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Galicia, 1853. El invierno más lluvioso de la historia ha destrozado las cosechas y una epidemia de cólera empieza a hacer estragos entre la población. Orestes, el Tísico, el Rañeta y Trasdelrío, el Comido, Tomás el de Coruña y muchos otros rapaces que anhelan un futuro mejor para ellos y sus familias deciden abandonar sus hogares y partir rumbo a Cuba para ganarse la vida en las plantaciones de caña de azúcar. Pero ese viaje les tiene reservado un calvario que sus cándidas mentes jamás habrían sido capaces de imaginar. Azucre es el relato novelado de la auténtica historia de mil setecientos jóvenes que viajaron a Cuba para trabajar y terminaron vendidos como esclavos por obra de Urbano Feijóo de Sotomayor, un gallego afincado en la isla que, aprovechando la situación de necesidad de sus compatriotas, promovió una campaña de colonización blanca y sustitución de la mano de obra llevada desde África. Estas páginas estremecedoramente hermosas, hipnóticas y evocadoras, alejadas de informes oficiales y fríos análisis, dan voz a los silenciados de este terrible suceso que en su momento constituyó un auténtico escándalo y que la memoria no puede ignorar.
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Veröffentlichungsjahr: 2024
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Azucre
BIBIANA CANDIA
Una epopeya
Pepitas de calabaza s. l.
Apartado de correos n.0 40
26080 Logroño (La Rioja, Spain)
www.pepitas.net
© Bibiana Candia
© De la presente edición, Pepitas ed.
Fotografía de solapa: Vista del Castillo de San Antón desde el puerto de A Coruña (1890). Para los barcos que partían hacia las Américas este era el punto de no retorno antes de adentrarse en el océano.
ISBN: 978-84-18998-53-9
Producción del ePub: booqlab
Primera edición, septiembre de 2021
Segunda edición, octubre de 2021
Tercera edición, diciembre de 2021
Cuarta edición, enero de 2022
A los emigrantes que no pudieron contar su historia
y a los que se quedaron que nunca recibieron una carta.
Galicia está probe
i a Habana me vou...
¡Adiós, adiós prendas
do meu corazón!
ROSALÍA DE CASTRO
Con sangre se hace el azúcar.
Refrán cubano
¿CÓMO TE LLAMAS, RAPAZ?
Orestes Veiga.
El hombre moja la punta del lápiz grueso con la lengua sucia y hace una marca al lado de uno de los nombres de la lista, una cruz irregular como un insecto aplastado. ¿No traes fardo? No, señor. Mejor, así caminas más ligero. ¿Y tienes frío? Sí, señor. Pues ahora ya echamos a andar y entras en calor; ponte ahí con esos. El hombre de la compañía señala con la barbilla al grupo de muchachos y por si no quedase bien marcado, carraspea y escupe en el suelo una flema oscura a los pies de Juan el Rañeta, que solo da un paso atrás y no dice nada. Orestes piensa que si no fuese porque este hombre es una extensión del amo, ese rapaz con la cabeza como un ternero le habría abierto las narices de un solo golpe. Pero así funcionan las personas e incluso algunas bestias: el poder se respeta más que la fuerza. Orestes se arrima al cruceiro junto a Amador el Tísico y Manuel de Trasdelrío, los tres de la misma edad, tres muchachos casi idénticos del mismo lugar. El resto son conocidos de vista, de las romerías, de misa, de robar fruta en el pazo; y Rañeta, de partirse la cara a pedradas. De todo eso que es como decir nada, porque las vidas iguales son vidas intercambiables.
Nuestro señor Jesucristo está clavado en lo alto del cruceiro y deja caer la cabeza como si estuviese interesado en las conversaciones que bullen, acerca el oído de piedra a las exclamaciones de los rapaces, que se arriman como potros jóvenes y tan pronto se dan calor como podrían darse patadas. Nuestro señor Jesucristo, en realidad, no es más que una piedra tallada, muerta por obra del cincel. A las piedras vivas nunca les ha interesado lo que dicen las personas, bastante tienen con contener el mar, con agarrarse al suelo, con ser la firmeza que lo sostiene todo. Si ellas perdiesen la concentración para ponerse a escuchar lo que decimos, el mundo entero se vendría abajo.
