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¿Qué pasa cuando una artista visual "migra" a la literatura? Hecho exitosamente, como en el caso de Axis Mundi por Ouka Leele, pasa que la narración resulta nítida e imaginativa. Con la combinación entre relatos cortos, y otros bien podrían ser el bosquejo de una novela, pero en lugar de eso apuestan a la misma síntesis esencial, en los cuales la autora explora mundos imaginativos. Sobre el final de "Axis mundi" la escritura de Ouka Leele vira hacia un destino que ya era posible presentir: la poesía.
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Seitenzahl: 88
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Ouka Leele
Y OTROS RELATOS
Saga
Axis mundi
Copyright © 2017, 2022 Ouka Leele and SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788728374870
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
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www.sagaegmont.com
Saga is a subsidiary of Egmont. Egmont is Denmark’s largest media company and fully owned by the Egmont Foundation, which donates almost 13,4 million euros annually to children in difficult circumstances.
Cinco palabras para un relato
A lo lejos, los nativos, que parecían dormir la siesta, miraban, sin embargo, cómo aquel astrofísico dibujaba, lentamente y tras sus gruesas lentes, en la pizarra, el intestino de un tornado que había arrasado su pequeño, su querido poblado, como si ese gesto pudiera dar una explicación lógica a la desaparición de sus casas, de su arte...
Mientras el científico se afanaba en brindarles un lógico consuelo, ellos ya habían trenzado nuevas hamacas, en las que dormir su habitual siesta, con el intestino macerando la rica comida preparada gracias a la caza que los había alejado del poblado cuando el tornado hacía de las suyas.
Los niños nativos dibujaban en el suelo, sin necesidad de pizarra, las mujeres cantaban levantando, de adobe, sus nuevas casas. Nada parecía poder alterar esas preciosas sonrisas, quizás en su lengua el único tiempo del verbo posible fuera el presente.
—Sí, dijo ella, y le cogió de la mano.
Caminaron juntos esquivando las zarzas, entre los árboles, hasta llegar al claro del bosque, allí estaba de nuevo ese simpático y pequeño personaje con su amplia sonrisa. Con un gesto de su cuerpo les indicó que se agacharan y atravesando un pórtico de helechos de muy baja altura, entraron, sin poder evitar las ortigas y sus sanas picaduras...
Tengo la sensación de que una mujer, dejando caer la melena a un lado de su cara como una suave cortina rubia, me había dicho: por eso, esto, todavía no se puede contar.
Pero yo ahora, no sé ni quién era ella, ni qué no podía contar... No consigo recordarlo.
Algo terrible debió de relatarme para que mi memoria lo haya escondido así, en el más secreto de sus cajones.
Toda la tarde, mientras caía el sol recibiendo la noche, la calle se doraba, y el periódico dejado en el banco frente al portal se teñía también de amarillo suave, le habían perseguido incansables, pegadas a la pared, después al suelo y por último a los peldaños de la escalera, uno a uno, deslizándose, deformándose, partiéndose en las aristas, creciendo siniestras o achicándose, las sombras de su cuerpo, de su maletín, de su sombrero y de una bolsa fofa, bien sujeta a su mano izquierda.
Había llegado al rellano donde entre otras muchas puertas se hallaba la que iba a abrir, la que le acogía cada noche, después del ocaso.
Sudaba, una sensación de afilado hormigueo recorría la parte trasera de sus piernas. Su pelo era como un pétalo negro, húmedo y pegajoso. Sus ojos, redondos, hundidos entre las ojeras, desagradablemente marcadas, profundas y violáceas y unas pobladas cejas con alguna cana ejerciendo de antena trepando por la frente, parecían intentar escapar de sus cuencas.
Tembloroso, sin dejar la bolsa cuya asa rodeaba su muñeca, estrangulándola y clavándose en la ya amoratada piel de su mano, buscaba en el enorme bolsillo izquierdo de su ancho y deforme abrigo gris oscuro, corroído por los bordes de las mangas, una llave.
Una simple llave, extrañamente pequeña, perdida en la inmensidad del bolsillo. Un instante antes de que la llave que ya asomaba por el agujero descosido fuera a caer, la atrapó. Como un gato hambriento atrapa a un ratón con su zarpa.
Olía mal, era el olor del miedo mezclado con el del atrevimiento, pero no se daba cuenta, preocupado por el fétido olor que desprendía lo que amarraba, masoquista, su mano izquierda que ahora sujetaba la llave con la punta de los dedos de uñas largas y sucias, todo lo que el peso del objeto que había dentro de la bolsa le dejaba introducirlos en el bolsillo a punto de romperse.
Tampoco soltó el maletín. Eso sí que lo tenía claro, no lo soltaría hasta introducir esa minúscula llave en su cerradura y abrirlo.
Se sentía prisionero de sus propias decisiones y del terror que como tenaza incandescente hacía latir sus sienes y anquilosar su nuca. No podía soportar esa culpabilidad que le hacía débil, sumiso y despreciable ante sí mismo, pero se había acostumbrado a vivir así, como una rata sigilosa que sólo de noche se sabe segura.
