Toltecáyotl - Miguel León-Portilla - E-Book

Toltecáyotl E-Book

Miguel León-Portilla

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Beschreibung

Con el título Toltecáyotl, Miguel León-Portilla nos remite a un concepto utilizado por los nahuas para entender el legado cultural proveniente de los toltecas tocando varios temas como: la historiografía prehispánica, el pensamiento mítico, las ideas de número, tiempo y espacio, sus ideales en la educación, literatura y organización social.

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Veröffentlichungsjahr: 2016

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SECCIÓN DE OBRAS DE ANTROPOLOGÍA

TOLTECÁYOTLAspectos de la cultura náhuatl

MIGUEL LEÓN-PORTILLA

TOLTECÁYOTL

Aspectos de la cultura náhuatl

Primera edición, 1980     Décima reimpresión, 2014 Primera edición electrónica, 2016

Diseño de portada: Teresa Guzmán Romero

D. R. © 2016, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-3410-8 (ePub)

Hecho en México - Made in Mexico

 

A Marisa mi hija

Primera Parte

SIGNIFICACIÓN DEL MÉXICOANTIGUO

INTRODUCCIÓN

Toltecáyotl, traducido a la letra, significa toltequidad: esencia y conjunto de creaciones de los toltecas. Pero cabe desentrañar mejor la riqueza de sus connotaciones. De sentido abstracto y también colectivo es este vocablo derivado de toltéca-tl. Los antiguos mexicanos lo empleaban para abarcar lo que consideraban herencia suya, semilla de inspiración y condicionante de ulteriores logros. La toltecáyotl, el legado de Quetzalcóatl y los toltecas, abarcaba la tinta negra y roja —la sabiduría—, escritura y calendario, libros de pintura, conocimiento de los caminos que siguen los astros, las artes, entre ellas la música de las flautas, bondad y rectitud en el trato de los seres humanos, el arte del buen comer, la antigua palabra, el culto de los dioses, dialogar con ellos y con uno mismo…

Lo más elevado de las que se nombran “instituciones” de un pueblo, las creaciones que dan apoyo a la estructuración de una cultura, todo eso y probablemente también otras realidades, se incluían en el significado de toltecáyotl. En este libro, desde varios ángulos, vamos a acercarnos a la toltecáyotl. Ello ocurrirá porque nuestros temas son la historiografía prehispánica, el pensamiento mítico, las ideas de número, tiempo y espacio entre los nahuas, sus ideales en la educación, literatura, organización social, comercio, minería y metalurgia… Al poner por delante la palabra toltecáyotl, mi propósito ha sido enunciar —con un concepto prehispánico— la temática que aquí interesa: hurgar en aspectos sobresalientes de la cultura náhuatl, y de sus relaciones con otras de Mesoamérica.

Ahora bien, adentrarse en el ser de una cultura supone siempre difícil pero remunerador esfuerzo. Como conjunto de creaciones del hombre, las realidades todas de una cultura convergen y se traducen en formas específicas de existir y a la par originan un universo de símbolos y significaciones. Así, para conocer lo humano, lo ajeno y lo propio, con todos sus logros, fracasos, angustias y esperanzas, nada hay más atrayente que el ancho campo de la historia y la antropología culturales.

Sólo que, aun tratándose de culturas de algún modo cercanas al que investiga, querer escudriñarlas implica tanteos y tropiezos, en suma, oficio de rastreador. Recordemos el origen de la voz investigar: ir en pos de los vestigios, huellas o rastros.

Hurgar en los vestigios, ricos y extraordinarios, de la cultura que floreció en el México anterior al contacto con los españoles, ha sido para muchos, entre los que quiero incluirme, ocupación absorbente. Ha habido intentos, y es gran cosa que los haya, de alcanzar una visión panorámica de la historia de los pueblos que forjaron la alta cultura en Anáhuac, el conjunto de tierras entre el océano Pacífico y el Golfo en esta parte nuclear de América. Pero, en última instancia, el valor de esas visiones panorámicas dependerá siempre de la aportación menos esplendente de los que profesan el oficio de rastreador.

En nuestro contexto han seguido huellas o rastros, vestigios —han así investigado— quienes han desenterrado tal o cual trozo de cerámica, una escultura, un monumento, restos, en fin, de algo significativo, desde un tepalcate o tiesto hasta las ruinas de una ciudad. Otro tanto han acometido los que han hurgado en los viejos libros de pinturas y jeroglíficos o en los otros documentos portadores de la palabra indígena.

Lo obtenido en tales rastreos e indagaciones revela vestigios, aspectos, significaciones del ser cultural del antiguo México. La aportación no podrá presentarse, en consecuencia, como exposición o tratado exhaustivos ni del asunto en cuestión ni menos de la realidad integral de lo que fue la cultura nativa en tal o cual sitio y momento. Es así frecuente que aquello que se ofrece como resultado de las propias pesquisas quede abierto a nuevos enriquecimientos, corregible, perfeccionable, al modo de un ensayo. Sale a luz el fruto de un esfuerzo. No piensa el autor haber alcanzado una total comprensión de su asunto, sabe que es un intento por conocer: hace entrega de un ensayo.

En términos de la definición a medias que de esa voz incluye el Diccionario de la Academia, los vestigios descubiertos se comunican por medio de un “escrito, generalmente breve, sin el aparato ni la extensión que requiere un tratado completo sobre la misma materia”. Añadiré tan sólo, respecto de los ensayos que aquí interesan que, si por “aparato” se entiende “pompa u ostentación”, la definición es buena; no así si el sentido de la expresión implicara carencia de pruebas o “aparato crítico”.

En este género de ensayos carentes de pompa u ostentación, que no pretenden ser tratado completo del asunto sobre el que versan, quiero situar al conjunto de las indagaciones que aquí publico. He rastreado vestigios del pasado prehispánico, por medio sobre todo del estudio de los antiguos textos en náhuatl, pero con el ojo abierto a los hallazgos de la arqueología en su amplitud mesoamericana. Las cuestiones en que me fijo, aunque se antojan múltiples, reflejan una misma preocupación: hurgar en el ser cultural del México antiguo.

En 1958, dentro de la serie de pequeños volúmenes que por esos años editaba la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional, reuní un conjunto de Siete ensayos sobre cultura náhuatl.1 A 21 años de distancia, cabría hacer examen de conciencia para sopesar el sentido y el valor de esos ensayos. No me corresponde calificarlos pero sí puedo decir que, en términos de la resonancia que han tenido, me alegra haberlos reunido y publicado. Animado por esa experiencia, reúno ahora aquí otros varios trabajos de rastreador. En su origen se concibieron todos como ensayos, en mayor o menor grado independientes uno de otro. Tras revisarlos, me atrevo a decir que son resultado de pesquisas sobre aspectos sobresalientes de la cultura náhuatl. Como tales, es decir por su asunto, son intentos de aproximación a la toltecáyotl, sobre todo a la que heredaron y enriquecieron los mexicas.

Para destacar la relación que creo guardan entre sí estos ensayos, los he distribuido en cuatro partes de cinco capítulos cada una, con excepción de la última que incluye seis:

1) Búsqueda de la significación de la cultura antigua de México y de las fuentes para su estudio.

2) Análisis de varias creaciones prehispánicas de índole espiritual.

3) Otro tanto de algunas referentes a “la infraestructura”.

4) Acercamiento a determinados textos con breves reflexiones.

Tales son los rubros en función de los cuales he estructurado estos ensayos. Aunque suene superfluo, insistiré en que fueron elaborados en momentos y circunstancias muy variadas. Tres corresponden a otros tantos trabajos de ingreso, en las academias de la Lengua y de la Historia y en El Colegio Nacional. Tal es el caso de los que constituyen los capítulos II, III y VIII del presente conjunto. Otros se asomaron al público en reuniones de investigadores nacionales y extranjeros (capítulos I, IV, V, VII, XV). Cuatro —revisados y ampliados aquí— formaron parte de los ya mencionados Siete ensayos sobre cultura náhuatl (capítulos V, IX, X y XIII). El resto apareció publicado en una de las siguientes revistas: Estudios de Cultura Náhuatl, Historia 16 (Madrid), Revista de la Universidad Nacional, así como uno, originalmente en inglés, en el libro Sixteenth Century Mexico, The Work of Sahagún, Albuquerque, University of New Mexico Press, 1974. Finalmente, el capítulo XI lo he escrito para el presente libro.

