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Cuando Brady Carrick apostó a que podía convertir a Molly Davis en una verdadera tahúr del póquer, la antigua estrella del fútbol americano ignoraba que la joven viuda albergaba un antiguo resentimiento hacia él. Para Molly, aceptar el desafío de Brady era un medio para empezar una nueva vida… y de paso vengarse de él por haberle destruido la antigua.Todo lo que tenía que hacer era ocultarle su verdadera identidad hasta que consiguiese un asiento en la ronda final del gran torneo de póquer. Eso, y proteger su corazón, porque cuanto más tiempo pasaba con él, más le costaba creer que aquel honesto y protector vaquero hubiera sido el asesino de su marido.
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Seitenzahl: 287
Veröffentlichungsjahr: 2018
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2008 Cynthia Thomason
© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
As de corazones, n.º 144 - octubre 2018
Título original: Deal Me In
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com
I.S.B.N.: 978-84-1307-095-7
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Si te ha gustado este libro…
Brady se abrió camino entre la multitud de tratantes de caballos de Texas que se habían reunido en la pista de exhibición. La primera subasta de la mañana estaba a punto de empezar y todo el mundo quería ver de cerca a Amber Mac.
Incluido Brady. Le había entusiasmado aquel joven purasangre desde que Colin Warner lo había informado sobre sus antecedentes y sobre la subasta privada que había convocado Henley en el rancho de Blue Bonnett. Brady confiaba en Colin porque un buen amigo suyo, Blake Smith, lo había contratado como ojeador a partir de una única entrevista. Si Blake veía tanto potencial en Colin, Brady no había necesitado nada más para convencerse y ver personalmente al caballo. Y, en aquel momento, su futuro dependía de que su padre y él se volviesen a casa con Amber Mac.
Se reunió con su padre y con el entrenador jefe del rancho Cross Fox en el centro de la pista. Marshall Carrick se pasó un dedo por su poblado bigote gris.
—Increíble que haya venido tanta gente a mediados de enero. Imaginaba que todo el mundo se quedaría en casa, recuperándose de las fiestas. Pero parece que Al Henley ha corrido la voz de que iba a vender animales de calidad antes de la subasta de primavera.
—Es verdad, papá. Sólo espero que toda esta gente no haya venido a competir con nosotros por Amber Mac.
—Blake y Warner parece que tienen razón con lo de este animal, y puedes estar seguro de que Al sabe lo que es ganar dinero: si ha invitado a tanta gente ha sido para sacarles hasta el último dólar. Supongo que habrá gastado demasiado dinero en Navidad y necesita volver a engrosar su cuenta bancaria con esta venta —bajando la voz, se volvió hacia el hombre que llevaba treinta años trabajando para él como entrenador jefe—. Dímelo otra vez, Dobbs. ¿Los informes del veterinario son definitivos?
Trevor Dobbs, algo encorvado por los años, pero tan sagaz y despierto como siempre por lo que se refería a los caballos, se quedó mirando fijamente a su jefe.
—Sabes perfectamente que el caballo perfecto no existe, Marsh. Pero sí, los informes parecen de fiar. Las radiografías digitales no han detectado ninguna imperfección. Y sus pulmones están limpios.
Dobbs se alejó de repente para saludar a un conocido, y Marshall se dirigió de nuevo a Brady:
—¿Y la estructura física? ¿Has vuelto a examinarlo?
—Por supuesto, papá. Ya te lo dije antes, lo he revisado de cabo a rabo. Los cascos y rodillas están perfectos. El cuello es largo. Los ojos, de mirada viva y alerta —sonrió—. De hecho, mantuve una conversación personal con él y se mostró muy interesado en todo lo que le dije.
Marshall golpeó el catálogo de venta contra su palma.
—Tú te ríes, pero hay algo de verdad en lo que acabas de decir: un caballo que presta atención es más fácil de entrenar.
—Lo sé. Ya me lo has dicho. Y no puede decirse que sea precisamente nuevo en el negocio de los caballos. Crecí en este mundo, ¿recuerdas? —se frotó la rodilla. Permanecer demasiadas horas de pie no era bueno para su vieja lesión de fútbol americano—. Créeme, papá: ese caballo está en mejor forma que yo.
—¿Qué me dices de sus caderas?
—Un poquito estrechas —admitió Brady—. Pero no lo suficiente para afectar a su capacidad para la carrera —sacudió la cabeza—. Mira, creo que deberías examinarlo tú mismo. Así no tendrías que hacerme tantas preguntas.
—Lo veré cuando salga a la pista. Sólo me estaba asegurando de que no te habías olvidado nada.
