Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Emilia Prados, jefa de tripulantes de un AVE, es la encargada de que el servicio a bordo del tren funcione a la perfección en un mundo hilarantemente imperfecto. Para ello cuenta con un variopinto grupo de auxiliares que deben atender a un montón de pasajeros de todo tipo. Según So Blonde, «Azafata AVEnturas» surgió de escuchar las anécdotas e historietas de sus amigas y compañeras de gimnasio que se dedican a esta profesión. El resultado es esta interesante y divertida novela que demuestra que las pequeñas tragicomedias laborales y personales del día a día, que muchas veces pasan desapercibidas, son suficientes para contar buenas historias.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 323
Veröffentlichungsjahr: 2021
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
So Blonde
Edición de: Ediciones aContracorriente
Saga
Azafata AVEnturas. Los chicos de Emi
Copyright © 2013, 2021 So Blonde and SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788726915860
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.
www.sagaegmont.com
Saga Egmont - a part of Egmont, www.egmont.com
«El Mundodisco es un mundo y un espejo de mundos. Éste no es un libro sobre Australia. No; es sobre un lugar totalmente distinto que, en algunos aspectos y por pura casualidad, resulta un poquito… australiano. Pero que nadie se ponga nervioso. Calma y tranquilidad, ¿de acuerdo?»
Terry Pratchett, El País del Fin del Mundo.
~
«¡Políticamente correcto! Sí, somos un montón de capullos liberales de la costa este, y estamos preocupados solo que no tenemos cojones para solucionar los problemas de verdad, así que inventaremos otros para poder creer que hemos hecho algo útil ¡Salvaremos al mundo impidiendo que nadie diga la palabra maricón!»
Garth Ennis, Predicador.
Vamos a ver (o nota de la autora):
El presente libro no es un manual de uso, esto lo comento porque es posible que se encuentren inexactitudes en algunos de los aspectos del trabajo de los tripulantes, la disposición de algunos elementos o de los protocolos de actuación. Esto es intencionado. La presente obra solo tiene como motor principal un sano animus jocandi, pero como la cosa está muy rara no he querido yo personalizar en exceso para preservar la identidad de aquellos que me han ayudado en la tarea de documentación para el escrito, pues así me lo han pedido.
Tengo que dar las gracias a quienes me han mostrado y explicado cómo es su mundo y sus funciones laborales, contado anécdotas para que las interpretara y regalado su realidad para que yo la transformara en ficción.
Mis variaciones (en pro de la dramatización esa) espero no desluzcan el esfuerzo que hicieron para documentarme. Si estos cambios pueden interpretarse como errores, son todos asumidos y culpa de la autora (vamos; yo misma) y no de las fuentes consultadas.
Fuera de los trenes y dentro de los libros hay cuatro personas que me han acompañado en la travesía que ha supuesto publicar esta novela; mi amigo e ilustrador CalaveraDiablo, el editor técnico Doc, el editor de contenidos M y mi querida correctora Dulce.
No he podido tener un equipo mejor a mi lado. Gracias.
Tengo la suerte de contar con cinco compañeras de letras cuyas frases de apoyo son para mí fuego de cobertura: Regina, Irene, Karol, Connie y Alicia. Ellas saben muy bien lo que cuesta parir líneas. A Pepe Hervás le debo un café, un ejemplar firmado y una reverencia.
Ha sido un viaje divertido; ha sido una experiencia muy satisfactoria y no sería de recibo que este tomo no estuviese dedicado a esas personas que viven siempre en el camino: Raquel, Paco, Elisa, Silvia, Antonio, María Encarnación, José…
Vidas in itinere en las que en ocasiones no nos fijamos.
Va por vosotros, nenas y nenes.
Besos de carmín.
www.facebook.com/so.blonde.5
Lobo.
Rico.
Vázquez.
A primera vista, los tres nombres de chequeo que formaban la tripulación de aquel día, podrían dar a entender que se trataba de un grupo de recios marines. Un pelotón de hombres duchos en técnicas de supervivencia en parajes extremos. Efectivos hábiles a la hora de dar caza y neutralizar a los enemigos. Aquellos nombres podrían haber estado labrados en troquel sobre placas gemelas de latón identificativas, destinadas a ser llevadas con orgullo militar y soberbia guerrera. Sí; podrían.
Bueno, tal vez el último nombre desentonaba un poco, Monjecillo; y por supuesto Emilia Prado (nombre de chequeo: Prado, Emi para casi todo el mundo, puesto: Jefe de Tripulación para destinos nacionales), no se imaginaba a Marta Lobo (tan mona, tan delgadita, tan rubia, tan despistada) con un M16. Ni tampoco a Jorge Rico, (tan gracioso, tan guapo, tan gay, con su pelo cano de forma prematura tan peinado de diseño) cargando colina arriba a golpe de bayoneta. Era capaz de gritar ¡Sobreviviré! a lo Mónica Naranjo.
En cambio, Aitor Vázquez casi podría encajar en el perfil. Porque en el de Tripulante de Cabina de Pasajeros, es decir: azafato, de tren en este caso, no encajaba.
