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Un grupo de jóvenes indígenas debe realizar una prueba de supervivencia la cual les entregará el honor de convertirse en hombres. Durante el viaje de caza conocen a un animal peculiar, el cual se hace llamar Arter, y descubren una piedra particularmente rara que cambia sus vidas abruptamente, entregándoles poderes sobrenaturales. Cuando regresan a su ciudad, en medio del bosque, llegan y se dan cuenta de que un cataclismo ha consumido su tierra natal. Luego de encontrar a otros sobrevivientes y buscar respuestas al inesperado suceso, emprenden un viaje peligroso y mortal hacia una tierra desconocida, donde, se presume, gobierna un malvado demonio que mantiene cautivas a sus familias con un oscuro propósito en mente. Los jóvenes deben aprender a controlar sus emociones para poder utilizar sus poderes a la perfección. Sin embargo, una serie de sucesos inesperados confrontará a aquellos jóvenes intrépidos y los obligará a demostrarse a sí mismos que tienen lo necesario para llamarse a sí mismos «Los Guardianes de la 'Chuecuta' Sagrada» y vencer a un peligroso misterio que amenaza la tierra de sus ancestros.
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Seitenzahl: 467
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Diego Germán García Beltrán
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1181-769-1
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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DEDICATORIA
Este libro va dirigido a todos los amantes de la ciencia ficción, la naturaleza y las culturas del planeta en su gran mayoría. Ustedes aquellos soñadores y creadores que nunca se han dado por vencidos en sus aspiraciones de ver un mundo lleno de magia donde la imaginación sea la protagonista y la fantasía su fiel compañera.
Esta historia va dirigida a las innumerables personas curiosas y aventureras, que se preguntan sobre la vida, la existencia, la muerte y los secretos que el planeta aún nos aguarda.
Acompáñame a conocer un mundo intrépido, salvaje y fantástico. Donde la luz y la oscuridad se convierten en fuertes exponentes de la naturaleza en una lucha perpetua por la supervivencia.
AGRADECIMIENTOS
El mundo no sería el mismo sin personas como ustedes, que han apoyado la publicación de esta historia. A ustedes, jóvenes soñadores y veteranos conquistadores, les doy las gracias por creer en mí. Mostrar el mundo desde otra perspectiva es uno de mis mayores sueños y aunque los tiempos no han sido los mejores para la humanidad, mientras exista una persona que sueñe y vea el mundo de otra manera, la inspiración continuará.
Este libro es producto de su inigualable motivación e incansable apoyo que me mueven a desarrollar historias que nos lleven a mundos inexplorados e historias peculiares. A todos ustedes, gracias.
CAPÍTULO UNO Enigmas del Pasado
—¡Despierta! ¡Vamos, despierta! ¡Ya amaneció! ¡Es hora de DES-PER-TAR!
Cuando Hakan1sintió varios golpes en su estómago, abrió los ojos y dio un brinco sobre su cama. Vio a su pequeña hermana Anahí2 que con una gran sonrisa estaba sentada a su lado aguardando con una sorpresa para él en una de sus manos detrás de ella.
—¡Hola, hermanito! Espero que hayas dormido bien porque… ¡Hoy es el día! —gritó la pequeña emocionada.
El joven entredormido reaccionó de inmediato a las palabras de la pequeña niña de piel dorada con ojos azules aguamarina y se levantó de la cama de paja donde yacía. Se restregó los ojos y miró para todos lados esperando que nadie más estuviera allí viéndolo dormir en su pequeño cuarto de bahareque y le dijo a su hermana:
—Ana, ¿qué haces aquí?
La pequeña de ocho soles extendió su brazo y le entregó lo que guardaba en su mano. Era un collar de piedras de colores del Lago Nubiloa que Anahí había hecho días atrás para dárselo como motivo de su cumpleaños, con la ayuda de su mamá. Hakan sonrió y cuando lo recibió percibió un leve brillo en una de las piedras incrustadas en el collar hecho con cuerda de algodón, sin embargo, antes de pronunciar palabra alguna, entró su padre de manera estrepitosa y el joven puso el collar sobre su cama.
Hakan era un joven delgado con piel trigueña casi blanca. Tenía el pelo corto de color negro y unos ojos oscuros, algo hipnóticos. No era muy alto, tampoco muy fuerte y mucho menos valiente. Sin embargo, Hakan era querido por las personas por ser un chico de gran corazón.
—¡Hakan, mi chyty(hijo)! ¡Llegó el gran día! ¡Hoy demostrarás a la tribu lo que puede hacer el hijo del zipa(gobernante)! —dijo su padre.
Hakan con una sonrisa temerosa vio a su padre que se dirigía hacia su cama con el porte de todo un gobernante, debido a que sí lo era. La familia de Hakan, desde tiempos inmemorables tenía la tarea de guiar y defender a la tribu andina Makal ante cualquier peligro interno o externo que pudiera poner en riesgo sus vidas. Su padre había construido rutas de comercio para dar a conocer el nombre de la tribu y eso generó que se volviera un punto importante para comerciar y hacer negocios. Su abuelo Newén3 luchó contras las fuerzas invasoras de la tribu Ayoreo sesenta años atrás, los cuales guiados por el cacique Nahuel4 buscaban conquistar el norte del valle de la Almendra, terreno sagrado para la tribu. En ese mismo lugar entregaban los sacrificios y pertenencias de los muertos a los dioses que eran los encargados de proteger el valle y dar prosperidad, salud, protección y alimento a sus habitantes. También, cien años atrás, su bisabuelo Mainque5 fue el encargado de repeler las fuerzas invasoras de una antigua tribu invasora llamada Faveya, que buscaban adueñarse de toda la meseta del río Tambah donde comulgaban la tribu Makal, Ayor y Gunesua siendo esta última destruida en una de las incontables batallas por proteger su tierra de aquellos invasores. Los sobrevivientes fueron adoptados por tribus aledañas y otros murieron en el espeso bosque producto del destierro, además de los innumerables peligros que poseía el valle. Sin embargo, pocos años después, los Faveyos fueron expulsados del valle de la Almendra y empezó a reconstruirse la tribu poco a poco.
La familia de Hakan mantenía un legado muy importante, por tal razón el joven luchaba en su interior entre demostrar a su familia su verdadero potencial de futuro zipa, o huir y así evitar la humillación pública.
Cuando su padre alcanzó el somier de la cama, Hakan se dispuso a abrazarlo.
—Ven aquí hijo, ¡feliz nuevo sol! Sé que debes de estar emocionado por todo lo que va a acontecer este día. Pero debes estar tranquilo y concentrarte al máximo para poder pasar la prueba. No quiero tener que desterrarte para siempre —bromeó Canek6 mientras alborotaba el cabello del joven. Al escuchar las alentadoras palabras de su padre, Hakan empezó a temblar, sin embargo, al escuchar la dulce y sonriente voz de su madre entrando en la habitación, hizo que ese temor cesara.
—Canek… Sabes que nuestro chyty ya se encuentra demasiado inquieto por este día. No lo hagas sentir peor —dijo su mamá mientras se acercaba a la cama—. ¡Mi pequeño hijo! ¡Qué collar tan bonito! ¿Quién te lo regaló? —le preguntó la mujer a Hakan al ver el collar sobre su cama.
—Anahí lo hizo, madre. Y a partir de hoy ya no soy un pequeño —bromeó el muchacho.
Su madre, Eluney7, sonrió y lo miró con ternura. Lo abrazó fuertemente y lo felicitó por sus quince soles.
—Cuando estés listo ve a ver a tu pabe(tía), Itati8. Tiene algo para ti —le dijo Eluney.
—¡Ahh! ¡Es cierto! También está muy emocionada por ver a su sobrino convertirse en todo un hombre —exclamó Canek.
