Araceli - Emma Yanes Rizo - E-Book

Araceli E-Book

Emma Yanes Rizo

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Beschreibung

Yanes Rizo explora la vida y la muerte de la revolucionaria sandinista Araceli Pérez Darias. Construida con testimonios y en forma narrativa, la autora logra un tono íntimo que narra un momento convulso de la historia de Latinoamérica.

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Seitenzahl: 282

Veröffentlichungsjahr: 2019

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COLECCIÓN POPULAR

752

ARACELI

Araceli en México, 1961.

EMMA YANES RIZO

Araceli

LA LIBERTAD DE VIVIR(Nicaragua, 1976-1979)

Primera edición, Itaca, 2008 Primera edición, FCE, 2019 [Primera edición el libro electrónico, 2020]

Diseño de portada: Laura Esponda Aguilar

D. R. © 2019, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México

Comentarios: [email protected] Tel. 55-5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-6629-1 (ePub)ISBN 978-607-16-6493-8 (rústico)

Hecho en México - Made in Mexico

ÍNDICE

Agradecimientos

Presentación

AraceliArgentinaTerePilarAraceli, una tanquetaLos de antes ya no son los mismos

Cronología básica de la lucha de Nicaragua por su independencia nacional

Fuentes y bibliografía

AGRADECIMIENTOS

Este libro no hubiera sido posible sin la colaboración de las distintas personas que otorgaron su testimonio: Ana Darias, César Pérez Darias, Cristián Pérez Darias, Tony Orozco, Eugenia Monroy, Thelma Nava, Emma Rizo, Álvaro Baltodano, Joaquín Cuadra, Herty Lewittes, Dora María Téllez, Carlos Jarquín, Gloria López de Jarquín, José Valdivia, Aurora Zamora, Vicenta Consuelo Rodríguez, Ana Isabel Morales, Carlos Brenes, doctor Carlos Campillo, Angélica Velasco, Emma Pereyra. Agradezco no sólo por el tiempo que me ofrecieron, sino porque al hacerlo me dejaron conocer sus sentimientos en torno a la muerte de Araceli: amor, coraje, odio, dolor, resentimiento, admiración. Y al final, un profundo respeto por la decisión que Araceli tomó en 1976 de arriesgar su vida al incorporarse al FSLN. Mi agradecimiento también para los miembros del Seminario México Contemporáneo de la Dirección de Estudios Históricos del INAH por sus diversas lecturas del presente texto, y en particular a César Pérez Darias y Joaquín Cuadra Lacayo. Al primero por su lectura del manuscrito en sus diversas etapas y sus críticas constructivas; al segundo, por la información que me proporcionó sobre algunas de las personas mencionadas en estas páginas (que aparecen generalmente en citas al pie) y la situación actual de los entrevistados, incluyendo la de él mismo. A Héctor Aguilar Camín le debo sus muy útiles comentarios sobre la primera versión del texto.

Los personajes que aparecen en este libro tienen en común que ellos mismos decidieron qué hacer con sus vidas, son sus propios protagonistas. Salvo Ana Darias, la madrina de guerra de aquel muchacho español, que aceptó con verdadera humildad y entereza los acontecimientos que moldearon su vida. A ella primordialmente está dedicado este libro.

Muere asesinada en Nicaragua la internacionalista mexicana Araceli Pérez Darias.

unomásuno, 17 de abril de 1979

Este libro no es una novela; posee una estructura narrativa pero todo lo que aquí se cuenta es real.

PRESENTACIÓN

En la vida de Araceli Pérez Darias confluye la historia de tres países: España, México y Nicaragua, inmersos en sus propias contradicciones e ideas sobre la patria o la nación. En los tiempos de la globalización estos conceptos pueden sonar demasiado abstractos pero en los años setenta del siglo XX todavía significaban algo por lo que se creía que valía la pena morir, sobre todo en los países de América Latina que padecían regímenes dictatoriales apoyados por los Estados Unidos y veían con esperanza el despertar socialista cubano.

