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Primer amor, mandatos, prejuicios sociales, adolescencia problemática, violencia familiar. Pasión, amor por la tierra y por el legado familiar. Deseos de progresar, mundo del trabajo.
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Seitenzahl: 674
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Cuando descubre que su marido le es infiel, Hazel se divorcia, saca un pasaje a Australia y elige vivir en la finca de su adorada abuela Elsie, cuya muerte todavía llora. Pero varios temores rodean ese regreso después de quince años en el extranjero: ¿su título de ingeniera le servirá de algo en medio del campo? ¿De qué va a vivir? ¿Y si la casa estuviera en un estado catastrófico?
Al llegar, se tranquiliza; un hombre joven, trepado a una escalera, repara el techo. Pero la serenidad se esfuma cuando lo reconoce: es Max, su primer amor, a quien su madre le prohibió ver cuando los dos eran adolescentes. ¿Qué hace en su propiedad?
Después de una conversación incómoda, se comprometen a trabajar juntos para poner en valor la finca. Max deja en claro desde el principio que el pasado quedó atrás. Sin embargo, las vivencias difíciles de su infancia todavía lo acompañan.
Mandatos, prejuicios sociales, asuntos familiares, conflictos internos; ninguna de esas barreras será suficiente para frenar una pasión que nunca se apagó.
En Australia, Anabella Franco conmueve como solo ella sabe hacerlo.
Anabella Franco es una reconocida autora de narrativa femenina y de literatura juvenil bajo el seudónimo Anna K. Franco. Además, es profesora de Literatura, especialista en educación y correctora literaria.
Con un estilo profundo y sincero, en sus obras aborda la complejidad de la vida cotidiana, de nuestro ser y de los vínculos humanos, creando historias y personajes inolvidables que trascienden las páginas.
Algunos de sus grandes éxitos son Nada más que una noche (Vergara, 2012), Rebelión (Penguin, 2015) y Brillarás (VRYA, 2018), entre muchos otros que demuestran su versatilidad e interés por explorar diversos subgéneros.
Además de Australia, bajo el sello VeRa publicó Hollywood miente (2023) y Háblame de lo invisible (2022).
Instagram: @anna_karinef
TikTok: @annakarinef
Twitter: @annakarinef
Facebook: Anabella Franco (Anna K. Franco)
Las flores crecen a partir de los momentos más oscuros.
Corita Kent
Atlanta, Estados Unidos
Presente
–No sé qué hacer –admitió Hazel. Su amiga la observaba desde el otro lado del sofá cubierto con un nailon transparente.
–Por el momento, dejar este apartamento y pasar unos días en mi casa.
–¿Y después? –Bajó la cabeza con una sonrisa amarga–. ¿Te has dado cuenta? Mi vida se derrumbó en cuestión de segundos. Debe ser el karma.
–¿Qué karma? –rio Denise.
Hazel suspiró. Miró el techo, los muebles envueltos, las paredes.
–En un parpadeo, todo esto se habrá ido –concluyó–. Ya no tengo esposo, ni empleo, ni un hogar.
–Tienes una profesión. Si no trabajas para una compañía, será para otra.
–No sé si quiera volver a la ingeniería, me trae muy malos recuerdos.
–Que tu esposo haya sido tu jefe es una porquería.
–¡Ni me lo digas! Opacaba cualquier cosa que yo hiciera y que pudiera posicionarme mejor que a él. Perdí la cuenta de las veces que se apropió de mis ideas, las presentó como propias y se llevó todo el crédito. Una vez se lo mencioné. ¡Lo negó en mi rostro!
–Cambiemos de tema o volverás a hablar de él. Hasta que comenzamos con el asunto de qué harás después de pasar unos días en mi casa, estuvimos hablando de tu ex durante horas.
Hazel le dio la razón. Sin embargo, no supo qué decir si no hacía referencia a Liam. Todo lo que se le ocurría eran escenas con su esposo. Ex. Tendría que acostumbrarse a llamarlo de esa manera.
Se mantuvieron en silencio un rato.
–¿Has pensado en regresar a Australia? –indagó Denise de pronto.
–Sí, pero ¿qué haría allí? Volver a vivir bajo el techo de mis padres, como una adolescente, acrecentaría mi frustración. No puedo culparlos, pero parte de lo que me sucede hoy tiene que ver con decisiones que, en realidad, no tomé yo, sino la voz de mi madre en mi conciencia. Instalarme en su casa en Sídney no sería lo mejor.
–¿Y la finca de tu abuela fallecida?
–¿Quieres echarme lo más lejos posible de tu vida? –bromeó Hazel.
El timbre interrumpió la conversación. Hazel se levantó y respondió por el portero eléctrico. Bajó para recibir a los empleados de la mudanza y regresó con ellos.
Poco a poco, el apartamento se fue vaciando. Se llevaron los muebles, los electrodomésticos, casi secuestraron también a su gata.
–¡No! –exclamó Hazel–. Ella no. Es mía.
–El señor nos ordenó que…
–¡Es mía! –repitió, preparando las garras como la felina.
Extrajo el celular del bolsillo, buscó el contacto de Liam y lo llamó. Tuvo que insistir tres veces hasta que él al fin atendió.
–Estoy trabajando –protestó.
–Avísales a tus empleados que la gata es mía.
–¿A dónde la llevarás? No permitiré que sufra en las casas de tus amigas.
–¡Acordamos que Honey era mía! Te di los electrodomésticos a cambio.
–Acéptalo: estará mejor conmigo.
–¡No te la daré! Es mi gata. Punto.
–¿Quién la llevó a esterilizar?
–¡Fuiste tú porque no me permitiste ingresar más tarde al trabajo! –El empleado de la mudanza puso los ojos en blanco–. ¿Quién le compraba el alimento todos los meses?
–Así como te encargabas del resto de la compra.
–Siempre protestabas porque te llenaba los trajes de pelos. ¡Ella ni siquiera te importa! Pretendes quitármela para fastidiarme.
A decir verdad, Liam quería que Hazel continuara atada a él de alguna manera, pero jamás lo diría.
–Puede ser –murmuró.
–¡Lo sabía!
–Señora –murmuró el chico de la mudanza.
–Váyase ahora y ni se le ocurra tocar a la gata –intervino Denise.
–No puedo irme sin…
–¡Ahora! –repitió en un grito.
–¿Estás con la loca de tu amiga? –rezongó Liam al teléfono.
–¡No te saldrás con la tuya! –prometió Hazel y cortó sin responder su pregunta. Miró al empleado que quedaba dentro de la casa de los tres que había enviado su exmarido y alzó a la gata contra la cintura–. Si no puedes irte sin la gata, me iré yo con ella –determinó y comenzó a caminar hacia la puerta.
Denise recogió su bolso y el de Hazel mientras miraba al muchacho de manera amenazante y salió tras ella.
–Señora. ¡Señora! –exclamó el chico.
Las persiguió hasta el elevador. Hazel lo echó antes de que las puertas terminaran de cerrarse.
La gata se agitó, incómoda, contra su costado. No se llevaba bien con la gente, ni siquiera con ella, y mucho menos con Liam. Pronto acompañó los movimientos con quejidos. En cualquier momento la rasguñaría. Se llamaba Honey, “miel”, por el tono rojizo de su pelaje, pero, a decir verdad, era bastante amarga.
–Dime que viniste en automóvil y que recogiste mis cosas –rogó a su amiga.
–Solo tu bolso. Pero traje el coche –sonrió Denise.
Hazel hizo un gesto de pena con la boca. La mayoría de sus pertenencias ya estaban en la casa de su amiga. Faltaba la mochila en la que había guardado un par de libros. Se consoló pensando que podía comprarlos de nuevo, aunque perdiera las marcas que les había hecho. No quería regresar a ese apartamento. Por lo menos, tenían el auto. Era difícil que un taxi aceptara llevarlas con una gata histérica en la mano.