Al revisar estos trabajos, sin hacerles perder su carácter de ensayos, he querido darles esta secuencia que les confiere cierta unidad. Veamos ahora lo que pertenece a cada una de las mencionadas cuatro partes. En la primera comienzo por fijarme en lo que es la toltecáyotl, en cuanto conciencia de una herencia cultural que se enriquece; comparo luego lo que me parece define su propio perfil, con otros desarrollos, muy diferentes, de civilizaciones del Viejo Mundo. Eso lleva justamente al planteamiento de una pregunta en la que, de modo implícito, se enuncia que en Mesoamérica hay una experiencia humana diferente en plan de alta cultura y, por ello, digna de atención: “El México antiguo, ¿capítulo de la historia universal?” Señalamiento de ayudas para hurgar en este ámbito de cultura son los tres ensayos siguientes: la realidad de una historiografía prehispánica en náhuatl; una categorización de la misma y de la que a ella siguió en el siglo XVI sobre el pasado indígena, para terminar esta primera parte insistiendo no ya sólo en lo que fue la investigación que llevó a cabo fray Bernardino de Sahagún sino también en varios puntos de requerido estudio si hemos de aprovechar el caudal de testimonios que él allegó.

Integran la segunda parte otros cinco ensayos sobre temas que tengo como de enorme interés. Se trata quizá únicamente de un señalamiento de pistas, como se ofrecen al halcón las aves de presa: introducción al pensamiento mítico mesoamericano; el maíz y la fauna nativa en los mitos; número, tiempo y espacio en el pensamiento náhuatl; los ideales de la educación, y un juego ritual de los nahuas.

Temas ligados a la “infraestructura”, vista en función del todo social y cultural, son los de la tercera parte: sociedad y economía; Tlacaélel y el proceso electoral de los mexicas; el papel de la mujer; el comercio y, asimismo, minería y metalurgia prehispánicas.

A la cuarta y última pertenecen seis intentos de “beneficiar”, como dicen los mineros, los filones de la literatura náhuatl: la curiosa historia del tohuenyo; Chapultepec en las antiguas composiciones; la ahuiani, alegradora, de los tiempos prehispánicos; Cuauhtémoc en la poesía náhuatl, Citlalinicue, Faldellín de estrellas, y “el rostro de las cosas”, donde hice pretexto de los textos para reflexionar con inspiración derivada de esta antigua herencia cultural.

De este modo he concatenado estos rastreos acerca de distintos aspectos de la cultura náhuatl. A la luz del expresivo concepto de la toltecáyotl y, sin despojarlos de su carácter de ensayos, reunidos, los entrego al lector comprensivo.

Parecerá a alguien que falta aquí un estudio sobre el arte indígena. Diré que veo a la toltecáyotl como el conjunto de creaciones culturales que los pueblos nahuas enriquecieron a partir de la herencia tolteca. En esas creaciones el tema del arte está presente en los mitos, literatura, organización religiosa, educación, trabajo, metalurgia, etc. A quien busque un tratamiento específico del concepto de arte prehispánico remito al capítulo V de La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes.

A José Luis Martínez, director del FCE, agradezco haber propiciado la edición de estos trabajos. A Guadalupe Borgonio y a Felipe Garrido debo también aquí varias formas de auxilio que me complazco en reconocer.

MIGUEL LEÓN-PORTILLA

Universidad NacionalEnero de 1980

Vel itech peuhtica, vel itech quiztica in Quetzalcoatl in ixquich in Toltecayotl, in nemachtilli…

Yoan in tlamacazque Tollan tlamaniliztli inic otlamanitiaia, inic otlamanca in nican Mexico.

 

En verdad con él se inició, en verdad de él proviene, de Quetzalcóatl, toda la Toltecáyotl, el saber…

Y los sacerdotes así guardaban en Tula sus preceptos, como se han guardado aquí en México…

(Códice Matritense de la Academia, fol. 144r.)

I. TOLTECÁYOTL, CONCIENCIA DE UNA HERENCIA DE CULTURA

HURGARÉ, a través de los textos y otros testimonios nahuas prehispánicos, en la conciencia que tuvo el hombre mesoamericano de ser portador de un gran legado. Y añadiré que, lejos de querer elaborar una erudita y estática recordación, al acudir a las fuentes en náhuatl, busco también atisbos e ideas con significación para nosotros y a la vez capaces de enriquecer los planteamientos sobre nuestro propio patrimonio cultural.

Comencemos por un análisis de algunos conceptos —fundamentales en el pensamiento náhuatl— con los que el hombre indígena significó tener plena conciencia de ser dueño de un legado cultural. Tales conceptos, como testimonio de la expresión nativa, los encontramos en diversos textos que precisamente versan sobre la recordación y salvaguarda de su propio ser histórico.

LO QUE NOS COMPETE PRESERVAR

El primero de los conceptos que aquí interesan nos lo ofrece el vocablo tlapializtli, que significa “acción de preservar o guardar algo”. Un texto del cronista nativo Tezozómoc nos ayudará a comprender mejor el sentido de este término. Hablando el autor indígena en su Crónica mexicáyotl o de la “mexicanidad”, sobre la historia de México-Tenochtitlan y de cuanto, como herencia, estuvo ligado a ella, nos dice:

En verdad estas palabras son topializ (tli), “lo que nos compete preservar”; así nosotros también, para nuestros hijos, nietos, los que tienen nuestra sangre y color, los que saldrán de nosotros, para ellos lo dejamos, para que ellos, cuando ya nosotros hayamos muerto, también lo guarden…1

El vocablo tlapializtli, “la acción de preservar algo”, al recibir el prefijo to—, que significa “lo nuestro”, adquiere aquí la connotación más precisa de “lo que corresponde a nosotros guardar o conservar”. En el texto citado topializ es apuntamiento a lo que se tenía en posesión y que debía ser preservado: los códices y las tradiciones de los ancianos, en relación con los orígenes de la nación mexicana.

Y creemos pertinente subrayar el enfoque dinámico de tal concepto. Para el hombre náhuatl, topializ, la idea de estar en posesión de un legado, implicaba la necesidad y obligación de preservarlo en favor sobre todo de los propios descendientes.

Veamos ahora, puesto que específicamente nos proponemos inquirir sobre la conciencia indígena de un legado cultural, si encontramos o no en los textos la expresión de alguna idea afín a la nuestra de cultura. Con este propósito acudimos a la rica documentación en náhuatl de los Códices Matritenses, que conservan los materiales aportados por los informantes indígenas de fray Bernardino de Sahagún.

LA ACCIÓN QUE LLEVA A EXISTIR DE UN MODO DETERMINADO

Hay en esos códices una sección en la cual los sabios nahuas refieren lo que sabían sobre los distintos grupos o naciones, vecinas suyas, dueñas de formas de vida e idiomas diferentes. Precisamente en esa sección, al concluir los informantes que ésas eran las noticias que podían proporcionar sobre el modo de ser y las creaciones de tal o cual grupo, emplean a veces la siguiente expresión:

Zan uel ixquich in nican unmitoa in in-yuhcatiliz…

 

Esto es lo que aquí se dice sobre “su acción de ser así”, su forma de vida…2

El vocablo que nos interesa, expresado en nominativo o enunciación absoluta, es yuhcatiliztli, que literalmente significa “la acción que lleva a existir de un modo determinado”.

