Baja California - Miguel León-Portilla - E-Book

Baja California E-Book

Miguel León-Portilla

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Beschreibung

Esta versión de la historia de Baja California nos acerca a una historia vasta. Desde los primeros pobladores que ocuparon la región cerca del año 10,000 a. C., hasta su actualidad, este estado ha ido cambiando su identidad debido a su peculiar ubicación, ya que estando tan alejado de la capital del país y a la vez muy cercano a un país infinitamente más desarrollado económicamente, su identidad se va transformando debido a esta situación. Conformando una pluralidad y convergencia de distintas influencias, Baja California es uno de los estados más multiculturales del país.

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Seitenzahl: 376

Veröffentlichungsjahr: 2012

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MIGUEL LEÓN-PORTILLA. Obtuvo el doctorado en filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, bajo la guía del doctor Ángel María Garibay, con la tesis La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes, obra que apareció revisada en 1959 y ha sido traducida al ruso, inglés, francés, alemán y checo. Otros libros suyos son Los antiguos mexicanos, La visión de los vencidos, Literaturas indígenas de México y Tonantzin Guadalupe, entre muchos más. Ha sido profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM desde 1957 y actualmente es investigador emérito del Instituto de Investigaciones Históricas. Es doctor honoris causa por varias universidades de México y del extranjero. Algunas de las distinciones que ha recibido son el Premio Elías Sourasky, el Premio Nacional de Ciencias Sociales, Historia y Filosofía, el Premio Universidad Nacional, la medalla Belisario Domínguez y el Premio Menéndez Pelayo.

DAVID PIÑERA RAMÍREZ. Investigador en historia social del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Autónoma de Baja California. Obtuvo su doctorado en historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es miembro de El Colegio Nacional. Actualmente es docente en la Escuela de Humanidades de la UABC. Se ha desempeñado como director general de Difusión Cultural de la UABC, director del Centro de Investigaciones Históricas UNAM-UABC, y coordinador de la licenciatura en historia de la Escuela de Humanidades de la UABC. Entre sus obras destacan Historiografía de la frontera norte de México. Balance y metas de investigación, Los orígenes de Ensenada y la política nacional de colonización, Dos poblaciones fronterizas. Ensenada y Tijuana en su fase de gestación y Tijuana en la historia. Una expresión fronteriza de mexicanidad. Es miembro de número de la Academia Mexicana de la Historia.

SECCIÓN DE OBRAS DE HISTORIA

Fideicomiso Historia de las Américas

Serie HISTORIAS BREVES

Dirección académica editorial: ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZ

Coordinación editorial: YOVANA CELAYA NÁNDEZ

BAJA CALIFORNIA

MIGUEL LEÓN-PORTILLA DAVID PIÑERA RAMÍREZ  

Baja California

HISTORIA BREVE

EL COLEGIO DE MÉXICO FIDEICOMISO HISTORIA DE LAS AMÉRICAS FONDO  DE  CULTURA  ECONÓMICA

Primera edición, 2010 Segunda edición, 2011    Primera reimpresión, 2012 Primera edición electrónica, 2016

D. R. © 2010, Fideicomiso Historia de las Américas D. R. © 2010, El Colegio de México Camino al Ajusco, 20; 10740 Ciudad de México

D. R. © 2010, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-4036-9 (ePub)

Hecho en México - Made in Mexico

PREÁMBULO

LAS HISTORIAS BREVES de la República Mexicana representan un esfuerzo colectivo de colegas y amigos. Hace unos años nos propusimos exponer, por orden temático y cronológico, los grandes momentos de la historia de cada entidad; explicar su geografía y su historia: el mundo prehispánico, el colonial, los siglos XIX y XX y aun el primer decenio del siglo XXI. Se realizó una investigación iconográfica amplia —que acompaña cada libro— y se hizo hincapié en destacar los rasgos que identifican a los distintos territorios que componen la actual República. Pero ¿cómo explicar el hecho de que a través del tiempo se mantuviera unido lo que fue Mesoamérica, el reino de la Nueva España y el actual México como república soberana?

El elemento esencial que caracteriza a las 31 entidades federativas es el cimiento mesoamericano, una trama en la que destacan ciertos elementos, por ejemplo, una particular capacidad para ordenar los territorios y las sociedades, o el papel de las ciudades como goznes del mundo mesoamericano. Teotihuacan fue sin duda el centro gravitacional, sin que esto signifique que restemos importancia al papel y a la autonomía de ciudades tan extremas como Paquimé, al norte; Tikal y Calakmul, al sureste; Cacaxtla y Tajín, en el oriente, y el reino purépecha michoacano en el occidente: ciudades extremas que se interconectan con otras intermedias igualmente importantes. Ciencia, religión, conocimientos, bienes de intercambio fluyeron a lo largo y ancho de Mesoamérica mediante redes de ciudades.

Cuando los conquistadores españoles llegaron, la trama social y política india era vigorosa; sólo así se explica el establecimiento de alianzas entre algunos señores indios y los invasores. Estas alianzas y los derechos que esos señoríos indios obtuvieron de la Corona española dieron vida a una de las experiencias históricas más complejas: un Nuevo Mundo, ni español ni indio, sino propiamente mexicano. El matrimonio entre indios, españoles, criollos y africanos generó un México con modulaciones interétnicas regionales, que perduran hasta hoy y que se fortalecen y expanden de México a Estados Unidos y aun hasta Alaska.

Usos y costumbres indios se entreveran con tres siglos de Colonia, diferenciados según los territorios; todo ello le da características específicas a cada región mexicana. Hasta el día de hoy pervive una cultura mestiza compuesta por ritos, cultura, alimentos, santoral, música, instrumentos, vestimenta, habitación, concepciones y modos de ser que son el resultado de la mezcla de dos culturas totalmente diferentes. Las modalidades de lo mexicano, sus variantes, ocurren en buena medida por las distancias y formas sociales que se adecuan y adaptan a las condiciones y necesidades de cada región.