—O confías en mí con este caballo o no confías…
—Claro que confío en ti. Lo que pasa es que has estado demasiado tiempo fuera de casa.
—Menos de un año y medio —le recordó Brady.
—Sé lo mucho que significa para ti este purasangre. Ya me has dejado bastante claro que aspiras a sustituir a Dobbs cuando se jubile dentro de seis meses. Y dado que no pienso darte el puesto sólo porque seas mi hijo…
—Ni yo espero que lo hagas. Entiendo tus reservas hacia mí.
—… necesitas a Amber Mac para demostrarme que puedes hacerlo tan bien como Dobbs. Lo entiendo, hijo. Lo que es pasa es que es difícil conservar la intuición para los caballos jugando en un estadio de fútbol…
«O en un casino», añadió Brady en silencio. Sabía que las reservas de su padre tenían principalmente que ver con su estancia en Las Vegas. Y él estaba deseoso de demostrarle que, desde que había regresado a casa, estaba más que dispuesto a asumir la responsabilidad del negocio de la familia. No replicó nada, sin embargo, porque en aquel instante se abrieron las puertas del fondo de la pista.
Un capataz de la cuadra de Henley entró con Amber Mac. Y hasta el último ranchero del estado de Texas prestó atención.
—Lleva cabezal —observó Marshall—. ¿Le han puesto ya la silla?
—Aún no —contestó Brady, mirando de reojo a su padre—. Eso déjamelo a mí. Supongo que después de pasarme treinta y dos años ejerciendo como Carrick, no te quedarán dudas de que puedo domar a cualquier caballo —se quedó contemplando al potro con expresión admirada—. Fíjate en su pelaje castaño. Y la elegancia de su paso. Zancadas largas, con contoneo…
Al Henley apareció de pronto a su espalda.
—Ahí lo tienen, caballeros: Amber Mac —sonrió con la impostada simpatía del veterano vendedor que era—. En caso de que necesiten que se lo recuerde, es hijo de Macintosh Red, de las cuadras Dufoil de Virginia. Entre otros premios, Red ganó el Derby de Arkansas, el Arlington Million y el Oak Leaf. Y su madre no es otra que Honey’s Gold, que lo parió en marzo.
—Ya sabemos todo eso, Al —rezongó Marshall—. Lo que no significa que vayamos a comprarte el caballo.
—Pues yo creo que sí, Marsh —le palmeó cariñosamente la espalda—. Todo radica en el pedigrí y tú sabes que éste es un ejemplar de primera.
—Yo no sé nada de eso. Lo que veo en ese caballo es el típico exceso de grasa de los animales que hace poco que han sido destetados. ¿Tú qué dices, hijo?
—Es una lástima, ¿verdad? —sonrió Brady—. Tendríamos que ponerlo a dieta de hierba durante semanas. Los criadores deberían tener un poco más de cuidado para no sobrealimentar a sus caballos…
Henley soltó una carcajada.
—¿Por qué no dejáis de perder el tiempo de una vez y me hacéis una oferta?
—Quizá —Marshall se frotó la barbilla—. Como tú mismo has dicho, su pedigrí es impresionante. Podría darte diez mil.
Pese a la baja temperatura, Brady se quitó su sombrero Stetson y se enjugó el sudor que le corría por la frente. La puja iba a ser larga.
—Llévatelo dentro —ordenó Henley a su capataz antes de dirigirse hacia otro grupo de potenciales compradores—. Voy a ver si encuentro gente seria entre esta multitud…
Brady se dispuso a protestar, pero su padre le puso una mano sobre el brazo.
—Tenemos que disimular, hijo. No me sorprendería que Blue Bonnet hubiese mandado a uno de sus hombres para fingirse interesado por Mac —esbozó una media sonrisa—. Lo principal que debes tener presente de los tratantes de ganado es que no debes confiar en ninguno de ellos. Lo mejor que podemos hacer ahora es echar un vistazo a ese viejo appaloosa de allá y hacerle ver a Henley que hemos perdido todo interés.
Cuarenta y cinco minutos después, Marshall Carrick sacaba la chequera de la guantera de su camioneta.
—No ha ido mal —murmuró mientras firmaba el cheque—. Me habría gastado hasta cincuenta mil por ese caballo, así que cuarenta y tres es un buen precio.
Dobbs se puso a repartir cervezas.
—Al menos Henley ha pagado la bebida.
