrían hacia algún lugar. Algunos se dirigían a Varsovia o a Cracovia, como si una ciudad más grande les pudiera servir de refugio. Otros preparaban sus hogares para recibir parientes de Varsovia o Cracovia, porque muchos habitantes de la ciudad habían decidido que el campo sería su refugio. Nadie parecía saber qué hacer, pero la naturaleza de nuestro país no era permanecer inmóviles a la espera de la catástrofe, así que las personas se mantenían activas. Cuando abrí los ojos, tuve la sensación de que la gente del pueblo se movía como hormigas antes de una tormenta.
–¿Es verdad lo de la invasión?
–No tienes que preocuparte por eso –respondió mi padre con hosquedad–. Tu madre y yo te diremos cuando debas preocuparte.