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¿Qué pasaría si cada persona tuviera acceso a las mismas oportunidades educativas? ¿Y si la tecnología, en lugar de representar un obstáculo, se convirtiera en el puente hacia una educación realmente equitativa? Esta obra surge del firme convencimiento de que una educación inclusiva es alcanzable, y de que las herramientas digitales, cuando se emplean con intención y conocimiento, pueden convertirse en recursos efectivos para derribar barreras y abrir nuevos caminos, promoviendo la diversidad y la equidad. Con un enfoque accesible, riguroso y práctico, este libro propone reflexionar sobre la educación actual. Las autoras ofrecen conceptos, experiencias, herramientas y reflexiones destinadas a crear espacios educativos más accesibles, impulsar metodologías activas y utilizar recursos que se adapten a cada individuo, y no a la inversa. Se abordan las brechas digitales, así como los retos y oportunidades de nuestro entorno interconectado. Aulas sin barreras. Tecnologías digitales para una educación inclusiva es una obra esencial para quienes confían en una educación que escucha, que acompaña y que no excluye. Para quienes entienden que enseñar con tecnología va más allá de la mera utilización de dispositivos y constituye una oportunidad para transformar la educación con compromiso e innovación.
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Seitenzahl: 289
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Tecnologías digitales para una educación inclusiva
Verónica Basilotta Gómez-Pablos Verónica Nistal Anta
NARCEA, S. A. DE EDICIONES MADRID
PRESENTACIÓN
1. Educación inclusiva: principios y estrategias para hacerla posible
Introducción
Definición y fundamentos de la educación inclusiva
Referentes internacionales y nacionales de la educación inclusiva
Principios para transformar aulas en escenarios inclusivos
Estado actual de la educación inclusiva
2. Inclusión digital y Diseño Universal para el Aprendizaje
Introducción
La inclusión digital en el siglo XXI
Del Diseño Universal al Diseño Universal para el Aprendizaje
Retos para la inclusión digital en el ámbito educativo
Perspectivas actuales en la inclusión digital
3. De la brecha digital a la educación inclusiva
Introducción
Delimitación conceptual de brecha digital
Tipos de brechas digitales
De la brecha digital a la educación inclusiva
4. Tecnologías digitales de apoyo a la diversidad
Introducción
Tipos de tecnologías de apoyo a la diversidad
La accesibilidad digital y usabilidad web en las plataformas educativas
Tecnología y diversidad
5. Tecnologías emergentes para una educación inclusiva
Introducción
Tecnologías emergentes para favorecer la inclusión educativa
Retos de las tecnologías emergentes en la educación
6. Diseño de prácticas educativas inclusivas
Introducción
Enfoques y estrategias en el diseño de prácticas inclusivas
Diseño de una secuencia didáctica inclusiva
Los Entornos Innovadores de Aprendizaje
7. La formación del profesorado en competencias digitales
Introducción
El papel de la competencia digital docente en la educación inclusiva
Marcos de la competencia digital docente
Personalización de la competencia digital de los estudiantes
Retos y oportunidades en la formación del profesorado
8. Recursos digitales al servicio de una educación inclusiva
Introducción
Los recursos digitales y su clasificación
Los Recursos Educativos Abiertos
Ejemplos de herramientas digitales: la Rueda del DUA
Evaluación de recursos digitales
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
En los años 2007 y 2012 coordiné con la profesora Margarita Córdoba Pérez y con los profesores José María Fernández Batanero y Francisco Javier Soto Pérez, dos libros denominados TIC para la igualdad y Buenas prácticas en TIC para la igualdad; con ellos, queríamos llamar la atención de nuestra comunidad académica sobre las posibilidades que los recursos tecnológicos ofrecían para favorecer la inclusión educativa de todas las personas, independientemente de sus diferentes características, sean estas cognitivas, sensoriales, psicomotoras, lingüísticas, socioeconómicas, étnicas, culturales o de género.
Como bien señalan las autoras en su capítulo primero, no se debe confundir la integración educativa con la inclusión; la primera es una opción centrada en el individuo, mientras que la segunda se refiere a una educación global, orientada a la igualdad y a un dominio colectivo. Supone realizar esfuerzos para alcanzar “una Educación para todas las personas” y trabajar bajo el paradigma de los “derechos humanos”. Esto debe estar presente en cada aula y en cada dinámica escolar. Además, implica que los soportes se hagan dentro del aula, promoviendo el apoyo a todo el alumnado, sin individualizar, y que se utilicen metodologías centradas en el aprendizaje, que fomenten la participación activa del alumnado, su autonomía y su pensamiento crítico.
