Aunque ya supiera el final - C. L. Polk - E-Book

Aunque ya supiera el final E-Book

C.L. Polk

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Ganadora del premio Nebula y finalista de los premios Locus, Hugo, Ignyte y World Fantasy. En el Chicago de los años 40 tienen cabida los pactos demoníacos, los clubs nocturnos secretos y las hermandades de hechiceros. Helen es detective y adivina, una auspex exiliada que vive como si cualquier día fuera el último, aceptando trabajos de poca monta y con escasas posibilidades de cambiar su destino. Cuando una misteriosa clienta le encarga localizar al Vampiro de la Ciudad Blanca en un plazo de tres días, las cartas parecen por fin favorecer a Helen. Si encuentra al peligroso asesino en serie que atemoriza Chicago, podrá enmendar los errores de su pasado y labrarse un futuro junto a la mujer que ama, pero en este mundo las cosas nunca son lo que parecen.

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Seitenzahl: 176

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Even Though I Knew The End – © 2022 by Chelsea Polk

This edition is published by arrangement with Donald Maass Literary Agency through International Editors and Yañez’ Co.

Todos los derechos reservados

© de la traducción: Carla Bataller Estruch, 2024

© de esta edición: Duermevela Ediciones, 2024

Calle Acebal y Rato, 3, 33205, Gijón

www.duermevelaediciones.es

Primera edición: septiembre de 2024

Ilustración de la cubierta: © Laura Pacheco, 2024

Corrección: Rebeca Cardeñoso

Diseño y maquetación: Almudena Martínez

 

ISBN: 978-84-128906-3-1

Producción del ePub: booqlab

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones previstas por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

 

 

 

 

Para Craig.Porque todas son nuestrascanciones, ¿verdad?

ACTO I

1

Marlowe me había ofrecido cincuenta dólares para salir al frío de Chicago y hacer un augurio y, como una imbécil codiciosa, acepté. Con Marlowe aún al teléfono, había calculado el momento ideal para la operación, mientras pasaba de mis cálculos en una hoja en sucio a las efemérides. Tuve que darme prisa para llegar a la escena del crimen durante la hora caldea de la luna, la mejor ventana para adivinar con los muertos. Cincuenta dólares es una suma generosa y, como la tonta que soy, creí que podría ganarlos a tiempo para disfrutar de mi último fin de semana con Edith.

Cómo no, todo iba mal.

Era culpa de Luna, cuya luz se reflejaba en unas bombillas recién destrozadas. Relucía en el asfalto húmedo y proyectaba mi sombra en el callejón negro, sobre la zona más limpia que se podía encontrar detrás de una carnicería. Alcé el péndulo de plomo y lo intenté de nuevo.

—Háblame, espíritu de la mujer difunta.

El plomo no hizo nada.

Algo no iba bien. El espíritu de Kelly McIntyre debería seguir vinculado al lugar donde había fallecido. Un espiritista mediocre puede hablar con los muertos durante tres días, sin importar dónde acaben, y yo era un poco mejor que eso. El espíritu debería estar moviendo el plomo plateado como un gatito, con unas ganas tremendas de contarme lo que le había pasado. Sin embargo, el péndulo colgaba hacia abajo, con una inmovilidad poco natural, como si nadie hubiera muerto en ese callejón.

Complicaciones. No necesitaba complicaciones. No tenía tiempo para ellas.

Llevaba la cámara colgada del cuello, con el objetivo de fuelle al máximo y el obturador abierto y lento. Marlowe tendría que conformarse con fotos del lugar, si en algún momento oscurecía lo suficiente para tomarlas.

Alcé la cabeza. Luna coqueteaba en el borde de una nube, pero no acababa de esconderse tras ella con su falsa modestia. Miraba el callejón desde lo alto; le daba igual que me estuviera congelando viva.

—Venga, señorita —musité al cielo—. Haz el favor de darme un respiro.

Ni siquiera debería estar allí, pero Marlowe, además de duplicarme la tarifa habitual, también prometió que la escena me resultaría interesante. Por el momento, no había visto nada que diera validez a su opinión. Y, sobre todo, tenía una cita en dos horas y no podía merodear mucho más en ese callejón. Guardé el péndulo en el bolsillo del pecho y metí las manos entumecidas debajo de las sisas del abrigo.

Miré de nuevo hacia la luna.

—Lo digo en serio, señora. Lárgate.

Y, milagro de milagros, lo hizo. La luz plateada se atenuó cuando Luna se escondió detrás de esa nube con la que había estado flirteando durante los últimos dieciocho minutos. Era hora de pisar el acelerador y salir cagando leches de allí.

