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Tras una inesperada tragedia familiar, Elsa y Noah, su hijo adolescente con el que apenas se habla, se mudan de Madrid a Buffalo, en EE. UU., para empezar una nueva vida. Cris, la mejor amiga de Elsa, los acoge en su espectacular mansión y la contrata como profesora de Español en la elitista St. Andrew's School, de la que es directora. Elsa envidia la idílica vida de glamour y lujo de su amiga, hasta que descubre que oculta un secreto que podría acabar con su matrimonio, y que terminará arrasando con mucho más. Mientras, Noah vive un sueño hecho realidad. Tiene amigos, planes y enseguida conecta con Abbie, la hija de Cris. Lo único que enturbia esa felicidad es su madre, a quien no soporta y de la que recela constantemente. La envidia, el abandono, la pasión, los celos… se dan cita en esta absorbente novela en la que no podrás dejar de preguntarte: ¿Hasta dónde serías capaz de llegar para esconder tus errores?
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Seitenzahl: 425
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Contenido
Página de créditos
1. PRIMAVERA
2. VERANO
3. OTOÑO
4. INVIERNO
EPÍLOGO
AGRADECIMIENTOS
Página de créditos
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
Título original: Arde la noche
© 2025 Sandra Martínez-Raguso
Corrección: Rosa Sanmartín
Diseño de cubierta: Eva Olaya
1.ª edición: mayo 2025
Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo:
© 2025: Ediciones Versátil S. L.
Calle Muntaner, 423, piso 2
08021 Barcelona
www.ed-versatil.com
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia, sin autorización escrita de la editorial.
A Noah
«How much sorrow can I take? Blackbird on my shoulder. And what difference does it make. When this love is over?».
SUFJAN STEVENS, Mystery of love
«Porque sé que a este amor le pertenecen los días que me faltan por vivir, la realidad con su mirada inhóspita, el deseo que nace de los sueños».
L. GARCÍA MONTERO, Completamente viernes
Noah
Mi abuela murió sola.
Fue una mañana de un martes cualquiera y no consigo recordar lo último que le dije. Sé que me levanté con pocas ganas de ir a clase porque hacía mucho frío y estaba lloviendo. La abuela me preparó leche caliente con tostadas como todas las mañanas, pero me las tuve que tomar con mermelada de ciruelas porque a mi madre se le había olvidado comprar mantequilla. Recuerdo que me metí el móvil en el bolsillo antes de sentarme a la mesa, pues no le gustaba que lo usara mientras comía. Ella siempre quería que le contara cosas, aunque a mí casi nunca me apetecía hablar porque no se me ocurría nada que decir. Ahora, al mirar atrás, reconozco que había algo luminoso en aquellas conversaciones a solas. La abuela me miraba a mí —su único nieto— con sus ávidos ojos de lechuza y el mundo dejaba de girar, su inmutable presencia me escuchaba con cada fibra de su rostro, atenta a cada inflexión de mi voz. Tal vez nadie llegue a conocerme de esa manera, con sus hábiles preguntas de hechicera y el bálsamo de sus palabras calmando el escozor de mis dudas.
Aquella mañana no le salieron palabras. Estaba muy seria y parecía más cansada de lo habitual. Se sentó a mi lado en la mesa con la mirada perdida y las manos lánguidas apoyadas sobre el regazo. Me alegré de no tener que hablar con ella porque creo recordar que yo estaba de mal humor y me apetecía pensar en mis cosas, en el examen de Lengua que tenía a primera hora y en cómo esquivar a Gonzalo para que no me diera collejas en los pasillos del colegio. La abuela llevaba el pelo despeinado y las arrugas le trazaban surcos profundos en el rostro. No se había puesto su delantal de cuadros y tampoco olía a colonia de lavanda. Pero no fui capaz de ver las señales, ni de darles el sentido que tenían para haber podido rescatarla en ese mismo instante, cuando aún había tiempo. Cuando la vida todavía palpitaba dentro de su corazón de mimbre, escapándose en silencio por los huecos de su voz ausente.
La abuela se murió como había vivido. Cargando consigo misma, sin esperar nada de nadie.
Hubo una época en que llegué a sentirme ingrato y egoísta. Ahora solo me siento una víctima más del transcurrir del tiempo. Cuando desapareció, su recuerdo dolía tanto que hice todo lo posible por enterrarla en el pozo de la memoria, junto con la culpa y la nostalgia.
Era un día de abril. Bajé al portal y Sergio ya estaba esperándome con la cara enterrada en el móvil. Tardábamos media hora en llegar al colegio. A veces, cuando se nos hacía tarde, cogíamos el autobús, pero preferíamos ir andando. Me gustaba vivir en el barrio de la Estrella porque el Parque del Retiro era el epicentro de nuestra vida. Al salir de clase, íbamos allí a jugar al fútbol en el Centro Deportivo de la Chopera, y los sábados nos gustaba montar en bici y hacer competiciones. A Sergio le divertía tirarles trozos de su bocadillo de chóped con aceitunas a las carpas del estanque y verlas pelearse salvajemente por el fiambre. Eran capaces de comerse cualquier cosa y en el colegio se rumoreaba que su tamaño descomunal se debía a un escape radioactivo.
Mi madre y yo vivíamos con la abuela en su piso, que estaba decorado con los mismos muebles que compró el abuelo cuando se casaron. Nunca llegué a conocerlo porque se murió de un infarto antes de que yo naciera. Me contaron que era médico y que tenía muy mal carácter. Tal vez, por eso, mi madre siempre iba por la vida como asustada, temerosa de levantar la voz o de ocupar espacio. Quizás la presencia todopoderosa de la abuela contribuyó a infantilizarla aún más, hasta el punto de crecer sin necesidad de tomar ninguna decisión ni de arriesgarse. Todo le venía hecho desde arriba, donde su madre capitaneaba el barco sin esfuerzo aparente, suavizando obstáculos y girando el timón cuando avistaba un iceberg. Sin embargo, no pudo protegerla de mí ni de lo que supuso mi llegada al mundo cuando no se lo esperaba. Había un halo inquebrantable de misterio que rodeaba las circunstancias de mi nacimiento en el que no conseguía penetrar por más que exigiera respuestas. No sabía quién era mi padre, ni por qué su inexistencia se me clavaba en el estómago, solo sabía que me costaba amasar una identidad y darle forma al pasado sin saber siquiera su nombre. Cuando la abuela se fue, perdí toda esperanza de que alguien respondiera esas preguntas. Mi madre nunca quiso contarme nada sobre él.
