Aún late el corazón - Susanne Fellbrink - E-Book

Aún late el corazón E-Book

Susanne Fellbrink

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Beschreibung

Es verano y pronto sonarán los gritos de felicidad de los estudiantes que se gradúan. La artista Cilla Fallander tiene un nuevo trabajo después del drama del pasado invierno como la nueva gerente de un centro comercial que va a reabrir sus puertas. Pero las cosas empiezan a salir mal desde la primera noche y, durante los cuatro días de inauguración, los problemas continúan acumulándose. Todo esto hace pensar a Cilla que alguien lo está fastidiando a propósito, lo que conlleva consecuencias desastrosas para todos. Al mismo tiempo, un hombre en otra parte del país planea algo oscuro. Durante mucho tiempo ha buscado a la mujer y al niño que una vez huyeron de él, y ahora finalmente ha encontrado una pista que lo lleva a Sundsvall. “Aún late el corazón” es la segunda entrega de la serie sobre Cilla Fallander escrita por la autora sueca Susanne Fellbrink.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Aún late el corazón

Susanne Fellbrink

Traducido por Lucía Mossberg Cáceres

Este libro va dedicado a Leif y Vivianne, mis queridos padres.

NOTA DEL AUTOR

Este libro es una obra de ficción fruto de mi imaginación, aunque inspirada en experiencias propias, entre ellas, como jefa de proyecto para numerosas y diversas inauguraciones. Para evitar posibles malentendidos, quisiera recalcar que, hasta donde yo sé, ninguno de los personajes de la obra existe en la vida real.

Prólogo

Si fracasa ahora, puede ser lo último que haga. Al echar las pastillas machacadas en la copa, le tiemblan las manos.

«Que se disuelva a tiempo, antes de que él entre en la cocina». Mientras intenta batir el alcohol deprisa con el tenedor, el corazón le late con tanta fuerza que atruena en sus oídos y hace que sienta punzadas.

—¡¿De verdad lleva tanto tiempo preparar un puto gin tonic?!

La voz de él resuena desde el salón y ella inspira con fuerza mientras llena de tónica la copa. Al ver cómo el polvo empieza a flotar y se queda en la superficie, la inunda el pánico. «Hielo, ¿tenemos hielo?». Le suda la frente mientras escarba en el congelador. Levanta la bolsa de guisantes, pero nada. Abre el siguiente cajón y ahí, debajo de los palitos de pescado, hay una bolsa de hielo. Aguanta la respiración mientras vuelve corriendo a la encimera y, presionando a través del plástico, saca cuatro cubitos de hielo.

—¿Qué coño estás haciendo?

Ella siente su aliento en la nuca y un empujón en la espalda. Antes de girarse hacia él, consigue ocultar el polvo con el hielo justo a tiempo.

—Perdona, no encontraba el hielo.

—¡Hielo! ¡No voy a aguar la copa con hielo, joder!

—Pero si hace mucho calor, pensaba que querrías hielo —trata de justificarse ella, y se pone en tensión esperando a que llegue el golpe.

Él gruñe, le quita el vaso de las manos de forma brusca y derrama parte sobre el suelo. Luego vuelve al salón y se sienta en el sofá, da dos grandes tragos y lo deja sobre la mesa de un golpe. «¿Y si sabe raro por las pastillas?». Antes de ir a por el trapo y secar el suelo, se apoya contra la pared de la cocina y cierra los ojos durante unos segundos, esperando una posible reacción. Pero él no dice nada, solo cambia el canal de la tele. El pequeño está durmiendo y ella mira el reloj. Son las diez y media y ha decidido que lo harán a la una de la madrugada de esta noche.

—Nettan, ¡¿no oyes que el puto niño está despierto?!

Justo en ese momento, el llanto de Kevin alcanza sus oídos y las lágrimas se asoman a sus ojos. Se apresura al dormitorio para tranquilizarlo. Tiene que volver a dormirse para que esto salga bien y no puede poner nervioso a Jonny. Kevin está sentado encima de la cama con el pequeño conejo entre sus brazos. Ella nota que tiene fiebre alta.

—Ven, cariño —le susurra, y lo lleva en brazos a la cocina.

Con él sobre sus caderas, repite el mismo procedimiento de hace un momento, pero con ibuprofeno disuelto en zumo en lugar de somníferos machacados en ginebra. Vuelve al dormitorio y Kevin da pequeños sorbos de zumo hasta que el vaso está vacío. Ella le cuenta un cuento para que vuelva a dormirse y, justo cuando nota que su pequeño cuerpo empieza a pesar, oye cómo se rompen cristales en el salón.

—¡Cojones! —grita Jonny, y ella deja a Kevin y sale corriendo para ver qué ha pasado.

Jonny está sentado en el sofá, señalando con el dedo el vaso roto en el suelo.

—Pero no te quedes ahí mirando —dice él, y ella se acerca a toda prisa a recoger los pedazos de cristal del charco.

«¿Le habrá entrado algo o habrá sido todo en vano?».

—¿Preparo otro?

—Sin hielo —masculla él.

Va a la cocina y saca la pequeña bolsa de plástico que tiene escondida en un bolsillo del vaquero. Queda un poco de polvo e intenta sacudir los restos de la bolsa antes de mezclar otra copa con rapidez.

Sin hielo. Esta vez, el polvo también sale a flote, pero la habitación está en penumbra y confía en que él no se dé cuenta. Al alcanzarle el vaso, no se atreve a mirarlo a los ojos. Seca el suelo e intenta pasar desapercibida al salir de ahí para no molestarlo o enfadarlo. Oye cómo traga varias veces y, cuando lo mira de reojo, ve que la mitad del vaso ya está vacío. O bien caerá en un sueño profundo, o tendrá una noche infernal después de todo el alcohol que ha bebido.

Es entonces cuando suele sacar a relucir su versión más temible.

Cierra la puerta del baño con pestillo, se gira hacia el espejo y contempla su cara magullada bajo la fría luz. Un gran moratón en el ojo izquierdo y el labio partido; con suerte, por última vez. Pero si lo de esta noche no sale bien, no podrá volver a mirarse nunca en un espejo, así que tiene que salir bien, sin más. Si logran escapar, no habrá vuelta atrás.

Sigilosa, entra en el dormitorio de Kevin, se acuesta debajo del edredón con la ropa puesta y mira el reloj una y otra vez. Falta una hora y el salón está en silencio: solo se oye el ruido de la tele. Se levanta con cuidado de no hacer ruido y abre un poco la puerta.

Jonny se ha dormido en el sofá, reclinado hacía atrás con la boca abierta. Lo observa durante un rato, ahí sentado, y ve pasar ante sus ojos todos sus años juntos.

¿Cómo ha podido llegar a esto?

¿Kevin y ella van a ser libres por fin?, ¿libres de este infierno?

El tiempo de espera se hace interminable y no puede apartar la mirada del reloj, casi hipnotizada por el segundero. Tic, tac, tic, tac.

Sale con cuidado al recibidor y coge sus zapatos. Vuelve a mirar a Jonny, que sigue sentado exactamente igual que hace un momento.

¿Respira?

A lo mejor lo ha matado.

Se ata las zapatillas de correr dentro del dormitorio y mete las de Kevin en el bolso. Es lo único que se atreve a llevarse.