Era muy joven, tan solo veintitrés años (un yogurín), era heterosexual (cosa muy rara en la profesión), además hablaba de vez en cuando sobre fútbol y siempre iba cargado con chismes informáticos raros. Incluso se podía sentir un punto de tensión sexual junto a él, algo inexistente en una profesión falsamente considerada sexy por tópicos erróneos. Todo lleno de mujeres o de «homos».
Vázquez, con su carita de pillo, su peinado a lo beat y su cuerpecito aún con un punto de adolescente, era un soplo de aire fresco y una presa fácil para pincharle con picardías y ver cómo se avergonzaba. Aunque, últimamente, se estaba espabilando.
Emi volvió a mirar su lista de tripulación y sorbió la lata de coca―cola light a cinco minutos de que empezara el briefing. Sonrió complacida, eran buena gente. Conocían su trabajo, lo harían lo mejor posible y además serían alegres y agradables, crearían un ambiente distendido que alejaría cualquier atisbo de rutina.
Ella había revisado el tren y pasado la nota a la gente de catering, especificando la mercancía que faltaba en los frigoríficos y las despensas. También había comprobado que hubiera auriculares y que la prensa estuviera toda en su sitio.
El maletín de cafetería estaba a punto y en el estuche de las películas había dos discos: uno muy legal con su logo de la Paramount y otro titulado con rotulador gordo y letra de infante.
Viajarían en un Ave serie S102remodelada, remolcado por una locomotora ICE Siemens 350E. Tras la máquina, seguían el vagón de «Club» con su galley (pequeña cocina) y la Sala de Reuniones, los dos vagones de «Preferente», el coche Cafetería y los cuatro vagones de «Turista». Cada uno de los compartimentos contaba con su propio lavabo. En total, doscientos metros que se convertían en su lugar de trabajo sobre raíles.
Emi salió de la réplica del vagón que había ocupado hasta el momento. Esta se encontraba en la base de tripulaciones, dentro del edificio de la subcontrata de Renfe, que presta el servicio a bordo, conectado a la estación de Atocha por unos larguísimos túneles que desembocaban directamente en los andenes. Al salir de la maqueta, vio el mostrador de lo que llamaban «Facturación/Programación», punto que era el enlace entre las azafatas y la gente de las oficinas.
Sonaba el teléfono, siempre sonaba ese teléfono, que era la centralita a la que los auxiliares podían llamar para ponerse en contacto con los diferentes departamentos administrativos. Nadie apareció para cogerlo.
Emi miró a las puertas que había más allá del mostrador de melamina blanca. Atravesándolas se entraba en un mundo, desconocido para ella, que era «Las Oficinas». Allí era donde se hacían los cuadrantes mensuales; se echaban las cuentas de las nóminas; se redactaban los contratos y solían cagarla con todas y cada una de estas tareas. Nadie salió de allí para contestar el teléfono.
Emi probó entonces a mirar fuera, en el acceso a los túneles de dirección Atocha. Aquello ya le era más familiar: techos altísimos, estructuras industriales, ruido de extractores de aire. Había un carricoche oruga biplaza que arrastraba una ristra de contenedores, con el logotipo de la empresa, cargados con el catering. La luz de amarillo gálibo, que giraba en el techo, creaba sombras en las paredes de brusco acabado de hormigón.
Una compañera pasó junto a la JT camino a la base. Se intercambiaron un rápido pero cariñoso saludo con la mano y la chica se alejó con prisas; siempre con prisas. Se habían visto tan solo una media docena de veces, en realidad no trabajaban juntas, pues la que andaba estaba destinada al tren hotel Francisco de Goya en sus viajes a París, pero el uniforme las hermanaba.
Un traje de color azul, oscuro pero no marino. La chaqueta poseía corte de americana, entallada sin exagerar, con cuatro botones de pasta de la misma tonalidad de la tela, adornados con la silueta en dorado de un pájaro en pleno vuelo. El símbolo de la Alta Velocidad Española. Ave. Esto mismo se repetía en los puños consiguiendo un levísimo efecto marcial
Debajo de la chaqueta, sin alterar el color, un chaleco sin solapas ni bolsillos, con trabilla a media espalda y los mismos motivos en la abotonadura; y una camisa blanca milrayas en azul, completaban el torso de la uniformidad.
Tanto damas como caballeros podían utilizar pantalones para cubrir las piernas. Estos también eran azules. Los de ellos con un cierto aire de sport con sus bolsillos laterales. Los de ellas algo menos informales y adaptados a formas de mujer. Ambos modelos de pernera recta y raya marcada.
Existía una variante más femenina, una falda de tubo que seguía la misma línea cromática. El largo terminaba a menos de un palmo de las rodillas y poseía dos aberturas en los laterales. Esta prenda debía combinarse con medias transparentes o de tonalidad piel.
El otro dimorfismo sexual, reflejado en la ropa, era el complemento del cuello. Los varones llevaban una corbata con estampado de pequeñas aves de color blanco que planeaban sobre campo azul. El nudo preferido era el simple y los alfileres no se adornaban más que con el consabido pájaro.
Las señoritas lucían en cambio un vistoso pañuelo de diseño exclusivo. En él se había utilizado un fondo gris muy sutil y se había optado por no usar líneas puras, sino que los trazos intentaban reflejar las imperfecciones de un pincel, o de una plumilla usada a mano alzada. Así, los motivos geométricos que engalanaban las pañoletas eran dinámicos y un tanto anárquicos en sus matices azules y amarillos. Este cielo de tela color tormenta, se delimitaba por líneas discontinuas en añil que prometían horizontes despejados y en los que solo reinaba un ave que custodiaba las letras que le referían.
En la temporada de invierno todo era envuelto en un abrigo que, por color y corte, solo podía definirse como marinero. Era de paño y se terminaba a mitad de los gemelos. Sus botones eran idénticos en materiales y adornos a los antes descritos.
Zapato de tipo salón, con una ligera alza que no llegaba al corrido, en piel negro. Sin motivos ni cordones.
Las bolsas, bolsos y maletas con ruedas, trolleys, no eran suministradas por la empresa, pero se pedía que fueran lisos y negros o azules. Lo mismo se esperaba de guantes, bufandas y ocasionales tocados.
Había varias normas sobre vestimenta, como la utilización de anillos, pendientes colgantes, bisutería facial, maquillaje, afeitado, tinte y corte del cabello, que debían seguir una estética clasiquísima, mínima y estricta. En resumen: un tripulante debía ser la definición de la buena presencia y pulcritud. Elegancia sin estridencias.
Desde la estación avanzaba ahora un grupo de azafatas; tres señoritas perfectamente vestidas y maquilladas que acababan de llegar de algún punto de la península. Sus andares ligeros, su garbo y sus bromas, denotaban que ninguna sobrepasaba los treinta años.
El teléfono ya había dejado de sonar. La pelirroja del trío se detuvo para sacarse una esplendorosa melena de rizo abierto por encima de la chaqueta. Las ondas rojas cayeron pesadas, carnosas y suaves casi hasta la zona lumbar de su propietaria.
Emi las vio alejarse y se percató de que alguien más lo hacía, era uno de los chicos que llevaban los carros eléctricos de equipaje o de enseres hasta los trenes. Emi se acercó al transportista, al que no conocía de nada, mientras este seguía mirando a la bermeja que se marchaba.
—Te gustan las chicas, ¿Verdad, sol? —susurró al oído del conductor— Están buenas ¿a que sí? Te gustaría estar muy cerquita de ellas y comprobar si saben trabajar en equipo.
El hombre miró, ridículo, a la cuarentona de cara agradable y tono inocente que parecía haberle leído la mente. Era una mujer atractiva, dentro de unas formas rotundas y redondeadas, que potenciaba el aspecto juvenil de su rostro con la coleta alta, estilo pony tail, con la que recogía sus ondas de pelo castaño cobrizo.
Algo en el timbre de voz y, por supuesto en lo indiscreto de los argumentos, le decía que allí había trampa, pero su cerebro no la descubrió (porque estaba pendiente de reorganizar el flujo de sangre), y asintió con la cabeza, casi sin darse cuenta.
—Pues que sepas que hasta la semana pasada eran tíos. ¿Quieres sus teléfonos? Tú pareces un chico con ganas de probar cosas nuevas, corazón.
El joven enrojeció, confundido y avergonzado, mientras que los ojos azules que le miraban sonreían a la par que la boca, la cual pronto se transformó en una divertida y estruendosa carcajada.
El hombre huyó con el rabo entre las piernas (si lo hubiera llevado en otra parte sería preocupante) forzando el motor de su cochecito eléctrico.
La tripulación al fin llegó para firmar su entrada en servicio y se encontraron a su JT en el falso vagón riendo a solas, con una malicia característica muy propia de ella, mientras preparaba el maletín del dinero del vagón cafetería. Comenzaba el briefing.
~
Por muy súper chic que suene briefing no es más que una reunión antes de ir al tren, en la que la tripulación se presenta; se realizan comprobaciones de rutina; se testean los elementos humanos (por si alguien se ha vuelto gilipollas de repente) y se organizan en los distintos puestos de servicio. En teoría esto último debería ser algo rápido, casi echado a suertes, pues se presupone que cualquiera de las azafatas está preparada para realizar cualquier servicio a bordo. Eso es en teoría, porque pronto empiezan los problemas, algunos tan extraños como:
—¿A dónde va este tren? —Preguntó Carmen Monjecillo con voz pastosa de resaca mientras desenmarañaba a tirones su media melena de negro brillante.
—A Huesca, nena —respondió Emi al comprobar el parte.
—No puede ir a Huesca —objetó Vázquez— lo he mirado en la programación e iba a Málaga.
—¿Y a qué hora llegamos? —dijo Lobo— porque si es muy tarde no sé cómo voy a casa ¿Te has traído coche, Jorgito?
—¿Entonces va a Huesca o Málaga? —Eructó Monjecillo intentando taparse las ojeras; surcos malvas en su piel blanco nieve, con maquillaje.
—Sí, mona, yo te llevo —contestó Rico (Jorgito)— sabes que yo soy súper fan tuyo.
