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Avatares es una selección de relatos extraídos de treinta años de buena convivencia con la escritura; un variado álbum de temas y estilos que van del microrrelato de una línea al relato de veinte páginas. Cada propuesta es diferente, aunque mantiene la constante de una manera de contar, un acuerdo con ese lector al que le basta conocer lo sustancial para construir su propia conclusión. Cada historia, cada personaje de esta colección, es un avatar con la misión de desmontarnos la contradictoria lógica que esconde la lejanía que nos separa de los que tenemos cerca, la cortés humildad de los hipócritas y el cinismo de la franqueza, la fina línea que separa el miedo y la crueldad, los caminos sensibles del amor: el del deseo, el del placer, el del dolor…
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Seitenzahl: 256
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Avatares es una selección de relatos extraídos de treinta años de buena convivencia con la escritura; un variado álbum de temas y estilos que van del microrrelato de una línea al relato de veinte páginas. Cada propuesta es diferente, aunque mantiene la constante de una manera de contar, un acuerdo con ese lector al que le basta conocer lo sustancial para construir su propia conclusión.
Cada historia, cada personaje de esta colección, es un avatar con la misión de desmontarnos la contradictoria lógica que esconde la lejanía que nos separa de los que tenemos cerca, la cortés humildad de los hipócritas y el cinismo de la franqueza, la fina línea que separa el miedo y la crueldad, los caminos sensibles del amor: el del deseo, el del placer, el del dolor…
Avatares
© 2023, Juan Antonio Morán Sanromán
© 2023, Ediciones Oblicuas
EDITORES DEL DESASTRE, S.L.
c/ Lluís Companys nº 3, 3º 2ª
08870 Sitges (Barcelona)
ISBN edición ebook: 978-84-19246-57-8
ISBN edición papel: 978-84-19246-56-1
Edición: 2023
Diseño y maquetación: Dondesea, servicios editoriales
Ilustración de cubierta: Héctor Gomila
Queda prohibida la reproducción total o parcial de cualquier parte de este libro, incluido el diseño de la cubierta, así como su almacenamiento, transmisión o tratamiento por ningún medio, sea electrónico, mecánico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin el permiso previo por escrito de EDITORES DEL DESASTRE, S.L.
www.edicionesoblicuas.com
Prólogo
La crueldad del enemigo
Basura
Capullos
Presagios
Pesadillas
Epidemia
El Tesoro
Marea baja
Barniz para una herida
Flora in aeternum
A la luna
Ilusiones
El intercambio
Reconquista
Santoral
Hotel Macondo
Tres minutos
La foto con Alicia
Palabras mayores
Superhéroes
Guerrilla
Las últimas
Autoindulgencia
Silencio
El buzo
La herencia
Pasajeros
Okupas
Raíles
Secretos
Infiltrado
Nadie lo merece más
Aptitudes
Tregua
Buenos días, churri
Espanto
Ilusionismo
Lo malo también se acaba
Instinto
Pilar
Un secreto bien atado
Dulces sueños
Monstruo
Imaginauta
Un banco de pino verde
El último trago
Piedras en el corazón
Códigos
Particular vende
Navidades
Principio, fin y viceversa
Unforgettable
Señales
Pescado
Atrapado
Medalla de honor
La primera siesta
Última función
Manchita, la ardilla
La boda
Maliq
Rendición
Juegos de orientación
El indulto
Cuento de Navidad
Avatar
Gracias
El autor
Estimados lectores: me presento.
Soy J.G., la persona a la que está dedicada el microrrelato «El Tesoro» de este libro. Lo cuento para advertirles de que, aunque no soy neutral, este es un libro totalmente recomendable y que se sostiene por sí solo amparado en sus virtudes literarias, que son muchas.
Así, en los microrrelatos, Juan Antonio nos ofrece una escritura versátil al servicio de la precisión narrativa, jugando a menudo con la paradoja, imaginando lo imposible como probable, contando el amor y su reverso desde diferentes perspectivas, relatando el daño pero alejándose de una falsa sentimentalidad, utilizando, cuando se requiere, un humor inteligente, mostrando, a veces, un pueblo, Casares, que semeja un cruce entre Comala y Macondo, y, sobre todo, siendo honesto con el lector, cualidad que me parece cada vez más admirable en un escritor. Son 66 pero me gustaría poner uno como ejemplo de gran microrrelato, «La boda», que relata con maestría, de forma concisa, clara y brillante, el futuro horizonte de desprecios en una relación. No se puede dar más por menos.