José Pérez y Pérez, el padre de Araceli, era español y combatió durante la Guerra Civil por la causa de Franco: “Por el imperio hacia Dios”. Los franquistas entendían por nación una España unificada con base en el catolicismo como religión de Estado, bajo el mando de un solo hombre respaldado en el ejército. Se trata de resucitar a una España monárquica y poderosa cuyo símbolo son las armas de los reyes católicos. Los franquistas buscaban consolidar un Estado-nación excluyente, donde no se aceptaban diferencias regionales ni mucho menos ideológicas o políticas. Por esa idea de nación ofreció su vida José Pérez y Pérez. Pero no murió sino que entró triunfante a Madrid en abril de 1939, cuando se instauró en España la dictadura de Francisco Franco, quien duró en el poder hasta 1975, año en que falleció el dictador. Desde aquella época, el señor Pérez y Pérez conservó como recuerdo en la sala de su casa una fotografía del Generalísimo dedicada a él.

José Pérez y Pérez se casó en 1940 con la canaria Ana Darias, con quien tuvo cuatro hijos, tres de ellos nacieron en España: Ana María (1943), Araceli (1945) y Cristián (1947). En 1952, la familia se trasladó a vivir a la Ciudad de México, donde nació César, su último hijo. Después de vivir cinco años en México José Pérez y Pérez y su familia se naturalizaron mexicanos. La educación de los hijos desde luego fue conservadora y católica. Y contra esa manera de ver la vida son los actos de rebeldía iniciales de Araceli Pérez Darias. Su primera ruptura fue el estudio como vocación antes que el matrimonio; el ateísmo y el compromiso con uno mismo como ser social y no la religión católica. Alguna vez le comentó a Emma Pereyra: “Yo fui un tiempo católica, iba diario a comulgar, como tú, pero con eso no se ayuda a nadie. Ahora yo simplemente creo en las obras que uno hace, en el vivir de cada quien, en el diario vivir”. También eligió el amor libre como alternativa conyugal, no el matrimonio civil ni el religioso.

De 1964 a 1968, Araceli estudió psicología en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México. Su hermana mayor Ana Mari padecía parálisis infantil, una enfermedad que nunca le permitió crecer —lo que, según César, “siempre le pareció a Araceli una injusticia”—.

Se especializó en psicología clínica. Fue por entonces voluntaria en el Hospital Psiquiátrico La Castañeda y jefe de psicólogos del Hospital Psiquiátrico Infantil Juan N. Navarro. En 1968 empieza a dar clases en la Ibero y pone su consultorio particular. No tuvo participación alguna en el movimiento estudiantil de 1968 pero siguió paso a paso los acontecimientos. En 1971 entra a trabajar en el pabellón de psiquiatría del Sanatorio Español y da clases en el curso de psiquiatría de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), bajo la dirección del doctor Ramón de la Fuente, papá del otrora rector Juan Ramón de la Fuente.

Fue justamente su trayectoria como psicóloga clínica la que la llevó a una nueva transformación ideológica y a su segunda ruptura vital. La salud mental de sus pacientes, creía, no podía estar sólo “en el individuo mismo” y en las recetas de antidepresivos, sino en su relación con la sociedad. Se empieza a interesar, junto con su amiga Tony Orozco, por la corriente antipsiquiátrica y la relación de Freud con Marx. En 1975 asiste al Congreso Razón, Locura y Sociedad, donde el pensamiento de Franco Basaglia la hace cuestionar su propia labor como psicóloga. En el texto de la ponencia de Basaglia subrayó: “Debemos crear un sistema social donde el hombre pueda vivir con otro hombre, éste es el problema central: crear un sistema social en el que sus elementos sean funcionales respecto del hombre”. Posteriormente participa en un seminario dirigido por el psiquiatra argentino Armando Bauleo en el que se estudian las teorías marxistas y se da otro enfoque al proceso de la psicoterapia, según el cual el médico debe contribuir a un cambio político.

En 1976 se gradúa como psicóloga con la tesina El suicidio. Revisión teórica, tema al que trata desde un punto de vista social. En ese año a Araceli deja de satisfacerle su trabajo profesional e inicia su búsqueda de participación política que la llevará posteriormente a integrarse al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

En América Latina en los años setenta del siglo XX predominaban las dictaduras militares: Argentina, Chile (Salvador Allende es asesinado en 1973, luego del golpe de Estado encabezado por Augusto Pinochet con el apoyo estadunidense), Brasil, Colombia, Nicaragua, Guatemala, Uruguay y Venezuela, por poner algunos ejemplos. Sin embargo, Estados Unidos parecía no tenerlas todas consigo. Entre 1958 y 1975 el ejército estadunidense se enfrascó en una cruenta lucha contra los vietnamitas, que buscaban incorporarse al bloque socialista. Fueron comunes los bombardeos masivos, la brutalidad contra la población civil, los asesinatos de mujeres y niños, el uso de armas químicas. A pesar de todo, Estados Unidos perdió la guerra y el 2 de julio de 1976 se establece la República Socialista de Vietnam. Y sólo dos años antes, en agosto de 1974, el presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, se vio obligado a renunciar luego del escándalo Watergate, el espionaje político ilegal.

