Así se nace - Damián Lamberta - E-Book

Así se nace E-Book

Damián Lamberta

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Beschreibung

Eduardo, sabedor del hecho de ser un hijo abandonado y adoptado, decide buscar a su madre biológica, pero sin resquemores ni rencor, tan solo con el deseo de encontrar la ansiada paz interior. Así se nace nos presenta la vida de tres generaciones de italo-argentinos que van descubriendo quiénes son conforme su pasado se abre paso para entender cuál es su presente y su verdadera identidad. Desde la emigración de posguerra hasta el presente más actual, nos presenta una realidad de padres e hijos que se esfuerzan por aceptar su historia y a ellos mismos.

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Seitenzahl: 241

Veröffentlichungsjahr: 2021

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DAMIÁN LAMBERTA

Asíse nace

 

 

 

 

PRIMERA EDICIÓN

© DAMIÁN F. LAMBERTA, 2021© Malpaso Holdings, S. L. 2021C/ Diputación, 327, principal 1.ª08009 Barcelona

www.malpasoycia.com

COLECCIÓN NARRATIVA

ISBN 978-84-18546-06-8

DEP. LEGAL B 7460-2021

Imagen de cubierta

Starling, de la serie «Birds of America» (N4)para Allen & Ginter Cigarettes Brands, 1888.

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y sigs., Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

 

Contenido

1. Villa Lugano, 1971

Mates.

2. Plaza Miserere, 1971

3. Villa Lugano, 1972

Capas azules

4. Villa Lugano, 1972

Llamada

5. Merlo, 1973

Pastillas

6. Merlo, 1974

A mangiare!

7. Merlo, 1975

8. Merlo, 1975

Mates II

9. La Tablada, 1976

10. La Tablada, 1976

Una caricatura

11. Villa Lugano, 1979

Mates III

Un sábado de otoño

12. Merlo, 2013

El roble

13. Conurbano, 2013

La tejedora

14. Lomas de Zamora, 2013

Las amigas

15. Merlo, 2013

16. La Plata, 2013

La signora del saucisse

17. Informe de prueba de ADN

Epílogo

 

 

A mi viejo:

dos veces padre

y dos veces hijo

Primera parte

---

1. Villa Lugano, 1971

El sol le daba en la cara entibiándole las lágrimas. A cada paso sentía el asfalto caliente en la goma de las zapatillas. Ese fuego subía por sus piernas, le abrazaba la panza y quemaba su corazón.

Podía ir por la vereda, alternando la sombra efímera de los árboles, sin embargo, caminaba por el costado de la calle como un masoquista sin voluntad. Llorando. No podía dejar de llorar.

Había pasado la noche al lado del ataúd, contemplando el cuerpo de su abuela, sin una lágrima, sin quitar la vista del rostro levemente azulado en el que deseaba encontrar un indicio de vida. Lo abrazaron personas que no conocía. Él se mantuvo estoico. Toda la noche. Toda la mañana. No quiso desayunar. Después del mediodía, asqueado por el olor del café y el lamento incesante de los italianos, pidió permiso a su madre para volver a casa.

Desde el almacén de Manolo oyó una radio. Casi cuarenta grados de sensación térmica, repetía el locutor. El cielo se aplastaba contra la ciudad. No andaba nadie, solo él, un chico que no podía dejar de llorar. Escuchó que lo llamaban, pero siguió caminando. Era el vozarrón de Luis. No tenía ganas de soportar sus cargadas. Menos en un día como ese.

–No llores, Tano –decía la gruesa voz.

Esta vez no se burlaba de sus orejas ni de sus pantalones mal zurcidos, solo le repetía:

–No llores, Tano.