Los cuentos siguen esa misma línea, ahondando, todavía más, en las heridas, los recovecos y las distintas capas del amor y del deseo, sugiriendo la extrañeza y fragilidad de aquello que nos es más cercano y querido y que, por lo tanto, nos hace más vulnerables. Y pongo otro ejemplo, hay que ser un jodido loco o alguien con mucho talento para escribir un relato como «Okupas», donde se mezcla una dinámica familiar desestructurada con una realidad social compleja y se acaba con una escena propia del antiguo cine erótico «S» español, sin naufragar en el intento después de ese paseo por el alambre. Por lo que me temo que se trate de lo segundo: talento.
Supongo que a Juan Antonio le leeremos sus amigos, que somos legión, su familia, lazos que unen, gran parte de la comunidad de profesores y exalumnos del colegio en el que trabajó varios años, la dedicación, la diligencia y la tenacidad ganan afectos, también muchas personas del espacio del microrrelato en el que se ha involucrado de varias maneras durante estos últimos años y al que contribuye con su generosidad, eficacia y magnífica gestión de voluntades, y, por último, espero que también lo lean todos aquellos a quienes alcancemos con nuestra recomendación boca a boca. El resto se lo perderá y será una lástima porque este libro merece una lectura atenta, sosegada y profunda para no perder detalle. Que ustedes lo disfruten tanto como yo.
Javier González
Se habían propuesto acabar con nosotros exhibiendo la perversión de quien saborea la amargura de la derrota ajena. No solo humillaban a nuestras tropas en el frente, sino que disponían escurridizos pelotones desde el valle para sorprendernos en los lugares más insospechados, sin apenas posibilidad de repeler sus ataques. Además de la hiriente pérdida de efectivos, sufríamos la derrota lacerante de la táctica. Los mandos, desmoralizados, optaron por una medida desesperada: ubicamos cinco puestos de francotiradores entre los riscos del sur y dispusimos allí a los soldados de mejor pulso. La orden del general fue simple: disparar sin compasión, sin opción al error, sin avisos ni advertencias, disparar, disparar hasta acabar con todos.
Tras semanas de constante martilleo de fusil formé parte de la patrulla que comprobaría el resultado del tiroteo sobre el terreno. Recorrimos todo tipo de hondonadas y atajos en busca de los soldados abatidos. Los primeros uniformes que encontramos eran azules, de los nuestros, probablemente soldados que regresaban del frente; pero al fin encontramos un maldito y detestable enemigo, con esa casaca verde y sucia acartonada de sangre.
No entendían por qué alguien podía desprenderse de un mueble todavía aprovechable. Lo cargaron con más ilusión que fuerza y lograron subirlo en el ascensor hasta el piso, prácticamente vacío aún. Lo movieron por el espacio despejado del salón buscando el lugar adecuado. Cada rincón elegido como ensayo fue representando un decorado bien provisto de la candidez que deparan los inicios. Bajo la ventana, para los días de lectura. Frente al mirador permitiría contemplar los atardeceres de otoño. Cerquita del radiador, para cuando el abrazo no aportase calor suficiente. En ningún momento se plantearon que, además del descanso, en sus dos plazas se acomodarían la rutina y la desidia. Inconscientes aún de que su loneta beis podría ser un escenario perfecto para repentinas dudas, para consumar las primeras mentiras, el engaño y la violencia definitiva. De momento, limpiarían las manchas más escandalosas, taparían la hendidura de su costado lo mejor posible y después se dedicarían a cometer, uno por uno, los mismos errores que sus primeros dueños.
Todas las mañanas, si no llueve, se dedica a retirar las malas hierbas, a replantar pequeños bancales de siemprevivas y pensamientos o a la entretenida poda y entresaca de las extensas matas de crisantemos. Limpia con esmero paletas, tijeras y serruchos, hasta hacer brillar el metal. Prepara nuevos bancales con tierra suelta y mullida, que cuida y rastrilla diariamente, reservándolos para las nuevas adquisiciones.
Por las tardes descansa. También le gusta salir a reponer o afilar herramientas y seleccionar en los viveros lo necesario para hacer del jardín un espacio para la armonía y el reposo.
