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Irlanda, 1912. Amy soñaba con ser libre. Thomas quería construir el nido que nunca tuvo. Juntos descubrirían que el amor era todo lo que necesitaban. Una historia para atesorar, donde el pasado, los mandatos e incluso la guerra ponen a prueba un amor capaz de enfrentarse a todo. En la Irlanda de principios del siglo XX, Amy Walsh y Thomas Byrne provienen de mundos similares, pero con destinos inciertos. Ella, una joven que ha perdido el estatus de su familia, y él, un heredero cuya fortuna se ha desvanecido, encuentran en el otro una razón para desafiar las normas y luchar por su amor. Sin embargo, deudas familiares, engaños y la sombra de la guerra amenazan con separarlos. En un escenario donde la supervivencia y la pasión se entrelazan, Amy y Thomas deberán decidir hasta dónde están dispuestos a llegar para estar juntos.
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Seitenzahl: 568
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Te elegí mucho antes de lo que imaginas, cuando te vi por primera vez en una fiesta y tú ni siquiera reparabas en mí.
Para quienes sufren.
Para quienes desean sanar en compañía de una historia.
Para quienes anhelan conmoverse y amar.
Les comparto un pedacito de una de mis vidas.
Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor.
Tácito
Esta es la historia de un hombre que se enamoró de una mujer inalcanzable. O eso creyó.
Esta es la historia de una mujer que debía salvar a su familia de la ruina. Pensó que lo estaba haciendo bien. Quizás se equivocó.
Irlanda, 1912
Me acomodé el chaleco frente al espejo y olí una manga. Estaba en condiciones. Desde que me vi obligado a despedir a la última criada, había aprendido a cocinar, tender la cama y lavar la ropa, entre muchos otros quehaceres. Podía tanto lustrar el suelo como ensillar mi propia yegua.
Aunque no era un experto en las tareas domésticas, lo hacía bastante bien. Formaba parte de las consecuencias de que todo el dinero se hubiera evaporado y solo me quedaran una enorme casa, varias hectáreas, mi reputación y ser descendiente de un abuelo que solía ostentar un título aristocrático.
Supongo que cualquiera hubiera juzgado que hacer todas esas cosas, para un hombre de mi estirpe, sería una deshonra. Por fortuna, nadie se enteraba. La máscara de joven solitario servía al propósito del ocultamiento. Salía solo para hacer sociales en el club de caballeros y jamás invitaba gente al lugar oscuro y frío en el que vivía. A veces me costaba conseguir leña y ahorraba en velas y en combustible para las lámparas.
Me coloqué el sombrero, lo acomodé sobre mi cabeza y eché un último vistazo al espejo. Abandoné el dormitorio con la extraña sensación de que iba disfrazado.
Amos, mi perro, se aproximó moviendo la cola en cuanto salí de la casa. Saltó sobre mis pantalones con alegría.
—¡Ey, no! —exclamé, a la vez que lo guiaba con la mano para que se comportara.
Le acaricié la cabeza y me sacudí la ropa antes de seguir mi camino. Pasé frente al cobertizo en el que guardaba el automóvil de mi padre. Ni siquiera lo miré. Como no funcionaba, era una de las pocas cosas que no había podido vender. Además, el combustible era muy costoso. Asistir a una reunión de la alta sociedad en el carro de campo era impensado y ya no contaba con el carruaje. Por suerte, siempre me había gustado más cabalgar.
Fui en busca de mi fiel Holly, la única yegua que conservaba de los hermosos ejemplares que alguna vez habíamos tenido. La ensillé y la acaricié un poco. Desde la infancia tenía la costumbre de pedirles permiso a los animales para obtener algo de ellos. Lo hacía antes de montar a Holly, ordeñar una vaca, esquilar una oveja, matar un pollo o, incluso, al recoger los huevos de las gallinas.
—¿Me llevarás a la ciudad sano y salvo hoy? —pregunté mientras le acariciaba el cuello.
Como su respuesta fue un ronquido placentero, di por sentado que estábamos de acuerdo y la monté. Bastó un suave golpe en sus lados con mis talones para que se echara a andar.
Aunque sostener una marcha regular desde Ashford hasta Dublín implicara unas dos horas, no podía galopar todo el tiempo. Para empezar, no quería exigirle a Holly un trabajo tan duro para recorrer esa distancia a su edad. Además, de hacerlo, yo no llegaría limpio a la reunión y debía lucir presentable.
Hacía bastante que no concurría al encuentro con mis conocidos. Tenía que hacerlo si deseaba evitar las habladurías, aunque quizás ya estuvieran circulando. Me sentía incómodo con esa ropa de categoría. Nunca imaginé que vestirme a diario como un campesino me resultaría tan cómodo. No había comparación entre lo libre que me encontraba con esas prendas y lo aprisionado que me hallaba con las otras. Incluso me quedaban un poco ajustadas. El esfuerzo físico había aumentado el tamaño de mi cuerpo y no había podido comprarme prendas nuevas. Para trabajar usaba las que habían dejado los jornaleros antes de marcharse.
Llegué a la ciudad sin muchas ganas de conversar. Me ponía nervioso volver a sujetarme a las normas de la alta sociedad. Sabía que, al ingresar al salón y encontrarme con mis amigos, me sentiría mejor. Sin embargo, los momentos previos a someterme a las miradas escrutadoras de las personas eran desagradables. Siempre lo habían sido.
Até a Holly y le prometí que nos reencontraríamos pronto. En ese momento, la habría montado de nuevo y habría regresado a la finca sin ver a nadie. Sabía que era un pensamiento inmaduro, de modo que me reacomodé la ropa y caminé hasta la entrada del salón. Saludé a quienes se hallaban en la puerta, me quité el sombrero e ingresé sin más demora.
En cuanto puse un pie en la sala, mi amigo Charles se aproximó con una copa en la mano. Apoyó un brazo sobre mis hombros, fuera de todo protocolo. Allí casi no existían cuando el alcohol ya circulaba por el cuerpo.
—¡Thomas! —exclamó—. Al fin decidiste aparecer. Te extrañábamos.
—¿Ah, sí? ¿Tú y cuántos más? —bromeé.
—¡Todos nosotros! —aseguró, a la vez que alzaba las manos para implicar al resto, aunque nadie prestara atención a nuestro encuentro, y bebió otro sorbo—. Acércate. Tengo noticias para ti. —Como de costumbre, el único protocolo que nunca faltaba era el de los chismes.
Nos aproximamos a un mueble en el que me serví vino. Luego, nos sentamos a una mesa circular para beber junto a una pared. Las mullidas butacas de paño verde me recordaron los sofás que había vendido. Aunque eran cómodas, me sentía un impostor sentándome en ellas.
Charles estuvo a punto de decirme algo. Calló en cuanto dos amigos se aproximaron. Me relajé un poco con las preguntas superficiales de cómo estábamos. El alcohol, sin duda, ayudaba.
A pesar de que el ambiente era muy bullicioso, sus voces se superpusieron a las demás y logré escucharlos. No había ocasión en la que no hablaran del Titanic. Todos tenían algún familiar, amigo o conocido que había estado en el naufragio. A veces, hasta parecía que competían para ver quién había sufrido más por esos tristes acontecimientos. Pugnaban por demostrar que su información provenía de buenas fuentes y formulaban teorías respecto de lo sucedido.
—¿Y tu tía? —consultó Charles, mirándome.
—La última vez que tuve contacto con mis primas, todavía no la habían encontrado —respondí—. Supongo que se habrá ido al fondo del océano con el barco.
Después de sintetizar media hora de intercambios con la frase “¡qué tragedia!”, siguieron con otra conversación muy usual por esos días: probritánicos y nacionalistas. Como protestante, se suponía que yo tenía que defender nuestros lazos con Gran Bretaña. Sin embargo, era más bien nacionalista y, en mi interior, quería que se nos otorgara la independencia.
Aunque mi postura estaba en concordancia con la de mis amigos, prefería no opinar de política. A decir verdad, cada día tenía menos en común con las personas de las que siempre me había rodeado. Mis problemas habían dejado de pertenecer al mundo de las ideas y se habían transformado en realidades concretas que no podía contarles a ellos. En ese momento, más que hablar de utopías libertarias, me habría gustado poder manifestarle a alguien mi preocupación por la enfermedad de boca y pies que estaba afectando a mi ganado y que me volvería todavía más pobre.
Una bandeja con una botella llegó a nuestra mesa. Aprovechamos para servirnos más bebida. En ese momento, los amigos que nos acompañaban se alejaron para recibir a otra persona. Charles se inclinó hacia adelante, como si fuera a contarme un secreto.
—¿Te enteraste? El señor Walsh murió.
Permanecí un instante en silencio. Lo miré sin saber qué responder.
—¿También se lo llevó el barco? —indagué. Charles rio.
—No. Parece que su corazón se detuvo mientras hacía cálculos en su escritorio. Me contó mi padre que, según un amigo suyo, hizo muy malos negocios, por eso no dejó herencia alguna para su esposa y para sus hijas. —Asentí de manera reflexiva y bebí otro trago. No podía contárselo, pero, si el rumor era cierto, conocía bien lo que esas mujeres debían de estar sintiendo—. Dicen las malas lenguas que la señora Walsh está buscando un pretendiente para su hija mayor que las pueda rescatar de la ruina con urgencia.
Calló, como esperando que yo me pronunciara al respecto. Todavía con las vacas en la cabeza volví a asentir, a ver si el chisme tenía continuación.
—¿No dirás nada? —me arengó. Procuré encontrar algunas palabras antes de que se burlara de mi expresión de desconcierto.
—Lo lamento. Pobre familia.
—¡Ah, vamos! No te hagas el tonto. ¡Es tu oportunidad!
—¿Mi oportunidad de qué?
—¡De pedir la mano de Amy Walsh!
De pronto, las vacas desaparecieron por completo y, por un instante, mi mente se llenó de la belleza de la hija mayor del señor Walsh. Miré al frente y bebí de una sola vez el líquido que restaba en mi copa. Debía acabar con la fantasía de acercarme a ella.
—No estoy buscando esposa —repliqué.
—Tienes veinticuatro años. ¿Qué esperas? ¿Que se te hunda el barco?
—Es desagradable que bromees con eso.
—Tienes razón. Lo siento, bebí un poco.
—Creo que ya has bebido suficiente.
Volví a llenar mi copa para que el vino se terminara y no lo consumiera mi amigo.
—No puedes negar que tengo razón —declaró—. Fui testigo de cómo la mirabas cada vez que se cruzaban en los bailes. Lo haces desde que coincidieron en el primero al que ella asistió. Bastante mayorcita para empezar, por cierto. ¿Cuántos años tenía por aquel entonces? ¿Veinte?
—Diecinueve. Ahora debe de tener veintiuno.
—¡Ja! ¿Y luego dices que no te interesa?
Reí a la vez que negaba con la cabeza.
—¡Acaba con eso! ¿Yo, pedir la mano de Amy Walsh?
—¿Por qué no?
—Porque no puedo rescatar a nadie de nada —confesé, convencido de que mi amigo no comprendería mis palabras. Para empezar, estaba ebrio. Además, si acababa de sugerirme la locura de que desposara a la señorita Walsh, ni se le ocurría que ahora yo era un campesino y ya no un muchacho rico como él.
Aunque la conversación acabó en cuanto nuestros amigos regresaron, no abandonó mi mente. En lugar de pensar en vacas enfermas, pensaba en una bella rubia que durante dos años me había deslumbrado cada vez que la veía. Era extraño que, en tanto tiempo, no hubiera escogido un pretendiente. Sin duda, tenía muchos. Tal vez no eran tiempos apremiantes para su familia y ella dilataba la decisión. Tras la muerte de su padre, eso había cambiado y, quizás, se inclinara por alguien. Estaba seguro de que la fila para ganarse la aprobación de su madre sería extensa.
Mientras regresaba a casa sobre el lomo de Holly, recordé la primera vez que coincidimos en un mismo sitio. Refulgía en mi memoria como si hubiera ocurrido esa misma noche.
Me hallaba de pie en el salón de la casa de los O’Connor, conversando con Charles y con otro amigo. De pronto, percibí que algo en el ambiente había cambiado. Giré la cabeza hacia la puerta. Entonces la vi: era imposible no reparar en ella. Destacaba entre la gente. Llevaba un vestido de color rojo oscuro con detalles negros. Unas pequeñas piedras destellaban en su larga cabellera de color rubio rojizo; era parecido a ver el halo que rodea la luna cuando se avecina una tormenta.
—¿Esa es Amy Walsh? —preguntó Charles. Entrecerraba los ojos para ver mejor desde la distancia.
—Parece —contestó nuestro amigo—. Al fin los Walsh han liberado su joya más preciada, creí que la esconderían para siempre. Bueno, ha llegado mi momento. —Le entregó a Charles la copa que tenía en la mano, se acomodó la chaqueta y nos miró con expresión triunfante—. Dispénsenme —dijo y se encaminó hacia la muchacha.
No pudo llegar a Amy. Detrás, iban sus padres y, además, una chica le ganó de mano. Muchos ojos estaban pendientes de ella. Resultaba evidente que los hombres se sentían atraídos y que algunas jóvenes le temían. Seguro perderían la atención de varios caballeros por su causa.
Yo también caí en la trampa y la observé durante un rato. Rio con su amiga. La forma de sus labios cuando lo hacía era en verdad hermosa. Pero, aunque muchos se encontraban absortos en ella, la señorita Walsh no parecía interesada en nadie. Sus ojos resplandecían a imitación de los accesorios de su cabellera; se notaba que la fiesta la deslumbraba más que sus espectadores. Me hubiera gustado convertirme en uno más e invitarla a bailar cuando fuera posible. Sin embargo, en cuanto ella giró la cabeza y nuestras miradas estuvieron a punto de encontrarse, aparté la mía enseguida.
Cambié la belleza sublime de Amy Walsh por la honradez lóbrega de un cuadro de dos niños corriendo en un parque entre unos arbustos frutales. Imaginar una historia detrás de la escena me sirvió para calmar mi corazón acelerado y razonar: no podía pretender a nadie.
Por aquel entonces todavía creía que pertenecía a la alta sociedad. Nada me hacía pensar lo contrario. Sin embargo, un secreto se ocultaba en la inmensa casona de campo que habitaba. Por esa razón, tenía claro desde que me había convertido en el interés de algunas madres que jamás podría desposar a sus hijas, mucho menos a una joven rica y hermosa como Amy Walsh.
Mi madre falleció en el parto. Lo poco que conocía de ella era gracias a un cuadro que presidía el escritorio de mi padre y a los relatos que me contaba el ama de llaves cuando era niño. Aunque mi padre en ese momento aún estaba vivo, se podría decir que tampoco llegué a conocerlo. Existía físicamente, pero ya no era la misma persona que se había enamorado de mi madre.
Su partida instantes después de mi llegada a este mundo transformó la alegría de mi padre en dolor. Desde entonces, solo se dedicaba a jugar y a beber. Había descuidado sus finanzas, sus tierras y sus criados, a tal punto que ya nadie lo quería y él tampoco me quería a mí.
