La casa en el Palmar - Annika Brunke - E-Book

La casa en el Palmar E-Book

Annika Brunke

0,0

Beschreibung

Desde que el cuerpo sin vida de Alicia despertase a los vecinos de La Peña, no ha habido un día en el que la sargento Ana Montes no haya pensado en ella. A veces, los sucesos de nuestro presente son el resultado de un pasado palpitante y terrible que, como las hojas de un libro viejo, cargan con una mancha que lo corrompe todo. Un amor condenado, un secreto revelado. Un asesino sin nada que perder. La Casa en El Palmar discurre entre dos espacios temporales: El de Amelia, una joven humilde que conoce el primer amor en el Teror de finales de los años cuarenta. Y el de Ana, su nieta, sargento de la Policía Judicial de Arucas que vive el presente de esta historia llena de misterios, de deseos callados, de envidas y sobre todo de muerte. Traspasar el umbral supone arriesgarse, abrir la mente y también el corazón, no temer lo que se esconde tras la puerta. ¿Te atreves? Pasa, entra... bienvenido a La Casa en El Palmar.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 346

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



LA CASA EN EL PALMAR

Annika Brunke

BRUNKE, Annika. La casa en el Palmar

© obra Annika Brunke

© edición 2022 Ediciones Garoé

Maquetado de Ebook: CaryCar Servicios Editoriales

Autor de las imágenes cubierta: Peter Herrmann

ISBN-Ebook: 978-84-125870-4-3

ISBN: 978-84-125870-3-6

Depósito legal:GC 576-2022

Ediciones Garoé apoya la protección de derechos de autor.

El derecho de autor estimula la creatividad, defiende la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, promueve la libre expresión y favorece una cultura viva. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar las leyes de derechos de autor al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo, está respaldando a los autores y permitiendo que Ediciones Garoé continúe publicando libros para todos los lectores.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesitase fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Ediciones Garoé

Calle El Repartidor, 3, 3L

35400 Arucas, Las Palmas de Gran Canaria

Tlf.: (+34) 928 581 580 Islas Canarias, España

www.edicionesgaroe.com

A mi abuela,

con todos sus misterios.

Índice

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

20

21

22

23

24

25

26

27

28

29

30

31

32

33

34

35

36

37

38

39

40

41

42

43

44

45

46

47

48

49

1

Pablo echó la cabeza hacia atrás en un último intento de encontrar sus ojos y frenar el golpe seco con la punta del sacho que blandía frente a él. En el suelo, completamente a su merced, solo acertaba a percibir cómo el olor a tierra mojada y a leña le impregnaban el alma mientras sentía derramarse los últimos minutos de vida que le quedaban por vivir.

Apenas sin inmutarse, le cubrió la cara con un saco de papas vacío y raído, y Pablo ya no pudo ver más a través de la arpillera que descargaba tierrilla antigua de a poco sobre sus ojos.

Hablaba muy bajito, como cuando uno se contraría por algo que no ha hecho bien y refunfuña con uno mismo. La campana pronto tañería misa de ocho y quizá alguien pasase rumbo a la villa y lo viera arrastrando el cuerpo. Quizá alguien pasase, quizá alguien, quizá...

No esperaba que aquel domingo se tornase tan negro cuando despertó antes del alba. Con la ilusión de todas las primeras veces, metió cuatro trapos en una maleta pequeña y se escabulló casi sin pensar. Se detuvo únicamente en la entrada al dar la vuelta y contemplar la fuente del patio adoquinado en el que tantas veces había jugado de chico.

«Cuánto los echaré de menos», pensó mientras cruzaba el umbral.

Pero, horas después, mientras su cuerpo formaba un surco tambaleante a través de la tierra, mientras sentía que de esta, sí, definitivamente de esta ya no saldría, se daba cuenta de que por la única persona que le entristecía morir era por ella.

No era la muchacha más guapa que había visto en su vida, pero sí la más interesante. Solo escuchar su risa estruendosa hacía que cualquiera echase la vista atrás para conocer a la dueña de tan sonora carcajada, y él no era menos que nadie.

Había regresado de la capital hacía apenas unas semanas, y antes de la capital, de la Península que, para cualquiera de la villa, era prácticamente como llegar del extranjero. Volver a los olores de su infancia, a los sonidos de la calle Real de la Plaza, a su empedrado y a la patrona imponente, omnipresente en cada rincón, le hacían sonreír ya desde el coche que lo llevaba de vuelta a Teror desde Canalejas.

Tras su regreso, había pasado un tiempo con su abuela materna, pero, aburrido como estaba de las cenas de postín y los intentos de esta de emparejarle con señoritas de posición, organizando meriendas casi a diario, regresaba con añoranza a su campo, al color del fuego al crepitar y especialmente a compañías menos frívolas.

El recibimiento había sido casi cálido y su padre le había estrechado la mano con firmeza, pero con la sombra de la reprobación. No era en absoluto partidario de su vuelta, y lo había disuadido de maneras numerosas e insistentes, pero carentes de argumento de peso. La verdad simple y llana era que no lo quería allí. Eso no era de extrañar considerando el pasado de Pablo, sus escarceos amorosos por toda la localidad y especialmente el hecho absoluto que planeaba sobre ambos desde hacía muchos años: se sentía avergonzado de él.

—¡Mi niño! ¡Pero si es mi niño! —había exclamado Jacinta al verle traspasar el umbral, cruzando el patio, bordeando la fuente y lanzándose en sus brazos, al igual que él se lanzaba en los de ella apenas siendo un crío—. Pero mire qué flaquito está, señora, en la Península no tienen potaje de berros, ni tienen na, que nos lo han devuelto hecho un «fisco».

Pablo reía mientras aguantaba con gusto los achuchones, abrazos y pellizcos en los cachetes que le daba su ama de cría.

—Jacinta, déjele llegar al menos. —La había apartado su madre—. ¿No ve que el pobre no puede ni respirar? Retírese, por favor, y vaya preparando el almuerzo que ya bastante retraso lleva con toda esta algarabía. Bienvenido, hijo —había dicho finalmente mientras acercaba una de sus mejillas a la de él dejando un ligero espacio que impedía que se tocasen, simulando un beso.

—Gracias, madre, me alegro de estar de vuelta. La verdad es que los extrañaba mucho a todos.

—Me ha dicho tu abuela que no te hacías a la capital, y eso que en su casa no hay día que no haya celebración o ágape.

—Lo cierto es que no. Ya sabe usted cómo es la abuela y qué ganas tiene de casarme. En el poco tiempo que estuve allí, más de cinco pretendientas me presentó —dijo entre risas.

—Déjalo, Ludivina, ¿no ves que él prefiere las noches de taberna y meretrices? Está decidido a venir a abochornarnos delante de todo Teror —espetó su padre al aire mientras abandonaba la estancia.

Se hizo un silencio cortante, un trago invisible de rabia, impotencia e infinita tristeza atravesó la garganta de Pablo, y lanzó una mirada íntima e irónica a su madre al tiempo que dijo:

—Veo que por aquí nada ha cambiado.

Las dos semanas siguientes pasaron sin demasiados cambios. Se ponía al día de las novedades de la villa, que Jacinta le contaba con todo lujo de detalles. Él la escuchaba sentado en el comedor de servicio, junto a la cocina de leña, mientras ella le preparaba el primer café de la mañana. Jacinta ignoraba la poca atención que Pablo prestaba a toda la ristra de nombres, casamientos, alumbramientos y muertes que habían acontecido en su ausencia. Leía el diario para estar al tanto de los sucesos destacados y daba paseos por la plaza. Saludaba a quienes se acercaban interesándose por cómo le había ido todo por Madrid, si había vuelto para quedarse o si se había casado ya. Otra de las cuestiones habituales era si pretendía ayudar a su padre en el despacho o si por el contrario abriría el suyo propio, más adecuado a los nuevos tiempos y a las indicaciones del Régimen.

A todo ello contestaba con las mismas evasivas que le habían convertido ya en un verdadero maestro; las mismas que le habían permitido vivir cómodamente con su asignación en Madrid sin haber pisado la universidad en los últimos años; las mismas que le hacían mirarse al espejo con disgusto y cuestionarse su propia valía.

«¿Pero no era eso lo que la gente quería realmente?, se había preguntado. ¿No era un artificio lo que todos esperaban y simulaban vivir?». Ciertamente él no podía darse el gusto de decir que no tenía ni la menor intención de pasarse las horas en el despacho redactando contratos, testamentos y actas. Hubiera preferido morir antes de seguir por ese camino que tan planificado tenían para él.

Era el segundo domingo desde su regreso. Esperaba la llegada de su primo Alejandro apoyado en el empedrado robusto que cubría la fachada de la casa. Fumaba un cigarrillo liado a mano y veía deambular a los paseantes que inundaban la villa camino a la basílica. Los domingos, todo el pueblo se llenaba de risas, de olor a turrón y a castañas asadas, de niños corriendo… Un tumulto feliz que visitaba a la patrona y aprovechaba para pasar la mañana.

La primera vez que oyó su carcajada inconfundible fue aquel domingo. De hecho, le hizo abandonar su ensimismamiento y escrutar en todas direcciones, hasta que, a lo lejos, identificó a la emisora acompañada por tres muchachas. Bajaban con mucha parsimonia por la calle Real sorteando el empedrado y los charquitos que había formado la lluvia de la madrugada para no ensuciar sus zapatos. Daba la impresión de que aquellos zapatos apenas tocaban el suelo, como si levitaran para evitar cualquier tipo de rozadura o desperfecto, y de ese modo alargar su vida.

Las contempló con la curiosidad de un niño que ve una jirafa en el salón de su casa: con la cara divertida y los ojos ávidos de conocer más de aquel barullo femenino.

La identificó casi de inmediato. La tez escrupulosamente blanca, con rubor de salud, de trabajo y de campo. El pelo oscuro y ondulado lo llevaba suelto, solo atrapado en la parte superior por varias trabas negras, que casi se ocultaban entre la castaña mata de pelo arrebolado. Vestía un traje sencillo beige, puesto demasiadas veces, que mantenía su compostura por los muchos arreglos que había soportado, probablemente al heredarse o ajustarse a los cambios de talla propios de la edad. Sus curvas eran rotundas y marcadas: caderas bien torneadas y pechos contundentes. Sobre los hombros, una rebeca de punto fino color avellana, que llevaba sujeta por un prendedor sin gracia, enganchado a la botonadura del traje.