Y alguna noche, si no amainan las pesadillas, se viste y sale a buscar compañía, mostrándose siempre afable y exigente en la elección. El candidato debe ser atrevido y festivo, algo adulador, zalamero, preferiblemente casado. Si en la primera cita le promete «una felicidad sin límites», se lo lleva a casa para siempre. Con su marido ya suman dieciséis lechos de preciosos narcisos.
Siempre fui sensible al alma poderosa de los libros viejos, pero ninguno se ha entrometido en mi vida como este Presagios, de la edición de 1936, autografiado por Salinas.
Lo adquirí en una librería anticuaria. Entre sus hojas escondía un amarillento papel manuscrito donde se leía «pregúntame por qué te quiero». Me conmovió imaginar el objetivo de la nota y, atraído por esa idea, reavivé el desafío introduciéndolo entre las páginas de la novela de Coetzee que leía mi esposa.
Mientras meditaba mi respuesta descubrí que ella había abandonado la rutina de la lectura: apenas hojeaba un par de páginas antes de dormir.
Esta mañana mi ansiedad me ha incitado a comentarle que Coetzee tenía un nuevo libro. Los significados de su respuesta, mientras se alejaba por el pasillo, me han abierto un abismo de incertidumbre.
—Estoy muy cansada. Estoy pensando dejarlo.
Un relámpago rasga la oscuridad del cuarto y lo despierta. Siente el extravío de quien abandona el sueño inesperadamente, un sentirse extraño sin motivo. Como ha hecho otras noches, decide serenarse arropando a Manuel y dándole un beso entre sus rizos rubios: confirmar su bienestar siempre le produce una tranquilidad infalible.
Cuando sale al pasillo se despista y, sin saber cómo, acaba abriendo la puerta del baño. En el siguiente intento, entreabre, se asoma y se deja guiar por la luz quitamiedos de la mesilla. Se acerca a la cama, retira un par de muñecos de encima y estira la colcha nueva para arropar su brazo bajo el edredón. Con el movimiento de la ropa parece despertarse. Él, como siempre, le calma, le llama «hijo precioso» y le ahueca la almohada para que esté más cómodo. Pero cuando consigue girarle la cabecita hacia él no encuentra sus ojos azules. Ahí no está el sonriente gesto de ensoñación acostumbrado. No hay ni un bucle en ese pelo negro. No es su voz la de la niña asustada que le advierte:
—Tú no eres mi papá.
Aunque nunca fue el más popular del pueblo decidimos hacerle la vida más fácil dadas las circunstancias terminales de su enfermedad. Convencimos a Julieta para que accediera por fin a ser su novia el tiempo que le quedase, y sus hermanos, que le habían declarado odio eterno, volvieron a hablarle por pura humanidad. Tras consultar si le apetecía que recuperásemos aquella costumbre de cuando éramos chavales, los amigos establecimos los viernes como «tardes de bolera y cañas». Le readmitieron en la panadería donde trabajaba antes de su diagnóstico, y los del grupo de teatro de la Casa de la Cultura rescataron aquella idea que tuvo de montar un musical benéfico en favor del maestro jubilado de la escuela. En la escena final participarían un centenar de vecinos.
La última revisión con el especialista ha confirmado síntomas evidentes de mejoría, pero los vecinos le hemos advertido que siga con la recuperación poco a poco, que no tenga prisa por recobrar la normalidad, que nunca había habido tanta alegría en el pueblo.
Este verano hemos pensado arreglar el campanario, porque Julieta ha confesado que, ya que ha consentido en semejante insensatez, quiere casarse con él por la iglesia. Bueno… y Braulio con Rosa. Y Manolo con Luis.
a J.G.
Cuarenta años después, cada rincón de Casares es un escenario vivo de mi pasado. La tienda de Miguel —ya en ruinas— que presumía de vender jabón de lagarto y chorizo de león; el balcón de Marita, cumbre de mi deseo juvenil; el banco de piedra que señalaba la parada del autobús, desde donde escapé con mi amigo Vicen para conocer el estadio Santiago Bernabéu y conseguir una foto con Zárraga, que perdimos poco después.
Durante años mantuve la ilusión de encontrar nuestro particular tesoro, cuyo objeto más valioso era el crucifijo de plata que le robamos a Sor María con toda la intención de cambiarle el destino. Inesperadamente, la caja de latón que lo guardaba apareció donde la dejamos, bajo la piedra plana del muro de Las Albricias. Era evidente que Vicen la había revisado antes de morir.
Aún se conservaba, ya amarillo, nuestro «pacto de amistad eterna», una cajetilla intacta de Peninsulares, tres estampas de mujeres desnudas y un inesperado sobre que, en el exterior, explicaba la ausencia de la joya.
«Sor María ha muerto. No creo que mereciera el infierno. Meteré el crucifijo en su ataúd, pero repongo el valor de nuestro tesoro».
Abrí el sobre y allí estábamos los tres: Zárraga, Vicen y yo.
Desde allí mismo, en el arcén, llamé a Miguel Peña, un antiguo novio de mi hermana Elena que había llegado a concejal. Peña era un tipo serio y engreído, pero en esta ocasión resultaba adecuado, porque cumplía la condición de ser la única persona que conocía con un cargo de cierta autoridad. Entendió con una inesperada normalidad la situación de la ballena y mi primo, y me aseguró que pondría en marcha algún protocolo de emergencia que permitiera ayudar en el rescate del animal.
—Llamaré también a los medios de comunicación. Déjalo en mi mano —y me colgó.
Cuando salí del coche ya había otros vehículos aparcados tras de mí. Algunos conductores permanecían dentro de los suyos, curioseando a distancia, pero otros se descolgaban por la pendiente hacia la playa. Yo retrocedí unos metros para acceder por el camino. Había bajado suficientes veces por allí para saber que la ladera solo es más rápida hasta que cumples los cuarenta. La entrada habitual es un paso empedrado que desciende hasta la caseta de mi tío, y desde allí hasta la playa hay un sendero de arena cómodo y directo.
La caseta tenía las ventanas abiertas. En la que da a la playa vi asomada a La Quina. Era una furcia vieja de las de corto presupuesto. La llamaban así porque se vanagloriaba de haber sido novia de un jugador de fútbol muy conocido con ese nombre. También contaban que tuvo una aventura con un escritor que había escrito una novela sobre su vida, pero no recuerdo su nombre y dudo que alguien supiera el de la novela. No sé cómo le podía interesar a alguien la vida de La Quina. Siempre la recuerdo vieja y flaca. Y allí estaba; con un vestido de esos cuyo estampado tiene líneas de purpurina brillante de color azul. Con la mirada fija en la playa parecía un viejo retrato enmarcado por la pintura verdosa del marco, con un enorme lazo rojo sujetando una melena lacia y tintada a mechas. Cuando me vio bajar por el sendero, me enseñó su sonrisa espléndida y movió los dedos de la mano con la que sujetaba el cigarro en un aleteo a modo de saludo.
Junto a la caseta estaba aparcada la moto de Minio. Era famosa en la comarca por el ruido y porque medio pueblo la había usado en alguna ocasión. Era una moto pequeña y sucia, llena de pegatinas descoloridas y con un portabultos de tubos remendados con tiras de goma. Minio no echaba cuenta de ella. La llenaba de gasolina cuando le parecía y, si acaso, le cambiaba la bombilla del faro si se había fundido. Pero era una de esas máquinas obsesionadas con funcionar.
Minio siempre fue así. La puerta de su casa nunca se cerraba y hasta en invierno tenía las ventanas abiertas; decía que, si no, se sentía encerrado. Mi madre defendía otra versión; ella decía que desde que la compañía de la luz le cortó el suministro, si cerraba las ventanas le tocaba limpiar los cristales para salir de la penumbra. Tampoco era de extrañar que no tuviese miedo a perder nada porque no tenía nada que perder. Desde que se murió mi tío, fue vendiendo la mayoría de los muebles y ahora sobrevive del trapicheo de pescado. Aparece por el pueblo con cajas repletas que nadie sabe de dónde saca, o cubos de percebes y mejillones que le compran, sin demasiados problemas, a la mitad del precio del mercado. Con el beneficio se podría vivir sobradamente, pero no siempre le llega para cubrir sus necesidades. Cuando el presupuesto no le alcanza para la dosis, deambula por las casas de sus parientes haciendo visitas inesperadas, y, sin pedir nunca un euro, sale con lo justo para venirse a pasar la tarde a La Lastra. Nunca ha alardeado de ello y ha sabido mantenerlo en privado. Nadie le ha visto consumir. Todo el mundo dice que lo hace allí, en la caseta, donde se lleva también a las tres o cuatro insensatas que consigue convencer para que le calienten la cama. Minio descubrió el deseo y la heroína a la vez y ahora no sabe separarlos.