Le sorprendió ese tono compasivo, justo en Luis que por sus venas corría ácido muriático. Por un instante se olvidó de los rencores acumulados. También del miedo que solía infringirle. Se preguntó si no serían alucinaciones provocadas por el calor y el cansancio. Esa suavidad, esa mariconería de Luis, le resultaba inverosímil. Al fin se detuvo y volteó la mirada. Luis se recortaba en la puerta de su casa, enorme y redondo, lleno de sudor. Lo miró unos segundos sin decir nada, ni siquiera en ese momento se aguantó las lágrimas: largó un llanto alborotado, lleno de sol.

Retomó los pasos. Detrás, volvió a oír el vozarrón, la misma calidez en el tono.

–No llores, Tano.

E inmediatamente después:

–Si no era tu abuela.

Sintió el frío puñal de las palabras clavado en la espalda. Pero continuó avanzando con la frente en alto.

Entonces, ¿cuántas personas lo sabían? ¿Desde cuándo?

Su pensamiento era un retazo a punto de romperse.

Hubo un domingo. Tres o cuatro años atrás. Iban en el Fiat 1100. Su padre conducía con un ánimo exquisito, silbando tarantelas, evocando anécdotas de Italia. En el asiento del acompañante, su madre llevaba un canasto con frutas de la quinta. Los esperaba un día de campo en la chacra de doña Estela. Todo iba de maravilla hasta que vieron aquella carpa al costado de la avenida. Hombres con guardapolvo blanco. Sus padres se habían alarmado incomprensiblemente.

–Son doctores –anunció su madre, pálida.

Desde el asiento de atrás, él intentó decir que no eran doctores. Pero su padre le exigió silencio, mientras intentaba doblar en contramano. Un auto les impidió la maniobra. Estalló un coro de bocinas.

–Mannaggia Sant’Arcangelo! –vociferó su padre.

Su madre enseguida comenzó a llorisquear, la voz era un gemido:

–Se lo van a llevar.

En la hilera de banderas, cien metros antes del puesto, pudo leer:

«Campaña de vacunación gratuita de animales».

Pero sus padres no sabían leer y le ordenaron que se escondiera debajo de una manta y se quedara callado.

–Zitto, zitto, que está la policía –le rogó su madre, acomodándole la tela encima.

No había ningún policía. Solo eran veterinarios con guardapolvo.

Estaba con la llave en la mano, frente a la puerta de hierro de su casa. Decidió seguir caminando. Necesitaba irse, ordenar sus recuerdos.

¿Desde cuándo lo intuía de un modo cobarde e intuitivo?

Tal vez desde las noches en que miraba el Súper Agente 86. En los últimos años de la primaria. En aquella época falsificaba la firma de sus padres y mentía cuando los maestros le preguntaban los motivos de por qué no asistían a las reuniones escolares.

–Trabajan los dos todo el día y no pueden venir –inventaba.

En un corte comercial solía aparecer una publicidad con escarpines. Una imagen inocente y conmovedora. Sin embargo, en ese momento, ocurría el escándalo. Su padre le hacía señas a su madre para que cambiara de canal. Él se quedaba callado, simulando no darse cuenta. El aire se volvía espeso. La secuencia se repetía cada vez que la televisión mostraba una embarazada, un bebé o un inocente y conmovedor par de escarpines.

Acaso lo sospechó en alguna de las visitas de los paisanos del sur de Italia, en domingos de ravioles con estofado. Hablaban en dialecto, sobre la guerra, de Potenza, de las tarantelas, de las procesiones. Y a veces surgían preguntas como espinas:

–¿A quién se parece Eduardito?

Una y otra vez, como una lluvia que siempre llegaba. Interrogantes que a veces permanecían henchidos de largos e incómodos silencios. A veces una respuesta vacilante. Su madre diciendo que a un tío que vive en Italia o a un primo. Pero siempre los nervios, el llanto con el que huía al búnker de su pieza.

Pañuelos y lágrimas, pensó, mientras seguía caminando como un autómata por una avenida ruidosa.

