Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Arado torcido narra la historia de Bibiana y Belonísia y de su familia. De su indestructible y poderoso vínculo y de la relación que mantienen con el mundo. Con esta maravillosa novela, Itamar Vieira Junior nos abre una ventana que da directamente a la vida de los moradores de las haciendas del desconocido Brasil rural, a sus costumbres y sus creencias, y a su manera de habitar la tierra. Arado torcido es una historia inolvidable que conjuga con maestría la épica y la lírica, el realismo y la magia. Llamado a ser un clásico, Arado torcido —traducido por Regina López Muñoz— es un libro muy celebrado en su país. Ya ha vendido más de 250.000 copias y ha recibido los premios LeYa, Jabuti a la mejor Novela Literaria y Océanos de Literatura. Además, son numerosas las traducciones que hay en marcha; HBO ha anuncia una serie y Christiane Jatahy lo ha adaptado a teatro.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Veröffentlichungsjahr: 2024
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Arado torcido
ITAMAR VIEIRA JUNIOR
Traducción del portugués deREGINA LÓPEZ MUÑOZ
Título original: Torto arado
Pepitas de calabaza s. l.
Apartado de correos n.0 40
26080 Logroño (La Rioja, Spain)
www.pepitas.net
© 2018, Itamar Vieira Junior e LeYA S.A.
© De la presente edición, Pepitas ed.
© De la traducción, Regina López Muñoz
Cubierta: Münster Studio
Obra publicada con el apoyo de la Secretaria Especial da Cultura – Ministério do Turismo do Brasil / Fundação Biblioteca Nacional
ISBN: 978-84-18998-52-2
Producción del ePub: booqlab
Primera edición, noviembre de 2022
Filo cortante
Arado torcido
Río de sangre
Para mi padre
La tierra, el trigo, el pan, la mesa, la familia (la tierra); hay en este ciclo, decía padre en sus sermones, amor, trabajo, tiempo.
RADUAN NASSAR
CUANDO SAQUÉ EL CUCHILLO de la maleta llena de ropa, envuelto en un retal de tela antigua y mugrienta, con manchurrones oscuros y un nudo en el centro, yo tenía poco más de siete años. Mi hermana Belonísia, que estaba conmigo, era un año más pequeña. Poco antes de aquel acontecimiento estábamos en el patio de tierra de la casa antigua, jugando con unas muñecas hechas con espigas de maíz cosechadas la semana anterior. Aprovechábamos la paja que ya empezaba a amarillear para vestir las mazorcas. Decíamos que las muñecas eran nuestras hijas, hijas de Bibiana y Belonísia. Al ver que nuestra abuela se alejaba de la casa por el lateral del terreno, nos miramos para darnos la señal de vía libre: ya era hora de descubrir lo que Donana escondía en la maleta de piel, entre las prendas andrajosas con olor a grasa rancia. Donana se daba cuenta de que nos hacíamos mayores y, curiosas, invadíamos su cuarto para hacerle preguntas sobre las conversaciones que oíamos y sobre cosas de las que nada sabíamos, como los objetos que había dentro de su maleta. Nuestro padre o nuestra madre nos reñían a todas horas. Mi abuela, en concreto, solo tenía que mirarnos con firmeza para que sintiéramos un escalofrío y una quemazón en la piel, como si nos hubiéramos arrimado a una fogata.
Por eso, al ver que se alejaba en dirección al patio de atrás, miré a Belonísia. Decidida a registrar sus cosas, no vacilé en echar a andar de puntillas hacia el cuarto con idea de abrir la maleta de piel envejecida llena de manchas y con una gruesa capa de tierra acumulada por encima. Durante toda nuestra existencia hasta entonces la maleta había estado debajo de la cama. Me acerqué al patio trasero para espiar desde la puerta y vi a la abuela Donana arrastrándose en dirección al bosque, que se extendía más allá del vergel y el huerto, pasado el gallinero con sus perchas viejas. En aquella época ya nos habíamos acostumbrado a ver a nuestra abuela hablando sola y pidiendo cosas raras, como que alguien —que no veíamos— se apartara de Carmelita, la tía que no habíamos conocido. Pedía que el mismo fantasma que habitaba sus recuerdos se apartase de las niñas. Era un aluvión de jerigonzas inconexas. Hablaba de gente que no veíamos —los espíritus— o de gente sobre la que casi nunca oíamos hablar, comadres y parientes lejanos. Nos acostumbramos a oír a Donana hablar por la casa, hablar en la puerta de la calle, en el camino que llevaba al campo, hablar en el patio de atrás, como si conversara con las gallinas o con los árboles secos. Belonísia y yo nos mirábamos, reíamos con disimulo y nos acercábamos sin que ella se diera cuenta. Fingíamos jugar con algo por allí cerca solo para escucharla y después, con las muñecas, con los animales y las plantas, repetir lo que Donana había dicho muy en serio. Repetíamos lo que mi madre le decía en voz baja a mi padre en la cocina: «Hoy está hablando mucho, cada día habla más ella sola». Él se resistía a reconocer que mi abuela mostrara síntomas de demencia, decía que de toda la vida su madre hablaba consigo misma, que de toda la vida repetía rezos y hechizos con la misma distracción con que rumiaba sus pensamientos.