Brady aceptó la lata y bebió un buen trago. Cuarenta y tres mil dólares. Sabía que su padre tenía dinero, pero a pesar del salario más que justo que cobraba en Cross Fox, había pasado mucho tiempo desde la última vez que había visto una cifra con tantos ceros en su cuenta bancaria. Todavía tenía el corazón en la garganta.
—Llamaré a Al, le pagaré la factura y me encargaré de que nos traigan el caballo —dijo Marshall mientras volvía a la pista—. Me muero de hambre —se detuvo en seco—. ¿Dónde decías que está ese restaurante al que siempre vas, Dobbs?
—A unos tres kilómetros de aquí, en Prairie Bend —contestó el irlandés—. La cafetería de Cliff. La mejor comida de todo Texas.
—Allí nos encontraremos, chicos. Tengo tanta hambre que me comería hasta un ca… —rió entre dientes—. Tranquilos, que no lo diré.
Brady apuró el resto de su cerveza.
—Adelántate tú, Dobbs, nos veremos allí. Quiero echar otro vistazo a Amber Mac.
El entrenador le sonrió.
—Lo sabía. Estaba seguro.
La cafetería de Cliff era uno de tantos locales que sobrevivían en los pequeños pueblos de Texas. Tenía aspecto de nave espacial, todo cromo plateado por fuera y rojo, negro y blanco por dentro.
Brady esperó a que su padre se sentara a la mesa, a su lado. Instalado frente a ellos, Dobbs abrió uno de los tres menús que había dejado la camarera. Marshall se bajó las gafas hasta casi la punta de nariz.
—¿Qué nos recomiendas?
—Las hamburguesas —respondió Dobbs—. La salsa es una maravilla.
—¿Así que es por eso por lo que vienes aquí? —inquirió Brady—. ¿Por las hamburguesas?
—Y la limonada —se inclinó hacia ellos con tono conspirador—. Para no hablar de lo mejor… —sonrió de oreja a oreja—. Aquí viene.
Una camarera morena y atractiva se detuvo ante su mesa, con un bloc de notas en la mano.
—¿Qué tal, Dobbs? Hacía meses que no te veía. ¿No hay caballos interesantes en el Blue Bonnet?
—No he venido hasta aquí desde River Bluff sólo para comprar caballos, cariño. He venido para ver a la camarera más guapa de Prairie Bend, quizá de todo Texas. Y de haber sabido que estarías cada día más guapa, habría hecho el viaje más a menudo.
Brady se había quedado mirando boquiabierto al entrenador. Hasta el último rastro de su ascendencia irlandesa se había evaporado de su habla, aunque su verborrea no lo había abandonado. Aquella camarera era lo suficientemente joven como para ser su nieta. Pero Dobbs era absolutamente fiel a su esposa, Serafina.
La chica también debía de ser consciente de ello, porque se limitó a poner los ojos en blanco, sin darle mayor importancia:
—¿Te apetece una limonada, Dobbs? Así te refrescarás la garganta con tanta coba como me estás dando.
—Claro. Pero primero quiero presentarte a mi jefe —señaló a Marshall—. Marshall Carrick, el propietario del rancho Cross Fox.
—Encantada de conocerlo —le tendió la mano.
Brady leyó su nombre en la solapa de su uniforme rojo.
—Hola, Molly.
La joven se apartó de la mesa y recorrió a Brady con la mirada antes de sacar un bolígrafo de un bolsillo, dispuesta a tomar nota.
—Hola. ¿Qué van a querer?
Después de tomarles la orden, se dirigió hacia la cocina.
—La tienes en el bote —le dijo Dobbs a Brady, sonriente.
—¿De qué estás hablando?
—¿No has visto la manera en que te ha mirado Molly? Yo ya ni me acuerdo de la última vez que alguien me miró así. Es evidente que a Molly le gustan los vaqueros.
Brady estaba acostumbrado a las miradas de curiosidad, incluso de adoración que suscitaba entre las mujeres. No había recibido muchas durante los últimos años, pero sí mientras estuvo jugando con los Cowboys de Dallas; incluso mientras estuvo casado y paseaba con Dafne del brazo. Pero habría jurado que la mirada que le había lanzado Molly no era de esa clase. En realidad, le había hecho sentirse incómodo. Sacudió la cabeza.
—Pues yo no he sacado esa impresión, Dobbs.
—Eso es porque no has estado atento. Apuesto a que te trae la hamburguesa más grande —un camarero les sirvió tres grandes vasos de limonada. Dobbs bebió un buen trago mientras Marshall sacaba el recibo de la compra del caballo, ignorándolos—. Molly es bonita, ¿verdad?
