Autorretrato - Emilio Gavilanes - E-Book

Autorretrato E-Book

Emilio Gavilanes

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Beschreibung

Autorretrato es una colección de relatos, o de textos narrativos, muy variados en extensión (desde el cuento largo al microrrelato) y en intención. Se titula Autorretrato, no solo porque contiene un texto con ese mismo título, sino por otras dos razones. Una, que hay muchos elementos autobiográficos repartidos por todo el libro. Y dos, que el libro dibuja un mapa de los territorios más queridos del autor: el de la infancia y la adolescencia (con varias muestras de la ética que los caracteriza), el de aspectos ignorados o desatendidos de la Historia (con episodios que se revelan tan significativos como los más conocidos y que pueden arrojar tanta luz como estos, no solo sobre una época, sino sobre nuestro lugar en el mundo), el de las historias que se desarrollan en una aldea imaginaria (que quieren mostrar cómo el mundo rural encierra la misma sensibilidad e inteligencia que el urbano), el de los personajes actuales que muestran preocupaciones de todos los tiempos... En estos textos encontramos temas intemporales: la soledad, el miedo, el paso del tiempo, la amistad, el amor, el sexo, el arrepentimiento, la búsqueda de la felicidad, la infancia, la fantasía, la escritura, la extrañeza del mundo… Los relatos van componiendo un mosaico en el que se reflexiona sobre la condición humana. A veces se producen en ellos revelaciones inesperadas. De pronto surge una modesta verdad que viene a iluminar, a explicar, una vida.

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Seitenzahl: 270

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Autorretrato

Emilio Gavilanes

ISBN: 978-84-15930-73-0

© Emilio Gavilanes, 2015

© Punto de Vista Editores, 2015

http://puntodevistaeditores.com

[email protected]