Las ciudades, tanto en el periodo prehispánico y colonial como en el presente mexicano, son los nodos organizadores de la vida social, y entre ellas destaca de manera primordial, por haber desempeñado siempre una centralidad particular nunca cedida, la primigenia Tenochtitlan, la noble y soberana Ciudad de México, cabeza de ciudades. Esta centralidad explica en gran parte el que fuera reconocida por todas las cabeceras regionales como la capital del naciente Estado soberano en 1821. Conocer cómo se desenvolvieron las provincias es fundamental para comprender cómo se superaron retos y desafíos y convergieron 31 entidades para conformar el Estado federal de 1824.

El éxito de mantener unidas las antiguas provincias de la Nueva España fue un logro mayor, y se obtuvo gracias a que la representación política de cada territorio aceptó y respetó la diversidad regional al unirse bajo una forma nueva de organización: la federal, que exigió ajustes y reformas hasta su triunfo durante la República Restaurada, en 1867.

La segunda mitad del siglo XIX marca la nueva relación entre la federación y los estados, que se afirma mediante la Constitución de 1857 y políticas manifiestas en una gran obra pública y social, con una especial atención a la educación y a la extensión de la justicia federal a lo largo del territorio nacional. Durante los siglos XIX y XX se da una gran interacción entre los estados y la federación; se interiorizan las experiencias vividas, la idea de nación mexicana, de defensa de su soberanía, de la universalidad de los derechos políticos y, con la Constitución de 1917, la extensión de los derechos sociales a todos los habitantes de la República.

En el curso de estos dos últimos siglos nos hemos sentido mexicanos, y hemos preservado igualmente nuestra identidad estatal; ésta nos ha permitido defendernos y moderar las arbitrariedades del excesivo poder que eventualmente pudiera ejercer el gobierno federal.

Mi agradecimiento a la Secretaría de Educación Pública, por el apoyo recibido para la realización de esta obra. A Joaquín Díez-Canedo, Consuelo Sáizar, Miguel de la Madrid y a todo el equipo de esa gran editorial que es el Fondo de Cultura Económica. Quiero agradecer y reconocer también la valiosa ayuda en materia iconográfica de Rosa Casanova y, en particular, el incesante y entusiasta apoyo de Yovana Celaya, Laura Villanueva, Miriam Teodoro González y Alejandra García. Mi institución, El Colegio de México, y su presidente, Javier Garciadiego, han sido soportes fundamentales.

Sólo falta la aceptación del público lector, en quien espero infundir una mayor comprensión del México que hoy vivimos, para que pueda apreciar los logros alcanzados en más de cinco siglos de historia.

ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZ

Presidenta y fundadora delFideicomiso Historia de las Américas

PRIMERA PARTE

por Miguel León-Portilla

 

I. LA FORMACIÓN DEL TERRITORIO

“GEOGRAFÍA DE LA ESPERANZA” llamaron a la península californiana hace ya cerca de 50 años varios ecologistas del Sierra Club de San Francisco, en California. Pensaban ellos que esa península, una de las más largas del mundo, escasamente poblada y muy poco comunicada, era algo así como un gran parque nacional. Era ésa una naturaleza muy poco contaminada que había que proteger para provecho de las generaciones futuras.

Grandes cambios han ocurrido en los últimos 50 años. Si hacia 1950 la población de toda la península no excedía los 200 000 habitantes, en la actualidad sobrepasa los tres millones, debido principalmente a la migración procedente del macizo continental. Dividido el territorio peninsular a la altura del paralelo 28 de latitud norte, en él existen dos entidades de la Federación mexicana: la del norte, constituida como tal en 1952, y la del sur, hecha estado en 1974. Desde el punto de vista geográfico es, sin embargo, difícil establecer una separación, ya que en realidad ambos integran una unidad. Ello explica que, aunque aquí nos concentraremos en el estado norteño, hagamos algunas referencias a la entidad sureña.

La península californiana tiene una extensión de 143 780 km2, de los cuales 70 113 km2 corresponden al estado norteño y 73 667 km2 al del sur. La longitud de la península rebasa los 1 200 km y sus litorales en el Océano Pacífico y en el Golfo de California o Mar de Cortés superan los 3 500 km. Su anchura máxima se localiza en el extremo norte y rebasa los 250 km; la mínima se halla en el Istmo de La Paz y no llega a los 50 kilómetros.

ORIGEN GEOLÓGICO

Acerca del origen geológico de la península hay varias teorías. Una de ellas postula que su formación se debió a un desgarramiento del macizo continental en la Era Terciaria. En apoyo de esta teoría se aduce que en Sonora y Sinaloa se localizan rocas de las eras geológicas anteriores muy semejantes a las que existen en la península. Al producirse el desgarramiento quedó en medio una fosa profunda que dio lugar al Golfo de California.

OROGRAFÍA

En la península se levanta una cadena de montañas que constituye algo así como su espina dorsal. Dicha cadena da lugar a dos vertientes: la del Océano Pacífico tiene un suave declive y es relativamente ancha; la que ve al golfo es muy brusca y escarpada y se extiende casi hasta la costa. Una excepción se produce en el extremo sur peninsular. Allí la cordillera se dirige al poniente, dejando una planicie desde La Paz hasta San José del Cabo.

En el territorio del estado norteño la cadena de montañas comprende las sierras Juárez y San Pedro Mártir, en la que se encuentra el Pico de La Encantada, que alcanza algo más de 3 000 m. En estas sierras hay bosques de pinos y encinos que les confieren gran belleza. Más al sur se hallan las sierras de Santa Isabel, Calamajué, Calmallí y San Borja. Fuera ya de los límites del estado se despliegan las sierras de La Giganta, San Lázaro, de la Laguna y La Victoria, ésta en el extremo sur.