Cuando se embriagaba, solía decirme que mi madre había muerto por mi culpa. Escuchaba esas palabras desde que tenía memoria. Nada podía hacer el ama de llaves para objetarlo. Si bien yo aseguraba que le creía cuando ella me decía que él no sabía lo que hacía y que yo era un angelito, nada podía quitarme de adentro que mi propio padre no podía no tener razón.
Con los años logré apartarme un poco de esa idea, pero no de él. Sufrí por la muerte del ama de llaves como si se tratara de la mujer que a veces miraba fijamente en el cuadro del escritorio, el mismo en el que mi padre se concentraba mientras bebía.
Ocuparme de los negocios de nuestras tierras me ayudó a relegar el sentimiento de culpa que a veces me recorría y por el que permanecía junto a una persona que siempre me había despreciado. Mi padre era la razón por la que Amy Walsh y cualquier otra joven estaban fuera de mis posibilidades: no podía someter a una esposa al hombre con el que convivía. Tampoco podía abandonarlo, así que me había resignado a que pasarían muchos años hasta que pudiera pensar en un matrimonio, si es que alguna vez deseaba uno.
Cuando mi padre murió, por un instante, Amy Walsh se cruzó por mi mente. Pensé que, quizás, podría acercarme a ella en el siguiente baile. Pero, entonces, me enteré de que todo lo que él había dejado atrás eran deudas y comencé a vender lo que podía para pagarlas. Hacía casi un año que trabajaba sin descanso y aún no había terminado. Ocultar las condiciones en las que vivía resultaba todavía más agotador que haber cambiado la biblioteca por las horas al rayo del sol, los bailes, por el arado, los muebles, el carruaje y los caballos, por dinero para pagar a los bancos.
En ese momento, Amy Walsh se volvió todavía más inalcanzable. Como las estrellas sobre nuestras cabezas y las ideas de libertad que alguna vez había defendido con empeño en las conversaciones de salón.
Durante meses creí que jamás volvería a estar a su altura y que, si alguna vez lo conseguía, sería tarde, pues ella ya se habría casado.
El destino acababa de mover las piezas en el tablero y ahora, sobre mi yegua, no dejaba de preguntarme si acaso era justo que mi vida continuara suspendida por los designios de mi padre. ¿Por qué no tenía permitido enamorarme, unirme a una mujer, ser felices juntos? Formar la familia que siempre había anhelado y jamás había tenido.
Algo en mí se agitaba de manera diferente. Se había encendido una llama que jamás creí que existiría. En especial, si se refería a alguien que había creído inalcanzable hasta hacía unas horas.
Al fin, Amy Walsh y yo estábamos al mismo nivel. Éramos ricos venidos a menos, intentando sobrevivir en un mundo de apariencias. Mi padre no estaba, su madre buscaba un esposo.
Ya no sonaba tan injusto mostrarme interesado en ella.
Mirando por la ventana de la sala de mi casa en la ciudad de Dublín, me pregunté, como tantas veces por esos días, qué sería de mí. Si bien me habían educado para llevar adelante un hogar de categoría, la posibilidad de concretar esa expectativa social me angustiaba.
Tenía pruebas de que convertirme en esposa significaría renunciar a todo. Dependiendo del marido que me tocara en suerte, cabía la posibilidad de que una mudanza me alejara de mi familia. Mi padre era un buen hombre, pero frío con mi madre. Estaba segura de que había respeto entre ellos, pero no amor. Además, conocía de cerca el matrimonio de mi mejor amiga, Johanna: que la persona con la que se había casado la ignorara no era lo que ella merecía. Incluso había escuchado de casos en los que el hombre maltrataba a la mujer, a veces de manera física. Temí que mi esposo ni siquiera me permitiera leer.
No hacía más que imaginar escenarios terribles desde que mi madre me había pedido que nos sentáramos en la sala para conversar a solas. Como mi padre había fallecido hacía poco, creí que me regañaría por haber roto las reglas del luto encontrándome con Johanna a escondidas de su marido.
Me sorprendió que el diálogo comenzara de una manera diferente de la que pensaba.
—Debemos conversar acerca de tu futuro.
—¿Mi futuro? —repliqué. Intuía lo que seguía.
—Llevamos dos años en busca de un esposo y todavía no le has dado el visto bueno a ninguno. No esperarás que yo te lo imponga.
Mi corazón comenzó a latir rápido. Respiré hondo para mantener la calma.
—Lo sé —dije mientras ideaba una excusa para continuar aplazando el matrimonio—. En cuanto podamos asistir a reuniones sociales de nuevo…
—Lo haremos de inmediato.
—Pero estamos de luto.
—Parece que no estás entendiendo. —Se inclinó hacia adelante con una mirada poco común en ella—. Seré más clara: tu padre no nos ha dejado nada.
—¿Nada? —repetí, sin saber si entendía bien de qué hablaba.
—Nada. Ni un penique.
—¿Cómo es posible?
—Negocios.
Era toda la respuesta que una señorita necesitaba. O, quizás, ni siquiera ella comprendía bien los problemas de un inversionista para explicármelos.
Encogí las piernas como si eso me retuviera un poco más en ese sofá, en ese hogar que no quería abandonar para convertirme en la esclava de un hombre.
—Mamá, yo…
—Basta de excusas. Has desperdiciado partidos extraordinarios sin que emitiera un sonido. Sabes que jamás insistiría para que te casaras con urgencia si no fuera realmente necesario. Casi te diría que no estoy pensando en mí: me preocupa tu hermana.
—¿Y yo? ¿Por qué tengo que cargar sobre mi espalda el peso de salvar a nuestra familia?
—Eres mi hija mayor. ¿Esperas que Mary Anne asuma tu responsabilidad? Tiene dieciséis años, todavía es muy joven. Al menos deberíamos esperar a sus diecisiete para buscarle pretendientes. Lo haría yo, pero ya estoy vieja para que alguien me elija. No entiendo por qué le temes tanto al matrimonio.
—Casarse significa renunciar a todo lo que conozco para complacer a un hombre, lo sabes mejor que nadie. No sé si pueda hacerlo.
—Es mucho menos dramático de lo que imaginas. Además, si no quieres casarte, ¿qué deseas? ¿Internarte en un convento?
—¡Menos!
—¿Entonces? ¿Creías que tus padres viviríamos para siempre, que esta sería tu realidad eternamente? Existe una razón para que les busquemos el mejor partido posible a nuestras hijas: el tiempo se escurre muy rápido. No puedes esperar más. Por ahora, la belleza y la fertilidad están de tu parte. Tienes veintiún años, quién sabe cuándo dejarás de ser una mujer deseable. Piensa en Mary Anne, te lo ruego. En cuanto los cotilleos se propaguen y la gente se dé cuenta de que no tenemos un medio de vida, será nuestra ruina. Quizás tú resistirías convertirte en una solterona si no deseas casarte, pero tu hermana… No puedes condenarla al mismo destino. ¿Qué hombre la querría, llegado el momento, si todos se enteraran de que somos pobres?
Tragué con fuerza. No había muchas opciones en las que pensar. Imaginar a Mary Anne casada con un anciano, quizás el único hombre de la alta sociedad que la aceptara al ser ella pobre tras haber sido rechazado por las demás señoritas, me preocupaba. Si no me unía en matrimonio con alguien que pudiera solventar los gastos de mi familia, mi madre y mi hermana estarían desamparadas. Tal vez se quedaran solas y sin dinero. Las condenaría a asumir mi destino, con la diferencia de que yo podía resistirlo, en cambio, ellas no.
Me aparté de la ventana con la conversación todavía en mi memoria y me senté en el sofá. Recogí el libro que había dejado sobre la mesita. Creí que la lectura me ayudaría a despejarme. Fue peor.
