Arde Villa Elvira - Jordi Catalán - E-Book

Arde Villa Elvira E-Book

Jordi Catalán

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Beschreibung

Un virulento incendio se declara en una mansión victoriana que ya ha sido escenario de hechos trágicos en el pasado. Esta vez, cinco cuerpos calcinados aguardan silenciosos a que se resuelva el misterio. Alma, una niña de cinco años, es la única superviviente y solo ella sabe lo que ocurrió. En Arde Villa Elvira, Jordi Catalán nos sorprende con un thriller ambientado en Barcelona y Sabadell, en el que el odio, la venganza y los secretos son protagonistas, pero, ante todo, nos descubre hasta dónde es capaz de llegar un padre por salvar a su hija.

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Seitenzahl: 332

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Jordi Catalán

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de cubierta: Rachel’s Design

Corrección: Capti in libris

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-259-7

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

A mi padre.

Aunque no tuvimos mucho tiempo,

fuiste ejemplo y fuente de inspiración.

Hace años la vida se me complicó y me llevó a ser el peor padre del mundo. A veces nos enfrentamos a situaciones que nos llevan a desafiar todos los límites de la lógica, por ello necesito redimir el sufrimiento de la persona que más amo en este mundo. Lo que voy a narrar a continuación fue la etapa más difícil de toda mi vida.

Enrique Hernández

PrólogoCentro de coordinación del 112. Barcelona, 9 de enero de 2010

—Emergencias, ¿en qué puedo ayudarle?

—¡Está ardiendo la casa de al lado! —gritó la anciana con voz temblorosa.

—Cálmese, señora. ¿Cómo se llama?

La teleoperadora intentó tranquilizarla mientras maximizaba las ventanas de todas las competencias en la pantalla de su ordenador.

—¡Me llamo Josefina! ¡Manden a los bomberos, por Dios! —exclamó angustiada.

—Muy bien, Josefina, ya he dado el aviso. No se preocupe. —La chica derivó su llamada al centro de mando y se giró para ver si su coordinador estaba conectado al sistema. Él la miró desde la distancia y levantó el pulgar de su mano derecha mientras recopilaba toda la información que le estaba llegando. El tumulto en la sala principal fue en aumento y el murmullo hipnotizador que reinaba en los primeros minutos de la noche se transformó en una masa de voces nerviosas que atendían a todas aquellas personas que habían llamado por el mismo aviso—. Josefina, necesito que me diga dónde está ahora mismo —habló con tono firme.

Los primeros segundos de la llamada eran cruciales para el buen desarrollo de una estrategia de socorro.

—Estoy en la terraza de mi habitación. ¡La casa está ardiendo y hay humo por todas partes!

La anciana tosió un par de veces mientras gemía lastimera.

—De acuerdo. Vuelva a entrar a su vivienda y cierre todas las ventanas —le aconsejó.

—Ya las estoy cerrando —dijo la mujer, atemorizada.

—¿En qué calle vive?

—En Mestre Dalmau número 8 junto al Turó de la Peira.

—¿Está usted sola?

—Sí —contestó—. Mi hija iba a venir a cenar, pero al final...

—Escúcheme —la interrumpió—. Póngase ropa de abrigo y salga de la casa inmediatamente.

—¡No! ¡No me cuelgue, por favor! —le suplicó.

—Estoy aquí, tranquila. —La joven suavizó el tono de su voz para tratar de controlar la situación. Aunque estaba habituada a recibir ese tipo de llamadas, no podía mostrar su ansiedad porque eso aumentaría la agitación de la anciana—. Explíqueme qué ha ocurrido.

—Estaba en la cama y ha empezado a oler mucho a humo. ¡Ay, Dios mío! —exclamó—. Creo que mis vecinos están dentro de la casa. ¡Tienen dos chiquillos!

La mujer comenzó a llorar mientras bajaba por las escaleras con dificultad.

—Los bomberos van de camino, Josefina. Salga de su casa, ¿de acuerdo?

—Ya estoy cruzando el patio.

—Cuando llegue a la calle, aléjese del humo y busque ayuda, por favor —concluyó la teleoperadora.

A esas alturas de la llamada, el servicio de Emergencias del CAT112 había localizado la vivienda de la mujer y compartido su ubicación en el sistema informático. El incendio era de gran envergadura, y el hecho de que hubiera personas atrapadas en su interior hizo que la situación fuera de extrema gravedad. El incidente derivó en la Sala de Control Central de Bellaterra, que fue el centro de coordinación desde el que se activaron los recursos de las cuatro competencias del distrito de Horta-Guinardó, en Barcelona: Sistema de Emergencias Médicas, Mossos d’Esquadra, Guardia Urbana y Bomberos. La primera unidad de la Policía Local que llegó al lugar a los pocos minutos del aviso asumió el mando de manera provisional. Los agentes ordenaron el corte de tráfico del Paseo Fabra i Puig y la calle Feliu i Codina, despejando así la calle donde el fuego devoraba con furia aquella vieja mansión de estilo victoriano. Aunque la noche ya había caído en la Ciudad Condal, la intensidad de las llamas provocaba un extraño resplandor dorado en el lugar. Las sirenas de los vehículos rompieron el silencio que reinaba en aquel barrio del norte de la ciudad.

