Augusto Monterroso, en busca del dinosaurio - Alejandro Lámbarry - E-Book

Augusto Monterroso, en busca del dinosaurio E-Book

Alejandro Lámbarry

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Beschreibung

Esta primera biografía de Augusto Monterroso es una verdadera hazaña. Lámbarry domina el arte de la biografía y mantiene el difícil equilibrio entre dos voces: la supuesta voz neutra del académico y la voz apasionada del novelista. Obra cautivadora, se lee como una  novela cuyo protagonista es uno de los autores más fascinantes y  excéntricos de las letras latinoamericanas, pero al mismo tiempo se basa en una investigación sólida de archivos en Princeton y Oviedo, en lecturas críticas de las obras de Monterroso, reseñas literarias y entrevistas con familiares y amigos. El autor entreteje sutilmente dos líneas narrativas: la de la vida del hombre Monterroso –con sus exilios,  sus trabajos, sus amores…– y la del autor en busca de un estilo propio. En esta segunda línea, nos deslumbra con análisis literarios realizados con perspicacia e ingenio. Tal vez muchos lectores de Monterroso –entre los que me incluyo– pensábamos saber bastante de su vida por el fuerte carácter autobiográfico de su obra. Nos hemos equivocado. El presente texto descorre un poco el velo y revela muchos datos desconocidos. Descubrimos a otro Monterroso. Curiosamente, queda algo de misterio porque como bien señala su autor: el escritor guatemalteco solía esconderse "detrás de la máscara del humor y la erudición". Monterroso cuenta ahora con una biografía en la que Lámbarry da vida a un hombre de carne y hueso, con sus inseguridades, sueños y pasiones y, a la vez, vemos cómo se originó y se desarrolló la obra de un gran clásico de la literatura latinoamericana. An Van Hecke

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EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2019

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A través de nuestras publicaciones se ofrece un canal de difusión para las investigaciones que se elaboran al interior de las universidades e ­instituciones de educación superior del país, partiendo de la convicción de que dicho quehacer intelectual se completa cuando se comparten sus resultados con la colectividad, al contribuir a que haya un intercambio de ideas que ayude a construir una sociedad madura, mediante una discusión informada.

Con la colección Pública ensayo presentamos una serie de estudios y reflexiones de investigadores y académicos en torno a escritores fundamentales para la cultura hispanoamericana, con los cuales se actualizan las obras de dichos autores y se ofrecen ideas inteligentes y novedosas para su interpretación y lectura.

Títulos de la colección

1. México heterodoxo. Diversidad religiosa en las letras del siglo XIX y comienzos del XX

José Ricardo Chaves

2. La historia y el laberinto. Hacia una estética del devenir en Octavio Paz

Javier Rico Moreno

3. La esfera de las rutas. El viaje poético de Pellicer

Álvaro Ruiz Abreu

4. Amigos de sor Juana. Sexteto biográfico

Guillermo Schmidhuber de la Mora

5. Los jeroglíficos de Fernán González Eslava

Édgar Valencia

6. México en la obra de Roberto Bolaños

Fernando Saucedo Lastra

7. Avatares editoriales de un “género”: tres décadas de la novela de la Revolución mexicana

Danaé Torres de la Rosa

8. Los hijos de los dioses. El Grupo filosófico Hiperión y la filosofía de lo mexicano

Ana Santos

9. Los dioses llegaron tarde a Filadelfia. Una dimensión mitohistórica de la soberanía

Ignacio Díaz de la Serna

10. Nada mexicano me es ajeno. Papeles sobre Carlos Monsiváis.

Adolfó Castañón

11. La memoria olvidada. Estudios de poesía popular infantil

Pedro C. Cerrillo

12. Edenes subvertidos. La obra en prosa de Homero Aridjis

Laurence Pagacz

13. Edgar Allan Poe y la literatura fantástica mexicana (1859-1922)

Sergio Armando Hernández Roura

14. Praxis de la poesía

Jean-Clarence Lambert / Prólogo, traducción y notas de Adolfo Castañón

Este libro fue financiado con recursos PFCE 2019, Partida 7973.

Los derechos exclusivos de la edición quedan reservados para todos los países de habla hispana.

Prohibida la reproducción parcial o total, por cualquier medio conocido o por conocerse, sin el consentimiento por escrito de los legítimos titulares de los derechos.

Primera edición, agosto de 2019

D.R. © 2019 Alejandro Lámbarry

De la presente edición:

D.R. © 2019

Bonilla Distribución y Edición, S.A. de C.V.,

Hermenegildo Galeana #111

Barrio del Niño Jesús, Tlalpan, 14080

Ciudad de México

[email protected]

www.bonillaartigaseditores.com

ISBN edición impresa: 978-607-8636-27-3 (Bonilla Artigas Editores)

ISBN ePub: 978-607-8636-45-7

Cuidado de la edición: Bonilla Artigas Editores

Diseño editorial y de portada: Jocelyn G. Medina

Realización ePub: javierelo

Fotografía del autor: Kitzia Salgado

Hecho en México

A Deni

Contenido

Agradecimientos

Introducción

I

El Cuarto Mundo (1921-1936)

Escribir como yo mismo (1936-1942)

Exilio político, ingreso literario (1942-1945)

M. encuentra a M. (1944-1953)

Bolivia y Chile, el segundo exilio (1953-1956)

II

El primer libro (1957-1961)

La creación y el amor excéntrico (1962-1969)

La oveja negra y Movimiento perpetuo (1969-1972)

III

¿Todas las cartas de amor son ridículas? (1970-1978)

La palabra mágica y el libro fallido (1979-1987)

La política y la fama (1976-2000)

Burger Boy (1986-2002)

Escritor para escritores (2000-2003)

Bibliografía general

Sobre el autor

Agradecimientos

Al término de mis estudios de doctorado, pasé una temporada leyendo solo aquello que me causaba placer: libros de historia, uno que otro de ciencia, mucha ficción y biografías. Cuando decidí que era el momento de iniciar un nuevo proyecto de investigación, en lugar de continuar con la línea donde ya más o menos me había especializado, el análisis literario, pensé que sería mejor hacer algo distinto. El resultado es este libro que, si bien tendrá sus logros y sus limitaciones académicas, tuvo una realización puramente placentera. Esta es la impresión que me gustaría dejar en el lector. Y agradecerle a ella y a él (reflejados en mi propia imagen de lector hedonista) por haber estado presentes desde el inicio del proyecto.