Atendiendo a los textos que nos ofrece este concepto cabe precisar mejor lo que con él se quiso expresar. “El existir de un modo determinado” comprende primeramente las formas de organización social, económica, religiosa y política en el caso de cada uno de los grupos cuya fisonomía cultural describen los informantes de Sahagún. Asimismo se refiere bien sea a su posible condición de nómadas o de grupos ya establecidos en pueblos y aun ciudades. Incluye además los tipos de habitación, los modos de producción y mantenimiento; las artesanías, industrias y manifestaciones artísticas, indumentaria, adornos y atavíos; las prácticas y formas de obrar, desde las técnicas agrícolas, hasta los rituales religiosos, tradiciones y creencias. En una palabra, con apoyo en los textos, puede afirmarse que el vocablo yuhcatiliztli, “el existir de un modo determinado”, significó para los antiguos pueblos nahuas algo bastante parecido al concepto de cultura, con sus manifestaciones de muy variada índole, tanto materiales como espirituales.

Conjuntamente debemos destacar que la idea de yuhcatiliztli, lejos de connotar algo estático, es decir realidades culturales que se presentan como meramente establecidas y haciendo abstracción del cambio y del esfuerzo creador, supone un acento dinámico, en cuanto que es por encima de todo un actuar: “la acción que lleva a existir de un modo determinado”.

Correlacionando ahora este concepto con el descrito antes, a propósito de la idea de un legado, topializ, “lo que es nuestra posesión, lo que debemos preservar”, cabe sostener que, en uno y otro, encontramos un semejante énfasis de acción o dinamismo. Si “existir de un modo determinado”, con organización y creaciones que confieren identidad al rostro de un grupo, es resultado de la propia manera de actuar, el mantener lo que es “posesión nuestra”, topializ, exige asimismo acción perseverante, dirigida precisamente a acrecentar y salvaguardar el legado, a la vez raíz y riqueza.

La sociedad náhuatl prehispánica se sentía verdaderamente en posesión de una herencia (topializ), de plena significación cultural (yuhcatiliztli), fruto de la acción de los antepasados que debía proseguirse para fortalecer lo más valioso del propio ser.

LA TOLTECÁYOTL: TOLTEQUIDAD

A un último concepto vamos a referirnos. Se trata de una idea que complementa las anteriores. Un término abstracto nos la expresa: toltecáyotl, “toltequidad”, el conjunto de instituciones y creaciones de los toltecas. Mas para comprender mejor el sentido de toltecáyotl, debemos tomar en cuenta las voces de que, en última instancia, se deriva.

En múltiples relaciones indígenas encontramos el vocablo Tollan, que literalmente significa “en el lugar de espadañas o tules”. Dicho término, sin embargo, en el contexto en cuestión, adquiere un sentido metafórico. Designa sitios donde abundan agua y vegetación. Su semántica culminó al fin como expresión del ámbito más adecuado de asentamiento para la comunidad, hasta llegar a significar la idea de población grande y floreciente, ciudad y metrópoli.3 Se habla así de Tollan Teotihuacan, Tollan Chollolan, Tollan Xicocotitlan, Tollan Culhuacan…, las ciudades de Teotihuacan, de Cholula, de Xicocotitlan y de Culhuacan.

Partiendo de la voz Tollan se derivó la de toltécatl, el habitante de una Tula, el poblador de una ciudad o metrópoli. A su vez, el vocablo toltécatl hizo suyo el sentido de hombre refinado, sabio y artista. De él se formó a la postre el abstracto toltecáyotl: el conjunto de todo aquello que pertenece y es característico de quienes viven en una Tollan, una ciudad. Los relatos en náhuatl nos dicen que la toltecáyotl abarcaba los mejores logros del ser humano en sociedad: artes y urbanismo, escritura, calendario, centros de educación, saber acerca de la divinidad, conocimiento de las edades del mundo, orígenes y destino del hombre.

Precisamente porque la toltecáyotl implicaba todo esto como atributo de las personas fundadoras de ciudades, nos inclinamos a pensar que su connotación mucho se acerca a la que tiene, desde un punto de vista histórico y antropológico, el término de civilización. Este último se deriva de civitas, ciudad, en latín. Toltecáyotl viene en última instancia de Tollan que asimismo quiere decir metrópoli. Como vamos a verlo en seguida, acudiendo a las antiguas fuentes, la conciencia náhuatl de un legado cultural alcanzó su mejor manifestación en la idea de que lo más valioso de esa herencia fue precisamente la toltecáyotl, la toltequidad, el ser de pueblos no ya sólo dueños de rica cultura sino también de una civilización.

Tras haber analizado estos conceptos, básicos en nuestro acercamiento, vamos a presentar y comentar otros testimonios indígenas que nos ayudarán a percibir —en el contexto de la historia prehispánica— algo de lo que significó para el hombre náhuatl sentirse dueño de un patrimonio de cultura y civilización que él mismo debía preservar y enriquecer.

Acudiremos en primer término a la documentación proporcionada en náhuatl por los informantes de Sahagún y específicamente a la misma sección en que encontramos la idea de la yuhcatiliztli, “la acción que lleva a existir de un modo determinado”. Antes sin embargo recordaremos algo que conviene tener presente. Hemos visto que los informantes mexicas, al aducir el concepto de yuhcatiliztli, enmarcaron en él las características culturales de los grupos vecinos cuyas fisonomías describieron. Entre las personas que ocuparon su atención, podemos mencionar a los otomíes, matlatzincas, mazahuas, totonacos, huaxtecos y michhuaques o tarascos. Con base en un análisis de los testimonios dados, debemos añadir ahora que los mexicas, al informar sobre cada uno de esos distintos grupos, hablaron respondiendo a un cierto tipo de cuestionarios que les había propuesto fray Bernardino de Sahagún.4Trataron así de lo que sabían sobre el origen de la gente en cuestión, del lugar en que vivían, la significación de su nombre, sus ocupaciones, creaciones artísticas y otras aportaciones culturales, creencias religiosas, prácticas guerreras, virtudes y defectos, formas de alimentación, indumentaria y atavíos, así como de las características más sobresalientes de su lengua.

EL PROPIO LEGADO DE CULTURA

Ahora bien, la documentación nos muestra que después de haber obtenido fray Bernardino estas noticias —es decir, el parecer de los mexicas sobre sus varios vecinos— quiso proponer parecidas preguntas a los indígenas informantes en busca de la imagen cultural que tenían ellos de sí mismos. Pero entonces, contra lo que pudiera esperarse, los informantes mexicas, prescindiendo en gran parte del cuestionario, se expresaron de manera más espontánea y en extremo significativa. De hecho, para referirse a sus propios orígenes y forma de vida, adujeron tradiciones que por encima de todo, pusieron al descubierto la conciencia que tenían de su legado de cultura.

Comenzaron los mexicas ofreciendo una explicación de su propio nombre, relacionándolo con el de su sacerdote y dios Mecitli o Mexitli. Aludieron luego a su origen y manifestaron que eran el último de los grupos chichimecas que había venido de las grandes llanuras del norte. Abandonando ya el esquema de los cuestionarios de Sahagún, optaron en seguida por recordar un viejo relato, en el que son patentes las metáforas y los paralelismos de expresión característicos del náhuatl clásico. Mediante sus palabras quisieron destacar una vinculación cultural con personas de tiempos incluso remotos, que habían dejado honda huella y herencia valiosa en la región del altiplano y aun fuera de ella.