Cualquier palabra suelta, en su madre podía desatar una depresión. Su casa no era como la de Martín, su compañero de banco. Sus padres eran distintos. Se expresaban con dulces maneras. Cuando hablaban parecían susurrar melodías. Ellos no eran inmigrantes. No conocieron el infierno de la guerra. Sabían leer y escribir. Tenían libros. Los viernes a la tarde iba a tomar la leche. Le daban bizcochos, tortas y abrazos. Parecía un lugar de vacaciones permanentes. A él nunca se le hubiese ocurrido invitar a Martín a su casa. ¡Cómo iba a llevar a ese chico criado entre algodones azucarados a un lugar donde abundaban los gritos, el llanto o, en el mejor de los casos, los pedos que se exhibían, cotidianamente, como trofeos en una vitrina!

---

Mates

Es madrugada de sábado y este padre que es mi padre me dice que haga unos mates, que charlemos un rato. Esperaba esas palabras y a pesar del cansancio las atrapo en el aire con una sonrisa. Porque viajo cada dos meses. Porque en cada visita me zambullo en la familia, disfrutando de cada uno, en una misma, calculada secuencia.

Una secuencia que comienza el viernes por la mañana y continúa en la oficina donde trabajo en La Plata. A las cinco de tarde, luego de pasar mi tarjeta de salida por el lector, cargo el bolso y tras casi cuatro horas de ruta, llego a Mar del Tuyú, al cálido verano de los afectos. Papá siempre entre papeles del negocio. Mamá con esa mirada de bienvenida celeste. Al calor del fuego, mi hermano Leo y el asado en marcha. El abrazo de mi cuñada, inmediatamente antes de que mi sobrino me agarre para jugar a la lucha. Cuando quiero incluir a mi sobrina, atacándola con el golpe del orangután, advierto que está demasiado grande. En la cena exhibimos nuestras pasiones, comiendo insaciables, levantándonos la voz. El almuerzo del sábado corresponde a la nona y la tarde, a mis sobrinos. El juego sigue a la noche, pero con mi hermano. Los amaneceres nos encuentran conversando. El domingo, después del almuerzo familiar, vuelvo a la ruta, al hueco inevitable que deja un fin de semana espeso.

Ahora es sábado de madrugada. El reloj que cuelga en la pared, inclinado desde hace años, marca las tres y diez. El viernes está sentado sobre mis párpados. Y ese gran noctámbulo que siempre ha sido papá, dice que me siente un rato, que tomemos unos mates.

Este es nuestro momento.

–¿Cómo andan tus cosas? –comienza y aplasta el cigarrillo en un cenicero atestado de colillas.

–Un poco contracturado –respondo, mirando su gorra gris de fieltro.

Enseguida me arrepiento del comentario. Pide que me acerque. Ya sé lo que se viene. Somos previsibles, jugamos de memoria. Pretendemos la estabilidad, sentirnos seguros. Dudo un momento. Pero insiste:

–Dale, vení un cachito.

Apoya su puño en mi espalda. Presiona, pero no me alivia. Vuelve a apretar con los nudillos. Duele.

–Quedate quieto. Aguantá un poco.

Me resisto y no afloja. Clava el puño. Grito.

–¡Callate que vas a despertar a mamá!

Sigue examinando la zona.

–Ahí es dónde me duele siempre –indica, apretando fuerte–. Tengo como un bulto… ¿Puede ser un tumor?

Me suelto. Lo miro desconcertado. Suelta una carcajada. Es lindo verlo así. Su risa es contagiosa. Su risa es como una lluvia de verano, emerge de su cielo nublado, intensa y efímera, tal vez esporádica.

Mientras le cargo yerba al mate, insiste con lo del tumor. Lo pregunta en serio, inquieto por el miedo. De nada servirá lo que conteste. Es hipocondríaco. Nunca quiere ir al médico. Ante cualquier dolencia, investiga en foros de Internet. Se aferra a los autodiagnósticos. Consulta su dictamen con mamá, conmigo o con Leo, apretando el puño en la zona afectada.

