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Knut es un niño noruego que junto a su familia está de viaje por España. En un descuido se separa de sus padres y termina perdido en Granada. Desesperado recorre las calles de la ciudad, hasta que se encuentra con Azu, una niña un poco mayor que él, que parece dispuesta a ayudarle, aunque su comportamiento le hace sospechar sobre sus verdaderas intenciones.
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Seitenzahl: 61
Veröffentlichungsjahr: 2013
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Manuel L. Alonso
Perdido en la ciudad
Ilustración: Laura Catalán
Querido lector
1. El principio de la aventura
2. En el laberinto
3. Un vikingo en apuros
4. El encuentro
5. Perro callejero
6. Situación peligrosa
7. Azu estuvo aquí
8. Contratiempo
9. Dificultades
10. La señal
11. El final de la aventura
Créditos
Hola.
¿Has estado alguna vez en Granada? Si no conoces la ciudad, te la recomiendo. Pero no se te ocurra venir en verano, por el calor. Yo he vivido en Granada en varias épocas de mi vida, y ahora te escribo desde aquí (un aquí que para ti seguramente será allí). Ayer mismo pasé por muchos de los sitios sobre los que vas a leer. Si un día vienes, te gustará conocerlos.
Ahora, otra pregunta más seria. ¿Alguna vez te has perdido? Pero quiero decir perdido de verdad, sin tener ni idea de dónde estabas. Seguro que sí. Bien, pues imagina que te ocurre en un país a miles de kilómetros de tu casa, entre extraños que hablan un idioma desconocido. ¿Qué es lo que harías?
Una situación difícil, ¿verdad? De eso precisamente trata este libro.
Seguro que tu camino y el mío volverán a cruzarse en cualquier lugar o en algún libro. Hasta entonces, amigo.
ERA la primera vez que estaba en España. Se llamaba Knut.
La noche anterior, sus padres y él habían llegado a la ciudad. Era una ciudad bonita pero ruidosa. Calles llenas de coches y motos, por todas partes gente hablando en voz muy alta. Muchísima gente.
Knut observó que había personas de todas las razas. Él tenía los ojos azul claro y era de piel muy blanca.
Caminaba distraído detrás de sus padres. De vez en cuando, su madre se volvía y advertía:
—Knut, no te separes de nosotros.
No recordaba el nombre de la ciudad. En los últimos días habían visitado varias: Sevilla, Córdoba, Málaga…
A esa hora, las diez de la mañana, el sol ya calentaba tanto que Knut sentía el picor en la piel.
Decidieron entrar en un caserón que tenía las puertas abiertas, para admirar el patio.
—Knut, no te separes.
Tenía ocho años y medio, y empezaba a fastidiarle que le trataran como a un niño pequeño. Además, estaba un poco harto de patios. El día anterior habían estado viendo muchos con flores en Córdoba.
Así que salió a esperar a la calle. Pensaba en las cosas que vendía un chico junto al que habían pasado, a la vuelta de la esquina.
Y de repente sintió el impulso de ir a mirar. «No tardaré nada», pensó.
El muchacho estaba sentado en el suelo, en plena calle.
Tenía expuestos sobre un pañuelo extendido pequeños objetos, casi todos de hojalata. Lo que le gustaba era que habían sido hechos con latas de refrescos. Y que no había precios. Uno podía llevarse lo que quisiera y pagar también lo que quisiera.
Un letrero escrito a mano, con boli, en una caja de zapatos, decía:
FREE-GRATIS
Eso significaba que el muchacho se conformaría con lo que Knut quisiera darle. Aunque fuera la única moneda que llevaba encima: dos euros.
Se tomó su tiempo para elegir lo que más le gustaba. Finalmente se decidió por un cochecito, un diminuto Volkswagen Escarabajo. Él había visto aquellos coches tan antiguos en su país, Noruega.