—A mí me da igual —aclaró Vázquez— pero si vamos a Huesca hay que parar a cenar en el «Valero».
—¡Sí, El Pincho, qué bueno! —afirmó entusiasmada Lobo— las tapitas y los postres de frambuesa.
—Y el vinito —recordó Monjecillo.
—Y una cosa —quiso saber Rico dirigiéndose a Lobo— ¿Tú dónde metes lo que comes? Porque estás monísima, es que eres ideal, chochi.
—Ay, gracias —contestó la delgadísima y rubísima Lobo, después de una casi legendaria Mena, la azafata más pavisosa de la historia del Ave. Coqueta se atusó el pelo para percatarse de que se ha puesto un pendiente de cada par. El de la oreja derecha es de tipo concha, correcto y reglamentario y el otro... El otro siquiera es un pendiente, sino que parece una de esas lazadas para cerrar las bolsas de pan de molde.
—Claro, cuando me he hecho el sándwich... —pensó en voz alta.
—Al menos no ha sido un condón, de que te hubieras comido otra cosa —apuntó Vázquez.
—Bueno, entonces ¿a dónde vamos? —insistió Monjecillo que gracias al Doce Horas Perfect de Loreal ya casi parece humana.
Emi miró con calma el parte, allí pone: «Destino: Huesca», y así iba a volver a comunicárselo a sus chicos cuando Alí, el chico de facturación, llegó corriendo.
—Prado, Prado.
—Dime, corazón —contestó Emi.
—¿Tú tenías un 03333 a Huesca? ¿A las 13:30?
—Sí, nos vamos ya.
—Pues no, que es un 2122 Málaga a las 12.35.
Emi comprobó la nueva hoja de ruta que le pasaba el compañero de oficinas. Miró el reloj, sincronizado con el de salidas de la estación de Atocha, y, con el tono dulce y nada exaltado que utiliza para todo, ordenó:
—Rompiéndoos el coño a la puta carrera, corazones.
—¿Y los puestos? —pidió explicaciones Rico— que yo no sé cómo va la cafetera nueva.
—Ni yo el datafono —advirtió Lobo.
—Rompiéndoos el coño he dicho. —Repitió Prado. Su voz es un látigo de cuero cubierto de seda.
—Entonces, ¿a dónde vamos? —eructó Monjecillo, reconvertida en una muñequita con cierto toque gótico, mientras que su sangre con demasiadas trazas de alcohol comenzaba a ser bombeada para salir a toda velocidad hacia los andenes.
Monserrat Zurbano, nombre de chequeo Zurbano, claro, antigua tripulante del Ave que se fue a serlo de una aerolínea («Ya volverá con el cuento de la pena» —habría vaticinado Monjecillo) realizó un acertado retrato de la profesión en la sobremesa de una barbacoa en el ático de un piso de María de Molina en pleno centro de Madrid:
«El nuestro es un buen oficio Para ser azafata hay que ser atractiva, tener clase, don de gentes. Hay que dominar idiomas y, a poder ser, tener una carrera. A cambio tienes un buen sueldo, no sabes qué es la rutina, estás bien considerada socialmente. Conoces mundo y haces amigos. Hay muchas chicas que les gustaría ser como nosotras. La nuestra es una profesión con glamour.»
Para ser azafata es cierto que te piden eso y más y en cuanto al glamour...
La tripulación del 2122 corría por los andenes jugándose a suertes el número de plataforma y arrastrando los trolleys (cada uno de su padre y de su madre, el de Rico incluso tenía estampado de Las Supernenas) con la ropa de calle para poder deshacerse en un momento dado de la uniformidad. La voz pregrabada de megafonía insistía sin piedad en que la salida sería las 12:35, ya eran y 40. Lobo había tenido que levantase la estrechísima falda de tubo del uniforme por encima de las ingles y ahora solo los pantis natural tam impedían que su tanga de La Perla quedara al aire. Rico reía y gritaba como la loca que era ante la visión:
—¡Es que eres ideal, Lobo, ideal!
Sus horas en el gimnasio le permitían tal alarde sin parar la carrera aunque ya no fuera un chaval. El benjamín del grupo, Vázquez, ayudaba a Prado a la que sus treinta y nueve años ya le pesaban (en realidad pesaba su afición a las tapitas y la paella) aunque ella se veía divina.
—Vamos, jefa —animó Aitor— y eso que no llevas falda.
—No sé qué será peor, nene —se excusó Emi entre jadeos— que con estos pantalones tan ceñidos una puede sonreír con el chichi.
Ese comentario fue lo que casi acaba con Monjecillo que, ya sin aire y con la carga adicional de una resaca casi constante que no lograban superar sus veintiocho abriles (porque la que no corre de joven corre de menos joven), soltó una carcajada que actuó como una soga dejándola sin respiración.
Su pie izquierdo tropezó con el derecho y mantener la verticalidad fue un imposible. En su caída arrastró a Vázquez, que dejo de ser apoyo para una, ya en origen, desequilibrada Prado. Esta, intentando no acabar en el suelo, lanzó a ciegas su diestra cuando ya casi se encontraba en el piso, de manera que fue un cepo para el tobillo de Rico, que en el consiguiente tropezón (y gracias al cierre de seguridad del súper Rolex Deepsea que le había regalo su marido, monísimo que es), diseccionó las medias de Lobo, ayudada la operación por un giro de cadera instintivo de la chica, de tal forma que sus glúteos de modelo de bañadores, saludaron desnudos e irreverentes al operario que terminaba de cargar los carros de las bebidas en el tren. Emi le reconoció y desde el suelo dijo:
—Esta también te gusta ¿a qué sí? Pues ni te imaginas lo que era hace una semana.
El chaval observó la escena de los cuatro TCPs que despatarrados y doloridos yacían por el suelo ante el culo moreno, terso y desnudo de la veinteañera.
—He perdido un zapato —aseguró Monjecillo.
El de las bebidas rompió a reír.
«Con mucho glamour» habría afirmado Montserrat Zurbano, antigua azafata del Ave que se fue a una aerolínea («Que la que se va vuelve, que aquí si vales se te respeta»; habría añadido Monjecillo).
Un barco sin capitán no puede abandonar puerto, (bueno, sí puede, basta con que le quites las amarras, luego vete tú a saber dónde acaba, o si se va al fondo por estar más agujereado que el culo de Rico. Esta es la teoría de Vázquez) pero el caso es que un tren Ave con locomotora ICE 350E no puede salir de la estación sin que el maquinista lo encienda y le dé a la manivelita de p´alante y p´atrás (ellos lo llaman Columna de Control de Velocidad y Dirección, pero vamos, que es p´alante y p´atrás, más lento o más despacio). Por eso mismo los maquinistas pueden llegar cuando dios les dé a entender, y el que nos atañe apareció diez minutos tarde, gracias a lo cual Emi y sus chicos pudieron llegar a su puesto de trabajo.
Llegar diez minutos tarde a cualquier trabajo no suele ser importante ni tampoco decisivo (sobre todo para los trabajos que realiza la mayoría de la gente, asequibles para la habilidad de monos borrachos y no muy listos). Pero si eres azafata y te retrasas, el trabajo se te va haciendo chucu chucu por la vía o lo que es peor fruinnnnnnnnnnnn por la pista de despegue, y (aunque fueras más listo que el citado mono) eso es algo difícil de solucionar.
Como el briefing no había sido muy productivo, Emi tuvo que improvisar.
—Monjecillo, chata, di un número del uno al cuatro.
—El siete.
—Sí, ¡bieeen! Te ha tocado de TCF (Tripulante Cafetería).
—Pero...
—Lobo, TG y conmigo a Club. (Tripulante Galley o Punto fuerte).
—Y yo y Vázquez de TT (Tripulante Turista) y TP (Tripulante Preferente) —solucionó Rico— venga, que comienza la fiesta.
—Pues eso, a prepararlo todo y a las puertas, amorcitos. —Declaró la jefa de tripulación.
Una de las funciones de tripulante de tren es hacer lo que se denominan «puertas». Esto es ponerse muy recto y muy mono delante de la puerta de acceso al respectivo vagón y sonreír mientras das los buenos días, las buenas tardes o las buenas noches. En determinados genotipos, véase Monjecillo, el momento del día nombrado será tan aleatorio como el número de neuronas etílicamente comprometidas en el momento del saludo.
Esta función, a priori sencilla, puede verse complicada por varios factores. Uno de ellos es la climatología. Los andenes están cubiertos, en el mejor de los casos, pero no cerrados ni climatizados y en Sevilla en agosto a las tres de la tarde en la bendita estación de Santa Justa, lo que cae del cielo es la ira ardiente de Yahvé. Además, el uniforme de los tripulantes es de la categoría p´atol año, diferenciando tan solo en las estaciones por la longitud de las mangas de las camisas y la obligatoriedad de llevar o no chaleco bajo la chaqueta.
Las azafatas pueden, y muchas lo hacen, esquivar las temperaturas gracias a la falda vestida sobre medias de liga que permiten transpirar y refrescarse al cuerpo. Esta medida tiene el inconveniente de la falda en sí misma, que está diseñada para que sea bonita, (y para que no puedas salir corriendo con ella y te escapes) y no para realizar un trabajo que exige una gran movilidad. Así que es frecuente que a la mínima la falda comience a trepar, y con las medias terminando en el muslo o en la zona de la ingle, al final vas enseñando hasta el santo sacramento. Los azafatos en cambio no tienen opción a la utilización de la falda, y eso que hay un gran porcentaje de hombres en estas lides que no se lo pensarían ya que: «La ropa de chico es tan aburrida y las chicas vais tan divinas» y porque además el movimiento gay (que al parecer se mueve todo en el AVE) necesita iconos, y ya los Locomía se enfaldaron para dar ejemplo. Esto de la falda y los pantalones (que parece una tontuna), se convirtió en un reivindicación laboral seria que duró años hasta que entre el Ministerio de Fomento, el Congreso de los Diputados y el comité de empresa del AVE permitieron que las mujeres pudieran dejar de enseñar muslamen (algo muy de la erótica de la azafata). Antes, se había recurrido a las buenas maneras, que no funcionaron porque había orden ministerial de seguir con la falda, («Ya que se las paga, al menos lucirlas; y que no se quejen, que nos aguantamos lo del tacón de aguja.»), luego tribunales convencionales, Audiencia Nacional y Tribunal Supremo. El tema se llevó al Congreso por la Oposición, pero esta primera intentona no fraguó. Tuvo que cambiar el color del Gobierno y sentar a una mujer en Fomento, para solucionar un tema que se había convertido en cuestión de dignidad, con tintes de discriminación sexista. ¿Qué cosas, verdad? Lo cuentas y nadie se lo cree.