¡Cuántas veces habían rememorado aquellos momentos ya juntos! Ella se tumbaba sobre su pecho, recostaba la cabeza sobre él y dejaba la mejilla muy pegada a su camisa, sintiendo su calor a través de la fina tela almidonada. Le pedía tantas veces que le contase la primera vez que la vio que casi parecía una historia contada a la hora de dormir.

—Y entonces, ¿qué pensaste? —preguntaba levantando la cabeza para mirarlo a los ojos mientras esperaba la respuesta.

—Pensé que eras la chica más bonita y con más desparpajo que había visto nunca —respondía siempre mientras se incorporaba entre la hierba alta y le plantaba un beso en la mejilla.

2

«L«La trepanación del cráneo se hizo post mortem». Esa era la frase que se repetía una y otra vez en la cabeza de Ana. Parecía casi un salmo que tuviera que recitar, o una canción de verano que no conseguía apartar de su mente.

Se estiró en la cama unos minutos acompañada de ese pensamiento, el que la había perseguido durante los últimos meses y que, fuera donde fuera, no la abandonaba jamás. La acompañaba en la ducha de la mañana y en el café rápido que dejaba siempre a medio tomar sobre la encimera de madera de la cocina. La seguía cuando entraba en su coche camino a la central y también cuando llegaba. Y, por fin, como una losa, caía sobre sus hombros al volver a ver las fotos de Alicia sentada en la puerta de la iglesia, sin vida.

Se acomodó delante de su mesa mientras hacía un gesto con la cabeza a su compañero, que hablaba por teléfono. Abrió por enésima vez los archivos del caso y revisó paso por paso todas las escasas pistas que tenían hasta el momento.

—Muchas gracias a usted, esperamos las muestras entonces —dijo Esteban con sonrisa triunfal—. ¡Tengo algo, Ana!

—Esperemos que nos sirva, esto me está desquiciando.

—¿Recuerdas la tela? —apuntó mientras se levantaba con rapidez de la silla giratoria negra y se dirigía al cristal donde se encontraban las fotos de la escena para señalarlas con el dedo—. La tela que cubría a Alicia; he encontrado una muy parecida en Internet. Es un proveedor de la Península, nos mandará una muestra para cotejarla con la que tenemos y un listado de los pedidos realizados en el último año. Bien, ¿no?

—Esperemos que sí —dijo ella encogiéndose de hombros—, porque los padres me han vuelto a llamar.

—Joder, pobre gente.

Alicia había sido su primera víctima desde el traslado a la Unidad de Arucas, y definitivamente la primera desde que era responsable de una investigación, y no únicamente parte de ella. Se inició con las primeras impresiones de un homicidio en un lugar en el cual no pasa literalmente nada: la sorpresa y el horror de los vecinos del pequeño pueblo, el miedo y el toque de queda a las jóvenes de la edad de Alicia, impuesto voluntariamente por las familias, que no permitían a sus hijas deambular solas a ninguna hora ya en La Peña. Continuó con las habladurías y las acusaciones a los posibles novios, amigos o simples compañeros de clase. Una desazón continua que no hallaba calma alguna.

Hablaron prácticamente con todo el pueblo. Se comprobó la lista de los agresores sexuales presentes en la isla aquel fin de semana. Se corroboraron coartadas, se investigó a la familia, vecinos y amigos… Se había seguido especialmente de cerca a su exnovio, aunque tan solo contara con catorce años y hubieran estado juntos un mes escaso.

Daba igual la ruta, llegaban siempre al mismo callejón sin salida. Alicia había salido de casa con unas amigas a las seis de la tarde, rumbo a Teror, en la víspera de su día grande, a pasar la tarde en la verbena. Habían caminado desde Valleseco, donde vivían las cinco, entre risas y bromas, con el resto de los peregrinos. Dijo a sus padres que se quedaría a dormir en casa de Beatriz y que bajarían todas juntas en autobús. Le rogó a su padre quedarse hasta las doce como sus amigas, y logró convencerlo con la ayuda de su madre. Mientras subían, había recibido un mensaje de Instagram de su exnovio preguntando si se verían en la verbena, al cual no contestó, y otro mensaje que contenía solo un número, el veintidós, al cual contestó con un corazón.

Las cinco peregrinas habían llegado a las puertas de la iglesia y, al verla llena de gente, Alicia había dicho que entraría más tarde. Comentó que siguieran sin ella, que las encontraría después en la verbena, a lo que todas respondieron con un «uuuhhh» según recuerdan, a sabiendas de que planeaba verse con alguien especial.

A las ocho de la tarde había enviado un wasap al chat que compartían, con un escueto «nos vemos mañana, me llevan a casa», acompañado de un emoticono de un beso con forma de corazón.

A las siete y media de la mañana del día siguiente, Día del Pino, el sacristán de la ermita de Las Nieves, aún medio dormido, entró como cada día por la puerta trasera desde su domicilio en el Camino a La Peña, a unos pocos minutos a pie.

Encendió las luces de la sacristía y del altar a la vez que se persignaba haciendo una reverencia a la Virgen. Luego se encaminó de forma tortuosa, por el efecto de la fiesta que aún pesaba sobre sus párpados, al portalón principal de la ermita para abrirla. Al principio, achacó la imposibilidad de hacerlo al trasnoche o incluso a la edad, que ya empezaba a acusar, pero por más que lo intentó, no consiguió abrir la puerta desde dentro.

Había pensado, según relató más tarde, que los chiquillos podían haber colocado alguna piedra para «hacer la trastada», como había ocurrido en alguna ocasión. Había salido entonces Manuel, quejumbroso y farfullando para sí algún improperio hacia los jodíos chiquillos, bordeando la sacristía desde el exterior para encontrar la pequeña plaza desierta a aquellas horas en día de fiesta.

Se dirigió entonces hacia el portalón y encontró lo que inicialmente pensó que era alguien durmiendo la borrachera. Mientras lo relataba, en un primer momento, temblaba y se secaba los lagrimones, que le caían a ambos lados de las mejillas, con un pañuelo de tela azul celeste, al tiempo que se santiguaba y pedía perdón por haber pensado algo tan feo y por haber maldecido a los niños, al entender lo sucedido.

Movió levemente a Alicia, que reposaba sentada de lado con el hombro derecho apoyado sobre la puerta y ambos pies sobre el escalón de entrada a la ermita. Tenía la cara lívida y sus ojos, completamente abiertos, miraban hacia el Barranco del Pino.

Manuel entró en pánico y comenzó a gritar con gran desesperación, lo cual alertó a los vecinos de las calles colindantes, que se asomaron a ventanas y balcones para averiguar qué había ocurrido. Llamaron a la Guardia Civil e incluso a emergencias sin saber todavía qué sucedía.

Los primeros en llegar lo acompañaron y lo tranquilizaron mientras esperaban que llegase la ayuda, que se demoró media hora al tratarse de un día de mucho ajetreo, con el operativo de la ofrenda a la Virgen del Pino.

Alicia estaba desnuda, únicamente cubierta por un mantón verde labrado en el mismo tono, con su interior en color carmesí, similar a una túnica. Estaba descalza e impolutamente limpia, bien peinada con un gran mechón de su cabello castaño reposando sobre el hombro izquierdo y una pequeña parte de su melena sobre el hombro derecho. El brazo izquierdo reposaba sobre su regazo con la palma de la mano extendida hacia arriba, como quien espera recibir algo, y tenía el brazo derecho amputado quince centímetros por debajo del hombro. En la región craneal podía observarse, entre el pelo, con una línea divisoria bien definida, un orificio.

Casi un día entero estuvo precintada la iglesia y la calle que la albergaba, solo accesible para un devenir de miembros de la Policía Judicial, la Unidad Criminalística, el Juzgado de Arucas y, finalmente, un furgón del Instituto de Medicina Legal, que retiraría el pétreo cuerpo de Alicia y lo trasladaría para realizar la autopsia.

Ana cruzó los dedos aquella mañana. Tenía muchas esperanzas puestas en aquel informe. Comenzaron la investigación por lo principal: averiguar quién era la niña y cuáles fueron sus últimos movimientos, quién la había visto, con quién había estado… Pero la incertidumbre de sus últimas horas dejaba casi por completo las esperanzas puestas en el análisis del médico forense y en determinar qué había ocurrido desde que avisó a sus amigas hasta que Manuel la encontró a los pies de la iglesia.

—¿Has encontrado algo más? —preguntó Esteban con verdadero interés mientras observaba atento el escrutinio diario de Ana sobre las pruebas.

—¿Cómo puede ser que nadie la viera entrar a ningún sitio? Nadie. Ni una sola puta cámara, ni una sola puta foto, ni un video, ¡joder!

Cerró los ojos recordando la frase «la trepanación del cráneo se hizo post mortem».

—A ver —dijo para sí misma en voz alta, aunque el cabo se consideraba parte de aquella conversación—, soy un chiflado que secuestra a una niña, la engatuso para llevarla a algún lado, se me va de las manos, o lo tengo planeado, lo que sea, pero necesito un sitio para hacerle un puto agujero en el cráneo, un sitio para cortarle el brazo. ¡Coño! ¡Eso no se puede hacer detrás de un matorral!

Se levantó de un salto de la silla giratoria, que rodó hacia atrás con el impulso, y se acercó a la foto de Alicia y a sus ojos sin vida.

—¿Adónde te llevaron, mi niña? ¿Adónde?

La amputación del brazo derecho y la trepanación del cráneo no habían sido las únicas características relevantes de aquella autopsia. La agresión sexual se había descartado, lo cual la sorprendió y la irritó. Principalmente porque hacía el crimen aún más complicado e inconsistente. Era más sencillo buscar a un depravado sexual que ya hubiera cometido un delito similar y muy probablemente estuviera fichado, y sobre todo que volviera a reincidir, que buscar a un asesino con una motivación desconocida. Esta última opción la desconcertaba. El informe toxicológico había arrojado además el hecho de que murió dulcemente, con una dosis letal de morfina inyectada en la yugular, y que previamente la sedaron con algún tipo de tranquilizante, según corroboraba la punción en el lado derecho del cuello, que coincidía con un pinchazo.

El sonido del teléfono sobre el escritorio interrumpió su ensimismamiento.

—Montes.

—Sargento, buenos días. Se ha autorizado la visita a Las Palmas I. Mañana podrá interrogar a Eduardo Alemán. Le acabo de enviar los detalles por email, así como las normas, aunque las conoce usted de sobra.

—Muchas gracias.