La soltó en el asiento trasero del coche antes de que la asesinara a rasguños y mordidas. Fueron acompañadas de maullidos y bufidos todo el trayecto. Para bajarla en la casa de su amiga, Hazel le pidió una toalla. Cubrirla fue la única manera de manipularla.
Una vez dentro de la sala, la soltó para que investigara el ambiente. Le pusieron agua y un poco de papel para que hiciera sus necesidades. Como no había llevado el alimento, le ofrecieron un poco de pollo que Denise guardaba en el refrigerador. Tendría que comprar otra transportadora.
Cenaron mirando una película en el televisor. Hazel prestó poca atención. Lo único que tenía en mente era el momento en el que había comprobado que Liam le era infiel.
Todo comenzó cuando él le dijo que sentía que estaba perdiendo la forma y que por eso quería ir al gimnasio después del trabajo. Ella misma concurría a uno, no encontró motivos para sospechar de ese deseo. Sin embargo, comenzó a desconfiar cuando el número de veces por semana y la cantidad de horas que él pasaba en ese lugar aumentó hasta ocupar todos los días hábiles e incluso algunos sábados.
Cuando le planteó la situación, Liam puso la excusa de que tenía nuevos amigos. Aseguró que a veces salía con ellos para distenderse después del entrenamiento, que iban a bares y restaurantes. Recordaba su propia respuesta como si se la estuviera dando en ese momento: “así, recuperarás al instante las calorías que quemaste”. Lo había pronunciado entre risas. Al analizar la escena a la distancia, llegó a la conclusión de que había sido ingenua, como de costumbre.
Por suerte, la ceguera le duró solo unos meses. Se dio cuenta de que algo más ocurría por el aroma de Liam, por la forma de tener sexo y porque podían pasar semanas sin tenerlo. Cuando estaba en casa, casi no la miraba. En el trabajo, siempre había sido frío para mantener las apariencias. Los dos sabían que, siendo la esposa del jefe, sus compañeros podían pensar que tenía preferencias, así que aceptaba ese trato distante como algo natural y necesario. Lo raro fue que se extendió a su casa.
Ahora que lo pensaba, habían existido muchas señales más que no había querido notar. Por ejemplo, que jamás se despegaba del celular y que, una vez, llegó un gasto exorbitante de una joyería. Liam adujo que le había obsequiado un brazalete a su madre. Como se acercaba Navidad, eligió creerle.
Una noche, mientras se dirigía a la casa de una amiga, vio su automóvil estacionado en la acera de enfrente de un hotel. Se preguntó qué haría él allí y aparcó también.
Entró al lugar con el corazón galopando en su pecho. Sospechó que no se encontraría en una habitación; si su intención era pasar la noche, habría guardado el vehículo en el aparcamiento.
Espió el bar de la recepción. Como no lo encontró, le preguntó al recepcionista dónde quedaba el restaurante. Le indicaron cómo llegar y allí lo encontró: cenaba muy acaramelado con una recepcionista de la compañía. Le estaba tomando la mano y, además, la besó. Lo más probable era que sí pasaran unas horas de la noche en una habitación después de todo.
Por supuesto, no hizo escándalos. Tan solo se volvió por donde había llegado. Tampoco se dirigió a la casa de su amiga. Lo esperó en la suya.
Liam se dignó a aparecer a las tres de la madrugada.
–Hola –dijo, sentada a la mesa del comedor en penumbras.
–Hola –respondió él, sorprendido–. ¿Por qué estás despierta?
–Me preocupé porque no llegabas. Te llamé, pero no atendiste.
–Lo siento, estábamos entretenidos con los muchachos.
–Querrás decir “la muchacha” –repuso ella. Liam rio fingiendo una expresión de desconcierto.
–¿De qué hablas?
–De Sophie, la recepcionista con la que cenaste esta noche.
–Estás loca.
–Quiero el divorcio –soltó sin pensar–. No me quedaré junto a alguien que no me ama. ¿Qué sentido tendría? El amor no se mendiga. Y eso es justo lo que estuve haciendo. Una amante no destruye un matrimonio, llega porque el matrimonio ya está acabado. Así que no perdamos el tiempo.
Curiosamente, siempre le había costado tomar decisiones, pero no esa.
No se arrepentía de lo que había hecho. Sin embargo, en el momento no midió que, como él era su jefe, tendría que renunciar al empleo. Tampoco que el apartamento que habitaban era rentado y que, sin trabajo, ella no podría pagarlo sola. Ni siquiera se percató de cuántas lágrimas derramaría. No tanto por reconocer que Liam y ella no se amaban, lo cual, en el fondo, ya sabía, sino más bien por lo que había hecho de su vida hasta ese momento.
Acordaron que él se quedaría con los electrodomésticos a cambio de que ella conservara la gata. Le importaba mucho más su mascota que el refrigerador, el televisor y la lavadora. La adoraba, aunque Honey no pareciera muy apegada a nadie.
También dividieron los muebles. Como Hazel no tenía donde guardar su parte, contrató una buhardilla. Evitó quedarse con la cama que habían compartido. En caso de que consiguiera un nuevo empleo y decidiera mudarse a otro apartamento en Atlanta, prefería dormir en el suelo antes que recordar el sexo frío y sin sentimientos que su ex y ella habían mantenido sobre ese colchón hacia el final de su matrimonio. Por último, vendió el automóvil para pagarle a una abogada que pusiera en orden sus acuerdos.
–No puedo ir a la estancia de mi abuela fallecida –reflexionó de pronto mientras revolvía los espaguetis con tuco que había preparado Denise–. Está cerca de Gold Coast, y puede que él todavía esté ahí.
–¿“Él”? ¿Te refieres al chico que conociste a tus diecisiete años?
–Sí. Le rompí el corazón.
–¡Déjate de tonterías! –rio Denise–. ¡Han pasado quince años! ¿Por qué te recordaría? Ese tipo debe estar casado. Seguro tiene tres hijos y dos canguros como mascota.
–Tienes razón –admitió Hazel y rio también.
–Pero, si tú lo estás mencionando, significa que no es ese hombre quien te recuerda, sino tú a él.
Los labios de Hazel se movieron hacia un costado. Luego se mordió el inferior.
–Claro que lo recuerdo –reconoció–. Queensland fue el único sitio donde alguna vez fui realmente feliz.
–Entonces, ¿por qué te quedarías en Atlanta? Créeme, nadie te extrañará más que yo. Pero si ese fue tu lugar feliz una vez, deberías volver.
A pesar de que la cama del cuarto de huéspedes de Denise era cómoda y amplia, casi no pudo dormir. Miraba por la ventana y pensaba en las noches que había pasado en Australia, esa tierra lejana que la había visto nacer.
No estaba segura de regresar. Aun así, al día siguiente, mientras su amiga no estaba, llamó a su madre.
–¡Querida! ¿Cómo estás? ¿Ya se llevaron los muebles? –indagó Adeline.
–Sí. Me estoy quedando con Denise.
–Acepta que te envíe dinero. No puedes andar de casa en casa como una paria.
–Gracias, pero no hace falta. Si en algún momento estoy en aprietos, te lo haré saber.
–Sigo pensando que, quizás, no debiste ser tan determinante. Todavía me cuesta creer que Liam te engañara.
–Mamá, te ruego que no me incites a dudar de mi decisión, y menos por teléfono –la interrumpió–. Quiero hacerte una pregunta: ¿la estancia de la abuela está desocupada o la rentaste?
–¿Rentarla? –rio Adeline–. ¿Quién querría vivir en ese agujero?
–Yo.
–¡Ni lo pienses! Ese lugar no es para ti.
–¿Por qué? Sabes que nunca tuve intención de dejar Australia. Me mudé aquí porque a Liam le ofrecieron un puesto directivo. Estados Unidos no es mi lugar, nunca lo fue.