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

ÍNDICE

BIOGRAFÍA DEL AUTOR

PRÓLOGO

CARTA A LOS REYES

HISTORIA SAGRADA

EL TIMBRE

HISTORIA DE NUESTROS COCHES

LA ISLA DE LOS MUERTOS

CUATRO FÁBULAS

LAS FLORES IMAGINARIAS Y LA CALAVERA DE GOYA

GONZALO DE BERCEO IMAGINA AL NIÑO JESÚS DESCUBRIENDO QUE ES DIOS

CABALLO DE AJEDREZ

AGUAS SAGRADAS

UNA TERTULIA

LAS COSAS DE LA INFANCIA

SEÑORA DE LOS ANIMALES

LA RESURRECIÓN DE MOZART

ENERO DEL GREÑO

LOS HERMANOS

ODIO

LOS AMADOS VERSOS DE JOHN KEATS

EL LIBRO DE RYS

FRAGMENTOS DEL DIARO DE UN IMBÉCIL

SIN DIOS, SIN AMO

CAMINO DE LA GUERRA

QUÉ LEJOS TENEMOS EL CUERPO

EN EL BOSQUE

NOCHE DE FRÍO

SOBRE EL ABISMO DEL MAR

EL LABERINTO DE LA VIDA

EL ASOMBRO

LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL POR EL FÚTBOL

UNA PAGINA DE KIPLING

GEMIDOS EN EL PATIO

DE LECTORES Y ESCRITORES

VIDA Y OBRA DE FRANZ KAFKA

LAS COSAS DEL CAMPO

EL PERRO DE MAGÍN

LA MEMORIA DE UN LUGAR

POR LA UNIVERSITARIA, CAMINO DE MONCLOA

RECUERDO DE WILHELM REICH

RETORNO AL PASADO

UNA HISTORIA MUY CORTA

EFECTO MARIPOSA

UN CUENTO DE BUENOS Y MALOS SIN BUENOS

DIBUJOS ANIMADOS

NOSTALGIA

EL JILGUERO, UN GRANO DE ALPISTE, EL OTRO MUNDO

COLOQUIOS DEL PASADO

UN CUENTO DE ARTHUR C. CLARKE

AUTORETRATO

BIOGRAFÍA DEL AUTOR

Emilio Gavilanes nació en Madrid, en 1959. Realizó estudios de Geológicas y de Físicas, y se licenció en Filología Románica. Ha desempeñado una buena variedad de oficios y desde hace años trabaja en el Instituto de Lexicografía de la Real Academia Española. Ha publicado las novelas La primera aventura(Seix Barral, 1991), El bosque perdido (Seix Barral, 2001), Una gota de ámbar (Ediciones de La Discreta, 2007) y Breve enciclopedia de la infancia (XVI Premio Tiflos de Novela, Edhasa/Castalia, 2014), los libros de relatos La tabla del dos (Premio de relatos NH 2003), El río (Finalista del III Premio Setenil, Ediciones de La Discreta, 2005), El reino de la nada (Menoscuarto, 2011) e Historia secreta del mundo (Ediciones de La Discreta, 2015), y las colecciones de haikus Salta del agua un pez. 101 haikus (La Veleta, 2011) y El gran silencio (La Veleta, 2013). También ha preparado la edición de la obra de Camilo BargielaLuciérnagas (Renacimiento, 2009) y ha escrito numerosos artículos y colaboraciones en diversas publicaciones.

PRÓLOGO

Quiero comenzar este prólogo con unas palabras del último relato del libro, que, bajo el título “Autorretrato”, da nombre al conjunto. Escribe el narrador:

“No me gustan los prólogos. Me los salto. Salvo que sean de Borges. En ese caso lo que me salto es el libro.”

Estoy completamente de acuerdo con él. ¿Y entonces?, me pregunto, ¿por qué el propio autor me pide este exordio? Pues, no siendo yo Borges ni teniendo el poder o la capacidad de emularlo (ya me gustaría a mí), ¿se me está pidiendo que escriba algo que pueda (y deba) evitarse para dar paso sin dificultad a la lectura del libro?

Aunque así fuera, me respondo, no tengo inconveniente. La amistad y devoción que profeso a Emilio Gavilanes me lleva a dar este salto al vacío sin vacilación, incluso con ganas. De modo que para los pocos y aguerridos lectores que, haciendo caso omiso de la sana recomendación del autor con respecto a los prólogos, la curiosidad lleve a continuar con la lectura, me pongo manos a la obra.

Y seguramente la curiosidad en primer lugar dirigirá su atención —como ocurrió conmigo— al título, Autorretrato, y a preguntarse si es que con este libro Emilio Gavilanes pretende describirse a sí mismo. Una cuestión que como toda buena pregunta no admite un sí o un no concluyentes. Esta es la respuesta que más me ha convencido, sin que por ello pretenda yo que sea la única y verdadera explicación.

Si juzgáramos a partir del relato señalado —el que cierra el libro—, la respuesta sería afirmativa. Sí, en ese “Autorretrato”, con el estilo elegante y sencillo al que nos tiene habituados, Emilio Gavilanes se retrata en un humilde decálogo de preferencias y aversiones en el que lo reconocemos. Sin embargo, basta leer unas cuantas narraciones del principio, que nos llevan —casi siempre en tiempo presente— a María, la madre de Cristo, a Clara, una muchacha de un barrio del extrarradio que asiste sin saberlo a los diez últimos minutos de la vida de su abuelo, a la hija de un cabrero, que vive atormentada por un terrible acontecimiento de la infancia, para desdecirnos de lo que habíamos afirmado. Lo más sencillo, entonces, tal vez sería convenir que se trata de un conjunto de cuarenta y ocho relatos —algunos muy cortos, de unas cuantas líneas— de gran intensidad emocional y poética, en el que se ha tomado el último de ellos, de corte claramente biográfico, para dar título al libro. Pero tampoco eso me parece del todo acertado y sigo pensando que “Autorretrato” no es solo un título, sino que su carácter vertebra todo del conjunto. ¿Y quién mejor que el mentado Jorge Luis Borges, predilecto del autor y de quien confiesa no saltarse ni siquiera los prólogos, para apoyar mi argumento?

Es conocido el texto “Borges y yo”, en el que, al alimón, el personaje y el célebre escritor argentino se describen sin que al final pueda saberse quién realmente escribe el autorretrato. Pues bien, a mi entender, este mismo juego está en las entretelas del libro de Emilio Gavilanes. Si en la última narración el autor aparece en "carne y hueso", en el resto del libro se ha convertido en un Guadiana que se esconde entre las palabras y produce con ellas esa alquimia en que se mezcla lo real con lo imaginario para salir de nuevo a la luz transformado en lo que reconocemos verdadero.

Sueños, recuerdos, obsesiones, gustos, aversiones del personaje son utilizados por el escritor para elaborar su producto. Y también, claro, datos biográficos de Emilio Gavilanes. Por ejemplo, de su ascendencia campesina, según declara en ese último relato —“casi todos mis antepasados son de dos aldeas del noroeste que distan un par de kilómetros”—, deriva La Carballa, territorio mítico que ha creado su imaginación, poblado por soberbios personajes y mitos y costumbres enraizados en una remota y rica cultura, de la que también se alimentó otro escritor de culto de Emilio: Álvaro Cunqueiro. De esta estirpe entiendo que son los relatos: “Historia de nuestros coches”, “La isla de los muertos”, “Una tertulia”, “Enero del Greño”, “Camino de la guerra”, “En el bosque”, “El perro de Magín”, “Coloquios del pasado”. 

Y de la "parte visible urbanita" de Emilio Gavilanes, y, más en concreto, de la atmósfera de los barrios humildes de las afueras de Madrid y de la época mágica de la infancia y primera adolescencia, saca el escritor el material de, por ejemplo: “Carta a los Reyes Magos”, “Las cosas de la infancia”, “Los hermanos”, “Noche de frío” o “El jilguero, un grano de alpiste, el otro mundo”. (Esta misma veta biográfica inspira, a mi entender, otro de los mejores y más recientes libros del autor, Breve enciclopedia de la infancia, por el que Emilio obtuvo el pasado año el XVI Premio Tiflos de novela.)

Pero más allá de indagar en esas canteras relacionadas con la biografía de Emilio Gavilanes que el escritor utiliza para sus narraciones, quisiera ahora fijarme en ese proceso alquímico al que antes me refería, la propia escritura. Y aunque son muchas las características que podríamos considerar, voy a señalar tres, que a mi juicio son determinantes en su literatura.

La primera es la brevedad. La prosa de Emilio es concisa, sencilla y eficiente, y a tal efecto elige cuidadosamente las frases, los ritmos, las palabras. Como más de una vez le he escuchado —y en este libro vuelve a declarar en el relato “Autorretrato” refiriéndose al estilo de Chejov—, se trata de obtener la máxima emoción (conmoción me gusta más) con el menor gasto de elementos narrativos posible. Y a fe que lo consigue, no solo a lo largo y ancho de sus relatos más largos, sino sobre todo en las narraciones breves. Además de las cuatro frases de Emilio con las que empecé este prólogo (¡qué manera más elegante, precisa y cortante para decir que no le gustan los prólogos!), abundan en este libro los relatos cortos y poderosos: “Historia sagrada”, “El timbre”, “Gonzalo de Berceo imagina al niño Jesús descubriendo que es Dios”, “Señora de los Animales”, “Odio”, “La educación sentimental por el fútbol”, “Efecto mariposa”... Y, entre todos, hay dos que me han puesto la piel de gallina: “Las cosas del campo” y “Nostalgia”. ¡Cuánto puede decirse con tan poco! No es casualidad que sus protagonistas sean niños. (De esa misma vocación por la búsqueda de la brevedad son sus dos libros de haikus: El gran silencio y Salta del agua un pez.)

La segunda característica es previa a la propia escritura y tiene que ver con la selección. De la infinidad de cosas que directa o indirectamente nos sucede en la vida, hay muchas que tienen la capacidad de conmovernos. Sin embargo, son muy pocos los que se sienten "tocados" por ellas, que sienten su influencia. En ese sentido somos como el compuesto químico que, mezclado con otros muchos y diferentes, apenas reacciona con ninguno, salvo si está presente la enzima apropiada. Esta (la enzima) es en definitiva un molde, que ha evolucionado de tal manera, que su configuración ha adoptado la forma exacta de las moléculas de los elementos químicos en contacto y propicia su unión. Se produce entonces verdadera explosión "afectiva" y la velocidad de la reacción se puede multiplicar por un billón. Pues más o menos así entiendo yo la presencia en este caso del escritor con talento. No solo es capaz de crear el modelo correcto, sino que identifica y selecciona debidamente los reactivos. En mi opinión, Emilio Gavilanes es también un maestro de la selección. De ahí su interés por el trabajo de los naturalistas y, dentro de sus observaciones, aquellas de mayor significado, como las que pueden leerse en el relato “El libro de Rys”. No me resisto a transcribir aquí un breve párrafo que lo ilustra:

“Hay unos pajaritos que han desarrollado la habilidad de abrir un fruto muy duro que contiene un líquido de alta concentración alcohólica, debida a la fermentación del jugo segregado en su interior. Estos pajaritos consiguen agujerear la cáscara y beben de ese líquido hasta que completamente borrachos caen al suelo. Asociadas a ese árbol viven unas hormigas carnívoras que devoran a los animales que caen aturdidos bajo los efectos del alcohol. En cuanto esos pajaritos notan los primeros picotazos se levantan y echan a volar, pero las hormigas ya los han invadido y siguen haciendo su trabajo en pleno vuelo. Son tantas y tan voraces que se van comiendo vivo al pajarito, que no deja de aletear. Su vuelo va dejando un rastro de plumas que se van desprendiendo. Cuando el animal se desploma, lo que cae es un esqueleto que se desarma en el golpe contra el suelo y un puñado de hormigas, que no sufren daño aunque caigan desde muy alto. Vuelven ahítas al hormiguero.”

Y acabo con la tercera de las características: el asombro. Que no es solo el título de otro de los relatos del libro, en el que se pone de manifiesto la importancia de los sentidos elementales como primera vía de acceso al descubrimiento a través del asombro; sino también un grado más elevado y profundo de este deslumbramiento que se lograría a través de la literatura. Creo que en el fondo de la escritura de Emilio Gavilanes subyace este objetivo. Muchos de sus relatos son como súbitos fogonazos de luz que nos permiten ver (sentir) por unos momentos una realidad que está detrás del velo de hábito y falaz cotidianidad que nos envuelve. Y nos deja temblorosos de emoción. Una imagen que él repite en algunos de sus libros me parece que representa esta idea: un pez salta del agua y por unos instantes permanece en el aire, antes de sumergirse de nuevo en su elemento. (En este libro aparece al final de “La resurrección de Mozart”.) La imagen es muy poderosa por varias razones, pero para mí la más importante es por mostrar al mismo tiempo dos perspectivas: una, la nuestra, como observadores de una fugaz belleza que habitualmente se nos esconde; la otra, la del pez, que durante esos breves momentos descubre un mundo fuera del agua que tal vez le cause un asombro paralelo al nuestro. Las dos partes descubrimos por el asombro.

Y bueno, creo que para ser un prólogo destinado a ser evitado ya he escrito demasiado. No importa si como obstáculo ha servido de acicate para saltar sin más demora a la lectura del estupendo Autorretrato de Emilio Gavilanes. A los que ya conozcan sus otros libros, sin duda les parecerá una nueva pieza en el mágico puzle que se va conformando con toda su obra. Y a los que por vez primera acudan a sus páginas, auguro una adicción que no hará sino crecer con la lectura de cada una de sus obras anteriores: La primera aventura (Seix Barral, 1991), El bosque perdido (Seix Barral, 2001), La tabla del dos (Premio de relatos NH 2003), El río (Ediciones de La Discreta, 2005), Una gota de ámbar (Ediciones de La Discreta, 2007), El reino de la nada (Menoscuarto, 2011), Salta del agua un pez (La Veleta, 2011), El gran silencio (La Veleta, 2013), Breve enciclopedia de la infancia (XVI Premio de Novela Tiflos; Edhasa/Castalia, 2014) e Historia secreta del mundo (Ediciones de La Discreta, 2015).

Luis Junco

CARTA A LOS REYES

Yo no conocí a mis padres. Murieron cuando tenía dos años, en un accidente. Me crio mi abuela, que vivía con ellos. Cuando digo “mi abuela” me refiero a mi abuela materna. A los otros abuelos tampoco los conocí.

No supe el tipo de educación que me estaba dando hasta que murió y salí de aquella casa y me relacioné con otra gente, pues hasta entonces yo casi únicamente hablaba con ella. Mientras vivió, nunca salí solo a la calle. No fui al colegio. Ella me enseñó a leer y a hacer cuentas. Yo no sentía necesidad de amigos. Cuando la acompañaba a la compra, o a un recado, a cualquier sitio de la calle, muchas personas me decían cosas y me saludaban, pero todo era tan breve que no tenía tiempo de darme cuenta de que no eran iguales que ella.

Fue después, cuando ella murió y empecé a conocer el mundo, cuando comprendí lo distintos de abuela que eran los demás.

Una tarde, al ir a coger unas galletas, tiré un bote lleno de harina. Abuela me convenció de que había nevado en la cocina y estuvimos toda la tarde jugando a hacer dibujos en la nieve. Otra vez se me resbaló de las manos una botella de leche y se me cayó al suelo. Abuela me hizo varios barquitos de papel para que jugara en aquel charco blanco, enorme. Yo creía que eso era la vida.