Todo sea por la estética, y eso que el bochorno hace que los maquillajes, cariñosa y profesionalmente realizados, se vayan al garete destrozando la imagen, algo que parece casi imprescindible y de obligado cumplimiento para una azafata. Por esto resulta irónico el tener que ir de punta en blanco y hacer puertas en estaciones tales como la de Lérida, cuyo diseño de la cubierta mantiene un enrejado que resulta ser trampa mortal para las aves que no pueden salir de él. Esta extraña malla los atrapa y los va drenando con lentitud, hasta que del pajarillo solo queda la carcasa y las plumas que por fin consiguen salir del secadero al despedazarse, y que caen sobre el tripulante limpio, pintado y perfumado que, sin perder la sonrisa, solo espera que el crujido de debajo de su zapato no se deba a haber pisado un cráneo. Por supuesto suele ser un cráneo, pero la suerte reside en que no esté lo suficientemente jugoso como para que en el descenso te pinte un diseño de Desigual encima.
~
Si en este mismo momento el núcleo central de la Tierra se partiese en dos por designio de los dioses (O simplemente por expiración de la garantía), los supervivientes continuarían con el hábito genético de preguntar a cualquier persona vestida de uniforme sobre cuestiones que ellos creerían totalmente imprescindibles, y que, además, consideran que el uniformado está en la obligación de conocer.
—¡Rápido, dígame dónde están las naves de salvamento!
—Déjeme en paz, chalao, que esto es la gorra del McDonald's.
—¡Huy, lo que me ha dicho! Avise a su supervisor que voy a poner una queja.
Esta situación se agrava cuando un tripulante que hace puertas queda como objetivo visual de los trescientos pasajeros que suele llevar un tren Ave, ansiosos por encontrar su asiento y cabreados tras haber pasado el control de seguridad.
Los controles de seguridad (al igual que los abrefácil) son invenciones humanas ideadas para comprobar en cuánto tiempo se pasa de la calma más absoluta a niveles de estrés de partir válvulas cardíacas. Son bastante inútiles también ya que, por ejemplo, no hay nada con más potencial letal que una lata de mejillones en escabeche introducida dentro de un calcetín, y estas no se requisan.
Es curioso, en el tren, tras haberte hecho quitarte hasta el DIU en los arcos (que pitan a voluntad de los guardias para que se les haga la jornada más corta), luego te dan de comer y te ponen cubertería metálica. Los tenedores están tan afilados que da igual lo que pidas, al final todo te sabe a sangre.
Un auxiliar que ve a una multitud que avanza hacia su persona, con una mano ocupada por el equipaje de cabina y la otra agitando el billete, todos con la pretensión de ser tratados como vips, y furiosos porque el tren ya sale con retraso, siente lo mismo que en los Sanfermines. Aunque en la folclórica fiesta pamplonica al menos no llegas al pánico porque sueles estar borracho.
—Oiga, oiga, señorita ¿Es este mi vagón? —gritó a Lobo una mujer de cincuenta años obesa, maquillada en demasía y que había decidido que ponerse sus diamantes para lucirlos en el tren era la mejor forma de ser servida como se merecía.
—No lo sé señora ¿qué pone en su billete? —preguntó Marta con candor.
—¡Huhuhuh, qué desfachatez! Mírelo usted que para eso está, faltaría más que yo tuviera que saber dónde está mi vagón.
«Cuando siquiera sabes dónde está tu culo a pesar de que es más del sesenta por ciento de tu masa corporal» —pensó Lobo mientras sonreía y miraba el boleto de embarque que le incrustaban en la nariz.
En el papelito ponía que la pasajera estaba asignada al vagón 02, al inmediatamente siguiente a sus espaldas.
Lobo había tardado casi una hora en llegar a trabajar porque desde su casa había muy mala combinación a Atocha. Durante el trayecto, un grupo de chavales le había gritado cosas que involucraban partes de su anatomía y actos no designados para ser practicadas sobre las mismas. Al llegar a la oficina no había encontrado la nómina en su casillero y la necesitaba para solicitar unos cursos de ofimática del Ayuntamiento. Les habían cambiado el tren a última hora y, además de la carrera, le habían destrozado unas medias de casi diez euros. Marta Lobo era buena, un poco ingenua, tal vez una pizquita tonta (se lo podía permitir siendo rubia y azafata. Todo el mundo lo espera y una puede sacar provecho de los falsos clichés) pero no era gilipollas y estaba quemada. Cuando una señora te lo ponía tan a huevo, tenías que aprovechar la oportunidad de desahogar tu karma puteado puteando al prójimo para compensar. Es la ley del equilibrio universal.