LITORALES E ISLAS

En los litorales de la Baja California norteña hay numerosas entrantes y salientes, entre ellas las que forman la Ensenada de Todos Santos, que da nombre a la ciudad de Ensenada; la de San Quintín, y la muy abierta y grande de Sebastián Vizcaíno, en recuerdo del célebre navegante de fines del siglo XVI y principios del XVII. Entre los del golfo sobresalen las bahías de San Luis Gonzaga, frente a la Isla del Ángel de la Guarda, y más al sur la de las Ánimas.

En ambos mares hay buen número de islas. Las principales en el norte son, en el Pacífico, el Archipiélago de las Coronado, frente a Tijuana; la de Guadalupe, que dista 380 km de la península, y las de Todos Santos y de Cedros, esta última con algunos bosques de pináceas. En el golfo se hallan las que dan lugar al delta en la desembocadura del Río Colorado: Gore, Montague y Pelícano. Más al sur se ubican la ya mencionada del Ángel de la Guarda, con una extensión de 855 km2, y la Isla de la Raza, con abundancia de guano.

HIDROGRAFÍA

En cuanto a corrientes fluviales, la península, que está rodeada por agua, tiene muy pocas en su interior. El Río Colorado, que nace en las Montañas Rocosas de Estados Unidos, corre a lo largo de 2 249 km, de los cuales tan sólo 160 tocan territorio mexicano. En tanto que una parte de estos kilómetros constituye la frontera de México con Arizona, la otra penetra ya en Baja California hasta descender a su delta. En la actualidad, en virtud del Tratado de Límites y Aguas entre México y su vecino, un cierto caudal del agua del río, al llegar a la presa Morelos, se aprovecha para irrigar el Valle de Mexicali y abastecer a las poblaciones fronterizas.

Algo paralelo ocurre con el Río Tijuana, que nace en México, entra en territorio de Estados Unidos y desemboca al sur de San Diego. Las aguas de este río se aprovechan gracias a la presa Abelardo L. Rodríguez. Hay otras corrientes menores, casi todas intermitentes, que bajan de las sierras y desembocan en el Océano Pacífico. De ellas tienen cierta importancia las que se conocen como ríos de Santo Tomás y de San Vicente. Hay que reconocer, sin embargo, que toda la península, aunque rodeada por agua, tiene gran escasez de ella.

PROVINCIAS BIÓTICAS

Los geógrafos distinguen varias provincias bióticas en la península; entre ellas la Californiense, en el norte, con clima templado, lluvias de invierno y vegetación de tipo boscoso en sus montañas. Otras provincias bióticas son la Guadalupense, que corresponde a la Isla de Guadalupe, y la Sudcaliforniense, que abarca 66% de la península y se caracteriza por su clima cálido y su aridez, y cuya vegetación es principalmente xerófila. Finalmente, ya en el estado sureño, se extiende la provincia de La Giganta-Sanluquense, también de clima cálido, poblada de cactáceas y, en las sierras, de pináceas y encinos. Existe otra provincia biótica, que Baja California comparte con Arizona y Sonora: la nombrada Sonorense. Muy árida, esta provincia abarca el Valle de Mexicali, la zona de San Felipe y las vertientes orientales de las sierras Juárez y de San Pedro Mártir. Su clima es muy cálido en buena parte del año y su flora es escasa y del género de las cactáceas.

RECURSOS NATURALES

A pesar de su predominante aridez, la península es rica en recursos naturales. Éstos incluyen en primer lugar los de la pesca. Ya el historiador Francisco Xavier Clavijero decía acerca del Golfo de California que era una gran mina marítima. Además de los grandes cetáceos, abundan peces como la cabrilla y la dorada, al igual que camarones, almejas, ostiones y otros moluscos.

También, como otro derivado del mar, son importantes las salinas. Sobresale la de Guerrero Negro, en los límites con el estado sureño y cerca del Pacífico. En la región norteña de Cerro Prieto, no muy lejos de Mexicali, hay una zona geotérmica cuya energía es aprovechada.

La flora de la península incluye especies benéficas. Entre ellas están las de agostadero —chaparral, ramonal y pastos—, que se aprovechan para la cría de ganado. Los bosques, principalmente de pináceas y encinos, aunque no muy extensos, ofrecen el recurso de sus maderas. En épocas recientes se ha desarrollado la agricultura gracias a la irrigación. Ello ocurre principalmente en los valles de Mexicali y San Quintín, y en algunos otros. A su vez, la fauna es más variada de lo que pudiera suponerse. Hay considerable número de mamíferos, tales como venados, gatos monteses, roedores, berrendos y borregos cimarrones. Entre los reptiles sobresale la víbora de cascabel. Hay asimismo diversas especies de aves.

Existen en la península paisajes muy variados, algunos espectaculares y muy bellos. Éstos van desde los desérticos, en los que cuando llueve florecen los cactos en profusión de colores, hasta los de los bosques de altura. Tanto los litorales del Pacífico como los del golfo ofrecen vistas de gran belleza. Otro tanto ocurre con la vegetación del interior. En las inmediaciones de Cataviñá hay bosques de cirios (Idria columnaris), árboles adaptados a la sequedad de la tierra, con troncos altos y ramas y hojas muy pequeñas para conservar la humedad. Abundan asimismo los cardones, que asemejan ejércitos. Incluso el Desierto Central o de Vizcaíno, declarado parte del Patrimonio Natural de la Humanidad por la UNESCO, planicie de enorme extensión, es un ámbito donde reinan un silencio y una paz que cautivan. Ciertamente, la Baja California, cuya naturaleza es muy vulnerable, continúa siendo una “geografía de la esperanza”. A los bajacalifornianos y a los mexicanos todos corresponde cuidar de su preservación para disfrute de quienes hoy vivimos y de los que serán nuestros descendientes.

