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Además de la trascripción del texto, León-Portilla nos ofrece un estudio minucioso del "Nican mopohua", una de las vastas composiciones indígenas que con mayor detalle y belleza refiere la aparición, mensaje y milagros de Tonantzin, "Madre de todos los dioses" en el cerro del Tepeyac hacia el siglo XVI.
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Seitenzahl: 154
Veröffentlichungsjahr: 2014
MIGUELLEÓN-PORTILLA (MÉXICO, 1926)
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Es uno de los más importantes investigadores del pensamiento y la literatura náhuatl. Es doctor en filosofía con especialidad en historia y pensamiento prehispánicos, miembro de la Academia Mexicana de Historia e investigador emérito de la UNAM. Dada su destacada trayectoria ha recibido múltiples reconocimientos. El FCE también ha publicado sus libros: Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas y cantares (1961), Huehuehtlahtolli. Testimonios de la antigua palabra [en coautoría con L. Silva Galeana (introducción y traducción), 1991], Literaturas indígenas de México (1992), El destino de la palabra. De la oralidad y los códices mesoamericanos a la escritura alfabética (1996) y Motivos de la antropología americanista. Indagaciones en la diferencia (coordinador, 2001).
MIGUEL LEÓN-PORTILLA
TONANTZINGUADALUPE
Pensamiento náhuatl y mensaje cristiano en el “Nican Mopohua”
EL COLEGIO NACIONALFONDO DE CULTURA ECONÓMICA
Primera edición, 2000Cuarta reimpresión, 2012Primera edición electrónica, 2013
Diseño de portada: Paola Álvarez
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ISBN 978-607-16-2201-3 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
En este lugar [que se nombra Tepeyácac] tenían un templo dedicado a la madre de los dioses, que la llamaban Tonantzin y que quiere decir Nuestra Madre. Allí hacían muchos sacrificios a honra de esta diosa. Y venían a ellos de más de veinte leguas de todas las comarcas de México y traían muchas ofrendas. Venían hombres y mujeres, mozos y mozas a estas fiestas. Era grande el concurso de gente en estos días y todos decían Vamos a la fiesta de Tonantzin. Y agora que está allí edificada la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, también la llaman Tonantzin.
BERNARDINO DE SAHAGÚN, Historia general de las cosas de Nueva España, libro XI, nota final.
EXISTE UN ESPEJO, con frecuencia olvidado, en el que se reflejan aconteceres innumerables en la vida del México novohispano. Lo tenemos en las expresiones de la palabra en náhuatl transvasada ya a la escritura alfabética a partir, por lo menos, de los años treinta del siglo XVI. En archivos y bibliotecas de este país y de varios otros se conservan millares de manuscritos en dicha lengua y también centenares de impresos en la misma. Variados son los géneros que cabe percibir en ese caudal de producciones.
Hay cantos, discursos, narraciones, textos a modo de anales, adagios, oraciones y conjuros en los que puede identificarse la presencia del pensamiento y formas de decir prehispánicos. Hay, asimismo, composiciones que versan sobre amplia gama de cuestiones relacionadas con la actividad de los frailes misioneros: sermones, confesionarios, libros parroquiales en náhuatl, gramáticas y vocabularios para el aprendizaje de esta lengua. Existen cartas de indígenas sobre un sinfín de asuntos; unas dirigidas a las autoridades reales y otras que tenían destinatarios también nahuas. Se conservan, asimismo, muchos testamentos en náhuatl, varios de gran interés.
En conjunción con algunas de esas expresiones escritas con el alfabeto, que muchos nahuas aprendieron pronto de los frailes, perduraron pinturas y signos glíficos como en los antiguos códices. Ante tan copiosa riqueza documental, que integra una auténtica literatura indígena, podrá alguien preguntarse cuáles son los escritos que sobresalen por el interés de su contenido o la belleza de su expresión. Querer dar una respuesta es tan difícil como riesgoso.