Brady la miró mientras servía una taza de café a un vaquero en la barra. Sonreía al tipo con una expresión naturalmente simpática, nada que ver con el frío saludo que le había dirigido a él. Su melena ondulada, recogida en una cola de caballo, jugueteó con su nuca cuando se giró rápidamente.
—Sí que es bonita. ¿Hace mucho que la conoces?
—Bastante. Ya trabajaba aquí cuando yo empecé a venir, hace unos diez años. Me parece recordar que en aquel entonces estaba casada. Luego estuvo fuera durante unos años. Y un buen día volvió ya sin la alianza en el dedo. Yo le pregunté por qué no se había vuelto a liar con nadie.
—¿Y qué te contestó ella? —inquirió Brady, curioso.
—Es una bromista. Me dijo que cualquier chica estaría encantada de tener un puesto fijo en la cafetería de Cliff, y que probablemente seguiría sirviendo limonadas hasta que el pelo se le volviera gris —sacudió la cabeza—. Espero que no sea cierto…
—Callaos —dijo Marshall, alzando la mirada—. Aquí viene.
Después de servirles los platos, Molly les preguntó si necesitaban algo más y se marchó.
—A comer —ordenó Marshall—. Esta tarde tenemos que llevarnos un caballo a casa.
Mientras comían, cada uno se deshizo en elogios sobre Amber Mac. Trataron la posibilidad de que el purasangre se convirtiera en la sensación del próximo calendario de carreras.
Brady pasó el último bocado de hamburguesa con un trago de limonada. Sabía que no tendría una mejor oportunidad para exponer su caso.
—Déjame que lo entrene yo, papá.
—Caramba, hijo —bajó su hamburguesa—. Ése es un objetivo muy ambicioso para alguien que, hasta tiempos muy recientes, no ha mostrado demasiado interés por el negocio.
—Yo nunca he dicho eso. Además, me he implicado desde que volví de Las Vegas y…
—Como relaciones públicas —le recordó Marshall—. Todavía tienes mucho que aprender sobre cómo entrenar a un purasangre.
—Es verdad —frunció el ceño—. Y no adquiriré mucha experiencia mientras me utilices para reunirme con ejecutivos y funcionarios.
—Ya tendrás tu oportunidad. Una cara pública es lo que necesitamos por el momento. Desde que volviste, has hecho muchísimo por la imagen de Cross Fox. A la gente le gustas. Están impresionados contigo.
—Querrás decir que están impresionados con mi trayectoria deportiva.
Marshall no discutió.
—Mira, papá, puedo entrenar a Amber Mac. Lo que no he aprendido de ti durante todos estos años, me lo ha enseñado Dobbs. Estoy dispuesto. Es lo que quiero hacer. Si voy a ganarme una reputación como entrenador y a recuperar tu confianza, me gustaría empezar por este caballo.
—Seguro que sí. Pero yo no sé si estoy dispuesto a depositar el futuro de un potro de cuarenta y tres mil dólares en las manos de un preparador bisoño como tú, incluso aunque seas mi hijo. Además… ¿cómo puedo saber que no te dará una ventolera y volverás a largarte? ¿Quién me dice que no volverás a terminar jugando a los dados en Las Vegas?
Brady se contuvo de responderle. ¿Cuántas veces tendría que escuchar aquello? Su padre lo había apoyado en su decisión de jugar en los Cowboys de Dallas, después de la universidad. Pero cuando su lesión de rodilla acabó con su carrera, y de paso con su matrimonio, Marshall no aprobó en absoluto su idea de probar suerte como jugador profesional en Las Vegas.
—Mira, papá —pronunció entre dientes—. Olvídate del pasado. El pasado es pasado y yo he vuelto para quedarme.
—Y yo me alegro de ello —repuso Marshall—. Cross Fox es tu hogar. Y mientras encauces esa afición tuya por el póquer con pequeñas timbas entre amigos, me doy por satisfecho. Un hombre tiene que tener sus pequeños vicios.
—Bueno, pues tú estás invitado a encauzar tu afición esta semana —murmuró Brady, contento de cambiar de tema—. Hay partida esta noche y le dije a Jake que volvería a tiempo de participar. Probablemente habrá alguna plaza libre. ¿Os apuntáis alguno?
Marshall frunció el ceño.
—¿Jake? Supongo que estará alojado en el salón Wild Card.
—Sí.
—Entonces no cuentes conmigo. Ese lugar sigue siendo una ruina. Estuvo vacío durante demasiado tiempo y el tío de Jake nunca se molestó en reformarlo debidamente.