Muchas veces estuve tentado de inventarme un padre y actuar como si formara parte de mi vida. Recoger pedacitos de todo aquello que imaginé a lo largo de la infancia, influenciado por las películas y los libros que poblaban de personajes masculinos mi imaginario adolescente. Estudiaba mi cara en el espejo y lo que no podía conectar con las facciones de mi madre, se lo atribuía a él, diseñando un collage de mandíbula cuadrada y ojos castaños que, en ocasiones, se asemejaba al Batman de Robert Pattinson, y otras al rostro de Oscar Isaac en Dune. Me gustaba fantasear con un padre fuerte, inmutable, que me ofrecía la seguridad que necesitaba para creer en mí mismo y avanzar hacia delante.
Desde que murió la abuela, la soledad se volvió tan palpable que tenía olor y sabor. Imaginar a mi padre era un conjuro contra el vacío que iba formando espacios huecos en mi interior. Agujeros negros. Su mirada de hombre se erguía por encima de mí, hasta el punto de que ser su hijo se convirtió en el mayor desafío. Cuanto más alto era él, más alto tenía que subir yo para alcanzarlo.
Esa mañana, Sergio y yo llegamos al colegio pronto, por lo que aprovechamos para ver vídeos en TikTok hasta que empezaron las clases. Creo que fue a segunda hora, justo después de terminar el examen de Lengua, cuando entró la secretaria y me dijo que mi madre había venido a buscarme. Sergio me miró alarmado mientras yo recogía mis cosas y las metía en la mochila. Al atravesar el largo pasillo, intenté adivinar qué podía haber pasado, pero no se me ocurrió nada que tuviera sentido.
Cuando llegué a la entrada, me encontré con la fragilidad de mi madre. Levantó su mirada enrojecida y la posó en mis ojos.
—Noah, hijo… Es la abuela. —Las lágrimas se le escapaban sin control. Avergonzada, se limpió con el clínex que tenía en la mano y le dedicó una sonrisa rápida a la secretaria como única despedida, al mismo tiempo que me hacía un gesto para que saliéramos del colegio en busca de algo de intimidad.
La seguí hasta la calle y me paré en seco.
—¿Qué le pasa a la abuela?
Recuerdo el enorme esfuerzo que hacía por estar tranquilo y mantener la calma. Seguramente se había caído o le había vuelto a dar un ataque de los suyos. Era epiléptica, y aunque se medicaba para mantener la enfermedad bajo control, a veces tenía algún episodio.
—Cuando me levanté esta mañana, no estaba en la cocina, así que la busqué por la casa. La encontré tumbada en su cama. Me pareció muy raro y me acerqué a ella… —Se tapó la cara con las manos—. Entonces vi que no respiraba.
Se me escapó el corazón por la garganta. Noté la boca seca y las lágrimas amenazando con nublarme la vista.
—¿Qué dices? ¿Cómo que no respiraba? ¿Qué han dicho los médicos? —grité, dejando caer la mochila en el suelo.
Mi madre no se atrevía a mirarme. Temblaba como un cachorro mojado a la intemperie. Al ver pasar un taxi a nuestro lado, lo paró y me pidió que subiera con ella.
—Vámonos a casa.
Elsa
Cuando mi madre murió, me quedé sola.
Nunca me había planteado la posibilidad de perderla. Su presencia era sólida como una noche sin luna. El mundo cambió de forma y color cuando tuve que enfrentarme a la soledad por primera vez. Mi hijo Noah era apenas un adolescente por aquel entonces y había muchas decisiones que tomar. Mi mente giraba sobre un gozne de cristal vislumbrando un futuro incierto, incapaz de convertirme en el ancla de mi propia vida. Reconozco que aquel plan descabellado de Cristina, mi amiga de la infancia, fue lo que me salvó, aunque las consecuencias de todo aquello aún me persiguen como cicatrices tatuadas en la espalda.
Los médicos dijeron que mi madre había sufrido un ictus. Noah me contó que desayunó con ella por la mañana como siempre, sin notar nada raro, aunque estaba más callada de lo habitual y parecía cansada. Debió de encontrarse mal y decidió acostarse un rato. Nunca volvió a despertar.
En esa época, yo no tenía trabajo. El plan era presentarme a una oposición. Durante varios años fui profesora de inglés en un colegio privado pequeño, pero, con el tiempo, fueron perdiendo alumnos y al final me echaron. Desde entonces, daba clases particulares de preparación para los exámenes de Cambridge. Tenía un horario errático y me acostaba muy tarde porque me gustaba estudiar por las noches. Era algo a lo que me acostumbré de pequeña para no tener que oír los gritos de mi padre mientras intentaba concentrarme. Solía ver la tele en mi cuarto o escuchar música a todo volumen con los auriculares hasta que él se acostaba. Otras veces, me iba a dormir en cuanto llegaba a casa después del colegio para no cruzármelo y me ponía una alarma a medianoche con el fin de estudiar tranquila.
Mi madre se encargaba de todo. Cuando nació Noah, la responsabilidad de cuidar de él me desbordaba. Me atrevo a confesar que en esa época nunca lo sentí mío, sino ajeno. Ella siempre sabía qué hacer y cómo hacerlo bien. Fue fácil deslizarme en una burbuja de ignorancia que me protegía de ser consciente de mi ineptitud como madre. Recuerdo que cuando Noah empezó a hablar, solía llamarla mamá, y tuvimos que explicarle que su verdadera madre era yo, como si las palabras pudieran transformar la esencia de lo que invocan. Lo cierto es que su abuela fue mi madre y la suya. Cómo competir con ella, cómo ser digna de una identidad que no nace, sino que se alcanza. Yo no me convertí en madre de Noah por el hecho de albergarlo en las entrañas, solo fui un instrumento, el recipiente que posibilitó su existencia.
La desaparición de mi madre se hacía eco en las paredes de casa. Nunca estuvo tan presente como en su ausencia. Me sentí torpe, amputada, infantil. Noah clavaba en mí sus ojos tristes, llenos de desconfianza y anhelantes de respuestas que no podía darle. Yo seguía avanzando a ciegas sin encontrar la salida, como una rata de laboratorio atrapada en un laberinto repleto de obstáculos. Hubo papeles, abogados, gente desconocida que apoyaba mi cabeza en su hombro, facturas, testamento, sepelio, coronas de crisantemos, claveles y gladiolos. Hubo funeral, curas e iglesia. Lágrimas y despedidas en el cementerio de la Almudena. Y antes, hubo incineración y urna. Un día, cuando todo se había acabado, me encontré completamente sola en el salón de la casa de mis padres con un extraño como hijo.