Tic, tac, tic, tac.

Faltan diez minutos.

Por última vez, abre la puerta y ve que Jonny ha cambiado de postura.

«Vamos, que está vivo».

Retrocede al dormitorio, levanta con cuidado el edredón y enrolla a Kevin con la manta. Él gimotea, lo hace callar y le pone el chupete en la boca antes de cogerlo en brazos con delicadeza.

Todavía está caliente, y rodea el cuello de ella con sus brazos pegajosos.

—Ya, ya, cariño —susurra—. Ya, ya, todo va a ir bien.

—¡El conejo! —dice él en alto.

A ella se le corta la respiración un segundo y le tapa la boca.

—Shhh —murmura—. Mamá va a por el conejo.

Da media vuelta para cogerlo del suelo al lado de la cama. Se agacha y estira la mano para alcanzar la oreja desgastada del peluche.

Quince años después

Jueves, 23 de agosto a las 21:45

Hace una tarde de agosto anormalmente calurosa, y la plaza de Sundsvall esta abarrotada de personas expectantes. La música se detiene y las voces de los presentadores del programa resuenan al dirigirse al público. La marea de gente sigue sus indicaciones y se dan la vuelta hacia el ayuntamiento de Sundsvall, situado frente al centro comercial. Pasan unos segundos y Cilla apenas se atreve a respirar antes de que la bola de fuego entre a toda velocidad desde el balcón, rugiendo como un cohete en su camino sobre la plaza, tal y como lo ha planeado.

El tema musical, creado especialmente para la ocasión, empieza a sonar; en breve, Stina deberá saltar desde el pretil y, suspendida en el aire como por arte de magia, hará aparecer el nombre del centro comercial, el que va a lucir sobre la bonita fachada del siglo XIX.

El público grita, lo que significa que la cosa va bien. Pero, de repente, ve cómo los pies de Stina penden del murete. «¿Qué está pasando?». La intro de Ciudad a la luz empieza a sonar y el coro masculino mira desconcertado a Cilla. «Stina no tenía que estar colgando por fuera del balcón, ¿no? ¿No tenía que colgar de más arriba?».

Los espectadores vitorean y todos señalan con el dedo y aplauden hacia ella. Los focos están dirigidos hacia el edificio, moviéndose en un baile de espirales en la fachada, y, cuando apuntan a Stina, Cilla comprueba que tiene la cara azul. Unas manchas rojas van creciendo en su traje blanco y en las alas colocadas en su espalda. Tiene los ojos desorbitados e intenta pedir ayuda antes de desvanecerse y quedar inerte. Parece una muñeca de trapo, y Cilla entra en pánico.

«Algo ha tenido que irse a la mierda por completo».

Tres meses antes

Miércoles, 9 de mayo

Faltan 106 días

Cuando Cilla aparca en la plaza de Fisktorget, junto al centro comercial, siente un cosquilleo en el estómago. Tiene por delante un nuevo reto y le apetece mucho. Le llena el cuerpo de energía positiva saber que tiene la oportunidad de crear algo que va a hacer feliz a mucha gente en Sundsvall; además, que alguien crea en ella es una sensación muy potente. Y Tim Larson, desde luego, debe creer en ella puesto que le ha confiado una enorme responsabilidad y hasta le ha dado vía libre. Es un compromiso enorme, teniendo en cuenta todo lo que está en juego. Cuando sube a la cocina de empleados, se sienta a esperar tras la puerta cerrada. Se retoca el pelo y corrige el brillo de labios mientras espera su turno. Katarina Frolén, compañera de Tim en la inmobiliaria Norrsidan, abre la puerta y le hace una señal a Cilla para que entre. Antes de pasar a la sala, Cilla nota que Katarina tiene la cara y el cuello muy rojos. Probablemente, a causa de las voces subidas de tono que acaba de oír a través de la puerta. El ambiente parece ser de todo menos bueno, y Cilla intenta secarse el sudor de las manos con discreción en los pantalones. Las cerca de veinticinco mujeres —y los tres hombres— que representan las tiendas del centro comercial están sentadas alrededor de la mesa. Se quedan en silencio y la examinan de arriba abajo, y a ella se le pasa por la cabeza que debería haberse esforzado en vestirse más a la moda. Todos parecen llevar las últimas tendencias de sus respectivas tiendas, y el jersey de angora verde chillón de punto que se ha puesto Cilla le pica e irrita su piel acalorada. Debe hacer unos treinta grados en la sala. Todos tienen la cara más o menos colorada y dentro huele a sudor mezclado con diferentes perfumes. La mayoría ha tomado asiento alrededor de las tres mesas de pino que, unidas, forman una larga, y los demás están semisentados en los alfeizares grandes y profundos de las ventanas del antiguos edificio de piedra.

Cilla se pone al lado de Katarina sin saber qué hacer con sus manos.

—Bueno, pues esta es Cilla Fallander, que va a ser la jefa de proyecto en la inauguración del nuevo centro comercial, en agosto. Pero, a partir de ahora, andará por aquí también, como una especie de gerente, podemos decir. Enseguida dejamos que os cuente más sobre sí misma.

Todos miran a Cilla con recelo; todos menos la mujer pelirroja, que reconoce de la tienda KappAhl. Al menos sonríe hacia ella, alentándola, y le ofrece una taza de café. Cilla da un sorbo y, por supuesto, se quema la lengua.

«Joder».

Katarina se echa a un lado para que la atención se centre sobre Cilla en la sala de conferencias provisional (como si no tuviera ya las miradas de todo el mundo encima). Cilla no entiende del todo a qué se refiere Katarina con «Gerente del centro», pero no se atreve a confrontarla delante de la muchedumbre sentada ante ellas. Parece que a Katarina ya la han hostigado por algún motivo. Cilla piensa en las voces alteradas que acaba de oír hace un momento, cuando estaba sentada fuera, esperando. Eran frases inconexas que decían:

«Gastos comunes desmedidos, no se hace nada en el edificio y ¿qué hacemos con el dinero recaudado en los baños?».

—Bueno, entonces, ¿a quién tenemos aquí? —pregunta una mujer de unos cincuenta años, escudriñándola con sus ojos azules mientras se aparta el flequillo rubio plateado.

Cilla se aclara la garganta.

—Como ya han comentado, me llamo Cilla Fallander y soy la encargada de la inauguración en agosto —dice, con la voz más frágil que jamás le ha salido, y siente cómo las rodillas le flaquean. El ambiente que hay en la sala le absorbe las fuerzas.

—Habla más alto —grita una voz.

Cilla pone el peso sobre la otra pierna y hace un nuevo intento, pero el resultado no es muy diferente.

—¿Vas a ser, además, gerente del centro? Estaría bien que se hiciese algo también durante el verano. El número de visitantes no se está incrementando, precisamente —sugiere un chico rapado, más joven, con un suéter de la tienda Stadium, mirándola fijamente. Cilla lo reconoce. Era el que estaba en la caja cuando le compró el casco para la bici a William la semana pasada.

—Sí —responde ella en voz baja, esquivando su mirada.

Su cerebro trabaja a ritmo frenético. Gerente del centro. ¿Qué hace uno de esos? ¿Qué se ha perdido?