Los pueblos a los que aludieron los mexicas eran los más antiguos creadores de cultura en las costas del Golfo de México, en la mítica Tamoanchan, en Teotihuacan, en la región huasteca, en Cholula y en la metrópoli del sacerdote Quetzalcóatl, Tula Xicocotitlan. Según los informantes, esos fundadores de distintos señoríos, habían alcanzado logros extraordinarios. También habían conocido periodos de crisis y a la postre ruina y abandono de sus propias creaciones. Mas, lo que en verdad importaba era que a ellos se debía la raíz de una yuhcatiliztli, “el existir de un modo determinado”, con una larga serie de florecimientos, decadencias y nuevas formas de renacer. Así había surgido lo que, tal vez en época más cercana, llegó a conocerse como la toltecáyotl: el gran conjunto de creaciones del hombre en sociedad, artes y urbanismo, organización compleja, centros de educación, escritura, calendario, saber acerca de la divinidad y del mundo. Todo eso era herencia recibida por los mexicas y, por tanto, al hablar ahora de sí mismos, les pareció necesario recordarlo. Del texto que nos conserva sus palabras, bastante largo por cierto, citaré sólo las porciones más significativas. Como lo dijeron los mexicas, ésta es “la relación que solían pronunciar los ancianos”:

 

En un cierto tiempo que ya nadie puede contar,del que ya nadie puede ahora bien acordarse,quienes aquí vinieron a sembrara los abuelos, a las abuelas,éstos, se dice,llegaron, vinieron,siguieron el camino,vinieron a barrerlo,vinieron a terminarlo,vinieron a gobernar aquí en esta tierra,que con un solo nombre era mencionada,como si se hubiera hecho esto un mundo pequeño.

 

Por el agua en sus barcas vinieron,en muchos grupos,y allí arribaron a la orilla del agua,a la costa del norte,y allí donde fueron quedando sus barcas,se llama Panutla,quiere decir, por donde se pasa encima del agua,ahora se dice Pantla (Pánuco).

 

En seguida siguieron la orilla del agua,

iban buscando los montes,

los montes blancos

y los montes que humean;

algunos se acercaron a Quauhtemallan.

 

Además no iban por su propio gusto,sino que sus sacerdotes los guiaban,

y les iba hablando su dios.

 

Después vinieron,allá llegaron,

al lugar que se llama Tamoanchan,

que quiere decir “nosotros buscamos nuestra casa”.

Y allí permanecieron algún tiempo.

 

Los que allí estaban eran los sabios

los llamados poseedores de los libros de pinturas,

pero no permanecieron mucho tiempo,

los sabios luego se fueron,

una vez más entraron en sus barcas

y se llevaron la tinta negra y roja,

los códices y las pinturas,

se llevaron todas las artes, la toltecáyotl,

la música de las flautas.

Y cuando estaban a punto de partir,convocaron a todos los que iban a dejar,les dijeron:

Dice el Señor nuestro,

Tloque Nahuaque, el Dueño del cerca y del junto,

el que es Noche y Viento,

aquí habréis de vivir,

aquí os hemos venido a sembrar,

esta tierra os ha dado el Señor nuestro,

es vuestro merecimiento, vuestro don.

Ahora lentamente se va más alláel Señor nuestro, Tloque Nahuaque.

 

Y ahora también nosotros nos vamos,porque lo acompañamos

a donde él va,

al Señor, Noche, Viento,

al Señor nuestro, Tloque Nahuaque,

porque se va,

pero habrá de volver,

volverá a aparecer,

vendrá a visitarnos,

cuando esté para terminar su camino la tierra,cuando sea ya el fin de la tierra,cuando esté para acabarse,él saldrá para ponerle fin.

Pero vosotros aquí habréis de vivir,aquí guardaréis vuestro don, vuestro favor,lo que aquí hay, lo que aquí brota,lo que se encuentra en la tierra,lo que hizo merecimiento vuestroaquel a quien habéis seguido.

 

Y ahora ya nos vamos,le seguimos,

a donde él va.5

 

Cuando se marcharon los sabios —los portadores de los libros de pinturas, de la música de las flautas, del conjunto de todas las artes y, en una palabra, de la toltecáyotl— grande fue, según el viejo relato, la consternación del resto del pueblo que allí quedó y se sintió abandonado. Fue menester entonces recordar o reinventar, por primera vez, la raíz de lo que más tarde habría de conocerse como la toltecáyotl. Según el texto, en que se funden mito e historia, correspondió a cuatro ancianos llevar esto a cabo. Entre ellos estuvieron Oxomoco y Cipactónal, que en otras fuentes aparecen como los progenitores de la especie humana. Así, a quienes en el pensamiento religioso se atribuía el origen de la propia existencia, se adjudicó también haber hecho posible el nuevo ser cultural con las cuentas del tiempo, anales, cantos y artes, tea y luz que —según afirmaron— iluminan la tierra y la comunidad de los humanos.

 

En seguida se fueron los portadores de los dioses,los que llevaban a cuestas los envoltorios, dicen que les iba hablando su dios.Y cuando se fueron,se dirigieron hacia el rumbo del rostro del sol,

se llevaron la tinta negra y roja,

los códices y las pinturas,

se llevaron la toltecáyotl,

todo se lo llevaron,

los libros de cantos y las flautas.

Pero se quedaroncuatro viejos sabios,el nombre de uno era Oxomoco,el de otro Cipactónal,

los otros se llaman Tlaltetecuin y Xochicahuaca.

 

Y cuando se habían marchado los sabios,

se llamaron y reunieron

los cuatro ancianos y dijeron:

¿Brillará el Sol, amanecerá?

¿Cómo vivirán,

cómo se establecerán los macehuales (el pueblo)?

Porque se ha ido, porque se han llevadola tinta negra y roja (los códices).

¿Cómo existirán los macehuales?

¿Cómo permanecerá la tierra, la ciudad?

¿Cómo habrá estabilidad?

¿Qué es lo que va a gobernarnos?

¿Qué es lo que nos guiará?

¿Qué es lo que nos mostrará el camino?

¿Cuál será nuestra norma?

¿Cuál será nuestra medida?

¿Cuál será el dechado?

¿De dónde habrá que partir?

¿Qué podrá llegar a ser la tea y la luz?

 

Entonces inventaron la cuenta de los destinos,

los anales y la cuenta de los años,

el libro de los sueños,

lo ordenaron como se ha guardado

y como se ha seguido

el tiempo que duró

el señorío de los toltecas,

el señorío de los tepanecas,

el señorío de los mexicas

y todos los señoríos chichimecas.6

 

Los informantes mexicas, al comunicar este relato que, según ellos, “solían repetir los ancianos”, manifestaron ser conscientes de la antigüedad de no pocas instituciones y elementos sumamente apreciados y con plena vigencia en su propia cultura. Entre otras cosas afirmaron que, gracias a ese remoto y primer reordenamiento del calendario, las cuentas de años y destinos vinieron a ser norma permanente en el ser de muchos pueblos y finalmente también de la nación mexica. Y debemos insistir en la lejanía que, en el tiempo, asignaron a tales descubrimientos y consiguientes reinvenciones o rescates. Al decir de los informantes todo ello había ocurrido antes de la fundación de Teotihuacan, la Ciudad de los Dioses, cuyos orígenes sitúa actualmente la arqueología hacia el siglo I de la era cristiana. Como vamos a verlo, al continuar su relato, expresaron que precisamente algunos de esos creadores de cultura y civilización al modo de una toltecáyotl, fueron los que más tarde dieron principio a Tollan Teotihuacan.

¿Significa esto que los mexicas, al mostrarse como herederos de quienes habían alcanzado ese tan antiguo florecimiento en las costas del Golfo y en la mítica región de Tamoanchan, tuvieron al menos vaga conciencia de que su legado entroncaba con la que —gracias a la arqueología— conocemos hoy como cultura olmeca o “cultura madre” en el ámbito de Mesoamérica? La pregunta, por atrevida que parezca, y desde luego de difícil respuesta, no carece de sentido y parece derivarse del análisis del texto que estamos comentando.

CONCIENCIA ACERCA DE TEOTIHUACAN

El testimonio de los mismos informantes sólo añade al respecto que “ya no puede recordarse, ya no pueden seguirse las huellas de esos antiguos pobladores”, primer brote, raíz de ulteriores transformaciones. Lo que sí asienta, en cambio, es que algunos de quienes allí habían vivido, se pusieron en movimiento hasta llegar al sitio que se nombra Teotihuacan.

 

Allí hicieron imprecaciones,en el lugar llamado Teotihuacan.