En el contrapeso de la balanza también figuró el triunfo de la Revolución cubana en 1959; las ideas libertarias del Che Guevara; la teología de la liberación, con una Iglesia para los pobres que proclamaba que el reino de los cielos debía estar en este mundo; la reivindicación del sueño de Bolívar (Hispanoamérica como una identidad común); el ideario del nicaragüense Augusto César Sandino, que buscó desde los años veinte la independencia de su patria respecto de los Estados Unidos y la democracia para Nicaragua; la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) como potencia económica; el referéndum de reforma política en España en diciembre de 1976 en busca de una nueva Constitución y un Estado social, democrático y de derecho, que daría origen en junio de 1977 a las primeras elecciones democráticas en España, luego del franquismo.

México, por su parte, en los años setenta del siglo XX tenía ya claro su concepto de nación: Estado laico, separación de la Iglesia y el Estado, educación gratuita, igualdad de los ciudadanos ante la ley, reforma agraria, prestaciones sociales, elecciones libres y sexenales, no reelección, derecho a huelga y a la organización sindical, voto femenino. México había consumado una guerra de Independencia con gran participación social (1810-1821). En el siglo XIX, luego de varias guerras intestinas y contra el extranjero, triunfa la causa liberal. El país conoció el auge económico durante el gobierno del dictador Porfirio Díaz, y después de la Revolución mexicana de 1910-1917 consolidó un aparato de Estado laico que incluyó reformas sociales y elecciones sexenales. En 1954 se concede el voto a la mujer.

Sin embargo, a partir sobre todo de los años cincuenta del siglo XX, en nuestro país prolifera el descontento tanto de sectores medios como populares que no se sienten representados por un Estado autoritario y corrupto que beneficia ahora primordialmente a las clases adineradas que crecieron a la sombra del propio Estado. La disidencia electoral es socavada a través del fraude, de tal manera que un solo partido político, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), se perpetúa en el poder. La idea de nación surgida del movimiento de independencia y de la Revolución mexicana se tambalea en los años setenta del siglo XX ante quienes reivindican derechos de clase y de participación social, así como para algunos sectores de izquierda que veían en el socialismo una opción posible —ya que el colapso de la URSS sólo ocurriría una década después (1989-1990)—.

Los años setenta mexicanos lo fueron sobre todo de incertidumbre política. Después de la represión al movimiento estudiantil de 1968 proliferaron las organizaciones guerrilleras, la represión a huelgas y manifestaciones y por último a los intelectuales cuando es boicoteado el periódico Excélsior, cuna del pensamiento democrático. La izquierda se divide entonces en dos grandes vertientes: por un lado están quienes creen que todo camino legal está cerrado y por lo tanto hay que organizarse fuera del mismo, en la clandestinidad, en las organizaciones guerrilleras, ya sea para tomar el poder por la vía de las armas o bien para constituir “desde las masas” el partido del proletariado. Por otro lado, siguen los que creen que el cambio en México deberá ser paulatino, para lo cual sobre todo hay que fortalecer las vías legales, el trabajo y la educación en las universidades, las prestaciones sociales, lo ya ganado por la Revolución mexicana y establecido en la Constitución de 1917. En esos años, México era además receptor de revolucionarios latinoamericanos que huían de las dictaduras en sus países y que encontraban aquí mayor tolerancia e incluso apoyo de un gobierno que ejercía la “doble cara del poder: represión interna y apoyo a las luchas democráticas en el exterior”.