Su sonrisa de anuncio de dentífrico blanqueante tuvo un atisbo de escualo cuando explicó:
—Va usted en el último, en el vagón de cola, al fondo del andén.
La mujer siguió refunfuñando mientras comenzaba la larga caminata arrastrando un trolley de estampado imitación Carolina Herrera. Los motivos de CH intentaban fundirse con el fondo para disimular la falsedad de su pedigrí, lo que creaba un curioso efecto óptico, de manera que desde la distancia en toda la superficie de la maleta se podía leer: «CHoCHo, CHoCHo.»
Lobo se sintió algo mejor.
Pero todo lo que va vuelve y, aunque aguantó la sonrisa, por dentro gimió cuando vio a dos abuelitas que guiaban a uno de los «Ayudas», que a su vez manejaba un cochecito eléctrico repleto de maletas.
El «Ayuda» (que es de la gente que lleva maletas, atiende al viajero en la estación y, en resumen, ha heredado el puesto de mozo de antaño y quienes tienen la obligación de hacerse cargo del equipaje) la miró con cierta lástima que no evitó que huyera a todo gas con el carrito. El equipaje quedó ante Lobo y una de las ancianitas pidió:
—Jovencita, ayúdanos a subir esto, por favor, que nosotras a nuestra edad...
—¿Te acuerdas, Encarna, cuando nos íbamos de vendimia y ganábamos el concurso de peso por arrobas?
—¡Huy, de eso hace tanto...!
Lobo mantuvo la pose mientras miraba las tres inmensas maletas que, sin exagerar, debían sumar unos ciento diez kilos. Se preguntó cómo las dos viejecitas habían conseguido llegar hasta Atocha con todo eso y también cómo leches iba a poder ella subirlo al tren.
Lo de las abuelas tiene respuesta. Vivieron la segunda república, se chuparon una guerra civil, una transición, la crisis de los 80, el mamoneo de la nueva Europa y sus sucesivas reencarnaciones, la moneda única y el bipartidismo actual de trinca y brinca.
Son personas que han visto la implantación de lo políticamente correcto en escenarios donde también vieron cómo se descerrajaban tiros en la sesera a quemarropa. Han tenido acceso al glutamato monosódico y a los edulcorantes artificiales en los mismos restaurantes que antes te servían lo que había en el puchero y sin derecho a rebañar. Crecieron y vivieron su juventud sin una mísera aspirina y tenían tan glorificado al médico como al cura. Ahora tienen a su disposición unos chavalitos de batas blancas que les dan para una semana más fármacos y drogas de las que se consumieron en Woodstock.
En definitiva; son de otra pasta.
Pero Lobo es una chica de su tiempo. Ha nacido con televisión, reproductores de video, ha tenido adolescencia de transición al PC, mp3, Play Station. Dieta macrobiótica, tanga, depilación integral y condones de formas, sabores y texturas.
A las mujeres que ahora comparten andén les separa no un abismo generacional, sino que se podía decir que son de galaxias lejanas que, de tan distantes, han terminado por encontrarse cuando estaban dando marcha atrás para seguir alejándose.
Antes existían otros cánones estéticos que se mezclaban con lo práctico. Un mozo casadero buscaba una cara bonita, pero también una hembra de buenos brazos que le pudiera echar una mano en la siega y que dejara clavado a un gorrino apretándole el cuello con una mano.
Marta Lobo sabe lo que es un cerdo porque en los Teleñecos salía una (que era como hubiera acabado siendo Marilyn si no hubiera optado por lo de ser un mito y morirse joven y lozana), y su adaptación al medio y al tiempo que le ha tocado le han convertido en suspiro de niña de un metro setenta y cincuenta kilos. Con todo muy bien colocadito, pero con la fuerza del pellejo de una breva.
Una de las cosas que te hacen en las entrevistas para ser azafata es tallarte. Te miden y te piden la talla hasta de tampón. Vamos, que cuando te contratan saben a la perfección como eres. Ya que exigen buena presencia, las azafatas se asemejan hoy por hoy más a Lobo o a Monjecillo, que a Lucy Lawless (la que hace de Xena, La Princesa Guerrera, sí, esa que te mete una hostia y te desmonta).
Aun así, los organizadores de servicio a bordo, y por supuesto los pasajeros, esperan que niñas de una talla treinta cuatro sean capaces de subir al tren el triple de su peso corporal cual hormigas cabezonas y anabolizadas, aunque este no sea su trabajo.
Además, en el Ave no hay límite de equipaje por mucho que lo ponga en el billete. Esto no es una aerolínea con estrictas restricciones en la maleta de mano y robots automatizados para los bultos facturados.
Aquí, uno puede llegar con piano de cola, dos barriles de cerveza, una caja de rodamientos de ascensor y una talla de romería del Cristo del Santo Cipote, y además poner mala cara porque eso no le entra en el maletero que está sobre los asientos.
—Esto lo tendrían que tener ustedes previsto, oigan... tenga cuidado, señorita, que me desafina el piano.
