Arquitecturas con palabras - Arnaldo Vaca - E-Book

Arquitecturas con palabras E-Book

Arnaldo Vaca

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Beschreibung

La obra presenta una dinámica donde subyace la arquitectura del autor. En el diseño de cada trazo, Arnaldo transforma las palabras en vuelos de gráficas con sentidos costumbristas en los cuales la ternura y la autenticidad de los personajes y de los lugares dan presencia a la imaginación y a las emociones. Cada ladrillo es parte de una historia que, al vincularse en prosa, construyen muros con ventanas donde Arnaldo nos invita a asomarnos y asombrarnos. El cimiento que cava con pluma literaria, por momentos autobiográfico, nos instala en colores del tiempo como en fotografías donde los grises, el negro y el blanco mutan a arcoíris con palabras que se traducen en imágenes colmadas de sensaciones. Arnaldo juega. Nos introduce en un mundo ficticio donde fluyen temporalidades, personajes, objetos, detalles y lugares y, ante todo, las leyes que rigen las relaciones entre los elementos constitutivos. La obra como corpus nos revela la presencia de Arnaldo. Su espíritu creativo reconstruye lo que fuimos y lo que somos, una red de realidades y vivencias que buscan escapar para ser compartidas y queridas. Arnaldo es un sembrador sin tierra, les da libertad a sus semillas transformadas en cuentos para el disfrute de los lectores.

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Seitenzahl: 82

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Vaca, Arnaldo Humberto

Arquitecturas con palabras : escritos edificantes / Arnaldo Humberto Vaca. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2024.

98 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-984-1

1. Antología. 2. Relatos. 3. Poesía. I. Título.

CDD A860

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

Tinta Libre no se responsabiliza por la corrección textual de la obra ni por los errores ortotipográficos y gramaticales que pudieran leerse. El presente libro se publica fiel al manuscrito original entregado por el autor, bajo su pedido explícito de respetar la obra textualmente como fue escrita. El autor se responsabiliza por la corrección del texto de manera independiente y ajena a la editorial.

© 2024. Vaca, Arnaldo Humberto

© 2024. Tinta Libre Ediciones

Prefacio

Eduardo Galeano dijo alguna vez: “quien escribe, teje. Texto proviene del latín “textum” que significa tejido.”1

Leo esto y pienso que también, quien escribe, construye. Y que hay textos que son como edificios expresados en palabras.

Quizás porque soy arquitecto —mi pasión inicial— y pretendido escritor ahora, intento un cierto paralelismo entre ambos pensamientos.

Proyectar y construir un edificio es bastante parecido a pensar y escribir un cuento, una poesía, una novela, aun cuando ambos oficios tengan sus propias lógicas. Ambas cosas empiezan en la mente, se sueñan, imaginan, visualizan en privado, toman forma, cambian, se deconstruyen y reconstruyen para materializarse luego en palabras escritas unas y en realidades corpóreas otros.

“Con hilos de palabras vamos diciendo, con hilos de tiempo vamos viviendo,” continúa Galeano. Y yo digo que con materiales definimos los espacios que vivimos en el tiempo que transcurrimos.

“Los textos son como nosotros: tejidos que andan,” culmina el escritor uruguayo. Pienso y digo que los edificios “tejen” pueblos y ciudades configurando contextos apelantes desde lo simbólico y posibles de ser leídos por cada trajinante de esos escenarios de historias.

El colega español Alberto Campos Baeza agrega que en la literatura las palabras y en la arquitectura la materia expresan sentimientos, buenos o malos, según su disposición en el contexto. “Puestas de una forma no nos dicen nada y puestas de otra nos hacen llorar”.2

Otro colega, Victor Riquelme, afirma que las palabras adquieren en la literatura el poder de crear y transformar cualquier forma material. Y los materiales adquieren en la arquitectura el poder de crear y transformar cualquier idea. Cuando estas dos disciplinas entrelazan sus técnicas, se establece un diálogo visual y narrativo que potencia las características más genuinas de ambas artes logrando que “los edificios se lean y las palabras se palpen”.3

Quizás haber por años proyectado y construido edificios me haya impulsado a esta nueva aventura de utilizar palabras y metáforas, frases y analogías combinadas de diversas maneras para transmitir hechos y situaciones reales y no tanto. Ahora en párrafos y textos como antes en dibujos y materia.

En todo caso, para mí, es tan fascinante esta tarea como aquella.

Arquitecturas con palabras

Escritos edificantes

Indice

Relojero

¿Viste que en todos los pueblos hay personajes que saben oficios imposibles?

En el mío podés encontrar, por ejemplo, un talabartero. ¿Quién sabe hoy en día que hace un talabartero? También hay un experto en cajas fuertes. Dice que “mientras más viejas mejor, más pesadas y difíciles de abrir”. Las compra en corralones de demolición de Buenos Aires; las restaura y terminan en manos de comerciantes, abogados y usureros.

De ambos te contaré algún día. Pero hoy quiero hablarte del relojero de mi pueblo, típico exponente de otro oficio en extinción.

Tengo en casa un viejo reloj de pared con caja de madera y tapa con vidrios biselados. Creo que tiene una campana que marca las horas. Lo heredé de mi abuelo, era de su padre, está roto, nunca lo vi funcionando.

—Lleváselo a Luis, me dice un amigo. Ese del saloncito pequeño frente a la plaza. El que se pasa los domingos solo en el bar. ¡Sabe un montón!