Cuando ella murió, yo tenía quince años. Me llevaron a vivir con unos tíos míos que vivían en Madrid y a los que no había visto nunca. Tenían tres hijos. Dos hijos y una hija. Nunca me llevé bien con ellos. O más bien al revés: nunca se llevaron bien conmigo. Bueno, no se llevaban ni bien ni mal con nadie. Ni siquiera entre ellos. Apenas se hablaban. Y cuando lo hacían se mostraban muy educados. Como si fuesen extraños. La casa siempre estaba en silencio. No se oía música. Nadie cantaba. Nadie reía. Nadie lloraba. Nadie gritaba. Parecía que estaban en una casa extraña. Yo tenía la impresión de que había ocurrido algo terrible y nadie me lo decía.

Mi tío y mis primos trabajaban en Correos. Yo llegué a su casa en septiembre y en diciembre mi tío me dijo que me había apuntado para que trabajara aquel mes en Correos, de turronero, como se llamaba entonces. No tenía edad, pero mi tío hizo un chanchullo con la documentación. Como yo era muy alto, mi juventud no llamó la atención de nadie. Me mandaron a Buzones, en Cibeles, el sótano al que iban a parar las cartas que la gente echaba en aquellos enormes buzones dorados que daban (aún están) a un lateral del edificio, en el paseo del Prado. Las cartas caían por un tobogán que desembocaba en una enorme cesta de mimbre que cada cierto tiempo había que vaciar sobre unas mesas gigantes, en las que un ejército de manos las clasificaban por tamaños, con el sello siempre en la esquina superior derecha, y otro las recogía para llevarlas a la máquina que las matasellaba, desde donde se distribuían según sus destinos. A medida que se acercaba la Navidad había que vaciar las cestas cada menos tiempo, pues tardaban menos en llenarse.

Al entrar en Buzones, primero me llamó la atención el olor. Un olor rancio al que me acabé acostumbrando. Y después, la gente. Todos eran hombres, los hombres más feos y desagradables que había visto en mi vida. Cabezas grandes, sonrisas monstruosas, piernas cortas, barrigas a punto de reventar, dientes podridos, pelo sucio, alientos asquerosos... Gente que además estaba todo el tiempo chillando, cantando, discutiendo, criticando, riéndose de alguien. Parecía un sueño. A mí me tocó formar equipo con un hombre gordo que se llamaba Hilario y un anciano silencioso, gris, casi invisible, que recibieron mi llegada como una bendición, pues lo que más les costaba era recoger del suelo las cartas que seguían cayendo mientras se vaciaban las cestas sobre las mesas. Los dos me adoptaron como su mascota. Al principio parecían distintos, que no participaban de la animalidad que nos rodeaba. Despreciaban al resto por vagos, brutos y maleducados. Pero no tardaron en revelarse ellos mismos como engreídos, ordinarios, chivatos, falsos... La tarde de Nochebuena, Hilario, que se había hartado de llamar por lo bajo borrachos a todos los que trabajaban allí, y con los que fingía llevarse de maravilla, agarró una borrachera descomunal. Me decía: Qué vergüenza, qué vas a pensar de mí. Y me lo decía echándome a la cara un aliento putrefacto. Acabó dormido sobre una mesa, pero como estorbaba, lo llevaron encima de unas sacas de cartas, y lo dejaron en una postura humillante, ante el bestial alborozo de todos, excepto el anciano, que no se rio pero tampoco hizo el menor gesto por defender a su amigo. Recordé una cosa que decía mi abuela: “Te empiezas comportando como un criminal, te vas transformando en un imbécil y acabas siendo feo”.