Su madre agarró el collar y se lo puso a Hakan alrededor del cuello. Se despidió con un beso en la frente de su hijo y le dijo:
—Mejor me voy antes de que los makalitos empiecen a reclamar que se abra el salón azul. ¡Vamos Anahí! Dejemos a tu hermano a solas.
Disfruta tu mañana, hijo… ¡Eluney, espérame, que te debo contar algo que pasó en la madrugada con Yaqal9! —gritó Canek mientras salía corriendo de la habitación detrás de ellas.
—¡Por fin paz! —suspiró Hakan.
El joven agarró una manta blanca de algodón, peinó su cabello con la mano y cuando iba de salida para ir a ver a su tía, una delicada y suave voz lo atrajo hacia la ventana de su habitación. Era Malén10, una joven coetánea de Hakan, de pelo lacio, piel morena clara y ojos verdes opacos que a más de uno cautivaba cuando la veían pasar. Hakan la conocía desde que tenían cuatro años porque sus padres eran viejos amigos de guerras pasadas. Recientemente, Malén había cumplido también los quince soles y Hakan le había regalado una pulsera de piedras pequeñas de diferentes colores que encontró cerca de la quebrada Kilamcha, la cual desembocaba en el río Kilua, algunos kilómetros al suroriente.
—Hola, Kan —susurró Malén.
—Hola, Lén —contestó el muchacho.
—¿Estás listo para el gran día? —preguntó la joven.
—No lo sé, Lén… Mi padre está emocionado con que yo muestre mi valía y destreza, pero no estoy seguro de poder hacerlo —lamentó Hakan.
—Tranquilízate, Kan, solo debes pasar tres lunas en la meseta y cazar a un jaguar —explicó la jovencita.
—¡Lo sé! —exclamó nervioso el joven.— Me lo han estado diciendo todos adonde quiera que he ido. Piensan que por ser hijo del zipa todo es más fácil pero no. No he podido dormir más que unas cuantas horas debido al temor que siento —sollozó.
—Ven conmigo, tengo algo que enseñarte —dijo Malén emocionada.
Hakan sin replicar salió por la ventana y se reunió con la joven muchacha.
—Lindo collar —dijo la joven.
—Gracias, me lo hizo Anahí —contestó Hakan.
—Creo que deberías dejarlo aquí adentro para que no se estropee. Te lo puedes poner en la tarde para la prueba —aconsejó la jovencita.
—Amm… Creo que tienes razón. Mejor lo dejaré acá —respondió el joven mientras se asomaba por la ventana y tiraba el collar encima de su cama.
Los jóvenes bajaron la colina de flores silvestres en donde estaba ubicada su maloca(casa). Los makalinos saludaban al joven con alegría y cordialidad desde sus pequeñas chozas ubicadas a una distancia considerable bajo la colina y al tomar el camino de piedra que llevaba a la plaza central de la ciudad donde vivían, Gual’Psku, capital de la tribu Makal, los jóvenes se detuvieron en seco. Sin pestañear vieron a unos Katus(soldados), que pasaban en formación por la plaza principal. Malén los miró con admiración y codeó a su amigo para que los observara también. Hakan la molestó porque sabía que su más grande sueño era convertirse en la primera mujer Katu de Makal y ella sonrió. Al fondo, en el centro de la plaza, vieron cómo algunas personas hacían los preparativos para el evento que tendría lugar en la tarde y Hakan pasó saliva. Ante ellos apareció Willak11, un joven moreno de diecisiete soles, hijo de un famoso opositor al zipazgo(gobierno) de Canek llamado Yawri12, que le gustaba molestar a Hakan, provocarlo y burlarse de él.
—Vaya, vaya. Conque aquí está el futuro zipa de la tribu… No estarás pensando en huir con tu noviecita para no pasar la vergüenza de ser expulsado cuando falles en la prueba. ¿O sí? —dijo en tono burlesco Willak.
—¿Qué te importa, Willak? Hakan está más que preparado y regresará en menos tiempo que tú —contestó Malén enojada.
Hakan con risa nerviosa mostró cierta incomodidad ante el comentario de la niña, pero antes de responderle a Willak fue interrumpido por Suksu13 que se acercaba desde lejos y con un grito estrepitoso saludó a sus amigos:
—¡Hakan, Malén! ¡Hola!
Rápidamente el joven makalino de trece soles, que provenía de una familia Gunesua que fue recibida en la tribu muchos años atrás, se acercó rápidamente con la felicidad que lo caracterizaba. Pero antes de acoplarse, Willak dijo con tono sarcástico:
—Necesitarás más que suerte para cumplir la prueba, Hakan. Ya quiero ver cuando tu padre te expulse de la tribu.
El joven corpulento y risa malévola se alejó de los muchachos justo cuando llegó Suksu. Este hizo una cara de desagrado a Willak y prosiguió a abrazar fuertemente a sus viejos amigos.
—¿Qué hacen aquí? y ¿por qué estaban hablando con él? —preguntó intrigado Suksu.
—Solo íbamos caminando por acá hacia… Por cierto ¿adónde vamos, Lén? —Hakan giró en dirección a la muchacha quien con una sonrisa nerviosa contestó:
—Kan, la verdad es que…
En ese momento fue interrumpida por su madre quien de un fuerte grito desde lejos la estremeció:
—¡Malén! ¿Qué haces? ¡Recuerda que debes preparar la paja para el ritual de esta tarde!
Malén sonrió a pesar de odiar la tarea que le había encomendado su madre desde la maloca, porque se había salvado de explicar a su viejo amigo, el plan a seguir. Volteó con tristeza y les dijo a los muchachos:
—Chicos… Lo siento, debo irme. Suk, ayúdame con eso por favor—La jovencita miró con el ceño fruncido a Suksu e inmediatamente este entendió a lo que se refería.
—¡Ah sí, Malén! —dijo el muchacho apenado—. ¡Hakan! Acompáñame, amigo. Hay algo que debo mostrarte —agregó.
Los niños se despidieron de Malén y siguieron su camino por el valle con rumbo al río.
—Espero que lo aprecies mucho, Hakan, lamento no poder acompañarte —susurró la niña mientras veía alejarse al muchacho.
Mientras Hakan y Suksu continuaban descendiendo por la naturaleza, al joven príncipe lo seguían saludando por las zonas adyacentes. Gracias a Canek, que había desterrado las furiosas bestias que azotaban sus poblaciones años atrás, las familias del lugar le tenían gran respeto al zipa y a su familia.
Al llegar a la ribera del río Kilua, un lugar lleno de paz y silencio, Suksu hizo con su boca el canto característico del tucán celeste, originario de la región, para llamar a sus amigos. Rápidamente se incorporaron desde los matorrales Akbal14, Yareth15 y Jawari16. Ellos eran unos jóvenes trillizos de aspecto trigueño, ojos cafés y cabello negro, hijos de unos jeques(sacerdotes) cercanos a Canek, que habían hecho unos votos de unión hace muchos soles atrás para casarse y tener hijos mientras servían a sus deidades. Conocían a Hakan desde su nacimiento, casi siempre jugaban con él y para diferenciarlos, usaban junto a sus ropas habituales de algodón y tela, una pluma de color particular de guacamaya real, Akbal de color rojo, Yareth de color azul y Jawari de color verde. Junto a Malén y Suksu, le habían preparado un pequeño ritual de preparación con un estilo particular.
—¡Hakan! —dijeron los jóvenes al unísono.
—¡Felices quince soles, mi amigo! ¿Cómo te sientes? —preguntó Yareth.
—¡Chicos! ¡Hola…! Creo que estoy bien, aunque me siento un poco temeroso, la verdad —exclamó Hakan.
—No te preocupes, Hakan —dijo Jawari.
—Sabemos que te irá bien —puntualizó Suksu.
—Tenemos preparado esto para ti, amigo —dijo Akbal mientras se acercaba.