Me paro frente a la puerta con un cartel que dice “relojería”. Pasé mil veces por ahí sin darme cuenta. Adentro, un señor mayor con gruesos anteojos está sentado detrás de una vitrina con una mesa llena de piezas de relojes destripados. En ese caos apenas le queda un espacio de trabajo pequeñito iluminado por una vieja lámpara.

Le cuento del reloj, le pregunto si se anima.

Escucha displicente, enfrascado en un relojito que parece acaparar toda su atención. Cuando termino levanta la cabeza y me mira fijo. Dice:

—Los relojes no tienen secretos para mí. Tráigalo y lo vemos.

Llego al otro día, a eso de las diez. Hace lugar en una mesita que está al lado de su vitrina caótica y lo coloca encima, delicadamente. Abre la puerta con los vidrios biselados y pareciera que se transporta a otra dimensión. Me dice que, técnicamente, es un reloj de péndulo alemán marca Junghans. Y que, como tiene un gong que suena cada media hora cuando lo golpea un martillo, es un “reloj de sonería”. Lo desarma y examina bajo la luz de la vieja lámpara. Explica que la maquinaria se llama “calibre” y que la parte externa con sus ornamentos se llama “caja”. Y culmina afirmando que, como todo reloj mecánico, funciona con el rozamiento de sus piezas y por eso se desgastan.

—Súmele la falta de lubricación, las variaciones de temperatura y humedad… Seguro tiene bastante más de cien años.

Descubre que le falta la barra superior del péndulo. Pero él la va a fabricar porque si la pide a Buenos Aires va a tardar un montón y me van a cobrar otro montón también.

Me muestra una tuerca de ajuste situada bajo el péndulo sobre un vástago roscado. Si el reloj atrasa hay que girarla a la derecha. Y viceversa. Extasiado, me va abrumando con datos técnicos y nombres de las piezas.

—Menos mal que está la llave adentro de la caja, para darle cuerda. Siempre se pierden estas llaves. Aunque el crique de la espiral que hace andar al martillo está roto.

Dice que sí, que lo puede arreglar, que está bastante bien, que vuelva el lunes con cuatro mil pesos.

—¿El lunes? Mire que hoy es viernes, ¿va a llegar?

—¡Claro! Si vivo solo y no tengo nada que hacer. Un domingo que no pase por el bar, me va a acortar el fin de semana…

El lunes, cuando llego, mi reloj está colgado en una de las paredes del pequeño salón, al lado de una vieja foto con un señor sentado frente a la misma vitrina que ahora ocupa Luis. Son pasadas las diez.

—¿Vive lejos de aquí? Porque me gustaría colocarlo personalmente en la pared.

—Vamos Luis, después lo traigo, no hay problema.

Pone en la puerta el clásico papelito “vuelvo en 15” y salimos. Carga cuidadosamente el reloj con ambas manos. Lo apoya en el asiento de atrás con gran esmero. Que vayamos despacio dice, que se puede mover alguna pieza.

Ya en casa me ayuda a elegir el lugar donde ponerlo, la altura, lejos de la ventana para que no le pegue directamente el sol porque lo va a descalibrar.

Pone el taco; lo engancha en la pared y lo nivela cuidadosamente para que el péndulo oscile de igual manera hacia ambos lados. El tic tac, me dice, es el latido de la máquina y con solo escucharlo él sabe si está fuera de ritmo y hay que volver a nivelarlo.

Didácticamente prosigue:

—Dado que el efecto del peso del péndulo en la maquinaria varía según la gravedad, y que la gravedad varía con la latitud y la altura sobre el nivel del mar de cada lugar, los relojes de péndulo deben reajustarse para mantener la hora correcta cuando se trasladan de un lugar a otro. Y hay que darle cuerda cada siete días, despacito para no romper los criques.

Faltan 20 minutos para que den las once. Quiere esperar para sentirlo sonar en mi presencia. Dice que lo que yo llamo vulgarmente campana técnicamente se denomina “gong”. Y que el gong que tiene este reloj suena particularmente fuerte y claro. Ya no puedo más de curiosidad. ¡Tanto sabe de relojes el Luis este!

—¿Dónde aprendió?

—Con mi papá, el hombre de la foto en el salón. Una tarde cuando tenía diez años, al volver de la escuela me llevó a su mesa de trabajo y desarmó completamente, delante de mí, un reloj despertador de cuerda, nuevito, que tenía para vender. Me enseñó el nombre de cada pieza, una por una. Y los tuve que aprender. ¿Se imagina? ¡Diez años! Después me lo hizo armar completamente, bajo su atenta mirada, hasta dejarlo como estaba.

Así que el oficio es un asunto de familia, pensé. Y quise saber un poco más.

—¿Y a su papá quién le enseñó?

Luis se pone pensativo, recordando. Después de un breve rato empieza:

—Un gringo que vino a trabajar en las minas, hace mucho. Era joven y no sabía casi nada de español. Mi viejo tenía nueve años, o diez, y vivía solo con mi abuela en una casa grande al final del pueblo. Le alquilaron una pieza y se instaló con su teodolito y su cámara fotográfica. Era topógrafo y se pasaba semanas enteras sin volver de los socavones. Cuando llegaba, papá le lustraba las botas, le cepillaba los sombreros, le hacía los mandados y le prestaba sus cuadernos y libros de la escuela. Así se fue haciendo entender cada vez mejor.

La historia se ponía interesante. Luis prosiguió: