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En Las Palmas de Gran Canaria, un hallazgo macabro sacude la rutina de la ciudad: un brazo amputado aparece en un contenedor, con un tatuaje que solo puede pertenecer a un hombre desaparecido días antes. La jueza Mara Ramírez, recién llegada a la isla y aún marcada por sus propios fantasmas, se enfrenta a su primer caso. A su lado —y en constante fricción— trabaja el inspector Aitor Ibarra, cuya torpeza para gestionar los sentimientos contrasta con su instinto policial. Y, entre ambos, Beatriz Mantecas, pastelera brillante y mujer herida por un pasado de humillaciones, que hornea dulces capaces de enamorar a cualquiera. Con un pulso narrativo ágil y una escritura fresca, directa y poderosa, Annika Brunke despliega una historia en la que ternura, humor y violencia se entrelazan, donde lo cotidiano convive con lo brutal, y en la que los límites entre víctimas y verdugos se difuminan. Bacon, ganadora del II Premio Alexis Ravelo de novela negra, es la confirmación de Brunke como una voz nueva y vibrante en la novela negra española.
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Seitenzahl: 270
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Annika Brunke (Las Palmas de Gran Canaria, 1975) ha residido en México, Estados Unidos y España. Desde siempre ha sentido debilidad por la novela negra, pero también por otros géneros como el histórico y romántico. En 2025, obtuvo el Premio al Relato Corto de la Feria del Libro de Vecindario.
Es autora de tres títulos dentro del género negro, La casa en El Palmar, Quinta de ánimas y Fénix: el alma del impostor (Ediciones Garoé). Su escritura, de carácter reivindicativo y coral, se distingue por dar voz a múltiples perspectivas y personajes, tejiendo una narración compleja y absorbente.
Investigadora incansable de la mente criminal y de la historia negra de Canarias, Annika Brunke mezcla con maestría acontecimientos reales con altas dosis de ficción, encajando las piezas con precisión y construyendo una nueva realidad trepidante y adictiva en la que sumerge al lector sin darle tregua durante toda la trama.
En la actualidad, compagina la literatura con su cargo como subdirectora de una conocida empresa de restauración en Gran Canaria.
En Las Palmas de Gran Canaria, un hallazgo macabro sacude la rutina de la ciudad: un brazo amputado aparece en un contenedor, con un tatuaje que solo puede pertenecer a un hombre desaparecido días antes.
La jueza Mara Ramírez, recién llegada a la isla y aún marcada por sus propios fantasmas, se enfrenta a su primer caso. A su lado —y en constante fricción— trabaja el inspector Aitor Ibarra, cuya torpeza para gestionar los sentimientos contrasta con su instinto policial.
Y, entre ambos, Beatriz Mantecas, pastelera brillante y mujer herida por un pasado de humillaciones, que hornea dulces capaces de enamorar a cualquiera…
Con un pulso narrativo ágil y una escritura fresca, directa y poderosa, Annika Brunke despliega una historia en la que ternura, humor y violencia se entrelazan, donde lo cotidiano convive con lo brutal, y en la que los límites entre víctimas y verdugos se difuminan.
Bacon, ganadora del II Premio Alexis Ravelo de novela negra, es la confirmación de Brunke como una voz nueva y vibrante en la novela negra española.
ANNIKA BRUNKE
Para Josep Forment, siempre con nosotros
Publicado por:
EDITORIAL ALREVÉS, S.L.
C/ de la Perla, 22
08012 Barcelona
www.alreveseditorial.com
© 2025, Annika Brunke
© de la presente edición, 2025, Editorial Alrevés, S.L.
ISBN: 978-84-10455-52-8
Producción del ePub: booqlab
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización por escrito de los titulares del «Copyright», la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro, comprendiendo la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler o préstamo públicos. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. Puede contactar con CEDRO a través de la web www.conlicencia.com o por teléfono en el 91 702 19 70 / 93 272 04 47.
El 5 de septiembre de 2025, un jurado formado por Antonio Becerra Bolaños, Javier Rivero Grandoso y Mercedes Castro Díaz concedió a Bacon, de Annika Brunke, el II Premio Alexis Ravelo de Novela Negra 2025.