Justo entonces recibí la llamada de Cristina.
Las dos estudiamos juntas en el colegio de Nuestra Señora del Pilar, en el barrio de Salamanca. Los recuerdos de aquella época son borrosos, como lo ha sido siempre mi vida. Cris, con su pelo rubio y sus ojos verdes, parloteando sin cesar a mi alrededor, disfrutando de tener una amiga silenciosa y dócil, la perfecta compañera de juegos que nunca le robaba ese protagonismo que le pertenecía por derecho propio. Cuánto me habría gustado cambiarme por ella, mudarme a esa habitación fabulosa, con un balcón donde sentarme a leer respirando el olor a hierba recién cortada del jardín, para luego sumergirme en la piscina, refrescante como un polo de fresa, y sentir en la piel ese cosquilleo placentero de los días de verano. Cris me regalaba espacios de su vida perfecta, ayudándome a huir de la presencia asfixiante de mi padre. Sus progenitores, más ausentes que distantes, entraban y salían sin apenas hacer ruido, dejando una estela de perfume caro a su paso.
El chalet rebosaba vida. Tenían dos perros, un gato y tres canarios. La cocinera siempre se quejaba de Sultán, un San Bernardo perezoso que gustaba de merodear por la cocina a mediodía, esperando la oportunidad perfecta para robarle hábilmente los filetes de solomillo que iba a servir para comer. A mí solía darme caramelos de limón y pellizcarme las mejillas sin hacerme daño. ¡Cuánto daría por recuperar esa infancia que no era mía, pero que disfruté sin apenas darme cuenta! El tiempo avanza inexorable, diluyendo el presente en una masa informe de memoria adulterada.
—Elsa, cariño, ¡cuánto lo siento! —exclamó Cris con tristeza—. Quería haberte llamado la semana pasada cuando escuché tu audio, pero viajamos a Nueva York y prefería esperar a estar de vuelta en casa y poder hablar más tranquilas. Tu madre era maravillosa. No me puedo creer que se haya ido.
Cris llevaba más de veinte años viviendo en EE. UU. Fue allí a estudiar un máster después de terminar la carrera y conoció a Bruce, su marido. Antes venían siempre de visita a Madrid con sus hijos y solíamos vernos al menos dos veces al año. Pero cuando los niños se hicieron mayores, Cris empezó a venir sola y se quedaba poco tiempo en España. Me habría gustado ir a verla alguna vez a su casa en Buffalo, una pequeña ciudad cerca de Nueva York, pero nunca me decidí. Mi madre se ofreció varias veces a comprarme el billete, ya que nunca escatimaba en gastos cuando se trataba de mí o de Noah, pero yo lo consideraba innecesario.
Recuerdo la boda de Cris en la majestuosa Basílica de la Concepción, cerca de nuestro colegio. Todos le dijimos que no la celebrara a finales de mayo por la amenaza de lluvia, pero ella nunca escuchaba consejos de nadie, y acabó siendo un día glorioso, como si la atmósfera hubiera cedido ante sus deseos, regalándole un cielo despejado y los rayos de un sol espléndido que acariciaba la piel expuesta de las mujeres, ataviadas con pamelas de ala ancha y vestidos veraniegos carísimos. Bruce se empeñó en exportar algunas de sus costumbres norteamericanas y tuvieron una wedding party, compuesta por cuatro bridemaids y sus correspondientes groomsmen. Cris me eligió como su dama de honor, pero tuve que pedirle que le cediera el puesto a su prima, ya que implicaba la obligación de dar un discurso a la hora del brindis. Siempre me ha horrorizado hablar en público y sentirme el centro de las miradas, por lo que mi amiga me permitió adoptar un papel secundario junto al resto de las damas de honor, todas con el mismo vestido color violeta y los ramos salpicados de orquídeas.
—Ojalá estuvieras aquí. Me siento muy perdida sin mi madre. Sigo sin tener un trabajo estable y me cuesta mucho motivarme para sacar la oposición. No sé lo que voy a hacer —le contesté, intentando reprimir el llanto.
—¿Cómo está Noah? Con lo mucho que quería a su abuela lo debe de estar pasando fatal. —Su voz reflejaba preocupación. Me di cuenta de que ni siquiera se me había ocurrido preguntarle a mi hijo cómo se encontraba. ¿Qué clase de madre se olvida de algo así?
—Noah sigue con sus clases y sus amigos. No hemos hablado mucho estos días. Es bastante reservado, ya sabes.
Cris se quedó callada, como hacía siempre que estaba pensativa.
—Se me acaba de ocurrir una idea que sería perfecta para ayudaros. Pero necesito algo de tiempo para consultarlo. Te llamo en un par de días, ¿ok?
Me sentí algo inquieta porque sus planes me resultaban demasiado audaces y tenía el presentimiento de que no me iba a dejar quedarme dentro de un espacio hecho a mi medida en el que sentirme cómoda, sin movimientos bruscos ni decisiones drásticas. Cuando se le metía algo en la cabeza era como un huracán que arrasaba con lo que se le pusiera por delante, incluida yo y mi resistencia a los cambios. De pequeñas, ella adoraba todo aquello que supusiera un desafío, deseosa por conquistar un terreno más y acumular otro triunfo en su larga lista de éxitos. Se apuntó a teatro, a ballet, a judo. Fue capitana del equipo femenino de baloncesto del colegio. Participó en intercambios en Irlanda, Gales y Escocia, y se convirtió en portavoz del grupo de alumnos que los promocionaba. Su rostro sonriente aparecía en la portada del dosier informativo que recibían los padres interesados en matricular a sus hijos en nuestro colegio.
A mí me bastaba con vivir a su sombra, escondida detrás de sus largas piernas y su mochila azul de Pepe Jeans. La vida me resultaba sencilla y segura dejándome conducir por ella a través de EGB, BUP, COU, la selectividad, los botellones en los parques, los DNI prestados para entrar en Pachá, las fiestas en su casa de la sierra y los primeros besos en el portal con adolescentes húmedos e imberbes. La tiranía del cuerpo femenino, los espejos, el maquillaje, los sujetadores con relleno y los tampones. Todo lo experimentaba ella primero, heroína sin escudo, con ese apetito por la vida que la caracterizaba. Y luego, me convencía para seguir sus pasos, sonriendo divertida ante mis excusas, mi reticencia a cambiar y mi resistencia a crecer. Cris suavizaba el suelo empedrado bajo mis pies para que yo no tropezara.