El joven sostenía con sus dos manos, un cuenco que contenía arcilla blanca y carbón de madera separadas cada una a un extremo de la vasija.
Años atrás, los jóvenes makalinos habían ideado un acto poco convencional para preparar a sus amigos que iban a hacer la prueba de valor pintando sus mejillas con la arcilla, usando el carbón para darle un aspecto de guerrero ancestral y lavando su cabello en el río Kilua como símbolo de pureza a la hora de realizar la prueba. Este ritual se estaba volviendo famoso entre las comunidades limítrofes y Hakan iba a ser uno de los bendecidos con esta práctica.
—Hakan, arrodíllate y cierra los ojos —dijo con vehemencia Akbal que años atrás había aprendido esta práctica en el Cuca(templo) de la ciudad y su sueño era llegar a ser parte del grupo selecto de jeques que servían en Gual’Psku.
—Está bien —respondió Hakan.
Rápidamente el joven se posicionó y cerró fuertemente los ojos para que Akbal pudiera proceder con el ritual.
—Ven, Suksu —dijo Akbal.
El joven corrió y tomó la vasija que llevaba Akbal en sus manos. Akbal puso su mano derecha sobre el cuenco, untó la palma con la arcilla blanca y la puso sobre la mejilla derecha de Hakan.
—Que la arcilla blanca, símbolo de la paz, te otorgue la serenidad en tu camino a la gloria —dijo Akbal con autoridad.
Puso luego la mano izquierda sobre la vasija, pero esta vez untó sus dedos índice y medio con el carbón, luego trazó una línea diagonal en la mejilla izquierda de Hakan con ambos dedos y dijo:
—El carbón de madera, símbolo de la fuerza de los guerreros de antaño, te dé poder para cazar al jaguar de la montaña.
Akbal levantó la mirada e hizo señas a sus dos hermanos quienes inmediatamente sacaron agua del río en una múcura(jarra) y cuando Akbal tocó los hombros de Hakan como señal para que se levantara, los jóvenes vertieron el agua en su cabeza mientras decían entre risas:
—¡Te bendecimos con la fría pureza del río, para que puedas sobrevivir en la meseta!
El joven sintió el agua fría en su espalda y se retorció. Rápidamente se levantó y celebró con todos sus amigos.
—Gracias, chicos, por ensuciarme la manta —dijo el joven príncipe con sarcasmo mientras sacudía su prenda.
Todos sus amigos lo abrazaron y rieron. Después de eso Jawari tuvo una idea y dijo:
—¿Por qué no jugamos moma?
Todos estuvieron de acuerdo y buscaron un sitio sin pasto, cerca del río donde pudieran trazar el círculo para su juego. Cogieron dos piñas de pino que había por ahí caídas para simbolizar a Zef17 y a Chud18 y cada uno agarró una piedra de la ribera del río para jugar. El objetivo del juego era pegarle con la piedra a las piñas y sacar del círculo hecho de arena, a una de las dos deidades. Si sacaban a alguno de ellos, ganaban un punto y si no lo hacían, no obtenían nada.
Jugaron durante bastante tiempo y Hakan se divirtió a pesar de tener la ropa mojada. Al pasar de los años habían ido fortaleciendo su amistad teniendo aventuras en el bosque, sembrando árboles en terrenos sagrados, cazando animales para ofrendar a los dioses, nadando en el río y jugando moma, cucunubá, la cual se jugaba con unas pequeñas bolas de metal, o trompo, donde un objeto cónico giraba sobre su eje sobre el suelo, por mencionar algunas prácticas en sus tiempos libres. Cuando Hakan no estaba libre, estaba aprendiendo del maravilloso arte de ser un zipa junto a su padre. Desde economía hasta estrategia militar, diariamente el príncipe se encontraba adquiriendo nuevo conocimiento y de vez en cuando, Canek lo llevaba fuera del zipazgo donde vivían, para conocer nuevos lugares o costumbres de otras tribus.
Cuando terminaron de jugar, decidieron regresar a la ciudad para comer.
Subieron nuevamente a la plaza. Hakan se despidió de sus amigos, caminaba como un mono araña debido al peso de su ropa mojada y la gente lo miraba con gracia, pues ya sabían lo que había ocurrido. Cuando estaba llegando a su casa, con el «corazón en la mano» debido al cansancio por el ascenso de la colina, recordó que su tía lo estaba esperando. Con expresión de enojo, ceño fruncido y rechinando los dientes bajó de nuevo la colina en dirección a la maloca de su tía Itati.
—¡Chuta(sobrino)! —dijo Itati.
—¡Pabe! —contestó Hakan.
—¿Cómo te encuentras el día de hoy? ¡Estás bastante sucio! —preguntó su tía.
—Estaba con mis tybas(amigos). Me hicieron un ritual de preparación. Me siento bastante nervioso, pabe —respondió el muchacho.
—Estos jóvenes y sus inventos raros —se burló Itati—. Chuta, no debes afligirte, debes confiar en ti mismo porque tu fuerza no reside en tus manos, está en tu mente. El jaguar sabe eso y por eso espera el momento correcto en que tu mente te engañe para así atacar. Tu tío sintió lo mismo cuando presentó su prueba. Si quieres te puedo contar la historia… —dijo su tía.
El joven asintió. Escuchaba con la mirada fija en su tía, pero mientras tanto su mente divagaba en lo que acababa de pasar con sus amigos y no prestó mucho cuidado. En el momento en que su tía acababa de hablar, reaccionó.
—Y así, Hakan, tu tío cazó a la bestia —concluyó su relato Itati.
Hakan solo pudo asentir con la cabeza y dar gracias a su tía por lo que fuese que le había dicho.
—Espera, tengo algo para ti —dijo la mujer.
Rápidamente Itati entró a la casa, buscó entre sus cosas guardadas y sacó un brazalete que había sido fundido con una larga cinta de fino oro, y piedras rojizas incrustadas en el exterior en forma de aro por su esposo, antes de perder la vida tres años antes del nacimiento del joven durante una noche de misterio y oscuridad. Lo entregó a Hakan que con gran sorpresa y una enorme sonrisa replicó:
—¡Pabe! Muchas gracias por tu regalo. En verdad es muy bello. Lo apreció mucho.
—Ojalá hubieras conocido a tu guecha(tío). Te pareces mucho a él, cariño. Este brazalete bendecirá tu fuerza y tu mente para enfrentar cualquier peligro, chuta. Fue el último trabajo que hizo Itzé19. Ahora es tuyo. Pero no lo podrás ofrendar si estás sucio y cochino. ¡Ve a lavarte! —regañó Itati a su sobrino.
Se despidieron con un fuerte abrazo y Hakan partió con rumbo a su maloca para cambiarse de manta y evitar un resfriado que pudiera entorpecer su «añorada» aventura. Llegó de nuevo a la cima de la colina, entró a su maloca de arcilla y madera, se echó agua en su cuerpo de un gran cuenco que contenía agua y se secó el cuerpo mojado con algodón. Después de cambiar su ropa, agarró el collar y fue a ver a su madre que se encontraba alistándose para la ceremonia.
—Hola, uaia(madre)… —suspiró Hakan
—¡Hola, chyty! ¿Ya fuiste a ver a tu tía? —dijo su madre.
—Estuve allá hace un momento. Me entregó un brazalete que fabricó mi guecha —contestó Hakan.
—Bueno, hijo. ¿Ya te sientes preparado para la prueba? —preguntó Eluney
—¡Así es, madre! Ya estoy listo —mintió el muchacho inseguro mientras agarraba con fuerza su collar con la mano izquierda, el cual volvió a brillar, pero él no lo notó.
—Ten cuidado y entrega lo mejor de ti, confío en que lo harás bien. Sabes que te amo —añadió su madre.
—Gracias, uaia. Así será. Yo también a ti —dijo Hakan.