Y como todos los monstruos geniales ante quienes un acontecimiento externo abre una vía recta en la espiral caótica de sus almas, Grenouille ya no se apartó de lo que él creía haber reconocido como la dirección de su destino.
Patrick Süskind,El perfume
Sentí un miedo atroz, como el que se experimenta cuando uno cree estar a punto de morir, con ese latido en la garganta que palpita tu angustia. Lo maté sin intención, pero al caso, poco importa. Yo solo anhelaba algo de felicidad, un poco de sana locura, alguien a quien llamar «mío». Ni siquiera amor, ni siquiera una eternidad compartida. Solo un soplo de aire fresco que cambiase el rumbo gris y monótono. Se guarda tanta soledad en los silencios…
Y entonces hice lo que debía, lo que estaba mandado: sobreponerme y seguir adelante. Así lo había aprendido. La vida te golpea y está en tu mano el quedarte en el suelo, agazapada y dolorida, cubierta de lágrimas, o levantarte y salir del bache de la mejor manera posible. No hubo intento, como ocurrió a la princesa primorosa de Rubén Darío. Nunca busqué que él dejase de respirar. Pero pasó y tomé la mejor decisión dadas las circunstancias. Sí, eso hice, transformar una tragedia en algo bueno, algo que me hiciera crecer, algo realmente único.
Mara Ramírez no se caracterizaba por su paciencia. La perdía cuando tenía delante a quienes ella calificaba como «sin sangre». No obstante, aquel viernes por la mañana, inspiró algo de calma junto con la maresía que se colaba a través de las puertas de cristal de los nuevos juzgados. Se los denominaba nuevos, a pesar de llevar unos años levantados, bloque sobre bloque, para diferenciarlos de los históricos y en desuso ubicados en la zona próxima de Vegueta. Aunque algunos hacían llamar a la moderna mole gris «La Ciudad de La Justicia».
Mara se abstrajo unos minutos mientras la cola que la precedía se iba dispersando y le tocaba el turno de depositar sus pertenencias en la consabida barqueta blanca de plástico duro. Solo tendría que pasar el trámite una vez, hasta que subiese a la segunda planta y le entregasen su identificación como flamante titular del Juzgado de Instrucción n.º 7 de Las Palmas de Gran Canaria.
Se sentía lo bastante fuerte como para volver a casa. Doce años alejada de la isla y, sobre todo, de la exigente mirada de su padre habían sido suficientes como para darle empuje y aplomo, además de cierta libertad. Se marchó lejos desde que surgió la oportunidad, y en esa lejanía hizo su vida. Oviedo no compartía ninguna similitud con la capital de Gran Canaria, y por aquella misma razón a Mara todo allí le pareció novedoso, fresco y atractivo. Doce años después, salió huyendo del mismo lugar por una cuestión de supervivencia. Tenía la convicción de que permanecer en Asturias acabaría por enloquecerla. Todo le recordaba a Rafa: los restaurantes del casco viejo, la catedral, incluso el olor del cachopo o el de la hierba mojada por la lluvia. Allá donde fuera, a cada paso, Oviedo era la memoria permanente de una existencia que ya no era suya.
—Bienvenida, señoría. —La mujer que la esperaba en la puerta del despacho hizo notar su presencia al comprobar que Mara caminaba sin prestar atención a nada ni a nadie—. Soy Silvia Rivero, secretaria judicial. Estoy encantada de conocerla. Así que de Asturias, ¿eh? Sí que hace frío allí arriba, sí.
Mara frunció el ceño en respuesta y apretó los labios. No le gustaba demasiado la gente parlanchina, aunque no creyó oportuno indicar a Silvia que podía ahorrarse la cháchara. Forzó una sonrisa formal que la secretaria interpretó como timidez, y que provocó el efecto contrario al deseado.
—Adelante, adelante, este es su despacho. Pero ¿es usted asturiana o de otro sitio? Me han comentado que nació usted en Las Palmas. El norte es precioso, aunque no lo he visitado todavía, pero dicen que es tan verde…
—Eso será todo, señora Rivero —soltó por miedo a que continuase hablando como una cotorra y tuviera que sacar parte de los folios que llevaba en la mochila, hacer una gran bola con diez de ellos y taponarle la boca para escuchar el silencio de nuevo.