—Jake se ha estado ocupando del local y ha decidido no venderlo —le explicó Brady—. Cole y él lo están arreglando. De momento ha quedado bastante bien.
—Lo creeré cuando lo vea. Mira, a mí Jake Chandler me cae bien. Pero será mejor que no le digas a tu madre que has vuelto a frecuentar su compañía. Sigue pensando que ejerce una mala influencia sobre ti.
—Eso es ridículo —Brady dejó su vaso de limonada sobre la mesa con mayor fuerza de lo que había pretendido—. En cualquier caso, cuando estábamos en el instituto, era precisamente al contrario… O al menos la influencia era recíproca. ¿Por qué crees que nos llamaban el grupo de los Salvajes?
Marshall alzó las manos, dándose por vencido.
—Oye, que yo no tengo nada contra ese chico. Sólo te estoy diciendo que tu madre no se ha olvidado de las barrabasadas que cometió en el instituto.
Brady se volvió entonces hacia Dobbs:
—¿Qué dices tú? ¿Querrás jugar?
—Estaré molido después de viajar con vosotros en el furgón durante cuatro horas.
—Como queráis.
Sólo cuando volvió a casa había tomado conciencia de lo mucho que había echado de menos a sus amigos de River Bluff, hombres que rebasaban ya la treintena, con problemas y ambiciones de adultos. Algunos se habían perdido, como el propio Brady, por diversas partes del mundo, pero ahora estaban todos de vuelta y solían jugar su partida semanal de Texas Hold’Em, la especialidad más popular de póquer. En cuanto a Brady, en aquel momento de su vida, aquella sana y alegre camaradería era justo lo que necesitaba.
Dobbs terminó su hamburguesa y se metió en la boca una patata untada de ketchup.
—De todas formas, si quieres saber mi opinión… me parece una maldita lástima.
—¿El qué? —Brady lo miró extrañado.
—Tú eres el mejor jugador de póquer que conozco. Creo que si te hubieras quedado allí, en Las Vegas, habrías ganado algún torneo importante y te habrías forrado.
Brady alzó una mano, preocupado por el mal gesto que estaba poniendo su padre.
—Me marché en el momento adecuado. Estaba perdiendo algo más que dinero.
Dobbs apartó su plato y se pasó una mano por su cabello gris.
—Pero también pudiste haber ganado, ¿no? Sólo estamos los tres aquí, Brady, puedes decírnoslo. Eres lo suficientemente bueno para ganar en los grandes torneos. Pudiste haberte hecho de oro.
—Sí, pude haber ganado —sonrió—. Pero antes de que sigas elogiando mi presunto talento natural para el póquer, déjame decirte una cosa: cualquiera puede perder en esos grandes torneos… y cualquiera puede ganar. Con un estudio intensivo de las probabilidades del póquer, cierta formación psicológica en el análisis gestual del oponente y dinero para las primeras apuestas, cualquiera puede ser entrenado para ganar.
—¿De veras piensas eso?
—Claro. En el póquer la habilidad es más importante que la suerte.
—¿Así que, si tú quisieras, podrías recoger a cualquier vaquero de la calle y prepararlo para jugar en esos torneos?
Brady reflexionó sobre su respuesta.
—Vaquero, político, basurero… Cualquiera con un mínimo nivel de inteligencia. Y, sí, yo podría prepararlo.
Marshall rió entre dientes.
—Veo que no has perdido la legendaria confianza de los Carrick, hijo.
Su padre se equivocaba. Una carrera deportiva truncada por una lesión, un matrimonio fracasado y una desquiciada estancia en Las Vegas había acabado con su autoconfianza. Para no hablar de la tragedia que lo había obligado a hacer las maletas y subirse al primer avión que salía para San Antonio. Pero estaba intentando recuperar un mínimo de respeto por sí mismo. Y una parte al menos de ese respeto podía encontrarla en la partida semanal de póquer con sus amigos, donde generalmente ganaba algo más que dinero.
—Me encantaría demostrártelo. Elige tú la persona, papá, y yo la prepararé. Dentro de unas cinco semanas empezará el gran torneo nacional de Las Vegas. Te apuesto lo que quieras a que puedo entrenar a alguien para que llegue a la ronda final.
Marshall disimuló su sorpresa con una gran carcajada.
—Interesante. ¿Qué estás dispuesto a apostar, Brady?
Aquella conversación acababa de tomar un giro inesperadamente serio. Por un instante Brady tuvo sus dudas, pero luego se recuperó. No por casualidad era un jugador de póquer tremendamente bueno.
—Si consigo sentar a la persona que tú elijas en la final del torneo, me dejarás entrenar a Amber Mac.