Aquel día oímos la voz de Donana alejarse por el espacio del patio trasero, en medio del cloqueo y el canto de las aves. Era como si las plegarias y las frases que pronunciaba, y que muchas veces no tenían sentido para nosotras, se alejaran, llevadas por el jadeo de nuestras respiraciones angustiadas por la transgresión que estábamos a punto de cometer. Belonísia se metió debajo de la cama y tiró de la maleta. La piel de pecarí que cubría las imperfecciones del suelo de tierra se arrugó bajo su cuerpo. Abrí la maleta yo sola, bajo nuestros ojos iluminados. Saqué varias prendas de ropa antiguas, raídas, y otras que todavía conservaban los colores vivos que la luz del día seco irradiaba, luz que nunca he sabido describir con exactitud. Y entre las prendas mal dobladas y guardadas, una tela sucia envolvía el objeto que captó toda nuestra atención, como si fuese la valiosa joya que nuestra abuela guardaba con todo su celo. Fui yo quien desató el nudo, pendiente de la voz de Donana, que aún sonaba distante. Vi los ojos de Belonísia titilar con el brillo de lo que descubríamos como si se tratara de un regalo nuevo, forjado en un metal recién extraído de la tierra. Levanté el cuchillo, que no era ni grande ni pequeño, a la altura de nuestros ojos, y mi hermana pidió cogerlo. Yo no se lo di, primero me tocaba a mí. Lo olfateé; no tenía el olor rancio de las demás pertenencias de mi abuela, no tenía manchas ni arañazos. Mi objetivo en aquel breve intervalo de tiempo consistía en escudriñar al máximo el secreto y no dejar pasar la oportunidad de descubrir la utilidad de aquel objeto que resplandecía en mis manos. Vi una parte de mi cara reflejada como en un espejo, y vi también la de mi hermana, más lejana. Belonísia intentó quitarme el cuchillo de la mano y retrocedí. «Deja que lo coja yo, Bibiana». «Espérate». Fue entonces cuando me llevé el metal a la boca, tan intenso era el deseo de sentir su sabor, pero casi al mismo tiempo me quitaron el cuchillo de forma violenta. Mis ojos perplejos, vidriosos, se clavaron en los de Belonísia, que ahora también se metía el metal en la boca. El sabor metálico que se me había quedado en el paladar se mezcló con el de la sangre caliente que me chorreaba por la comisura de la boca entreabierta y empezó a gotearme de la barbilla. La sangre caló de nuevo la tela mugrienta con manchurrones oscuros que recubría el cuchillo.
Belonísia también apartó el cuchillo y se tocó la boca con la mano, como queriendo sujetar algo. Sus labios se tiñeron de rojo, yo no sabía si por la emoción de saborear la plata o si, como yo, tenía una herida, porque de su boca también salía sangre. Intenté tragar lo que podía, mi hermana se restregaba la mano contra la boca muy rápido, con los ojos empañados y entornados, tratando de ahuyentar el dolor. Oí los pasos lentos de mi abuela llamando a Bibiana, llamando a Zezé, a Domingas, a Belonísia. «Bibiana, ¿no ves que las patatas se están quemando?». Flotaba un olor a patata quemada que contenía también el olor del metal, el olor de la sangre que empapaba mi ropa y la de Belonísia.
Cuando Donana apartó la cortina que separaba la estancia donde dormía de la cocina, yo ya había quitado el cuchillo del suelo y lo había envuelto de cualquier manera con la tela empapada, pero no me había dado tiempo a empujar la maleta de piel bajo la cama. Vi la mirada de estupefacción de mi abuela, que dejó caer su mano abultada sobre mi cabeza y sobre la de Belonísia. Oí a Donana preguntar qué estábamos haciendo allí y por qué la maleta no estaba en su sitio y de quién era aquella sangre. «Hablad», dijo, amenazándonos con arrancarnos la lengua, sin sospechar que estaba en una de nuestras manos.
NUESTROS PADRES VOLVIERON DEL campo y encontraron a mi abuela desorientada, zambulléndonos la cabeza en un barreño de agua y gritando: «La niña se ha quedado sin lengua, la niña se ha cortado la lengua». Tantas veces lo repitió que, sin duda, en aquellos primeros instantes Zeca Sombrero Grande y Salustiana Nicolau creyeron que sus dos hijas se habían mutilado en un ritual misterioso que, en sus creencias, habría hecho falta mucha imaginación para explicar. El barreño era un estanque rojo y nosotras llorábamos. Cuanto más llorábamos abrazadas, con intención de pedir perdón, más difícil era averiguar cuál de las dos había perdido la lengua, a cuál había que llevar al hospital que había a leguas de Água Negra. El administrador de la hacienda llegó en un Ford Rural blanco y verde para llevarnos hasta allí. El Rural, como lo llamábamos, lo utilizaban los propietarios cuando estaban en la hacienda, y lo utilizaba Sutério para sus recados como administrador, para desplazarse entre la ciudad y Água Negra, o para cubrir distancias dentro de la propia finca cuando no le apetecía ir a caballo.
Mi madre hizo acopio de colchas y manteles que recubrían las camas y la mesa para intentar cortar la hemorragia. Le hablaba a gritos a mi padre, que recogía hierbas en los parterres cercanos a la casa con manos temblorosas, impaciente, transmitiendo su desesperación a través de la voz, que se volvió más aguda, además de la mirada atónita. Las hierbas eran para usarlas camino del hospital, en rezos y hechizos. Los ojos de Belonísia estaban colorados de tanto llorar, los míos casi ni los sentía, y mi madre preguntaba perpleja qué era lo que había pasado, con qué estábamos jugando, pero nuestras respuestas eran largos gemidos difíciles de interpretar. Mi padre llevaba en la mano la lengua envuelta en una de sus pocas camisas. Incluso en aquellos momentos, mi mayor temor era que el órgano amputado se pusiera a hablar solo en su regazo y contara lo que habíamos hecho. Que revelara nuestra curiosidad, nuestra terquedad, nuestra transgresión, nuestra falta de cuidado y respeto hacia Donana y sus cosas. Más aún, nuestra irresponsabilidad al ponernos un cuchillo en la boca, conscientes de que los cuchillos desangran la caza, desangran a los animalitos del patio y matan hombres.
Mi padre cubrió el pequeño bulto con las hierbas que había cogido antes de salir. Desde la ventanilla del coche vi a mis hermanos alrededor de Donana, a doña Tonha agarrándola del brazo y metiéndola en casa. Años después sentiría remordimiento por aquel día, por haber dejado a mi abuela desconcertada, hecha un mar de lágrimas, sintiéndose incapaz de cuidar de nadie. Durante el viaje, percibimos la angustia de mi madre a través de los susurros de sus oraciones y de sus manos callosas y siempre calientes, pero que ahora parecían recién salidas de una palangana con agua que hubiera dormido expuesta al relente nocturno.
