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«Auméntanos la fe» es el tercer libro de la colección Meditaciones sobre la Eucaristía, con la que el P. Tadeusz Dajczer presenta la Eucaristía como el sacramento de esperanza y de misericordia que cura y transforma nuestra alma. Las palabras del propio autor, «que mi corazón se abra a la inconcebible misericordia que se derrama desde el altar eucarístico», señalan que para vivir la Eucaristía esta debe colocarse en el centro de la vida, hacia el cual han de dirigirse los pensamientos y deseos del cristiano con el objetivo de servir al Señor. El libro, que ya ha sido publicado en varios idiomas, es una gran ayuda para comprender lo maravilloso que es el misterio de la Eucaristía y el gran poder que esconde en sí misma. Con prólogo de Józef Michalik, arzobispo presidente de la Conferencia Episcopal Polaca.
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Seitenzahl: 104
Veröffentlichungsjahr: 2017
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Índice
Portada
Portadilla
Créditos
Prólogo
I PARTE
La vida interior entrelazada con la Eucaristía
El «sí» colmado de alabanza
La Eucaristía, camino de santifi cación
II PARTE
Solicitud por las almas
El amor verdadero por quien partió
El drama que el mundo no conoce
III PARTE
Preparación a través de la cotidianidad
¿Para gloria de Dios?
El amor eucarístico que engendra santos
Entre la liturgia y la vida
IV PARTE
El difícil combate por la libertad
El vacío que Dios quiere llenar
Yo te bendigo, Padre
Mujer eucarística
Biografía del autor
Información promocional
Notas
Nihil Obstat:
Manuel Aróstegui Esnaola.
Imprimatur:
Joaquín Iniesta Calvo-Zataráin,
Vicario General de Madrid.
Madrid, 28 de mayo de 2015
© SAN PABLO 2017 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)
Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723
E-mail: [email protected] - www.sanpablo.es
© Boleslaw Szewc 2008
Título original: Przymnóż nam wiary. Rozważania o Eucharystii 3
Traducido por: Ana María Carrizosa de Narváez
Corrección: Mauricio Rubiano Carreño
Distribución: SAN PABLO. División Comercial
Resina, 1. 28021 Madrid
Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050
E-mail: [email protected]
ISBN: 9788428561945
Depósito legal: M. 13.431-2017
Impreso en Artes Gráficas Gar.Vi. 28970 Humanes (Madrid) Printed in Spain. Impreso en España
Los textos citados de las Sagradas Escrituras han sido tomados de la Biblia de Jerusalén de Desclée de Brouwer, Bilbao 1976.
ARZOBISPO JÓZEF MICHALIK, DE LA ARCHIDIÓCESIS
METROPOLITANA DE PRZEMYSL,
PRESIDENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL POLACA
Auméntanos la fe es el tercer libro del padre-profesor Tadeusz Dajczer de la serie dedicada a la santísima Eucaristía. Al leerlo uno se convence de que el autor podría escribir muchos más de estos libros. En realidad, él podría escribirlos constantemente, ya que constantemente vive la Eucaristía, está fascinado con ella, enamorado; y no puede dejar de hablar del gran Amor, ya que ha descubierto que Dios se enamoró del ser humano hasta su total entrega en la santísima Eucaristía: Misterio vivo de Cristo Resucitado.
La reacción más apropiada ante este Misterio parece ser la petición: «¡Auméntanos la fe!». El autor, a ejemplo del Señor, instruye acerca de la fe, exhorta a procurarla como al tesoro más valioso; porque la fe del hombre maduro consiste en ver la actuación de Dios en todas partes, en experimentar su presencia como algo más real que la misma realidad en la que nos movemos. Para alcanzar esta fe, hay que ir creciendo en ella, hay que ir aprendiéndola, como lo hicieron los apóstoles.
La Eucaristía es el mejor libro sobre la Eucaristía, y es el criterio de mi fe, así como el anuncio de la Eucaristía era el criterio de la fe de los oyentes en Cafarnaún, dice el autor. Creo demasiado poco porque oro demasiado poco; no pido ese gran don, y de hecho la fe toca a Dios solo en la medida en la que soy un humilde «cenacular» y «mariano». Recordemos que fue precisamente la santísima Virgen María quien en el Cenáculo enseñó a los apóstoles la perseverancia en la fe a través de la oración.
El Magnificat pone de manifiesto la espiritualidad de María. Nada puede ayudarnos tanto a vivir el misterio eucarístico como esta espiritualidad. María fue la primera en acoger a Jesús en su cuerpo, convirtiéndose en un maravilloso tabernáculo. Vale la pena pedirle que –junto con Jesús, recibido en la santa Comunión– lo tome a uno bajo su protección.