A la mente se vienen de pronto no pocos cuicatl o cantares en que el pensamiento indígena entra a veces en simbiosis con el llegado del Viejo Mundo. También son de obligada referencia los relatos de testigos de la Conquista que integran el cuerpo testimonial de la Visión de los vencidos, y los trabajos de tema histórico de sabios como Hernando Alvarado Tezozómoc, Chimalpain Cuauhtlehuanitzin y Cristóbal del Castillo, que escribieron toda o la mayor parte de sus obras en náhuatl. Desde luego que las aportaciones históricas de fray Bernardino de Sahagún y otros frailes como Andrés de Olmos, Alonso de Molina, Juan Bautista, y sus colaboradores, discípulos suyos en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, ocupan también un lugar privilegiado entre estas producciones. Importa al menos recordar las transcripciones que hicieron de los huehuehtlahtolli, expresiones de la antigua palabra, y la recreación prototípica de los diálogos o coloquios de los primeros franciscanos con algunos sacerdotes indígenas sobrevivientes.1
A todo esto deben sumarse los muchos escritos en náhuatl de denuncia y petición dirigidos a alcaldes, gobernadores, oidores, virreyes y al mismo soberano. No pocos de ellos son expresión de muy grande dramatismo y elocuencia. Son ejemplo de una literatura menos conocida, espejo fulgurante de incontables aconteceres en la vida indígena.2Para acabar de persuadir, a los poco o nada enterados, de la significación de esta riqueza literaria, sólo aludiré ya a las maravillas del teatro náhuatl, el misionero, el de las danzas de la Conquista y también el de temas profanos, como la adaptación en esta lengua de algunas comedias de Lope de Vega. Y qué diré de los tocotines que, en náhuatl, salieron de la pluma nada menos que de Sor Juana Inés de la Cruz.
En el contexto de esta gran literatura colonial en náhuatl, hay que situar al relato conocido como Nican mopohua en razón de sus primeras palabras, que significan “Aquí se refiere...” Acerca de dicha composición no es poco lo que se ha elucubrado, bien sea para tenerla como testimonio fundamental en apoyo de las apariciones guadalupanas o para descalificarla como carente de historicidad. No discutiré este tema, el de la historicidad de lo que refiere el Nican mopohua, por la sencilla razón de que lo sobrenatural y milagroso no puede ser afirmado o negado por la historia. Considero, eso sí, que este relato en el que la figura central es Tonantzin Guadalupe —como aludió a ella fray Bernardino de Sahagún— merece particular atención.3 Tonantzin, que significa “Nuestra madre”, según el mismo fraile lo notó, era el nombre con que los nahuas llamaban a la Madre de los dioses. Ella, Tonantzin, había sido adorada precisamente en el Tepeyac, adonde desde mediados del siglo XVI muchos seguían yendo en busca de la que comenzó a llamarse Nuestra Señora de Guadalupe.
La lectura y el análisis del Nican mopohua muestran que fue escrito por un buen conocedor del antiguo pensamiento náhuatl con el propósito de dar cuenta de por qué y cómo surgió en el Tepeyac la cada vez más grande atracción ejercida por la Señora de Guadalupe, allí donde por tanto tiempo se adoró a Tonantzin. Y anticiparé aquí algo a lo que luego atenderemos. Esa nueva atracción que a muchos llevaba al Tepeyac escandalizó al provincial de los franciscanos que predicó contra ella en la temprana fecha de 1556 y al mismo fray Bernardino de Sahagún que, veinte años después, se opuso a la misma al escribir su Historia general de las cosas de la Nueva España.4
Reiterando que no concierne a la historia demostrar o rechazar la existencia de milagros, apariciones o teofanías, y apartándome de la increíblemente prolongada polémica entre creyentes guadalupanos y antiaparicionistas, señalaré en qué me parece está el interés del relato del Nican mopohua. Hay dos hechos que tengo por evidentes. Uno es que, además de ser este texto una joya de la literatura indígena del periodo colonial, es también presentación de un tema cristiano, expresado en buena parte en términos del pensamiento y formas de decir las cosas de los tlamatinime o sabios del antiguo mundo náhuatl.
El otro hecho, también insoslayable, es que la figura central del relato, Tonantzin Guadalupe —más allá de la demostración o rechazo de sus apariciones—, ha sido para México tal vez el más poderoso polo de atracción y fuente de inspiración e identidad. Será suficiente recordar en apoyo de esto lo que significó ella en los momentos de pestes, hambrunas y de afán de encontrarse a sí mismo en los tres siglos del México novohispano. De la vida del país que alcanzó su independencia cabe evocar al padre Miguel Hidalgo, que hizo bandera de su causa a la imagen guadalupana, así como a José María Morelos, quien atribuyó a la Virgen de Guadalupe muchas de sus victorias. Casi un siglo después, la guadalupana acompañó a Emiliano Zapata, figura la más emblemática de la Revolución mexicana. Se conservan fotografías de sus hombres que enarbolan el mismo símbolo.
Reconociendo el valor como creación literaria de este relato y la importancia de Tonantzin Guadalupe en el acontecer histórico de México, he preparado una nueva traducción de él al castellano. Es cierto que existen varias versiones del Nican mopohua en esta lengua muy dignas de aprecio. Además de la un tanto libre publicada en el siglo XVII por el sacerdote Luis Becerra Tanco y de otras inéditas en la centuria siguiente, mencionaré las de fechas más recientes.