Y en esta situación, como acertadamente remarcan las autoras, las tecnologías digitales pueden jugar un papel importante “porque ayudan a eliminar barreras y fortalecer procesos hacia la inclusión y la equidad”. Pero para lograrlo es necesario poner en marcha estrategias que favorezcan procesos de inclusión digital, que aseguren el acceso y promuevan el uso efectivo de las tecnologías entre los estudiantes y con el profesorado.
Entre estas estrategias destacan: establecer políticas claras de uso de las TIC para la educación inclusiva desde la administración que favorezcan su accesibilidad e integración; contar con el apoyo de los equipos directivos de las instituciones para su incorporación, facilitando la presencia de TIC en las aulas; y el apoyo a los docentes que las emplean para la finalidad a la que se refiere la presente publicación; formación en competencias digitales, tanto para el docente como para el discente; establecer políticas que faciliten la transferencia de buenas prácticas y el trabajo colaborativo entre profesores; incorporar asignaturas en los planes de formación inicial de los docentes que relacionen las tecnologías digitales y la educación inclusiva; y por último, potenciar la investigación educativa con propuestas de utilización y de diseño de estas tecnologías.
Por otra parte, su integración debe realizarse desde una perspectiva sistémica, considerando una amplitud de variables referidas a distintos actores: docentes, estudiantes, familias, centro escolar, administración educativa y empresas tecnológicas; que, en interacción, propicien que los estudiantes utilicen las tecnologías digitales para potenciar su autonomía o favorecer la disminución del sentido de fracaso académico, y también adquirir las competencias digitales. Todas ellas, habilidades que, como señalan las autoras: “no solo son importantes para el aprendizaje escolar, sino para una participación activa y significativa en el ámbito profesional y en distintos ámbitos de la vida cotidiana, en un mundo cada vez más digitalizado, y en el cual se deberá desenvolver en un futuro inmediato el estudiante una vez finalizado su período de instrucción”.
La obra se articula en ocho capítulos, que comienzan con uno genérico, donde se abordan aspectos como la definición y los fundamentos de la educación inclusiva, los aspectos significativos que deben considerarse para comprender lo que es y no es la educación inclusiva, la presentación de diferentes experiencias nacionales e internacionales y el ofrecimiento de una serie de principios que deben ser contemplados para transformar las aulas en escenarios inclusivos. El capítulo sirve para establecer los marcos en los cuales se van a mover las autoras en el libro y para abordar de forma específica diferentes problemáticas relacionadas con los tres ejes de la obra: educación inclusiva, inclusión digital y tecnologías digitales.
El segundo de los capítulos aborda la inclusión digital como un componente clave para avanzar hacia una educación inclusiva y equitativa. En él se destaca que no basta con garantizar el acceso a la tecnología, sino que es necesario desarrollar competencias digitales y asegurar su uso crítico y significativo, especialmente para estudiantes con necesidades diversas. En este contexto, se introduce en la obra el concepto de Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA), un enfoque pedagógico que busca eliminar barreras en el proceso de enseñanza-aprendizaje mediante la creación de entornos flexibles, accesibles y adaptativos. El DUA se basa en tres principios fundamentales: ofrecer múltiples formas de representación, expresión e implicación. Además, el texto analiza la relación entre equidad, tecnología y accesibilidad digital, subrayando que la brecha digital sigue siendo un desafío, como se puso de manifiesto durante la pandemia. Es de especial interés el alegato que se realiza al finalizar el capítulo, en el cual se afirma que la inclusión digital es un derecho y una herramienta poderosa para construir una sociedad más justa, democrática y sostenible.
En el tercer capítulo se explora el concepto de brecha digital como una desigualdad en el acceso, uso y aprovechamiento de las tecnologías, y su impacto en la educación inclusiva. Se ofrece en él, diferentes modelos conceptuales para su comprensión, como son el de “tres dimensiones” y el formulado por Van Dijk. Se identifican, al mismo tiempo, diferentes tipos de brechas digitales: rural-urbana, generacional, de género y discapacidad, detallando sus causas y consecuencias. Por último, se aportan propuestas y acciones específicas para reducirlas, como ampliar la conectividad, formar en competencias digitales y adaptar tecnologías para personas con discapacidad.
El capítulo cuarto analiza cómo las tecnologías digitales pueden ser herramientas clave para atender la diversidad del alumnado y favorecer la creación de entornos educativos inclusivos y accesibles. En él se presentan distintos tipos de tecnologías de apoyo, desde recursos básicos como tableros con pictogramas hasta sistemas avanzados que usan inteligencia artificial, clasificándolas según su nivel de complejidad y aplicabilidad educativa. Es de especial relevancia que en el texto se profundiza en cómo la tecnología puede apoyar al alumnado con discapacidad intelectual, sensorial y física, así como a quienes presentan dificultades de aprendizaje (como dislexia, TDAH o discalculia) y altas capacidades. En cada caso, se describen herramientas específicas, como lectores de pantalla, organizadores gráficos, programas de gestión del tiempo o plataformas de aprendizaje avanzado. También hay una interesante llamada de atención en el capítulo a que la inclusión de las tecnologías digitales requiere una adecuada planificación, implementación y acompañamiento profesional. Lo expuesto nos lleva a señalar que esta incorporación no debe ser una cuestión azarosa, sino que debe estar cuidadosamente planificada y justificada.