Ana colgó el teléfono y dejó escapar un sonoro suspiro. Odiaba visitar los centros penitenciarios porque tras cada incursión salía con la terrible sensación de que las cosas nunca mejoraban, sino todo lo contrario. Parecía que cada vez había mayor podredumbre en la sociedad y Las Palmas I, como uno de los centros penitenciarios más populosos del país, era buena muestra de ello.

—Ese no sabe nada de Alicia, jefa —le recordó Esteban casi como si fuera su propia conciencia—. El tipo es solo un pervertido más.

En aquella afirmación no había lugar a dudas, pero igualmente no tenía nada que perder. Eduardo Alemán era ciertamente un depravado, una escoria humana que cumplía condena por el asesinato y la violación de una cría no mucho mayor que Alicia hacía tan solo año y medio. Existían entre los casos muchas similitudes, o quizá esas similitudes solo las observase Ana. Para el resto del cuerpo de Arucas y para el de Las Palmas, que había llevado la investigación, los casos no se parecían en nada.

La víctima de Eduardo se había hallado desnuda. No existía ningún tipo de trepanación ni amputación, y había pruebas de agresión sexual presentes en el cuerpo, aparte de testigos. Se habían producido en municipios diferentes, las víctimas no se conocían, ni sus familias y sus amigos tampoco. Pese a eso, para Ana y su instinto, al que intentaba escuchar todo lo posible, había paralelismos. Lo escrupulosamente limpia y bien peinada que estaba la víctima, su postura casi teatral y la fecha en la que había ocurrido.

3

«Tendrías que haber nacido macho», le decía siempre su padre. Bien porque desde niña era la más rápida subiendo a los árboles, porque robaba higos como nadie, o bien porque le gustaba el campo y arar la tierra. Amelia odiaba estar en la cocina y prefería infinitamente las labores del campo por duras que fueran. Era fuerte y determinada, a pesar de su escaso metro y medio y de haber crecido «a trompicones», como ella misma decía.

Salía de casa desde muy temprano, aún cuando el sol estaba empezando a despertarse, y acarreaba leña que se cargaba al hombro y transportaba a pie junto a su hermana mayor, desde Huertas del Palmar a Arucas.

Era un camino largo, especialmente si llevabas un fardo de semejantes dimensiones, pero Amelia se entretenía en contar chistes y cuentos que había escuchado aquí y allá, amenizando el trayecto. El camino de vuelta, una vez habían entregado la leña y recibido el pago, se hacía más ameno y, a veces, incluso se detenían a hablar con alguna vecina sin demorarse demasiado por miedo a enfadar a su madre.

—Mi madre era muy buena —dijo con ensoñación mientras se abanicaba insistentemente y cruzaba las piernas, coqueta—. Nos daba leña, ¡trantrán!, pero era buena.

Ana se rio al ver los manotazos al aire que acompañaban la descripción de la mano dura. Le gustaba pasar tiempo con su abuela que ya estaba mayor. Sus recuerdos de ella cuando era niña no eran demasiado agradables, ya que solo la veía como una señora bajita y mandona con muy mal genio. Pero con el paso de los años, y quizá especialmente por haber sido ella la única que se rebelaba a aquel mando de la matriarca, se había creado entre ellas una complicidad especial y la escuchaba absorta contar historias de su infancia y su juventud.

—Pero si te pegaba, abuela, ¿cómo es que era buena? —le había preguntado entre divertida e intrigada.

—Es que yo era muy mala, mi niña, les pegaba a los niños en la escuela. Por eso me echaron. Yo era mala, mala.

—Abuela, ¿vamos al baño? Hay que ducharse —dijo iniciando la rutina semanal. La madre de Ana cuidaba de la abuela a diario, quien se negaba a dejar su casa. Y los fines de semana se encargaba Ana. Hablaba con ella un rato, luego intentaba convencerla de que se dejara bañar, preparaba la ropa limpia, intentaba convencerla de nuevo, hasta que al final, como si hubiera vuelto a la primera infancia, se levantaba del sofá caminando hacia el baño al tiempo que decía: «No me voy a bañar».

—¿Bañarme? Ya me bañé —mintió.

—¿Cuándo te bañaste, abuela?

—Hace un rato, yo sola. A mí no me hace falta que me bañe nadie.

—Venga, venga, vamos al baño y así te quedas fresquita, con el calor que hace.

Había sido en los años previos a estos, los de su vejez, una mujer de carácter, a la que pedían consejo cuantos querían iniciar alguna empresa o negocio, ya que a la muerte de su marido no le había quedado otro remedio que coger las riendas del negocio familiar con bastante éxito, todo hay que decirlo.

Conducía su coche con desparpajo a pesar de no haber aprendido nunca formalmente. Había comprado el carné de conducir durante los años que vivió en Guinea Ecuatorial, y a su vuelta a Las Palmas de Gran Canaria, se había lanzado a practicar ella sola con el coche por las inmediaciones del barrio.

Había sido una mujer dura. Se había quedado viuda demasiado pronto y la había curtido la vida arrebatándole a la mayor parte de sus hermanos y hermanas y a un hijo. Pero, apenas sin darse cuenta un día, toda esa dureza se empezó a tornar en debilidad y, de repente, los años, que hasta el momento no habían hecho mella en ella, se habían agolpado en su cabeza y en su cuerpo de un salto.