Quienes las prepararon, don Primo Feliciano Velázquez, mi maestro el doctor Ángel Ma. Garibay y el sacerdote Mario Rojas Sánchez, gozan de merecida fama de conocedores del náhuatl y en sus respectivos trabajos buscaron apegarse al contenido del texto.5 Igualmente en los tres existió la intención de mostrar lo que a sus ojos es el mensaje cristiano del relato. En modo alguno quiero contrariar o disminuir la importancia de la que ha sido su intención. Reconozco incluso la relevante significación que, a la luz de dicho enfoque, tiene el Nican mopohua. Sin embargo, mi propósito aquí es diferente.
Partiendo de los dos hechos antes expuestos, la belleza literaria de esta composición y el papel primordial que se ha dado en México a la Virgen de Guadalupe, figura protagónica del relato, busco un transvase al castellano en el que cuanto sobrevive allí de la antigua espiritualidad náhuatl sea más fácilmente perceptible. En modo alguno quiero poetizar el texto en la traducción, lo que sería hacerle agravio, ya que es poesía en sí mismo.
Ahora bien, afirmar que en este relato —publicado por vez primera en náhuatl, sin traducción alguna, hasta 1649 por el bachiller Luis Lasso de la Vega, capellán del santuario de Guadalupe— hay vestigios del antiguo pensamiento y forma de expresión indígenas, supone esclarecer antes dos cuestiones principales. Una se relaciona con su contenido, la fecha aproximada en que fue compuesto y lo concerniente a su autor. La otra tiene que ver con la identificación misma de esos vestigios de la visión nahua del mundo y de la estilística prehispánica, perceptibles en el relato. Atendamos a la primera cuestión.
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1 Sobre esta rica producción, véase Ángel Ma. Garibay K., Historia de la literatura náhuatl, prólogo de Miguel León-Portilla, Porrúa, México, 1992 [primera edición 1953-1954], Colección “Sepan cuántos...”, 626, y Ascensión H. de León-Portilla, Tepuztlahcuilolli, impresos nahuas, historia y bibliografía, 2 v., UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas y Filológicas, México, 1988.
2Véase Arthur J. O. Anderson et alii, Beyond the Codices. The Nahua View of Colonial Mexico, University of California Press, Berkeley, 1976.
3 Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de la Nueva España, edición de Alfredo López Austin y Josefina García Quintana, 2 v., Alianza Editorial Mexicana y Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 1988, II, 808.
4Sahagún, op. cit.
5 Las referencias bibliográficas acerca de las traducciones del Nican mopohua se dan al principio del capítulo III.
AUNQUE ESTE RELATO ES AMPLIAMENTE CONOCIDO, no estará de más recordar ahora en forma sumaria su contenido. El texto habla de cuatro apariciones de la Virgen María al indio Juan Diego en el cerro del Tepeyac. Se muestra sorprendido éste al principio al escuchar cantos de aves preciosas a las que el monte parece responder. Oye luego que alguien lo llama. Pronto se da cuenta de que es una noble señora, a la que se acerca y contempla. Ella le dice que es la madre del Dador de la vida, Ipalnemohuani, Dueño del cerca y del junto, Tloque Nahuaque. En seguida le encarga obtenga del obispo de México, fray Juan de Zumárraga, se le edifique un templo en el llano, al pie del cerro. El indio se sorprende hondamente. Piensa que tal vez se halla en la Tierra florida, Xochitlalpan, en la Tierra de nuestro sustento, Tonacatlalpan, de la que hablaban los ancianos. Luego acude al obispo en dos ocasiones pero no logra persuadirlo de la misión que le ha confiado la que ya sabe es la Virgen María. Lo más que obtiene del obispo es la petición de que esa señora, para él no conocida, le haga llegar alguna señal que pueda convencerlo. La señal serán las flores preciosas que la Virgen le ordena corte en la cumbre del Tepeyac, donde sólo se daban abrojos, nopales y mezquites. Juan Diego las recoge y las coloca en el hueco de su tilma o capa y las lleva ante la presencia del obispo. Extiende entonces su tilma y contempla cómo las flores se esparcen. El relato concluye diciendo que en ese momento quedó pintada en la tilma del indio la imagen de la Virgen ante los ojos asombrados del obispo y de cuantos estaban con él.
Son numerosos los guadalupanistas y los antiaparicionistas que han dedicado mucha tinta y a veces sutiles elucubraciones a esclarecer el origen de este relato. No siendo mi intención tomar parte en ese otro debate, creo, sin embargo, necesario recordar al menos algunos hechos que arrojan luz en este punto. Uno es que el relato en cuestión apareció publicado por primera vez en México, 1649, junto con otros textos asimismo en náhuatl.1 Quien los publicó, el bachiller Luis Lasso de la Vega, tenía entonces a su cargo, como capellán, al que llamaban santuario de Guadalupe.