En 2012 obtuve una beca de la Biblioteca de la Universidad de Princeton. Estuve un mes, durante el otoño, consultando más de cincuenta cajas llenas de cartas, diarios, borradores, dibujos, fotos y papeles personales de Augusto Monterroso. Descubrí la manera en ocasiones inspirada y en otras trabajosa con la que Monterroso escribió cada página que yo leí, de joven, en un suspiro. Descubrí cartas de amor, de agonía, de entusiasmo, todo eso que los escritores no dicen porque ellos están más allá de una confesión ingenua, una escritura sentimental y tonta, aunque, recordando a Fernando Pessoa: los que creen que están más allá de todo esto son los tontos. Quisiera agradecer, por lo tanto, en primer lugar al Department of Rare Books and Special Collection y a la organización Friends of the Princeton University Library, quienes financiaron mi estancia. En la Biblioteca, a la amable y siempre eficiente labor de Fernando Acosta-Rodríguez, responsable de la sección de autores ibero e hispanoamericanos, a Don C. Skemer, Gabriel A. Swift, Linda A. Oliveira, y al personal administrativo: Brianna Cregle, Sandra Bossert y Linda Bogue.

Después de la estancia en Princeton, consulté el archivo de Augusto Monterroso en la Universidad de Oviedo. Cuando llegamos mi esposa y yo a la ciudad, gran parte de la gente había salido a la playa, así que caminábamos por el parque solitario de San Francisco, a un costado del centro donde asomaba la impresionante catedral gótica, hasta la biblioteca donde, si había dos o tres personas ya era mucho: otra experiencia plenamente paradisiaca. La ayuda y compañía de Virginia Gil Amate fue clave para aprovechar y disfrutar de esta estancia. En el archivo de Monterroso, el trabajo de Fernando Arce Fernández fue siempre amable y eficiente.

Además de los archivos, Monterroso cobró vida en los recuerdos y la memoria de los personajes estupendos que lo acompañaron en vida. En primer lugar, y sobre todo, muchas gracias a Bárbara Jacobs quien me sirvió desde un inicio como un gran apoyo y aliciente para el trabajo; Bárbara me acompañó en todos estos años con correos electrónicos y hasta envíos postales. Sin ella, este trabajo no habría sido el mismo.

Gracias a Milena Esguerra y a su hija María Monterroso, a quienes entrevisté en la ciudad de Bogotá. La capital colombiana me impresionó por su gente amable, y ellas, la segunda esposa y la hija de Augusto Monterroso, fueron las más amables de todos. Gracias también a Jean Franco, a quien entrevisté en su departamento de Nueva York, a Margo Glantz y a Vicente Rojo, con quienes charlé en su casa y estudio de Coyoacán. Los académicos Fabienne Bradu, Jorge Ruffinelli, Will H. Corral y An Van Hecke me guiaron en el terreno de la crítica biográfica y en la vida y obra de Monterroso. Especial agradecimiento le debo a Adolfo Castañón, quien además de la entrevista, tuvo la enorme gentileza de leer y revisar mi manuscrito.

Discutiendo sobre el tema de mi primer libro de crítica académica, Adela Pineda mencionó, al paso, el que sería su título definitivo. En esta segunda ocasión, fue ella quien me inspiró a contactar a la editorial Bonilla Artigas. Le agradezco a Adela seguir siendo para mí un modelo de investigadora, profesora y amiga. La editorial Bonilla Artigas ha hecho un trabajo excepcional de dictaminación, revisión y lectura de mi manuscrito. Juan Bonilla, su director, estuvo siempre atento al proceso de corrección, dictaminación y lecturas. Gracias.

Una mención especial merece Roberto García Bonilla, quien leyó y revisó mi manuscrito en varias ocasiones, y cuyo aporte fue además sumamente importante para la versión final del texto.

Por último, debo mencionar a los alumnos del posgrado en Literatura Hispanoamericana de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), donde me honro en trabajar, por su participación activa e inteligente durante los cursos en los que abordamos la vida y la obra de Augusto Monterroso; a mis colegas del mismo posgrado, que me ayudaron en la realización de un Congreso Internacional dedicado al autor centroamericano; y a mi familia: mis padres, mi hermana y a Deni, de quien siempre he recibido apoyo y cariño.

Introducción

Augusto Monterroso cambió la manera de escribir y de leer literatura. Conocemos “El dinosaurio”, dispositivo de una frase que alteró nuestra noción del cuento; habrá que agregar la renovación de la fábula, ya sin moraleja; la creación de un género misceláneo, que en lugar de excusar su desorden lo planteaba como el orden legítimo; de un nonbook y de una novela cuyo personaje principal surgió de los límites del libro en una metaficción quijotesca. En cada uno de sus libros experimentó con una forma distinta. Fue un renovador en una época de incesante experimentación formal como fue el siglo XX en Hispanoamérica.

Monterroso nació y vivió sus años de formación en Centroamérica: lejos de Francia, Inglaterra y el Mediterráneo, escenarios de sus primeras lecturas; lejos de París, Londres y Nueva York, las metrópolis donde se producía y consumía el gran arte. Esa distancia le permitió una visión en conjunto de la cultura occidental con la cual colmó el vacío de referentes culturales de su región. En sus primeros textos fue serio y presuntuoso; le pesaban los bustos en mármol de Cervantes, Quevedo, Homero y Dante. Desde su primer libro fue irreverente y lúdico; parodió los géneros tradicionales, satirizando e ironizando de igual modo sobre el acto de escribir y la situación política de subordinación de Centroamérica. En lugar de echarse a los clásicos a las espaldas, voló a su alrededor como una mosca zumbona.