Apoyé el ejemplar sobre el regazo y miré al frente. Hice una lista mental de los hombres de clase alta que buscaban una esposa. Muchos ya se habían presentado como posibles candidatos para mí en esos dos años. Como no me decidía, se habían ido con otras. Un par seguía en la búsqueda. Si el rumor de que, esta vez, sí escogería a alguien se esparcía, quizás algunos regresaran. Tenía suerte de que mi madre todavía me permitiera opinar al respecto y no hiciera un arreglo con el mejor postor a mis espaldas.
Pensé en Pat Kelly, el hijo del banquero. No parecía un mal partido. El problema era que pasaba la mayor parte del tiempo en Cork, y eso me alejaría mucho de casa.
El señor Doyle se cruzó por mi mente para erizarme la piel. Si terminaba unida en matrimonio con sus cincuenta años y sus cuatro esposas fallecidas, sería mi ruina personal, aunque el dinero del constructor le viniera bien a mi familia. No imaginaba una vida con él y temía convertirme en su quinta razón para pasearse por ahí diciendo que era viudo.
Muchos hombres desfilaron por mi imaginación durante un buen rato. Encontraba un motivo para rechazarlos a todos, al igual que me sucedía desde hacía dos años. En ese tiempo, solo uno me había interesado, pero él jamás se había fijado en mí y dudaba de que lo hiciera alguna vez.
Dos años atrás, la idea de casarme también me atemorizaba. Sin embargo, la perspectiva de insertarme en las fiestas a las que mi amiga Johanna asistía desde hacía unos meses me agradaba. Creía que, en ellas, quizás conociera a alguien que despertara mi deseo de convertirme en esposa. Una persona que no me asustara como mis fantasías acerca del matrimonio, sino que me hiciera sentir que ese tipo de relación podía ser maravillosa. Para eso había que pasar muchas pruebas. Solo podría conocer a la persona indicada pareciendo la señorita que todos esperaban, y esa postura me agotaba.
La noche de la primera fiesta a la que asistiría, mi madre me peinó y me ayudó a maquillarme en mi dormitorio. Reímos de algunas conjeturas, mientras yo le alcanzaba las horquillas y ella me las insertaba en el pelo para recoger algunos mechones que, de lo contrario, habrían cubierto los lados de mi rostro.
Al terminar, apoyó las manos sobre mis hombros. Vi su sonrisa orgullosa a través del espejo.
—Eres preciosa —dijo. Parecía emocionada. Apoyé mi mano sobre la de ella y le devolví la sonrisa.
—Gracias.
—¡Te extrañaré tanto!
—¡Mamá! —Giré en la silla. Ella se enjugó una lágrima con decoro—. Por favor, apenas iré a un baile. Falta mucho para que me vaya de casa.
¿Quién hubiera apostado que “mucho” significaba dos años?
Esa noche fuimos a lo de los O’Connor en el coche de papá. Mi hermana se quedó con una criada.
Al llegar a la puerta, oí los acordes de la música y vi las luces encendidas en el salón desde el coche. Me excitaba la perspectiva de pasarlo bien con mi amiga y de conocer algo divertido sobre lo que había leído y escuchado, pero que nunca había vivido.
Dejamos nuestros abrigos en manos de dos criados y nos dirigimos a la puerta blanca con ribetes dorados que daba acceso a la fiesta. Ingresé con una sonrisa, aunque no fuera lo adecuado. Mi madre me había entrenado para mi vida como joven adulta: debía disimular el entusiasmo. De lo contrario, me vería como una niña a la que ningún hombre le confiaría la organización de su casa.
Procuré ocultar mis emociones, pero fue imposible dejar de mirar con admiración lo que me rodeaba. Las paredes blancas decoradas con cuadros, las molduras, las lámparas. Había un reloj precioso en un extremo y un hogar encendido. La multitud estaba de pie a lo largo y ancho de la sala. Divisé hermosos vestidos y trajes valiosos. Noté las miradas sobre mí. Sin duda, mi primera aparición en un baile llamaba la atención.
Un joven se aproximó. Justo en ese momento, Johanna me tomó del brazo. Giré hacia ella, y él terminó encontrándose con mi padre. Apreté los labios para no hacer una mueca al imaginar su incomodidad.
Como mi amiga reía sin disimulo, dejé de contenerme.
—¡Amy, al fin has venido! —exclamó.
—No veía la hora. ¿Cómo estás?
—Bien, ¿y tú?
—Entusiasmada.
—Ven, te presentaré a algunas amigas.
Me impulsó a caminar sin soltar mi brazo.
—¿Tienes otras amigas? —protesté en broma.
—Ninguna como tú —aclaró—. ¡Estoy tan feliz de que hayas venido! Me quedaré a tu lado toda la noche. No dejan de mirarte; estoy segura de que conseguiré pretendientes gracias a ti. Se fijarán en mí en cuanto tú los rechaces.
—¡Johanna! —exclamé y la detuve para regañarla—. Ser la segunda opción de alguien no es honorable.
—Lo es cuando llevas meses asistiendo a bailes y nadie decente te hace una propuesta.
—No estoy apresurada por recibir una.
—¡Qué suerte!
Los padres ingleses de mi amiga se empeñaban en cumplir las reglas más que los míos. Se habían mudado a Dublín por negocios y temían que una ciudad menos sofisticada que Londres arruinara el carácter de su hija.
Mientras la seguía a través del salón, volví a deleitarme con el hermoso lugar en el que me encontraba. Fui consciente de que la atención de muchas personas aún recaía sobre mí. No me importaba. Al menos, no en el sentido que le interesaba a Johanna. Sin embargo, debía admitir que era agradable saber que los hombres reparaban en mi existencia. Nunca había sentido que fuera tan deseable hasta ese momento. Tal vez, convertirme en adulta no solo conllevaba pérdidas, sino también alguna ganancia.
Evité mirar a alguien en particular el tiempo suficiente para que pensara que estaba interesada. Creí que nadie se ganaría mi curiosidad como yo la de los demás cuando, a lo lejos, distinguí a un joven que miraba un cuadro. Tenía el cabello de un tono rubio oscuro y los ojos azules. Estaba vestido de negro con una camisa blanca, como casi todos en la sala. Me pareció curioso que no tuviera una copa en las manos, al igual que la mayoría, sino que descansaran en los bolsillos.
—Johanna —dije y la sujeté del vestido para que se volviera. Señalé al chico con disimulo—. ¿Quién es ese joven? El que está al fondo, mirando el cuadro de los niños.
Johanna rio con picardía.
—¿Te atrae? —preguntó, a la vez que me empujaba con el costado.
—No lo sé. Es el único que no me ha mirado.
—Es Thomas Byrne. Su padre es un acaudalado inversor agrícola. Pero hay una mala noticia: no parece estar buscando esposa.
—Qué pena. De todos los que están aquí, se me hace el más interesante.
—Hay más lindos. Por ejemplo, aquel de allá. —Lo señaló con tanto disimulo que fue imposible descubrir a quién se refería.
—¿Cuál?
—El que está conversando con Lizzie McCarthy.
—Es atractivo, pero… No importa. Preséntame a tus amigas, así conozco los rostros de las que debo ponerme celosa.
—¿Qué querías que hiciera? —replicó, riendo—. No podía pasar las fiestas sola en un rincón. ¡Tenía que hacerme de conocidas hasta que vinieras!
—Así me gusta más: conocidas, no amigas.
—¡Eres imposible!
Caminamos demasiado rápido para lo que se esperaba de dos señoritas y fuimos al encuentro de su grupo.