II. PREHISPÁNICO

LOS PUEBLOS INDÍGENAS

LOS PRIMEROS HABITANTES de la península entraron en ella, en grupos distintos, a partir por lo menos de 10000 a.C. Los principales vestigios de ello lo constituyen algunos concheros situados en las inmediaciones del litoral septentrional del Océano Pacífico. En esos depósitos prehistóricos de conchas, con restos orgánicos acumulados en montículos por quienes se alimentaban con productos del mar, es posible distinguir, al modo de otras investigaciones arqueológicas, diversos estratos sobrepuestos. Entre los sitios explorados, y de los que proceden vestigios sometidos a la prueba del carbono 14 radiactivo, pueden mencionarse los siguientes: el Conchero de Punta Minitas, en 31° 18’50”, con materiales de una antigüedad de 7 020 ± 260, y los de Bahía de los Ángeles (6 100 ± 200), Punta Cabras (6 400 ± 200) y Bahía de San Quintín (6 165 ± 250).

Existen, de igual forma, otros hallazgos de particular interés para conocer, hasta donde es posible, los orígenes de los más antiguos pobladores y asimismo los niveles de cultura que tenían al penetrar en la península. Esos antiguos pobladores —o por lo menos la mayor parte de ellos— se muestran emparentados culturalmente con grupos prehistóricos del sur de la Alta California y del suroeste de Arizona.

En el contexto de la arqueología de Norteamérica, se describe como Cultura del Desierto aquella que se desarrolló en buena parte de lo que es actualmente el suroeste de Estados Unidos. Dicha cultura se caracterizó por las formas de subsistencia y producción de utensilios, propias de quienes habitaban en diversos sitios por lo menos desde cerca de 15000 a.C. Además de hacer referencia a las prácticas de recolección y caza, de las que se derivaba el sustento, existen clasificaciones arqueológicas bastante precisas de los utensilios líticos encontrados. Se habla de esta manera de varios “complejos prehistóricos”, es decir, de conjuntos de elementos que se presentan en ámbitos determinados y que pueden tenerse como indicadores de un cierto tipo de desarrollo cultural.

Diversos conjuntos de objetos encontrados en la mitad norte de la península guardan relación con otros de los llamados complejos San Dieguito, en el sur de la Alta California; de La Jolla, al norte de San Diego; de la Cuenca del Pinto, y de la Cueva Gypsum, en Arizona. Desde cerca de la actual línea fronteriza hasta la altura de la antigua misión de Rosario, han aparecido elementos líticos que se corresponden con los de la fase III del Complejo San Dieguito, que se sitúa hacia 7000 y 6000 a.C. Cabe mencionar, por ejemplo, los raspadores plano-convexos y las navajas, hachuelas y proyectiles del tipo San Dieguito III hallados en el lecho meridional de la desecada Laguna Chapala. De gran interés es una punta del tipo Clovis (semejante a las del llamado Complejo Clovis, en Nuevo México, situado cronológicamente entre 13000 y 9000 a.C.) localizada en las inmediaciones de San Joaquín, Baja California.

Algunos vestigios que muestran una penetración de grupos portadores de elementos que corresponden a algunas características del Complejo La Jolla provienen de sitios tanto de las costas del Pacífico como de las del Golfo de California; por ejemplo, de la Bahía de los Ángeles. En varios casos su fechamiento ha revelado una antigüedad cercana a 4000 a.C. La cultura del tipo de La Jolla parece haber tenido una orientación marítima. En cambio, las influencias que provienen del suroeste de Arizona tipifican otras variantes de la Cultura del Desierto. Tal es el caso del instrumental lítico que se asemeja al del Complejo de la Cuenca del Pinto. Su presencia, situada hacia 5000 a.C., se ha detectado al sur de la Laguna Chapala, sobre todo en el Desierto Central, los llanos de la Magdalena, la Bahía de la Paz y el Cabo San Lucas. También en el centro y sur peninsulares se han descubierto numerosas puntas de proyectil del tipo del Complejo de la Cueva Gypsum (Arizona), probablemente de fechas posteriores a las antes citadas.

Lo anterior demuestra que hubo una serie de oleadas de penetración de grupos portadores de elementos propios de los pobladores prehistóricos del sur de la Alta California y del suroeste de Arizona. Ello ocurrió probablemente por lo menos desde 8000 a.C. La evidencia de estos hechos, que indican un origen norteño de los habitantes indígenas de la península, no excluye, por otra parte, la posibilidad de otro poblamiento parcial, propuesto por Paul Rivet. Con base, sobre todo, en el estudio de restos óseos —de hombres con cráneos hiperdolicocefálicos y de tallas reducidas—, este investigador postuló un origen melanésico de varios grupos que subsistieron en regiones de arrinconamiento del Continente Americano, desde Baja California hacia el sur. Tal tipo étnico, descrito como de Lagoa Santa (por los hallazgos hechos en ese lugar del Brasil), y también como “paleoamericano”, constituiría un sustrato muy antiguo y común a ciertas áreas de Oceanía y del Nuevo Mundo. El mismo Rivet reúne otros indicios —lingüísticos, culturales y aun de tipo sanguíneo— que, a su juicio, militan a favor de su hipótesis.

De corresponder esa hipótesis a la realidad, cabría distinguir un doble origen fundamentalmente diferente en los grupos que penetraron en la península: los tal vez más antiguos hiperdolicocefálicos, que poblaron el sur, y los de procedencia norteña, portadores de elementos culturales semejantes a los de algunos núcleos de la Alta California y Arizona.