Marshall se puso serio.
—Ésas son palabras mayores, Brady.
—¿Dudas que seas capaz de hacerlo?
—Tú lo has dicho. Lo dudo.
Pero Brady no estaba dispuesto a echarse atrás. Conocía lo suficientemente bien a su padre como para saber que el jugador de póquer que vivía en él se sentía intrigado. Retado.
—¿Entonces qué tienes que perder? Ponme a prueba.
—¿A ti qué te parece? —le preguntó Marshall a Dobbs—. ¿Le damos la oportunidad de que se coma sus propias palabras?
—No lo sé… ¿Qué ganaremos nosotros si el chico pierde la apuesta?
Brady se sonrió.
—Entrada libre a los partidos de liga de fútbol que se celebren en Texas durante un año. Para los dos.
Ambos hombres se miraron: cientos de dólares estaban ahora en juego, lo que subía considerablemente el tono de la apuesta.
—¿Y nosotros elegiremos a persona a la que entrenes? —inquirió Marshall.
—Desde luego. Pero sed razonables. El tipo tiene que tener la edad y la inteligencia medianamente adecuadas.
En aquel instante Molly se aclaró la garganta y dio unos golpecitos en su bloc de notas.
—Siento interrumpir vuestra apuesta, chicos, pero tengo que cobraros ya.
Dobbs se recostó en su asiento mientras se la quedaba mirando muy serio.
—¿Qué me dices de Molly? —se dirigió a Marshall—. Es lista.
Brady lo miró a su vez. No podía estar hablando en serio.
—Disculpen, caballeros —dijo ella—. Me temo que mi nombre acaba de salir en la misma conversación en la que estabais hablando de apuestas… y eso basta para poner nerviosa a cualquiera.
—Pues tranquilízate —le dijo Dobbs—, porque te estoy ofreciendo una de las mejores oportunidades de tu vida. ¿Qué te parecería hacer de alumna de Brady en un curso de cinco semanas?
Molly frunció el ceño. Brady pensó que no era precisamente una reacción destinada a halagar el ego masculino, aunque estuvieran de broma.
—Yo no sé nada de carreras de caballos.
—No estamos hablando de caballos —sonrió Dobbs—, sino de póquer.
—De eso sé todavía menos.
Dobbs se volvió para mirar a los otros dos.
—¿Lo veis? Es perfecta.
—¿Perfecta para qué? —Molly retrocedió un paso.
El irlandés le lanzó una sonrisa entre confiada y socarrona.
—¿Qué respondes, cariño? ¿Querrás venirte con nosotros a River Bluff… para aprender a jugar al póquer con un verdadero maestro?
¿Póquer? Molly no pudo reprimir una carcajada. A su padre le habría dado un ataque si se hubiese enterado de que estaba a punto de participar en una conversación sobre juego. Ni siquiera tenía una mísera baraja en la modesta casa que compartía con Luther Whelan.
Se quedó mirando fijamente a Marshall Carrick, el hombre que llevaba el peso del rancho Cross Fox sobre sus poderosos hombros, esperando a que dijera algo razonable, iluminador. Como no lo hizo, recogió uno de los vasos vacíos de la mesa e hizo amago de olerlo.
—Me parece que habéis estado tomando algo más fuerte que limonada.
Brady esbozó una sonrisa abierta, sincera. El joven Carrick se parecía a su padre en estatura y corpulencia, pero su rostro no estaba tan curtido por el sol y la vida a la intemperie. Tenía el pelo color castaño claro, con mechas rubias decoloradas por el sol, y lo llevaba algo largo, con el flequillo que le caía sobre la frente. El cuello de su camisa carecía de los típicos adornos texanos, algo inusual en un ranchero.
—No te alarmes, Molly —le dijo Brady—. Sólo se trataba de una broma…
Dobbs se inclinó hacia él:
—¿Una broma? ¿Ahora resulta que te vas a echar atrás?
—No. Pero no hay ninguna razón para mezclar a esta chica en este asunto.
—Por supuesto que sí —insistió Dobbs—. La elegimos a ella.
—Eso se está poniendo feo… —Molly agitó la factura en el aire—. ¿Quién va a pagar esto?
Dobbs señaló a Brady:
—El señor Pez Gordo.
Brady se sacó la cartera del bolsillo trasero de los vaqueros.
—Ahí lo tienes, Molly —le dijo Dobbs—. Brady dice que puede agarrar a un jugador novato y sentarlo, o sentarla, en los cuartos de final del campeonato de Texas Hold’Em, que se celebrará en febrero en Las Vegas.
