Negar a María - Annika Brunke - E-Book

Negar a María E-Book

Annika Brunke

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Beschreibung

El 4 de diciembre de 1608, el Tribunal de la Santa Inquisición en Canarias sentenció a María García, vecina de la villa de Teror, al destierro de las islas de Gran Canaria y Tenerife, acusada de hechicería y pacto con el demonio. Las convenciones sociales de la época, la superstición y los intereses particulares de los vecinos hicieron de la vida de María un camino tortuoso, lleno de dificultades y de sufrimiento. Pero el amor también busca su hueco en el corazón humano. ¿Bruja o simplemente mujer? Sus vecinos, los que la acusaron y acudieron a la lectura de la sentencia en la ciudad de Canaria, suspiraron con alivio y se acostumbraron a no tenerla cerca, a no enfrentar su mirada, ni su rebeldía. Pensaron que podrían olvidarla y que podrían acallar su memoria. Annika Brunke recupera este hecho real y terrible para reescribir su historia y sumergirnos, con una narrativa adictiva, en unos acontecimientos dramáticos y apasionantes que sucedieron en el Teror del siglo XVII.

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Seitenzahl: 395

Veröffentlichungsjahr: 2023

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NEGAR A MARÍA

Annika Brunke

Negar a María

© autor Annika Brunke

© edición 2024 Ediciones Garoé

Impreso en España

ISBN-Ebook: 978-84-19932-20-4

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Ediciones Garoé

Street Repartidor, 3, 3L

35400 Arucas, Las Palmas de Gran Canaria

Tlf.: (+34) 928 581 580 Canary Island, Spain

www.edicionesgaroe.com

A María García, sin objeciones.

Bajo tales tormentos sucumbió lo poco que había de bueno en mí.

EDGAR ALLAN POE

Prefacio

Tan solo un hilillo de agua clara brotaba de la Fuente Agria, el resto del reboso contenido por la piedra estaba teñido de sangre.

En la distancia, María contuvo el aliento con los ojos todavía cerrados. No tenía que haber sucedido así, pero ya estaba hecho y de poco servía preocuparse. Eso se dijo a sí misma mientras miraba en todas las direcciones, comprobando que nadie la hubiera visto mientras regresaba de vuelta al camarote. No habría en la tierra quien pudiera salvarla de la horca en esa ocasión, no les bastaría con otro destierro ni con unos años en la cárcel.

Hacía menos de ocho meses que María García había regresado a la isla y se sentía abrumada ante un futuro incierto. Cada uno de esos días desde su regreso lo sintió como una piedra que se iba sumando sobre sus hombros.

Había bajado del barco entonces, un día de enero, llena de esperanza. La alegría por volver a su hogar solo era superada por el anhelo de encontrarse con él. El dueño de su alma. Tan solo mantenerlo intacto en su memoria, como si acabase de verlo por primera vez, le resultó suficiente para hacer más llevaderos los cinco años alejada de todos.

I

Ciudad de Canaria, diciembre de 1608

(5 años antes)

María García, la Estaquilla, imaginaba que Lanzarote sería una isla de fuego, de arena y sobre todo de mujeres como ella: repudiadas, olvidadas y un poco muertas por dentro. No sabía nada de aquella isla, pero le aterraba su sola mención. Algunas de las desterradas allí habían pasado por su mismo calvario. La vergüenza pública, el paseo de penitente, la ira y la violencia de quienes tenían por costumbre acudir cada domingo a presenciar el espectáculo.

En el suyo, el domingo en el que le tocó ser protagonista, subió los escalones de piedra, que ascendían desde el pie de la gruta, apuntalada de olor a orina y a miedo. Recorrió los peldaños hasta encontrar la luz de la calle de la Veracruz, sintiendo el viento frío que le flanqueaba el costado desnudo bajo el sambenito; y se estremeció entera al imaginar lo que aún estaba por pasarle. Los guardias la esperaban aquel día junto a la puerta, preparados para acompañarla por las calles de la ciudad de Canaria, camino hasta la iglesia de Santo Domingo, donde se leería la sentencia.

Aquel día, el más rudo de los seis hombres emprendió el camino hacia la plaza comenzando la procesión tras aguardar unos segundos a que le colocasen sobre la cabeza el capirote y prendiesen la vela, que María sostenía a duras penas entre las manos encadenadas. Escuchar el primer grito de «bruja» la pilló por sorpresa, y aún más lo hicieron las piedras y los restos de verdura rancia que lanzaron a su paso.

Los espectadores más osados tiraban del cabo suelto de la soga anudada a su cuello, haciéndola tambalearse. Los menos numerosos, los que sentían benevolencia, se santiguaron al verla.

«¡Bruja, puta, mal parida, perra, zorra, demonio!». Las palabras salieron de la boca de los buenos cristianos como si estuvieran acostumbrados a pronunciarlas, y los imaginó por un momento con el rosario en una mano y la otra en la entrepierna. Así sentía ella la moralidad de sus vecinos: difusa. Habían venido muchos desde Terore a verla penar, y reconoció varias de las voces que la insultaban mientras la comitiva trataba de abrirse paso a través de las calles, antes de detenerse a un lado de la iglesia de Santo Domingo.

Junto al templo dominico, aguardó aquel día el séquito eclesiástico. Pedro Hurtado de Gaviria esperó, cabizbajo, en el centro, y en torno a él, una docena de hombres se sumaron entre secretarios, escribanos, nuncios y, por supuesto, Paulo de Quintana. Parecía regodearse ante tal situación, con la mirada afilada y los labios apretados. Aquellos labios le resultaban a María difíciles de olvidar, y le era imposible tener al fiscal delante sin que se le estremeciera el cuerpo. El día de la sentencia, sin embargo, se sintió tan abrumada que apenas si había reparado en él.