Dada la configuración geográfica de la península, una especie del cul de sac (o “callejón sin salida”), Paul Kirchhoff sostuvo que los diversos grupos que penetraron en ella, en oleadas sucesivas, se fueron asentando al modo de las que describe como “fajas escalonadas de sur a norte”. Así, los más antiguos serían los que quedaron establecidos en el extremo meridional, presionados por otros que llegaron más tarde. De ser esto verdad, la antigüedad de las formas de cultura guardaría relación con distintos grados de latitud de la península: mientras más al sur, serían más antiguas.

Atendiendo a la penetración desde el norte de los grupos portadores de los varios complejos culturales mencionados, tenemos los siguientes hechos: a la vez que los elementos del Complejo San Dieguito III se han descubierto sólo al norte de la Laguna Chapala, los vestigios del Complejo La Jolla aparecen distribuidos también en la región septentrional, a lo largo de las costas del Pacífico y del Golfo de California, incluidos los sitios descubiertos en la Bahía de los Ángeles. En cambio, los hallazgos que ostentan afinidades con los complejos de la Cuenca del Pinto y de la Cueva Gypsum se presentan en un territorio sumamente extenso, que en ambos casos incluye sitios del centro y sur de la península. Esto parece denotar que la llegada de oleadas sucesivas de grupos diferentes no tuvo como consecuencia una estratificación “en fajas escalonadas” tan clara como la que supuso Kirchhoff. Al parecer, en la península hubo una gran movilidad hasta que, en épocas posteriores, comenzaron a desarrollarse las culturas prehistóricas locales.

LAS CULTURAS PREHISTÓRICAS LOCALES

Lo hasta ahora investigado permite hablar de tres formas principales de culturas con desarrollo local en Baja California. Una es la que se produjo en el área norte, arriba del paralelo 30. Allí, es probable que desde algunos milenios antes de la era cristiana vivieran grupos de filiación lingüística yumana. Dichos grupos tuvieron diversas formas de contacto con los del suroeste de Arizona y de la cuenca baja del Río Colorado. Algunos de estos últimos practicaban ya la agricultura desde el siglo VIII d.C. y producían cerámica. Varias exploraciones en Cerrito Blanco y en las inmediaciones de la antigua misión de Santa Catalina muestran la presencia de cerámica del tipo tizón café, que confirma los referidos contactos con otros yumanos.

Otro desarrollo cultural muy diferente, que abarca la zona del Desierto Central y la región de los comondú y que llega hasta la Sierra de la Giganta, es el que se describe como “Complejo Cultural Comondú”. Entre los vestigios materiales que caracterizan a este desarrollo humano destacan numerosos metates primitivos, encontrados a veces con “manos pequeñas” para moler las semillas. Otro elemento son las pequeñas puntas triangulares de obsidiana; de ordinario, estas puntas tienen sus orillas aserradas. De igual forma, son abundantes los ganchos de madera para la obtención de la fruta de la pitahaya. Estos ganchos tienen como complemento natural las redes de hilo con un tejido característico de nudo cuadrado. Se han hallado también numerosas pipas tubulares de piedra. Otros elementos que perduraron hasta el tiempo del contacto con los españoles son las capas o máscaras hechas de pelo, empleadas por los guamas o hechiceros en sus ceremonias. Han aparecido también restos de piezas de cestería, de sandalias y de tablas con diversos dibujos, usadas igualmente por los hechiceros.

LAS PINTURAS RUPESTRES

Existen numerosos sitios con pinturas rupestres. Hasta ahora se han localizado más de 300 de ellos en cuevas y abrigos, en sierras como las de San Francisco, Guadalupe, San Juan y, más al norte, San Borja, en los que se contemplan pinturas, muchas de grandes proporciones. Algunos investigadores, como Pedro Bosch Gimpera, consideran que, por lo menos algunas que él describe como de un tipo muy semejante a las que provienen del Paleolítico superior asiático, pueden tener varios miles de años de antigüedad. El mismo investigador señala la presencia de estilos diferentes en las pinturas, que corresponderían a épocas distintas en la evolución cultural de los grupos que las han dejado. Así, las pinturas en las que se representan en forma extraordinariamente naturalista diversos animales podrían tenerse como las de una etapa más antigua.

Otras, en las que aparecen animales y seres humanos con cierta estilización, integrando a veces escenas de caza y aun diversas formas de combate, provendrían de una etapa algo posterior. Finalmente, aquellas en las que predominan las estilizaciones podrían tenerse como las más tardías.

FORMAS DE SUSTENTO

Por muchos milenios, hasta la época del contacto con los españoles, la población aborigen desarrolló técnicas particularmente eficaces para vivir. Los que más tarde serían conocidos como “los playanos”, es decir, los habitantes cercanos a las costas, llegaron a fabricar balsas, redes y arpones con que atrapaban diversos peces, moluscos y tortugas. De esta forma de obtener el mantenimiento hablan cronistas como Miguel del Barco, quien, entre otras cosas, escribe en su Historia natural de la antigua California:

Es verdad que los playanos comen muchas almejas, ostiones y demás especies de testáceos, pero los comen en la misma playa, para lo cual hacen lumbre y en ella echan las conchas, las cuales, sintiendo el fuego se abren, y en la misma concha se asa o se fríe el pez que la fabricó. Cuando quieren transportar a la serranía esta comida, abren en la playa las conchas y extraen de ellas la comida y la secan. Después, en sartas bien largas que de ellas forman, la llevan donde quieren, porque de esta suerte no se corrompe y dura mucho tiempo.

En la planicie y en las laderas de las sierras subsistían los nativos de la recolección y de la caza. La primera incluía una gran variedad de frutos, descritos también con gran minuciosidad por los misioneros, que pudieron conocer todavía las antiguas formas de subsistencia, hasta entonces en nada o en muy poco alteradas. El ya citado Miguel del Barco proporciona información en extremo valiosa y que puede describirse como de carácter etnobotánico y etnozoológico. Además de los frutos de la pitahaya agria o dulce, menciona otros como los del garambullo, la biznaga, el palo verde, los salates, los nopales y varios más, descritos siempre con gran pormenor por el autor citado. En lo que toca a la fauna aprovechable para la alimentación, abarcaba desde los venados, liebres y conejos hasta un conjunto bastante grande de pequeños mamíferos, aves e insectos.

