Arrivederci - Victoria Ramírez - E-Book

Arrivederci E-Book

Victoria Ramírez

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Beschreibung

Jamás pensaste que extrañarías un espacio en el sillón de su casa, que los mates más dulces serían sus amargos. Cuando te pusiste a llorar por una crisis no pudiste ver que una historia maravillosa nacería en ese espacio… ¿Lamentaste no haberte arriesgado? Caminaste ignorando almas que te sanarían la tuya luego, que pena… ¡Qué ciegos! ¡Cuánto poder le damos al ojo ajeno!

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Seitenzahl: 83

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. Martina Barbieri.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Ramírez, María Victoria

Arrivederci : una historia como cualquiera / María Victoria Ramírez. - 1a ed . - Córdoba : Tinta Libre, 2019.

86 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-469-6

1. Narrativa Argentina. 2. Novela. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está tam-

bién totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet

o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2019. María Victoria Ramírez.

© 2019. Tinta Libre Ediciones

Desde el primer día la historia tuvo de fondola melodía de despedida, un ritmo inseguro,pero realmente confortable.

…¿Por qué?Porque así es el camino,porque las historias no siempre terminan con sonrisas juntos,ni en cafés bien cargados amarrados a una charla,a veces solo se trata de un pequeño viaje.Un número de historias son así,de esas que casi parecen una botella de dulce vino blanco vacía,llena de pendientes poco atrevidos…

ArrivederciUna historia como cualquiera

María Victoria Ramírez

1.

Jueves

El escenario era tan hermoso que no necesitaba ninguna cosa en realidad, solo podría seguir haciendo lo de siempre, ser el paisaje de cuentos como este, en el que dos personas se encuentran luego de estar sin verse por mucho tiempo… Historias que sostienen contratos clandestinos, planes sin destino.

Una ciudad en la que los vecinos se adueñan de las veredas en tiempos de verano, y que las tardes de otoño se vuelven el momento perfecto para estar bajo el sol con mates y chipá, con gente caminando por las calles tranquilas. Ideal para comenzar una vida de familia, algo clásico para algunos, un paraíso para quienes vienen de la furia de emporios grandes. Lo cierto es que aún se podía disfrutar de los parques por la noche, en las que el techo no era más que millones de luces brillando en el cielo, alumbrando lo que viene, adornando escenas llenas de relatos, de compañía, de abrazos reprimidos, de silencios cómplices, de risas, de llantos… Un Edén inmenso acompañando a la vida.

Lo que voy a contar es simplemente una historia breve, sin tanto amor, pero con mucha compañía, que inició y terminó así... Precisamente allí.

Once años antes, un camión de mudanzas llegó a la ciudad, como todos en algún momento en el que salimos del cascarón para emigrar y soñar tan alto que nos permita inventar nuestra propia realidad… Así llegó Sinai a este lugar. Una fábrica de zapatos estaba en busca de personal y fue la puerta de entrada, era la oportunidad para iniciar con un buen puesto laboral. Fue todo un proceso el acomodarse, sin conocer a nadie, tuvo que arriesgar y conseguir un lugar, moverse no fue cosa fácil, pero la ciudad no solo tenía bellos árboles, sino también gente con mucha voluntad de ayudar, con lo que pudo acomodarse mejor y poco a poco crear vínculos de amistad.

Medio distante y tímido, calculador, sin intenciones de caerle bien al mundo, aun cuando amaba conocerlo y andar sus rutas y sus cielos; seleccionaba a quién sí y a quién no, de ese modo fue que caminó.

En otro lugar del mundo venía un tren lento, trasladando un puñado de sueños, una caja de miedos, y una interminable carga de expectativas y de ganas de comenzar una nueva vida… Traía además a Vianey, una estudiante de letras que amaba tantas cosas que no hacía más que experimentar todo el tiempo, y este viaje era su experimento maestro, su llave al crecimiento. Ella venía sin muebles, con un gato en su mochila y nada más que ganas. Por suerte, con amigos del lugar se pudo instalar rápido en un espacio chico, en el que solo cabía una cama, un pequeño aparador para libros y fotos, una heladera chica y su amigo peludo de manchas blancas y bigotes largos. Cada día parecía más desorientada, no sabía qué calles caminar, a quién hablarle; solo se dedicó los primeros meses a arriesgarse, a experimentar y familiarizarse, corriendo riesgos enormes en un lugar desconocido, pero con fe en los frutos que vendrían.