—Lo de señora me ha dolido. Silvia, mejor.
—Como quiera. No me incorporo hasta mañana, solo he venido porque me gusta instalarme antes de comenzar. —Mara Ramírez hizo una pausa destinada a despachar a Silvia para quedarse a solas—. Si necesito algo se lo haré saber.
—Tutéeme por favor, señoría. Si le parece bien, yo también la tutearé, tenemos una edad tan similar… Yo tengo treinta y ocho.
Mara se quedó de nuevo en blanco. Momentos como aquel le recordaban que todavía no estaba lista para según qué situaciones. Tomar las riendas de un juzgado de instrucción en una ciudad conocida era una cosa. Justo lo que necesitaba. Pero sumergirse de lleno en el barullo de gente todavía le costaba mucho. Le habían indicado que era normal, que debía enfrentarse a ello. El Alprazolam ayudaba con la ansiedad, la terapia también, pero sobre todo regresar al trabajo, y a poder ser, enfrascarse en la rutina. Aunque lidiar con Silvia prometía convertirse en un verdadero engorro.
—No, la verdad es que no —dijo finalmente.
—No te entiendo —sonrió Silvia, dando lo mejor de sí—. ¿Prefieres que me quede? Aunque mañana estamos de guardia, hasta el lunes no está planificada la reunión en la Supercomisaría para conocer al equipo de la Judicial. Te lo he anotado todo en la agenda del ordenador. He compartido la cuenta y te he enviado varios enlaces de los sitios más típicos para ir a comer, además del plan de eventos culturales del cabildo y del ayuntamiento. Siempre hay algo interesante. ¡Ay, se me olvidaba! En el primer cajón tienes la tarjeta del aparcamiento subterráneo y la identificación para entrar. Los compis de abajo son un encanto, no te pondrán ningún problema. Como don Heriberto no se ha jubilado hasta no cerrar todas las diligencias abiertas, está todo al día. El procedimiento aquí suele ser que me avisan a mí directamente para no estar molestando al juez, así que yo te iré pasando los temitas que lleguen. Ya verás, te va a encantar trabajar en el 7. Los viernes nos reunimos todas las niñas para ir a tomar algo al salir, cerquita, a la cafetería de enfrente. Parece un poco cutre, pero hacen unos menús ricos y muy sanos si estás cuidando la línea.
Mara Ramírez elevó una ceja. No era solo que el aluvión de información le pareciera exagerado e innecesario, sino que no llegó a comprender que, tras solo cinco minutos, Silvia Rivero le echase un vistazo y pretendiese ponerla a régimen. A ella, que había sufrido la tortura de las dietas milagro desde los diez hasta los veintitantos. Le molestó la ironía de llamar al juez anterior con toda la pompa, pero tutearla a ella… Se revolvió ante el regusto patriarcal que motivaba que la sumasen al grupito de «las niñas», y se imaginó, por un breve lapso, en la terraza de la cafetería, compartiendo una ensalada de quinoa, un batido verde y una charla sobre las bondades de ejercitar el suelo pélvico antes de que fuese demasiado tarde.
—No, la verdad es que no —repitió nuevamente en dirección a Silvia.
—Lo siento, cariño, no sé a lo que te refieres.
—No me parece bien que me tutee. Ni tutearla yo tampoco, ya puestos.
Mara sabía que Silvia no tenía mala intención, tenía aspecto de buena persona, aunque el corte le había borrado la sonrisa y había provocado cierto enfado. Tardaría en darse cuenta de que Mara Ramírez esgrimía su forma de ser como un escudo protector. Ser seca ahuyentaba a los demás, los mantenía a una distancia prudencial. Si bajase la guardia lo bastante, podría demostrar lo nerviosa que estaba por empezar de nuevo. Lo exasperante que le resultaba el aviso sonoro de un nuevo mensaje en el buzón de voz. Admitiría que retrasaba el momento de ver a su padre, porque su recuerdo era como caminar en cholas sobre la arena un mediodía de agosto: doloroso.