–Ven a Sídney. Estoy segura de que aquí encontrarías muy buenos empleos como ingeniera. Tu padre y yo estaríamos encantados de recibirte en casa.
–El problema es que no quiero vivir con ustedes y no estoy segura de regresar a la ingeniería por el momento.
–¿Qué culpa tiene tu profesión? ¡No seas dramática!
–Responde mi pregunta, por favor.
Adeline se puso seria.
–Olvídate de esa finca: no es productiva. Intenté venderla y nadie la quiso. Para no seguir perdiendo dinero con ella, tuve que asociarme con alguien que jamás hubiera querido.
–¿Por qué no me lo contaste?
–No era importante.
–¿Con quién te asociaste?
–Con la única persona que aceptó hacerse cargo de ese elefante muerto.
Hazel suspiró.
–Creo que me agrada la idea de devolverle la vida a algo cuando ya nadie le tiene fe.
–No entiendes una palabra de granjas. ¿Qué podrías hacer en ese sitio inhóspito de Queensland?
–En mis recuerdos no es la porquería que describes.
–¡Porque tu abuela la hacía ver como un tesoro! En realidad, siempre fue un estorbo. Hazme caso: si por el momento no quieres volver con tu esposo, regresa a Sídney. Tu padre y yo te ayudaremos.
El problema era que Hazel no quería empezar de nuevo de la mano de sus padres. Se despidió de su madre tras rechazar una vez más la oferta.
Mientras intentaba que Honey permaneciera en su regazo sin éxito, gastó parte de sus ahorros en un pasaje para ella y para su gata con destino a Gold Coast.
Queensland, Australia
15 años antes
Hazel bajó del automóvil de su tío con expresión maravillada. Cuando sus padres le dijeron que pasarían el verano en la finca de su abuela en Queensland, no imaginó que se trataría de un lugar tan hermoso.
La vegetación era espesa y abundante; el color anaranjado del cielo parecía salido de un cuadro. La inmensa casa se alzaba en el campo, blanca con ventanas azules. El terreno era desigual, lo que generaba un asombroso efecto visual.
En esa región no solo vivía su abuela materna. A unos pocos kilómetros, en Gold Coast, una ciudad turística costera, se hallaban también unos familiares de su padre. Su tío los había recogido en el aeropuerto.
–Mi hija Evelyn tiene tu edad. Te pasaremos a buscar para que vayas a pasear con ella si tus padres lo autorizan –ofreció el hombre a Hazel, viéndola tan maravillada.
Había escuchado mucho sobre su prima Evelyn, pero casi no la recordaba. La última vez que la había visto tenían ocho años.
Hazel miró a su madre por sobre el hombro con una sonrisa que la invitó a darle el permiso. Su padre no solía opinar respecto de esos asuntos, ella decidía.
–¿Es una ciudad peligrosa? –consultó Adeline.
–No tienes de qué preocuparte. Mientras las chicas se muevan por zonas seguras, podrán andar solas sin miedo –aseguró su tío.
Lachlan, su hermano, bajó su maleta del coche y se aproximó a la casa con una expresión muy diferente a la de ella. Se notaba que, con trece años recién cumplidos, ese sitio le parecía muy aburrido. Sin duda no obtendría el permiso para recorrer la ciudad con otros chicos, como sí se lo darían a su hermana, ni había mucho con lo que pudiera entretenerse en esa finca. A decir verdad, a nadie le parecía un paisaje tan majestuoso como a Hazel.
Su abuela Elsie abrió la puerta de la vivienda con la felicidad plasmada en la mirada. Bajó las escaleras del porche con los brazos abiertos.
–¡Han llegado! –exclamó, emocionada.
–Hola, mamá –respondió Adeline y se adelantó para saludarla.
A diferencia de lo que ocurría con los familiares de su padre, Hazel sí había visto a su abuela varias veces en esos años. Como Adeline era su única hija, Elsie los visitaba en Sídney para las festividades y siempre les enviaba obsequios de cumpleaños.
El abrazo de su abuela fue reconfortante y cálido. Además, preparaba deliciosas comidas. Estaba segura de que disfrutaría su estadía allí.
Los dos primeros días recorrieron la finca a caballo, se bañaron en el estanque y se aventuraron en caminatas para encontrar fauna silvestre. Hacia el fin de semana, Lachlan volvió a enfrascarse en el celular. No había conexión a internet en la finca, así que solo podía jugar con los pocos entretenimientos con los que contaba el aparato. Por suerte, ella recibió la visita de su prima.
Desde que se encontraron por primera vez en tanto tiempo, Evelyn le pareció una chica estupenda. Tenía una personalidad arrolladora, y eso provocó la admiración de Hazel.
El sábado, su madre permitió que pasara el fin de semana en casa de sus tíos. Evelyn invitó a sus mejores amigas, Maya y Remi. Casi no durmieron por conversar y reír. Además, bebieron algunos tragos.
–¿Y tú? ¿Con cuántos lo has hecho? –consultó Maya a Hazel. Ella apartó la copa de sus labios y sonrió, avergonzada. Para la amiga de su prima, fue una respuesta, aunque no hubiera dicho nada–. ¡Vaya! Entonces eres virgen. Tendremos que resolver eso.
–Espera, Maya. No queremos espantarla –intervino Evelyn.
–¿Por qué se asustaría? –rio Maya.
–Dime que, aunque sea, te has besado con alguien –rogó Remi.
–¡Por supuesto! Con tantos, que ya perdí la cuenta –mintió Hazel.
–No sé por qué no te creo –continuó Maya–. ¿Cuántos años tienes? ¿Once?
–¡Te lo juro! –sostuvo Hazel a la vez que reía. Tenía una forma peculiar de hacerlo, con una inocencia que a veces la avergonzaba.
La verdad era que solo se había besado con un chico del colegio. Para colmo, un año menor que ella e igual de inexperto.
Admiraba a su prima y mucho más a Maya, porque eran seguras y extrovertidas; la segunda, mucho más que la primera. Hubiera deseado ser como ellas. Pero, aunque sí era simpática y le gustaba la sensación de libertad que experimentaba desde que había llegado a Queensland, no les llegaba ni a los talones en decisión y arrojo. Por lo general, en la escuela y en su casa, era bastante reservada y tímida.
Pasaron el domingo en la playa, bañándose en el mar y tomándose fotografías.
La noche del viernes, volvió a quedarse en lo de su prima.
–Estoy aburrida –manifestó Evelyn–. ¿Por qué no vamos a la playa un rato?
–Es casi medianoche –advirtió Hazel.
–¿Y qué? Conozco un lugar donde siempre hay gente. Estoy segura de que Maya y Remi están ahí. Vamos, te divertirás.
En Sídney nunca se había relacionado con personas impetuosas como Evelyn y sus amigas. Además, su madre controlaba sus movimientos y eso le impedía soltarse. Sintió que estaba en una especie de “ahora o nunca”, que si no se atrevía a vivir nuevas experiencias en esas vacaciones, ya no podría hacerlo. Por eso terminó aceptando.
Evelyn les avisó a sus padres que saldrían. El hombre respondió que tuvieran cuidado desde la cama, adormecido.
Caminaron hasta una zona de la playa alejada de la casa. Aun antes de descender por un sendero de arena empinado rodeado de maleza, Hazel escuchó las voces de las personas que estaban del otro lado, ocultas tras la vegetación que sin duda servía de cortina para muchas fechorías.
La mente de Hazel dejó de imaginarlas en cuanto vio varios grupos de chicos de su edad y un poco más grandes sentados en la arena. Había fogatas, guitarras y bebidas. Incluso alcanzó a distinguir un par de surfistas en el agua. A esa hora ya no había guardavidas, la seguridad corría por su cuenta.