Pero lo que más me llamó la atención el primer día fueron las cartas a los Reyes Magos. Había montones de ellas por todos lados: bajo las mesas, detrás de las máquinas, en todos los pasillos, sucias, rotas, pisoteadas... Me puse a recoger todas las cartas que vi, cartas muy serias —como la que yo mismo había enviado unos días antes, sin que lo supiesen mis tíos—, y cuando tuve un pequeño montón lo uní con toda naturalidad al del resto de cartas que estaba clasificando y se lo llevé a los que matasellaban. Unos minutos después, uno de ellos lanzó una maldición y se puso a gritar y a amenazar al gracioso que le había llevado aquello, agitando bien alto el paquete de cartas a los Reyes y preguntando quién había sido. Yo levanté la mano tímidamente, asustado, y todos los demás explotaron en una carcajada ruidosa. El pobre hombre que gritaba, quizá al ver que yo era mucho más alto que él, prefirió callarse. Todos creyeron que había sido una broma y me daban palmadas en la espalda para felicitarme. Me resulta increíble que nadie, entre aquella gente curtida, endurecida, maliciosa, brutal, que siempre estaban atentos a que alguien cometiera el menor desliz para laminarlo, que nadie se diese cuenta de que yo no sabía que los Reyes no existían. No concebían la inocencia.

Yo había pedido en mi carta volver a estar con abuela. Unos días después de que los Reyes no me trajeran nada, mi tío me dijo si quería quedarme con alguna prenda de abuela. Como habían puesto en venta la casa, iban a tirar su ropa. Entonces vi su abrigo colgado de una percha en la penumbra de un armario abierto y creí que era ella, que se había metido allí para darme una sorpresa.

Abuela era muy alta. Su abrigo me valía. Cuando me lo puse, instantáneamente me pareció que estaba dentro de su cuerpo. Me sentí lento, bondadoso y cansado. Al meter las manos en los bolsillos, topé con sendos pañuelos arrugados. Dos cosas personales, íntimas, que nadie podía ver. Me parecía estar tocando su alma.

HISTORIA SAGRADA

María ya había leído varias veces, en un libro que le había dado el ángel, su vida como algo que ya había ocurrido. Pero la vida real, la vida presente, tiene tanta fuerza que nos vuelve escépticos con relación al futuro, por mucho que sepamos que se va a cumplir. Mientras transcurre, la vida tiene más fuerza que las profecías que la desmienten. María vivía su propia vida con ignorancia, o con olvido. Solo cuando ocurrían algunas cosas recordaba que ya sabía que iban a ocurrir. Cuando conoció a los padres de José, pensó que no iban a ser santos, como los suyos, y que no serían recordados. Durante la boda los veía junto a Ana y a Joaquín, en la misma mesa, partiendo y alcanzándose entre los cuatro el blanco pan con sus manos campesinas, bromeando, bebiendo a grandes e inexpertos tragos el vinazo del lugar, riéndose ruborizados de las picardías que se decían de los novios, y no los encontraba diferentes de sus padres.

EL TIMBRE

Dentro de diez minutos el señor Gregorio, como se le conoce en el barrio, morirá de un ataque al corazón. Ahora está comiendo. Vive con Clara, una nieta que hace veinte años se quedó sin padres. La mujer del señor Gregorio también murió, ya va para seis años.

Clara se ha peleado a mediodía con su novio, que vive en el mismo portal. Está furiosa con todo. Le sirve a su abuelo un filete y sigue masticando el suyo sin ganas. No habla. Solo tiene un pensamiento: que está harta de todo. El señor Gregorio suelta una sonora ventosidad.

‑¡Jo, abuelo, qué guarro eres!

Tira el tenedor sobre la mesa y se levanta.

‑Hija, qué quieres que haga. Tengo gases.

‑Y yo. Y me los aguanto. Me voy a la calle.

‑No te enfades, mujer. ¿Qué te pasa?

‑¡No estoy enfadada, déjame en paz!

Cierra la puerta de la calle de un portazo. En el portal se encuentra con su novio, que entra. Él la para. Quiere hacer las paces. Por orgullo y timidez se muestra brusco. Ella no sabe qué hacer ni qué decir. Él se acerca. Huele un poco a vino. Ella se aparta. Pero quedan en verse por la noche. Se despiden, tristes. Clara ya no quiere salir a la calle. Piensa en su abuelo. Se arrepiente de haberle hablado así. Subirá, le dará un beso, le hará cariños, se disculpará. Mientras sube, se busca las llaves en los bolsillos. No las tiene. Se las ha debido de dejar en el bolso. Llama al timbre.

El señor Gregorio ya ha acabado el filete. Se dispone a comer uno de los pasteles que trajo ayer Clara, cuando suena el timbre. Duda si comérselo antes de ir a abrir o retrasar unos momentos el placer. Decide que si se lo come antes, no le sacará gusto, con las prisas. Lo comerá después, tranquilo. Se levanta y va a abrir. Por el pasillo se cumplen los diez minutos. No tardará en volver a sonar el timbre.