La primera participación política de Araceli se da en los círculos de estudio del Espartaquismo Integral, que buscaba “conocer primero la realidad nacional para después transformarla”. Posteriormente, se vuelve colaboradora del FSLN, cuyo Comité Mexicano de Solidaridad se había formado en 1975 siguiendo la tradición de nuestro país que apoyó la causa de Sandino en los años veinte. Araceli ofrece su departamento como casa de seguridad y se hospedan en la misma importantes cuadros de esa organización como Germán Pomares, uno de los fundadores del FSLN; Fernando Cardenal, sacerdote jesuita; Herty Lewittes, dirigente de la solidaridad internacional; Joaquín Cuadra Lacayo, entre otros.

La discusión con todos ellos le ayuda a Araceli a definir su opción política: se integra al FSLN primero en actividades de solidaridad, después como militante. Mantiene además una relación sentimental con Joaquín Cuadra. Y viene entonces la tercera y más importante ruptura ideológica de su vida: alimentada por las ideas marxista-leninistas, trata ahora de “abandonar sus intereses de clase” para entregarse de lleno a la lucha revolucionaria. El FSLN ya había retomado el ideario nacionalista de Augusto César Sandino y de las ideas socialistas inspiradas en la Revolución cubana. Sandino buscó consolidar la independencia de Nicaragua como nación autónoma, con derechos y beneficios para las mayorías por encima de los intereses de los Estados Unidos en la región y de los grupos criollos que se peleaban entonces el poder. La revolución socialista cubana de 1959, por su parte, había trazado un camino posible para construir un sistema económico “con un mayor reparto equitativo de la riqueza” en franca confrontación con los Estados Unidos.

La unión de estos dos motores de la lucha sandinista volvió a esa guerrilla particularmente atractiva para los mexicanos descontentos con el gobierno, sobre todo universitarios y clase media. Los nicaragüenses refugiados en México eran muy jóvenes y llegaron cantando a Mejía Godoy y entonando los Salmos de Ernesto Cardenal. Parecía increíble su entereza ante el dictador Anastasio Somoza Debayle, que mandaba arrojar a los muchachos disidentes al cráter del volcán de Managua y que no tuvo escrúpulos en comerciar con la ayuda internacional, incluido el plasma para los heridos que llegó a Nicaragua luego del terremoto de 1972. De ese tamaño era el monstruo.

A Araceli se le entregó la membresía del FSLN en julio de 1976, cuando no había certeza alguna del triunfo sandinista. En México todavía no se promulgaba la amnistía a los presos políticos ni se había establecido la reforma política que abrió a los entonces partidos minoritarios de izquierda Partido Comunista Mexicano [PCM] y Partido Mexicano de los Trabajadores [PMT]) la posibilidad de una mayor participación electoral.

Cuando Araceli se incorpora al FSLN éste ya se encontraba en el proceso de división de las tres tendencias (proletarios, guerra popular prolongada y terceristas); Carlos Fonseca, el máximo líder del FSLN, había caído, y la Guardia Nacional, el cuerpo represivo del dictador Anastasio Somoza, actuaba con toda impunidad. Desde diciembre de 1974 se establece en Nicaragua la ley marcial, el estado de sitio y la censura a la prensa.

Con el pseudónimo de Argentina, Araceli se traslada inicialmente a Honduras a mediados de 1977. Ahí recibe preparación militar, se encarga del trabajo con colaboradores del FSLN, maneja casas de seguridad, es correo con Costa Rica y Panamá y se responsabiliza de la educación política de colaboradores y cuadros del FSLN. Luego de la preparación militar, por las noches —dirá Joaquín Cuadra— “Araceli y Claudia les enseñaban a los compañeros con nivel cultural más bajo a leer y a escribir, y a los de nivel medio les daban clases de economía política”. Posteriormente, Araceli ingresa a Nicaragua por la montaña para incorporarse a lo que se conoció como la Ofensiva de Octubre; participó en las acciones militares de San Carlos, Masaya, Managua, León, la emboscada de San Fabián y la toma del poblado de Dipilto. Tenía, según indica Dora María Téllez, “muy buena puntería”.

Los enfrentamientos del Frente Sandinista contra la Guardia somocista se entablaban a corta distancia, casi frente a frente, con armamento desigual, sin remuneración económica alguna para los primeros, con salarios y prestaciones atrayentes para los segundos. Para unos y otros era frecuente mirar a quién habían matado y dejar aventados los cuerpos. Eran tan sólo bajas al enemigo. Para la Guardia somocista también entraba la población civil dentro del concepto enemigo, bombardeada desde el aire para terminar con la oposición en las comunidades y en los barrios.

