Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Arturo no es un héroe, es un chico tímido al que le gusta comer chucherías. También le gusta Verónica, aunque de momento no se atreva a decírselo a ella. A Arturo siempre le ocurren cosas raras, como el día que tiene que atravesar la ciudad descalzo. Pero lo más extraño es cuando le hacen un hechizo para volverse «más fuerte que un adulto de los fuertes» y decide enfrentarse al matón del barrio.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 36
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
•Siempre quise ser escritor. A los doce años ya escribía novelas. Claro que aquellas «novelas» solo tenían una página.
•Llevo veinte años dedicándome a la literatura. He publicado más de treinta libros de todos los géneros: aventuras, terror, humor...
•He ganado unos cuantos premios: Premio Altea 1989, finalista del Premio Europa 1991, Premio Jaén 1995, Premi Protagonista Jove 1997, Premio Librerio 1997…
•He viajado mucho y he vivido en todas partes: a la orilla del mar, en una isla, en pueblos grandes y pequeños y en las principales ciudades.
•Me encanta mi trabajo, pero hay una cosa que me gusta igual o más: leer.
Habrás leído por ahí que he publicado más de treinta libros. Te aseguro que algunos no fue nada fácil escribirlos. Me dieron mucho trabajo.
Sin embargo, este libro que ahora tienes en las manos lo escribí con una sonrisa. Enseguida verás por qué, en cuanto conozcas a Arturo y veas las cosas que le pasan.
Me divertí escribiendo este libro, y confío en que tú te diviertas también al leerlo.
No hay nada mejor que tener a alguienque siempre está a tu lado cuando lo necesitas.Gracias, Inma.
ERA la primera vez que sus padres visitaban a los nuevos vecinos. Arturo, que estaba a punto de cumplir nueve años, tuvo que ir con ellos, aunque muy a disgusto. Era un muchachito muy tímido y detestaba aquella clase de obligaciones.
Hubiera preferido quedarse en casa, leyendo. Sus aficiones favoritas pertenecían al tipo de actividades que uno puede realizar mientras descansa: escuchar música, leer, dibujar, comer... Esto último era una de las cosas que más le gustaban en el mundo. Por eso, estaba un poco gordito.
Aquel día de verano, a media tarde, Arturo se vio obligado a interrumpir la lectura de un emocionante libro de aventuras, justo cuando los malos estaban a punto de coger prisionero al protagonista. Tuvo que ducharse, peinarse –Arturo odiaba peinarse– y ponerse el pantalón blanco nuevo y la camisa blanca igualmente sin estrenar.
—Parezco un anuncio de detergente de la tele –gruñó.
Arturo tenía buen carácter, pero en casa, a veces, gruñía un poquito. Como era hijo único, sus padres le permitían libertades de ese tipo sin reñirle.
—Pero si estás guapísimo, hijo –le aseguró su madre–. Pareces un príncipe.
—No quiero parecer un príncipe. Estoy de vacaciones. Y estas deportivas nuevas me aprietan.
Hacía tan solo un par de semanas que vivían en aquella urbanización, y lo único que Arturo sabía de los vecinos que les habían invitado era que tenían una hija.
A Arturo no le gustaban las niñas. Enseguida se daban cuenta de que era muy tímido.
El termómetro marcaba treinta y nueve grados cuando Arturo y sus padres salieron de casa, cruzaron la calle, caminaron unos pasos y llamaron a un chalé idéntico al suyo.
Los padres de Arturo tenían ya la sonrisa preparada. Arturo suspiró con resignación, pensando en el héroe a punto de ser capturado por una banda de malhechores y en la aburrida tarde que le esperaba (a él, no al héroe).
Entonces se abrió la puerta y...
—Buenas tardes. ¿Quieren pasar?
Era una niña. Sonreía amablemente. Tenía una voz dulce y simpática. Arturo la miró con cierto interés, y tuvo que reconocer que nadie habría podido llamarla fea.
—Seguro que tú eres Verónica –dijo la madre de Arturo.
Verónica asintió, acentuando su sonrisa. Su cabello era negro y brillante, tan distinto del pelo rubio de Arturo, y en sus ojos..., bueno, había como «lucecitas o chispitas», pensó Arturo.
—Anda, hijo, dale un beso a Verónica.
Arturo enrojeció de repente. Tuvo la impresión de que todo él se ponía colorado, desde la raíz del pelo hasta los dedos de los pies. Dio un paso adelante, con la expresión del condenado que se enfrenta al pelotón de ejecución, y su beso se perdió a un centímetro de la punta de la nariz de Verónica.
Esta le plantó un beso en la mejilla. A Arturo le pareció que sus labios estaban muy fresquitos.
Luego, los adultos se pusieron a hablar de sus cosas. La madre de Arturo escribía en una revista y su padre era arquitecto, y a los dos les encantaba hablar de su trabajo.