Después de comer y reposar un buen rato. Llegó el momento. La gente se empezaba a dirigir hacia la plaza y un leve frío pasó por el cuerpo del joven príncipe.
—Vamos —dijo su mamá.
Salieron de su maloca con rumbo a la plaza de la ciudad para comenzar la ceremonia. El clima estaba sereno y las nubes cubrían el cielo en su totalidad. Al llegar a la plaza, Hakan vio cómo una gran multitud yacía allí para ver a los jóvenes que harían la prueba y ser partícipes de la gran ceremonia a cargo de los jeques de Gual’Psku. El joven junto con otros tres más, realizarían la prueba en máximo tres días. Tendrían que subir a la meseta del río Tambah, a diez kilómetros de la ciudad, y cazar un jaguar. La prueba establecería el fin de la infancia del muchacho y el comienzo de su joven adultez.
Hakan se despidió de su madre con un fuerte abrazo y se incorporó a los demás chicos. Se posicionó en medio de ellos, con la mirada de toda la comunidad encima. Sus amigos lo alentaban y gritaban arengas de victoria; se sentaron en la paja que Malén había preparado para ellos previamente y esperaron al inicio. En ese momento apareció su padre, Canek, con algunos Katu a su alrededor para auspiciar el evento. Eluney se unió a él, ambos vestidos con pieles de lobo blanco del sur, Canek con una lanza recubierta de oro y adornada con piedras preciosas en la punta y una mirada serena. Toda la gente mostró respeto y saludaron al zipa a excepción de Yawri, su hijo y unos pocos partidarios. Antes de dar inicio a la ceremonia, el pueblo hizo silencio.
—¡Querido pueblo makalino! —saludó Canek—. ¡En este día tan especial para todos nosotros, quiero agradecer a Gycheca20 por la realización de esta ceremonia!
Hoy, estos tres jóvenes emprenderán un viaje que los llevará como niños y los traerá como hombres. Personalmente es un orgullo tener a mi hijo Hakan entre estos jóvenes presentes que demostrarán a las tribus aledañas, el valor y el coraje de ser un makalino. ¡Que la fuerza del Sol y la sabiduría de la Luna los guíen en esta aventura! —añadió el zipa.
Los atabales(tambores) empezaron a sonar, los asistentes guardaban silencio. Había una garúa que acompañaba la ceremonia y toda la atención caía sobre los jeques ahora. Primero, tres sacerdotes se posicionaron frente a cada uno de los jóvenes con dos cuencos cada uno, los cuales contenían arcilla fresca de color blanco y carbón de madera como en la pequeña ceremonia hecha por los amigos de Hakan en la mañana. Con sus manos cogieron la arcilla de uno de los cuencos que traían y les pintaron totalmente la cara, luego alzaron el otro cuenco con carbón y soplaron sobre el rostro de los niños quienes inmediatamente tosieron y estornudaron. Otros sacerdotes alcanzaron múcuras que contenían sangre de pájaros sacrificados y dieron de beber a los niños, los cuales no pudieron dejar de hacer muecas por el sabor de la sangre. Los tambores lentamente iban acelerando el ritmo de sus golpes a medida que iba transcurriendo la ceremonia. Los sacerdotes con los cuencos dieron un paso al lado y abrieron camino a otros tres jeques quienes traían consigo un arma para cada jovencito. Al primero le entregaron una macana de mango de madera y cabeza de pedernal, a Hakan le dieron una lanza de cuerpo de madera con punta de sílex y al último le entregaron una tiradera de madera con algunas flechas con punta de roca consigo.
El zipa se acercó a ellos y dijo:
—Entreguen sus ofrendas.
Cada uno de los jóvenes entregó sus distintas ofrendas materiales para bendecir su viaje y Hakan entregó el brazalete que le había regalado su tía.
—¡Que Zef y Chud bendigan su ida y regreso! ¡Celebren conmigo el buen viaje de nuestros hijos! ¡Los hijos de Makal! —concluyó Canek.
Las trompetas de caracol revestidas de oro sonaron fuertemente y los muchachos fueron llevados a la entrada oriental de la ciudad. Fueron despedidos con la bendición de sus dioses y la mejor energía de sus parientes y amigos. Malén veía la partida de su querido amigo y le deseaba lo mejor en su viaje muy emocionada. Pero una vez los jóvenes salían de la ciudad, Malén corrió hacia su maloca, tomó una bolsa y salió.
—Este es mi momento —dijo con voz enérgica.
Agarró un viejo camino por el lado sureste de la ciudad, lejos de la multitud y fue tras ellos.
CAPÍTULO DOS Misterios Tribales
El sendero que cogió Malén había sido utilizado durante muchos años como una ruta de transporte de materias primas por parte de los makalinos que trabajaban en las minas de oro secretas ubicadas en las profundidades del bosque Kuri, al que se dirigía Hakan. Ese viejo camino, de tierra seca, aunque cuando llovía se volvía un lodazal, denotaba el paso del tiempo. Para Malén fue un poco difícil transitar debido a que la espesa vegetación hacía que por trayectos tuviera que usar un pequeño cuchillo de piedra tallada para cortar las enredaderas y la hierba que obstaculizaban su camino.
«Hakan, espérame» pensaba constantemente Malén quien se impacientaba a ratos creyendo que no podría alcanzar a su viejo amigo.
El camino conocido como «Abrazo de cola roja» por parte de los makalinos residentes en las zonas limítrofes, era en sí un atajo que permitía llegar en menos tiempo al lugar de la ascensión para viajar a la meseta donde Hakan y los dos jóvenes cazarían al jaguar. El camino originalmente tenía por nombre Nahslunytah(ciudad de huesos), en idioma Dassano y solo lo hablaban aquellas comunidades que vivían por allá. Sin embargo, debido a una maldición proferida por un antiguo sacerdote de Ayor, el idioma fue olvidado, además de que los poblados fueron azotados por tormentas y cientos de serpientes que no dejaron testigo alguno. Tiempo después, se nombró al camino «Abrazo de cola roja» debido a que la mayor cantidad de serpientes que atacaron los poblados fueron boas de cola roja, por esa razón se nombró así al camino. Malén ganó bastante tiempo, aunque ella no lo sabía, y cuando llegó a un antiguo poblado llamado Bahhnassan, solo pudo contemplar ruina y destrucción. Había pedazos de techos de paja por doquier, indicios del gran sufrimiento que había vivido uno de los pueblos. Lo único que Malén pudo hacer mientras corría cuidadosamente por el fango del camino, fue recoger una pequeña botella de vidrio que le llamó la atención y que nunca en la vida había visto. Cuando la agarró vio que dentro había un papel enrollado, pero como iba de prisa soltó la botella y siguió su camino.
Mientras tanto en el camino principal…
—Este camino es largo y resbaloso —refunfuñó Samin21, uno de los jóvenes que iba con Hakan—. Debimos haber tomado ese viejo camino. ¿Cómo era que se llamaba? Boca de reptil, Camino de la Boa, algo así… —añadió el joven.
—Creo que era Boca Roja —replicó Ataw22. El otro muchacho que iba con Hakan.
Hakan no pronunció palabra alguna ya que su mente estaba ocupada con la prueba y su familia, aunque de vez en cuando uno que otro pensamiento sobre su vieja amiga Malén iluminaban su rostro.
Caminaron durante un largo rato. Solo escuchaban el sonido de la naturaleza y una que otra vez pasaban pájaros revoloteando por entre los árboles como si jugaran a perseguirse. Llegaron al Cruce de los Cuatro Caminos, un punto del mapa bastante popular en la región. Desde el oriente llegaba una ruta del bosque Libiak, desde el sur, del lago Corí, desde el norte, de la meseta del río Tambah y desde el sureste, de la tribu Ayor, que desde hace varias décadas se había convertido en uno de los principales aliados de Makal. Todos estos lugares eran parte del zipazgo y los caminos se convertían en uno que iba al occidente, hacia Gual’Psku. Los chicos tenían hambre, así que Ataw sacó unas bolsas con maíz y maní que sus padres le habían empacado para el viaje y compartió con sus compañeros.
