El don sin descubrir - Tadeusz Dajczer - E-Book

El don sin descubrir E-Book

Tadeusz Dajczer

0,0

Beschreibung

La Eucaristía es un misterio tan grande que el ser humano es incapaz de comprenderlo. El don de la fe nos conduce a los umbrales del misterio de la Eucaristía y nos enseña la humildad y la certeza de que sigue siendo un don sin descubrir para todos y cada uno de los cristianos, que estamos llamados a responder a este don de manera racional y libre y a manifestar la obediencia de la fe, porque cada encuentro con Jesús Eucarístico está tejido de las virtudes teologales: fe, esperanza y amor. El don sin descubrir es el sexto libro de la colección, traducida a numerosos idiomas, Meditaciones sobre la Eucaristía, con la que el padre Tadeusz Dajczer nos ayuda a descubrir a Dios en la Eucaristía, sacramento de esperanza y misericordia que engendra en nosotros paz interior y nos abre a la próxima venida de Dios y de su gracia.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 107

Veröffentlichungsjahr: 2021

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Índice

Portada

Portadilla

Créditos

Prólogo

I PARTE

Abrazado por el misterio

Cuando no entiendo a Dios

Me das lo mejor

II PARTE

La historia de mi Salvación

Deseo de estabilidad

La imagen que desaparece

III PARTE

Los más buscados

Lo único que se posee

Esperanzas traídas al altar

Para que se vuelva cercano

IV PARTE

Para poderte encontrar

Sumergidos en el silencio

Luz enceguecedora

Regresar para vivir

Notas

Biografía del autor

© SAN PABLO 2021 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)

Tel. 917 425 113

E-mail: [email protected] - www.sanpablo.es

© Boleslaw Szewc 2016

Título original: Nieodkryty Dar. Rozważania o Eucharystii 6

Traducido por: Ana María Carrizosa de Narváez

Distribución: SAN PABLO. División Comercial

Resina, 1. 28021 Madrid

Tel. 917 987 375

E-mail: [email protected]

ISBN: 9788428560597

Depósito legal: M. 5.367-2021

Composición digital: Newcomlab S.L.L.

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso previo y por escrito del editor, salvo excepción prevista por la ley. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la Ley de propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos –www.conlicencia.com).

Los textos citados de las Sagradas Escrituras han sido tomados de la Biblia de Jerusalén de Desclée de Brouwer, Bilbao 1976.

Prólogo

MONS. WACŁAW TOMASZ DEPO,

ARZOBISPO METROPOLITANO DE CZESTOCHOWA Y

MIEMBRO DE LA COMISIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE POLONIA

El cristianismo como religión del encuentro del Dios Trino con el hombre posee el maravilloso don divino en forma de Eucaristía, como con razón señala el reverendo profesor Cz. S. Bartnik: «Las facciones del cristianismo que abreviaron o incluso rompieron con la tradición eucarística rechazando la Iglesia sacramental, el sacerdocio y la celebración integral de la santa misa en gran medida se empobrecen espiritualmente o incluso van muriendo ante nuestros ojos» (Eucharystia, Lublin, 11). El don de la fe, que nos conduce a todos a los umbrales del misterio de la Eucaristía, nos enseña la humildad y la certeza de que no es solo para los teólogos o para un grupo de «iniciados», sino que sigue siendo un «don sin descubrir» para todos y cada uno de los cristianos. Cada uno de nosotros está llamado a responder a este don de manera racional y libre, y a manifestar la «obediencia de la fe». Porque «cada encuentro con Jesús Eucarístico –como destaca el autor en esta sexta publicación sobre el tema– está tejido de las virtudes teologales: fe, esperanza y amor» (p. 88). Esta visión diferente del mundo engendra en nosotros paz interior y nos abre a la próxima venida de Dios y de su gracia (cfp. 95).

Al leer estas meditaciones, que por lo general concluyen con una oración, descubrimos que para la vida de la Iglesia siempre ha sido importante que en la Eucaristía –por el poder del Espíritu Santo– se realice en los altares del mundo la real transubstanciación del pan en el Cuerpo y del vino en la Sangre de Jesucristo, Único Redentor del mundo y del hombre. Nuestro Señor y Salvador se sirve del pan y del vino «sacándolos de alguna manera de su existencia normal e introduciéndolos en un nuevo orden [...]. En donde Él pone su mano surge algo nuevo. Esto a su vez muestra que volverse cristiano siempre implica ir descubriendo el don de la presencia y de la actuación de Dios, es y debe ser una constante conversión, una purificación de los pecados, y no una decoración para una vida ordinaria»1.