En diciembre de 1977, Araceli regresa a México una temporada y se despide de los suyos. A principios de 1978 volvió a ingresar a Nicaragua, al Frente Occidental, y la Dirección Nacional le encarga el trabajo clandestino en las ciudades de León y de Chinandega con miras a la insurrección final. Para entonces, a decir del comandante José Valdivia, se le consideraba ya “uno de los mejores militantes del FSLN en cuanto a su formación ideológico-política”. En las ciudades mencionadas fue responsable de la logística con mujeres y pobladores, del trabajo en el barrio indígena de Subtiava y del reclutamiento de personas para las acciones militares, entre otras actividades. A principios de 1979, forma parte del Estado Mayor del Frente Occidental, integrado por ocho miembros: Ana Isabel Morales, Roger Deshon, Fanor Urroz, Edgard Lang Sacasa, Carlos Manuel Jarquín, Idania Fernández, Óscar Pérez Cassar (coordinador general del Frente Interno del FSLN) y Araceli Pérez Darias. Ellos serán los responsables de organizar la insurrección final en la zona occidental de Nicaragua. Comenta Ana Isabel Morales que “en las discusiones Pilar [Araceli] era muy brillante, siempre buscaba la raíz social de los problemas, era analítica y tenía un sentido muy humanitario”.

Finalmente, Araceli muere asesinada por la Guardia somocista en el barrio de Veracruz, en la ciudad de León, el 16 de abril de 1979, junto con Óscar Pérez Cassar, Carlos Manuel Jarquín, Idania Fernández, Edgard Lang Sacasa y Roger Deshon. Su silencio permitió que no se desmantelara la insurrección en la zona occidental de Nicaragua.

La Casa de Solidaridad de México con Nicaragua tomó entonces el nombre de Araceli Pérez Darias.

León fue el primer territorio liberado por las fuerzas sandinistas, en junio de 1979. Fue entonces cuando cayó en manos del FSLN la primera tanqueta recuperada a la Guardia somocista. Había sido un regalo del dictador cubano Fulgencio Batista al dictador Anastasio Somoza para reprimir al pueblo. Ahora sería utilizada para derrocar a la dictadura de Somoza. Los compañeros de lucha de Araceli escribieron en ella vivas al FSLN y la bautizaron como “Araceli”, simplemente para que ella no muriera.

El FSLN entró triunfante en Managua el 17 de julio de 1979. El Estado Mayor del Frente Occidental arribó a la plaza de Managua en la Tanqueta Araceli abarrotada de muchachos y dio una y otra vez la vuelta a la plaza. Hoy la tanqueta permanece en un pedestal en las instalaciones del Estado Mayor del Ejército de Nicaragua.

No obstante las rupturas de Araceli, todo aquello con lo que rompió le fue de suma utilidad en su nueva vida y hasta en su muerte: su educación católica, para entender a un pueblo profundamente religioso como el nicaragüense, y para integrarse a la mística del FSLN sustentada en la teología de la liberación y en la consigna “Patria libre o morir”; su formación como psicóloga para comprender “el estado de ánimo de las masas”; su educación y origen de clase, para instalar casas de seguridad, elaborar propaganda, establecer la logística, ser correo entre Panamá y Costa Rica y dirigir la educación popular.

Su padre, aquel franquista, mandó poner los nombres de los seis sandinistas asesinados en el barrio de Veracruz en abril de 1979 en la que entonces era sólo una fosa común. Su mamá, Ana Darias, que nunca supo de la incorporación de Araceli a la guerrilla, visitó la tumba de su hija en Nicaragua año con año en el aniversario de su muerte.

El presente libro, elaborado con base en los testimonios de quienes tuvieron que ver con la vida emocional y política de Araceli en México y en Nicaragua entre 1976 y 1979, pretende tan sólo recuperar la memoria de una de tantas mujeres que dio su vida por lo que le pareció una causa justa.