Los seis guardias formaron en el centro de la plaza para flanquear el cuerpo de ella, manteniendo cierta distancia, y María pensó para sí que quizá no estuvieran allí por miedo a que escapase —bien sabía ella que con uno solo habría sido más que suficiente—, sino que resolvió que los habían apostado alrededor para protegerla de la muchedumbre. Parecían todos tan envenenados, tan ávidos de violencia… María mantuvo la mirada en el suelo observando sus propios pies ennegrecidos, y más alejadas, las botas y calzas de la multitud. Él también estaba allí. Habría reconocido aquel cuero bueno en cualquier lugar. Había quitado esas botas de los pies de Amaro tantas veces, que habría podido visualizarlas en detalle aun cerrando los ojos. Los pliegues que se habían formado del uso desde que su amo se las regalase; el pequeño rasguño apenas imperceptible que tantas veces había intentado eliminar a base de frotarlas con un paño de hilo... El primer día que vino a buscarla con ellas puestas estaba feliz y orgulloso, y caminaba como si aquellas botas fuesen lo único que llevase puesto sobre la piel. Y pronto lo fueron, pues no quiso quitárselas ni para deshacerse dentro de su cuerpo. 

¿Cómo podía Amaro estar allí? ¿Cómo podía formar parte de aquello? María se arriesgó a recibir un nuevo golpe por parte de uno de «los perros de Dios», alzando la vista para mirarle a los ojos. Él se mordió el labio inferior con nerviosismo, y pareció por un instante querer saltar a sus brazos y vérselas con aquellos hombres. Pero quizá había sido su imaginación, el cansancio, o simplemente el anhelo de que todos los momentos juntos, todos los besos y las promesas hubieran sido reales, y no una evidente y rotunda mentira.

¿La había querido alguna vez? Se había llenado la boca diciéndolo, la había cortejado sin descanso hasta que ella cedió. ¿Fue aquel deseo también una de sus patrañas? Debió de serlo. Si hubiera sido verdad, no estaría impávido frente a ella, escuchando los insultos de todos junto a su mujer. Sí, ella también había venido. ¿Cómo iba a perderse semejante momento? La otra María, la Gutiérrez. Ella sí que merecía la vergüenza. Estaba ahí, con su ropa de domingo, regodeándose en su miseria.

El redoble de tambor inició el trámite y el secretario comenzó la lectura de la sentencia. Hurtado de Gaviria no dijo nada en absoluto, solo alzó la vista mirando al infinito y apretó los dientes formando una arruga que pronunciaba aún más la rotundidad de su nariz. En aquel momento, María solo pudo alcanzar a escuchar la retahíla de palabras a lo lejos, como si formasen el zumbido de un enjambre de avispas, sin ser del todo consciente de lo que aquellas palabras representaban.

—En la ciudad de Canaria, a cuatro días del mes de diciembre del año mil y seiscientos y ocho, ante el Santo Inquisidor doctor don Pedro Hurtado de Gaviria, en nombre de la Santa Inquisición. Christi nomine invocado. Fallamos atento a los autos y méritos de este proceso, que por la culpa de él resultan contra la dicha María García, mujer de Juan Estévez, vecina de la villa de Terore, por hechicería y pacto con el demonio.

»Debemos mandar y mandamos que la dicha María García, en auto de fe, salga en forma de penitente con una soga a la garganta y una vela de cera en las manos con una coroza de hechicera, y se le lea públicamente su sentencia. La desterramos de esta isla y de la de Tenerife por espacio de cuatro años precisos, y no los quebrante so pena de doscientos azotes y destierro perpetuo de este obispado, y ayune de doce días, y rece de veinte rosarios a Nuestra Señora.

María, con la mirada en el suelo, tuvo ese día un único pensamiento, una única condena, y con todo el odio y toda la energía de este mundo y del otro dijo para sí: «Lloraréis lágrimas de sangre de ahora en adelante, y todo lo que habéis querido para mí, se os volverá en contra. Aunque sea lo último que haga, ciega, sorda, muda o muerta, volveré».

II

Villa de Terore, 1613

(En la actualidad)

Amaro respiró el aire húmedo de la mañana. Hacía un frío penetrante, y a pesar de estar más que acostumbrado a las inclemencias del tiempo, soñó por un momento que era él el señor y no el mozo, y que se daba la vuelta sobre un colchón mullido lleno de almohadones de plumón de ganso para seguir durmiendo hasta que saliese el sol. La ensoñación duró apenas unos minutos, lo justo para volver a espabilarse por el golpeteo débil de la lluvia sobre la puerta del pajar, aquel en el que descansaba las noches en las que prefería no irse a casa.

No podía quejarse, sin embargo. Juan de Quintana era un amo justo y generoso, y daba las gracias cada día por haberse ganado su confianza.

Visitó la letrina en la oscuridad, y se dispuso a lavarse la cara y las manos en una escudilla de barro. El agua recién sacada del pozo le sacudió todos los músculos, terminando de despertarlo. Ya vestido, inició su día ordeñando a las cabras, para verter luego el contenido del cubo de madera remachada en el interior de una lechera con asas a ambos lados. La colocó junto a la portezuela de entrada al establo y dispuso varios fardos de paja a sus pies, desatando cada uno y cubriendo el pesebre con las briznas doradas al tiempo que llamaba al rebaño.

Rastrilló la piara apilando las heces a un lado y vació dos cubos de fregaduras y uno de afrecho para los puercos. 

—Trae para acá esa lechera mi alma, que todavía hay que hervirla. Hoy la señora quiere arroz con leche.

Margarita organizaba las tareas al otro lado de los maderos del redil, y tomó la lechera en peso para llevarla hasta la cocina. Se bamboleaba a uno y a otro lado pisando con cuidado el patio trasero con miedo a caer de bruces y derramar todo el contenido. Era una mujer bajita y oronda, con sus buenos cincuenta años quien, a pesar de haber llegado de niña a la isla, mantenía su acento andaluz imperturbable. Tenía una risa contagiosa, mejillas lustrosas y buena mano para cualquier plato que se propusiera sacar de la cazuela. 