—Toma, Hakan, toma, Samin —dijo Ataw.
—¡Gracias, Ataw! —dijeron los jóvenes.
—Creo que deberíamos descansar un rato antes de comenzar el ascenso —sugirió Hakan a los demás.
—Es cierto, mi padre me dijo que sería un trayecto de varias horas hasta llegar a la zona donde pasaremos la noche —mencionó Samin.
—Sentémonos un momento, me duelen los pies —suplicó Ataw.
Los jóvenes estuvieron un largo rato sentados comiendo y hablando de lo que para ellos y sus familias significaría volver con un jaguar cazado. Saludaban a las personas que cruzaban el camino hacia otras partes del territorio makalino, y algunas de ellas les entregaban comida para su viaje. Luego de empacar nuevamente, los jóvenes emprendieron el ascenso hacia la meseta. No había un camino como tal y los muchachos debían subir por partes boscosas, derrumbadas y hasta pendientes. El ascenso también era parte de la muestra de carácter y valentía que Hakan, Samin y Ataw debían tener para llegar hasta la cima. Esa era su primera prueba.
—¡Hakan, ten cuidado! —dijo Samin mientras agarraba el brazo del joven príncipe quien se acaba de resbalar debido al suelo arcilloso del sendero.
—Disculpa, Samin —contestó tembloroso Hakan.
—Deberíamos buscar otro camino. ¡Se aproxima una tormenta! —puntualizó Ataw mientras miraba hacia el horizonte.
—Justo iba a decir, que menos mal no estaba cayendo agua del cielo —se lamentó Samin.
El cielo azul con algunas nubes empezó a volverse gris y oscuro. Los jóvenes tuvieron que decidir inmediatamente qué iban a hacer. El terreno arcilloso y resbaladizo sería mortal para ellos si continuaban por ahí mientras llovía.
—¡Debemos subir hacia esos árboles de allá! —señaló Hakan mientras el viento empezaba a rugir con fuerza a su alrededor.
—¡Debemos volver! —gritó Ataw mientras se agarraba con fuerza de las plantas a su alrededor.
—¡Ya estamos muy arriba, no podemos rendirnos! ¡Vamos a esos árboles! —ordenó Samin mientras dirigía su mirada hacia los mismos árboles que Hakan había señalado previamente.
De repente el agua empezó a gotear la cara de los jóvenes. El cielo, totalmente oscuro, se iluminó con fuertes relámpagos que asustaron e hicieron correr a aquellos muchachos hacia los árboles que se encontraban en la parte rocosa de la montaña alrededor de un abismo. Pero mientras iba subiendo, Samin se resbaló con el lodo y cayó hacia el abismo que prácticamente se había vuelto una cascada. Se agarró del filo del risco, pero debido a la lluvia torrencial y al barro que ensuciaba su rostro, no pudo aguantar el tiempo necesario para que Hakan y Ataw se acercaran a rescatarlo. Se soltó justo cuando llegaron sus compañeros y se perdió entre la niebla.
Los dos muchachos consternados, impotentes y asustados, no pudieron llorar el fallecimiento de Samin debido a los rayos que caían cerca del lugar, y la peligrosa lluvia. Tuvieron que correr hacia los árboles y esperar allí a que el torrente acabara.
Luego de unas cuantas horas de lluvia y pensamientos culpables, el clima se tranquilizó. Las nubes siguieron su viaje hacia el sur del valle y el sol volvió a salir para despedir el día que estaba acabando. Un silencio sepulcral llenaba el bosque. Los pájaros, luego de unos minutos, entonaron cánticos melancólicos. Algunos colibríes revolotearon cerca de ellos mientras succionaban néctar de algunas flores y los insectos guardaron silencio como señal de respeto al recién fallecido. Prácticamente el latido de los corazones de Hakan y Ataw junto al sonido de su respiración, era lo que denotaba que estaban vivos.
—¡No puedo creer que Samin esté muerto! —sollozó Ataw.
—Si tan solo… Hubiera llegado antes… ¡Podría haber alcanzado a sostener su mano! —añadió enojado Hakan.
—Ahora ¿qué vamos a hacer? —preguntó Ataw.
—Debemos volver y contar lo sucedido —añadió preocupado.
Hakan quería volver, no se sentía preparado para continuar el viaje con lo que acababa de pasar. Lo pensó durante un instante y sintió el deseo de decir que sí. Sin embargo, antes de hablar, agarró su collar y de nuevo observó cómo la piedra brillaba. Lo acercó a sus ojos y notó que en el interior de la piedra verdosa una esencia oscura se movía infinitamente. Sintió ganas de tocar la piedra, pero antes de hacerlo escuchó estas palabras como un susurro:
—Sigue, hijo de Huteizhal23. No vuelvas. Sigue…
Al escuchar esas palabras y sentir la energía del collar, Hakan fue motivado a reaccionar de otra mara…
—¿Estás loco, Ataw? —cuestionó Hakan a su compañero—. ¡Si volvemos a Gual’Psku sin el jaguar, seremos desterrados de la tribu para siempre! —agregó el joven príncipe.
—¡Samin murió! ¿No te parece suficiente razón para volver? —replicó enojado Ataw.
—También me duele la muerte de Samin, pero si volvemos su muerte habrá sido en vano. Debemos continuar —dijo Hakan mientras recogía su lanza del piso.
Ataw miró el abismo por donde había caído su viejo amigo y luego giró su cabeza hacia la cima de la meseta. Reflexionó sobre el acontecimiento y tomó una decisión.
—Está bien, Hakan. Seguiremos adelante, pero esta noche le daremos a Samin la despedida que se merece —constató Ataw mirando fijamente a Hakan.
—Así será, Ataw —concluyó el joven.
Empezaron de nuevo su caminata hacia la cima de la meseta, ya estaba empezando a anochecer, pero alcanzaron a ver que a partir de arriba de los árboles donde se encontraban, comenzaba un camino empedrado que había sido tradicionalmente construido por cada uno de los muchachos que habían ido a realizar la prueba del jaguar. Los jóvenes debían bajar una roca de la cima de la meseta luego de cazar al animal para aportar en la construcción del camino.
Los chicos tuvieron buen clima en su ascenso y cuando llegaron a la cima, había anochecido por completo. La luna empezaba su danza en el cosmos y la luz que reflejaba servía de guía para los jóvenes. Las estrellas iluminaban el firmamento y el brazo de la Vía Láctea se podía contemplar a simple vista. Para Hakan y Malén, ver el cielo de noche era una de sus actividades favoritas. Los astros recordaban a los makalinos el constante flujo de la vida, la inevitable transformación de cada ser vivo a través del tiempo y les enseñaba también sobre el clima. A los makalinos que les atraía el universo, les gustaba estudiar cosmología.
Cuando llegaron a una parte de la meseta donde la luz no pasaba la espesa naturaleza, tomaron un par de ramas secas y gruesas, les ataron un paño de tela que llevaban en sus bolsas y con un par de rocas que chocaron varias veces, las encendieron para terminar el ascenso. Después de un rato de caminata, las antorchas, por falta de combustible, empezaron a apagarse. Pero justo cuando se acabó el fuego, al salir a un lugar abierto, vieron una pequeña maloca con techo de paja ubicada en un sitio rocoso con árboles alrededor que los esperaba bajo el brillo de la luna. En un letrero de madera algo desgastado ubicado cerca a la casa, estaba escrita una frase que decía:
«¡BIENVENIDOS, JÓVENES GUERREROS! SU CORAZÓN, FUERZA Y CORAJE SERÁN PUESTOS A PR…».
—Qué raro, al parecer le falta un trozo a esto —dijo sorprendido Ataw mientras pasaba su mano por el lugar donde había sido arrancado el pedazo de letrero.