A partir de esa noche, las fiestas se repitieron con frecuencia. En cada una, muchos hombres me invitaban a bailar. Algunos, incluso, me visitaron en casa. Casi podía decir que había conversado con todos los caballeros que buscaban esposa en Dublín, menos con Thomas Byrne. Porque, claro, él no buscaba una. Sin embargo, lo había visto bailar y conversar con otras. ¿Por qué nunca me invitaba? ¿Por qué no se acercaba? Ni siquiera me miraba por error. Era una pena. Si lo hubiera hecho, quizás no habría pasado dos años poniendo excusas para rechazar pretendientes.
No entendía qué tenía él de especial. Era cierto que había jóvenes más apuestos y más adinerados. Sin embargo, aunque les sonriera a los demás y respondiera sus preguntas como imaginaba que esperaban que lo hiciera, solo Thomas se ganaba mi atención verdadera. Quizás, algún día, me tuviera en cuenta.
Después de la reunión en el club de caballeros, estuve muy ocupado construyendo una larga cerca para dividir el ganado sano del enfermo. Se me había ocurrido que, quizás, la afección fuera contagiosa por contacto. En ese caso, una posible solución sería mantener las vacas que todavía estaban saludables separadas de las que no.
Me hubiera venido bien algo de ayuda para terminar más rápido; era difícil construir un perímetro efectivo con los materiales que tenía y en poco tiempo. Los animales necesitaban pastar y, si los remitía a un sitio pequeño, el alimento se les acabaría enseguida. En ese caso, tendría que cambiarlos de lugar. Eso arrojaría a la basura el trabajo que había realizado. Para mi desdicha, tras una revisión exhaustiva, descubrí que tenía más ganado enfermo que sano.
Después de eso, me ocupé del trabajo atrasado. Si no lograba vender los granos en el momento adecuado, me demoraría con un pago. No quería perder la finca. Era lo único que me permitiría recuperar un mejor nivel de vida en algún momento.
El trabajo de esos días me llevó a replantearme la idea de una esposa. No la quería para que construyera cercos a mi lado, sino para compartir la vida con ella. Quizás albergaba una idea ilusoria del matrimonio, pero no deseaba la típica relación distante que solía ver entre las personas de categoría. Pensaba que, tal vez, el amor fuera posible a pesar de las apariencias, así como lo había visto en algunos habitantes de mundos en los que mis amigos jamás me imaginarían. Aun en la alta sociedad era posible. De alguna manera, mi padre había amado a mi madre, por eso había vivido y muerto prisionero de su recuerdo. No quería sufrir en ese extremo enfermizo; estaba seguro de que debía de existir un punto medio.
Hice cálculos: si todo marchaba bien, en pocos años terminaría de pagar las deudas. Tuve en cuenta posibles inconvenientes sorpresivos, como lo que estaba ocurriendo con el ganado y las malas cosechas. Los hombres teníamos la ventaja de poder casarnos a cualquier edad. El problema era que la única mujer con la que me imaginaba casado era Amy Walsh y su madre buscaba un esposo para ella en ese momento, no en unos años, cuando yo terminara de pagar las cuentas y pudiera ofrecerle la vida que merecía.
Me debatí entre pensamientos contradictorios durante varios días. Por un lado, sabía que Amy era inalcanzable si me miraba a mí mismo tal como me encontraba en esa etapa de mi vida. Por el otro, consideraba injusto sujetar mis deseos y sentimientos a mi fortuna o a la falta de ella, cediendo una vez más ante los mandatos de mi padre.
Si le confesaba a Amy y, en especial, a su madre, que me demandaría años recuperar el dinero perdido, me rechazarían. Buscaban una solución a sus problemas financieros y estaba claro que yo no podría brindársela. Sin embargo, tampoco era justo que ella tuviera que escoger un esposo solo para salvar a su familia de la ruina. Por algo no lo había hecho en esos dos años. Quizás también soñaba con enamorarse. Por otra parte, ocultarles mis condiciones sería mentirles. Pero ¿acaso ellas no hacían lo mismo? No podía ser honesto respecto del dinero. Confesar la verdad me habría estancado en el arado para siempre. Para comerciar de manera justa con los bienes que mi finca producía, debía seguir pareciendo un hombre de negocios.
No podía decidir sin más información. Por eso, acudí una vez más al club.
Aunque otros conocidos se aproximaron, busqué la manera de sentarme a solas con Charles.
—¿Tienes alguna noticia de la búsqueda de la señora Walsh? —indagué.
—¿Te acercarás a su hija?
—Lo estoy pensando.
—¿Qué quieres saber?
—¿Has visto a Amy en alguna fiesta? ¿Bailó con muchos? ¿Alguno ya la ha visitado en su casa o ha recibido alguna propuesta?
—Todavía conserva su éxito, pero menos que antes. Muchos solteros codiciados avanzaron con otras señoritas ante su reticencia. Por lo que sé, han llegado a visitarla Bernard y el señor Doyle.
—¿El señor Doyle? ¡Tiene cincuenta años y carga con cuatro esposas muertas! —Charles se encogió de hombros—. ¿Qué quieren?
—Una esposa, es obvio.
—Me refiero al trasfondo de sus intenciones. Quiero decir, ¿por qué ella?
—Quizás porque es hermosa y todavía puede darles hijos.
—Hay decenas de jóvenes en la misma situación.
—Que yo sepa, Bernard siempre dijo que Amy le parecía muy bella. Y Doyle… Ya sabemos: se arroja sobre cualquier organismo vivo en busca de enviudar por quinta vez. —Rio y bebió de su copa—. ¿No es raro? Por lo general, hay más viudas que viudos. Comienzo a pensar que envenena a sus esposas cuando se aburre de ellas.
Bebí un trago, incapaz de imaginar a la mujer que me atraía unida en matrimonio con ese hombre. Entonces, no había tantos pretendientes como antes. Sin duda, se habían cansado de perseguirla en vano. Y aunque cualquiera, excepto Doyle, fuera una mejor opción que yo, saber que la querían solo por su belleza y su juventud me animaba a acercarme. El desafío consistía en obtener el visto bueno de su madre sin sentir que la estaba engañando.
Al salir de la reunión, creí encontrar el punto medio entre los extremos: podía esconder mi situación ante la familia Walsh mientras durara el cortejo. Si me aseguraba de que Amy me desposara por algo más que el dinero, el pecado del ocultamiento estaría perdonado. Sería un trato justo. De todos modos, sin importar la fortuna que poseyera, de decidirme a hacerle una propuesta, mi esposa siempre recibiría lo mejor que pudiera ofrecerle.
Me preparé para la fiesta que se haría en casa de los Smith con excitación y nerviosismo. Hacía meses que no asistía a un evento donde me encontrara con personas de la alta sociedad que no pertenecieran al club. Antes de salir, controlé mi ropa, mi aroma y mi peinado. Apostaba a que mis amigos no dudaban tanto antes de acercarse a una dama. Tan solo se convencían de que eran el centro del mundo y arremetían con seguridad.
Yo no podía hacerlo. Para empezar, desde que tenía uso de razón, no era el centro del mundo para nadie. Como si eso fuera poco, tenía claro que no me acercaría a cualquier muchacha, sino a mi futura esposa, si ella quería, y eso la convertía en una persona especial. Por más que me rechazara al igual que al resto de sus pretendientes en esos dos años, jamás dejaría de ser la primera mujer con la que yo había deseado formar una familia y eso ya la destacaba de cualquier otra con la que hubiera bailado nunca.
Cabalgué hasta la ciudad, dejé a Holly atada y le pedí que rezara por mí. Por supuesto, los caballos no poseían esa capacidad, pero desde que trabajaba en el campo me había dado cuenta de que tenían algo especial. Los animales eran entendidos y estaban conectados con la tierra.