Ya en la cocina, Amaro la ayudó a verter parte de la leche en una olla de cobre, y se quedó observando la facilidad con la que Margarita iba añadiendo ingredientes de memoria y sin apenas pensarlo. Se le deshacía el estómago a crujidos al oler aquella leche caliente mezclada con azúcar y el aroma de la cáscara de limón y la canela en rama que flotaban en la olla. Margarita lo miró de reojo y luego hacia la puerta de acceso la cocina al tiempo que comprobaba que no había nadie más que pudiera darse cuenta de la debilidad que despertaba el muchacho en ella. Tomó un cazo y una taza de barro y le sirvió un poco de aquella delicia blanca mientras hacía ademán de que guardase silencio. 

—¡Si es que no hay cocinera más dispuesta y guapa que tú!

—Anda zalamero, vete a lo tuyo y no me engatuses, que al final nos dan con la correa a los dos. ¡Y ve a por los huevos, que las gallinas no esperan por nadie!

Los días para Amaro eran prácticamente iguales. Despertar aún de noche, atender a los animales, limpiar las caballerizas y corrales, cepillar a los caballos, repasar las monturas del capitán dándoles brillo con manteca y un trapo grueso, mantener abastecido el leñero, traer agua del pozo y cualquier otra actividad pesada que requiriese la familia. Luego, lo normal era irse a casa, aunque solo considerar la opción de ver a su mujer le hacía replantearse la idea de quedarse entre la paja con tal de no escuchar sus reproches.

Se había casado siete años atrás con María Gutiérrez, y a pesar de que sabía de sobra que para su mujer no había más hombre que él, había incluso deseado que ella amase a otro con la única esperanza de perderla de vista.

No era porque fuese fea, que no lo era. No se trataba de que no atendiese la casa como era de esperar, ni que cuestionase sus decisiones. Tenía amigos con verdaderos problemas en ese sentido. María Gutiérrez era la perfecta esposa: hacendosa, buena cocinera, limpia, obediente y sin grandes sueños ni anhelos, aparte de ser su mujer. Había resultado una mejor madre para sus hijos; tres hembras ya nacidas y uno más en camino, que Amaro deseaba con todas sus fuerzas que fuese varón. Pero con todo, o tal vez precisamente por esa aparente docilidad, a Amaro se le hacía eterno cada segundo a su lado. El parloteo incesante de la casa acababa por agotarlo con facilidad, y aparte de las veces de rigor, no compartían el lecho demasiado a menudo.

A su esposa la conocía desde siempre, y a Pedro Gutiérrez, su suegro, lo había respetado desde niño. Cuando Amaro puso a la Gutiérrez en un compromiso años atrás, don Pedro fue más que comprensivo. Lo trató como a un verdadero hijo, y solo le reclamó que se casaran para mantener el buen nombre de la familia. Cualquier otro habría mandado prender a Amaro, y entonces su vida transcurriría entre los muros de una cárcel rodeado de malnacidos de la peor calaña.

Sí, si lo meditaba con la cabeza fría, casarse con ella había sido la mejor opción. No era una mala mujer, después de todo, aunque pensaba demasiado, y hablaba aún más. La imaginó por un momento en la puerta de su casa debatiendo con la vecina por esto y aquello, buscando culpables para los sinsabores habituales de la villa para decidir finalmente que los problemas eran obra del demonio. Resopló Amaro una vez más pidiendo a los cielos tener la paciencia suficiente para seguir soportándola.

De vuelta a su labor, se entretuvo cortando la leña, parando solo para coger aliento, apoyado en la puerta trasera mientras se secaba el sudor con un pañuelo. Era un día como cualquier otro, con su barullo de transeúntes, carretas y voces provenientes de los vendedores ambulantes. Atrás habían quedado las mañanas en las que se apoyaba en esa misma puerta, esperando ver a María García aparecer. «Guapa a rabiar», pensaba entonces. Al recordarlo, fruncía el ceño y la sonrisa de aquel tiempo se tornaba en una mueca de dolor.

Había reparado en ella por primera vez una de aquellas mañanas, tras un tropiezo. Ella llevaba una cesta de pan apoyada a un lado de la cintura, y ofrecía la pieza entera o media pieza, depositando los escasos maravedís que obtenía en una bolsita de cuero anudada a su delantal. Era bajita, con la piel oscura y unos ojos marrones que le brillaban al sonreír. Tras chocar de bruces con ella, María había soltado una barbaridad que a él le hizo gracia, lo que la enfadó aún más. Amaro había sonreído mientras la ayudaba a recoger los panes esparcidos en el suelo, escuchándola refunfuñar sobre el poco respeto y cuidado que tenía la juventud.

Solo sabía de ella que se llamaba María y tenía casi cuarenta años, pero a Amaro aquello no le preocupaba en absoluto. Le fascinó el desparpajo, la belleza y la rebeldía que irradiaba, y ya no hubo un día en el que, casi como si le avisase el gallo, dejase de asomarse a la puerta trasera a verla pasar vendiendo su pan. Al principio, al darse cuenta de que él la miraba, ella erguía la barbilla todo lo posible, orgullosa, farfullando para sí. Pero al pasar las semanas, el desdén se fue tornando en miradas furtivas y medias sonrisas. Amaro nunca se atrevió a decirle ni una palabra. Se limitaba a mirarla en la distancia, con los ojos que solo la sangre joven puede tener, con deseo y picardía.

—Amaro, ensilla el caballo de don Juan. Ya está a punto de salir.

A la voz de Margarita, Amaro se dirigió a las caballerizas, esperando ser lo bastante rápido. Atusó el pelo del ejemplar del amo al tiempo que colocaba la silla, rescatando la hebilla que quedaba colgando y ciñendo la cincha por debajo, cuidándose de comprobar que quedaba perfectamente ajustada. 

Eran días de ajetreo, con preparativos numerosos, y tareas innumerables que se le acumulaban y lo mantenían ocupado hasta bien entrada la noche. La llegada del sobrino de doña Beatriz Hernández, esposa de Juan de Quintana, había sumido la casa en un trajín continuo la mayor parte del mes anterior, y parecía no haber cesado a pesar de que ya se encontraban él y su hijo perfectamente instalados.

—¡Amaro, buen día! —El capitán estaba de mejor humor que de costumbre, a pesar de ser un hombre realmente afable.