La fe en la liturgia celebrada y en la relación con las personas es la misma fe. Si no procuro vivir de fe en mi vida cotidiana, careceré de ella durante la liturgia eucarística, advierte el autor. En el libro hay muchas advertencias de este tipo, y también muchas ideas profundas y vivificantes. He aquí algunas de ellas:
Sin Dios no vale la pena vivir, ni un momento… La Eucaristía ayuda a vivir, porque es Sacramento de amor: Sacramento maravilloso de un amor maravilloso… Hay que permanecer ante Jesús en el sagrario para que pueda casi sentir los latidos de su corazón. Aquí se puede aprender la oración de adoración, y una mirada diferente al mundo y a las personas. A través de la Eucaristía todo se ve de manera diferente, sin necesidad de mudarme a otro lugar. Gracias a la Eucaristía y a la liturgia me vuelvo contemporáneo de Jesús y, a través de la unión con Él, participo de una realidad totalmente diferente, en la cual, la preocupación principal es la gloria de Dios y la salvación del ser humano. Vivir la Eucaristía consiste en permitirle a Jesús que adore en mí al Padre, que ore por los difuntos y los vivos, conduciéndolos a la salvación; que santifique a los hombres y al mundo; que enseñe a amar, es decir, «a mirar en la misma dirección», a crear juntos y a realizar fines comunes.
El autor se lamenta de que los hombres vivan como si Dios no existiera, de que ya no sientan hambre de Dios y mueran; ¡tienen que morir de hambre si no resuelven pedir ayuda o si alguien no pide ayuda por ellos! Afortunadamente, el cielo entero, junto con la santísima Madre, oran por mi santificación y para que me entregue a Jesús hasta el final.
Estamos agradecidos al padre-profesor por este nuevo testimonio de fe, por apremiarnos a que, avanzando por el camino de la intimidad con la santísima Eucaristía, descubramos la belleza y la riqueza de la vida interior, vayamos abriéndonos cada vez más al don de la libertad o, más bien, que le permitamos a Jesús santificarnos, amar en nosotros y por nosotros, adorar al Padre. Estoy profundamente convencido de que este libro será acogido con gratitud por todos los que buscan un alimento sano para la fe y añoran su profundización.
* * *
[El autor utiliza con frecuencia en el texto la primera persona. Sin embargo, su intención no es exteriorizar confidencias personales. Simplemente quiere respetar al lector, no instruirlo ni aleccionarlo].
La Eucaristía es sacramento de la fe1. Esta fe, como en el caso de Abrahán, ha de crecer. Cuando Abrahán salió de Ur, de Caldea, su fe era distinta de la que tenía cuando Dios le exigió ofrecer a su único hijo, y durante esa terrible prueba alcanzó su cúspide.
Es imprescindible que una a mi vida eucarística una auténtica vida interior. La fe y su crecimiento generan una adhesión a Dios cada vez más profunda. No se limita al conocimiento de su ser. La fe creciente genera esperanza. En el caso de Abrahán, por ejemplo, que «esperó contra toda esperanza» (cf Rom 4,18), lo condujo a una adhesión tan grande, que era ya una forma de amor: «Este es mi Dios, Él me conduce». Esta fe se convierte tanto en apertura como en sentido y, cuando esto sucede, ya puede hablarse de que existe vida interior.
El medio efectivo gracias al cual puedo abrirme a la gracia que fluye de la Eucaristía, a su acción salvífica, santificadora, es precisamente la vida interior: una vida de fe, esperanza y amor, desarrollada en el terreno de la humildad. La vida en estas tres virtudes teologales le permite a la gracia, recibida en la santa Misa, modelar mi mundo interior: mis pensamientos, sentimientos, voluntad, memoria. Cuando estoy bajo el influjo de esta gracia, sencillamente comienzo a pensar y a sentir de manera diferente; a querer y a ver a Dios y lo que me rodea de manera diferente. Comienzo a percibir toda la realidad como impregnada por Él.