La primera dotación de bomberos que llegó a la zona del siniestro fue una Bomba Urbana Ligera. El camión se abrió paso entre los vehículos de los sanitarios que estaban estacionados en el chaflán, formando una uve para atender a las primeras urgencias. Unos metros más adelante, un par de agentes de la Guardia Urbana contenían a la mayoría de los vecinos para que no cruzasen el perímetro de seguridad que se había establecido. Una vez pasado el dispositivo policial, el vehículo se detuvo frente a la casa y se bajaron cuatro bomberos, además del conductor del camión y un sargento. Por el camino habían revisado el protocolo y organizado la inminente intervención, por lo que actuaron con la mayor celeridad. El sargento salió disparado para encontrarse con el agente que estaba al mando mientras sus compañeros se colocaban el equipo y ajustaban la presión de la bomba de agua que se encontraba en la parte trasera del camión.

—Buenas noches, soy el sargento Suárez —le dijo al agente de la Guardia Urbana que se acercaba a él a toda prisa—. ¿Quién está al mando?

—Yo, señor. Soy el agente Blanco.

El policía le estrechó la mano con firmeza. Su expresión denotaba que estaba alterado con la situación.

—En pocos minutos llega otro vehículo ligero y un camión escala. Habría que hacerles más espacio por allí —le exigió el sargento, señalando la bocacalle por la que habían entrado.

—Recibido, sargento. Les diré a los del SEM que accedan por Feliu i Codina. Nos indican varios vecinos que hay personas atrapadas dentro de la casa, señor —le informó, cubriéndose las vías respiratorias para protegerse del humo que invadía su alrededor.

—¿Ha habido corte de suministros, agente?

—Solo de luz. La entrada de gas está justo detrás de la fachada.

El agente de la Guardia Urbana se retiró y el sargento volvió a reunirse con su equipo mientras repasaba la intervención en una pantalla portátil. Sabía que no se trataba de un incendio normal y corriente. La ubicación de aquella casa, colindante a otros inmuebles y sin salida por la parte posterior, podía convertirse en una auténtica ratonera. Los demás bomberos habían extendido las mangueras varios metros sobre la calzada, separándolas por tipos de reducción. El sargento se giró de nuevo para ver si habían llegado los refuerzos en el momento en que una lejana sirena anunció su aparición. No podía esperar más tiempo y decidió tomar el control de la situación, informándoselo por radio al jefe supervisor.

—¡Chicos! —les gritó para que se acercaran a él—. Entramos ya. Lo haremos por binomios. Dos: vienes conmigo. Accedemos y revisamos la primera planta de la casa. Necesitaremos hacha, detectores y una cámara térmica. Tres y cuatro: cortad el suministro del gas y preparad el relevo con la manguera de alta presión. Uno: coordínate con los del SEM para una posible evacuación. Y Cinco: cuando lleguen los compañeros, buscad una vía para acceder con la escalera por la parte de atrás. Desde la fachada nos va a ser imposible llegar. ¡Vamos! —finalizó, dando unas fuertes palmadas.

El sargento y su subordinado accedieron a la propiedad saltando la verja de la entrada principal porque no había manera de abrir el portón, ya que corría lateralmente y se incrustaba en un pequeño muro de la fachada. Una vez llegaron a la escalera, la imagen que contemplaron les dejó sin aliento. La casa era estrecha pero alargada y estaba dividida por un enorme torreón con forma hexagonal. El fuego que asomaba por las ventanas y tras las cúpulas le confería el aspecto de un pequeño castillo salido del mismísimo infierno. El calor acumulado en el porche les erizó la piel. Los dos bomberos se agacharon y empezaron a avanzar en cuclillas para esquivar las altas temperaturas. El sargento analizó el exterior de la casa y observó que los materiales predominantes eran la madera y el hierro forjado. Comprendió que iba a ser una tarea muy difícil porque la madera tardaría poco en dañar la estructura principal y el hierro alcanzaría temperaturas extremas. Cuando verificaron que era seguro acceder, rompieron el pomo de la puerta con el hacha y la abrieron despacio para no provocar un corredor de aire; un torbellino de humo les dio la bienvenida. Cuando el sargento se dispuso a entrar, notó en el hombro la mano de su compañero. La visibilidad que tenían era nula. El humo que descendía por la escalera evidenciaba que no había salida de aire y que el fuego, probablemente, se había originado en la planta superior. Antes de subir el sargento informó al jefe supervisor por radio. Había que atacar el incendio por la parte trasera de la casa desde lo alto de la escalera del camión.

—¡Dos, revisa la planta principal! —le ordenó el sargento Suárez a su compañero por la emisora interna.

—Recibido.

El bombero bajó la mirada y activó la cámara térmica.

—¡Cinco minutos y salimos! —exclamó el sargento.

