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Guille es un chico con tanta imaginación, que sus compañeros a veces piensan que está un poco loco. Arturo es un chico tranquilo, al que no le gustan las emociones fuertes. No son amigos, ni siquiera se llevan bien. Pero ahora están perdidos en un gran bosque de un país que desconocen, y si quieren salir adelante será mejor que lo intenten juntos.
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Seitenzahl: 77
Veröffentlichungsjahr: 2013
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El autor
Para ti…
1. El comienzo de la aventura
2. Perdidos
3. El hombre de acción
4. El poder de las palabras
5. La hora de las revelaciones
6. El largo camino de la amistad
7. El final de la aventura
Nota del autor
Créditos
Nací en Zaragoza, pero he vivido en casi todas las regiones españolas.
Trabajé en ocupaciones diversas. He sido periodista y crítico de cine y teatro. Desde 1979 me dedico exclusivamente a la literatura.
He ganado dos premios de periodismo, cuatro premios en concursos de cuentos, el Premio Altea 1989 y he sido finalista del Premio Europa 1991. También me han concedido el Premio Librerio de literatura juvenil.
Tengo más de veinte libros publicados.
Me gusta el mar, el campo y a veces también la ciudad. Disfruto con los viajes improvisados y con la gente que tiene sentido del humor, y me gusta jugar a los superhéroes con mi hijo Daniel.
Cuando tenía tu edad, uno de mis sueños favoritos consistía en imaginar que iba en un barco que naufragaba, o que me perdía en una selva o un bosque.
Era inevitable que un día u otro escribiese un libro como Los aventureros, que es la historia de dos niños que se pierden en un bosque. Dos niños, y no uno, porque preferí escribir una historia de aventuras y amistad en lugar de un libro de aventuras y soledad.
Al final, en la vida, la mejor aventura es la de la amistad.
Los dos protagonistas, a pesar de ser tan opuestos, tienen características mías. Pero, si lo piensas despacio, verás que también se parecen a ti. Imagina que estás con ellos, que eres uno de ellos, y... ¡adelante!
La aventura te espera.
Este libro es para mis amigas del Colegio Inmaculada, de Alcorcón.
Para Daniel, con quien he imaginado emocionantes aventuras.
Y para ti, Rosalía.
–ESTAMOS perdidos –sentenció Guille–. Es una situación desesperada.
No hubo ninguna respuesta. ¿Es que Arturo no tenía ningún sentido del humor? Guille hubiera preferido que dijera algo, cualquier cosa, incluso que le insultara. Aquel silencio le decepcionaba. No, mucho peor: le alarmaba.
Se volvió para mirar a su compañero. Arturo avanzaba sombríamente. El tiempo de las bromas y las canciones había pasado. Guille miró en derredor. Pinos a derecha e izquierda, pinos detrás de ellos, pinos delante. Un laberinto interminable. Y de pronto sintió el cansancio y el miedo, como si unos brazos poderosísimos estuvieran aplastando su pecho.
—Estamos perdidos –repitió, esta vez para sí mismo.
Y esa era, literalmente, la verdad. Perdidos en un bosque tan extenso que ni uno ni otro eran capaces de hacerse una idea de sus proporciones, en medio de un país desconocido.
Entonces oyó por fin la voz de Arturo, a su espalda. No sonaba muy firme:
—Creo que deberíamos permanecer en un sitio sin movernos, y esperar a que acudan a rescatarnos.
«¿Cuándo?», pensó Guille, «¿dentro de tres días?, ¿de una semana?». Pero no se atrevió a expresar sus pensamientos en voz alta.
—Busquemos algún sitio para pasar la noche –dijo de nuevo Arturo–. Se está levantando viento y dentro de poco hará frío.
En torno a ellos, la oscuridad había empezado a caer repentinamente. Guille señaló hacia un claro del bosque, y se disponía a proponerlo como refugio cuando el grito de un ave nocturna, inesperado como un chorro de agua fría sobre la piel, le hizo estremecer.
Arturo tenía razón. Aunque estaban en junio, la noche iba a ser fría. Caminaron hacia el claro en silencio.
—Parece un buen lugar –dijo Arturo después de inspeccionarlo–. De todas formas, ya es demasiado tarde para buscar otro.
Se dejó caer, agotado; apoyó la espalda contra el tronco de un árbol y contempló ceñudo el avance de la oscuridad.
—Hoy ha estado nublado todo el día –dijo Guille sentándose junto a él–. Ojalá mañana salga el sol.
—¿A qué viene eso?
—Si hay sol, podremos orientarnos. Lo único que tendremos que hacer será caminar siempre en línea recta hacia el oeste.
—¿Al oeste? ¿Para qué? Ah, entiendo: el mar.
—Exacto. Marchando hacia el oeste, antes o después llegaremos al Atlántico.
Por un momento pareció que Arturo iba a preguntar qué ganarían con aquello, o a insistir en su idea de no moverse hasta que fueran rescatados. Pero estaba demasiado cansado para discutir y prefirió guardar silencio.
Escuchó con aprensión los innumerables sonidos del bosque. Las criaturas nocturnas se arrastraban o reptaban por los árboles produciendo pequeños roces y chasquidos que la oscuridad parecía amplificar. Más próximo, Arturo oyó un extraño repiqueteo.