Por eso, cuando ella se fue, volví a habitar el vientre cóncavo de mi madre.
Noah
Durante los últimos meses en Madrid, estuvimos viviendo los dos solos en esa casa que se expandía a medida que pasaban los días. Mi madre hablaba lo mínimo, limitándose a decir si sí o si no, al tiempo que hurgaba en los papeles de la abuela, organizando su funeral y abrazando a extraños. Solía desaparecer a ratos en la cocina para preparar recetas fáciles que encontraba en internet. Pasta con verduras y setas. Hamburguesas de pavo con queso parmesano y perejil.Pero no importaba lo que hiciera o lo mucho que se esforzara, porque yo no la reconocía en su papel de madre postiza. Tenía aspecto de impostora. Y a mí me daba por pensar que todo habría sido más fácil si hubiera muerto ella en lugar de la abuela. Entonces, el rencor me abrasaba la boca, dejándome en los labios un regusto amargo.
Todo eso fue antes de la llamada de mi madrina, la mujer que siempre olía a vainilla y me hacía regalos caros. Entraba por la puerta y lo llenaba todo de luz, con sus mechas rubias, sus vestidos cortos y sus uñas brillantes. Me gustaba oír el sonido de los zapatos de tacón que perforaban el viejo parqué del pasillo y el tintineo metálico de las pulseras doradas cuando se apartaba un mechón de pelo del rostro. Cristina me daba abrazos largos y yo me dejaba. No me importaba que me sentara en su regazo ni que me removiera el pelo. Me gustaba su voz y las palabras con las que me llamaba. Darling. Sweetheart. Honey. Mi madre y ella hablaban en inglés cuando no querían que la abuela las entendiera y yo las miraba embelesado como si fueran dos criaturas élficas comunicándose en un idioma desconocido para la raza humana.
Cris tenía dos hijos. Colt, el mayor, que me sacaba seis años, y Abbie, que nació exactamente cuatro meses antes que yo. En aquella época, apenas nos veíamos, solo un par de veces al año. Recuerdo sentirme raro cuando me decían que jugara con Abbie, una niña cursi y delgaducha que cogía todos mis juguetes sin permiso. Le encantaban los juegos de mesa, pero siempre tenía que ganar. Si perdía, se iba al salón lloriqueando y entonces a mí me obligaban a disculparme con ella. Por eso me aburría tanto cuando venía a casa. Colt me parecía mucho más interesante, con esas gafas de Harry Potter y su personalidad enigmática. Le gustaba hablar con los mayores, sobre todo con mi madre, y ya desde muy pequeño mostraba un entendimiento del mundo muy por encima de lo que correspondía a su edad. Leía todo lo que caía en sus manos y me contaba historias fascinantes acerca de los dioses de la mitología griega. Yo estaba convencido de que era todo fruto de su imaginación, hasta que descubrí que había sido fiel a la verdad, sin añadir nada de su propia cosecha. Los griegos tenían una habilidad portentosa para inventarse dramas que superan con creces los argumentos de las telenovelas que le gustaban a mi abuela.
Me cuesta mucho recordar cómo me sentí durante esos meses viviendo a solas con mi madre. La casa de la abuela, nuestra casa, ya no era mía. Era un espacio mutilado, doliente. Las esquinas se desangraban y el silencio se volvió estentóreo. Me despertaba por la mañana y se me iban clavando espinas en la piel a medida que intentaba cumplir con mis rutinas. Desayunar, lavarme los dientes, vestirme, ir al colegio. La cocina se convirtió en un lugar prohibido. La presencia de mi abuela allí era cavernosa e inmutable a medida que pasaban los días. Cada fibra de su cuerpo estaba adherida a las paredes y el olor de sus guisos hacía el aire irrespirable. Era una cocina fantasma, embrujada, poseída. Era un perro fiel que solo deja pasar a su dueño. Era un ser monstruoso, un híbrido de ladrillo y carne humana palpitando tras los azulejos.
Intuyo que no me apetecía pensar. No se me ocurrió darle vueltas al futuro, ni aceptar mi nueva realidad. Me bastaba con pasar desapercibido en casa y en el colegio, camuflar mi presencia hasta hacerme casi invisible. Sergio sabía que la muerte de la abuela lo había cambiado todo, pero me conocía tan bien, que no me preguntaba nada al respecto. Solo hablaba sin parar y me enseñaba vídeos divertidos en el móvil para distraerme. Me entristece haber perdido el contacto con él porque en aquella época, su amistad fue lo único que me mantuvo a flote. Podía refugiarme en Sergio e imaginar que yo era el mismo de antes, ese adolescente despreocupado con un hogar seguro en el que guarecerse.
Elsa
A veces sueño con Noah.
Lo veo como cuando era un niño pequeño, corriendo por el Retiro con su pelo castaño desafiando al sol y las mejillas coloradas por el entusiasmo. No me sorprende revivir aquellos recuerdos mientras duermo. Por aquel entonces, nunca se me ocurrió dudar del amor de mi hijo, plantearme que llegaría un día en que tuviera que esforzarme para merecerlo, sino que para mí era lo natural. A las madres se las quiere. Y Noah era tan generoso en sus abrazos y sus besos, que desbordaba todas las carencias afectivas que yo arrastraba desde la infancia. Ahora reconozco lo ingenua que fui en esa época en la que albergaba la dulce certeza de que, cuando mi hijo creciera, todo seguiría igual entre nosotros.
Cris había prometido que volvería a llamar un par de días después de anunciar que tenía un plan para ayudarnos, por lo que esperé impaciente, a pesar de que no contemplaba la posibilidad de que me fuera a gustar su idea. En esos momentos no tenía nada más a lo que aferrarme. Poco a poco, la vorágine que supuso la muerte de mi madre, se fue calmando y dio lugar a un silencio inmóvil que resultaba insoportable. Noah y yo nos cruzábamos por la casa como dos extraños. Reconozco que él sintió mucho la pérdida de su abuela. Se negaba a entrar en la cocina, así que comíamos en la mesa del salón, demasiado grande y con forma rectangular, lo cual hacía aún más palpable la distancia que nos separaba. Poco a poco, empezó a sacar el móvil con disimulo mientras comía, algo que mi madre le tuvo siempre prohibido, pero que yo no quise impedir. Lo cierto era que resultaba más fácil así, sin tener que forzarnos a entablar una conversación. Ahora pienso que me habría gustado contarle cómo me sentía en aquellos momentos y encontrar consuelo en él. Podríamos haber hablado con nostalgia de ella y reírnos recordando anécdotas divertidas del pasado. No supe hacerlo mejor y Noah nunca me buscó ni se refugió en mí. En esos días, me miraba en silencio con sus ojos melancólicos, sin valorar ninguno de mis esfuerzos por mantener intacta su rutina. Él perdió a su abuela, pero yo me quedé sin madre.