 

Todos los hombres edificaron santuarios,pirámides al sol y a la luna,y luego hicieron otros muchosadoratorios más pequeños…7

 

En el relato se menciona que los que así habían emigrado tuvieron diversas formas de contacto con otros pueblos, entre ellos los huaxtecos, precisamente cuando, en el monte Chichinahuía, se hizo el descubrimiento del pulque, el octli, la bebida fermentada hecha del jugo del corazón del maguey. Pero retornando en seguida al tema de la marcha hacia Teotihuacan y del asentamiento allí, repiten los informantes que era verdad lo ya dicho:

 

Se pusieron en movimiento,todos emprendieron el camino,niños, ancianos, mujeres, ancianas.

 

Lentamente, despacio, se fueron,allí vinieron a reunirse, en Teotihuacan.

Entonces se dieron allí las órdenes,allí se estableció el mando.

 

Los que se hicieron señoresfueron los sabios,

los conocedores de las cosas ocultas,los poseedores de la tradición.

Luego se establecieron allí los principados…8

 

Paradigma de cualquier otra Tollan era para los mexicas lo que sabían acerca de Teotihuacan. Sus grandes edificaciones les parecían hechas por gigantes y así hablaron de ellas con asombro, al igual que de las calzadas y otros recintos de la gran ciudad. En Teotihuacan había alcanzado máximo esplendor una yuhcatiliztli, “existir de un modo determinado”, que fue auténtica toltecáyotl, obra de los sabios que allí gobernaron, “los conocedores de las cosas ocultas, los poseedores de la tradición, los fundadores de pueblos y señoríos […]” Para los informantes mexicas de fray Bernardino de Sahagún, la realidad cultural teotihuacana —como lo expresaron a su manera— fue asimismo antecedente de su propio ser.

A la postre, sin embargo, en la recordación indígena se habla de la salida y el abandono de Teotihuacan. Escuetamente se refiere que:

 

Entonces también ellos partieron,se pusieron lentamente en movimiento,los acompañaban sus señores,ellos los guiaban.

 

Los de cada grupoentendían su propia lengua.

 

Todos tenían sus jefes, sus señores.

Y a ellos hablabael dios que adoraban…9

El urbanismo teotihuacano. Área central de la gran ciudad según René Millon.

Otro grupo mencionan luego los informantes como aquel que pronto llegó a alcanzar primacía: “los toltecas —nos dicen— iban siempre muy por delante […]” Ocuparse de los toltecas, el pueblo de Quetzalcóatl, los habitantes de Tollan Xicocotitlan, era algo que mucho agradaba a todas las personas nahuas de tiempos posteriores, entre ellas los mexicas. Así encontramos, en el texto que venimos citando y en otros, como los Anales de Cuauhtitlan, la Historia tolteca chichimeca o Anales de Cuauhtinchan y asimismo en las colecciones de cantares en náhuatl, no pocas descripciones y formas de ponderación de la grandeza alcanzada por los pobladores de Tollan Xicocotitlan.

LA RECORDACIÓN DE LOS TOLTECAS

Tanta fue la admiración que experimentaban los mexicas y otros grupos nahuas por el legado de cultura de Quetzalcóatl y los toltecas que, precisamente en función de tal herencia, hablaron de la toltecáyotl con el rico conjunto de significaciones que ya conocemos. Y aunque, a veces, se aplicó también dicho concepto a las creaciones culturales de pueblos aún más antiguos, fue sobre todo apuntamiento a cuanto, según se pensaba, había tenido su paradigma en Tollan Xicocotitlan. Elocuente es en este sentido el siguiente testimonio tomado del Códice Matritense de la Academia:

 

En verdad muchos de los toltecas

eran pintores, escribanos de códices, escultores,

trabajaban la madera y la piedra,

construían casas y palacios,

eran artistas de la pluma, alfareros…

 

En verdad eran sabios los toltecas,

sus obras todas eran buenas, todas rectas,

todas bien planeadas, todas maravillosas…

 

Los toltecas eran muy ricos,eran felices,nunca tienen pobreza ni tristeza…

 

Los toltecas eran experimentados, acostumbraban dialogar con su propio corazón.

 

Conocían experimentalmente las estrellas,les dieron sus nombres.

 

 

Conocían sus influjos,sabían bien cómo marcha el cielo,cómo da vueltas…10

 

El aprecio por la in tolteca topializ, cuanto se consideraba “lo que es nuestra posesión, lo que debemos preservar de los toltecas”, se nos muestra en los textos abarcando también los vestigios materiales visibles en la región de Tollan Xicocotitlan. Así, entre otras cosas se afirma:

 

Porque en verdad allí en Tollan estuvieron viviendo,porque allí residieron,

muchas son las huellas que allí quedan de sus obras.Dejaron lo que hasta hoy allí está,lo que puede verse,

las columnas no concluidas en forma de serpiente,con sus cabezas que descansan en el suelo,y arriba su cola y sus cascabeles…

 

También se miran los templos y pirámides toltecas,y restos de sus vasijas,tazones toltecas, ollas y jarros toltecas,que muchas veces se descubren en su tierra.

 

Joyas toltecas, pulseras,jades y turquesas preciosas,se encuentran allí enterradas…11

 

Esos objetos que con frecuencia descubrían los mexicas eran parte de su topializ, “lo que es nuestra posesión, lo que debemos preservar”. Y como si hubieran obrado al modo de espontáneos arqueólogos, una y otra vez insisten en la importancia de tales hallazgos que, según decían, les salían al paso en otros muchos lugares antes habitados también por los toltecas.

 

Esas huellas de los toltecas…

no sólo aparecen en Tollan Xicocotitlan,

sino que por otras partes pueden encontrarse:

lo que fue su alfarería, sus ollas,

las piedras para machacar,

sus figuras de barro, pulseras.

Por todas partes pueden descubrirse,por todas partes se muestran,porque los toltecas en verdad se dispersarony anduvieron por muchos sitios.12

 

Como en pocas palabras lo proclama un cantar en lengua náhuatl, la topializ, herencia de los toltecas que debía ser preservada, era suma de valores en todos los órdenes. La toltecáyotl, en tiempos antiguos entró en crisis y Tollan, tras la partida de Quetzalcóatl, fue abandonada. Por eso a otros correspondió recoger el legado para que floreciera de nuevo. Así lo expresó el forjador de cantos mexicas:

 

Los toltecas escribían en sus libros de pinturas,pero el libro llegó a su fin.

 

Tu corazón por entero se acercaa las artes y creaciones de los toltecas: la toltecáyotl.

Yo tampoco viviré aquí para siempre.

¿Quién de mí se adueñará?

¿A dónde tendré que marcharme?

Soy un cantor:

allí estaré de pie, allá voy a recogerlos,mis flores, mis cantos, llevo a cuestas,los pongo ante el rostro de la gente…13

 

Llevar consigo a cuestas las flores y los cantos —metáfora de la poesía, el saber y el arte— para renovar y enriquecer la herencia de la toltecáyotl, confería sentido a la vida en la tierra, según la expresión del forjador de cantos. En tiempos del florecimiento de México-Tenochtitlan —como lo muestran los textos aducidos y otros que podrían citarse— se tenía ciertamente conciencia del previo y largo acontecer pleno de realidades culturales. La recordación mítica e histórica, de que eran portadores los mexicas, abarcaba muchas cuentas y ataduras de años: la época más reciente de esplendor de los señoríos tecpanecas y de Culhuacan; el periodo algo más lejano, de Tollan Xicocotitlan, la metrópoli de Quetzalcóatl; los remotos tiempos de la Ciudad de los Dioses, Teotihuacan, donde se hicieron señores los sabios y, finalmente, aquellos del mítico Tamoanchan, cuando allí en las costas del Golfo, había ya poseedores de códices y del calendario, creadores de múltiples artes, raíz la más antigua de ulteriores formas de toltecáyotl.