¿No tienes ganas de marchar ya, Orestes? Yo estoy deseando. El Tísico sabe disimular la tos y disfrazarla de pausas para hablar, como si le pareciese mal hacer ostentación de un mal de bronquios. Sí, quiero empezar a andar, que tengo frío. Orestes también tiene hambre pero no lo dice, porque decir que tiene hambre es como decir que está despierto. Juan el Rañeta habla alto y da palmotadas a los otros como un animal que no puede contenerse. Dice que es por el frío y se sopla las manos como un toro impaciente. Orestes sabe que lo hace para intimidar, es una bestia, hay que entenderlo como se entiende a las bestias. Hace ahora dos años que el Rañeta y Orestes se pegaron en una romería. Fue después de la misa, de la merienda, del baile y del vino, cuando ya solo queda volver a casa o matarse a golpes para que la fiesta termine como es debido. Los rapaces son así, se relacionan a tundas como quien no sabe hablar. Hay quien dice que fue por una moza, pero ya se sabe cómo es la gente.
Orestes tiene los recuerdos de esa pelea envueltos en niebla, como cuando te despiertas en mitad de una pesadilla. Un empujón por la espalda y caer al suelo, el sabor a tierra en la boca, la mano derecha frenando la caída en la única piedra que había en el campo de la fiesta, levantarse dando un traspiés, la piedra en la mano. Rañeta viniendo hacia él bufando, colorado, sudoroso después de haber bailado toda la noche, la mano sujetando la piedra incrustándose en el medio de su cara, el sonido amortiguado y húmedo de la nariz partiéndose. Del corro de gente que los rodeaba cuando el Rañeta cayó al suelo se escapó un silencio sólido como una nube de granizo en las sienes de Orestes. Hay algo digno en vencer al fuerte, pero al mismo tiempo estupor y cierta vergüenza en verlo caer como un fardo, despojado de su propia ira y sangrando como un cerdo. A la piedra nadie le pidió responsabilidades, no es fácil reponerse de ser utilizada como arma.
La nariz hundida desde aquel día acentuaba su expresión de becerro pasmado y recordaba al Rañeta que tenía que vengarse de Orestes; por eso lo mira de reojo mientras habla con los demás rapaces y dice nos vamos, nos vamos para trabajar el azucre, ahí solo sobreviven los fuertes, ahora se va a ver quién está preparado para ser un hombre. Orestes siente la amenaza en cada palabra, como aquella vez que un pájaro le cayó muerto a los pies al salir de la iglesia y a los dos días murió la madre. Sabe que no dormirá tranquilo, piensa que debería haber dejado que Pedro, el hermano pequeño, viniera al cruceiro a despedirlo, el hermano de Rañeta está en el medio del grupo de muchachos, los mira con la admiración de un perro manso. De repente siente el dolor en los huesos del que está tremendamente solo; de repente el frío se vuelve insoportable. Quiere echar a andar y dejar atrás esa sensación de que un filo le corta los huesos por la mitad, alejarse como quien olvida todo lo que le ha hecho infeliz. Cuando eres demasiado joven, aún no sabes que la infelicidad es un insecto parásito capaz de clavarte su aguijón tan adentro que años después las heridas supuran cuando menos te lo esperas.
El hombre de la lista interrumpe las conversaciones. Venga, rapaces, vamos, que tenemos que ir a recoger a otros cuatro, que no se quede nadie atrás. El niño que miraba como un cachorro a su hermano lo abraza por la cintura, pero Rañeta lo aparta y se ríe. Anda, marcha a casa, que no sé para qué viniste. Pero el niño no se mueve y su hermano vuelve a empujarlo antes de irse y a reír en alto mirando alrededor, como ríen los crueles que buscan complicidad. El niño tropieza y cae, se queda en el suelo de piedra mojado mirando marchar a su hermano con una sonrisa de pánico. El hombre de la lista tose con una tos llena de flemas que va escupiendo con una cadencia que podría ir midiendo sus pasos. Echan a andar, pasan por delante del lavadero y las mujeres los miran de lado santiguándose con el gesto, sin tocarse del todo para no mojarse. La ropa se hunde en el agua y el jabón al ritmo de una plegaria, como todo lo que inevitablemente se teme. Ahí van, coitados, ahí van ellos, déjalos ir en paz, Señor, cuídalos, Señor, que nada malo les pase, Señor, no los dejes enfermar, Señor, que curen el hambre de su madre, Señor, que lleguen sanos y salvos, Señor, nuestro Señor.
Amén.
LLORAR ES UNA VERGÜENZA, las mujeres y las criaturas lloran, pero un niño que se queda en el lugar de su hermano mayor tiene que aguantarse las lágrimas. Da igual que aún no tenga edad para ser hombre, que no haya quien mire por ti te arranca de ser niño. Eso es seguro.