En el hospital tardaron en atendernos. Nuestros padres se quedaron acurrucados en un rincón, a nuestra vera. Vi los pantalones manchados de tierra que él no había tenido tiempo de cambiarse. Mi madre llevaba un pañuelo de colores atado en la cabeza. Era el mismo que utilizaba debajo del sombrero que se ponía para protegerse del sol en el campo. Nos limpiaba la cara con prendas del hato de ropa, a cada rato una tela distinta con olor a cerrado que yo no conseguía identificar. Mi padre sostenía todavía en la mano la lengua envuelta en la camisa. Las hierbas se las había guardado en los bolsillos del pantalón, quizá por vergüenza de que lo señalaran con desdén como hechicero en aquel lugar que él no conocía. Fue el primer sitio donde vi más gente blanca que negra. Y vi cómo nos miraban con curiosidad, pero sin acercarse.
Cuando el médico nos condujo a la consulta y mi padre le mostró la lengua como una flor marchita entre las manos, vi su cabeza menearse en señal de negación. Vi también el suspiro que exhaló al abrir nuestras bocas casi al mismo tiempo. Tendrá que quedarse aquí. Tendrá problemas en el habla, y para deglutir. No hay manera de reimplantársela. Hoy sé que se dice así, pero por aquel entonces ni se me pasaba por la cabeza lo que significaba todo aquello, y por la cabeza de mi padre y de mi madre mucho menos. Belonísia casi no me miraba en aquellos instantes, pero todavía seguíamos unidas.
Nos dieron puntos de sutura en las heridas y permanecimos juntas dos días más. Salimos con un cargamento de antibióticos y analgésicos en las manos. Teníamos que volver al cabo de dos semanas para que nos quitasen los puntos. Teníamos que comer gachas y purés, alimentos blandos. Las semanas siguientes, mi madre dejaría de trabajar en el campo para dedicarse por completo a nuestros cuidados. Solo una de sus hijas tendría problemas de habla y deglución. Pero el silencio se convertiría en nuestro estado más destacado a partir de aquel acontecimiento.
Nunca habíamos salido de la hacienda. Nunca habíamos visto una carretera ancha, con coches circulando por los dos lados, dirigiéndose a los rincones más remotos de la Tierra. Eso fue lo que dijo Sutério. Durante el trayecto de ida nos embargaban la aflicción, el olor de la sangre coagulándose, las oraciones de mis atónitos padres. El administrador de la hacienda se limitaba a reírse y a decir que los niños son como gatos, que no los ves, un momento están en un sitio y al siguiente están en otro, casi siempre preparando trastadas que solo dan quebraderos de cabeza a sus padres. Que él tenía hijos y lo sabía. A la vuelta estábamos bastante doloridas, una más que la otra, pero igual de agotadas, a pesar de que la envergadura de las lesiones había sido distinta. Una se había amputado la lengua, la otra se había hecho un corte profundo, pero estaba lejos de perderla.
Nunca habíamos montado en el Ford Rural de la hacienda ni en ningún otro automóvil. ¡Y qué distinto era el mundo más allá de Água Negra! Qué distinta la ciudad, con sus casas pegadas unas a otras, compartiendo tabiques. Las calles empedradas. El suelo de nuestras casas y de los caminos de la hacienda era de tierra. O de barro, que también servía para preparar las comiditas de nuestras muñecas de maíz, y de donde brotaba casi todo lo que comíamos. Donde enterrábamos los despojos del parto y el ombligo de los recién nacidos. Donde enterrábamos los despojos de nuestros cuerpos. Donde todos acabaríamos sepultados algún día. Nadie se libraba. Solo pudimos observar todo aquello durante el regreso, cada una en un lado del coche, con nuestra madre en el centro, absorta en pensamientos que nuestros alaridos habían precipitado en su interior.
Al llegar a casa solo estaban Zezé y Domingas, los pequeños, acompañados de doña Tonha. Vi a mi padre preguntar por Donana mientras mi madre nos cogía de las manos delante de la puerta. Salió hace unas dos horas en dirección al río, fue lo que doña Tonha contestó. ¿Sola?, quisieron saber ellos. Sí, llevaba un paquete en las manos.
SALU DECÍA QUE YO era la hija mayor, la primera de cuatro hijos vivos y de otros tantos que nacieron muertos. Belonísia llegó poco tiempo después, mientras mi madre todavía me amamantaba, desmintiendo la creencia de que quien da de mamar no se preña. A diferencia de los intervalos entre los demás hijos, entre nosotras dos no hubo mortinatos. Dos años después de que nacieran dos varones muertos llegó Zezé, y por último Domingas. Entre ellos, otros dos bebés que no sobrevivieron. Mi abuela, Donana, fue quien asistió a mi madre en todos los partos. Era nuestra abuela, pero también madre postiza. Ese era el título que expresaba cuál era su lugar en nuestras vidas: abuela y madre. Cuando salimos del vientre de Salustiana Nicolau —los vivos, los que murieron al cabo de un tiempo y los nacidos muertos— nos encontramos antes que nada con las manos pequeñas de Donana. Fue el primer espacio del mundo que ocupamos fuera del cuerpo de Salu. Sus manos cóncavas que tantas veces vi llenarse de tierra, de maíz desgranado y judías limpias. Eran manos pequeñas, de uñas recortadas, como debían ser las manos de una partera, decía doña Tonha. Pequeñas, capaces de introducirse en el vientre de una mujer para girar con habilidad a un bebé atravesado, mal encajado, bebés en malas posturas para nacer. Nuestra abuela se encargaría de los partos de las trabajadoras de la hacienda hasta pocos días antes de morir.
Cuando nacimos, nuestros padres eran ya trabajadores de la hacienda Água Negra. Mi padre fue a buscar a Donana semanas antes de que yo naciera. Crecí oyendo a mi abuela quejarse de lo lejos que quedaba la hacienda donde había pasado toda su vida, muestra evidente de una nostalgia que no reconocía sentir. No exigía regresar, comprendía el papel que le correspondía junto a su hijo, pero tampoco se privaba de manifestar su lamento. Cuando mi padre se presentó en la hacienda donde había nacido para buscarla, Donana estaba ya sola en la casa vieja donde había vivido casi desde siempre. Sus demás hijos se habían marchado en busca de trabajo, uno por uno. La primera en dejar la casa después de mi padre fue Carmelita, que se fue sin indicar adónde justo después de que su madre enviudara por tercera vez. Pero la propia Donana, en su fuero interno, quiso que su hija siguiera su destino.