Si solo se hubiera tratado de su exigencia, el vacío o la falta de cariño, quizá Mara hubiera tenido una oportunidad, pero también estaba ese odio visceral hacia todo lo que Mara representaba. Mara era el vivo retrato de su madre, un recordatorio de todo lo que él rechazaba de ella: la gordura, la libertad, la aversión a encajar en la norma. Abel Ramírez siempre observó a su hija desde la distancia, como lo haría un niño que inspecciona con curiosidad una caja de cartón en la que ha metido un escarabajo. Si el bicho hace ademán de salir o ponerse a correr, lo más lógico en una mente inmadura es cerrar la caja a cal y canto, aún a riesgo de asfixiarlo. El niño prefiere matar a perder, sin darse cuenta de que en realidad es lo mismo.
Abel Ramírez, ilustrísimo señor notario de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, se empleó a conciencia en encerrar a Mara en un mundo ficticio de perfección, sobre todo tras la muerte de su madre. Concluyó que para que todo se revirtiese, para eliminar el recuerdo de su esposa, debía cambiar también a Mara. Y lo intentó con todas sus fuerzas. Apretó y apretó el figurado nudo corredizo, hasta que a Mara solo le quedó una opción para seguir respirando: huir.
Aitor Ibarra llevaba dos años destinado en la isla. Un inicio a regañadientes que fastidió su relación más larga se convirtió con el tiempo en lo mejor que le había ocurrido. Corría por la costa a primera hora de la mañana, se daba un baño en la playa de Las Canteras sin importar la estación ni la temperatura, y luego se iba a trabajar sin tener que aguantar un atasco de una hora. Quince minutos bastaban para llegar en moto desde la zona del puerto hasta el barrio de Ciudad Jardín.
La Supercomisaría había recibido aquel apodo desde antes de su construcción. La Jefatura Superior de Policía, la mayor de las islas, tenía su exterior cubierto de acero y cristal, y se veía resaltada desde cualquier punto por una torre central pintada de color vino tinto. «Una combinación cromática extraña y desacertada», pensó él la primera vez que se plantó delante. Sin embargo, el ambiente de la UDEV era inmejorable, salvo incidentes puntuales indignos de mención. Aitor se había adaptado con facilidad a la forma de ser abierta de los lugareños, y por aquel motivo no se imaginaba en ningún otro sitio.
—Ibarra, ¿te has enterado? ¡Ya se ha ido el juez del 7! Han traído a alguien putamente insoportable en su lugar. —Patricia Peralta era su compañera casi desde el principio. Aparte de su aspecto de pelo rapado al cinco por un solo lado, trenzas a lo rastafari, botas militares y camiseta vintage de banda roquera, la caracterizaba la utilización de los enfáticos «puto», «puta» y «putamente» en cualquier frase que quisiera resaltar.
—Siempre puedes llamar a tu cuñada. Seguro que ella tendrá más información.
—¡Por eso lo digo! He hablado con Silvia hace nada. Está embajonada porque la nueva jueza es un poco… —Aitor elevó las cejas a la espera de la conclusión de la frase—. Un poco capulla. Secona. Claro, ¿no ves que es del norte?
—Oye, yo soy del norte y soy puro amor —rio con ironía—. Bueno, me piro. Mañana tengo que cubrir a Camporro, que tiene la comunión de su hija. ¡Me debe una muy grande!
Aitor aprovechó gran parte del mediodía para dormir y hacia las nueve de la noche se acercó a un bar de tapas donde compartió unas horas con los amigos mientras veían el partido. Luego decidió tomar una copa por su cuenta en el Ginger. Llevaba tiempo sin librar el fin de semana. Con suerte eso ocurría una vez cada dos meses, por lo que comprobar el gentío que llenaba el garito un viernes lo reconfortó de alguna forma. Le gustaba el bullicio, la gente que hablaba por hablar, aunque fueran sandeces, puesto que él prefería mantenerse callado y observador. El parloteo ajeno le evitaba tener que hacer el esfuerzo de vencer esa barrera.