Orestes se aleja de la casa, consciente de que cada paso es irremediable. Pedro camina un poco más atrás, lo sigue medio escondido, saltando entre los matojos, pensando no se sabe el qué. A su lado, Pachín, un can menudo que duerme detrás de la puerta de la cocina, caza ratones y come las sobras. Verlo vigilar la casa es casi una burla porque un animal tan pequeño no da miedo a nadie, pero tiene el sentido de la propiedad y de la lealtad de quien sigue tus pasos como si fuese lo único que ansía hacer en la vida. Pedro no quiere llorar, pero llora y los ojos le arden, quiere llamar a su hermano y pedirle que no se marche solo, pero cada vez que está a punto de hacerlo el aire se le queda parado en medio de la garganta. Orestes le prometió que si le iba bien en Cuba le mandaría llamar para que fuese a trabajar con él; también que le enviaría dinero para ir a la feria de Santiago a comprarse un cerdo o un tambor, lo que él quisiera. Pedro lo único que quiere es que su hermano lo lleve con él ahora, que lo esconda en el barco y le dé parte de su comida, que intenten hacer fortuna juntos, aunque antes lo mate a patadas por haberse escapado. A Pedriño le sangran los pies porque dejó las zocas en casa; si las hubiese cogido, Orestes lo habría oído salir antes que él. Camina por las piedras mojadas y hunde los pies en el barro como si fuese primavera y no le importase nada.
APENAS SE VIO UNA luz tenue y nublada sobre la tierra, Orestes se fue. Camina sin equipaje porque lo que tiene lo lleva puesto: Mamamaría le puso en el bolsillo una bolsita de tela con un poco de tierra y un ajo macho. Tierra de la puerta de tu casa, meu fillo, porque ahí están los que te esperan, y un ajo macho que te proteja del mal de ojo. Cuando Orestes llega al cruceiro, al lado del lavadero, hay algunas mujeres que se acercan con cestas en la cabeza llenas de sábanas y también un hombre desconocido con chaqueta negra de paño que apunta cosas con un lápiz grueso en un papel doblado varias veces. Alrededor del cruceiro se arremolina un grupo de rapaces y Orestes se mezcla con ellos. Luego, el hombre que escribía les dice algo y echan todos a andar, las mujeres los miran alejarse y se santiguan. Pedro y Pachín los siguen a cierta distancia.
EN VIGO, JOSÉ COUTO amanece con otros cuatro hombres en el hueco de una barcaza; huelen a redes podridas y a marea. El barco que los lleva a Coruña sale en un rato. Hay un hombre de la empresa parado en la rampa del muelle; a su lado, una tabla estrecha por la que subir al Virgen del Carmen. Algunos saltan y caen nada más tocar el suelo del barco, otros pasan como equilibristas por la tabla. Al hombre de la empresa le faltan dientes y tiene el gesto permanente de quien mastica la nada.
En el muelle, unos marineros asan sardinas para desayunar. Es difícil no sentirse un extraño en un lugar donde todo el mundo parece saber adónde va. Cuando has pasado la vida tierra adentro, verte al borde del mar es como verte al borde de un precipicio pero peor, porque no hay caída, solo un hundirse. José tiene miedo de acabar en el agua y que las olas se lo traguen, o que un pez venga y se lo trague. Tiene miedo de morir devorado, porque cuando era pequeño un cerdo le comió una oreja. Cuando llegó el tiempo de la matanza se comieron al puerco, que fue un poco como saldar cuentas, pero José no recuperó el trozo de oreja perdida ni el pedazo de mejilla que le arrancó con ella. Al cerdo tampoco le valieron de nada los gritos.
José el Comido. Las aldeas son crueles y distintivas, como los dioses. No es por maldad, sino por un afán clasificador casi enfermizo, una necesidad de dar nombre a las cosas. Ojalá fuese así siempre, ojalá todo se nombrase por su aspecto y vivir en un mundo de referencias inmutables, pero no: el bien y el mal y Dios y el demonio siguen cruzándose y uno ya no sabe. Uno nunca sabe.
José el Comido hasta hace dos semanas tenía un hijo. La criatura fue víctima de unas fiebres malas, mandaron llamar a una curandeira de Porriño que le puso las manos y le dio unas friegas. El angelito murió esa noche. Uno nunca sabe qué es bueno y qué es malo; por eso, José se marcha y deja a la mujer con el vientre y la casa vacíos. Ni hijo, ni marido. José se iba a trabajar al azúcar para alimentar a su familia, no quería marchar a Portugal donde solo hay miseria, pero la criatura ya no vive y ahora marcha como quien huye de la peste. José el Comido huye de la peste. Por eso piensa que a veces lo bueno es malo y lo malo es bueno, que en realidad nunca se sabe. Las personas somos así, los animales no tienen dilemas.