La paz social no es el privilegio de países con grandes desigualdades sociales, ni la indiferencia una opción para un joven humanista. A los veintiún años Monterroso se involucró en las protestas contra la dictadura en Guatemala; el arrojo y la sublevación lo condujeron a un primer exilio. Llegó a la Ciudad de México en la década de los cuarenta. Se aventuró al café de la universidad donde conoció y se hizo amigo de Juan Rulfo, Juan José Arreola y Rosario Castellanos; con ellos leyó, entre tantos, a Jorge Luis Borges y James Joyce. El resplandor y el misterio atrajo a la capital del país a personajes como Ret Marut –que firmaba como B. Traven–, Antonin Artaud, André Breton y D. H. Lawrence; los muralistas ya eran leyenda. La Ciudad de México era el espacio apropiado para su escritura compleja e irreverente. Pudo además conservar su libertad, sin censura ni represión ante las impericias y abusos de los políticos rapaces.

Publicó sus primeras plaquettes en colecciones que dirigía su amigo Juan José Arreola, autor de una gran experimentación formal en sintonía con la suya, y consiguió trabajo en la embajada de Guatemala. Rompió esta perfecta armonía entre la estabilidad económica y la vida bohemia con su segundo sueño de utopía social. En Guatemala ganó las elecciones el gobierno antiimperialista de Jacobo Árbenz; Monterroso abandonó amistades, publicaciones y a la familia para apoyar durante un año al nuevo gobierno como agregado cultural en la embajada de La Paz, Bolivia. Al término del cual, un golpe de Estado, organizado con la ayuda de la CIA, lo obligó a un nuevo exilio. En Santiago de Chile conoció un medio cultural cuyo centro era Pablo Neruda. Alrededor del poeta giraban proyectos de revistas, actividades culturales, fiestas y encuentros.

De regreso en México, tras el desengaño social y dos exilios, retomó el vuelo de su vida creativa. Uno a uno surgieron sus libros centrales, imprescindibles: Obras completas (y otros cuentos), La oveja negra (y demás fábulas), Movimiento Perpetuo, Lo demás es silencio, La palabra mágica. No se repitió en la forma. Al primer libro de cuentos le siguieron fábulas, luego fragmentos, una novela y un nonbook. Cuando el molde le fue insuficiente creó la minificción y el género híbrido en “movimiento perpetuo”. Esta carrera contra la forma se acompañó de una permanente curiosidad en temáticas precisas: la literaria –el acto de escritura y de lectura, la república de las letras–, la geopolítica –la relación desigual entre América Latina con Europa y Estados Unidos– y las patéticas relaciones humanas.

Era tan enciclopédico que afrontó la muerte con una autobiografía y dos libros de ensayos. Su vejez, como la de Borges, pareció abarcar toda su vida porque fue este su periodo de mayor fama. Antes había sido un autor de culto, leído por un pequeño grupo de iniciados que cazaba sus obras cuando se publicaban en pequeñas editoriales de México; cuando llegó a los sesenta años se convirtió en un escritor premiado y mediático, a quien acompañaba además una bella e inteligente mujer mucho más joven que él, la escritora Bárbara Jacobs.

A lo largo de esta investigación que culmina en Augusto Monterroso, en busca del dinosaurio, me he propuesto conocer y entender la vida y obra de Monterroso adoptando para ello un género clásico que me dio amplias libertades. La biografía puede ser narrativa de vida, recuento sociohistórico y análisis literario; puede narrarse con la voz en apariencia neutra del académico o con la apasionada del novelista; puede prescindir de las notas al pie y las citas en el texto, pero debe, eso sí, sustentarse en una investigación sólida y profunda. Realizamos una investigación de archivo en la Universidad de Princeton y la Universidad de Oviedo e hicimos acopio de fuentes orales a través de entrevistas realizadas a personajes cercanos a Monterroso. Para facilitar la lectura, cuando no son citas textuales, nuestras fuentes bibliográficas aparecen al final del texto.

Vladimir Nabokov y Julian Barnes realizaron brillantes parodias del género biográfico. La pasión que impulsa a sus narradores a investigar la vida de autores admirados como Flaubert y Sebastian Knight es motivo de hilaridad porque sus hallazgos no ayudan en nada a la mejor comprensión de su obra literaria. Si creemos que, ante esto, la opción es la de un académico separando con bisturí la figura del actante, las funciones cardinales y las catálisis, habremos mal entendido la parodia; la habremos banalizado. La pasión del investigador es fundamental, y es normal que ésta, en ocasiones, lo vuelva proclive a conclusiones viscerales y errores involuntarios. Con todo, las mejores interpretaciones sobre un autor y su obra nacen de la búsqueda pasional que aquí confesamos poseer con respecto a la vida y obra de Augusto Monterroso.

El libro se divide en tres partes; la primera comprende los primeros años de la vida de Monterroso, desde su nacimiento hasta su segundo exilio en la ciudad de Chile. Son los años de su formación, lucha social y primeras publicaciones. Muy poco sabe la crítica sobre este periodo porque precede a la publicación de sus libros, que han sido estudiados con profundidad por críticos como Will H. Corral, Francisca Noguerol, Gloria González Zenteno y An Van Hecke. Es necesario conocer y entender el contexto cultural centroamericano en el que Monterroso se formó y alimentó sus intereses; el mexicano, que le permitió ampliar sus lecturas y posibilidades creativas; y el chileno, por su participación en la literatura y la política de la región.