El Ginger, ubicado en el paseo de Las Canteras, en los bajos del célebre Casa Carmelo, se había hecho un hueco en la noche capitalina tan necesitada de locales de moda. Su apuesta de luz tenue, azulejo negro y cócteles originales había causado sensación, y no había fin de semana que no se llenase. A Aitor le gustaba perderse en ese mar de gente, y si tenía suerte, conversar un poco con el objetivo de irse a la cama acompañado al menos por unas horas.
Ella le llamó la atención desde el primer momento. Sola, seria y mirando al infinito, hacia afuera, a través de la ventana desde la que se divisaba el mar. Tenía el pelo largo y castaño, ondulado y rebelde. Se notaba que había salido del trabajo y había empatado una tarde de hacer otra cosa con aquella copa, porque no estaba vestida ni maquillada para una noche de viernes. Aitor valoró la situación como buen poli. No se acercó directamente, sino que dejó que la marea lo arrastrase hasta que un empujoncito final lo hizo apoyarse en la mesa de ella para no caer de bruces. Charlaron muy brevemente, lo justo para verla sonreír. A Aitor una sonrisa le pareció un buen comienzo. Ella dijo que se llamaba Carlota y trabajaba en la biblioteca municipal. Movieron la cabeza juntos al son de la música que ambientaba el lugar y poco más.
Coquetearon durante un rato, lo justo como para que se encendiese una figurada llama entre ellos. Luego la bibliotecaria municipal se despidió para visitar el lavabo. Aitor pensó en continuar a su regreso, quizá invitar a Carlota a una copa. Tan pronto formuló la alternativa en su cabeza, sonrió por inercia, puesto que la chica no tenía cara de Carlota, del mismo modo que él tampoco tenía aspecto de Daniel. No justificaba la mentira, pero buscar un nombre y profesión alternativos a la realidad le parecía mucho más seguro. Uno nunca sabe a quién tiene delante.
Quince minutos después, en vista de que la bibliotecaria no daba señales de vida, Aitor decidió comprobar si se había marchado. La chica continuaba en la cola de acceso al aseo junto a otra docena de féminas.
—¿Puedes mirar si el de ustedes está limpio? —Aquella pregunta resultaba casi cómica un viernes por la noche. Pero Aitor accedió a comprobarlo.
—Más o menos —dijo encogiéndose de hombros.
Carlota abandonó la espera para entrar en el lavabo masculino desierto, y Aitor la siguió por pura inercia. Aguardó a que ella terminase con cierta curiosidad, ya que la alternativa era irse a casa a ver una serie cualquiera.
—¿Qué haces, montas guardia en la puerta? —La chica pareció extrañarse mientras le echaba un vistazo rápido de arriba abajo y comenzaba a lavarse las manos.
—En estos sitios nunca se sabe.
—¡Vaya! Pero si además de profesor de historia eres un caballero andante —ironizó—. Y dime, Daniel, ¿siempre necesitas que te bombardeen a señales para lanzarte? ¿O hay momentos en los que la pillas al vuelo?
La conversación no continuó. Aitor solo se acercó con cautela para besarla y Mara Ramírez se dejó besar. En dos minutos estaban dentro de uno de los retretes, y, a puerta cerrada, él se aferraba a sus pechos. A Mara le sorprendieron las ganas que aparecieron después de tanto tiempo. Cuando Aitor le subió la falda y se acuclilló delante de ella, Mara ya no tuvo que indicar nada, se lanzó a sentir su lengua lamiendo el punto de no retorno.
Y lo reclamó junto a ella, de pie, con urgencia, cuando se sintió al borde del orgasmo. Frotar el exterior abultado de sus vaqueros fue como emprender una empresa olvidada. Hacía tanto tiempo que Mara no tenía sexo que había llegado a pensar que ya no volvería a tenerlo en lo que le quedaba de vida. Dos años de sequía que no habían hecho mella hasta que el segundo terminó.
Aitor preguntó una última vez: «¿Te gusta así?», justo antes de penetrarla con los dedos. Y Mara ahogó un gemido contra el cuello de él. Llegó rápido, con fuerza e intensidad, al tiempo que asía la trasera de su camiseta hasta volverla un guiñapo. Le gustó que él no fuese el estereotipo de guapo y superficial. Que la tocase como si su único interés fuese hacerla disfrutar, que no tuviera la urgencia de embestirla sin miramientos.