Un capítulo de especial relevancia, por la escasa literatura científica al respecto, es el quinto, que se centra en el papel que diferentes tecnologías emergentes, como la robótica educativa, la inteligencia artificial (IA) y la realidad mixta (RM), tienen en la promoción de una educación más inclusiva, personalizada e innovadora. Se ofrecen en él no solo clarificaciones conceptuales, sino claras referencias a las posibilidades que ofrecen para diseñar experiencias de aprendizaje personalizadas y apoyos específicos. También se llama la atención en el capítulo respecto a la necesidad de realizar investigaciones educativas sobre estas tecnologías, para incorporarlas de forma exitosa en la educación, y reflexiones sobre los retos que implica su inclusión en la enseñanza.
El capítulo sexto aborda el diseño de prácticas educativas inclusivas que respondan a la diversidad del alumnado. En él se presentan enfoques como la enseñanza multinivel, el DUA y la aplicación de metodologías activas. Además, se destaca la importancia de planificar teniendo en cuenta los distintos ritmos y necesidades del alumnado, eliminando barreras para el aprendizaje y la participación. El modelo de Predicción, Superación y Planificación, en inglés, Predict, Overcome y Plan (P.O.P) se propone como guía práctica para diseñar secuencias didácticas accesibles. Se insiste en la necesidad de identificar barreras con antelación y ofrecer múltiples formas de representación, acción y participación. En el capítulo, se reconoce, por una parte, el potencial transformador de estos enfoques y, por otra, los desafíos que implica su implementación.
El capítulo séptimo está dedicado a la importancia de formar al profesorado en competencias digitales para lograr una educación inclusiva. Y para ello se analiza el marco europeo DigCompEdu, y de manera específica el área denominada “Empoderamiento del alumnado”, centrada en la accesibilidad, personalización y compromiso activo. También se trabaja el desarrollo de la competencia digital del alumnado, con actividades adaptadas y recursos accesibles. En todo momento se reclama acertadamente que la formación debe ser práctica, conectada con la realidad del aula y con un enfoque reflexivo y colaborativo.
En el último capítulo, se aborda el papel de los recursos digitales en la construcción de una educación inclusiva, destacando su potencial para enriquecer los procesos de enseñanza y aprendizaje desde los principios del DUA. Se propone una clasificación en cuatro tipos: gestión de información, creación y edición de contenidos, comunicación y colaboración, y gestión del aprendizaje. Se profundiza en el valor pedagógico de los recursos audiovisuales, especialmente el cine, como herramienta para fomentar la empatía, la reflexión y la educación emocional. También se analizan los Recursos Educativos Abiertos (REA), sus características, licencias y buenas prácticas para su diseño inclusivo. De especial interés, es la presentación que se hace en el capítulo de la “rueda del DUA”, que se presenta como una herramienta clave para seleccionar recursos alineados con el DUA. Finalmente, se exponen diferentes instrumentos para evaluar la calidad de los recursos digitales, con criterios de accesibilidad, usabilidad y eficacia pedagógica.
La obra Aulas sin barreras. Tecnologías digitales para una educación inclusiva no solo proporciona un análisis teórico profundo acerca de los desafíos y posibilidades que implica el uso de tecnologías digitales en el ámbito de la educación inclusiva, sino que también presenta una amplia variedad de ejemplos y experiencias prácticas. Estos casos ilustran diversas formas de integración tecnológica, ofreciendo orientaciones valiosas para avanzar hacia la transformación de los entornos educativos, en espacios inclusivos, a través del aprovechamiento de dichas tecnologías. Y por ello cumple un vacío existente en el panorama científico español e iberoamericano.
JULIO CABERO ALMENARA Catedrático de Tecnología Educativa Universidad de Sevilla
La educación inclusiva es un proceso fundamental en la transformación de los sistemas educativos, que busca garantizar que todos los estudiantes, independientemente de sus habilidades y necesidades, tengan acceso a una educación de calidad y se sientan valorados en su entorno educativo. Además, es un proceso dinámico que requiere la reorganización de políticas, prácticas y culturas escolares para eliminar barreras y promover entornos de aprendizaje accesibles y equitativos. Por tanto, la educación inclusiva se esfuerza por identificar y eliminar todas las barreras que impiden acceder a la educación, y trabaja en todos los ámbitos, desde el diseño del plan de estudios hasta el proceso de enseñanza y aprendizaje.