Por aquella época las tierras de la hacienda Caxangá, que había rendido frutos en abundancia a lo largo de toda su vida, estaban ya divididas. Cada hombre con deseo de poder había avanzado sobre un trozo, y los moradores antiguos estaban siendo expulsados. A los trabajadores que no llevaban tanto tiempo allí los despedían. Los hombres investidos de poderes, muchas veces acompañados de otros hombres organizados en grupos armados, aparecían de la noche a la mañana con un documento cuyo origen nadie conocía. Aseguraban que habían comprado parcelas de Caxangá. Los capataces ratificaban a algunos, a otros no. Mi padre, después de llegar a Água Negra, volvió varias veces al lugar donde había nacido. Estas historias nos las contaba Salustiana a medida que nos hacíamos mayores. Solo permitieron que Donana se quedara debido a su avanzada edad, porque de algún modo se habían encariñado con su presencia. Y también porque corrían de casa en casa, de boca en boca, rumores sobre los poderes de la vieja hechicera, sus sucesivas viudedades, pruebas de su responsabilidad, y sobre el hijo que enloqueció y estuvo viviendo en el bosque con un jaguar durante semanas.
Belonísia y yo éramos las de edad más próxima y, tal vez por eso, las que más regañábamos. Teníamos casi la misma edad. Enredábamos juntas en el patio de la casa, cogiendo flores y barro, seleccionando piedras de distintos tamaños para construir nuestro fogón, palos para hacer nuestra rejilla y nuestros utensilios de trabajo para arar nuestros campos de mentirijillas, para repetir los gestos que nuestros padres y nuestros antepasados nos habían legado. Reñíamos por los espacios, reñíamos a cuenta de qué plantar, a cuenta de qué guisar. Reñíamos por las zapatillas hechas con las hojas verdes y anchas que encontrábamos en el bosque que rodeaba nuestras casas. Montábamos garrotes de madera que transformábamos en nuestros caballos, recogíamos restos de leña para fabricar nuestros muebles. Cuando las riñas se convertían en peleas a gritos intervenía nuestra madre, impaciente, y nos metía en la casa, negándonos la libertad de salir mientras no nos comportáramos. Prometíamos que no discutiríamos más, hasta que salíamos al patio delantero o al de atrás y reanudábamos el juego, y poco después la gresca, a veces con arañazos y tirones de pelo.
Los primeros meses después de perder la lengua nos poseyó un sentimiento de unión cargado de aquel pasado de discusiones y peleas infantiles. Al principio se instaló una gran tristeza en nuestra casa. Vecinos y compadres venían a visitarnos, a desearnos una pronta mejoría. Mi madre se turnaba con las vecinas, que vigilaban a los hijos pequeños mientras ella cocinaba papillas, gachas de mandioca que ayudaban a la cicatrización, purés de ñame, batata o yuca. Nuestro padre se iba al campo con las primeras luces del día. Se marchaba con sus aperos después de pasarnos la mano por la cabeza con sus oraciones susurradas a los encantados.1 Cuando retomamos los juegos habíamos olvidado las discusiones; ahora una tendría que hablar por la otra. Una sería la voz de la otra. Debíamos perfeccionar la sensibilidad que marcaría nuestra convivencia a partir de entonces. Tener la capacidad de leer con más atención los ojos y los gestos de la hermana. Seríamos iguales. La que prestaría su voz tendría que repasar con la vista las señales del cuerpo de la que había enmudecido. La que había enmudecido tendría que poseer la capacidad de transmitir tanto con gestos amplios como con vibraciones mínimas las frases que quisiera comunicar.
Para que esta simbiosis se produjera y creara un efecto duradero, durante un tiempo y de manera natural las discusiones quedaron a un lado. Ocupábamos nuestro tiempo con los recelos del cuerpo de la otra. Al principio fue difícil, muy difícil. Era necesario que se repitieran palabras, que se levantasen objetos, que se señalaran las cosas que nos rodeaban, en un intento por comprender la idea deseada. Con el paso de los años ese gesto se transformó en extensión de nuestras palabras, hasta que casi nos convertimos la una en la otra, sin renunciar a nuestra esencia. A veces nos enfadábamos por algo, pero enseguida la necesidad de comunicar lo que una hermana necesitaba, la misma necesidad de comunicar a la otra hermana lo que necesitaba expresar, hacía que olvidáramos el motivo de nuestros agravios.
Así fue como me volví parte de Belonísia, del mismo modo que ella se volvió parte de mí. Así crecimos, aprendimos a trabajar los campos, observamos las plegarias de nuestros padres, cuidamos de nuestros hermanos pequeños. Así vimos los años pasar y nos sentimos casi como siamesas que compartieran el mismo órgano para producir los sonidos que manifestaban lo que necesitábamos ser.
1 Los encantados son las entidades o espíritus de antepasados indígenas a, los que se rinde culto en la práctica religiosa del jarê, que aparecerá más adelante. (Todas las notas son de la traductora).
DONANA VOLVIÓ CON LOS bajos de la falda mojados. Dijo que había ido a la orilla del río a dejar allí el mal. Por «mal» entendí el cuchillo con mango de marfil y, aunque quedaba ya lejos, sentí su brillo deslumbrar mis recuerdos. Debió de meterlo dentro del «paquete» que doña Tonha contaba que se había llevado. Se la veía abatida, pálida, con los párpados caídos e hinchados. Se acercó a nosotras para acariciarnos con la misma mano que había dejado caer sobre nuestras cabezas. Sentí sus manos sarmentosas recorriendo nuestras caras, y acto seguido se metió en el cuarto sin decir nada más. No salió de allí hasta el día siguiente.