La criada me llevó primero a la sala donde se servían los tentempiés. No acepté un bocadillo, pero sí una copa. Luego me dirigí al salón de baile en busca de conocidos. Noté que varias muchachas y sus madres me estudiaban con interés en cuanto comencé a caminar en dirección a mis amigos. Solían reunirse en el extremo opuesto a la puerta, desde donde podían ver quién entraba con facilidad. Me planté junto a Charles.
—¡Ha ocurrido el milagro! —exclamó por lo bajo. Allí no se podía beber tanto ni actuar de manera imprudente como en el club de caballeros.
—Amén —susurré. Charles rio.
—Quien viniste a buscar aún no ha llegado.
—¿Y tú a quién esperas?
—A nadie en particular.
—Es curioso: casi me obligas a casarme como un padre a un hijo problemático, pero tú te lo tomas con mucha calma.
—Algunos hombres nacimos para morir solos. Tú no eres de esos —concluyó y señaló la puerta—. Mira, ahí viene.
Mis ojos se dirigieron a Amy Walsh. Estaba tan hermosa como la última vez que la había visto, o quizás más. El vestido de color marfil destacaba las curvas de su cuerpo. Un chal un poco más oscuro colgaba de sus antebrazos y envolvía su cintura. Llevaba suelto parte del cabello largo rubio rojizo; unas horquillas servían para recoger el resto. En las orejas portaba unos bellos pendientes de perlas.
Seguía siendo luminosa. Su actitud, sin embargo, distaba mucho de la que tenía la primera vez que había capturado mi atención en una fiesta. Su madre sonrió con mesura a los invitados que le daban la bienvenida. Amy, en cambio, permaneció seria.
Hallé su postura un tanto rígida. Era probable que sus amigas ya se hubieran casado y que encontrarse allí sola la aburriera. Quizás no quería asistir a la fiesta en absoluto. Aunque podía deberse a la tristeza por el fallecimiento reciente de su padre, me pareció más probable que la presión por unirse en matrimonio se cerniera sobre ella, alterando su capacidad para disfrutar de ese tipo de eventos.
Temí que fuera imposible sortear las barreras. Al parecer, no era el único que lo creía. A diferencia de las oportunidades anteriores, nadie se apresuró a llegar a ella. Algunos, incluso, cambiaron de dirección la mirada después de contemplarla un momento, como si una estrella hubiera descendido por un instante y luego se elevara al cielo de nuevo. Estaba seguro de que varios continuaban interesados en Amy, pero no querían convertirse en el salvavidas de tres mujeres a la deriva.
Que tanto ella como su madre hubieran concurrido a una fiesta a tan poco de haber muerto el señor Walsh evidenciaba que estaban en aprietos. Era una excelente oportunidad para los hombres que de verdad la querían como esposa. Su postura generaba el efecto contrario: si buscaba que los caballeros se le acercaran, los que la hubiesen desposado a pesar de los rumores se alejaban, convencidos de que los rechazaría tarde o temprano. Me apenó que hubiera perdido el entusiasmo que se vislumbraba en su mirada la primera vez que había asistido a una fiesta. Era como si hubiera enterrado su magia.
Aguardé con paciencia a que otros valientes se aproximaran primero. Estudié con detalle sus expresiones, sus gestos, sus movimientos. En poco tiempo había dejado atrás todo rasgo de ilusión propia de la juventud y se había transformado en la mujer que un hombre como Doyle querría en su casa: complaciente, educada, reprimida.
Encontré una oportunidad para abordarla cuando terminó de bailar con el tercer caballero y se retiró a la sala donde estaban los tentempiés. Allí había menos gente. La seguí y me planté detrás de ella.
—Buenas noches, señorita Walsh —dije.
Se volvió de repente, con la boca llena y la mitad de un bocadillo en la mano. Una expresión de sorpresa le devolvió el resplandor que manaba su ilusión del pasado. Esperaba notar enseguida la misma seriedad que percibía en ella mientras bailaba con otros hombres, sin embargo, su mirada continuó brillando, casi parecía que le agradara que me hubiera acercado. ¿Cómo era posible, si Amy jamás había reparado en nadie?
—Disculpe, no quería ser inoportuno —me excusé. Ella se apresuró a tragar el bocado.
—Está bien —respondió y se llevó una mano a los labios.
Parecía atemorizada de haberse ensuciado y, de hecho, tenía un poco de humedad en el dedo. Extraje el pañuelo decorativo del bolsillo y se lo ofrecí.
—Tenga —dije.
—Me apenaría ensuciar tan bonito accesorio.
—No hay problema.
Bajó la mirada, a la vez que aceptaba mi cortesía.
—Gracias —susurró.
—Soy Thomas Byrne.
—Amy Walsh. Pero, al parecer, ya me conoce.
—No tanto. Es un gusto, señorita Walsh. Me preguntaba si me concedería la siguiente pieza.
—Por supuesto.
Estuvo a punto de avanzar un paso cuando se dio cuenta de que todavía tenía el tentempié en la mano. Miró el pequeño cuadrado mordido, el costado, el suelo. Era evidente que no sabía dónde abandonarlo.
Se lo quité de la mano sin pensar, con la única intención de resolver su problema. Sin querer, mi dedo rozó el suyo y eso atrajo su mirada hacia la mía. Apoyé el resto de comida sobre una bandeja y miré mi mano: se había ensuciado y ya no podía sujetar la de ella.
Sonrió a la vez que su lengua se posaba inocentemente en la comisura de su labio, generando un efecto inmediato en mis deseos. Me devolvió el pañuelo y, así, pude limpiarme enseguida. Lo doblé, lo oculté en el bolsillo del pantalón y le ofrecí mi brazo para escoltarla a donde las demás parejas ya habían iniciado un baile acompasado. Lo tomó sin dudar, aunque percibí que tiritaba un poco. Me pregunté si tendría frío o miedo; era imposible que experimentara la misma excitación que yo.
Hallarme tan cerca de Amy Walsh después de tanto tiempo en el que creí que jamás tendría una oportunidad con ella se sintió muy extraño. No era como tomar de la cintura a cualquier otra joven. Mi corazón latía acelerado; estaba tan nervioso que temí equivocarme en algún paso.
Para mi sorpresa, fue ella quien me pisó en un descuido.
—Lo siento —se excusó.
—¿Prefiere que bailemos más despacio? Siempre me pregunté qué sentirán las mujeres sobre los tacones.
Su risa genuina me hizo pensar que, en ese momento, sí estaba disfrutando de la fiesta.
—Disculpe —dijo.
—¿Por qué?
—Supongo que reí un poco fuerte. No crea que me río así siempre ni que me burlo de su curiosidad.
—¿Cuál sería el problema si lo hiciera?
Se quedó un instante en suspenso.
—No sería apropiado —concluyó—. Por cierto, hacía mucho que no lo veía.
El comentario me desconcertó. Entonces, ¿había reparado en mí alguna vez?
—Tras la muerte de mi padre, estuve muy atareado con sus negocios agrícolas.
—Entiendo. Lamento su pérdida.
—Y yo, la suya.
—Veo que las noticias vuelan aún en el campo.
—No imagina cuán rápido. —Volvió a reír, esta vez de forma mesurada. Giré con ella para dar una vuelta y volvimos al paso básico—. Imagino que estará un poco aburrida de este tipo de conversaciones. Muchos aguardan para bailar con usted cada noche. Si todos le decimos lo mismo…
—Su conversación es muy entretenida —intervino, obediente.
Me sorprendió la facilidad con la que percibía si era auténtica o si obraba debido a su esmerada educación para caer en gracia a los hombres y conseguir un buen esposo. Llevaba tanto tiempo observándola en secreto que, al parecer, la conocía de alguna manera. Sin duda prefería que riera sin reparos. Había mucha fuerza en ella, un poder encarcelado.