Si bien queda aún mucho por investigar —podría decirse que la mayor parte—, lo que hasta ahora conocemos acerca de las formas de subsistencia de los californios prehistóricos denota que, a pesar de lo adverso del medio ambiente y de su muy limitado desarrollo cultural, alcanzaron a adaptarse de manera extraordinaria, y se mantuvieron en equilibrio con la naturaleza en la que les tocó vivir. Entre sus creaciones sobresalen los petroglifos y las pinturas rupestres. Por encima de todo, unos y otras nos hablan de las preocupaciones de esos antiguos habitantes. Al menos cabe pensar esto cuando se contemplan petroglifos que representan pescados, aves, plantas, círculos que parecen ser imágenes del sol, o sus extraordinarias pinturas rupestres con escenas de cacería, enfrentamientos entre grupos distintos y figuras humanas en múltiples actitudes, algunas quizás en evocación de sus ritos y ceremonias en relación con los seres divinos cuya protección debía propiciarse.

Los cambios culturales debieron ser extremadamente lentos. En cierto modo, puede afirmarse que los niveles de desarrollo prehistórico que perduraron hasta los comienzos del periodo misional constituían casos extraordinarios de “fosilización cultural del género de un Paleolítico Superior”. De allí el interés que tiene el estudio y la valoración de los testimonios etnohistóricos acerca de los grupos indígenas de la California peninsular. En función de tales testimonios es posible describir aspectos como los de la organización familiar y social de esos grupos, su economía y formas de subsistencia, su indumentaria, sus creencias y prácticas mágicas y religiosas.

LOS IDIOMAS INDÍGENAS EN LA PENÍNSULA

Con excepción de algunos pequeños grupos que sobreviven en el extremo norte y cuyos idiomas pertenecen a lo que Mauricio Mixco, en su obra Cochimi and Proto Yuman, ha llamado “familia lingüística cochimí-yumana”, el resto de los hablantes de lenguas aborígenes en la península entró en proceso de extinción desde finales del siglo XVIII. En tal sentido, para conocer algo de sus lenguas hay que acudir a los testimonios escritos que sobre ellas dejaron algunos cronistas misioneros.

Entre los cronistas misioneros cuyos trabajos constituyen aportación básica para el estudio de estas lenguas sobresale Miguel del Barco, que en su ya referida Historia natural proporciona información acerca de la morfología del cochimí y noticias de considerable interés tocantes al guaycura y al pericú. Especial mención merecen las aportaciones de los padres Benno Ducrue y Juan Jacobo Baegert. El primero, en su Relación sobre la expulsión de los jesuitas de Baja California, describe algunos de los rasgos del cochimí; en tanto que el segundo, en sus Noticias de la península americana de California, incluye algunos elementos del guaycura. Debemos al también misionero jesuita Nicolás Tamaral una elucidación del significado de varios nombres de lugar en cochimí, incluida en la recopilación de informes y cartas Misión de la Baja California, publicada por Constantino Bayle. De igual manera, en Descripción y toponimia indígena de California de 1740, un informe publicado por quien esto escribe y atribuido al capitán Esteban Rodríguez Lorenzo, se proporcionan importantes referencias sobre el mismo asunto de los nombres de lugar.

Entre los autores contemporáneos que se han ocupado del tema de las lenguas indígenas de Baja California destacan William C. Massey, Wigberto Jiménez Moreno, Mauricio Swadesh y Mauricio Mixco. Por mi parte, también me ha interesado el tema y he publicado un trabajo sobre la lengua pericú y otro acerca de la toponimia indígena de la mitad sur de la península. Tomando aquí como punto de partida las aportaciones de Massey, cabe afirmar que, desde el antiguo puerto y presidio de Loreto hacia el norte, los distintos idiomas y dialectos —conocidos genéricamente como “lengua cochimí”— constituían variantes dentro de la que el mismo investigador designó como “familia yumana peninsular”. Cabe añadir que esa familia constituía una rama del tronco lingüístico yumano, del que, según manifesté, hay en la península y fuera de ella idiomas que siguen hablándose. Entre ellos se cuentan el pai pai, el tipai, el kiliwa y el cucapá. Puede también mencionarse aquí otra aportación más antigua de Albert S. Gatschet, realizada durante el último tercio del siglo XIX y que culminó con la publicación de algunos conjuntos de vocablos de lenguas del grupo yumano. De esta suerte, son el cochimí y los otros ya mencionados idiomas yumanos los que nos resultan más conocidos. Todos ellos, según lo expresé, integran la base lingüística indígena en lo que hoy es el estado de Baja California.

 

MAPA II.1. Lenguas indígenas

En la región sur de la península se hablaban lenguas de dos familias distintas: la pericú y la guaycura. En una y otra —al igual que en el caso del tronco cochimí-yumano en el norte— existían también variantes. Por lo que toca al guaycura, constituían variantes las lenguas habladas por los callejúes, coras, aripes, huchitíes y quizás otros. Respecto de la familia pericú, la única variante podría ser la forma en que hablaban dicho idioma los pericúes isleños.

Si en el caso de los idiomas ya extintos nuestro conocimiento se limita a los testimonios, principalmente de misioneros, en cambio contamos con información relativamente más amplia sobre las lenguas cochimíes-yumanas que perduran en el extremo norte de Baja California. Sobresalen varios textos en pai pai y kiliwa que recogió Mauricio Mixco. Al mismo Mixco se debe el estudio sobre el kiliwa de Arroyo León. A modo de ejemplo, mencionaré el texto pai pai que versa sobre “La creación del mundo”.