—Capitán, buenos días. Su caballo está listo.

—Bien, bien. ¡A ver qué me encuentro en la ciudad! Este primo mío está cada vez más pesado. Ahora piensa que los esclavos son adoradores del demonio.

—Qué cosas tiene, amo —dijo al tiempo que se santiguaba.

Paulo de Quintana se tomaba su cargo de fiscal del Santo Oficio con la seriedad que requería el puesto, añadiendo unos toques de prepotencia y rigidez que le habían caracterizado desde muy niño. Gustaba de disfrutar de la opulencia de su clase, y allá donde fuere, hacía alarde de su poder. Despreciaba dos cosas por encima de todo: la lascivia y la herejía, y en sus pocos años en el puesto, había emprendido cientos de procesos contra ambos pecados. Era de esas personas a las que uno nunca llegaba a conocer del todo, y que parecían albergar un mar de secretos.

Recordaba, siempre que podía, cómo su antepasado Juan de Soria había participado en la conquista de Gran Canaria de la mano de la corona de Castilla, y añadía alguna anécdota de elaboración propia, en la que se engrosaban las hazañas, o se le confería un cargo adicional al que había sustentado. Omitía siempre que Juan, tras finalizar la conquista, se había desposado con una aborigen, y, por lo tanto, por sus venas corría sangre mestiza. Quizá por ese odio a su misma sangre o a su pasado sentía especial inquina por la mezcla de razas que afloraba por toda la isla.

Aprobaba la tenencia de esclavos, pero siempre que los límites estuviesen claros, que se recordase con frecuencia que no había cosa más peligrosa que un esclavo libre, a excepción de una mujer con opinión propia. Que los esclavos negros, o los moriscos, debían estar bien controlados sin llegar al extremo de mezclarse con la población. Bastante habían sufrido después de la quema de la ciudad por parte de los holandeses como para que encima ardiesen también los principios de todos y el respeto por las Escrituras.

Amaro nada entendía de aquellas conversaciones que escuchaba a veces, cuando los primos debatían en el salón grande, y él entraba la leña para alimentar el fuego. Paulo de Quintana le parecía, sin embargo, un personaje algo extraño, taciturno y poco agradable. Con él no cruzaba la mirada, intentando siempre bajar los ojos en su presencia, no solo por respeto, sino por la sensación de angustia que le embargaba ante él. El propio Amaro era descendiente de moriscos, y se le helaba el alma cada vez que escuchaba al fiscal hablar de lo que haría a todos los mestizos, si de él dependiese.

Todavía en la cuadra, vio marchar al capitán a caballo, y retomó sus quehaceres, y de esa forma se entretuvo el resto de la mañana. Reparó las sillas de madera del comedor, que le habían apilado en el patio trasero, afiló los cuchillos de la cocina y los del capitán, así como el hacha. Canturreaba acompañando la labor, y de cuando en cuando, entraba en el cobertizo para buscar alguna herramienta. No fue para él esa mañana distinta a las demás por ningún motivo hasta que escuchó el jolgorio de Margarita junto a la puerta exterior de la cocina.

—¡Alabado sea Dios y Nuestra Señora! ¡Chiquilla, pero qué alegría más grande! ¿Cuándo has llegado? ¡Ay, madre santa, pero si estás en los huesos! Espera mujer que te traigo un poco de caldo, aún está al fuego, pero te calentará las tripas.

—No hace falta, de verdad. Solo he venido para saludarte. Llegué ayer. Me voy a casa. Ven cuando termines y hablamos un rato.

Allí estaba María García, siete años después de la primera vez que la vio en la plaza, igual de guapa que siempre, como si se tratase del fantasma que le consumía la mente y el cuerpo a Amaro noche tras noche, día tras día. ¿Cómo podía volver como si nada hubiese pasado? ¿No tenía vergüenza, acaso? No, bien sabía él que no la tenía.

—¡Amaro, mira chiquillo, María ha vuelto!

—Margarita —interrumpió una de las doncellas—, el señor Alonso te llama.

—No quiero escándalos. Margarita, a más ver —dijo María dándose la vuelta, y pasando junto al mozo rumbo a la cancela de atrás, sin ni siquiera mirarlo a la cara.

Durante los cinco años que llevaban sin verse, Amaro pensó que, de tener la oportunidad, no malgastaría con ella ni la saliva para pedirle una explicación. En esa ocasión, sin embargo, la había alcanzado antes de pasar las caballerizas, y la había agarrado del brazo todo lo fuerte que pudo, aun a sabiendas de que le hacía daño.

—¿No vas a decir nada? —dijo Amaro por fin.

—Ya me iba.

—Tú de aquí no te vas sin hablar conmigo, ¿te enteras?

—No tengo nada que decirte, Amaro.

—¿Nada? ¿No se te ocurre nada en absoluto que decirme?

—¿Lo dijiste tú cuando me acusaron de lo peor? —comenzó María—. ¿Lo dijiste cuando me prendieron, cuando me metieron presa? ¿Lo dijiste acaso cuando fuiste a ver cómo me humillaban, cómo me escupían y me tiraban todo lo que se les vino a la mente? Porque yo no te oí decir una sola palabra.

—Y ¿qué querías que te dijera? ¿Lo que pienso de ti? ¿Que eres una perra sin corazón?, ¿eso querías que dijese?

—Ya veo que tu mujer ha hecho muy bien su trabajo.

—A mi mujer ni la mentes, o te juro que…

—¿Qué? —dijo María enfrentándose a la mano que él había levantado para atizarla.

—¡Amaro!

Alonso de Bernard y Villodrigo no acostumbraba a inmiscuirse en los asuntos de la casa de su tío, pero las voces provenientes de atrás le habían despertado la curiosidad. Todo en Terore le parecía diferente a lo que estaba acostumbrado. Una mezcla inusual de costumbres y personajes variopintos. Y a pesar de que no era amigo de actuar sin haber observado y valorado primero las situaciones, ver a Amaro, un mozo tan serio y calmado como él, alzando la mano a punto de golpear a una mujer, le asombraba. Sabía que muchos hombres se enorgullecían de meter a sus mujeres en cintura a fuerza de palos, pero nunca había sido un hábito que él llegase a comprender.