—¿Qué haremos de comer hoy? —repitió por enésima vez en aquella mañana de sábado, mientras se ponía con mucha dificultad el camisón gastado. Estaba recién bañada y olía a jabón y a colonia de niños.

—Caldo de papas, abuela.

—¡Ay!, ¡qué rico! —exclamó dejándose caer sobre el sofá y esbozando una sonrisa de júbilo infantil, a la que faltaban solo palmadas de acompañamiento—. ¿Fuiste a buscar las papitas que tenía en la cocina de El Palmar? Allí tengo yo un saco de papas desde la semana pasada y nadie va a buscarlo.

La casa en El Palmar hacía tiempo que solo existía en su recuerdo. Ella misma la había vendido hacía varias décadas, pero, al cerrar los ojos, y en ocasiones incluso con ellos abiertos, aquella casa y el tiempo pasado en ella eran lo único que quería recordar.

—No sé si ir mañana —comentó mientras volvía a agarrar el abanico—. ¡Qué calor hace, Anitilla!

—Sí, hace calor, sí, ¿adónde vas a ir, abuela?

—¡A mi casa! Voy a ir a ver a mi madre, que no sé…, estoy preocupada. Hace tiempo que no sé nada de ella.

—Abuela, tu madre murió. ¿Te acuerdas? —Ana la observaba atentamente mientras lo decía. Debía estar pendiente de cualquier cambio en su memoria y tenía instruido no seguirle la corriente, sino aclarar las lagunas mentales que estaba comenzando a sufrir.

—¡Mi madre! ¡Estás loca tú! ¿Mi madre cómo va a morirse? Mi madre es una mujer fuerte. Desde el alba está mi madre arando la tierra, recogiendo papas, plantando millo. Bastante trabajadora que es.

—Pero abuela —dijo con paciencia—, ¿tú qué edad tienes?

—Ni sé ya. Cualquier día me muero. Mira, mira —respondió mostrando el dorso de la mano plagado de pecas—, las rosas del sepulcro.

—Noventa y cinco tienes.

—¡Jesús!, ¿tantos?

Ana reía y asentía con la cabeza.

—Pues, si tienes noventa y cinco años, ¿no crees que tu madre habrá muerto ya?

—Era guapa mi madre, tenía un pelo largo precioso. Se hacía un moño atrás y se ponía el pañuelo encima. Mi padre también era guapo. Era gandul, pero guapo —rio—. Y mis hermanos también eran guapos.

—Y a abuelo, ¿cómo lo conociste?

—Ahí en la plaza. Íbamos las muchachas los domingos a pasear, y así nos conocimos. Él vivía aquí en Las Palmas, pero iba a Teror cada quince días a verme.

—¿Y estabas enamorada, abuela?

—Yo qué sé. Mi madre me decía que tenía negocios y me fue embullando, me fue embullando, y al final me casé con él.

—Pero le querrías, supongo.

—A ver si voy a ver a mi madre, porque no sé…, hace tiempo que no sé de ella. Mañana subo, cojo mi coche y subo pa’rriba.

Paró el abanico un corto espacio de tiempo mientras miraba a su nieta a los ojos, quizá sabiendo perfectamente que su madre había muerto hacía ya muchos años o quizá porque para ella, como decía, su madre seguía vivita y coleando. La conexión duró un segundo o tal vez dos antes de volver a romperse.

—¿Fuiste a trabajar hoy?

—No, abuela, hoy es sábado —sonrió mientras le peinaba el pelo y se sentaba a su lado—. Hoy no se trabaja.

—¿Qué haremos de comer hoy, Anitilla?

Era casi cíclico. Entre la reiteración del día de trabajo y el menú del almuerzo se atisbaban pequeñas o a veces incluso grandes conversaciones con un único tema: su infancia y la de sus hermanos. Parecía como si, al llegar a una edad determinada, no quisiera pensar más hacia delante, sino hacia atrás.

Recordaba los tiempos tras la Guerra Civil y cómo iba a recoger los productos asignados en la cartilla de racionamiento familiar, harina y azúcar principalmente, y gofio.

Contaba, como si lo estuviera viviendo en aquel momento exacto, cómo en el camino de regreso desde Teror, donde les entregaban el racionamiento, iba detrás de su hermano mayor con el azúcar guardada en un cartucho de papel, y cómo sacaba la cucharilla que había escondido en el bolsillo del delantal e iba comiendo cucharadas furtivas de aquel azúcar antes de llegar a casa.

—Y, cuando llegaba y mi madre se daba cuenta, me daba con el cinto.

Al preguntarle por qué lo hacía si sabía de sobra que su madre, con ocho bocas que alimentar, se daría cuenta del hurto, se justificaba diciendo que eran tiempos de mucha hambre y que había que sobrevivir como fuese.

Robaba huevos a los vecinos, y pinchaba la cáscara tostada con un alfiler, se bebía el interior viscoso y los colocaba nuevamente en el gallinero, ya vacíos. Visitaba con cualquier excusa a su tía Antonia en La Cruz que, a diferencia de su familia, tenía posibles, como decía su madre, con la única intención de conseguir algo de comida. Había hecho lo que había que hacer, lo que fuera por sobrevivir.