“Patria libre o morir”, dice la consigna que enarboló Augusto César Sandino en los años veinte antes de internarse en la montaña y luchar contra la intromisión de los Estados Unidos en su país. El FSLN retomó la consigna en los años setenta hasta llegar al poder. Pero se trata de un concepto antiguo. Dulce et decorum est pro patria mori, “Es dulce y honorable morir por la patria”, dice Horacio en una de sus odas, y fue retomado después por las huestes de Roma como lema. La idea de natio proviene de nacimiento, nación, patria. El tópico Pro patria mori cobró luego vigor y se desarrolló en los escritos humanistas desde Petrarca a Maquiavelo a través del paradigma de los mártires cristianos y los héroes cívicos. Este concepto ha sido bandera a lo largo de la historia, con sus diferentes matices en cada país, pero siempre remite al sentido de la vida del individuo como parte de la colectividad que lo vio nacer, y a la defensa de esa colectividad en su espacio geográfico, con sus costumbres, tradiciones y derechos, frente a todo aquel que lo amenace o quiera destruirlo.

“Patria libre o morir” son las palabras que Sandino retoma para alimentar de heroicidad al pueblo nicaragüense en busca del más elemental de los derechos: el de ser sociedad con una vida común propia. Entre 1977 y 1979 murieron por esa causa alrededor de 50 000 personas, gran parte de las mismas menores de 30 años: obreros, campesinos, empleados, comerciantes, intelectuales, profesionistas, poetas, sacerdotes, empresarios. ¿Qué buscaban todos ellos?: vencer a la dictadura, la independencia de Nicaragua frente a los Estados Unidos, pero con un gobierno para todos, con reformas en favor de las mayorías. Buscaban tan sólo identidad propia, convertirse en sociedad, ser dueños de un territorio específico, con derechos y obligaciones comunes, un país sin analfabetismo, donde los trabajadores mineros no tuvieran que dormir en huacales, y con derechos civiles.

De los cientos de huelgas que hubo en 30 años, sólo el régimen de Somoza reconoció la legalidad de tres. Esa patria incluyente era algo pendiente para Nicaragua desde la promulgación de su independencia de España. Ojalá conquistarla no hubiera costado tanta sangre, o que el destino actual de la misma arrojara más y mejores frutos.

¿Valió la pena la muerte de Araceli?, suelen preguntarme una y otra vez quienes saben que escribo el presente libro. En realidad no lo sé, la revolución sandinista chocó contra sus propias limitaciones y con la realidad geopolítica. Tengo claro, sin duda, que para Araceli misma valió la pena su vida y eso es lo que importa. En una carta a su hermano comentó: “¿Qué es lo que se arriesga en la lucha?: morir. Pero si no estás te quedas con una vida insatisfecha. ¿Qué es lo que se puede ganar?: todo. Recuperar el mundo y en el último de los casos saberse dueño de uno mismo, el haber decidido la vida de uno mismo y el dejar de sentirla como algo extraño, como algo que nos angustia, que nos es ajeno, que no sabemos qué hacer con ella”.

El revés de esta historia quizá sea el levantamiento popular de abril de 2018, ahora contra el presidente de Nicaragua que tanto trabajo le costó al FSLN llevar al poder: Daniel Ortega. La manifestación pacífica contra el impuesto sobre los cheques de pensiones de los jubilados que calladamente aprobó el gobierno fue reprimida, lo que ocasionó la indignación social y más protestas que derivaron en una nueva ola de represión y amenazas no muy distantes de los métodos de Somoza. El 70% de los nicaragüenses pidieron entonces la renuncia del mandatario, mismo que había permanecido ya en el poder por tres periodos consecutivos. Pero se impuso el régimen, como antaño. Es la serpiente que se muerde la cola.

Los capítulos del libro corresponden al nombre y los diversos pseudónimos de Araceli. Se agrega un último apartado con información sobre la vida actual de las personas que estuvieron cerca de ella entre 1976 y 1979. Al final se incluye una cronología de la lucha de Nicaragua por su independencia nacional y una bibliografía sobre el FSLN.

E. Y.

I. ARACELI

Imposibilidad también de tomar como figura central a un personaje femenino […] La vida de las mujeres es demasiado […] secreta.

MARGUERITE YOURCENAR

MÉXICO

Emma YanesProgreso 15, Coyoacán, México, D. F., 1976.

A Araceli, la psicóloga que vivía en el departamento junto al mío, le gustaban los recuerdos. Lo que tuviera que ver con lugares o personas a las que quería ocupaba un espacio en su casa. Guardar cosas era una manía suya.