—Le haré una pregunta, señorita Walsh, y espero que la responda con toda la sinceridad posible: si fuera un ave, ¿qué haría?
Frunció el ceño con una sonrisa.
—¿Qué clase de pregunta es esa? —Como me mantuve callado en espera de su respuesta, contestó mirando hacia arriba con ensoñación—: Surcaría los mares y viajaría a los lugares más lejanos. ¿Y usted? —Me miró.
—Me instalaría en lo más alto de una montaña y construiría un nido fuerte y seguro.
Tragó con fuerza. Los dos sabíamos que la conversación escondía un doble sentido.
—¿Le gustaría tener muchos pichones en el nido? —indagó.
—Dos o tres estarían bien. Uno solo sería un tanto problemático.
—¿Por qué?
—Los hijos únicos sufrimos demasiado.
—Los que tenemos hermanos también, se lo aseguro.
—Le creo. Dígame otra cosa: ¿qué haría si fuera un cerdo?
Dio un respingo con los labios entreabiertos. Su pecho se elevaba por el corsé apretado y la respiración agitada.
—Esa no es una pregunta que debiera hacerle a una señorita —replicó.
En ese momento, la canción terminó y los dos nos quedamos paralizados.
—Disculpe, no quise parecer grosero.
—No lo fue. Solo resulta… peculiar.
—Me gustaría volver a verla. ¿Estaría bien para usted?
—Cuando guste. Solemos recibir las visitas los martes. Gracias por el baile —culminó y giró para alejarse. Creí que ese sería el último instante que disfrutaría de su presencia hasta que se volvió de manera inesperada—. Ah, señor Byrne. Si fuera un cerdo, lucharía con todas mis fuerzas para no convertirme en la cena de alguien. Que tenga buenas noches.
Mi corazón acelerado estalló con la respuesta. Tal como sospechaba, más allá de contar con una belleza inigualable, Amy Walsh era inteligente e intrépida. La observé con una sonrisa hasta que se perdió entre la gente.
Abandoné el baile después de haber obtenido su autorización para visitarla. Si bien había accedido a que lo hiciera cuando le pregunté si le parecía bien que volviera a verla, el permiso definitivo estaba escondido en la respuesta que había accedido a darme sobre los cerdos. Sentí que había cierta confianza entre nosotros, la suficiente para responder una duda inapropiada y para reencontrarnos.
Cualquiera diría que le había hecho interrogantes vacíos. Sin embargo, a mí me ayudaron a conocerla un poco más.
“Surcaría los mares y viajaría a los lugares más lejanos”. Había en esa respuesta un fuerte deseo de libertad. ¿De qué ansiaba liberarse? ¿De la obligación de sostener a su familia a través de un matrimonio por conveniencia, tal vez? Me dio la impresión de que, en realidad, anhelaba la libertad de ser auténtica.
Los cerdos eran los animales más cuestionables de una granja. Para mí, se trataba de seres inteligentes y activos, pero la mayoría los consideraba del peor rango, un símbolo de lo más bajo. Amy no se había negado a imaginarse como uno. Por el contrario, aunque le costó al principio, enseguida asumió con dignidad su posición en la granja y aseguró que lucharía con todas sus fuerzas para sobrevivir en ella. Era fuerte y poderosa, de eso no había dudas. Resistiría que no fuéramos tan ricos como a su madre le hubiera gustado.
Ahora estaba todavía más entusiasmado con ella que cuando me contentaba con observarla desde algún rincón del salón sin que se diera cuenta. Lo desagradable fue que, hasta el día de visitas, tuve mucho tiempo para cuestionarme mis acciones y no me decidí a asistir hasta el último momento.
Si Amy no me quería por algo más que no fuera el dinero, terminaría con mis planes de inmediato.
Nunca esperé un día de visitas con semejante expectativa. Era tanto mi entusiasmo que me senté en la sala de mi casa mucho antes de que mi madre apareciera.
Todavía no podía creer que Thomas Byrne al fin se hubiera acercado. ¡Y en el momento justo! ¿Sería porque había escuchado los rumores de que, esta vez, sí escogería a alguien para casarme? ¿Por qué no lo había intentado antes?
Cuando escuché ese “buenas noches, señorita Walsh” en una voz que nunca había oído, no tenía idea de lo que ocurriría. Al darme la vuelta y encontrarlo frente a mí, tan cerca, me quedé sin palabras. Sentí que mi corazón saldría volando por una ventana. Por suerte, al menos pude aclararle que no me incomodaba su presencia. Solo hubiera preferido que no me viera comiendo.
Me puso muy nerviosa que la única persona que alguna vez me había interesado se hubiese acercado en el momento en que peor debía lucir de toda la velada. Esperaba que no se hubiera dado cuenta de mis nervios.
El ingreso de mi madre me arrancó de mis pensamientos.
—¡Qué sorpresa! —exclamó—. Nunca habías llegado a tiempo a la sala y, de pronto, eres la primera en presentarte. Veo que estás tomando tu responsabilidad muy en serio. —Me mantuve en silencio para no darle explicaciones y abrí el libro que tenía sobre la falda—. Guarda eso. No queremos que las visitas piensen que se estarían llevando un problema a casa.
—¿Por qué sería un problema? —indagué, desafiante. En realidad, ya conocía el motivo.
—Mujer que lee es mujer que cuestiona, y nadie quiere eso.
Suspiré sin ánimo.
—¿Y después pretendes que me entusiasme con el matrimonio?
—Evita las actitudes arriesgadas al menos hasta que estés instalada en la casa de tu esposo. Por cierto, ¿quiénes crees que vendrán hoy?
Oculté el libro detrás de un cojín y me crucé de brazos. Dejé la pregunta en suspenso. No tenía idea de quién me visitaría, si acaso se presentaba alguien. Solo sabía por qué yo me encontraba allí: esperaba que Thomas Byrne apareciera.
Mi madre acomodó algunas flores en un jarrón. Había otros vacíos; la idea era llenarlos con los ramos que llevaran mis pretendientes. A juzgar por que había hecho colocar cinco, me tenía mucha confianza. Las flores del sexto que ella acomodaba servían para hacer creer al primero que alguien se le había adelantado. Las buenas épocas habían terminado; dudaba de que muchos se presentaran.
Para mi sorpresa, Fiona, la encargada de los quehaceres domésticos, anunció que había una visita para mí antes de lo que imaginaba.
Me despegué del respaldo y me erguí como la señorita que debía ser. Me levanté y acomodé el vestido. Sentía mucha expectativa de que se tratara de Thomas. Después de todo, era el único que me había preguntado en el baile si podía visitarme. Los demás solían pedirle permiso a mi madre.
Ella se aproximó a Fiona para preguntarle quién era. Nuestra mucama mencionó el nombre del caballero en su oído. No tuve idea de quién cruzaría la puerta hasta que Owen Murphy apareció con unas flores rosadas.
Mis ilusiones se derrumbaron. A pesar de todo, logré esbozar una sonrisa e hice una reverencia. Le ofreció un ramo a mi madre y otro a mí. Ella lo miró como si fuera la enamorada.
Nos sentamos en el sofá de dos cuerpos. Mi madre bordaba en un taburete individual a unos metros, junto a la ventana. Me costó mucho adentrarme en el papel de posible esposa perfecta.
—Desde el baile no dejo de pensar en sus suaves ojos grises —dijo.
—¿Sabía que el blanco, en realidad, alberga todos los colores? —contesté, buscando algo interesante en otra conversación vacía.
—¡Eso no es cierto! —rio, menospreciando mi conocimiento. Por ser él un hombre, se suponía que yo debía darle la razón, pero mi genio me traicionó.