Recordaba dónde y cuándo se habían casado sus siete hermanos y con quién. Recordaba a su padre con cariño y apenas sin ningún reproche como el más simpático y guapo de todos, a pesar de haber trabajado bien poco. Al hablar de su madre, sin embargo, la inundaba una mezcla de crítica y amor incondicional.

Isabel había tenido una niñez difícil y dolorosa, había quedado huérfana siendo muy pequeña. La habían entregado sus hermanas, demasiado jóvenes para hacerse cargo de ella, a un orfanato, donde había recibido el peor de los tratos. Eran tiempos de miseria y de dificultades, de trabajo duro y de hambre, marcados por una acuciante diferencia social. Ya mayor de edad y lejos del orfanato, se había casado con José, que había vuelto de Cuba con una mano delante y otra detrás, aunque había partido desde Los Portales con ánimo de hacer fortuna en Las Américas como polizón a bordo del Valbanera.

Él contaba aquella historia muchos años después, al reunirse las tardes de sábado bajo la parra de la casita blanca que tenían rentada en Los Laureles a la bajada de El Palmar. Las vecinas reían y el párroco, que a veces los acompañaba en aquellas charlas de tarde, se santiguaba al escuchar las ocurrencias y picardías de José.

Había salvado la vida al bajar en la segunda escala del Valbanera en América, en la ciudad de Santiago, como muchos tantos de la villa. Aunque él había contado que un pálpito le había empujado a bajar, lo cierto es que, tras los meses a bordo, se habían preparado aquel día de atraque para visitar una taberna y jugar a las cartas, y los efectos del ron y la juerga le habían impedido tomar el barco para continuar la travesía hasta La Habana, como era su intención.

Muchos meses estuvo su familia en Los Portales, pensando que había sufrido la misma suerte que el resto de los náufragos que perecieron aquel diez de septiembre de mil novecientos diecinueve. Su madre había llevado luto desde entonces hasta que un buen día, casi un año después, le habían visto aparecer con cuatro trapos en un hatillo hecho con una sábana. Volvía sin una peseta, pero volvía sano y salvo.

Isabel, con una infancia marcada por la desesperación y el dolor, había encontrado en José un poco de alegría, y juntos se trasladaron a El Palmar donde, uno tras otro, fueron naciendo sus hijos. José trabajó de panadero en los primeros años, para dedicarse posteriormente al oficio de zapatero en un cuartito hecho de trozos de madera que ubicaron a escasos metros de la casa, junto al alpendre de las cabras que abastecían de leche a la familia y también de queso. No obstante, José no había resultado demasiado trabajador, y la mayor parte de las tareas del campo habían recaído en Isabel y en sus hijos varones acompañados de Amelia, que había preferido el campo a quedarse en casa con su padre y sus hermanas realizando las labores domésticas.

La escasez y las dificultades económicas no habían conseguido que enviasen, como muchas otras familias, a sus hijas a servir, hecho del que José se enorgullecía especialmente. Eran humildes, pero saldrían adelante unidos.

—Mi hermana se casó en La Peña —continuó recordando.

—¿Y tú, abuela? ¿En Teror?

Se quedó quieta, callada, totalmente absorta en el recuerdo. Pidió a Ana un vaso de agua y sacó del bolsillo del camisón una servilleta arrugada de papel con la que se secó las lágrimas que brotaban de sus ojos marrones. Separó los labios finos en un intento de decir algo, y volvió a cerrarlos. Ana le acariciaba la mejilla mientras la tranquilizaba. Cuando por fin volvió a abrirlos, sentenció:

—Me lo mataron.

4

Ana cerró la puerta de su Honda blanco al tiempo que se acomodaba la identificación alrededor del cuello y tomaba la carpeta del caso de Sara. Cruzó los pocos metros que separaban el aparcamiento de la entrada principal y se preparó para el trámite que daba acceso a la sala de visitas de la prisión. Sentada ya como estaba sobre la incómoda silla de PVC, repasó mentalmente su indumentaria, perfectamente estudiada para no provocar ninguna reacción de interés sexual en Eduardo, aunque de sobra sabía que poco le importaba a cualquiera con sus antecedentes si se mostraba piel a través del atuendo o no.

El olor a lejía era fuerte, solo mitigado por algún tipo de pulverizador de olor a pino que habían añadido a la estancia. La mezcla de mobiliario y las esquinas polvorientas que rezumaban humedad reflejaban la precaria situación en la que se encontraba el edificio, y pensó en cómo debían estar las celdas si la parte visible de Las Palmas I ya apuntaba la necesidad de reparación y cuidados.

Eduardo sonreía al otro lado de la puerta de acero mientras esperaba junto al funcionario el acceso a la sala de visitas, en ese momento desierta, con la sola presencia de Ana. Su boca asomaba una piorrea acuciante que pronto lo dejaría sin dientes. El pelo grasiento y repeinado hacia atrás fue una vez castaño, aunque el gris había acabado por dominar sobre las sienes y las patillas. Era un hombre alto y desgarbado, más alto que la media, y hacía un ligero movimiento bamboleante hacia la derecha al caminar, probablemente fruto de algún hueso mal soldado o alguna paliza sin curar. Los ojos, de un verde intenso, le habrían granjeado el adjetivo de apuesto en algún tiempo pasado.

—Eduardo, pórtate bien —le recordó el funcionario mientras le esposaba a la mesa a través del enganche de acero atornillado al aglomerado de color verde.