—Bueno, vamos paso a paso —comenta Katarina, sin mirar a los ojos interrogantes de Cilla.

Cilla toma las riendas.

—Vamos a tratar de encargarnos de que ocurran muchas cosas divertidas en el centro comercial durante la inauguración, y vosotros, que sois los profesionales de este edificio, tendréis que guiarme, y podéis comentarme vuestras peticiones. —Sonríe a todos los de la mesa. Tiene muchas ganas de que este grupo se sienta partícipe y sepa que ella no es del estilo «ordeno y mando». Que sepan que siempre está abierta a escuchar y quiere lo mejor para ellos. Pero lo cierto es que lo que más anhela, dadas las circunstancias, solo es caerles bien.

Se oye un murmullo sigiloso y nadie le devuelve la sonrisa. Ni siquiera la mujer de la tienda KappAhl.

Llaman a la puerta y entra Tim. Después de todo, es él quien le ha asignado esta tarea, y ella exhala, aliviada, al dejar de ser el centro de atención.

—Perdonad el retraso —dice—. Pero veo que ya habéis podido familiarizaros con Cilla. ¡¿A qué es una chica encantadora la que hemos fichado?! —exclama, mirando alrededor de la sala. No recibe una gran respuesta, más bien solo medias sonrisas de cortesía—. Bueno, pues podemos repasar otro tipo de información —continúa, y mira a Katarina, que se acerca a su lado.

Cilla se aparta y observa a todos los presentes mientras Tim y Katarina hablan. Muchos están con los brazos cruzados. Casi puede palpar la tensión que hay en el ambiente, y supone que hay conflictos de algún tipo sin resolver.

Pero Tim y Katarina parecen formar un buen equipo y disfrutar trabajando juntos. Las escasas veces que Cilla ha quedado con Tim, le ha parecido que es un hombre justo y profesional que no tiene miedo de trabajar con mujeres con opiniones propias. Se lo ve seguro de sí mismo, está en forma y es descaradamente guapo.

Le gusta.

—Ahora tengo que irme a toda prisa a otro lado, así que espero que seáis amables y acojáis bien a Cilla —dice Tim, y asiente hacia ella antes de irse otra vez.

La habitación se queda en absoluto silencio.

***

Su corazón golpea con fuerza y trata de hacer contacto visual con Tim, pero él mira a todo el mundo excepto a ella. ¿Por qué la está evitando? ¿Por qué se comporta de manera tan extraña otra vez? ¿Y por qué tanta sonrisita y tanto hacerle la pelota a esa tal Cilla?

Esto la hace sentir mal, muy mal, y percibe que quizá todo esté a punto de escapársele de las manos. Si era a ella a quien le iban a encargar los temas relacionados con la inauguración…, ¿no? Al menos, iba a participar, ¿no? Sobre todo, era él a quien podría…

Katarina está ahí, como una hipócrita, con su traje de rayas con estampado de piel de tigre, haciendo como si nada. No puede haber sido todo pura palabrería por parte tanto de Tim como de Katarina, ¿no? «Va a merecer la pena», bla, bla, bla. Sí, y una mierda. Da otro sorbo al café y le devuelve una sonrisa falsa, pero Katarina no la mira.

Cuatro años.

Cuatro años ha estado a disposición de este centro comercial, aparte de su trabajo habitual, pero se ve que eso no significa nada.

Mira a su alrededor para comprobar las reacciones de los demás, pero todos parecen estar superocupados escuchando al adefesio pelota. Todos menos Lotta, de la tienda Cubus, que está hurgándose las uñas plateadas con una maldita joya, y Louise, de H&M, que mueve la taza de café vacía de un lado para otro, rayando la madera con la cerámica, y la está volviendo loca. Jonas, de la tienda Stadium, juguetea con el teléfono y finge recibir un SMS muy importante y la nueva de pelo verde de The Body Shop sonríe todo el rato y parece tonta del todo, sentada en la ventana con su compañera. Sofie, de la tienda Åhléns, mira de reojo en su dirección, pero no piensa dignarse a dirigirle siquiera una mirada, sabe lo que va a decir. Mona, de la tienda Cervera, al menos le lanza una mirada de odio a la zorra. Parece que puede confiar en ella.

Cuando la reunión por fin ha terminado, coge las escaleras y sale deprisa a la calle Centralgatan, hacia la estación de autobuses Navet para que le dé tiempo a coger el autobús a Granloholm. No quiere hablar con ninguno de esos malditos falsos. «Oh, eres tan buena. ¿Qué haríamos sin ti? Eres la mejor, sin más».

El inusual aire frío de mayo le pega en la cara y refresca sus mejillas coloradas. Suspira al ver la nieve que ha caído. Como si por hoy no tuviera ya suficientes desgracias.

O sea, que todo su esfuerzo no ha servido de nada. Todas las horas que ha estado llevando cajas con decoración de Navidad, ha subido escaleras, ha trabajado gratis y se ha ofrecido sin recibir siquiera un «gracias». Ay, sí, claro que sí, le dieron una caja de bombones Aladdin en la reunión de la Navidad pasada.

Gracias por nada, vamos.

El autobús se desliza en la nieve fangosa y ella se agarra al asiento de delante. Cuando mira fuera, a través de la ventanilla, remite lo peor de su ira y se transforma en un pesado nudo en el estómago. ¿Qué va a decirles ahora a mamá y papá? Su hermana echará leña al fuego otra vez mientras sus padres la miran con indulgencia, ladeando la cabeza, como siempre.

Si tan solo hubiera podido mantener su bocaza cerrada hasta estar segura… Pero ya es demasiado tarde, tiene que inventarse algo otra vez.

Cuando se baja del autobús, se tropieza con sus propios pies y suelta un taco al caer sobre su muñeca en la nieve semiderretida. «Nieve en mayo, qué locura», piensa antes de ponerse de pie con rapidez. Se arregla el pelo rojo recién teñido y se repasa el pintalabios para hacerse un selfi. El fin de semana anterior había estado sentada en el balcón a punto de derretirse, bebiendo vino rosado, y ahora esto.

Tras hacer un buen puñado de fotos, por fin queda satisfecha con el ángulo, de manera que tanto la nieve del suelo como el puchero en primer plano salgan perfectos. «Lo que bajo nieve se oculta, en el deshielo aflora», escribe, una vez elegido el filtro que va a poner en Instagram.

Entra en el apartamento vacío y va directa a la despensa a coger la botella de whisky y una copa. Tras dar tres tragos y poner muecas de desagrado debido al asqueroso sabor de la bebida, saca el teléfono. Sabe que no puede llamar a Tim a estas horas de la noche. Corre el riesgo de que su mujer lo oiga, pero es que necesita hablar con él, nada más. Escribe un SMS:

Llámame en cuanto puedas.

Mientras aguarda con la esperanza de que en esta ocasión él le devuelva la llamada, se acerca a la jaula que hay en el suelo y echa un poco de queso. Después, aparta todo el correo que hay encima de la mesa de la cocina y mueve de sitio la taza de té de esa mañana antes de poner en marcha el ordenador y buscar el nombre en Google.

«Vamos a ver qué tenemos por aquí, señorita Cilla Fallander. Vaya, vaya con la señora». Aparecen varios artículos del Periódico de Sundsvall.