Entonces es cuando la tripulante dice: «Gloria o muerte» (intentando que las lágrimas no se lleven la raya del ojo pintado a la perfección y que la falda deje de trepar cual mono tití), mete los baúles de las ancianitas dentro y los acomoda de tal manera que no estorben en los pasillos ni impidan el acceso por las puertas, ya que existe un protocolo de seguridad que el tripulante debe revisar y hacer cumplir.
Esto también es algo muy gracioso porque, por ejemplo, a nadie se le ocurre ver si puede abrir la ventanilla cuando va en un Boeing747. No por sentido común, que va, sino porque la altura acojona una barbaridad.
Este miedo hace al pasajero de avión más dócil en comparación con el que se puede encontrar en un tren, que quieras que no, va por tierra (aunque si te da por saltar de un Ave en marcha, mejor que entierren un preparado para hamburguesas que a ti, más que nada por respeto a tus deudos).
Mujeres curtidas en vuelos transoceánicos, que se creían inmunizadas ante desvaríos e impertinencias de pasajeros de medio mundo, han llorado como novicias de Clarisas desvirgadas cuando se han enfrentado a los usuarios del ferrocarril.
En una ocasión, los principales sindicatos laborales de este país hicieron un llamamiento a los agricultores y gentes agrícolas en general para que se reunieran en Madrid, Bastión de las Españas, para cantarle las cuarenta al Gobierno por la situación del campo (esto es un greatest hits de las protestas que siempre gusta mucho y que ya los carlistas tenían dominado).
Muy bien, pues ya que existe la posibilidad de alquilar, como aquel que dice, un Ave para uso propio y llamarlo «chárter», los organizadores del sarao metieron a trescientos hombres de campo (la sal de la tierra sí, y que el mundo rural ha cambiado mucho, y que los tópicos de antes ya no existen, y que eso de hacérselo con las cabras es un mito, ja-ja-ja) en un tren atendido por cuatro azafatas. Para rematar hay que explicar que el vino no crece en botellas, sino que tiene una misteriosa relación con las vides, que curiosamente se encuentran en el campo.
En una de las esquinas del ring trescientos señores enardecidos por el vino, sintiéndose a salvo en el anonimato de la masa, con la testosterona a flor de piel tras haber estado gritando durante horas lo que ellos consideraban sus legítimos derechos, excitados como sementales pura sangre de visita en el país de Mi Putilla Pony.
En el otro, cuatro licenciadas bilingües, que no sumaban noventa años juntas, embutidas en un uniforme de ir muy mona, peinadas y pintadas para gustar y gustarse y que, además, tenían que sonreír, ser correctas casi hasta la náusea con aquel ganado, ya que no dejaban de ser pasajeros y si eres tripulante del Ave, tu prioridad es el pasajero.
Esto en el mundo del porno se llama gang bang, en el resto de categorías artísticas simplemente: «masacre».
Capitaneadas por Lilí Bentacourt, alias «La Francesita», las TCPs Herrera, Lobo y Covadonga se habían atrincherado en el galley conjurándose entre ellas. La JT tan solo dio una directriz antes de salir a los vagones, y lo hizo en su lengua natal. Su boca en forma de corazón, pigmentada en tono chocolate, musitó: —«Pas de pitié, mademoiselles».
Tres horas más tarde, con la locomotora ya apagada y los pasajeros desalojados, el interior del tren era una mezcla entre macro discoteca después de la fiesta de Nochevieja, y matadero de pollos en el aniversario del fundador del Kentucky Freíd Chicken.
Ningún líquido con graduación etílica se había respetado, los asientos habían intentado ser desmontados, los auriculares habían sido utilizados como boleadoras, collares o guirnaldas. Herrera había tenido que quitar a dos tipos, de metro ochenta y cinco, el extintor con el que ellos querían comenzar una guerra de espuma. Lobo había tenido que evitar que las diferencias entre una docena de plantadores de nabos y una docena de recolectores de boniatos llegasen a las manos.
Covadonga se jugó el tipo al parapetar con su cuerpo la puerta que unos caballeros habían decidido abrir para que les diera el aire.
Se prestó el servicio, se realizaron las comprobaciones de seguridad, se mantuvo el protocolo de viaje y se cumplió con el horario.
Bentacourt consiguió llevar de vuelta a casa a sus chicas tras apagar a la fuerza cigarrillos y puros que habrían hecho saltar los detectores de humo; aguantar con toda educación comentarios que habrían ruborizado a una Mesalina en estado de gracia y responder con toda formalidad: «que no, que el precio del billete no les daba derecho a, —tal y como pretendía un latifundista de las berzas— rellenarlas como a pavos de Navidad».
Después de todo aquello, Lilí Bentacourt, despeinada, sin voz y física y síquicamente agotada, había escrito en el informe de ruta: «Sin incidencias».
Eso eran ovarios, eso es lo que hay que tener para ser TCP en el Ave.
Aquel había sido el cuarto viaje de Lobo.
~
Vázquez, que estaba aún aprendiendo el oficio, lucía el tipo y contestaba poniendo el cerebro en modo automático mientras la parte consciente de su mente se dedicaba a lo importante de verdad.
—¿Este es el tren a Málaga?