—Señor. —Amaro se quitó la gorra de inmediato y bajó la cabeza.

—¿Qué ocurre aquí? ¿Quién es esta mujer?

—Nadie, señor, yo ya me iba —dijo ella intentando zafarse de la mano de Amaro.

—Suéltela.

—Pero, señor… —replicó el mozo.

—¡He dicho que la suelte!

María se zafó de la mano de Amaro, corrió hacia la puerta y desapareció tras la cancela, y Amaro se quedó plantado frente al sobrino del capitán con ganas de emprenderla a puñetazos con quien fuese. Inspiraba sonoramente mientras se calmaba.

—Pero ¿se puede saber por qué iba a castigarla?

—Disculpe, señor, pero tengo mucho que hacer.

—¿Qué ha hecho? ¿Es su esposa acaso?

—No, esa perra, señor, no es nada mío.

—Entonces…

—Tengo mis motivos, señor.

—¿Qué motivos puede haber? ¿No se da cuenta de que podría haberle dado un mal golpe y lamentarlo de veras?

—Créame, señor, que, si yo no fuese un buen cristiano, la habría matado con mis propias manos hace tiempo.

—¡Santo Cristo! Pero ¿ha perdido el juicio? Lo tenía por un joven sensato.

—Me lo quitó todo, señor, todo lo importante. Me robó lo más grande que un hombre puede llegar a tener. Esa mujer mató a mi hijo.

III

La frase del mozo no se había desvanecido de la mente de Alonso en dos días. Continuaba allí, trazando círculos como una mosca buscando la salida de una habitación cerrada a cal y canto. No había tenido un momento para volver a preguntar a Amaro al respecto, y además dudaba si debía o no hacerlo. Él, al fin y al cabo, no estaba en su casa, aunque los tíos de su esposa les decían con frecuencia, tanto a él como a su hijo, lo felices que estaban de tenerles cerca. Juan de Quintana disfrutaba realmente de su compañía, quizá contento de contar anécdotas de la profesión que los dos compartían, o tal vez porque aquella casa, sin niños, estaba llena de silencio.

Beatriz Hernández era otro cantar. A veces lo miraba con reproche, y otras se removía incómoda en el asiento al verle entrar en la estancia en la que se encontrase. Puede que por ese motivo Alonso percibiera cierta incomodidad al tenerles en la casa. A pesar de proclamar lo contrario a boca llena. Era como si contuviese el aliento cada vez que se encontraban o compartían la mesa, el salón o el banco de la iglesia.

Pensó que quizá se tratase del recuerdo de Leonor. Probablemente su tía veía en él, y especialmente en el pequeño Rodrigo, algo de su madre, e irremediablemente se entristecía ante la memoria de saberla muerta. ¡Cuánto extrañaba Alonso a aquella Leonor! La tenía siempre presente: su sonrisa cuando paseaban por las calles cercanas a la universidad, cuando ella iba a visitarlo acompañada de su madre. Y los besos furtivos tras prometerse, aprovechando que su suegra tenía soltura de vientre, y se dispensaba con frecuencia. La rememoraba en sus brazos en su noche de bodas, y cuando le dio la feliz noticia de que sería padre. La Leonor de su recuerdo, la de los primeros años, seguiría por siempre junto a él.

No le sentó bien a su esposa el aire de León. Tras los esponsales, ella se instaló en la casa familiar junto a la viuda de Bernard, y Alonso volvió a Salamanca con el ánimo de terminar cuanto antes los estudios. Él intentaba ver a Leonor tanto como podía, soportando largos viajes cada ciertas semanas, con tal de pasar un rato con ella, y el pequeño que venía en camino. Pero la universidad era exigente y debía concentrarse al máximo. Le escribía todos los días, sin embargo, sobre lo que había aprendido, lo mucho que la añoraba y cómo sería su vida una vez hubiera terminado y fuese un escribano recién nombrado. Comprarían una casita en Palencia y criarían a su hijo juntos, para no volver a separarse jamás.

El pequeño de Bernard nació un día de Pascua de mil seiscientos cinco, aunque su padre no lo conoció hasta un mes más tarde. Era un niño rollizo y lustroso, con el pelo negro, que lloraba casi tanto como su madre. Leonor estaba realmente sensible y gimoteaba por cualquier cosa, especialmente cuando Alonso tuvo que dejarlos dos días después para volver a las clases. «Espera un poco más, amor mío, solo un poco más», le había dicho él, y Leonor esperó. Y así continuó la vida de la pareja, viéndose a ratos, y extrañándose la mayor parte del tiempo.

Cuando había prueba de tribunal era la peor época, porque prepararse para plantarse ante los examinadores era tan extenuante que apenas si le quedaba tiempo a Alonso para escribirle unas letras o para leer las largas cartas de su mujer. Leonor no era feliz alejada de él. Le pesaba la responsabilidad, la sensación de no hacer las cosas todo lo bien que debería. Le abrumaba el frío, añoraba el mar y también tener a su esposo cerca. No había congeniado en absoluto con su suegra, y se entretenía en escribir a la familia, bordar y cuidar del pequeño.

Pero la tristeza la palpaba Alonso en cada línea de sus cartas, en cada una de las hojas escritas a pluma, con aquella letra tan torneada que tenía. Un año antes de que Alonso terminase los estudios, Leonor enfermó de los nervios y Juan de Quintana, disuadido por su esposa, le escribió para convencerlo de que lo mejor para Leonor era esperar en la isla. Podrían, de ese modo, conocer a Rodrigo, y el tiempo en invierno era mucho más suave allí que en la península. Opinaba la esposa del capitán que el cambio sería beneficioso para su estado de ánimo y Alonso cedió, con la única idea de contentar a su mujer. Le partiría el corazón no poder verla en aquel tiempo, y tampoco a su hijo, pero sería capaz de cualquier cosa con tal de que mejorase.