Evitó observar demasiado. Supuso que, si algún grupo tenía drogas, nadie querría que una desconocida las descubriera. No sabía cuánto de todo eso estaba permitido allí a esa hora de la noche, pero confió en su prima. Era una lugareña y debía tener claro cómo esquivar los problemas.
–¡Remi! –gritó Evelyn con la mano alzada.
Se dirigieron al círculo donde Maya y Remi estaban sentadas con dos chicos.
–¿Cómo están? –preguntó Maya.
–Ellos son Will y Luca –dijo su prima para presentarle a los muchachos. Hazel susurró “hola” y sonrió con inocencia.
Se sentaron en la ronda. Habían hecho una pequeña fogata en el medio para asar malvaviscos. Vio varias botellas y un paquete de cigarros que solo tocaba Luca. Maya le pidió dar una calada. Dejó salir el humo despacio y se acostó sobre su hombro. Evelyn le entregó la botella de ron. Hazel dudó un instante. Casi nunca tomaba alcohol. Además, no le gustaba puro, sino disfrazado con frutas y aperitivos. Aun así, bebió.
En cuanto la fogata se extinguió, Remi propuso un juego.
–¡Esa tontería tiene más años que mi abuela! –se burló Maya.
–Pero es efectiva –respondió la chica e hizo girar una botella vacía. El pico quedó apuntando a Evelyn y la parte trasera, a Remi misma–. ¡Maldición! –masculló.
–Ahora tendrás que hacerlo –canturreó Maya. Los chicos rieron.
Evelyn y Remi se arrodillaron para quedar en el medio de la ronda y se besaron en la boca a la vez que se acariciaban el pelo. Todos aplaudieron. Will emitió un silbido colocando dos dedos entre los labios. Después de eso, las dos sorbieron un trago. Cumplir con el reto tenía como premio beber más.
Volvieron a hacer girar la botella. Esta vez, Maya tuvo que besarse con Luca. Ganaron el derecho a tomar otra vez.
Hazel pensaba en qué haría si le tocaba besarse con su prima cuando alguien más llegó a la ronda. Tocó a Luca en el hombro y chocaron las manos como saludo.
Alzó la mirada para estudiar al recién llegado. Era un chico alto, muy en forma, de cabello castaño oscuro y ojos color café. Llevaba un pantalón de jean azul roto, una sudadera negra y una camiseta blanca detrás de la que se perdía una cadenita que pendía de su cuello.
–¿Cómo estás? –preguntó Luca–. ¿Quieres sentarte con nosotros?
Abrieron el círculo de modo que el chico pudiera ingresar. Se sentó con las rodillas contra el pecho. Hazel percibió que Maya miraba a sus amigas de una manera peculiar, pero no entendió el motivo.
–Él es Max –anunció Luca.
–Hola –respondió Evelyn en nombre de todos. Max solo asintió con la cabeza. A Hazel le pareció que, en realidad, casi todos ya lo conocían, pero el ambiente hacía parecer que no.
–Bueno, volvamos al juego –propuso Maya, entusiasmada de pronto con lo que, en un principio, había considerado una tontería.
Hizo girar la botella. Cuando Hazel vio que el pico había quedado apuntando hacia ella, abrió la boca, más nerviosa que en un examen final. Alzó la mirada para descubrir con quien le había tocado besarse: el recién llegado.
Todos aplaudieron. Maya comenzó a vitorearla para que se apresurara a cumplir con el reto.
–Ni siquiera lo conozco –murmuró Hazel, insegura. Se moría por continuar cumpliendo el desafío de vivir el presente y a la vez no estaba segura de estar siendo ella misma de esa manera.
–No tienes que hacerlo –replicó el chico. Se sorprendió de que tuviera una voz tan poderosa.
–Si no lo haces, no podrás beber en toda la noche –advirtió Maya.
–¡Anda, Hazel! –la animó Remi–. ¡Todas lo hicimos!
–Si tú estás de acuerdo… –susurró, mirando a Max, y se arrodilló en medio de la ronda para acercarse.
–No te preocupes, ni siquiera me moveré –intentó serenarla él.
–Gracias –respondió Hazel en voz baja con una sonrisa tímida.
Estaba sonrojada y agitada como si hubiera corrido una hora sin descanso. No creía que pudiera correr tanto, pues en comparación con los modelos de belleza impuestos, era un poco rellenita. Intentó no pensar en eso para no sentirse todavía más nerviosa e insegura y se lanzó a la aventura.
Cerró los ojos, se inclinó hacia adelante y, de pronto, sus labios estaban sobre los del chico.
Durante el microsegundo que duró el beso, percibió su delicioso aroma, la delicada aspereza de su piel y su energía vigorosa. Nunca había experimentado sensaciones tan hermosas.
Se echó hacia atrás, orgullosa de sí misma por lo que había hecho. Abrió los párpados y rio, presa de una sensación de libertad absoluta. Alzó los brazos y gritó para celebrar que había logrado cumplir con el reto mientras los demás aplaudían. Regresó a su sitio e intentó coronar el momento de increíble valentía arrebatándole la botella a Maya.
La chica la apartó de su alcance para jugarle una broma.
–¡Merezco un trago! ¡Dámela! –protestó Hazel, divertida. Maya le entregó la botella entre risas.
Max no podía dejar de mirarla. No había reparado de verdad en esa chica hasta que lo había besado. Jamás había sentido con ninguna otra lo que experimentó en ese momento ni quería sentirlo nunca.
Mientras ella reía de su hazaña con la ilusión de la inexperiencia, observó su vestido rosado, las curvas generosas de su cuerpo, su cabello rojizo cayendo sobre sus hombros un poco despeinado. Tenía una risa notoria y peculiar, inocente y fresca. Sus ojos de un tono gris azulado destellaban como las suaves pecas que tenía en la nariz y en los pómulos. Olía a frutas muy dulces y su piel era suave como la hierba. Demasiado tierna para alguien como yo, pensó, e intentó quitarse el beso de la cabeza durante el resto del tiempo que permaneció en el grupo.
Se despidió con la excusa de que, en realidad, estaba allí con otros amigos. De hecho, así era; solo se había aproximado para saludar a Luca. Acabó aceptando su invitación de unirse con la única intención de compartir un rato, no de besarse con una chica que ahora no podía apartar de sus pensamientos. Ni siquiera era el tipo de joven que le atraía. ¿Por qué tenía esos sentimientos?
Cerca de las tres de la madrugada, se despidió también de su grupo y comenzó a caminar por la arena hacia donde estaba el sendero. En ese momento, volvió a ver a Hazel. Transitaba por la costa tambaleándose, con el agua hasta los tobillos y las sandalias puestas.
Observó alrededor en busca de sus acompañantes. Para ese momento, la playa se había vaciado bastante. No vio a sus amigas. Lo más probable era que se hubieran ido.
Pensó que debía hacer lo mismo e intentó seguir adelante. Sin embargo, una alarma comenzó a sonar en su interior. Una maldita alarma que llegó de la mano de muchos recuerdos que prefería enterrar en lo más profundo.
Por un instante, sintió impotencia. No solo de que continuara acordándose del beso más tímido y fugaz que le habían dado en su vida sino, además, de que no pudiera ignorar a esa joven ebria caminando sola por la playa en la madrugada.
Terminó de decidirse cuando la vio trastabillar. No cayó porque alcanzó a apoyar una mano en la arena, pero bien podría haber terminado sumergida y arrastrada por la corriente.
Se aproximó.
–Hola –dijo. Hazel lo miró con el ceño fruncido. Sus mejillas estaban más rojas que cuando lo había besado, sin duda había bebido más de lo que resistía–. ¿Estás bien? –consultó.
–¡Hola! –exclamó ella, sonriendo–. ¿Llevas el traje de baño debajo de la ropa? ¡Oh, sí! Lo traes, lo sé.