Los dos bomberos caminaron con cuidado por la planta principal de la mansión. El sargento fue el primero en avanzar y el agente número Dos le siguió sin soltar su hombro derecho mientras examinaba cada foco de calor con la cámara térmica para localizar a posibles víctimas. El humo, que había invadido todo el cielo raso, les indicaba que la situación era crítica en las plantas superiores. El fuego no había conseguido asomarse todavía por la primera planta, por lo que confirmaron que el origen del incendio venía de arriba. La elevada temperatura y la falta de oxígeno hizo que los primeros cinco minutos de intervención pasaran en un abrir y cerrar de ojos. El sargento revisó la estructura central de la casa, examinando las paredes y los techos. Al ver que todo estaba en buenas condiciones, y tras asegurarse de que no había ninguna fuga de gas, autorizó la intervención en la parte superior. Sería cuestión de tiempo que la estructura cediese bajo la presión del incendio, pero había que intervenir a toda prisa, ya que no localizaron a nadie en la primera planta. Decidieron crear una corriente de humo, abriendo uno de los ventanales del salón principal y otro de la cocina. El aire limpio provocó un remolino de esperanza, pero, al llegar a la escalera, vieron cómo las lenguas de fuego asomaban entre los balaustres de la barandilla.

—¡Señor! ¡Hay alguien tumbado ahí arriba! —le gritó el bombero.

—¡Salimos!

Al escuchar la sirena que anunciaba la llegada del camión escala, el sargento decidió abandonar la casa. La puerta se abrió de par en par y aparecieron los dos bomberos envueltos en una nube de humo color gris oscuro. El sargento volvió a cerrarla a toda prisa y agarró a su compañero para que dejara de mirar atrás, obligándole a bajar al jardín. Se reunieron con el relevo y, cuando estuvieron en zona segura, se quitaron el casco y la máscara. El aire limpio llenó sus pulmones. Estaban exhaustos y en sus miradas se reflejaba el peligro que existía en el interior de la mansión.

—Tres y Cuatro. Entráis directos a la escalinata con la 75 milímetros y la camilla —les ordenó, angustiado, con el rostro empapado en sudor y manchado por el humo—. ¡Hay un cuerpo en el descansillo de la segunda planta! —gritó—. Contención de esas lenguas y rescate. ¡Vamos!

—¡Recibido! —gritaron al unísono.

El sargento se alegró al escuchar al subinspector por la emisora confirmándole que el otro camión había llegado y que estaban maniobrando para poder extender la escalera por la parte trasera. El plan consistía en rescatar a la primera víctima mientras contenían las llamas que asomaban por el hueco de la escalera. La bomba del camión escala comenzó a descargar agua a través de todos los ventanales rotos de la planta superior. El fuego se debilitó debido a la presión y se concentró en la última planta de la vivienda. A primera vista les pareció una estancia diáfana a cuatro aguas. El desván era la zona más peligrosa de la propiedad, ya que en él se encontraban las vigas de madera de mayor envergadura. Si se debilitaban, provocarían un derrumbe inminente. Los bomberos siguieron con el plan de intervención y, cuando se aseguraron de que las llamas se habían extinguido en el piso de arriba, accedieron sin titubear a su interior, topándose con un escenario dantesco. Los agentes que entraron por la balconada trasera fueron los primeros en descubrir los cuerpos de dos adultos en el suelo de la habitación principal. Se trataba de un hombre y una mujer, ambos calcinados y tendidos bocabajo. En el descansillo de la escalera había el cuerpo de otra mujer en posición fetal. Al ver a los compañeros que ascendían desde la planta inferior, los dos bomberos retrocedieron hacia la grúa, haciéndoles señas de negación. La vida en aquella planta se había esfumado. El agente Cuatro, que fue quien examinó el cuerpo de la mujer que había en la escalera, se quedó helado al ver que estaba protegiendo el cuerpo de un niño. El sargento ordenó su levantamiento inmediato a la vez que informaba al supervisor y a los agentes de la Guardia Urbana. La brigada del camión escala, bajo el mando del subinspector, seguía atacando a la última planta, luchando contra un fuego abrasador que parecía querer devorar toda la mansión. Antes de poder acceder al desván a través de una pequeña terraza, localizaron otro cuerpo ovillado en una de las esquinas de la estancia. Uno de los bomberos que había en la jaula de la escalera recibió un fogonazo que le obligó a girar su rostro. Al desviar su mirada hacia el suelo vio algo que le llamó la atención.

—¡Sargento, hay una niña detrás de la casa! —informó por la emisora—. Nosotros no podemos bajar. ¡Hay que ir a por ella!

—¡Recibido! ¿Hay algún corredor lateral? —le preguntó, preparándose para volver a entrar.

—Por el flanco izquierdo, señor.

El sargento volvió a colocarse el casco y sin vacilar se dirigió hacia allí. Corrió deprisa por uno de los laterales de la casa, esquivando cristales esparcidos por todo el terreno y, cuando la vio a lo lejos, detuvo su marcha para analizar la situación. La niña vestía un camisón blanco y estaba acurrucada en uno de los setos que adornaban el límite de la finca. Lloraba desconsolada, escondiendo la cabeza entre sus brazos. El sargento se acercó despacio y la abrazó para que se sintiera a salvo. La cogió en brazos y le susurró: «ya estás a salvo, pequeña».