Mi padre se dirigió al cuarto de los santos y encendió una vela. Mi madre nos llevó a su dormitorio y nos pidió que nos quedásemos tranquilas en su cama. Ató la cortina que separaba la puerta de la sala para poder observarnos desde donde estuviera. Parecía tener miedo de que preparásemos alguna otra trastada. Dijo que iba a lavar el hato de ropa empapada de sangre que había llevado en el viaje al hospital. Desde el cuarto oí que doña Tonha le pedía el fardo para lavarlo ella misma. Mi madre era una mujer alta —más alta que nuestro padre—, con un cuerpo recio y manos grandes. Trataba con un refinamiento admirado a quienes la rodeaban, lo que la hacía muy querida entre los vecinos. Sin embargo, aquel día parecía haber perdido su aura noble, tenía los hombros encorvados, manifestaba agotamiento.
Sentí que Belonísia estiraba la mano para agarrar con fuerza la mía. Como nos habían prohibido hablar, fuimos aprendiendo de forma instintiva que los gestos comunicarían lo que no podía decirse. Así nos quedamos dormidas aquel primer día.
Donana nunca se recuperó de lo sucedido. Apenas salía de la casa para ir al huerto o al patio. Solía sentarse en el filo de la cama, a ordenar y desbaratar el contenido de su vieja maleta de piel. Apartaba los objetos, las prendas de vestir, un frasco de perfume vacío, un espejito, un viejo cepillo para el pelo, un misal, papeles que parecían documentos. Se lamentaba de no tener ningún retrato de sus hijos. Ya no le incordiaba nuestra presencia, ni siquiera en aquel momento de intimidad, de ordenar y desbaratar sus pertenencias. Lo hacía para matar el tiempo. Llevaba mucho tiempo sin salir al campo, se limitaba a revolver entre lo que se cultivaba en el huerto. E incluso este último, uno de los pocos placeres que le quedaban hacia el final de su vida, lo fue descuidando. Había perdido el interés por las plantas que cuidaba, por los bebedizos de raíces que acostumbraba recetar a vecinos y a su propia familia. Mi madre asumió esas pocas tareas que Donana consideraba suyas. Intentó animar a su suegra, la llamaba desde el huerto para que viera lo vistosa que se había puesto tal planta, si el umbú había florecido, o si alguna plaga surgía en medio del caos de nuestro huerto. Mi abuela apenas si lanzaba una mirada sin interés, resoplaba y volvía al cuarto, a seguir sacando y guardando los objetos de su vieja maleta, como si esperase que en cualquier momento llegara una invitación a viajar de regreso a la hacienda donde había nacido, el único lugar que parecía interesarle en la vida.
En los meses siguientes, durante nuestra convalecencia, mientras una aprendía a expresar el deseo de la otra, y la otra se volvía legible en la expresión de sus deseos, solo una cosa apartó a Donana del mundo de sus recuerdos y del cotidiano ordenar y desbaratar de la maleta: un perro con una pata rota que Belonísia encontró en el camino que llevaba al campo. Meneaba la cola como hojas de palmera y avanzaba dando saltitos sobre tres patas, pues una de las delanteras tenía algún hueso partido, lo que provocaba que la balanceara en el aire mientras hacía un esfuerzo conmovedor por caminar. Algo en aquel animal quebró el mutismo de todos en los últimos meses, y veíamos a Donana llamar a cualquiera de la casa para relatar algún movimiento diferente del perro. Durante un tiempo se olvidó de la maleta y pasaba más rato en la ventana observando a Fusco —nombre que ella misma escogió—, la única compañía que parecía importarle.
Al poco, empezó a pedir que durmiéramos en su cuartito para no dejarla sola. Nosotras obedecíamos. Donana contaba historias que no tenían fin. Antes de acabarlas, se quedaba dormida. Yo sabía que aquellas historias no terminarían y a veces me dormía antes que ella. La oía levantarse de madrugada para abrir la puerta del patio trasero, todavía con el relente, y charlar con Fusco casi entre susurros. Aun así, me llegaba el sonido de su voz. En toda nuestra vida, Donana nunca nos pegó como aquel día en que profanamos lo que ella consideraba sagrado, violando su pasado, reavivando cosas que a buen seguro ella no quería recordar. No quería que nuestras manos inocentes tocaran el motivo de sus penas, y al mismo tiempo tampoco quería tener que deshacerse por completo de sus recuerdos, porque la mantenían viva. Daban sentido a los días que le quedaban, y al mismo tiempo demostraban que no había tenido compasión con las dificultades que le habían salido al paso.
Una mañana Donana despertó llamándome Carmelita, diciendo que iba a solucionarlo todo, que no me preocupara, que ya no tendría que viajar más. Por aquel entonces yo tenía doce años y Belonísia estaba a punto de cumplir once. Las mañanas siguientes, vi a Donana llamar Carmelita también a Belonísia. Mi hermana se reía de la confusión. Nos mirábamos y nos tomábamos a broma el desorden que se instauró en el discurso de Donana. En su cabeza, Fusco se había convertido en un jaguar, nos rogaba que tuviéramos cuidado con él. Nos animaba a recorrer los senderos en busca de mi padre, que, según le habían dicho, estaba durmiendo a los pies de un curbaril junto al jaguar manso en que se había transformado el perro. Sabíamos que nuestro padre estaba en el campo, faenando todos los días, y que mi abuela no hacía más que decir disparates. Aun así, mi madre nos pedía que la acompañáramos, que la vigiláramos para que no sufriera un accidente ni se perdiera en medio del bosque. «No dejéis que la abuela se adentre en los barrancos. Cuidado con las cobras. No os riáis de vuestra abuela». Nos poníamos a coger los frutos que ya estaban dulces, mientras nos metíamos en el mes de diciembre. Nos olvidábamos de Donana, a veces nos perdíamos, nos quedábamos calladas, y entonces llegaba una orden del corazón del bosque, llamando a Carmelita y a los niños para que buscaran a Zeca, y nosotras corríamos a su encuentro.
Cuando mi padre llegaba a casa y los nietos le decían que Zeca estaba allí, frente a ella, mi abuela replicaba que eso no era verdad, que de Zeca solo quería su sombrero, que se lo quedaría ella.