Una vez íbamos caminando rumbo al zócalo de Coyoacán cuando se tropezó con una piedra. Al levantarse recogió la piedra del suelo y me dijo: “Toma, guárdala para que te acuerdes de mí. Hoy es un buen día”. A quién se le ocurre hacer eso. A ella, sólo a ella.

La taza de talavera, el cuadro del toro, el sillón “blof”, la mesa del comedor eran las cosas que prefería, además del gato siamés por el que tenía un cariño especial. De repente le daba por cambiar todo de lugar. Decía que así también cambiaba su vida. Nunca la vi triste, era más bien jacarandosa. Por eso me llamaba tanto la atención una foto suya donde está llorando. Era como si se tratara de otra persona, como si fuera dos gentes. Creo que le incomodaba esa foto. No sabía dónde ponerla. ¿Por qué la enmarcó? No sé, cómo lo voy a saber. Primero estaba en la recámara, en la cabecera. Luego la pasó junto al tocador. De ahí a la sala, arriba del sillón “blof”. Y después al muro que estaba frente a la puerta de entrada. Entrabas a su casa y lo primero que veías era esa foto. Pero ella te recibía muy quitada de la pena, como si nada. Nunca me atreví a preguntarle sobre eso.

Por cierto, lo único que separaba su departamento del nuestro era una pared. Mi mamá y Ara decían que la iban a derrumbar. A veces yo salía con ellas. Anoté en mi diario: “Hoy 6 de julio iba a ir a jugar fut con mi hermano Pablo, pero guau, mi mamá me invitó a ir con ella y Ara a un concierto de Nacha Guevara. Estuvo increíble; una manera de criticar que te morías: ‘libertad escribo tu nombre por el pájaro enjaulado, por los pastos maltratados, por las flores arrancadas…’ Y por ahí se sigue. Qué bruto, me quedé impactada”.

La foto frente a la puerta la recuerdo claramente: su rostro en primer plano y las lágrimas escurriéndose por las mejillas. No me parecía de buen gusto recibir así a las visitas. En realidad yo no era visita, prácticamente vivía ahí. Araceli era novia de un cineasta puertorriqueño que se llamaba Douglas Pedro. Escribí entonces: “Hoy el día estuvo padrisimísimmoooooo. En la mañana me fui junto con mi amiga Luz Ruz al colegio en bicicleta. Estuvo dura la pedaleada. El regreso, brutal, de pura bajada. En la tarde vimos unas transparencias de pintura sobre un museo de Washington mis hermanos y yo con Douglas y la Sicoloca. Me cae perfecto, de todo se ríe. Luego jugué ajedrez con Douglas y me ganó. Por la tarde fuimos con ellos al cine a ver Las diabólicas y nos atacamos de la risa”.

En ese tiempo su departamento se llenó de periódicos que ella subrayaba con amarillo. No podías entrar a la sala sin pasar por un montón de papeles. En su librero, donde antes tenía sus libros de psicología, fueron incorporándose textos de marxismo, de esos con portada anaranjada. Una mañana estábamos en mi casa haciendo huevos revueltos y de repente Ara se fue a su depa por un cuadro de Sandino, para que nos acompañara. Lo puso arriba de la estufa. En serio, de repente hacía cosas así. Yo no sabía bien a bien ni quién era Sandino. Qué loca. Lo que más me gustaba de ella era su desparpajo.

Anoté en septiembre del 76: “Iba a la papelería a Francisco Sosa cuando me encontré a Ara y me quiso acompañar caminando. De regreso nos agarró un aguacerazo, pero en lugar de esperarnos nos venimos cantando muertas de la risa. ‘Libertad escribo tu nombre’, decía Ara. Llegamos hechas una sopa y pasé a secarme a su casa, las hojas que fui a comprar lógicamente también se mojaron y Ara me regaló de las que ella tenía. Qué bobas, qué divertido. Luego me regaló un póster de unas macetas que voy a pegar en mi cuarto. Ara confirma la regla de que todas las psicólogas están medio ‘flius’. Es linda, me cae perfecto”.