La llamada de Cris fue un viernes por la tarde. Lo recuerdo porque Noah tenía partido de fútbol con sus amigos después de clase y yo estaba sola en casa.
—¡Elsa! ¡Por fin puedo contarte lo que he estado planeando! No tienes que preocuparte más. Ya lo he valorado todo, me he informado bien y tengo la solución perfecta para ti —anunció con alborozo en cuanto escuchó mi voz.
Me sentí avasallada por su energía y optimismo. Me daba miedo decepcionarla con mi actitud recelosa, por lo que intenté sonar agradecida, incluso aliviada, pese a que el corazón se me aceleró anticipando su plan y mi consecuente negativa a ponerlo en práctica.
—¿Qué se te ha ocurrido?
—¡Te vienes a trabajar conmigo en St. Andrew’s School! Los abogados del colegio pueden conseguirte un visado. Necesitamos contratar a un nuevo profesor para dar clases de español a los alumnos de bachillerato y tú eres la candidata perfecta. Noah no tendrá problemas en adaptarse al colegio porque irá a la misma clase que Abbie y ella lo ayudará a integrarse. Además, tenemos equipo de fútbol y competimos a nivel nacional, así que podrá seguir jugando. Me gustaría que os quedarais en mi casa, hay sitio de sobra y nos hace mucha ilusión. Las clases empiezan a primeros de septiembre, por lo que debemos tener listo el papeleo cuanto antes. Te he mandado une-mail con la información que necesitan los abogados para gestionar los visados y el contrato de trabajo. Ábrelo ahora y le echamos un vistazo juntas, por si tienes preguntas.
Me quedé en silencio intentando procesar la información. Cris había planeado hasta el último detalle. Jamás se me pasó por la cabeza la idea de mudarnos a EE. UU. Era una locura. Sentí que la angustia me exprimía el estómago una vez más.
—Elsa, ¿me oyes? ¿Puedes abrir el e-mail que te he mandado? —Su voz sonaba impaciente.
Hice lo que me pedía y me encontré con un montón de formularios en inglés. Además, necesitaban que escaneara mi partida de nacimiento, pasaporte, títulos universitarios y currículum. Para la matrícula de Noah, pedían su expediente escolar. Todo debía estar traducido oficialmente. Las letras danzaban frente a mis ojos formando palabras sin sentido. Me vi completamente abrumada, incapaz de asimilar tantos datos ni de tomar una decisión. Cris daba por sentado que nos mudaríamos a Buffalo con ella y que yo me convertiría en la nueva profesora de español del colegio privado que dirigía. St. Andrew’s School gozaba de un gran prestigio en la zona de Western New York. Se trataba de una escuela de élite con una oferta educativa incomparable y acceso asegurado a las mejores universidades norteamericanas. La matrícula era gratuita para los hijos del profesorado, lo cual le permitiría a Noah estudiar allí a pesar de nuestra precaria situación económica. Era una oportunidad única.
—Cris, muchas gracias, de verdad, no sé qué decir… Es un plan increíble. Pero tengo… tengo que consultarlo con Noah y preguntarle si estaría dispuesto a mudarse a EE. UU., porque sería un cambio enorme para él y tendría que dejar a sus amigos, el equipo de fútbol…
—No seas tonta, no tienes que consultarle nada. Es un crío, y los niños no saben qué es lo mejor para su futuro. Te prometo que nunca te vas a arrepentir de dar este paso. St. Andrew’s le va a abrir las puertas a mil posibilidades que nunca tendría si os quedarais en Madrid. Además, ¿cómo vas a seguir pagándole el colegio ahora que tu madre no está y sin un trabajo bien remunerado? Es una situación insostenible, Elsa, y lo sabes. Te estoy dando la oportunidad de empezar una nueva vida.
Recuerdo que cuando colgué el teléfono, me quedé sentada en el sofá en silencio, imaginando nuestro futuro en Madrid, en ese piso viejo y taciturno que se había quedado sin dueña, como una mascota abandonada. Me vi a mí misma sin trabajo fijo, sin ilusión por estudiar la oposición a la que nunca había llegado a presentarme, en un estado vegetativo que me podía permitir cuando mi madre se encargaba de todo, pero que ya no resultaba viable. El dinero que nos había dejado no duraría siempre. El colegio privado al que iba Noah costaba un dineral porque lo había elegido mi madre, que era quien lo pagaba. Ahora estaba muy por encima de mis posibilidades. La vida que vivíamos había dejado de pertenecernos. Quizás la única solución fuera volver a empezar. Darle la mano a Cris y dejarme llevar, una vez más, por su iniciativa.
Cuando decidí empezar a rellenar los formularios que me había mandado, me aterró la idea de anunciarle a Noah que nos marchábamos de España. ¿Y si se negaba a venir? Lo mejor sería no planteárselo como una opción, sino como algo inevitable. Nos íbamos porque no podíamos hacer otra cosa. Y él debía sentirse agradecido por ser rescatado.
Noah
Supe que sería un largo adiós.
No nos dejábamos nada en Madrid, salvo el olor a verano que empezaba a colarse a través de las ventanas. Tenía la maleta llena de cosas sin nombre que no quise reconocer. Allí se quedó todo lo que fui y quise ser, enquistado en el gotelé de las paredes de mi cuarto junto a las figuras bélicas sangrantes y malheridas que disputaban duelos en las imaginarias batallas de sus relieves.
Al salir por la puerta, los dedos espectrales de mi abuela se estiraron de forma grotesca intentando arrastrarme con ella a las profundidades. Oí sus alaridos al verme marchar y su dolor se metió bajo mi piel como un tatuaje indeleble con la forma de sus manos.
No quise pensar ni desear ni odiar.
No quise despedirme.