Fuera guantes. Me hice un corte en el dedo meñique de la mano izquierda y siseé cuando brotó la sangre. Alcé la mano y recité:

—Sangre, vincúlate con la sangre para revelarla.

Tres gotas cayeron en el asfalto roto de entre mis pies y aterrizaron en el símbolo que había dibujado con una solución de pintura de radio y las esporas de un hongo japonés fosforescente recolectado en una noche sin luna.

El hechizo funcionaba por la unión de los principios de contagio y solidaridad. Mi sangre activaba las propiedades luminiscentes del radio y del brillo vivo del hongo, para conectarlas a la sangre que había sido derramada…

Mira, ¿sabéis qué? Vamos a saltarnos la explicación. Debajo de mis pies, el suelo empezó a emitir un brillo que se extendió desde las gotitas que había esparcido hasta llenar todo el callejón de detalles obscenos de color verde, del mismo tono que las manecillas de un reloj que brilla en la oscuridad o… sí, una seta mágica. La sangre no se limpia con facilidad. Marca todo lo que toca. La policía había fregado a base de bien el callejón, pero la sangre no desaparece por completo.

Aunque no había tenido la oportunidad de probar ese hechizo antes, no estaba nada mal para una chica que no debería saber cosas más peligrosas que el cálculo de las horas caldeas y un poquito de astrología.

El destello de orgullo ante el éxito de mi hechizo menguó cuando vi lo que había revelado. La escena del crimen parecía sacada de una pesadilla. Las paredes estaban pintadas con sangre; no con manchurrones escabrosos y frenéticos, sino con las líneas crueles y deliberadas de los símbolos mágicos. Ocupaban las paredes norte y sur, mientras que hacia el este y el oeste se extendían por el asfalto. Comprendía algunos, pero ¿el resto?

No es que me sonara a chino, ya que podía leer chino. Esas marcas me recordaban a los glifos astrológicos, a los sellos herméticos, pero esos también sabía leerlos. Me sonaban de algo y, sin embargo, no los conocía y no recordaba dónde los había visto antes.

Ya estaba bien de mirar aquello con la boca abierta. Tenía un sistema para fotografiar las escenas rituales y lo seguí. Saqué una foto, deslicé la pantalla sobre la exposición y guardé la placa en el bolsillo. Norte, este, sur, oeste. Fotografié los símbolos y las marcas con el ojo que todo lo ve de mi cámara Graflex. La había heredado de mi antiguo jefe, Clyde, quien habría tenido algo que decir sobre lo de poner al máximo la apertura y no usar un trípode, pero creo que, en el fondo, le habría impresionado el hechizo que hacía aquello posible.

Mientras fotografiaba un cuadrado mágico repleto de más símbolos raros, la piedra en mis entrañas se volvía más y más pesada. La sangre que, supuse, pertenecía a Kelly McIntyre, pintaba el suelo y las paredes en la compleja geometría de un círculo ritual muy diferente a cualquiera de los que había estudiado como mística. Aquello significaba problemas, peores que una casa encantada, peores que una maldición. Era alta magia ritual utilizada de la forma más macabra que había visto en mi vida.

Marlowe tenía razón. Aquel era un trabajo de la hostia y yo no disponía de tiempo para investigar más después de esa consulta. Ojalá lo tuviera, aunque sabía que todo el asunto gritaba: «¡Riesgo! ¡Peligro! ¡Amenaza mortal!». Por muy horrible que fuera, despertó enseguida mi curiosidad.

Otra placa entró en la cámara y me agaché en busca del mejor ángulo para captar las marcas en la pared septentrional.

Un momento.

Agacharse… Retrocedí y conté los ladrillos con el brazo levantado para no perder la altura de los ojos.

—Vaya.

El Vampiro de la Ciudad Blanca podría haber sido el Vampiro Enano. Según las marcas, medía uno sesenta. ¿Cómo iba un mequetrefe de ese tamaño a cargar con una amazona como Ruiseñor McIntyre hasta lo más hondo del callejón? Me pregunté en qué estado tendría las uñas el ave cantora. ¿Se había resistido o fue un peso muerto? ¿Podía sobornar a alguien en la morgue para averiguarlo?

Me estaba metiendo en el caso y no podía hacerlo. Solo tenía tiempo para sacar las fotografías. Me agaché de nuevo para retratar un cuadrado del alfabeto desconocido en la pared meridional. El obturador se abrió con un chasquido y el brillo en las paredes se intensificó durante un instante antes de que todo se volviera oscuro… o, mejor dicho, brillante.