1 Sabadell, 11 de enero de 2010

El teléfono móvil comenzó a vibrar, rompiendo el silencio de la noche. Traté de localizarlo, palpando a ciegas toda la superficie de la mesita hasta que aterrizó en el suelo, produciendo un estruendo bastante desagradable que me despertó de golpe. En aquella época ya me había acostumbrado a levantarme a las cinco de la mañana para ir a trabajar, pero un intenso dolor de cabeza evidenció que debía ser mucho más temprano. Encendí la lamparita que acompañaba la soledad de mis noches y, al ver el viejo reloj que colgaba en la pared que tenía frente a la cama, se me llevaron los demonios. Cuatro y diez de la madrugada. «¿Quién narices me llama ahora?», me pregunté, malhumorado. Me incorporé y miré al suelo para localizar el maldito móvil. Me importaba poco si se había roto con el golpe, solo quería saber quién estaba detrás de esa llamada desafortunada. El teléfono se encontraba boca abajo en un hueco que había entre la mesita y la cama, y continuaba emitiendo una molesta vibración. Me arrodillé para recogerlo. Cuando descubrí quién era el culpable de ese infortunio, se me heló la sangre: Gerard Osuna. El hombre que me retenía en esa ciudad. Una parte de mí sabía que podía ser él. ¿Quién iba llamarme a esa hora? ¿Verónica? Mi novia debía estar sobrevolando el océano Atlántico en ese momento, así que, salvo José, mi jefe, o alguno de mis compañeros gilipollas del trabajo, que a esas horas debían estar babeando en sus almohadas, solamente podía ser él. No contesté la llamada, no me atreví. El pulso acelerado de mi corazón hizo que comenzara a temblarme todo el cuerpo, como casi siempre me sucedía. Hacía varias semanas que no sabía nada de él, su ausencia me proporcionaba una sensación de paz que hacía que menguara aquella sensación de odiar la vida que llevaba. Ese hombre, que una vez fue un gran amigo mío, se había convertido en una especie de secuestrador. Se lo debía prácticamente todo, pero le odiaba y respetaba a partes iguales. Era una extraña sensación para mí. Me recordaba al curioso síndrome de Estocolmo en el que la víctima terminaba empatizando con su secuestrador, incluso admirándolo. Él odiaba que lo viera de ese modo y enseguida me lanzaba todo tipo de reproches. «Todo esto lo he hecho por ti, Quique», repetía una y otra vez con su tono solemne y aleccionador, pero yo me sentía atrapado en Sabadell; me sentía atrapado en aquella vida que ni de lejos sentía como propia.

La ansiedad que me producía ver su nombre en la pantalla del teléfono móvil me hizo deambular por esa vivienda desangelada en la que pasaba la mayor parte de tiempo. Entré en el baño para darme una ducha rápida, aunque en realidad lo que quería era estar lo más lejos posible de mi teléfono. Sabía que después de esa llamada vendrían otras y, al no contestarle, Gerard me inundaría el teléfono de mensajes. Tocaba afrontarlo, pero yo no estaba preparado. Tiempo atrás habría tenido el valor de actuar prácticamente sin pensarlo. En mi antiguo trabajo debía estar siempre a la altura de las circunstancias, y me aferré tanto al éxito que me convertí en uno de los psiquiatras forenses más prestigiosos de Barcelona. Tanta profesionalidad y tanta reputación para terminar cayendo en su trampa. «Vida nueva», me decía. Ciudad nueva, piso nuevo, trabajo nuevo, incluso un apellido nuevo que odiaba con todas mis fuerzas. Gerard se ocupó de todo y se lo agradecí a mi manera, pero no podía evitar odiarle. Tampoco fui capaz de ignorarle demasiado tiempo porque él era el único enlace con mi vida anterior, la vida que perdí cuando mi mujer murió de forma trágica casi tres años atrás.

Una vez duchado, me vestí con ropa de trabajo y me preparé un café larguísimo para ver si regresaba mi lucidez. Un grito en mi mente me exigía que fuera a buscar el dichoso teléfono, pero tenerlo silenciado y alejado de mí me hacía más bien que mal. Intenté relajarme encendiendo el televisor y liándome un cigarrillo. Cada día la misma rutina: durante quince minutos me sentaba en uno de los viejos taburetes que había en la barra que separaba el salón de la cocina para escuchar la voz de la presentadora de un programa musical. En aquel momento encontraba la paz. Con ella dejaba de atormentarme, centrándome en el siseo de su voz y en las cosquillas que producían en el parietal de mi cráneo. Esa sensación de calma y relajación se debía a la respuesta sensorial meridiana autónoma, más conocida como ASMR, que producían ciertos sonidos en algunas personas. Me dejé llevar por la dulce terapia de la mujer durante varios minutos, cuestionándome si de algún modo le estaba siendo infiel a Verónica. Decidí salir de ese bucle absurdo y fui a recoger mi teléfono móvil. Lo agarré con decisión y lo llevé al salón, dejándolo sobre la barra de madera como si fuera mi mayor enemigo. Vi la llamada perdida y la notificación de un mensaje de Gerard que decía: «llámame, Quique, por favor. Es urgente». Poco podía ser más urgente que vivir. Tal vez morir, pero yo no estaba preparado para abandonar el reino de los vivos, o quizá me faltaban agallas para hacerlo. Al final decidí ignorarlo y continuar con mi rutina, ya que pronto sería la hora de salir y abrazar el frío invierno del Vallés Occidental.