HISTORIA DE NUESTROS COCHES

El primer coche que tuvimos fue un 1500, un coche que nos parecía inmenso. Papá y mamá iban delante y nosotros cuatro atrás. Que seis personas viajaran en un turismo entonces era muy normal. Incluso más. Recuerdo viajes en los que también iba la abuela, que se ponía a Daniel sobre las piernas. Claro, éramos muy pequeños.

El viaje duraba más de seis horas, porque mamá no dejaba correr a papá, que se ponía de un humor fúnebre cada vez que ella le decía: “No corras tanto, que llevas cuatro niños”. Entonces discutían y para nosotros era muy divertido, porque ninguno aceptaba que el otro dijera la última palabra y se pasaban muchos kilómetros contestándose uno a otro, y solo se callaban cuando descubrían que hacíamos apuestas con el número de réplicas de cada uno.

Hacíamos dos paradas, una para echar gasolina y otra para estirar las piernas. O sea, hacíamos el viaje en tres tramos. El primero hasta pasado el túnel de Guadarrama. Parábamos en Ataquines, donde mamá siempre nos contaba la historia de la reina que al pasar por aquel pueblo le había pedido a una de sus doncellas: “Ata aquí, Inés”, refiriéndose a los cordones de un zapato que se le habían desatado. El segundo tramo hasta las afueras de Benavente, donde parábamos junto a una ermita cuyo tejado se había hundido pero conservaba entero un arco, que se mantenía en pie como por arte de magia. Y el tercero, hasta el pueblo, hasta La Carballa, adonde, al final, no queríamos llegar nunca, y así, paradójicamente, alargar el placer de llegar.

Era un viaje largo, pero nada comparado con el día entero que nos pasábamos en trenes y autobuses cuando aún no teníamos coche, viajes tras los que llegábamos agotados, aturdidos, sin interés por nada que no fuese meternos en la cama. En el coche también nos quedábamos dormidos en algún momento. Pero por turnos. Sin proponérnoslo, siempre uno se quedaba de guardia, por si había algo por lo que merecía la pena despertar a los demás (tres coches rojos seguidos, una mujer conduciendo sola, una moto con sidecar…). Solo durante el último tramo todos permanecíamos despiertos. Armábamos un gran alboroto. Sentíamos tan cerca el final del viaje, que ya no podíamos estarnos quietos. Ni siquiera cuando murió mamá… Un alboroto que iba creciendo hasta que alcanzaba un punto culminante, un punto de exaltación en el que el bullicio y los gritos resultaban molestos incluso para nosotros. Entonces mamá se volvía, pegaba dos voces y sacaba a pasear la mano, y la calma se restablecía en un tiempo razonable. Aún había algún amago de rebelión, pero a mamá le bastaba con volver la cabeza para anularlo.

No sé por qué, me conmueve el recuerdo de aquel primer coche. Lo siento como uno más de la familia. Más un ser vivo que una máquina. Un coche en el que mamá seguía pareciendo mamá, no una señora sentada en una máquina. Con el tiempo fue perdiendo el color, llenándose de arañazos, volviéndose insignificante, invisible. Me da pena de él. Teníamos que haberlo tratado mejor. Siento el mismo remordimiento que cuando uno se reprocha no haber sido mejor con alguien que ya ha muerto. Me da pena por la gente que no merecía haber montado en él y que montó, por los caminos por los que lo metimos, por el mucho peso con el que lo cargábamos. Siempre iba tan lleno que había que llevar algún bulto junto a los pies. Una vez se nos reventó una rueda y tuvimos que vaciar el maletero en el arcén para sacar la rueda de repuesto y el gato y todo eso. Dios mío, cuántas bolsas cabían en aquel maletero. Infinitas bolsas de plástico. De despreciado material no biodegradable. Bolsas que nos avergonzaban, tan poco elegantes, impresentables, como cuerpos deformes, como una prolongación de nosotros mismos. Que cumplieron con su trabajo, bolsas de plástico, indestructibles, eternas y que han desaparecido para siempre.