—Mierda.

Luna había regresado tras su encuentro con la nube-tapadera y me iluminaba con toda su curiosidad.

Me quedaba un frasco más de solución lumínica, suficiente para otro hechizo, pero tendría que esperar… Alcé la mirada al cielo e hice unos cálculos. Otra media hora, por lo menos. Eso me dejaría al borde de la hora de Saturno, un momento poco propicio.

Seis fotos tendrían que bastar; la séptima seguramente habría salido mal. Puse una película nueva en la cámara, tenía los bolsillos cargados de placas de 96 x 99 milímetros. El brillo del hechizo había desaparecido, pero, de todos modos, eché un vistazo por el objetivo. Algo en mi interior quería una fotografía más y una mística no ignora su intuición.

Crujidos de cristales rotos bajo la suela de una bota. Una nueva sombra apareció en mi camino, una forma de hombros cuadrados y un sombrero fedora.

—¿Qué hace aquí? —preguntó un hombre, pero entonces resopló con incredulidad—. Santo cielo, es una mujer.

Mierda. Me habían descubierto y era culpa mía. No había puesto ninguna protección. No se me daba bien el hechizo de invisibilidad. Ni siquiera había colocado un alambre. Había sido descuidada y me merecía que me pillaran.

Dos hombres habían girado la esquina: uno alto y ancho de hombros, el otro de estatura más baja, con postura de boxeador. Pero ¿eran policías o ladrones?

La intuición aún me susurraba al oído. Apreté el botón con la lente apuntada hacia ellos; luego tomé aire y sonreí.

—La escena está limpia, pero un segundo vistazo nunca viene… Ah, maldición. —El resplandor de una estrella plateada de ocho puntas en la solapa del hombre más bajo me indicó con quién estaba lidiando y ya me jodería tener que doblegarme ante esa gente. Bajé las manos—. Qué tal, caballeros. Hace una noche agradable.

El más bajo se adelantó con la pistola en la mano. Pero en ese momento me fijé bien en el alto; a pesar de que las sombras le envolvían el cuerpo, mi corazón dio un saltito, lo conocía. La luz se desplazó para iluminarle la mitad de la cara y me olvidé de respirar. Ese mentón, esa boca… Incluso con diez años y treinta centímetros más, lo reconocí.

—¿Ted? —Di un paso adelante—. ¿Teddy?

—Helen. No deberías estar aquí.

—¿Helen Brandt? —El hombre bajo sonó encantado ante el escándalo—. ¿Sigues viva?

Ted y yo dimos un respingo.

—Cállate, Delaney —dijo mi hermano. Ya no le chirriaba la voz, equilibrada en un suave tenor.

Delaney daba igual, porque yo sonreía con tantas ganas que notaba el frío en las muelas. Ted estaba allí, justo esa semana de entre todas las demás. Allí, cuando pensaba que no volvería a verlo de nuevo.

—Teddy. Eres tú. ¿Te han transferido desde Ohio? ¿Has venido a Chicago a quedarte? Ya debes de estar iniciado. ¿Has conseguido el tercer grado?

El corazón me latía en el pecho como si tuviera que cargar con toda la banda que tocaba en mis venas. Ted. Mi hermano pequeño, no tan pequeño ya, de pie justo ahí y… con un semblante tallado en hielo.

—No tienes derecho a hacerme preguntas —replicó—. No puedes aparecer como si nada y preguntarme sobre mi vida.

Su mirada me desgarró entera y expuso el hueco debajo de mi corazón que nunca se llenaba. Tiempo atrás, había aceptado que no volvería a verlo, pero nunca me había reconciliado con esa idea. En el fondo de mi corazón, ansiaba verlo un instante más, con la esperanza de que me reconociera en cualquier parte. De que me viera como la hermana que había querido con toda su alma. Y quizá tuviera algo que guardar en ese pequeño espacio que había vaciado por su bien.

Las cosas no estaban saliendo como las había soñado. Ted me miraba con desdén, el rechazo visible en su rostro. No veía a un ser querido, solo a la bruja Helen Brandt… y jamás había deseado ver esa mirada en él.

Sin embargo, mientras el momento con el que había soñado se convertía en una pesadilla, los engranajes en mi cabeza no dejaban de girar. Teddy no había acudido a ese callejón por casualidad. Habían estado vigilando el lugar desde el principio. No eran policías. Ni ladrones. Eran magos de alto rango, y eso era peor aún.

Alcé el cuello del abrigo e hice acopio de toda mi dignidad. Yo era Helen Brandt. Y él, el iniciado Theodor Brandt. No revelaría ni un atisbo de nuestros asuntos familiares delante de un desconocido, aunque hubiera oído los rumores.