–Permiso –continuó Max y la tomó del brazo–. Alejémonos del agua.
–¿Por qué?
–Porque sí. –No tenía sentido darle explicaciones a una persona ebria.
La llevó hasta una piedra que servía como contención para la vegetación y la ayudó a sentarse. Se acomodó a su lado dispuesto a pasar bastante tiempo allí hasta que la chica se espabilara lo suficiente como para ponerla en un taxi rumbo a su casa. Seguro sus amigas se hallaban tan ebrias como ella, por eso la habían dejado.
Se cruzó de brazos y contempló el horizonte oscuro que conformaban el cielo y el mar.
–¿Alguna vez has visto una estrella fugaz? –consultó ella.
Él giró la cabeza para observarla. Estaban tan cerca que pudo percibir la suavidad de su pelo contra la mejilla.
–Sí. ¿Y tú?
–No sé. ¿Y auroras boreales?
Esta vez, reír fue inevitable.
–¿De dónde inventas esas preguntas? No. Para verlas hay que viajar lejos y, si bien me he mudado un par de veces, nunca he salido de Australia.
No entendía para qué le contaba eso, si estaba seguro de que, en un rato, ella no lo recordaría. Tal vez por eso mismo. Era como hablar en un sueño donde se sentía tranquilo.
Las preguntas excéntricas terminaron en cuanto Hazel apoyó la cabeza en su hombro y se quedó dormida.
Transcurrió alrededor de una hora en la que él también dormitó un poco. Despertó porque ella le apretó el brazo. Lo sujetaba con las dos manos. La sintió tiritar y se dio cuenta de que tenía frío. Se quitó la sudadera y se la colocó al igual que abrigaba a su hermana cuando era pequeña. Como tuvo que moverla para hacerlo, Hazel abrió los ojos.
–¿Lo viste? –indagó.
–¿Qué cosa?
–Había un cangrejo.
Señaló la arena. Max miró hacia donde ella apuntaba con el dedo, pero no vio ningún crustáceo. De pronto, su atención regresó a Hazel cuando la chica se sentó sobre sus piernas.
–¿Qué haces? –preguntó.
–Tengo frío –explicó ella.
Se acurrucó contra su pecho y volvió a cerrar los ojos, abrazada a la sudadera. Max respiró hondo y la acomodó tomándola de la cintura. ¿De dónde había salido esa chica? Apostaba a que jamás la había visto allí antes. Por su forma de hablar, dudaba de que hubiera crecido en Queensland.
Volvió a cerrar los ojos, abrumado por la calidez que experimentaba y que no podía ser real. Dudaba de que perdurase, pero sobre todo de que él fuera capaz de brindarle algo bueno a alguien. Mucho menos a una chica que, resultaba evidente, provenía de una buena familia y estaba viviendo por primera vez.
Lo primero que Hazel pensó al despertar fue que nunca se había acostado en una cama tan mullida y cálida. Un poco rígida, pero muy cómoda.
Se removió un poco. Entonces se dio cuenta de que no estaba acostada, sino sentada, y de que eso no era una cama, sino un pecho, brazos y piernas.
Abrió los ojos sin entender qué ocurría. Vio el cuello sobre el que tenía apoyada la nariz. Percibió un rico aroma. Ojalá hubiera podido recordar qué había ocurrido después de terminar el último trago de ron que le había tocado en un sorteo.
Se apartó un poco de quien la sostenía para verlo. Estaba muerta de vergüenza. Cuando descubrió que se trataba del amigo de Luca, se sonrojó como el pez cabracho que había cocinado su abuela el día de su llegada a Queensland. Para colmo, él despertó enseguida y la encontró boquiabierta.
–Yo… –murmuró ella–. ¿Qué ocurrió?
–Hola –respondió Max con calma–. Te encontré caminando por la playa sola en la madrugada. Como no vi a tu grupo y no parecías en condiciones de buscar un taxi, nos sentamos aquí.
–¿Por qué estoy sobre tus piernas?
–Ah. Eso fue porque tenías frío. Tú te sentaste así. No te acomodé yo, te lo juro.
Teniendo en cuenta que ni se había movido cuando ella lo había besado la noche anterior, no había razón para pensar que estuviera mintiendo. Hazel se sintió todavía más avergonzada. Para no seguir mirándolo a los ojos, se sentó a su lado. Bajó la cabeza y se encontró con la sudadera.
–¿Tú me diste esto? No debiste. También debes sentir frío –dijo e intentó quitársela. Él apoyó las manos en sus brazos para que la conservara.
–No hace falta. Quédatela, todavía está fresco.
–Me sentiría mal si pescaras un resfriado por mi culpa.
–He estado en sitios más fríos. De verdad no la necesito.
–¿Vienes de un país nórdico? Por tu acento, pensé que eras australiano.
–¿Qué? –Max frunció el ceño, confundido. Cuando cayó en la cuenta de lo que acababa de decir y de por qué ella había asumido que era extranjero, se apresuró a negar con la cabeza–. No me refiero a eso. No importa.
–¿Qué hora es? –preguntó Hazel, extrayendo el celular para responderse a sí misma–. Las seis. Menos mal, creí que sería más tarde. Mi madre me matará cuando se entere de esto. Es imposible que mi prima se haya ido sin mí. ¿Cómo pudo hacerme eso?
–Supongo que tus amigas también bebieron de más y no se dieron cuenta. ¿Quién es tu prima?
–Evelyn. La llamaré para que regrese a buscarme.
Insistió varias veces. Su prima no respondió el teléfono.
–Parece que me ha dejado a mi suerte en serio. ¿Es normal que me duela tanto la cabeza?
–¿Entonces también es la primera vez que te emborrachas?
–¿“También”? –Hazel intentó comprender qué otra cosa le parecía a él que ella había hecho por primera vez. Probablemente, la respuesta fuera “todo”, así que optó por disimular, al igual que hacía frente a Evelyn y sus amigas–. ¡Por supuesto que no!
Fue en vano: Max no le creyó.
–Claro –murmuró–. Es normal que te duela la cabeza después de una borrachera. Un desayuno podría ayudar.
–Debo lucir terrible –declaró Hazel y se llevó una mano al cabello–. No puedo regresar a lo de mis tíos en estas condiciones. Es muy temprano, no creo que haya cafeterías abiertas.
–Conozco un autoservicio que está abierto las veinticuatro horas. No está lejos. Te acompaño si quieres.
–Supongo que ya te he molestado demasiado.
–No hay problema. Mira –dijo y la tomó de los hombros para que se volviera hacia el océano.
La maravillosa resolana del amanecer la dejó perpleja. Max observó sus ojos y pensó que nunca había visto unos tan hermosos. Con la claridad, parecían de un azul transparente.
–¡Guau! –exclamó ella, maravillada–. Es mágico.
Acompañaron la salida del sol. Cuando terminó, él se puso de pie y le ofreció una mano para que ella también se levantara. Hazel lo miró, otra vez boquiabierta, hasta que al fin reaccionó y agradeció su ayuda. Se vio en la necesidad de volver a aceptarla para escalar el empinado sendero y salir de la playa.
Comenzaron a caminar por la acera despacio. Hazel guardó las manos en los bolsillos de la sudadera.
–¿Estás seguro de que no quieres tu abrigo? –consultó.
–Estoy bien –aseguró Max–. ¿De dónde eres?
–Soy de Sídney. Vinimos a pasar las vacaciones en la casa de mi abuela. Tiene una granja en las afueras de la ciudad, aquí en Queensland. ¿Y tú? ¿Estás vacacionando o eres un lugareño?
–Ahora soy de aquí.
–¿De dónde eras?
–Fui de varios lugares. Nací en Melbourne.
–Una historia de mudanzas. ¿Dónde has vivido?
–Melbourne, Canberra, Gold Coast. Fin del recorrido.