–¿Cómo anda la nona? –pegunto para cambiar de tema.

–Hinchando las pelotas. Anda bien.

–¿Le avisaste que voy a almorzar?

Dice que sí con la cabeza, mientras enciende otro cigarrillo.

–El otro día nos asustamos. La llamé a las siete de la tarde, como siempre, para que tome las pastillas. No me atendió. La volví a llamar. Y nada. Sacamos el auto y fuimos con tu mamá, pensando lo peor.

Hace una pausa. Toma el mate.

–La encontramos durmiendo. ¡A las siete! Ni había oscurecido. Sabe que a esa hora le tocan las pastillas. La cagué a pedos. Ni siquiera se tiene que acordar. Solamente atender el teléfono. Pero ni eso. La amenacé con traerla a casa. ¡Para qué! ¡Se le subió la tanada! Empezó a despotricar que ella hace lo que quiere, que no va a tomar más nada. Entonces vas a ir a un geriátrico, le dije. Fue peor. ¿Sabés lo que hizo?

Maniobra otra pausa. Tiene los labios resecos. Se estira para agarrar un mate.

–Me quiso dar un cachetazo.

La imagen de la nona, alzándole la mano a papá. La nona con su metro cincuenta de arrugas, su rosario de puteadas en italiano. Peor, en dialecto. Me atraganto de la risa. Cualquiera aseguraría que es una ancianita inofensiva. Una viejita que descansa sobre la paz de una vida demasiado larga. Sin embargo…

–¡Brava la calabresa! –agrego con restos de carcajada.

–Me tiene las pelotas por el piso. Siempre igual. Siempre negativa. Me hace la vida imposible. Si no es una cosa, es otra.

–Está grande, ¿qué querés?

–Ya sé. A la vejez, viruela. Vamos a ver cuando me toque a mí…

Noto cierto cinismo en su tono. Acaso el plan de una venganza disparada al futuro. Suelta el humo levantando el mentón. Entrecierra los ojos y una sonrisa sutil asoma en sus labios.

El reloj marca las tres y media pasadas. El noctambulismo es un punto en común. Suele decirse que somos parecidos. Me reconozco en su cuello corto. También en la rigidez de sus movimientos. Puedo verme en la forma de su cuerpo, en su mal carácter. Por muchas cosas puedo asegurar, sin lugar a dudas, que este padre es mi padre.

–El otro día vimos una película –comenta rascándose el cuello.

El gusto por el cine es otra herencia. A él le debo las excursiones por los videoclubes. Laberintos atestados de afiches, lectura de sinopsis. El ritual de la elección. La seducción de las carátulas. El anzuelo de los títulos. Promociones tres por dos. Domingos de verano en el patio, entre tiroteos de Charles Bronson. Aquella noche que, en medio de una película de terror, oímos chapoteos en la pileta del terreno. El pudor de las escenas no aptas para menores, el avanzado rápido. Las lágrimas de mamá cuando el protagonista se casaba con la novia de la infancia. Porque ella también fue arrastrada por las redes de esa afición. Aunque prefiera ver los programas de chimentos.

–¿Vemos una película, Pirula? –le dice él, y es una pregunta tan cordial como retórica.

–Mirala vos –desafía ella, sonriendo–. Yo miro a Tinelli en la pieza.

Pero no será así. Papá es un animal de compañía.

–Vimos una de guerra –me cuenta–. A mamá también le gustó. Buena trama.

–¿Cómo se llama?

–No me acuerdo. Actúa un rubio de bigotes que siempre hace de policía.

Fuma con pitadas profundas. En ese acto, trasluce una ansiedad en la que también puedo reconocerme. Calculo que es el quinto cigarrillo de la noche.

–Ni idea. ¿En qué otra estuvo?

–A ver… Ya me acuerdo. Trabajó en una que violan a una chica.

Frunce el ceño. Me exige con la mirada.