EL LEGADO MÁS PRÓXIMO

Otra herencia de cultura en diversos grados diferente —pero ya fundida estrechamente con la toltecáyotl— reconocían asimismo los mexicas. Era ésta la de sus antepasados venidos de Aztlan y Chicomóztoc, en las llanuras del norte. La toltecáyotl aparecía esencialmente ligada con Quetzalcóatl. Su otro legado, de connotación chichimeca, implicaba atención permanente a los designios de Huitzilopochtli. En este sentido puede afirmarse que los mexicas fueron pueblo culturalmente mestizo. Pero si por obra de sus ideales guerreros y su apego a Huitzilopochtli llegaron a sentirse como el Pueblo del Sol, predestinado a expandirse por los cuatro rumbos del mundo, en razón sobre todo de la toltecáyotl, preservaron y acrecentaron los logros de la alta cultura y civilización en Mesoamérica. Toltécatl vino a significar para ellos artista. Tentoltécatl —artista del labio o la palabra— adquirió el sentido de orador o maestro del buen decir. Matoltécatl —artista de la mano— fue el epíteto que se aplicó a cuantos elaboraban obras preciosas de barro, piedra, plumas finas, oro y plata.

El espacio de que disponemos nos impide aducir otros testimonios y entrar en más consideraciones sobre la conciencia que tuvieron los mexicas de su topializ tolteca, “lo que es nuestra posesión, lo que debemos preservar”. Diremos al menos que ese patrimonio indígena fue realidad con vigencia plena en el existir cotidiano de la comunidad; a ella confería rostro y corazón.

Para quienes vivimos en un ambiente cultural secularizado, con múltiples fisuras o incongruencias, pérdidas y variadas intromisiones, resulta tal vez difícil comprender el grado de integración que, en todos los órdenes de la vida, implicaba una visión del mundo, raíz de la propia organización social, económica, política y religiosa, como la que tuvieron los pueblos nahuas prehispánicos. Para éstos ahondar en el propio legado, luchar por su preservación, jamás fue curiosidad de tipo alguno, ni quehacer de eruditos o sabios. Necesidad vital, sustento del propio rostro y corazón, vínculo de la comunidad, todo esto y mucho más significaba para quienes, en los centros de educación, los calmécac y telpochcalli, en los templos, en el hogar y, por todos los medios al alcance, buscaban hacer suyo aquello que tenían como recto y bueno y que a la vez era menester acrecentar.

TRAUMA FRENTE A LA INMINENTE DESTRUCCIÓNDEL PROPIO LEGADO

Por esto precisamente, cuando la conquista española implicó reiterados intentos de destruir el viejo patrimonio, el hombre indígena experimentó el más hondo de los traumas. Abundantes son los testimonios que de ello tenemos. Recordemos, por ejemplo, las palabras de un canto que refleja algo de lo que fue la visión de los vencidos:

 

Todo esto pasó con nosotros,

nosotros lo vimos,

nosotros tuvimos que admirarlo.

Con esta lamentosa y triste suertenos vimos angustiados.

En los caminos yacen dardos rotos,los cabellos están esparcidos.

Destechadas quedan las casas,enrojecidos tienen sus muros…

Golpeábamos en tanto los muros de adobey fue nuestra herencia una red de agujeros.

Con escudos fue resguardado.

Pero nuestra soledad

ni con escudos pudo ya sostenerse.14

 

Eco del mismo trauma lo ofrece la respuesta que algunos sabios mexicas dieron a los 12 franciscanos que, llegados en 1524, habían hecho pública condenación de las creencias y formas de vida indígena:

 

Dejadnos pues ya morir,dejadnos ya perecer,

puesto que ya nuestros dioses han muerto…

Y ahora, nosotros,

¿destruiremos la antigua forma de vida,la de los chichimecas, toltecas,acolhuas y tecpanecas?

Oíd, señores nuestros, no hagáis algo a nuestro puebloque le acarree la desgracia, que lo haga perecer.

Es ya bastante que hayamos perdido,

que se nos haya quitado,

que se nos haya impedido, nuestro gobierno.

Si en el mismo lugar permanecemos,sólo quedaremos cautivos…15

 

LOS EMPEÑOS POR RESCATAR EL ANTIGUO LEGADO

Cabe añadir al menos, en contraste con las palabras citadas, que hubo también al fin algunos que, con la antigua conciencia de ser dueños de un patrimonio cultural, se empeñaron en hacer rescate de éste. Varios fueron, en los tiempos que siguieron a la Conquista, los que mantuvieron ocultos viejos libros de pinturas, representaciones de sus dioses, símbolos de su anterior existencia cuando aún florecía la toltecáyotl. Por otra parte, llegó a haber también indígenas que escribieron nuevas crónicas e historias en lengua náhuatl para preservar la herencia de cultura en beneficio de sus propios descendientes. Recordemos, entre éstos, al grupo de autores anónimos de Tlatelolco que redactó en 1528 los que hoy se conocen como Anales de la Nación Mexicana. Mencionaremos también los nombres de indígenas como Hernando Alvarado Tezozómoc, Cristóbal del Castillo y Chimalpahin Cuauhtlehuanitzin. De cuanto éstos y otros dejaron escrito, valiéndose a veces de los jeroglíficos prehispánicos y también del alfabeto latino, citaremos un texto del cronista Tezozómoc que mejor que nadie proclamó la urgencia de salvaguardar el propio patrimonio de historia y cultura. He aquí sus palabras:

 

Así lo vinieron a decir,así lo asentaron en su relato,

y para nosotros lo vinieron a dibujar en sus papeleslos ancianos, las ancianas.

Eran nuestros abuelos, nuestras abuelas,nuestros bisabuelos, nuestras bisabuelas,nuestros tatarabuelos, nuestros antepasados.

Se repitió como un discurso su relato,nos lo dejaron,y vinieron a legarloa quienes ahora vivimos,a quienes salimos de ellos.

 

Nunca se perderá, nunca se olvidará,lo que vinieron a hacer,lo que vinieron a asentar en las pinturas:su nombre, su historia, su recuerdo.

Así en el porvenir

jamás perecerá; jamás se olvidará,

siempre lo guardaremos

nosotros, hijos de ellos, los nietos,

hermanos, bisnietos, tataranietos, descendientes.

Quienes tenemos su sangre y color.

Lo vamos a decir, lo vamos a comunicar

a quienes todavía vivirán, habrán de nacer,

los hijos de los mexicas, los hijos de los tenochcas.

 

Y esta relación la guardó Tenochtitlancuando vinieron a reinar todos los grandes,estimables ancianos, los señores y reyes tenochcas.

 

Esta antigua relación oral,

esta antigua relación pintada en los códices,

nos la dejaron en México,

para ser aquí guardada…

 

Aquí, tenochcas, aprenderéis cómo empezóla renombrada, la gran ciudad,

México-Tenochtitlan,en medio del agua, en el tular,en el cañaveral, donde vivimos,

donde nacimos,nosotros los tenochcas.16

 

La conciencia que tuvieron los nahuas de un legado cultural mantiene nuevas formas de sentido en nuestro propio tiempo. Al igual que en el caso del hombre indígena, también nosotros vemos hoy amenazada de múltiples formas nuestra herencia de arte y cultura. ¿No podemos afirmar que también nosotros estamos en posesión de una toltecáyotl? Abarca ésta distintos legados, entre ellos precisamente el de las culturas mesoamericanas. Volviendo la mirada a ese pasado, que de muchas formas sobrevive, tiempo es ya de recordar la lección y el mensaje de los antecesores nativos. Trauma y peligro de perder rostro y corazón sería mantener indefenso el patrimonio cultural: topializ, “lo que es posesión nuestra, lo que debemos preservar”.