—Podemos ir a mi casa, vivo cerca —susurró él sobre su boca jadeante.
Mara esbozó una leve sonrisa y salió del aseo masculino tras rechazar la invitación, y Aitor se quedó como un imbécil sin saber muy bien cómo actuar. Se lavó con calma las manos y la boca. El rastro del sabor de la chica en sus labios causó una nueva oleada de deseo. Consideró que charlarían un rato más. Con suerte, ella cambiaría de idea y podrían acabar la noche con un polvo memorable. Pero al salir, Carlota, la bibliotecaria municipal, ya no estaba. De ella no había ni rastro.
Pastel Victoria fabuloso
Hay algo muy especial en elaborar una tarta. Eso pienso cada vez que saco la libreta en la que tengo anotadas las recetas que vendo en la pastelería. Da igual las fichas profesionales a ordenador, los escandallos que te permiten calcular el precio correcto, al final siempre echo mano de mi cuaderno escrito a mano por pura nostalgia.
Este pastel es la tarta estrella de mi tienda, Betty Bacon, pero no lo digo yo, eso sería altanería. Lo dicen los clientes que cada día cruzan la puerta para comprar un pedazo. El bizcocho genovés es tan esponjoso… Siempre explico que es una mezcla de pasión, ingredientes de calidad y técnica, y no miento al decirlo. Admito que la receta no es mía, no quiero alardear de algo que no he creado yo. Esta maravilla se la debo al libro Boutique de pastelería, de Peggy Porschen. Ella es la mejor pastelera que existe, una visionaria. Cuando mezclo la mantequilla en pomada con el azúcar y los huevos, y el amarillo oscuro de las yemas comienza a blanquear, siento como si los mismísimos rayos del sol estuvieran inundando el obrador. Luego añado las semillas de vainilla de Madagascar, la mejor, y la harina tamizada, y coloco la masa en los moldes antes de introducirlos en el horno a 175 ºC. El olor que inunda la tienda en los veinte minutos siguientes es tan maravilloso que se me hace la boca agua con solo echar un vistazo a través del cristal de la puerta del horno. Observo la masa elevarse despacio y también tostarse como si fuera un turista recién llegado a Maspalomas desde la fría Alemania.
Aunque he de reconocer que el toque que yo le doy a la cobertura hace que la espléndida tarta Victoria de Peggy resulte en algo un poquito mejor. Ella mezcla la mantequilla hasta batirla del todo con el azúcar glas y una buena cantidad de confitura de fresas. Yo en cambio, opto por una alternativa más sana, y sustituyo la confitura por puré de remolacha. El color queda de un rosado tan bonito que, aunque no vendiese ni un solo pedazo, seguiría haciéndola con tal de ver ese tono. En el último momento, antes de aplicar la cobertura sobre el bizcocho y montar los tres pisos que la forman, Peggy añade una pizca de sal en escamas. Ahí está mi toque adicional. Mi tarta Victoria no lleva ese realce en el dulzor, sino mi ingrediente secreto.
Lo guardo y atesoro como oro en paño. Un polvo resultante de dorar bacon a fuego lento durante una hora a 60 ºC exactos, y luego eliminar el exceso de humedad en el deshidratador eléctrico. Las lonchas quedan quebradizas y crujientes, y al molerlas con la batidora obtienes un polvillo salado y de sabor profundo y ahumado. Yo lo guardo en pequeños tarros de cristal, alejados de la luz, para que nada lo estropee.
El bacon es el mejor alimento del mundo, eso creo. Me gusta que la dieta Keto me permita comer tanto como me plazca, y a pesar de lo que algunos digan, es sano, porque de no ser sano no estaría incluido en una dieta. Ese chisporroteo alegre de la grasita tostándose sobre la sartén caliente me recuerda al hogar, a la infancia y a mi madre. Murió cuando yo tenía ocho años, y no hay un solo día en el que no piense en ella. Papá ha estado presente, ha sido un padre exigente y cariñoso, pero he echado en falta compartir tantas cosas de chicas…
A veces me da por pensar que mamá hubiera afrontado los problemas de otra manera. Jamás hubiera permitido que me tratasen como el último mono del circo. Ella era como yo, rellenita, y les habría plantado cara. Papá, sin embargo, restaba importancia a lo que me decían en clase. Según él, me llamaban gorda porque lo estaba y aquello era una realidad, no un insulto. Una cuestión de constitución. El sobrepeso familiar que corría por mis venas.