CRICK.
—¿Qué fue eso? —dijo Hakan asustado mirando hacia todos lados.
—Creo que vino de allí —señaló Ataw a una pila de troncos ubicados a unos cuantos metros frente a la maloca.
Los muchachos sacaron sus armas, apuntaron hacia el lugar donde habían escuchado el sonido, pero ya el miedo hacía que escucharan en varios lados. No estaban preparados ante un eventual ataque. Sus frentes sudaban y solo podían pensar en defenderse como pudieran. Le dieron la espalda a la cabaña y solo se preocuparon por lo que tenían al frente. Se alejaron un poco el uno del otro y el sonido parecía haber desaparecido. Cuando de repente algo saltó desde atrás hacia Hakan y lo derribó.
—¡AHHHH! —gritó el muchacho.
—¡Hakan! —dijo Ataw mientras corría hacia él. Cuando llegó, escuchó risas y su miedo se esfumó por completo.
—¿Quién eres? y ¿qué haces aquí? —Frunció el ceño Ataw con la guardia en alto.
—Mi nombre es Malén, hija de Kuntur24. Vengo de Makal, soy amiga de Hakan.
Hakan, de la sorpresa que tuvo, no pudo reaccionar hasta unos minutos después. No podía creer que Malén estuviera ahí con ellos.
—¿Ma-Malén? ¡Eres tú! —dijo Hakan sorprendido mientras se levantaba del suelo. Se abrazaron y recogieron sus cosas.
—¡Ay, Kan! Siempre te he dicho que no descubras la espalda. Pudiste haber sido mi presa —molestó la muchacha a Hakan.
Ataw bajó la guardia, aunque no entendía el motivo de su visita. Pero al escuchar otro sonido, parecido al de la primera vez, Ataw le preguntó a Malén si iba acompañada. Al recibir la respuesta negativa, acordaron entrar a la maloca para resguardarse. Alguien desde la distancia los observaba en silencio y cuando los tres jóvenes entraron a la maloca, se fue.
La maloca desde adentro era más grande de lo parecía. Su techo era de paja reforzada y sus paredes de madera de roble. Prácticamente era impenetrable, o eso parecía desde afuera. Disponía de seis camas de paja y en el centro vieron una gran hoguera recién encendida como si la maloca tuviera vida propia y al entrar la hubiera encendido ella sola. El suelo era también de madera y estaba algo tibio. Cada uno escogió su cama y pusieron sus cosas sobre ella. Luego de hacerlo, Malén decidió echar un vistazo por una entrada de luz pequeña y se dio cuenta de que alrededor de la maloca había una zanja y una leve luz amarillenta partía desde ella suavemente hasta más arriba de la punta del techo de la maloca para desvanecerse completamente. Luego volvía a repetirse el mismo patrón periódicamente. También vio cómo una polilla no podía traspasar la luz, como si existiera una pared invisible que evitara que otro ser viviente entrara con ellos, pero no dijo nada y se apartó de allí. Cuando los chicos descansaron en sus camas un rato, por cuenta de la extensa caminata, se sentaron alrededor de la hoguera. Hakan alzó su mirada hacía un hoyo en el techo dispuesto para la salida del humo de la hoguera y se alcanzaron a vislumbrar ciertas estrellas, se sentía tranquilo. Ataw, por el contrario, no estaba del todo cómodo. Sabía que había algo afuera y como el joven más grande y fuerte, debía estar preparado, aunque estaba cansado y ya tenía pereza.
—Chicos… ¿Y Samin? —preguntó preocupada Malén.
Los jóvenes duraron unos segundos para responder, pues el dolor por la inesperada partida de su compañero aún los afligía.
—Samin…
—Samin falleció, Malén —contestó Hakan con profunda tristeza.
Malén impactada por la respuesta no podía evitar su cara de sorpresa.
—¡Lo siento mucho, chicos! —se lamentó la joven.
Mientras Hakan le contaba a Malén el suceso, Ataw no pudo contener las lágrimas y el ambiente cálido se empezaba a poner triste e incómodo. Rápidamente Malén tuvo que arreglar la situación y recordó que dentro de su bolsa había un bocadillo que llevaba para Hakan, pero alcanzaría para los tres.
—Miren, chicos, traje esto —dijo sonriente Malén mientras sacaba tres bunes25 de su bolsa.
Inmediatamente la cara les cambió a los muchachos. Se les hizo agua a la boca mientras veían tentados ese manjar.
—¡Increíble! ¡Gracias Malén! Me muero de hambre —dijo Ataw mientras se sobaba el estómago.
—Se ve muy sabroso, Lén… —añadió Hakan mientras estiraba los brazos para tomar su parte.
—Lo siento, chicos, no pude traer nada de beber, porque si no, mi bolsa hubiera pesado mucho —dijo la joven avergonzada.
—No te preocupes, Malén —sonrió Hakan—. Tengo algo en mi bolsa que nos ayudará.
Hakan sacó un manojo de hierbabuena, con un olor bastante agradable.
—Si las echamos en agua caliente, los bunes estarán muy bien acompañados —dijo el muchacho.
—Pero no tenemos agua y afuera solo hay charcos del torrente de hoy —mencionó decepcionado Ataw.
—Aquí hay múcuras, pero no hay con qué llenarlas. No piensen que será con agua de charco —dijo Malén indignada.
«Necesitamos que llueva» pensó Hakan.
Los chicos, sin más remedio, empezaron a comer los bunes de maíz alrededor de la hoguera y comenzaron las historias.
Las risas, los sustos, y las emocionantes anécdotas, como la vez que Suksu había caído de un árbol por rescatar un ave que se había atorado una pata en la rama de un árbol, o cuando Samin cantó para los makalinos en la celebración del Solsticio de Verano, les hicieron olvidar por un momento la tristeza y el temor que sentían.
—Dicen que por estas tierras deambula el espíritu de tu tío, Hakan —dijo Malén con una mirada maliciosa.
—Emm… No sé de quién me hablas, Lén —contestó nervioso el muchacho.
—¡Claro que sí, Hakan! Sabes que hablo de tu tío, el jeque Itzé, que fue asesinado por el jeque malvado, Balaam —replicó la jovencita.
Ataw terminaba de comer su bun cuando al oír el nombre de Balaam, se le vino una historia a la mente. Con el pan en la boca, casi sin poder respirar, interrumpió a los dos muchachos para contar su relato.
—¡CHICOGDDS! ¡CHICOGDDS! —intentaba hablar Ataw mientras se señalaba a él mismo e intentaba digerir el bun.
—¿Qué tienes, Ataw? ¿Te supo raro el bun? —preguntó inquieta Malén.
El joven logró pasar el bocadillo como pudo y respondió:
—No, no. Yo tengo una historia sobre el antiguo jeque Balaam —dijo sonriente y emocionado el chico.
—Bien, será una gran historia para ir a dormir —bromeó Malén mientras miraba a Hakan que se encontraba algo asustado.
—Muy bien, esto será emocionante. Me la contó mi madre hace algunas lunas. Espero poder contarla con la misma intensidad —dijo Ataw mientras calentaba la garganta para la larga e intrigante historia—. Hace muchos años… —empezó a relatar el joven.
CAPÍTULO TRES Sueños Invernales
Hace muchos años, un hombre llamado Balaam26 fue expulsado de Makal por estar relacionado con la muerte de uno de los hermanos del zipa Canek, el jeque Itzé27, quien fue apuñalado por la espalda mientras salía del Cuca de la ciudad, tres años antes del nacimiento de Hakan. Aquella noche fue catalogada como una de las peores en la historia reciente de la tribu, debido a tres homicidios, además del de Izté, que se presentaron en diferentes partes de Gual’Psku.