¿Qué es la pasta de avellanas? “…Es suave y cremosa, se logra procesando y mezclando avellanas y otros ingredientes, famosa mundialmente por su sabor a chocolate”. Pero, ¿saben una cosa? Es un producto que no se consigue en esta ciudad, que cada tanto se encuentra en las góndolas, pero dura tan poco tiempo que no se alcanza a comprar… ¡¡¡Y adivinen qué!!! Era el postre preferido de estos dos personajes que acababan de llegar, que su búsqueda los llevó a coincidir en un comercio céntrico y los paró en medio de un pasillo frente al último frasco de esta pasta. El aroma invadía ese sector, parecía que todo lo que había era de cacao, se podía sentir lo dulce, se aguaba la boca de cualquier persona que pasara por ahí, era prácticamente imposible que no llegaran a esos frascos para llevárselos a sus casas, por lo que, durante la tarde, la tentación hizo que uno a uno se fueran, y solo uno escondidito sobreviviera hasta que Sinai y Vianey llegaran al lugar. Ella se dio cuenta de que ambos querían lo mismo, así que se apuró a tomarlo, lo puso en su canasto y apuntó hacia las cajas. Sinai la vio tan apresurada que no atinó a reaccionar, pero luego de unos minutos, mientras observaba cómo se iba, decidió seguirla e iniciar su primera lucha en la ciudad, no importaba cuán grande fuera, pero de seguro sería intensa.

Él caminó detrás de ella, y cuando la susodicha se percató aceleró sus pasos, pero el cruce fue inminente; Sinai no pensaba quedarse con los antojos de chocolate, no justo esa noche que llovía sin parar y no tenía otros planes más que ver películas online tirado en el sillón, con una manta atigrada que rodeaba sus piernas, como lo hacía cada jueves por la noche.

Cuando por fin la alcanzó, sintió cómo Vianey evitaba mirarlo a los ojos, aún no quedó claro si por miedo o vergüenza, o simplemente para no compartir la pasta de avellanas que traía en su canasto; pero él insistió y le habló.

—Con una taza de café va muy bien.

Y sin éxito de respuesta, ella siguió su camino. Ya casi por pagar su compra, Sinai insistió:

—¿La vas a comer hoy?

Ella, furiosa, volteó a verlo y le respondió:

—No, la compré para ponérmela en el pelo. Eso ayuda al crecimiento.

Él sonrió y le propuso comprársela, a lo que lógicamente ella no accedió. Ese fue el inicio de una larga discusión que no voy a relatar, pero que lejos de dejarlo satisfecho a Sinai, lo alentó a seguir intentando, pues tampoco tenía algo mejor que hacer. Afuera del súper llovía y en su casa no tenía siquiera un perro que le ladre, por lo que encontró divertido el forcejeo espontáneo que se desató por el postre. Finalmente, ella lo ignoró y salió del comercio. Él caminó detrás de la muchacha desconocida, solo con intención de fastidiarla un poco, ya que su reacción anterior le había parecido interesante y, de paso, intentaría por fin terminar ese plan sencillo en su trono solitario.

No hubo chance de mirar la película ni tampoco de usar la mascarilla de crecimiento, todo terminó en una charla sin sentido, entre ironías y malos tratos, parados en una esquina, empapados y ya casi resfriados, durante largos cuarenta minutos. Una vez que terminó de echarle en cara que ella había ganado, se dispuso a dejarlo ahí, bajo la lluvia, sin importarle qué tan tarde era. Mientras que él solo miró hacia atrás e intentó seguir por donde le parecía que había caminado; y como este cuento no es de hadas precisamente, debo decir que Sinai pasó horas buscando la manera de volver, todavía le costaba orientarse y esa sin corazón lo había alejado mucho del lugar que conocía. Su jueves terminó en el sillón, pero con una taza de té antigripal bajo la manta que le había regalado su mamá.

2.

Bandera de paz

Ya el caballero tenía perdida la primera batalla, así que no tenía otra opción más que esperar la siguiente provisión de pasta suave de avellanas, idea que no le resultaba tan simpática, pero era lo que le había tocado.

Un sábado de sol como cualquiera, perfecto para salir a correr a la playa, la casa estaba por demás cómoda, el sillón lleno de almohadones desordenados. Al costado, una especie de tarola —instrumento de percusión— en forma cuadrada, de madera que aún no se sabe para qué estaba allí (nuestro muchacho no tenía pinta de ser músico experto) y, por encima de esta caja, rebosaba de chocolates y turrones de maní un tubo plástico no tan pintoresco, pero perfecto para los días de lluvia en los que no había otra opción más que estar tirados viendo algún film o ideal para recibir alguna visita e invitar algo dulce entre charla y charla. ¡Era domingo! Estamos hablando de un panorama bastante ordenado, por lo que no había razón para quedarse adentro. Así que preparó su mochila con ropa cómoda y una botella de agua y salió a un recorrido sin hora de vuelta. El plan era correr un poco y estar en casa bajo la ducha refrescante ya anocheciendo, pero, como les dije al principio, resulta que no todo sale como se planea, y Sinai terminó en la costa del río, sobre un tronco grande disfrutando de un trago frío con un compañero que había cruzado en la recorrida. Entre una y otra cosa, se hizo de noche y recordó que tenía salsa que descongelar para la cena… Por lo que se sacó las zapatillas, las sostuvo con sus manos y caminó sobre la arena dejando que estas le rasparan la piel tras cada paso.