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En la Valencia musulmana del S. XIII, Bahasir, un niño de 12 años, vive la llegada a Balansiya del rey Jaime I con sus ejércitos y observa con temor las huestes amenazantes que acompañan al monarca, cuyo objetivo es apoderarse de la ciudad. Confinado tras las poderosas murallas, el muchachito se pregunta constantemente cuánto tiempo podrán resistir sin alimentos y qué le sucederá a su familia y al resto de los habitantes de la ciudad si los cristianos consiguen conquistarla.
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Seitenzahl: 212
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Bahasir
Rosa Ortega
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© Del texto: Rosa Ortega Alonso
© Editorial Samaruc, s.l.
978-84-10229-15-0
www.samaruceditorial.com
Agradecimientos
A mis hijos:
Enrique y Gloria, por salvarme en las “batallas informáticas”. A Eva, por su portada y los dibujos de tantos cuentos. Y a Guillermo, siempre cerca, por sus “por si necesitas algo”.
También quiero dar las gracias a Javier, por sus consejos en las primeras versiones. A Mª Carmen, por la corrección esmerada de mi frágil gramática y a Manuel, por su valiosa revisión histórica.
Balansiya
Madinat al-Turab, la ciudad de polvo, se desperezaba con el amanecer. El verano tocaba a su fin y quedaban todavía cosechas por recoger.
Najma comenzó a despertar a sus hijos. Les esperaba una ajetreada mañana. Los más pequeños se hicieron los remolones, tenían sueño, era demasiado pronto para ellos. Por el contrario, Bahasir, el mayor, ya estaba preparado desde hacía un buen rato. Para él comenzaba la aventura; se repetía todos los años por esas fechas desde que tenía recuerdos. Ayudó a su padre, Kamal, a preparar sobre el mulo las alforjas en las que se acomodarían sus dos hermanos menores. Él caminaría junto a sus padres; pronto cumpliría 12 años y era ágil y fuerte.
Unos golpes sonaron en la puerta. Era Ismail, hermano menor de Kamal, que vivía en la casa contigua. También él había preparado su mulo y se llegaba a saludar a la familia. Detrás de él, gritando y corriendo, entró Zuhar, su hijo mayor, que haría el camino a pie como su primo. Todos se abrazaron. Que Alá el Misericordioso nos guíe en esta jornada, pidió Kamal. Que así sea, respondieron.
La pequeña comitiva comenzó su andadura por las intrincadas calles de la ciudad aún silenciosa. Delante, los dos hermanos con el ramal de cada mulo. Detrás las mujeres. La esposa de Ismail portaba en un pañuelo anudado a la espalda a su pequeño de pocos meses. Se cruzaron con gentes que como ellos, buscaban el frescor de la mañana. Un Alá sea contigo y cada cual su camino, mientras escuchaban al muecín, que desde la torre de la mezquita llamaba a la oración. Despacio atravesaron la parte alta de la ciudad y luego por una ligera pendiente llegaron a la puerta de Baytala o Boatella. Desde esta puerta salían las pequeñas caravanas en dirección a Denia, Xàtiva o Alzira. Allí los de viajeros preparaban a sus animales y carretas para la marcha. La mayoría solían ser modestos mercaderes que se agrupaban para mayor seguridad. Llevaban pieles curtidas de oveja y tejidos de lino, enseres de cocina y platos decorados con filigranas geométricas de dorados matices. Kamal y su familia se alejaron del tumulto dejando atrás las murallas de la ciudad.
Desde allí tenían por delante un sinuoso camino hacia las huertas más hermosas jamás vistas: La Ruzafa, un vergel terrenal regalo de Alá. En el trayecto emplearían buena parte de la mañana hasta llegar a la alquería de Ben Abul Jayan, donde el patriarca de la familia tenía su casa. Allí les esperaban sus hermanos y un montón de sobrinos.