En este capítulo se exploran los fundamentos esenciales de la educación inclusiva y se destaca la necesidad de pasar de un modelo de integración a uno verdaderamente inclusivo, donde el sistema educativo se adapte a la diversidad del alumnado y no al revés. Para ello, se analizan los principios que intervienen en la delimitación conceptual del término inclusión, y algunos términos relacionados, como la igualdad de oportunidades, la equidad, la calidad, la accesibilidad y la participación.
Además, se presentan ejemplos de buenas prácticas educativas, como el Índice para la Inclusión y algunas experiencias innovadoras que aportan resultados positivos en la promoción de la participación y el aprendizaje de todos los estudiantes. Por último, se analiza el papel de la comunidad educativa en la construcción colectiva de aulas inclusivas, y se subraya la importancia del compromiso conjunto de docentes, familias y profesionales de apoyo.
En definitiva, este capítulo proporciona un marco teórico y práctico para comprender y aplicar la educación inclusiva, evidenciando su impacto en el desarrollo social y emocional de los estudiantes. La educación inclusiva es un derecho y una herramienta poderosa para construir sociedades más equitativas, diversas y cohesionadas.
Los términos inclusión educativa y educación inclusiva se utilizan a menudo de forma indistinta; sin embargo, existen autores que consideran que son dos ideas diferentes. Estos autores exponen que la inclusión educativa hace referencia al proceso de incorporar a la persona en el sistema educativo; y que la educación inclusiva alude a la visión de la educación y el sistema en su totalidad, que debería ser lo suficientemente abierto, no solo en el sentido de incorporar a los individuos, sino de que estos participen activamente. Más allá de esta discusión terminológica, lo importante es que el sistema educativo no caiga en el error de entender la inclusión como la integración de estudiantes con necesidades especiales en escuelas regulares. En este libro se va a optar por emplear el término educación inclusiva, por la amplitud del mismo, pero sin renunciar en casos concretos al término inclusión educativa.
La educación inclusiva es un concepto amplio, que integra diferentes dimensiones, por lo que es difícil encontrar una definición única y exclusiva. En los inicios, el concepto se relacionaba principalmente con la integración de estudiantes con necesidades educativas especiales en las escuelas regulares. Pero, con el paso del tiempo y la evolución del término, el enfoque se amplió para incluir la diversidad en todas sus formas, incluyendo diferencias lingüísticas, de género, culturales y de origen socioeconómico, entre otras (Mederos- Machado et al., 2024).
Esta realidad, similar a lo que ocurre con términos como “calidad educativa” o “educación para la justicia social”, refleja la complejidad del término y la multiplicidad de prácticas y procesos que engloba (Echeita, 2018 y 2025). Por tanto, concretar su significado en un contexto determinado requiere delimitar los elementos y dinámicas que lo conforman, para comprender su verdadero alcance y aplicación.
Según la UNESCO (2025), la educación inclusiva implica la transformación de los sistemas educativos para garantizar que responden a las necesidades de todos los estudiantes, independientemente de sus características personales, sociales o culturales. Este enfoque requiere cambios profundos en los contenidos, métodos y estrategias de enseñanza, para promover una visión común que abarque a todos los niños y jóvenes en edad escolar. Por este motivo, en la actualidad la inclusión se posiciona como el eje central de las políticas y prácticas educativas, orientadas hacia una educación equitativa y de calidad.
La educación inclusiva se sustenta en tres perspectivas interconectadas. Desde un punto de vista educativo, atiende las diferencias individuales de los estudiantes, favoreciendo el aprendizaje y el desarrollo de toda la comunidad educativa. Desde un punto de vista social, promueve actitudes de respeto hacia la diversidad y contribuye a la construcción de sociedades más justas y no discriminatorias. Desde un punto de vista económico, garantiza que todos los sectores de la sociedad, especialmente los grupos más desfavorecidos, tengan acceso pleno, justo y equitativo a las oportunidades educativas de la comunidad.
Por tanto, la educación inclusiva no se reduce de manera exclusiva al contexto escolar y educativo, sino que debe entenderse como un constructo transversal y presente en todos los ámbitos: comunidades sociales, familiares y escolares. Es un concepto que sobrepasa el marco meramente educativo y enlaza con el concepto de inclusión social; defiende los derechos de todos y cada uno de los ciudadanos, la igualdad de oportunidades y la participación en el espacio público, así como el acceso al mundo profesional. Según Pérez y López-Francés (2017), la inclusión social contextualiza, sostiene y legitima a la educación inclusiva; al mismo tiempo, la educación inclusiva se puede considerar como el cimiento sobre el que se ha de alzar la inclusión social.