Ese día abandoné antes de lo previsto mi hogar provisional para ir a trabajar. Estar encerrado entre aquellas cuatro paredes me consumía. No dejaba de preguntarme qué hacía yo en esa segunda planta de una casa vieja en la calle Covadonga, la más larga de Sabadell según me decía Lola, la vecina de abajo. La mujer, rechoncha, descarada y malhablada me hizo sentir algo mejor durante los meses que llevaba instalado allí. Hablaba muy poco y, aunque siempre estaba de mal humor, cuando llegaba de trabajar me encontraba una bolsa en el pomo de mi puerta con algún táper de comida y varias piezas de fruta. La primera vez que bajé a darle las gracias me montó un numerito, así que acepté sus atenciones sin rechistar. La pobre mujer estaba sola y su carácter malhumorado y mis pocas ganas de vivir encajaron a la perfección. Cuando abrí la puerta del vestíbulo y salí a la calle sentí el frío de la noche arañándome el rostro. Me asomé a la izquierda y allí estaba, imperturbable, la Torre del Agua, iluminada y majestuosa, saludándome como todos los días. El depósito centenario era un emblema de la ciudad, pero para mí era solo una guardiana que me daba los buenos días. Después empecé mi corto paseo hasta un local que había calle abajo, donde aparcaba un viejo Jeep del año 96 que también me había conseguido Gerard. De todos los favores que me había hecho, sin duda alguna, este era el mejor. Yo estaba entusiasmado con aquel todoterreno destartalado. Los fines de semana, el viejito, como solía llamarlo, y yo solíamos perdernos por la montaña. Me hacía feliz verlo sortear los baches y cruzar charcos de barro. Mi coche y yo teníamos demasiado en común: ambos estábamos oxidados y éramos amantes de la naturaleza.

Antes de arrancar el motor volví a pensar en Verónica y en la propuesta que me había hecho dos días atrás: «podrías dejar tu cuchitril y venirte a vivir a mi casa». Esas fueron sus palabras y, aunque las pronunció medio en broma, cuando observó mi prolongado silencio se retractó. Al llegar a Sabadell, ocho meses atrás, Gerard me había encontrado una vivienda y un puesto de trabajo en una empresa de transporte que estaba situada en un polígono a las afueras de la ciudad. Yo me sentía igual que un robot, aunque más bien era un alcohólico depresivo que no tenía ganas de vivir. El odio que sentía hacia mí mismo me retenía en un bucle de oscura soledad. No quería relacionarme con nadie, pero debía trabajar para pagar las facturas, aunque mi amigo terminara ayudándome siempre. Si no fuera por Gerard, me habría arrojado a las vías del tren o me hubiera envenenado para quitarme del medio. Así que, a pesar de odiarlo por todo lo que me hizo, me sentía en deuda con él e intenté seguir adelante con mi patética vida.

Cuando llegué a mi puesto de trabajo, el jefe me saludó con desdén y me dirigí al almacén para comenzar a embalar los pedidos que habían entrado durante la noche. Por si fuera poco, también odiaba a mis compañeros con todas mis fuerzas. Veían en mí a una persona débil con la que descargar la ira de sus tristes vidas. Siempre quise pasar inadvertido, pero terminaba siendo el centro de todos los problemas que surgían en la empresa. Ellos se aprovechaban de mí, pero dado que era mi viacrucis particular, me sentí agradecido de que me despreciaran; para mí era como una terapia. El sentimiento de menosprecio justificaba mi castigo y, si no fuera por mi corpulencia, estoy convencido de que más de uno me hubiera agredido físicamente. Imagino que ninguno de ellos tuvo las agallas de enfrentarse a alguien como yo. Así de patéticos eran, pero a mí me daba igual. Yo seguía intentando actuar de forma profesional, mostrándoles mi indiferencia; lo que enervaba a más de uno.

Esa mañana estuve más nervioso de lo habitual. Gerard no dejó de enviarme mensajes sin parar. Él sabía que lo estaba ignorando porque los dejaba todos en visto, así que, finalmente, tomó la compleja decisión de presentarse allí. Jamás había hecho algo similar. Gerard había organizado mi tapadera, pero nunca se había revelado como la persona que estaba detrás del asunto; siempre lo hacía a través de conocidos suyos y otras veces mediante influencias. Pero aquella fría mañana de enero mi amigo rompió todas las normas. Recuerdo que yo estaba recibiendo una bronca de José por un palé que Antonio, uno de los trabajadores con más antigüedad en la empresa, me había ordenado almacenar como no prioritario. Los bultos se clasificaban según su prioridad y su destino. Los no prioritarios se dejaban en un rincón de la nave y se revisaban cada veinticuatro horas. Antonio fue el responsable de que mi jefe recibiera una advertencia de su cliente por no recibir su pedido a tiempo, pero la culpa recayó sobre mí. Mi jefe no dejaba de amenazarme con despedirme, pero yo no tenía fuerzas para discutir con nadie ni ganas de montar un numerito.

—Joder, Enrique. Al final tendré que echarte a la puta calle.

José me habló con soberbia ante la mirada malintencionada de Antonio. Mis compañeros se morían de ganas de estallar de júbilo al verme en esa tesitura. Justo en ese instante, cuando estaba a punto de perder el control, apareció Clara, una de las chicas de la recepción. Gerard la iba siguiendo.

—Disculpa, José —interrumpió, nerviosa—. Este señor quiere hablar con Enrique urgentemente.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté, incrédulo, ignorando a mi jefe y con los nervios a flor de piel.

José se quedó atónito, mirándonos a ambos y tratando de encontrar las palabras idóneas para interrumpirnos.

—No contestabas, Quique. No me has dejado otra opción.