Una tarde de febrero, en medio del letargo que nos provocaba el calor, Donana salió sin que nos diéramos cuenta. Cuando mi madre, que estaba labrando una parcela de tierra cerca de la casa, entró a tomar un vaso de agua, se percató de que su suegra no estaba. Nos pidió que saliéramos a buscarla. Fui a por Belonísia para que me acompañara, pero no la encontré. Bajé por el camino que mi abuela solía tomar cuando buscaba a mi padre, acompañada de los «niños». Pasé junto a un moriche grande con el suelo sembrado de frutos. Antes de seguir buscando a Donana, que debía de estar donde siempre, reuní todos los que conseguí acarrear y me los metí en la falda del vestido, transformada en canasto. Eran unos frutos duros de color cobre; no parecían los mismos que se deshacían en una pulpa suculenta que engrasaba los cuerpos de las mujeres que iban a vender su pasta a la ciudad. La venta nos garantizaba poder comprar los artículos que necesitábamos cuando el campo no resistía a la seca o la crecida del río. Así llegué a la orilla del río Utinga, al claro que servía de paso permanente hacia la ciénaga por el camino de los campos, y descubrí a Donana bocabajo en la orilla como un animal, dentro del agua. Su pelo blanco parecía una esponja luminosa que reflejaba la luz del sol en el espejo que formaba. La reconocí por el vestido andrajoso que llevaba, un vestido tan viejo que tal vez fuera el mismo con el que mi abuela llegó con mi padre en un camión que los había recogido por el camino, poco antes de que yo naciera. Impresionada con aquella visión, acaso la primera de mi vida, dejé caer la fruta, que rodó hasta el lecho del río. Zarandeé a mi abuela —¿podrá despertarse?—, volteé su cuerpo pequeño y frágil, tiré sin conseguirlo, no tenía fuerzas para sacarla del agua.
Corrí a casa para pedir ayuda, sobrecogida por lo que acababa de ver. Encontré a Belonísia agachada a los pies del mismo moriche del que yo había recolectado frutos. Estaba reuniendo los que yo no había podido cargar camino del río cuando vio el pavor en mi rostro. Una de nosotras llevaría la noticia a casa.
NADIE DESHIZO LA MALETA que Donana se había dedicado a ordenar a diario durante los últimos meses de su vida. Conocíamos ya cada prenda de vestir, cada objeto, de tanto observarla sacar y meter todo de nuevo, en un ritual que se volvió permanente. Mi madre sugirió que regaláramos la maleta con su contenido a alguien que estuviera de paso con su familia, pidiendo trabajo y necesitado de ropa. Pero mi padre no tuvo valor de dar las cosas que habían sido de Donana, y mi madre no volvió a mencionar el asunto. Nadie hablaba tampoco del cuchillo de mango de marfil, ni sabíamos de su paradero, ni el porqué de tanto misterio en torno a su existencia. Cuando Donana murió yo seguía sin saber por qué la hoja estaba envuelta en aquella tela con manchas de sangre, ni por qué un objeto tan bonito, con un mango blanco nacarado, que mi padre, con la sabiduría de sus periplos, consideraba marfil, no se había vendido en vista de las estrecheces en que vivíamos.
Mi padre guardó luto mucho tiempo. Se suspendieron las festividades dedicadas a los encantados que presidía en nuestra casa. Siguió atendiendo a los que llegaban cargados de aflicciones, pidiendo aliento, una oración, un remedio de raíces para curar sus males. Zeca Sombrero Grande mantenía un luto estricto en sus gestos, pues no era habitual vestir de negro en la servidumbre de nuestras vidas; tenía los ojos empañados, hablaba muy poco en aquel periodo. Pero no dejó de salir al campo, como hacía siempre.
Varias semanas después del entierro, vi a mi madre palidecer en la puerta de la casa ante la visión que le deparaba el camino. Me acerqué al umbral y me puse a su lado. Belonísia y Domingas correteaban por el terreno con Fusco, el perro cojo, que había vuelto a ser un simple perro en nuestros juegos. Vi a mi madre pedir misericordia. Belonísia, Domingas y Fusco también se detuvieron para mirar hacia el camino, alertados por los berridos que se oían. Un hombre traía a una mujer amarrada con una cuerda, acompañados ambos por otra mujer. Todavía estaban lejos, pero se apreciaba el gran esfuerzo que hacían para avanzar por el camino de tierra. La mujer vociferaba las palabras más amenazadoras y desagradables que yo hubiera oído jamás.
«¿No es Crispiniana la que viene por ahí? ¿O es Crispina?», preguntó mi madre, refiriéndose a las gemelas, hijas de Saturnino, nuestros vecinos en Água Negra. Él iba delante de la hija amarrada con una soga, enloquecida, vociferando palabras que resonaban por cielo y tierra y que no conseguíamos entender. Una de las dos, o Crispina o Crispiniana, iba detrás, ayudando al padre en el lance, sujetando a su hermana, sin duda lastimándose con los golpes que asestaba el cuerpo salvaje de la trastornada ceñida en un lazo igual que un animal, con una vuelta y nudos en los brazos y otra vuelta inmovilizando los puños. Pies descalzos, pelo recogido en la coronilla, sin el pañuelo que solía usar.
Salustiana preguntó por Zezé; «Está con papá», respondió Domingas. «Entonces ve tú», dijo, «ve tú con Belonísia a llamar a tu padre. Dile que el compadre Saturnino acaba de llegar con sus hijas, que vienen por él». Vi a mis hermanas alejarse en dirección al campo mientras yo me arrimaba un poco más al cuerpo recio de mi madre. La chica sudaba como el relente de la madrugada. Desde donde estábamos veíamos los ojos rojos, la cara desencajada, la enorme cantidad de saliva que salía como espuma de su boca. Aquella escena me provocaba una mezcla de curiosidad y miedo. Con la familia cada vez más cerca, mi madre preguntó qué había sucedido, cuál de las dos muchachas era la que iba atada. El compadre parecía cansado, agotado de transportar a su hija desde el río Santo Antônio hasta el río Utinga, y contestó, quitándose el sombrero a modo de saludo:
—Es Crispina.
—Ah, ¿la habéis encontrado? —oí que preguntaba mi madre con voz temblorosa.
—Estaba en el cementerio de la ciudad, tumbada, escondida —respondió Saturnino a la vez que se adentraba en el terreno de nuestra casa.