II. EL MÉXICO ANTIGUO, ¿CAPÍTULO DE LA HISTORIA UNIVERSAL?

AL MODO de urgente imperativo, a raíz del descubrimiento y la conquista del Nuevo Mundo y, de forma más amplia e insistente al entrar en contacto con el área de alta cultura que hoy nombramos Mesoamérica, surgió un empeño por responder a cuestiones como la del origen de sus pobladores y su civilización, con creaciones tenidas unas veces por admirables y otras juzgadas en extremo repugnantes. Se abrió así la que Antonello Gerbi designa como “la disputa del Nuevo Mundo”.1 Las inmensas tierras, objeto de la penetración europea, se describen como ámbito maravilloso, morada del buen salvaje y también de otros “pueblos semibárbaros”, posible escenario para convertir en realidad utopías como la de quienes participaban en una corriente milenarista. Y con igual o mayor vehemencia se enhebran la percepción de lo que se ofrece a la vista y un pensamiento de raíces medievales. Así, por ejemplo, se señala como evidente una acción demoniaca que ha esclavizado durante milenios a los nativos de las islas del Caribe y, más aún, a los que habitan en México. Como pruebas se aducen sus sacrificios humanos, su obsesión de la sangre y otras formas de culto y creencias que, en el mejor de los casos, son torpe remedo de la verdad revelada por Dios.

El debate no concluye con el paso de los siglos. Hubo de aceptarse la racionalidad de los indios y no, por cierto, como la defendía fray Bartolomé de las Casas, en cuanto plenitud y excelencia de facultades en los hombres de estas tierras.2 Prueba la tenemos en el hecho de que en la literatura y en la práctica se mantuvo la diferencia entre el indio y los europeos, estos últimos mentados como “la gente de razón”.

Mucho escribieron, a partir de los mismos conquistadores, numerosos cronistas españoles e indígenas, funcionarios reales, historiadores eclesiásticos y otros varios curiosos o viajeros. En tanto que algunos reiteran la condenación de tales o cuales vestigios de las antiguas culturas, otros acometen admirables empresas de rescate. En ellas participan sabios nativos y frailes humanistas. Un ejemplo extraordinario es el de fray Bernardino de Sahagún que, con sus colaboradores, reunió en lengua náhuatl testimonios que, mucho tiempo después, habrían de ser fuente de valor inestimable para conocer algo del mundo espiritual indígena.

Mas a pesar de tantos escritos y pesquisas, el meollo del debate no quedó esclarecido. Más bien fue el desinterés el que atenuó las contradicciones. Con el paso del tiempo poco o nada importaron ya los logros culturales supuesta o realmente alcanzados por pueblos como los antiguos mexicanos. Si atendemos a las grandes obras de conjunto que sobre historia universal se escriben en Europa desde fines del siglo XVIII, nos encontramos con hechos desalentadores. Las altas culturas del Nuevo Mundo —las de México y el área andina— no son tomadas en cuenta o cuando mucho reciben fugaz mención dentro de los capítulos dedicados a los viajes y descubrimientos de fines del siglo XVI y principios del XVII. Su única significación se derivaba de que los europeos las hubieran descubierto y, en diversos grados, destruido.

Ni siquiera obras como la Historia antigua de México del jesuita exiliado en Italia, Francisco Xavier Clavijero, publicada en 1780 y pronto traducida a otras lenguas europeas,3 ni luego la copiosa información reunida por Alexander von Humboldt, alteraron la situación prevalente. Por el contrario, según vamos a verlo, como consecuencia esta vez de un reflexionar en plan filosófico, al desdeñoso olvido se sumó la rotunda negación de interés por las realidades culturales del Nuevo Mundo, incluyendo obviamente las de sus grupos indígenas, juzgadas como desprovistas por entero de significación a la luz de la historia universal.

LA NEGACIÓN DE UN POSIBLE SIGNIFICADO

Pocos fueron por cierto los filósofos de la historia que, entrado ya el siglo XIX, se tomaron la molestia de emitir un juicio sobre la significación cultural e histórica del Nuevo Mundo. Tal vez mejor que nadie tipifica esta actitud el célebre G. W. Friedrich Hegel, a quien, a pesar de que pudo conocer los estudios de su compatriota Humboldt, no le interesaron en lo más mínimo las culturas nativas de América ni el posible sentido de sus logros y trayectoria. En su obra Prelecciones sobre la filosofía de la historia (1831), al asentar lo que piensa acerca de este continente, expresa un criterio que habría de mantenerse por largo tiempo con la vigencia de algo casi obvio. Escribe así en su introducción a las Prelecciones:

América es, por consiguiente, la tierra del futuro en la que, en los tiempos que habrán de venir, tal vez haya de manifestarse la realidad de la historia universal en una posible lucha entre las porciones norte y sur del continente. Es ésta la tierra añorada de todos aquellos a quienes aburre el arsenal histórico de la vieja Europa […] América ha estado separada del campo en el que hasta hoy se ha desarrollado la historia universal. Lo que hasta ahora ha sucedido en ella es sólo eco del Viejo Mundo, expresión de formas de vida que le son extrañas. Y como tierra del futuro, América no es aquí de nuestro interés […] Dejando así a un lado al Nuevo Mundo y a las fantasías que están ligadas con él, nos fijamos en el Viejo Mundo, es decir en el escenario verdadero de la historia universal […]4

Desde el punto de vista de la evolución dialéctica de la idea hegeliana, “la tierra del futuro” carece aún de significado. Nada importa lo que en ella pudo haber sucedido. El Nuevo Mundo es campo virgen para futuras manifestaciones en el devenir del espíritu que es la esencia de la historia universal. La actitud extrema de Hegel refleja, por una parte, lo poco o nada que significaba para la conciencia europea del siglo XIX el mundo aborigen de este continente. Por otra, como reafirmación de este desinterés desde el punto de vista de la razón histórica, el pensamiento expresado en las Prelecciones habría de influir poderosamente, cerrando las puertas a cualquier acercamiento que quisiera tomar en serio el estudio de estas culturas en función de la historia universal.

Así, al iniciarse nuestro propio siglo, y no obstante el incremento de las investigaciones acerca de las lenguas, los códices y los documentos, al igual que en el campo de la arqueología, con la aplicación de nuevos métodos, hay que reconocer que, para el hombre europeo en general, para los filósofos de la cultura y de la historia, los pueblos americanos no pasan de ser otro ejemplo dentro del sector primitivo del género humano. Como corolario que fluye espontáneamente está la idea del Nuevo Mundo como ámbito vacío y abierto a la expansión del Occidente, tierra virgen en la que por fin comienza a implantarse la cultura, a imagen y semejanza de lo que han sido y quieren ser las respectivas potencias colonizadoras.

El proceso de incomprensión histórica que brevemente he analizado explica, al menos en parte, la general indiferencia del hombre europeo hasta tiempos recientes por enterarse de lo que pudieron ser las formas de vida y pensamiento en el México o el Perú antiguos. Interesaba ya profundamente cuanto se refería a las civilizaciones del Cercano Oriente, en las que con razón se percibía antiguo y propio antecedente. Las culturas de China, la India y el Japón, para no mencionar otras, eran también objeto de la atención no sólo de eruditos, sino de un público mucho más amplio que veía en ellas realizaciones distintas en el devenir del hombre en el Viejo Mundo. De los pueblos de América sólo se recordaba a veces, como un eco de la primera denuncia del padre Las Casas, pero ya en términos de la Leyenda Negra, el hecho de su destrucción: las tribus de antropófagos, con ritos primitivos y sacrificios de hombres, habían sido aniquiladas o sometidas al peor de los yugos por la odiada España.

La condenación de la Conquista marcaba así el punto final del interés.

Pero, contra lo que pudiera preverse, los eruditos, arqueólogos, lingüistas e investigadores, iban a hacer posible un cambio de actitud. Los hallazgos aludidos, la multiplicación de estudios sobre arte, literatura y pensamiento precolombinos, la apertura de museos y zonas arqueológicas, la presentación de exposiciones durante las últimas décadas, fueron al fin descorrimiento del antiguo telón. América podría seguir siendo tierra del futuro, mas contra lo que antes se pensaba, tenía también ella un largo pasado, manifiesto sobre todo en las altas culturas nativas de México y del Perú.