—Disculpad, ¿qué pasa aquí? —intervino José, malhumorado.

Los compañeros que estaban trabajando en la nave dejaron de hacer sus tareas disimulando su curiosidad.

—No puedes presentarte aquí, Gerard —le reproché ofuscado—. ¿No ves que estoy trabajando?

—Tenemos que hablar. Es urgente.

Gerard ignoró la mirada inquisidora de mi jefe.

—¡He preguntado que qué pasa aquí!

Esta vez José alzó un poco la voz. Su tono denotaba cierta molestia porque no estaba acostumbrado a que le ignorasen de esa manera.

—Nada, José. Gerard ya se va —le dije, sabiendo perfectamente que no iba a hacerlo.

—Caballero, necesito que Enrique deje su puesto de trabajo de inmediato —le ordenó Gerard.

José se cruzó de brazos, tratando de seguir dando la imagen de líder de la manada.

—¿Usted quién es, si puede saberse?

—Soy Gerard Osuna. Comisario de los Mossos d´Esquadra —le respondió, mostrándole sus credenciales.

El rostro de mi jefe palideció y sus ojos se abrieron como platos al ver su carné de policía. Acto seguido me dedicó una mirada burlona, dando por hecho que me había metido en algún lío.

—Tranquilo, José. Si hubiera hecho algo malo, no vendría un comisario a por mí —ironicé, pero Gerard no estaba de humor para bromas.

—Tenemos que hablar, Quique. No podemos perder más tiempo.

Gerard concluyó su intervención y me hizo un gesto para que lo siguiera. Yo miré a mi jefe esperando su aprobación. Él levantó su cabeza, incrédulo, y me dio permiso para salir de la nave. Todos mis compañeros guardaban silencio. Durante unos instantes la producción de aquella empresa de transporte, situada en el polígono del Molí de la Potassa, detuvo su actividad por mi culpa. Hubo una cosa que sí que agradecí de la inesperada visita de Gerard: todos los trabajadores, incluido el soberbio de mi jefe, me miraron por fin con respeto. Me alejé de ellos, notando cómo sus miradas se clavaban en mi espalda, y me dirigí al parking exterior para reunirme con Gerard. El corazón me golpeaba el pecho con fuerza. Que mi amigo, el comisario, se presentara en mi puesto de trabajo de ese modo me hizo temer lo peor. Algo malo debía haber ocurrido durante el procedimiento y solo pensar en que podría volver a salir perjudicado me causó un fuerte dolor de estómago. Suspiré mientras la luz del exterior me cegaba, y me dije a mí mismo: «que sea lo que tenga que ser, Quique».

Me protegí del sol haciendo una visera con mi mano derecha y me acerqué al morro de su enorme Audi negro de ejecutivo. Estaba apoyado en él, fumando con ansia. Vestía uno de sus impecables trajes carísimos, pero parecía llevar un par de días sin haber pasado por su casa. Su barba canosa y unas ojeras de campeonato confirmaban aquella hipótesis.

—Siento haberte sacado así del trabajo, Quique. No te preocupes por ese gilipollas que yo me ocupo.

Gerard dio una gran calada a su cigarro a la par que cerraba los ojos. Lo noté muy alterado.

—Esto no va a terminar nunca, ¿verdad? Quiero decir... Vas a seguir haciendo lo que quieras conmigo, ¿no? —le recriminé.

—¿Has terminado ya o vamos a volver a lo mismo de siempre?

El comisario comenzó a incomodarse con mis reproches.

—¿Qué pasa, Gerard? ¿Sigo estando en apuros? ¿Voy a volver a la cárcel?

Formulándole aquellas preguntas me di cuenta de que comenzaba a rendirme ante la situación. Aquel asunto me invadía por dentro, era como un yunque que me arrastraba hacia lo más profundo del océano.

—No es nada de eso, no te preocupes —contestó con evasivas.

—¿Que no me preocupe? —alcé la voz—. Mira la vida de mierda que llevo aquí. Estoy preso en esta ciudad con un trabajo que aborrezco. Me comí dieciocho meses de preventiva por tu culpa. Lo perdí todo y ahora vivo en el maldito taller de un tornero. No sé quién soy, Gerard. ¡Cuéntame lo que quieras, pero no vuelvas a decirme que no me preocupe, joder!

Gerard dejó pasar varios segundos para que me tranquilizara.

—Ha pasado algo horrible, Quique.

Su mirada realmente me asustó y a esas alturas pocas cosas me asustaban ya.

—Cuéntamelo, por favor —le supliqué.

—El sábado se quemó Villa Elvira.

—¡¿Qué?! —pregunté muy confuso.

—Tu hija, Alma. —Gerard tragó saliva y contuvo sus palabras durante un segundo—. Es la única superviviente.

2 Barcelona, 7 de noviembre de 2009

Daniel y su familia llegaron a Villa Elvira pasadas las siete de la tarde. El viaje en coche desde Madrid había sido muy intenso debido a la impaciencia de Alma y a los berrinches incontrolables del pequeño Dominick. Aunque el camión de mudanzas se ocupaba de transportar la mayoría de bultos que habían embalado en el ático de Madrid, en el vehículo familiar no cabía ni un alfiler. El cansancio y el ajetreo de las últimas semanas empezaban a pasar factura. La crisis económica había tenido un impacto negativo en la empresa de Daniel y no le quedó más remedio que echar el cierre para comenzar una nueva etapa. Lo perdieron casi todo. El banco se quedó con la vivienda del barrio de Salamanca y los continuos embargos le hicieron tomar la decisión de abandonar la capital.