El segundo periodo es el de la escritura y publicación de sus obras fundamentales; un corpus que para nosotros inicia con Obras completas (y otros cuentos) y concluye con La palabra mágica. Aquí se respira la búsqueda formal por momentos agónica y en otros casos lúdica; los gestos irreverentes como el de “El dinosaurio” y magistrales como el de Movimiento Perpetuo; la parodia de géneros clásicos (fábula) y modernos (novela). Escribe desde México, en el corazón de un medio cultural con trabajos en instituciones universitarias; es un espacio literario que se ha logrado construir después de dos exilios y precariedad económica. Ya no teme a las presiones políticas, la inestabilidad se debe ahora a sus romances y relaciones fallidas con mujeres brillantes.

El tercer periodo, por último, es el de la fama, la estabilidad y la muerte. Escribe una autobiografía y dos libros de ensayos; edita además un libro con todos los elementos biográficos que escribió sobre sus amigos escritores. Presenciamos su lucha por trascender que coincidió, para su suerte, con el cenit de su fama. Obtuvo algunos de los premios de mayor capital cultural de la literatura en lengua española: el Xavier Villaurrutia, el Juan Rulfo y el Príncipe de Asturias. Su obra fue alabada por autores consagrados como Italo Calvino. Se le editó y vendió en todo el mundo hispano, y se le tradujo a varios idiomas. A los premios, congresos, presentaciones acudió siempre con su última pareja, la más estable, con quien encontró una perfecta armonía romántica y literaria. Murió el 7 de febrero del año 2003.

Augusto Monterroso fue el autor de su tiempo y espacio, mismos que revolucionó con su obra. Conocer el medio en el que nació y llegó a la madurez; las maneras en las que descubrió la lectura y la posibilidad de convertirse, él mismo, en escritor; sus sueños de utopía social que lo impulsaron a luchar contra la represión e injusticia de gobiernos dictatoriales; su primera impresión de la Ciudad de México y los estímulos que le produjo; los amores, divorcios y affaires; la lucha contra las formas literarias preestablecidas, hasta lograr escribir algo que fuera a la vez nuevo y clásico; la búsqueda del estilo; la tradición literaria y la manera en la que él podía integrarse en ella, nos permitirá entender a Monterroso, a nuestra región, y al nuevo siglo que inició con su escritura breve, fragmentaria y excéntrica.

 

I

El Cuarto Mundo(1921-1936)

El día más breve del año

Las compañías de transporte marítimo Vanderbilt y P.T. Morgan se disputaban en 1854 el control de Nicaragua, que entonces representaba la movilización de mercancías y de pioneros del Este al Oeste estadounidense. William Walker desembarcó con sesenta hombres; tenía treinta y cuatro años de edad y su misión era ayudar a P.T. Morgan a obtener la concesión del canal. Con su “Falange de los Inmortales” (cien aventureros estadounidenses) cumplió su misión en un par de semanas. Walker se convirtió en presidente de Nicaragua, estableció el inglés como lengua oficial, legalizó de nuevo la esclavitud y la libertad de culto. Una vez adquirido el gusto por el gobierno, decidió extenderlo a Honduras y El Salvador. La oposición, cuando la tuvo, fue exterminada de manera terminante. “Aquí estuvo Granada” dejó escrito en una ciudad que se le opuso. Cornelius Vanderbilt, dueño de la compañía naviera que había visto su capital desplomarse por el adelanto de P.T. Morgan, logró que el gobierno de Washington le retirara el reconocimiento al de Walker. Ofreció además transporte y armas al gobierno de Costa Rica al cual se aliaron otros gobiernos de la zona, Perú envió dinero; los ingleses hicieron lo propio e inició la batalla. Duró un cuarto de hora. Walker fue depuesto y enviado a los Estados Unidos, donde sus amigos y la prensa local lo recibieron como a un héroe.

Al iniciar la segunda década del siglo XIX, Gregor MacGregor apareció en Inglaterra como propietario legítimo del País de los Poyais, que comprendía una porción importante del territorio hondureño; este territorio, según él, se lo había otorgado el rey misquito Robert Charles Frederic, a cambio de un cargamento de whisky escocés. Cuatrocientas familias inglesas desembarcaron en Honduras para ocupar las tierras vendidas por MacGregor; los que lograron escapar meses después a la masacre, realizada por los nativos, procesaron a MacGregor por estafa. A nadie se le ocurrió enjuiciar al responsable de la venta de territorio nacional hondureño.

Ya entrado el siglo XX, con la excusa de que las protestas sociales de la naciente sociedad civil eran señales de la descomposición social de ese país, Honduras resistió varias docenas de invasiones yanquis. Los marines marchaban hasta los edificios de gobierno y cantaban el “From the halls of Montezuma” ante la algarabía del pueblo y las protestas de unos cuantos intelectuales presentes.

Durante la Guerra Fría, la tirria de Reagan hacia Nicaragua lo llevó a inventar una invasión de este país a Honduras. Listo para el rescate, envió a miles de paracaidistas de su poderoso ejército para proteger la soberanía de su supuesto aliado. Al presidente hondureño no se le ocurrió otra manera de aplacar la amenaza de la potencia del norte, que partir de vacaciones a la playa.

En este país, en esta zona geográfica, que ha sido víctima y botín de los imperios de Europa y de América del Norte; cuyo desarrollo político, económico y cultural ha funcionado a partir del esfuerzo individual de unos cuantos; comerciada su soberanía, burlada su convicción política; traspatio del traspatio de Estados Unidos. Aquí nació Augusto Monterroso, en 1921, el día más breve del año, el 21 de diciembre; recibió la influencia de este detalle astronómico en sus textos, su estatura y su fama.

Monterroso fue hijo de una familia de la élite centroamericana. De lado de la familia materna, de origen hondureño, hubo dos presidentes; uno de ellos, Policarpio Bonilla, que biografió el poeta Rafael Heliodoro Valle. De lado de su padre, de origen guatemalteco, el abuelo Antonio Monterroso había sido general de renombre.