En este contexto contemporáneo, y por encima de cualquier chauvinismo, se abre la puerta a la pregunta acerca de la posible significación de estas culturas desde el punto de vista de la historia universal. El planteamiento se circunscribe aquí precisamente al complejo de las que florecieron en el antiguo México. Y no es que, con mirada estrecha, queramos hacer caso omiso de las del mundo andino. Hay una razón que parece objetiva y es la que nos mueve a restringir el problema. Las culturas de esta que se ha llamado Mesoamérica pueden ofrecer especial interés para la historia porque aquí, desde el primer milenio antes de Cristo, existieron formas de escritura y, por tanto, medios para preservar sistemáticamente el recuerdo del pasado. En otras palabras, de todo el continente americano, con certeza sólo nos consta que el México antiguo estuvo en posesión de la escritura y en consecuencia alcanzó la posibilidad cumplida de la conciencia histórica.

LO PECULIAR EN LA EVOLUCIÓN CULTURAL DEL MÉXICO ANTIGUO

No pocas de las creaciones materiales, el arte y la simbología del México prehispánico, han sido en más de una ocasión objeto de comparaciones con las huellas dejadas por las antiguas culturas del Cercano y el Lejano Oriente. Para algunos ha sido éste un campo abierto a toda clase de hipótesis fantásticas. La trayectoria de las investigaciones ha seguido ciertamente un camino bien distinto. Sin embargo, al mismo tiempo que los especialistas se alejaron de fantasías gratuitas y suposiciones, admitieron que, para hacer científico su acercamiento, debían adoptar al menos un esquema de referencia afín, si no es que igual, al ya establecido por quienes estudiaban la evolución de las culturas del Viejo Mundo.

Era necesario, por consiguiente, inquirir acerca de lo que pudo haber sido el paleolítico, el mesolítico y la eventual “revolución neolítica” del hombre americano. Había que buscar los principios de su agricultura, la formación de comunidades estables, las formas de producción, la aparición de la cestería, la cerámica, los tejidos, la fabricación de utensilios, la aplicación de sistemas de regadío, hasta llegar a descubrir el nacimiento de la vida urbana y de las antiguas formas de gobierno teocrático. Allí debía estar la raíz de la ulterior organización de los estados prehispánicos, especialmente de aquellos que parecían hacerse acreedores al título de imperios, con rígidas estructuras sociales, con amplio comercio, fuertes tendencias religioso-militaristas y ciclos al parecer inevitables de conquistas.

El investigador que se acercaba así en plan científico a las culturas del México antiguo podía estar satisfecho porque contaba ya de antemano con el marco o esquema en que habría de situar los hallazgos fruto de sus trabajos. En función del esquema clásico, los datos antes aislados habrían de adquirir su significación más plena.

Pero he aquí que, a pesar de lo científico del esquema y del carácter ciertamente objetivo de las investigaciones, bien pronto salieron al paso hechos que resultaba difícil enmarcar debidamente. A medida que se ahondaba en el pasado prehispánico y se desechaban fantasías, se acrecentaban también los problemas. Mencionaremos unos cuantos. En primer término, el sentido que podía darse a la prehistoria americana era radicalmente distinto del que marcaba el esquema clásico, aplicable al Viejo Mundo. El inmenso paleolítico de cientos de miles de años, durante el cual había culminado la evolución de la especie humana, no tenía paralelo en el Nuevo Mundo, en el que la presencia del hombre data probablemente de 35 000 o 40 000 años como máximo.

Los prehistoriadores hasta hoy sólo han encontrado en el continente americano vestigios y fósiles de individuos que tuvieron plenamente los atributos del Homo sapiens. Los hallazgos que se han hecho dan testimonio acerca de los primeros grupos de cazadores y recolectores nómadas que, con escaso desarrollo cultural, habían penetrado por el estrecho de Behring y quizá asimismo provenientes de las islas meridionales del Pacífico. Específicamente, en el área de Mesoamérica, el instrumental lítico u óseo y los restos humanos de mayor antigüedad que se han descubierto, limitan aún más el ámbito temporal de lo prehistórico. El célebre “hombre o mujer de Tepexpan” vivió al parecer hacia los 8 000 años antes de Cristo.

Gracias a investigaciones efectuadas durante las últimas décadas, sabemos hoy algo más sobre la evolución cultural de estos primeros pobladores. Puede afirmarse que, por lo menos desde mediados del sexto milenio antes de Cristo, apareció en Mesoamérica una incipiente forma de domesticación de plantas: el maíz, la calabaza, el frijol y el chile. Con base en el método del carbono 14, pudo asignar tal antigüedad Richard S. MacNeish a los hallazgos que hizo en el suroeste de Tamaulipas y después en la cueva de Coxcatlán, municipio de Tehuacán, en Puebla.5

Querer aplicar en este punto los conceptos propios de la prehistoria, concebida al modo clásico, daría lugar a una serie de paradojas. Comparando el proceso que entonces se inició en Mesoamérica con lo que, a partir igualmente de las primeras formas de cultivo, ocurrió en el Viejo Mundo, lleva a percibir, en vez de semejanzas, grandes diferencias. Es cierto que, cuando en algunas comunidades del México precolombino, aparecen las actividades agrícolas, paulatinamente se va enriqueciendo su cultura y se desarrollan técnicas como la cestería, la cerámica y los tejidos. Pero, en cambio, hay aquí total ausencia de muchos de los descubrimientos que se generalizaron entre los primeros pueblos agrícolas del Viejo Mundo. En Mesoamérica nunca se empleó utilitariamente la rueda. La alfarería por consiguiente se produjo siempre por obra de las solas manos. Tampoco hubo molinos de especie alguna y en su lugar se tuvo, como utensilio doméstico que hasta hoy perdura, el tradicional metate, piedra cuadrilonga, sostenida por tres patas. No se conocieron otros telares que los que fijaban a su cintura las tejedoras. Por lo que a la misma agricultura se refiere, el hombre prehispánico jamás llegó a emplear otro instrumento que la coa, el largo trozo de madera aguzado y endurecido al fuego. Y completando el elenco de las diferencias que, en este caso son limitaciones, en el México antiguo la domesticación de animales fue prácticamente nula. La razón es obvia, ya que no había equinos, ni bovinos, ni lanares. Sólo los perrillos, como acompañantes en la vida y más allá de la muerte, fueron excepción. La única fuerza de trabajo hubo de ser necesariamente la de los propios seres humanos. Y en la explotación de otros recursos, particularmente los metales, tampoco se llegó muy lejos. De hecho, jamás se trabajaron en Mesoamérica el bronce y el hierro.6 La conclusión que de todo esto podía sacar el prehistoriador, habituado a pensar en función de los esquemas clásicos del Viejo Mundo, era que estos pueblos, que nunca llegaron a disponer de un más elaborado instrumental ni desarrollaron técnicas esencialmente superiores, permanecieron estancados en una muy incipiente forma de desarrollo cultural.

Pero las investigaciones arqueológicas sobre la ulterior secuencia cultural de Mesoamérica, contrariando la aplicación de los esquemas, obligan a plantear nuevas cuestiones. Los mesoamericanos, tan menesterosos desde el punto de vista de su instrumental técnico, dieron principio, hacia fines del segundo milenio antes de Cristo, a lo que sería, rigurosamente hablando, una civilización. A lo largo de las costas del Golfo de México, en los límites de los actuales estados de Veracruz y Tabasco, aparecen los primeros centros ceremoniales y con ellos las más antiguas formas de un arte que nadie puede llamar primitivo. Las grandes esculturas en basalto, los refinados trabajos en jade y el preciosismo en la cerámica de los olmecas, juntamente con los recintos ceremoniales, dan testimonio de cambios radicales. Asimismo con base en lo que nos revela la arqueología podemos inferir el surgimiento de nuevas formas de organización social, religiosa, política y económica. En lugares como San Lorenzo, La Venta, Tres