El camino discurría entre espléndidas huertas bien cuidadas. Las alquerías se rodeaban de olivos, limoneros y frondosas higueras en las puertas de cada casa. La blancura de sus muros destacaba sobre el verde de los cultivos. Los huertanos madrugaban. Doblados sobre su espalda mimaban verduras y hortalizas afanándose en liberarlas de las malas hierbas. Los pájaros revoloteaban atentos a esa maniobra, ya que cada golpe de azada removía la húmeda tierra y dejaba al descubierto insectos y lombrices que les servirían de alimento. Todo parecía saludar a la curiosa comitiva con tantos niños y en hora tan temprana.
Los dos primos corrían como gamos intentando cada uno ser el ganador en la porfía. Luego jadeantes se sentaban a esperar a sus padres. Otras veces caminaban silenciosos al lado de los mulos, mientras agitaban ramas de olivo para espantar las moscas. Tenían la misma edad, Zuhar más menudo, era inquieto y saltarín, por contraste también muy atento y estudioso. Bahasir parecía mayor para su edad, no solo por ser más alto y fuerte, era por algo que emanaba de su interior y que transmitía confianza y valor. Tenía la complexión fuerte de su padre y la piel aceitunada como su madre. El pelo siempre alborotado, los ojos llenos de luz. Pronto reclamaron los pastelillos endulzados con miel que Najma había preparado para el camino. Mientras comían, verdosas lagartijas que tomaban el primer sol del día les observaban. Atentas a sus movimientos, giraban los ojillos en todas las direcciones, buscando rendijas entre las piedras para esconderse en caso de peligro.
Bahasir pensaba en sus primos, en cómo los encontraría, pues hacía varios meses que no se habían visto. Hamza era fuerte y grande como el león que significaba su nombre. Llevaba el pelo recogido dentro un gorro, aunque siempre se le escapaba algún rizo. La última vez que lo había visto, una pelusilla le oscurecía el labio superior y su voz tenía un sonido raro, ni de niño ni de hombre. Le gustaban los pájaros, los conocía por sus colores y trinos. Si encontraba alguno herido lo cuidaba con mimo hasta que sanaba y luego lo dejaba en libertad. Tenía varias palomas que eran su pasión y pasaba largas horas en el palomar que había en el tejado de la casa. Cuidaba que estuviera siempre limpio y que no faltase agua y grano en los comederos. Por las mañanas, temprano, abría la puertecilla para que las palomas salieran al campo. Estas volaban primero en círculos por encima de la casa y luego se alejaban hasta los pinares de la dehesa, al atardecer regresaban con sus arrullos. Estaban las chicas, muy tímidas, siempre se escondían detrás de su madre. Malak significa ángel y Falak estrella. Verdaderamente, los nombres las acompañaban. La primera era dulce y tranquila, y la pequeña tenía los ojos como estrellas reflejando el mar. Su hermano las adoraba, les ponía los polluelos en las manos mientras les enseñaba como acariciarlos con cuidado.
Poco a poco dejaron atrás las huertas periurbanas y atravesaron extensos prados sin cultivar de una belleza inigualable. Conocían el camino, sabían que ya quedaba poco para llegar a la alquería donde vivía su abuelo. Otras veces hacían el recorrido desde la ciudad siguiendo el cauce del río, pero los senderos que lo bordeaban estaban en peores condiciones dadas las ocasionales crecidas del río.
Ruzafa
Bien avanzada la mañana, llegaron a su destino. A trote de caballo se hubiese tardado una cuarta parte, ya que la Ruzafa no estaba lejos de la ciudad, pero con niños y los lentos asnos, era el tiempo que normalmente empleaban en hacer el recorrido. Sus familiares les esperaban en la puerta de la casa. En cuanto los vieron asomar por el recodo del camino, salieron a su encuentro. Niños y mayores se fundieron en besos y abrazos. Las mujeres miraban sonrientes a esa bulliciosa familia a la que pertenecían por casamiento y daban gracias a Dios por haber sido generoso con ellas. La abuela Haifa lloraba de alegría al verlos una vez más reunidos en torno a ella. Su corazón de anciana albergaba temor por los tiempos venideros, pues se oían noticias inquietantes. Abul Jayan, “el que hace el bien” se mantenía apoyado en su bastón. Desde la puerta miraba orgulloso a sus hijos. Estos llegaron hasta él y le besaron las manos con respeto, luego se fundieron en un largo y profundo abrazo.