Molly sabía algo de Texas Hold’Em. Su marido, Kevin, había practicado aquel juego mientras estuvo fuera, haciendo la ruta del rodeo.
—Lo he visto por la tele.
—Seguro que sí. Los jugadores que llegan a la ronda final pueden ganar… ¿cuánto, Brady? ¿Miles de dólares?
—Sí. El campeonato atrae a la mayoría de los jugadores del estado, con lo que incluso una sexta posición puede reportar mucho dinero.
Molly lo apuntó con su bolígrafo.
—¿Y tú crees que puedes preparar a cualquiera que no haya jugado antes para que se siente en la ronda final?
—Mira, sólo estábamos bromeando y…
Marshall se recostó en su asiento, divertido.
—¿Estás reconociendo que no puedes hacerlo?
—Claro que puedo. Pero Molly no quiere meterse en esto. Debe de pensar que estamos todos locos.
—Ella ya está metida en esto —dijo Dobbs—. Ya te lo he dicho: la hemos elegido a ella. ¿Verdad, Marshall?
—Desde luego estábamos hablando de ello.
—Y Brady nos aseguró que podíamos elegir a quien quisiéramos.
—Sí que lo hizo.
—No dejes que te entretengamos, Molly —le dijo Brady, con los billetes en la mano—. ¿Te pago aquí o en la caja?
—A mí. Pero no me estáis entreteniendo. Mi jornada está a punto de terminar. Mira, conozco a Dobbs desde hace años. Si él dice que me han elegido para una apuesta, entonces supongo que tengo que poner las cartas sobre la mesa.
Brady se echó a reír, pero pareció más bien un gesto destinado a disimular su nerviosismo. Le tendió los billetes.
—¿Entonces podrías hacerlo? —le preguntó ella mientras se los guardaba—. ¿Enseñarme a jugar al póquer?
—Claro que podría, pero…
—¿Qué sacarías tú de esto? ¿Qué es lo que te juegas?
—Es un asunto personal.
—Vamos, díselo —lo animó Marshall—. Tiene derecho a saber lo que nos estamos jugando.
Brady se quedó mirando a su padre durante un buen rato antes de responder:
—Está bien —se volvió nuevamente hacia ella—. Ganaría el derecho a entrenar el caballo que acabamos de comprar.
—¿Tan importante es eso para ti?
No contestó. Tampoco había necesidad. El fuego que ardía en sus ojos era suficiente prueba.
—Entiendo.
—Pero… mira, todo esto no importa, en realidad. Tienes que entender lo que supondría para ti. Largas horas. Un sacrificio personal… Es un entrenamiento demasiado duro para una mujer.
—¿Para una mujer? —repitió Molly.
—No vayas a tomártelo mal…
El rasgo de su carácter que, según su padre, Molly había heredado de su madre, y que solía calificar como su «alma rebelde», surgió a la superficie. De repente le interesó la propuesta por dos razones. Procedió a explicitar la primera:
—Si gano… ¿me quedaría el dinero?
Marshall se tapó la boca con la mano para ahogar una carcajada. Dobbs ni siquiera lo intentó.
—Bueno, sí… —respondió Brady—. Tendríamos que hablarlo. Supongo que podríamos llevarnos una buena cantidad —sacudiendo la cabeza, fulminó a Dobbs con la mirada—. Mira, siento haber sacado el tema. Como te dije antes, es una idea absurda y no merece la pena siquiera que te la plantees.
Pero sí que se lo estaba planteando. Después de tantos años como llevaba Trevor Dobbs frecuentando aquel local, el destino había puesto por fin al legendario Brady Carrick en su camino. ¿Y quién era ella para desairar al destino?
El nombre de Brady Carrick llevaba año y medio sonando en su cabeza, como la banda sonora de una película triste. Cada noche que se dormía llorando. Cada vez que tenía que servir otro plato de huevos fritos en la cafetería. Cada vez que había intentado explicarle a su hijo por qué su papá no iba a volver a la casa. Así que incluso sin el sustancial beneficio que le había mencionado, la razón número dos constituía un incentivo más que suficiente. Podría borrar parte del desengaño provocado por Brady Carrick y, al mismo tiempo, conseguir que le financiara un nuevo comienzo. Una nueva vida.
Nunca había podido recuperar la que había llevado antes, pero quizá el heredero del rancho Cross Fox sí que pudiera pagar lo que le había hecho a Kevin… ayudando a su viuda y a su hijo a comenzar de nuevo. Si ganaba, se compraría una bonita y acogedora casa para ella y para Sam muy lejos. Lejos de Prairie Bend y de la rígida disciplina impuesta por Luther Whelan.