—En 1665 Newton descubrió que, si la luz blanca pasa a través de un prisma, se divide en colores, formando un espectro. Se descompone en ellos por la refracción. Por lo tanto, la luz blanca alberga todos los colores visibles.
—Bueno, yo veo sus ojos grises azulados, no blancos.
—Claro. Porque en ellos se refleja la luz. —Giré hacia la ventana con los ojos abiertos y me aferré al respaldo—. Observe: ¿no los ve más claros ahora que cambié de posición?
—Usted es muy hermosa —concluyó, riendo. Le importaban un penique la procedencia de los colores, Newton y los prismas—. ¿Sabe bordar? ¿Se imagina con un bebé? ¿Reza cada noche antes de dormir?
Recuperé mi posición inicial con las manos sobre el regazo.
—Sí a todo —respondí, aunque no fuera cierto. Por supuesto que sabía bordar, era esencial para una futura esposa de la alta sociedad. Pero no había tenido tiempo de imaginarme con un bebé y casi nunca rezaba.
Me abstraje recordando las amenazas de mi abuela. Cuando era niña, solía decirme que, si no oraba antes de cerrar los ojos, el diablo me llevaría de los pies. ¡Las noches que había pasado en vela creyendo que eso sucedería! “Que Dios la tenga en la gloria”, pensé por las dudas.
—¿Me oye? —preguntó Owen.
—Por supuesto. ¡Qué conversación interesante!
Continuó haciendo preguntas para asegurarse de que yo fuera lo que la sociedad, su familia y él esperaban. Respondí de manera automática, como las máquinas de las que no debía hablar porque no eran un tema apropiado para una señorita.
Cuando al fin se retiró, me desplomé en el asiento. Sentía que me habían quitado unos grilletes pesados.
—Creo que el corsé está muy ajustado —comenté a mi madre—. ¿Por qué tengo que seguir utilizándolo? Está demostrado que impide respirar y digerir con normalidad.
—Porque gusta más —respondió sucintamente.
Me acomodé sobre el sofá y nos hundimos en el silencio de la espera un rato más. De pronto, Fiona volvió a entrar.
—Hay otra visita para la señorita —anunció. Alcé la cabeza con interés. “Por favor, que sea él”.
—¿De quién se trata? —indagó mi madre.
—Es el señor Doyle.
—Mamá, por favor, no —rogué, apretando los puños sobre las rodillas. Ella dudó por un instante.
—Lo siento, no podemos darnos el lujo de despreciar pretendientes. No vi que Owen Murphy se fuera hechizado.
—¿No basta con que les diga que sí a todo? ¿También tengo que “hechizarlos”?
—Hazlo pasar —indicó mi madre a Fiona, haciendo caso omiso de mis súplicas.
Tuve que levantarme, acomodarme el vestido y aguardar por el señor Doyle con la mejor disposición.
Su sola presencia me despertaba rechazo. Aun así, me senté en el sofá y conversé con él mientras mi madre continuaba con el bordado.
Al cabo de una hora, había bebido tanto té que tuve que dispensarme para ir al baño. Habrá creído que quería deshacerme de él, porque enseguida anunció que se retiraba.
—Eso que hiciste fue muy descortés —reprochó mi madre en cuanto volví a la sala.
—Orinarme en el asiento habría sido peor —repliqué y me senté de nuevo.
—¡Amy! —protestó.
—¿Qué? Las señoritas también tenemos necesidades.
—Guarda silencio.
La espera volvió a extenderse. Como no podía leer, el tiempo transcurría demasiado lento. No dejaba de mirar el reloj. ¿Por qué Thomas no llegaba?
Por suerte, mi hermana pidió permiso para entrar y se sentó a mi lado. Le gustaba la pintura tanto como a mí la escritura, así que me contó bastante de algunas ideas que tenía para sus próximos trabajos.
—Debo hacer rendir la pintura. Mamá me dijo que, por un tiempo, no podrá comprarme otras —explicó. Ojalá que mi matrimonio la ayudara con eso.
Conversando con ella, la hora pasó más rápido. Solo dos jarrones se habían llenado con las flores que Owen había llevado para mí y para mi madre; los demás continuaban vacíos. Doyle me había visitado tantas veces en esos dos años que ya no aportaba nada cada vez que nos veíamos.
Cuando las agujas señalaron el final de la tarde, terminé desilusionada. La ausencia de Thomas me llevó a preguntarme en qué había fallado. Posiblemente, en todo; con él se me había escapado mucho de quien en realidad era. Los nervios me habían impedido fingir mejor. ¿Qué lo habría espantado más? ¿Mi risa desvergonzada, el pisotón mientras bailábamos o que al final hubiera accedido a responder la pregunta sobre los cerdos?
—Es todo por hoy —anunció mi madre. Miró con lástima los jarrones vacíos. Sin duda, sus ilusiones también se habían roto.
En ese momento, Fiona volvió a golpear.
—Hay otra visita para la señorita.
—¿A esta hora? —replicó mi madre, asombrada—. Me temo que no sería apropiado.
—¿Quién es? —consulté yo desde el sofá. Mi hermana, que continuaba sentada a mi lado, me miró con curiosidad. Nunca me había visto interesada en el asunto de los pretendientes y, menos, en el matrimonio.
—El señor Byrne —respondió la criada.
Me levanté del asiento, presa de un impulso.
—Mamá, por favor —rogué deprisa. Ella me miró con los labios entreabiertos.
—¿Por él estabas aquí desde temprano? ¿De verdad al fin te interesa alguien? —indagó. Aunque fuera en contra de mis principios, me vi forzada a admitir que sí. Mi hermana se movió en el asiento, entusiasmada—. ¡Vaya! No esperaba esto. De acuerdo, podemos hacer una excepción por esta vez. Que pase —ordenó a Fiona.
Estaba tan nerviosa que me olvidé de acomodarme el vestido y el peinado. Para esa hora, debía lucir bastante menos atractiva que al comienzo. Nada me importaba, excepto que Thomas sí había asistido y que me sentía feliz por eso.
Ingresó con un ramo de flores para mí y otro para mi madre. Ella le agradeció, a la vez que sonreía. Cuando él giró para mirarme, pronto sus ojos se trasladaron a mi hermana. No tenía un ramo para ella. Lo resolvió quitando una flor del mío. Se la ofreció con una sonrisa.
—Para ti —dijo. Mary Anne se acercó para recibir su obsequio con alegría.
—Gracias —respondió y se retiró tras hacer una reverencia.
—Y esto es para usted —anunció él, ofreciéndome mi ramo.
—Gracias —pronuncié, al igual que mi hermana, y lo tomé. Era tanto mi entusiasmo que debí esforzarme para ocultar una sonrisa demasiado reveladora.
Al entregarme las flores, Thomas las miró y señaló un sector con el dedo. Fruncí el ceño y alcé los ojos hacia él, sin saber si entendía bien lo que quería indicar con ese gesto. Cuando volví a mirar el ramo, presté más atención y descubrí que había un pequeño cuadrado dorado entre los pétalos.
Mi madre se aproximó para hacerse de las flores con intención de llevarlas al jarrón. Yo las retuve contra el pecho.
—Me las quedaré por un momento —anuncié ante su mirada atónita.
Le di la espalda para regresar al sofá. Mientras daba el paso, aproveché a apoderarme del misterioso objeto y lo oculté dentro del vestido, entre mis pechos. Una vez que me senté, extendí las flores hacia mi madre.
—Aquí tienes —anuncié con una sonrisa. Ella me las quitó, a la vez que me reprendía con la mirada. Seguro pensaba que el señor Byrne me creería una loca que no se decidía a sostener el ramo o entregarlo.