Saludé a Delaney con el ala del sombrero.

—¿Qué trae a la Hermandad de la Brújula a este sitio tan encantador?

—Bien que te gustaría saberlo —replicó Delaney con un desdén que seguramente habría copiado de una película—. ¿Quién te ha chivado el caso?

—¿Acaso el Vampiro de la Ciudad Blanca no aparece en todos los periódicos?

—Conque solo eres una ciudadana preocupada. ¿Y me tengo que creer eso de una bruja?

Ted no habló. Ni siquiera se movió. Mantuve las palabras bien encerradas, pero, si mi hermano cedía aunque fuera un centímetro, se lo contaría todo. Cogería cualquier clavo ardiente que me ofreciera y me aferraría a él como si mi vida dependiera de ello. Abrí las manos con las palmas hacia arriba.

—Ted. Solo intento ayudar.

Pero Ted dejó que fuera su compañero quien hablara.

—Te he preguntado qué haces aquí.

Por las líneas que formaban el delta de un río alrededor de sus ojos, Delaney era mayor que nosotros dos y se comportaba con la arrogancia típica de una autoridad arraigada. Podía parlotear todo lo que quisiera, Marlowe no me pagaba para delatarla a la Hermandad.

Alcé la barbilla tres grados más y tuve que bajar los ojos para mirarlo; escondí mi sonrisa socarrona cuando se envaró.

—Una corazonada. No podía quedarme quieta al ver que había ocurrido… algo oscuro. Y debe de haber un patrón en las horas de los asesinatos. Este ocurrió con el sol en ángulo recto con la luna, dentro de un grado de orbe relativo al aspecto mientras que en contraparalelo…

—Ah, ya —replicó el hombre bajo—. Eres astróloga.

—Auspex —lo corregí—. Que en latín significa…

—Ya basta, señorita Brandt. —Ted me hablaba como si fuera una desconocida. Como si no lo hubiera dado todo por él, todo lo que podía dar. Estaba allí plantado con hielo en el corazón, mientras el mío se rompía limpiamente por la mitad—. Comprendo la generosidad de su oferta, pero me veo en la obligación de rechazarla.

—Ted. —Tenía que intentarlo una vez más—. Teddy, muchacho. Créeme, por favor. Me…

Alzó la mano y chasqueó los dedos contra el pulgar en un pellizco silenciador. Las palabras se me atascaron en la garganta.

—Sé exactamente lo que cree que es ayudar. Debería marcharse, bruja, antes de que la llevemos a la Gran Logia.

Levanté la mandíbula antes de que pudiera aterrizar en el pecho. «Bruja». Fue como una bofetada. La Hermandad no trataba con amabilidad a la gente que se metía en sus asuntos. Pero ¿yo no significaba nada para él? ¿No tenía un corazón palpitándole dentro de ese cuerpo vivo que respiraba? ¿No sentía nada, nada en absoluto?

Ojalá me gritara por lo que hice. Ojalá pudiéramos soltarlo todo, tener una gran pelea a pleno pulmón donde él me dijera que no debería haberlo hecho y yo le dijera que lo haría otra vez, que lo quería demasiado para hacer otra cosa. Pero Ted era un muro de piedra y su compañero tenía un revólver, con lo que marcharme era una buena idea. De esa pistola podía salir una bala y alguien podía acabar herido.

Retrocedí un paso y mi lengua se estremeció cuando la liberó.

—Si necesitas ayuda…

Delaney me apuntó con la pistola y se me secó la boca.

—Largo.

—Voy. Que tengan una velada agradable, caballeros.

2

Regresé a State y Washington sin soltar ni una lágrima. El frío se me metió en el abrigo para envolverme el corazón y dejé que me alejara de esa parte de mí que quería caer de rodillas y llorar con el corazón roto por el hermano que no quería saber nada de mi persona, rabiar por la ironía de que regresara a mi vida tres días antes de que la abandonara. El viento me congeló las pestañas. Caminé todo lo rápido que el hielo de la calle me permitió.

No tenía tiempo para llorar. A Ted le daba igual si derramaba una lágrima o no, pero si llegaba a la cita con los ojos rojos e hinchados, arruinaría la velada. Respiré el frío y me lo enrollé en el corazón. Sigue adelante. Llora después. Tienes trabajo que hacer y poco tiempo para ello.