–¿Tus padres se mudaban por trabajo?
Hazel presintió algo extraño en el modo en que él la miró.
–Sí.
Aunque le pareció una respuesta demasiado breve, no insistió.
–Disculpa, sé que anoche… Bueno, nos tocó… Ya sabes. –Besarnos, pensó. Otra vez se sonrojó–. Pero no recuerdo… No recuerdo tu nombre. Lo siento.
Él rio. Nunca había conocido una persona tan tierna.
–Me llamo Max. Max Turner.
–¿También debería recordar tu apellido?
–No. –Volvió a reír–. No lo mencionamos en ningún momento.
Hazel se detuvo en la acera y le ofreció una mano.
–Hazel Anderson, mucho gusto.
En lugar de darle la mano de manera formal como a una señora, él chocó la palma con la de ella y luego el puño sobre sus nudillos.
–¿Cuántos años tienes, Hazel? –indagó.
–Diecisiete. ¿Y tú?
–Dieciocho.
–Pareces un poco más grande.
–¿Me estás llamando “viejo”?
–¡No! –rio ella–. Lo siento. No dejo de arruinarlo contigo, ¿cierto? Con todo el mundo, en realidad. –Bajó la cabeza–. Cuando mi madre se entere de esto…
–Es la segunda vez que la mencionas. Dijiste que tu familia y tú están parando en lo de tu abuela.
–Sí.
–Pero fuiste a la playa con tu prima. ¿Se encuentran en la misma casa?
–No.
–Entonces no volverías a donde está tu madre, sino a lo de tu prima. ¿Por qué se enteraría?
–Porque nunca le he ocultado nada.
–Entiendo. Tienes razón. Haces bien. Solo te pido que no le cuentes que estuviste conmigo. Sé que suena extraño, pero te juro que mi pedido no oculta malas intenciones. Es solo que no me gustaría involucrarme en algún problema.
–¿Por qué tendrías un problema si mi madre se enterara de que somos amigos de verano?
Max la miró en silencio un momento. Era imposible que de verdad estuviera hablando con una persona tan inocente. Cualquier chica, aun sin conocer su historia, imaginaría que su madre pensaría lo peor de un extraño que pasó la noche con ella en una playa.
–De acuerdo, como sea –concluyó, resignado. Señaló una gasolinera que estaba del otro lado de la calle–. Es ahí. Tenemos que cruzar.
Estaban entrando a la cafetería cuando Hazel se detuvo y lo tomó del brazo.
–Espera. Olvidé que salí sin dinero –advirtió.
–Yo tengo algo.
–No puedo permitir que también pagues mi desayuno.
–Lo importante es que se te quite el dolor de cabeza –respondió Max y abrió la puerta.
Ella solo se atrevió a recoger un zumo de naranjas de un refrigerador. Él solicitó un café, huevos revueltos y una banana. Ni bien se sentaron, se quedó con el café y le entregó a ella lo demás.
–No… Yo… –balbuceó Hazel.
–Huevos y banana: lo mejor para la resaca –aclaró Max.
–Gracias. Parece que has tenido muchas.
–Un par.
–¿Comenzarás la universidad después del verano? –indagó Hazel mientras abría la botella de zumo.
–No. Trabajo en una tienda de artículos de surf.
–¿Surfeas, como casi todos aquí?
–Un poco. Aprendí lo básico el año pasado. Como te expliqué, no nací en Gold Coast, y en los otros sitios no tuve oportunidad. ¿Y tú? Déjame adivinar: te gustaría ser maestra o algo por el estilo –arriesgó. Hazel rio.
–No. Cuando me gradúe de la preparatoria, estudiaré Ingeniería Civil.
Él se respaldó en la silla de brazos cruzados.
–No eres así de racional –murmuró, entrecerrando los ojos.
–Me temo que sí.
–¿Te gustan las matemáticas?
–Mucho. Gané las olimpíadas escolares el año pasado.
Max comprendió muchas cosas de golpe y se sintió todavía más confundido en otras.
–¡Felicitaciones! –exclamó.
–¡Gracias! ¿Cuál era tu asignatura favorita en el colegio? Ya sabes la mía.
–A decir verdad, no me interesaba mucho la escuela. Quizás, cuando era niño, me gustaba Deportes. No lo sé.
–Pero te graduaste.
–Algo así.
–¿No terminaste el colegio? –indagó Hazel, inclinándose hacia adelante como si estuvieran confesándose un secreto.
A pesar de sentirse avergonzado, Max fue honesto.
–Si te refieres a obtener el grado que me permitiría ir a la universidad, no, no lo hice. Solo completé lo obligatorio.
–¿Por qué?
–Para que mi madre no tuviera problemas legales –bromeó–. No quise continuar porque no le encontré sentido, dado que no iría a la universidad.
–¿Vives con tus padres?
–Con mi madre y con mi hermana –respondió Max–. ¿Y tú? ¿Tienes hermanos? ¿Tus padres están juntos?
–Sí. Vivo con mis padres y con mi hermano. Tiene trece años. Es insoportable, pero lo adoro. ¿Cuántos años tiene tu hermana?
–Quince. Y es buena en la escuela, como tú. Espero que ella sí estudie algo más allá de la preparatoria.
La vibración del teléfono de Hazel los interrumpió. Extrajo el aparato y espió la pantalla. Atendió enseguida.
–¡Evelyn! ¿Por qué te fuiste? ¡Me dejaste sola en la playa!
–Lo siento. Te avisamos que íbamos a comprar más bebidas y tú desapareciste. Pensamos que te habías ido a debutar con…
Por las risas que interrumpieron el comentario, Hazel intuyó que Evelyn continuaba en compañía de sus amigas. Era un milagro que Max no estuviera oyendo la conversación. Aun así, intentó ocultar que se había sonrojado girando la cabeza hacia la ventana.
–¿De verdad no te preocupaste por mí ni por un segundo? –masculló.
–¡Claro que sí! Pero seguimos bebiendo y perdimos la noción del tiempo. Terminamos todos dormidos en la casa de Remi. ¿Dónde estás? Tenemos que volver antes de que mis padres se despierten.
–Encontrémonos frente al sendero que baja a la playa en diez minutos –propuso. Cortó y volvió a mirar a Max–. Tengo que irme.
–Lo imaginaba. Te acompañaré. Pero, si no te molesta, prefiero que tu prima y sus amigos no me vean.
–No sé por qué tienes tanto miedo de que la gente me vea contigo, pero no hay problema. Será nuestro secreto.
Caminaron de regreso conversando del clima en Gold Coast y las reuniones en la playa.
Él se detuvo a cien metros de donde comenzaba el sendero.
–Gracias por todo –susurró Hazel y le devolvió la sudadera.
–De nada. Cuídate.
Cuando Max le dio la espalda y comenzó a caminar en la dirección contraria a la que debía ir ella, creyó que su corazón correría detrás de él. Latía tan rápido y fuerte que le impidió pensar antes de actuar.
–¡Max! –exclamó. Él se volvió–. Amigo de verano, ¿puedo tener tu número de teléfono? Te avisaré cuando vuelva a la playa.
Max lo dudó por un segundo. Respiró hondo, evaluó las consecuencias que podía ocasionarle dejarse llevar por lo que sentía y al final concluyó en que nunca había sido tan racional como para escapar de una chica que le atraía. El problema era el modo en que esa cálida y tierna “amiga de verano” lo hacía.
–Claro.
–¡Me dejaste sola! –protestó Hazel en cuanto se reencontró con Evelyn. Sus amigos ya no estaban a la vista.
–Ya te expliqué lo que ocurrió. ¿Y tú? ¿Dónde estabas?
La voz de Max resonó en su memoria: “Prefiero que tu prima y sus amigos no me vean”.
–Dormí un rato en la playa y luego me refugié en un autoservicio.