RASGOS CULTURALES DE LOS COCHIMÍES

Debemos al capitán Francisco de Ulloa un primer testimonio, Carta de Relación, de los indígenas cochimíes, con los que estableció contacto en sus exploraciones hasta el Ancón de San Andrés, en 1539. Después de haber llegado casi hasta la boca del Colorado y de regreso hacia el sur, al parecer poco más abajo de la Isla de San Lorenzo, se encontró con algunos cochimíes, de los que hace la siguiente descripción:

Se adelantó el más viejo y se vino para nosotros poniendo la mano ante los ojos como a quien le quita la vista el sol… Él y los demás eran gentes desnudas y sin ninguna vestidura, ni ropa ni cobertura; estaban trasquilados, las trasquiladas de dos o tres dedos en largo. Tenían un cercadillo de unas mantillas de yerbas, sin ninguna abertura en lo alto, en que estaban aposentados, diez o doce pasos de la mar; no les hallamos dentro ningún género de pan ni cosa que se le pareciese, ni ningún otro mantenimiento sino pescado, de que tenían algunos que habían muerto con unos cordeles que tenían bien torcidos y con unos anzuelos gordos de huesos de tortuga vueltos con fuego, y con otros más pequeños de unas espinas de yerbas. Tenían el agua que bebían en unos buches; creímos que debían de ser de lobos marinos. Tenían una balsilla pequeña de que se debían servir para sus pesquerías, la cual hecha de caña y hecha de tres haces de atados y bien cada uno por sí, y después todos tres juntos el de en medio mayor que el de los lados; remábanla con un palillo delgado, de poco más que de media braza, y dos palillas mal hechas, a cada cabo la suya. Pareciónos que era gente sin ningún asiento, y de poca razón.

Esta descripción de indígenas que habitaron en el actual estado de Baja California, de fecha tan temprana, puede compararse con otro relato, también de gran interés, en el que otro capitán explorador habla de lo que otro grupo de españoles pudo contemplar tan sólo un año más tarde, en 1540, en sitio bastante alejado y que coincide con lo que hoy se conoce como el Valle de Mexicali. El testimonio lo debemos a Pedro Castañeda de Nájera, que había marchado en la expedición de Francisco Vázquez de Coronado, realizada por orden del virrey Mendoza. Castañeda de Nájera entró con el capitán Melchor Díaz por tierras de lo que hoy es el noroeste de Sonora en octubre de 1540, cruzó el Río Colorado y estableció contacto con indígenas, casi seguramente cucapás.

De hecho, su testimonio es el más antiguo que se ha puesto por escrito sobre el área, hoy con grandes cultivos agrícolas, en medio de la cual se levanta Mexicali. Veamos lo que acerca de los yumanos notó Castañeda de Nájera y que publicó en su Relación de la jornada de Cíbola:

Eran gentes demasiadamente altos y membrudos, ansí como gigantes, aunque gente desnuda que hacían su habitación en chozas de paja, largas a manera de zahurdas, metidas debajo de tierra, que no salía sobre la tierra más de la paja. Entraban por la una parte de largo y salían por la otra. Dormían en una choza de más de cien personas, chicos y grandes. Llevaban de peso sobre las cabezas, cuando se cargaban, más de tres y de cuatro quintales. Vióse querer los nuestros traer un madero para el fuego y no lo poder traer seis hombres, y llegar uno de aquellos y levantarlo en los brazos y ponérselo él solo en la cabeza y llevarlo muy livianamente. Comen pan de maíz, cocido en el rescoldo de la ceniza, tan grandes como hogazas de Castilla grandes.

Sabemos, de hecho, que grupos yumanos en las inmediaciones del Colorado practicaban, por lo menos desde el siglo VII d.C., varias formas de agricultura. Este testimonio puede complementarse con lo asentado por otros cronistas y exploradores que dicen que tales grupos tenían diversos cultivos y producían cerámica. Tal cosa constituía notable excepción en todo el ámbito de la península californiana, ya que ni los cochimíes ni los guaycuras y pericúes habían alcanzado tal nivel de desarrollo.

Respecto de los yumanos propiamente dichos no volvió a tenerse noticia sino hasta épocas bastante posteriores. Por una parte están algunas referencias proporcionadas por el gran explorador jesuita Eusebio Francisco Kino y mucho después por el franciscano Francisco Garcés. En cambio, de los cochimíes se posee información más continuada, ya que algunos de los navegantes y exploradores a lo largo del siglo XVII y luego los jesuitas en buena parte del XVIII mantuvieron con ellos más estrechas formas de contacto. Poco tiempo después del desembarco de los jesuitas en Loreto, en 1697, el padre Francisco María Píccolo describe en varias cartas e informes rasgos de la cultura de los cochimíes. Otro tanto hicieron distintos misioneros, y de modo muy especial Miguel del Barco, quien vivió entre los cochimíes por cerca de 30 años. Francisco María Píccolo escribe en su Carta al hermano Jaime Bravo, de 1716:

Reparé, de nuevo, en los llanos unos caminos limpios, anchos y largos; y, el remate, una choza o casa redonda, bien formada. Y, como vi varios por donde pasábamos, pregunté después qué era aquello, y qué ceremonias hacían en aquellos caminos y casas. Y me respondieron que en ellos se hacían las fiestas de las pieles de venados. Consiste esta fiesta (que llaman en su lengua Cabet), en juntarse varias rancherías, en un tiempo determinado, cada año, en que trae[n] todas las pieles de los venados que han muerto en aquel año. Las tienden como alfombras en estos caminos anchos y largos; y, tendidas, van entrando los principales caciques en la casa; y, sentados, van chupando. Y a la puerta está parado el hechicero, predicando las alabanzas de los matadores de venados. Entre tanto, los indios van dando carreras como locos sobre las pieles. Alrededor de esta calle, están mujeres bailando y cantando. Cansado ya de hablar el predicante, paran las carreras y salen los caciques a repartir las dichas pieles a las mujeres para vestuario de aquel año. Aquí las mujeres no usan naguas de carrizo, como en nuestras misiones y pueblos, sino hilo de mescal, y llevan todas sus mantelillas de pieles de liebres y conejos.