Por último, pienso que represento a todos los lectores de este nuevo libro sobre meditaciones eucarísticas, al guardar un recuerdo agradecido ante Dios sobre el padre y profesor Tadeusz Dajczer por su enorme compromiso al servicio de descubrir el don de la Eucaristía y al transmitir la fe cristiana. En estos tiempos de relativismo de las verdades y del desmoronamiento de los valores basados en la persona y obra de Jesucristo, hacer hincapié en la verdad sobre su presencia real con y entre nosotros es no solo algo invaluable, sino necesario.

+ WACŁAW TOMASZ DEPO

Czestochowa, el 8 de diciembre de 2018,

solemnidad de la Inmaculada Concepción

de la Santísima Virgen María.

* * *

[El autor utiliza con frecuencia en el texto la primera persona. Sin embargo, su intención no es exteriorizar confidencias personales. Simplemente quiere respetar al lector, no instruirlo ni aleccionarlo].

I PARTE

Abrazado por el misterio

«La Iglesia vive de la Eucaristía –escribe el santo padre Juan Pablo II–, vive de la plenitud de este sacramento cuyo maravilloso contenido y significado han encontrado a menudo su expresión en el Magisterio de la Iglesia, desde los tiempos más remotos hasta nuestros días. Sin embargo, podemos decir con certeza que esta enseñanza [...] queda casi sobre el umbral, siendo incapaz de alcanzar y de traducir en palabras lo que es la Eucaristía en toda su plenitud, lo que expresa y lo que en ella se realiza. En efecto, ella es el Sacramento inefable»1. Es aquí donde Cristo se nos entrega más que a quienes alguna vez lo vieron y lo escucharon.

Al conducirme hacia Él, Jesús en mí me irá mostrando sus maravillosas verdades de fe sobre este Sacramento de la Eucaristía, el más santo y amado para mí; me las irá revelando a través de la santa Iglesia y de las Sagradas Escrituras.

Los textos del Evangelio sobre la Eucaristía suponen la fe, pero también exigen una cooperación activa, exigen ser vividos. De mi apertura depende mucho. Hay dos formas en las que puedo relacionarme con las personas, con las ideas y con las cosas: puedo entablar con ellas una relación objetivante, analítica, utilitaria, es decir, de «yo»-«eso», o una relación de encuentro que puede definirse como «yo»-«tú».

Por ejemplo, puedo analizar la verdad de fe de que Cristo está verdadera y substancialmente presente en la Eucaristía, también puedo buscar en ella luz para participar mejor en la santa misa; igualmente puedo, como santo Tomás de Aquino, no separar dentro de mí ambas actitudes, en él, que escribió sus libros al pie del altar, frente al sagrario, no había división entre la teología y la vida, como ocurre hoy en día.

La relación objetivante hacia los textos del Evangelio sobre la Eucaristía es sin duda necesaria –profundizar en ellos intelectualmente, estudiarlos, analizarlos–, debido a que las Sagradas Escrituras deberían ser objeto de análisis. Los textos revelados sirven en ese caso para profundizar nuestro conocimiento religioso. Pueden ser de ayuda a la hora de resolver algún problema de la vida. Las verdades de fe sobre el Santísimo Sacramento que contienen las Sagradas Escrituras son para mí, en ese caso, «algo», y mi actitud hacia ellas se reduce a una relación objetivante, analítica, en relación con las ideas como misterio. Esa relación hacia las verdades de fe es buena. Gracias a ella se desarrolla, por voluntad de Dios, el pensamiento teológico. Sin embargo, no debería bastarme. Para mi vida es necesario que en primer lugar esté la relación subjetivante.

Lo que Dios me revela –y siempre me revela a Sí mismo– no puede considerarse como idea común, como podría considerarse, por ejemplo, el conocimiento humano. Este se basa en una relación objetivante hacia las ideas, y es necesario. Pero al entrar en el mundo del amor de Dios que se revela, ingreso en el ámbito de los misterios, no del conocimiento, y analizarlos racionalmente no es suficiente.