La captura de un Katu vinculado con uno de los asesinatos que prefirió cortarse el cuello antes que hablar, la muerte de cinco Noanases(malhechores) que lucharon a muerte contra los Katu en vez de ser sentenciados por el zipa y la posterior revelación de su autor intelectual, fueron unos de los hechos que marcaron aquella noche para siempre.
Bej28, uno de los generales del ejército makalino y mano derecha del zipa, logró llevar un nombre a Canek. Según el único Noanase sobreviviente a una batalla que tuvo lugar en las afueras de Gual’Psku, contra los Katus enviados por el zipa, que posteriormente murió por una flecha perdida mientras era trasladado a la ciudad, tenía que ver con la autoría intelectual de las muertes premeditadas. Cuando le indicó que Balaam era el supuesto responsable, Canek sintió cómo el alma se le caía a pedazos. El jeque había sido su mentor de adolescente y no entendía la razón de lo acontecido.
—Trae a Balaam ante mí. ¡AHORA! —ordenó con gran cólera Canek a su general, quien inmediatamente partió con rumbo al Cuca donde se encontraba el jeque.
Cuando Bej llegó, el jeque iba de salida con varias de sus pertenencias en las manos. Rápidamente Balaam fue capturado y llevado a disposición del zipa.
—¡Mi señor zipa! ¿Qué ocurre? No entiendo la razón de mi detención —manifestó Balaam.
Canek guardó silencio y se acercó al jeque lentamente. Balaam se encontraba arrodillado, con la cara herida por los golpes que le había propinado Bej antes de traerlo. Levantó la cabeza del jeque, lo miró fijamente a los ojos y le dijo.
—Tus planes han fallado.
—¡No entiendo, señor! ¿De qué me habla, su alteza? —replicó Balaam.
—¿Crees que soy tonto? ¡Ya sé que contrataste y ordenaste a Noanases para que mataran a mi hermano y posteriormente a mi familia! —gritó Canek.
Balaam no dijo palabra alguna.
—Así que es cierto —dijo Canek con sorpresa fingida.
Balaam se estremeció con fuerza y empezó a temblar. La estrategia del zipa había funcionado.
—Emm, emm… No sé de qué me habla, mi señor —contestó el jeque.
—¡Cállate! No tienes nada que decir. Me has demostrado que eres culpable y has roto toda relación conmigo y mi familia para siempre. Mañana serás llevado a juicio y se hará justicia misreable alimaña ¡Enciérrenlo! —ordenó el zipa.
Los Katu llevaron a Balaam a un calabozo cavado en la tierra de un metro de profundidad, cubierto por una celda hecha de madera de nogal cerca de la plaza de la ciudad. El jeque sabía que sería ejecutado y por ende tenía que buscar la manera de escapar de allí. El astuto sacerdote solo necesitó de esa noche para idear el plan que llevaría a cabo al amanecer.
Al día siguiente, durante el cambio de guardia de los Katu, el jeque escuchó pasos cerca de su calabozo. Se levantó y vio que un niño pasaba cerca de su jaula con unas plantas recién cortadas. Sin subir el tono de la voz, de manera que el niño escuchara los llamados de Balaam, le dijo:
—¡Niño, ey, niño!
El niño volteó a verlo y se señaló a sí mismo.
—¿Yo? —dijo el pequeño
—¡Sí, tú! —contestó el jeque—. Necesito que vengas para acá y me ayudes a salir de aquí. Te daré lo que quieras si me dejas salir —añadió Balaam.
—No puedo ayudarlo, podrían matarme —sollozó el niño.
Antes de seguir la conversación, Balaam alzó sus brazos y comenzó a invocar un hechizo para poseer al niño y usarlo para salir de su prisión. El pequeño soltó las plantas que llevaba en la mano y las retinas de sus ojos se tornaron moradas. Se empezó a acercar mientras el jeque hablaba en un antiguo idioma que había sido prohibido por antiguos jeques de Makal debido a que era usado por los Supqua(brujos) Ruarsuk(oscuros) para invocar espíritus malignos, demonios y otros seres del inframundo, pero algo detuvo su ritual. Se escucharon fuertes ruidos cerca de la jaula. Balaam se desconcentró y el niño volvió a la normalidad, aunque con un leve dolor de cabeza. Al ver lo que pasaba delante de él, salió corriendo, pero antes de poder alejarse fue impactado con una flecha y cayó al suelo muerto…
—¡WUAUH! ¡Esto es más emocionante de lo que esperaba! —dijo Malén emocionada.
—¡SHHHH! —dijo Hakan mirando a Malén entre risas y pidió a Ataw proseguir con la historia.
Malen, sorprendida de que su amigo no estuviera asustado sino interesado en el relato, guardó silencio inmediatamente.
—Rápidamente, dos Noanases llegaron a la jaula de Balaam y uno de ellos le preguntó al otro si él era el objetivo —prosiguió Ataw.
—Jeque Balaam. Qué ironía verlo de esa manera —dijo uno de los hombres. Cuando Balaam miró al hombre que le hablaba, lo reconoció por que en su cara tenía una cicatriz desde el ojo derecho hasta el labio superior en forma de cortada.
—¡Ullanta!29¿Qué haces aquí? —preguntó sorprendido el jeque.
—No creerías que te dejaríamos acá con toda la información que posees sobre nuestra orden. ¿Verdad? —respondió Ullanta.
—No les iba a decir nada de todas formas, Ullanta —replicó Balaam.
—Sin embargo, es un riesgo que no vamos a correr. ¡Rápido, sáquenlo de ahí! Vendrás con nosotros. ¡Ahora! —ordenó Ullanta.
Los Noanases abrieron la celda y sacaron a Balaam.
El jeque se dirigió hacia el bosque por el lado oriente con Ullanta y los cuatro Noanases que iban con él. Lograron salir lentamente mezclándose entre la multitud con túnicas de algodón que tapaban sus armas y rostros. Mientras otros dos Noanases creaban una distracción en la entrada sur por medio de un alboroto entre los comerciantes que empezaban a llegar a la ciudad.
Ullanta era makalino. Vivió en la ciudad hasta cumplir los quince soles y fallar en la prueba de supervivencia, lo que le costó la expulsión de la tribu. Al salir de Gual’Pksu, conoció a Ukumari30, un hombre que había perdido todo en un asedio por parte de Canek contra un poblado ayoreo diez años atrás y había jurado vengarse. Así que escogió a Ullanta como su aprendiz, para llevar las enseñanzas Ruarsuk a los lugares que no aceptaran al Zipazgo, para unirse a él y apoyar los oscuros planes que tenía en mente.
Después de pasar el Cruce de los Cuatro Caminos, siguieron hacia un antiguo templo ubicado en las remotas montañas del bosque Libiak. El nombre de este bosque, en idioma makalino, se refería a la escasa vegetación que se encontraba en el suelo, como resultado de la entrada selectiva de luz que era permitida por la inmensa cantidad de robles que había en el lugar, que imposibilitaba su crecimiento. El lugar naturalmente era perfecto para tener una base de operaciones, entrenar tropas y realizar incursiones secretas a otros lugares.
Duraron poco menos de una hora en atravesar el bosque makalino. El ascenso a las montañas, que ya no eran parte de Makal pero colindaban con el bosque, se hacía por un camino secreto fuertemente custodiado por Noanases que estaban las veinticuatro horas del día resguardando el paso con cambios de guardia cada seis horas. Tuvieron que ser cautelosos ya que grandes grupos de Katus patrullaban esa zona fuertemente armados de vez en cuando. Llegaron al paso y Balaam fue inspeccionado para dejarlos subir. El ascenso al templo no era nada fácil ya que esos días había llovido en gran manera y el camino estaba muy resbaloso. Al subir, fueron recibidos por cuatro guardias Noanases ubicados afuera del templo, quienes nuevamente registraron a Balaam y autorizaron la entrada al templo para ver a Ukumari.