Mientras bajaba por el sendero pude ver como la ballena abría la boca y todos los curiosos se apartaban asustados menos Minio, que le gritaba enojado. Intentaba organizar a los pocos voluntarios y les iba indicando cómo aliviar a la ballena con todas las precauciones; pero, al final, parecía más preocupado por hacer que por mandar. En cuanto detectaba el mínimo temor o indecisión en la gente les pedía que se apartasen, recogía de nuevo el cubo y seguía con su faena, acarreando agua de la orilla y pidiendo al animal que reaccionara.
Aquello me recordó el verano que Minio se planteó presentarse para alcalde. Estuvo visitando a todas las familias del pueblo con la intención, decía, de conocer cuáles eran las necesidades reales de la población y convertirlo en su programa. Yo creo que nadie le tomó demasiado en serio. Pero el verano se acabó, y la activista con la que andaba liado se volvió a casa con sus camisetas desteñidas, sus porros y su palabrería marxista para retomar unas clases de administrativo de las que nunca nos había hablado. El ánimo de Minio se diluyó con los primeros chaparrones fuertes de octubre. Nunca admitió que su renuncia la motivó el regreso de aquella «medio hippy» a Madrid, y para ello tuvo que inventarse un argumento como que presentarse para alcalde, en definitiva, resultaba ser una manera de colaborar con el sistema y que, tras haber sido consciente de esa trampa, había dejado de interesarle.
En los últimos meses había leído en el periódico cuatro o cinco noticias de ballenas aparecidas en playas de medio mundo, incluso hubo una que embarrancó en la Playa de la Arena, a tan solo cincuenta kilómetros de allí; pero nunca me pude imaginar que podría encontrarme una en La Lastra, y menos que fuese Minio quien estuviese allí, dirigiendo el rescate. Era una sensación extraña, como estar ante un gran acontecimiento en el que los personajes no dan la talla. Pero allí estaba, un animal de color oscuro y vientre claro de más de seis metros, metido hasta los ojos en la arena. Minio estaba a su lado, con una camiseta hasta las rodillas empapada, descargando cubos sobre ella. Dos chavales habían dejado la cartera en la playa junto a los zapatos y le ayudaban con las manos. Su madre les gritaba desde la orilla recordándoles que solo les había prometido «poder ayudar» cinco minutos, pero ellos no la escuchaban y salpicaban con una mano a la ballena y con la otra al compañero.
Un viejo con los pantalones remangados completaba el equipo; le vaciaba un barreño de agua por encima y se detenía, pasmado, para verla derramarse por el lomo del animal. El resto, hasta sobrepasar la docena, lo grababan con el teléfono móvil o posaban en el ángulo perfecto para hacerse protagonistas del «hecho insólito» de un animal agonizante.
Cuando llegué a la playa, Minio me miró con los ojos muy abiertos y me gritó que no me quedase parado y que hiciera algo. Le advertí que ya había llamado a las autoridades y que esperaba que en cualquier momento llegara ayuda.
—Nos sobran ingenieros, primo. Coge ese balde.
Me puse a su lado a vaciar cubos de agua sobre la ballena. Era imposible seguir el ritmo frenético de Minio, que ya estaba completamente empapado.
—Podías haberte puesto los calzoncillos por lo menos: estás calado y se te transparenta todo.
—Si has venido a salvarme…, te puedes ir ya.
—Tú tienes mal arreglo.
—Hay que mantenerla viva hasta que suba la marea.
—¿Cuándo subirá?
—En dos horas.
—¿Cuánto llevas aquí?
—Desde el amanecer.
—¿Y qué hacías tú despierto a esas horas?
—Duermo fatal. Escuché un ruido como… de respirar profundo. Y cuando me he asomado por la ventana he pensado que estaba alucinando. O que era un sueño. O que me había muerto.
—No me extraña, una ballena en La Lastra es…
—He tardado un rato en salir porque me daba miedo. Pensaba realmente que podría no ser real. He mirado todos los relojes, el calendario de la cocina y he buscado al gato, pero no ha aparecido. Como todo parecía normal he ido a la cama y le he acercado el mechero a La Quina para ver si estaba viva. Ha dado un bote y me ha insultado de todas las formas posibles. Eso ya me ha parecido una demostración de la realidad. Después me he asomado otra vez a la ventana y he decidido bajar. No había nadie todavía. Cuando he llegado me ha dicho que quiere morirse.