Cecilia tenía una pariente en la periferia de Barcelona y, cuando empezó a ver cómo la empresa de su marido se precipitaba hacia la quiebra, le propuso la opción de mudarse. Para Daniel, tener que regresar a Villa Elvira era una experiencia perturbadora. En aquella mansión residió parte de su vida hasta que su madre falleció y comenzaron todos los problemas. Doña Elvira había sido el último clavo al que aferrarse porque la relación con su padre iba de mal en peor. Daniel fue una especie de fábrica de decepciones para Antonio Bayona, gran empresario y rey de la siderurgia catalana, fallecido tres años atrás. Jamás aceptó la ayuda de su progenitor. Siempre vio decepción en la mirada de su padre, especialmente desde que mostró indiferencia por el negocio familiar; incluso se negó a estudiar empresariales por el mero hecho de llevarle la contraria. Don Antonio ansiaba que su hijo menor se formase académicamente para heredar el negocio familiar, pero él decidió llevar una vida opuesta a sus planes, dedicándose a la construcción.

La que siguió el guion paterno de manera perfecta fue Martina, su hermana melliza. Él la quería por encima de todo, aunque los celos que sentía por ella le corroían. La muerte de Martina fue el golpe más duro de su vida.

—¿Crees que se acordará, mi amor? —preguntó Cecilia, mirando a Alma de soslayo.

—No te preocupes, cariño. Ella era muy pequeña, lo hemos hablado mil veces —contestó Daniel, nervioso, esperando a que se abriera la puerta que daba acceso al garaje.

Cecilia suspiró y se santiguó unas cuantas veces, agarrándole la mano a su marido. Miró a través del espejo de la visera y los vio durmiendo, exhaustos por el viaje. Se preguntó cómo iba a ser su nueva vida en Barcelona, pero cuando divisó la mansión, justo al abrirse la reja, sus ojos se iluminaron. Había oído hablar muchísimo de Villa Elvira, pero jamás había estado allí. Cruzar la entrada de la propiedad fue una victoria para ella. Don Antonio no la aceptó jamás y tampoco lo hizo cuando se enteró de que estaba embarazada. Pudo entender que a ella no la quisiera por el hecho de ser sudamericana, pero Dominick era su nieto, sangre de su sangre y, aun así, les demostró su más sincero rechazo.

Solo había ternura hacia Alma, su nieta predilecta; la niña que Daniel y Cecilia tenían bajo su tutela.

—¿Me aceptarán, Dani? —le preguntó a su marido cuando vio al matrimonio que aguardaba en la escalinata del porche para recibirlos.

—Te querrán, Ceci —Daniel le guiñó un ojo—. Julio y María son como unos padres para mí —añadió, saludándoles en la distancia.

Aquel matrimonio septuagenario formaba parte de la familia Bayona. Don Antonio y doña Elvira llegaron a Barcelona en la década de los setenta. Al poco tiempo de comprar la casa, los contrataron para que se encargaran de la propiedad. Julio se ocupaba del mantenimiento de toda la finca y solía hacer de chofer de don Antonio. Era el más serio de los dos, pero también el más educado y respetuoso. A medida que pasaron los años, la amistad que nació entre ellos y los Bayona se fue fortaleciendo de tal modo que terminaron siendo parte de la familia. María, sin embargo, era mucho más cercana que su esposo. Se ocupaba de las tareas del hogar y del cuidado de los hijos de Antonio y Elvira. Tenía mucha mano para los niños y ellos la adoraban. Su papel en la casa fue muy importante, sobre todo cuando falleció Elvira. Si no llega a ser por ella, la familia se hubiera derrumbado anímicamente. Daniel y Martina ya habían cumplido la mayoría de edad cuando falleció su madre y, aunque parecían dos personas adultas con una exquisita educación, necesitaron su apoyo incondicional. Daniel no resistió la presión que ejerció su padre y, al poco tiempo, decidió independizarse. María se entristeció con su decisión de abandonar la casa, pero nada pudo hacer para evitarlo. Quería a los niños como si fueran suyos, pero no podía olvidar el legado materno que había dejado doña Elvira. Pasaron los años y, tras algunas visitas a escondidas de su padre, Daniel se marchó a vivir a Madrid.

—Querido Daniel, ¡cuánto tiempo ha pasado! —exclamó María, abrazándolo con aprecio.

—Me alegro mucho de veros.

Daniel se emocionó al verlos porque los recuerdos sacudieron su conciencia. Julio le estrechó la mano, disimulando una leve sonrisa, pero Daniel lo agarró del hombro y le obligó a que se acercara para darle un abrazo.

—Bienvenido, Daniel —dijo Julio, conmovido.

Daniel los miró con detención y observó el paso del tiempo en sus miradas. Julio seguía vistiendo su traje impecable y llevaba el pelo muy bien cortado. Las canas habían plateado por completo su cabellera y, aunque observó muchas más arrugas de las que recordaba, seguía pareciendo todo un galán. María les recibió con un bonito vestido color magenta y el pelo recogido con unas horquillas. Era evidente que la mujer se había arreglado para la ocasión. La enorme sonrisa que lucía evidenciaba la felicidad que sentía con su llegada. Daniel se echó a un lado y tomó la mano de su mujer para premiarle protagonismo y se acercara a ellos.