El caso era que el padre y los hermanos, Crispiniana entre ellos, andaban buscando a Crispina desde hacía una semana. La familia se había instalado en la hacienda muchos años atrás. Saturnino, Damião y mi padre fueron los primeros en llegar para trabajar en Água Negra. Crispina y Crispiniana eran las únicas gemelas de la población y las primeras con las que recuerdo haber tenido contacto. Era todo un misterio observar a aquellas dos mujeres jóvenes, recién salidas de la adolescencia. El espejo no era objeto de uso común. Estaba el trozo de espejo de Donana, que podíamos admirar de vez en cuando mientras ella desbarataba y ordenaba su maleta en aquella rutina instaurada cuando se volvió senil. Pero el único espejo de verdad, accesible para nuestra contemplación, era el que creaba el agua de los ríos con su líquido oscuro y ferruginoso, donde nos veíamos negras en un azogue también negro, tal vez creado expresamente para que nos descubriéramos. Del espejo titilante del cuchillo de mango de marfil tampoco me olvidaba, pues al fin y al cabo en él había vislumbrado nuestras caras para, en un instante, ver cómo la hoja inflexible hacía caer una lengua junto con los sonidos que esta podía producir. Crispina y Crispiniana caminaban juntas, hombro con hombro, como un duplicado de la otra. Como un espejo con profundidad, anchura y altura, pero sin los bordes quebrados, como el de Donana, ni los márgenes de arena y vegetación que enmarcaban nuestra imagen en las aguas del río.
Según se acercaban a la puerta de nuestra casa, Crispina se tiró al suelo. Estaba sucia, apestaba a sudor, orines y flores muertas. Vi el horror instalarse en los ojos de mi madre. No era la primera vez ni la segunda ni la tercera que una persona desquiciada se presentaba en nuestra puerta. Y desde luego Crispina tampoco sería la última que ingresara en nuestra casa, como decían que se hacía en un hospital de la capital con quienes perdían la cabeza. No eran huéspedes, visitas ni invitados. Eran personas desconectadas de su yo, desconocidas para sus parientes y para sí mismas. Eran personas asediadas por espíritus malignos, conocidos pero también desconocidos para todos. Eran familias que depositaban sus esperanzas en los poderes de Zeca Sombrero Grande, sanador de jarê2 que vivía para devolver la salud de cuerpo y espíritu a quienes lo necesitaban. Habíamos convivido con esa faceta mágica de nuestro padre desde muy temprano. Él era un padre como los demás que conocíamos, solo que su paternidad se ampliaba a los afligidos, los enfermos, los necesitados de remedios que no existían en los hospitales y de la sabiduría que no dispensaban los médicos ausentes de aquella tierra. Yo me enorgullecía del respeto que inspiraba y a la vez sufría por tener que compartir mi casa con visitas nada discretas que proclamaban a gritos sus dolores, sus secretos, impregnándola con el olor de velas e inciensos, con los colores de los frascos de remedios de raíces, con personas buenas o mezquinas, humildes o impertinentes, que se instalaban durante semanas en nuestro modesto hogar. Mi madre era la que más sufría, porque tenía que quedarse en casa, atenta a los horarios de los medicamentos, acompañando a los parientes que también se acomodaban con el enfermo —era una condición para el «ingreso»—, con el fin de ayudar en los cuidados de los trastornados.
Se rompía el delicado orden de la vida, lo que se reflejaba en el desequilibrio de todos, incluidos nosotros, los niños, que teníamos miedo de las sombras de la vivienda iluminada por velas y candiles durante la noche. Evitábamos dormir solos y nos amontonábamos para protegernos de los sustos que nos llevábamos a veces de madrugada por culpa de un grito ronco o la sensación de un leve temblor de tierra, que achacábamos a las fuerzas en conflicto de los internados.
Vislumbrar a Crispina en el suelo, a nuestros pies, con los ojos de color fuego, el pelo rizado enredado de pétalos de flores y hojas secas —algunas conservaban un atisbo del color y el perfume que exhalaron en el culmen de su lozanía—, con la boca blanca borboteando saliva, y el olor nauseabundo que emanaba de su cuerpo junto al de su hermana Crispiniana, fue experimentar de nuevo la sensación de infortunio que nos abrumó el día que sacamos el cuchillo de la maleta y, deseosas de saborear la belleza de un brillo misterioso y prohibido, nos lo llevamos a la boca, completamente liberadas, como si fuera posible hacer tal cosa sin padecer los tabúes de las creencias de padres y vecinos, o incluso sin comprender la dominación que nos convertía en trabajadores cautivos de la hacienda. Fue como si el espejo de mi abuela, que seguía en su maleta debajo de la cama, cubierta por una gruesa capa de tierra, hubiera perdido otro fragmento, y desde aquella distancia solo pudiéramos ver una parte de nosotros mismos. Quizá a raíz de la conmoción, Crispina me agarró un pie con tal fuerza que me tiró al suelo sin que mi madre pudiera evitar la caída, y el llanto que brotó de mi cara contenía la impresión de aquella visión que remitía a algo muy reciente en nuestras vidas.
Saturnino, impaciente, propinó un sonoro bofetón en la cara de su hija, que no reaccionó, a la vez que Crispiniana, testigo del gesto, se llevaba la mano al rostro como si el golpe de su padre hubiera impactado en su propia mejilla.
Mientras lloraba, divisé a Belonísia y Domingas saliendo del sendero que conducía al campo. Mi padre no tardó en aparecer, acarreando su capazo y la azada. Zeca Sombrero Grande era diferente de nosotros, que no sabíamos bregar con sucesos de aquella índole. Él reaccionaba con mucho sentimiento a las dificultades más dispares que llamaban a nuestra puerta. De inmediato ordenó a Saturnino que desatara a su hija; él obedeció sin hacer preguntas ni recelar, como parecía que ocurriría minutos antes. Ayudó a la chica a ponerse de pie. Vi que de los labios gruesos y antiguos de mi padre salían las oraciones que nos remitían a la seguridad de la magia que le atribuían. Pidió a mi madre y a Crispiniana que se la llevaran y le dieran un baño, mientras Belonísia y Domingas se colocaban a mi vera. Se metió en el cuarto de los santos, extendió una estera de paja y puso al lado un taburete con el asiento de piel vieja.