En el contexto educativo, la inclusión parte de la premisa de que todos los estudiantes tienen el derecho de recibir una educación de calidad en entornos ordinarios, donde la diversidad no es un obstáculo, sino una fortaleza que enriquece el aprendizaje colectivo. La inclusión abarca a todos los estudiantes, incluidos aquellos que enfrentan barreras económicas, culturales o sociales. Por consiguiente, es un proceso que transforma las culturas, políticas y prácticas educativas para responder a la diversidad del alumnado, eliminando las barreras que dificultan el aprendizaje y la participación.
Todo lo anterior exige una revisión profunda de la organización escolar y el currículo educativo. Además, la formación de los docentes es fundamental para garantizar que se cubren todas las necesidades individuales del alumnado de forma efectiva (López-Melián et al., 2025).
La legislación actual insiste en la necesidad de que en las instituciones educativas se promueva una atención personalizada de todos los estudiantes, que tenga en cuenta las características y necesidades individuales.
Para entender mejor el significado del término educación inclusiva, es preciso analizar algunos términos que intervienen en su delimitación conceptual, como igualdad de oportunidades, equidad, calidad, accesibilidad y participación.
Los conceptos de igualdad de oportunidades y equidad implican el hecho de ofrecer una educación sin exclusiones, en la que todos los estudiantes puedan desarrollar su potencial de aprendizaje. Sin embargo, estos términos no significan lo mismo. Mientras la igualdad se enfoca en proporcionar los mismos recursos a todos los estudiantes, la equidad se centra en ofrecer a cada uno lo que necesita en función de sus condiciones y características específicas.
Según Booth y Ainscow (2011), la equidad es un principio central de la educación inclusiva porque reconoce que las brechas en el aprendizaje pueden deberse no solo a las diferencias individuales de las personas, sino también a la propia organización y estructura del sistema educativo.
La educación inclusiva es, en términos generales, una muestra de respeto hacia la sociedad y, por tanto, la obtención de un sistema educativo de calidad. El término calidad presenta una gran variabilidad y dinamismo. Así pues, va cambiando paralelamente al tiempo y a los individuos que establecen su definición, a sus creencias y pensamientos, y a los supuestos pedagógicos que se toman como referencia. Siempre y cuando la escuela continúe renovándose, el concepto de calidad se mantiene vivo. La calidad educativa hace referencia a la capacidad de un sistema educativo para proporcionar a los estudiantes los conocimientos y competencias necesarias para su desarrollo integral y bienestar futuro (Echeita, 2017; Latorre, 2022).
La accesibilidad es otro elemento fundamental en la definición del término educación inclusiva. Se refiere al grado en el que todas las personas pueden utilizar un recurso, visitar un lugar o acceder a un servicio, independientemente de sus capacidades técnicas, perceptivas, cognitivas o físicas. Es indispensable, ya que se trata de una condición necesaria para lograr que los derechos e igualdad de oportunidades de todas las personas se cumplen, garantizando su independencia y autonomía. Por tanto, va más allá de la eliminación de barreras arquitectónicas y tecnológicas, y abarca, también, la accesibilidad pedagógica, que incluye el diseño de materiales, actividades y evaluaciones que sean apropiados para todos los estudiantes. Por ejemplo, el uso del Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA) permite que las escuelas desarrollen recursos educativos que sean inclusivos desde su diseño, favoreciendo así la participación de todos los estudiantes.
Por último, la participación implica no solo la presencia física de los estudiantes en el aula, sino también su capacidad para contribuir activamente en la mejora del proceso educativo y sentirse parte de la comunidad educativa. Fomentar la participación significa rediseñar las actividades escolares de modo que sean significativas y relevantes para todos los estudiantes, considerando sus diferentes contextos y experiencias. Esto requiere un compromiso activo de los docentes y la comunidad educativa en la creación de espacios de aprendizaje donde cada estudiante se sienta valorado y respetado.
Los términos integración e inclusión a menudo se utilizan de manera sinónima; sin embargo, no significan lo mismo para diferentes autores. La comprensión de estas diferencias es fundamental para diseñar y promover un sistema educativo que responda efectivamente a las necesidades de todos los estudiantes.
La integración hace referencia a la incorporación de los estudiantes con necesidades específicas en entornos regulares, sin modificar sustancialmente la estructura y organización del sistema educativo. Este modelo deposita la responsabilidad del aprendizaje en el estudiante, que es quien debe adaptarse al sistema educativo. Para ello, los docentes y profesionales de la educación diseñan intervenciones puntuales, como adaptaciones curriculares o apoyos específicos. Las adaptaciones curriculares son ajustes o adecuaciones que se realizan en el currículo educativo para que algunos objetivos y contenidos sean accesibles. El objetivo principal de la integración es la presencia física de los estudiantes en el aula, aunque esto no se traduzca siempre en una experiencia educativa significativa ni en una participación plena (Echeita, 2018).