«¿Artista de espectáculos? ¡Y una mierda! Venga, hombre…».

Rellena el vaso de whisky y da unos buenos tragos más. ¿Por qué no llama? Quizá le haya contado ya a su mujer que quiere separarse. Tal vez en este preciso instante la señora Larsson esté llorando; más o menos como ha estado haciendo ella durante un año mientras esperaba disfrutar de las migajas. Pero ya se acabó la espera, él se lo ha prometido. Pensándolo bien, le ha prometido muchas cosas.

Saltan notificaciones en rojo en la aplicación de Facebook y no puede evitar entrar y ver quién puede querer algo de ella.

«Ah, el grupo GSCC parece haberse despertado esta noche».

Grupo Secreto del Centro Comercial.

El grupo está formado por algunos de los que trabajan en el centro comercial, y ella no sabe ni por qué se unió. Rara vez se trata algo emocionante y, en cualquier caso, ella nunca se manifiesta. Solo suele leer lo que los demás escriben para estar un poco al día. «Igual han escrito algo sobre la reunión de esta tarde». Hace clic y lee.

Ella Andersson:

Administradora, 9 de mayo a las 22:13 horas

Bueno, y entonces, ¿qué tenemos que decir sobre la reunión de esta tarde? Tanto que han hablado sobre la importancia de la inauguración y van y contratan como jefa de proyecto a una chica joven de la zona que viene del mundo del espectáculo. Me preocupa. ¿Qué pensáis vosotros?

Lotta Lindén:

Estoy contigo, Ella. Pensaba que seleccionarían a alguien profesional ahora que de verdad habían prometido apostar por ello.

Hasse Larsson:

Sí, pero, en realidad, no lo sabemos, quizá sea más profesional de lo que creemos. Mi parienta estuvo la Navidad pasada en un show que la tal Cilla había producido y, al parecer, era muy profesional para ser un espectáculo local.

Lotta Lindén:

Pues, entonces, no nos queda otra que tener fe.

Hasse Larsson:

Espero que ponga en marcha algunas actividades incluso ahora, en verano, para que haya algo de movimiento. Nuestras ventas han caído de forma drástica en comparación con el año pasado.

Sofie Stål:

No daba la impresión, precisamente, de que se hubieran puesto de acuerdo sobre el tema, ¿verdad?

Hasse Larsson:

¿A qué te refieres, Sofie?

Sofie Stål:

A que cuando Katarina ha dicho algo sobre que ella también iba a ser la gerente del centro, la ha pillado por sorpresa.

¿O solo me lo ha parecido a mí?

Continúa leyendo la conversación. Ninguno de ellos parece tener opinión alguna sobre que, al parecer, ni la hayan tenido en cuenta para el puesto de jefa de proyecto, a pesar de todo lo que había hecho por ellos. Pero siente cierta satisfacción al ver que, con toda probabilidad, las cosas no van a ser tan fáciles para la Cilla esa. Vuelve a comprobar los SMS antes de dar el último trago del vaso y cierra el ordenador de un golpe.

***

—Aquí esta tu oficina —dice Katarina, y da un paso dentro de la habitación—. No es que vayas a estar sentada aquí dentro muy a menudo. Estarás, sobre todo, recorriendo las tiendas —continúa.

—Humm —dice Cilla, intentando fingir que la sigue.

—Van a acristalar el patio interior y será tanto cafetería como restaurante —continúa Katarina; se inclina hacia delante y mira hacia el caos de las obras—. La torre del techo es una sauna muy chula. Te la enseñaré otro día, cuando tengamos tiempo. Ven y damos una vuelta al centro comercial, ahora que está cerrado.

Anda a un ritmo vertiginoso con sus largas piernas, y Cilla se ve obligada a ir correteando para poder seguirla. Cuando vuelven a la cocina de empleados, Katarina saca una carpeta gruesa de su maletín y se la entrega a Cilla.

—Esto es lo que incluye tu cargo. Léelo cuando tengas tiempo.

—Por supuesto que lo haré, pero estaría bien si pudieras contarme algo más sobre lo que hace un gerente del centro. Pensaba que iba a ser solo jefa de proyecto para la inauguración.

—Claro, eso es así, pero creo que te vendrá bien conocer a la gente de las tiendas y adquirir una visión de toda la actividad del centro para poder montar la inauguración de la mejor manera posible.

Finalizan la reunión, y Cilla tirita al salir y encontrarse nieve en el suelo. ¿Qué diablos pasa? Hace nada estaba aquí el calor del verano. Cuando está sentada en el coche, aprovecha para llamar a su hermana pequeña, Jossan, y le cuenta en pocas palabras la reunión en la que acaba de estar.

—Ya verás como seguro que sale todo bien —dice Jossan.

—A lo mejor es cosa mía, pero no me sentí precisamente bienvenida por parte de los que trabajan en el centro comercial. Parecía que algo se cocía en el ambiente.

—Espero de verdad que te lo estés imaginando. Ya has tenido suficiente drama en tu vida por un tiempo.

—Exacto. ¿Puedes creer que esté nevando en Sundsvall?

—¿Estás de coña? Yo estoy sentada en una terraza tomándome un vino rosado.

—Creo que me piro a Estocolmo directamente. Es una locura que esté nevando en mayo. Hace tres días hacía un sol radiante y estaba en el porche de casa tomando el sol.

—Seguro que la nieve desaparece tan deprisa como ha caído —comenta Jossan.

***

Diez minutos después, Cilla gira hacia la entrada del garaje, en Haga. Es un honor para ella encargarse de ese trabajo tan emocionante que tanto tiempo ha estado esperando, pero una sensación extraña se le ha extendido por el cuerpo y no sabe determinar si es un cosquilleo de expectación que le pone la piel de gallina o si es malestar. Mete el coche en el garaje y cierra de forma minuciosa el cerrojo, ya más o menos arreglado. Antes de abrir la puerta, se sacude la aguanieve contra la escalera de hormigón.

—¡Hola, ya estoy en casa!

—Hola, cariño, estoy aquí dentro —responde su madre desde el salón.

Cilla encuentra a Vera en el sofá con un libro entre las manos.

—¿Quieres una taza de café antes de irte? —pregunta Cilla.

—Locuela, si quiero dormir algo por la noche, no puedo beber café a estas horas. Los niños y yo nos lo hemos pasado muy bien hoy, pero ya están durmiendo tranquilos. ¿Qué tal te fue en la reunión?

—Me fue bien. Lo único, que había mucha información que digerir.

—Eso siempre pasa ante algo nuevo. Ya verás que va a ir muy bien, seguro. Piensa que ahora tendrás un salario fijo durante varios meses. Será un alivio poder relajarte un poco después del caos del año pasado con todos los espectáculos de Navidad, los artistas pirados y…, bueno, ya sabes, eso que le pasó a Bianca.

—Seguro que va a ir genial —dice Cilla, y se gira hacia la tele.

Algo le dice que la palabra «relajarte» no va a ser la mejor descripción para este puesto. Por otra parte, no tiene miedo a trabajar duro y sí ganas de ponerse manos a la obra.

—Me voy a casa con papá. ¿Te haces cargo de cerrar bien con llave cuando yo salga?