No debería haber aceptado la consulta. Pero lo hecho, hecho estaba, y tenía cincuenta dólares que ganar. Me encerré en el cuarto oscuro y me puse manos a la obra. Debía pasar ocho negativos por un baño de revelado, así que trabajé en la oscuridad sin dejar de mover las placas, justo como me enseñó Clyde. La Graflex estaba segura en su estante, derritiéndose después de tanto tiempo en el frío.

Me moría tanto por un cigarro que rechinaba los dientes. Pero tendría que esperar hasta que las ocho placas estuvieran reveladas y colgando de las cuerdas. Luego necesitaba una blusa que no apestara a la pistola con la que me habían apuntado. Los minutos transcurrían en mi cabeza y susurraban «llegas tarde, llegas tarde».

Cerré la puerta del cuarto oscuro a mi espalda, pero los símbolos de los negativos me siguieron fuera de la habitación. El Vampiro de la Ciudad Blanca celebraba sacrificios rituales para alimentar un tipo de magia elevada que no reconocía, aunque yo nunca he pretendido saberlo todo. Marlowe estaba interesada, pero ¿por qué? Me solía encargar trabajos aptos para una detective y una adivina a tiempo parcial y, sin embargo, nunca me había enviado por un sendero tan oscuro.

Y nunca me había enviado a algo que se acercara tanto a los asuntos de la Hermandad de la Brújula. No quería entrometerme en los asuntos de mi antigua orden. El Alba Dorada me daba igual. Y lo mismo con la Orden Oriental en el oeste, excusas para celebrar orgías. Poco importaban las brujas desnudas y jadeantes o la magia de raíces y huesos de los conjuradores negros. Ni todos ellos juntos poseían una migaja de los secretos que la Hermandad acumulaba en sus logias y no valía la pena enfrentarse a su ira por una consulta de cincuenta dólares. Deduje que a Marlowe le pasaba lo que a mí, que no quería cruzarse en su camino.

No tenía tiempo para curiosear. Mojé un trapo en el agua de la tetera y me limpié los sobacos. Encontré una nueva blusa para ponerme y me eché perfume en las muñecas y el cuello. El paquete sin abrir de cigarrillos Chesterfield estaba escondido bajo un montón de cartas en mi escritorio. Los sobres se deslizaron de la pila y aterrizaron en el suelo de madera, con lo que removieron el polvo alrededor de las patas. Dejé las cartas donde estaban y encendí un cigarro.

Necesitaba nervios de acero. Le había dicho a Marlowe que no podía seguir con la investigación habitual, que haría un augurio en la escena del crimen y ya. Y ella había accedido, pero las dos ignoramos con cortesía el hecho de que sabía que picaría el anzuelo de ese rompecabezas sobrenatural. Sin embargo, aunque hubiera tenido tiempo, la Hermandad merodeaba por la zona. Debía alejarme y decírselo a Marlowe enseguida.

Agarré el teléfono y encajé el auricular entre la oreja y el hombro. Giré el disco seis veces y esperé a que la línea clicara y sonara.

Dio tono dos veces antes de que Marlowe respondiera.

—Hola, querida.

—Hola, Marlowe. ¿Me estabas esperando?

Su voz era un gorjeo gutural, del tipo que persistía en el oído.

—Helen. ¿Cómo llamas tan temprano?

—Tan tarde. Conseguí sacar seis fotos antes de que me interrumpieran. Hay una séptima, pero diría que ha salido mal.

La octava no era asunto suyo y, de todos modos, seguramente sería una birria.

—¿Seis fotos? ¿En la oscuridad? —Un mechero se encendió donde estaba Marlowe—. Uno de tus pequeños hechizos tan brillantes, me imagino.

—Correcto.

—Te recompensaré con generosidad si lo compartes conmigo.

—¿Y perder mi marca personal? Muñeca, ni mi peso en rubíes sería suficiente.

Todos mis secretos estaban en un libro. Y el libro se hallaba en una caja fuerte. Había escrito la combinación en la carta que pensaba enviar el domingo, donde se lo contaba todo a Edith para que pudiera perdonarme algún día.

La carcajada de Marlowe me echó humo en el oído.

—Podría hacerlo realidad.

Y a lo mejor decía la verdad. No sabía de dónde procedía el dinero de Marlowe, pero tenía mucho y pagaba bien por mi trabajo. Sin embargo, los rubíes no podían comprar lo que necesitaba. Nada podía comprarlo.

—Es un caso sobrenatural, vale, pero es demasiado candente. No puedo ayudarte.

—Ay, querida. No seas tan derrotista. Dame una oportunidad de hacer que cambies de opinión. Trae las fotos por la mañana…

—Tengo una cita. No las tendré hasta la cena.