–¡Lo tenés que conocer! Hacía de abogado. Nunca está como protagonista.

–¿Es sobre la segunda guerra?

–El rubio hace de nazi –se fastidia–. Alto, de bigotes. En alguna película lo viste.

–¡Qué sé yo! Decime algo más.

–En una parte se arma un tiroteo en un bosque.

Así podríamos pasar el resto de la noche, como una cinta de Moebius.

Finalmente acierto el título. Entonces quedamos satisfechos, liberados para cualquier otro tema, que no se demora en llegar. Porque enseguida echa mano en la memoria y vuelve a contarme sobre la primera vez que fue al cine.

Y continúa con más recuerdos. Es como un disco de grandes éxitos. Desarrolla cada anécdota como si la inaugurara por primera vez. Yo tomo notas mentales. Le alcanzo otro mate, pensando que esa manía también me fue legada. Él habla, evoca, reitera. Yo escribo. Si mamá estuviera levantada, se reiría hasta las lágrimas. Son historias que no se cansa de oír, que disfruta de una manera risueña y enamorada.

En un paréntesis de silencio, nos llega el rumor del mar. Un susurro persistente que alcanza las costas de nuestra noche. El sueño vuelve a jugar con mis párpados. Amago a levantarme.

–Sentate, che. Tomamos dos mates más y nos vamos a dormir.

Le cambio la yerba al mate. El agua se levanta espumosa y blanquecina. Sé que no podré dormir de un tirón. Me levantaré al menos dos veces al baño.

Enciende el último cigarrillo del paquete. No puedo contener el bostezo.

–Tuve una semana larga.

–Cuando se puede, comé el postre, Damián.

Parece un comentario aislado, pero es un consejo que le escuché muchas veces.

–Mirame a mí. Ahora que quiero comer la carne, no tengo dientes.

Se ríe. Deja escapar una bocanada. Pierde la mirada en el humo que gravita entre su mirada y la mía.

–Disfrutá –continúa–. La vida pasa rápido.

–Hablás como si tuvieras cien años. No es para tanto.

–Yo siempre fui un jodido –dice serio–. Eso lo saqué de la nona. Pero siempre es una de cal y otra de arena. Dios me puso al lado una mujer como tu mamá. Son contadas las personas así. Ya no existen. Y además dos hijos y dos nietos maravillosos. No me puedo quejar. Soy un privilegiado.

Esas palabras también forman parte de la memoria de mi oído.

Y conozco de sobra mi nudo en la garganta.

–¿Por qué llorás? –me acusa–. Ya estás grande, che.

Una madrugada idéntica a muchas otras. El último aliento de un extenso día.

El reloj torcido en la pared marca las cinco menos diez. Solo me queda oír una cosa más antes de acostarme. Algo inesperado que me estremece como una fría ola en la espalda.

–Me puse en contacto con un organismo a través de Facebook –dice este padre que es mi padre–. Se ocupan de casos de identidad.

Aplasta el pucho en el cenicero. Pide un mate más. Vuelve a sonreír.

–A lo mejor, quién te dice, te consigo otra abuela.

---

2. Plaza Miserere, 1971

Eran más de las seis de la tarde cuando llegó a Plaza Miserere. No supo de qué manera. Sus pensamientos estuvieron divagando en los secretos de su casa. Ni siquiera podía asegurar si había caminado todo el trayecto o si había subido a un colectivo. Eligió un banco y se sentó. Ya no lloraba. Solo sentía un hondo cansancio.

Conocía la plaza como la palma de su mano. Algunos fines de semana del verano, ganaba unas monedas vendiendo jugo de naranja. Don José, un vecino del barrio, llevaba un carro y bidones que rebajaba con agua y mucho hielo. Una vez se derramó un chorro de aquel líquido en una baldosa de la plaza y la aureola duró varias semanas. Don José le permitía beber todos los vasos que quisiera. Pero después de aquella mancha, prefería aguantarse la sed.