—Venga, Minio, no digas tonterías. Ya eres mayorcito para cuentos. No vuelvas a decir eso, harás el ridículo… o algo peor, pensarán que te has metido algo.
—Ha sido muy claro. Si lo hubieras escuchado… ¿Nunca has tenido la sensación de entender lo que te dice tu perro?
—Yo no tengo perro, Minio, pero no me parece lo mismo.
—Si no tienes perro no puedes entenderlo. Ha sido como un lamento. Está agotada. Se ha cansado de ir de un lado a otro. Le asusta la oscuridad del fondo. No ve sentido a seguir y ha preferido apartarse de su camino. Se está suicidando. Ha encontrado una playa solitaria y se ha tirado de cabeza. Mírale los ojos.
—¿Qué les pasa a los ojos? Son raros. Negros.
—¿Y ves esa lucecita amarilla al fondo? Son tristes.
—Joder, Minio, tristes, son los ojos de una ballena, cojones, no me vuelvas loco. Los ojos de estos bichos son así.
—Está aquí por algo, no ha venido a tomar el sol. Solo necesita un empujón, superar este agobio y dejarse llevar por la marea. Nada más…
—¿No te das cuenta, Minio, que la idea de que las ballenas hayan decidido tirarse a las playas como protesta por sus «problemas personales» resulta ridícula? Eso sí, es un buen argumento para una película de Walt Disney, pero esto no es California, ni hay ningún niño con una gorrita de Los Lakers que habla con los delfines y tiene un amiguito negro, ni tenemos una vecinita rubia y con patines con un padre guardacostas. Esa de ahí arriba es la caseta de tu padre, que cualquier día se te hunde, y estos son unos cuantos de miles de kilos de pescado que por una desconocida razón han venido a parar aquí. Esa es la realidad.
—Es posible que ni siquiera sepa que está protestando. Solo quiere suicidarse, mandarnos a todos a la mierda.
—Bueno, Minio, eso es un rollo tuyo. Es una ballena, y las ballenas tienen los mismos problemas de identidad que puedan tener las sardinas, ¡son bichos!
—El mar es muy grande. Pero es jodido ser una isla. Una isla no sirve para nada.
Cuando reparé en que Minio ya no me escuchaba, me alejé unos metros y le dejé perdido en un monólogo que solo se reflejaba en el movimiento nervioso de sus labios.
La playa no tardó en llenarse de curiosos, voluntarios, biólogos, organizaciones y medios de comunicación cuyo esfuerzo resultó finalmente inútil. La ballena permaneció inmóvil durante las veinte horas que la mantuvieron con vida. Estaba serena, y no colaboró en ninguno de los intentos por arrastrarla hacia el agua. Minio no se separó de ella en ningún momento. No paró de hablarle.
A media tarde, un biólogo de una de esas fundaciones que se dedican a salvar delfines nos dijo que se trataba de un ejemplar joven conocido por yubarta o ballena jorobada, y que no había una explicación para su forma de actuar. Él se decantaba por la versión de que hubiese perdido a su madre en una de sus habituales inmersiones y que se sintiese desorientada.
Aquella misma noche, cuando abandonamos la playa, subimos a la caseta y comprobamos que La Quina se había ido. Nos sentamos bajo el cañizo de la terraza. Minio sacó dos cervezas, y desde allí seguimos el proceso de despedazamiento del animal para poder transportarlo. El mar tenía una cadencia solemne al golpear las rocas del cantil, como de duelo. Entonces le miré para comprobar que se encontraba bien y fue, tal vez ayudado por la luz pálida del farol, cuando me di cuenta de que en el fondo oscuro de los ojos de mi primo Herminio también brillaba una lucecita amarilla.
No es extraño que algunos inmuebles de los barrios viejos cumplan décadas sin haber dejado pasar un rayo de sol a su interior. Una única ventana abierta y una cortina que solo cede pequeños huecos por la presión de un viento cansino dividen la probabilidad entre un millón. Aun así, existe una confluencia extraña de transparencias y refracciones en los ventanales de los edificios adyacentes que terminan lanzando una chispa de luz al interior para dejar una mancha blanca que apenas resiste unos instantes en el yeso de las paredes. La trayectoria orbital de todo un universo cómplice concentra sus coordenadas en un micrométrico espacio hasta conseguir que ese puñado de energía viaje millones de kilómetros, choque sobre uno de los desconchones y forme sombras fugaces de pájaros que permanecerán en esa jaula invisible para siempre.