—Por supuesto —responde Cilla, y, cuando se va su madre, comprueba primero la manilla de la puerta del sótano antes de cerrar la puerta principal con llave.

Cuesta creer que solo haya pasado medio año desde el drama que vivió el otoño pasado.

Sube y echa un vistazo a los niños antes de sentarse en el sofá y abrir la carpeta gruesa que le ha dado Katarina. Punto por punto, va leyendo el índice, que está escrito a mano con una caligrafía historiada.

«Publicidad. Limpieza. Eventos. Reuniones internas. Dinero recaudado en los baños. Comité de dirección. Cuidado y limpieza de suelos. Gestión de residuos. Retirada de nieve. Empresa de servicios de vigilancia y seguridad. Club de clientes. Redes sociales. Presupuesto…».

Dios mío, pero ¿dónde se ha metido? Nadie le dijo nada de esto cuando aceptó el trabajo. Ella iba a contratar a los artistas para la inauguración, montar actividades divertidas y encargarse de todos los preparativos relacionados con el gran evento de cuatro días de duración en agosto. Un gran espectáculo con un presupuesto casi ilimitado en el que iba a ser tanto productora como directora. Pero esto va mucho más allá. ¿También va a encargarse de la gestión de residuos y el cuidado y limpieza de los suelos? Lee los epígrafes una vez más. Tiene que llamar a Tim y preguntarle.

En ese momento, suena el teléfono a su lado y ve que es Henke.

—Hola, cariño, ¿qué tal? —pregunta.

—Bien —dice ella; bosteza, hojeando distraída la carpeta.

—¿Qué tal ha ido el encuentro de esta tarde con toda esa gente?

—Ha sido…, humm, interesante. Al parecer, el proyecto incluye ser una especie de gerente de todo el centro comercial. No sé ni lo que significa eso.

—Suena raro, pero quizá esté bien.

—Humm, eso espero. Tengo tantísimas ganas de que esto salga bien… Es una oportunidad entre un millón la que me han dado para demostrar lo que valgo. Bueno, ¿y qué tal te va a ti?

—Estamos mezclando un nuevo tema y luego vamos a tomarnos una cerveza. ¿Los chicos están bien?

—Están durmiendo. Mamá acaba de irse.

Cilla empieza a contar cuántas semanas faltan para que se acabe el segundo cuatrimestre y Henke vuelva a Sundsvall. Aunque se ha acostumbrado a llevar todo ella sola durante las semanas que él está en Estocolmo estudiando, tiene ganas de que lleguen las vacaciones de verano. Después, solo quedará un año para que termine la formación de productor musical y para que la vida vuelva a la normalidad y puedan ser dos para todo.

—¿Tenemos algún plan para el fin de semana? —pregunta Henke.

—Tengo espectáculo de empresa el viernes, así que estaría bien que pudieras llegar a casa a tiempo.

Cuando la conversación ha terminado, deja la carpeta a un lado y entra en Instagram. Bianca ha subido varias fotos del aeropuerto de París y Cilla se alegra al ver lo feliz que parece. Es lo mejor que Bianca podía hacer después de todo lo que le ocurrió el otoño pasado. Cambiar de aires y ser au pair en París, y evitar así los recuerdos.

La pequeña y bella Bianca, que contrató como coreógrafa para los espectáculos de Navidad que montó el año pasado, pero que en mitad de todo fue la terrible víctima de una persona enferma.

«Très chic, mademoiselle», comenta Cilla; deja el teléfono, reclina la cabeza y cierra los ojos. Hace ya mucho tiempo, pero algunas cosas las recuerda como si fuera ayer. Ella debía tener unos diecisiete años, igual que Bianca. O quizá dieciséis. Se levanta y abre el aparador que hay junto a la mesa del comedor; ahí piensa que estará el libro. El libro con todas las fotos de sí misma en París. Sí, está ahí, abajo de todo, debajo de los libros de cocina y los álbumes de fotos. Se mira a sí misma en el álbum polvoriento, pero pasa con rapidez la foto en la que lleva un collar de perro al cuello y un trozo diminuto de tela alrededor del cuerpo.

***

Bianca sigue a todos los demás pasajeros a través de los largos pasillos del gran aeropuerto. Se topa con un montón de fotos de personas y bonitos edificios, probablemente, franceses. «Hola, hola, Mona Lisa».

Y pensar que está de verdad en París… La que era la ciudad de los sueños de su madre, pero que nunca pudo visitar. La maleta verde militar que un vecino le ha prestado viene por la cinta, y tiene que luchar para cargar con ella antes de dirigirse a la sala de llegadas. Ha sido fácil reconocerla entre todas las demás maletas negras y lisas con ruedas. Cuando ve cómo los demás pasajeros se marchan con tanta facilidad con sus maletas rodando, siente vergüenza por su armatoste pasado de moda y entiende por qué el vecino podía prescindir de ella durante un período de tiempo largo. Su familia nunca ha viajado más allá de las fronteras de Suecia; pensándolo bien, casi ni tan siquiera más allá de Sundsvall. Quizá Bianca es la primera de la familia en volar. O, a lo mejor, su padre ha volado sin que ella lo sepa. Mira a su alrededor y ve que hay carros que pueden cogerse prestados para dejar maletas ridículas encima y no tener que cargar con ellas. Siente burbujas en el estómago a causa de los nervios. ¿Y si con la que va a vivir es una familia horrible? ¿Y si no entiende nada de lo que dicen? Sigue los carteles para encontrar un baño; ahí mete la maleta a presión en el cubículo y se sienta con las piernas a un lado para que quepa. Pero, por muy horrible que sea, no puede ser peor que su casa.

Cuando sale a la entrada, ve a un hombre que está enfrente de ella agitando las manos con un cartel en el que pone su nombre. Es tal y como se lo había imaginado. Es tan bajo como ella y aún más delgado.

—Bonjour, Bianca, y bienvenida —le dice él, estrechándole la mano.

Cuando habla, su prominente bigote se mueve de arriba abajo, y a ella le recuerda a un personaje de una comedia que ha visto alguna vez. Así que este es el padre de la familia con la que va a vivir y para la que va a trabajar. Salen hacia el coche y siente el golpe del calor que se posa en su cara como una manta mojada. Él la ayuda a meter la maleta en un pequeño Citroën rojo e inician el viaje en silencio hacia el bosque de Bolonia, o al menos a la zona aledaña, donde vive la familia. «Bueno, silencioso, silencioso…», Bianca está callada, pero el hombre dice tacos: ella sabe lo que significa «merde». Hace gestos feroces a todos los demás conductores con la mano en la que sostiene un cigarrillo. Con la otra, al menos, sujeta el volante. Bianca intenta pensar algo que tenga sentido con el léxico que tiene gracias al francés del colegio, pero llega a la conclusión de que no hay nada que pueda decir.

Al menos, no en francés.

Por el camino, pasan de largo un Ikea y ella traga saliva mirando hacia delante. Ya siente nostalgia.

El asfalto parece vibrar del calor. Entran en la ciudad con las ventanillas del coche bajadas del todo. Ella absorbe los nuevos aromas. Huele un poco como en el parque de atracciones, a algodón de azúcar mezclado con incienso y a pan recién hecho.