Proporciona Miguel del Barco en su Historia natural gran cúmulo de información sobre los hábitos alimenticios, armas, condición natural, fiestas, religión y lengua de los cochimíes. Respecto de los lugares donde habitaban los distintos grupos, nos dice:

Moraban juntos los de cada ranchería en los parajes donde los forzaban a vivir la precisa necesidad y los pocos aguajes que hay en la tierra; pero fácilmente mudaban de rancho, según la precisión de ir a buscar su sustento en otros lugares. Dondequiera que paraban se acogían a la sombra de los árboles… En el rigor del invierno vivían algunos en cuevas subterráneas que formaban o que les ofrecían en sus grutas los montes… Sus casas se reducen a un cercadillo de piedras superpuestas, en algunas partes de media vara de alto, y una en cuadro, sin más techo que el cielo. Casas verdaderamente tan estrechas y pobres que en su comparación pueden llamarse palacios las sepulturas. Dentro de estas casas no caben tendidos y les es forzoso dormir sentados dentro de aquel recinto. Mas esto deberá entenderse de alguna u otra ranchería, o acaso de alguna u otra persona… Pues por lo común eran estos cercadillos de más de dos varas de diámetro, de suerte que por menos cabían dentro marido, mujer y los hijos pequeños. Eran redondos y de tres palmos o más de altos.

Los integrantes de cada ranchería (es decir, el conjunto de familias emparentadas entre sí, dentro de un esquema de linaje patrilineal) solían tener una zona más o menos circunscrita, por la que andaban vagueando, practicando la recolección y la caza. Entrando ya en algún detalle, describe así este cronista cuáles eran los principales utensilios de los cochimíes:

Se reducen a una batea grande que, en su hechura y tamaño, es como un platón grande, una taza u hortera, como copa de sombrero, aunque algunas son puntiagudas; un hueso que les sirve de alesna…; un palillo pequeño para hacer lumbre; una red de pita grande en que las mujeres cargan todo cuanto tienen que cargar, exceptuando la leña; otra, en forma de bolsa que usan los hombres para recoger en ella las pitahayas en su tiempo, o raíces u otra cosa que ofrece la estación o la casualidad; dos tablitas de menos de un palmo de largo y medio de ancho, formadas de cierta pequeña palma, entre las cuales guardan las plumas de gavilán para que no se ajen y les sirvan para las flechas; algunos pedernales para ellas y finalmente el arco y las flechas, a lo que algunos, más delicados y prevenidos, agregan una concha para beber. Los que viven en las playas tienen, además de esto, algunas redes grandes para pescar.

Tratando de las formas como practicaban la recolección y la caza, formas principales de obtener su sustento, proporciona Barco otras noticias de considerable interés:

El tiempo de las cosechas de las pitahayas era como el tiempo de su vendimia. En él estaban más alegres y regocijados que en todo lo restante del año… Así estos naturales salen de sí, entregándose del todo a sus fiestas, bailes, convites de rancherías distantes y sus géneros de comedias y bufonadas que hacen, en que suelen pasarse las noches enteras con risadas y fiestas, siendo los comediantes los que mejor saben remedar, lo cual hacen con grande propiedad.

La práctica de las dos cosechas, descrita con grandes pormenores por Barco, consistía, en primer lugar, en la recolección y consumo de la fruta en forma normal. Sólo que, para hacer posible la que el cronista llama “segunda cosecha”, “cada familia prevenía un sitio cerca de su habitación en que iban a deponer la pitahaya después de digerida, según orden natural; y para mayor limpieza ponían en aquel sitio piedras llanas o hierbas largas y secas o cosa semejante en que hacer la deposición sin que se mezclase con tierra o arena”. A su debido tiempo, seco ya el excremento y en él las semillas de la pitahaya que formaban parte de la deposición, las mujeres las recogían; luego las desmenuzaban hasta reducirlas a polvo, y más tarde, puestas en una batea, las tostaban como otras semillas que consumían también. El polvo así tostado era atractivo manjar, obteniendo “lo que en la California suelen llamar la segunda cosecha de las pitahayas”.

El autor también proporciona información de los cochimíes del rumbo de San Borja. De ellos narra que en sus cacerías de venados, para facilitarlas, usan algunos ponerse sobre su cabeza otra de una venada antes muerta, que guardan para este fin. El hombre esconde su cuerpo entre pequeños matorrales, de suerte que sólo descubra la postiza cabeza de venada, moviéndola de modo que desde lejos parezca viva. Viéndola, los venados acuden, y estando a tiro seguro les disparan la flecha. Este interesante dato etnográfico evoca de inmediato el paralelo bien conocido de la cacería de los venados entre yaquis y mayos de Sonora y Sinaloa.

Habla también Barco de las maneras como los playanos, es decir, los habitantes de las costas, practicaban la pesca:

Tienen la facilidad de pescar en uno y otro mar, que abundan de diversas especies de peces muy buenos, y como por esta parte la tierra es muy angosta, aun los que viven en medio pueden ir a la playa en medio día. Los playanos y los cercanos a ellos claro está que tienen mayor comodidad para la pesca. Los indios […] pescan con redes o ya con atajar alguna parte del estero con palos y ramas cuando ha subido la marea, para que, al bajar ésta, se halle el pescado en poca agua. Y queda en tanta abundancia, que fácilmente cogen mucho.