La casa de Quintana acogió con gusto a Leonor y al pequeño de Bernard, y no había día en el que Alonso no recibiera una carta de ella llena de bromas y de anécdotas de su vuelta a Gran Canaria. Para él la distancia era dura. Ya no podía verlos, no había barco lo bastante rápido, como para permitirle ir y volver a tiempo para reanudar las clases; de modo que aguardó aquel año estoicamente con la mirada puesta en el futuro, y dio gracias a Dios porque Leonor estuviese repuesta.

Luego las cartas dejaron de llegar, y él lo achacó a un retraso del transporte o a las muchas tareas que tendría Leonor como madre. Alonso de Bernard y Villodrigo pensó erróneamente que una vez acabase de estudiar y le nombrasen escribano, su vida sería por fin todo lo que había soñado, y continuó relatando su día a día como si nada hubiera pasado. Él no estaba en situación de reprochar nada a su mujer. Leonor había sido más que paciente con él, y merecía el mismo trato por su parte. La amaba tanto que decidió no preguntar siquiera, por miedo a importunarla.

Al finalizar el segundo invierno alejados, Alonso envió una última carta destinada esta vez a los señores de la casa de Quintana. Les agradecía en ella cuanto habían hecho por su mujer y su hijo, y les anunció que ya podían preparar el regreso a la península, a tan solo un mes de terminar. Visitó, mientras aguardaba su vuelta, las casas disponibles en la zona con ánimo de comprar la más bonita para ellos, e incluso cerró un trato con uno de los propietarios. Instalaría en Palencia un despacho desde el cual trabajaría sin descanso para darle a Leonor la vida que su esposa tanto había soñado.

Cuando volvieron a verse, ella estaba algo cambiada, aunque Alonso imaginó que estar separados le había hecho perder peso. Había tenido fiebres en Terore y parecía no haberse recuperado del todo. Rodrigo, sin embargo, era la viva imagen de la salud. Con más de dos años, era un niño despierto, jovial, que reía sin parar y chillaba de emoción cuando veía a cualquier animal, especialmente los caballos. Nada más tocar el suelo, se ponía de pie y correteaba con torpeza por el salón o por las habitaciones sin importarle cuántas veces caía en el intento.

Durante un tiempo, la vida pareció volver a su cauce. Leonor no hablaba demasiado, pero empezaba a recuperarse poco a poco. Las doncellas se encargaban hasta de jugar con Rodrigo para que ella no se preocupase más que de su propia salud, y por las noches era Alonso quien, si había que acunar o contar una historia a su hijo, se ocupaba con gusto de hacerlo, disfrutando con él todo el tiempo que podía, como si tratase de compensar los años perdidos.

No hubo nada que presagiase el desenlace de Leonor. Ninguna voz de alerta que Alonso hubiese desoído. Ocurrió un día cualquiera a media mañana. Era sábado, y con Rodrigo aupado sobre sus hombros, trotaba por el jardín haciendo bambolear al pequeño que emitía una risa contagiosa. El niño chillaba y reía, y también lo hacía Alonso, sintiéndose completamente feliz. Un grito proveniente de la casa detuvo aquel momento que recordaría siempre con una mezcla de pánico y confusión.

¡Cómo había dejado a Rodrigo en el suelo a cargo de la niñera para entrar en la casa buscando el origen del grito…! Encontró a la doncella en la alcoba de Leonor y a su esposa dentro de la tina del baño teñido de rojo. La historia que repetía la doncella era la misma cada vez que le preguntaba: la señora había decidido vestirse para bañarse, y cuando estuvo la tina llena de agua caliente, la había enviado a limpiar a conciencia la habitación del niño, a pesar de que le llevaría un tiempo considerable. Al volver a su lado, extrañada de que no la llamase para ayudarla a salir, la había encontrado desangrada, con la cuchilla de afeitar de su marido tirada junto a la bañera.

No volvieron a pisar aquella casa tras abandonarla semanas después con la pesadumbre de la muerte de Leonor sobre sus hombros. Se refugiaron los dos en el hogar familiar en León, y Alonso vio los días pasar uno tras otro, idénticos y abrumadores. Su madre se negaba a nombrar a su esposa por considerar un crimen contra las Escrituras y contra el Altísimo haberse quitado la vida. Y cuando él lo hacía al recordar algún momento con ella, Carmen Villodrigo se levantaba de la mesa o de la sala, o de donde estuviera, para abandonar la estancia.

Pronto, Alonso no volvió a pronunciar su nombre, y aquel hábito lo sumió en una especie de limbo en el cual le costaba distinguir si alguna vez su esposa había existido en su vida o si había sido simplemente fruto de su imaginación. Solo al ver a Rodrigo jugar, recordaba que una vez había sido feliz, que una vez había amado a alguien más que a sí mismo aparte de a su hijo; y se aferró a él, pasando con el niño todo el tiempo que el despacho le dejaba libre.

Fue el pequeño quien se llevó la peor parte de la ausencia de su madre y de la tristeza de su padre. No ayudaba, desde luego, que su abuela fuese una mujer fría, más centrada en la disciplina que en hacerle sentir querido. No supo ponerse en el lugar del padre ni del hijo, y reñía constantemente a ambos, como si se tratase de unos gemelos maleducados. La enfermedad del niño apareció poco después. Al principio en las manos, donde no era tan evidente, para pasar luego al pecho y la espalda y acabar finalmente cubriéndole buena parte de la cara. Pareciera como si una porción de su piel hubiera perdido el tono, y tuviera uno más claro que formaba grandes manchas decoloradas.

Su abuela, horrorizada, se pasaba el día rezando el rosario, bañándolo con agua bendita y frotándole con un paño de lino áspero. Pero, en lugar de mejorar, el pequeño empeoraba. La viuda decía que aquello no era más que un castigo por el pecado cometido por Leonor, y que el niño estaba maldito. La gota que había colmado el vaso para Alonso había sido llegar a casa del despacho para encontrar a su hijo sentado en una silla y rodeado de ancianas rezando. Las acompañaba el párroco del lugar, que profería frases contra el maligno bajo el beneplácito de su madre.