Por su parte, el término inclusión da un paso más allá y adopta un enfoque transformador. En este enfoque, el sistema educativo se adapta al alumnado para eliminar barreras y garantizar que todos los estudiantes, sin excepción e independientemente de sus características, puedan participar y aprender en igualdad de condiciones. La inclusión reconoce la diversidad como un elemento enriquecedor y busca que todos los estudiantes se sientan parte de la comunidad educativa (UNESCO, 2020).
Por tanto, mientras que la integración se centra en realizar adaptaciones individuales para que el estudiante se incorpore al sistema educativo, la inclusión pone el foco de atención y la responsabilidad principal en el sistema y en la promoción de políticas y prácticas educativas que apoyen la participación de todos, con el fin de transformar la educación y responder a la diversidad del alumnado.
Figura 1.1.Integración versus inclusión
Fuente: Plena Inclusión (2020).
Tal y como puede observarse en la Figura 1.1, la integración implica que los estudiantes con diferentes necesidades comparten el mismo espacio que los demás, pero no en igualdad de condiciones y con una participación plena en las actividades diseñadas. Por su parte, la inclusión establece los apoyos necesarios para que todos los estudiantes puedan participar plenamente en las actividades planificadas y contribuyan a su desarrollo según sus diferentes capacidades.
Un ejemplo de integración sería incorporar a un estudiante con discapacidad motora en un aula regular y aplicar medidas diferentes a las del grupo clase. En el caso de la inclusión, se aplicarían estrategias como el DUA para asegurar la accesibilidad en los materiales y evaluaciones.
En la Tabla 1.1 se profundiza en las diferencias entre ambos términos, teniendo en cuenta algunos elementos esenciales ya comentados: enfoque, responsabilidad, meta principal, barreras, rol del estudiante y rol del sistema educativo.
TABLA 1.1. DIFERENCIAS ENTRE INTEGRACIÓN E INCLUSIÓN
Aspecto
Integración
Inclusión
Definición
Incorporar a estudiantes con necesidades específicas en el sistema educativo regular.
Transformar el sistema educativo para atender las necesidades de todos los estudiantes.
Enfoque
Adaptar al estudiante al entorno educativo existente.
Adaptar el sistema educativo a la diversidad del alumnado.
Responsabilidad
El estudiante es responsable de adaptarse al entorno.
El sistema educativo es responsable de eliminar barreras para todos.
Meta principal
Lograr que el estudiante acceda físicamente al aula regular.
Fomentar la participación activa y el aprendizaje significativo para todos.
Barreras
No necesariamente eliminadas, el estudiante debe superarlas.
Identificadas y eliminadas de forma proactiva.
Rol del estudiante
El estudiante se adapta al sistema educativo establecido.
El estudiante participa activamente y se siente valorado dentro de la comunidad educativa.
Rol del sistema educativo
El sistema educativo mantiene estructuras tradicionales y realiza adaptaciones puntuales para estudiantes.
El sistema educativo transforma la estructura y cultura escolar para atender la diversidad.
Ejemplo práctico
Un estudiante con discapacidad motora recibe clases en un aula regular, pero el docente aplica medidas diferentes a las del grupo clase.
Un estudiante con discapacidad motora recibe clases en un aula regular y el docente aplica el DUA en sus diseños didácticos.
Fuente: elaboración propia.
La educación inclusiva implica un cambio de paradigma, que es especialmente relevante en todos los países y sistemas educativos. En concreto, en el contexto español, la legislación hace énfasis en algunas medidas para promover este modelo. La Ley Orgánica 3/2020, de 29 de diciembre (LOMLOE), establece que las adaptaciones curriculares deben diseñarse desde un enfoque universal, promoviendo entornos de aprendizaje accesibles y equitativos para todos los estudiantes por igual.
Para garantizar la calidad educativa es preciso ofrecer a todos los estudiantes oportunidades equitativas de aprendizaje, adaptando las estructuras y prácticas del sistema educativo en respuesta a la diversidad. Este enfoque promueve la equidad y, también, fortalece los aprendizajes y las relaciones sociales. A continuación, se exponen algunos indicadores para asegurar la calidad de un sistema educativo inclusivo, los cuales se centran en el acceso universal, la eliminación de barreras, la promoción de la equidad, la participación activa, el bienestar y el clima escolar positivo.
Acceso universal
. El acceso universal es un indicador prioritario en la educación inclusiva, que se traduce en la creación de entornos, programas y herramientas educativas accesibles para que todas las personas, independientemente de sus características, puedan estar presentes, participar y aprender. Esto implica, en muchos casos, eliminar barreras físicas, tecnológicas, económicas y culturales. Algunos ejemplos de acceso universal se pueden observar en infraestructuras accesibles, tecnologías accesibles y programas de apoyo a grupos desfavorecidos.