Antonio Monterroso llegó a Honduras en 1911, al mando de las tropas victoriosas de Manuel Bonilla, posible pariente de la madre de Monterroso. Se le nombró, como premio a sus acciones bélicas, gobernador y Comandante de Armas de Tegucigalpa. Años después, para alejarlo de las rivalidades del poder central, fue trasladado a La Ceiba, ciudad portuaria, donde estableció los talleres tipográficos “América Central”. Imprimía el semanario con el mismo nombre que atrajo, con el tiempo, el interés de algunos hombres de letras, siendo el poeta Porfirio Barba Jacob el más destacado de todos. Barba Jacob llegó a La Ceiba tras ser expulsado de la Ciudad de México por el caudillo Álvaro Obregón; de Guatemala por Jorge Ubico, y de El Salvador por Alfonso Quiñones. Su espíritu creativo revolucionario seguía, sin embargo, intacto y le pidió de manera insistente a Monterroso que le financiara un periódico que se llamaría Ideas y noticias.

Fernando Vallejo, autor de una biografía de Barba Jacob, sugiere que el general Monterroso trabajaba para el presidente de Honduras y espiaba en favor del de Guatemala, Manuel Estrada. Si era el caso, en una población como La Ceiba no tendría mucho que reportar. El general Monterroso fue un hombre serio, ranchero y mujeriego; vestía botas con espuela y sombrero. Tenía una extraña sensibilidad para la poesía, sobre todo si era de tema nacional y rimada. En una ocasión, para festejar el día del Árbol, el general le pidió a Barba Jacob un poema. Árboles en La Ceiba había por todos lados, por lo que Barba Jacob le dijo que valía más la pena componer un poema dedicado al hacha.

Los dos hijos del general, Vicente y Augusto, se quedaron en Tegucigalpa, y fundaron la empresa tipográfica “Hermanos Monterroso”. Nunca les aportó dinero, pero aun así siguieron porque, en realidad, nada en sus vidas les aportó dinero. Además de impresor, Augusto fue cantante, caricaturista, torero, actor y fotograbador. Vicente fue impresor, editor de revistas, gerente de teatro y cine. Podríamos calificarlos de hombres renacentistas, por la diversidad de conocimientos y oficios, aunque ellos habrían preferido llamarse bohemios.

Vicente Monterroso tuvo romances pasajeros antes de conocer a Amelia Bonilla, una “hermosa mujer de la buena sociedad”; ella había estudiado canto, piano y, aunque nunca ejerció, obtuvo el título de maestra de educación primaria. Las dos familias estuvieron de acuerdo en su romance y luego con el matrimonio. Se casaron el 13 de abril de 1916. Él tenía veintidós años y ella veintiséis.1

La revista Sucesos

La familia Bonilla contaba con un gran capital económico, que Vicente Monterroso usó para financiar su primera revista. La llamó Sucesos. Su hermano era el director artístico y él se presentaba como gerente. Publicaron sobre todo textos literarios y artículos de tema cultural. Quisieron revolucionar su medio social, aunque nunca lograron ser sustentables. El dinero para la impresión provenía, en su gran mayoría, del capital de su esposa.

Para darnos una mejor idea de la revista Sucesos, revisemos el número setenta y cinco de 1910. El número abre con un artículo que lamenta la condición económica y social del hombre de letras hondureño. Se avecina la fecha del centenario de la independencia. Los juegos pirotécnicos, los músicos, los “sandwicheros” recibirán su pago por la contribución a la fiesta; vestirán de gala y habrán honrado a su patria, pero el hombre de letras, el erudito, el escritor, tendrá que pedir prestadas cuatro pesetas para vestirse. No hay medios que le publiquen; no tiene lectores; nadie lo reconoce, nadie le da una oportunidad.

Este mismo número continúa con una serie de noticias sobre revueltas en Nicaragua y, a la vuelta, tenemos la “Página para las Damas”. El artículo de discusión versa sobre el uso del corsé. De un lado, los médicos alemanes lo encuentran nocivo, “ya que compromete las funciones vitales y las de la maternidad”, en el otro, un médico francés afirma que “el corsé es tan antiguo como la mujer y como la coquetería”. La discusión tuvo eco en el grupo de “bellas que laboran por el ideal” en Honduras. Queda testimonio en la revista de sus rostros y sus nombres: Esther Paredes, Simona Paredes, María del Carmen Pascua, J. María Rivera, Emma Paz Paredes, Antonieta Paredes, Hilda Rosa Paredes. Las polémicas y los movimientos sociales eran un affaire de familia: el feminismo en Honduras era la familia Paredes.

A la vuelta de la página, El Cuento Semanal, “La Mocuana”, nos narra las hazañas de una bruja para enamorar al joven Chico Huete, un hombre “valiente y heroico como un español”. La bruja persigue al mozo hasta que, disfrazada de la prima Inés, logra la consumación amorosa en un baile con mucho sudor y taconeo. Poseído aún por el ritmo, Chico descubre el engaño al comparar el collar de oro de su prima con el que dejó la Mocuana en la pista de baile: un collar de ámbar que es el mismo que tiene el narrador entre sus manos al contar esta historia. En la siguiente página tenemos una breve biografía de Hernán Robleto, el escritor de “La Mocuana”. Ahí se menciona que asistió al círculo literario de Rafael Heliodoro Valle, el mismo que escribió la biografía del tío abuelo de Monterroso y fue amigo del poeta Porfirio Barba Jacob. Si en la familia Paredes se concentraba el feminismo en Honduras, la literatura se repartía en dos o tres familias.