Cuando llegan al edificio donde la familia tiene su piso, Bianca primero se horroriza y luego se queda impresionada con la forma que tiene el padre de aparcar en línea. No entiende ni cómo es posible meter el coche en ese espacio tan pequeño. Si bien es cierto que empuja un poco hacia delante el vehículo de enfrente, al que da un golpe, y luego hace lo mismo con el de detrás. Pero entrar, entra.

Arriba de todo, en el sexto piso sin ascensor, vive su futura familia. El padre menudito la ayuda a llevar la maleta grande y, al abrir la puerta de su piso, está completamente sudado. Bianca se queda fuera, mirando hacia la entrada con una mezcla de curiosidad y miedo centrifugando en su estómago.

—Bonjour, Bianca, y bienvenida a París —dice la amable mujer embarazada.

Tiene la tripa más grande que Bianca ha visto en su vida, y ya ha tenido ocasión de ver bastantes tripas. ¿Y si son gemelos otra vez?

—Yo soy Édith.

Bianca se acerca a Édith para darle un abrazo, ya que se han escrito unas cuantas cartas, pero, en vez de eso, recibe tres besos en la mejilla. Derecha, izquierda, derecha.

—Y yo soy Bianca. ¿Qué tal todo? —alcanza a decir en francés, por decir algo, mientras entra. Resulta que el piso entero es igual de grande que el salón de su casa en Sundsvall.

Sin embargo, el perro, que se llama Tarzán, es más grande que ella y la cocina entera juntas. Las niñas vienen corriendo hacia ella y se esconden detrás de su grandota madre. La miran, asomándose a escondidas.

—Yo me llamo Céline —dice la niña mayor.

—Esta es Danielle y esta es Adèle —dice Édith, y dirige a las dos niñas gemelas delante de ella.

El piso se distribuye en un pequeño salón, una cocina pequeña donde solo cabe una persona a la vez, o Tarzán, y dos dormitorios. En uno de ellos duermen las tres niñas, apiladas una encima de la otra. En el que, en realidad, es el dormitorio de los padres, es donde va a dormir Bianca, porque, al parecer, pone en el acuerdo que todos los au pairs han de tener dormitorio propio. En el salón duerme en un sofá cama la madre, tan embarazada que está a punto de estallar, con su marido; al menos, los fines de semana que el marido está en casa. Entre semana, Édith tiene todo el sofá para ella, ya que François se desplaza a su lugar de trabajo en Burdeos. Es allí adonde se va a mudar toda la familia dentro de un par de meses, y ese es el motivo por el cual necesitan a Bianca para echar una mano y unos pies extra ahora que la madre tiene dificultades para moverse con normalidad.

A Bianca se le traba la lengua y solo quiere hundirse a través del suelo de madera oscura. De repente, no sabe decir ni una sola palabra a pesar de haber dado clases de Francés varios años.

¿Cómo va a salir de esta?

Édith la lleva a su habitación y, al cerrar la puerta, lo único que quiere es tumbarse sobre la cama y llorar. No, más bien quiere volverse a casa, a pesar de todo. A casa con papá y Oliver. Oye cómo las niñas juegan fuera y, al final, no pueden resistirse y terminan abriendo la puerta y saltando sobre su cama, que es casi tan grande como toda la habitación. O, mejor dicho, la habitación es igual de pequeña que la cama. Édith viene tambaleándose e inclinada hacia atrás, apoyando la espalda en las manos, y regaña a las niñas con un tono de voz fuerte. Bianca es capaz de entenderlo aunque no le dé tiempo a comprender ni una sola palabra. A juzgar por el semblante abatido de las niñas y por cómo miran a Bianca, decepcionadas, cuando van saliendo una detrás de otra de la pequeña habitación, piensa que la madre tiene que haber dicho algo como que Bianca no quiere que la molesten, o algo por estilo. Y la verdad es que no quiere, pero la madre quizá no debería echarle la culpa a ella el primer día. Para que esto funcione, tienen que hacerse amigas.

Bianca intenta ahogar un bostezo. Va con Édith a la pequeña cocina y mira a su alrededor.

—¿Puedo ayudarte en algo? —pregunta, sirviéndose de gestos y lenguaje no verbal.

—No, no hace falta, pero ¿puedes jugar con las niñas?

Se da la vuelta hacia el salón, donde están las niñas sentadas en el suelo, jugando con sus muñecos. El padre de familia está sentado viendo la tele y fumando. «Qué asco», piensa Bianca, y no logra recordar si alguna vez ha visto a alguien en Suecia fumar en casa. Bianca se sienta con las niñas en el suelo. Les sonríe con timidez y, tras un rato, encuentran un juego al que Bianca también puede jugar.

Édith está preparando un guiso de pollo que huele bien y Bianca se ofrece a poner la mesa. Las tripas le piden comida a gritos. Se sientan alrededor de la mesa de madera pintada de marrón y Bianca se esfuerza para entender lo que dicen e intenta responder lo mejor que puede, pero solo le salen respuestas cortas. Tras el animado rato de la cena, Bianca recoge la mesa y se ofrece a fregar, agradecida por poder estar a su aire un rato. Es agradable no tener que hablar con nadie ni tratar de ser simpática y, además, tiene ganas de irse a la cama.

Una vez las niñas se han cepillado los dientes y se han acostado, por fin puede retirarse a su propia guarida. Ha sido un día muy muy largo.

Dentro de su habitación hace un calor sofocante y abre el balcón francés orientado hacia el patio trasero. Unas bonitas flores trepan por las fachadas, hay ropa tendida y el aroma a detergente pasa de largo de vez en cuando. Espera a que el piso esté en completo silencio para salir sigilosamente al baño y prepararse para dormir.

Antes de dormirse, entra en Instagram y ve que ha recibido algunos comentarios en su publicación. Uno de ellos es de Cilla, y siente dolor de corazón cuando piensa en ella. Huele bien, a la ropa de cama recién lavada, y Bianca se gira de lado y deja caer las lágrimas en la almohada, despacio. A pesar de estar medio anestesiada del cansancio, últimamente siempre siente angustia antes de dormirse. Sabe que las pesadillas pronto van a despertarla otra vez.

Martes, 15 de mayo

Faltan 100 días

Cilla saca de la maleta el vestuario del espectáculo, que ha estado olvidado en la bolsa desde el show a finales de diciembre. Apesta a sudor rancio y reseco, y a plástico, y por poco le entran arcadas mientras intenta separar las perneras rígidas de los pantalones de plástico lisos para echarlos a remojo. «Cinco meses pasan deprisa», constata, y siente una opresión en el pecho cuando piensa en la velada final. Desde entonces, ha revivido muchas veces la escena en que sus amigas estaban dentro del baño de mujeres metiéndose con ella. ¿Hizo una montaña de un grano de arena al haberles parado los pies y haberse puesto firme, o hizo lo correcto? Ninguna de ellas ha dado señales de vida desde entonces y ella, por su parte, tampoco. Ha estado tentada muchas veces, con el teléfono en las manos, pero ha logrado contenerse. No puede ser ella la que vuelva arrastrándose, para una vez que se atreve a imponerse. Pero no puede evitar preguntarse cómo estarán. Al fin y al cabo, han sido sus amigas durante muchos años. O, al menos, eso creía. «Bueno, en Facebook parecen estar bien», piensa mientras llena la lavadora.