—Ella es Cecilia.

María tomó la iniciativa y se acercó a ella.

—Estamos encantados de tenerte aquí. —La besó y dejó que su marido la saludase—. ¿Y los pequeños? —Se interesó.

—Duermen como angelitos —respondió Cecilia con timidez—. Ha sido un viaje largo.

—Pues ahora a descansar, que ya mismo tengo la cena preparada.

Daniel y Cecilia entraron en el vestíbulo de Villa Elvira con los pequeños a cuestas, parecía que nunca iban a despertar. Dominick fue el primero en abrir los ojos. El pequeño miró confuso a su alrededor y, al ver que su madre lo llevaba en brazos, le sonrió y apoyó de nuevo la cabeza en su hombro. María los miraba con ternura desde la distancia mientras su marido se ocupaba de entrar todo el equipaje. Cecilia no pudo disimular su asombro al descubrir el interior de la casa, podía apreciarse el lujo en cualquier rincón. Quedó hipnotizada por los cuadros que embellecían la pared de la escalera. Había varios retratos de don Antonio y doña Elvira, así como otras pinturas de estilo impresionista. Observó con curiosidad los bustos de mármol que adornaban el vestíbulo y una gran lámpara de cristal de araña que obligaba a mirar hacia el techo.

—¿Dónde estamos, mami? —le preguntó Dominick mientras bostezaba.

—Hola, mi amor. —Cecilia lo besó con ternura, acariciándole la mejilla—. Estamos en Villa Elvira.

—¿Villalmina?

El pequeño Dominick hizo un mohín cuando todos se rieron.

—Villa Elvira, Domi. Esta fue la casa donde vivió papá.

Su padre se acercó y le acarició los grandes rizos de su pelo. Alma se despertó de repente con aquel pequeño alboroto que habían organizado. Daniel se quejó de dolor, así que aprovechó la ocasión para bajarla al suelo. Arrastraba una lesión de espalda por las excesivas cargas de su trabajo y, aunque era consciente de que no podía llevar a la niña en brazos, quería que se sintiera protegida al entrar en la casa. Alma miró a su alrededor y se aferró a sus piernas al ver a aquellos dos desconocidos. Él se agachó a su altura y la abrazó para que se tranquilizara. Todos la miraron de un modo extraño y ella se dio cuenta, lo que agravó su timidez.

—Hola, Alma —le dijo María con una sonrisa.

—Mira, ella es María —le explicó Daniel con voz pausada—. Ve a saludarla, corre.

Alma se le acercó tímidamente con la mirada fija en el suelo. Ella era una niña introvertida, pero estaba muy bien educada, así que le hizo caso a Daniel. Le resultaba muy difícil conocer a gente nueva, pero una vez superado el trance de la introversión, se volvía más cercana y, sobre todo, más curiosa. Cuando llegó a la altura de la cocina le estrechó la mano a María como si fuese una adulta.

—Encantada de conocerla —le dijo, ruborizada.

—¡Ay, qué niña más educada! —exclamó María apretando su manita—. ¿Quieres ver tu habitación? —le preguntó con un tono divertido—. Es la mejor de la casa, pero no se lo digas a nadie —le susurró al oído.

En aquel momento, Julio apareció en el vestíbulo. Alma se quedó inmóvil, mirándolo fijamente, y él le dirigió una diminuta sonrisa mientras cargaba un par de mochilas. La niña cambió su expresión de golpe y se soltó de la mano de María. Parecía como si no pudiera respirar bien. El tono de su piel se fue oscureciendo y, finalmente, inhaló con todas sus fuerzas, tras lo que lanzó un chillido aterrador. Daniel y Cecilia corrieron a su lado para ver qué le pasaba, pero la niña los esquivó y huyó escaleras arriba a gran velocidad. Todos se quedaron estupefactos y Dominick, asustado por el grito de su hermana, empezó a llorar desconsolado. Daniel corrió tras ella, subiendo los peldaños de dos en dos. Durante su infancia solía volar por encima de aquel suelo enmoquetado. No esperaba que Alma fuera a reaccionar de esa manera.

—¡Alma! —gritó y aminoró la marcha al llegar a la primera planta.

La luz de cortesía del rellano iluminaba las puertas cerradas de las habitaciones, por lo que Daniel dedujo que debía haber subido al desván. Se dirigió hacia la última planta y la vio agazapada en un rincón donde se amontonaban varios muebles bajo unas sábanas de seda. La madera comenzó a crujir a su paso y Alma alzó la mirada para ver quién se le acercaba. Aterrorizada, dejó escapar un suspiro y corrió a lanzarse a sus brazos.

—¿Qué ha pasado, pequeña?

Daniel percibió su respiración. Era demasiado rápida y las pulsaciones de su diminuto corazón palpitaban en su pecho sin control.

—No lo sé, papá. —Alma cogió aire con esfuerzo—. Cuando he visto a ese hombre no podía respirar.

—No pasa nada, cariño. Es Julio —le dijo, limpiando las lágrimas que resbalaban por su rostro—. Habrá sido una pesadilla, cielo.

—No ha sido una pesadilla.