Había dos primos más, hijos de Fagir, el mayor de todos los tíos, este tenía el pelo rubio pelirrojo y sus hijos entre 10 y 14 años, habían sacado el mismo color. Parece ser que en la familia de vez en cuando salía alguno, herencia del tatarabuelo, decían. El anciano numeraba los nietos, once le parecían pocos. Comentaba siempre que tenía ocasión, que ellos fueron seis hermanos y dieron a sus padres veintisiete nietos. Cuando se reunían para la fiesta del cordero parecían un pueblo entero. Esto causaba risa a los más pequeños y le reclamaban al abuelo que lo contara una y otra vez.
La alquería en la que vivían era un conjunto de casas en el límite de lo que se conocía como la Ruzafa. Estaban situadas no demasiado lejos del marjal del río y habían pertenecido a la familia a lo largo de varias generaciones, Ben Abul Jayan, heredó la casa principal y las tierras y continuó allí toda la vida. Sus dos hijos mayores siguieron la tradición y se quedaron en la casa familiar. Los más jóvenes decidieron vivir en Balansiya. Allí trabajaron varios años y prosperaron, adquiriendo nuevas tierras extramuros de la ciudad que les permitían vivir holgadamente. Incluso vender sus excedentes.
Las tierras del abuelo eran esponjosas y fértiles. Se distribuían en huertas cercanas a la casa, terrenos más alejados destinados al cereal de invierno y un pequeño arrozal para consumo familiar que, las aguas del cercano Guadalaviar, fertilizaba en su recorrido hacia el mar. El término era de una belleza singular, mitad huertas y mitad jardines asilvestrados que llenaban el aire con eterno perfume a limoneros y jazmines. Había en la zona otras alquerías, todas ellas formadas por núcleos de cinco o seis casas como mucho. La del abuelo, bastante alejada de las demás, se encontraba en el límite de las huertas de Ruzafa y no lejos de una hermosa dehesa. Senderos invadidos por la maleza en esa época del año guiaban a duras penas hasta la al-Buhayra (Albufera), hermosa laguna llena de vida. Allí se extendían numerosos campos de cáñamo y también frutales. En los frondosos pinares cercanos había caza, conejos, perdices y otras aves. Cuentan los ancianos que antaño estaban habitados por ciervos, cabras y jabalíes; pero al crecer la población humana desaparecieron. Quedaron solitarias y vigilantes, las extensas franjas de dunas que protegían a los árboles del mar.
En los días siguientes al reencuentro familiar comenzaría el plan de trabajo para los hombres, como siempre por esas fechas. Su contribución era importante para agilizar las labores de la recolección estival. No había que descuidarse, las lluvias y granizos en esas semanas de septiembre y octubre amenazaban duramente la recogida de las frutas maduras. Los granados, manzanos, la vid y el arroz, que peligraban por las tormentas y pedriscos, ahora tenían una amenaza mayor que se cernía por encima de todas. El peligro de las incursiones cristianas, que no andaban demasiado lejos y que podrían llegar hasta allí para apropiarse de las cosechas familiares, por lo cual se debía hacer rápido y esconder en algún lugar seguro lo recolectado.