Antes de pasar a la última página, tenemos la sección de anuncios o, mejor dicho, el único anuncio: Sanatogen, medicamento para la debilidad nerviosa, la melancolía, desgano y mala digestión, recomendado por “23,000 médicos, habiendo entre ellos los médicos particulares de nueve reyes y emperadores y el de S.S. el Papa”.2

Termina el número con una sección de cartas del público, que tiene una sola. El que escribe corrige la nota sobre una invasión de un grupo de emigrados nicaragüenses aclarando que, en realidad, se trató de una revuelta liderada por un general guatemalteco, misma que tomó un cuartel en Ocotal donde liberó a todos los presos, recibió después dinero de los empresarios locales y marchó a otros pueblos: Sorrento el Grande, Pueblo Nuevo y San Juan de Limuy.

Julio Ramos en Desencuentros de la modernidad en América Latina. Literatura y política en el siglo xx, descubre en el periodismo del siglo XIX latinoamericano una de las características principales de nuestra modernidad literaria: la heterogeneidad. El mundo literario se autonomizó al separarse de su misión didáctica. Esta independencia le permitió formar sus propios juicios de valor y su tradición, aunque la alejó peligrosamente de su influencia y comunicación social. El punto medio fue un periodismo volcado a lo social, escrito con interés en la forma y el estilo literario; comunicabilidad e influencia social junto a la vanguardia formal; los ejemplos son José Martí, Rubén Darío, Manuel Gutiérrez Nájera, Amado Nervo. En Buenos Aires, México, Venezuela e incluso Estados Unidos, donde publicaba Martí, había conjunción de noticias, crónicas literarias y textos de ficción de vanguardia. La Nación, en Buenos Aires, publicó en la década de los ochenta del siglo XIX a Víctor Hugo, Lamartine, Heine, Gautier, Dumas y Zola, en 1879 había publicado a Edgar Allan Poe y en 1882 a Óscar Wilde.

Los Sucesos, en cambio, ignoraba las vanguardias literarias; publicaban relatos costumbristas y poemas románticos. No había autonomía del medio literario que permitiera una búsqueda formal del estilo y tampoco comunicación social: el levantamiento armado, que es a la vez amenaza y anhelo de distintos grupos sociales, se arrima a los bordes del periódico. En su centro, en cambio, está una discusión sobre el uso del corsé que interesaba, a pesar de su fin loable, a una familia. No hay cronistas literarios, que conjunten en el periódico las secciones aquí claramente distinguidas de la literatura y las artes con lo social y las noticias. Por último, los anuncios, que representaban la modernidad capitalista en su variedad y atractivo espectacular (en La Nación llegaron a ocupar casi la mitad del periódico) aquí se reducen a uno solo, que utiliza además un lenguaje de merolico de mercado. Con los Sucesos, Vicente Monterroso nos da el retrato de su sociedad y el diagnóstico de sus futuros descalabros.

El proyecto unionista y el dictador Carías Andino

A pesar del retraso cultural, económico y político de la región, Augusto Monterroso nació en un año de esperanza para Centroamérica. Los grupos de protesta, integrados por intelectuales de la clase media, obreros y campesinos desplazados, habían logrado derrocar al dictador Manuel Estrada Cabrera en Guatemala –El Señor Presidente de Miguel Ángel Asturias. Con la caída de Estrada –dictador liberal que aceleró la economía de mercado, postergando de manera indefinida la creación de instituciones que mermaran su poder– surgió una breve “primavera” democrática, acompañada del proyecto unionista.

Para los unionistas era necesario integrar en una sola las cinco Repúblicas de Centroamérica. En tiempos de la Colonia, la Audiencia de los Confines llegaba en el norte hasta la Nueva España y en el sur a la Nueva Granada; era un territorio vasto, que en cuatro siglos vivió un periodo de calma y prosperidad (al menos para aquellos de piel blanca). Desde su independencia en 1821, y después de la caída del Emperador Iturbide, que la anexó al Imperio mexicano, las opciones fueron dos: unión o división. Optaron por la primera, creando la República de las Provincias Unidas del Centro de América. Trece años después, cambiaron de opinión: la diversidad racial y cultural, los problemas geográficos (la capital en Guatemala estaba ubicada en un extremo de la República), las luchas internas entre liberales y conservadores, y los intereses de las oligarquías locales fueron los motivos del cambio. La unidad se deshizo en el racimo de países diminutos y caóticos que era entonces y sigue siendo ahora.

La rebelión en Guatemala, ese año de 1921, encendió de nuevo la esperanza de un gobierno que incorporara a todas las naciones de Centroamérica y se hiciera, con ello, más poderoso. Para resolver uno de los problemas del primer siglo de independencia, se propuso que la capital se ubicara en el centro geográfico de la zona, es decir, en Tegucigalpa. La propuesta, cabe decirlo, obedeció a una voluntad conciliatoria y de estrategia geográfica, más que racional. Tegucigalpa era entonces una de las ciudades más atrasadas de la región; una ciudad sin coordenadas, sin planeación, donde se daban direcciones apuntando con el dedo. La esposa del dictador Tiburcio Carías Andino saludaba en persona “a sus amigas que pasaban por la calle, y les ofrecía los nacatamales hechos por ella misma”.3

Por supuesto que el proyecto unionista pudo haber cambiado el espíritu de la ciudad. El proceso habría sido lento y forzado; tenemos los ejemplos de Washington o Brasilia, pueblos y villorrios que por estar ubicados en el centro geográfico se convirtieron en grandes ciudades. Esto no sucedió, entre otras cosas porque a Honduras la gobernaba un dictador, que antepuso a cualquier otro interés el de las oligarquías locales, el económico de los Estados Unidos y el suyo propio.

De esta manera, en el año de nacimiento de Monterroso, surgió y se descalabró el proyecto unionista. Para quienes creyeron en él, las crisis económicas, guerras y guerrillas, invasiones comerciales y, en resumen, el caos que representó el siglo XX para la zona, se deben en parte a esta oportunidad perdida. Si bien no hubiera resuelto todos los problemas, su lógica responde al hecho de que es más fácil controlar e intimidar a un país pequeño, con una economía menor a la de una empresa norteamericana, que a otro que ocupa una extensión comparable a la del Mediterráneo.