Sergio vino por la mañana y me regaló un balón de reglamento que no cabía en mi equipaje. Lo abracé y vi que en sus ojos brillaban las lágrimas, pero yo no quería llorar ni desnudar mis sentimientos. Bromeamos sobre lo mal que deben jugar al fútbol los norteamericanos y celebramos de antemano los golazos que les iba a meter. Antes de despedirse, prometió venir a verme con la excusa de practicar inglés.
El avión despegó y mis entrañas se quedaron esparcidas por el suelo de Madrid. Una herida profunda me rasgó el pecho y extirpó lo que quedaba de una infancia demasiado lejana. Y entonces lloré, escondiendo la angustia en el cristal de la ventanilla del avión. En el asiento de al lado, mi madre, elegante y silenciosa, leía una novela de Elísabet Benavent. No había mostrado ni el menor ápice de inquietud hasta entonces. Su presencia tranquila y confiada me desconcertó. La abuela siempre decía que adoraba a Cris, que había algo infantil en su manera de admirarla a ciegas. Deduje que estaba calmada porque volvía a entrar en la órbita de su mejor amiga, ansiando impregnarse con su luz como un mosquito que golpea el cristal de una bombilla. Me pregunté si mudarnos a EE. UU. era la única manera que tenía de librarse de la responsabilidad de cuidar de mí, de mis dieciséis años de entonces. Al fin y al cabo, Cris sería la que se encargaría de todo, ya que íbamos a vivir en un país que nos era ajeno, en su casa y según sus costumbres. Intenté calmar el escozor de mi resentimiento pensando en el nuevo colegio, St. Andrew’s. Había estudiado con detenimiento su página web y las reseñas publicadas por antiguos alumnos. Recuerdo el cosquilleo nervioso en el estómago, la exaltación y el optimismo que me acompañaban en ese momento ante el desafío al que me enfrentaba. Sergio había reconocido que él estaría aterrorizado de ir a un colegio como el St. Andrew’s, todo en inglés y encima lleno de pijos mucho más pijos que los del nuestro. Sonrío al evocar los estereotipos de entonces, cuando imaginábamos a mis futuros compañeros como adolescentes devora-hamburguesas de pelo rubio y ojos azules.
Ahora, muchos años después, cuando viajo a Madrid, me reconozco en cada olor, en las esquinas de los barrios y en las paredes del metro. Soy como un puzle hecho de fragmentos de tiempo que se van quedando atrás a medida que yo avanzo a tientas. En mi ciudad se asientan los pedazos de vida que revolotean en mi interior y me invade un sentido de pertenencia, de identidad, de hogar. Mi exilio en EE. UU. es un exilio voluntario, lleno de oportunidades y de sueños, pero mi tierra ha ido echando raíces en los confines de mi mente, convirtiéndose en una versión propia de Madrid, de España, de mí mismo, que no se parece a la España de la que hablan otros, ni a la que veo con ojos de turista insaciable. Es una experiencia telúrica, desgarrada, hecha de piel y sombras, que solo conoce aquel que se aleja de sus orígenes.
Elsa
Me sorprendió la docilidad de Noah, que no reaccionara ante la noticia de nuestra inminente mudanza a EE. UU. Se quedó sentado en la silla del comedor, mirándome fijamente con ojos de lluvia, mientras su cerebro intentaba asimilar la información. Yo hablaba muy deprisa, como siempre que me pongo nerviosa, sonriendo mucho y estirando el mantel de la mesa con las manos. Sentía terror a una negativa acompañada de una conducta adolescente desafiante. Me veía incapaz de enfrentarme a mi hijo y de obligarlo a acatar mi decisión. Le expliqué nuestros problemas económicos, exagerando, probablemente, la situación. Sé que le dije que tendría que renunciar a su colegio, a su equipo de fútbol e, incluso, al campamento de verano en Irlanda con su amigo Sergio. La realidad que le describí resultaba desoladora y tenía la esperanza de que un futuro incierto en EE. UU. resultara más atractivo para él que una nueva versión de su propia vida extirpada de todo aquello que lo hacía feliz.
Cuando se decidió a hablar por fin, no me dio una respuesta inmediata, sino que se limitó a hacerme preguntas sobre su nuevo colegio. Lo vi sacar el móvil para buscar la página web del St. Andrew’s con sus fotografías de alumnos sonrientes. La estudió en silencio, sin tocar la comida que había en la mesa y en la que me había esmerado más de lo habitual con el fin de tenerlo contento y predisponerlo a apoyar mi decisión. Yo jugaba con las miguitas del mantel, estiraba las arrugas e intentaba comerme mi ansiedad, incapaz de probar un solo bocado. Los formularios me reclamaban desde la otra esquina de la mesa del comedor, recordándome el poco tiempo con el que contábamos para organizarlo todo. Al cabo de unos minutos, que se me hicieron insoportables, Noah dejó el móvil en la mesa, cogió el tenedor y empezó a masticar sin ganas. Le di un sorbo a la copa de vino, tragándome los nervios, consciente de que necesitaba darle espacio para hablar cuando estuviera preparado.
—¿Cuándo nos vamos? ¿Tienes ya los billetes?
Sus palabras fueron como una dosis de morfina inyectada en vena. Cada músculo de mi cuerpo se relajó instantáneamente, trazando una sonrisa apacible en mi rostro.
—Hay que hacer mucho papeleo primero. Las clases empiezan a primeros de septiembre, así que el plan es que termines el curso y nos mudemos a Buffalo en julio. Creo que no tendremos problemas para vender el piso. He hablado con un agente inmobiliario esta mañana y me ha dicho que nos lo quitarán de las manos debido a la zona y al buen precio. Está tan viejo que no merece la pena pedir demasiado por él. Mejor venderlo cuanto antes.
Noah soltó el tenedor y tragó con dificultad. Bajó la mirada y la clavó en su plato.
—¿Por qué tienes que vender el piso de la abuela? Ella quería que fuera para mí.
Carraspeé nerviosa y frustrada. Los adolescentes son incapaces de entender que el sentimentalismo no tiene cabida cuando se trata de problemas económicos. No podíamos mudarnos a EE. UU. sin dinero. Al final, necesitaríamos comprar nuestra propia casa e independizarnos de Cris. Además, durante la mudanza incurriríamos en muchos gastos. La venta del piso era ineludible.
—Sí, cariño, pero la abuela no podía adivinar lo que iba a pasar. Ella no contaba con que fuéramos a marcharnos de aquí. Se me ocurre que podríamos alquilar un trastero y guardar algunos de sus muebles o las cosas que quieras conservar.