Si en lugar de agachar la cabeza yo hubiese hecho algo más… Si no hubiese aceptado entonces ser despreciable, digna de burla y reproche…
Cuando escucho a las mismas personas que martirizaron mi adolescencia elogiar mis pasteles, me entran ganas de arrastrarlas hasta la parte de atrás de la tienda y acabar con ellas una a una. Los maltratadores de entonces se excusan en la tontería de la edad, en sus ganas de querer encajar, en padres ausentes y madres perfeccionistas. Dios me libre de afear las acciones del pasado, porque pasaré de víctima a fuente de conflicto, a presencia incómoda. Nadie quiere admitir las faltas propias. Por eso, cuando Ángela Ribelles hunde un tenedor en un pedazo de tarta recién servido, y sonríe en mi dirección, asumo que se trata de su disculpa particular. Sé que no lo verbalizará jamás. Las dos lo sabemos, nos hemos convertido en guardianas de la mierda compartida.
Morsa, foca, ballenato, vaca, cerda, zampabollos, bocallena, panchona, sebosa, Sancha Panza, barrilete, mantecas. Todo eso y mucho más me han llamado. Todas las palabras dolían, pero sobre todo la última, porque tengo la mala fortuna de apellidarme justamente así. Me llamo Betty, Beatriz Mantecas.
Manuel el Pistola se ganaba bien la vida. La venta de chatarra le proporcionaba la cantidad suficiente como para conseguir algo de Krokodil con el que escapar a una realidad distinta. No desperdiciaba el dinero en comida, el comedor social del Colegio Nuestra Señora del Carmen se ocupaba de llenarle la barriga. Si acaso, se permitía el lujo de pagar una pensión una vez al mes en la cual darse un buen baño caliente, dormir sobre blando y poco más. Era feliz a su manera y se prodigaba en confianza con quienes saludaba a su paso, conocidos o no. A veces farfullaba para sí cuando el día había sido malo y no había dado con bastante aluminio como para pagarse la dosis.
Farfulló también aquel sábado, cuando, al amparo de la mañana, utilizó un palo de fregona sin mocho para remover la basura del contenedor que acababa de volcar en la zona de La Isleta.
—Tanto reciclar, tanto reciclar, ¡me cago en mis muertos! —dijo lo bastante alto como para espantar a los transeúntes que lo encontraban metido de lleno en la tarea.
—¡A sus órdenes, mi coronel! —voceó un vecino joven desde su coche al pasar a su altura. Burlarse de la expulsión de Manuel de las Fuerzas Armadas se había convertido en algo habitual, y los chiquillos le recordaban a cada rato unos años que Manuel hacía todo lo posible por olvidar.
—¡Tu puta madre! —respondió Manuel antes de lanzar un escupitajo contra la ventanilla lateral.
Removió un poco más la exposición de desechos desperdigados sobre la acera y rasgó algunas bolsas que, por su peso, auguraban el fin de un día de trabajo. Manuel no prestó la suficiente atención, inmerso como estaba en la búsqueda de su sustento tóxico. De haberla prestado no habría roto el plástico negro de aquella bolsa manchada de barro y de sangre.
—¡Me cago en mi vida! ¡¿Esto qué carajo es?! ¡Un muerto! —Manuel trató de alejarse de la masa pestilente de carne, aunque ya era tarde. El hedor y su propia voz de alarma habían atraído a los viandantes.
Se quedó lívido y tembloroso, cuando, aun empuñando el palo, apartó el plástico y parte de una mano, con las puntas de los dedos amputados, asomó en el extremo más estrecho del fardo.
—Es un brazo —anunció un aspirante a tiktoker mientras inmortalizaba el momento desde su ventana—. ¡El Pistola ha encontrado un brazo!