Participación inclusiva
. Más allá del acceso, la educación inclusiva debe garantizar la participación activa de todos los estudiantes. Algunas metodologías activas como el aprendizaje cooperativo, las tertulias literarias dialógicas y los proyectos interdisciplinarios fomentan la participación, colaboración y el respeto mutuo.
Bienestar emocional.
El bienestar emocional es otro indicador determinante para lograr una verdadera educación inclusiva, pues impacta de manera significativa en la forma en la que los estudiantes procesan, retienen y utilizan la información del entorno. Por tanto, potenciar el bienestar emocional en los centros promueve un aprendizaje apropiado y un entorno más inclusivo y equitativo.
Clima escolar positivo
. Un clima escolar positivo implica relaciones respetuosas y estrategias de resolución de conflictos. Existen prácticas como la mediación escolar, los grupos interactivos y las actividades culturales, que fortalecen el sentido de pertenencia, mejoran la convivencia y el clima escolar del centro.
Evaluación y calificación
. La educación inclusiva va más allá de las calificaciones y promueve competencias sociales y emocionales. Según la UNESCO (2020), un sistema educativo inclusivo debe preparar a los estudiantes para una sociedad diversa. Las evaluaciones inclusivas deben ser flexibles y valorar el progreso individual en diversas áreas, incluyendo el trabajo en equipo, la empatía y la toma de decisiones éticas.
Un modelo clave para favorecer la educación inclusiva en los centros es el Index for inclusion, traducido al castellano como el Índice para la inclusión o Guía para la educación inclusiva, un documento que ofrece materiales para apoyar a las escuelas en el proceso de evaluación y mejora de la inclusión (Booth y Ainscow, 2011). Incluye indicadores, orientaciones y preguntas de reflexión que tratan de apoyar a los equipos docentes para llevar a la práctica los principios y valores que deben sostener una educación para todos. Esta guía se utiliza en diversos contextos y países para transformar las escuelas en entornos más equitativos. Se basa en tres dimensiones relacionadas:
Culturas inclusivas
. Promover una comunidad escolar basada en valores compartidos de equidad y participación. En España, algunas escuelas implementan “círculos de diálogo” para detectar barreras y proponer soluciones colaborativas.
Políticas inclusivas.
Garantizar la diversidad. Un ejemplo es la coenseñanza, donde dos docentes trabajan juntos en el aula para apoyar a estudiantes con necesidades específicas.
Prácticas inclusivas
. Aplicar estrategias pedagógicas accesibles, como el Aprendizaje Basado en Proyectos (ABP), donde los estudiantes colaboran según sus habilidades y necesidades.
Son numerosos los recursos que, inspirados en el Índice para la inclusión, aparecen en la literatura especializada como documentos de apoyo para la promoción de una escuela y una sociedad más inclusiva (Azorín y Sandoval, 2019).
En España, también se presentan diversos ejemplos de prácticas inclusivas: red para la educación inclusiva, programas para la formación profesional inclusiva y planes de atención a la diversidad en centros educativos.
Red para la educación inclusiva.
Se trata de una red de referencia en materia de educación inclusiva, cuyo objetivo principal es crear y mantener alianzas entre centros educativos de todo el país. Esta red busca generar sinergias, compartir recursos y proporcionar apoyos que faciliten la inclusión de estudiantes en entornos educativos ordinarios. Según Plena Inclusión Canarias (2021), esta red permite crear programas conjuntos entre centros educativos, promoviendo la transferencia de conocimientos y buenas prácticas en materia de inclusión. Entre sus logros destaca la implementación de proyectos piloto en diversas comunidades autónomas, donde se ha demostrado que la colaboración entre colegios mejora significativamente la atención a la diversidad y la participación activa del alumnado.
Programas de formación profesional inclusiva
. Varias comunidades autónomas desarrollan programas de formación profesional inclusiva para estudiantes con discapacidad. Estos programas no solo facilitan su inserción laboral, sino que también promueven su autonomía personal y su inclusión en el mercado de trabajo. Un ejemplo destacado es el proyecto de Formación Dual Adaptada implementado en comunidades como Andalucía y Cataluña, que combina formación en centros educativos con prácticas en empresas. Estos programas han incrementado la empleabilidad de jóvenes con discapacidad en sectores como la hostelería, el comercio y las tecnologías digitales. Además, incluyen itinerarios formativos personalizados que son diseñados para responder a las necesidades específicas de los estudiantes, ofreciendo tutorías individuales y herramientas de apoyo. Muchas empresas que han participado en estos programas han adaptado sus procesos de selección y capacitación para garantizar un entorno inclusivo.
Planes de atención a la diversidad en centros educativos.