Bahasir y sus primos mayores saldrían con los hombres de buena mañana. Siempre había tarea para ellos, amontonar el forraje junto a las carretas, llevar agua fresca a los sudorosos recolectores, ayudar a cargar los mulos y lo que se presentase; la intención era sentirse útiles y responsables. Después, al final de la jornada, siempre les quedaba tiempo para jugar y bañarse en las acequias. Allí en las frescas aguas intentaban atrapar sin conseguirlo pequeños pececillos que se aventuraban entre los lirios de la orilla. Otras veces probaban con las ranas, y aunque se acercaban con sigilo, estas saltaban al agua con un estrepitoso chapoteo y desde una prudente distancia croaban desafiándoles. Hamsa, el mayor, solía quedarse en el palomar, pues al atardecer regresaban sus palomas. Le gustaba contarlas, comprobar que no faltaba ninguna y que estaban bien. Después acariciaba sus alas hasta que poco a poco se acurrucaban en silencio hasta el día siguiente. Bahasir pasaba largos ratos con él. Su primo trasmitía paz, tan grande y protector.
Por las noches, toda la familia cenaba en la larga mesa del patio. La luz de las linternas de aceite atraía a los insectos voladores, que atacaban sin compasión. La abuela colgaba grandes ramos de menta y albahaca con la intención de disuadirlos, sin éxito. Solo el paso rápido de los murciélagos aligeraba los ataques, aunque esto duraba bien poco. Las mujeres se afanaban en la cocina, habas con ras-hanout, pastel de berenjenas y algunos pescados de la al-Buhayra cercana. Cada día era un banquete. Después un cuento del abuelo y los niños a dormir. Entonces los mayores tranquilamente hablaban de sus cosas. Siempre solía ser así. Pero ese verano la primera noche en la Ruzafa fue un tanto peculiar ya que había cuestiones importantes que plantear. Los adultos se reunieron debajo del emparrado. Se apagaron los candiles, el resplandor de la luna bastaba. Los sonidos se escuchaban con más nitidez; el rumor lejano del agua, el cansino croar de las ranas, el canto de las chicharras que anunciaban calor. De repente también se escuchó el silencio. Acomodados en grandes almohadones de cuero y con los pies descalzos en el frescor de la noche, los hombres se miraban entre sí. Abul Jayan en su sillón de enea y la abuela Haifa a su lado siempre atenta a su esposo, mientras, las mujeres servían infusiones de hierbas aromáticas endulzadas con miel. Alguien debía comenzar a hablar.
Fue Kamal. Estaba mejor informado pues tenía contactos fiables en la ciudad, se relacionaba con personas que desempeñaban cargos jurídicos y administrativos y estaba al corriente de los acontecimientos políticos y militares. También frecuentaba la casa de Abul Abi, lugar de encuentro de comerciantes y tratantes de caballos que habían viajado por varios reinos y tenían información de primera mano. La casa, donde el consumo moderado de vino aguado y endulzado con miel estaba rodeado de un cierto secretismo, era lugar de tertulias sobre derecho, filosofía o poesía, y reunía a hombres prestigiosos que, aunque siempre habían discrepado entre ellos por tener distintas interpretaciones sobre el islam, ahora se sentían unidos frente a la amenaza cristiana.
Apoyado en el dintel de la puerta y camuflado por unas cortinas, Bahasir prestaba atención a los mayores. Sabía que algo extraordinario estaba pasando. En la Gran Mezquita, después de la oración, se informaba a la ciudadanía de las noticias de interés público, que últimamente solían ser los avances de catalanes y aragoneses por las tierras del interior, en una sucesión de asedios, población tras población. Esto hacía que las gentes de los pequeños pueblos sin defensa o de las alquerías huyeran hacia las ciudades amuralladas ante el peligro de morir o ser capturados como esclavos. Bahasir no acudía a estas concentraciones de los viernes, pero en la madrasa siempre había chicos mayores que sí iban a rezar a la mezquita y luego lo contaban a los compañeros de la escuela coránica. Esto hacía que por las noches se desvelase con terror, no podía apartar de su mente a esos guerreros barbudos que no se bañaban nunca. Los veía blandiendo sus espadas vociferando y cortando cabezas como si fuesen melones. Temblaba, no sabía si por recordarlo o por miedo a ser sorprendido, pero necesitaba saber más. Se apretó la cortina hasta los ojos y continuó escuchando.