La vida interior conduce a la adhesión a Cristo; y en este sentido, vivir la Eucaristía ha de conducir a la adhesión a Cristo eucarístico. Él ha de convertirse para mí en Alguien vivo. Él no ha de ser para mí «algo»; ni la Eucaristía, la celebración de algo que hace referencia más a un objeto que a una Persona. El acto de fe me da la posibilidad de «tocar» sobre el altar a Dios mismo. Entonces, algo sucede en mí, algo crece. Si mi participación en la Eucaristía va unida a actos de fe, puede enriquecerse continuamente en mi camino a la santidad. Si la Iglesia dice que todos estamos llamados a la santidad, yo debería tomar conciencia de que a la santidad se llega únicamente por el camino de la vida interior. No existe otra manera de llegar, a menos que sea mediante el martirio por la fe.
El camino a la santidad lleva de la Eucaristía a la vida interior y de la vida interior a la Eucaristía. La vida interior se refleja en acciones concretas, porque el bien es extensivo por naturaleza. La primacía de la gracia y de la vida interior sobre la acción, significa que en la vida activa tengo que descubrir algún día que la gracia siempre precede a la acción.
Su Santidad Juan Pablo II me invitaba a la oración profunda. La oración profunda es la oración hecha desde la profundidad de la fe, es la que hace que sea transformado por Dios, en virtud de las gracias derramadas desde el altar del santísimo Sacrificio. Es la oración que no pretende cambiar el designio de Dios –convencerlo, a fuerza de súplicas, de que desista de una decisión o de que me dé algo– sino que ha de cambiarme a mí. Esta oración será buena cuando, al levantarme del reclinatorio, yo sea diferente, al menos un poco: más contrito, más creyente, más agradecido..., aunque no necesariamente consciente de ello. Lo mejor sería que el juicio sobre mí mismo no cambiara, porque de otro modo, fácilmente me apropiaría de la gracia que fluye de esa oración, como si fuera mía.
Precisamente la oración profunda, expresión de la fe humilde, es capaz de labrar nuestros tercos corazones. Ella es la que «nos recuerda constantemente la primacía de Cristo y, en relación con Él, la primacía de la vida interior y de la santidad»2.
Aceptar la primacía de la gracia sobre la acción me irá abriendo a Dios realmente presente sobre el altar. Cuanto más se arraigue en mí esta verdad, tanto más receptivo estará mi corazón a la acción santificadora de la Eucaristía.
Si no descubro la primacía de la oración, si no me enamoro de ella, el mundo no me necesitará. La voz del papa Juan Pablo II adquiere una fuerza excepcional cuando, al hablar de la primacía de Cristo y –en consecuencia– de la primacía de la vida interior y de la santidad, utiliza palabras muy enérgicas: «No se ha de olvidar que, sin Cristo, “no podemos hacer nada”» (cf Jn 15,5)3. El mundo nos cubre con una telaraña de ilusiones. Sin embargo, gracias al desarrollo de la vida de oración, las centelleantes luces de las ilusiones y deseos tienen que palidecer, para que podamos descubrir la luz eucarística.
Al obsequiarme con la gracia, Dios confía que no la rechace, que no la desperdicie, que acepte su primacía en mi vida. La primacía de la gracia no puede ser un principio teórico. Es imposible no relacionar las enérgicas palabras del Papa con respecto al Sacramento de la Eucaristía, que es precisamente la fuente de la gracia, Sacramento de la Redención, que debe convertirse en el centro de mi vida, orientarla de manera que Dios sea para mí el único punto de referencia. También, que Él realice en mí la elección correcta, no de la temporalidad, sino de Él mismo; que Él elija en mí lo que es eterno: el amor verdadero y el bien verdadero.
Cinco años después de la carta Novo millennio ineunte, el sucesor de Juan Pablo II retorna al tema de la primacía de la gracia, recordando con fuerza (en el texto se utilizan signos de admiración) las palabras de san Bernardo de Claraval sobre la primacía de la oración y de la contemplación4. Benedicto XVI acentúa que esas palabras conciernen a todos y, por lo tanto, también a mí. El extravío en el activismo, que imposibilita la primacía de la oración y de la contemplación, con frecuencia me conduce también a mí a la «dureza de corazón» –como denomina san Bernardo este estado–, convirtiéndose en «sufrimiento para el espíritu, pérdida de la inteligencia, dispersión de la gracia». Benedicto XVI, por medio de las palabras con las que el gran santo reprendió incluso al papa Eugenio III, quiere decirnos a cada uno de nosotros: «Mira a dónde te pueden arrastrar estas malditas ocupaciones, si sigues perdiéndote en ellas»5. El santo Padre, con ocasión de la conmemoración de san Bernardo, desea recordar de esta manera lo mucho que necesitamos el recogimiento interior, para que la fe pueda crecer adecuadamente, y nos lleve a desarrollar la oración y la contemplación, es decir, a la santidad.