¡Cómo demonios iba a abrir la puerta sin poder soltar lo que ocupaba su agarrotada mano?. Estaba a punto de derrumbarse; su respiración, tras subir las escaleras, era entrecortada, y le asfixiaba el abrigo cerrado por el último botón pegado a su fina y colgante papada que separada en dos arcos, parecía querer sujetar la barbilla desde la nuez adornada con grises pelos olvidados al afeitarse y algunos poros negros.
Unos pasos, entrecortados...
Vislumbra la sombra de una hermosa mujer que se dibuja en la pared gracias a la bombilla que cuelga desnuda del hueco de la escalera, mientras ella la sube despacio, cojeando.
Rápidamente, él saca la llavecita que ya tenía bien sujeta dentro del bolsillo y abre el maletín, rebusca dentro, encuentra y saca una llave extraña con la que abre la puerta que tiene delante, entra y deja la puerta entreabierta para poder mirar, como cada noche, esa figura esbelta que sube cojeando. No respira, para no ser visto.
Daphne, peldaño tras peldaño, avanza con un movimiento desacompasado de piernas, un movimiento que atenúa su dolor, ese dolor que como la garra de un tigre engarza su útero con las uñas bien clavadas para no soltarlo y que al mínimo intento de escapar de ellas, podría desgarrarlo.
Al llegar al rellano en el que todas las noches ve asomar luz por la rendija que en fina línea recta corta el suelo, sonríe imperceptiblemente. A pesar de oír esa siniestra respiración y sentir el olor fétido que despide, sabe que no hay peligro, algo muy ancestral en sus entrañas se lo hace saber.
La mujer sube un piso más y entra por la puerta que está justo encima de la que al cerrarse deshace el fino haz de luz dejando la escalera a oscuras.
Recorre el pasillo, se descalza, dejando los zapatos de bajo tacón a su paso, y se dirige a su dormitorio donde se desploma en la cama extenuada por el dolor.
Su mente se debate entre el amor difícil, agotador, por un hombre al que adora y su propia vida, su salud, en definitiva. Este hombre de preciosas cualidades, tiene una extraña aversión a las mujeres, de las que habla como especie aparte y como si todas fueran iguales y dispuestas a hacerle daño y devorarle. Ciego al amor precioso que entre ellos nace. Capaz de decir las cosas más desagradables que pasan por su cabeza a la que es objeto de su amor, insensible a la vulnerabilidad de un corazón enamorado.
Ella no ha tenido la oportunidad de explicar, ni hablar. Y él es incapaz de corregir su actitud, ni de tan siquiera arrepentirse.
Qué terrible dilema tener que dejar el amor para salvar su vida. Sabe que podrían ser la unión perfecta. Pero el dolor que corroe sus entrañas no la deja seguir adelante, sólo en los momentos en que decide sobrevivir y salvarse, el dolor cesa. Su cuerpo ha tomado la decisión por ella. Su corazón llueve amargas lágrimas. Sólo tiene una elección. Parar toda actividad dirigida hacia él y ver si sus entrañas recobran la vida. Ver si ahí, está su curación.
Empieza a temer por su vida.
Coge un calendario que tiene colgado en la pared y tacha el primer día, el día siguiente a esa noche, y luego otro, y otro, y otro, y así, hasta nueve, y encima de los días escribe: cortar la comunicación, novena curativa.
Por qué tanta locura, por qué este hombre al que ama, puede ser capaz de decirle en mitad de un abrazo, el primer abrazo en que sus almas se funden y sus cuerpos sienten la vibración de todas sus células girando y abriéndose, al ritmo del amor que mueve el universo, fríamente y con una voz cortante e imperiosa: ¡vete de aquí!. Ella se derrumba. Ha recibido un dardo envenenado en mitad de la tierra abierta y húmeda para recibir la semilla del amor puro, del que ella había recubierto su vasija durante muchos años.
A partir de ahí él se muestra amoroso cuando quiere, pero nunca cuando ella lo necesita. Y puede permitirse el lujo de llamarla inepta, vaga, desmemoriada, ciega, tonta, y un sinfín de adjetivos y frases que hacen de la comunicación un ejercicio de dominación por parte de él hacia ella. Y constantemente, medio en broma, le pide que deje de salir y que le espere en casa. Y todo bajo la plomiza espada de Damocles de acabar tajantemente la relación si ella no escucha y acata su voluntad en cada segundo, y aún siendo cada llamada de teléfono para decirle lo que tiene que hacer cada día y recordarle sus obligaciones como si fuera tonta, o idiota, o una niña muy pequeña incapaz de organizar su vida por sí misma.
Ella tiene un remoto recuerdo que la hace creer que este hombre es alguien muy sensible y precioso y que todas estas cosas absurdas que hace, son parte de una falsa máscara. Quizás, piensa ella, en una malentendida idea del rol masculino en que cualquier muestra de ternura es calificada de ser propia de mujeres y afeminados varones, cosa que repite constantemente, sin darse cuenta de que lo que es más propio de un hombre es hacer feliz a una mujer y no lo contrario. O más bien, ¡dándose demasiada cuenta?. Todas estas dudas y preguntas hacen que Daphne sienta su mente como una tormenta borrascosa, y sobre todo ese recuerdo, como si le conociera de antes y supiera que era un gran hombre... ¿de dónde venía? Si hacía apenas tres meses que le había visto por primera vez.
La pasada noche, su última frase de despedida había sido: anda, pesada, más que pesada, no me des más la vara.