Ibarra y Peralta recibieron el aviso veinte minutos después. El comisario Melián dio la orden de personarse en la esquina de la calle Taliarte con Guaires, cerca del Castillo de la Luz. Un zeta había salido hacia allí por encontrarse en las proximidades de la plaza Manuel Becerra, y fueron los efectivos uniformados quienes acompañaron al Pistola y esperaron la llegada de una ambulancia, puesto que el testigo estrella se había caído redondo de la impresión. El susodicho pedía un café con leche y un bocadillo de pata para recuperarse, e insistió en que no quería ir al hospital porque no le gustaban los médicos, justo cuando Peralta aparcó sobre la acera.
—Al médico no, ¿eh? Que la última vez salí yo de allí peor de lo que entré.
—Hombre, Manuel, peor, peor… difícil —se atrevió a mencionar uno de los policías de uniforme al echar un vistazo a su delgadez y su cara carcomida por el Krokodil.
—Buenos días, Policía Judicial. ¿Es usted quien ha encontrado los restos? —se presentó Ibarra, mostrando la identificación al testigo.
—Restos no, más bien resto. Que solo he visto un pizco. Si hay más trozos, eso yo no lo sé.
—Me han dicho los compañeros que ha manipulado usted la bolsa para ver el contenido y es entonces cuando se ha dado cuenta de lo que escondía el interior. ¿Ha visto usted quién lo ha tirado? Puede que otra persona registrase la basura antes que usted.
—¡Mi contenedor no lo toca ni Dios es Cristo! ¡Pobre del que se atreva! Aquí cada uno tiene lo suyo. Yo respeto mientras me respeten.
—Muy bien, caballero, pero ¿ha visto algo? —insistió la voz de Patri.
—Que no, mi niña, ¿qué voy a ver? Eso sí, advierto, a mí este muerto no me lo endilguen, que yo toqué las bolsas pero no he hecho nada más. Estaba buscando aluminio, a lo mío.
—Tranquilo, Manuel. Eso no va a pasar —lo calmó el uniformado.
—¡Anda, el lumbrera! Si a mi primo Eduardo lo entrullaron por matar a una niña hace años y eso que no le había hecho nada. Del Salto del Negro salió con los pies por delante. —Aitor Ibarra frunció el ceño, confuso. No entendía qué tenía que ver la historia del primo asesino con la bolsa de restos del contenedor—. No me mire así, lo mataron en la cárcel, a mí ahí adentro no me meten ni loco.
Aitor hizo una indicación a Patri para que se mantuviese junto a Manuel e inspeccionó en torno al contenedor. La bolsa medio abierta era como tantas otras: de plástico negro y algo más grueso, como las utilizadas en los restaurantes, en los almacenes o en las fincas. Se acuclilló a continuación tras enfundarse un par de guantes, y comprobó el estado de la amputación. Aunque el brazo se encontraba hinchado y con el color negruzco propio de varios días de putrefacción, Ibarra apreció un dibujo realizado en tinta blanca. Era una frase tatuada en letra cursiva en el interior de la muñeca, un garabato que no pudo descifrar por la cantidad de suciedad que cubría la piel.
Solo el pulgar se mantenía entero, ya que el resto de los dedos tenían la punta seccionada a distintas alturas. El corte que lo había separado del cuerpo se calculaba a un nivel inferior al hombro, siendo la parte alta del brazo la zona por la que habían sesgado la carne. Al igual que ocurría con los dedos, tampoco en el otro extremo había una sección limpia y recta, sino algo similar a un desgarro.
«La Sala» de la Jefatura Superior de Policía se encargó de coordinar la llegada de todo el equipo, y Peralta avisó de la necesidad de cortar ambas calles para reducir el acceso del tráfico. En menos de media hora desde la llegada de los dos inspectores, la zona era un hervidero de gente. Los curiosos se agolpaban en torno a la cinta perimetral a pesar de que los agentes de uniforme insistían en que se echasen hacia atrás porque allí no había nada que ver. Alzaban los móviles con la esperanza de captar alguna imagen con la que inmortalizar el momento, o comentaban en corro que el barrio estaba echado a perder.