Su casa siempre distinta; ya dije que le gustaba cambiar las cosas de lugar. Por eso me gustaba ir ahí. Tenía que adivinar dónde había puesto tal y cual objeto. Yo le tenía mucho cariño a su departamento. Recién había cumplido los 15 años y de vez en cuando me lo prestaba para estar con mi novio, mi primer novio. “Para que no andes de loca por ahí”, me decía. Yo, feliz. ¿Se imaginan? Nos dejaba el tocadiscos. Ara tenía como 30 años, el doble que yo. Trabajaba en el Hospital Español. A mí y a mi novio nos usaba de conejillos de indias. Nos hacía preguntas de lo más raras y nos ponía a hacer dibujitos: que tu papá, que tu mamá, que una casa, nunca nos dio los resultados. Era padrísima. En serio. “No le tengas miedo al sexo”, me comentaba. Estaba en favor del amor libre. Hablaba con tanta naturalidad de que las parejas se debían acostar antes de casarse que a nosotros nos asustaba. Nos quedábamos en el departamento pero no pasamos del faje. Es que los dos éramos vírgenes. Bueno, ésa ya es otra historia.

De repente, no sé cuándo ni cómo, empezaron a vivir en su casa varios jóvenes. Eran estudiantes latinoamericanos o algo así. A mí me parecían muy guapos. Un día me pidió que por favor ya no fuera a su departamento. Fue mala onda, mi novio pensaba llegar a mayores y yo me estaba animando, ni modo de ir a un hotel, eso sí no. Es más, hasta me prohibió que me asomara por la ventana. No como antes, que su puerta siempre estaba abierta. Bueno, no me invitaba ya ni a desayunar o un café. Eso sí, tenía que cuidarle el gato. ¡Pobre animal! Los muchachos lo martirizaban. Ésa es la pura verdad. Le jalaban la cola y el bicho salía huyendo. Y ella como si nada. En serio. Me gustaba ver a sus amigos. Felipe y Rodrigo eran los que más tiempo pasaban ahí. Tendrían unos 25 años. Me quedaban grandes, eso sí. Todo ese tiempo la vi muy contenta, cómo no, con las encerronas que se daban… Me la imaginaba todo el tiempo dándole vuelo a la hilacha. Debe ser sensacional hacer el amor, pensaba yo, mírenla a ella tan feliz.

Felipe tenía el pelo negro y los ojos negros, pero la piel blanca. Rodrigo era rubio, de ojo verde, hablaba como cantadito, muy bonito. Después de un tiempo Rodrigo se quedó a vivir con ella; se le veía feliz. No supe qué fue de Douglas Pedro. Veía a Ara y Rodrigo abrazándose en la Plaza de Santa Catarina y me daban envidia. Para qué más que la verdad, mi novio era simpático, muy amoroso —hasta escribía poemas— pero ningún artista de cine. A mí no me importaba lo físico. O eso creía.

Para colmo, a Felipe se lo conquistó otra amiga mía, Eugenia. Ella era más grande que yo por cinco años y más lista. Juntas patinábamos y andábamos en bicicleta o íbamos al cine. Yo estaba en la secundaria, en el Sagrado Corazón, y ella estudiaba economía en la UNAM, sabía de marxismo y esas cosas. Era muy relajienta, guapa y alegre. Una vez le conté que en la misa de Coyoacán a veces me alzaba la falda frente al sacerdote sólo para ponerlo nervioso. Ella me dijo “eres una pecadora”. Me puse pálida. “No me molestes”, le contesté. Siempre me hacía ese tipo de bromas.

La quería muchísimo, la admiraba. Para Eugenia no había imposibles. Primero fue mi amiga, luego se hizo íntima de mi vecina y se empezó a juntar menos conmigo. Se volvió novia de Felipe. Qué historias y qué hombres.

Total que, con ellas dos enamoradas, yo casi no volví a poner un pie en el departamento. Me las imaginaba todo el día en la acción, ni modo de interrumpir. La verdad es que mi novio y yo nos aburríamos juntos y terminamos. Fue después de que unos patrulleros nos cacharon fajando en el parque de San Ángel y nos llevaron a la delegación. Realmente me dio muchísima pena. Todo porque él ni siquiera tenía 30 pesos para la mordida. Claro, mi dizque novio ya se había acostumbrado a que yo consiguiera el departamento. Pues no, el que quiere azul celeste que le cueste. Lo mandé a volar. Lloré mucho, eso sí, pero sólo una semana.