Kamal comenzó a hacer un recuento de los últimos acontecimientos. Poblaciones cercanas a Balansiya como Almenara, Museros, Bétera, Paterna o Moncada habían sido sometidas, sus alquerías arrasadas y sus habitantes tomados como esclavos. Y lo más importante: los cristianos habían tomado el castillo de Anisa, lo llamaban el Puig y lo habían convertido en punto estratégico para el futuro asedio a Balansiya.
El abuelo, algo confuso ante lo que estaba escuchando, pidió a su hijo que comenzase por el principio. No recordaba ni comprendía cómo los cristianos habían llegado tan cerca de la ciudad en tan poco tiempo. Si había sido porque las poblaciones cercanas y las grandes alquerías no se habían defendido con valentía, o si estas habían pactado con el enemigo. Si era así, él se rebelaba. Los cristianos nunca cumplían sus pactos. Era preferible luchar hasta el final.
Desde su escondrijo, el niño reconocía al abuelo como un valiente defensor. Yo haría lo mismo que él, pensaba, pero de momento estaba muerto de terror ante aquellos guerreros que se aproximaban a su ciudad y también por si sus padres le descubrían escuchando a los mayores en esas horas de la noche. Sin embargo, siguió allí con los oídos bien atentos.
—Padre, si quieres retrocedemos en el tiempo para que conozcas mejor cómo han sido los avances de los ejércitos cristianos. ¿Recuerdas cuando Jaime I rey de Aragón decidió conquistar Mallorca?
El anciano asintió con la cabeza, cerró los ojos y se acomodó mejor entre las almohadas del sillón. Recordaba a su hermano que vivía en la isla y se vio despojado de sus tierras como todos. El rey las concedió a los catalanes que participaron en la conquista. Su hermano, ante la amenaza de esclavitud, huyó a Túnez. Solo varios años después tuvo noticias de él gracias a un comerciante tunecino que conocían y contó que aún vivía y que tenía una gran familia.
Kamal recomenzó su información dirigiéndose también a sus hermanos.
—De todos es bien sabido que con la conquista de las islas lo que buscaban los reinos cristianos era el control de los piratas berberiscos que asolaban las costas y proteger así el comercio entre el condado catalán, las islas y el norte de África. Pero mientras el rey Jaime I estaba ocupado en la conquista de Mallorca, fue aprovechado por tropas de la nobleza aragonesa que, encabezadas por un tal Blasco de Alagón, iniciaron las hostilidades en las tierras del interior, lo que ellos denominan el Alto Palancia, conquistando todos los pueblos y alquerías del Maestrazgo.
—Padre, ¿vas recordando algo? No hace demasiado tiempo de estas batallas, ya lo hablamos en su día —dijo Kamal dirigiéndose al anciano, que deseaba enterarse de todo pero que su frágil memoria no le respondía. En un nuevo intento de ponerle al día de los acontecimientos, continuó con su explicación.
—El rey Jaime, muy consciente del peligro que encerraban los éxitos de los nobles al margen de la monarquía, se apresuró en aglutinar a la burguesía y a la nobleza en una misma empresa conquistadora. Esto es recordado con dolor por nuestros hermanos que sufrieron las primeras incursiones cristianas en sus tierras; ya que después de haber conseguido financiación en las Cortes de Monzón, el objetivo era el acercamiento hasta el mar, y recordad que fueron cayendo entre otros los castillos de Peñíscola y Burriana y como bien sabemos, por desgracia, el acceso por mar a Balansiya está controlado por los cristianos.