Se puso a recoger los platos y regaló a los tres hombres una encantadora sonrisa. Sucediera lo que sucediera, tenía que pensar en la propina.
Brady fue el primero en levantarse.
—Ha sido un placer conocerte, Molly.
Los primeros síntomas de pánico le provocaron un escalofrío. Se marchaban.
—Que tengáis un buen viaje de vuelta.
Salieron los tres del restaurante, y Molly se acercó a la caja. Distraída, entregó al dinero a Cliff. «Será mejor que hagas algo rápido, Molly Jean», se dijo. «Cuando esos hombres salgan del aparcamiento, se llevarán consigo la gran oportunidad de tu vida. Probablemente nunca volverás a ver a Brady Carrick. Ni a tropezarte con la posibilidad de hacerle pagar todo lo que te hizo».
Asomada a la ventana, vio a los tres hombres dirigirse a una camioneta con un remolque de caballos detrás. Brady abrió la puerta del conductor y se sentó al volante. Fue justo en ese momento cuando Molly tomó la decisión.
—Me tomo un descanso, tío Cliff.
—Vale, pero date prisa. Necesito que me rellenes las botellas de ketchup.
Se dirigió hacia la puerta.
—Espera un momento… —la llamó su tío—. Aquí tienes la propina…
Volvió a toda prisa. La cuenta había ascendido a veintidós dólares, y Brady le había dado treinta. Tomó el cambio de ocho y se lo guardó en el bolsillo.
—Es una buena propina —comentó Cliff.
—Sí —aunque definitivamente necesitaba el dinero, rezongó para sí misma—: No me extraña que Dobbs lo llamara señor Pez Gordo…
Sentado al volante, Brady vio a Molly dirigirse hacia ellos. La brisa jugueteaba con su cola de caballo y dibujaba el contorno de sus piernas bajo la falda. Fue incapaz de apartar la mirada. Por un instante se la imaginó en las colinas de River Bluff, de pie en una pradera, y no allí, en aquel polvoriento aparcamiento de cafetería.
—Mira —dijo Dobbs—. Ahí viene Molly.
Brady se palpó los bolsillos.
—A lo mejor nos hemos dejado olvidado algo en la mesa. ¿Echáis algo de menos?
—No —Marshall negó con la cabeza—. Tengo mi cartera y mi chequera.
Brady apoyó un codo en el volante.
—¿Entonces qué querrá?
—Sólo hay una manera de averiguarlo —dijo Dobbs—. Callarse y escuchar.
Molly se detuvo a medio metro de la puerta abierta, donde Marshall y Dobbs esperaban de pie. Inmediatamente se acercó a la ventanilla, concentrada únicamente en Brady.
—¿Pasa algo?
—He venido a decirte que sí. Que lo haré.
Brady sabía perfectamente a qué se refería, pero necesitaba tiempo para recuperarse.
—¿Que harás qué?
—Jugar al póquer.
Dobbs se dio una fuerte palmada en el muslo.
—¡Maldita sea! Eso es lo que me gusta a mí. Una mujer con agallas.
Brady lo fulminó con la mirada y bajó del furgón.
—No puedes estar hablando en serio.
—Claro que sí.
—Mira, antes estábamos bromeando y…
—No, no estábamos bromeando —lo interrumpió Dobbs—. ¿No hablabas tú en serio cuando dijiste que querías entrenar a Amber Mac?
—Sabes perfectamente que sí.
—Entonces deduzco que también ibas en serio con lo de la apuesta.
—Yo también lo oí —intervino Marshall, sonriente—. Lo tengo muy claro. Pero dejaré que lo decidáis los tres.
Brady se quedó mirando a Molly. Y ella le sostuvo la mirada con una sorprendente determinación.
—No puedo consentir que hagas esto. En primer lugar, nunca he jugado al póquer con una…
Distinguió un súbito brillo en sus ojos, y comprendió inmediatamente que estaba a punto de decir algo que sería mejor que se guardara para sí, si no quería arrepentirse después. Diablos, le gustaban las mujeres, las consideraba iguales a los hombres, aunque diferentes. La diferencia era lo que más le gustaba, desde luego. Y sin embargo dudaba que pudiera disfrutar de ese punto de vista en una mesa de juego.
Molly arqueó las cejas y dio un paso adelante.
—¿Tienes algún problema en enseñar a jugar al póquer a una mujer?
—Por supuesto que no. Pero tienes que pensártelo más porque…