Miró a su alrededor con labios temblorosos, haciendo un gran esfuerzo por no llorar. Me hizo sentir como una arpía cruel y despiadada. Me pareció injusto tener que justificarme ante él, cuando yo solo intentaba que saliéramos adelante. En ese momento odié a mi madre por no haber planeado la posibilidad de dejarme sola con Noah. No estaba preparada para hacer frente a mi nueva realidad, al desprecio de mi hijo y a los cambios que se nos venían encima. De pronto, me sentí infinitamente vulnerable y desamparada, una hormiguita insignificante frente a la vida que me rodeaba como las manazas de un gigante amenazando con aplastarme. Recuerdo lo mucho que lloré aquellas semanas y la fuerza que logré encontrar dentro de mí para encargarme de todo. Ansiaba volver a ver a Cris, estar en su casa y sentirme protegida por su aura.
Escapar, por fin, de la mirada ingrata de mi hijo.
***
El día que nos subimos al avión, me invadió una sensación de libertad que nunca había experimentado. Resultaba catártico elevarme por encima de lo que había sido mi vida y escapar de mi solitaria existencia en Madrid. Iba a ser profesora en un colegio excelente, donde por fin lograría sentirme satisfecha profesionalmente. Dejaba atrás mi ciudad y viajaba hacia un futuro incierto, pero tenía fe en el destino. Todo sería mejor con Cris. Su presencia magnética me contagiaba de un optimismo y una alegría desbordantes, ajenos a mí. Ella era como una armadura que me permitía enfrentarme a cualquier cosa. No sentí nostalgia ni tristeza por lo que dejaba atrás. Solo por el recuerdo luminoso del rostro de mi madre. Sabía que, de algún modo, ella viajaba conmigo.
La llegada fue agotadora. Los primeros días pasaron tan rápido que me cuesta evocar las primeras impresiones. Hicimos escala en Newark, donde atisbé un indicio de exaltación en la sonrisa de Noah al pisar suelo norteamericano. Cuando aterrizamos en Buffalo, nos encontramos con un aeropuerto pequeño y solitario, lo cual fue como un soplo de aire fresco frente al ajetreo del aeropuerto neoyorquino. Cogimos nuestro equipaje y salimos al encuentro de Cris, que nos esperaba sujetando un enorme globo plateado en el que podía leerse «Welcome». La abracé y su olor, tan familiar, penetró dentro de mí como un elixir. Ya estábamos en nuestro nuevo hogar.
La casa de Cris y Bruce era espectacular. Estaba ubicada en la calle Deerhurst Park Boulevard, cerca de St. Andrew’s. Había visto muchas fotos e incluso un house tour que me mandó Cris por WhatsApp, pero en persona me resultó mucho más impresionante.
Tenía un jardín enorme que la rodeaba, repleto de tulipanes de colores y otros tipos de flores cuyos nombres desconozco. Me encantaba el pequeño estanque zen —con piedras blancas y diminutos peces dorados— que se escondía detrás de la casa y tenía un banco de bambú para sentarse a leer. A la derecha había una piscina inmensa, de esas a las que llaman beach style pools, rodeada de tumbonas de madera clara y sombrillas blancas. En el porche trasero, tenían una mesa de estilo ibicenco para doce comensales, un grill y varios sofás de mimbre con cojines de color azul. Justo enfrente estaba el tiki bar —decorado con guirnaldas de luces doradas que se iluminaban por la noche—, en el que preparaban cócteles deliciosos de zumo de piña, agua de coco y ron Malibú. Su estética hawaiana me hacía sentir como si estuviera en uno de esos destinos exóticos en los que me habría gustado disfrutar de unas buenas vacaciones. Uno de tantos lugares que formaban parte de mis sueños inalcanzables.
Recuerdo el brillo en los ojos de Noah. Su ilusión. Su asombro. Me sentí satisfecha de verlo feliz. Es curioso pensar en la capacidad de adaptación que tenemos las personas, y en especial, los niños. Al cabo de unas semanas, Noah desarrolló un sentido de pertenencia a aquella casa, como si siempre hubiera estado allí, bajo los árboles frondosos del jardín, bromeando con soltura en inglés y vagueando al sol, como uno más de los hijos de Cris. El deslumbramiento y la fascinación de las primeras veces dan paso a una habituación agradable y privilegiada en la que es fácil olvidarse del lugar que ocupa cada uno. Sin embargo, yo siempre recordaba que aquel no era mi sitio. No importaba el paso del tiempo, ni lo cómoda que me sintiera, algo dentro de mí me gritaba que todo podía desvanecerse en un segundo, como cuando Cris se mudó a EE. UU. y me dejó sola con mi madre. Tenía que encontrar la manera de salir adelante, de hacerme un hueco que fuera solo mío y de Noah, sin depender de nadie. Quería conseguir, por fin, una vida que me perteneciera por derecho propio.
Noah
Al bajar del coche y arrastrar el equipaje hasta mi nuevo hogar, me invadió el vértigo de la irrealidad, como si fuera un personaje dentro de esa película de Amenábar en la que el protagonista no sabe que está dormido y su vida transcurre en una especie de realidad virtual.
Cris me acompañó hasta mi habitación y me dejó solo para que deshiciera las maletas. Recuerdo que me acerqué a la ventana que estaba enfrente del escritorio y la abrí. Aún puedo evocar la sensación de respirar un aire diferente, los olores de un hogar que me resultaba ajeno. Percibí una mezcla de hierba recién cortada, cloro de piscina y crema solar. Era un olor a vacaciones que se me antojaba incompatible con la vida normal. Me palpitaba la ilusión en la piel y mis pupilas me mostraban imágenes rebosantes de luz.
La nueva habitación era mucho más grande que la que tenía en Madrid, con una cama doble cubierta por un edredón blanco de aspecto esponjoso. Tenía un armario que ocupaba toda la pared y del techo colgaba uno de esos asientos de mimbre —como un columpio— tan populares en Instagram. Decidí probarlo y me sorprendió lo cómodo que era, la suavidad de los cojines que lo decoraban y la sensación liviana de poder balancearme sin esfuerzo. Decidí que sería el sitio ideal para leer.
Desde la ventana, podía ver la piscina, que, en lugar de tener una escalerilla, iba adquiriendo profundidad gradualmente, como si fuera una playa, con su orilla de color dorado y miles de diminutas estrellas danzando sobre la superficie del agua.
Me pareció la recreación perfecta de un trozo del paraíso.