El tren llegó con un bocinazo. Una bocanada de gente salió de la estación. Las prostitutas estaban al acecho. Lo saludaron al pasar. Ellas eran sus principales compradoras. Entre cliente y cliente bebían un vaso de aquel ungüento. Quizás menos por sed que por quitarse el sabor de los hombres.

Desparramado en el banco contempló a una niña rubia y sonriente. Se deslizaba una y otra vez por el tobogán, mientras su padre la esperaba con los brazos abiertos. Acompañó el lento balanceo de un niño en la hamaca. Su madre lo empujaba cuidadosamente, festejando cada envión. Más allá, una adolescente harapienta le daba de mamar a su pequeño. No podía quitarse de encima las palabras de Luis: si no era tu abuela.

Atardecía. La ciudad parecía manchada con jugo. Fue al baño de la estación. Allí se encontró con Marquitos, un chico de diez años que solía abrir la puerta de los taxis. En los escasos días que los más grandes no le robaban, le alcanzaba para un par de hamburguesas con gaseosa.

–¿Qué hacés, Marquitos? –lo saludó dándole la mano.

–Acá ando, muerto de calor. ¿Qué te pasó? Mirá cómo tenés los ojos.

Permaneció un instante en silencio. No le contó que su abuela había muerto. Ni que estaba solo en el mundo, rodeado de mentiras. Solo improvisó:

–Me cagué a trompadas con uno de mi cuadra.

–¿Y le diste o cobraste?

–Por poco lo mando al hospital –agregó.

Marquitos le dio un suave golpe en el brazo.

–¡Grande, campeón! A vos no te gana nadie.

La noche encendía luces en la avenida. Fueron hasta el medio de la plaza, se tiraron en el pasto. Marquitos sacó un cigarrillo que escondía en su gorra. Lo fumaron lentamente, hablando de autos. Los veían circulando por la avenida. Señalaban cuál les gustaría tener. Marquitos eligió un Mercedes negro e imaginó a una rubia a su lado, tetona como las de las revistas.

–Ese debe ser de un millonario –señaló sorprendido.

Él, en cambio, fue más modesto. Se conformaba con un Falcon celeste y una chica parecida a Mónica, la vecina de la otra cuadra.

Las estrellas los encontraron subyugados por las fantasías. La imaginación de Marquitos lo había arrastrado hasta una costa de arena blanca y agua turquesa. La chica a su lado ya no era una rubia, sino la mismísima Coca Sarli.

–¿No tenés que volver a tu casa? –le preguntó, soñoliento.

–No –contestó–. Hoy no vuelvo.

Marquitos lo miró extrañado.

–¿Seguro?

–Seguro.

–¡Te quedás conmigo!

–Dale. Total…

Para Marquitos era natural pasar la noche por ahí. Cualquier lugar era ideal, mientras estuviera lejos de la histeria desenfrenada de su padrastro alcohólico.

Él, en cambio, nunca se había distanciado de sus padres. Ni una sola vez. Siempre dormía en casa, en el mismo colchón mullido y con la almohada celeste, oyendo los estruendosos pedos de su padre.

–Me fue bien con la propina –comentó Marquitos–. Vamos a comer algo.

Hizo una pausa. El entusiasmo crecía en su mirada.

–Y te venís a mi mansión –agregó.

Comieron en la estación: hamburguesas completas con Pepsi Cola. No alcanzó para las papas fritas. Luego caminaron por la avenida. Estaban cansados. Había sido un largo día. Ambos deseaban dormir, pero Marquitos repetía que era demasiado temprano.

Él lo miraba interrogante, pensando en una casilla de chapas. Quizás algún que otro ladrillo sin revocar. Suponía que estiraban las horas para llegar de madrugada, a la hora en que su padrastro estuviera durmiendo la mona.

Recién cerca de las tres, cuando la ciudad desaceleró el ritmo, se encaminaron hacia la mansión.