Las manchas de su hijo no eran fruto de la acción del demonio, de eso estaba bien seguro. Era un niño, y los niños eran inocentes, ajenos por completo al pecado. Tampoco pensaba que fuese un castigo divino, ni imaginó a Leonor penando en el infierno, arrastrando cadenas ni quemándose en el fuego eterno, como decía su madre. Que algunas partes de su cuerpo hubiesen perdido totalmente el color habitual y apareciesen más claras debía de estar relacionado de alguna manera con la pérdida tan terrible que había sufrido el pequeño, por el dolor reinante en la familia y por la tristeza que se había instalado en ambos desde la mañana de aquel día terrible.

Alonso decidió consultar la situación con su amigo de siempre y escribió a su tocayo Alonso Salazar y Frías, compañero de tertulias en Salamanca, para pedirle consejo. Su amigo le propuso dejar la casa materna y los remedios eclesiásticos y cambiar de aires, y así lo hizo. Partieron los dos hacia Palencia primero, y recalaron después en Sevilla. Fue allí, unos años después, cuando decidió enviar una misiva a los Quintana para preguntar si serían bienvenidos en Terore. La peste avanzaba imparable por el sur, y el miedo a dejar a Rodrigo huérfano también de padre y solo en el mundo lo tenía realmente preocupado.

Con todo, a pesar de que el niño volvía a sonreír cada vez con más frecuencia, Alonso no consideró que la superstición también tuviera cabida en Terore. No vaticinó que, al ser un lugar más pequeño, destacado por la insularidad, las noticias volarían como aves de carroña. La afección que le ocupaba la mayor parte de la cara a Rodrigo habría sido difícil de ocultar en la iglesia, y la tía Beatriz le había pedido que no lo llevase los domingos a escuchar el sermón, y acordó con el párroco una visita privada los sábados por la mañana en la misma casa de Quintana. Los dos habían cruzado el mar buscando la paz y la comprensión para encontrar la misma vergüenza.

Tampoco las niñeras eran diferentes a las de la península. En un mes desde su llegada, ya habían abandonado el puesto más de seis, y no parecían entender que aquel mapa cromático no era señal de estar endemoniado ni maldito, ni de tener una tara física. La enfermedad había llegado con una pena, y de igual manera se iría del cuerpo de Rodrigo cuando el dolor de su corazón mermase. El niño se pasaba la mayor parte del tiempo en la cocina o en el patio de atrás con Margarita, que le trataba como si fuera un sobrino con el que había tenido que cargar: con cariño y paciencia, pero sin demasiado tiempo para prestarle atención en medio de tantas tareas.

Alonso trataba de no mostrar su preocupación ante la incertidumbre de que la situación no mejorase. Pensaba demasiado, y la mayor parte de las veces se sentía en total aislamiento e incomprensión. Solo con el tío de Leonor, Juan de Quintana, podía conversar algunas veces e intentaba serle de utilidad siempre que la ocasión se presentaba. El capitán Quintana lo encontró absorto en sus pensamientos una de aquellas mañanas de perplejidad.

—Alonso, ahí estás.

—Sí, tío. ¿Me necesitaba?

—Tenía previsto acercarme a la iglesia para hablar con el cura. Tu tía está empeñada en hacer una misa por la memoria de Leonor. Ya le he dicho que no es Día de Ánimas, ni de Todos los Santos, pero… —dijo elevando los hombros con resignación.

—Si ya van seis misas en su nombre desde que estamos aquí…

—Lo sé, pero está obcecada en que su alma no descansa.

—Le acompaño entonces —dijo.

—Había pensado —inició Juan de Quintana aclarándose la voz— que tal vez sea preferible que tengáis casa propia, para que el niño pueda empezar sus clases, jugar como le plazca, correr a su antojo… ya sabes.

—Entiendo.

—Tenemos una propiedad bastante grande a dos leguas de aquí, en medio del campo. A Rodrigo le gustaría. Hay unas cuadras con varios caballos y podrías llevarte uno de los potros también, para enseñarle a montar.

—No se preocupe, tío. Si es necesario, nos iremos de vuelta a la península. No queremos molestarlos más.

—No, Alonso —dijo agarrándolo del brazo—, no es eso. No molestáis.

—La tía, ¿verdad?

—Os quiere, de verdad que os quiere, pero el recuerdo de tu esposa la tiene atormentada. Se pasa el día rezando el rosario, y cada vez que ve a Rodrigo —añadió, haciendo una pausa—, digamos que la cosa no mejora.

—¿Es por las manchas? No está endemoniado, tío.

—Lo sé, Alonso, lo sé.

—Pensaba que cuando llegásemos aquí toda esa tontería acabaría, pero ya veo que allá donde vayamos nos perseguirá. Mi hijo no ha hecho nada para merecer ese desprecio.

—No es desprecio, sobrino, es miedo. Y el miedo es poderoso, Alonso, es un arma más afilada que la mejor de las dagas.

Continuaron hablando mientras cruzaban la plaza camino de la iglesia, en una tarde tranquila en la que el único tema de conversación en la villa era que se temía la vuelta de las plagas. Apenas había llovido desde que había empezado la primavera, y las huertas estaban pobladas de langostas que campaban a sus anchas ante la impotencia de los labradores. «Cosa de brujas», decían algunos de los paseantes. «Es la maldición», decían otros. Pero hasta que el capitán Quintana y su sobrino no se encontraron de frente con el espectáculo no habían prestado demasiada atención, enfrascados en su propio drama familiar.

María García avanzaba por la plaza en dirección a la puerta central del templo, y a su paso, algunos vecinos la insultaban, o la escupían.

Todo empezó cuando volvió esa perra —se escuchó decir a una María Gutiérrez embarazada que paseaba del brazo de su cuñada Inés—. No tuvo suficiente matando al hijo de Rafael y al suyo propio, sino que encima quiere acabar con todos nosotros.

—Nos quiere matar de hambre —dijo una tercera.