El sueño comenzaba a hacer sus efectos en Bahasir, pero era tan interesante todo lo que su padre contaba, que se esforzaba por no perder ni una palabra. De repente sintió alguien a su lado, se volvió conteniendo un grito y vio a Salem, su primo pequeño, que también quería saber que pasaba, se apretaron los dos detrás de la cortina, el pelirrojo estaba asustado no era la primera vez que escuchaba a sus padres hablar de esos guerreros y el miedo le acompañaba constantemente, se imaginaba cosas terribles y no podía quedarse a solas en ningún momento. Kamal seguía con sus explicaciones.
—No creas, padre, que las ciudades no se enfrentaron al enemigo. Los hombres luchaban al límite de sus fuerzas. Bravos guerreros daban su fuerza y su vida defendiendo las torres, los habitantes de cada ciudad ayudaban manteniendo las calderas de agua hirviendo listas para verter sobre los asaltantes, así como grandes piedras, teas de brea ardiendo y lo que les permitían sus medios de defensa. Pero los ejércitos cristianos poseían armamentos poderosos para destruir los muros defensivos. Altísimas torres de madera que se arrastraban empujadas por cientos de soldados. Desde ellas, nubes de flechas caían sin piedad sobre nuestros hombres. Mientras, gigantescas catapultas lanzaban piedras del tamaño de un asno, que abrían grandes boquetes en las murallas, por donde entraban como tormentas de pedrisco los almogávares, vanguardia de las tropas cristianas. Hombres sin compasión, expertos en la lucha cuerpo a cuerpo, sesgaban brazos y cabezas sembrando la ruina a su paso. Finalmente, nuestros hermanos capitulaban en una lucha desesperada doblando sus espadas ante un contrincante tan fiero y numeroso.
Desde su escondite, Bahasir estaba confuso. No podía imaginar tanto horror. Él no había visto nunca correr la sangre y menos de una persona. Se preguntaba qué clase de monstruos eran esos guerreros tan temibles. ¿Y qué pasaría si llegaban hasta Balansiya? Quiso retirarse a dormir, pero no podía, necesitaba saber más cosas. Su primo, temeroso, no pudo aguantar más el miedo y regresó con sus hermanos.
De nuevo Abul Jayan preguntó a su hijo desde cuándo estaban los cristianos en el castillo de Anisa y si habían hecho alguna avanzadilla hasta la ciudad.
—Escucha padre, no siempre se está luchando. Los ejércitos tienen que descansar, sanar heridas. Hay que reponer armas y caballos, avituallarse de víveres, trigo con que hacer pan, cebada para los animales, forraje, ganado y, sobre todo, conseguir más soldados. Nos hemos enterado por nuestros espías, que el rey Jaime ha partido a tierras aragonesas para reclutar esas fuerzas y alimentos. Organizar todo un ejército, provisiones y armas lleva un tiempo. Por lo cual contamos con algunos meses para preparar la defensa, ya que no estando el rey cerca de Balansiya no es probable que nos ataquen.
—En cuanto a lo sucedido en la fortificación de Anisa, fue un grave error por parte de Zaiyan. Al enterarse de la ausencia del rey, decidió presentar batalla y recuperar el castillo ayudado por sus parientes de Xàtiva y Alzira. Según cuentan, reunió un ejército de más de 600 caballeros y 11.000 hombres a pie, la mayoría campesinos. Hace menos de un mes, como todos ya sabemos, se presentó con ese improvisado ejército en la llanura que se extiende bajo la montaña del castillo. Los hombres no tenían ninguna experiencia militar. y ante el ataque de los cristianos, huyeron despavoridos, dejando el campo sembrado de muertos y heridos. Con esta derrota, Anisa se ha perdido para siempre y nosotros tenemos a los cristianos a las puertas de la ciudad. Cuando el monarca regrese, veremos qué decisión toma, si presentará batalla, asedio o negociará con nuestro rey Zaiyan tributos y cesiones de territorios.
Kamal había llegado al punto que necesitaba para plantear a su familia algo en lo que tanto su hermano Ismail como él estaban por completo de acuerdo vistos los últimos acontecimientos.