–Entonces me quedo tranquila de que estuviste bien. Tenemos que correr. Ni se te ocurra contarle a alguien lo que hicimos.
–¿Qué de todo?
–¡Nada!
No estaba acostumbrada a mentir y su madre era mejor que la policía para los interrogatorios. Sin duda le preguntaría qué habían hecho con su prima ese fin de semana. Omitiría el asunto de la playa para no tener que mentir respecto de lo que había sucedido allí, pero no sabía si sería capaz de ocultar lo demás.
Mientras su prima la llevaba más rápido que un guepardo, volvió a pensar en Max. Sonrió mirando unos pájaros que surcaban el cielo. Por ausentarse de la realidad recordando el beso de la noche anterior y lo lindo que se sintió despertar en sus brazos esa mañana, casi se llevó a una persona por delante.
–Disculpe –susurró.
Su prima giró la cabeza para verificar lo que ocurría. Como no vio nada relevante, siguió caminando rápido.
Lograron llegar a la casa antes de que sus tíos se despertaran. El primer indicio de que alguien se estaba levantando se oyó justo cuando terminaron de acostarse.
El celular de Hazel era viejo y apenas servía para hacer llamadas y enviar mensajes. No había manera de saber más de Max si no le escribía en algún momento o se encontraban. Entendía por qué podía preocuparlo que su madre se enterara de que habían pasado la noche juntos, pero no el motivo para que le pidiera que también se lo ocultara a su prima. Por las dudas, continuó haciéndole caso.
Solo pudieron dormir dos horas antes de que su tía las llamara para desayunar.
Tal como pensaba, cuando llegó a la finca de su abuela, su madre le preguntó qué había hecho el fin de semana con su prima. Fuimos a la playa en la madrugada, besé a un desconocido y bebí hasta perder la conciencia, pensó. Como no podía decirle eso, le contó que habían mirado películas, conversado y jugado a los naipes. Ocultar no era mentir, ¿o sí? A pesar del dilema ético que la situación representaba para ella, lo sorteó con la racionalidad que la caracterizaba.
Después de instalarse en su dormitorio, se preguntó si acaso sería muy pronto para escribirle un mensaje de texto a su amigo de verano. Hizo cálculos. Creyó encontrar la excusa perfecta.
Hola, Max, aquí Hazel. Solo te escribo para que también tengas mi número y puedas avisarme si vas a la playa. ¡Nos vemos!
Lo envió y esperó un rato. No obtuvo respuesta. En la finca no había conexión a internet, pero sí señal, y era buena. De modo que, si no llegaba un mensaje de regreso, era porque Max no quería. La inseguridad volvió a atacarla. Pensó que él se había visto en la obligación de darle su número. Tal vez no sentía lo mismo que ella y el silencio era su manera de demostrarlo.
Dejó el celular sobre la mesa de noche y cerró los ojos, temerosa de acabar avergonzada. Estaba tan cansada que pronto se quedó dormida.
Despertó para la cena, todavía sin noticias de Max. En la mesa, removió la comida un buen rato. Era estúpido ponerse triste, pero la ausencia de interés de él la hizo sentir de esa manera.
Al despertar a la mañana siguiente, vio que en la pantallita exterior de su celular titilaba el aviso de un mensaje de texto. Se frotó los ojos para despertar más rápido y abrió la tapa. No podía creer que, al fin, Max hubiera respondido.
Hola, Hazel. Aquí Max. Si no tienes nada que hacer, podemos encontrarnos esta tarde.
Miró la hora: ya eran casi las diez. Podía ponerle a su madre la excusa de que quería dar un paseo, pero no debía alejarse demasiado. Tenía que regresar en un horario apropiado que no despertara sospechas.
Disculpa que no respondí antes, estaba dormida. Puedo caminar hasta el cruce Nicholl’s. ¿Irías hasta ahí?
La respuesta llegó más rápido de lo que esperaba.
Claro. Te paso a buscar por allí a las tres.
Su estómago se llenó de cosquillas mientras su corazón latía acelerado. No supo si se sentía más nerviosa por estar a punto de reencontrarse con Max o por tener que ocultarle a su madre que saldría con él.
Durante el almuerzo, estuvo muy distraída.
–¿Qué ocurre, pequeña? –indagó su abuela.
–¿Por qué? –replicó ella, confundida.
–Estás sonriendo.
A Hazel se le escapó una de sus carcajadas peculiares.
–Abuela, ¿qué dices?
Contó los segundos hasta que se hizo la hora de salir. Por suerte, aunque su madre le preguntó por qué lugares pasearía, no se opuso a que saliera. Solo le pidió que no abandonara la finca. Se fue de la casa más nerviosa todavía: eso era justo lo que haría. No acostumbraba mentir. En esa ocasión sabía que, si decía la verdad, su madre no le permitiría andar por ahí con un chico.
Por un instante, mientras cruzaba la cerca que la llevaba a la carretera, los temores de Adeline se hicieron parte de ella. No sabía nada de Max, más allá de que tenía una hermana de quince años, que trabajaba en una tienda de surf y que no había terminado el colegio. Al menos no hasta el nivel preuniversitario, lo cual era bastante desalentador.
Por otro lado, no podía verlo de la misma manera que su madre. Si lo miraba con los ojos de Adeline, sin duda vería a un desconocido peligroso y un fracasado sin futuro. Así de cruel y sencillo. En cambio, si lo observaba con su propia mirada, tenía una muy buena imagen de él. La de una persona que no se había aprovechado de que jugara a besarlo un poco ebria y que, por el contrario, la había cuidado mientras que su prima y sus amigas habían desaparecido.
Tenía miedo porque solía ver las cosas al revés de todo el mundo. El corazón le dictaba que ella tenía la razón. Su mente, en cambio, le indicaba que los demás debían de estar en lo cierto. Era imposible que la mayoría viera las cosas de un modo y solo ella, de otro.
Sus dilemas internos desaparecieron en cuanto divisó una motocicleta negra en el cruce. No tuvo dudas de que se trataba de Max. Estaba vestido con un pantalón de jean oscuro roto, una camiseta, una cazadora al tono y botas. Tenía un casco colgando del brazo y otro del manubrio.
Le dijo “hola” con una sonrisa, bastante nerviosa, mientras agitaba una mano. Enseguida tuvo que llevarla a su mejilla para espantar un mosquito que la perturbaba desde hacía unos minutos.
–Hola –respondió Max y le ofreció un casco.
Hazel lo aceptó bajando la cabeza. Se humedeció los labios maquillados de rosa pálido. Había cambiado el vestido rosado por uno de color lila.
–¿Nos alejaremos mucho? Tengo que regresar antes del anochecer.
–Estaremos de vuelta aquí a la hora que me indiques.
Hazel sonrió, más tranquila, y puso el casco delante de su rostro.
–¿Cómo se usa esto? –preguntó–. Aunque te parezca mentira, nunca me he montado en una motocicleta.
–No me parece mentira –replicó él y la ayudó a colocárselo.
Hazel se sentó y se aferró a la cadera de Max con fuerza. Temía no ser capaz de mantener el equilibrio, aunque en realidad él debiera hacerlo. Se le escapó una risita. La vergüenza la consumió por completo al pensar que solía reír de forma bastante notoria y que Max podía pensar que era una tonta por eso.
Anduvieron por la carretera un rato hasta que él dobló en una calle de tierra. El plan de Hazel para mantenerse en la línea se desbarrancó cuando llegaron a un lugar donde había otras personas en moto, haciendo cabriolas en lomadas y en el barro.
Max se detuvo frente a un grupo y se quitó el casco. Los chicos lo saludaron chocando las manos con la suya, como había hecho él con ella camino al autoservicio. La presentó como Hazel, sin detalles. Recién cuando los demás repararon en ella se dio cuenta de que no se había quitado el casco.