Alonso no salía de su asombro, e hizo amago de interceder por ella, pero Juan de Quintana lo detuvo.

—Déjalos, da igual lo que digas, no te escuchará nadie.

—Pero tío…

—¿No ves que están cegados por el odio? Créeme, lo sé. Yo mismo lo intenté, pero no hay más ciego que el que no quiere ver.

Entraron ambos en la iglesia y aguardaron junto a los bancos de atrás a que María terminase de hablar con el párroco. Lloraba sonoramente, y el cura la escuchaba y la consolaba al mismo tiempo. Dos meses antes, al verla por primera vez, Alonso no había reparado demasiado en ella. Era menuda y morena, y a él le pareció que tendría una edad similar a la suya, pasados los cuarenta años. Llevaba el pelo suelto y un chal marrón de punto alrededor de los hombros, raído por la mayor parte de su contorno. La delgadez en una mujer de su clase solo representaba una cosa: el hambre, e imaginó que podría ser el motivo de sus ruegos al cura, y quizá hasta del llanto.

En los pueblos, las buenas noticias tienen las piernas cortas, y las malas corren como la enfermedad. No resultó extraño que Margarita apareciese en la iglesia, alertada por los comentarios acerca de María que habían llegado a la casa donde servía. Se inclinó ante la Virgen, se santiguó y se aproximó al altar para conversar con el cura en voz muy baja. Luego se dirigió a María para levantarla del suelo y llevársela de allí. Hizo una señal de respeto inclinando la cabeza ante el capitán al pasar junto a ellos, y agarró a su amiga con fuerza por la cintura poco antes de volver a salir.

—¡Margarita! —interrumpió Alonso.

—Señor.

—Si le parece bien, tío —dijo buscando el beneplácito de Juan de Quintana—, dele un poco de leche caliente y pan. Puede que ayude.

La cocinera aguardó la indicación de su amo, que movió la cabeza ligeramente dando su consentimiento, y siguió su camino de vuelta a la casa grande.

—¿Por qué esa inquina? No parece más que una pobre mujer. —Alonso continuaba sorprendido ante la escena exterior.

—Se llama María García. Hace unos años la desterraron por brujería. Yo mismo declaré en el proceso contra ella.

—¿Y lo era? ¿Bruja? —preguntó.

—Si te soy sincero, no lo sé. Unos dijeron que sí, otros que era una buena cristiana. Yo nunca vi nada fuera de lo común, aunque, si la sentenciaron, sería por algo. Pero hoy viene mi primo a comer, puedes preguntarle a él, fue el fiscal de su proceso hace cinco años.

En la cocina de los Quintana, María se secaba las lágrimas sentada frente a la lumbre, observando el crepitar del fuego y los pequeños estallidos de la madera al calentarse. De entre el trajín de cacerolas que se traía Margarita entre manos se escuchó una vocecita infantil.

—¿Por qué lloras?

—¡Señorito Rodrigo! —espetó Margarita—. Vaya para arriba, ¿no ve que se le va a quedar la ropa oliendo a guiso?

—¿Estás triste? —insistió el niño. María movió la cabeza afirmativamente intentando sonreír al pequeño.

—Yo a veces también estoy triste, pero no lloro.

—Eso es porque es usted un niño muy valiente —dijo ella por fin.

—Yo ya no soy un niño, tengo casi siete años.

—Vaya, esos son muchos años. Ya es usted todo un amo joven.

—¿Cómo te llamas? Yo soy Rodrigo de Bernard.

—Tanto gusto, caballero —dijo levantándose del taburete y haciendo una reverencia—. Yo soy María García.

—¿Eres la nueva niñera?

—No, señorito —añadió Margarita—. La nueva niñera está arriba. Le está esperando para conocerle. ¿Por qué no sube?

—Se irá también, como todas —sentenció el pequeño— ¿Sabes, María? Piensan que estoy endemoniado.

—¡Ay, Virgen santísima! ¡¿Qué palabras son esas para un señorito como usted?! —exclamó Margarita al tiempo que se santiguaba tres veces.

—Señor de Bernard —dijo María agachándose para tenerle a su altura—, no haga caso a las habladurías de la gente. Bastante trabajo tiene el demonio en los infiernos, como para venir aquí a apoderarse de los niños.

Hacía solo unos minutos que Alonso se había acercado a la cocina buscando a Rodrigo, y había parado antes de llegar a la puerta para escuchar la conversación. Cuando preguntaba a su hijo cómo se sentía, el niño siempre decía estar bien, y conocer un poco más sobre sus verdaderos pensamientos y preocupaciones le pareció necesario, aunque tuviese que espiarlo para hacerlo.

—Es por mi cara, porque está manchada desde hace años. Mi padre llora algunas noches, cuando piensa que duermo. Y las criadas me temen. Bueno, todas menos Margarita.

—Yo lo que temo es que me vuelva loca de remate con tanta pregunta —dijo ella.

—Juana, una de las niñeras que se marchó, dijo que mi madre se había matado porque no soportaba mirarme a la cara ¿Crees que es posible?

—¡Dios bendito! —se escandalizó Margarita.

—Joven amo —María se había arrodillado ante él y le cogía las manos para que le prestase atención—, escuche bien lo que tengo que decirle porque es muy importante. A veces, la gente teme lo que no entiende. Yo, cuando miro su cara, no veo nada malo. Porque, si Dios nos hizo a todos, también ha hecho las manchas de su cara. Él es sabio y tiene un motivo para todas sus acciones, y también debe de tener una razón para esta. ¿Quiénes somos nosotros para cuestionar a Dios nuestro Señor?

—Pero me entristece escuchar tales cosas. ¿Tú crees que mi madre se murió por eso?

—¡La lengua tendrían que haberle cortado a esa pánfila de Juana! —añadió Margarita.

—Yo creo que su madre, allá en los cielos, le quiere sin condiciones, como quieren todas las madres. Mire, yo a veces, cuando me pongo triste como hoy, intento pensar en cosas bonitas para que se me pase. A lo mejor a usted también le sirve ese truco.

—¿Qué clase de cosas? —preguntó el pequeño.