—Lo que si sabemos con certeza es que los ejércitos cristianos están muy cerca, así que antes o después llegarán. Seguramente cruzarán por el marjal del río, que es la parte más accesible para las caballerías y arsenal de guerra. Si es así, invadirán primero estas tierras de Ruzafa. Arrasarán alquerías, se adueñarán de cosechas y animales, no respetarán a mujeres ni a niños y despejarán el camino de musulmanes hasta la ciudad, así que queremos pediros en nombre de Alá el Misericordioso que vengáis todos a compartir con nosotros nuestra casa y la seguridad de una ciudad guarnecida y amurallada como es Balansiya. Allí siempre estaremos más protegidos, tenemos bienes suficientes para resistir unidos. Quizás cuando todo pase se pueda volver a estas tierras.
Ben Abul Jayan se puso en pie temblando de ira.
—¡Sabes que eso no será así! ¡Nos lo quitarán todo, todo, siempre lo hacen!
Fuera de sí miró a sus hijos con los brazos en alto gritando.
—Nadie me moverá de mis tierras. Aquí nací y aquí moriré. ¡Malditos, malditos perros sarnosos!
Asustado de ver así a su abuelo, Bahasir no lo pudo resistir y comenzó a sollozar. Najma lo descubrió detrás de la cortina y se lo llevó a la alcoba. Allí lloraron los dos abrazados. La madre le acariciaba dulcemente, pero él no dejaba de preguntar qué estaba pasando. ¿Por qué? ¿Por qué? Se despertaron los demás niños que comenzaron a llorar. Apareció la abuela muy serena, les dio a beber una infusión con agua de azahar y pronto todo se calmó. Los pequeños volvieron a conciliar el sueño, aunque Bahasir se develó, su madre se acostó a su lado y lo abrazó con amor.
—¿Madre, los cristianos son todos tan malos?
Najma intentó calmarlo diciéndole:
—Escucha hijo, los hombres que optan por vivir de la guerra, implica que sean crueles y desalmados, es parte de su oficio y se les endurecen los sentimientos. Pero entre los cristianos, como entre los judíos, siguen existiendo personas de corazón generoso que solo ansían la paz y poder vivir con lo necesario para sus familias, aunque tengan que salir de sus tierras por falta de recursos. No tengas temor y piensa en Dios nuestro Señor que siempre pondrá en nuestro camino a las mejores personas.
Los hombres, por su parte, intentaron calmar a su padre que estaba fuera de sí gritando cada vez más fuerte. Mientras tanto, Haifa tranquilamente ponía cucharaditas de azahar en todos los vasos de infusión. Los hermanos mayores comprendían las dos razones; eran conscientes del peligro que les acechaba. Por sus hijos sí partirían, la ciudad daba más seguridad, pero no dejarían a sus padres allí. Si ellos no aceptaban, se quedarían todos en la alquería.
Esa primera noche en la Ruzafa, se mezclaron los sentimientos. Incertidumbre, tristeza, rabia e impotencia se adueñaron de todos; pero necesitaban descansar, al día siguiente comenzaban jornadas de trabajo intenso. Había que recoger y esconder cosechas lo antes posible ante la amenaza de saqueos por las hordas enemigas, así que decidieron volver a hablar de ello si llegaba el momento de verdadero peligro.
Los días pasaron rápidos. Llegó la víspera del regreso a la ciudad. Nadie tenía ganas de separarse, ya que habían sido días de intenso trabajo, pero también de júbilo por estar juntos a pesar de la amenaza cristiana. Los niños con sus travesuras y juegos incansables, atentos al abuelo, siempre querían un cuento nuevo. El anciano perdía la memoria, de una historia se pasaba a otra, al final eran dos o tres cuentos a la vez. Su mujer le corregía y él se enfadaba, así que los dejaba y se marchaba a recoger menta para la noche.