–Déjatelo –indicó Max, apoyando una mano en su cabeza. Sus amigos volvieron a lo suyo–. ¿Te gustaría aprender?
Hazel soltó otra de sus carcajadas.
–¿Quieres que me suicide?
–No me refiero a hacer piruetas, sino a conducir.
–¿Cómo lo haría? No sé.
–Te enseñaré.
Él le explicó cómo acelerar, cómo se utilizaban los cambios y los frenos. La acompañó sosteniéndola de la cintura mientras aprendía a hacer equilibrio y a maniobrar.
–¿Puedo quitarme el casco? –preguntó Hazel, agitada–. Siento que se me está cocinando la cabeza.
–Siempre es mejor que lo lleves puesto, pero no creo que corras peligro.
–Espero no caerme, aunque soy propensa a los papelones.
Tras quitarse el casco, descubrió que Max la observaba. Se llevó una mano al pelo e intentó acomodarlo, un poco avergonzada; debía de estar muy despeinada.
–¿Qué hago con esto? –indagó, mostrándole el casco. Max lo tomó y lo arrojó al césped.
–¿Recuerdas cómo acelerar?
Hazel sonrió a la vez que asentía con la cabeza. Los deportes nunca habían sido lo suyo, pero en un rato estuvo andando sola.
Max disfrutó que pudiera hacerlo. Se veía muy hermosa con esa enorme sonrisa de orgullo, con el cabello rojizo al viento y la falda del vestido lila plegada en la cadera. Sus piernas eran largas y carnosas. La encontraba hermosa.
Giró el manubrio hacia su lado y llegó a él en instantes. Frenó de golpe, lo que hizo que su cabeza se inclinara hacia adelante, y rio de nuevo.
–¿Qué tal estuve? –preguntó con alegría.
–Excelente.
–¿Puedo dar otra vuelta?
–Todas las que quieras.
Mientras Hazel continuaba divirtiéndose, un amigo de Max se acercó y la señaló con la cabeza.
–¿Estás saliendo con ella? –preguntó.
–No lo sé. Es la prima de una amiga de Luca –respondió Max.
–¿Cuántos años tiene?
–Diecisiete.
–Luce… diferente. Tú entiendes.
–Lo sé.
–Suerte con eso.
Le dio una palmada en el hombro y se alejó.
Max ya sabía que Hazel no era parecida a él ni a las chicas con las que acostumbraba salir. También tenía claro que lo más probable era que no llegaran lejos, mucho menos que lo hicieran rápido. Aun así, por más que había intentado olvidarla, terminó respondiendo su mensaje e invitándola a salir como hubiera hecho con cualquier otra chica que lo atrajera. Esta vez era diferente. Disfrutaba de su compañía. Ella le despertaba sentimientos que jamás creyó conocer en su vida.
Volvió a la realidad cuando se dio cuenta de que Hazel había abandonado la zona segura y se dirigía a un sector de piedras sin darse cuenta.
–¡Hazel, no! –exclamó y corrió hacia ella.
Al oír su voz por debajo del motor del vehículo, ella giró la cabeza para descubrir qué ocurría. En ese momento, pisó una piedra con la rueda de adelante, perdió el equilibrio y cayó.
Max llegó deprisa, apartó la motocicleta de la pierna de Hazel y se arrodilló a su lado.
–Lo siento –balbuceó ella.
–¿Estás bien? –preguntó él y comenzó a revisarla.
–Perdona. No me di cuenta.
–Deja de pedirme disculpas. ¿Te lastimaste?
–Creo que no.
Max respiró aliviado y fue en busca de la motocicleta. Por suerte, tampoco se había roto; todo estaba en orden. La apagó y estiró una mano para que Hazel se levantara. Se dio cuenta de que un par de chicos la miraban, sin duda porque su vestido se había levantado y, mientras estaba en el suelo, se le había visto la ropa interior. Se interpuso entre ella y los demás sin que Hazel se diera cuenta.
–Será mejor que nos vayamos –decidió.
Aunque Hazel sacudió la tierra del vestido, de todos modos quedó sucio. Al intentar caminar, cojeó. Los dos miraron su pie al mismo tiempo: se había quemado con el caño de escape a la altura del empeine, donde no la cubría la sandalia.
–Auch –murmuró.
–Siéntate en la moto. Conozco un lugar donde hay un botiquín de primeros auxilios –propuso Max.
Arrastró el vehículo con Hazel en el asiento hasta el lugar donde había dejado los cascos. Los recogió y le ofreció el suyo a Hazel. Ella lo aceptó.
–De verdad lo lamento –dijo–. Tengo la manía de arruinarlo todo.
–Es mi culpa –asumió Max–. Fue mi idea y, además, yo me distraje. Esta vez no lo has arruinado tú.
Hazel sonrió con inocencia y calidez.
Max condujo hasta una gasolinera y se introdujo con ella en el baño. Le pidió que se sentara sobre el retrete y buscó el botiquín que estaba en una caja que los empleados no cerraban con llave.
Para no pensar en cuánto le ardía la herida mientras Max la curaba y en qué excusa le pondría a su madre sobre ese asunto, Hazel se concentró en el cabello oscuro de él y en sus hombros anchos. Tenía una nariz muy bella. Desde la posición en la que se encontraba, se veía todavía más hermosa. La acarició con un dedo sin pensar. Él alzó la cabeza de golpe.
–Perdón –susurró ella con una sonrisa tímida.
Max respiró hondo para contener el deseo que Hazel le despertaba y continuó higienizando la herida. Sentía sed. Las fantasías lo consumían. No solo la de probar sus labios y abrazarla por la cintura para que sus pechos desnudos se acoplaran a su torso, sino otra todavía más peligrosa en la que tan solo le tomaba la mano y reían.
–Listo –anunció y se levantó para devolver el botiquín a su lugar.
–Gracias –replicó Hazel–. Casi parece que nada hubiera ocurrido. Serías un excelente doctor.
–Pero tan solo trabajo en una tienda de surf.
–Tienes que contarme más de eso –pidió ella, sonriendo de nuevo.
–No creo que te resulte muy entretenido.
Hazel se acomodó el cabello detrás de la oreja a la vez que apretaba los labios. No quería ver la oscuridad que, de pronto, se había apoderado del chico que ella consideraba luminoso.
–Yo creo que sí.
En lugar de subir a la motocicleta, caminaron un poco. Hazel sentía que el pie le molestaba cada vez que daba un paso y Max estaba cansado de llevar el vehículo a la rastra, pero si se colocaban los cascos y tan solo emprendían el regreso, no podrían conversar más.
–¿Quieres parar? –ofreció él después de un rato.
–No quiero, pero ya no puedo caminar más.
Pensando en la herida de Hazel, en lugar de dejarla en el cruce, Max condujo hasta la entrada de la finca. Aunque era arriesgado y los dos lo sabían, no había más remedio. Por suerte, la casa no estaba próxima a la cerca.
Hazel descendió de la motocicleta y le devolvió el casco. Verla despeinada, al contrario de lo que ella pensaba, le provocó mucha ternura.
–¿Me escribirás, amigo de verano? –preguntó Hazel, ilusionada.
–Puedo pasar a buscarte por el cruce pasado mañana a la misma hora que hoy.
Ella sonrió con entusiasmo.
–¡Claro! Y el sábado podremos vernos en la playa. Seguro esté con mi prima. Le pediré que vayamos.
Tras alcanzar ese acuerdo, se despidieron.
Hazel caminó hacia la casa de su abuela recordando cada instante de la bella tarde que había vivido. Tenía la mente tan llena de ilusiones que olvidó que le dolía el pie y que había mentido para salir.
En cuanto entró a la casa, Hazel vio a su familia reunida en la sala. Les avisó desde lejos que iba al baño porque había tenido un accidente tonto y se encerró allí.
Su madre la siguió para preguntarle qué había ocurrido.