José el Comido tiene un gemelo. Un hermano idéntico al que no atacó un cerdo porque en ese momento la madre lo tenía en brazos, acertó solo a darle una patada en los hocicos y dejarlo ir con la carne del otro niño entre los dientes. Cuando llegó el tiempo de la matanza, la madre lavó las tripas del animal con miedo a encontrarse aún los pedazos y no probó bocado; decía que era como comerse a su criatura. Las madres son capaces de ver en todo el reflejo de sus hijos, hasta en el intestino de un puerco muerto. José habría preferido perder un dedo que una oreja y parte de la cara; las manos pueden llevarse en los bolsillos pero la cara va descubierta, y ver a su hermano con la misma faz pero sin mordisco le recordaba cada día lo que él habría podido ser. Guardaba rencor a su madre porque no lo cogió en brazos y ella, como si cumpliese una penitencia, no volvió a comer cerdo. Uno nunca sabe qué es lo bueno.
¿DÓNDE ES CUBA? LEJOS. Lejos es un lugar, como es un lugar fuera. Los de lejos son de más allá que los de fuera. De fuera son los castellanos y los portugueses. Luego están los de lejos, esos son de una zona después del mar de donde aún poca gente vuelve, donde no hay nada más, una especie de línea imaginaria de no retorno. No quiere decir que no puedas volver, sino que nadie puede volver siendo el mismo. Por eso los rapaces están impacientes por marchar, porque quieren saber quiénes podrán ser al otro lado, qué habrá esperándolos allí que aún no han conocido en este lugar de la tierra.
Mamamaría sabe que no vivirá para verlo volver y no puede ni mirar a Orestes sin llorar, y el padre no puede mirarla a ella, es de esos hombres que reaccionan a las lágrimas como si los estuviesen acusando. Buena suerte tiene el rapaz de ir a ganar dinero, yo también me iba al azucre si tuviera dos piernas que me levantasen, pero no tengo y me quedo aquí, como un árbol podrido. El padre escupe en el suelo como quien rubrica lo que acaba de afirmar y repite en tono de rezo: Soy un árbol podrido, un árbol podrido.
PEDRO Y PACHÍN VAN saltando entre los arbustos escondidos detrás de los árboles, siguiendo a los rapaces en la distancia. Orestes camina sin hablar la mayor parte del tiempo. Pedro tiene las manos arañadas de esconderse entre las silvas y los tojos se le clavan en los pantalones, pero no le importa. Se hace de noche, los rapaces paran y se preparan para dormir en un pajar de una casa de postas. Entonces, Pedro se da cuenta de que está muy lejos de casa y de que no ha comido. Piensa en el padre y tiene miedo, miedo de que lo mate de una tunda y miedo de que Mamamaría se vuelva loca llorando por todos, llorando por la madre muerta, porque Orestes se va o por él, que ha desaparecido de repente. Mamamaría llora como si fuese a bendecirlos a todos con sus lágrimas. Con todo ese miedo como una piedra de barro deshaciéndose en el pecho, Pedriño llora sentado en la hierba mojada, llora con la desesperación del que se queda y el temor de quien no quiere volver. Pachín le lame la cara y las orejas. Él se deja, manso como un cachorro.
¿CUÁNTO TIEMPO SE TARDA en llegar a Cuba? No sé, rapaz, pero debe de ser mucho, porque hay que ir por mar. ¿Usted ya vio el mar alguna vez? Pues claro, rapaz, en Vigo, en Coruña, en Muxía... ¿Y es muy grande el mar?
¿Veis este valle? ¿Veis la niebla por encima de los árboles? ¿Veis que no se puede ver nada más? Pues el mar es igual. No puedes ver nada más. Todo es mar.
Orestes no entiende muy bien la explicación, pero abre la boca con los demás mientras el hombre de la compañía les explica lo que es el mar o lo que es Coruña, carraspeando entre frase y frase. Vamos a pasar por Santiago, vais a ver la feria, que es la más grande, vienen castellanos y ganado y arrieros que traen de todo y llevan también cartas a Madrid.
¿Madrid está muy lejos? Mucho, más que Cuba, porque a Madrid hay que ir andando a paso de mula.
LA TIERRA NOS ODIA