—Tranquilo, que aquí la señorita me merece todos los respetos.

—Buenos días, señor Alemán, me llamo…

—«¡Yas!», señor Alemán. ¿Oíste, Cuco? —interrumpió haciendo un chiste dirigido al funcionario que observaba junto a la pared, a unos metros de ellos, y le lanzaba una mirada de reproche.

—Señor Alemán, soy la sargento Ana Montes. Pertenezco a la Policía Judicial del Cuerpo de la Guardia Civil del Juzgado de Arucas.

—Jesús, ¿todo eso eres, guapa?

—Muy bien, me parece que ha habido algún tipo de malentendido. Creo que tiene usted mejores cosas que hacer. Esta entrevista ha terminado. —Y sin volver a mirarlo a la cara, se dirigió al funcionario presente—: Ya puede usted llevárselo.

Ana se levantó de la silla en una estrategia clara de hacerle ceder, prestar atención y contestar a sus preguntas. Estaba casi segura de que resultaría porque, a fin de cuentas, Eduardo Alemán no tenía nada más importante en lo que ocupar su tiempo. Y entre tumbarse en su celda o hablar, aunque fuera unas horas con una mujer, él, agresor sexual confeso, elegiría lo segundo.

—Vale, vale, ¡qué carácter tiene la niña!, me encanta —dijo cediendo a la vez que sonreía.

—Empezamos de nuevo, entonces. Señor Alemán, me gustaría hacerle unas preguntas con respecto al caso por el que está usted aquí: el de Sara Cifuentes. Veamos, dijo usted a los compañeros de Las Palmas…

—Los compañeros suyos son unos mierdas —interrumpió.

—¿Por qué dice usted eso?

—Porque me cargaron con ese muerto. Pero yo a esa niña no le hice nada.

—Señor Alemán, encontraron su ADN junto a Sara. Había huellas suyas en su cuerpo. Varios testigos le vieron en la zona e incluso usted confesó haber abusado de ella.

—No, no, no, no. ¡Yo dije que la había tocado, no que la había matado, que es muy diferente!

—Explíquemelo entonces.

—Mira, yo iba bajando de San Juan, tranquilito por ahí pa’bajo, pimpán, había pillado y estaba contento, a lo mío.

—¿Se refiere a que había consumido usted estupefacientes?

—¡Que iba colocado, mi niña! Colocado pero tranquilito. Bajo por la calle esta que va a dar a Reyes Católicos.

—La calle Doctor Chil, donde un testigo le vio esa madrugada.

—Eso, la calle esa. Bajo por la plaza del Espíritu Santo, nada, dando un paseo para ir a ver a unos colegas en la estación.

—¿El lugar donde suele dormir en la estación de guaguas?

—Sí, ahí. Bueno, lo que sea. Yo bajo por ahí pa’bajo. Iba a ir hasta el final de todo casi llegando al scalextrix, pero como hacía poco había tenido un rifirrafe allí con uno, por si tal, pensé en ir por el mercado pa’llá.

—¿Y en qué punto se encontró usted con Sara?

—Nada, lo que te digo, voy caminando, bajo por la calle esta de la esquina de la catedral pa’bajo.

—La calle Espíritu Santo.

—Sí, bajo por la catedral, y detrás, ¿no hay como unos bancos y unos árboles ahí?

—Efectivamente.

—Pues paso por ahí y al principio no la veo, pero nada, sigo por ahí pa’lante ya llegando a la fuente.

—En la plaza del Pilar Nuevo —dijo Ana intentando imaginar el recorrido exacto.

—¿Eh? No sé cómo se llama. Una fuente antigua ahí.

—Siga por favor, estaba usted pasando la fuente.

—Sí, y nada, oigo un ruido, como de carretilla. Y como a veces, si son del reparto de cerveza, consigo algún botellín si se enrollan y tal, pues miré pa’tras a ver si había algún repartidor. Y entonces la vi. Primero pensé que era una figura o algo. Como era el Día del Pino, pues pensé que era algo de eso.

—¿Y qué le dijo?

—¿Qué le dije a quién?

—A Sara Cifuentes.

—¿Qué dices? ¿Cómo coño iba a hablar con ella, mi niña, si estaba más tiesa que yo?

—Dice usted que estaba muerta cuando la vio.

—Sí.

—Pero a ver, señor Alemán. En su declaración confiesa que se produjo una agresión sexual, hubo tocamientos y masturbación. ¿Y ahora dice que estaba muerta cuando usted la encontró?

—No, no, no. Yo no dije nunca que estuviera viva.

—¿Mintió entonces cuando le tomaron declaración? ¿Mintió después ante el juez de Instrucción? ¿Mintieron los forenses que encontraron restos de su semen? ¿Mienten las huellas que dejó usted sobre el cuerpo? ¿Quién miente aquí, señor Alemán?

—Eres como los demás, una mierda. Ni me está escuchando la tía —se quejó a Cuco, que continuaba junto a la pared esperando pacientemente a que la entrevista terminase—. ¿Tú quieres que te cuente lo que pasó o no?

Ana estaba al borde de la exasperación, pero había esperado tanto tiempo a que autorizasen esa entrevista que se armó de paciencia, respiró hondo y mantuvo el tipo.

—Continúe —dijo.