Honduras tenía en esa época, y lo tuvo por los siguientes treinta años, el porcentaje más bajo en el continente de población urbana: veinticinco por ciento. Sólo lo superaba Haití. En la clasificación del mundo postcolonial de Darcy Ribeiro, expuesta en su libro Las Américas y la civilización: procesos de formación y causas del desarrollo desigual de los pueblos americanos, la población de Honduras entraría en la categoría de gente nueva. La gente nueva es el resultado de la confluencia de esclavos y migrantes en poblaciones dominadas por una élite blanca de comerciantes. La diferencia de clase es aplastante, no existe un proyecto de nación porque el fin primordial de la organización social es el dinero. Los blancos extraen el capital de sus plantíos y con él viajan a Europa o recrean un mundo europeo de segunda en el trópico. Las otras poblaciones, negra, originaria e hindú, se organizan y se entienden como pueden. La esclavitud es el hecho fundacional de esta gente: una tabula rasa, y de ahí en adelante todo es creación e innovación, una nueva lengua franca y una cultura sincrética.

Cuando las dictaduras liberales intentaron establecer una economía de mercado, enfocada en el monocultivo, el país tenía ya la tradición y las prácticas necesarias que lo convirtieron en el mayor exportador de banano del mundo. La sociedad era un mercado y una industria, con su inclusión en un comercio internacional, las ganancias fueron insólitas. Se quedaron, sin embargo, en las manos de unos pocos. A la explotación se agregó la inconformidad y el descontento que, en 1929, con la crisis mundial, degeneró en caos, incertidumbre y un nuevo dictador: Tiburcio Carías Andino.

Como lo explica Rodolfo Pastor en su Historia mínima de Centroamérica, Carías Andino pertenece a la última generación de dictadores incontrovertibles de la zona, ungidos con la ayuda de Estados Unidos para proteger sus intereses económicos. Jorge Ubico –contra quien se enfrentaría Monterroso– en Guatemala, Maximiliano Hernández Martínez en El Salvador y Anastasio Somoza en Nicaragua son los otros miembros del grupo. Esta generación de dictadores continuó el proyecto liberal de sus antecesores, pero a falta de una ideología que los justificara –la crisis mundial había vaciado sus sueños de bienestar y opulencia, trocándolos por una realidad más miserable– improvisaron un nacionalismo vulgar que sólo sirvió para ahogar el ideal unionista y radicalizar el descontento de los grupos de izquierda que crearon las primeras guerrillas. La economía de monocultivo siguió siendo la misma, con el agregado ahora del tabaco (en Honduras) y el café (en Guatemala y El Salvador); el aparato represor militar y policíaco se hizo más fuerte, y la oligarquía confió a ciegas –no tenía otra opción– en las palabras de sus socios estadounidenses y europeos: la historia de una excolonia a la que le cuesta trabajo aprender a ser nación.

Estas dictaduras de los años treinta tuvieron como único fin mantener el orden y la industria en una sociedad extremadamente desigual. Su trabajo se enfocó, sobre todo, en la profesionalización y ampliación de militares y policías, reprimir protestas, acabar con las nacientes guerrillas, proteger a los grandes comerciantes. Su final, causado por las protestas en Guatemala de universitarios y la nueva clase media citadina, fue un hecho inédito en la zona. El interés por desarrollar una economía de mercado había creado una población citadina de campesinos desplazados, algunos convertidos en profesionales, comerciantes y funcionarios públicos; gente con educación superior a la media, capaz de una mayor organización que la del campo. Aunque costó vidas, la rebelión en Guatemala tuvo eco en toda la región y, poco a poco, fueron cayendo los otros dictadores. Carías Andino, que no había destacado del resto por sus extravagancias, su violencia represora ni su carisma, dejó el poder sin el único hecho glorioso del que estos dictadores fueron capaces: morir asesinados. El hondureño renunció a la presidencia y legó el poder a uno de sus subordinados. Su mayor herencia es un estadio de futbol que lleva su nombre.

Los primeros años en Arcadia

La infancia de Monterroso siguió el ritmo itinerante de los proyectos y viajes del padre. Vivieron en varias casas y viajaron constantemente de Guatemala a Honduras. Su primera casa se ubicó en el Barrio Abajo, de Tegucigalpa, uno de los más antiguos y elegantes de la ciudad. La casa era grande, de dos plantas, con una fuente en el centro de un jardín amplio, alrededor del cual se ordenaban en un cuadrado las recámaras. La calle empedrada con piedras del río Choluteca bajaba desde su casa en una pendiente.

En un par de años, se acabó parte del dinero de la madre, por lo que se mudaron a la Novena Avenida, al sur de la ciudad, y al otro lado del río Choluteca. El barrio era de calles cuadriculadas, más moderno. Vivían con parientes, Monterroso recuerda a sus abuelos maternos y tíos paternos compartiendo la casa. Esta era, al igual que la primera, una casa grande con un patio central. Detrás del primer cuadrado de recámaras, sala y comedor, se encontraban las recámaras de la servidumbre. El primer recuerdo de Monterroso es el de una niña negra, hija de la servidumbre, con la que se escondió debajo de una mesa. El regaño de su tía fue tan serio que, setenta años después, al escribir su autobiografía, mencionaría este como su primer recuerdo.

Su padre y su tío tenían la imprenta en la casa. Era una imprenta de tipos móviles que había que ordenar para formar las palabras a las cuales se les aplicaba la tinta. Encontrar los tipos móviles regados por el suelo, y verlos después ordenados sobre el componedor con rapidez increíble, le daba al espacio y a su dueño, el maestro tipógrafo, un aire de magia. Monterroso intentaba ordenar las letras, distinguiendo minúsculas de mayúsculas, vocales de consonantes. Estas letras las cotejaba con las que tenía, en cuadrados de colores, en su recámara, y muchos años después, con las del poema de Rimbaud: “A noir, E blanc, I rouge, U vert, O bleu: voyelles”.