Siempre pienso en Abbie. En la Abbie despreocupada de aquellos años, con su largo pelo castaño y sus pies descalzos. Cuánto la amé desde el principio, hasta el punto de temer su sola presencia por el efecto que provocaba en mí.
Hubo una época en que solo existíamos el uno para el otro.
Ella iluminaba cada fragmento de mi vida, haciéndose un hueco dentro de mis secretos y orquestando los días con el suave movimiento de su batuta, sin que yo fuera apenas consciente de cuánto llegué a necesitarla. Aunque, tal vez, fuera ella la que me necesitaba desde lo más alto de su soledad de niña rica. Vivía encerrada en el torreón de un castillo, como una princesa rebelde que nunca aprendió a manejar su espada.
Llegamos a Buffalo el cinco de julio, justo después del Día de la Independencia. El comienzo de la efervescencia del verano. Las horas se extendían ante nosotros con su promesa infinita de sol.
El primer día, después de deshacer el equipaje, comimos en el jardín. Eran apenas las doce del mediodía y recuerdo que no tenía hambre. Mi madre me hizo un gesto para forzarme a comer; tenía que empezar a acostumbrarme a sus horarios. Todavía puedo saborear aquel primer almuerzo: ensalada de salmón, mazorcas de maíz bañadas en mantequilla y unos palillos de madera con trozos de pollo y setas ensartados, a los que mi madrina se refirió como skewers. Soltó una carcajada cuando le dije que, en mi opinión, los skewers eran unos pinchos morunos de toda la vida. «A veces se me olvida que soy española».
Su voz sonó a nostalgia.
Después de comer, fui a mi cuarto a buscar el bañador, que estaba enterrado junto con los pantalones cortos en el fondo de un cajón del armario. No me había esmerado mucho al deshacer el equipaje, así que me costó trabajo encontrar algunas cosas entre tanto desorden. Cuando vivía en Madrid, la abuela siempre me organizaba el armario y los cajones, por lo que no estaba acostumbrado a tener que apañármelas solo.
Bajé a la piscina y sentí un inmenso placer al sumergirme en el agua. Saqué la cabeza, observando con deleite el espacio que me rodeaba. Árboles, naturaleza, un cielo resplandeciente y generoso. Quise empaparme de todo aquello, disfrutar de cada instante que me regalaba la vida aquel día. La caricia del agua abrazando mi cuerpo y la sensación inagotable de libertad, mientras flotaba con los ojos cerrados, celebrando la calidez de los rayos del sol. Era un día perfecto y la felicidad me erizaba la piel.
El sonido de los altavoces me sobresaltó. Cake by the ocean, de DNCE, sonaba a todo volumen, rasgando el silencio que imperaba segundos antes en el jardín. Salí de la piscina a disgusto, molesto por no haber podido disfrutarla más tiempo a solas. Me sequé con la toalla y me recosté al sol en una tumbona.
—¡Noah! ¿Eres tú?
Abrí los ojos al oír mi nombre, y entonces la vi.
Era ella.
Abigail, Abbie.
Completamente distinta a como la recordaba.
De pequeños, ella y su hermano Colt solían ir a España con sus padres, pero a medida que fueron creciendo, empezaron a tener sus propios planes durante las vacaciones —campamentos o viajes con amigos— y pasaron varios años sin que nos visitaran. Por eso me sorprendí al volver a verla después de tanto tiempo. En mi mente, ella era tan solo una niña mimada, con gafas de pasta de color rosa, camisetas de Frozen y la boca llena de brackets.
Sin embargo, aquel verano, descubrí a una Abbie deslumbrante.
No supe reaccionar a su entusiasmo de piel dorada. Llevaba un minúsculo bikini blanco que acentuaba la perfección de su cuerpo esbelto y atlético. Me quedé sin aire. Ella dio un pequeño gritito de emoción y corrió a abrazarme, sin darme apenas tiempo para ponerme en pie. Olía a crema de coco y su piel ardía en contraste con el agradable frescor que aún perduraba en mi cuerpo recién salido de la piscina. Me gustó sentir el cosquilleo de su pelo en mi pecho, la suavidad de su cintura en mis manos.
—¡Casi no te reconozco! Has cambiado un montón. —El sonido de su voz, algo aniñada, me cautivó casi tanto como la visión de ese rostro adolescente de ojos rasgados. Las mejillas estaban salpicadas por diminutas pecas, y se había pintado los labios de color rojo brillante, como una cereza madura.
—Tú también has cambiado —le dije en español, sin atreverme a confesarle hasta qué punto.
Abbie sonrió.
—Si no te importa, prefiero hablarte en inglés, porque mi español es penoso, y eso que tengo un tutor privado que viene todas las semanas. Le voy a decir a mi madre que ya no hace falta que venga más porque ahora te tengo a ti para practicar.
Se descalzó y se sumergió en la piscina. Me hizo un gesto para que me uniera a ella, así que me quité las gafas de sol y me metí en el agua con el corazón palpitando en la garganta. La cercanía de su cuerpo casi desnudo y su actitud juguetona me paralizaron. Sentí su presencia en cada fibra de mi ser, invadiéndolo todo y bloqueando mi mente. La escuchaba hablar, reírse y salpicarme, divertida, mientras yo me preguntaba cómo iba a lograr sobrevivir al verano, a su cuerpo y a su olor sin volverme completamente loco, sin devorarla en sueños, sin ser esclavo de su voz. El embrujo del deseo crecía en mi interior como una sed insaciable.
Entonces supe que ya no volvería a ser libre.
Que mientras ella existiera, siempre habría en mí anhelo.
Elsa
Descubrí tantas cosas aquel verano. Cris me mostró que existían otras formas de vivir, un mundo burbujeante con posibilidades infinitas que crecían como una enredadera, trepando por mis entrañas y tejiendo lo que podría ser mi vida a partir de ese momento.
Estar con ella me trasladó de vuelta a la juventud, al vórtice de esos años ingrávidos en los que el tiempo no existía y siempre quedaba algo nuevo por descubrir. Cris seguía siendo la misma joven bulliciosa y vibrante, acostumbrada a pisar sobre suelo firme. Aunque sé que, en el fondo, su vida debía de resultarle algo aburrida, por lo que nuestra presencia le permitía volver a tener un propósito. Ella ansiaba, ante todo, saberse necesitada. Y ahí estaba yo, sola, perdida, con un hijo adolescente. Cris volcó toda su energía en nosotros, generosa y espléndida, guiada por el arrebato de volver a sentirse imprescindible.