—¿Qué es eso?
—Son mis dientes –respondió Guille.
—Haz el favor de dejar de hacer ese ruido. No hay por qué estar tan asustado.
Guille protestó débilmente asegurando que no se trataba de miedo, sino de frío. Pensó en su casa. Su madre estaría haciendo la cena mientras su padre leía el periódico moviendo la cabeza y murmurando de vez en cuando: «Parece mentira».
Parecía mentira, pero al igual que en una de las historias que le gustaba imaginar cuando jugaba a solas por los alrededores de su casa, estaban perdidos. Y Guille se preguntó cómo había empezado todo.
* * *
Hay aventuras que comienzan en un aeropuerto semioculto en plena selva, o en un barco que navega por alta mar. La aventura de Guillermo y Arturo, por improbable que pueda parecer, empezó frente a un quiosco de helados.
El primero en llegar fue Arturo; eso es preciso destacarlo. De haber llegado en primer lugar Guillermo, Arturo habría evitado cuidadosamente la ocasión de encontrarse con él. Arturo tenía casi once años, y Guillermo, solo nueve. Arturo era un chico educado, con notas brillantes, aficionado a la lectura y a los pasatiempos. Guillermo... Guillermo no era nada de eso en absoluto.
En materia de helados, Arturo era algo más que un aficionado de primera categoría: era un auténtico experto. Una vez, delante de numerosos testigos, había ganado una apuesta al adivinar a ojos cerrados la marca de cinco helados diferentes. Todos le habían felicitado con admiración, pero él había declarado que una cosa así era fácil para un gourmet.
Guillermo no conocía esa palabra, y pocos días después le dijo a Arturo que él también hubiera querido ser un grumete. Arturo lo mandó a paseo.
Lo había mandado a paseo unas cuantas veces, pero eso no impedía que Guillermo le persiguiese con verdadero entusiasmo, en el colegio y en la urbanización donde ambos vivían.
El día de su encuentro frente al quiosco, poco antes de la llegada del verano, Arturo estaba estudiando las nuevas especialidades. Dudaba entre probar un nuevo helado de nata y pistachos o permanecer fiel a su favorito, un clásico de chocolate con cobertura crujiente.
La decisión era importante, ya que no tenía dinero más que para uno de los dos. En momentos así, uno necesita cierta tranquilidad de espíritu. Lo último que se desea es que alguien llegue por detrás y te sacuda un terrible golpe en la espalda.
Y eso fue lo que le hicieron a Arturo. Y no solo eso. Alguien plantó unas manos increíblemente sucias sobre sus ojos, y una voz graznó en su oído:
—¿A que no sabes quién soy?
—Guillermo Moreno, más conocido por La Peste –gruñó Arturo.
—Caramba –dijo Guillermo sorprendido–, no esperaba que reconocieses mi voz. ¿Cómo has podido hacerlo?
Arturo buscó una respuesta suficientemente sarcástica, una burla tan hiriente que hasta Guillermo fuese capaz de entenderla. Sus numerosas lecturas le dotaban a veces de frases ingeniosas que procuraba almacenar en la memoria. Lástima que las que recordaba fuesen demasiado suaves para alguien como Guillermo.
De todas maneras, Guillermo ya había tomado la palabra por su cuenta. A Guillermo le gustaba mucho más hablar que escuchar.
—Acabo de recorrer el desierto de Arizona, y estoy sediento. Puedes invitarme a un helado si quieres. Incluso te dejaré que lo elijas tú. ¿Te gustan los crocanti? Vale, pues el tuyo cómpralo de lo que quieras. A mí con que me compres un croc...
—¿Qué es eso del desierto de Arizona? –le interrumpió Arturo, aprovechando que Guillermo se detuvo un instante para recobrar el aliento.
—Ahí. La explanada donde pronto levantarán el hipermercado.
—Creí que me habías dicho que eso era la estepa siberiana, o la helada inmensidad polar, o algo por el estilo.
—Eso fue durante el invierno. ¡Ah, allí viene mi fiel Milord!
Todo el mundo en la urbanización conocía a Milord, un gato gordo y viejo que, con paciencia y docilidad más propias de un perro, seguía a Guillermo a todas partes. En aquella ocasión, Milord había representado (sin mucho entusiasmo) el papel de un indio piel roja que se arrastra con la tripa pegada al suelo, a lo que le había tenido que forzar Guillermo. El gato parecía aún un poco resentido. Se quedó a una prudente distancia, relamiéndose los bigotes pensativamente como dando a entender que también él era capaz de apreciar un buen helado.
Finalmente, Arturo optó por el de chocolate y permitió –con la esperanza de quitárselo de encima– que Guillermo le diese un mordis- quito.
—Estoy intentando vender papeletas para el viaje de fin de curso –informó apesadumbrado–. En cuanto me ven con ellas en la mano, la gente huye. Se ve que están hasta el gorro de que les vendan papeletas.
—¿Te quedan todavía muchas por vender?
—Casi todas. Me temo que jamás lograré perderlas de vista. ¿Tú no sabrías de alguien que...?
—¿Adónde vais a ir de viaje? –le interrumpió Guillermo.
—Se hizo una votación, y la mitad más uno