Dentro de dos horas ha quedado con Tim Larsson para que le dé más información sobre la inauguración, y esta noche viene el grupo del espectáculo a su casa para repasar los números que van a hacer el viernes. Mientras sorbe los restos de espaguetis boloñesa del día anterior, revisa las letras de las canciones que hay encima de la mesa.

Cuando ha terminado de comer y se ha arreglado, coge el coche para ir al centro, a la oficina de la inmobiliaria Norrsidan, en la calle Storgatan, y aparca detrás del centro cultural Kulturmagasinet. Hoy no solo brilla el sol, sino que también ha vuelto el calor por fin. Los pájaros parecen sentirse tan felices como ella. La ciudad se ha llenado con rapidez de atuendos de verano y todo lo que parecía estar muerto ha vuelto a la vida, como decía la canción de Ted Gärdestad. «También cuadra en lo que a las personas respecta», piensa, y sonríe a todos y cada uno de los que se cruza por la calle. Hace nada todo el mundo iba vestido de negro y mirando al suelo, pero ahora lo que se lleva es el rosa, el blanco y el contacto visual. Solo eso hace que el cuerpo entero rebose de vida.

Subiendo de camino a la calle Storgatan, pasa por delante de la tienda que hace muchos años fue su lugar de trabajo, en aquel entonces, cuando era una agencia de viajes. Muchos recuerdos la invaden. Fue allí donde llamó Sonny Berg para contactarla la primera vez. El famoso director de una discográfica, además de un cerdo, que en su juventud había roto sus sueños de artista. Él ha marcado su vida en muchos aspectos. Por desgracia, más en sentido negativo, pero una cosa que quizá fue positiva es que desde temprana edad decidió que en ningún caso dejaría su carrera o su vida en manos de otros, lo que intenta mantener hoy en día. Quiere ser libre como un pájaro y decidir por sí misma. Al pasar por la vieja tienda de café que tantos años ha estado en la ciudad, la alcanza un maravilloso aroma a granos recién molidos cuando una mujer abre la puerta y sale con su bolsa.

La recepcionista de la inmobiliaria Norrsidan la deja pasar y sube las escaleras, puesto que, extrañamente y por una vez, ha salido de casa con tiempo. Es fuerte pensar que ha habido gente pisando estas escaleras, ya desgastadas, durante más de cien años. ¿Quiénes han pasado por ahí? ¿Cómo vivían? ¿En qué trabajaban? ¿Y cómo lograban hacer acrobacias para diseñar estas increíbles pinturas en los techos y paredes? Al mirar hacia arriba le cruje la nuca.

Tim recibe en persona a Cilla cuando la dejan pasar.

—No tuvimos tiempo de hablar la última vez, ¿fue todo bien cuando disteis una vuelta por todas las tiendas después de que yo me fuera? —pregunta él.

—Sí, por supuesto, todo muy bien —responde.

—Vale, entonces, solo es cuestión de seguir trabajando. La inauguración en sí, como sabes, es el jueves, 23 de agosto, y después continuarán los festejos otros tres días. Me gustaría tener una reunión de seguimiento semanal a partir de ahora para que me mantengas al tanto de cómo va todo.

Cilla toma notas al mismo tiempo que intenta averiguar si es momento de preguntar sobre lo que supone el cargo de gerente del centro.

—¿Cuánto has avanzado en las actividades y con los artistas? —pregunta él.

—Tengo unas cuantas ideas y algunas empiezan a materializarse. Pero estoy a la espera de respuestas definitivas por parte de varios artistas. Me he dado cuenta de que se toman su tiempo en contestar.

Tim se pone de pie y camina hacia la puerta.

—¿Te cuento algo más sobre el tema la próxima vez que nos veamos?

Cilla se levanta, insegura, y lo sigue. Sí que ha sido una reunión corta.

Tim le sujeta la puerta y mira el reloj.

—Sí, eso estaría bien, tengo mucho lío ahora mismo.

Fuera hay tres hombres sujetando unas hojas de papel grandes pegadas de forma que parecen trozos de cartón negros.

—A lo mejor podéis aprovechar para saludaros —comenta Tim, y los tres hombres le estrechan la mano.

—Cilla Fallander —se presenta, y acepta sus manos, uno a uno.

—Esta es la agencia publicitaria que se va a encargar de todo el marketing —dice él, y asiente hacia los hombres—. Y esta es la jefa de proyecto de la inauguración. Seguramente, a partir de ahora trataréis unos cuantos temas juntos —termina antes hacerlos pasar a la habitación, y Cilla comprende que ha llegado el momento de irse.

«Ya preguntaré por el rol de gerente del centro la próxima vez que nos veamos; de todos modos, parece muy estresado. A lo mejor, no entendí bien a Katarina», piensa mientras baja las escaleras a toda prisa otra vez. August y William están en la guardería y debería aprovechar para hacer la compra antes de ir a recogerlos.

El coche suena raro al arrancarlo, pero al tercer intento se pone en marcha. Ahora no puede pasar nada. En los últimos meses solo le han hecho algunos encargos para cantar y ha tenido que tirar de lo último que quedaba del dinero de los espectáculos de Navidad para salir adelante.

Ve que tiene una llamada perdida de su hermana Jossan y aprovecha para llamarla desde el coche.

—Hoy ha vendido su primer piso esta nueva agente inmobiliaria —grita Jossan.

—Enhorabuena, ¡qué bien! ¿Era bonito?

—No demasiado, pequeño de cojones, pero aquí en Estocolmo están todos locos. Cinco millones por «un pisito de dos habitaciones con posibilidades» —ríe—. O sea, si vuestra casa estuviera aquí os darían todo el dinero del mundo por ella.

—Pero resulta que no está ahí y, además, queremos seguir viviendo aquí.

—¡¿Cómo?! ¿No echáis de menos ir en metro o estar atrapados en atascos de varias horas?

—Ni lo más mínimo —contesta Cilla, entrando en el aparcamiento de la tienda—. ¿Cuándo vienes a casa? Te echo de menos, hermanita.

—Ni idea, pero te aviso cuando vaya, claro.

Dentro de la tienda, llena una cesta con los productos a toda prisa y va a la caja. En la cola, delante de ella, hay una mujer morena despeinada a la que le parece reconocer. La mujer se da la vuelta y sonríe como si la conociera.

—Nos vimos en la reunión interna en el centro comercial la semana pasada —explica la mujer mientras empieza a descargar sus productos en la cinta. Cuando ha terminado y ha dejado la cesta en su sitio, le estrecha la mano a Cilla.

—Me parecía que te conocía, pero erais muchos allí, en la cocina —comenta Cilla al coger su mano.

—Mi nombre es Lotta Lindén y soy encargada de la tienda Cubus —dice, y se vuelve hacia la cajera para pagar—. Te deseo suerte para poner un poco de orden con esta pandilla.

—Ah, ¿sí?, ¿es una pandilla difícil con la que voy a tratar? —pregunta Cilla, y sonríe sin mucho entusiasmo.

—Ya te darás cuenta por ti misma, pero no es fácil conseguir que a muchas tiendas con estilos diferentes les guste lo mismo. Cada uno es fiel a sí mismo, por decirlo de manera diplomática —responde.

—Ya, comprendo —contesta Cilla mientras recoge sus productos de la cinta.