Entraron y otro guardia los guio hasta el hombre por unos pasillos. Cuando salieron a la sala principal vieron a un hombre de gran estatura, sin cabello, de piel morena y musculatura formidable que estaba sentado al fondo del templo con mujeres a su alrededor que lo acicalaban. Esa sala contaba con varias antorchas que iluminaban y también pequeñas entradas de luz que servían para que el aire circulara. Había mucha gente de distinta índole allí. Entre ellos había Supqua Ruarsuk, comandantes Noanases, hombres y mujeres tomando chicha, inhalando esencias y haciendo diferentes tipos de banalidades por todo el lugar. Cuando Ukumari fue alertado sobre la llegada de Ullanta y Balaam, se levantó de su cómoda silla hecha de madera de caoba y cojinería rellena de finas plumas de ganso para darles la bienvenida. Todos notaron su entrada, pero siguieron como si nada. Las mujeres se levantaron y se dispersaron por la sala.
—¡Balaam, mi amigo! ¡Qué suerte que estés vivo! Aunque no me sorprende porque envié a mis mejores soldados a traerte —gritó Ukumari jocosamente.
—Ukumari… Hola… —dijo Balaam un poco incómodo.
—¿Qué se siente haber burlado a la muerte el día de hoy gracias a mí? — preguntó Ukumari.
—De hecho… Tenía planes para evitar mi ejecución, pero en esos momentos llegó Ullanta. Así te agradezco la molestia —replicó el jeque.
—Bueno, mi querido amigo, ya que estás aquí… ¡Es momento de celebrar! —gritó Ukumari. Todos en la sala gritaron y continuaron la celebración. Balaam sabía lo que era celebrar con ellos, así que no le gustó mucho la idea.
—Como Ullanta seguramente te mencionó, tienes información que no queremos que nadie más la sepa y también que no puede perderse contigo —dijo Ukumari a Balaam mientras lo llevaba por algo de chicha—. ¡Ullanta! —llamó Ukumari—. Arregla todo para que el jeque pase la noche aquí y se sienta cómodo —ordenó el hombre.
—¡A la orden, señor! —dijo Ullanta mientras se alejaba del lugar con dos Noanases.
—Pronto tomaremos lo que nos pertenece por derecho, Balaam. Tú puedes ser una pieza clave en esto que viene y es inevitable —dijo Ukumari al jeque.
—Nuestro momento se acerca. Ya hallamos la grieta… —añadió sonriendo vilmente.
Esa noche Balaam casi no durmió pensando en las palabras de Ukumari. El conocía los planes del hombre, pero no comprendía qué cosas podrían salir mal. Con la grieta descubierta, el sueño de muchos años estaba cerca de ser una realidad.
Balaam y Ukumari se conocieron en un viaje que hizo el jeque a Numek’Loj, capital de Ayor, para las negociaciones de paz aproximadamente seis años antes de ese momento. Allí conoció a un hombre comerciante que le ofreció una esencia que según el jeque le abrió la mente al jeque y le hizo entender que él debía ser mucho más de lo que ya era por las visiones que tuvo. Desde ese momento, entablaron una relación de amistad que fue creciendo al igual que sus planes y desencadenó muchos momentos de terror para Makal y sus alrededores. Bajo el nombre de Ruarsuk, esta orden buscaba reclutar a todos los desterrados, olvidados y odiados por parte de las grandes tribus del valle de la Almendra para constituir un ejército y conquistar aquellos territorios que, según ellos, les pertenecían por derecho. Como no había suficientes personas, ni tenían el apoyo de los pueblos, debían recibir ayuda de alguien más. Había un mito sobre una grieta, ubicada en un recóndito bosque a muchos kilómetros de Libiak, que funcionaba como un portal entre el mundo de los vivos y de los muertos donde solo podía pasar una persona por única vez para hacer un trato con uno de los demonios que habitaban el inframundo. Este trato significaba que el demonio le ayudaba al humano a lograr su objetivo en el mundo terrenal, pero el alma de la persona se volvía posesión del ser oscuro, para siempre. Ukumari estaba decidido a aceptar el trato con el demonio que fuera y por esa razón había buscado la grieta durante seis años. Balaam sabía que lo que pidiera Ukumari debía ser del conocimiento de él, para evitar sorpresas. La pregunta era a qué costo.
Al día siguiente Balaam fue a ver a Ukumari para hablar sobre el hallazgo.
—¡Balaam! Qué agradable mañana ¿No crees? —saludó Ukumari mirando hacia el horizonte.
—Sí, así es, viejo amigo —contestó Balaam.
—Ullanta me comentó tu inquietud sobre la grieta —mencionó el jefe de los Noanases—. Solo debo decirte que no tienes nada por qué preocuparte. Apenas regresen mis exploradores, emprenderemos un viaje hacia el lugar y despejaremos cualquier duda —añadió Ukumari.
—Entiendo, Ukumari. Sin embargo, deberíamos meditarlo bien si queremos entregar nuestra alma por esto —dijo Balaam.
—¡No hay nada que meditar! —gritó Ukumari.
—Tú sabes mejor que nadie, lo que me he tardado buscando este lugar y la cantidad de hombres que he perdido por culpa de esto —dijo Ukumari acercándose al oído del jeque para evitar ser escuchado por más personas que previamente habían volteado a verlo cuando gritó.
Balaam guardó silencio y esperó a que Ukumari se calmara para continuar hablando.
En ese momento llegó Ullanta corriendo…
—Mi señor Ukumari —saludó presuroso su primero al mando.
—¿Qué noticias tienes para mí, Ullanta? —preguntó el jefe de los Noanases.
—El zipa Canek desplegó varios grupos de Katus por el bosque. Deben de estar buscando a Balaam —respondió Ullanta.
—Ya sabes qué hacer —dijo Ukumari.
—Nadie, absolutamente nadie puede saber sobre la ubicación de este sitio —advirtió el jefe de los noanases a Ullanta agarrándolo de la túnica como símbolo de unas consecuencias fatales si llegaba a conocerse la ubicación del templo por culpa de él y sus hombres.
«Es cuestión de tiempo para que sepan dónde nos encontramos» pensó Balaam.
Balaam y Ukumari entraron en una sala custodiada por varios Noanases, mientras Ullanta desplegaba sus soldados cerca de la entrada secreta. El jeque estaba inquieto por su suerte en aquel lugar. Sabía que estaba a salvo, pero no sabía por cuánto tiempo.
«Debo idear un plan en caso de que Ukumari me traicione. Y debo hacerlo ya» pensó Balaam.
Mientras tanto, en el bosque Libiak, Ullanta organizaba a los Noanases para defender la entrada.
—Necesitamos repartirnos por el bosque y sorprender al enemigo en caso de ser necesario. Ustedes vayan por el flanco derecho y ustedes por el izquierdo. Los demás vengan conmigo a los árboles. No podemos dejar que nos vean, sean muy cuidadosos y tengan listas sus armas por si acaso —ordenó Ullanta mientras sujetaba un cuchillo a su cinto.
Los Noanases habían ubicado estratégicamente algunas trampas para los Katu desde hace tiempo. Eso los ponía en clara ventaja desde diferentes puntos y evitaban sorpresas.
Se prepararon para el ataque y duraron varios minutos en silencio esperando. Cuando ya se preguntaban qué estaban aguardando, uno de los espías, que había sido enviado para recolectar información sobre los Katu, llegó corriendo al lugar donde estaba Ullanta y dijo:
—¡Los Katu se retiran! ¡Los Katu se retiran! —dijo el espía.
—¿Qué? ¿Qué ha pasado? —preguntó preocupado el líder Noanase mientras se bajaba de un roble.
—Un hombre alcanzó a los Katu y le entregó un mensaje al general. Luego dieron vuelta y se fueron. ¡Ganamos la batalla, señor! —dijo el espía.
—¡Qué interesante! —replicó Ullanta.