–Es acá nomás, a cinco cuadras –aclaró Marquitos.

A él le resultó extraño. No conocía ninguna villa tan cerca.

Doblaron en la esquina y siguieron por una calle de adoquines. Dos cuadras y volvieron a doblar. Marquitos se trepó al techo de una parada de colectivo.

–¡Dale! Subí a mi mansión –invitó, estirando la mano para ayudarlo.

Arriba había un colchón enrollado.

–¿Qué te parece? Con vista a la luna y todo. Acá no nos molesta nadie.

Desenrollaron la goma espuma mugrienta y se acomodaron boca arriba.

–Allá está la Cruz del Sur –señaló Marquitos–. Allá están las tres Marías.

No le escuchó decir nada más, pero siguió despierto, a pesar de las horas sin dormir, a pesar del poderoso cansancio, extrañaba el colchón mullido, la almohada celeste. Hasta los estruendosos pedos de su padre.

Decidió que por la mañana volvería a su casa. En el camino reuniría el coraje para enfrentar a su madre y decirle que él sabía, que siempre supo, decirle que su vida era una mentira y que no aguantaba más. Aunque ella llorara. Aunque amenazara con tirarse abajo de un tren. Aprovecharía la hora en que no estuviera su padre. A él no le diría nada. Con él no podría. Ese hombre que soportó la guerra y el hambre más cruel, ese hombre que parecía fuerte como un roble, estaba apolillado por dentro. Se derrumbaría.

Permaneció mirando la Cruz del Sur. De pronto, las estrellas se le volvieron imprecisas. Aún le quedaban lágrimas y comenzó a derramarlas, una a una, como una canilla que gotea en el silencio de un caserón vacío.

---

3. Villa Lugano, 1972

Primer día de colegio secundario. Abrió la puerta de hierro de su casa y le echó un vistazo al maletín que colgaba de su mano derecha. Se había anotado en una escuela con orientación técnica, de doble turno.

Le dio una nueva ojeada al maletín. Hubiera deseado que la vecina de la esquina le viera la pinta. Se sentía un hombre adulto lleno de sueños, un futuro ingeniero.

El sol resplandecía en los capós de los autos estacionados. Los árboles se agitaban con murmullos de hojas. Era una mañana apacible de marzo. Hasta que se cruzó con Luis.

–Miren al Tano –pregonaba, señalándolo–. ¡Parece que le lavaron las orejas!

Lo acompañaban dos pibes que no eran del barrio. Uno era pálido y gigante, el otro, delgadísimo, con cara de hombre grande. Fumaban en un zaguán, cerca de la esquina.

–Parecen dos huevos recién rascados –mencionó el más alto.

Estallaron las carcajadas. Esas risas de hiena no hacían más que incrementar el resentimiento hacia su madre. Le había limpiado los oídos con un alfiler de gancho envuelto en un pañuelo. Siempre lo hacía y siempre le quedaban las orejas calientes y color grana. Algún día se quedaría sordo. Era un precio que estaba dispuesto a pagar con tal de que no le metieran nunca más el alfiler.

En la radio había escuchado que las personas inteligentes saben reírse de sí mismas. Intentó sonreír, pero solo logró una mueca deforme y entumecida. Buscó un consuelo rápido. Del otro lado de la avenida las mordidas no lo alcanzarían. Salvo que decidieran seguirlo. La sola idea le estrechó los intestinos. Se dio vuelta de repente: allí seguían, a la sombra y con los dientes afuera.

Una vez que cruzó la esquina, recibió una nueva descarga de chistes. Ahora con gritos y dirigidos a su pantalón, un pantalón gris que apenas le rozaba los tobillos.

–Bajalos a tomar agua –se ensañó Luis.

Otra vez las carcajadas, excedidas y obvias.

Ya está, se dijo, intentando convencerse. Ya pasó.