Parece entonces que con las ideas que son misterio también puedo tener una relación subjetivante. Así pues, esas ideas se convierten en algo más que objeto de mis investigaciones. La relación con ellas se parece más al contacto con una persona que con una cosa. Cuando me introduzco de esa manera en el misterio de la Eucaristía, se vuelve una idea divina que me impregna y me abarca. Me vuelvo pasivo y soy el que recibe. Ese misterio me penetra de tal manera que quedo convencido de que debería vivirlo y volverse parte de mi «yo», de mi existencia. Esto significa que, en esa relación, de una forma invisible para mí, Dios crea una fisura a través de la cual comienza a abarcarme con Él, con su amor, y me permite vivir de lo que ya se puede llamar fe.

Entonces descubro que al participar en la Eucaristía entro en contacto con un todo grande y extraordinario al que la Iglesia llama liturgia, que está compuesta de signos, de símbolos, pero no separados entre sí, sino que justamente forman un todo, y deberían decirme algo.

Solo observar el interior de la iglesia es un gran signo. Una mirada al altar debería decirme que dentro de un momento se realizará en él algo que nunca comprenderé plenamente, y que hasta el final de mi vida iré descubriendo. Porque se trata del Sagrado Misterio, de la Eucaristía, de Dios, que en un momento descenderá sobre el altar y querrá entregarse a mí, Él, Dios en la santa comunión. Cuánto necesito de esa receptividad, del silencio interior, de ser un hombre que se asombra (homo admirans), para tener fe durante el milagro más grande del mundo, que se realiza en el altar.

Y ese mismo Cristo que se entrega a mí de la manera más perfecta en la Eucaristía, también está presente y vive –claro que de una forma diferente– en los textos revelados que hablan de ese Sagrado Misterio. Él me manifiesta ese Misterio por intermediación de la palabra y a través del conocimiento me conduce hacia el amor. Debo intentar encontrarlo a Él escuchando atentamente sus palabras: «“Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; este es el pan que baja del cielo para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne por la vida del mundo”. Discutían entre sí los judíos y decían: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?”» (Jn 6,48-52).

Estas palabras de Cristo, tan impactantes, las puedo tratar de manera objetivante. Puedo hacer un análisis filosófico de ellas, ahondar en la situación cultural de la época durante la cual fueron pronunciadas, de hecho, la ley judía prohibía por completo tomar sangre como símbolo de vida. También puedo pensarlas de manera orante, meditarlas. Puedo observar que Jesús les hizo una exigencia muy grande a quienes lo escuchaban, pero antes había hecho milagros para ellos, como multiplicar el pan, entre otros. El número de milagros que vieron y que verían fue inmenso. Justo antes de su Pasión, serían testigos de la resurrección de Lázaro. Su pecado fue que no creyeron a Jesús. Su orgullo reclamaba que Él exigiera menos, que dijera palabras que alimentaran ese orgullo. ¡Siempre había hablado tan bien! Jesús les preguntó: «¿Por qué no confiáis en mí? Si no creéis en mis palabras, creed por las obras» (cf Jn 14,10). Y realizó miles de milagros.

No obstante, veo que conmigo sucede algo parecido, y seguramente seguirá siendo así. Por eso, también en mi vida tienen que venir pruebas de la fe, como la de Cafarnaún, cuando Jesús habló de tomar su sangre.

Al leer este sorprendente anuncio de la institución de la Eucaristía, veo y escucho a Jesús, sus palabras son para mí las de Alguien que me habla. Igual que sucede con todas las palabras de las Sagradas Escrituras. Pero estas, que son sobre la Eucaristía, de alguna manera me juzgan. Teóricamente me es más fácil creer a mí que a los contemporáneos de Cristo. Después de todo, yo sé que comer su cuerpo y tomar su sangre se realiza bajo las formas del pan y del vino. Sin embargo, por otra parte, siempre tengo que abrirme paso con la fe hacia el verdadero significado de esos signos sacramentales.

Además, Jesús no cedió ante la oposición de los judíos, nada les explicó. No dijo algo sobre la teología de la Eucaristía ni de las formas eucarísticas. Eso los habría tranquilizado y no se habrían ido debido a que siempre se buscaban a sí mismos en el contacto con Jesús, igual que yo. Cuando estoy bien, cuando Él me alimenta durante la santa misa con el maná de las percepciones emocionales, puedo estar feliz. ¿Pero acaso eso me acerca a Él? Después de todo, tienen que venir momentos en los que nada sienta.

Al leer este texto bíblico, hablo contigo, Jesús, sobre la Eucaristía, que siempre es y será el criterio de mi fe. También por mí no cediste a la rebeldía de quienes te escuchaban, para que yo creyera que verdaderamente es tu sangre y es tu cuerpo, y no solo un símbolo.