Solo sabía una docena de palabras en inglés y un par de frases en español, de modo que se limitó a mostrar la moneda mientras señalaba el cochecito.
El muchacho, que tendría unos veinte años y llevaba el pelo con rastas, se lo pensó un buen rato y preguntó algo que Knut no entendió; seguramente quería saber si no podía pagar un poco más.
Knut se metió las manos en los bolsillos y sacó los forros para que el chico viera que estaba pelado. Aunque sabía que si volvía al patio donde se habían quedado sus padres, le darían más dinero.
Y fue entonces cuando se dio cuenta: llevaba demasiado tiempo allí. Sus padres debían de estar buscándole.
Echó a correr hacia donde los había dejado, sin hacer caso de las voces del muchacho de las rastas, que lo llamaba.
La casa del patio estaba a la vuelta de la esquina, en un callejón en cuesta. En cuanto vio la entrada, tuvo el presentimiento de que algo iba mal.
Sus padres no estaban allí.
Se asomó al interior. El patio estaba desierto. Miró hacia arriba, a las galerías con barandilla de madera de los pisos superiores.
Nadie.
No se atrevió a llamarlos en voz alta y fue a la ventanilla que había a la entrada.
Una chica escribía en un ordenador. Ni siquiera levantó la cabeza. Como la entrada era libre y gratuita, no se molestaba en observar a los visitantes.
¿Cómo se decía «estoy buscando a mis padres»? En inglés, claro, porque seguro que allí no hablaban noruego. Ni allí ni en ninguna parte de la ciudad.
—I am… —empezó con voz insegura.
Se le había olvidado el verbo «buscar», o quizá nunca lo había sabido. Sin embargo, creía recordar cómo se decía padres.
—Parents.
La chica lo miró sin interés. Tenía una mirada estúpida, como la de una vaca.
—Parents —repitió Knut.
—No sé qué dices —respondió ella.
—My parents. —Y Knut señaló hacia el interior, al patio.
—Sí, puedes pasar —dijo la otra, invitándole a entrar por tercera vez, como si Knut tuviera algún interés en el maldito patio, cuando lo que quería era perderlo de vista.
Se asomó a la calle, desalentado. Seguro que lo estaban buscando, pero habían debido ir por el otro extremo del callejón.
Mientras corría, se le ocurrieron varias ideas, a cual más espantosa: que habían secuestrado a sus padres; o que lo iban a secuestrar a él y encerrarlo en alguna de aquellas casas tan viejas, con ventanucos como los de un calabozo…
Al final del callejón se abrían varios caminos posibles. Calles estrechas, unas que subían y otras que bajaban, peldaños de piedra y largas tapias blancas. Todo tan diferente de donde él vivía, allá en Noruega.
Como muchos noruegos, vivía en una isla más bien pequeña. Menos de mil habitantes. Todos se conocían y se ayudaban unos a otros. Allí jamás le habría ocurrido algo así.
¿Qué podía hacer? ¿A quién pedir ayuda? ¿Y cómo, si solo conocía dos o tres frases en español?
Lo mejor sería volverse al hotel. Solo que no recordaba cómo se llamaba, y sabía que no conseguiría encontrar el camino de vuelta. La ciudad parecía enorme. Seguro que había más de cien hoteles.
Sintió que el miedo le dejaba sin respiración, allí parado al sol, en aquella encrucijada de callejones que daban vueltas y revueltas.
Fue entonces cuando tuvo que admitir la realidad: estaba perdido.
–KNUT, no te separes de nosotros.
¿Cuántas veces le había dicho aquellas palabras su madre desde que llegaron a España?
Delante de la gigantesca catedral de Sevilla, y en el puerto de Málaga, y en el bosque de columnas de la Mezquita, en Córdoba, y en todas partes.
Su madre era pintora. No era famosa, pero de vez en cuando vendía alguno de sus cuadros. Su padre era pescador. Ni una ni otro ganaban mucho dinero.