Pero Luis parecía estar en un día especial. Más locuaz que de costumbre, continuó lanzando sus dardos envenenados. Gritaba. El blanco seguía siendo aquel pantalón, que no solo era corto, sino que además estaba zurcido en la parte de atrás. Fatalmente remendado por su madre, que nunca se dio maña con la costura.

–¡Culo portoto! –gritaba Luis, retorciéndose de la risa–. ¡Culo portoto!

–¡Culo portoto! ¡Culo portoto! –corearon los otros dos.

Apresuró el paso sin darse vuelta. Cerca estuvo de echarse a correr.

Respiró hondo. Parpadeó largamente, volvió a susurrar:

–Ya está.

Era su primer día de secundaria y llevaba un maletín lleno de útiles. Nadie estropearía su alegría. Ni siquiera un hijo de puta como Luis.

Llegó a la escuela. Una mole donde las aulas se multiplicaban a lo largo de tres pisos. Hizo fila en el patio. Tomó distancia. Un alumno izó la bandera. Cantó el himno con orgullo, firme como un soldado.

Luego entraron al aula. Eligió un pupitre contra la pared. Desplegó los útiles escolares y escribió la fecha en la frescura blanca de una nueva hoja. Estuvo en silencio, prestando atención a lo que el profesor explicaba.

Seré ingeniero, fantaseaba.

La campana del recreo, el alfajor que su madre le había comprado. Los números cubriendo el pizarrón. La voz del profesor, como una música que lo adormeció al final de la clase. A la hora de la salida estaba exhausto.

Le dieron un montón de tarea para hacer en casa. Después de la cena, prendió el velador del comedor y desplegó los útiles sobre la mesa. Sus padres lo miraban de un modo distinto, como si estuvieran ante un asunto importante.

Abrió la carpeta. Recién en ese momento se dio cuenta de que no había entendido nada.

Las cosas no mejoraron con el transcurso de las clases. Era como si hubiese naufragado en una isla desconocida. Una oscura isla con un idioma inaccesible. Mantuvo la asistencia durante pocas semanas. Una mañana, antes de entrar, un compañero lo invitó a jugar al pool en el bar de la otra cuadra.

Faltar una vez no me hará nada, pensó.

Pero a la otra semana volvieron a invitarlo.

Antes de cumplir el mes, se escapaban todos los días.

Una mañana, mientras se acomodaba con el taco para calcular una carambola, oyó a sus espaldas:

–Señor Lambreta. Si quiere volver a la escuela, deberá presentarse acompañado de sus padres.

Era la voz del director. Ni siquiera se atrevió a darse vuelta. Permaneció quieto, lleno de pavor, asombrado de que supiera su apellido. Desde una mesa alguien bromeó:

–Cagaste, Siambretta.

La cara caliente. Peor que las orejas después del alfiler de gancho.

En el colectivo de regreso examinó cada alternativa, hasta convencerse de que estaba condenado. Su padre lo asesinaría con sus manos callosas.

Quiso llorar, pero no le salió ni una lágrima.

Se le ocurrió una estrategia para atenuar los hechos. Su padre no tenía por qué enterarse de las huidas al pool ni del encuentro con el director. Él mismo lo enfrentaría y le diría, simplemente, que la escuela no era lo suyo, que no quería estudiar más. Era una mala manera, pero menos mala que cualquier otra.

Hubo lágrimas y gritos.

Hubo «managgia il cuore di Cristo y la madonna puttana».

Hubo «il culo cornuto y stronzo».

También largos silencios, dolorosas muecas de derrota. Fue por esos sigilos que lloró largamente.

En los días que siguieron su padre volvía de la obra y se encerraba en el galpón a cortar leña hasta la noche. Comía y se iba a dormir y apenas le dirigía la palabra. Su madre no se la negaba, pero era peor, porque en su tono le enrostraba una profunda decepción.

Se pasaba los días en la calle. Se iba a la mañana y regresaba a la noche. Le robaba unas monedas a su madre y se metía en cualquier cine.