Encendió una vela y la atención de todos los que estaban cerca se concentró en la luz; si permanecía encendida, Crispina, ahora trastornada, podría quedarse; si la llama no resistía la energía del ambiente y se apagaba era porque no había remedio.
2 El jarê es una práctica religiosa de raigambre indígena, católica y africana que se practica exclusivamente en la Chapada Diamantina, la región central del estado de Bahía, más o menos desde mediados del siglo xix. Aunque —al igual que el candomblé— sigue la estela de tradiciones y rituales yoruba y bantú, el jarê se relaciona sobre todo con la etnia nagó, a la que pertenecían los esclavos importados a la región. La finalidad principal del jarê es honrar a los antepasados y curar a los adeptos, de ahí que la autoridad máxima de este conjunto de creencias sea el curador (sanador).
PASARON VARIAS SEMANAS HASTA que Crispina se serenó, en parte. Antes de eso tuvimos que convivir con sus gritos y gemidos día y noche. De día, en cierto modo, se esperaba. De noche nos horripilaba y nos despertábamos aturdidos. Veía a mi padre, Zeca, salir de su cuarto e ir adonde se encontraba la internada, acompañado de mi madre. Lo oíamos todo desde donde estábamos, el minúsculo cuartito donde los hermanos dormíamos amontonados, pero las palabras llegaban hasta mí como un susurro que casi no lograba distinguir. Mi madre pasaba con el candil encendido por el cuarto para bendecir nuestro sueño. Esta rutina se repitió durante semanas.
Una mañana volvía yo de regar las plantas del huerto —Crispina ya reaccionaba bien a los rezos y las pócimas de raíces que mi padre le administraba— cuando oí a las dos hermanas hablando, en voz baja al principio; luego la conversación se transformó en una creciente exaltación de voces procedentes del cuarto donde estaban. Acababan de regresar de dar un paseo por el terreno de la casa, autorizado por el sanador. No lo oí todo, pero sus frases me martillearon la cabeza durante el resto del día: «No es verdad», «Sí que lo es», «Te pusiste mala, Crispina», «No estoy loca, Crispiniana», «No digas esas tonterías delante de nuestro padre», «Que tú estabas en el bosque con él», «Isidoro ni siquiera estaba por allí a esas horas», «Isidoro prometió vivir conmigo», «De promesa nada, bonita. Eso te lo estás inventando», «Dices eso porque eres tú la que lo quiere y estabas con él en el bosque», «Estás chiflada, por eso has acabado aquí».
Lo oí todo atenuando la respiración, pendiente de lo que decían, alerta también a la presencia de mi madre, que podía llegar en cualquier momento y sorprenderme escuchando la conversación. Bien sabía yo la regañina que me llevaría si me pillaban espiando a dos personas mayores. Entonces Crispina le gritó a su hermana que se fuera, que la dejara en paz, y de las rendijas de la cortina que separaba los cuartitos vi que se le ponían los ojos rojos como ascuas. Empezó a salivar de tal forma que se le formó una mucosidad lechosa en las comisuras de los labios. Eran gritos mezclados con un sonoro llanto. En aquel instante reinó el caos; las dos lloraban hasta que, en un momento dado, rodaron por el suelo, quitándose los pañuelos y tirándose del pelo.
Yo estaba sorprendida, pero Belonísia se colocó a mi lado riéndose de la escena. Mi madre, que estaba lavando cacharros con el agua que yo había ido a buscar al río poco antes, dejó las cacerolas en la rejilla y echó a correr hacia el cuarto. «Pero ¿qué está pasando aquí?», dijo mientras se acercaba para intentar separarlas. «Vosotras dos, venid», nos miró a Belonísia y a mí, «ayudadme». Agarramos a Crispiniana por los brazos. Tenía los ojos llenos de lágrimas y el pelo tieso de tantos tirones como se había llevado; mi madre agarró los dos brazos de Crispina, la trastornada, con los ojos vidriosos y repitiendo las acusaciones que le había lanzado poco antes a su hermana. Mi madre amenazó con llamar al compadre Saturnino para que se las llevara de allí, «y entonces ya no habrá nada que hacer, se acabó el tratamiento y no querré que vuelvas, Crispina». En brazos de mi madre, Crispina, soliviantada, se echó a llorar, apoyando la cabeza entre sus pechos. Salustiana Nicolau ordenó a Crispiniana que saliera con nosotras dos y que las dejáramos solas un rato.
Crispiniana se recompuso la ropa rasgada y salió al patio trasero. Lloró sin hacer ruido y, cuando sus ojos se cansaron de verter lágrimas, cogió los cacharros que mi madre había estado lavando para terminar la tarea. Belonísia y yo nos quedamos en la sala de estar, haciendo como que jugábamos en silencio, para escuchar lo que decía Crispina. Esta repitió lo que ya había dicho, que encontró a su novio y a su hermana tumbados en el campo de él. Que la embargó un sentimiento de amargura que nunca antes había experimentado. Que no sabía lo que hacía y le entró una cosa mala que la trastornó por completo. Cuando recuperó la conciencia estaba ya instalada en nuestra casa desde hacía semanas, y poco a poco fue recordando los días previos a su desaparición.
El resto de la historia lo conocíamos porque fue lo que el compadre Saturnino contó el día que llegaron, además de por las habladurías de las vecinas, compadres y comadres que se transmitían las novedades por los caminos que recorrían la finca. Después de que Crispina se volatilizara sin dejar rastro, padre, novio y hermanos la buscaron por los campos, en el bosque que bordeaba el río Santo Antônio, por los pantanos y ciénagas de los marimbus,3 sin éxito. El padre, atormentado por la inesperada desaparición, llegó a la ciudad a pie y pidió ayuda a la policía. Cada día llegaba una noticia nueva: que Crispina se dirigía a una población cerca de la hacienda, o que alguien la había visto subiéndose a un autobús en dirección a la capital, o que habían oído los chillidos de una loca de madrugada, como un animal. O incluso que habían visto a alguien robando fruta de un huerto, que el compadre Domingos había disparado a una persona creyendo que se trataba de un zorro; cuando Saturnino llegó medio atontado a la casa de su compadre, la historia se desmintió.