Otro hecho, que debe subrayarse, es que el mismo Lasso de la Vega afirma en su introducción, como dirigiéndose a la Virgen María, que fue él quien “se animó a escribir en náhuatl acerca de cómo se mostró ella y cómo hizo entrega de su imagen, la que está aquí en tu preciosa casa, en Tepeyac”. Y añade que buscó también dar a conocer, en otro texto, los milagros que ella había hecho en favor de no pocos.
En efecto, el examen del opúsculo aparecido en 1649 muestra que en él se incluyen estos dos textos y otros cinco más de menor extensión. El primero es una especie de prólogo o introducción suscrita por el bachiller Lasso de la Vega. Bajo el título en náhuatl de “Noble señora reina del cielo, siempre doncella, tú preciosa madre de Dios”, da allí razón de por qué ha preparado lo que en seguida ofrece.
Ello es el texto conocido como Nican mopohua, cuyo contenido ya he descrito. Al concluir el Nican mopohua se encuentra, escrita con un estilo muy diferente, una descripción de la imagen de la Virgen de Guadalupe.
A continuación viene la relación que se suele citar con sus palabras iniciales, Nican motecpana, “aquí se refieren en orden”, precisamente “todos los milagros que ha hecho la noble señora del cielo, Nuestra preciosa madre Guadalupe”. Versa este texto acerca de varias curaciones tenidas como portentosas, tanto de indígenas como de españoles. Como una especie de apéndice hay una breve biografía de Juan Diego en que se le recuerda como un varón ejemplar. A esto sigue un texto que comienza con las palabras Nican tlantica in ittoloca, “Aquí concluye la historia”, es decir, lo expuesto acerca del “gran prodigio con que se apareció la noble señora reina del cielo”. Lasso de la Vega insiste allí en la necesidad de que los indígenas lo conozcan en su lengua, pues piensa que ha contribuido grandemente “al derrumbe del reino del Demonio”, manifiesto en las idolatrías. La publicación se cierra con una oración en náhuatl a la Virgen de Guadalupe.
Ahora bien, del examen minucioso de estos varios escritos se desprende que hay notables diferencias en su estilo literario. En todos, con excepción del Nican mopohua, es patente que fueron concebidos por una mentalidad española. Ello se desprende de la exposición de argumentos con los que su autor o autores se empeñan en justificar la publicación en náhuatl de cuanto se refiere a las apariciones de la Virgen de Guadalupe. También es visible la diferencia en la forma como se van narrando, siempre en tono encomiástico al modo de los escritores eclesiásticos de la época, los diversos milagros atribuidos a la Virgen, así como en la breve biografía de Juan Diego que suena casi a la vida de un santo, dedicado por completo al culto de la Señora de Guadalupe, y que se mantuvo siempre como buen cristiano, haciendo penitencia y guardando castidad.
En manifiesto contraste con ese tono e incluso con el lenguaje mismo de tales textos, el Nican mopohua presenta atributos que lo acercan a las formas de expresión muy frecuentes en los relatos debidos a autores indígenas. Si bien dedicaré particular atención a esto, adelantaré aquí algo al respecto. Entre los rasgos más sobresalientes de la estilística vernácula, propios de la narrativa náhuatl patentes aquí, están los siguientes: empleo frecuente de frases paralelas que exponen una misma idea de maneras un tanto distintas; uso múltiple de difrasismos, dos vocablos de cuya conjunción se desprende metafóricamente un tercer concepto; recreación de diálogos más que sólo relato de aconteceres; frecuente recurso a conceptos del pensamiento prehispánico sobre la divinidad suprema, la muerte, los merecimientos y destinos de los seres humanos.
La identificación de estos y otros elementos estilísticos y conceptuales de clara procedencia indígena ha llevado a varios conocidos estudiosos del náhuatl y de la literatura en dicha lengua a atribuir el Nican mopohua a un autor nativo. En su Historia de la literatura náhuatl, expresó Garibay que el Nican mopohua es muestra del lenguaje noble y cuidado: “Ningún macehual pudo hablar así [nadie del pueblo pudo expresarse de ese modo]. En su contextura general no difiere [el Nican mopohua] de la manera usada en los Cantares mexicanos o en el Huehuehtlahtolli”.2
Por su parte, John Bierhorst, en su edición en inglés de los Cantares mexicanos, señala que el autor del Nican mopohua “pudo haber tomado de los Cantares