Comparado con este mundo, el de la escuela fue un tormento. Lo postergaba desde que salía de su casa, deteniéndose en los arroyos que se formaban al lado de las calles, atrapando hormigas gigantes en el lodo y azuzando perros callejeros famélicos. Tegucigalpa, en esos años, era verde. Alrededor del valle, había montañas de bosques de pinos y laderas donde se cultivaba el maíz; en la cuenca, ríos que se separaban en brazos para formar otros ríos: el río Grande o Choluteca después se dividía en el Chiquito y el Guacerique, y del Chiquito salía la Quebrada la Orejona. Un mundo por descubrir, pero el portón de madera de la escuela se cerraba a las ocho de la mañana y con ella la ciudad con sus misterios. La enseñanza se realizaba con oraciones repetidas a coro, presentaciones frente a toda la clase y exámenes en silencio funerario. Monterroso no destacó en ninguna materia.

Si ignoraba la respuesta de un problema matemático, una ubicación geográfica o un suceso histórico, venía el castigo corporal. En casa nunca recibió un golpe, lo que hacía a la escuela más indeseable. Entre los castigos, había uno en el que levitaba un par de centímetros del piso levantado por la presión que los pulgares del maestro ejercían en sus sienes. Además del castigo físico, estaba el psicológico. Para el niño Monterroso, bastante tímido, el castigo venía cuando el maestro recordaba ante la clase la brillante labor de sus abuelos para la consolidación del país, la actividad cultural del padre y la habilidad como ilustrador, torero, cantante y actor del tío. Aquello era un recital de nombres y dones ante el silencio de un niño que, para sus compañeros, no destacaba en nada. Llegó hasta el quinto año de primaria, después renunció a la escuela.

Don César Bonilla, el abuelo de Monterroso, fue Jurado de la Suprema Corte y Ministro de Educación; entre sus grandes logros destaca el haber creado a principios del siglo XX la Dirección General de Instrucción Primaria. En su obituario se le recordó como alguien que “se empeñó tenazmente porque la luz de la escuela penetrara hasta en los caseríos más apartados del país”.4 Resulta irónico que el nieto de este personaje ilustre no estudiara siquiera la primaria. Aunque hay que decir que en la época, éste no era un hecho problemático ni tan extraño como lo es ahora. Dejaron la escuela Jorge Luis Borges y Juan José Arreola. La educación podía darse en casa en tanto que hubiera una buena biblioteca y disposición de los padres. La madre tenía una formación musical y como docente, además de ser gran lectora; el padre era una figura cultural, los libros no sólo se compraban sino que se hacían en casa.

Así que Monterroso fue autodidacta, su educación se dio en la biblioteca de sus padres. Dejó su escuela primaria Francisco Morazán con sus castigos, lecciones tediosas, castigos humillantes en el olvido. Los primeros años fueron una liberación. Después llegó una nueva crisis económica del padre.

Vicente Monterroso había logrado vivir con el dinero de su esposa y las pocas ganancias de su imprenta; se habían mantenido a flote mudándose de casa y recortando en los gastos de la servidumbre. Cuando el dictador, Carías Andino, le incautó la imprenta, en un gesto entre miles de su autoritarismo, este balance precario se vino abajo. De la noche a la mañana se quedó sin la fuente de sus ingresos. Reclamó la devolución de su imprenta; igual valía esperar un levantamiento armado que derrocara al opresor. Al no llegar ninguna de las dos cosas, decidió ir a buscar al padre para pedirle ayuda, y con el dinero que éste le dio se convirtió en gerente de teatro y cine.

Se mudaron una vez más a otra casa que conducía al cine por la parte trasera. Su madre, para obtener dinero, cada vez más escaso, preparaba dulces y confituras para vender entre el público. Con el pretexto de la venta, Monterroso acudía al cine todas las noches. Así observó las primeras escenas de un tren acercándose a toda velocidad contra el público, parejas de ojos lánguidos besándose, El Fantasma de la Ópera y persecuciones a caballo blanco de Tom Mix. Durante el día visitaba al encargado de la proyección para observar la manera con la que cortaba pedazos quemados de la cinta y volvía a pegarlos con sumo cuidado, desplegando en el proceso todas las imágenes que en la noche adquirían movimiento.

La diversión y el misterio provenían de un mundo y una maquinaria ubicada en el patio de su casa, donde mandaba su padre. Antes de llegar a ser libros, las letras dispersas en tipos móviles debían ordenarse y reordenarse. Antes de ser película, la imagen animada era cientos de imágenes fijas que había que ir cortando y pegando. Mecanismo, magia y misterio.

Además de las películas, antes o después de la proyección había espectáculos de teatro y otras diversiones. En una tropa proveniente de México, la Sevrati-Travesí, llegó, de pronto, una niña rubia. Gloria, de once años, cantaba música de Agustín Lara vestida de smoking, un sombrerito de paja y un bastón con empuñadura de plata. Monterroso, de nueve años, se enamoró completamente de ella. Quiso confesarle sus sentimientos, pero la niña, dos años mayor que él, cosmopolita y cantante, se le adelantó y, sin empacho, lo trató de novio. Esto lo desesperó aún más porque evidenciaba a los ojos de todos su falta de coraje. Quiso responderle la declaración de amor, pero lo único que hacía era verla cada noche cantar y después, en el día, compartir la mesa con sus padres y caminar sin maquillaje por el jardín de su casa. Esas caminatas eran un placer y una tortura; al igual que con la imprenta y el proyector, el origen de la magia y el misterio se paseaba en su casa, era suyo, pero esta vez era inalcanzable. Anunciaron su despedida, y por fin, antes de que partiera la tropa, se atrevió a darle a Gloria Travesí una rosa roja de despedida.