—Pero quizá no deberías darlo todo por perdido de primeras —sugiere Lotta antes de girarse para ir hacia la puerta.

A Cilla, en la caja, se le queda plantada en la cara una mezcla entre sonrisa tonta y mueca. Cuando ve cómo Lotta se da la vuelta y la fulmina con la mirada, siente una sacudida en toda la espalda.

Miércoles, 16 de mayo

Faltan 99 días

«No puede ser —había dicho él—. No puedo dejar a mi mujer y a la madre de mis hijos por mucho que quiera, tienes que entenderlo».

Pero ¿qué demonios tenía que entender? ¿Que Tim le había estado mintiendo durante todo un año? No, ya había entendido que solo estaba diciendo lo que tenía que decir. Podía oírse en su voz que lo habían obligado a soltar esas palabras. Probablemente, su mujer. «Lo que hemos tenido ha sido maravilloso, pero ya se acabó». Fue como si le dieran un puñetazo. No, mejor dicho, dos. Uno en el plexo solar y otro en la mejilla derecha.

«Ya se acabó».

Ya lo había dicho otras veces, pero era como si el significado de las palabras le llegara por primera vez en esta ocasión. Había recorrido de acá para allá su pequeño piso de una habitación con el teléfono, sintiéndose como un animal enjaulado. Como uno al que hubieran privado de todo honor y esperanza. Como un trapo de cocina maloliente que ha cumplido su función y lo relegan a la basura. No importaba lo que ella hubiera dicho o hubiera suplicado. Él había sido despiadado.

«Tienes que prometer que nunca más vas a llamar aquí, aunque solo sea por el bien de los niños».

Oye la voz pedante del doctor Phils hablar y hablar sin parar y decide cambiar de canal. Da con otro en el que sale esa maldita pareja que va reformando casas por ahí y tienen como ocho hijos a quienes hacen carantoñas al mismo tiempo que tiran paredes, tontean y decoran.

Y ella aquí, esperándolo fielmente durante todo un año. Un año de su vida desperdiciado por completo.

Igualito que la otra vez, con ese otro capullo, Patrik.

A estas alturas, podría haber tenido una familia si no se hubiera creído todas las promesas que le hicieron. En vez de eso, ahora está aquí sentada, sola en un piso de una habitación en Granloholm, con treinta y cinco años y soltera. Despreciada tanto en el trabajo como en su vida personal. Y el causante de ambas traiciones es Tim.

Por supuesto, ni sus amigos ni su familia han sabido nunca nada de la relación con Tim, sino que, sin más, han pensado que no ha conocido a nadie, que el mercado no la considera interesante y está condenada a seguir siendo una vieja solterona.

Bueno, amigos, amigos… No es que le quede ninguno, y los entiende. Cuando uno nunca se apunta a los planes, siempre se raja y se queda siempre en casa esperando para estar disponible para su querido, que puede aparecer en cualquier momento, al final dejan de contar contigo. Ahí ha estado, esperando en soledad, esperando para recibir las migajas cuando a él le ha apetecido. El shock que le ha causado su mensaje ha sido tan grande que ni cayó en preguntar por el puesto de jefe de proyecto de la inauguración del centro comercial. El puesto para el que ella creía que era la elegida.

El capullo ese…

El centro comercial, sí. Resultó muy humillante cuando Katarina presentó a la chica esa del mundo del espectáculo a la que le dieron el puesto, Cilla. ¿Qué sabrá ella lo que es organizar eventos en un centro comercial?, ¿acaso lo ha hecho alguna vez? Vale, tampoco es que ella se haya encargado de grandes inauguraciones, pero al menos ha adornado los escaparates en Navidad, en Semana Santa y también para distintos eventos. No porque tuviera nada que ver con su trabajo, sino porque le parecía entretenido y porque quería impresionar a Tim. De hecho, es una de las pocas que se conoce el centro comercial como la palma de su mano. Pero tuvo que aparecer de la nada la maldita Cilla esa.

—Habéis cometido un puto error enorme —se dice a sí misma en voz alta.

Tira de la mesa las cajas de pizza de la semana y pone los pies sobre ella antes de taparse con la manta. No tiene ganas ni de ver el sol y ha bajado las persianas

La garrafa de vino está vacía, así que también tira eso al suelo de una patada. Ha estado de baja toda la semana y siente que no va a ser capaz de volver al trabajo nunca. En cierto modo, es el lugar de trabajo de Tim también, y antes iba al centro comercial casi todos los días. Pero, pensándolo bien, ha sido Katarina Frolén la que ha estado allí en los últimos tiempos. Como si ella hubiera tomado el mando en el centro.

Por quinta vez en los cinco últimos minutos, mira su teléfono. Sigue sin haber respuesta alguna. «Tengo que darle a mi matrimonio una oportunidad», había dicho él, o algo por el estilo. Pero ¿y ella? ¿No se merecía ella también una oportunidad? ¿No ve él lo mucho que ella ha sacrificado? Arranca un trozo del rollo de papel higiénico y se suena la nariz. El pastillero vacío se cae al suelo con un golpe. Piff y Puff se despiertan y les rellena los comederos.

—Solo os caigo bien vosotros en el mundo entero —susurra, y acaricia con cuidado su pelaje marrón dorado.

Tampoco puede contárselo a nadie y, por tanto, no hay nadie que pueda consolarla. Nadie que pueda abrazarla y apoyarla en lo cerdo que es Tim.

A pesar de que, en realidad, no quiere, no puede evitar entrar en Facebook. Desplazar el cursor hacia abajo y repasar todos los maravillosos momentos con sus amigos es una apuesta segura si quiere avivar la sensación de ansiedad, pero, aun así, no puede parar de hacerlo. Es como una conducta autolesiva que provoca adicción. Hay fiestas, «Te mando un superbeso» aquí y allá, visitas a restaurantes con amigas, niños pequeños muy monos o gatitos a izquierda y derecha, y ella solo quiere vomitar encima de todo. En vez de eso, entra en la página del GSCC. Grupo Secreto del Centro Comercial. Sobre todo, hay mucha mierda acerca de que no hay ningún acontecimiento interesante en la ciudad y que las ventas disminuyen.

Suspiro.

Lotta Lindén:

Administradora, 16 de mayo a las 22:38 horas

O sea, esta maldita reforma va a acabar con mi tienda. ¡Hoy hasta han cubierto de plásticos nuestra entrada! ¿Cómo cojones van a entrar los clientes? ¿Creéis que me darán algún tipo de compensación por ello? Más bien diría que no, ¿no?

Ella Andersson:

¡Qué locura! ¡Tienes que llamar a Tim y exigir una compensación por pérdida de ingresos, o algo así!

Hasse Larsson:

A Tim no se lo ha visto hace tiempo, la verdad. Parece que, últimamente, Katarina ha asumido su rol. Casi lo mismo ha pasado en la nuestra. Grandes cajas con planchas de azulejos bloqueando toda la entrada hasta la hora de comer.

Lotta Lindén:

¡Pues, entonces, a la Cilla esa! ¿No es su trabajo ahora asegurarse de todo vaya bien?

Hasse Larsson:

Si lo he entendido bien, ella se iba a centrar, sobre todo, en la inauguración.