La pared amarillea desde hace años. También amarillea el techo y hasta el suelo amarillea, aunque las baldosas que escapan del serrín debieron mostrar en su origen unos dibujos geométricos verdes y blancos. Las bombillas tienen gran culpa. Sacan su tallo sucio de los agujeros de la pared como si naciesen del mismo yeso, y lucen sus calvas empolvadas de manera raquítica. Están todas encendidas, más de seis en un espacio de cuarenta metros cuadrados, pero ni juntas consiguen sacarle brillo a un marco de madera recién barnizado que está secándose bajo la ventana.
La sala está llena de cuadros. Ninguno cuelga de las paredes. Allí quedan restos de tornillos y clavos que debieron de sujetar algo más que los agujeros que hoy sostienen. Pegadas al muro de la ventana hay dos estanterías atiborradas de botes de cristal. Son como tarros de miel rebosando un tinte ámbar que chorrea hasta la base. Por todo el cuarto se respira la mezcla dulce y seca del pegamento y el barniz.
El espacio principal del piso lo ocupa un conjunto inconmensurable de muebles de todos los estilos y tamaños. Hay cómodas de caoba y mesas victorianas, librerías con copete, aparadores de nogal, estatuillas de art nouveau sosteniendo el globo rajado de una lámpara. Todos distintos, aunque con el aspecto común de pertenecer a una época que les hizo viejos para siempre. Juntos unos a otros, parecen esconderse por su vejez, por la vergüenza de su aspecto desfasado, por los pliegues y grietas de las maderas, los decolorados fuera de temporada, por las puertas y los cajones recargados de apósitos decorativos que, si lucieron alguna vez, hoy son protuberancias molestas a la espera de ser extirpadas. Están dispersos sin orden, y sirven como soporte de los objetos más inesperados: ficheros, botellas vacías de vino, libros viejos, cajas de medicinas, trapos sucios y hasta una gran jaula de alambre trenzado medio comida por la herrumbre. El espacio abierto más amplio está delante de la ventana. Allí, el suelo está cubierto por una gruesa capa de serrín, virutas y algunas colillas. Alguien ha confundido el serrín con arena de playa y ha escrito «Pepe tiene miedo». Del final de la frase sale una línea que retrocede y se dobla como una rúbrica hasta alejarse hacia la puerta.
Las pinturas se han ido abandonando entre los muebles, sobre los muebles, tras los muebles. Tienen tinturas oscuras y muestran escenas y personajes antiguos. Hay un par de bodegones atiborrados de manzanas y animales muertos, un paisaje marino de dos pescadores cosiendo una red ante una mar casi negra, y un desnudo femenino de espaldas que abre las cortinas a otro cuarto. Una mesita de toilette ha perdido su espejo y la madera tuerta sostiene el retrato de un viejo desdentado, con los labios hundidos. Detrás del personaje hay una ventana cerrada y otra abierta por la que se ve un paisaje verde de pradera y una mancha oscura del tamaño de un buey. El marco tiene dos varillas estalladas y una pátina blancuzca esconde el retrato como si se tratara de un velo. En la trasera hay un trazo de tiza que señala «no tiene arreglo». Todos los demás muebles presentan en algún lado una anotación blanca que argumenta su presencia: «buscar tiradores serpentine», «solo caoba veteada», «cambiar zapatas», «armazón quebrado»…
Al fondo del piso, en la zona más alejada de la puerta, hay otro pequeño espacio bajo una de las bombillas. El mueble que interrumpe su acceso es una consola estilo Imperio lacada en negro y magullada de roces. En su informe particular puede leerse «espejo» y debajo «cambiar». El cristal agrietado, del otro lado, muestra la figura real de un hombre hablando por teléfono en una mesa de escritorio. Se está mirando a los ojos, como si hablase con su propia imagen. Desde detrás de la mesa salen dos piernas flacas y poco velludas que se alargan entre los papeles hasta llegar junto al cristal, donde toman contacto con su continuidad simétrica. Tiene las rodillas manchadas de serrín. Lleva una camiseta de tirantes de un color cercano al beis y está en calzoncillos. Cuando mueve los pies hacia los lados le asoma el vello por el borde de la prenda, y ese es el único detalle que parece atraer su mirada durante los pocos instantes que aparta la vista de sus propios ojos. Puede oírsele perfectamente, porque las virutas y el polvo son la muestra de ese silencio inmóvil.