Después del 1500 tuvimos un Renault ranchera. Creo que era un poco más ancho, pero como también nosotros nos habíamos hecho más grandes, la sensación es que era más pequeño. Abuela ya no conoció ese coche. Con él seguíamos haciendo las dos paradas, en Ataquines y en las afueras de Benavente, la primera por inercia, pues acabaron quitando la gasolinera. En su último viaje mamá no se bajó en ningún momento. Ya estaba enferma y se quedó mirando el exterior con unos ojos infinitamente tristes que nosotros fingíamos no ver. Junto a la ermita dijo: “Debe de ser bonito tener un alma inmortal, aunque solo sea mientras estemos vivos”. Se encontraba tan débil que cuando, en el último tramo, llegó nuestro minuto de euforia, no nos regañó. Hasta pareció que disfrutaba con nuestros gritos.

Papá era aficionado a decir en los viajes frases, iba a decir absurdas. Pero no eran absurdas. Eran idiotas, directamente. Después esas frases podían triunfar o no. Si triunfaban nos pasábamos repitiéndolas una temporada. Algunas, durante años. Por ejemplo: “En mi casa, lo que diga Lucas” –dicho con acento gallego–, lo estuvimos repitiendo mucho tiempo. Una vez dijo papá: “¿Os acordáis? Nuestra frase favorita va a cumplir un año. Qué mayor se ha hecho. Hay que celebrar su cumpleaños”. Mamá murió unos meses después. Siempre que pasábamos por el sitio en el que papá había dicho lo del aniversario, todos nos acordábamos de mamá. Lo sé porque ninguno decía nada.

Poco después de morir mamá, yendo al trabajo, papá tuvo un accidente y, aunque él salió ileso, el coche quedó hecho una porquería. Yo creo que fue un acto inconsciente. Papá quería desembarazarse de aquel chisme que tanto le recordaba a mamá. Compró, con nuestra aprobación, una furgoneta, un coche en el que nosotros, jóvenes, sentíamos que no perdíamos la dignidad al ir sentados en un artilugio burgués.

Seguimos yendo al pueblo, haciendo aquel viaje que ahora nos resultaba tan desolador. A pesar de todo, en el trayecto seguía habiendo un momento en que nuestro humor cambiaba y acabábamos cantando y brindando por el recuerdo de mamá y por la vida, algo a lo que ella se habría sumado.

Por aquellos años comenzaron las obras del tramo hasta Vigo de la autovía del noroeste y nuestro lugar de parada junto a la ermita –donde, por lo que he sabido después, todos rezábamos por mamá– desapareció bajo la nueva calzada.

Papá conoció a una mujer, una compañera del trabajo que no hizo esfuerzos por ganarnos y que le convenció para que se comprase un coche más serio, un coche en el que ninguno de nosotros nos sentíamos a gusto, y desde entonces todos fuimos encontrando disculpas para no volver a hacer aquel viaje.

Creo que papá no se mereció el final tan triste que tuvo. No tenía que haber estado tan solo los últimos años. Aunque la acabó dejando, aquella mujer le hizo mucho daño. Consiguió que nos alejáramos de él. Me arrepiento de no haberle acompañado más. Y sobre todo de no haberle entendido mejor. Él nunca nos reprochó nada. Eso es peor. Cuando murió soñé el mismo sueño durante mucho tiempo. Estábamos él y yo en la barra de un bar. Él bebía en silencio, dándome la espalda, sin querer mirarme. Con el tiempo nos hemos reconciliado. Al menos en los sueños, que no es poco. Hace poco soñé que iba en una moto con mamá y que discutían. Yo los miraba y me preguntaba quién iba a decir la última palabra. Entonces sentí la necesidad de visitar su tumba. Me gusta que estén juntos en el mismo panteón. Es como si siguiesen viajando en el mismo coche. Me gusta pensar que la mejor época de sus vidas fue el tiempo que vivieron juntos. Quizá los años en que fueron novios y aún no había nacido ninguno de nosotros. Aunque no creo. Nos querían demasiado para dejarnos fuera en su preferencia.

Hace pocos meses mis hijas quisieron conocer el pueblo del que tantas veces les había hablado. También quería que viesen las tumbas de los abuelos. No hicimos ninguna parada. Había llenado el depósito y había obligado a las niñas a ir al baño antes de salir. Ahora el viaje se hace en tres horas escasas. Ellas fueron casi todo el camino dormidas. No les pude contar la etimología de Ataquines, ni todas las batallitas de las que me iba acordando a medida que pasábamos por Rueda, por Medina, por Tordesillas… En Vega de Valdetronco hay una iglesia sin tejado que conserva dos arcos. No les pude explicar que nuestra ermita desaparecida tenía uno igual.