Muchos centros educativos implementan planes específicos de atención a la diversidad para garantizar una respuesta adecuada a las necesidades del alumnado. Los planes de atención a la diversidad son particularmente efectivos en reducir las tasas de abandono escolar y mejorar la participación del alumnado en actividades curriculares y extracurriculares. Además, estos planes promueven un cambio cultural en las comunidades educativas hacia un enfoque más inclusivo. Dichos planes incluyen medidas como:
Adaptaciones curriculares, para ajustar los contenidos y metodologías y asegurar que todos los estudiantes pueden participar activamente en el proceso de aprendizaje.
Apoyo de profesionales especializados, a través de la incorporación de orientadores, logopedas y terapeutas ocupacionales para ofrecer una atención integral al alumnado.
Uso de tecnologías de apoyo, a través de la implementación de herramientas tecnológicas, como aplicaciones de comunicación aumentativa y dispositivos adaptativos, para eliminar barreras de aprendizaje.
Según Booth y Ainscow (2011), las escuelas que adoptan modelos inclusivos suelen obtener diferentes beneficios, tales como: mayor cohesión de la comunidad educativa; incremento del rendimiento académico general; reducción del absentismo escolar y el abandono educativo; o mejora del clima escolar y relaciones interpersonales. Estos beneficios demuestran cómo las prácticas educativas inclusivas no solo son positivas para los estudiantes directamente implicados, sino para todo el entorno educativo.
La educación inclusiva está respaldada por un marco normativo sólido, tanto a nivel internacional como nacional. En este apartado se presentan los principales instrumentos normativos de ámbito internacional y nacional que configuran el marco legislativo de la educación inclusiva, así como otros instrumentos que también abordan derechos y deberes relativos a la inclusión en este ámbito.
Existen diferentes organismos y documentos internacionales que son clave en la defensa de una educación inclusiva de calidad para garantizar la diversidad de los estudiantes y particularmente de las personas con discapacidad.
La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (UNESCO, 2006).
Instrumento internacional de derechos humanos de las Naciones Unidas destinado a proteger los derechos y dignidad de las personas con discapacidad. Dicha convención establece en su artículo 24 la obligación de los estados de garantizar un sistema educativo accesible y equitativo.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948).
Documento adoptado por la Asamblea General de las Naciones Unidas que reconoce en su artículo 26 el derecho universal a la educación, el cual sienta las bases de la inclusión.
La Declaración de Salamanca (UNESCO, 1994).
Documento que reconoce la necesidad de impartir una enseñanza para todos los niños, jóvenes y adultos con necesidades educativas especiales dentro del sistema común de educación. Dicho documento destaca que las escuelas ordinarias con un enfoque inclusivo son clave para combatir la discriminación y promover sociedades más equitativas.
Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS),
también conocidos como Agenda 2030. Son diecisiete objetivos globales interconectados adoptados para poner fin a la pobreza, proteger el planeta y garantizar la paz y prosperidad. El ODS 4 sobre “Educación de calidad”, refuerza el compromiso global de garantizar sistemas educativos que atiendan la diversidad y fomenten la equidad.
La legislación española ha evolucionado para fortalecer la educación inclusiva, adaptando el sistema a estándares internacionales. La implementación de políticas educativas inclusivas ha dado lugar a iniciativas destacadas que promueven la equidad, la accesibilidad y la participación de todos los estudiantes. Estas políticas reflejan el esfuerzo conjunto de las instituciones educativas públicas, organizaciones y comunidades educativas para avanzar hacia un modelo educativo más inclusivo.
La Ley Orgánica de Educación (LOE) (2006)
establece la atención a la diversidad como un eje clave y sienta las bases de la educación inclusiva.
La Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE) (2013)
refuerza medidas contra el abandono escolar e implementa programas de apoyo.
La Ley General de Derechos de las Personas con Discapacidad y de su inclusión social (2013)
obliga a los centros a garantizar la accesibilidad universal y la realización de ajustes razonables.
La LOMLOE (2020)
supone un avance significativo en el ámbito de la educación inclusiva. Exige planes de atención a la diversidad, accesibilidad y coenseñanza. Además, refuerza la equidad educativa y la eliminación de barreras para estudiantes con discapacidad.
Transformar las aulas en escenarios inclusivos supone implementar principios que sitúen a la diversidad como eje central del aprendizaje y fomenten el compromiso activo de toda la comunidad educativa. Este enfoque requiere un replanteamiento integral de las prácticas pedagógicas, las relaciones entre los miembros de la comunidad escolar y las estructuras educativas para garantizar que todos los estudiantes puedan participar y aprender en igualdad de condiciones.
La diversidad es un recurso clave en el aprendizaje, ya que permite enriquecer la enseñanza al integrar experiencias y perspectivas únicas. Reconocerla como un eje educativo implica valorar las diferencias individuales para promover la equidad y la calidad. Aceptar estas diferencias fomenta competencias interculturales y fortalece la dinámica del aula. Por ejemplo, el aprendizaje cooperativo, al favorecer la interacción en grupos diversos, mejora el rendimiento
